Mucho bono eléctrico, poca chicha social

abril 2, 2018

Hace justo tres meses publiqué un artículo que se llamaba Un bono social que no funciona. Hablaba del bono social que aplica el canal de Isabel II y que resulta infrautilizado por quienes deberían poder beneficiarse del mismo.

Ahora me encuentro con que, sin duda alguna, preocupados por el problema de la pobreza energética, nuestros gobernantes han decidido hacer algo al respecto y rebajar el coste del consumo eléctrico para personas mayores y con bajos ingresos.

Mi madre es una de esas personas que percibe una escueta y mínima pensión de viudedad y se beneficia de un descuento por bono social que calculo equivale a un 20 por ciento del total de la factura. Un descuento que, en el caso de mi madre, viene a suponer unos 3´5 euros.

Acaba de recibir, la buena mujer, una carta, junto a la factura de electricidad, en la que la empresa “comercializadora de referencia”, le comunica que han entrado en vigor las nuevas condiciones de aplicación al bono social que supone un descuento en la factura sobre el precio voluntario para el pequeño consumidor (PVPC).

Ya tiene delito este eufemismo de “Precio Voluntario”, como si ese “Pequeño Consumidor” tuviera algo que decir respecto al precio de la electricidad, o sobre su factura. Lo que ya es de juzgado de guardia, o al menos asunto de Derechos Humanos, o Defensor del Pueblo, es lo que viene a continuación.

A sus 94 años, mi madre (imagino que como las madres de cada uno de ustedes) ha recibido, en la carta, una batería de direcciones de correos electrónicos, páginas web, teléfonos, correos postales y “puntos de Atención” (estos ya sin dirección concreta a la que dirigirse), para solicitar la aplicación del bono social en su factura.

También deja bien claro, la carta, que esta solicitud deberá ser cursada antes del 10 de abril de 2018. Al parecer, le mandarán el formulario a casa y deberá entregarlo, una vez relleno, a través de los medios indicados anteriormente y acompañado de la acreditación de su condición de pensionista, fotocopia del DNI, última factura, Certificado de Empadronamiento, Libro de Familia. Creo que es todo.

Y yo me pregunto. Si mi madre tenía descuento por bono social eléctrico y demostró reunir las condiciones. Si se trata, de verdad, de mejorar su situación. Si la compañía eléctrica ya tiene su factura. Si una administración no tiene que pedir nunca al administrado aquello que ya obra en su poder. Si una compañía eléctrica no tiene por qué tener y procesar datos personales que no son de su incumbencia. Entonces ¿por qué mi madre, perceptora de una pensión muy por debajo del umbral de la pobreza, tiene, una vez más, que demostrar la evidencia?.

Mi madre, la tuya, está claro, no lo hará. Tendremos que demostrar nosotros que tu madre, mi madre, son pobres. O, a lo mejor, perdemos más tiempo y dinero, en resolver tanto papeleo y requerimiento. De nuevo, un caso práctico, de cómo una necesidad genera una política que se anuncia a bombo y platillo, para que luego todo quede en nada, o en menos que nada, en virtud de los reglamentos de aplicación, los requisitos extemporáneos, las cautelas desmedidas, la inoperancia programada. Me cabe una pregunta. ¿Es cosa del Gobierno? ¿Es cosa de las eléctricas? ¿Actúan a pachas? Mi madre dice que nos engañan, todos nos engañan, siempre nos engañan.

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La parcialidad del machismo y los derechos recortados

abril 2, 2018

Leí una noticia de la BBC, acompañada de un vídeo, convertido en viral durante estos días de Huelga Feminista, en los que la igualdad se ha situado en el centro del debate público y político en nuestro país.  El artículo hablaba de un acertijo cuyo contenido aproximado es el siguiente:

Un padre y un hijo van en su coche y sufren un accidente. A consecuencia del mismo, el padre muere y el hijo es trasladado urgentemente a un centro hospitalario, en estado muy grave. Necesita una operación muy complicada y llaman a una eminencia médica, que acepta desplazarse cuanto antes al hospital. Pero, cuando entra en el quirófano, dice: No puedo operarlo, es mi hijo. ¿Cuál es la explicación de esta situación?

Las respuestas al acertijo son de lo más ocurrentes. Da igual que vengan de trabajadores manuales, estudiantes universitarios, mujeres, hombres, jóvenes, o personas de edad, machistas, feministas, inmigrantes, o no, de derechas, o de izquierdas. Pocas personas terminan acertando que la tal “eminencia médica” sea la madre del joven y, la mayoría, opta por explicaciones rocambolescas mucho menos lógicas y plausibles.

Al parecer, esta incapacidad, bastante extendida, para resolver el acertijo, se encuentra en algo que los científicos llaman “parcialidad implícita”, o inconsciente. Es decir, desde la más tierna infancia, se establecen conexiones entre nuestra neuronas que se automatizan y son, luego, difíciles de cambiar.

Esa automatización hace que no tengamos que andar pensando cada operación cotidiana que realizamos en nuestra vida. Pero también ocurre que otros aprendizajes sean también automatizados. Lo que percibimos, sentimos, vemos en la tele, escuchamos, o experimentamos desde muy pequeñas y pequeños, es muy difícil de replantear de forma distinta a como lo aprendimos.

Las tareas importantes de liderazgo, las ocupaciones más reconocidas socialmente, son asumidas por hombres. Los cometidos de cuidado, atención a la familia, servicios sociales, educación, sanidad, son adjudicadas a las  mujeres. Pero incluso en una profesión tan feminizada como la sanidad y pese a formularse la adivinanza en femenino, la “eminencia médica” es automáticamente asociada con un hombre.

La huelga feminista, en sus cuatro modalidades (laboral, de cuidados, estudiantil y de consumo) ha resultado un éxito español que ha adquirido dimensiones planetarias y ha llenado las calles con impresionantes manifestaciones, pese a sus dificultades iniciales, lo novedoso e inexplorado de la convocatoria, la multiplicidad de los convocantes y hasta los mensajes dispersos sobre las características de la movilización (de mujeres, de mujeres y hombres, de dos horas por turno, de 24 horas).

Pero a los pocos días, precisamente cuando hay que prestar especial atención a que las reivindicaciones sean escuchadas y atendidas, cuando habría que iniciar la negociación de las soluciones, la Huelga Feminista  ha sido sustituida en los noticiarios, en las tertulias, en los programas de debate, o entretenimiento, por noticias inesperadas y sobrecogedoras, como el drama terrible de Gabriel, el Pescaíto, aprovechado además por la derecha para desviar la atención hacia un terreno mediáticamente favorable a la “prisión permanente revisable” (esto de revisable ha pasado, incluso a segundo plano), o por las justas y masivas movilizaciones de las personas mayores en defensa de las pensiones.

La insoportable levedad de lo cotidiano, por importante que sea, el carácter líquido de nuestras sociedades, no pueden ser automatizados, ni aceptados sin más. Aceptar la futilidad de cuanto ocurre, vivirlo intensamente mientras dura, para sustituirlo inmediatamente por una nueva noticia, una nueva preocupación, un renovado quehacer.

Las encuestas mensuales del CIS nos van dando cuenta de estas fluctuaciones en las preocupaciones de los españoles. Y, sin embargo, más allá de las modas, las tendencias y los cambios de momentos, no nos permiten afirmar que los problemas se vayan solucionando. Más bien podríamos decir que, tras vivirlos con vehemencia y apasionamiento, los abandonamos en un cajón de sastre (también un poco desastre), donde permanecen ocultos, o desde donde pueden volver a saltar a la palestra, deformados y amplificados.

La crisis nos ha dejado un buen puñado de estos problemas. La política de recortes y contrarreformas de todo tipo, hace que, ahora que el propio Presidente del Gobierno señala la senda de la recuperación, quien más y quien menos nos sentimos llamados a participar en la tierra de leche y miel que se nos anuncia cada día.

Mujeres, jóvenes, mayores, personas desempleadas, no nos resignamos a la parcialidad inconsciente, ni a la insoportable levedad que quieren que nos habite. Queremos libertad, derechos, un empleo digno, una vida decente. No pedimos mucho. Pero no estamos dispuestos a nada menos que eso. Prepárense que allá vamos.


El Minotauro en su Laberinto

abril 1, 2018

Agotado como estaba por los interminables casos de corrupción protagonizados por sus hombres de confianza, que no cesaban de verse arrastrados ante los tribunales. Señalado por la ciudadanía como el  responsable de las desmedidas calamidades, incluida la revuelta en los Condados Mediterráneos y de las hambrunas en la imperial piel de toro. Acompañado por una generalizada fama de inoperante, apático, e indolente. Encerrado en aquel remedo de laberinto cretense, al que llamaban la Moncloa. No se dio cuenta, nuestro Minotauro, de la que se le venía encima.

Confiando en su porte señorial y distinguido. Satisfecho y seguro con la buena forma que demostraban sus andares deportivos de buena mañana, el Señor del Laberinto se dedicó a cantar que los días del hambre habían pasado y que los vientos marinos comenzaban a traer aires de primavera.

Los cretenses mesetarios, los pueblos del mar y los de allende los mares, parece que iban comprendiendo que eso de meter la mano en el tesoro público era una costumbre ancestral de estas tierras, que nunca ha impedido que el oro vuelva a llegar desde los Nuevos Mundos, o que, tras las pertinaces sequías, nos invadan periodos de bonanza. Tan abundante, la bonanza, que suele terminar convertida en exceso de lluvia, diluvio, inundación.

En esto andaba, cuando fueron las mujeres de la sometida Atenas (diferentes en todo a las mujeres cretenses) y se lanzaron a las calles, exigiendo dejar de formar parte, junto a los jóvenes, de ese tributo anual que, por costumbre instaurada por el triunfante Minos, se depositaba a las puertas del Laberinto, para goce, disfrute y manutención del monstruo, mitad hombre, mitad toro.

En estas estaba el buen Minotauro, cuando también las abuelas y los abuelos se lanzaron por las calles exigiendo el cese de todo tipo de ofrendas de sangre humana. Eran ellos los que cubrían las bajas ocasionadas por los sacrificios, atendían a las familias, protegían a los menores y malvivían hasta el momento en que, cercados por la muerte, incapaces de soportar el abandono y la desidia de sus opulentos gobernantes, se arrojaban al mar desde el más alto de los acantilados.

Sabían, los verdaderos dueños del Laberinto (que no eran, por supuesto, ni el rey Minos, ni su esposa Pasífae, la que engendró al Minotauro tras su escarceo con el Toro de Creta), que el tiempo se acababa y preparaban en secreto el relevo del Minotauro, por un personaje de arcilla, de apariencia más amable, juvenil y humana, al que habían conseguido insuflar vida.

Sólo faltaba que el descontento cundiera entre otros sectores de la ciudadanía. Más valía, incluso, que enviaran a los voceros a anunciar de dónde vendría el asalto final al Laberinto. Que los foros, las ágoras, los mercados, comenzaran a hablar de estas cuestiones. Era importante determinar por dónde debería comenzar la conquista del Laberinto. No para evitarlo, sino para pilotarlo, como barco en la tempestad y conseguir que todo cambie, para que todo siga igual.

No ha de venir el ataque del lado de la costa. Los farallones se alzan imponentes frente al mar y cierran el paso a los que vienen de fuera, surcando el Mediterráneo en precarias chalupas, buscando pan, o huyendo de las frecuentes guerras que asolan lejanas tierras.

Tampoco parece concebible, que quienes malviven en los extrarradios del puerto de Heraklion, esperando que algún comerciante contrate sus prescindibles servicios, estén en condiciones de otra cosa que intentar sobrevivir a las sequías, las inundaciones, a la falta de trabajo y al omnipresente miedo, alimentado constantemente por los heraldos plenipotenciarios del Palacio, a que el Minotauro desborde los muros del Laberinto y siembre el terror en cada calle y casa a casa.

Bien pensado, tal vez podrían alentar una reedición de aquellas lejanas revueltas protagonizadas por los jóvenes en las calles de Cnosos, la capital, cuando cansados de mendigar un empleo, una ayuda, un puesto entre quienes eran considerados ciudadanos, hartos de tener que partir de su tierra en busca de la Atlántida, se arremolinaron en el ágora y permanecieron allí acampados, hasta que los rigores del verano hicieron aconsejable que se retiraran a lugares más frescos.

Si ahora volvieran a las andadas, tal vez los días del Minotauro estarían contados. Por eso, los dueños del Laberinto estudian concienzudamente los enigmas de las esfinges, las profecías de las sibilas, las adivinaciones contenidas en los misteriosos oráculos, porque hay que anticiparse a las convulsiones que se avecinan.

Si saben encarrilar y conducir las revueltas en ciernes podrán construir un hermoso relato, con tintes épicos, según el cual un príncipe heredero, venido del Condado Mediterráneo, con la ayuda impagable de la mismísima hermana del Minotauro, traspasa las puertas del Laberinto, vence al monstruo y abre el camino de una nueva Transición que habrá de durar, cuando menos, un par de generaciones.

Como acabaremos descubriendo pasados los siglos, el Príncipe de Lampedusa, escritor de epopeyas, pondrá en boca de su héroe, el también Príncipe de Salina (aquel en cuyo escudo de armas lucía un Gatopardo), aquella lapidaria frase, Mientras hay muerte, hay esperanza.


La igualdad no admite demoras

abril 1, 2018

Han pasado tan sólo unos días desde la celebración de la Huelga Feminista del 8 de Marzo y ya todos los partidos se apuntan los resultados de la misma. Y es que la movilización ha sido un éxito incuestionable, por más que haya quien durante el día de la huelga, fuera diciendo que había tenido un escaso seguimiento laboral, tal vez en un intento de exprimir, hasta el límite, el argumentario antihuelga que el PP lanzó desde su Oficina de Información.

El argumentario no tiene desperdicio. De entrada, acusa a las organizaciones convocante de apostar por el enfrentamiento de mujeres y hombres. De promover una huelga insolidaria, irresponsable y elitista, que pretende, nada menos, que romper nuestro modelo de sociedad occidental.

Y todo ello, para terminar reconociendo los altos niveles de paro de las mujeres, su infrarrepresentación en cargos de dirección, sus dificultades para promocionar en sus trabajos, la brecha salarial con respecto a los hombres, la brecha en las pensiones de miseria que perciben mayoritariamente y la lacra permanente de la violencia de género.

Un argumentario frente a la Huelga Feminista que ha conducido a declaraciones y posicionamientos que rozan el absurdo. La Ministra Tejerina, con su “huelga a la japonesa”, que no existe ni en Japón. Apoyada de inmediato por la presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, que también se inspiró en el Imperio del Sol Naciente, aunque luego negara haber dicho lo que había dicho. Un Presidente que no quería meterse en eso de la “brecha salarial”, pero luego desautorizó las influencias niponas en su partido.

En éstas andábamos cuando llegó la ministra responsable de los asuntos de igualdad, Dolors Montserrat, que sabe mucho de nacionalismo catalán, pero que considera que esto del feminismo es una etiqueta que se ponen algunas mujeres y a ella no le gustan las etiquetas. Para colmo, apareció Maroto, uno de los Vices del PP, poniendo de vuelta y media la “manifestación de Podemos”. Cuando vio la que se venía encima, cambió radicalmente, hasta admitir respetar la posición que cada ciudadano pueda tener.

El partido de Rivera se dio cuenta también, o fue alertado, de que iba por mal camino, cuando Inés Arrimadas denunciaba maniobras ideológicas anticapitalistas en el feminismo, al tiempo que la responsable parlamentaria de Igualdad de Ciudadanos identificaba a las feministas convocantes  de la movilización con el comunismo, al grito de “Yo soy feminista, pero no comunista”.

A la vista de lo que se avecinaba, el jefe Albert decidió hacer un quiebro y reclamar un “movimiento transversal feminista” para intentar mitigar el golpe, lo cual no impidió que se llevasen algún que otro rapapolvo, al paso de su cortejo, durante la manifestación madrileña.

No era ésta una huelga al uso. Era huelga de no consumir, de no atender los cuidados familiares, de no estudiar y de no trabajar. Las organizaciones convocantes, sociales y sindicales, eran conscientes de que no era fácil, con un tejido empresarial mayoritariamente compuesto por microempresas y pequeñas empresas y con el grado de precariedad laboral y temporalidad agudizado durante los años de la crisis, alcanzar un alto nivel de paro laboral.

El éxito de la huelga se ventilaba en los centros de trabajo, en los centros de estudio, pero también en el despliegue masivo por las calles y las plazas, en las impresionantes manifestaciones que recorrieron las ciudades españolas y en el alto nivel de debate y conciencia social que se ha desplegado, en torno al problema de la igualdad.

Por eso, ahora, cuando ni los que se opusieron a la Huelga Feminista son capaces de negar el éxito de la misma y, aún menos, las causas que han llevado a millones de mujeres y hombres a participar en las miles de movilizaciones convocadas el 8 de Marzo, es el momento de que nadie se entregue  a la tarea de echar arena sobre el problema.

Si el problema existe y la sociedad ha demostrado que es consciente del mismo y que exige soluciones y cambios reales, lo que toca es presentar soluciones políticas que incidan en lo laboral y en todos los aspectos que forman parte de nuestra convivencia social. Habrá que hablar de contrataciones, de educación, servicios públicos, servicios sociales, dependencia, pensiones, violencia de género y muchas cosas más.

Por favor, no nos distraigan con viejos trucos, ni con novedosas argucias, demoras, desidias. Si la igualdad es el problema no resuelto, vamos a negociar ya cómo la alcanzamos.


Asedio a nuestras pensiones

marzo 12, 2018

Hace tiempo que el sector privado, especialmente la banca y grandes aseguradoras, viene calentando motores para convertir en negocio las sustanciosas cantidades de dinero empleadas en el pago de las pensiones públicas. Hablamos de 140.000 millones de euros cada año, que harían las delicias de unas entidades que tienen mucho que ganar y nada que perder en esta ofensiva.

La salida de la recesión económica (lo de la salida de la crisis es mucho más discutible), ha hecho que los grandes de España hayan decidido mandar por delante, ya hace meses, a sus cohortes de avezados exploradores, soldados de fortuna mediáticos, economistas de cabecera a los que se pagan estudios de encargo, a sus predicadores mediáticos, a vender las bondades de los sistemas privados de pensiones, frente a un sistema público que estaría irremisiblemente al borde de la quiebra inmediata. Quienes fueron incapaces de prevenir y luego gobernar la crisis, quieren ahora salir inmensamente ricos de la misma.

Curiosamente, esta cantinela es la misma que ya se entonaba, no menos ardientemente, en las inmediaciones de la firma del Pacto de Toledo, a mediados de los 90 del siglo pasado, que daba carta de naturaleza a los sistemas complementarios y privados de pensiones, pero que incorporaba otra muchas medidas que han asegurado la viabilidad de las pensiones hasta nuestros días.

Es verdad que la crisis ha destruido mucho empleo, ha debilitado los salarios y que la reforma laboral ha permitido que el empleo se precarice. En consecuencia los ingresos de la Seguridad Social se han resentido. Pero eso no debería hacer que unos cuantos espabilados aprovechen la ocasión para llevar adelante sus cada vez menos inconfesables deseos: privatizar la gestión del sistema de pensiones.

Además, los famosos fondos de pensiones privados, han sido a lo largo de estas últimas décadas, un gran fiasco, sobre todo para quienes han metido ahí sus ahorros. Ya nos podemos dar con un canto en los dientes si no hemos perdido una parte de lo ahorrado. Su rentabilidad ha sido mínima, con lo cual, lo más fácil es que hayamos perdido buena parte del poder adquisitivo de lo allí invertido. La media de los mayores fondos españoles rondan el 1´8 por ciento de media.

Las altas comisiones cobradas y el desinterés en la gestión de la rentabilidad de esos fondos, son denunciados por muchos economistas como las causas de este estrepitoso fracaso. Sin embargo, ese es el modelo que se pretende impulsar desde el gobierno, la banca y las aseguradoras.

Un ejemplo lo tenemos en las medidas adoptadas por el gobierno en su Consejo de Ministros, con su Real Decreto que pretende hacer más atractivos, e impulsar los Planes de Pensiones privados. El segundo, esas declaraciones en las que el propio Mariano Rajoy da consejos a los españoles (se entiende que, sobre todo, a los parados, a los precarizados y a los empobrecidos salarialmente), que ahorren para complementar sus pensiones y la Educación. Esta referencia a la Educación da que pensar sobre el futuro que se pergeña en la cabeza del Presidente.

Sin solución de continuidad, nos topamos con que Pilar González de Frutos, la Presidenta UNESPA, la patronal que aglutina a las entidades aseguradoras del país, junto a un tal Angel Martínez-Aldama, Presidente de INVERCO, la Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva y Fondos de Pensiones, acuden a la Comisión de Seguimiento del Pacto de Toledo, esa que preside en el Parlamento la archifamosa Celia Villalobos y se lían la manta a la cabeza con medidas del corte de que los pensionistas deberían vender su casa y con ese dinero las aseguradoras que ella representa, te dan una renta vitalicia.

Es curioso que Pilar González de Frutos haya pasado de trabajar durante más de 9 años en la entidad pública empresarial denominada Consorcio de Compensación de Seguros, dependiente del Ministerio de Economía, a ocuparse de la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones con los gobiernos de Aznar, para pasar inmediatamente a presidir la ya mencionada agrupación de las aseguradoras españolas UNESPA, cargo en el que ya lleva más de 14 años. En 2015 fue nombrada Presidenta de la Federación Interamericana de Empresas de Seguros y en 2016 fue designada Presidenta del Consejo Social de la Universidad Complutense, por el gobierno madrileño del PP.

Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad, decía el ya mencionado jefe de propaganda alemán. Someter las pensiones a las “leyes del mercado”, convertir las pensiones en oportunidad de negocio, parece el interés prioritario de ese conglomerado político-empresarial de puertas giratorias que nos gobierna.

Pues bien, de eso se trata hoy en España. De comprobar si los intereses creados de esos grupos de poder terminarán por imponerse, a base de mentiras y medias verdades, convirtiendo las pensiones en el negocio del siglo. Si lo permitiremos, o seremos capaces de asegurar la dignidad de la vida de quienes son hoy mayores y de quienes lo sean mañana.


Un día de huelga feminista en la vida de Manuel

marzo 12, 2018

Se levantó Manuel un poquito más tarde. Era día de huelga, pero no día de libranza. Además, su hijo se despertó antes, imbuido de emociones adolescentes por participar por primera vez en una huelga estudiantil que, siendo huelga feminista, no tenía que ser  ni un poquito menos huelga.

Eso ya lo tenían hablado. Su mujer, su hijo, él mismo lo tenían muy claro. Esta huelga era tan huelga como cada huelga. Y tan general como las más de diez huelgas generales que la habían precedido. Pero, a la vez, era mucho más que una huelga laboral. Porque no se trataba sólo de no ir a trabajar. Se trataba de no consumir. Se trataba de no estudiar. Y se trataba de que las mujeres no hicieran, este 8 de Marzo, todas esas tareas de cuidados que habitualmente se ven  obligadas a asumir sin concurso de varón.

Manuel tiene un empleo con contrato fijo y seguro. Tiene cierta flexibilidad y puede hacer  huelga sin grandes costes, más allá de la parte del salario que pierde. Su mujer, sin embargo, tiene un contrato temporal y sólo de unas cuantas horas al día. Un empleo que pone en riesgo participando en la huelga. No mañana mismo, sino cuando toque la renovación del contrato.

Por eso Manuel y su hijo decidieron ir a la huelga. Uno a la laboral y otro a la estudiantil. Hicieron las camas, recogieron la casa, prepararon algo de comida y se fueron a dar un paseo para otear el ambiente. No hicieron compra. Fueron a ver a la abuela. Volvieron a casa, comieron, reposaron la comida y asistieron a la festiva e intensamente reivindicativa manifestación de mujeres y de muchos hombres.

Es cierto que algunas mujeres decían que había que trabajar, en esta huelga, a la japonesa y otras que decían que los hombres no pintan nada en esta huelga. Que se trataba de  demostrar que sin mujeres las cosas no funcionan. La mayoría de chicas del instituto hicieron la huelga y algunos chicos también, aunque en esto había división de opiniones y alguna compañera argumentaba que las mujeres habían sufrido mucho y ahora tenían que sufrir los chicos yendo a clase el día de la huelga.

Hicieron la huelga porque muchas mujeres lo tienen mucho más difícil que ellos y no pudieron hacer la huelga. Y por las mujeres que no tienen trabajo. La hicieron, también, por las mujeres mayores, como la abuela y como esa Paquita que sale por la tele, que ven las pensiones amenazadas. Pensiones miserables, con subidas anuales mezquinas.

Y esto de la igualdad va de justicia y solidaridad. Así se lo enseñaron su madre y su padre. Y los padres y las madres de su madre y su padre. La huelga es un derecho de todas y de todos. Y, si la causa es justa (y esta lo era) necesita el apoyo y la solidaridad de todas y todos, sin excepciones. Porque todas y todos tendremos que vivir en el mundo resultante.

Solidaridad y justicia con las mujeres víctimas de maltratos. Y con las que tienen empleos basura, temporales, precarios, a tiempo parcial y mal pagados. Y con las que se tiran años en el paro. Y con las que estudian más que muchos chicos y terminan siendo dirigidas y orientadas hacia profesiones “feminizadas”, mientras que las profesiones técnicas y los puestos de dirección son ocupados invariablemente y con carácter general por hombres.

Manuel, su hijo y su mujer hicieron huelga en todas sus modalidades. Hoy asisten a la ceremonia de la confusión. Muchos hombres poderosos y algunas mujeres con poder dicen que la huelga ha sido un fracaso. Que tampoco se notó tanto en las empresas y en los comercios. Por contra, muchas mujeres y algunos hombres creen que la huelga ha salido muy bien. Y que, en todo caso, las manifestaciones han sido de las más impresionantes que han recorrido las ciudades españolas.  Que nadie puede ya sostener que la discriminación no existe. Que hasta la derecha y la mayor parte de la Iglesia, salvo algunos obispos de convicciones ancladas en posiciones anteriores al Concilio Vaticano II, han reconocido que la causa es justa. Que ni los empresarios, aunque mañana no renueven el contrato temporal de muchas mujeres, tampoco se han atrevido a combatir demasiado los argumentos de la huelga. Que las manifestaciones fueron masivas y que las mujeres que pudieron hacer la huelga laboral, sin graves amenazas de perder su empleo,  la hicieron.

No saben qué resultará de todo esto, pero tienen claro que la igualdad no tiene vuelta atrás. Que no se podrá construir un mundo futuro, en libertad, sin que mujeres y hombres se relacionen de igual a igual. Y que esa es una lucha para toda la vida, que comienza aquí, en casa, y continúa en el instituto y que hay que llevarla a los centros de trabajo y a toda la sociedad. Que las leyes son importantes, pero que son papel mojado si no son el reflejo y el resultado de una tendencia imparable que recoge el sentir abrumador de una sociedad.


La educación de las personas

marzo 12, 2018

Uno de los mejores efectos que ya está reportando la Huelga General Feminista, es la cantidad de programas y debates que se están produciendo sobre la situación de las mujeres en nuestra sociedad. Pocas veces, yo creo que nunca, se ha escuchado hablar y debatir durante tanto tiempo y con tanta intensidad, sobre acoso sexual y violencia de género; brechas salariales, temporalidad, precariedad y baja calidad del empleo; tareas domésticas y cuidado de las personas en el entorno familiar; necesidad de una educación que apueste por la igualdad.

Es verdad que el debate se enturbia un poco cuando hay quienes intentan desviarlo hacia temas coyunturales, como la necesidad o no de una huelga; si es una huelga de mujeres, o de mujeres y hombres; si es una huelga laboral de dos horas por turno, o de jornada completa; si hay que hacer una huelga convencional, o a la japonesa. Cosas que no deberían ocultar, en ningún caso, la realidad de una sociedad desigual, en la que las mujeres se han llevado y se siguen llevando la peor parte.

Las propias organizaciones convocantes, feministas y sindicales, de la huelga han dejado claro que de lo que se trata es de escenificar un impresionante ¡Basta! No podemos seguir así. La huelga laboral, de cuidados, educativa y de consumo; las masivas manifestaciones que recorrerán las calles, son tan sólo instrumentos al servicio de esta voluntad  de cambiar una situación insostenible.

Sigo los debates atentamente y, en casi todos ellos, terminan llegando a un lugar común, el de la educación como forma de corregir y prevenir estos males. Siempre hay algún tertuliano, o tertuliana, que viene a decir que en las aulas, las profesoras y los profesores tienen que explicar a los chicos y chicas, que tienen que crecer sabiendo que hay que compartir las tareas de casa.

Me parece bien, pero, la verdad es que siempre he visto que quienes han enseñado en los colegios e institutos a mis hijas y a mi hijo, han trasladado esos mensajes en las aulas y han provocado debates educativos en sus clases, tras los que, al menos formalmente, las conclusiones igualitarias y no discriminatorias han quedado muy claras. Incluso, de acuerdo con las Asociaciones de Madres y Padres, han promovido charlas, reuniones, talleres, seminarios, en los que se han abordado estos temas.

Por lo tanto, sin obviar la importancia de esta labor en los centros educativos, creo que la clave principal está en otros sitios. Para empezar, creo que madres y padres somos los principales responsables de la educación de nuestras hijas e hijos. Obsérvese que no digo de su aprendizaje, porque llegarán a saber mucho más de lo que nosotras y nosotros podamos enseñarles, No, digo de su educación, de la conformación de sus principios, su ética personal. Y todo  ello enseñando con el ejemplo.

Si no vivimos igualdad en la familia, difícilmente el colegio podrá inculcarla. Ya deberíamos de tener claro que lo que la Naturaleza no da, Salamanca no lo presta. La familia es la primera y mejor escuela para la vida. Vale que trabajamos mucho, tenemos poco tiempo, demasiadas preocupaciones y venimos de una sociedad que era como era en estas cosas de la igualdad. Pero eso son sólo disculpas de malos pagadores.

Pero luego, junto a la familia y tras ella, entran en juego los modelos sociales, los roles que nuestras hijas e hijos aprenden a través de los medios de comunicación, o los videojuegos, las películas que ven. Los grupos de amigos en la adolescencia y la juventud reproducirán todo esto y, al final, llegará un puesto de trabajo temporal, precario, mal pagado, por el que hay que competir y en el que hay que competir, en lugar de cooperar, colaborar y trabajar en equipo.

No es en la escuela, ni en las aulas, donde estamos reproduciendo un modelo patriarcal y casposamente machirulo. Creo que deberíamos hacérnoslo mirar, o mirarlo nosotros y nosotras mismas, sacar nuestras conclusiones y obrar en consecuencia, en todos los ámbitos, si queremos que  desde ahora mismo las cosas comiencen a cambiar y podamos construir un país de mujeres y hombres libres, iguales y más felices.