Carta abierta a Méndez de Vigo

enero 16, 2018

My country, right or wrong

Carl Schurz

My mother, drunk or sober

Chesterton

My country, right or left

George Orwell

 

Iñigo,

Permite que te tutee. A fin de cuentas tenemos prácticamente la misma edad, año arriba, año abajo. Sólo hemos coincidido, personalmente y que yo recuerde, una vez. Creo que fue cuando el Congreso de los Diputados decidió colgar el cuadro de El Abrazo, de Juan Genovés, símbolo de la Transición española, en el vestíbulo de uno de sus edificios en la Carrera de San Jerónimo.

Creo recordar que hiciste un discurso centrado en la tesis de que el ciclo que abrió Picasso con el Guernica en 1937, concluye con El Abrazo de Genovés en 1976. Momento, según dijiste, en el que fuimos capaces de separar lo principal de lo accesorio y ponernos de acuerdo, abriendo una larga etapa de convivencia democrática.

Una convivencia de 40 años en la que el cuadro descansó el sueño de la memoria incómoda, en los sótanos del Museo Reina Sofía (pese a nuestras quejas reiteradas), hasta que las necesidades del guión político hicieron necesario  reivindicar un estilo de hacer política que terminó por coincidir con nuestras reivindicaciones.

Allí, en el cuadro, están unos españoles dándose un abrazo, junto a los retratos de los reyes eméritos, los de nos nuevos reyes y los bustos de los Presidentes de la República Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y de quien luchó con más ahínco por el derecho al voto de la mujer, Clara Campoamor.

Y, sin embargo qué vidas tan diferentes la tuya y la mía, ministro. Tu árbol genealógico hunde sus raíces en personajes como el Marqués de Cubas y va estableciendo transversales de parentescos cruzados con las casas aristocráticas de media España, que fueron sembrando racimos de títulos. Los de Cubas, los Aldama, los de Atarfe, Areny, Arcentales  y hasta el condado pontificio de Santa María de Sisla.

Pese a lo prolijo y abundante de las ascendencias y descendencias, hasta una baronía de Claret ha llegado hasta ti y terminaste casando con la nieta de los marqueses de  Bolarque, e hija del marqués de Albayda. Mis raíces son, al menos, tan largas como las tuyas, pero deben ser más hondas y no  tan expuestas a la luz.

Los tuyos, tu familia y tu gente eran monárquicos. Los míos debieron serlo poco. En la casa de tu abuela trabajó un tiempo, no  mucho (un día te contaré por qué), mi madre, como parte de lo que llamaban el” cuerpo de casa”. Lavaba ropa y planchaba, en una casa donde se servía el “té de la gallina”, reunión de señoras en la cual, en sonadas ocasiones, aparecía Carmen Polo de Franco. Ya tu abuelo había sido ayudante de cámara de Alfonso XIII y participó en el alzamiento del 36, falleciendo en combate. Mis abuelos también fueron a la guerra, en el otro bando y pagaron con la vida y con la cárcel su osadía.

Tu padre llegó a ayudante, o asistente, del dictador. A su boda, en San Jerónimo el Real, asistieron Carmen Polo, Ramón Serrano Suñer, Girón de Velasco.  El mío era cantero, albañil, portero y se casó en el pueblo por el mismo tiempo que el tuyo, por lo cual, siendo tú y yo primogénitos, nacimos año arriba o abajo.

Mi padre murió, como el tuyo, a principios de los 80. Tú has realizado la carrera de derecho y te has desenvuelto como profesor, europarlamentario, secretario de Estado, ministro. Yo hice magisterio, que era la carrera de los hijos tontos de los ricos y los hijos listos de los pobres. Luego Geografía e Historia en la UNED y soy maestro del ministerio que hoy diriges.

Pasas por pertenecer a los sectores ultracatólicos del PP, junto a  los Trillo, Guindos, Báñez, Morenés, o Tocino. Amante de las obras de beneficencia. Yo ya no sé bien ni lo que soy. Si de alguna iglesia he de ser, elijo la de los pobres y de la liberación. También un poco socialista, comunista, libertario, republicano… un laberinto por el que he tenido que aprender a transitar, vaya. De esa amalgama que tus ancestros llamaban de la “cáscara amarga”. Tus formas son educadas, las mías no tanto, no siempre. Por lo demás, imagino que intentas ser feliz, a tu manera, como yo lo intento, a la mía.

Henos aquí, Iñigo, tú al frente del ministerio de mi oficio, en un momento en el que hay que redefinir la educación para los próximos treinta, o cuarenta, años. Eso que todos llamáis el Pacto Educativo, del que dependerá que tengamos, o no, en el futuro, una educación para la libertad y la igualdad que actúe como pilar de la democracia.

La crisis ha destrozado buena parte de los compromisos adquiridos durante la transición democrática. La corrupción ha hecho el resto, promoviendo cesiones de suelo, prebendas y ayudas para centros privados concertados, frecuentemente de ideología neoconservadora. Las prácticas neoliberales en lo económico, han producido  un uso y abuso de la educación entendida como negocio y adoctrinamiento. Por eso el Pacto no puede ser un trágala, una aceptación de los recortes y las desigualdades que se han apoderado del sistema educativo.

Tal vez suscribieras la máxima de Carl Schurz y seguro que los dos nos acogeríamos a la divisa de Chesterton. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a adoptar la posición de Orwell y aparcar nuestras vidas tan diferentes, la tuya y la mía, portadoras de las vidas de los tuyos y los míos, si de lo que se trata es de hacer que quienes vienen detrás de nosotros, crezcan educados en libertad y en igualdad. Nada más, Iñigo, pero tampoco nada menos.

Dale una vuelta estas Navidades.

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Un 2018 de mujeres y hombres libres e iguales

enero 7, 2018

Hablé en un artículo anterior de la apropiación indebida del toro de Manuel Prieto (también conocido como toro de Osborne), por parte de la derecha nacional, con el objetivo de dar mayor esplendor y engalanar la bandera rojigualda. Paradójicamente resultó ser un toro diseñado por un republicano y comunista, en los tiempos de la dictadura del general Franco.

La mente se lanza a giros imprevistos y crea parejas inesperadas y, tras releer el artículo, me sorprendo pensando en la cantidad de veces que escucho, en boca de portavoces de la derecha, que trabajan por una España de “mujeres y hombres libres e iguales”.

La primera vez que  lo escuché en una de esas bocas, fue en la de Esperanza Aguirre, precisamente al poco tiempo de que yo comenzara a escribir artículos en los que planteaba que crear generaciones de mujeres y hombre libres e iguales, debería ser el principio inspirador de cualquier acción política, al tiempo, denunciaba que ese objetivo de toda política había sido claramente descuidado, cuando no abandonado, por los neoliberales económicos y los neoconservadores políticos.

Claro que yo no me había inventado la expresión. Viene de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad). Figura también en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Literalmente dice que Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

La Constitución Española, viene a formular los mismos principios. El artículo 14 afirma que Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión, o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Y ya antes, en el artículo 9 se indica que Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en los que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.

Mujeres y hombres libres e iguales. Esa es la única cuestión a resolver en política. La verdad, debo confesarlo, es que la primera vez que lo leí, quien escribía era Juan Gómez Casas, un anarcosindicalista poco recordado, que fue dos veces Secretario de la CNT. Una en la clandestinidad (lo cual le valió años de cárcel) y otra en los primeros años de la democracia. Articulista, polemista, historiador. En uno de sus libros leí y me apropié de la idea para siempre, que la aspiración de aquellos anarquistas era forjar mujeres y hombres libres e iguales.

Nada que ver, no confundir nunca, a esos anarcosindicalistas con los “anarcoliberales” (así les gusta llamarse) que tomaron como musa, patrona y financiadora a Esperanza Aguirre, logrando así crear plataformas estables (tink tank, las llaman ahora) que les ha proyectado hacia medios de comunicación y cargos públicos sin cuento ni medida.

Hoy les veo dar muchas lecciones de libertad (y pocas de igualdad) en todo tipo de programas, como si fuera de un buen gusto tremendo aplicar el lema de ponga un anarcoliberal en su plató. Esos mismo programas que, cuando hablan de paro, empleo, salarios, no invitan a un sindicalista, ni por asomo, pero sí a uno de esos anarquistas de la propiedad privada, o anarcocapitalistas.

No podemos ser libres si no tenemos las mismas oportunidades y no podemos tenerlas si no ponemos en el mismo punto de partida a quienes nacen marcados por la desigualdad. Si algo ha demostrado 2017 es que esa brecha de la desigualdad ha aumentado de manera inexorable. Que los ricos de hoy son más ricos, que los pobres de hoy no son menos, ni son menos pobres, sino todo lo contrario.

Que el fracaso escolar y el abandono de los estudios no mejora. Que la atención sanitaria pierde intensidad por falta de efectivos. Que nuestros mayores mueren sin percibir la ayuda de atención a la dependencia solicitada, o se les deniega, o que se les reduce y recorta. Que nuestros servicios sociales se ven obligados a trabajar a demanda y no pueden hacerlo a oferta.

Me sorprendo leyendo la noticia de que los altos ejecutivos ganan hasta 347 veces más que sus trabajadores. Que sus sueldos suben aleatoriamente, en porcentajes desorbitados y sin que tengan que ver con los resultados de la empresa, mientras que los salarios de los trabajadores bajan, o crecen mínimamente y los pensionistas ven subidas en su pensión de un 0´25 por ciento, que ni compensan la pérdida de poder adquisitivo.

Comienza 2018 y la Real Academia de la Lengua acaba de incorporar a su diccionario términos como buenismo, postureo y posverdad. Palabras que deberíamos desterrar este año de la política, para comenzar a aplicar de forma serena, sensata y coherente, los principios de libertad, igualdad y solidaridad. Porque la libertad sin igualdad no existe y vicecersa.


Un 2018 para las personas

enero 6, 2018

Ya estamos en 2018. Un año en el que parece, de entrada, que no habrá elecciones. No hay en el horizonte votaciones europeas, ni municipales, ni autonómicas, ni generales. Claro, todo eso suponiendo que lo de Cataluña se encauce por las vías constitucionales y que Rajoy no haga balance y recuento de probabilidades y saque la conclusión de que le trae cuenta adelantar las elecciones generales. No parece probable, aunque estas cosas de la política las carga el diablo.

Se me ocurre que los partidos políticos en el gobierno y la oposición, acá o allá, en Comunidades, Ayuntamientos, diputaciones o gobierno central, sin los nervios de la elaboración de candidaturas y las premuras del titular periodístico, podrían aplicarse a dar solución a esos problemas que la preocupación por ganar votos impide abordar.

Cuentan con empleados públicos excelentes que se ocupan del urbanismo y la vivienda, de la salud, la educación, los servicios sociales, la atención a las personas dependientes, el medio ambiente, de impartir justicia, perseguir la corrupción, proteger la seguridad ciudadana. Cuidan todas esas cosas que hacen que cada día se nos llene de vida, o que, por el contrario, nos sintamos desatendidos y alejados de aquellos a quienes elegimos para velar por el bien común.

Pero estos empleados públicos se encuentran muy mermados en sus efectivos tras la crisis, con medios y recursos cada vez más escasos. Lo notan nuestros mayores y quienes necesitan de la sanidad pública. Lo notamos en el fracaso escolar y en el abandono temprano de los estudios. Hasta en la limpieza de las calles lo notamos. Nuestros servidores públicos se ven obligados a trabajar a demanda, sin poder planificar una oferta, en función de las necesidades de las personas.

Sin convocatorias electorales en el horizonte, sería bueno que 2018 se convirtiera en un año de buena, decente y necesaria gestión de las políticas públicas, situando a las personas por delante de los intereses partidarios, electorales, o de los siempre poderosos grupos de presión.


Feliz Año a Nosotros

enero 5, 2018

Nosotros con nuestro errático lenguaje

nosotros con nuestros acentos incorregibles.

John Berger

Es tiempo de felicitar el nuevo año y las fiestas, familiares y de las otras. Vuelven las cenas de empresa y cuentan que algunos que trabajan han recibido esas cestas de Navidad que la crisis había puesto en suspenso. Reaparecen las cenas de beneficencia, con obispos y autoridades. Se repiten las colectas y se publicitan las obras de caridad. Regresan los que se fueron de casa y se acumulan los recuerdos, la nostalgia, la pesadumbre, por los que ya no están, pero continúan y se prolongan en nosotros. Un año, como todos, repleto de fechas cargadas de significado.

Es tiempo, sobre todo, de felicitar el año a Nosotros. Durante muchos años, en estos días, he felicitado a los Otros. He enviado cientos de correos electrónicos, más o menos originales. He utilizado las redes sociales para difundir entre miles de amigos virtuales y seguidores internautas, mis mejores deseos. Pero este año sólo tengo ganas de desearos felicidad a Nosotros.

Nosotros, aquellos que sobrevivimos en el extremo de finas ramas genealógicas, que se pierden en el tiempo, en busca de  unas raíces ignotas, carentes de apellidos, de estirpe, linaje y abolengo. Nosotros, que somos los Nadies, los que fuimos y seremos.

Los que hace 120 años, en el 98, volvimos vivos de las guerras imperiales de los otros, o no volvimos y dejamos la vida en uno de aquellos manglares y luego, por su obsesión de seguir siendo Imperio, nos mandaron a las escarpadas laderas del Atlas a morir en barrancos infames.

Años más tarde, mientras nos embarcaban en el puerto de Barcelona, tiramos al mar las medallitas que las señoras de la alta sociedad nos entregaban para protegernos de las balas que defendían las cabilas. Y luego fuimos aplastados en las calles, encarcelados, fusilados y devueltos a los barcos, como ganado, mientras aquellas señoras tomaban café con sus hijos, a los que habían pagado el derecho de no ir a Marruecos.

Nosotros que conocimos a los diez  condenados en el Proceso 1001, con Marcelino a la cabeza (cumpliría ahora 100 años); vimos a Saramago y a Sampedro, en el campamento de la Esperanza; abrazamos a los sobrevivientes de la Matanza de Atocha; al poeta Marcos Ana. Los reconocimos en vida, los acompañamos en su último viaje, los mantenemos vivos en nuestra memoria y los honramos con nuestros actos.

Aquellos que leímos poco más que el Manifiesto Comunista de un tal Carlos Marx, que este año cumplirá 200 años desde que naciera en Tréveris, en la ribera del Mosela. Cuantos creímos que nuestra emancipación era posible y veríamos una sociedad sin clases. Tomamos nota de sus debates con Bakunin y aprendimos la lección de que socialismo sin libertad no es lo uno ni lo otro. Ni chicha ni limoná.

Nosotros, que bajamos de los trenes, o de destartaladas furgonetas, con viejas maletas de cuero, en las grandes ciudades de España, de Europa, de América. Exiliados económicos, emigrantes políticos, o era al contrario, qué más da. Desterrados siempre. Los mismos que vinimos en viejos automóviles, en pateras sin mar, o perdidas en mitad de la nada mediterránea.

Nosotros, que vivíamos en la gris, cuando no negra, España el día que los tanques aplastaron la primavera de Praga, Nos llenamos de ilusiones por un mes de mayo que sucedió en París y nos dolió que aquellas esperanzas se difuminaran, igual que antes lo habían hecho en Berlín. Como luego nos ilusionaron Allende en Chile y los claveles en Lisboa y nos dolieron Pinochet y Videla y los golpes teledirigidos de los Estados Unidos en su patio trasero de América Latina.

Nosotros, que pese a todos los vientos en contra, a la sangre derramada, a la tortura todavía impune de quienes han sido luego condecorados,  mantuvimos vivas las ansias de libertad y empujamos la historia y tiramos del carro hasta traer una Constitución que cumplirá 40 años. Los que velaremos por mejorarla. Los que impediremos que acaben con ella, o la degraden, o la empeoren.

Nosotros, los costaleros de la democracia, que hartos de la sevicia de unos políticos narcisistas, sólo atentos a su permanencia en el poder (no muy distintos a los actuales en sus modos y maneras), forjamos la unidad y un 14 de diciembre de hace 30 años nos lanzamos a la primera gran huelga general de la democracia.

Nosotros que pagamos cada una de sus fiestas, cada crisis, cada guerra, cada desastre, cada recorte y hasta sus corrupciones y corruptelas. Nosotros, que mostramos la alegría con una risa más compleja que las lágrimas, porque aprendimos a reír con el hambre, a llorar de alegría, a desayunar nuestras penas.

Tenemos este año mucho que recordar. Recuerdos que los Otros no podrán nunca tener, que ni tan siquiera creerían, si alguna vez nos escuchasen. Recuerdos que nos ayudan a proseguir el viaje. Porque nosotros viajamos por la vida con nuestra insoportable levedad a cuestas, mientras ellos devoran a conciencia la vida, con todo cuanto habita en ella dentro y en lugar de viajar hacen turismo.

Como diría John Berger, sin condescencencia mezquina alguna, Nosotros, Transportamos poesía/ como los trenes de mercancías del mundo/ transportan ganado.

Por todo eso Feliz 2018 a Nosotras y Nosotros.


Un toro republicano y comunista (boceto)

enero 5, 2018

Toda obra de arte que se expone,

debe ser juzgada bien o mal,

por lo que tenga de buena o de mala

y sólo a ella le corresponde su defensa.

Manuel Prieto

Es tal la mezcolanza y mestizaje que impera en los países mediterráneos como Grecia, Italia, o España, que sería muy difícil implantar en ellos una ideología asentada en la pureza racial y en un pensamiento único. En eso somos absolutamente democráticos, en nuestro reto de integrar y hacer convivir la diversidad de culturas y la pluralidad de las ideas.

Viene todo esto a cuento de la utilización frecuente de banderas de España con el famoso toro de Osborne. Pareciera que portar bandera con torito, en lugar de la bandera constitucional, otorgara un plus de pureza racial, de autenticidad ideológica y rancio abolengo españolista, cuya máxima expresión se encontraría en el famoso “A por ellos, ”, que entronca con otros gritos guerreros como el famoso Aur, aur, desperta ferro y hasta con el no menos conocido Santiago y cierra España.

Pocos conocen, sin embargo, que el toro de Osborne es obra de Manuel Prieto, un reconocido pintor, muy apreciado por sus carteles, al que me atrevería a comparar, en nuestra posguerra, al Toulouse-Lautrec de finales del siglo XIX. Lo peculiar del asunto es que Manuel Prieto era un conocido republicano, miembro del Partido Comunista.

Buena parte de los carteles de la Milicia Popular, el Quinto Regimiento, las ilustraciones de los diarios republicanos Altavoz del Pueblo y El Sol, durante la Guerra Civil son obra suya, llegando a ocuparse de la dirección artística del periódico editado para las tropas del V Cuerpo del Ejército Republicano.

Tras la guerra, Manuel, gaditano y porteño en Madrid, es condecorado con un documento que acreditaba su condición de prisionero de guerra, clave E. Sobrevivió en las colas del Auxilio Social, donde conseguía una lata de sardinas, una cacerola de rancho, hasta que logra algunos trabajos ocasionales y puntuales. Los amigos republicanos poco podían ayudar y los antiguos amigos, vencedores franquistas, nunca sabía si acabarían denunciándole.

Así sobrevivió hasta que la Cámara de Comercio Alemana, ya comenzada la Guerra Mundial y pese a las denuncias de algún franquista envidioso, comenzó a encargarle algunos trabajos. Más tarde, sería la Embajada Americana la que le ofreció un contrato con sueldo, del que fue despedido cuando Truman llegó a la Presidencia y comenzó un programa de recortes y reducción de gastos.

Al final, fue una empresa de publicidad la que terminó ofreciéndole trabajo, Publicidad Azor, donde ocupó durante muchos años el puesto de Director Artístico. Es allí donde, en 1954, recibe el encargo de diseñar la valla publicitaria que Osborne quiere colocar en las carreteras españolas. Un diseño, por cierto, que no gustó demasiado a los clientes, pero que termina convirtiéndose en imagen de España. El toro es la mejor valla publicitaria que existe, el acierto más pleno de todos los tiempos, en lo que se refiere a publicidad exterior, afirma el barcelonés Luis Bassets.

Diseña portadas de libros para Novelas y Cuentos, carteles de teatro, ferias populares y festejos taurinos, anuncios de productos de todo tipo, bocetos, pinturas. Colabora con la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre como escultor de medallas. Gana premios, concursos, galardones, en decenas de certámenes.

Tuvo Manuel que cambiar de trabajo, a principios de los sesenta, en una de esas mutaciones generacionales que hacen que los mayores de 45, aun siendo portadores de un buen oficio,  sean sustituidos por jóvenes de 20, pero “con gran experiencia”. Sin embargo no se resigna y se convierte en escultor de medallas.

Esta es la poco reconocida andadura personal de un artista español, republicano y comunista, autor de un toro que, en palabras de Andrés Aberasturi “fue de Osborne y ahora es patrimonio de todos nosotros y ejemplo de diseño y publicidad en museos”. Desde el MoMa de Nueva York, al Museo Nacional de Varsovia.

Curiosas historias que te encuentras por el camino. Muestra inesperada de la vitalidad del esperpento en nuestra tierra. Demostración de que seguimos siendo más ricos y valemos mucho más como proyecto de convivencia que como realidad inmutable apresada en el tiempo.

Ya lo dejó claro Manuel Prieto cuando afirmaba que el boceto es siempre superior a la obra terminada y se teme que se conozca y se comparen, pero en el boceto está esa idea que ha pasado por la mente, que se ha agarrado al vuelo, ahí está la vida, lo más fresco de una obra de arte.


Salvador Seguí en el Ateneo (Episodio 1)

diciembre 28, 2017

Debo reconocer que, hastiado de tanto debate sobre Cataluña, he dejado de escribir sobre el tema durante semanas, con la secreta esperanza de que no alimentar la confrontación entre las fuerzas en conflicto, podía contribuir a que la reflexión serena, apaciguase los ánimos. Ya se han celebrado las elecciones catalanas y la espiral ha vuelto a situarnos en lo que algunos han denominado la vuelta a la casilla de salida, aunque esos retornos nunca nos conducen exactamente al mismo punto de partida, ni en las mismas condiciones.

Creo que ya os he contado que unos amigos me invitaron, no hace mucho, a pronunciar una intervención, no querían excesivamente larga, sobre la izquierda, en un acto público convocado en el Ateneo de Madrid. Acepté porque creo que es necesario extender, hasta que cale, un mensaje que convoque a la unidad de la izquierda sensata y serena, en defensa de la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Además, ocurre que el Salón de Actos del Ateneo, me resulta un espacio irresistible. Siempre me sorprendo considerando la cantidad de oradores que han pronunciado, en ese mismo espacio, sus discursos, invitados por los miembros del Ateneo, que procuraban escuchar todas las voces provenientes de los más distintos lugares de las Españas, de los más diversos rincones del planeta y de las más variadas posiciones ideológicas y políticas.

Hace casi 99 años, en octubre de 1919, le tocó el turno a Salvador Seguí, el Secretario General de la CNT en Cataluña, donde el sindicato anarcosindicalista era la fuerza abrumadoramente mayoritaria. Estaba viajando por toda España para explicar qué opinaba su organización sobre la situación que se vivía en Cataluña, tras la Huelga General de 1917 y la huelga de la Canadiense, convocada ese mismo año, y su relación con los problemas de la clase trabajadora en el resto del Estado. Habló sobre el papel de los trabajadores catalanes en una coyuntura histórica muy complicada.

Los tiempos cambian, pero en este país somos expertos en vivir un eterno retorno, una interminable sucesión de vueltas y revueltas a la casilla de salida, porque nunca terminamos de leer cada página de nuestra historia antes de pasarla, lo cual nos obliga a repetir las mismas historias, siempre inconclusas. Ya dijo un político conservador, hace más de un siglo, que España aburre a la Historia.

Conviene, así pues, explicar un poco el contexto histórico en el que pronuncia su conferencia el Noi del Sucre (el chico del azúcar), que así era como llamaban a Seguí por Cataluña. En 1914, el mismo año en que estallaba la Primera Guerra Mundial, la Liga Regionalista (fruto de la fusión del Centre Nacional Català y de Unió Regionalista), liderada por Prat de la Riba, obtenía del Presidente Eduardo Dato una Mancomunidad de Cataluña.

Se trataba de una forma de autonomía basada en la cesión de competencias de las Diputaciones provinciales, que permitía la gestión unificada de los recursos, aunque carecía de capacidad legislativa. Francesc Cambó, sucesor de Prat de la Riba desde 1917, alentado tal vez por su presencia en un gobierno de España, que pretendía impulsar reformas federalistas, dirigió la redacción de un proyecto de Estatuto para Cataluña, que fue aprobado a principios de 1919 por los parlamentarios catalanes y por la Mancomunidad.

Pero para cuando llegó el momento las cosas habían cambiado, Cambó había salido del gobierno y las revueltas sociales, como la huelga de la Canadiense, habían hecho saltar todas las alertas y miedos ancestrales de las clases altas y la propia burguesía catalana, con respecto a las reivindicaciones de la clase trabajadora. Las Cortes, bajo un nuevo gobierno, terminaron rechazando el proyecto de Estatuto, hasta mejor ocasión.

En el camino, las organizaciones sindicales mayoritarias habían firmado en julio de 1916 el Pacto de Zaragoza, constituyendo un Comité Conjunto integrado por dirigentes como Julián Besteiro, o Francisco Largo Caballero, por UGT y Angel Pestaña y Salvador Seguí, por la CNT, con el objetivo de preparar una huelga general que exigiera soluciones para los problemas derivados de la crisis generada por la I Guerra Mundial.

El conflicto político decretado por el nacionalismo burgués estaba siendo desbancado por los objetivos de una clase trabajadora emergente, cuyas condiciones de vida y trabajo pasaban a primer plano. Algo distinto al momento presente, en el que parece que el imaginario de las pasiones nacionalistas han desbancado al conflicto social.


De victoria en victoria hasta la derrota final

diciembre 28, 2017

Vivimos bajo la égida de un gobierno tan acostumbrado a ganar que no se resigna a perder, ni a gobernar desde el diálogo, ni tan siquiera lo contempla como escenario, aunque para ello tenga que torcer los caminos, dilatar indefinidamente, o acelerar, alternativamente, los tiempos, o incumplir sentencias, interpretarlas torticeramente, o embridarlas hasta que terminen por no decir lo que decían.

Mariano, que pasará a la historia con minúsculas como el Indolente, se ha convertido en un maestro en estas lides. Hasta las gracias de sus plasmas, sus andares, sus bailes y sus lapsus verbales, parecen formar parte de este plan premeditado, cuyo último epígrafe consiste en “hacerse el bobo”. Y que nadie entienda esto último en demérito del ufano Presidente, dados los jugosos réditos electorales que le producen.

Alumna meritoria de esta exitosa escuela política parece ser la ministra de Empleo, Fátima Báñez, quien, tras haber puesto en marcha una reforma de la Formación Profesional para el Empleo (FPE), que ha destrozado el preexistente (e indudablemente mejorable) sistema español de formación permanente de los trabajadores y trabajadoras, sin sustituirlo por otra cosa que no sea la mera improvisación, la chapuza, el clientelismo y la persistencia de los males anteriores.

Para empezar, la convocatoria de subvenciones del Plan de FPE para el año 2014, terminó siendo anulada por la Audiencia Nacional, por ser “disconforme” con el ordenamiento jurídico, al privar a los empresarios y a los representantes de los trabajadores y trabajadoras de su derecho a la participación en los informes sobre las propuestas de subvenciones. Es decir, no poder conocer, ni informar las propuestas de subvención. Con la disculpa de no ser jueces y parte, ahora no son ni lo uno ni lo otro.

En el año 2015, para empeorar las cosas, no se convocaron subvenciones, lo cual no significa que no se ejecutasen las partidas asignadas a la Comunidades Autónoma, especialmente para formación de personas desempleadas, o los fondos dedicados a formación bonificada por parte de las empresas, aunque se ha notado un menor interés de las mismas por embarcarse en una maraña reguladora que, en muchas ocasiones, obliga a devoluciones de cantidades y complejos procesos administrativos. Son los fondos gestionados directamente por el Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE), los que dejaron de ejecutarse.

Las estimaciones de fondos aprobados y no ejecutados, procedentes de las cuotas de formación, que ingresamos en la Seguridad Social quienes trabajamos y las propias empresas,  alcanzan ya casi 1.100 millones de euros, que no se han reanualizado, ni han sido reutilizados en sucesivos presupuestos, según estimaciones de CCOO.

En cuanto a la convocatoria de subvenciones para 2016, lo más triste es que fue publicada, de nuevo, sin acuerdo con quienes, según la ley, son los protagonistas del sistema y beneficiarios de mismo: las empresas que necesitan cubrir necesidades formativas y los trabajadores que necesitan de la formación para encontrar empleo, para consolidarse en el mismo, para promocionar, o para encontrar un empleo más satisfactorio. Para las empresas, la formación es una necesidad, para quienes trabajamos es también una necesidad y, además, un derecho individual y personal.

Así las cosas, las organizaciones empresariales y sindicales volvieron a recurrir la convocatoria ante los tribunales y son esos tribunales los que, de nuevo, se pronuncian duramente contra las decisiones del Gobierno. La libre concurrencia que propugna el gobierno, no puede entrar en contradicción con la participación empresarial y sindical en el gobierno del sistema. La convocatoria no contó, por ejemplo, con el informe preceptivo de la Comisión estatal de FPE, en la que están presentes la Administración de Empleo, los agentes económicos y sociales y las Comunidades Autónomas.

Tampoco el gobierno ha corregido la expulsión de organizaciones sindicales y empresariales de las comisiones (llamadas órgano colegiado) donde se informa (aunque no se decide) sobre las solicitudes que se han presentado a la convocatoria. Es precisamente esta reiterada exclusión, la que ha motivado que los tribunales vuelvan a condenar al gobierno por exclusión de los agentes sociales del órgano colegiado establecido por la convocatoria 2016, como ocurría en la anterior sentencia.

La ley es muy clara, reconocen los Tribunales de Justicia. Los empresarios y los sindicatos tienen que participar en la planificación y aprobación de las acciones formativas, así como en su concreción y control de su ejecución y en la evaluación de la adecuación a la normativa, la eficacia y la eficiencia en el cumplimiento de los fines. Algo que ha obviado claramente un gobierno que prefiere actuar sin testigos.

Los Tribunales van más allá, indicando al gobierno que el hecho de poder hacer una norma que establezca la composición de los órganos colegiados no le permite actuar de manera arbitraria. No se puede incluir, o excluir, caprichosamente, a los interlocutores sociales, del órgano colegiado que informa las propuestas de subvención. Una decisión que los jueces estiman no tiene justificación alguna y además perturbadora. Para colmo y, dando un zasca final al ministerio de Empleo, califican su actuación como “desviación de poder”, entroncada con el abuso de derecho, al actuar de manera espuria y sin justificación alguna.

Y me pregunto, llegados a estos extremos, que si el gobierno es competente para exigir el cumplimiento de leyes y sentencias, no es posible que al mismo tiempo ese mismo gobierno tenga bula para incumplir leyes, e inaplicar sentencias, de forma reiterada. Nadie debería olvidar que la función de un gobernante es cumplir y hacer cumplir las leyes. Los votos electorales no habilitan para hacer cosa distinta. Conseguir victorias pírricas aplicando el filibusterismo y la patente de corso con las leyes y las sentencias, no puede conducir a otro sitio que a una derrota final, no de Rajoy, sino de la Formación Profesional para el Empleo en este país.