L´esquerra al vent

noviembre 12, 2017

Hace unos días unos amigos de La Izquierda me invitaron a participar en un acto en el Ateneo de Madrid. Presentaban un Manifiesto en el que realizaban un llamamiento a la unidad de la izquierda, para recuperar el protagonismo de las fuerzas progresistas en la superación de una situación política y económica que trae al país por la calle de la amargura.

Saben mis amigos que no milito en ningún proyecto político en estos momentos. Por eso me piden que mi intervención se dedique a explicar cómo veo hoy la izquierda y las posibilidades de unidad de la misma. No parece tarea fácil, cuando la izquierda se manifiesta incapaz de conjurar la maldición del sectarismo y la división.

Uno es de izquierdas por nacimiento, por convicción, o por las dos cosas al mismo tiempo. Mi abuelo paterno vivía en la Sierra de Guadarrama, pertenecía a la UGT y al PSOE. Ya he contado en otras ocasiones que partió voluntario a la guerra con sus 42 años a cuesta (le llamaban el abuelo) y nunca volvió. Aún no sé dónde murió. Dejó mujer y tres hijos. Luego, mi abuela, recogió a una niña huérfana del pueblo y ya eran cuatro hijos en esa familia sin padre.

En la otra rama de la familia, mis abuelos maternos dirigían las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), en su pueblo, cercano a Talavera de la Reina. El avance de las tropas sublevadas el 18 de julio del 36 les llevó a huir por los caminos para llegar a Madrid. Mi abuelo combatió, fue soterrado por una bomba y terminó pagando con la cárcel su osadía. Mi abuela también fue encarcelada, en la misma cárcel en la que se encontraban las 13 Rosas. Sus siete hijos repartidos entre familiares y hospicios.

Ese es mi ADN. Pero el destino no está escrito. Podría haber acabado siendo de derechas, conservador, o fraile. Pero también, en este caso, la vida se conjuró para que viviera en un barrio obrero. Un barrio rodeado por fábricas como Marconi, Barreiros, Standard Eléctrica y pespunteado con pequeños comercios y talleres.

La gente decente que he conocido era, casi siempre y mayoritariamente, de izquierdas. Fueron esas personas trabajadoras las que condujeron mi personal transición hacia la democracia. No sabíamos qué cosa sería aquello. La libertad, a fin de cuentas, era un  sueño siempre postergado en la pesadilla del franquismo.

Por eso, ahora, cuando veo algunas gentes poner en solfa y cuestión aquel camino, eso que llaman, despectivamente, el régimen del 78, no puedo dejar de sentir tristeza por la tremenda injusticia que se comete con cuantos combatieron el franquismo e hicieron palanca para traer la libertad.

Para entender aquel momento y las decisiones que tomaron hay que recordar lo que decía Largo Caballero, en Berlín, tras ser liberado en 1945, por el Ejército Rojo, del campo de concentración nazi de Sachsenhausen: Hace algunos años, en un mitin celebrado en el cine Pardiñas de Madrid hablamos Besteiro, Saborit y yo. En mi peroración dije, Si me preguntan qué es lo que quiero, contestaré República, República, República. Hoy si me hicieran la misma pregunta respondería: Libertad, Libertad, Libertad. Pero libertad efectiva; después ponga usted al régimen el nombre que quiera.

No había dejado de ser, el Lenin español, socialista y republicano. No se había hecho monárquico, ni mucho menos fascista. Había entendido la necesidad de priorizar la libertad, tras el horror sembrado por el terror nazi. Esas son las banderas que la izquierda no puede dejarse arrebatar. Las banderas de la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Para ello la izquierda necesita unidad, que no uniformidad. El mérito no consiste en unir a los que piensan igual, sino en mantener unido lo diverso y plural. Aceptar el debate a tumba abierta, respetar las decisiones mayoritarias, integrar a quienes quedaron en minoría. Abandonar la enfermedad infantil del egoísmo sectario que nos hace creer que nuestras pasiones coinciden con el interés general.

Esa es hoy la responsabilidad de la izquierda española. Construir la unidad para que el momento histórico que afrontamos se resuelva a favor de quienes más necesitan sentirse libres e iguales.

Hubo un día en el que tiramos la estaca. Hoy la responsabilidad exige ponerse en marcha, recorrer nuestro propio camino, Nosaltres al vent, la cara al vent, el cor al vent, les mans al vent, els ulls al vent, al vent del mon.

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Formación, tenemos un problema

noviembre 5, 2017

Los medios de comunicación se hacen eco de que las organizaciones empresariales CEOE y CEPYME han iniciado una ronda de encuentros con grupos parlamentarios del Congreso de los Diputados, para presentar una propuesta de Ley de Formación, a la que han denominado de Formación Profesional en el Trabajo, con la cual pretenden reemplazar la actual Ley 30/2015 por la que se regula el Sistema de Formación Profesional para el Empleo en el ámbito laboral.

El intento merece un comentario y tiene su aquel. Es verdad que la Ley actual fue remitida hace dos años por el gobierno al Congreso y fue aprobada con un nivel de consenso que no se corresponde con el alto grado de incumplimiento de sus objetivos que luego ha demostrado, traicionando todas y cada una de las expectativas creadas y promesas públicas realizadas para justificar aquella reforma impuesta de la formación, que no contó con el acuerdo de empresarios y sindicatos.

De hecho, la única convocatoria estatal de formación que se ha puesto en marcha tras la aprobación de la ley, se ha dilatado en el tiempo para su resolución y se ha visto acompañada por el escándalo. Ha demostrado que los males perviven, que la libre concurrencia desordenada de “expertos” en la captación de subvenciones ha convertido la formación en un pantano ingobernable. Ha vuelto a poner de relieve que merecería la pena afrontar, sin tardanza, la negociación de un pacto político y social en torno a la Formación Profesional de los trabajadores y trabajadoras en nuestro país.

No es mala idea, me parece, proponer una nueva Ley. Sólo que eso debería ser el resultado de una negociación previa para no sustituir la imposición del gobierno por la imposición de otra de las partes en conflicto. Dirán los responsables empresariales que otros pueden presentar sus propuestas y, ya si eso, luego las compaginamos.

Pero hubiera sido mejor que los sectores empresariales hubieran negociado con los sindicatos, para luego dirigirse al gobierno y a los partidos políticos con una propuesta conjunta. Nos ahorraríamos tiempo y estériles debates. Un problema de método, dirán entonces, pero es que el método en política es muy importante. Que se lo pregunten a un tal Carles.

Claro que, si lo hubieran hecho así, los sindicalistas les podrían haber espetado que, “ya puestos, por qué hablar sólo de la formación, que os trae por la calle de la amargura, y no de salarios, jornadas de trabajo, combate contra la precariedad, de Salario Mínimo Interprofesional, salud laboral, o de contratos decentes… De la negociación colectiva, vaya”. Y, claro, eso no.

El motivo es que la cúpula empresarial considera que lo primero para los empresarios debe ser “recuperar los altos beneficios empresariales y, cuando nos hayamos hartado, ya caerán las migajas de la mesa, casi por sí mismas, por hartazgo, por hastío, hacia las bocas de los trabajadores, aunque sea en forma de salarios de miseria y empleos precarios. La modernidad es eso. El futuro es así, inevitablemente”.

Han preferido, de nuevo, ir a lo suyo. El propio nombre que han elegido para la ley lo deja claro: Formación Profesional en el Trabajo, frente a Formación Profesional para el Empleo. Dicho de otra manera, las organizaciones empresariales plantean utilizar los recursos de la cuota de formación para formar a quienes ya tienen trabajo y, exclusivamente, en función de las necesidades de la empresa. Incluso los parados que, cuando tenían empleo, habían cotizado a la seguridad social, serían objetivo residual de esta ley. Y eso no es justo. Y lo saben.

Saben que vivimos en una sociedad de alto paro estructural, a causa de un tejido productivo que aporta muy poco valor añadido y que obtiene beneficios para los empresarios a costa de salarios bajos y de una rotación permanente de los trabajadores.

En estas condiciones, salvo unas pocas grandes y medianas empresas que invierten en cualificación de sus trabajadores y trabajadoras, el resto de la formación tiende a convertirse, casi exclusivamente, en una forma de retorno de las cotizaciones de formación, utilizando para ello las bonificaciones empresariales, a cambio de facturar algunos cursillos de formación. O en un requisito molesto, pero fácilmente sorteable y hasta eludible, cuando realizas un contrato laboral que incorpora compromisos de formación a cambio de pagar menos cotizaciones a la Seguridad Social. Basta ponerte en manos de “buenos” asesores de formación y puede que no tengas ni que hacer formación. O como mucho una cosita a distancia.

Se olvidan, además, de que la formación, a lo largo de toda la vida, es un derecho de la persona y una necesidad para el futuro de las empresas. La formación mejora la posibilidad de encontrar empleo, de promocionar, de cambiar de categoría profesional, puesto de trabajo, empresa, o de profesión.

La formación es el mejor capital de los trabajadores. El trabajo y nuestra formación es aquello con lo que contamos, casi lo único con lo que contamos, para abrirnos camino en la vida, atender las necesidades familiares, obtener derechos futuros a una pensión, o una prestación por desempleo.

Es incomprensible que, cuando los organismos europeos y las experiencias sobre mejores prácticas en materia de formación, aconsejan que los procesos y planes de formación de los trabajadores y trabajadoras sean fruto de la negociación entre empresarios y trabajadores, en el marco de la empresa y a niveles sectoriales, la CEOE y la CEPYME sigan considerando que la formación es competencia exclusiva del empresario y que los trabajadores y trabajadoras no tienen nada que decir al respecto, salvo ser informados.

El gobierno, con su ley, ha destrozado el sistema de formación para el empleo. Los empresarios, con su propuesta de Ley, ofrecen la exótica solución de establecer una dictadura del empresariado sobre la formación de los trabajadores y trabajadoras. Sin participación alguna, por lo tanto, de quienes tienen necesidad de  formarse y deberían tener mucho que decir sobre en qué formarse y cómo hacerlo.

Vivimos un tiempo en el que el cómo es tan importante como el qué. Y en este caso, las propuestas de una de las partes (las organizaciones empresariales), son formuladas unilateralmente, de forma egocéntrica y, además, lo hacen sin tomar en cuenta las necesidades, los intereses y las preocupaciones de los demás actores de la formación en nuestro país, ya sean sindicatos, o administraciones.

Comenzar la casa por el tejado es lo que tiene. Te ves obligado a cubrir aguas y poner la bandera, antes de que los muros y sus cimientos hayan sido construidos, consolidados y reforzados, de forma que sean capaces de sostener un entramado tan complejo. Aunque la intención inicial fuera buena, ni el cómo, ni el qué, hacen posible aceptar esta propuesta empresarial como animal de compañía.


Acoso a artistas

noviembre 5, 2017

Hace poco leí una noticia en los medios de comunicación sobre las denuncias de algunas grandes actrices estadounidenses contra el superproductor Harvey Weinstein por acoso sexual. Todo un escándalo de agresiones que ha destapado uno de los inframundos sustentan el suelo sobre el que se construyen los escenarios y platós de la industria cinematográfica.

Al parecer, el miedo a no trabajar y ver arruinadas sus carreras profesionales ha permitido que el silencio imperase durante mucho tiempo en torno a un escándalo que era ampliamente conocido, pero no publicitado fuera del inframundo en cuestión.

Un suplemento periodístico dedicado a la mujer ha decidido preguntar a unas cuantas actrices españolas, para saber si la situación en España era la misma. Para ello se ha dirigido a algunas actrices conocidas, como Aitana Sánchez-Gijón, Carla Hidalgo, Ana Gracia, o María Valdivieso.

La respuesta generalizada ha sido que nuestro país no es muy diferente del Imperio en estas cuestiones de acosos sexuales, amenazas y chantajes para obtener un papel. O eso, o no hay trabajo que valga. No todo es así, evidentemente, pero hay ejemplos notorios y silenciados.

He recordado que un amigo mío contaba que su incipiente y casi non nata carrera musical, se vio malograda, merced a una negativa dirigida a un conocido crítico musical y comentarista en los medios. Mis amigos de la Unión de Actores me han referido, no pocas veces, que en una profesión tan desregulada, precaria, temporal y caprichosa como ésta, no faltan abusos, atropellos y arbitrariedades. No importa cuán cualificado te encuentres. Tus oportunidades poco tienen que ver con ello.

Tengo dos hijas que se dedican a este mundillo y, a través de su experiencia, puedo comprobar cada día lo difícil que es abrirse camino en esta profesión. Hay países europeos, conozco el caso de Bélgica, que conceden un Estatuto del Artista a quienes demuestran cada año que esa es su forma de vida principal.

Ese “status” no se regala, sino que se concede cuando se demuestra objetivamente la condición de artista. Permite acceder al desempleo cuando no se trabaja y dejar de cobrarlo cuando se producen ingresos por la actividad artística, o facilita el acceso a asesoramiento y ayuda en los temas más complejos para un artista, como contratación, facturación, o declaración de impuestos.

Pero claro, Bélgica es un país avanzado, aún con crisis y recortes, al que le preocupa seguir siendo referente cultural en Europa y en el mundo. De hecho conozco artistas españoles que actúan por Europa, con ayuda de la Embajada Española, la marca España y hasta el Instituto Cervantes, mientras que aquí no consiguen abrirse camino de forma alguna. Nuestra juventud sabe que para trabajar hay que probar suerte del lado de allá de las fronteras.

Y no es un problema de derechas o izquierdas, porque esas definiciones, en muchas ocasiones y desgraciadamente,  parecen ser tan sólo los apellidos que identifican a los caciques del lugar, elegidos, cooptados por el partido, o de carrera. La dedocracia, el amiguismo, el enchufismo, siguen siendo prácticas comunes, frecuentes y “admitidas” como animal de compañía en demasiados departamentos administrativos.

No hace mucho tiempo, paseaba por unas fiestas de barrio, amenizadas por un nutrido grupo musical. Me saludó la presidenta de la Asociación de Vecinos, que compartía mesa en la terraza de un bar, con el concejal del distrito. Comenté algo sobre la calidad de la música y la respuesta inmediata y satisfecha de aquella buena mujer fue que el grupo actuaba sin cobrar un duro.

Quizá sonó descortés mi respuesta, cuando le dije que quienes limpiasen la plaza, las calles y el parque, tras la fiesta, seguro que cobrarían un salario. Y que quienes ponían el escenario y las luces, mal que bien, también pasarían factura. En cuanto a los del bar, cobrarían las cañas y raciones servidas.

Pero en España la cultura es otro mundo. Tiene valor aleatorio y no tiene precio. Si te lo montas bien, te contrataré de vez en cuando y si, también de vez en cuando, me lo haces por la jeta. Las vidas de nuestros músicos y gentes de la escena, no son muy distintas de la que transitaron sus antecesores medievales y hasta nuestros días. En España hay cosas que nunca cambian. El acoso a los artistas y el desprecio a su trabajo, tampoco.


Probado: Luis el “Cabrón” es Luis Bárcenas

octubre 30, 2017

Dice la Fiscalía Anticorrupción que ha quedado acreditado y probado que Luís el Cabrón es Luís Bárcenas, el extesorero, exgerente y exsenador del PP. Y que en el PP había una caja “B” opaca. Y que no su grupo municipal, sino el susodicho partido, se ha lucrado de la Gürtel. Y que todo este desparramo no ha beneficiado al Estado ni a los españoles.

Andamos sin embargo, tan entretenidos en el jugueteo que se traen Mariano y Carles, que no prestaremos mucha atención a una noticia que, por sí misma, daría lugar a la convocatoria inmediata de elecciones anticipadas en muchos de los países de nuestro entorno.

Un escándalo no muy diferente al vivido en Italia en la década de los 80 del siglo pasado, en torno al Banco Ambrosiano, ligado al Banco Vaticano y bien relacionado con la logia masónica P2 y hasta con elementos de la mafia. Escándalo que tuvo continuidad en los 90, cuando se desencadenó Tangentópolis, un proceso de investigación al que se dio el nombre de Manos Limpias (no confundir en modo alguno con ese engendro sometido ahora a investigación y procesos judiciales en España).

Las corruptelas, corrupciones, sobornos, comisiones y mordidas generalizadas que se destaparon dieron lugar a más de 1200 condenas de responsables empresariales y políticos y condujeron al hundimiento político de la Democracia Cristina y el Partido Socialista de Bettino Craxi.

La maraña de la justicia hizo que peces gordos como Berlusconi o Craxi fueran un día condenados, luego absueltos. Más tarde fueron declarados prescritos algunos de sus delitos. Entre medias se beneficiaron de la inmunidad parlamentaria y por último se acogieron al “Decreto Salvaladrones”, aprobado por un gobierno presidido por el propio Berlusconi, que evitaba la cárcel para este tipo de delitos.

Se me hace a mí que esto de la corrupción forma parte de la idiosincrasia nacional de algunos lugares de Europa, al sur de los Pirineos y los Alpes. En España parece venir de largo. Un buen número de magistrados romanos destinados en Hispania durante un tiempo (pretores, cuestores y demás) acababan a su vuelta a la capital del imperio en cárceles romanas, incapaces de justificar los orígenes de su rápido enriquecimiento.

No en vano el género picaresco es una invención española y buena parte de sus héroes accidentales deambulan por las calles de la capital económica de la península, a mediados del siglo XVI. Madrid era la Corte, pero Sevilla gobernaba el mundo. Al menos el Nuevo.

Esa Sevilla a la que llegaban los barcos cargados de oro y plata de las Indias y en la que buscaban acomodo y supervivencia Rinconete y Cortadillo, Guzmán de Alfarache, el Buscón llamado Don Pablos, la hija de la Celestina, o el Burlador de Sevilla, que no es más que un pícaro por otros medios. Hasta el Diablo Cojuelo recala en Sevilla y el pobre Lázaro de Tormes, se nos aparece doblemente pobre perdido por derroteros salmantinos y toledanos mientras suspira, sin atreverse a decirlo, por emprender camino hacia Sevilla.

El mismísimo Don Quijote, que nunca traspasó la frontera de Sierra Morena, ni nunca entró en Sevilla (aunque sí lo hizo en Barcelona), se topa por los caminos con la presencia recurrente de la ciudad. Su puerto hacia las Indias, su poderío y sus gentes, los personajes que conoció Miguel de Cervantes mientras en Sevilla vivió, se le aparecen al Ingenioso Hidalgo, como destino deseable y como paradigma de la riqueza, el poder, la pobreza de solemnidad y la marginación.

Es verdad que la riqueza americana pasa por Sevilla, enriqueciendo a unos pocos y sembrando migajas entre la numerosa población que allí mora. Pero no es menos cierto que, inmediatamente, el mayor bocado es devorado por aquellos que financian las aventuras de nuestros reyes, ya sean estas aventuras festivas, o guerras continuas. Conquistar todo un imperio para dilapidarlo en disputas interminables entre monarcas de la época y todo por dominar pequeños y ajados territorios europeos.

El españolito malvive y muere pronto en su tierra. Se alista en los tercios para ganar poco y morir joven al modo de Alatriste. O emigra a América para perderse en la inmensidad de las selvas, los valles y los desiertos, como lo hiciera Lope de Aguirre, navegando el Orinoco, en busca de un inalcanzable El Dorado, perdiendo vidas, condenando sus almas y sembrando muerte, dolor y esclavitud a su paso.

Tan solo unos pocos volvieron como ricos indianos, merecedores de reconocimiento general, por la magnificencia de las obras públicas, de caridad y construcción de palacetes que emprendieron y merced a la compra de voluntades que pagaron a buen precio en los pueblos donde habían nacido.

Otros pocos quedaron ricos allá, fortaleciendo las raíces de árboles genealógicos que aún gobiernan los destinos aquellos países, mientras sus descendientes acusan, a quienes nunca hicimos ese camino de ida, ni de vuelta, de haber explotado y masacrado nada menos que todo un continente.

Eduardo Mendoza con su Ciudad de los Prodigios, o Valle-Inclán, con su hija del Capitán dan buena cuenta de cómo asesinatos y hasta directorios militares encuentran acomodo en este país, siempre que se trate de tapar una corrupción generalizada y ventilar el olor a podredumbre cuando ya todo lo impregna.

Visto el desarrollo del culebrón catalán, no es extraño que el mismo día en que Luís Bárcenas resulta desenmascarado como Luís el Cabrón, benefactor de toda su familia política, homologable a nivel estatal con las artes que la familia Pujol desplegaba en Cataluña. Ese mismo día, el drama catalán que se encaminaba a un desenlace trágico, haya girado hacia la comedia, para acabar en melodrama. Retransmitido en directo, en ediciones especiales, exclusivas, monotemáticas.

Y mientras tanto, la vida sigue y todo funciona, más mal que bien, pero funciona. Y, cada día, la ciudadanía se pregunta para qué sirven una política y unos políticos que están como ausentes. Cada vez hay menos diferencia entre los famosos invitados a participar en Gran Hermano y los políticos embarcados en el reality catalán. Es más, el resultado es bien parecido. El país se entretiene, la corrupción pervive, las bajas pasiones afloran en torno a nacionales y nacionalistas, mientras los jefes de Luis el Cabrón y el pujolismo disfrutan de la Gürtell y del tres por ciento, al tiempo que se frotan las manos.


Los carriles de la vida

octubre 29, 2017

Me gustaría escribir este artículo “objetivamente”, pero bien es sabido que la objetividad de cada cual depende muy mucho del lugar que elige para mirar. Hablar de Paco (oficialmente Francisco) Naranjo, con motivo del libro que presenta esta semana, no puede tener nada de objetivo, porque la amistad es pura subjetividad.

El libro se titula Los carriles de la Vida. El título resulta ineludible porque, según cuenta él mismo, nació debajo de una traviesa negra y alquitranada, contraviniendo las normas más elementales, que dictaban explícitamente que todos los niños debían venir de París, en el pico de una cigüeña. La traviesa en cuestión se encontraba en un lugar llamado Esparragalejo, porque el padre de Naranjo era ferroviario en el cercano apeadero de Proserpina, muy próximo a Mérida.

Avisa la portada que nos encontramos ante un libro de Crónicas de un ferroviario extremeño. Crónicas porque cuanto leeremos es mucho más que un diario de transcripciones aburridas de hechos, acontecimientos y conocimientos personales del autor. Cada breve capítulo recrea momentos, desvela sensaciones, esparce opiniones, disemina anécdotas y evoca en nosotros momentos de nuestras propias vidas.

La verdad del ferroviario, porque eso es lo que ha sido Naranjo, con orgullo, toda su vida. Los dos colectivos más golpeados por la represión franquista tras la guerra civil, le gusta recordar a Almudena Grandes, fueron los maestros y los ferroviarios. Los maestros porque preservaban la cultura para las nuevas generaciones. Los ferroviarios, porque en sus viajes por toda España, transportaban los libros, los panfletos, las enseñanzas de los maestros.

La verdad del extremeño que nunca se sintió charnego en el Madrid que le adoptó y donde se convirtió en un experto en comunicación, mucho antes de que llegaran los “media expert” y se percató de las posibilidades de internet antes de que aparecieran como una novedad los Community Manager.

Paco Naranjo es  ejemplo de trabajador autodidacta, en una España en la que abundan los analfabetos funcionales, con título a cuestas y cargo público, o privado, en ristre. Claro que ha cursado estudios profesionales, pero ha aprendido lo primordial de cuanto sabe por sus propios medios. Fijándose en los mejores, leyendo a los imprescindibles, escribiendo comunicados de prensa, extrayendo lecciones de los momentos vividos, asistiendo a actos culturales, aunque para ello tuviera que disfrazarse de figurante romano en una obra del Teatro Clásico de Mérida.

Si un día, un investigador de las sociedades pasadas (uno de esos que no se fija sólo en los acontecimientos y sus protagonistas  oficiales y autorizados), encontrase el libro Los carriles de la Vida de Francisco Naranjo, en una de las traviesas estanterías de una estación bibliotecaria, habría descubierto las vías de acceso a  lo que Unamuno denominaba la intrahistoria de nuestro tiempo.

Por este tren, pasan los más variados personajes. Desde sus padres, hasta Rafael Alberti, Lorca, Miguel Hernández, o Marcos Ana. Por allí transitan su mujer, Isabel y sus hijos, compartiendo vagón con Dolores Ibarruri, con Lola González, o con Cármen Rodríguez, la mujer de Simón Sánchez Montero.

En el tren, de largo recorrido y lenta velocidad, viajan Marcelino y Josefina, en animada conversación con Genovés y en el mismo vagón un tal Antonio que, más tarde, descubrimos que se apellida Gutiérrez. El senador Pepe Alonso, comparte el mismo compartimento, con literas reservadas, con el profesor anarquista Agustín García Calvo, el sindicalista Paco el Cura y el luchador vecinal Paco Caño.

A través de las ventanillas podemos contemplar escenas de la vida del pueblo y de la ciudad. Recordar las tragedias que nos han marcado en el despacho laboralista de la calle Atocha, o en los trenes que llegaban a la estación de Atocha. Descubrir los paisajes de las luchas mineras y bajarse en la estación del Campamento de la Esperanza de SINTEL. En cada andén podemos reconocer a muchas mujeres y algunos hombres que nos han acompañado y que nos siguen acompañando, aunque ya no estén.

El libro de Paco Naranjo partió, como ya quedó dicho, del apeadero de Proserpina y realiza paradas en más de sesenta estaciones. Se encamina ahora hacia la montaña de Príncipe Pío, a la que el lector puede ascender desde la estación y detenerse un momento en el mirador, para allí asombrarse del largo y sinuoso camino que ya ha recorrido nuestro tren. Para sentir, a continuación, la fascinación de unos carriles que se proyectan hacia un horizonte al que nos encaminaremos en el momento en que bajemos de la colina y Paco Naranjo toque el silbato, baje la bandera y dé la señal de partida.


Carta abierta a Paquita

octubre 25, 2017

Paquita,

Te debía esta carta desde que te vi en aquel programa de La Sexta prorrumpiendo aquel contundente, e inmediatamente viral, Tengo 91 años, pero no soy gilipollas. Aquel airado alzarse del suelo me sacudió de golpe y me hizo pensar en la cantidad de actos, asambleas, manifestaciones, en los que hemos coincidido y en todos aquellos en los que tú ya estabas, estás, estarás, cuando yo aún no estaba, en los que ya no estoy, o donde nunca estaré.

Haber sido Secretario General de las CCOO en Madrid me ha traído no pocos sinsabores. Unos previsibles y generalmente llegados de fuera. Otros, de aquellos que, cuando menos te lo esperas, te atrapan desde el interior de las organizaciones. Pero cada uno de ellos se ha visto compensado por decenas de momentos en los que el mundo se ordenaba gracias a la magia de las personas con las que los compartía. Personas cuyos sinsabores y alegrías son muchos y más hondos que los míos. Tú eres una de esas personas.

Hace mucho tiempo que descubrimos, gracias a mujeres como tú, que la historia de los trabajadores españoles era también una historia de trabajadoras que se jugaban mucho en los centros de trabajo y que sostenían a sus familias cuando los hombres eran encarcelados. No era sencillo mantener el tipo cuando faltaba el sustento y la supervivencia dependía de cuanto allegaban la familia y las familias amigas.

Es cierto que aún se cuenta una historia preciosa sobre los 10 de Carabanchel. Esos diez dirigentes de las CCOO que fueron detenidos mientras se reunían clandestinamente en un convento de los monjes oblatos, en Pozuelo de Alarcón. Era el mes de junio del 72 y fueron juzgados en el proceso 1001, justo antes de las Navidades del 73. Precisamente el día que eligió ETA para culminar la Operación Ogro con el asesinato del almirante Carrero Blanco, el hombre de confianza de Franco. No hay mal que por bien no venga, parece que dijo un decaído y achacoso Caudillo.

Las condenas, en aquel juicio, contra pacíficos trabajadores, que sólo defendían la libertad sindical y los derechos laborales, resultaron desmesuradas y la solidaridad internacional, que ya había sido inmensa, se multiplicó, dejando en evidencia la imposibilidad del franquismo de sostenerse como régimen más allá de la desaparición del dictador.

Son historias poco aireadas en estos tiempos en los que parece que hay interés en hacer que creamos que nos regalaron la democracia. Y aún menos recordadas, aún más en la sombra, quedan las mujeres que visitaban las cárceles: las que se entrevistaban con altos cargos franquistas, jueces, policías torturadores; las que mantenían a sus familias al tiempo que asistían a las reuniones con embajadores, cargos eclesiásticos, personajes conocidos y reconocidos en aquellos tiempos.

Es la historia de Josefina Samper, por mencionar tan sólo a la compañera de Camacho, que conseguía sacar tiempo de donde no lo había para confeccionar los famosos jerséis de cuello alto y cremallera, modelo Marcelino. Pero es la historia de tantas otras mujeres, en los centros de trabajo, en los despachos laboralistas, en las casas trabajadoras. Mujeres sin las cuales no existiría el sindicalismo, ni la propia libertad en España.

Entre ellas había una Manuela Carmena, hoy alcaldesa de Madrid; una Begoña San José, defensora incansable de los derechos de la mujer; una María Luisa Suárez, que fundó el primer despacho laboralista en Madrid; la incansable Cristina Almeida; mi inolvidable y divina impaciente Salce Elvira; Dolores Sancho, la esposa de Pedro Patiño, asesinado por guardias civiles en el barrio de Zarzaquemada (Leganés) durante una huelga “ilegal” de la construcción, allá por septiembre del 71.

Son incontables, Paquita, los nombres que deberían de figurar antes o después de los que aquí quedan reflejados. Tú podrías recordarme los de centenares de mujeres  con las que has compartido luchas, alegrías y tristezas, pero no puedo olvidar la triste historia de nuestra amiga, la abogada Lola González Ruiz. Perdió a su pareja, Enrique Ruano, en 1969, al caer desde una ventana, durante un registro domiciliario. La policía política del franquismo habló de suicidio. La familia habló de asesinato.

El 24 de enero de 1977 las balas de un comando fascista, acabaron con la vida de los abogados del despacho laboralista de la calle de Atocha 55. Su esposo, Francisco Javier Sauquillo, murió en aquel atentado. Ella misma resultó herida de gravedad. Las secuelas la acompañaron el resto de sus días. Cada 24 de enero suponía una prueba de dolor para ella. Un momento muchas veces intransitable. Algunos años, durante esos días, permanecía sólo localizable para un estrecho círculo de personas muy cercanas.

Paquita, tienes un año menos que mi madre. Ella nació en 1924 en un pueblecito cercano a Talavera de la Reina y tú en Madrid. Tú fuiste a una escuela republicana y ella no tuvo otros estudios que la vida del campo. La guerra os sorprendió siendo muy niñas y las dos acabasteis en la triste posguerra madrileña. Tú visitabas a tu padre en la prisión y mi madre visitaba a la suya en la cárcel de Ventas. Su padre estaba incomunicado. Habían sido detenidos cuando alguien del pueblo reconoció por la calle a mi madre y la siguió hasta dar con el paradero de ambos. Luego el chivatazo, la detención, la cárcel, las torturas.

En la cárcel de Ventas estaban recluidas las Trece Rosas, que serían ejecutadas en la tapia de la Almudena, por pertenecer a las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas). La misma organización que mis abuelos dirigían en el pueblo. Las mismas Trece Rosas, a cuya memoria y recuerdo has dedicado buena parte de tu vida.

Nada es casual, decía mi amigo Indio Juan. Todo en la vida se comporta como un horizonte de sucesos, en la frontera de un agujero de gusano, que termina conectando espacios lejanos más allá de las limitaciones del tiempo presente. Conexiones que dan sentido a nuestras vidas. A tu vida y a la de mi madre. A la de Carmen, Martina, Blanca, Pilar, Julia, Adelina, Elena, Virtudes, Ana, Joaquina, Dionisia, Victoria, Luisa. Trece Rosas y otras trece veces trece mujeres luchadoras, que defienden la vida en cada barrio, en cada empresa, en cada familia.

Lo dicho, Paquita, te debía esta carta. Os debía esta carta.


Erradicar la pobreza y la miseria

octubre 25, 2017

Ya sé que andamos muy entretenidos con ese inmenso árbol que ha crecido en mitad del camino y que no sabemos cómo sortear para continuar andando entre el bosque. Anda el país dándole vueltas al tronco del independentismo catalán, que alimenta sus raíces gracias a la inestimable cooperación del gobierno de Mariano.

El resultado es que los nacionales han redescubierto las esencias patrias con tonificantes gritos guerreros como el inimitable ¡A por ellos, Oé! Al tiempo que entonan el nuevo himno nacional ¡Que viva España! De vez en cuando, por poner en práctica las ideas, se les va la mano, o se les va de las manos, y se lían a porrazos en las terrazas de los bares, antes o después de un partido de futbol. Otras veces intentan quemar una bandera que no les arde en condiciones y en otros momentos intentan sembrar el caos a base de palos en algún acto nacionalista.

Un paréntesis, para evitar confusiones en torno al mejor intérprete del himno nacional, un tal Manolo Escobar, andaluz de nacimiento, charnego en Badalona, internacional de oficio y fallecido en Benidorm, conviene recordar la anécdota de López Bulla, el que fuera Secretario General de CCOO de Cataluña, quien cuenta que en los duros años de la dictadura franquista, cuando abordaban al cantante para solicitar ayuda para los detenidos en alguna huelga, en una manifestación, en una reunión clandestina, Manolo sonreía y contestaba, Aquí estamos pa lo que haga falta” y, consciente de su fama, terminaba diciéndoles, Decidme si hay que hacer algunas gestiones. Cierro el paréntesis.

Por su parte, los independentistas, conscientes de las tremendas limitaciones de un ideario nacionalista, que tantos desastres ha sembrado por el mundo y en la vieja Europa, se han lanzado, con buen oficio, a la escenificación de la socorrida obra dramática (unas veces comedia y otras tragedia), de la construcción de Arcadia, la república de Platón, o la de Utopía, el Reino de los Cielos, la Ciudad del Sol, la Nueva Jerusalén, o la Nueva Atlántida. Lo llaman INN (Independentismo No Nacionalista). Es imposible vivir en esta España busquemos refugio en una utopía, aunque termine en distopía.

El caso es que mientras Mariano y Carles dirigen la función, en Barcelona y en Madrid, hay cosas que se nos escapan entre los dedos. Asuntos a los que habíamos comenzado aprestar atención han desaparecido de la agenda política y de la escena social.

Este 17 de octubre se conmemoraba el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Cada año un buen número de organizaciones sociales organizan actos para ratificar un compromiso de la sociedad y reivindicar soluciones de los gobernantes. Se presentan informes sobre la situación de la pobreza en el mundo y en España. Se organizan manifestaciones, actos. Este año no faltan motivos, pero el día ha pasado mucho más desapercibido.

Vivo en Madrid. Según CCOO hay 84.000 pobres más que hace un año, en mi Comunidad. Una de cada cinco personas vive bajo el umbral de la pobreza. Son 280.000 los niños y niñas pobres, lo cual supone más de uno de cada cuatro en la Región capital de España. Más de 380.000 trabajadores y trabajadoras, que cobran un salario mensual, viven en situación de pobreza. Trabajar ya no te saca automáticamente de la pobreza. Una de cada dos familias monoparentales es pobre.

La pobreza ya no es la consecuencia de vivir en familias con problemas y desestructuradas. Ana González, la responsable de Política Social y Diversidad de CCOO de Madrid, advierte que hoy la pobreza convive con nosotros de forma cotidiana y corremos el riesgo de que se asuma como “algo normal”. Efectivamente, no podemos asumir como normales los recortes y el deterioro programado de la protección social. Hechos como que antes de la crisis la cobertura por desempleo fuera de más del 41 por ciento y hoy esa cobertura no llegue al 25 por ciento.

Imagino que esta situación, con ligeras variables, es similar en los lugares que, como Madrid, ostentan las rentas más altas de España, como el País Vasco o Cataluña. Y estoy seguro de que la situación será notablemente peor en otras Comunidades con rentas mucho más bajas. El aumento de las desigualdades es el gran drama de sociedades como la española.

Somos mucho más vulnerables de lo que parece. Entrar en la pobreza es muy fácil, pero salir de ella es muy difícil. Por eso es esencial que la sociedad permanezca alerta y que los poderes públicos se sientan forzados a hacer cuanto está en sus manos, utilizando los recursos necesarios, para erradicar la pobreza de nuestra sociedad.

Convendría que, mientras estos juegan a ser nacionales, aquellos a ser nacionalistas y los de más allá buscan una identidad independentista no nacionalista, delegaran las responsabilidades de gobierno de la res pública en un puñado de buenas y voluntariosas gentes que se ocuparan de cosas prosaicas como erradicar la pobreza económica y la miseria cultural “en un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles”.