ARTEfacto en el vecindario

diciembre 3, 2018

De un tiempo a esta parte se ha desencadenado un intenso debate vecinal, en algunos barrios de Madrid, en torno al desarrollo de unos proyectos que se denominan ARTEfactos. Parece ser que el Ayuntamiento de Madrid ha contratado a una empresa para diseñar una serie de edificios que incorporen viviendas sociales para colectivos desfavorecidos, espacios comunes para quienes vivan allí y usos dotacionales para el barrio. Los barrios elegidos parece que son Carabanchel, San Blas, Valdebebas y, recientemente, se presentó uno de estos proyectos en Retiro.

La verdad es que me ha costado entender el concepto y desvanecer las reticencias que me suscita el riesgo de que la idea acabe por crear guetos. Hay quienes los denominan, despectivamente, comunas. He buceado en internet y he intentado aclararme a qué se refieren los autores del proyecto y qué nos proponen con los ya famosos ARTEfactos.

De entrada, parece que plantean una intervención urbanística que sintetiza arte y habitabilidad, edificios donde vivir que funcionen bien internamente y que se relacionen provechosamente con el entorno. El edificio como mucho más que una colmena de jaulas incomunicadas hacia el interior y aisladas del espacio exterior. La idea, en principio, no parece mala.

En realidad, creo que esta forma de entender el urbanismo debería impregnar cualquier proyecto de desarrollo de la ciudad. Nos evitaría muchos problemas de barrios invivibles, como muchos de los que se están desarrollando en las grandes ciudades. Una suma inmensa de individualidades aisladas, mal comunicadas, con deficientes transportes públicos, en entornos feos, artificiosos, sin los servicios mínimos necesarios y dependientes de un gran centro comercial en las inmediaciones.

Dicho esto, creo que el arte de la política consiste en combinar el egoísmo de cada uno de nosotros, que buscamos lo mejor para nosotros y para los nuestros, con la necesidad de colaborar, cooperar, ser solidarios, si queremos conseguir una convivencia en libertad, con niveles aceptables de seguridad y servicios públicos de atención de nuestras necesidades sociales, educativas, sanitarias, de desplazamiento, en un medio saludable.

No es fácil, porque ambos extremos no siempre están equilibrados, ni los intereses de mi egoísmo coinciden con los del tuyo. Informar, formar, debatir, vencer resistencias a los cambios, negociar, buscar equilibrios entre intereses muy diversos y concepciones muy plurales, es la misión de cualquiera que quiera liderar y gobernar las comunidades.

Pensar nuestros desarrollos urbanísticos en términos de desarrollo de ARTEfactos, creo que merece la pena si queremos conseguir espacios urbanos más habitables, más respetuosos con el medio ambiente, que promuevan la convivencia, la cooperación, la solidaridad.

Ni quienes se oponen a los ARTEfactos son fascistas, como he visto definirlos a alguno en las redes sociales, ni los impulsores y defensores del proyecto son perroflautas podemitas y carmenitas, como veo que afirman quienes se sitúan enfrente. Tal vez hemos comenzado mal. Como improvisando sobre la marcha. Sin información adecuada, ni suficiente. A veces no se han calculado bien ni los usos dotacionales que el Plan General de Ordenación Urbana otorgaba a los suelos sobre los que se querían construir viviendas sociales.

Tal vez hemos comenzado la casa por el tejado, en lugar de poner los cimientos para nuevos modelos de convivencia. Puede que haya que abrir las puertas a una participación real de la vecindad en la definición de los nuevos barrios y en la remodelación de aquellos otros que se han ido degradando, las dotaciones y equipamientos que quiere tener, cómo queremos vivir y convivir. Tal vez merece la pena que abandonemos los tópicos y lo intentemos. Eso sí que es hacer las cosas con arte.

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Os engañan, hijo, siempre os engañan

diciembre 3, 2018

Casi cada día iba a ver a mi madre. Desde hacía más de cuarenta y cinco años vivía en un pequeño piso del barrio de Villaverde, uno de esos lugares que han quedado como anclados en el tiempo. Ha cambiado el perfil de sus habitantes, pero social y económicamente, quienes siguen viviendo allí, quienes vivimos hace años, o aquellos que han ido llegando desde los más diversos rincones del mundo, llevamos grabada a fuego la marca de los Nadie.

Pero bueno, vamos a lo que vamos. En una de aquellas idas y venidas, en uno de aquellos paseos por el barrio, o en el pequeño salón de su casa (ya no lo recuerdo), comentando alguno de los jaleos en los que me he visto embarcado a lo largo de mi vida, a costa de los cargos que me ha tocado asumir en el sindicalismo madrileño y español, mi madre me espetó a bocajarro, sin alzar un ápice su tono de voz, Os engañan, hijo, siempre os engañan.

En aquellos tiempos no presté mucha atención, aunque la frase se me quedó dentro, como esperando mejor momento para retornar, tal vez cuando los signos de los tiempos lo hicieran posible. Cuando ahora contemplo, con más calma, los avatares de la política y de la vida nacional, no puedo dejar de recordar aquellas palabras que tenían algo de premonitorias y proféticas.

Claro que creo que han tenido sentido cada una de las batallas en las que me he visto involucrado. Desde las primeras huelgas democráticas del profesorado, hasta la defensa de los trabajadores de SINTEL. Desde las manifestaciones contra los atentados terroristas, ya fueran islamistas como el 11-M, o etarras como en la T-4 de Barajas, hasta la defensa de las trabajadoras y trabajadores del hospital Severo Ochoa de Leganés, de SOS-Cuétara, Pan Rico, o Coca-Cola en Lucha frente a las imposiciones injustas irracionales de la multinacional.

Claro que han servido de algo, aunque sólo sea para mantener la cabeza alta y la dignidad con pocos rasguños. Sin embargo compruebo, con cierto desaliento, la persistencia obstinada de aquellos que convierten su amor al dinero y al poder en la base rudimentaria, pero vigorosa, de su existencia. Y, si para ello hay que cambiar las leyes, reinterpretarlas, soslayarlas, o directamente torcerlas, pues se hace.

Son estos personajes, los que deciden que la ley general se transforme en doctrina Botín, o en doctrina Casado, o que una sentencia se cambie si no gusta a quien tiene que gustar. Son quienes hacen que cada día consideremos con más fundamento y justificación que existen dos clases de justicia y la nuestra no es justicia.

Cuando conocimos la sentencia del Supremo sobre los gastos e impuestos de las hipotecas, pudimos creer, durante unas horas, que la justicia había decidido inclinar la balanza hacia la ciudadanía, el común de los mortales. Pero era fácil intuir que cuando la bolsa cae, las cosas no van a ser tan sencilla. Los banqueros no podían tolerar los efectos de la sentencia sobre sus beneficios. Aspiraban, al menos, a que el Supremo dictaminara que la sentencia no fuera retroactiva. Ya puestos a prestar servicios a la comunidad, a su comunidad, el Supremo ha tomado la perturbadora decisión de que pague el cliente.

Ha tenido que ser el Gobierno el que, vía decreto, haya revisado de hecho la sentencia, obligando a la banca a pagar los impuestos hipotecarios, eso sí, sin retroactividad.  Nadie asegura, sin embargo, que esos mismos gastos no terminen siendo repercutidos sobre el cliente, de una o de otra manera.

La respuesta del Presidente del Gobierno ante la pregunta, ¿Qué ocurrirá si los bancos encarecen las hipotecas a cambio de tener que asumir el impuesto?, es reveladora y elocuente. Cree el Presidente que no lo harán, que espera que no. Que cree que el mercado hipotecario es bastante competitivo, porque estamos dentro de la Unión Europea. Para terminar apelando a la responsabilidad del sector financiero.

Yo que el Presidente no confiaría en la competitividad de un sistema bancario acostumbrado a disfrutar de protección, por mucho que formemos parte de la Unión Europea. En cuanto a esperar que un gato no cace ratones tampoco parece muy recomendable. Y suena ingenuo y hasta imprudente, apelar a la responsabilidad de quienes alimentaron con sus prácticas una burbuja financiera que ha arrastrado a la economía española a una crisis que dura ya diez años. Porque de la recesión hemos salido, pero la crisis se ha quedado a vivir entre nosotros.

Así pues, al cabo de los años, no le faltaba razón a mi madre, cuando pensaba que hasta cuando creemos que hemos ganado, no debemos descuidarnos, porque nos engañan, siempre nos engañan. Nuestros mayores lo han vivido todo y saben mucho de estas cosas.


Desajustes en las competencias

noviembre 18, 2018

Existe una preocupación recurrente en algún sector del empresariado y entre algunos responsables políticos, sobre la falta de correspondencia entre las cualificaciones disponibles y las necesidades para cubrir puestos de trabajo. Eso que llaman el desajuste de competencias.

Reclaman insistentemente que el sistema educativo provea de personas cualificadas para ocupar los puestos de trabajo ofertados por las empresas. Esta demanda es desproporcionada. El sentido común indica que es imposible que el sistema educativo cumpla esa función, entre otras cosas porque no es su papel.

El sistema educativo puede aportar personas que sepan leer, no sólo un libro, sino interpretar sus propias vidas, ubicar su lugar en el mundo, en la sociedad, en su desarrollo profesional, ejercitar sus derechos, asumir sus responsabilidades. Personas creativas, con las habilidades necesarias para convivir, comunicarse, ganarse honradamente la vida, vivir. Cosas así puede hacer la educación.

La educación es un derecho de cada persona, a lo largo de toda la vida y una necesidad para la sociedad y, en consecuencia, para la economía y las empresas. Eso es lo que podemos pedir a la educación. Luego están la Formación Profesional, la Formación universitaria, la Formación para el Empleo, que tienen como misión que la persona adquiera determinadas habilidades, las actualice, o se recicle para adquirir otras nuevas.

Pero volvamos a la preocupación de unos pocos empresarios y de algunos políticos: el desajuste de las cualificaciones. Para empezar, la mayor parte de las veces eso del desajuste se restringe a unas cuantas profesiones que exigen una cualificación superior para ser desempeñadas. Principalmente profesionales de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), profesionales sanitarios, docentes y quienes desempeñan trabajos vinculados a la Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (CTIM), que se encuentran muy demandados.

Si en lugar de en España, nos encontrásemos en uno de esos países que figuran a la cabeza de Europa, tendríamos que incluir aquí a quienes dedican su vida a la Investigación, el desarrollo y la innovación, por más que en nuestra estepa sean tratados como parias de la tierra.

Hay, ciertamente, otros trabajos que exigen cualificaciones de tipo medio, que también  encuentran problemas para ser cubiertos. No es fácil encontrar buenos cocineros, soldadores, conductores de camiones, por poner algunos ejemplos. Esta situación convive con el exceso de personas cualificadas para desempeñar trabajos que tienen poca demanda y que terminan trabajando en profesiones que no requieren una cualificación tan alta.

Con todo, la realidad de cada país es muy diferente, lo cual hace que los desajustes no se produzcan en los mismos sectores. Recordemos cuando Gran Bretaña reclamaba profesionales sanitarios. No pocos jóvenes españoles emprendieron viaje a Londres por aquellos días. Un déficit que se repite en zonas rurales de otros muchos países. En otros casos necesitan profesionales de la judicatura, como Francia, o arquitectos especializados en construcción ecológica, como en Italia.

Entender la causa de estos desajustes, que suponen una pérdida de la inversión realizada en formación, es esencial en cualquier país. Por ejemplo, son muchos los sectores productivos que reclaman profesionales formados en CTIM, desde ingenierías, o construcción ecológica, a los fabricantes de vehículos eléctricos, o sectores con altos niveles de digitalización.

El problema es que estos profesionales tardan en formarse, en carreras intensas, que exigen altas notas para el ingreso y que cuentan con elevados niveles de fracaso. A todo lo cual tenemos que añadir que los mejores terminan emigrando y formando parte de la fuga de cerebros. Los que se quedan, acaban desanimados porque se les exige ser buenos profesionales en lo suyo y además ser buenos comunicadores, gestores, administradores, jefes de equipo y manejar varios idiomas. Eso, cuando no se les propone trabajar en plataformas externalizadas, como autónomos y por cuatro perras.

Los responsables empresariales no pueden exigir al sistema educativo que mantenga actualizados los conocimientos de estos profesionales, porque los acelerados avances tecnológicos lo hacen imposible. Se generan continuamente nuevas necesidades de cualificación, mientras que otras se van quedando desfasadas.

Para abordar, por tanto, el problema de la falta de personas cualificadas creo que hay que actuar en varios niveles. Por supuesto en el nivel educativo y formativo inicial, pero también en la cualificación permanente de quienes se encuentran trabajando,  en desempleo, o se plantean mejorar su formación para encontrar nuevas oportunidades laborales.

Pero, además, si queremos retener sus conocimientos y evitar su fuga, tendremos inevitablemente que animar a estudiar estas carreras, ofreciendo luego condiciones de empleo dignas y evitando su precariedad, los bajos salarios, cuando no el empobrecimiento de estos profesionales.

Junto a todo ello, la evaluación permanente de las necesidades nuevas, con participación de las empresas y los trabajadores, observar los desajustes que se producen y mejorar la flexibilidad en los procesos de formación, pueden permitir una mejor utilización de los recursos y una mayor capacidad de solucionar los problemas de cualificación que se vayan presentando.


Patriotismo de la cohesión

noviembre 18, 2018

El pasado mes de octubre hemos celebrado el Día del Trabajo Decente (7 de octubre) y el dedicado a la Erradicación de la Pobreza en el Mundo (el 17-O). La virtud de estos días mundiales, o internacionales, es que durante un día del año, las noticias, los eventos, los informes, ayudan a centrar la atención de mucha gente sobre un problema.

El inconveniente es que podemos perder la cuenta de los días y pasar de uno a otro sin solución de continuidad. Por ejemplo, el 16 de octubre se conmemora el Día de la Alimentación, el mismo 17 también el Día del Dolor y el 18 el Día de la Menopausia. No cabe duda de que cada día tiene su afán y que todos requieren atención. Nos acostumbramos a ello y nos habituamos a pensar o hacer algo que tenga que ver con cada día en cuestión. Mañana será otro día.

Por eso, para romper la monotonía de un día tras otro, para no aclimatarnos en exceso, me atrevo a volver al Día de la Pobreza, porque para muchas personas y familias, es todos y cada uno de los días. Pongamos un ejemplo, Madrid pasa por ser la región más rica de España. Nuestro Producto Interior Bruto per cápita se encuentra un 35% por encima del nacional. Por detrás de nosotros, comunidades como País Vasco, Navarra y Cataluña.

Y, sin embargo, en este capitalino, orondo y boyante, Madrid musulmán y comunero, de los Austrias y los Borbones, Republicano y obrero, franquista y democrático, una da cada cinco personas vive por debajo del umbral de la Pobreza, según un Informe recientemente presentado por CCOO de Madrid, titulado Marcadores de Pobreza, riesgo social y desigualdad en la población madrileña.

Muy desencaminado no debe andar el Informe cuando, inmediatamente, el Presidente del Gobierno Regional, en vivo y en directo, ha salido a contestar y matizar los datos. Pero los datos son tozudos. Ser pobre en Madrid significa vivir con menos de 8.522 euros al año en hogares de una persona y 17.896 euros para familias de 2 adultos y 2 niños. Así lo considera la Unión Europea, cuando fija el umbral de la pobreza por debajo del 60% de la mediana de ingresos por unidad de consumo.

La crisis ha golpeado duramente a la Región. Desde que comenzó, allá por 2008, cuando el responsable empresarial madrileño del momento decía que nuestra economía iba como un tiro, la pobreza en Madrid ha pasado del 16% al 20´6%, alcanzando picos del 21´7% en 2016.

Por muy ricos que nos creamos, casi 1´4 millones de personas viven en Madrid en situación de pobreza. 350.000 personas viven en situación de pobreza severa y 300.000 niños y niñas son pobres. Por muy ricos que quieran vendernos que somos, la pobreza y la desigualdad se enquistan y amenazan con convertirse en parte de la estructura social y económica de nuestro Madrid.

La crisis se ha cebado en las familias. Hogares con todos sus miembros en paro, o con muy baja intensidad de trabajo. Un tercio de las familias no pueden acometer gastos imprevistos y casi la mitad llega con muchas dificultades a fin de mes. Familias que no pueden comer carne, pollo, o pescado cada dos días. O las que tienen que pasar frío, porque no pueden pagar los precios de la energía. Aquellas que reducen o suprimen las vacaciones. Datos preocupantes, incontestables, que aparecen en el informe y que no pueden dejar indiferente a nadie.

Los riesgos de pobreza de una familia se incrementan hasta el 52% cuando una sola persona tiene que hacerse cargo de los hijos e hijas. Mientras tanto, nuestros gobernantes regionales se llenan la boca con el derecho a la vida y la protección a la familia. Otras regiones menos ricas, mientras tanto, presentan tasas de pobreza inferiores y menos riesgos de pobreza para las familias.

La democracia y el desarrollo de los derechos constitucionales, a lo largo de estos cuarenta años, nos han permitido ir estableciendo redes de protección, asentadas en derechos reconocidos por ley. La protección por desempleo, la Seguridad Social que garantiza el sistema de pensiones y las Pensiones No Contributivas (PNC), para quienes no reúnen los requisitos de contribución que permiten acceder a una pensión del sistema de Seguridad Social.

La sanidad pública universal y gratuita, la educación pública, obligatoria y gratuita en los niveles obligatorios, las Rentas Mínimas con diferentes tratamientos autonómicos, una red de servicios sociales muy importante, o la Ley de Atención a las situaciones de Dependencia. Y. sin embargo, la pobreza persiste y las desigualdades aumentan.

La única explicación que se me ocurre es que estos instrumentos, que han costado muchas reivindicaciones y hasta huelgas generales y que no han sido nunca regalos, se ven acosadas por los intereses privados, han nacido sin los recursos suficientes para garantizar la efectividad de los derechos, o han sido las primeras víctimas de los recortes neoliberales que intentaron ser justificados por la crisis económica.

Un motivo más para que la salida de la crisis tenga que notarse de inmediato en la reducción de las tasas de pobreza y de la desigualdad. Esa debería ser la tarea prioritaria a la que deberían aplicarse los gobiernos y los partidos de la oposición, buscando el consenso necesario para que la cohesión y la redistribución justa de la riqueza sustenten una convivencia libre y democrática. Ese es el auténtico patriotismo, el más heroico de los himnos y la mejor de las banderas.


Mi nombre entre los nombres

noviembre 4, 2018

Tenía pensado escribir este artículo sobre alguno de los temas que me preocupan. Sobre El fascismo que viene, o tal vez sobre La vida con filosofía. Sin embargo, una noticia ha trastocado mis intenciones y me ha incitado a adentrarme, una vez más, en un asunto espinoso, de aquellos de los que nunca sales bien parado, porque a muchos incomoda, a otros contraría y a no pocos duele.

Un medio de comunicación ha publicado una noticia sobre un supuesto homenaje de la “vieja cúpula” de CCOO a uno de los condenados por las tarjetas Black, antes de que entre en la cárcel. Sólo dan el nombre de dos de los asistentes y uno de ellos soy yo, lo cual me llena de cólera, simplemente porque no es verdad.

Ya he vivido episodios parecidos, cuando han confundido mi nombre, Francisco Javier López Martín, con el del compiyogui zalzuelero y yernísimo de Villar Mir, Javier López Madrid, también implicado en el asunto tarjetas. Como cada vez que esto ocurre, me toca desencadenar una campaña en todas las redes a mi alcance, hasta que el medio correspondiente, espero que sólo desinformado y no malintencionado, termina corrigiendo la noticia.

Así ha ocurrido también ahora. Disculpas privadas y rectificación pública de la noticia. Nada de esto merecería más atención y ya me parece hasta mucha. Avatares de la vida en el solar patrio. Si lo traigo a colación es por dos comentarios que he recibido, uno público y otro privado. El público, viene de toda una profesora de universidad con alguna responsabilidad en CCOO. Viene a decir, Bueno, seguramente es porque tú eras uno de sus amigos, sindicalmente me refiero. Los que no nos gustó nunca no figuramos en ninguna quiniela.

El mensaje privado, tampoco daré nombres, me dice, Javier, disculpa, creo que al contrario, lo mejor es no darle mayor difusión… es lo que buscan y la estrategia de las “fake news” es esa, entre mentiras y desmentidos, marcar la agenda informativa y que se siga hablando para que las redes lo amplifiquen al máximo.

En el primer caso, el comentario me parece, cuando menos, desafortunado. Cuando pertenecemos a una organización y personal, o colectivamente, alguien que forma parte de la misma se ve implicado en un asunto como el de las black, no creo que la frivolidad de la mofa, la burla y la guasa sirvan de mucho. Bien lo saben las personas que trabajan en universidades, acosadas por el desprestigio general que han sembrado quienes han utilizado la institución en beneficio propio.

En el segundo caso, agradezco la opinión, cargada de sentido común, si atendemos a la estrategia de la tensión y el debate crispado que utilizan algunos medios como ariete, abusando de los mejores principios propagandísticos de Goebbels, según los cuales la mentira repetida mil veces, adquiere apariencia de verdad.

Yo, en esto, me he fiado siempre del consejo que un buen día Burroughs le dio a Patty Smith, Crea un buen nombre, mantén limpio tu nombre, no lo comprometas, no te preocupes por hacer mucho dinero, o ser exitosa. Preocúpate por hacer un buen trabajo, tomar las decisiones correctas y proteger tu obra. Y si creas un buen nombre, finalmente ese nombre será su propia moneda.

Pues bien, pese a la mofa de la señora profesora y el prudente consejo del segundo compañero, lo único que tengo, lo único que he construido a lo largo de todos estos años, allá donde me haya tocado estar, lo único con lo que he salido de cada cargo o responsabilidad, lo único con lo que me terminaré yendo del tiempo que me quede, es mi nombre, limpio y libre. He cometido errores, sin duda, pero nunca me cegó el dinero, ni el poder.

Dicho lo cual, quiero también contaros que algunos de quienes hoy están en la cárcel por las tarjetas black, han compartido conmigo momentos muy duros para los trabajadores madrileños. Desde la primera gran huelga general del 14-D, hasta el NO a la Guerra, el 11-M y la T-4 de Barajas. Desde la lucha de SINTEL en la Castellana, hasta la de Coca-Cola en Lucha.

Desde las miles de viviendas protegidas entregadas por la cooperativa VITRA, en silencio, sin escándalo alguno, hasta la defensa cerrada contra la ofensiva contra lo público de la beneficiaria del Tamayazo, que comenzó con el brutal ataque a los profesionales del Hospital Severo Ochoa de Leganés. Allí dieron comienzo todas las mareas y la dura confrontación contra el neoliberalismo que puso pica, hizo nido y se fortificó en Madrid.

Cómo no voy a sentir dolor, cuando esas personas ingresan en la cárcel. Tal vez algunos creyeron que en los despachos de Cajamadrid, o de Bankia, comenzaban a formar parte de la élite financiera, ignorando que nunca seremos uno de los suyos, como ellos nunca serán uno de los nuestros. Ignorando que la justicia suya y la nuestra tienen poco que ver. Pese a su ceguera aparente, sabe quien tiene que acabar en prisión y quién no.

Cómo no voy a sentir dolor si forjé parte de lo que soy junto a ellos y algo de mí, sin duda, guardarán dentro. Si conozco a sus mujeres y a sus hijos. Algunas de sus virtudes y sus defectos. Cómo no sentir que una parte de mí está hoy en prisión. No me pidáis que me alegre su desgracia.

No, no he ido, ni iré, a homenajes, ni despedidas. No juzgo a los que van, ni a quienes los organizan, ni a quienes los rechazan. Tampoco a los que guardan silencio para no verse salpicados. Pero no puedo dejar de pensar en aquel Napoleón, tan bien descrito por Bernanos, que, recluido y abandonado en Santa Elena, presumía de haber sabido aprovecharse de los imbéciles, cuando la verdad es que fueron los imbéciles quienes se aprovecharon de él, primero como incondicionales bonapartistas y más tarde, engendrando sobre su ruina humana, un nacionalismo patriotero que les permitió blindar su posición social y su riqueza.

Es cuanto os puedo contar en 1001 palabras.


17 Octubre, menos pobres, menos iguales

octubre 18, 2018

Nicolás Sartorius, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas, me remitió una invitación para asistir, en el Consejo Económico y Social, a la presentación del Informe sobre Desigualdad en España, en su tercera edición, que cuenta en esta ocasión con la colaboración de las Fundaciones Largo Caballero y 1º de Mayo.

Más allá de los datos que  aparecen en el Informe, accesible en la página web de la Fundación. Más allá de sus análisis sobre la estructura de rentas en nuestro país, las diferencias territoriales, de empleo, edad, sexo, o nivel formativo. Por encima de las consideraciones sobre el papel de los sistemas de protección social y su debilitamiento  durante la crisis, quisiera detenerme en unas cuantas conclusiones, muchas de las cuales han sido destacadas a lo largo de la presentación.

La pobreza es casi siempre relativa. En la mayor parte del mundo  una familia con 800 euros al mes no puede ser considerada, ni mucho menos, pobre. En España, con esos mismos ingresos, una familia puede ser pobre y vulnerable. En Francia, esa familia podría ser incluida en la categoría de pobreza severa. Por lo tanto, ser pobre no sólo tiene que ver con la cantidad de ingresos absolutos, sino con lo que puedes hacer con tus rentas. Siempre somos pobres, como dice un amigo, comparado con qué.

Es cierto que el nivel de rentas en un entorno puede ser uno de los primeros indicadores, pero eso sólo mide nuestra capacidad de comprar bienes o servicios. Es cierto que en un mundo-consumo este factor es determinante. Pero quedarnos ahí sería anodino y superficial. Por eso se utilizan hoy otras formas de medir la pobreza, como el Coeficiente de Gini, que valora cualquier forma de distribución desigual.

El Indicador AROPE (At-Risk-Of Poverty and/or social Exclusion), ha sido desarrollado y es cada vez más utilizado en la Unión Europea. Toma en consideración el factor de las rentas, pero sin olvidar la vivienda, las vacaciones, alimentación,  movilidad, empleo, entre otros. Por su parte, las Naciones Unidas cuentan con el Indice de Desarrollo Humano y el Indice de Pobreza Humana, más centrado en las carencias y privaciones que sufren las personas en cada país.

La crisis que hemos atravesado ha convertido las desigualdades en un fenómeno estructural. La recuperación no permite que las desigualdades se reduzcan. Ese ha sido uno de los efectos que ha producido la crisis financiera que se desencadenó con Lehman Brothers, que resultó no sólo financiera, sino que terminó por pudrir la economía mundial, doblegar la política y emponzoñar las relaciones sociales.

La crisis ha descalabrado y descabalado la democracia. Los rescates han debilitado a la política en su capacidad de redistribuir la riqueza y repartir las cargas. El ultraliberalismo del menos Estado, del más dejar hacer a quienes pueden hacer y el más dejar pasar el deterioro de la vida de la mayoría de la población, ha debilitado lo público, lo de todos, cuanto garantiza la cohesión social. Convendría rastrear por ahí el surgimiento de populismos y movimientos de ultraderecha.

La reforma laboral ha supuesto un mazazo a la capacidad de los trabajadores y las trabajadoras organizados en sindicatos de conseguir la redistribución de la riqueza allí donde se produce, en el seno de las empresas. El poder adquisitivo del salario se ha reducido y las diferencias salariales se han agudizado entre hombres y mujeres, temporales y fijos, jóvenes y mayores. El fenómeno de trabajar y ser pobre se extiende. La precariedad se ha convertido en ley de vida.

Hay quienes, desde los propios poderes económicos internacionales, avisan de que un aumento de las desigualdades terminará perjudicando las propias posibilidades de la economía, que es tanto como decir que los ricos serán devorados por su propia avaricia. Es el mismísimo Fondo Monetario Internacional quien avisa de que el aumento de la brecha social en un país provoca un freno para el crecimiento económico.

Perdidos como andamos en los escándalos de nuestros políticos, personales y colectivos, no queda tiempo para tomar en consideración que la libertad y la igualdad son las dos caras de la misma moneda. No existe la una sin la otra. Es imposible. Se llenan los políticos la boca de una España de personas libres e iguales. Pero son pocos los que trabajan de verdad a favor de la igualdad de oportunidades y muchos los que en nombre de la libertad condenan a demasiada gente al trabajo indecente y la vida en miseria.

Y precisamente ahora que nos encontramos en el entorno del 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza y cuando el 7 de octubre pasado hemos renovado nuestro compromiso con el Trabajo Decente, sería bueno que cualquiera que gobierne, o quiera gobernar este país, firme un contrato con la ciudadanía para que la libertad y la igualdad se conviertan en principios rectores de su actividad de gobierno. Un contrato para que la pobreza y la brutal desigualdad desaparezcan de España.

Es una bonita bandera y una causa patriótica que merece todo ese esfuerzo que se dilapida en ejercicios inútiles y estériles de banderías nacionales y nacionalistas, que sólo generan odio, confrontación y el triunfo de las bajas pasiones.  Porque no es de recibo que una de cada cinco personas en España sea pobre, mientras que, en plena crisis, el número de ricos aumenta. No es admisible que, tras la crisis, salir de la pobreza sea más difícil y la brecha de la desigualdad sea más insalvable.


7 Octubre, Trabajo Decente: Cambiar las reglas

octubre 18, 2018

En el año 2008 la Confederación Sindical Internacional (CSI-ITUC) convocó la Primera Jornada Mundial por el Trabajo Decente (JMDT). La convocatoria partía de la convicción de que no puede existir una vida decente si el trabajo no lo es también. Una certeza que ha conseguido unir a las organizaciones de trabajadores, sociales, religiosas, culturales, en torno al 7 de octubre de cada año.

Fue hace casi veinte años, cuando el director de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que forman parte organizaciones empresariales, sindicales y representantes de los gobiernos, presentó una primera Memoria sobre el Trabajo Decente, en la que acuñó el término.

El concepto de Trabajo Decente hace referencia al trabajo que ofrece oportunidades para que las personas puedan ganarse la vida, tener un salario digno, realizar una actividad productiva en condiciones de libertad, seguridad, respeto a la dignidad humana y con derechos laborales y sociales.

Tenemos derecho al trabajo, a las oportunidades de empleo, a la protección social, a negociar nuestras condiciones laborales en el marco del diálogo social y la negociación colectiva. Sin ello no será posible acabar con la pobreza, no podremos asegurar que las personas alcanzan un desarrollo integral, no tendremos una sociedad cohesionada en torno a valores como la libertad y la igualdad.

Cada año, en más de 100 países del mundo, se reivindican las conquistas sindicales y un desarrollo que distribuya las rentas y que no beneficie exclusivamente a los privilegiados. Se reclama el fortalecimiento de los derechos y libertades democráticas, junto al reconocimiento de cuantas personas han dedicado su vida a este esfuerzo de mejorar la vida de todas y todos.

Este año la JMTD se ha marcado un objetivo, un lema global: Cambiar las reglas. Vivimos en un mundo en el que el 65% de los países excluyen a los trabajadores de la legislación laboral, el 85% vulnera el derecho de huelga, en cuatro de cada cinco países se deniega el derecho a la negociación colectiva, total o parcialmente y son muchos los lugares del planeta en los que se limita la libertad de expresión y reunión de los trabajadores, se ven sometidos a amenazas, violencia, detenciones, encarcelamiento, o son asesinados impunemente.

Por eso hay que cambiar las reglas. Reglas que fomentan el desorden, que favorece los intereses de los poderosos, mientras actúan sistemáticamente en contra de los trabajadores y trabajadoras. Reglas que aumentan la desigualdad y producen inseguridad, debilitan la libertad y el propio sistema democrático. Abusos como los de Coca-Cola, Amazon, o Ryanair, desbordan las fronteras de un solo país, imponiendo sus designios y sus normas a los gobiernos nacionales, para preservar su inmenso negocio.

Varias son las amenazas que se ciernen sobre nuestro futuro, en el conjunto del planeta. El poder ilimitado de las corporaciones económicas, la reducción de los espacios democráticos en los que podemos decidir sobre nuestras vidas y nuestro futuro, la incapacidad, cuando no el desinterés, de los gobiernos para corregir la situación aplicando legislaciones que refuercen los derechos y la igualdad.

Y, sin embargo, no todo está perdido. Frente a los retrocesos, los recortes y la aceptación de la lógica perversa de un mundo en acelerado retroceso, algunos países han demostrado que se pueden introducir medidas para reducir la brecha salarial de género, dignificar el trabajo de quienes prestan servicios a las personas, proteger contra la violencia de género, recuperar derechos sociales.

Algunos gobiernos han demostrado que se puede dirigir, gobernar, hacer política, escuchando a los pueblos, a las organizaciones sociales, a las organizaciones sindicales. Las reglas, las normas, las leyes, pueden ser elaboradas y aprobadas pensando en la vida de las personas, en lugar de poner la vida al servicio de los grandes intereses empresariales. El 7 de Octubre saldremos a las calles para cambiar las reglas, que es otra manera de decir, para darle la vuelta a la tortilla.