Asedio a nuestras pensiones

marzo 12, 2018

Hace tiempo que el sector privado, especialmente la banca y grandes aseguradoras, viene calentando motores para convertir en negocio las sustanciosas cantidades de dinero empleadas en el pago de las pensiones públicas. Hablamos de 140.000 millones de euros cada año, que harían las delicias de unas entidades que tienen mucho que ganar y nada que perder en esta ofensiva.

La salida de la recesión económica (lo de la salida de la crisis es mucho más discutible), ha hecho que los grandes de España hayan decidido mandar por delante, ya hace meses, a sus cohortes de avezados exploradores, soldados de fortuna mediáticos, economistas de cabecera a los que se pagan estudios de encargo, a sus predicadores mediáticos, a vender las bondades de los sistemas privados de pensiones, frente a un sistema público que estaría irremisiblemente al borde de la quiebra inmediata. Quienes fueron incapaces de prevenir y luego gobernar la crisis, quieren ahora salir inmensamente ricos de la misma.

Curiosamente, esta cantinela es la misma que ya se entonaba, no menos ardientemente, en las inmediaciones de la firma del Pacto de Toledo, a mediados de los 90 del siglo pasado, que daba carta de naturaleza a los sistemas complementarios y privados de pensiones, pero que incorporaba otra muchas medidas que han asegurado la viabilidad de las pensiones hasta nuestros días.

Es verdad que la crisis ha destruido mucho empleo, ha debilitado los salarios y que la reforma laboral ha permitido que el empleo se precarice. En consecuencia los ingresos de la Seguridad Social se han resentido. Pero eso no debería hacer que unos cuantos espabilados aprovechen la ocasión para llevar adelante sus cada vez menos inconfesables deseos: privatizar la gestión del sistema de pensiones.

Además, los famosos fondos de pensiones privados, han sido a lo largo de estas últimas décadas, un gran fiasco, sobre todo para quienes han metido ahí sus ahorros. Ya nos podemos dar con un canto en los dientes si no hemos perdido una parte de lo ahorrado. Su rentabilidad ha sido mínima, con lo cual, lo más fácil es que hayamos perdido buena parte del poder adquisitivo de lo allí invertido. La media de los mayores fondos españoles rondan el 1´8 por ciento de media.

Las altas comisiones cobradas y el desinterés en la gestión de la rentabilidad de esos fondos, son denunciados por muchos economistas como las causas de este estrepitoso fracaso. Sin embargo, ese es el modelo que se pretende impulsar desde el gobierno, la banca y las aseguradoras.

Un ejemplo lo tenemos en las medidas adoptadas por el gobierno en su Consejo de Ministros, con su Real Decreto que pretende hacer más atractivos, e impulsar los Planes de Pensiones privados. El segundo, esas declaraciones en las que el propio Mariano Rajoy da consejos a los españoles (se entiende que, sobre todo, a los parados, a los precarizados y a los empobrecidos salarialmente), que ahorren para complementar sus pensiones y la Educación. Esta referencia a la Educación da que pensar sobre el futuro que se pergeña en la cabeza del Presidente.

Sin solución de continuidad, nos topamos con que Pilar González de Frutos, la Presidenta UNESPA, la patronal que aglutina a las entidades aseguradoras del país, junto a un tal Angel Martínez-Aldama, Presidente de INVERCO, la Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva y Fondos de Pensiones, acuden a la Comisión de Seguimiento del Pacto de Toledo, esa que preside en el Parlamento la archifamosa Celia Villalobos y se lían la manta a la cabeza con medidas del corte de que los pensionistas deberían vender su casa y con ese dinero las aseguradoras que ella representa, te dan una renta vitalicia.

Es curioso que Pilar González de Frutos haya pasado de trabajar durante más de 9 años en la entidad pública empresarial denominada Consorcio de Compensación de Seguros, dependiente del Ministerio de Economía, a ocuparse de la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones con los gobiernos de Aznar, para pasar inmediatamente a presidir la ya mencionada agrupación de las aseguradoras españolas UNESPA, cargo en el que ya lleva más de 14 años. En 2015 fue nombrada Presidenta de la Federación Interamericana de Empresas de Seguros y en 2016 fue designada Presidenta del Consejo Social de la Universidad Complutense, por el gobierno madrileño del PP.

Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad, decía el ya mencionado jefe de propaganda alemán. Someter las pensiones a las “leyes del mercado”, convertir las pensiones en oportunidad de negocio, parece el interés prioritario de ese conglomerado político-empresarial de puertas giratorias que nos gobierna.

Pues bien, de eso se trata hoy en España. De comprobar si los intereses creados de esos grupos de poder terminarán por imponerse, a base de mentiras y medias verdades, convirtiendo las pensiones en el negocio del siglo. Si lo permitiremos, o seremos capaces de asegurar la dignidad de la vida de quienes son hoy mayores y de quienes lo sean mañana.

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Famélica Legión

diciembre 19, 2017

En voz baja indícanos donde están

los cazadores de tormentas

Javier García Cellino

 

Famélica Legión es el título del poemario que ha escrito el asturiano Javier García Cellino, en la editorial El Sastre de Apollinaire. Un título que se inspira en la letra de un himno, La Internacional, en su versión en castellano, en las diferentes variantes del comunismo. Esa letra que compuso en francés el militante obrero Eugène Pottier, después de haber participado en la Revolución de 1848 y en la Comuna de París, en 1871. Debout! les damnés de la terre! / Debout! les forçats de la faim!

De la misma forma que les damnés de la terre son traducidos como los pobres del mundo, en las versiones socialista y anarquista y como parias de la tierra, en la comunista, los forçats de la faim, son traducidos por los primeros como esclavos sin pan, mientras que los segundos prefieren hablar de famélica legión.

En cualquier caso, todos ellos vienen a hablar de lo que Franz Fanon denominaba Condenados de la Tierra y Eduardo Galeano Los Nadies; aquellos a los que Paulo Freire dedicó su Pedagogía de los Oprimidos, o los que constituían la iglesia de los pobres en la Teología de la Liberación; el proletariado y el subproletariado de Carlos Marx, de cuyo nacimiento, por cierto, estamos a punto de conmemorar el bicentenario.

De ellos habla Javier García Cellino en su poemario. Un Javier con el que me siento identificado y del que me siento deudor desde que le conocí en Oviedo, allá por 1997, cuando la Asociación Voces del Chamamé, que él presidía, me concedió su premio de narrativa, por un cuento titulado La Academia Club Social.

Javier acababa de ganar el Premio Leonor, en Soria, con un hermoso poemario titulado Disposición de la Materia y tres años antes había ganado el Gerardo Diego, en Santander, con el poemario La cuidad deshabitada. Después ganaría el Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez con su Sonata para un abecedario. Más tarde se adentró en la novela, sin abandonar la poesía, género en el que también ha conseguido varios premios.

La naturaleza de mi deuda con él estriba en que, si una vez me animé a escribir un poemario como La Tierra de los Nadie, se lo debo a la envidia y los celos que despertaron en mí sus poemas. Se notaba que no eran poemas escritos de un tirón y dejados a su suerte, sino reposados, pulidos, reescritos, repensados. Encontré en su poesía, como en la de Cardenal, o en la de Gil de Biedma, lo mismo que busqué en la narrativa de García Márquez, Aldecoa, o Cortázar. Una manera de escribir, interpretando una realidad casi siempre incomprensible, a menudo indignante y por momentos mágica.

En cuanto a aquello en lo que me identifico con Cellino, comienza con su voluntad de escribir, siguiendo a Walter Benjamin, con el propósito de “captar el cuadro de la historia en las más insignificantes apariencias de la realidad, en sus escorias, por decirlo así”. Tal vez por eso, anuncia el autor, Famélica Legión se vertebra en torno a un puñado de cuadros de artistas que, en las formas y en el fondo, se han preocupado de la ética, aunque por ello hayan tenido que pagar el alto precio de “una actitud marginal que se ha traducido en un desgarramiento interior y en una exclusión del entorno social”.

Me identifico con él cuando afirma que la escritura le protege. “Es un mecanismo que me transforma y me sirve para enfrentarme a esta ciénaga de corrupción”. O cuando proclama, hablando de su tierra asturiana, que “nuestro futuro es negro, triste y lleno de nubarrones. Aquí tenemos un gobierno mediocre, con todo lo que significa”.

He leído cada poema mirando antes el cuadro que lo inspira y comprobando, después, que la lectura había transformado mi mirada y al propio cuadro. Hacerlo con El Joven Mendigo de Murillo; Las Espigadoras, o El Angelus, de Millet; La nevada, de Goya; El bosque sexual de Lorca; El pájaro migratorio de Miró; La Gioconda de Leonardo; o los grabados y pinturas de los torturados en las paredes de la cárcel de Abú Grahib. Hacerlo sin prisa, obra a obra, dejando tiempo entre cada poema, nos permite el redescubrimiento del artista y de su obra.

Lo dicho, Javier García Cellino me suscita envidia, sana, o insana, qué más da, si es una envidia que me llena de ideas, de ganas de escribir, de necesidad de seguir buscando, en la tierra de los Nadie, las huellas de sus pobladores, y adentrarme en los caminos de su Famélica Legión.


Cuentos en la Tierra de los Nadie

julio 18, 2017

En la Casa del Lector del Matadero de Madrid acabo de presentar mi último libro titulado Cuentos en la Tierra de los Nadie, editado por Legados Ediciones. Mi anterior libro era un poemario titulado La tierra de los Nadie. Esta columna se llama La Voz de los Nadie. Es forzoso preguntarse, ¿de dónde viene esta obsesión recurrente por los Nadie?

Sin embargo, vengo hoy aquí a hablar de mi libro y, siguiendo al maestro Umbral, no dejaré que nada ni nadie evite que lo haga. Dejaremos sin responder, al menos de momento, la pregunta. Alimentemos por ahora la insatisfacción. Provoquemos que se establezcan conjeturas, hipótesis, dudas razonables, sobre la existencia o no de una Tierra de los Nadie. Dejemos trabajar la imaginación.

Vayamos al grano. He construido estos Cuentos en la Tierra de los Nadie con diez relatos prefabricados y ensamblados en un universo confederal de pueblos, valles, barrios periféricos y minas asturianas. Cuentos escritos a lo largo de varios años y que han conseguido algún premio o reconocimiento en lugares tan diversos como Hervás (Cáceres), Oviedo (Asturias), Coria (Cáceres), Bilbao, Trigueros (Huelva), NH Hoteles. En alguna ciudad de la Mancha, como Azuqueca, y en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no consigo acordarme, por más que lo intente.

Cuentos protagonizados por ancianas de barrio, bibliotecarias, trabajadoras de temporada en algún camping del Ambroz, porteros de finca, drogadictos, cundas, viudos, viudas, jóvenes desarraigados al borde del exilio interior y exterior, camioneros, efebos a la helénica usanza, un divisionario  (de aquellos genuinos de la División Azul) y unos cuantos mineros que trabajan, con el agua hasta la cintura, en el pozo de la Camocha.

Historias de ayer que podríamos contar hoy, casi tal cual. Historias de hoy que podrían tener décadas a las espaldas, porque las circunstancias de los Nadie se atienen a un principio de relatividad incierta, que no tiene que ver con la velocidad de los cambios, sino con la intensidad del dolor y de la alegría, que de todo hay en esta desconocida tierra.

Manuel Rico, poeta, novelista, presidente de la Asociación Colegial de Escritores, me ayudó en la presentación y atendió a mi petición de redactar el Prólogo del libro, al que tituló: Un canto a los sueños de los invisibles. Le agradezco este esfuerzo suplementario que ha realizado, sacando tiempo de donde no lo tiene, para atender a mi demanda.

Y agradezco esa referencia al género del “cuento preocupado por la condición de los humildes” que floreció por los años 50 y que contó con escritores como Medardo Fraile, Meliano Peraile, Jesús Fernández Santos, o el enorme Ignacio Aldecoa, que escribió La tierra de nadie y otros relatos.

Es inmerecido, pero halagador, que Manuel considere que mis cuentos navegan, transcurridos los años y en el tránsito entre dos siglos, por el mismo mar de fondo  de una sociedad injusta, gobernada por una minoría ignorante y egoísta, que aplasta las ilusiones de los humildes, que se ven obligados a la lucha cotidiana por la supervivencia.

Contar cuentos puede parecer un ejercicio de diversión, evasión, invención. Pero todas las historias están inventadas. Cambias los personajes, el espacio y el tiempo y los ancestrales relatos vuelven a aparecer ante nosotros. Escribir cuentos, contarlos, me parece un intento de reinventar la realidad, establecer un relato de cuanto no podría ser narrado exactamente tal cual ocurrió. Escribir novelas y cuentos para que la vida pueda ser aprehendida, comprendida y no sólo literalmente conocida. Los personajes del cuento existen o han existido en  uno o varios de otros seres reales. Los tiempos, o los espacios, las circunstancias, son reconocibles, aun cuando procedan de los  sueños o de los miedos más profundos.

Nada como leer a Valle-Inclán, sus esperpentos, para intuir una España que se despeña irremisiblemente hacia una Guerra Incivil. Nada como leer Siete casas en Francia, de Atxaga, antes o después de El corazón de las tinieblas, de Conrad, (cuento largo, novela corta), para comprender el horror de las potencias coloniales en Africa, en este caso en el Congo sometido al rey Leopoldo II de Bélgica.

Escribir, contar, para intentar atrapar en ti una vida incomprensible que siempre se nos escapa.

Francisco Javier López Martín