La red de los agitadores

septiembre 16, 2017

Todos los que no tienen nada que decir hablan a gritos.

Enrique Jardiel Poncela

Comienzo por reconocer que soy un ser venido de otro tiempo, para que nadie sienta como insultantes mis comentarios. Es muy difícil poder entender la lógica del futuro, si vienes del pasado remoto. Sólo unos pocos privilegiados, como Aldoux Huxley, Julio Verne, o George Orwell, han sido capaces de intuir lo que se venía encima y entender su lógica, para explicárnoslo.

Lo dicho, nadie lo tomen a mal. En un mundo en el que tantos hablan, frecuentemente a gritos, mientras tan pocos escuchan, no sería lógico que fuera yo a estar acertado en mis interpretaciones. Máxime, viniendo desde tan lejos en el pasado.

Verán ustedes, mi idea de tertulia se fijó en aquella época en la que un periodista llamado José Luis Balbín creó y presentó un espacio llamado La Clave. Le concedieron este espacio en el segundo de los dos únicos canales televisivos existentes, en Enero de 1976. El formato procedía de un programa similar emitido en la segunda cadena de la televisión francesa, Les dossiers de l´écran.

El programa duraba cuatro horas. Tras la presentación de los invitados que participaban en la tertulia y del tema del día, se veía una película y, a continuación, Balbín moderaba un debate en torno al tema sugerido tomando en cuenta los diferentes puntos de vista. A lo largo de su andadura, se abordaron casi todos los temas prohibidos durante la dictadura franquista. Desde el aborto, a la crisis, el desempleo, o la legalización del Partido Comunista.

Por allí pasaron personas del periodismo, la política, el sindicalismo, la universidad, las artes, expertos de todo tipo. Lo nunca visto y los nunca vistos en el mundo conocido por la mayoría de nosotros. No es raro que aquello nos marcara de por vida.

Para los más nuevos en la fiesta patria conviene aclarar que acababa de morir Franco, España se precipitaba, entre 1975 y 1976, en una galerna de huelgas. CCOO había ganado las elecciones sindicales en julio de 1975. Ha ganao el equipo colorao, publicaba en portada la revista Doblón, aun antes de haber muerto Franco. La clase trabajadora se preparaba para actuar como punta de lanza de la democratización de España. Costaleros de la democracia, gusta decir Nicolás Sartorius.

No es extraño que, en este clima en el que el franquismo se resistía a morir y preparaba atentados como el de los Abogados de Atocha; en el que los GRAPO y ETA redoblaban sus atentados y secuestros; en el que lo nuevo, la democracia, no había nacido, ni aún se la esperaba, la Clave emitiera sus 13 primeros programas y fuera silenciada y prohibida hasta que, ya bajo el gobierno de Adolfo Suárez, comenzara a emitirse de nuevo, a finales de 1976.

Así hasta 1985, cuando el programa no fue renovado por el gobierno socialista de Felipe González. Desde TVE adujeron caídas en la audiencia, pero otros opinan que La Clave hubiera sido molesta en un año en el que iba a decidirse, en referendum, nuestra permanencia en la OTAN, tema vetado por la dirección de la cadena durante su última temporada. Ya sabemos…De entrada, No…

Han pasado los años, han cambiado los tiempos. Parece que hemos superado, o no, la prehistoria, el franquismo, la transición y hasta el régimen del 78. Ahora nadie parece necesitar las claves para formarse una opinión sobre el mundo en el que vivimos. Todos parecemos más interesados en buscar banderines de enganche que confirmen nuestros prejuicios sobre el origen de nuestros perjuicios.

Esos banderines de enganche nos los proporcionan, en dosis virales de 140 caracteres, o a base de consignas gritadas en las tertulias, unos cuantos “agitadores” (así los llaman ya en uno de esos programas de “debate” televisivo), que han alcanzado su efímera fama a base de histrionismo en las redes sociales.

Que nadie se ofenda, pero empiezo a añorar aquellos viejos dinosaurios como Balbín y sus ocasionales invitados en La Clave. Necesito con urgencia a quienes me hacían pensar, a aquellas personas que hoy me hagan pensar (como las meigas, creo que haberlas haylas). Y me sobran los que me animan y me incitan a gritar, a falta de algo que merezca la pena ser dicho.

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Desigualdad, el alto coste de la crisis

septiembre 11, 2017

Uno de los efectos de la política del gobierno ante la crisis económica es que las empresas no financieras han recuperado ya el nivel de beneficios anterior a 2008. Aunque la producción siga siendo inferior, los excedentes brutos empresariales han crecido. Si no producimos más, la única explicación para este aumento de beneficios se encuentra en los recortes salariales y el abuso de fórmulas como la temporalidad, o el contrato a tiempo parcial, que permiten reducir costes salariales.

El resultado es que la devaluación salarial está produciendo mayor desigualdad social y en el propio mercado laboral. Dicho de otra manera, el crecimiento económico no llega a las personas y se queda en los bolsillos de los empresarios. No es extraño, en estas circunstancias, que la brecha española entre ricos y pobres sea la más alta de toda la Unión Europea.

La riqueza del 10 por ciento más rico es casi 14 veces mayor que la del 10 por ciento más pobre, mientras que este dato se encuentra en torno al 8´5 por ciento en la media europea. También el Coeficiente Gini, que mide las desigualdades, nos deja mal parados. Lo dicho, de nuevo a la cabeza de Europa en desigualdad.

Explica Rajoy que el crecimiento de la desigualdad en España se debe al alto nivel de paro y que todo tendrá arreglo cuando crezca el empleo, pero esa afirmación no lo explica todo. Los recortes en protección por desempleo producidos por la reforma del gobierno, también tienen que ver con esta situación. Si en 2010 uno de cada cuatro personas paradas no tenía protección por desempleo, hoy son ya dos de cada cuatro quienes carecen de protección.

Tampoco nos engaña Rajoy cuando oculta que los contratos basura; la incentivación de la contratación a tiempo parcial, de la temporalidad y del falso empleo autónomo; la propia devaluación salarial, provocados también por su reforma laboral, tienen mucho que ver con el aumento del riesgo de pobreza en España. Casi el 16 por ciento de quienes tienen un trabajo en España se encuentra en esta situación de riesgo de pobreza.

El empleo precario y la devaluación salarial tienen, además, otra consecuencia añadida: Aunque crezca el empleo, no crecen al mismo ritmo las cotizaciones a la Seguridad Social, porque las bases de cotización también se reducen. Este fenómeno da de nuevo alas, a quienes anhelan meter mano en las abultadas cuentas de las pensiones, para emprender maniobras de privatización.

La Negociación Colectiva puede contribuir a mejorar este escenario y, de hecho, gracias a la capacidad protectora del convenio colectivo, los males no han sido mayores. Pero cuando la política económica del gobierno y sus reformas laborales y de  la normativa de empleo, caminan en el sentido contrario, debilitando la propia capacidad negociadora de los sindicatos en la empresa, en los sectores y en el diálogo social, parece evidente que es imposible que los convenios puedan corregir esta tendencia al aumento de las desigualdades.

Entramos en un momento histórico, en el que tendremos que definir cómo será la España de las próximas décadas. En muy poco tiempo se va a prefigurar el escenario laboral, social, económico y político, en el que los diferentes actores vamos a tener que dirimir los conflictos inevitables que toda sociedad produce. Conflictos de intereses que se resuelven en la negociación, o que se enquistan y emponzoñan la convivencia social hasta ahogarla.

La defensa del empleo decente y de una vida digna vuelve a ser el objetivo sindical prioritario para los próximos meses. Eso significa que hay que dar marcha atrás a la reforma laboral, restituyendo derechos; fortalecer la negociación colectiva; proteger a las personas desempleadas; responder a la demanda de una renta mínima que dote de recursos a quienes carecen de todo tipo de protección. Significa reponer las inversiones y los recursos necesarios en Sanidad, Educación, Servicios Sociales, atención a la dependencia. Significa asegurar el futuro de las pensiones públicas.

Es mejor ir de cara y a las claras. Decir qué queremos y cómo lo queremos. Anunciar que estamos dispuestos a negociar hasta la saciedad, pero que la movilización no esperará si la negociación no tiene el grado de compromiso necesario para alcanzar acuerdos. Y que no renunciamos a ningún tipo de movilización democrática. Que tenemos nuestras cartas y estamos dispuestos a jugarlas hasta el final.

Cuando escribo esto se me viene a la cabeza un tema de Robe Iniesta, ya sabéis, el de Extremoduro: No queremos estar metidos en una caja/ o nos dejáis jugar, o sos rompemos la baraja/ O todos a la vez, o todos o ninguno. Aunque para deciros la verdad, siempre me ha gustado más cómo comienza esa misma canción del toro que mató a Manolete, Islero, Shirlero o Ladrón:

Para ganar cuando hay algún conflicto

hay que tenerlos bien puestos en su sitio,

para ceder si te has equivocado

hay que comerse los cojones a bocados.

Robe Iniesta, Extremoduro

Hay, por supuesto, maneras más finas de decirlo: Recuperar la iniciativa y el protagonismo de los trabajadores y trabajadoras. Restablecer el diálogo social. Reforzar el poder contractual de la clase trabajadora. Analizar, reconocer y corregir nuestros errores. Combinar adecuadamente movilización y negociación, como las dos caras de la misma moneda. Hay maneras y maneras de decirlo, pero la del extremeño tiene la ventaja de dejar las cosas meridianamente claras.

 

 


Mejorar salarios para salir de la crisis

septiembre 11, 2017

El Ministerio de Empleo va anotando en su Registro de Convenios Colectivos el incremento salarial medio pactado, pero ese dato no siempre coincide con la realidad. Existen otras fuentes, fundamentalmente publicadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), como la Encuesta Trimestral de Coste Laboral, la Encuesta Anual de Coste Laboral, o el Índice de Coste Laboral Armonizado. La Encuesta de Población Activa (EPA), indica los deciles salariales y la Contabilidad Nacional informa de la remuneración de los asalariados. El INE ha preparado un nuevo indicador, el Índice de Precio del Trabajo (IPT) para completar la información salarial que permitan conocer la variación del salario en nómina entre periodos, La Agencia Tributaria también informa sobre las retribuciones medias y vidas laborales.

Todas estas fuentes nos cuentan una misma historia reciente. La moderación y el recortes de los salarios han sido muy intensos a lo largo de toda la crisis económica que nos ha sacudido, tanto en retribuciones por cada persona que trabaja, como en cada hora trabajada.

Al principio de la crisis, en 2008 y 2009, las retribuciones aumentan porque las indemnizaciones por despido son contabilizadas en ese momento. Luego, a partir de ese momento, las pérdidas son generalizadas. Hablamos de medias, por supuesto. Porque si miramos los tramos salariales, son los salarios más bajos los que pierden en torno a un 15 por ciento entre 2007 y 2011 y, de nuevo, otro 15 por ciento entre 2011 y 2014.

Las personas trabajadoras menos cualificadas, o con empleos peor pagados, son quienes más han perdido en esta crisis. Y eso tiene que ver con dos factores. El primero, el impresionante número de personas desempleadas dispuestos a encontrar un empleo en cualquier condición y con cualquier salario y, en segundo lugar, la menor implantación sindical en estos sectores de alta rotación laboral.

El PP gobernante ha apostado desde el principio por esta devaluación de los salarios, para recomponer los beneficios empresariales. No pudiendo devaluar la moneda, o imprimir más dinero, se han ajustado milimétricamente a la parte más dura de las recetas anteriores aplicadas para salir de las crisis, cuando no había euro por medio, ni autoridad monetaria europea. El entusiasmo con las recetas de recorte impuestas por Merkel ha hecho el resto. Nuestra tasa de paro se ha disparado a los niveles más altos de Europa.

El instrumento aplicado fue una nueva reforma laboral impuesta que ha aumentado la devaluación de los salarios producida por la crisis. A partir de esa reforma del PP, casi todos los segmentos de retribuciones han perdido poder adquisitivo, a excepción de los salarios más altos que, aunque no retroceden, se congelan.

A partir de la reforma laboral de 2012, se aprueban, además, menores indemnizaciones por despido, desaparecen los salarios de tramitación, se crea un nuevo contrato para empresas de menos de 50 trabajadores con periodos de prueba de un año, se elimina la autorización previa necesaria para proceder a despidos colectivos y se amplían las causas de despido.

La reforma laboral ha tenido dos medidas negativas añadidas. La primera la que permite que los salarios puedan ser reducidos por el empresario unilateralmente. Si los salarios de los nuevos trabajadores se han reducido por efecto del abultado desempleo, a partir de ese momento también lo hacen los de los más antiguos en la empresa. El efecto salarial ha sido devastador.

La segunda medida ha supuesto una intromisión del gobierno en la negociación colectiva, a favor del empresariado. El gobierno ha rebajado la cobertura de los convenios colectivos y ha facilitado el descuelgue de los mismos por parte de los empresarios, además de imponer la prevalencia del convenio de empresa sobre el de sector.El gobierno ha apostado descaradamente por que la crisis la paguen los trabajadores y trabajadoras de este país y ha cerrado las puertas a la posibilidad de que la clase trabajadora se beneficie en modo alguno de la recuperación económica.

Es lo que ya está ocurriendo en estos momentos. Los beneficios empresariales se recuperan paulatinamente, pero el empleo que se crea es temporal, a tiempo parcial y precario. Los salarios no recuperan poder adquisitivo y las organizaciones empresariales no parecen muy dispuestas a alcanzar acuerdos salariales, que permitirían un aumento de la demanda interna.

Acabamos de conocer, por ejemplo, que el gobierno ha dejado que se agote la vigencia del programa PREPARA, sin proceder a su renovación, reforma, o al menos prórroga, abandonando a su suerte a las personas desempleadas que han agotado todas las prestaciones por desempleo, lo cual da buena cuenta del desinterés, cuando no desidia, por cubrir las necesidades mínimas de quienes más necesitan del Estado y de su protección.

El PP ha conseguido que superemos la recesión sin salir de la crisis. Un aumento de la riqueza, sin un reparto equilibrado de la misma. El abandono de aspectos esenciales de las políticas públicas. Estamos ante un error de bulto, porque mayores los beneficios de unos pocos, sin un reparto equitativo y equilibrado, sólo incrementa las desigualdades, multiplica los focos de conflicto y nos instala en una crisis social y política de carácter permanente.

Si a este panorama desolador le añadimos la corrupción estructural instalada en nuestro país, que ha deteriorado la confianza de la ciudadanía de forma irreparable en el corto plazo, podemos intuir la dimensión del trabajo que tenemos por delante. Por alguna parte hay que empezar. Los tiempos han cambiado y no admiten las viejas prácticas y las añejas recetas de la imposición.

No sería malo que una clase política interiorizada y alejada de las personas y una clase empresarial instalada en los fáciles beneficios, a costa de deteriorar los salarios y el empleo, se aviniesen a negociar el futuro de este país repartiendo las cargas y los beneficios. La calidad del empleo y los salarios.

No sería malo que dejasen de hacerse los suecos, o los sordos, o los indolentes. No sería malo que entendieran que, cuando la vía se acaba, sólo el tonto sigue adelante, sin inmutarse, como si nada.

 


Crisis, temporalidad y contrato a tiempo parcial

septiembre 5, 2017

Durante las crisis económicas se produce una caída de los salarios, es cierto. Pero en esta crisis económica, parte de esa caída de los salarios se produce porque empleos a tiempo completo están siendo sustituidos por empleo a tiempo parcial. No es necesario que el precio de la hora trabajada se reduzca, para que disminuya el salario cobrado por aquellos trabajadores que antes trabajaban a tiempo completo. Ahora sólo trabajan unas cuantas horas, porque su contrato ha sido realizado o reconvertido en tiempo parcial.

Durante la crisis han crecido el número de trabajadores y trabajadoras que se han visto obligados a firmar un contrato a tiempo parcial de carácter involuntario, porque es lo que había, aunque ellos hubieran preferido encontrar un empleo a tiempo completo. Conviene preguntarse por qué ocurre esto durante esta crisis.

Para encontrar la respuesta hay que remontarse a 2013, cuando el PP reforma el contrato a tiempo parcial, ampliando el número de horas complementarias de las que puede disponer libremente el empresario hasta un 30 por ciento. Pero es que además este número total de horas puede incrementarse un 15 por ciento voluntariamente y hasta un 30 por ciento, si se acuerda en convenio colectivo. El periodo de preaviso para utilizar estas horas complementarias pasa de 7 a 3 días.

Es muy atractivo, desde esta reforma, para el empresario, contratar a tiempo parcial, cuando tiene a sus trabajadores, o trabajadoras, permanentemente a disposición de la empresa. Eso aumenta la rentabilidad empresarial, aunque sea a costa de la compatibilidad con una vida personal y la conciliación familiar. Eso sí, cada momento de trabajo se convierte en intenso y los tiempos muertos desaparecen.

Al aumento de los contratos a tiempo parcial, se viene a sumar el carácter temporal de la inmensa mayoría de los nuevos contratos y muy especialmente en actividades económicas poco productivas. Ha sido el PP, quien con su reforma laboral y su política económica, ha incentivado un empleo precario y un crecimiento de bajo valor añadido, sin apuestas públicas por la investigación, la innovación y el desarrollo. Sienta así las bases de nuevos fenómenos especulativos y futuras crisis económicas.

A lo hecho por el gobierno, hay que añadirle unas prácticas empresariales nunca puestas en cuestión, que prefieren un modelo laboral con empleo temporal y a tiempo parcial, porque esa temporalidad y precariedad le permiten ajustar rápidamente los gastos y la caída de la demanda, reduciendo los costes laborales, utilizando el despido fácil y barato y fomentando la rotación de personas en puestos de trabajo que no requieren gran cualificación. Un modelo que pervive en una clase empresarial obsoleta.

Salir de la recesión económica impidiendo que los trabajadores y trabajadoras puedan recuperar salarios y derechos laborales y sociales, puede conducirnos a una salida injusta y desequilibrada, con aumento de las desigualdades y a instalarnos en una crisis permanente, no sólo económica, sino de modelo social, con inevitables consecuencias políticas y la aparición de conflictos con difícil solución.

Volveremos al crecimiento económico. A los beneficios empresariales. A encontrar nuevas fuentes de especulación, burbujas y pelotazos varios. Se creará empleo, malo y mal pagado, pero abundante. Volveremos al consumo y al endeudamiento de empresas y familias. Pero nadie debería hacerse ilusiones. Pan para hoy y hambre para mañana.

Mientras gobierno y empresariado condenen a buena parte de la ciudadanía a la precariedad laboral, la pérdida de derechos y los bajos salarios, no habremos asumido que el final de la recesión anuncia también el final de un modelo de país que se ha agotado. No tenemos demasiado tiempo para definir ese modelo del país que queremos, en lo político, lo económico y lo social, antes de que el arroz se pase. Podemos hacerlo en torno a una mesa, dialogando, o en el inevitable conflicto en las calles, en las empresas, en la política. De ambas cosas tenemos sobradas experiencias y quien más, quien menos, sabe que la segunda opción es siempre más incierta y menos deseable.


Un otoño calentito

septiembre 5, 2017

Antes del euro, cuando nos embarcábamos en una crisis, la economía española aplicaba, casi invariablemente las mismas recetas. Primero las empresas dejaban de invertir. Si no había pedidos a la vista, dejaban de renovar maquinaria, medios de producción, publicidad y otras inversiones.

Luego, recortaban el empleo, con la ayuda del gobierno de turno, siguiendo la tendencia facilona de impulsar reformas laborales para corregir las “rigideces” del mercado de trabajo. Una cantinela a la que gobierno y empresariado se han acostumbrado, con el resultado de inventar, cada cierto tiempo, nuevas reformas laborales que facilitan despidos, promueven el fraude y expanden la precariedad y la temporalidad.

Una economía como la española, que se caracteriza por actividades poco especializadas e innovadoras, hace que los trabajadores sean fácilmente sustituibles, con lo cual es muy sencillo cambiar a unas personas por otras, con el resultado de una abultada rotación laboral.

Al aumentar el paro, se producía un crecimiento del gasto público en protección por desempleo, pero más pronto que tarde, los gobiernos han recurrido invariablemente a recortes en este gasto a base de endurecer las condiciones de acceso y permanencia y recortando las prestaciones.

También el Banco de España se dedicaba a fabricar pesetas, lo cual terminaba por provocar inflación y subidas de precios que afectaban a nuestras exportaciones y perjudicaban a las personas con salarios y rentas más bajos. Otra posibilidad era devaluar la moneda, lo cual mejoraba nuestras expectativas en turismo y contenía las importaciones, aunque algunas de ellas, como el petróleo y sus derivados no podían reducirse mucho y se encarecían. Lo mismo ocurría con otros bienes producidos por corporaciones extranjeras que tenían que ser importados sí o sí, tales como bienes tecnológicos o de equipo.

Por el contrario, la devaluación reducía el valor nominal de la riqueza del país. Los terrenos, las viviendas, las propias empresas resultaban más baratos y eso animaba la inversión extranjera. Como vemos, un puñado de medidas que había que aplicar con mucho tiento para no desequilibrar aún más la situación económica traída por la crisis. Tarde o temprano la crisis cedía y la economía española volvía a crear empleo abundante y buenos beneficios. Volvíamos a la fiesta.

Esta forma de abordar las crisis se vio profundamente modificada con la llegada del euro. El Banco de España ya no podía recurrir a fabricar dinero, prestarlo, o devaluar la moneda. Ahora es Europa la que decide quién y cómo salimos de la crisis. Lo hemos podido comprobar con la primera gran crisis tras la llegada del euro.

Tras un primer momento en el que Europa siguió el modelo keynesiano de aumentar el gasto público (momento que coincide con la etapa Zapatero en España), a partir de 2011 se imponen las políticas de austeridad, que intentan recortar el gasto público, evitar que los países ricos paguen la crisis y procurar que sean los países del Sur e Irlanda, los que asuman el coste mayor de reparar los daños causados con sus alegres políticas de endeudamiento especulativo de alto riesgo.

La verdad es que, al final, a base de ignorar que uno de los efectos de la moneda única en Europa es que todos compartimos los riesgos, los países del Norte se han condenado a sí mismos a la deflación y la disminución de la demanda. La austeridad comienzan a pagarla los países del Sur y terminan pagándola los del Norte a base de estancamiento económico y del aumento de la presión migratoria de ciudadanas y ciudadanos del Sur y el Este que buscan mejores oportunidades de empleo y de vida.

Otra consecuencia no deseada, ni prevista, ha sido la desconfianza de la ciudadanía del Norte, del Sur, del Este y del Oeste británico, en la capacidad de sus gobernantes para liderar una recuperación económica justa y equilibrada. El surgimiento de movimientos populistas, el propio Brexit, son consecuencias de esa incapacidad de salir de la crisis reforzando el proyecto europeo.

Así las cosas, nuestros gobernantes y una clase empresarial que no ha cambiado sus vicios tradicionales, a falta de posibilidad de aplicar las recetas tradicionales, ha decidido aumentar la presión en la aplicación de aquellas otras que aún dependían de nosotros mismos: devaluar los salarios, facilitar los despidos, aplicar recortes y ajusten en las políticas públicas que garantizan la cohesión de nuestra sociedad.

De eso van las reformas laborales del PP que han precarizado el empleo y recortado la protección por desempleo, las negativas empresariales a alcanzar acuerdos de negociación colectiva que aseguren la recuperación de los salarios y los recortes en sanidad, educación, dependencia, o la preparación de argumentos que justifiquen la reforma de las pensiones.

Ocurre, en estos momentos, que sin abandonar la crisis, vamos superando la recesión. Los beneficios empresariales aumentan. Pero son demasiadas las personas que han abandonado la esperanza de encontrar un empleo y quienes lo encuentran lo hacen en condiciones inaceptables de estabilidad y salario digno.

El Gobierno del PP y la CEOE-CEPYME deberían entender que, si duros son los momentos de crisis económica, la salida de las recesiones se convierten en fuente de conflictos si no se realizan de forma justa y equilibrada. La clase trabajadora, sus sindicatos, han intentado contener durante estos años los efectos más dañinos de la crisis y que los mismos no afectasen a su capacidad organizativa.

Ahora, cuando hemos superado lo peor de la crisis, la actividad económica se recupera y los beneficios económicos vuelven a aparecer, esos mismos sindicatos se preparan para reivindicar que esa recuperación alcance a quienes han soportado lo más duro de la crisis, en forma de empleo, derechos, salarios, condiciones laborales, e inversiones sociales

Se puede hacer negociando un reparto justo de la riqueza que comienza a generarse, o se puede obligar a las organizaciones sindicales a impulsar  procesos de movilización para conseguirlo. No hay mucho más que decidir. Y conociendo al actual gobierno del PP y nuestra clase empresarial, mayoritariamente anclada en el pasado, no es extraño que desde UGT y CCOO se vaya anunciando y preparando un otoño calentito.


El terrorismo no borrará nuestra alegría

septiembre 4, 2017

En mayo del año 2000 asumí la Secretaría General de CCOO de Madrid. Ese año la banda terrorista ETA daba por terminada la tregua indefinida y unilateral que había decretado en septiembre de 1998 y cometió 23  atentados terroristas. Una brutal secuencia de muertes que comenzó con el asesinato del teniente coronel Pedro Antonio Blanco.

Tres atentados se produjeron hasta mayo, entre ellos el de Fernando Buesa y su escolta el ertzaina Jorge Díez y, a partir de ese momento, una cadena de actos terroristas en las que cayeron el periodista López de Lacalle, el concejal Martín Carpena, Juan María Jáuregui, o el exministro Ernest Lluch. Así hasta 23 militares, jueces, empresarios, concejales, guardias civiles, funcionarios de prisiones, ertzainas, mossos de escuadra, trabajadores, políticos, policías nacionales…

La clase trabajadora nunca ha hecho buenas migas con el miedo, con la violencia, con el terrorismo. Bien lo pudimos comprobar durante el franquismo, cuando ETA aprovechó el inicio del juicio del Proceso 1001, contra la cúpula dirigente de CCOO, para asesinar al almirante Carrero Blanco. El odio del franquismo se volcó sobre  los sindicalistas, endureciendo las condenas hasta alcanzar más de 20 años de cárcel en algunos casos.

En esto ETA, como cualquier grupo terrorista, ha preferido siempre el dolor, la muerte, el cuanto peor mejor y no ha dudado en llevarse por delante a los trabajadoras y trabajadores con sus actos.

El propio López de Lacalle, era fundador de CCOO, trabajador de la industria, siempre interesado por la cultura, escritor, periodista. Recuerdo a Santi Bengoa, Secretario General de Euskadi por aquellos días, siempre intransigente con el terrorismo, siempre amenazado por ETA.

Ante cada atentado los sindicatos convocábamos paros en las empresas y minutos de silencio a las puertas de las mismas, en las calles, ante la sede de las principales instituciones. Provocábamos reuniones de todas las fuerzas políticas, sociales, empresariales, sindicales. Organizábamos con decenas de trabajadoras y trabajadores el servicio de orden de concentraciones, manifestaciones. Redactábamos comunicados conjuntos llamando a la unidad, la paz y la libertad.

El Delegado del Gobierno por entonces, el navarro Javier Ansuátegui, llegó a recomendarme que solicitase guardaespaldas o, al menos, un servicio de contravigilancia. En todo caso, que mirase siempre debajo del coche antes de montarme en él. Teníamos miedo y algunas veces miré debajo del coche.

Luego llegó el 11-M de 2004 y el final de ETA era inevitable. Nunca podrían en nombre de unas ideas nacionalistas provocar tanto horror como el fundamentalismo de unos fanáticos religiosos. El asesinato de los ecuatorianos Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, el 30 de diciembre de 2006, en la T-4 del aeropuerto de Barajas, fue la bocanada final, el punto de no retorno.

La respuesta de los sindicatos, con las organizaciones ecuatorianas y las fuerzas políticas y sociales, fue masiva. Siguieron matando, por inercia, sin sentido, pero ya nadie podía admitir esa lógica infernal de muertes. El final de ETA era cuestión de tiempo, si manteníamos la unidad y la firmeza frente al terrorismo.

La barbarie terrorista desatada el 11-S en Nueva York y el 11-M en Madrid tiene características específicas y distintas. Golpea masivamente. Buscando sembrar el dolor, el miedo, el terror y provocar la reacción violenta no contra los causantes, sino contra cuantos profesan su religión.

El metro de Londres, Charlie Hebdo, la sala Bataclan en París, el metro y el aeropuerto de Bruselas, el paseo de Niza, el mercadillo navideño de Berlín, el Parlamento británico. Decenas de atentados brutales de los heraldos de la muerte en Europa.

Pero no podemos olvidar, que casi nueve de cada diez atentados yihadistas se producen en países de mayoría musulmana y que esas bombas en mercados, barrios populares, cuarteles de policía, mercadillos concurridos, o mezquitas en la hora de la oración, producen centenares de muertes de musulmanes un día sí y otro también.

Vencimos a ETA y venceremos al yihadismo con firmeza y fortaleciendo la unidad de cuantos queremos convivir en libertad, paz, justicia y democracia. Convocaremos concentraciones, manifestaciones, paros, minutos de silencio, en las calles y en los centros de trabajo contra la violencia y el terrorismo. Somos personas trabajadoras. Vivimos de nuestro trabajo. Tuvimos miedo, tenemos miedo. Por nosotros, sí, pero sobre todo por aquellas personas a las que amamos, o con las que convivimos.

Vencimos una vez, volveremos a vencer. No arrebatarán nuestras vidas impunemente. No robarán nuestra forma de vivir, ni nuestra sonrisa, ni nuestra alegría.


Las cuatro lenguas de España

agosto 23, 2017

Cierra los ojos y duerme,

ÑAMeabe,

pestaña contra pestaña.

No es español quien no sabe,

Meabe,

las cuatro lenguas de España.

Gabriel Aresti

Gabriel Aresti, ese bilbaíno que creció con el castellano como lengua materna y que aprendió el euskera de forma autodidacta, hasta convertirse en uno de los más importantes escritores del siglo XX en ese idioma, dedica este poema a Tomás Meabe, hijo de la clase alta bilbaína, discípulo del padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, y fundador de las Juventudes Socialistas, tras su acercamiento al movimiento obrero vizcaíno.

Dos trayectorias tan sólo aparentemente cruzadas, que vienen a coincidir con la convicción de Arrabal de sentirse un nacionalista sin fronteras. Porque ese aparente oxímoron que utiliza dos términos contradictorios uniéndolos en una misma expresión, tal vez no sea tan oxímoron, ni tan contradictorio.

Veo a mi alrededor cómo el mismo partido que defiende que en Cataluña se enseñe castellano, se empeña al mismo tiempo en que en toda España se  implante una enseñanza bilingüe en inglés, casi en igualdad de condiciones con el castellano.

Ni lo uno ni lo otro me parecen mal, de entrada. Con respecto a las lenguas extranjeras creo que hacemos bien en formar a nuestros hijos e hijas en el aprendizaje del inglés, alemán, chino, ruso, italiano, portugués, o árabe. Cuantas más lenguas conozcan, más posibilidades tendremos de movernos por y comunicarnos con un mundo globalizado.

Pero esta globalización sin fronteras debería eliminar el concepto radical de extranjero, en lugar de ampliarlo a los que viven en nuestro mismo país. Cuando, por poner un ejemplo, oímos por la calle a alguien que afirma que un catalán no es español, no sabemos, de entrada, si escuchamos a un nacionalista catalán, o a un nacionalista castellano.

Me parece que esto de la unidad de España depende más de asumir nuestra diversidad y nuestra pluralidad que de los vericuetos en los que nos meten las incapacidades del Mariano y el Carles de turno. Me siento castellano, pero más exactamente de la Sierra castellana del Guadarrama, a caballo entre las dos Castillas. Y me siento madrileño, pero más exactamente de Villaverde y, dentro de Villaverde, del Alto.

Y me siento un poquito de Ronda, porque allí nació una de mis hijas. Y de Ubrique, porque fui allí maestro. Y de Cáceres, más exactamente de Hervás, porque viven allí grandes personas a las que me unió la vida.

Y todo ello por accidente. Porque tengo una rara tendencia a ser y sentirme de donde vivo y trabajo, de donde viven mis hijos. Eso ha hecho que me haya ido de patrias, o que me hayan echado de ellas, o que haya sido un refugiado en otras y que haya vuelto de exilios voluntarios o forzosos, buscando mis orígenes. Vamos, como todo el mundo.

Pues bien, allá va una idea para fomentar el nacionalismo sin fronteras, al menos dentro de España: Creo que nos iría mejor como país si en los programas escolares incluyéramos el conocimiento y aprendizaje de las lenguas de Euskadi, Cataluña y Galicia. Al menos, al mismo nivel que lo hacemos con el inglés y con otras lenguas extranjeras.

Alguien contestará, lo he escuchado en alguna ocasión, que ya que podemos entendernos en castellano en toda España, para qué volcar esfuerzos en aprender otras lenguas patrias. Pero es que esto de la convivencia en un país tiene menos que ver con las cuentas, que con los relatos que somos capaces de construir en común, interiorizando la musicalidad de la lengua materna de cada cual. Nos unen más las canciones de cuna de nuestras madres, que las guerras caprichosas de nuestros padres.

Suenan bien las declaraciones del nuevo director del Instituto Cervantes, planteando un mayor compromiso de esta institución con la difusión de la cultura y las lenguas cooficiales de España, en colaboración con las instituciones de las  Comunidades Autónomas en las que se hablan esas lenguas.

No hay que olvidar que Don Quijote emprendió su famoso viaje a Barcelona y que no en vano Cervantes escribió el libro más leído y vendido de la Historia, después de la Biblia. Con la diferencia de que él lo hizo con una sola mano y en cuanto a Dios, siempre ha utilizado decenas de escribientes.

Francisco Javier López Martín