No era Grexit, era Brexit

agosto 23, 2017

No hace tanto tiempo el gran debate era si la Unión Europea se iba a romper por su eslabón más débil y ese eslabón parecía ser Grecia. En toda Europa se hablaba y debatía sobre el Grexit. Sin embargo el referendum británico ha puesto las cosas en su sitio. El problema, comprobamos ahora, no era sólo el desastre que las políticas de ajuste europeas habían sembrado en los países del Sur, como Grecia, Portugal,  o España.

Se trataba, sobre todo, de la incapacidad demostrada por los gobernantes de los países que encabezan el proyecto de Unión Europea, para entender que tras la adopción de una moneda única, las economías europeas quedaban estrechamente interconectadas. Que los problemas de la más pequeña se transfieren, tarde o temprano y, en mayor o menor medida, al resto.

La moneda única supone que ya es imposible combatir las crisis económicas con las recetas clásicas de recortes en la inversión, reducción del empleo y devaluación salarial, aumento del gasto público, o devaluación de la moneda, a base de fabricar dinero por parte de unos bancos nacionales que se han visto privados de esa competencia.

Tras un primer intento de combatir la crisis con medidas de corte keynesiano (en las que persistieron los EEUU presididos por Obama con resultados positivos), es a partir de 2011 cuando el Pacto del Euro, férreamente impuesto por Merkel (recuerden su famosa llamada nocturna a Zapatero), se empeñó en regular los costes de la crisis para  evitar que fueran los países centrales y del Norte quienes pagasen los riesgos contraídos por países como Irlanda, o el Sur de Europa.

Los recortes a una política monetaria expansiva y a las políticas de aumento del gasto público, que podrían haber evitado sufrimiento y abaratar costes de la deuda en muchos países, fueron las recetas para impedir que la inflación creciera en los países no endeudados. Sin embargo, lo que se ha producido es una caída tal de la demanda que ha conducido a las fronteras de la deflación a toda la Unión Europea.

Las políticas de austeridad aplicadas en el Sur, han producido estancamiento y deflación en el Norte. Una situación que ha hecho que el Banco Central Europeo baje los tipos de interés y la remuneración del dinero, perjudicando al final a los ahorradores del Norte. Para colmo, los flujos migratorios procedentes del Sur y del Este han introducido nuevas presiones en los mercados de trabajo  de los países del Centro y del Norte de la Unión.

Ahora habría que preguntarse si los recortes y ajustes han sido la solución más adecuada y si no hubiera sido mejor una respuesta de mayor colaboración y cooperación en el reparto de las cargas de la crisis a niveles locales y europeos. El peor efecto es que las medidas aplicadas hasta ahora han alimentado un sentimiento de incertidumbre y de desconfianza en el conjunto de la ciudadanía europea. Un sentimiento que se encuentra en la base del crecimiento del famoso “populismo” que propugna la desafección con respecto a Europa y la vuelta a los estados-nación y la  ruptura de la Unión Europea como proyecto político, económico y social.

Parece mentira que los expertos políticos de los países que dirigen los destinos de Europa no se hayan dado cuenta de que los problemas no estaban en los países del Sur, sino en los ricos países del Norte. El primer paso lo ha dado Gran Bretaña. Han sorteado relativamente bien la crisis fuera de la Eurozona y sus políticos han encontrado el filón electoral de las promesas de evitar los costes de su pertenencia a la Unión Política en forma de libre circulación de las personas. Una mezcla de egoísmo y cálculo político oportunista que condujo al referendum que ratificó el Brexit.

El problema no era el Grexit. Y la lección es que fortalecer la Unión Europea es la única posibilidad de pesar algo en un mundo globalizado. Pero para eso hay que avanzar en políticas comunes europeas en impuestos, mercado de trabajo y salarios, instituciones financieras, infraestructuras, formación, medio ambiente, investigación, cohesión social, o solidaridad supranacional y cooperación internacional. Sería la única manera de aprovechar el mercado único para introducir factores de reequilibrio que compensen a los perdedores de  la crisis a través de las aportaciones de los grandes beneficiarios de la misma.

Francisco Javier López Martín

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COMO SI FUERAMOS ABOGADOS DE ATOCHA

enero 21, 2015

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Miro esa foto en la que Enrique Lillo, abogado de CCOO, sale de los tribunales arropado por cientos de trabajadores y trabajadoras de Coca-Cola. Han ganado una sentencia que exige a la multinacional recolocar a quienes han sido ilegalmente despedidos y han obtenido, de nuevo, el reconocimiento judicial de que la multinacional tiene la obligación de ejecutar la sentencia.
Cuando las personas ven reconocidos sus derechos su alegría es clara, abierta, transparente. Se sienten parte de un grupo humano (los espartanos, han decidido llamarse, los espartaquistas, quiero llamarles yo), capaz de imponerse a las decisiones injustas del dinero y del poder.
Se sienten parte de una maquinaria de solidaridad, en la que los trabajadores y sus familias, los defensores del derecho, el resto de trabajadores organizados en el sindicato, son capaces de vencer los designios de esos endiosados altos ejecutivos, que se sostienen por la complicidad del poder político, y por la compra de voluntades de unos medios de comunicación, obligados a sobrevivir con sus ingresos publicitarios.
No se entiende, de lo contrario, cómo es posible este atronador silencio de cadenas, públicas y privadas, periódicos, tertulianos de todos los colores, ante una empresa que incumple sentencias, mientras hablan, sin empacho alguno y cada día, de corrupciones, corruptelas y corruptos.
Dicen que las CCOO cuentan con los mejores abogados laboralistas de España. De esos que estudian y pelean cada caso, sin darlo nunca por perdido. De esos que no te engañan con falsas promesas y con los que sabes, en todo momento, qué te estás jugando. Tenemos abogados como Enrique Lillo, Antonio García, las Evas del Gabinete Confederal. Tenemos una cantera de abogados y abogadas que han extendido su presencia y la influencia del laboralismo, a la judicatura, como en el caso de Manuela Carmena; en despachos propios, como Cristina Almeida; o a las universidades, de la mano de otros, como Antonio Baylos, Collado, Aparicio. Tenemos cientos de personas que en cada sede de CCOO, asesoran y defienden a los trabajadores y trabajadoras.
Para quienes creen que las cosas son lo que son por una especie de gracia divina y que lo que hoy tenemos es un regalo, conviene recordar que esta raza de laboralistas no surgió por generación espontánea. Se forjaron en las luchas de los barrios y las fábricas, defendiendo a los trabajadores y la ciudadanía, cuando los derechos aún no existían, porque la esencia de aquella dictadura, la esencia de cualquier dictadura, consiste en la vulneración sistemática y programada de los derechos más elementales.
El 24 de Enero se cumplen 38 años del asesinato de los Abogados de Atocha. Nueve abogados reunidos en la calle de Atocha, número 55, repasando los casos en los que trabajaban, vinculados al incipiente movimiento vecinal, que brotaba con pujanza en los barrios. Eran ellos, entre otros cientos, por toda España. Eran ellos, allí, aquel día, porque habían intercambiado la sala con otro grupo de abogadas y abogados, que en ese mismo momento se encontraban reunidos en un piso situado pocas decenas de metros más abajo, en la misma calle.
Todas y todos, habían ido surgiendo al calor del primer despacho laboralista que abrió en Madrid María Luisa Suárez, junto a Antonio Montesinos, José Jiménez de Parga, Pepe Esteban. Los abogados jóvenes que salían de la Facultad de Derecho, desembarcaban en este despacho y terminaban creando los suyos propios, movidos todos ellos por el mismo deseo de libertad y defensa de los derechos.
Por eso recordar cada año a los de Atocha, es mucho más que rendir homenaje a los abogados asesinados por una dictadura ya sin dictador. Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado, Angel Rodríguez Leal. Heridos para siempre quedaron Dolores González Ruiz (mujer de Francisco Javier Sauquillo, que se encontraba embarazada y perdió a su hijo), Luis Ramos, Miguel Sarabia y el hoy Presidente de la Fundación Abogados de Atocha, Alejandro Ruiz-Huerta.
Recordar cada año a los Abogados de Atocha, es también rendir homenaje a cuantos les precedieron, a cuantos compartieron su lucha y su trabajo, a cuantos vinieron después de ellos y, con empeño indomable, han defendido, durante todos estos años, a la clase trabajadora y a la ciudadanía. Aquí y en cualquier lugar del mundo.
Es, cada año, en el nombre de los de atocha, reconocer el trabajo de cuantos defienden los derechos, la libertad, la convivencia democrática. A quienes lo hicieron en el pasado y a cuantos lo siguen haciendo ahora. Este año los premiados son la jueza argentina María Servini, por toda una vida dedicada a la justicia en Argentina y a la justicia universal, por la causa abierta contra los crímenes y torturas del franquismo.
Y junto a este premio, un reconocimiento a los actores y actrices que protagonizaron la primera huelga en defensa de reivindicaciones tan esenciales (me atrevo a decir que, desgraciadamente, tan modernas), como un salario mínimo, o como no trabajar los siete días de la semana, con dos representaciones diarias. Juan Diego y Concha Velasco, recogerán este reconocimiento, en nombre de todos aquellos actores y actrices que plantaron cara a la opresión, en plena noche del franquismo.
Hoy, cuando hay quienes niegan que la clase trabajadora tan siquiera exista, cuando parece que es necesario a todas horas demostrar lo evidente, es de agradecer que haya quienes siguen luchando “como si fueran clase trabajadora”, quienes siguen peleando por su empleo, acampados a la puerta de la fábrica de la multinacional Coca-Cola, en Fuenlabrada.
Es de agradecer que, contra viento y marea, haya quienes se siguen organizando “como si fueran sindicalistas” y quienes luchan por nuestra libertad y nuestros derechos, “como si fueran abogados y abogadas laboralistas en Atocha”.
Francisco Javier López Martín


NAVIDADES EN LA CARCEL

diciembre 24, 2014

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Os conté, no hace mucho, que allá en Cundinamarca (Colombia), la Red de Bibliotecas Populares me había concedido un premio de poesía. Uno de esos momentos que alegran la vida. Momentos que llegan de vez en cuando, sin que los presientas tan siquiera, cuando menos los esperas. No son casuales, pero llegan.
El más reciente ha sido mucho más cercano en el espacio, pero tan lejano como aquel en la experiencia vital de donde procede. Venía a mí en forma de diploma que me acreditaba como Picapedrero, al haber resultado finalista del Certamen Picapedreros, organizado por la Revista La Oca Loca.
Estoy por dejarlo aquí y esperar a que vuestra imaginación, o vuestra curiosidad, os lleven a buscar el origen de tan inusual diplomatura. Pero como estamos en Navidades y parece poco probable que os dediquéis a tamaña investigación, prefiero contaros a mi manera la cosa en sí.
En el año 2005, un grupo de cerca de quince reclusos del Centro Penitenciario de Daroca lanzaron la idea de editar una revista que sirviera de enlace entre centros penitenciarios para entretener, divertir, aclarar dudas que pudieran tener los internos, difundir la cultura, adquirir habilidades útiles, dentro y fuera de la cárcel y servir de carta de presentación de una población penitenciaria que quiere mantener vivas sus relaciones con el mundo exterior.
Hoy esa revista recibe colaboraciones de 39 centros penitenciarios españoles y de cárceles de Bolivia, Ecuador, Argentina, o Chile. Además de artículos, poemas, cuentos, investigaciones de gentes de la cultura, la ciencia, el deporte, el cine. Ya han culminado el cuarto certamen de poesía, guiones y microrrelatos y van a por la quinta edición. Un festival de cine, un certamen de recetas de cocina… Incansables e incombustibles.
Pues bien, he resultado finalista del premio Picapedreros, me han enviado la revista digital y me han ofrecido ser articulista. He aceptado el trabajo porque no tengo otra opción. Ya dije que nada es casual y resulta que mi padre era cantero y picapedrero en su natal Sierra de Guadarrama. Siempre me admira esa habilidad de cubicar una piedra, ver dentro de ella y hacer salir, uno de esos pináculos con forma de bola, o una losa de tumba, tan frecuentes en el monasterio de El Escorial, o en el Valle de los Caídos.
Me incitaba mi padre, harto de pasar frío y tratar sus agrietadas manos, primero como cantero, luego como albañil, a estudiar, para tener un trabajo a cubierto de la intemperie. Le hubiera bastado con que fuera botones de un banco, pero terminé siendo maestro. Como todos saben, magisterio era la carrera que estudiaban los listos de los pobres y los tontos de los ricos, que no daban de sí como para estudiar una carrera larga. Para los pobres , por contra, era una carrera corta, que permitía ganarse la vida pronto y dejar de ser una carga para la familia. Luego, si valías, podías seguir estudiando una carrera por las noches.
Eso hice y no me arrepiento. Por eso para mí no hay opción. Es obligado, además de un orgullo, aceptar el encargo de los compañeros de La Oca Loca. De hecho les he remitido un primer poema navideño, dedicado a esas gentes que viven en centros penitenciarios, en no pocos casos merced a una justicia que los propios juristas reconocen diseñada para “robagallinas”, cuando no para sindicalistas que ejercen la libertad sindical.
Ahí están los 8 compañeros de Airbús sobre los que pesa una petición de 66 años de cárcel, o la compañera Katiana Vicens, injustamente condenada, por ejercer el derecho de huelga. Ahí están los compañeros de Coca-Cola, condenados al paro, pese a la sentencia que condena a la empresa a readmitirlos. No veremos con estos ojitos a esos siniestros empresarios encarcelados.
Mientras tanto los delincuentes de guante blanco campan a sus anchas, por más que se pretenda vendernos la ejemplaridad de encarcelamientos como los de la Pantoja, o el hecho de ver sentada en el banquillo a una Infanta de España. No dejan de ser la excepción que confirma la regla y la disculpa propiciatoria para intentar colar la especie falsa de que la justicia es igual para todos.
Nada de lo dicho disculpa el delito. Mucho menos cuando va acompañado de violencia. Pero cuanto queda dicho debe servir para recordar el papel rehabilitador que debe tener la cárcel y la responsabilidad de toda la sociedad de apoyar a quienes estando dentro, luchan cada día para tener una nueva oportunidad. Algo que he he escuchado incontables veces de la que fuera Jueza de Vigilancia Penitenciaria, Manuela Carmena.
Estamos en Navidad y es bueno recordarlo, si no queremos que por la vía de los hechos, a base de leyes de Seguridad, terminemos permitiendo que las calles se conviertan en una inmensa cárcel.
Os dejo el poema por el que los picapedreros me diplomaron como uno de los suyos y me concedieron un diploma “por abrir un agujero de libertad y esperanza en los muros de nuestros Centros Penitenciarios”.

ESCRIBIR

Escribir, escribir,
escribir y escribir.
Renunciar a la vida,
la escritura o la vida.
La presencia del tiempo,
la palabra perversa,
la huida a ninguna parte,
y el sueño distante
de apretados dientes.

Escribir. No pensar
en otras misiones
que afilar el trazo
de cada palabra
sobre la cuartilla.

Deshacerse en humo,
olvidar la masa.
Esquivar la garra
que arranca la carne,
la zarpa certera.

Huir a la nada,
cubrirse con mantos
de sombra y ceniza,
rescoldos de hoguera.

Subir a la cumbre
del monte más alto.
Esperar la lluvia
del canto vencido
que ahuyente la fiebre.

Recitar los versos
del niño de arena.
Olvidar el roto
paisaje cercado
por discursos plásticos.

Escuchar el ritmo
del tambor sagrado
que viene de dentro,
del loco inhumano
que habita la cueva,
honda y olvidada,
de nuestro cerebro.

Agarrarse al cabo
trenzado con letras.
Destrozarlo todo
y volverlo a armar.
Levantar un muro,
tirar de piqueta,
demolerlo a golpes
hasta que no quede
piedra sobre piedra.

Escribir y olvidar,
volver al comienzo.
Cargar con los años.
Los propios y ajenos.
El tiempo del otro,
de fuera y de dentro.

Escribir y amarte,
con ardua pereza.