Marx y el padre Francisco

junio 3, 2018

En un viejo país ineficiente

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna…

Jaime Gil de Biedma

 

Acaba de publicarse el libro Dígaselo con Marx. Una original forma de conmemorar el Bicentenario del nacimiento de un tal Karl Marx, sobre cuya juventud acaba de estrenarse una película. En el libro escriben cerca de cuarenta personas procedentes de la Universidad, la política, el urbanismo, la poesía, la economía, el feminismo, la ecología, el arte, la psicología y hasta de la religión.

Me pareció que en el libro no podía faltar la opinión de alguien que representase a aquellos que fueron acusados por Marx de ir traficando con el opio del pueblo. Son conocidas las relaciones de amor y odio entre marxismo y cristianismo y no son pocos los elementos del clero que se han presentado en candidaturas de la izquierda, han participado en movimientos guerrilleros inspirados en el marxismo, o han construido la teología de la liberación sobre la base del diálogo entre marxistas y cristianos.

Sin embargo, el cura al que se lo propuse declinó la invitación a la manera de Gil de Biedma, aunque me autorizó a transcribir libremente su respuesta, dificultando la identificación del personaje. El llamado, en el artículo, padre Francisco, lleva ya 8 años recluido en un pueblo costero, rodeado de gente anónima, muchos de ellos extranjeros, viviendo junto a su esposa, una soledad elegida y, al modo de aquel otro fraile agustino Mendel, cruzando las numerosas plantas que adornan su jardín.

Su relación con Marx se inició siendo aún sacerdote en activo, en pleno franquismo, dos años después del mayo del 68, cuando en pleno Barrio Latino compró un ejemplar del Manifiesto Comunista. Aquel libro le revolucionó el cerebro y el corazón, por más que aquella revolución hacia la libertad, la justicia y la igualdad, no casaba demasiado bien con la dictadura del proletariado, al menos tal como la terminaron entendiendo leninistas, estalinistas, trotskistas, o maoístas.

De todo ello sacó una conclusión que le ha acompañado toda su vida. Independientemente de nuestras creencias, la felicidad, en esta vida, debe ser una aspiración de todo ser humano. De nada nos vale deleitarnos en la contemplación y la interpretación de la Naturaleza y el Mundo como grandiosa creación de Dios, si no hacemos cuanto podamos por transformar la vida y el mundo para construir una sociedad más libre, igual y solidaria.

Estas ideas le trajeron problemas con algunos padres de sus alumnos, cuando las enunció en sus clases de Filosofía. Recibió la visita y escuchó las amenazas de la Inspección educativa. Terminó dejando el sacerdocio, cuando nadie salió en su defensa. Luego se aventuró en nuevos proyectos educativos y hasta se metió en política para servir a su pueblo, en una candidatura de la izquierda.

Las ambiciones de unos y el poder inmobiliario de otros, dieron al traste con cada una de sus ilusiones transformadoras. Demandas, difamaciones, querellas, calumnias, campañas del consorcio político-empresarial, le hicieron perder las elecciones y le dejaron decenas de personaciones ante los juzgados encima de la mesa. Hasta los suyos le recomendaban menos pureza y más transigencia con quienes pueden hacer llover talones y dinero sobre cualquier partido, dejando de paso los bolsillos personales bien llenos.

Por eso terminó jubilado, en un pueblecito de la costa granadina, leyendo, mirando las estrellas, como recomendaba su admirado Stephen Hawking  y contemplando el mar desde la terraza donde cuida sus plantas, mientras ensaya y comprueba en ellas el estricto cumplimiento de las leyes genéticas de Mendel.

Reconoce que otra de sus ocupaciones y ensoñaciones favoritas es la de pensar qué habrá sido de los miles de alumnos y alumnas que tuvo. Porque este tiempo ya no es suyo. Ha renunciado a amistades, filias políticas, vecinales, sindicales. Este tiempo es de la juventud que viene empujando y de la que fue joven cuando él daba clases. Espera que hayan decidido luchar por ser libres y felices, ayudando a otros a serlo.

El padre Francisco, es evidente, nunca fue marxista, ni tampoco antimarxista. Me parece uno de esos modernos Prometeos, hecho de muchos fragmentos de ideas, principios, claras reglas éticas y mucha humanidad, que tan necesarios siguen siendo para que las largas manos de la corrupción y la mala política no terminen invadiéndolo todo. Por eso merece ser uno de los protagonistas de Dígaselo con Marx.

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Díselo con Marx

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.


Editoriales que duelen, pero ayudan

mayo 9, 2018

Acudo a la manifestación del 1º de Mayo en Madrid. Decenas de miles de personas ocupan las amplias avenidas que discurren desde Atocha, hacia la Plaza de Neptuno, Cibeles y Alcalá arriba, para culminar en la Puerta del Sol. Los organizadores terminan hablando de unas 50.000 personas. Sea cual sea la cifra de manifestantes, lo cierto es que llenaron la Puerta del Sol con creces y llenar esa plaza supone haber reunido a unas 25.000 personas en la manifestación.

En algunas de las intervenciones de los oradores, se hizo mención a la editorial de un importante medio de comunicación, dedicada a los retos que tiene el sindicalismo por delante, en la que se airea que las protestas sociales se canalizan a través de colectivos o grupos que nada tienen que ver con el sindicalismo. Que los sindicatos no dominan ya la protesta y que, además, han perdido influencia institucional.

Que sólo representan a los que tienen empleo y no a los más damnificados por la crisis. Que no se conocen sus propuestas contra la precariedad, la depresión salarial, el paro juvenil, o el de los mayores de 45. Ni las respuestas ante las nuevas formas de negocio, como las digitales. Al tiempo dicen que han perdido capacidad de negociar con gobiernos y patronales.

Algo de injusto hay siempre, es cierto, cuando desde la periferia tertuliana, se juzga el comportamiento de los sindicatos. Pondré algunos ejemplos. Juntar, pongamos, 30.000 personas en una manifestación del 1º de mayo cuesta mucho en Madrid. Con bastantes menos personas concentradas ante un edificio público, convocados por una coordinadora ocasional de un puñado de organizaciones, algunos medios hablarían de gran éxito de convocatoria.

Conflictos como el de Coca-Cola, Amazon, ayuda a domicilio, o el Teatro de la Zarzuela, permanecen casi desaparecidos de los medios, tal vez porque la publicidad no se puede perder. Son conflictos con despidos, temporalidad, precariedad, bajos salarios, juventud, pero pueden afectar a la caja de la que vive el medio de comunicación.

Luego, hay otros conflictos en los que el sindicalismo debe apoyar, pero no ser protagonista principal, como es el caso de la lucha feminista, salvo que esa lucha se desarrolle en las trincheras de la empresa, en cuyo caso, el sindicalismo da la cara hasta el final. Sentencias ganadas por trato discriminatorio contra las mujeres trabajadoras, huelgas y movilizaciones por despidos de mujeres embarazadas, planes de igualdad en las empresas, combate contra el acoso sexual y la violencia de género en los centros de trabajo.

Pero es más. Cuando repaso quiénes encabezan, encuadran, lideran, nutren, cada uno de los movimientos sociales, me topo con compañeras y compañero sindicalistas y también con la convocatoria, o cuando menos el apoyo, de los sindicatos. Ya se trate de refugiados, mujeres, pensionistas, jóvenes, desahucios, carestía de la vida, luchas en defensa del medio ambiente, orientación sexual, o defensa de la sanidad, la educación, los servicios sociales. o una renta mínima garantizada.

Dicho esto, no creo que matar al mensajero sea nuestra mejor opción. Los medios de comunicación, de forma interesada, o no (ese es su problema), son portavoces, trasladan y crean tendencias. Desde el sindicalismo haremos bien en escuchar y reflexionar sobre nuestras carencias en la defensa de los trabajadores y trabajadoras. Haremos bien en pensar qué parte de verdad hay en las críticas que nos dirigen.

Me gusta recordar la anécdota que escuché un buen día de López Bulla, sobre Giuseppe Di Vittorio, cuando este líder sindical se presentó ante sus compañeros de la CGIL (Confederación General de los Trabajadores Italianos) en la FIAT, para reflexionar sobre los motivos por los cuales habían perdido las elecciones sindicales.

Vino a decirles que las maniobras sucias del patrón Agnelli y la complicidad de otros sindicatos cercanos a la empresa, podían tener el 95 por ciento de la responsabilidad de la derrota que habían sufrido, pero ese 5 por ciento restante era responsabilidad del sindicato. Ese 5 por ciento, en definitiva, era para la CGIL el cien por cien de lo que podían resolver. Así lo hicieron, afrontaron su responsabilidad y recuperaron la hegemonía en la FIAT.

Para renovar el sindicalismo hay que hacer mucho más que cambiar las caras, sin remover las viejas prácticas. El debate en libertad, el respeto a los discrepantes y a quienes quedan en minoría, la integración de la diversidad de la clase trabajadora y de la pluralidad de las ideas, la solidaridad, la lucha contra el corporativismo, contra las exclusiones, contra la corrupción y la imposición del aparato, siempre me han parecido elementos esenciales en cualquier organización y, especialmente, en el sindicalismo.

A fin de cuentas un sindicato no es otra cosa que un grupo de trabajadores y trabajadoras que se organizan para defender sus intereses, difundir sus valores y resolver sus problemas. La unidad sin uniformidad, la libertad a tumba abierta, el respeto a las decisiones democráticamente adoptadas, la integración sin exclusiones, son el camino del sindicalismo. Porque los sindicatos no son los únicos actores sociales, pero son muy importantes en nuestras sociedades.


Los rebeldes del 2 de mayo

mayo 9, 2018

Eligió Madrid el 2 de Mayo como día para conmemorar su fiesta como Comunidad Autónoma. Un día de derrota y aplastamiento de la rebeldía de un pueblo que, muchas veces, ha encontrado en Madrid la espoleta que ha encendido España.

Ser la capital no ha concedido a la ciudadanía madrileña privilegios especiales, aunque sí algunos inconvenientes, al ser utilizada como tubo de ensayo, en el que experimentar todo tipo de políticas, negocios, extravagancias y no pocos desmanes. Madrid, siempre ha sido el machadiano rompeolas de todas las Españas.

En no pocos lugares de la geografía nacional se utiliza a Madrid, así, en genérico, como origen de todos los males que políticos regionales de medio pelo y corruptos autóctonos, van sembrando indiscriminadamente por la geografía nacional, olvidando que son esos mismos políticos, corruptos en sus territorios, los que ocupan escaños parlamentarios en Madrid y sillones en los consejos de administración de empresas con sede central en el Foro.

El pueblo de Madrid siempre se ha rebelado contra lo que consideraba injusto. A veces demasiado tarde, y otras veces manipulado por unos u otros intereses espurios y bastardos. Rebeliones generosas y pagando siempre un alto precio por la resistencia.

Madrid se levantó contra Esquilache y sus políticas, que encarecían los productos básicos, beneficiando con ello a los funcionarios golillas y la nobleza arandistas, de marca España, frente a los napolitanos importados por Carlos III. Madrid fue comunero, como sus castellanas amigas y vecinas Toledo, o Segovia. Madrid se alzó el 2 de Mayo de 1808, para impedir que el hijo menor de Carlos IV fuera sacado del Palacio Real por las tropas francesas de Murat, mientras reyes y nobles pactaban con Napoleón a sus espaldas.

Madrid proclamó una República el 14 de Abril de 1931 y la defendió hasta el final de la Guerra Civil. Aquí fueron asesinados los Abogados de Atocha, por defender los derechos y aquí fueron juzgados los sindicalistas de las clandestinas CCOO, en al Proceso 1001. En Madrid se convocaron las más masivas manifestaciones por el NO a la Guerra y poco después padecimos los más brutales atentados que haya vivido Europa, perpetrados por islamistas radicalizados.

Madrid ha sufrido duros golpes y ha sido el escenario de muchas miserias humanas, conspiraciones, corrupciones. Pero siempre ha resistido, ha reaccionado y, como Asturias, no ha dudado en jugarse su futuro, para torcer el destino injusto de unas historias que intentaban ser escritas no sólo sin el pueblo, sino, en muchas ocasiones, contra el pueblo.

A veces las derrotas, como aquella del 2 de Mayo, crean leyendas que anidan en las almas de los pueblos rebeldes que un día gritan No, o Basta, o Libertad. Pasarán políticas de cortos vuelos y políticos insustanciales y Madrid seguirá siendo la patria de los rebeldes que no aceptan la imposición como forma de gobierno, ni la humillación como forma de vida.


El Madrid del Primero de Mayo

mayo 9, 2018

 

Vamos, poquito a poco, avanzando hacia los 130 años de celebración del Primero de Mayo en Madrid, desde aquella primera vez, allá por 1890. El Congreso Socialista de París había decidido en 1889 convocar el Primero de Mayo en todo el mundo. Una jornada de lucha y reivindicación, en recuerdo de la huelga y movilizaciones de Chicago, en la que los trabajadores que exigían la jornada de 8 horas, habían sido reprimidos brutalmente por la policía y cinco de sus líderes fueron ejecutados, tras un juicio sin garantías.

Hace 20 años se me ocurrió escribir un libro en el que el recorrido anual de la manifestación del 1º de Mayo en Madrid, se convirtiera en una disculpa para la reflexión sobre nuestra historia. Así nació el Madrid del 1º de Mayo, que ya acumula tres ediciones, prologadas por el sindicalista Rodolfo Benito, el periodista Rodolfo Serrano y el arquitecto Eduardo Mangada.

La manifestación del Primero de Mayo arranca en una glorieta de Atocha, presidida por la imponente Estación de Atocha, con su cubierta a modo de casco de barco invertido. El ferrocarril permitió a Madrid dejar de ser una capital cortesana, para convertirse en una ciudad industrial, productiva, comercial. La circunvalación ferroviaria desde la estación de Príncipe Pío, donde llagaba el carbón leonés, hasta Atocha, pasando por las estaciones de Imperial y Peñuelas, actuó como motor que permitió la modernización de Madrid. En las inmediaciones el Hospital de San Carlos, actualmente Museo Reina Sofía, el Ministerio de Fomento, o el Museo Etnológico.

Inmediatamente, la manifestación se adentra en el Madrid científico que concibió Carlos III, creando el Observatorio Astronómico, el Real Laboratorio de Química (actual Museo del Prado) y el Jardín Botánic,o donde exhibir las especies botánicas llegadas desde todo el imperio. En las Puertas del Jardín Botánico se concentraron, el domingo 4 de Mayo de 1890, 30.000 trabajadores, para manifestarse por el Prado y Recoletos, hasta la sede de Presidencia, para entregar a Sagasta sus reivindicaciones. En las inmediaciones se encuentra la sede de CCOO de Madrid, los Jerónimos, los centenarios hoteles Ritz y Palace, el Congreso de los Diputados.

Recorre luego, la manifestación el Paseo del Salón del Prado, presidido por Neptuno en un extremo y por Cibeles en el otro, sin olvidar que el centro del mismo se encuentra la desconocida fuente del dios Apolo, rodeado de sus musas. Un lugar concebido para descongestionar el centro y dotar a la Corte Madrileña de un lugar de paseo y recreo, en lo que, hasta entonces, era un lugar de huertas, poblado cada atardecer por bribones, espadachines y pícaros.

En Cibeles, tras sobrepasar el edificio que los madrileños denominaron Nuestra Señora de las Comunicaciones, actual sede del Ayuntamiento de Madrid, la comitiva del 1º de Mayo comienza a subir calle Alcalá arriba hacia la Puerta del Sol, flanqueada por el urbanismo burgués de los grandes bancos, incluido el Banco de España, las compañías de seguros, y los centros sociales de la burguesía decimonónica y de principios de siglo XX, como el Círculo de Bellas Artes, el anglófilo New Club, o el rancio Casino de Madrid.

Y llegamos, por fin, a la Puerta del Sol. Mientras se pronuncian los discursos, el manifestante puede emprender algunas reflexiones sobre este lugar en el que, al lanzar una piedra, conmienzan a moverse olas concéntricas en toda la laguna de España. Ese punto central del rompeolas de todas las Españas.

Allí están las primeras obras de Carlos III, para sentar las bases del Estado Moderno. La Casa de Correos (actual Presidencia de la Comunidad de Madrid) y, a sus espaldas, la Casa de Postas. Muy cerca el Ministerio de Hacienda, que fue concebida como Casa de Aduana, fuente de ingresos por los impuestos al comercio.

En la Puerta del Sol se desencadenó el 2 de Mayo y allí se encontraba el Mentidero de la Villa, donde el pueblo despachaba las últimas noticias y espiaba a los pasajeros de las carrozas cortesanas, que se encaminaban hacia El Salón del Prado. Allí se concibieron los Pasajes Comerciales y un nuevo rico maragato construyó las Casas del Cordero, tras ganar la lotería y allí se proclamó la II República.

Hay guías del Madrid medieval, de los Austrias, los Borbones, de Galdós, de la Restauración, de los Reyes Católicos, un Madrid literario, otro musulmán y otro mágico. También hay un Madrid del Primero de Mayo,  que recorremos en manifestación cada año, en cuyos edificios, paisajes y rincones se encuentran las claves de las transformaciones de una ciudad capital inacabada, que siempre resiste y que puede ser derrotada, pero nunca vencida.


Profesionales

mayo 9, 2018

Entro en los hospitales, las escuelas, los centros de servicios sociales. Me indigna el deterioro que compruebo a mi alrededor. No son sólo las manos necesarias de pintura que faltan en sus paredes. Es, sobre todo, la masificación que amenaza a cada instante con colapsar en funcionamiento de los servicios que allí se prestan. La imposibilidad de trabajar planificando la oferta y atendiendo las nuevas demandas. La sensación de que la urgencia marca el frenético ritmo de la actividad.

Se deposita en los centros educativos la responsabilidad de formar a futuras generaciones. El cuidado de nuestra salud en los centros sanitarios. Nuestro bienestar personal en los centros de servicios sociales. Y, sin embargo, permitimos que los profesionales sobre los que descansan los bienes más preciados de nuestra existencia, se vean abandonados a su suerte. Consentimos que muchos de esos servicios esenciales para la calidad de nuestras vidas sean gestionados por empresas privadas, cuyo objetivo prioritario no es nuestro bienestar, sino su beneficio económico.

Los formamos durante años y financiamos sus especialidades universitarias en docencia, sanidad, trabajo social. Veo como se esfuerzan por demostrar su profesionalidad cada día. Cómo asisten a cursos de especialización. Cómo tensan sus nervios para no perder  la paciencia y mantener intacta su vocación. Claro que hay quienes han caído en la desidia y en una suerte de muda desesperación. Y claro que hay quienes están ahí porque tiene que haber de todo. Pero eso ocurre en todas las profesiones, sin que por ello nadie convierta la excepción en un estado general de las cosas.

He dedicado muchos años al sindicalismo y he tenido que escuchar, no pocas veces, ese tipo de opiniones que descarga en los sindicatos toda la responsabilidad de los males que sacuden la vida de los trabajadores, muy por encima de  las responsabilidades de los empresarios, o de los gobiernos que legislan sobre los derechos laborales. También he tenido que enfrentarme a esas interpretaciones que convierten al extranjero en el causante de nuestras altas tasas de paro. Las versiones simplonas, pero claras y  entendibles, siempre suelen terminar por imponerse sobre razonamientos coherentes, pero complejos.

Entiendo que, quienes vemos denegado el acceso a un derecho, tenemos enfrente a un empleado público al que le pedimos explicaciones indignadas sobre las causas por las que se nos excluye de unos servicios o prestaciones, a los que considerábamos deberíamos poder acceder. Y, sin embargo, ese empleado público, no es el responsable de lo que consideramos desmanes inadmisibles. No basta con dar cuatro voces en una “ventanilla”, para que nuestros problemas se solucionen.

Compruebo, en muchas ocasiones, cómo esos trabajadores y trabajadoras, conscientes de las lamentables situaciones a las que nos vemos abocados, en no pocas ocasiones, nos animan a presentar reclamaciones, denuncias, quejas. Y compruebo también, en otras muchas ocasiones,  que estas acciones nunca son emprendidas por quienes alzan la voz ante un funcionario pero no dejan constancia escrita, ante ninguna instancia responsable de la buena gestión de los servicios.

Creo que contamos con magníficos profesionales y que merece la pena convertirlos en nuestros aliados en la defensa de derechos tan nuestros y esenciales, como el de la educación,  la sanidad y los servicios sociales. Hemos invertido mucho para formarlos y su trabajo como servidores públicos, es la llave que nos permite vivir como  mujeres y hombres libres e iguales a lo largo de toda nuestra vida.

Su buen trabajo son nuestros derechos.


Hablemos de Juanín

mayo 3, 2018

Hace ya un mes, que el tiempo pasa como a traición y no me deja margen para escribir sobre todo cuanto acontece a mi alrededor, se celebró un breve homenaje a Juan Muñiz Zapico, en la Escuela Sindical que lleva su nombre en el barrio madrileño de Las Musas. El motivo no era otro que inaugurar una placa con su nombre.

A estas alturas y pese al esfuerzo que hemos realizado por mantener viva la memoria de la gente que construyó las CCOO, en los duros tiempos del franquismo, seguro que, fuera del sindicato y dentro del sindicato, hay muchas personas que no sabrían explicar quién era Juanín.

Juanín era asturiano, murió con 35 años, en un trágico accidente de coche, el 2 de enero de 1977. Había celebrado en familia el fin de año y había decidido dar un paseo con un par de amigos por el Valle del Huerna. Tenía que viajar a Madrid, a una reunión de las aún ilegales CCOO. A la vuelta, el coche derrapa en la carretera mojada y cae por un barranco.

Fallece Juanín pocos días antes de la Semana Negra que sacudió España a finales de ese mismo mes, plagada de secuestros de militares y altos cargos del régimen, muertes de estudiantes a manos de ultraderechistas y de la propia policía y el brutal asesinato de los Abogados de Atocha. No pudo ver Juanín la legalización del Partido Comunista, primero y de las CCOO, después.

A sus 35 años ya llevaba veinte años trabajando en la industria de Mieres. Juanín, hijo de minero, comenzó a trabajar nada más terminar los estudios básicos y por la noche estudia Maestría Industrial, superando dos cursos en un solo año. Lee incansablemente, lee deprisa. Novela, economía, historia, recuerda Nicolás Sartorius. Escribe, escribe, escribe.

Ya se ha casado con Genita y ha tenido una “parejita”. A los 35 ya es dirigente del Partido Comunista de España (PCE) y de las Comisiones Obreras (CCOO). Ha viajado clandestinamente a reuniones nacionales e internacionales de ambas organizaciones. Ha sido elegido por sus compañeros como enlace sindical, que así se llaman los representantes de los trabajadores en el sindicato único y vertical del franquismo y como jurado de empresa.

Por sus actividades sindicales ya ha cumplido siete años de cárcel. Ha sufrido cinco despidos, cuatro multas, ha sido condenado en dos sentencias del Tribunal de Orden Público franquista y ha participado en cuatro huelgas de hambre. Conoce las cárceles de Carabanchel, Oviedo, Jaén, Segovia.

En la Cárcel se había matriculado en la Universidad a Distancia (UNED) y aprueba dos cursos de Ciencias Económicas en un año. Busca la relación con profesores de universidad, les pregunta sobre economía, matemáticas. Repasaba estanterías de las celdas buscando nuevos libros que devorar. Cuentan que hasta se acercaba al despacho de la censura de libros llegados desde la calle, para saber de las novedades que se estaban editando en esos momentos.

 

A sus 35 años, ha sido uno de los Diez de Carabanchel y, como tal, condenado en el Proceso 1001, a 18 años de prisión, por formar parte de la cúpula de la dirección clandestina de las Comisiones Obreras. Ha participado en la Asamblea de Barcelona, donde se da el primer paso para constituir CCOO como sindicato.

Vuelve a ser Sartorius quien nos revela que su voluntad incansable, su conciencia de clase, su experiencia, su sencillez, su naturalidad, unidas a su capacidad de comunicación y su apertura intelectual para hacer frente a las nuevas realidades y los cambios profundos que se avecinan, le convierten en un serio candidato para suceder a Marcelino Camacho, cuando ello fuera necesario.

Inquieto, impaciente, tranquilo sólo en apariencia. Uno de esos hombres fraguados en la acción, consciente de sus logros y de sus carencia, cercano, con la inteligencia, la agilidad y la intuición que provienen de una naturaleza libre y perseverante.

Esa inteligencia, esa intuición, que le lleva a plantear en la Asamblea de Barcelona, en julio del 76, su conciencia de que la ruptura, o la reforma política; la posibilidad de abrir las puertas a un proceso constituyente; la existencia de un sindicalismo unido, o dividido en varias fuerzas sindicales, va a depender de las fuerzas y de la presencia que sean capaces de desplegar la clase trabajadora.

Medio año después, la afirmación de Juanín adquiriría toda su vigencia. La impresionante, pacífica y ordenada manifestación que acompañó el entierro de los Abogados de Atocha, demostró esa fuerza y esa presencia ineludible, que sólo podía concluir en la legalización del PCE y de las organizaciones sindicales.

Juanín fue despedido en su tierra por más de 20.000 personas. Pararon las empresas y las minas. En un improvisado acto, Marcelino Camacho, Gerardo Iglesias, Horacio Fernández Inguazo, Armando López Salinas, dirigieron la palabra. Ante su tumba, los presentes entonaron la Internacional. En Mieres, esa misma mañana, fría, pero limpia y soleada, la dirección de las CCOO había decidido que la futura  Escuela de Formación Sindical de la Confederación, llevaría el nombre de Juan Muñiz Zapico.

Juanín, una de esas personas cuya historia nunca debemos olvidar, porque con su empeño, su esfuerzo, su conciencia y su dedicación incansable, forjaron nuestra historia y nos hicieron libres y mejores.