Che

octubre 11, 2017

Aprendimos a quererte,

desde la histórica altura,

donde el sol de tu bravura

le puso cerco a la muerte.

Carlos Puebla.

Hasta siempre, comandante

 

Cómo pasa el tiempo. Hace 50 años era yo un niño.Los escasos noticiarios de la época daban cuenta de la muerte del guerrillero Ernesto Guevara, al que llamaban Che. Todo era confuso. Luego fuimos sabiendo que había sido acorralado y capturado por el ejército boliviano en la quebrada del Yuro, con la ayuda de agentes de la CIA y había sido ejecutado en la escuelita de La Higuera.

Pocos personajes resultan hoy tan polémicos como el Che. Su nacimiento en Argentina. Su infancia a caballo entre Buenos Aires y la provincia de Córdoba. Sus estudios de medicina, Sus largos viajes por América Latina. Su enrolamiento en la expedición guerrillera organizada por Fidel Castro en México para liberar Cuba de la dictadura de Batista. La dureza de la lucha guerrillera en Sierra Maestra, en la que su principal enemigo era el asma que combatía a base de voluntad y fumando puros.

El triunfo de la guerrilla, sus cargos en el gobierno de la revolución, sus desencuentros con Fidel y sus consejeros soviéticos. Su huida hacia adelante, emprendiendo aventuras que pretendían extender focos revolucionarios, primero en el Congo y luego en Bolivia.

Bien mirada, la historia del Che es la historia de un fracaso. Tal vez resida en ello buena parte su capacidad de seducción. No tanto sus logros, como el trágico final de su marcha incansable, por tortuosos caminos, en busca de la libertad para los pueblos oprimidos por el imperio que hoy gobierna Trump.

Un imperio para el cual América Latina era patio trasero en el que actuar con total impunidad, apoyando, e impulsando golpes militares, allí donde cualquier gobernante intentara contravenir sus designios. Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Brasil, Paraguay, Chile, Argentina, Uruguay, Perú. Toda América Latina sufrió la brutalidad de botas militares pagadas y fabricadas en Estados Unidos.

Su imagen, retratada por Korda, se convirtió en icono equiparable al del fundador del cristianismo. Un ejemplo para jóvenes rebeldes que participan en cualquier  acto de protesta, descontento, o reivindicación. Desde mayo del 68, hasta el 15M. Sin embargo, el Che era un revolucionario, un guerrillero y eso ha suscitado odios exacerbados.

Recuerdo septiembre de 2008, cuando los sindicatos madrileños fuimos invitados por el partido gobernante en Madrid, liderado por Esperanza Aguirre, para asistir a la clausura de su Congreso Regional. La euforia despertada por el discurso de Aguirre, con su reiterado lema de pico y pala (por más que lo más parecido a pico y pala que ha esgrimido Esperanza, es un palo de golf) se vio precedido por la fogosidad del jefe de las Nuevas Generaciones madrileñas, un joven llamado Pablo Casado.

Arrancó aplausos a rabiar y puso en pie al auditorio (yo permanecí sentado), a base de gritar consignas oídas en algún foro exclusivo: ser de izquierdas ya no está de moda, porque son unos carcas y están todo el día con la guerra del abuelo, con el aborto, la eutanasia y la muerte.

Atacó a los sindicatos como parte de este entramado y contrapuso todo ello al carácter “emprendedor”, palabra mágica, de los jóvenes del PP. Los mayores aplausos del público agradecido y el “olé, olé, olé” de la propia Esperanza, surgieron cuando aseguró con vehemencia que los jóvenes del PP idolatran a mártires como Miguel Angel Blanco y no a asesinos como el Che Guevara, como hace la izquierda.

Estuve a punto de abandonar la clausura del Congreso. Permanecí sentado y preferí aguantar el chaparrón, pero salí preocupado por el tipo de juveniles fuerzas de choque que comenzaban a surgir en el PP y que un día llegarían a puestos más importantes, medrando a la sombra de personajes como Aguirre.

50 años son muchos años en una vida. Lo cierto es que personajes de otro tiempo son muy difíciles de juzgar con los ojos de hoy: Espartaco, Nelson Mandela, Juana de Arco, Sandino, Bolivar, Churchil, Zapata, Washington, o el propio Che.

Prefiero recrear la imagen de un joven que se buscaba a sí mismo a lomos de una motocicleta, al tiempo que descubría las venas abiertas de América Latina. A ese hombre, al que los indígenas andinos rezan, ponen velas y veneran bajo la advocación de San Ernesto de La Higuera. Aquellos indígenas que dieron origen a los Nadies de Eduardo Galeano.

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Soy mayor, pero no gilipollas

octubre 11, 2017

Ya sé que habría que hablar de Cataluña de nuevo. De la disparatada espiral de despropósitos desencadenados por la inacción política de Mariano Rajoy durante años y su exceso de ejercicio de la fuerza de última hora, que han conducido a que un referéndum ilegal se convierta en un espectáculo bochornoso de violencia callejera en las páginas de los diarios internacionales. Y de la estrategia nacionalista que camina de triunfo en triunfo mediático hasta la derrota final. Porque, no nos engañemos, en un escenario como el diseñado por Mariano y Carles, todo son derrotas y todas y todos somos derrotados, en Cataluña y España.

Me parece que hay temas, menos mediáticos, pero que no pueden pasar desapercibidos. Hemos iniciado la semana conmemorando, el 1 de octubre el Día Internacional de las Personas de Edad. Las Naciones Unidas, explican que la Asamblea General decide estas fechas para “sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas, o para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes”.

Esto último es lo que CCOO y UGT han querido hacer, iniciando el 30 de septiembre las Marchas a Madrid por unas pensiones dignas. Porque el problema de nuestros mayores tiene mucho que ver son la suficiencia económica para vivir dignamente en su entorno y eso es algo que el Estado español no garantiza ni de lejos.

La crisis ha servido de disculpa para que los gobiernos de Mariano Rajoy hayan puesto en solfa el Pacto de Toledo, adoptando medidas para que las pensiones pierdan poder adquisitivo año tras año. Para ello se inventaron una ininteligible fórmula de revalorización de las pensiones, cuyo resultado es que las pensiones no suben más de un 0´25 por ciento cada año.

La mitad de nuestros pensionistas no alcanza el Salario Mínimo Interprofesional. El 40 por ciento de los pensionistas viva por debajo del umbral de la pobreza, o que la pensión media, en España, sea de poco más de 900 euros y la pensión más extendida de 650 euros al mes.

La crisis ha sido especialmente dura en los países del Sur de Europa, como España. Países en los que la solidaridad familiar ha contenido los peores efectos sobre las personas. Hasta el punto de que cuatro de cada diez pensionistas han tenido que soportar la carga de sostener las economías familiares durante estos años.

Nueve millones de personas dependen de su pensión para vivir. Las pensiones, desde este punto de vista, aportan vertebración de los territorios que componen España, equilibrio entre generaciones y cohesión social.

La mayor amenaza contra el futuro del sistema de pensiones procede de la inacción del gobierno para garantizar el futuro del sistema público de pensiones, pese a las demandas, alternativas y propuestas formuladas por las organizaciones sindicales.

Día sí, día también, entidades financieras, aseguradoras, fundaciones dependientes de ellas, expertos de pago y demás intereses económicos privados, anuncian el fin del sistema de pensiones público y su sustitución por sistemas privados de capitalización, fracasados allí donde se han implantado, ansiosos por hincar el diente a los cuantiosos recursos que los trabajadores y trabajadoras depositamos, en la Seguridad Social.

Lo dijo muy claro mi amiga Paquita, en un programa de televisión, Tengo 91 años, pero no soy gilipollas. Nuestras personas de edad, nuestras personas mayores, necesitan seguridad sobre la viabilidad futura del sistema público de pensiones. Sobre la mejora de las pensiones mínimas. Sobre un mecanismo de revalorización de las pensiones que impida pérdidas de poder adquisitivo. Sobre el futuro del sistema de Seguridad Social, que ha funcionado y sigue funcionando y sobre el que los sindicatos han propuesto medidas que permitirían incrementar sus ingresos en más de 70.000 millones de euros anuales.

Rajoy puede seguir instalado en su cada vez más insostenible dolce no far niente. Pero lo ideal sería que escuchara los problemas de quienes han comenzado a marchar hacia Madrid. El día 9 se manifestarán por las calles de la capital. Luego volverán a sus casas. Pero no van a tolerar un silencio por respuesta, ni un No como solución a sus problemas. Y no sólo por ellos, sino porque saben que las pensiones futuras dependen de su lucha de hoy.


10 Jornada Mundial Trabajo Decente

octubre 11, 2017

ITUC-WDDW-logo-spanish

Hace 11 años, en Viena, se reunían en Congreso conjunto las dos grandes centrales sindicales internacionales, la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y la CMT Confederación Mundial del Trabajo). En dicha reunión, el 31 de octubre disolvieron ambas organizaciones y el 1 de Noviembre crearon la CSI-ITUC (Confederación Sindical Internacional).

Era muy complicado que los diferentes modelos ideológicos y organizativos del sindicalismo mundial se pusieran de acuerdo en juntarse en una Confederación Internacional de carácter mundial. Sindicatos de orígenes socialistas, comunistas, católicos, nacionalistas, democratacristianos, o sin adscripción ideológica, cuyo principal vínculo de unión era la defensa de los trabajadores y trabajadoras de un país, o de un sector de la producción, o de los servicios.

Componían un puzle muy difícil de unir. Y, sin embargo, lo hicieron. Cerca de 200 millones de trabajadores y trabajadoras de todo el mundo, organizados en más de 300 organizaciones de trabajadores y trabajadoras crearon una internacional sindical mundial.

Desde el primer momento coincidieron en que debían proponerse un objetivo común. Y ese objetivo bien podía partir del concepto de trabajo decente, acuñado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que forman parte organizaciones empresariales, Gobiernos y organizaciones sindicales. Un objetivo que podría, por lo tanto, ser asumido y defendido en todo el planeta.

Tras abordar las urgentes tareas de organización de la Internacional, una de las primeras actuaciones de la CSI fue convocar la primera Jornada Mundial por el Trabajo Decente, el 7 de octubre de 2008. Afrontamos, así pues, este año, la 10 convocatoria de la Jornada Mundial.

Recuerdo que aquel primer año un mapa en internet se iba abriendo poquito a poco, a medida que amanecía en todos los países del planeta. En ese momento aparecían las acciones que en cada lugar del mundo se iban a llevar adelante. Manifestaciones, paros, concentraciones, actos festivos, marchas, mítines, en más de 500  ciudades del planeta.

En Madrid, en aquella primera convocatoria, nos concentramos en la plaza Mayor, con el apoyo de casi 400 organizaciones sociales de todo tipo, denunciando que la mitad de los trabajadores y trabajadoras del mundo carecen de protección social y exigiendo que las políticas de desarrollo mundial, impulsadas por organismos internacionales, centrasen sus esfuerzos en conseguir que el empleo sea decente, estable, con derechos. Uno de los principales motivos de aquella convocatoria se centró en la lucha contra el trabajo forzoso de los niños.

Comenzó su andadura, la jornada Mundial por el Trabajo Decente, con vocación de convertirse en referencia de lucha y reivindicación para todos los trabajadores y trabajadoras del planeta. Pero ya se sabe que cuando conocemos las respuestas, nos cambian las preguntas. La crisis financiera de las hipotecas basura se desencadenó con toda su virulencia aquel mismo año. Pronto se transformó en crisis de empleo y ya de paso fue convertida en crisis social y política. Ya nada es igual y la Jornada Mundial por el Trabajo Decente ha ido perdiendo fuelle en el marasmo de la destrucción y descomposición del empleo por todo el planeta.

El efecto más duro de la crisis es que ha reforzado inevitablemente la parte más corporativa y nacionalista de la ciudadanía y del propio sindicalismo. Vaya, que conscientes de la dificultad de gobernar el mundo salvaje de capitalistas sin freno, procuramos blindar nuestro empleo, nuestra empresa, nuestro sector, nuestro pueblo y, como mucho, nuestro país. Si el país es grande, adquiere carta de naturaleza su fragmentación en nuevas y más pequeñas nacionalidades, con la vana esperanza de que los trabajadores y trabajadoras pesemos algo en un nuevo gobierno más cercano de las cosas.

Este año, los informes que sustentan la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, ponen el acento en que, tras la crisis, el 1 por ciento más rico del planeta acumula más riqueza que el 99 por ciento restante. Que los empleos son más precarios que nunca y los salarios más bajos. Todos y todas, en este planeta, somos conscientes del deterioro generalizado del empleo y los salarios.

Necesitamos hoy más que nunca eso que llamábamos internacionalismo proletario. La capacidad de los trabajadores y trabajadoras y sus organizaciones, de responder al reto del trabajo decente y la vida digna. Más que nunca, tiene sentido que un día al año constatemos nuestra fuerza y nuestra capacidad de responder a un capitalismo globalizado, gobernado por la avaricia y el egoísmo de unos pocos.

Y lo necesitamos, porque no estamos ante un problema puntual, sino ante un fenómeno estructural que amenaza las posibilidades de supervivencia, no tanto del planeta que seguirá aquí reconstruyéndose a  sí mismo cuando nosotros hayamos desaparecido. La supervivencia de los seres humanos en este planeta.

Por eso, este 7 de octubre, volvemos a exigir, en todo el mundo, un Trabajo Decente.


El problema de Cataluña es mi problema

octubre 11, 2017

Se habla, con demasiada frecuencia por cierto, de
los problemas de Cataluña.¿Qué problemas de Cataluña? 
En Cataluña no hay ningún problema, 
el único problema que pudiera haber planteado en Cataluña 
está planteado por nosotros, 
pero el problema que está planteado por nosotros 
no es un problema de Cataluña, es un problema universal.
Salvador Seguí | Discurso en el Ateneo de Madrid. 1919

Salvador Seguí, el Noi del Sucre, Secretario General de la CNT en Cataluña, lo tenía meridianamente claro, hace ya casi cien años, cuando en Madrid, en el  Ateneo y en otros centros obreros, planteaba que la cuestión social, las reivindicaciones de la gente trabajadora, se situaban por encima de cualquier otro problema y, muy especialmente, por encima de la cuestión nacional, planteada por elementos reaccionarios vinculados a la Liga Regionalista.

Aquella Liga Regionalista que se dedicaba a visitar ministerios en Madrid, pidiendo cargos, dineros y, si era necesario, el aplastamiento militar de los molestos sindicalistas que se lanzaban de cuando en cuando a las calles para defender a cuantos unas veces se negaban a ir a combatir por la patria en Marruecos, como había ocurrido en la Semana Trágica de Barcelona (1909) y otras veces se empeñaban en mejoras salariales y laborales, como en la famosa huelga de La Canadiense (1919), que desembocaba en huelga general. Una huelga reprimida por el general Milans del Bosch (¿de qué me suena a mí este nombre?) a base de la  militarización de servicios  y de meter presos a 3.000 obreros en el cartillo de Montjuich.

Fue Salvador Seguí, quien ante 20.000 trabajadores y trabajadoras, convocados en la plaza de toros de Las Arenas, cambió el curso de la historia y convenció al auditorio de la necesidad de poner fin a la huelga. Ningún baño de sangre, de las dimensiones del que se avecinaba, justificaba seguir adelante. El sindicalismo cambió derramamiento de más sangre por organización y fortaleza sindical en las empresas y en la sociedad catalana. A explicar esas cosas que estaba haciendo el sindicalismo en Cataluña, es a lo que vino Seguí a Madrid, en otoño de ese mismo año.

De nada le valió en lo personal, a Salvador, mantener estas posiciones poco violentas y bastante sensatas. Aquellos nacionalistas de la Liga no dudaron en apoyarse en un nuevo general, Martínez Anido, designado Gobernador de Barcelona, para organizar grupos de pistoleros, en torno a los denominados Sindicatos Libres, que fueran asesinando sindicalistas. El 10 de marzo de 1923, le tocó ser asesinado a Salvador Seguí, el Noi del Sucre (el Chico del Azúcar).

Salvador Seguí no tenía miedo a la independencia, como bien explicó en su discurso en Madrid. Si llegaba, la independencia sería utilizada por los trabajadores catalanes para unirse más que nunca a los trabajadores de toda España en su lucha por la emancipación. Y esto lo dice mientras explica que no hay un problema nacional en Cataluña, sino otro problema universal, el del movimiento obrero que quiere emanciparse.

Está claro lo que pensaba Seguí, como está claro lo que piensa Joan Coscubiela, mal que le pese a cuantos se han apresurado a lanzar sus dardos envenenados, ante su intervención en el parlamento.

Lo que no llego a entender bien (no soy sociólogo, ni psicólogo, ni politólogo, ni me juego el voto en unas elecciones) es el mecanismo por el cual los intereses de la clase trabajadora terminan convertidos en reivindicaciones nacionalistas. No es un fenómeno específico de Cataluña. Lo ocurrido con otros temas y en otros países, como el referéndum sobre el Brexit son elementos a tomar en cuenta. ¿Algo ha cambiado a lo largo de las últimas décadas, o los últimos años, que pueda explicar qué está pasando?

En primer lugar, creo que el fenómeno de la globalización financiera y económica, o nuestro propio ingreso en la Unión Europea, han contribuido a debilitar la convicción de que los gobiernos nacionales tengan capacidad alguna para controlar su economía y decidir las mejores políticas que pueden aplicar, especialmente en momentos de crisis.

De otra parte, el desarrollo de internet y de las redes sociales, ha creado realidades virtuales compartidas por personas muy diversas, que poco tendrían que ver entre ellas si se conocieran realmente, pero que pueden vivir juntas en un mundo paralelo, alimentando la ilusión de que comparten ideas, sentimientos, sensaciones, consumo, imágenes y hasta convocatorias de movilizaciones.

Otra vida dentro de la vida, en la que podemos elegir seguidores, bloquear a quienes no nos gustan, crearnos personajes ficticios con los que insultar, opinar, crear opinión. Sin duda un mundo apetecible lleno de satisfacciones y grandes batallas que no se libran, pero que siempre ganamos.

El ultraliberalismo ya había conseguido tomar el poder sobre las grandes decisiones económica. Los partidos socialistas parecían abocados a aceptar el desastre y aceptar su papel de mitigadores de los efectos más dañinos de la nueva realidad mundial. El comunismo se desplomó dejando tras de sí un recuerdo de opresión política y aplastamiento de las personas en aras de un mundo nuevo cada vez más lejano. La crisis ha llegado para quedarse y dejarnos una herencia de precariedad, pobreza laboral, desigualdad y desprotección social.

Como pocas veces en la historia del mundo, el futuro es percibido con rasgos de peligro y oscuridad comparables a los peores tiempos del pasado. El refugio en las redes puede que funcione como un placebo, pero quien más y quien menos sabe que el futuro personal y colectivo será peor que el pasado conocido.

En una situación así es muy difícil resistir la tentación de escuchar los mensajes simples pero eficaces del populismo autoritario: cerrar las fronteras y atrincherarse en un espacio que se supone unido por una identidad cultural. Seamos pocos, pero de los nuestros.

Ocurre que ni Cataluña, ni España, difícilmente Europa, podemos ya garantizar eso. Una cosa es reclamar autonomía para dirigir las políticas cercanas de un modo cercano y otra muy distinta, creer que la independencia es la solución al problema de cada quien. Porque el problema de cada quien es un problema universal, hoy más aún que en los tiempos de Salvador Seguí. Un problema de desigualdades brutales de las personas en un mundo dirigido por grandes corporaciones, en un escenario de  Estados siempre demasiado pequeños, débiles e impotentes.

Es cierto que Rajoy le está echando una mano inapreciable a Puigdemont y que Carles está ayudando de forma inestimable a Mariano. Nada mejor que dos nacionalismos confrontados por razones culturales, para hacer olvidar los problemas de corrupción, incapacidad, ineficacia, recortes, debilitamiento de la protección social, destrozo del mercado laboral, que ambos representan de la misma manera.

Pero por encima de ellos, hay mucha gente en este país que aún está dispuesta a mirar hacia sus problemas reales. Exigir diálogo, negociación y búsqueda de acuerdos, frente a las imposiciones de una y otra parte. Si una mayoría de personas en Cataluña quiere un referéndum, habrá que negociar un referéndum. Habrá que hablar de un quórum mínimo en la votación y con qué porcentaje de votos es válida una decisión de separación.

Y habrá que hablar y negociar, en todo caso, lo que es una demanda no sólo de los catalanes, sino de los gallegos, los extremeños, los murcianos, andaluces, vascos, aragoneses y de cualquier castellano, por no nombrar a todas las autonomías españolas: una administración cercana, reconocible, transparente, controlable, que pueda responder ante nosotros de cada uno de sus actos. Pero esto es algo que reclamamos también a niveles aún más cercanos, como los municipales. Algo que reclaman todos los ayuntamientos con respecto al centralismo del Estado y las Comunidades Autónomas.

No sé si eso se llamará España plurinacional, si la solución será un modelo federal. En todo caso, exige combatir la corrupción, promover la transparencia y reforzar la voluntad de negociar. Algo muy difícil de hacer si la izquierda política y social se arroja en brazos de quienes pretenden solucionar sus problemas embarcando a la clase trabajadora en guerras sin sentido, mientras enmascaran el conflicto fundamental y universal que amenaza la existencia en cada rincón del planeta.

Es la izquierda la que debe parar esta locura. Con más razones aún y tanta convicción y firmeza, como las que en su tiempo llevaron a Salvador Seguí a viajar a Madrid para explicar qué estaba haciendo la clase trabajadora en Cataluña; como las que le pusieron ante 20.000 trabajadores decididos a mantener la huelga y convencerles de la necesidad de parar una revuelta en ciernes; como las que le hicieron mantener un paso decidido y un camino reconocible y claro, hasta que las balas de los pistoleros organizados por la burguesía nacionalista y por aquel general que luego sería ministro de orden público en el primer gobierno franquista de la Guerra Civil, segaran su vida en la esquina de la calle de San Rafael con la de la Cadena (hoy Rambla del Raval).

Salvadas las distancias temporales y la perspectiva, teniendo en cuenta que él luchaba con la mirada puesta en una emancipación de la clase trabajadora hoy mucho más difusa, Seguí tuvo su responsabilidad y nosotros tenemos la nuestra. A cada generación lo suyo.


Ni nacionalista, ni nacional

octubre 9, 2017

He escrito varios artículos sobre el tremendo follón de Cataluña, que nadie parece querer abordar con diálogo y sentido común. He recibido respuestas de todo tipo en las redes sociales. Algunos insultos he recibido y también otros han manifestado coincidencias sobre mis opiniones.

Un familiar, catalán e independentista, me recuerda, desde una ciudad próxima a Barcelona, que mi análisis no es acertado, que no he mencionado el tema de las infraestructura, los desdoblamientos de carreteras, el eje ferroviario del mediterráneo, la escasa ejecución presupuestaria de inversiones del gobierno de Madrid en Cataluña.

También me recuerda que el Estatut, aprobado por el parlamento y luego por el pueblo de Cataluña, fue modificado por el Tribunal Constitucional, cuando algunos artículos anulados son idénticos en otros estatutos de autonomía. La injusticia presupuestaria y la falta de respeto a la autonomía prometida, que han producido el paso de la política del catalanismo al independentismo.

Le hago notar a mi pariente catalán que tengo amigos extremeños, que me inundan de artículos y opiniones parecidas sobre el abandono en Extremadura de inversiones esenciales, como las infraestructuras ferroviarias. Mis amigos extremeños no son independentistas, pero parecen tener los mismos problemas a casi mil kilómetros de distancia.

Mi pariente es un independentista convencido y va a degüello en su respuesta. Me dice que no convenceré ni a los nacionalistas catalanes nacidos en Extremadura, ni a sus hijos, porque ellos han viajado por aquella tierra que ya no es su nación y ven autovías gratuitas  vacías de coches, donde  anidan cigüeñas sobre los indicadores de tráfico.

La diferencia, según su criterio, es que unos (se entiende los catalanes) generan con creces el coste de las infraestructuras propias y las tienen saturadas, lo cual impide su progreso y otros no (debo entender, entre líneas, que los extremeños).

Culmina ratificándose en que mi análisis no es acertado. Termina con un repaso de detenciones, abusos de la fuerza pública, acciones judiciales, desmanes del gobierno de Madrid en Cataluña, el fin de la democracia y unas cuantas fotos y memes muy ocurrentes, para reforzar su argumentario. Me insta, con toda solemnidad, a no ser neutral.

Por la misma red social que me comunica con mi pariente catalán, me llega otro mensaje de un amigo jubilado. Me informa de que mientras miramos a Cataluña la Audiencia Nacional rechaza el careo entre Rajoy y Bárcenas, el Banco de España da por perdidos más de 42.500 millones de euros de dinero público gastados en el rescate bancario, el 30 por ciento de los dependientes siguen sin ser atendidos (muchos mueren cada día sin haber recibido ayuda alguna), más de un millón de nuestros jóvenes tienen que buscarse la vida en el extranjero, los enfermos pierden tratamientos, se queman dependencias judiciales dónde se custodian expedientes sobre la corrupción del PP, hay colegios públicos saturados, mientras se promueven los negocios educativos privados. Y así una larga lista de noticias perdidas.

Se me ocurre que el problema no es Madrid, ni Barcelona, ni Mérida. El problema es que Mariano Rajoy tenía muy complicado el futuro, con un horizonte plagado de casos de corrupción maduros para juicio. Y que Artur Mas y su sucesor forzado, Puigdemont, tenían un partido en descomposición atenazado por la corrupción de los porcentajes de mordida.

Nada mejor para ellos que tirar de soberanía, nación, lengua, patria, cultura, bandera, símbolos nacionales, iglesias nacionales, para echar tierra sobre sus problemas y sus escabrosos asuntos. El mismo Puigdemont que votó con los de Rajoy contra el referéndum en el Sahara, Palestina, o el Kurdistán, se aferra ahora al salvavidas del Procés.

Otro amigo me manda esta noche una foto de Puigdemont estrechando la mano de Rajoy en la mismísima puerta de la Moncloa. Unas letras explican que así, a lo tonto, hemos convertido a los corruptos y chorizos catalanes en héroes de la libertad y a los del resto de España en defensores de la Constitución.

No soy neutral, pero me siento de una izquierda que no pinta nada en este fregado. Que ni los nacionalistas, ni los nacionales, cuenten conmigo para sumarme a lo tonto a su estropicio. Es más, dedicaré mi tiempo y mi esfuerzo a desenmascarar a quienes destrozan las vidas y juegan con las esperanzas e ilusiones de las personas. Los mismos que traicionan la defensa de una vida digna y un trabajo decente, para el que fueron elegidos democráticamente.


Porco Madrid, povero Madrid

octubre 9, 2017

Madrid es el centro geográfico, centro absoluto del poder político y judicial español, junto con los principales medios de comunicación. Me lo dice un pariente catalán, nacionalista, independentista, para el cual esta afirmación debe ser parte esencial de su cosmovisión (su weltanschauung).

Según parece, no hace sino dar continuidad a esa percepción tan italiana de las cosas que lleva a proclamar, ante cualquier adversidad, Piove, porco Governo!, algo así como, Llueve, ¡Gobierno de cerdos!

Existe otra variante, Piove, governo ladro!, no menos contundente y muy aplicable a los tiempos de corrupción que se han instalado por las cuatro esquinas de España y que se ejecutan utilizando las cuatro lenguas patrias (quizá menos el vasco, porque los corruptos son de mente cerrada y poco dispuestos a aprender lenguas complicadas y difíciles. Con aprender el contundente Tres por ciento, el mágico Tres por cento y el elegante y cautivador Tres per cent, ya te mueves bien por España entera y, decididamente, no es necesario aprender a pronunciar Hiru ehuneko).

Además, estas fórmulas mágicas se pueden enunciar en positivo y en negativo: Non piove, porco Governo! o Non piove, Governo ladro! Así, llueva o no llueva y a sabiendas de que Nunca llueve a gusto de todos, siempre viene a cuento echar las culpas al maestro armerode turno, que invariablemente está en Madrid. Madrid es el mantra que permite iluminar el camino y que entonan cuantos ya no saben cómo enmendar los desastres que, en muchos casos, ellos mismos han provocado.

No funciona la atención a la dependencia… Porco Madrid. Hay listas de espera sanitarias… Madrid nos mata. Hay aulas sobrecargadas de alumnado… Madrid nos roba la cultura. Hay corrupción… Nos roba Madrid. No se invierte en transporte público… Todo para Madrid. Nuestro empleo es malo y miserablemente pagado… el gobierno de Madrid. Da igual que muchas de estas materias se encuentren transferidas. Siempre cabe argüir que no mandaron dinero suficiente… Madrid lladro.

Dicho lo cual, podría continuar intentando emular a Albert Pla y escribir una carta troleada, una carta trampa, llena de mentiras sobre las maldades de Madrid. Pero Albert es un maestro de la provocación, al que, como bien presume él mismo, en justo reconocimiento, han terminado echando hasta de la CNT.

No elegiré esta vía para continuar el artículo, no por miedo a ser echado de ningún sitio (sólo podrían intentar echarme de mí mismo y en eso me he ganado, no sin rasguños, mi independencia), sino porque nunca seré tan bueno como él (ya lo siento) en ese arte del monólogo sarcástico, tierno y cruel al mismo tiempo. Nunca le alcanzaré.

Me conformaré con recordar, a quienes tiran de Madrid para justificar la maldición de la lluvia, o la sequía, que este Madrid del que hablan tenía, hasta hace bien poco, un rey nacido en Roma. Que el dictador que le precedió era gallego de El Ferrol (un día me entretendré en detallar el peso de la idiosincrasia ferrolana en el caso del caudillo). Que el primer Presidente de la democracia era abulense y que los ha habido sevillanos, algún nacido en Madrid emigrado a Valladolid, un astur-leonés y de nuevo un gallego.

Vale que José María Cuevas nació en Madrid, pero el primer Presidente de los patronos de CEOE, fue un barcelonés, Ferrer Salat y el último otro barcelonino, Juan Rosell.

Samaranch, podría haberlo sido todo en Madrid, pero prefirió ser presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) durante veintiún años, entre 1980 y 2001. Nació y murió en esa Barcelona a la que ayudó a ser olímpica. Pero antes fue falangista de joven y luego franquista de corte más nacional que nacionalista. Pasó por la embajada de España en Rusia y consiguió que la imagen de la Virgen de Montserrat tuviera su altar en una iglesia de Moscú. Poco después lamentó con amargas palabras la muerte del dictador, al que consideraba uno de los jefes de Estado más importantes del siglo XX y creó un partido franquista al que llamó Concordia Nacional.

El Presidente de la Conferencia Episcopal es de Avila y el arzobispo de Madrid, un cántabro. Y qué decir de los partidos políticos. Cierto que los líderes del PSOE y Podemos son madrileños. Pero el del PP es compostelano afincado en Pontevedra. El de Ciudadanos viene de Barcelona. El de Izquierda Unida nació en Logroño, de padres malagueños y desde la provincia andaluza se lanzó a Madrid.

En cuanto a los sindicatos, qué decir de una UGT cuyo primer secretario general en la democracia vino de Baracaldo (Nicolás Redondo), el segundo era extremeño-andaluz (Cándido Méndez) y el tercero astur-catalán (Pepe Álvarez).

En cuanto a mi sindicato, CCOO, las cosas no son muy distintas. Marcelino nació en un pueblecito de Soria, hijo de ferroviario. Antonio Gutiérrez salió de Orihuela, como antes lo había hecho Miguel Hernández. José María Fidalgo es de León. Hasta hace bien poco nos dirigía un gallego de El Ferrol (Toxo) y ahora un vasco de Barakaldo, de familia originaria de Valladolid. Obsérvese que este último Secretario de CCOO, Unai Sordo, nació en el mismo lugar que Nicolás Redondo. Este en el 27 y aquel en el 72. No hay casualidades. Algo querrá decir.

Podríamos seguir por los bancos. Al frente del BBVA, un cántabro, como cántabros los Botín que gobiernan el Santander y el bilbaino Goirigolzarri preside Bankia. Inolvidable el manresano Isidre Fainé, al frente de Gas Natural-Fenosa, Caixabank-La Caixa, la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CECA), numerosos bancos y organismos internacionales y sus meritorios sillones en la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras y en la Real Acedemia de Doctores de España.

En el capítulo de las multinacionales, la omnipotente y omnipresente Sol Daurella, la Presidenta de Coca-Cola, es barcelonesa y tan pronto coquetea con el independentismo, como concede premios desde el patronato de la Fundación Princesa de Asturias, en el que tampoco podía faltar Isidre Fainé. Para terminar, sin ánimo de exhaustividad, la Presidenta de Microsoft España, Pilar López Álvarez, nació en Astorga, se formó en la Universidad Pontificia de Comillas y tras una intensa y veloz trayectoria internacional y nacional ha sido elegida leonesa del año.

Vistas así las cosas, cuando se habla de Madrid convendría pensar en un foro de encuentro, el meeting point, punto d´incontro, punt de trobada, punto de encontro, topagunea, de personajes venidos de toda España. Si no existiera Madrid, decididamente, habría que inventarse uno a modo de ágora. Dicho de otra manera, sin Madrid, España sería un donut, con un agujero negro en el centro.

Otra razón para no imitar a Albert Pla, escribiendo una carta irónica y sarcástica, pidiendo perdón por la existencia de Madrid. Porque Madrid existe, tan sólo, ya lo dijo Machado, como rompeolas de todas las Españas. Madrid existe, para hacer realidad una greguería de Ramón Gómez de la Serna: Una pedrada en la Puerta del Sol mueve ondas concéntricas en toda la laguna de España.


Las banderas de mi casa

septiembre 26, 2017

Las banderas de mi casa son la ropa tendía

en mi casa las banderas son los pájaros sin amo

Robe Iniesta

 

Andamos, a la espera del otoño oficial, distraídos discriminando banderas cuya diferencia estriba en el número de franjas rojas y gualdas que ondean por los aires. Mientras tanto, a ras de suelo, las ciudadanas y ciudadanos, rumiamos malestar acumulado, indignación, ira y hasta odio. Se respira aire enrarecido por aquí abajo.

No había, al principio de esta crisis (económica, de empleo, social, política, cultural), tanta necesidad de exhibir banderas para distracción del personal. Se ve que hay tanta corrupción bajo las alfombras, tanta ineptitud en la gestión de los asuntos públicos, tanta demolición descontrolada de lo construido a lo largo de años de democracia, tanta mala política aplicada para combatir la crisis, que bien pareciera que Mariano y Carles hubieran decidido echarse mutuamente una mano. Nada mejor que una batalla de banderas para hacer patria, diluir los matices, desacreditar  cualquier voz de disidencia.

Carles y Mariano, saben que son meras marionetas en manos de unos poderes económicos globalizados y descontrolados, que toman decisiones a muchos kilómetros de Madrid, o de Barcelona. Saben, ellos dos, que no han hecho otra cosa que rendir pleitesía a quienes decidieron que el cambio del mundo pasaba por menos empleo, más precario, peor pagado. Por el debilitamiento de los sistemas de protección social. Haciendo que los que más tienen paguen menos, mientras los de abajo pagamos más.

Fortalecer la democracia, renovarla, limpiarla de abusos, hubiera sido la única llave que nos hubiera permitido abrir la puerta del futuro, aplicando otras políticas. Pero la democracia, no sólo en España, muestra los peores signos de fragilidad, vulnerabilidad, inoperancia, corrupción, que parecen demostrar la fatiga de los materiales que la componen. Esa fatiga democrática da lugar al encumbramiento, por la vía de las elecciones, de personajes que evocan a Nerón, o a Calígula, cuando no a su caballo.

La desigualdad generada por la crisis conduce al miedo, la desilusión, la impotencia y éstas provocan la indignación, primero, el odio y la ira después. La gente salió a las calles. Ocurrió en las primaveras árabes, en Occupy Wall Street, en Grecia contra los recortes impuestos, en España el 15-M. Un rechazo justo, justificado, necesario, ante la imposición de las políticas y la falta de horizontes, la negación del futuro.

Aquellas revoluciones populares fueron sucedidas por las revoluciones populistas de quienes supieron aprovechar las circunstancias históricas para convertir el odio en populismo autoritario. Incapaces de gobernar la globalización y las decisiones arbitrarias de las grandes multinacionales, los nuevos líderes populistas asientan su fortaleza en el llamamiento a la soberanía cultural, mientras mantienen excelentes relaciones con los dueños de la riqueza.

No hay mucha diferencia entre Putin, Trump, Erdogan, Theresa May, Viktor Orban. El leitmotiv, en todos ellos, pasa por la soberanía cultural, como condición para conseguir la seguridad necesaria para afrontar el terrorismo y la amenaza de los inmigrantes. Aunque de un simplismo aplastante, estos argumentos resultan exitosos.

Recuerdo el poderoso y solidario Yes We Can de Obama (Nosotros podemos), que ilusionó a cuantos creían que el futuro era aún posible, con un esfuerzo colectivo y compartido. Futuro en empleo, en sanidad, en educación, en protección social, en la inversión pública.

Frente a ese lema, se alza hoy el Make America Great Again (Haz grande a América otra vez), que ha llevado a Trump a la presidencia. Todo un llamamiento a un mito fundacional inexistente, a una cultura de blancos- anglosajones-protestantes (wasp) de muy difícil encaje histórico en la realidad de inmigrantes que construyeron los Estados Unidos.

Un lema cuyo efecto práctico consiste en el cierre de fronteras, la expulsión de inmigrantes sin papeles, el control policial, el aislacionismo, el supremacismo, el militarismo y paradojas así. Extrañas, pero de gran éxito, por su simplismo publicitario. No es extraño que Putin y Trump se lleven a la maravilla.

Recurrir, en cualquier rincón del planeta, al argumento de la soberanía cultural puede estar muy de moda y hasta arrancar aplausos y movilizar a sectores importantes de la población, pero son el camino más corto para que, por la vía democrática, lleguen al poder populistas autoritarios, cuya misión declarada es acabar con las únicas banderas que ya merecen la pena: la libertad y la democracia. Y esto es así en Washington, en Ankara, en Nueva Delhi, o en Budapest. También en Madrid, o en Barcelona.