Carta abierta a la señora Sara, mi madre

agosto 14, 2018

La señora Sara es viuda.

Con minúscula señora

y con minúscula viuda.

Del cuento Retrato de Señora

 

Sara,

No he escrito nunca una de estas cartas abiertas a una persona que no estuviera ya entre nosotros. Además, sé bien que te gusta contar tu historia, pero no que tus andanzas sean aireadas por escrito, como si presintieras que alguna turbia maldición se cierne sobre quien demuestra ser libre en un mundo plagado de amenazas.

Como aquella vez, en plena posguerra, en la que siendo niña-criada fuiste seguida por las calles de Madrid por una vecina del pueblo, hasta dar con tus padres. Fueron denunciados, juzgados, sentenciados, condenados, apaleados, encarcelados y arrastraron para siempre la marca de la prisión y la derrota.

Nada debes temer, porque ya has dejado de pertenecer al tiempo al que nosotros seguimos sometidos. Una verdad que tan sólo le fue revelada a una mujer, mientras le era negada a los discípulos predilectos, Todas las naturalezas, todas las producciones y todas las criaturas se hallan implicadas entre sí y se disolverán otra vez en su propia raíz, pues la naturaleza de la materia se disuelve en lo que pertenece únicamente a su naturaleza. Tal vez por esta forma de ver la muerte, este evangelio de María Magdalena nunca ha sido uno de los oficiales y pasa por ilegítimo, apócrifo.

Seguro que nada temes, porque ahora descansas junto a tu marido, en el cementerio del pueblo en el que asegurabas que pasaste los mejores años de tu vida. Ese pueblo en el que encontraste refugio, entre Las Criadas y la vuelta a un Madrid que devora, con crueldad y despiadada avaricia, la vida de sus habitantes. Allí te casaste, tuviste a tus hijos y cuidabas una finca, a modo de guardiana de un paraíso que, de nuevo, te fue arrebatado.

Ahora, las laderas de la Sierra de Guadarrama contemplan el infinito donde resides. La brisa  de los cerros se impondrá a los calores del verano y las nieves del invierno cubrirán tu lápida. Vives ahora la infinitud sin tiempo, mientras nosotros intentamos aprender qué tipo de relación, a base de  recuerdos, contactos, intercambios de memoria, podemos mantener contigo.

Hay muchas mañanas en las que me levanto buscando el momento del día en el que voy a acercarme a verte y muchas noches me sorprende la conexión mental que me impele a llamar para preguntarte cómo has pasado la tarde y que hables con tu nieto Pablo, de tú a tú, de vuestras cosas. Para que viajes con él por cada calle, cada ciudad, las aulas de su instituto, los paisajes de mundos cercanos, o lejanos rincones descubiertos a la vuelta de la esquina. Ese chaval que ha querido ir a verte hasta casi el último día.

Fue esa capacidad de viajar, de vivir tu vida reflejada en otras vidas; la impresionante memoria de cada nuevo nacimiento, cada pérdida, cada cumpleaños, cada enfermedad, que te llevaban a preguntar por la calle, o a coger el teléfono. Fue tu capacidad de vivir sola, sin permitir que nadie se metiera en tu vida, sin dejar de cuidar la memoria de cada persona a la que conocías, la que te hizo tan popular en el barrio.

Fueron tus viejas películas de Hollywood y las de la tierra; tus canciones para después de una guerra, ese incansable escuchar la radio, tus largas caminatas, las que te hicieron soportar el trabajo, mitigar el miedo, afrontar la soledad, defender tu libertad, aunque, con frecuencia, esa libertad sólo se encontrase dentro. Eso te mantuvo joven y atractivamente moderna hasta el último momento, hasta ese tiempo en que las mujeres y hombres del hospital aprendieron a quererte.

Eras cristiana, desconfiando de los curas y los beaterios. Eras socialista desconfiando de los políticos y de la política. Me seguías la pista de sindicalista y a veces me recordabas, Siempre os engañan. De derechas no eras. Recelabas del dinero, sospechabas del poder. Pertenecías a los Nadies. Con todas sus ilusiones y todo su escepticismo. Sorteando cadenas de decepciones para seguir abrazando la vida.

Decidí comenzar a escribir un día tu cuento Retrato de Señora, La señora Sara es viuda. Con minúscula Sara y con minúscula viuda. Me reprochaste que hablase de ti, aunque algo de orgullo te invadía al ver tu nombre escrito en un papel. De lo contrario no me hubieras pedido que te trajera ejemplares de los Cuentos de la Tierra de los Nadie, para repartirlos entre tus hermanos. No tuve que explicarte que sin ti, mis Nadie no existirían. Tú eras el núcleo de los Nadie.

Cada muerte es dolorosa. Esta vez, el dolor de tus hermanas y hermanos, de tus nietas, tus nietos, tus parientes, tus vecinas, cuantos te conocían en el barrio, en el pueblo donde viviste, en aquel otro en que naciste, no creo que sea menos intenso que el mío. Ver cómo tus nietas se han dedicado a ti y te han rodeado de afecto en tus últimos días, me reconcilia con la especie humana, en esta incomprensible situación que me ha envuelto.

Cada muerte es inexplicable, impenetrable, hermética, desoladora. En estos días, he descubierto y me ha ayudado mucho, leer cómo describe John Berger nuestra relación con ella, Hasta antes de que la sociedad fuera deshumanizada por el capitalismo, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Era ésta su futuro último. Por sí mismos, los vivos estaban incompletos. Los vivos y los muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo esa forma moderna tan particular del egoísmo rompió tal interdependencia. Y los resultados son desastrosos para los vivos, que ahora piensan en los muertos como eliminados.

No sé cómo hacerlo, Sara. No sé cómo acostumbrarme a vivir en la frontera entre la infinitud donde habitas y el tiempo que nos atrapa. Cómo aceptar que eres ya cuanto seremos nosotros. No sé si sabré cuidar a tu gente, esa con la que viviste, a la que querías, sin plegarme a sus caprichos, sin renunciar a mi libertad, como si tú me vieras. Cómo aprender a sacar fuerzas de flaqueza, a base de atrapar músicas, imágenes, historias, encuentros, palabras, aunque sólo sea dentro de nosotros. Sentir la sabiduría que impregna tu memoria del infinito.

He dudado mucho antes de escribir esta carta. No te gustaba que hablaran de ti en público. Un poco de pudor y otro poco de prevención para preservar tu independencia. Que lo que hace la mano izquierda, no lo sepa la derecha. Al final me he puesto a escribir, releer, tachar, corregir, reescribir. Tal vez porque construir futuro es la tarea que compartimos, que tenemos que imaginar los de allá y los de acá. Y porque tu experiencia y tu memoria ya nos envuelve y nos protege.

Sara, he preferido escribir la carta. No hay peor muerte que el olvido. No hay peor suicidio colectivo que la indiferencia y la desmemoria. Si como dijo el cura en tu funeral, has vencido a la muerte, sólo me queda encomendarme a ti y salir cada día a defender la vida. La vuestra, la nuestra.

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Asistencia informática personalizada

agosto 14, 2018

Intento entrar en la página de una compañía eléctrica, o quiero renovar el DNI, concertar una cita médica, realizar una matrícula universitaria, o tal vez intento ponerme en contacto con un servicio cualquiera para realizar una gestión, formular una queja, pedir un cambio.

Hoy todo está internautizado. Gran parte de mis amigos y conocidos realizan la mayoría de sus gestiones, incluida la compra del supermercado, utilizando el ordenador, la tablet, o el teléfono móvil. Debe ser algo muy fácil, aunque  mí siempre se me complica.

Todo va bien hasta que el servicio me responde que los días solicitados están ya ocupados aunque, hasta el momento del último click, aparecieran como disponibles. Intento otras fechas y el resultado es el mismo, hasta que consigo una cita que me viene mal, pero es la única que termina siendo aceptada por el sistema.

Si lo que quiero es formular una pregunta, una queja, o realizar otra gestión, el resultado no varía sustancialmente. Hay un punto de bloqueo y no retorno, que me obliga a reiniciar todos los trámites, introduciendo de nuevo todos los datos.

Son cosas de los diseños informáticos y he llegado a la conclusión de que están destinados al desánimo de las personas que nos arriesgamos a introducirnos en un mundo virtual, sin estar preparados suficientemente para ese salto en el espacio-tiempo.

Siempre cabe intentar conectar personalmente con el servicio a través de la atención telefónica. A veces te dirigen a un teléfono nueve-cero-algo de pago y, en el mejor de de los casos a un nueve-cero-cero, gratuito.

El resultado suele ser similar, aunque en el segundo caso no me cobran, como quedó dicho. Primero hay una voz enlatada que me informa de que la conversación quedará grabada y que se cumplirá la ley en todo lo referente a protección de datos. Luego me piden que teclee un número para poder contactar con otra voz enlatada que de nuevo me pide que vuelva a teclear, o decir los números de mi DNI, mi teléfono, mi nombre y apellidos, tipo de gestión que quiero realizar y cosas así.

Al final, cuando consigo que la máquina me entienda, termino en otro servicio enlatado que no tiene nada que ver con lo que yo quería. Vuelta a empezar. Siempre cabe la posibilidad, tras todo el proceso, de que me pasen con una de sus operadoras, tras aguardar a que se descongestionen todas sus líneas ocupadas y escuchar la música aleatoria que han elegido para deleitar la espera. Esa música, repetitiva y machacona, me queda grabada y, durante algún tiempo, no puedo volver a escucharla.

Si, en algún caso, consigo hablar con alguien, la respuesta es, casi siempre invariable, decepcionante y podría resumirse en el título del artículo de Larra, Vuelva usted mañana. Entonces pienso que la informática es una herramienta nueva y poderosa, pero que tal vez está diseñada para cualquier cosa, menos para atender mejor a la ciudadanía. Aunque seguro que exagero y son cosas que sólo a mí me pasan.


Cincuenta primaveras en Praga

agosto 14, 2018

Hablamos de Primavera de Praga para referirnos a un proceso histórico que comenzó un invierno y acabó en pleno verano de hace 50 años. De nuevo, como en el caso del Mayo del 68, yo era demasiado pequeño para enterarme de cuanto estaba pasando en aquella capital checa y, si algo me llegaba a través de los escasos, limitados y adoctrinadores medios de comunicación existentes en aquellos días en España, creo debí forjarme una extraña idea del estado confuso de las cosas en el mundo.

Había manifestaciones y enfrentamientos policiales en París, que replicaban los de Estados Unidos, o Alemania, donde Rudi Dutschke había recibido tres tiros en la cabeza en un atentado ultraderechista. En México el ejército y la policía no habían desencadenado aún la balacera contra los estudiantes en Tlatelolco. La Ofensiva del Tet, iba camino de la derrota del Vietcong en lo inmediato, pero caló en el pueblo americano, que comprobó que todo el esfuerzo militar y el sacrificio humano, no detendrían al pueblo vietnamita.

Aquello de Praga, al menos así me lo parecía, era mucho más pacífico. Luego me he enterado de que una sociedad industrial y culta como la checa, soportaba mal el lento proceso de desestalinización. El líder comunista Alexander Dubcek encabezó un programa de reformas, consciente de las limitaciones que imponía la Unión Soviética, gobernada por un tal Brézhnev. No planteó en momento alguno abandonar la órbita de Moscú. Tan sólo quería actuar con autonomía para construir lo que denominó socialismo de rostro humano.

Se trataba de abrir las puertas a la democracia, sin prescindir del liderazgo del Partido Comunista, pero no como partido único, estableciendo la libertad de expresión, de prensa, de circulación, o de acceso a bienes de consumo. Incluso así, era demasiado cambio para la Unión Soviética. El 21 de agosto los tanques del Pacto de Varsovia traspasaban las fronteras y ocupaban Checoslovaquia.

Los checos ya sabían cómo se las gastaban en estos casos los soviéticos. Tan sólo doce años antes más de 2500 húngaros habían muerto, tras ser aplastado un intento de democratización. Muchos miles más fueron detenidos, juzgados,  encarcelados, deportados a la Unión Soviética, mientras cientos de miles huyeron del país.

Eso sí, doce años no pasan en balde. Imre Nagy, el líder de la revolución húngara, acabó fusilado dos años después de la revuelta, mientras que Dubcek fue progresivamente degradado, expulsado del Partido, acabando por ser nombrado oficial forestal y desapareciendo, hasta que en 1974 dirige un escrito a la Asamblea de la República, ratificándose en sus posiciones de 1968, denunciando la falta de libertad, el estado totalitario y policial y el desprecio a los derechos humanos. No sabía que quince años después él mismo sería aclamado Presidente de esa Asamblea.

Siguiendo el llamamiento de Dubcek, el pueblo checo, opuso a los tanques rusos una resistencia no violenta, aunque no exenta de víctimas mortales, persecuciones políticas y cientos de miles de huidos del país. Mientras tanto los gobiernos de Occidente protestaban sin demasiada firmeza, bien instalados en el consabido es lo que hay, es lo que toca. Tan sólo algunos de partidos comunistas del Oeste, como el finlandés, el francés, el español, o el italiano, mostraron abiertamente su desacuerdo y se adentraron en el camino de la construcción de un socialismo en democracia, separándose de la tutela de Moscú y dando origen, poco después, al eurocomunismo. Los intelectuales que se quedaron, como Varclav Havel, cerraron las puertas a cualquier colaboración con el régimen. Otros marcharían al exilio para explicar La insoportable levedad del ser en su país de origen.

Como en el caso de la Ofensiva del Tet, una aparente victoria terminó convertida en derrota. Las disensiones en el propio bloque soviético aumentaron, que una cosa es ser amigos y otra abusar de los amigos. Los partidos comunistas occidentales terminaron apartándose de la Unión Soviética para no contaminarse con el descrédito de matonismo y dictadura que había impregnado a los nuevos zares.

Los pueblos de Occidente, embarcados en la primavera de los mayos del 68, la oposición a la Guerra de Vietnam y los movimientos de liberación del Tercer Mundo, no pudieron entender este retorno del peor pasado totalitario. Los pueblos del Este tomaron nota, callaron, aguantaron el tirón, resistieron y dejaron que la estaca podrida cayera por su propio peso, sin hacer nada para evitarlo.

La verdad es que, siguiendo las doctrinas lampedusianas del Gatopardo, los propios cuadros dirigentes, ejecutores y ejecutivos de los regímenes socialistas habían preparado, con tiempo suficiente y maestría acreditada en el uso del poder, todos los escenarios de huida posibles, todas las oportunidades de transfuguismo. Véase, al respecto, la fórmula de éxito de los grandes líderes emergentes en esos países, procedentes en muchos casos de los servicios de inteligencia, cuando no de la policía política.

En este mundo de utopías venidas a menos y distopías emergentes, permitidme la ucronía de imaginar que Dubcek hubiera conseguido sacar adelante un proyecto de socialismo que, además de liberar a los trabajadores de la explotación capitalista, hubiera puesto empeño en la libertad y plenitud de la ciudadanía.

El socialismo de rostro humano pudo abrir una vía de transformación de las dictaduras comunistas en el Este y haber evitado que Estados Unidos se siguiera dedicando a imponer sus designios en América Latina, a la que consideraba su patio trasero y donde había alentado y sustentado golpes de estado como el de Bolivia, Chile, o Brasil, hasta terminar destrozando la primavera del Chile de Allende, en septiembre del 73. Tal vez Tlatelolco no hubiera existido.

Bien pudiera ser que, si los tanques soviéticos no hubieran ahogado la primavera de Praga, hoy viviéramos un mundo más libre, más justo y más solidario. Pero esto no podemos ya saberlo. Sin embargo, nadie nos impide soñar y abrir cincuenta nuevas primaveras, una por cada año transcurrido. Aquí mismo, aquí cerca.


El tiempo del bienestar

agosto 14, 2018

Hubo un tiempo en el que el bienestar social era la misión, el objetivo prioritario, que tenía encomendado el gobierno de cualquier nación. El término Welfare State, literalmente Estado del Bienestar, confronta, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, con el Warfare State (Estado de Guerra) que había sido impuesto por los nazis y las fuerzas del Eje.

El Estado del Bienestar había tenido precedentes en el Sozialstaate alemán, o L´État Providence francés, pero ahora poseía una nueva virtud, la de hacer frente, en pleno inicio de la Guerra Fría, al atractivo que los regímenes socialistas podían ejercer sobre la clase trabajadora de los países occidentales. Los comunistas habían constituido el eje vertebrador de la resistencia al nazismo en países como Italia, Francia, o Grecia.

De los Pirineos para abajo ni de lejos pudimos beneficiarnos de tal escenario posbélico, ni del pacto que marcó la vida económica y social de Europa Occidental durante casi cuatro décadas. La Guerra Fría facilitó la consolidación de un enclave fascista en el Sur de Europa, en el que cualquier remedo de bienestar era suplantado por el Estado de Beneficencia.

Para cuando el dictador murió en la cama ya los conservadores ingleses, acaudillados por Margaret Thatcher, preparaban el asalto exitoso del neoliberalismo al Estado del Bienestar. La caída de los regímenes comunistas hizo el resto. Parecían tan sólidos, pero se desplomaron como por inercia, como fichas de dominó.

No siento pena por sus dictadores, pero es cierto que, arrumbada la amenaza del Este, el capitalismo pudo exhibir todo su componente de egoísmo e insolidaridad que, hasta el momento, había permanecido mitigado. Cada espacio público se convirtió en escenario de la batalla campal del beneficio económico, cuando no la especulación y la corrupción.

Uno de los elementos esenciales para el triunfo de este nuevo mundo, al que Bauman ha caracterizado como líquido y que Fukuyama definió como el mundo del fin de la Historia y del último hombre, es la criminalización del fracaso, junto a la identificación del triunfo con el éxito privado.

Hace tiempo que las reglas de la propaganda nazi han sido reeditadas exitosamente por gobernantes y corporaciones económicas. La simplificación, la exageración, la orquestación, la vulgarización, la verosimilitud, la unanimidad y así hasta culminar los 11 principios enunciados por Goebbels.

Noam Chomsky los ha actualizado con acierto en las 10 Estrategias de Manipulación Mediática: maniobras como desviar la atención de la ciudadanía; causar problemas en lo público para ofrecer soluciones privadas; hacerlo poquito a poco, de forma que cuando te quieres enterar ya todo ha cambiado, incluso aplazando los cambios; tratarnos como a niños; apelar a nuestras emociones, impidiendo la reflexión, hasta convertirnos en ignorantes, mediocres, autocomplacientes. Nos conocen mejor de lo que nosotros nos conocemos hasta el punto de que su control y su poder sobre los pueblos son mayores que en cualquier otra época de la Historia.

Estas maniobras, unidas a unos recortes permanentes, agudizados en momentos como la larga crisis que aún no hemos superado plenamente, han conseguido deteriorar la imagen de lo público, hasta convertir esos bienes y servicios esenciales en recursos para los fracasados y los pobres. Todo cuanto no se encuentra en manos privatizadas, todo cuanto no es negocio, es percibido con connotaciones negativas.

Y, sin embargo, si nos detuviéramos un momento, podríamos comprobar que todo forma parte de una inmensa maniobra de propaganda, publicidad y marketing. Quienes, desgraciadamente, padecen una enfermedad grave, saben que es en un hospital público donde mejor pueden tratar su dolencia. Los centros educativos públicos acaban de arrasar en las pruebas de acceso a la universidad. Un título en una universidad pública es distintivo de capacidad intelectual, mientras que en la mayoría de las privadas hace referencia a la capacidad económica.

No quiero decir que la iniciativa privada con fines sociales sea siempre mala. Quiero decir que no es bueno convertir las necesidades sociales, cubiertas con dinero de todas y todos, en un negocio seguro y cautivo para empresarios privados. Que no es bueno dejar que este tipo de política haya pasado a formar parte de una incultura que fomenta el egoísmo, denigra el esfuerzo colectivo y nos cierra las puertas al tiempo del bienestar.


La educación de los hijos y las hijas

julio 18, 2018

Estamos acabando el curso escolar. Las alumnas y los alumnos ya no van a clase. El profesorado termina sus tareas administrativas y organizativas. En el caso de Madrid, uno de los finales de curso más caóticos a los que hayamos asistido, gracias a la ocurrencia de trasladar los exámenes de septiembre al mes de junio.

Las evaluaciones finales habían acabado a finales de mayo. Las notas estaban entregadas a principios de junio y, luego, las ampliaciones de estudios y las recuperaciones se han convertido en un caos organizativo en el que la falta de instrucciones claras de una Consejería de Educación errática, ha producido un desconcierto generalizado en la chavalería y en los claustros.

De otra parte, el cambio de gobierno hace concebir alguna esperanza de que los males tradicionales de la educación española comiencen a tener algún viso de solución. Tras cuarenta años de desarrollo constitucional va siendo hora de intentar un Pacto Educativo que corrija las desigualdades alarmantes entre regiones y entre clases sociales.

Todo el sistema educativo ha sufrido los recortes impuestos por la derecha gobernante durante la crisis, pero al salir de la recesión nos encontramos el panorama desolador de una enseñanza pública que ha sufrido una dentellada que la desangra, haciendo cada vez más evidente la pérdida de igualdad de oportunidades.

Ha cambiado el gobierno y algunos asuntos que fueron noticia han dejado  de serlo. Sin embargo yo le sigo dando vueltas, a las justificaciones esgrimidas por la pareja de líderes podemitas para comprar un chalet en la Sierra de Madrid, allá por Galapagar.

Aunque ya no sea noticia, o precísamente por ello, he llegado a la tardía conclusión de que, sinceramente, pueden comprar lo que quieran, donde quieran y cuando quieran. Si por allí viven varios de sus amigos, pretenden así evitar la presión de los paparazzi, sus ingresos se lo permiten, respiran aire limpio, tienen cerca un colegio que responda a sus ideas educativas y creen además que así ganarán en intimidad, pues adelante. A fin de cuentas es lo que quisiera poder hacer cualquier pareja joven y hasta yo mismo siento cierta envidia, más o menos sana.

El problema viene de la batería argumental que incorpora, entre los motivos de la compra, a los ya famosos “mellizos” que vienen de camino. Vincular la compra de la casa con la intimidad en la educación de los hijos, con que pasen tiempo con sus amigos que viven cerca y con que “puedan vivir su infancia de la forma más normal posible” es legítimo, pero en esto yo soy más de la opinión de Kichi, el alcalde de Cádiz, No quiero dejar de vivir, ni criar a mis hijos en un piso de currante (…) que ya es bastante privilegio vivir en la Viña, en Cádiz y con Teresa Rodríguez.

Tal vez porque Kichi es profesor, licenciado en Geografía e Historia, e hijo de criada, como yo. O tal vez porque me forjé como maestro aprendiendo de gentes como aquel cura italiano, Lorenzo Milani, cuyos alumnos escribieron en su libro colectivo Carta a una Maestra, La escuela a pleno tiempo supone una familia que no estorbe. Por ejemplo, la de los maestros, marido y mujer, que tuvieran dentro de la escuela una casa abierta a todos y sin horario. Gandhi lo hizo. Y mezcló a sus hijos con los demás al precio de verlos crecer muy diferentes a él. ¿Os atrevéis?

Salvadas las distancias culturales e históricas y cambiando la referencia a los  maestros por los políticos, el mensaje sigue teniendo plena vigencia. Y no supone querer un ápice menos a tus propios hijos e hijas, que lejos de estorbar, enriquecen tu vida.

Elegir el magisterio, la política, el sindicalismo, la sanidad, el trabajo social, es lo que tiene. Algunas de las más dignas ocupaciones que puede escoger un ser humano. Son muy gratificantes, pero exigen renuncia al egoísmo y compromiso con la solidaridad y la igualdad a prueba de bombas.

No siempre es posible, no siempre acertamos, pero como bien recordaba Kichi, en su ya famosa carta de respuesta a las críticas vertidas contra sus opiniones, la gente nos podrá perdonar casi todo, pero no que nos equivoquemos de bando. En el voto a la derecha se presupone egoísmo, en el de izquierdas, una apuesta por la solidaridad y la igualdad.


Dejar los estudios, abandonar la educación

julio 18, 2018

Según un reciente estudio de CCOO de la Enseñanza, basado en datos oficiales del Ministerio de Educación, hay 585.000 jóvenes en situación de abandono educativo temprano en toda España. Las tasas, los fríos porcentajes, han ido bajando a lo largo del periodo democrático, hasta situarse en el 18´3 por ciento en 2017. Ese porcentaje era superior al 41 por ciento hace 25 años.

La Tasa de Abandono Educativo Temprano (AET) mide el porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años que han abandonado los estudios sin haber conseguido aprobar la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), una Formación Profesional de Grado Medio, o el Bachillearo.

Habrá quien piense que quienes han superado la enseñanza obligatoria ya han conseguido el mínimo exigible, pero en un mundo como el nuestro es casi imprescindible, a nivel laboral y social, haber superado, además, algún nivel de estudios posobligatorio.

Es verdad que la situación no es la misma en todas la Comunidades Autónomas. Así, en Andalucía, Valencia, Baleares, Castilla-La Mancha, o Murcia, las tasas se mueven por encima del 20 por ciento, mientras que en Cantabria, País Vasco, Navarra, o La Rioja, las tasas de abandono se encuentran muy por debajo del 15 y hasta del 10 por ciento.

Las diferencias sociales, o de género, son también muy marcadas. Incluso el momento histórico influye. Por ejemplo, si la economía marcha viento en popa, aumenta el número de abandonos de quienes encuentran trabajo y piensan que con su nivel de estudios ya es más que suficiente. Si hay crisis y el paro es muy elevado, hay más jóvenes siguen estudiando, a la espera de mejores tiempos.

Los varones abandonan más que las mujeres, la población de origen inmigrante abandona los estudios en mayor porcentaje que los nativos, los grupos sociales más desfavorecidos más que la media y quienes estudian en centros públicos, más que los que han estudiado en centros privados. Hasta la OCDE reconoce este cariz social del abandono temprano y el fracaso escolar en España.

Aquí conviene abrir una reflexión en torno al abuso de la repetición de curso que ha ido facilitando la legislación educativa. A partir de la LOMCE, por ejemplo, se puede repetir cada curso y no cuando termina el Ciclo de dos años, con lo cual han aumentado las repeticiones, que en la enseñanza pública duplican o triplican las repeticiones que se producen en la enseñanza privada. Somos uno de los países donde más se repite, sin que ello influya en mejores resultados en aspectos como el fracaso escolar, o el abandono temprano.

Así las cosas, hay alumnos que, a base de repeticiones, nunca podrán acabar la Educación Obligatoria antes de los 18 años y no podrán concluir la ESO. Es más, se han ido desmontando las posibilidades una segunda oportunidad reforzando la ESO en Centros de Adultos, promoviendo Formación Profesional, o Bachillerato, en horarios nocturnos, o buscando formatos modulares y atractivos para los jóvenes.

Estamos hablando de jóvenes que se apartan de los estudios de forma prematura, para intentar insertarse en el mundo laboral. No debería ser tan complicado pensar en ellos, incentivar la obtención posterior de una titulación. Pero eso exige invertir en la conexión entre el sistema educativo y el empleo, facilitando compatibilizar trabajo, prácticas y formación, permitiendo mejores procesos de reconocimiento de la experiencia profesional a la hora de obtener una titulación.

Para este más de medio millón de personas jóvenes que han abandonado los estudios ya no se trata de volver al mismo sistema educativo, sino de encontrar nuevas oportunidades. Se me ocurre que poner en marcha modalidades como la formación dual, pensando en las necesidades de las personas y evitando su explotación laboral, podría contribuir a mejorar las tasas de Abandono Educativo Temprano en España. El Consejo de Europa acaba de pedir a España que realice más esfuerzos para combatir la explotación laboral, especialmente la que sufren los jóvenes.

Habrá que ver si el nuevo gobierno es capaz de convocar al conjunto de la sociedad para afrontar este reto de igualdad educativa ante el que nadie puede cerrar los ojos, porque la educación es no sólo un derecho de cada persona a lo largo de toda la vida, sino también un factor determinante para el desarrollo económico y una condición para la libertad y el desarrollo democrático.


Porteadores de la modernidad

julio 18, 2018

Son tantos los cambios que se producen en nuestras vidas cotidianas, tan acelerados, inmediatos, imperceptibles, o impactantes, que tendemos a aceptarlos sin crítica alguna, sin oponer objeciones, como inevitables y hasta necesarios.

He caído en la cuenta, como quien cae de un guindo, de la cantidad de vehículos motorizados o de tracción animal, por más que el animal en cuestión sea racional, que circulan por nuestras calles acarreando productos de todo tipo.

Compras de supermercado, comidas de restaurantes, pizzas, hamburguesas, productos variados y selectos, son entregados a domicilio por unos modernos porteadores que conducen bicicletas y motos tuneadas, o a las que se han incorporado todo tipo de modelos estrafalarios de cajones para el transporte de productos perecederos, o no. Eso ya es lo de menos.

A pleno sol, o diluviando, mañana, tarde y noche, haga frío, o se frían huevos sobre el asfalto, hemos aceptado la imagen conmovedora de jóvenes y no tan jóvenes, mujeres y hombres, más o menos uniformados, llamando a los porteros automáticos para hacer entrega de bienes de todo tipo. Ahí quedan sus vehículos, aparcados frente a la puerta. Un perro llega, olisquea, marca su terreno sobre el carruaje, para que su imperio se expanda por toda la ciudad, sembrando la envidia de otros canes propios y extraños.

Un buen día leo que algunos de estos porteadores que se adentran en la selva urbana acarreando todo tipo de bultos, han denunciado a su empresa, que tal vez se defina a sí misma como una empresa colaboradora, por contratarles como autónomos y no como asalariados. La diferencia entre lo uno y lo otro es sustancial y no sólo en salario, sino en propiedad de los medios de producción, en seguridad social, condiciones de trabajo, vacaciones, o derecho a paro y a una futura pensión.

Los jueces no lo han dudado. Eso no es ser autónomo, sino falso autónomo. Con lo cual la exitosa empresa se ha visto obligada a contratar laboralmente a los porteadores y dejar de utilizar la contratación mercantil entre empresas. Es buena noticia, pero hablamos de una entre cientos de empresas que hacen negocio de esta forma, aprovechando las necesidades de empleo y de ganar algún dinero, aunque sea sometiéndose a fórmulas de moderna esclavitud.

Porque una cosa es el libre mercado y la libre competencia y otra, muy distinta, el pelotazo del negocio de la nueva economía a costa de aprovechar las necesidades y la inexistencia de reglas del juego claras. Para cuando estas regulaciones llegan, los emprendedores inasequibles al desaliento, huyen porque ya han encontrado una nueva fuente de negocio con la que hacer dinero utilizando nuevas remesas de manos porteadoras. Lo llaman modernidad.