2019: El empleo en la revolución científico-técnica

enero 9, 2019

Aún recuerdo aquellos discursos de Marcelino Camacho, en los que siempre reservaba una alusión a la revolución científico-técnica. Algunos dirigentes sindicales, muy acostumbrados a bregar diariamente, en las empresas, con los salarios, las jornadas, el convenio, las horas extraordinarias, las regulaciones de empleo, o las contrataciones, pero adormecidos en su capacidad de adelantarse a los cambios, sonreían, como si aquello fuera una muletilla  proverbial y típica de Marcelino.

Sin embargo, pasados los años, me parece que el núcleo central del debate y de la acción del sindicalismo, se encuentra, precisamente, en la revolución tecnológica en curso. Porque son los cambios tecnológicos los que van determinando qué empleos desaparecen y cuáles van a ser creados en el inmediato futuro, al tiempo que delimitan las necesidades de cualificación y las características de cada puesto de trabajo.

Vista la naturaleza de los acelerados cambios tecnológicos que se están produciendo, hay quien augura la desaparición del trabajo humano, pero esto no está ocurriendo, al menos por el momento. Ni en puestos de baja cualificación, que difícilmente pueden cubrir por el momento las máquinas, ni en las nuevas necesidades de puestos que requieren altas o medias cualificaciones.

La mayoría de los empleos sufren ya y van a sufrir aún más en el futuro inmediato, modificaciones importantes, a causa de la introducción de nuevas tecnologías. Determinadas operaciones quirúrgicas pueden ser realizadas por una máquina y a distancia, pero no por eso necesitamos menos cirujanos. Muchos procesos bancarios pueden ser realizados online, pero los bancos dedican mucho mayor esfuerzo a una atención personalizada de fidelización de sus clientes.

Bien pudiera ser que desaparecieran los conductores de taxi, pero no por ello desaparecerán los taxistas, aunque sus funciones puede que no se encuentren manejando un volante. El hecho de no comprar en una tienda física no significa que la producción desaparezca, al tiempo que gana peso la distribución. Cambian las formas y los contenidos del trabajo, pero el trabajo permanece,

Muchos trabajos se tecnifican, automatizan, robotizan, informatizan, o como queramos llamarlo, pero eso exige cada vez más expertos en robótica, informática, diseño de sistemas, automatización, simuladores, probadores, o lo que antes llamaríamos comerciales y hoy encuentran un nuevo nombre cada poco, al tiempo que incorporan nuevas funciones, de forma acumulativa.

Lo podemos comprobar a diario, cuando repasamos las ofertas de empleo en las que se exigen conocimientos y cualificaciones múltiples sobre informática, comunicación, sistemas operativos, matemáticas, además de experiencia previa y posibilidad de desenvolverse en varios idiomas.

Hay algo que está cambiando para bien, si somos capaces de participar y gobernar el futuro, o para mal, si dejamos que sean los fundamentalistas del mercado, los beneficios, la desregulación, los que se hagan con las riendas de los cambios que se están produciendo.

La revolución tecnológica, por ejemplo, demanda más capacidad de cooperación que de competencia y rivalidad. Nadie sabe de todo, ni controla todas las claves de los complejos procesos de innovación. Las transformaciones son, cada día más, el producto de una intensa cooperación entre personas expertas en las más variadas disciplinas, trabajando en equipo, en entornos abiertos y sin rígidas jerarquías. Eso es positivo.

Lo negativo es que muchas de estas personas se ven obligadas a prestar sus servicios en condiciones lamentables, como becarios, aprendices, precarios y mal pagados. Basta repasar esas cientos y miles de ofertas de trabajos forzados, sin sueldo, sin derechos y con la única esperanza de ir rellenando un currículum siempre insuficiente, ya sea como chef, diseñador gráfico, asistente jurídico, o desarrolador.

Lo negativo es que nos estemos acostumbrando a ver como normal, e incluso como una necesidad de los tiempos modernos, que nuestra juventud se inserte en el trabajo y en la vida, en unas condiciones que, salvadas las distancias mecánicas y estéticas, no tienen mucho que envidiar a las del joven Chaplin, perdido en el engranaje de la producción industrial fordista.

Qué cooperación, sentido de equipo, identificación con un proyecto, se puede pedir a quien se obliga a trabajar en estas condiciones. Qué compromiso con la política y los políticos se puede reclamar de quien constata, día tras día, la más absoluta desidia y desatención de sus expectativas y necesidades, mientras los discursos se ven plagados de promesas y buenas intenciones que cualquiera sabe que no llegarán a buen puerto si quien las formula toca pelo del poder.

Este año hemos conmemorado el bicentenario del nacimiento de Carlos Marx, aquel personaje que un día anunció que, los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. No le faltaba razón y sobraban las razones, para que el nuevo proletariado, sometido a la explotación de su fuerza de trabajo y a vivir hacinado en barriadas inmundas, e infectas, en la periferia de las grandes ciudades, se rebelara y se organizara en sindicatos y partidos obreros para tomar el poder y cambiar la lógica capitalista.

Tampoco faltan hoy las razones para que, ante una revolución tecnológica imparable y acelerada, nos organicemos para que esos cambios tengan rostro humano y la mayor riqueza tenga un mejor reparto, en lugar de generar más desigualdad. En esto, el mundo globalizado y robotizado, reclama las mismas respuestas, ideales y banderas de libertad, igualdad y solidaridad, que hace casi doscientos treinta años enarbolaron los revolucionarios franceses.

El año 2019 viene cargado de citas importantes con nuestro futuro y debería estar marcado por el compromiso político y social con un empleo decente y una vida digna para las personas.

Anuncios

Os engañan, hijo, siempre os engañan

diciembre 3, 2018

Casi cada día iba a ver a mi madre. Desde hacía más de cuarenta y cinco años vivía en un pequeño piso del barrio de Villaverde, uno de esos lugares que han quedado como anclados en el tiempo. Ha cambiado el perfil de sus habitantes, pero social y económicamente, quienes siguen viviendo allí, quienes vivimos hace años, o aquellos que han ido llegando desde los más diversos rincones del mundo, llevamos grabada a fuego la marca de los Nadie.

Pero bueno, vamos a lo que vamos. En una de aquellas idas y venidas, en uno de aquellos paseos por el barrio, o en el pequeño salón de su casa (ya no lo recuerdo), comentando alguno de los jaleos en los que me he visto embarcado a lo largo de mi vida, a costa de los cargos que me ha tocado asumir en el sindicalismo madrileño y español, mi madre me espetó a bocajarro, sin alzar un ápice su tono de voz, Os engañan, hijo, siempre os engañan.

En aquellos tiempos no presté mucha atención, aunque la frase se me quedó dentro, como esperando mejor momento para retornar, tal vez cuando los signos de los tiempos lo hicieran posible. Cuando ahora contemplo, con más calma, los avatares de la política y de la vida nacional, no puedo dejar de recordar aquellas palabras que tenían algo de premonitorias y proféticas.

Claro que creo que han tenido sentido cada una de las batallas en las que me he visto involucrado. Desde las primeras huelgas democráticas del profesorado, hasta la defensa de los trabajadores de SINTEL. Desde las manifestaciones contra los atentados terroristas, ya fueran islamistas como el 11-M, o etarras como en la T-4 de Barajas, hasta la defensa de las trabajadoras y trabajadores del hospital Severo Ochoa de Leganés, de SOS-Cuétara, Pan Rico, o Coca-Cola en Lucha frente a las imposiciones injustas irracionales de la multinacional.

Claro que han servido de algo, aunque sólo sea para mantener la cabeza alta y la dignidad con pocos rasguños. Sin embargo compruebo, con cierto desaliento, la persistencia obstinada de aquellos que convierten su amor al dinero y al poder en la base rudimentaria, pero vigorosa, de su existencia. Y, si para ello hay que cambiar las leyes, reinterpretarlas, soslayarlas, o directamente torcerlas, pues se hace.

Son estos personajes, los que deciden que la ley general se transforme en doctrina Botín, o en doctrina Casado, o que una sentencia se cambie si no gusta a quien tiene que gustar. Son quienes hacen que cada día consideremos con más fundamento y justificación que existen dos clases de justicia y la nuestra no es justicia.

Cuando conocimos la sentencia del Supremo sobre los gastos e impuestos de las hipotecas, pudimos creer, durante unas horas, que la justicia había decidido inclinar la balanza hacia la ciudadanía, el común de los mortales. Pero era fácil intuir que cuando la bolsa cae, las cosas no van a ser tan sencilla. Los banqueros no podían tolerar los efectos de la sentencia sobre sus beneficios. Aspiraban, al menos, a que el Supremo dictaminara que la sentencia no fuera retroactiva. Ya puestos a prestar servicios a la comunidad, a su comunidad, el Supremo ha tomado la perturbadora decisión de que pague el cliente.

Ha tenido que ser el Gobierno el que, vía decreto, haya revisado de hecho la sentencia, obligando a la banca a pagar los impuestos hipotecarios, eso sí, sin retroactividad.  Nadie asegura, sin embargo, que esos mismos gastos no terminen siendo repercutidos sobre el cliente, de una o de otra manera.

La respuesta del Presidente del Gobierno ante la pregunta, ¿Qué ocurrirá si los bancos encarecen las hipotecas a cambio de tener que asumir el impuesto?, es reveladora y elocuente. Cree el Presidente que no lo harán, que espera que no. Que cree que el mercado hipotecario es bastante competitivo, porque estamos dentro de la Unión Europea. Para terminar apelando a la responsabilidad del sector financiero.

Yo que el Presidente no confiaría en la competitividad de un sistema bancario acostumbrado a disfrutar de protección, por mucho que formemos parte de la Unión Europea. En cuanto a esperar que un gato no cace ratones tampoco parece muy recomendable. Y suena ingenuo y hasta imprudente, apelar a la responsabilidad de quienes alimentaron con sus prácticas una burbuja financiera que ha arrastrado a la economía española a una crisis que dura ya diez años. Porque de la recesión hemos salido, pero la crisis se ha quedado a vivir entre nosotros.

Así pues, al cabo de los años, no le faltaba razón a mi madre, cuando pensaba que hasta cuando creemos que hemos ganado, no debemos descuidarnos, porque nos engañan, siempre nos engañan. Nuestros mayores lo han vivido todo y saben mucho de estas cosas.


Del Instituto Escuela a Isabel la Católica

noviembre 18, 2018

Vivimos en un país en el que sigue imperando el sentido trágico de la vida. Campa a sus anchas el instinto sangriento de la fiesta, mientras escasea el tacto y buen gusto para el espectáculo. Tal vez en cosas así, resida nuestra facilidad innata para pasar las páginas de nuestra historia, sin haberlas leído y aún a costa de repetirla.

Cualquier país celebraría con orgullo, algunos acontecimientos como el centenario de la fundación del Instituto-Escuela. La memoria de un tiempo en el que un puñado de iluminados intentó la modernización de España, haciendo frente a los males seculares que la atenazaban. Unos males que se resumían en unas cuantas cuestiones: la cuestión religiosa, la imperial, la social, la militar, sin olvidar, otras como la cuestión agraria.

Aquellos visionarios se aglutinaron en torno a la figura de Francisco Giner de los Ríos, un catedrático expulsado de la universidad, por solidarizarse con otros catedráticos como Nicolás Salmerón, depurados por un ministro de educación, cuyo nombre no merece emborronar estas páginas, en pié de guerra isabelina contra la libertad de cátedra.

De nada sirvió el subsiguiente Sexenio Democrático, o Revolucionario, (al gusto del lector lo dejo) con su Revolución Gloriosa del 68 y su Primera República de bandera rojigualda. Al final volvieron nuevas generaciones de Borbones, idénticos gobiernos conservadores y el mismo ministro de educación, con sus mismas obsesiones contra la libertad de cátedra y sus mismas depuraciones universitarias de los mismos catedráticos. Venga pasar páginas, para volver siempre al principio.

Creían aquellos soñadores de utopías que la educación podría abrir las puertas de las grandes transformaciones, crear un proceso imparable que nos condujera hacia Europa. Se lanzaron  a una actividad frenética. Fundaron la Institución Libre de Enseñanza y, en torno a ella, crearon el Museo Pedagógico Nacional, dirigido por Bartolomé Cossío y Lorenzo Luzuriaga; la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, al frente de la cual situaron a Santiago Ramón y Cajal; la Residencia de Estudiantes con Alberto Jiménez Faud; la Residencia de Señoritas dirigida por María de Maeztu; el Centro de Estudios Históricos, al frente del cual colocan a Menéndez Pidal y a Américo Castro, o el Instituto Nacional de Ciencias Físico Naturales, en torno al cual se aglutinaban el Museo de Ciencias Naturales, el Jardín Botánico, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas y, en algún momento hasta las estaciones marinas de Santander, o Baleares.

Murió Giner y el impulso creador siguió adelante, con las Misiones Pedagógicas, las Colonias Escolares. En 1918, bajo la presidencia de Santiago Ramón y Cajal, la Junta de Ampliación de Estudios, en su empeño de modernizar la enseñanza secundaria, crea el Instituto Escuela, que tendrá dos secciones. Una en pabellones de la Residencia de Estudiantes, donde luego estará el Instituto Ramiro de Maeztu y otra junto a las tapias del Retiro, en lo que, durante el franquismo, será renombrado como Instituto Femenino Isabel la Católica.

Para empezar, encargaron el proyecto del edificio a un arquitecto experimentado en construcciones escolares, el sevillano Francisco Javier Luque y López, de cuya mano salieron también los planos de la Catedral de María Inmaculada de Vitoria, donde vivió unos años, del Colegio de Jesús y María, el Instituto Geológico y Minero, la Residencia de Estudiantes, la culminación de la fachada de la Catedral de Sevilla, o la culminación del edificio del propio Ministerio de Educación, cuyo primer desarrollo planificó Velázquez Bosco.

En 1928 se inauguraba el edificio del Retiro. Hagamos el ejercicio de imaginar lo que significaba para los institucionistas modernizar la enseñanza española, comenzando por promover una educación participativa que fomentaba la iniciativa, la experimentación y la cooperación. Imaginarlos paseando por el Retiro, sentados junto al Palacio de Cristal, admirando el Observatorio Astronómico, leyendo libros en su bien nutrida biblioteca, manejando tubos de ensayo en el laboratorio, saliendo de excursión al campo, haciendo deporte, o representando obras teatrales.

De allí salieron los maestros y maestras que se dispersaron por España haciendo esas mismas cosas, que viajaron al extranjero para aprender qué se cocía por otros mundos. En sus aulas se forjaron quienes luego investigarían,  proyectarían edificios, colegios, universidades; representarían obras teatrales en La Barraca de García Lorca, escribirían poesía, novelas. Preocupados por vivir, ser buenos, los mejores, en lo suyo, servir a su pueblo, ser libres y no por enriquecerse. Pocas veces ha visto este país un esfuerzo tan impresionante como el desplegado por este puñado de mujeres y hombres, que amaban a su tierra y a sus gentes, como pocas personas lo han hecho.

Desde allí partieron a una guerra que, cualquiera que fuera su bando, sabían perdida. Y lo pagaron, todas, todos, con un exilio exterior que recuerda María Teresa León, Nosotros hemos ido perdiendo siempre nuestras eternidades, dejándolas atrás a lo largo de nuestra vida. Un destino no menos trágico que el de quienes, en el exilio interior, conservaron la eternidad de los cementerios y las fosas comunes.

La Residencia de Estudiantes, el Instituto Isabel La Católica, siguen ahí. Conservan una parte importante de lo que un día fueron. Una exposición, un documental y un puñado de necesarios actos, que se han organizado con motivo del Centenario del Instituto-Escuela, deberían ser parte de un reconocimiento mucho más amplio de toda la sociedad, a quienes un día nos quisieron libres, iguales, decentes y pensaron que en la cultura y la educación teníamos una oportunidad para reconstruir nuestros comienzos.


17 Octubre, menos pobres, menos iguales

octubre 18, 2018

Nicolás Sartorius, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas, me remitió una invitación para asistir, en el Consejo Económico y Social, a la presentación del Informe sobre Desigualdad en España, en su tercera edición, que cuenta en esta ocasión con la colaboración de las Fundaciones Largo Caballero y 1º de Mayo.

Más allá de los datos que  aparecen en el Informe, accesible en la página web de la Fundación. Más allá de sus análisis sobre la estructura de rentas en nuestro país, las diferencias territoriales, de empleo, edad, sexo, o nivel formativo. Por encima de las consideraciones sobre el papel de los sistemas de protección social y su debilitamiento  durante la crisis, quisiera detenerme en unas cuantas conclusiones, muchas de las cuales han sido destacadas a lo largo de la presentación.

La pobreza es casi siempre relativa. En la mayor parte del mundo  una familia con 800 euros al mes no puede ser considerada, ni mucho menos, pobre. En España, con esos mismos ingresos, una familia puede ser pobre y vulnerable. En Francia, esa familia podría ser incluida en la categoría de pobreza severa. Por lo tanto, ser pobre no sólo tiene que ver con la cantidad de ingresos absolutos, sino con lo que puedes hacer con tus rentas. Siempre somos pobres, como dice un amigo, comparado con qué.

Es cierto que el nivel de rentas en un entorno puede ser uno de los primeros indicadores, pero eso sólo mide nuestra capacidad de comprar bienes o servicios. Es cierto que en un mundo-consumo este factor es determinante. Pero quedarnos ahí sería anodino y superficial. Por eso se utilizan hoy otras formas de medir la pobreza, como el Coeficiente de Gini, que valora cualquier forma de distribución desigual.

El Indicador AROPE (At-Risk-Of Poverty and/or social Exclusion), ha sido desarrollado y es cada vez más utilizado en la Unión Europea. Toma en consideración el factor de las rentas, pero sin olvidar la vivienda, las vacaciones, alimentación,  movilidad, empleo, entre otros. Por su parte, las Naciones Unidas cuentan con el Indice de Desarrollo Humano y el Indice de Pobreza Humana, más centrado en las carencias y privaciones que sufren las personas en cada país.

La crisis que hemos atravesado ha convertido las desigualdades en un fenómeno estructural. La recuperación no permite que las desigualdades se reduzcan. Ese ha sido uno de los efectos que ha producido la crisis financiera que se desencadenó con Lehman Brothers, que resultó no sólo financiera, sino que terminó por pudrir la economía mundial, doblegar la política y emponzoñar las relaciones sociales.

La crisis ha descalabrado y descabalado la democracia. Los rescates han debilitado a la política en su capacidad de redistribuir la riqueza y repartir las cargas. El ultraliberalismo del menos Estado, del más dejar hacer a quienes pueden hacer y el más dejar pasar el deterioro de la vida de la mayoría de la población, ha debilitado lo público, lo de todos, cuanto garantiza la cohesión social. Convendría rastrear por ahí el surgimiento de populismos y movimientos de ultraderecha.

La reforma laboral ha supuesto un mazazo a la capacidad de los trabajadores y las trabajadoras organizados en sindicatos de conseguir la redistribución de la riqueza allí donde se produce, en el seno de las empresas. El poder adquisitivo del salario se ha reducido y las diferencias salariales se han agudizado entre hombres y mujeres, temporales y fijos, jóvenes y mayores. El fenómeno de trabajar y ser pobre se extiende. La precariedad se ha convertido en ley de vida.

Hay quienes, desde los propios poderes económicos internacionales, avisan de que un aumento de las desigualdades terminará perjudicando las propias posibilidades de la economía, que es tanto como decir que los ricos serán devorados por su propia avaricia. Es el mismísimo Fondo Monetario Internacional quien avisa de que el aumento de la brecha social en un país provoca un freno para el crecimiento económico.

Perdidos como andamos en los escándalos de nuestros políticos, personales y colectivos, no queda tiempo para tomar en consideración que la libertad y la igualdad son las dos caras de la misma moneda. No existe la una sin la otra. Es imposible. Se llenan los políticos la boca de una España de personas libres e iguales. Pero son pocos los que trabajan de verdad a favor de la igualdad de oportunidades y muchos los que en nombre de la libertad condenan a demasiada gente al trabajo indecente y la vida en miseria.

Y precisamente ahora que nos encontramos en el entorno del 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza y cuando el 7 de octubre pasado hemos renovado nuestro compromiso con el Trabajo Decente, sería bueno que cualquiera que gobierne, o quiera gobernar este país, firme un contrato con la ciudadanía para que la libertad y la igualdad se conviertan en principios rectores de su actividad de gobierno. Un contrato para que la pobreza y la brutal desigualdad desaparezcan de España.

Es una bonita bandera y una causa patriótica que merece todo ese esfuerzo que se dilapida en ejercicios inútiles y estériles de banderías nacionales y nacionalistas, que sólo generan odio, confrontación y el triunfo de las bajas pasiones.  Porque no es de recibo que una de cada cinco personas en España sea pobre, mientras que, en plena crisis, el número de ricos aumenta. No es admisible que, tras la crisis, salir de la pobreza sea más difícil y la brecha de la desigualdad sea más insalvable.


La poesía de la ciudad

septiembre 30, 2018

Me envía Eduardo Mangada la foto de un grafiti en el que alguien ha escrito, Sin poesía no hay ciudad. Viene acompañada de una reflexión que atribuye a José Ángel Valente, Una mano anónima se apodera de la poesía y la imprime sobre una pared de cualquier calle.

A continuación me traslada la reflexión que, a modo de respuesta, le envía otro arquitecto, el catalán Oriol Bohigas, tremendamente crítica con la forma de entender y construir ciudad que se ha ido abriendo camino en nuestros días, ¡Tan cierto como la propia ciudad! El problema es que los nuevos crecimientos de muchas ciudades contemporáneas están faltos de poesía, de orden, de calidad urbana. En fin, ¡de todo!

Es buen conversador mi amigo Eduardo. Ante la queja provocadora de Bohigas, se lanza a la propuesta modesta, sencilla, pero contundente, para cambiar esta turbia realidad, Si los miramos, los oímos, los dibujamos con precisión, si llegamos a entenderlos, quizás encontremos poesía en algún rincón, que nos ayudará a rescatarlos de la fealdad. Esto es urbanismo. El Plan es la versión burocrática, poco o nada poética.

Le pido autorización para publicar estas reflexiones, porque al instante me han hecho volver a un tiempo pasado, en el que las personas y las organizaciones a las que se asociaban, vecinales, sindicales, ecologistas, intentaban decidir la ciudad en la que querían vivir. Eran tiempos de retorno de la democracia y los debates sobre urbanismo eran frecuentes, encabezados por personajes como Oriol Bohigas en Barcelona, Eduardo Mangada en Madrid, o Jesús Gago, al sur de la capital. Lo mismo ocurría en cada rincón de España.

Las asociaciones vecinales participaban en la utilización dotacional del suelo, o en los nuevos desarrollos urbanos. Los sindicatos intervenían en la redefinición de zonas industriales, espacios productivos, comerciales, de oficinas y en las propias necesidades de hospitales, vivienda social, o con algún tipo de protección, centros educativos, sociales, culturales. Las organizaciones ecologistas intervenían en el establecimiento de criterios y límites para el crecimiento urbanístico y la preservación de espacios naturales.

Hasta Alberto Ruiz-Gallardón se sintió en la obligación de propiciar un debate sobre un Plan Regional de Estrategia Territorial que nunca llegó a buen puerto, tal vez porque coincidió con la aprobación de la Ley del Suelo del pujante aznarismo rampante, que marcó el inicio del camino de desarrollos urbanísticos en los que debía primar el pelotazo, el beneficio brutal y rápido de unos pocos y la escasa o nula participación ciudadana, más allá de los obligatorios periodos descafeinados de alegaciones, generalizadamente desatendidas.

Una de las características del modelo económico y social que se va imponiendo en todo el planeta, si damos crédito a las reflexiones de pensadores como Noam Chomsky, radica en ir introduciendo pocos y leves cambios de forma constante, hasta que, poco a poco, se produce un vuelco completo. La aceleración de los flujos de información disponible conduce, por añadidura, a la desmemoria y hace que, un buen día, la reflexión de unos amigos, te haga caer en la cuenta de cómo han cambiado las cosas, en diez o veinte años.

La capacidad de maniobra de la ciudadanía organizada es poca y se reduce aún más cuando el individualismo imperante nos aísla y aleja de la comunicación, la amistad y la compasión. Nuestra posibilidad de decidir se reduce al formulario de queja camino de la papelera, al costoso trámite de las demandas judiciales, o al voto para decidir si preferimos que se tape un bache, se pinte un muro, o se poden unos setos.

Mientras tanto, las grandes decisiones sobre los nuevos desarrollos urbanísticos, los nuevos centros de negocios y grandes operaciones, como la de Chamartín, se toman en despachos de consorcios financieros, inmobiliarios y de nuestras Administraciones. Luego se publicitan a bombo y platillo, utilizando viejos y nuevos medios de comunicación y redes sociales. Si es necesario se contrata unos cuantos influencer que hablen bien del asunto.

Dice mi amigo Mangada, sabedor de mis incursiones poéticas y narrativas en la Tierra de los Nadie que si escribo algo sobre la ciudad y la poesía no olvide que fueron ellos, los Nadie, la simiente más fecunda, oculta y profunda de la que ha nacido este Madrid que vivimos. Ellos conquistaron el derecho a la ciudad, que siempre han querido negárselo, arrebatárselo, los que son algo. Quienes por ser ricos y poderosos se han creído, se creen, dueños de la ciudad. (…) Y en estos tiempos, perdida la memoria, la “izquierda” autoriza cada día un nuevo hotel multiestrellas, embellece el centro (Plaza España, Gran Vía y promueve Chamartín…) olvidando Villaverde…

Pese a todo lo dicho, junto a estos viejos amigos urbanistas, apuntan nuevas generaciones de arquitectos y arquitectas, dispuestos a seguir su camino y repensar la ciudad, escuchando las necesidades de las personas y sus organizaciones. Para que puedan hacerlo, tendremos que hacer el esfuerzo de abrir puertas y ventanas, para que la brisa limpia arrastre el aire contaminado de intereses económicos y políticos, que impide un urbanismo de rostro humano. Una ciudad donde tenga lugar la poesía.


Influencer, beauty and fashion

septiembre 6, 2018

Las universidades deben de permanecer atentas a la evolución de las personas, la economía, la sociedad. Son espacios para la reflexión, el encuentro, el debate, la investigación, la formación de opinión, la crítica, la propuesta para el cambio y la mejora de las condiciones de vida.

Su gran valor, especialmente en el caso de las universidades públicas, es que se les supone una independencia con respecto a las fuentes de financiación, esencialmente públicas, que sostienen su actividad. La vinculación de las universidades con la sociedad es un reto que siempre se ha planteado. Los países avanzados saben promover esta relación y sacar buen partido de ella en todos los órdenes.

Una de las consecuencias es que las universidades se implican a veces en proyectos de investigación financiados por entidades privadas, que deberían servir para que la investigación y la experiencia universitaria tengan traslado a la actividad económica y al desarrollo de la sociedad.

La falta de financiación pública, fruto de las desastrosas políticas que han impulsado recortes en la inversión pública, con la disculpa de combatir la crisis económica han hecho que nuestras universidades se hayan volcado en captar recursos por todos los medios. Unos más acertados y otros menos.

Encuentro en los medios de comunicación la noticia de que la Universidad Autónoma de Madrid ha puesto en marcha un curso universitario denominado Intelligence Influencers: Fashion and Beauty. Parece ser que es el fruto de la colaboración de la Escuela de Inteligencia Económica de la Universidad Autónoma de Madrid y la Ibiza Fashion Week.

Un profesor universitario y un CEO (Chief Executive Order) ejercerán la dirección, mientras que han reservado la Dirección de Honor para Ágatha Ruiz de la Prada. Las Facultades de Psicología y Ciencias Económicas y Empresariales, colaboran en el proyecto.

El curso se centra en el mundo de la moda y en la optimización de las redes sociales, creación de marcas personales, comunicación, difusión de contenidos, representación, reputación online, monetarización de marcas. Todo ello aderezado con talleres de creatividad, estilismo, fotografía, vídeo, redacción, edición. Y anuncia la impartición de Máster Class impartidos por conocidos personajes en ese mundillo.

Las reacciones no se han hecho esperar. Leo la de Carlos Taibo, profesor de la Autónoma, dice Veo que “mi” universidad se supera a sí misma y programa un curso de formación de “influencers”. ¿Qué se les ocurre que se podría contraprogramar? Y no me respondan que la alternativa sería un curso de deformación de “useless” de inútiles. De esos los hay ya a cientos.

La opinión ha dado lugar a un hilo de decenas de contestaciones entre las que destacan que se organicen cursos De contemplación; Desaprendiendo fuera de las pantallas y las universidades; Curso sobre aburrimiento, Enfrentarse al tiempo libre sin miedo; Vuelva a su vida de antes, la credibilidad está sobrevalorada: Pautas para ser desinfluencer; Curso sobre David Thoreau; Repaso histórico del chamanismo… Sin que falte quien advierta, Seguro que Pablo Casado se matricula, tiene casi todo el máster convalidado.

Tampoco parece que la iniciativa haya sentado bien entre algunos “influencer”, Un engaño, me hubiera encantado que hicieran un curso para que los responsables de las marcas entendieran un poco más sobre redes las redes sociales, “influencers” y publicidad en rrss (…) Creo que han visto que está de moda y que podrían sacar dinero porque es el “sueño” de muchos jóvenes, opina Laura Escanes.

En un mundo en el que la mayoría de nuestros jóvenes quiere ser youtuber, o probador de videojuegos, pudiera parecer que formar a quienes gozan de cierto prestigio, o credibilidad, en algún tema concreto y con gran presencia en las redes sociales, para convertirse en altavoz de tendencias, ideas y propuestas que permitan mejorar las cosas, fomentar la solidaridad y solucionar problemas, sería una buena idea. También en una actividad económica como la moda.

La cuestión es que esto parece que va de otra cosa, de belleza, gente guapa y famoseo. No parece que se trate de aprovechar una oportunidad, sino de fomentar el oportunismo, la monetarización, convertir cada actividad humana en negocio, poner los perfiles públicos en las redes sociales al servicio de la publicidad y promoción de las marcas. Confundir, en definitiva, ser influyente con ser famoso y tener muchos seguidores en las redes.

A fin de cuentas ser influencer no supone ser influential, como no es lo mismo ser un altavoz, que ser un agente de cambio. Para ser influyente no se necesita, en la mayoría de las ocasiones, ser un personaje público. Se me ocurre que esa reflexión merecería la pena y hasta uno o varios cursos en las universidades españolas.

Cada universidad, si así lo aprueban sus órganos de gobierno, puede autorizar la impartición de los cursos y especialidades que consideren oportunas, pero, desde la influencia que cada ciudadano o ciudadana podamos tener, también podemos considerar que Así no, así no.


PP, giro a la derecha

agosto 14, 2018

Se veía venir. La política, no sólo la española, se está decantando hacia el patrioterismo fácil. Se buscan líderes con imagen juvenil, con ideas aparentemente claras, aunque tremendamente simplonas, que calen en el imaginario sentimental de las masas.

Líderes que nos hagan identificarnos orgullosamente con unos cuantos mantras exitosos, no tanto por su racionalidad, sino por ser incansablemente repetidos y porque parecen encarnar la solución a todos nuestros problemas. Desde la aparente coherencia, se trata de delimitar claramente nuestro espacio, confrontado con el de los otros.

Hay que ser atrevidos, osados. Hay que ofrecer un proyecto que rechace el enquistamiento, la solemnidad y el poder que se le supone a los aparatos. Ofrecer una cierta imagen antisistema, unas veces por la izquierda y en otros casos por la derecha. Aunque ese carácter antisistema consista en recuperar lo tradicional y hasta lo rancio. Quien aparece vinculado más directamente a la estructura de poder en el partido lleva todas las de perder.

El triunfo de Trump en Estados Unidos ha sido uno de los más claros episodios de esta nueva forma de entender la política, pero no ha sido el único, en la política internacional, ni en la nacional. Digamos que las formas de entender la política han cambiado y comenzamos a notar los efectos.

El último ejemplo, el de las primarias aderezadas en el PP para elegir al nuevo Presidente del partido, tras la dimisión de Rajoy. Con el triunfo de Pablo Casado, todos los líderes con posibilidades de gobernar España son chicos, aunque eso sí, han rejuvenecido notablemente el panel político español.

Casado representa, a la perfección, todos los vicios privados y las públicas virtudes de la nueva política. Es joven, ciertamente, pero muy viejo ya en el aparato del PP, donde ha rellenado todo su currículum público y privado. Ha hecho carrera con Aguirre, Aznar y Rajoy. No se le conoce contrato de trabajo en la empresa privada, ni en el sector público. Toda su carreta tiene que ver con el aparato del partido. Si algo hizo en el sector privado es, como mucho, representar a su padrino Aznar en sus labores de comisionista de Abengoa ante el régimen libio del dictador Gadafi.

Ha comenzado su andadura, tras ganar el Congreso, desgranado unas cuantas ideas que no no sé si darán votos, pero que levantan pasiones en el interno del partido. Una de ellas, la defensa de la unidad nacional, conectando, para ello, con la España de los balcones y las banderas.

La idea es simple, pero eficaz, aunque prefiero la España de la ropa tendida, aireada, bien lavada, que la de la corrupción envuelta en banderías, sean pujolistas, o de los nacionales. Pero no, mejor ilegalizar a los partidos independentistas y punto. Simplista, probablemente inconstitucional, pero no importa, si levanta aplausos.

Otra de sus grandes ideas consiste en defender la vida sin complejos. Combatir la ley del aborto, e impedir la ley de la eutanasia. Es decir, la defensa de la vida de los no nacidos y de los que se enfrentan al momento de la muerte afligidos por una enfermedad irreparable. Lo que queda en mitad de estos dos momentos, lo que constituye el núcleo duro de la vida en sí, ya importa menos y hay pocas, casi nulas, referencias a la igualdad educativa, al trabajo decente, a la sanidad universal y pública, a servicios sociales dinámicos y eficaces, a las pensiones de nuestros mayores, o la atención a la dependencia.

Uno de los valores más aireados por la derecha conservadora es el de la libertad. Pero, de nuevo, ésta parece consistir en la libre elección de colegio privado y pagado con fondos públicos, para sus hijos. De nuevo, el olvido de quienes carecen de los recursos necesarios para elegir, o de quienes, siendo de derechas o izquierdas, eligen un centro público.

Porque son los centros públicos los que han padecido el brutal recorte de medios humanos y materiales durante la crisis, aún siendo los garantes de la igualdad de oportunidades. En las pasadas pruebas de EVAU, para acceder a la universidad, estos centros públicos han barrido, obteniendo los mejores resultados.

Si a esta limitada, pacata y restringida defensa de la vida y de la libertad, le añadimos la firme crítica a la “ideología de género”, en un intento de desprestigiar el feminismo, podemos hacernos una idea de la dimensión del retroceso del centrismo en el PP y su decantación hacia el tradicionalismo más conservador, más propio de los años cincuenta del siglo pasado que de una derecha que mire hacia un futuro que permita construir sociedades para mujeres y hombres libres e iguales.

Escuché a Casado las mismas ideas hace ya diez años, cuando intervenía como responsable madrileño de las Nuevas Generaciones en un Congreso Regional del PP. Zapatero les había arrebatado el poder hacía cuatro años y sus cantos guerreros de juventud sonaban aún más impetuosos. Era los años en los que cursaba el grado de Administración y Dirección de Empresas y el mismo máster de Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos.

Aunque con mayor acumulación de títulos, parece que ha evolucionado poco en sus ideas desde entonces. Espero que sus declaraciones de hoy tengan tan sólo un componente de escenificación de cara a la galería interna, porque es bien sabido que todo lo que no evoluciona degenera y la degeneración en política puede tener efectos desastrosos sobre los países que se ven sometidos a ella. Pronto lo podremos comprobar.