Muertos de hambre

octubre 18, 2018

Recibimos decenas de vídeos y eso que llaman GIF, más o menos graciosos, llamativos, impactantes, virales. No suelo abrirlos porque, en los tiempos que corren, hacerlo requeriría un tiempo del que no dispongo. Sin embargo, hago una excepción con los que me envían algunos amigos, a los que atribuyo la capacidad de sorprenderme con imágenes, o ideas, que me hacen ver las cosas de otra manera.

Tras mantener una conversación telefónica, uno de esos amigos me manda un video realizado por Elio González y Rubén Tejerina, titulado Muertos de hambre. Seis minutos de monólogo, en los que Elio despliega algunas ideas en defensa del arte y los artistas, acompañadas de sugerentes imágenes en blanco y negro.

Me gustaría que lo vierais y por eso no pienso destriparlo, ni mucho menos hacer spoiler. El video comienza transcribiendo el comentario de alguien sobre las enseñanzas artísticas. No dan el nombre del comentarista, imagino que para que no cargue públicamente con su desafortunada opinión durante el resto de su vida.

Viene a decir el personaje en cuestión que, Las investigaciones médicas aumentan la esperanza de vida (medible). Nuevos métodos en ingeniería reducen costes, distancias, tiempos, etc. (medibles). La I+D incrementa el PIB y el empleo. Que un chalado pinte cuatro rayas en un cuadro, o que un flipado componga un pasodoble, no aporta nada de forma objetiva, o medible. El mundo va a seguir igual sin su aportación. No les necesitamos.

Imagino que el pobre hombre, no se me ocurre que una mujer tenga tan escaso aprecio por la vida y sus manifestaciones, se siente perjudicado y golpeado por el hecho de que la investigación haya sido una de las primeras víctimas de los recortes de Rajoy, hasta el punto de que hayan casi desaparecido de la faz mesetaria las investigaciones médicas, los nuevos métodos en ingeniería y eso que él llama I+D y que otros denominan Investigación, Desarrollo, e innovación (I+D+i).

No me extraña que Elio comience su monólogo contando una sugerente anécdota, en la que uno de sus amigos se ve obligado a responder a una pregunta de su padre en la que se interesa por saber a qué se dedica el inseparable colega de su hijo. El joven responde que es actor y añade que le gusta la poesía, la fotografía y ha realizado algún video. El padre corta inmediatamente la conversación, Vamos, un muerto de hambre.

La opinión no es muy distinta de la de un pariente mío, que no duda en ubicar a los artistas en la categoría de cigarras. Se supone que el resto de los mortales son hormigas, ya ve usted. Lo cierto es que los artistas, no sólo en España y no sólo en estos tiempos sin historia, han sido casi siempre unos muertos de hambre.

Mira por dónde, he ido a tener dos hijas artistas, aunque no siempre pueden ganarse la vida como tales y se ven obligadas a buscar otras formas de sustento. Pagan con doble esfuerzo su osadía, como las cigarreras pagaban el atrevimiento de ser trabajadoras, mujeres y libres. Va a terminar siendo cierto que el arrojo de robar el fuego de los dioses, puede terminar convirtiéndonos en ángeles caídos, o Prometeos encadenados.

Es muy difícil creer que podemos innovar algo, investigar, introducir algo nuevo, sin forjar, fomentar y valorar la creatividad en todas sus formas. La de una actriz, la que explota en la danza, en la música, en las imágenes, en los colores, en un poema, en un cuento, un relato, seductor y fascinante. No todo es medible y objetivo, ni en el momento de nacer, ni en el de morir, ni en cuanto nos ocurre en el breve recorrido entre ambos mojones.

Mientras aquí descuidamos la formación y el empleo decente. Mientras promovemos el ideal perverso de los falsos autónomos, precarios y mal pagados, a los que enseñamos a aceptar la explotación, en otros países de Europa cuidan a sus artistas, recompensan la imaginación y premian a sus creadores.

Al final nuestros jóvenes terminan por buscar acogida allí donde les ofrecen oportunidades y aprecian su trabajo. Nuestra juventud ha huido de España al ritmo de 100.000 al año. Muchos eran titulados medios y superiores, otros eran artistas. Acabamos haciendo nido allí donde nos quieren. Allí donde nos dan una oportunidad.

Un país como Bélgica, cuenta, por ejemplo, con un Estatuto del Artista, que permite compatibilizar periodos de actividad y obtención de recursos, con otros momentos en los que no hay trabajo remunerado, o un proyecto se encuentra en una fase de creación. Acreditando un nivel anual de actividad e ingresos puedes compaginar el cobro de una prestación con otros momentos en los que ingresas dinero fruto de tu trabajo.

En España estamos dando los primeros pasos para elaborar un Estatuto del Artista que regule desde la fiscalidad, hasta los gastos de formación, la protección laboral, o el derecho a una jubilación que sea compatible con la  actividad creativa.

Esperemos que este camino no quede en nada, porque de que este barco llegue a buen puerto, depende que mañana tengamos un país más innovador y creativo. Depende que nuestra cultura nos ayude a interpretar y a convivir con el misterio de nuestra vida  y que quienes la defienden cada día, dejen de ser unos muertos de hambre.

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COMO SI FUERAMOS ABOGADOS DE ATOCHA

enero 21, 2015

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Miro esa foto en la que Enrique Lillo, abogado de CCOO, sale de los tribunales arropado por cientos de trabajadores y trabajadoras de Coca-Cola. Han ganado una sentencia que exige a la multinacional recolocar a quienes han sido ilegalmente despedidos y han obtenido, de nuevo, el reconocimiento judicial de que la multinacional tiene la obligación de ejecutar la sentencia.
Cuando las personas ven reconocidos sus derechos su alegría es clara, abierta, transparente. Se sienten parte de un grupo humano (los espartanos, han decidido llamarse, los espartaquistas, quiero llamarles yo), capaz de imponerse a las decisiones injustas del dinero y del poder.
Se sienten parte de una maquinaria de solidaridad, en la que los trabajadores y sus familias, los defensores del derecho, el resto de trabajadores organizados en el sindicato, son capaces de vencer los designios de esos endiosados altos ejecutivos, que se sostienen por la complicidad del poder político, y por la compra de voluntades de unos medios de comunicación, obligados a sobrevivir con sus ingresos publicitarios.
No se entiende, de lo contrario, cómo es posible este atronador silencio de cadenas, públicas y privadas, periódicos, tertulianos de todos los colores, ante una empresa que incumple sentencias, mientras hablan, sin empacho alguno y cada día, de corrupciones, corruptelas y corruptos.
Dicen que las CCOO cuentan con los mejores abogados laboralistas de España. De esos que estudian y pelean cada caso, sin darlo nunca por perdido. De esos que no te engañan con falsas promesas y con los que sabes, en todo momento, qué te estás jugando. Tenemos abogados como Enrique Lillo, Antonio García, las Evas del Gabinete Confederal. Tenemos una cantera de abogados y abogadas que han extendido su presencia y la influencia del laboralismo, a la judicatura, como en el caso de Manuela Carmena; en despachos propios, como Cristina Almeida; o a las universidades, de la mano de otros, como Antonio Baylos, Collado, Aparicio. Tenemos cientos de personas que en cada sede de CCOO, asesoran y defienden a los trabajadores y trabajadoras.
Para quienes creen que las cosas son lo que son por una especie de gracia divina y que lo que hoy tenemos es un regalo, conviene recordar que esta raza de laboralistas no surgió por generación espontánea. Se forjaron en las luchas de los barrios y las fábricas, defendiendo a los trabajadores y la ciudadanía, cuando los derechos aún no existían, porque la esencia de aquella dictadura, la esencia de cualquier dictadura, consiste en la vulneración sistemática y programada de los derechos más elementales.
El 24 de Enero se cumplen 38 años del asesinato de los Abogados de Atocha. Nueve abogados reunidos en la calle de Atocha, número 55, repasando los casos en los que trabajaban, vinculados al incipiente movimiento vecinal, que brotaba con pujanza en los barrios. Eran ellos, entre otros cientos, por toda España. Eran ellos, allí, aquel día, porque habían intercambiado la sala con otro grupo de abogadas y abogados, que en ese mismo momento se encontraban reunidos en un piso situado pocas decenas de metros más abajo, en la misma calle.
Todas y todos, habían ido surgiendo al calor del primer despacho laboralista que abrió en Madrid María Luisa Suárez, junto a Antonio Montesinos, José Jiménez de Parga, Pepe Esteban. Los abogados jóvenes que salían de la Facultad de Derecho, desembarcaban en este despacho y terminaban creando los suyos propios, movidos todos ellos por el mismo deseo de libertad y defensa de los derechos.
Por eso recordar cada año a los de Atocha, es mucho más que rendir homenaje a los abogados asesinados por una dictadura ya sin dictador. Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado, Angel Rodríguez Leal. Heridos para siempre quedaron Dolores González Ruiz (mujer de Francisco Javier Sauquillo, que se encontraba embarazada y perdió a su hijo), Luis Ramos, Miguel Sarabia y el hoy Presidente de la Fundación Abogados de Atocha, Alejandro Ruiz-Huerta.
Recordar cada año a los Abogados de Atocha, es también rendir homenaje a cuantos les precedieron, a cuantos compartieron su lucha y su trabajo, a cuantos vinieron después de ellos y, con empeño indomable, han defendido, durante todos estos años, a la clase trabajadora y a la ciudadanía. Aquí y en cualquier lugar del mundo.
Es, cada año, en el nombre de los de atocha, reconocer el trabajo de cuantos defienden los derechos, la libertad, la convivencia democrática. A quienes lo hicieron en el pasado y a cuantos lo siguen haciendo ahora. Este año los premiados son la jueza argentina María Servini, por toda una vida dedicada a la justicia en Argentina y a la justicia universal, por la causa abierta contra los crímenes y torturas del franquismo.
Y junto a este premio, un reconocimiento a los actores y actrices que protagonizaron la primera huelga en defensa de reivindicaciones tan esenciales (me atrevo a decir que, desgraciadamente, tan modernas), como un salario mínimo, o como no trabajar los siete días de la semana, con dos representaciones diarias. Juan Diego y Concha Velasco, recogerán este reconocimiento, en nombre de todos aquellos actores y actrices que plantaron cara a la opresión, en plena noche del franquismo.
Hoy, cuando hay quienes niegan que la clase trabajadora tan siquiera exista, cuando parece que es necesario a todas horas demostrar lo evidente, es de agradecer que haya quienes siguen luchando “como si fueran clase trabajadora”, quienes siguen peleando por su empleo, acampados a la puerta de la fábrica de la multinacional Coca-Cola, en Fuenlabrada.
Es de agradecer que, contra viento y marea, haya quienes se siguen organizando “como si fueran sindicalistas” y quienes luchan por nuestra libertad y nuestros derechos, “como si fueran abogados y abogadas laboralistas en Atocha”.
Francisco Javier López Martín