17 Octubre, menos pobres, menos iguales

octubre 18, 2018

Nicolás Sartorius, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas, me remitió una invitación para asistir, en el Consejo Económico y Social, a la presentación del Informe sobre Desigualdad en España, en su tercera edición, que cuenta en esta ocasión con la colaboración de las Fundaciones Largo Caballero y 1º de Mayo.

Más allá de los datos que  aparecen en el Informe, accesible en la página web de la Fundación. Más allá de sus análisis sobre la estructura de rentas en nuestro país, las diferencias territoriales, de empleo, edad, sexo, o nivel formativo. Por encima de las consideraciones sobre el papel de los sistemas de protección social y su debilitamiento  durante la crisis, quisiera detenerme en unas cuantas conclusiones, muchas de las cuales han sido destacadas a lo largo de la presentación.

La pobreza es casi siempre relativa. En la mayor parte del mundo  una familia con 800 euros al mes no puede ser considerada, ni mucho menos, pobre. En España, con esos mismos ingresos, una familia puede ser pobre y vulnerable. En Francia, esa familia podría ser incluida en la categoría de pobreza severa. Por lo tanto, ser pobre no sólo tiene que ver con la cantidad de ingresos absolutos, sino con lo que puedes hacer con tus rentas. Siempre somos pobres, como dice un amigo, comparado con qué.

Es cierto que el nivel de rentas en un entorno puede ser uno de los primeros indicadores, pero eso sólo mide nuestra capacidad de comprar bienes o servicios. Es cierto que en un mundo-consumo este factor es determinante. Pero quedarnos ahí sería anodino y superficial. Por eso se utilizan hoy otras formas de medir la pobreza, como el Coeficiente de Gini, que valora cualquier forma de distribución desigual.

El Indicador AROPE (At-Risk-Of Poverty and/or social Exclusion), ha sido desarrollado y es cada vez más utilizado en la Unión Europea. Toma en consideración el factor de las rentas, pero sin olvidar la vivienda, las vacaciones, alimentación,  movilidad, empleo, entre otros. Por su parte, las Naciones Unidas cuentan con el Indice de Desarrollo Humano y el Indice de Pobreza Humana, más centrado en las carencias y privaciones que sufren las personas en cada país.

La crisis que hemos atravesado ha convertido las desigualdades en un fenómeno estructural. La recuperación no permite que las desigualdades se reduzcan. Ese ha sido uno de los efectos que ha producido la crisis financiera que se desencadenó con Lehman Brothers, que resultó no sólo financiera, sino que terminó por pudrir la economía mundial, doblegar la política y emponzoñar las relaciones sociales.

La crisis ha descalabrado y descabalado la democracia. Los rescates han debilitado a la política en su capacidad de redistribuir la riqueza y repartir las cargas. El ultraliberalismo del menos Estado, del más dejar hacer a quienes pueden hacer y el más dejar pasar el deterioro de la vida de la mayoría de la población, ha debilitado lo público, lo de todos, cuanto garantiza la cohesión social. Convendría rastrear por ahí el surgimiento de populismos y movimientos de ultraderecha.

La reforma laboral ha supuesto un mazazo a la capacidad de los trabajadores y las trabajadoras organizados en sindicatos de conseguir la redistribución de la riqueza allí donde se produce, en el seno de las empresas. El poder adquisitivo del salario se ha reducido y las diferencias salariales se han agudizado entre hombres y mujeres, temporales y fijos, jóvenes y mayores. El fenómeno de trabajar y ser pobre se extiende. La precariedad se ha convertido en ley de vida.

Hay quienes, desde los propios poderes económicos internacionales, avisan de que un aumento de las desigualdades terminará perjudicando las propias posibilidades de la economía, que es tanto como decir que los ricos serán devorados por su propia avaricia. Es el mismísimo Fondo Monetario Internacional quien avisa de que el aumento de la brecha social en un país provoca un freno para el crecimiento económico.

Perdidos como andamos en los escándalos de nuestros políticos, personales y colectivos, no queda tiempo para tomar en consideración que la libertad y la igualdad son las dos caras de la misma moneda. No existe la una sin la otra. Es imposible. Se llenan los políticos la boca de una España de personas libres e iguales. Pero son pocos los que trabajan de verdad a favor de la igualdad de oportunidades y muchos los que en nombre de la libertad condenan a demasiada gente al trabajo indecente y la vida en miseria.

Y precisamente ahora que nos encontramos en el entorno del 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza y cuando el 7 de octubre pasado hemos renovado nuestro compromiso con el Trabajo Decente, sería bueno que cualquiera que gobierne, o quiera gobernar este país, firme un contrato con la ciudadanía para que la libertad y la igualdad se conviertan en principios rectores de su actividad de gobierno. Un contrato para que la pobreza y la brutal desigualdad desaparezcan de España.

Es una bonita bandera y una causa patriótica que merece todo ese esfuerzo que se dilapida en ejercicios inútiles y estériles de banderías nacionales y nacionalistas, que sólo generan odio, confrontación y el triunfo de las bajas pasiones.  Porque no es de recibo que una de cada cinco personas en España sea pobre, mientras que, en plena crisis, el número de ricos aumenta. No es admisible que, tras la crisis, salir de la pobreza sea más difícil y la brecha de la desigualdad sea más insalvable.

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La poesía de la ciudad

septiembre 30, 2018

Me envía Eduardo Mangada la foto de un grafiti en el que alguien ha escrito, Sin poesía no hay ciudad. Viene acompañada de una reflexión que atribuye a José Ángel Valente, Una mano anónima se apodera de la poesía y la imprime sobre una pared de cualquier calle.

A continuación me traslada la reflexión que, a modo de respuesta, le envía otro arquitecto, el catalán Oriol Bohigas, tremendamente crítica con la forma de entender y construir ciudad que se ha ido abriendo camino en nuestros días, ¡Tan cierto como la propia ciudad! El problema es que los nuevos crecimientos de muchas ciudades contemporáneas están faltos de poesía, de orden, de calidad urbana. En fin, ¡de todo!

Es buen conversador mi amigo Eduardo. Ante la queja provocadora de Bohigas, se lanza a la propuesta modesta, sencilla, pero contundente, para cambiar esta turbia realidad, Si los miramos, los oímos, los dibujamos con precisión, si llegamos a entenderlos, quizás encontremos poesía en algún rincón, que nos ayudará a rescatarlos de la fealdad. Esto es urbanismo. El Plan es la versión burocrática, poco o nada poética.

Le pido autorización para publicar estas reflexiones, porque al instante me han hecho volver a un tiempo pasado, en el que las personas y las organizaciones a las que se asociaban, vecinales, sindicales, ecologistas, intentaban decidir la ciudad en la que querían vivir. Eran tiempos de retorno de la democracia y los debates sobre urbanismo eran frecuentes, encabezados por personajes como Oriol Bohigas en Barcelona, Eduardo Mangada en Madrid, o Jesús Gago, al sur de la capital. Lo mismo ocurría en cada rincón de España.

Las asociaciones vecinales participaban en la utilización dotacional del suelo, o en los nuevos desarrollos urbanos. Los sindicatos intervenían en la redefinición de zonas industriales, espacios productivos, comerciales, de oficinas y en las propias necesidades de hospitales, vivienda social, o con algún tipo de protección, centros educativos, sociales, culturales. Las organizaciones ecologistas intervenían en el establecimiento de criterios y límites para el crecimiento urbanístico y la preservación de espacios naturales.

Hasta Alberto Ruiz-Gallardón se sintió en la obligación de propiciar un debate sobre un Plan Regional de Estrategia Territorial que nunca llegó a buen puerto, tal vez porque coincidió con la aprobación de la Ley del Suelo del pujante aznarismo rampante, que marcó el inicio del camino de desarrollos urbanísticos en los que debía primar el pelotazo, el beneficio brutal y rápido de unos pocos y la escasa o nula participación ciudadana, más allá de los obligatorios periodos descafeinados de alegaciones, generalizadamente desatendidas.

Una de las características del modelo económico y social que se va imponiendo en todo el planeta, si damos crédito a las reflexiones de pensadores como Noam Chomsky, radica en ir introduciendo pocos y leves cambios de forma constante, hasta que, poco a poco, se produce un vuelco completo. La aceleración de los flujos de información disponible conduce, por añadidura, a la desmemoria y hace que, un buen día, la reflexión de unos amigos, te haga caer en la cuenta de cómo han cambiado las cosas, en diez o veinte años.

La capacidad de maniobra de la ciudadanía organizada es poca y se reduce aún más cuando el individualismo imperante nos aísla y aleja de la comunicación, la amistad y la compasión. Nuestra posibilidad de decidir se reduce al formulario de queja camino de la papelera, al costoso trámite de las demandas judiciales, o al voto para decidir si preferimos que se tape un bache, se pinte un muro, o se poden unos setos.

Mientras tanto, las grandes decisiones sobre los nuevos desarrollos urbanísticos, los nuevos centros de negocios y grandes operaciones, como la de Chamartín, se toman en despachos de consorcios financieros, inmobiliarios y de nuestras Administraciones. Luego se publicitan a bombo y platillo, utilizando viejos y nuevos medios de comunicación y redes sociales. Si es necesario se contrata unos cuantos influencer que hablen bien del asunto.

Dice mi amigo Mangada, sabedor de mis incursiones poéticas y narrativas en la Tierra de los Nadie que si escribo algo sobre la ciudad y la poesía no olvide que fueron ellos, los Nadie, la simiente más fecunda, oculta y profunda de la que ha nacido este Madrid que vivimos. Ellos conquistaron el derecho a la ciudad, que siempre han querido negárselo, arrebatárselo, los que son algo. Quienes por ser ricos y poderosos se han creído, se creen, dueños de la ciudad. (…) Y en estos tiempos, perdida la memoria, la “izquierda” autoriza cada día un nuevo hotel multiestrellas, embellece el centro (Plaza España, Gran Vía y promueve Chamartín…) olvidando Villaverde…

Pese a todo lo dicho, junto a estos viejos amigos urbanistas, apuntan nuevas generaciones de arquitectos y arquitectas, dispuestos a seguir su camino y repensar la ciudad, escuchando las necesidades de las personas y sus organizaciones. Para que puedan hacerlo, tendremos que hacer el esfuerzo de abrir puertas y ventanas, para que la brisa limpia arrastre el aire contaminado de intereses económicos y políticos, que impide un urbanismo de rostro humano. Una ciudad donde tenga lugar la poesía.


Influencer, beauty and fashion

septiembre 6, 2018

Las universidades deben de permanecer atentas a la evolución de las personas, la economía, la sociedad. Son espacios para la reflexión, el encuentro, el debate, la investigación, la formación de opinión, la crítica, la propuesta para el cambio y la mejora de las condiciones de vida.

Su gran valor, especialmente en el caso de las universidades públicas, es que se les supone una independencia con respecto a las fuentes de financiación, esencialmente públicas, que sostienen su actividad. La vinculación de las universidades con la sociedad es un reto que siempre se ha planteado. Los países avanzados saben promover esta relación y sacar buen partido de ella en todos los órdenes.

Una de las consecuencias es que las universidades se implican a veces en proyectos de investigación financiados por entidades privadas, que deberían servir para que la investigación y la experiencia universitaria tengan traslado a la actividad económica y al desarrollo de la sociedad.

La falta de financiación pública, fruto de las desastrosas políticas que han impulsado recortes en la inversión pública, con la disculpa de combatir la crisis económica han hecho que nuestras universidades se hayan volcado en captar recursos por todos los medios. Unos más acertados y otros menos.

Encuentro en los medios de comunicación la noticia de que la Universidad Autónoma de Madrid ha puesto en marcha un curso universitario denominado Intelligence Influencers: Fashion and Beauty. Parece ser que es el fruto de la colaboración de la Escuela de Inteligencia Económica de la Universidad Autónoma de Madrid y la Ibiza Fashion Week.

Un profesor universitario y un CEO (Chief Executive Order) ejercerán la dirección, mientras que han reservado la Dirección de Honor para Ágatha Ruiz de la Prada. Las Facultades de Psicología y Ciencias Económicas y Empresariales, colaboran en el proyecto.

El curso se centra en el mundo de la moda y en la optimización de las redes sociales, creación de marcas personales, comunicación, difusión de contenidos, representación, reputación online, monetarización de marcas. Todo ello aderezado con talleres de creatividad, estilismo, fotografía, vídeo, redacción, edición. Y anuncia la impartición de Máster Class impartidos por conocidos personajes en ese mundillo.

Las reacciones no se han hecho esperar. Leo la de Carlos Taibo, profesor de la Autónoma, dice Veo que “mi” universidad se supera a sí misma y programa un curso de formación de “influencers”. ¿Qué se les ocurre que se podría contraprogramar? Y no me respondan que la alternativa sería un curso de deformación de “useless” de inútiles. De esos los hay ya a cientos.

La opinión ha dado lugar a un hilo de decenas de contestaciones entre las que destacan que se organicen cursos De contemplación; Desaprendiendo fuera de las pantallas y las universidades; Curso sobre aburrimiento, Enfrentarse al tiempo libre sin miedo; Vuelva a su vida de antes, la credibilidad está sobrevalorada: Pautas para ser desinfluencer; Curso sobre David Thoreau; Repaso histórico del chamanismo… Sin que falte quien advierta, Seguro que Pablo Casado se matricula, tiene casi todo el máster convalidado.

Tampoco parece que la iniciativa haya sentado bien entre algunos “influencer”, Un engaño, me hubiera encantado que hicieran un curso para que los responsables de las marcas entendieran un poco más sobre redes las redes sociales, “influencers” y publicidad en rrss (…) Creo que han visto que está de moda y que podrían sacar dinero porque es el “sueño” de muchos jóvenes, opina Laura Escanes.

En un mundo en el que la mayoría de nuestros jóvenes quiere ser youtuber, o probador de videojuegos, pudiera parecer que formar a quienes gozan de cierto prestigio, o credibilidad, en algún tema concreto y con gran presencia en las redes sociales, para convertirse en altavoz de tendencias, ideas y propuestas que permitan mejorar las cosas, fomentar la solidaridad y solucionar problemas, sería una buena idea. También en una actividad económica como la moda.

La cuestión es que esto parece que va de otra cosa, de belleza, gente guapa y famoseo. No parece que se trate de aprovechar una oportunidad, sino de fomentar el oportunismo, la monetarización, convertir cada actividad humana en negocio, poner los perfiles públicos en las redes sociales al servicio de la publicidad y promoción de las marcas. Confundir, en definitiva, ser influyente con ser famoso y tener muchos seguidores en las redes.

A fin de cuentas ser influencer no supone ser influential, como no es lo mismo ser un altavoz, que ser un agente de cambio. Para ser influyente no se necesita, en la mayoría de las ocasiones, ser un personaje público. Se me ocurre que esa reflexión merecería la pena y hasta uno o varios cursos en las universidades españolas.

Cada universidad, si así lo aprueban sus órganos de gobierno, puede autorizar la impartición de los cursos y especialidades que consideren oportunas, pero, desde la influencia que cada ciudadano o ciudadana podamos tener, también podemos considerar que Así no, así no.


PP, giro a la derecha

agosto 14, 2018

Se veía venir. La política, no sólo la española, se está decantando hacia el patrioterismo fácil. Se buscan líderes con imagen juvenil, con ideas aparentemente claras, aunque tremendamente simplonas, que calen en el imaginario sentimental de las masas.

Líderes que nos hagan identificarnos orgullosamente con unos cuantos mantras exitosos, no tanto por su racionalidad, sino por ser incansablemente repetidos y porque parecen encarnar la solución a todos nuestros problemas. Desde la aparente coherencia, se trata de delimitar claramente nuestro espacio, confrontado con el de los otros.

Hay que ser atrevidos, osados. Hay que ofrecer un proyecto que rechace el enquistamiento, la solemnidad y el poder que se le supone a los aparatos. Ofrecer una cierta imagen antisistema, unas veces por la izquierda y en otros casos por la derecha. Aunque ese carácter antisistema consista en recuperar lo tradicional y hasta lo rancio. Quien aparece vinculado más directamente a la estructura de poder en el partido lleva todas las de perder.

El triunfo de Trump en Estados Unidos ha sido uno de los más claros episodios de esta nueva forma de entender la política, pero no ha sido el único, en la política internacional, ni en la nacional. Digamos que las formas de entender la política han cambiado y comenzamos a notar los efectos.

El último ejemplo, el de las primarias aderezadas en el PP para elegir al nuevo Presidente del partido, tras la dimisión de Rajoy. Con el triunfo de Pablo Casado, todos los líderes con posibilidades de gobernar España son chicos, aunque eso sí, han rejuvenecido notablemente el panel político español.

Casado representa, a la perfección, todos los vicios privados y las públicas virtudes de la nueva política. Es joven, ciertamente, pero muy viejo ya en el aparato del PP, donde ha rellenado todo su currículum público y privado. Ha hecho carrera con Aguirre, Aznar y Rajoy. No se le conoce contrato de trabajo en la empresa privada, ni en el sector público. Toda su carreta tiene que ver con el aparato del partido. Si algo hizo en el sector privado es, como mucho, representar a su padrino Aznar en sus labores de comisionista de Abengoa ante el régimen libio del dictador Gadafi.

Ha comenzado su andadura, tras ganar el Congreso, desgranado unas cuantas ideas que no no sé si darán votos, pero que levantan pasiones en el interno del partido. Una de ellas, la defensa de la unidad nacional, conectando, para ello, con la España de los balcones y las banderas.

La idea es simple, pero eficaz, aunque prefiero la España de la ropa tendida, aireada, bien lavada, que la de la corrupción envuelta en banderías, sean pujolistas, o de los nacionales. Pero no, mejor ilegalizar a los partidos independentistas y punto. Simplista, probablemente inconstitucional, pero no importa, si levanta aplausos.

Otra de sus grandes ideas consiste en defender la vida sin complejos. Combatir la ley del aborto, e impedir la ley de la eutanasia. Es decir, la defensa de la vida de los no nacidos y de los que se enfrentan al momento de la muerte afligidos por una enfermedad irreparable. Lo que queda en mitad de estos dos momentos, lo que constituye el núcleo duro de la vida en sí, ya importa menos y hay pocas, casi nulas, referencias a la igualdad educativa, al trabajo decente, a la sanidad universal y pública, a servicios sociales dinámicos y eficaces, a las pensiones de nuestros mayores, o la atención a la dependencia.

Uno de los valores más aireados por la derecha conservadora es el de la libertad. Pero, de nuevo, ésta parece consistir en la libre elección de colegio privado y pagado con fondos públicos, para sus hijos. De nuevo, el olvido de quienes carecen de los recursos necesarios para elegir, o de quienes, siendo de derechas o izquierdas, eligen un centro público.

Porque son los centros públicos los que han padecido el brutal recorte de medios humanos y materiales durante la crisis, aún siendo los garantes de la igualdad de oportunidades. En las pasadas pruebas de EVAU, para acceder a la universidad, estos centros públicos han barrido, obteniendo los mejores resultados.

Si a esta limitada, pacata y restringida defensa de la vida y de la libertad, le añadimos la firme crítica a la “ideología de género”, en un intento de desprestigiar el feminismo, podemos hacernos una idea de la dimensión del retroceso del centrismo en el PP y su decantación hacia el tradicionalismo más conservador, más propio de los años cincuenta del siglo pasado que de una derecha que mire hacia un futuro que permita construir sociedades para mujeres y hombres libres e iguales.

Escuché a Casado las mismas ideas hace ya diez años, cuando intervenía como responsable madrileño de las Nuevas Generaciones en un Congreso Regional del PP. Zapatero les había arrebatado el poder hacía cuatro años y sus cantos guerreros de juventud sonaban aún más impetuosos. Era los años en los que cursaba el grado de Administración y Dirección de Empresas y el mismo máster de Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos.

Aunque con mayor acumulación de títulos, parece que ha evolucionado poco en sus ideas desde entonces. Espero que sus declaraciones de hoy tengan tan sólo un componente de escenificación de cara a la galería interna, porque es bien sabido que todo lo que no evoluciona degenera y la degeneración en política puede tener efectos desastrosos sobre los países que se ven sometidos a ella. Pronto lo podremos comprobar.


Un poeta en el Cervantes

agosto 14, 2018

He escrito en estos días unos cuantos artículos reivindicando el valor de la poesía y profetizando las maldiciones que se ciernen sobre aquellos que conciben la poesía como un lujo cultural ajeno a la vida cotidiana de las personas. En alguno de esos artículos hablaba de poetas como Luis García Montero que nos demuestran que poesía y compromiso no son incompatibles y, aún más, que la poesía no es un mero juego de palabras, sino la búsqueda intensa del ser humano, más allá de dónde la ciencia es capaz de llevarnos.

La noticia de que Luís ha sido nombrado Director del Instituto Cervantes es, por lo tanto, una magnífica noticia, no sólo para él y para cuantos le conocemos, sino también para quienes aman la poesía y la palabra como forma de comunicación y de creación humana. Situar a un poeta al frente de la institución que se encarga de difundir las lenguas peninsulares por el mundo me parece un gesto inteligente del nuevo gobierno de Pedro Sánchez.

No puedo decir que sea amigo personal de Luis. He participado con él en unos cuantos actos literarios, presentando diversos libros. He compartido tribuna junto a él en actos sindicales, o políticos. Le he escuchado hablar sobre García Lorca y me ha abierto los ojos sobre muchos pasajes de Poeta en Nueva York.

Le he acompañado en algún mitin  electoral, cuando aceptó encabezar, a contracorriente, la candidatura de Izquierda Unida de Madrid en las pasadas elecciones autonómicas. Me apenó que unas pocas décimas le cerraran el acceso al parlamento regional. Le pedí que escribiera el prólogo para mi poemario La Tierra de los Nadie y que me acompañase en la presentación del mismo. He tomado alguna que otra cerveza con él al finalizar este tipo de eventos.

Su nombramiento me trae a la cabeza esos tiempos en los que algunos poetas eran tomados en consideración para ocupar consulados, o embajadas. Me recuerda que Allende nombró a Pablo Neruda embajador en París, o a Gonzalo Rojas Pizarro, al frente de la embajada en La Habana.  Eran tiempos en los que no era incompatible fomentar los negocios y los intercambios económicos, con presentar las mejores credenciales humanas y creativas a otros pueblos.

La labor del Instituto Cervantes va precisamente de eso. La difusión de nuestras lenguas, a las que se refería el bilbaíno Gabriel Aresti en su famoso poema para Tomás Meabe (no es español quien no sabe las cuatro lenguas de España), es mucho más que impartir cursos de castellano, catalán, gallego, o vasco, por los cuatro costados del planeta. Mucho más que fomentar la cultura de élite, exhibir la crema de las cremas, derramar la flor y nata de nuestras creaciones en los centros neurálgicos mundiales.

Algunas de esas cosas hay que hacerlas y buscar los mejores gestores, para evitar dilapidación de recursos y gastos innecesarios de pólvora. Pero se trata, sobre todo de dar a conocer las Españas, porque sólo se ama lo que se conoce y porque en esta península conviven muchas Españas. El Instituto Cervantes es un poderoso instrumento para establecer relaciones, comprender nuestros muchos modos y maneras de ser, nuestras formas de seducir, dialogar, sugerir, equivocarnos.

No coincido completamente con César Antonio Molina, quien fuera Director del Cervantes y luego Ministro de Cultura, cuando afirmaba que El Cervantes es una empresa, como tal hay que gestionarlo. Pero sí coincido con él y estoy seguro de que también Luis, en que vivimos un mundo que todo lo sacrifica a los ídolos de las nuevas tecnologías, el entretenimiento y la masa.

Creo que la cultura española, la plural y amplia amalgama de culturas, creencias, costumbres, heterogéneos ideales, diversas (cuando no dispersas) visiones, constituye un poderoso antídoto contra esos ídolos prefabricados, insulsos, uniformados y, no pocas veces, despóticos.

Luis García Montero hubiera sido un excelente ministro de Cultura, pero se me antoja que será mucho más útil para todas y todos en esta tarea de difusión de la palabra, las lenguas, la cultura. Luis sabe que la poesía seguirá preguntando a las personas y a los pueblos, seguirá buscando en el interior de ellos, seguirá siendo canto y oración. Y también sabe que la honestidad, en la vida y en la política, es el primer paso para intentar que los cambios mejoren la existencia cotidiana y la convivencia diaria de las personas. Ambas cosas, lejos de ser incompatibles, son indisociables.

Desde estas líneas, Suerte y buen trabajo, amigo.


Formación Profesional y nuevo gobierno

agosto 14, 2018

Acaba de presentar Pedro Sánchez su programa de gobierno ante el Congreso de los diputados. Hora y media de discurso en el que ha trazado las prioridades de la acción política durante los próximos años, si nada lo impide. Los medios se han fijado, sobre todo, en temas como las amnistías fiscales, la exhumación de los restos del dictador Franco, el Plan de Choque contra la Explotación Laboral, o la nueva senda del déficit que beneficiará a las Comunidades Autónomas.

Menos incidencia mediática ha tenido una noticia importante para los trabajadores y trabajadoras, como la derogación de ese artículo 315.3 del Código Penal, que ha producido cientos de encausamientos ante los tribunales y condenas injustas para quienes, participando en una huelga, han sido acusados de impedir el derecho al trabajo, lo cual suena a patético en un país que impide el derecho al trabajo, con y sin huelga, de millones de sus ciudadanos y ciudadanas, sometidos a largas condenas de paro.

Tampoco han tenido gran relevancia las palabras que Sánchez dedicó a la Formación Profesional. Todo el mundo habla del futuro que ha de venir de la mano de la formación, pero son muy pocos los que luego llevan a la práctica esas consideraciones enunciadas como mantras, cantinelas entonadas cuando no se sabe qué otra cosa decir.

Sánchez ha declarado que la Formación Profesional debe tener un protagonismo fundamental, tanto como para estar presente en la denominación del nuevo Ministerio de Educación. Nos propone, además, tres prioridades: La primera, integrar en un catálogo único cursos, módulos y ciclos formativos de los dos subsistemas de Formación Profesional (el dependiente del Ministerio de Empleo y el del Ministerio de Educación), bajo un mismo currículo. La segunda, regular de una vez por todas, la Formación Profesional Dual. Y la tercera, elaborar un mapa de oferta y demanda de Formación Profesional de grado medio y superior en la Comunidades Autónomas, así como las especialidades emergentes que plantea la nueva economía.

Como declaración de intenciones no está mal. Como comienzo de la andadura, tampoco. No puede haber dos Formaciones Profesionales, una a espaldas de la otra, para que dos ministerios como Empleo y Educación terminen haciendo cada uno la guerra por su cuenta. No podemos seguir llamando formación dual a las abundantes fórmulas estatales y autonómicas inconexas de explotación laboral juvenil, disfrazadas de formación con prácticas laborales. No podemos seguir asistiendo a una oferta caótica y siempre insuficiente de formación profesional que no cubre la demanda en aumento.

Vivimos en un país que ha despreciado la Formación Profesional hasta el punto de que tenemos niveles de formación universitaria iguales o superiores a los de la mayoría de los países de la Unión Europea, mientras que casi triplicamos los porcentajes de personas que han conseguido, como mucho, alcanzar la enseñanza obligatoria. En torno al 40 por ciento de los españoles se encuentra en esta situación.

Mientras tanto el nivel de matriculaciones de nuestros jóvenes en Formación Profesional se encuentra en el 12 por ciento, frente al 30 por ciento en la Unión Europea. Cada año, en Comunidades como Madrid, se llenan las plazas y se quedan miles de jóvenes sin poder acceder a la Formación Profesional que han solicitado.

El nivel de fraude en los famosos contratos de formación y de abusos en las prácticas no laborales, el aprendizaje y los becarios, es de sobra conocido. Los sindicatos lo han denunciado constantemente,  pero sigue siendo tolerado. El Estatuto del Becario que anuncia Sánchez, debe verse acompañado del Estatuto del Aprendiz que reclama la Unión Europea, para evitar la arbitrariedad y el abuso permanente contra nuestra juventud.

Afrontar el impulso necesario de la Formación Profesional en España va a exigir algo más que declaraciones de intenciones, cambiar el nombre de un ministerio,o acometer campañas promocionales. Va a requerir mucho tacto, mucha negociación y la firme decisión de remover intereses creados entre Ministerios, Comunidades Autónomas, agentes económicos y sociales y centros de formación de todo tipo.

Sin embargo merece la pena hacer frente al desafío, e intentar una regulación clara de la Formación Profesional, al servicio de un modelo de empleo estable y con derechos, reformando un sistema que, sin abandonar su componente educativo y la defensa del derecho personal a una formación a lo largo de toda la vida, se vincule con las necesidades económicas y sociales de un nuevo modelo productivo que ponga a los trabajadores y trabajadoras en el centro del futuro de los proyectos empresariales.


La educación de los hijos y las hijas

julio 18, 2018

Estamos acabando el curso escolar. Las alumnas y los alumnos ya no van a clase. El profesorado termina sus tareas administrativas y organizativas. En el caso de Madrid, uno de los finales de curso más caóticos a los que hayamos asistido, gracias a la ocurrencia de trasladar los exámenes de septiembre al mes de junio.

Las evaluaciones finales habían acabado a finales de mayo. Las notas estaban entregadas a principios de junio y, luego, las ampliaciones de estudios y las recuperaciones se han convertido en un caos organizativo en el que la falta de instrucciones claras de una Consejería de Educación errática, ha producido un desconcierto generalizado en la chavalería y en los claustros.

De otra parte, el cambio de gobierno hace concebir alguna esperanza de que los males tradicionales de la educación española comiencen a tener algún viso de solución. Tras cuarenta años de desarrollo constitucional va siendo hora de intentar un Pacto Educativo que corrija las desigualdades alarmantes entre regiones y entre clases sociales.

Todo el sistema educativo ha sufrido los recortes impuestos por la derecha gobernante durante la crisis, pero al salir de la recesión nos encontramos el panorama desolador de una enseñanza pública que ha sufrido una dentellada que la desangra, haciendo cada vez más evidente la pérdida de igualdad de oportunidades.

Ha cambiado el gobierno y algunos asuntos que fueron noticia han dejado  de serlo. Sin embargo yo le sigo dando vueltas, a las justificaciones esgrimidas por la pareja de líderes podemitas para comprar un chalet en la Sierra de Madrid, allá por Galapagar.

Aunque ya no sea noticia, o precísamente por ello, he llegado a la tardía conclusión de que, sinceramente, pueden comprar lo que quieran, donde quieran y cuando quieran. Si por allí viven varios de sus amigos, pretenden así evitar la presión de los paparazzi, sus ingresos se lo permiten, respiran aire limpio, tienen cerca un colegio que responda a sus ideas educativas y creen además que así ganarán en intimidad, pues adelante. A fin de cuentas es lo que quisiera poder hacer cualquier pareja joven y hasta yo mismo siento cierta envidia, más o menos sana.

El problema viene de la batería argumental que incorpora, entre los motivos de la compra, a los ya famosos “mellizos” que vienen de camino. Vincular la compra de la casa con la intimidad en la educación de los hijos, con que pasen tiempo con sus amigos que viven cerca y con que “puedan vivir su infancia de la forma más normal posible” es legítimo, pero en esto yo soy más de la opinión de Kichi, el alcalde de Cádiz, No quiero dejar de vivir, ni criar a mis hijos en un piso de currante (…) que ya es bastante privilegio vivir en la Viña, en Cádiz y con Teresa Rodríguez.

Tal vez porque Kichi es profesor, licenciado en Geografía e Historia, e hijo de criada, como yo. O tal vez porque me forjé como maestro aprendiendo de gentes como aquel cura italiano, Lorenzo Milani, cuyos alumnos escribieron en su libro colectivo Carta a una Maestra, La escuela a pleno tiempo supone una familia que no estorbe. Por ejemplo, la de los maestros, marido y mujer, que tuvieran dentro de la escuela una casa abierta a todos y sin horario. Gandhi lo hizo. Y mezcló a sus hijos con los demás al precio de verlos crecer muy diferentes a él. ¿Os atrevéis?

Salvadas las distancias culturales e históricas y cambiando la referencia a los  maestros por los políticos, el mensaje sigue teniendo plena vigencia. Y no supone querer un ápice menos a tus propios hijos e hijas, que lejos de estorbar, enriquecen tu vida.

Elegir el magisterio, la política, el sindicalismo, la sanidad, el trabajo social, es lo que tiene. Algunas de las más dignas ocupaciones que puede escoger un ser humano. Son muy gratificantes, pero exigen renuncia al egoísmo y compromiso con la solidaridad y la igualdad a prueba de bombas.

No siempre es posible, no siempre acertamos, pero como bien recordaba Kichi, en su ya famosa carta de respuesta a las críticas vertidas contra sus opiniones, la gente nos podrá perdonar casi todo, pero no que nos equivoquemos de bando. En el voto a la derecha se presupone egoísmo, en el de izquierdas, una apuesta por la solidaridad y la igualdad.