Reglamento de lecturas infantiles

abril 2, 2018

Acudes a una Biblioteca Pública (para el caso es igual que la titularidad de la misma corresponda a una Comunidad Autónoma, o a un Ayuntamiento). En la familia tenéis un carnet de adulto y otro carnet infantil para tu hija, que cuenta con el preceptivo permiso paterno para ser emitido. Incluso te han pedido que autorices los criterios y límites con los que la menor de edad puede acceder a los servicios internet en la biblioteca. Hasta aquí todo perfecto.

Si tu hija quiere leer a Federico García Lorca y visita, sola, o contigo, la Sala Infantil, encontrará a varios Federicos “para Niños” y algún ejemplar de otros libros del autor que hay que leer en las escuelas, o institutos. El Romancero Gitano, por ejemplo. Suelen ser los bibliotecarios y bibliotecarias, los que indagan con diligencia y por iniciativa propia, estos extremos sobre las lecturas obligadas, en los centros educativos de su entorno.

Sobre la mesa de exposiciones de la Sala encontrarás una selección de posibles lecturas infantiles, entre las que encontrarás títulos como El bosque de los enamorados, Intenta enamorarte, El amor según Venus, El piano embrujado, El bosque de tus ojos, Enamorada de un friki (cito títulos inventados sobre variaciones de otros reales, no menos atractivos, desde el punto de vista de su interés pedagógico, educativo, psicológico, o sociológico).

Ahora bien, el problema surge si quieres que tu hija lea ese mismo Romancero Gitano, pongamos por caso, en esa hermosa y reciente edición de 2017 a cargo de Mil Coeditores y Blur Ediciones, en la que  ilustradores, fotógrafos, diseñadores, artistas, han puesto su granito de arena para ilustrar poemas cargados de vida y alegría, al tiempo que de atormentado amor y dramatismo. Esa edición que se encuentra, por un aquel, en la Sala de Adultos, pero no en la Infantil, o Juvenil.

Si quieres que tu hija lo lea, el bibliotecario o bibliotecaria de turno, que cuenta, por cierto con una excelente preparación y una vocación incuestionables, te entenderá perfectamente, pero se verá obligado a aplicaros el reglamento de las bibliotecas públicas que explicita, claramente, que los carnets infantiles o juveniles, sólo pueden acceder, sobre todo a efectos de préstamo, a libros ubicados en la sala correspondiente a dicha categoría. No es una ley, ni un decreto, ni una ordenanza. Es un reglamento. Y, como bien dijo Romanones, haz tú la ley y déjame a mí el reglamento.

Puedes desgañitarte explicando que eres la madre (o el padre) de la niña y razonando que la Declaración Universal de los Derechos Humanos deja bien claro que los padres tienen derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos, o que la Declaración de los Derechos del Niño insiste en que la responsabilidad de la Educación incumbe, en primer término, a los padres. Y hasta que nuestra Constitución viene a remachar en el mismo clavo, insistiendo en que los poderes públicos tienen que garantizar este derecho. Frente a un reglamento, no hay derecho que valga.

Al final el bibliotecario o bibliotecaria, entenderá perfectamente que tienes razón y si te pones muy pesada (o pesado), hasta te ofrecerá alguna solución a su alcance, tal como que te lleves en préstamo ese Romancero Gitano “de diseño”, con tu carnet de adulto. O bien, hará una excepción y os prestará el  libro con el carnet infantil, tras tomar nota del DNI de la madre como autorizante de la vulneración formal del reglamento.

Amablemente te informarán del lugar donde puedes consultar el reglamento y hasta de los responsables a los que te puedes dirigir para trasladar tus sugerencias y quejas. La respuesta habitual será que te entienden, te agradecen tu interés, pero no es responsabilidad suya. Tal vez te sugieran dirigirte a otros servicios, o responsables de servicio.

Una situación como la descrita no tiene que ver con la voluntad del bibliotecario, o bibliotecaria, ni con la tuya propia y se produce cada día, gobierne quien gobierne en la Comunidad Autónoma y en el Ayuntamiento, al margen del color de los partidos de gobierno y oposición, e independientemente de las leyes que regulan la actividad biblioteconómica y hasta los derechos de las madres y padres sobre la educación de sus hijas e hijos.

Al final, en las bibliotecas (como ocurre en tantos derechos sociales), lo que tú piensas, o lo que piensa la bibliotecaria, importa poco. Termina siendo un reglamento, elaborado, copiado, fusilado, transcrito, o plagiado de otros reglamentos, en algún oscuro despacho, el que decide cosas como lo que leerá y qué no podrá leer, tu hija (o tu hijo) en una biblioteca.

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La parcialidad del machismo y los derechos recortados

abril 2, 2018

Leí una noticia de la BBC, acompañada de un vídeo, convertido en viral durante estos días de Huelga Feminista, en los que la igualdad se ha situado en el centro del debate público y político en nuestro país.  El artículo hablaba de un acertijo cuyo contenido aproximado es el siguiente:

Un padre y un hijo van en su coche y sufren un accidente. A consecuencia del mismo, el padre muere y el hijo es trasladado urgentemente a un centro hospitalario, en estado muy grave. Necesita una operación muy complicada y llaman a una eminencia médica, que acepta desplazarse cuanto antes al hospital. Pero, cuando entra en el quirófano, dice: No puedo operarlo, es mi hijo. ¿Cuál es la explicación de esta situación?

Las respuestas al acertijo son de lo más ocurrentes. Da igual que vengan de trabajadores manuales, estudiantes universitarios, mujeres, hombres, jóvenes, o personas de edad, machistas, feministas, inmigrantes, o no, de derechas, o de izquierdas. Pocas personas terminan acertando que la tal “eminencia médica” sea la madre del joven y, la mayoría, opta por explicaciones rocambolescas mucho menos lógicas y plausibles.

Al parecer, esta incapacidad, bastante extendida, para resolver el acertijo, se encuentra en algo que los científicos llaman “parcialidad implícita”, o inconsciente. Es decir, desde la más tierna infancia, se establecen conexiones entre nuestra neuronas que se automatizan y son, luego, difíciles de cambiar.

Esa automatización hace que no tengamos que andar pensando cada operación cotidiana que realizamos en nuestra vida. Pero también ocurre que otros aprendizajes sean también automatizados. Lo que percibimos, sentimos, vemos en la tele, escuchamos, o experimentamos desde muy pequeñas y pequeños, es muy difícil de replantear de forma distinta a como lo aprendimos.

Las tareas importantes de liderazgo, las ocupaciones más reconocidas socialmente, son asumidas por hombres. Los cometidos de cuidado, atención a la familia, servicios sociales, educación, sanidad, son adjudicadas a las  mujeres. Pero incluso en una profesión tan feminizada como la sanidad y pese a formularse la adivinanza en femenino, la “eminencia médica” es automáticamente asociada con un hombre.

La huelga feminista, en sus cuatro modalidades (laboral, de cuidados, estudiantil y de consumo) ha resultado un éxito español que ha adquirido dimensiones planetarias y ha llenado las calles con impresionantes manifestaciones, pese a sus dificultades iniciales, lo novedoso e inexplorado de la convocatoria, la multiplicidad de los convocantes y hasta los mensajes dispersos sobre las características de la movilización (de mujeres, de mujeres y hombres, de dos horas por turno, de 24 horas).

Pero a los pocos días, precisamente cuando hay que prestar especial atención a que las reivindicaciones sean escuchadas y atendidas, cuando habría que iniciar la negociación de las soluciones, la Huelga Feminista  ha sido sustituida en los noticiarios, en las tertulias, en los programas de debate, o entretenimiento, por noticias inesperadas y sobrecogedoras, como el drama terrible de Gabriel, el Pescaíto, aprovechado además por la derecha para desviar la atención hacia un terreno mediáticamente favorable a la “prisión permanente revisable” (esto de revisable ha pasado, incluso a segundo plano), o por las justas y masivas movilizaciones de las personas mayores en defensa de las pensiones.

La insoportable levedad de lo cotidiano, por importante que sea, el carácter líquido de nuestras sociedades, no pueden ser automatizados, ni aceptados sin más. Aceptar la futilidad de cuanto ocurre, vivirlo intensamente mientras dura, para sustituirlo inmediatamente por una nueva noticia, una nueva preocupación, un renovado quehacer.

Las encuestas mensuales del CIS nos van dando cuenta de estas fluctuaciones en las preocupaciones de los españoles. Y, sin embargo, más allá de las modas, las tendencias y los cambios de momentos, no nos permiten afirmar que los problemas se vayan solucionando. Más bien podríamos decir que, tras vivirlos con vehemencia y apasionamiento, los abandonamos en un cajón de sastre (también un poco desastre), donde permanecen ocultos, o desde donde pueden volver a saltar a la palestra, deformados y amplificados.

La crisis nos ha dejado un buen puñado de estos problemas. La política de recortes y contrarreformas de todo tipo, hace que, ahora que el propio Presidente del Gobierno señala la senda de la recuperación, quien más y quien menos nos sentimos llamados a participar en la tierra de leche y miel que se nos anuncia cada día.

Mujeres, jóvenes, mayores, personas desempleadas, no nos resignamos a la parcialidad inconsciente, ni a la insoportable levedad que quieren que nos habite. Queremos libertad, derechos, un empleo digno, una vida decente. No pedimos mucho. Pero no estamos dispuestos a nada menos que eso. Prepárense que allá vamos.


Carta abierta a Francisco, cinco años en el Vaticano

abril 2, 2018

Francisco,

Permite que te tutee, como lo haría con aquel que un día te llamó para seguir su camino. Como me ocurre ya con demasiada frecuencia, no había pensado hacerte destinatario de esta carta. De nuevo, algo se cruzó en el camino, e hizo que cambiara los planes iniciales.

Estos días, las noticias daban cuenta de que hace cinco años fuiste elegido Papa. De forma casual, me encuentro un escrito que dirigiste a un grupo de sindicalistas reunidos en el Vaticano. Soy de los que aprendió de tu compatriota, Indio Juan, que no hay nada casual. Me parecieron signos de los tiempos que justificaban escribir esta carta. Además, la Semana Santa es momento propicio para reflexionar, sacar conclusiones y  enmendar errores.

Estos cinco años han sido muy duros para la inmensa mayoría de los habitantes de este planeta. Soy sindicalista y me he sentido interpelado por algunas de las peticiones, tal vez debería decir súplicas, que planteas en tu escrito.

Dices que los sindicalistas tenemos que ser expertos en solidaridad, que esa es nuestra vocación, para pedirnos, a continuación, que nos cuidemos de tres tentaciones. La primera, la del individualismo colectivista, es decir, de proteger sólo los intereses de sus representados, ignorando al resto de los pobres, marginados y excluidos del sistema.

Completamente de acuerdo, Francisco, un sindicato no es otra cosa que la clase trabajadora, cuando se organiza. Pero defender a los trabajadores, pegados al terreno, no puede terminar convirtiéndonos en los gestores del “cómo va lo mío”, olvidando a los pobres, marginados, excluidos. Permitiendo que haya quienes se nos quedan al borde del camino, cada vez más lejos.

Aquellos a los que el uruguayo Galeano llamaba los Nadies; a los que aquel francés de la Martinica, Frantz Fanon, denominó los condenados de la tierra y para los que Pablo Freire construyó su pedagogía de los oprimidos. Los pobres de obispos como Casaldáliga, o Hélder Cámara.

Lorenzo Milani, al que rendiste homenaje y oración ante su tumba en la aldeita de montaña llamada Barbiana, donde construyó su escuela parroquial para aquellos campesinos pobres y al que despejas el camino hacia la beatificación, los llamaba los últimos. Siguiendo las ideas de aquel Lorenzo, fui maestro, sin titulación alguna, para las chavalas y los chavales de mi barrio, expertos en fracaso educativo y abandono escolar.

El dictador Francisco Franco aún vivía y aquello que hacíamos parecía una tarea subversiva. La Carta a una Maestra, escrita colectivamente por Lorenzo Milani con sus alumnos de Barbiana y su Carta a los jueces (cuando le procesaron por defender a los objetores de conciencia), creo que han terminado insuflando en mí la idea de escribir cartas como ésta, siempre respetuosas en el fondo, irreverentes a veces en las formas

De él aprendí que cuando una persona elige el magisterio, el sacerdocio, el sindicalismo, la política, cuidar la salud de la gente, está eligiendo algunas de las profesiones más digas. Que el corporativismo es enemigo de cada una de estas profesiones. Que defender, educar, representar, curar, cuidar las almas, no consiste en instalarse como clase dirigente y nuevamente privilegiada. Me parece magnífica y oportuna tu reflexión. Sindicato viene del griego diken (hacer justicia) y syn (juntos). Sindicalismo es justicia y solidaridad.

Tu segundo mensaje es no menos sugerente. Mi segundo pedido es que se cuiden del cáncer social de la corrupción. Haces referencia a esos sindicalistas que entran en connivencia con los empresarios y los políticos, abandonando a su suerte a las personas, sus empleos y sus condiciones de trabajo.

Un comportamiento no muy distinto de aquel que Naguib Mahfuz nos describe en su Epopeya de los Miserables, cuando habla de los líderes de sus barrios populares, siempre tentados y a menudo seducidos por el dinero y el poder. Tú lo habrás visto en algunos príncipes de tu iglesia, yo también en algunos príncipes de la clase obrera. Por eso me parece tan importante ese grito que terminas lanzando, El mundo y la creación entera aguardan con esperanza a ser liberados de la corrupción. Sean factores de solidaridad y esperanza para todos. ¡No se dejen corromper!

La tercera petición a los sindicalistas es que no se olviden de su papel de educar conciencias en la solidaridad, el respeto y el cuidado. La crisis del trabajo, la crisis del medio ambiente necesitan políticas públicas e instituciones que cultiven virtudes sociales como la solidaridad global, que se me hace otra manera de describir el internacionalismo proletario, la solidaridad internacional.

Esa solidaridad global que debe permitirnos escapar del individualismo feroz, del consumismo insaciable, de los mitos del progreso material indefinido y de la realidad de un mercado sin reglas justas. Por eso terminas realizando un llamamiento  a poner en marcha acciones concretas, con mirada de trabajadores, que abran los caminos que conduzcan a un desarrollo humano integral, sostenible y solidario.

Suscribo punto por punto cada una de tus peticiones. Tal vez, me da por pensar, la causa de esta coincidencia se encuentra en que, salvadas las distancias geográficas y temporales, tú y yo hemos compartido momentos de dictaduras, transiciones, ilusiones, esperanzas, decepciones, desesperación, amargura, derrotas y unos pocos triunfos que, tan acostumbrados como estábamos a perder, se nos hacían increíbles y hasta desconcertantes. Algún día, en privado, espero poder decirte literalmente cómo lo expresa por aquí, nuestra gente.

Tus palabras a los sindicalistas me hacen concebir alguna esperanza de que aún es posible construir una Confederación de las Almas (o de las islas y los valles), parecida a la que el Doctor Cardoso planteaba a Pereira, en el hermoso libro de Antonio Tabucchi. Algo que mi hijo preferiría formular al estilo Star Wars, Soy uno con la fuerza, la fuerza está conmigo.

La esperanza de que las gentes sencillas seamos capaces de imponernos a la barbarie, la violencia y la opresión; vencer el individualismo, el egoísmo exacerbado, al fundamentalismo como ideario vital y la corrupción como sistema. Abrir las amplias alamedas a la solidaridad global, al respeto a las personas, a la dignidad de cada vida en el planeta.

Nadie está libre de caer en las tentaciones sobre las que alertas a los sindicalistas. Esas tentaciones son, con frecuencia, norma de comportamiento y ley de vida para muchos detentadores del poder y del dinero y forman parte de la cultura que intentan imponer en el mundo. Pero es cierto que, desde un compromiso religioso, o sindical, caer en esas tentaciones supone renunciar a cuanto ha dado sentido a nuestras vidas y ha dado valor a nuestros sacrificios.

Francisco, nacido porteño con el nombre de Jorge Mario Bergoglio, he conocido a muchos compatriotas tuyos. Buena gente que vivía su exilio junto a mí. Grandes profesionales, cada uno en lo suyo. La guitarra, o el periodismo; la fotografía, o la escena; la fisioterapia, o la edición. Muchos se quedaron, otros volvieron cuando la dictadura terminó y las circunstancias lo permitieron. Pasados los años, aunque ya no nos veamos, esas mujeres y esos hombres, forman parte de mí, de mi forma de ser y de entenderme. Todas y todos tenían un encanto especial. Esa magia que también tú tienes y que debe ayudarnos a ser, a comprender, a entendernos.

Con afecto,

Francisco Javier López Martín


El Minotauro en su Laberinto

abril 1, 2018

Agotado como estaba por los interminables casos de corrupción protagonizados por sus hombres de confianza, que no cesaban de verse arrastrados ante los tribunales. Señalado por la ciudadanía como el  responsable de las desmedidas calamidades, incluida la revuelta en los Condados Mediterráneos y de las hambrunas en la imperial piel de toro. Acompañado por una generalizada fama de inoperante, apático, e indolente. Encerrado en aquel remedo de laberinto cretense, al que llamaban la Moncloa. No se dio cuenta, nuestro Minotauro, de la que se le venía encima.

Confiando en su porte señorial y distinguido. Satisfecho y seguro con la buena forma que demostraban sus andares deportivos de buena mañana, el Señor del Laberinto se dedicó a cantar que los días del hambre habían pasado y que los vientos marinos comenzaban a traer aires de primavera.

Los cretenses mesetarios, los pueblos del mar y los de allende los mares, parece que iban comprendiendo que eso de meter la mano en el tesoro público era una costumbre ancestral de estas tierras, que nunca ha impedido que el oro vuelva a llegar desde los Nuevos Mundos, o que, tras las pertinaces sequías, nos invadan periodos de bonanza. Tan abundante, la bonanza, que suele terminar convertida en exceso de lluvia, diluvio, inundación.

En esto andaba, cuando fueron las mujeres de la sometida Atenas (diferentes en todo a las mujeres cretenses) y se lanzaron a las calles, exigiendo dejar de formar parte, junto a los jóvenes, de ese tributo anual que, por costumbre instaurada por el triunfante Minos, se depositaba a las puertas del Laberinto, para goce, disfrute y manutención del monstruo, mitad hombre, mitad toro.

En estas estaba el buen Minotauro, cuando también las abuelas y los abuelos se lanzaron por las calles exigiendo el cese de todo tipo de ofrendas de sangre humana. Eran ellos los que cubrían las bajas ocasionadas por los sacrificios, atendían a las familias, protegían a los menores y malvivían hasta el momento en que, cercados por la muerte, incapaces de soportar el abandono y la desidia de sus opulentos gobernantes, se arrojaban al mar desde el más alto de los acantilados.

Sabían, los verdaderos dueños del Laberinto (que no eran, por supuesto, ni el rey Minos, ni su esposa Pasífae, la que engendró al Minotauro tras su escarceo con el Toro de Creta), que el tiempo se acababa y preparaban en secreto el relevo del Minotauro, por un personaje de arcilla, de apariencia más amable, juvenil y humana, al que habían conseguido insuflar vida.

Sólo faltaba que el descontento cundiera entre otros sectores de la ciudadanía. Más valía, incluso, que enviaran a los voceros a anunciar de dónde vendría el asalto final al Laberinto. Que los foros, las ágoras, los mercados, comenzaran a hablar de estas cuestiones. Era importante determinar por dónde debería comenzar la conquista del Laberinto. No para evitarlo, sino para pilotarlo, como barco en la tempestad y conseguir que todo cambie, para que todo siga igual.

No ha de venir el ataque del lado de la costa. Los farallones se alzan imponentes frente al mar y cierran el paso a los que vienen de fuera, surcando el Mediterráneo en precarias chalupas, buscando pan, o huyendo de las frecuentes guerras que asolan lejanas tierras.

Tampoco parece concebible, que quienes malviven en los extrarradios del puerto de Heraklion, esperando que algún comerciante contrate sus prescindibles servicios, estén en condiciones de otra cosa que intentar sobrevivir a las sequías, las inundaciones, a la falta de trabajo y al omnipresente miedo, alimentado constantemente por los heraldos plenipotenciarios del Palacio, a que el Minotauro desborde los muros del Laberinto y siembre el terror en cada calle y casa a casa.

Bien pensado, tal vez podrían alentar una reedición de aquellas lejanas revueltas protagonizadas por los jóvenes en las calles de Cnosos, la capital, cuando cansados de mendigar un empleo, una ayuda, un puesto entre quienes eran considerados ciudadanos, hartos de tener que partir de su tierra en busca de la Atlántida, se arremolinaron en el ágora y permanecieron allí acampados, hasta que los rigores del verano hicieron aconsejable que se retiraran a lugares más frescos.

Si ahora volvieran a las andadas, tal vez los días del Minotauro estarían contados. Por eso, los dueños del Laberinto estudian concienzudamente los enigmas de las esfinges, las profecías de las sibilas, las adivinaciones contenidas en los misteriosos oráculos, porque hay que anticiparse a las convulsiones que se avecinan.

Si saben encarrilar y conducir las revueltas en ciernes podrán construir un hermoso relato, con tintes épicos, según el cual un príncipe heredero, venido del Condado Mediterráneo, con la ayuda impagable de la mismísima hermana del Minotauro, traspasa las puertas del Laberinto, vence al monstruo y abre el camino de una nueva Transición que habrá de durar, cuando menos, un par de generaciones.

Como acabaremos descubriendo pasados los siglos, el Príncipe de Lampedusa, escritor de epopeyas, pondrá en boca de su héroe, el también Príncipe de Salina (aquel en cuyo escudo de armas lucía un Gatopardo), aquella lapidaria frase, Mientras hay muerte, hay esperanza.


La educación de las personas

marzo 12, 2018

Uno de los mejores efectos que ya está reportando la Huelga General Feminista, es la cantidad de programas y debates que se están produciendo sobre la situación de las mujeres en nuestra sociedad. Pocas veces, yo creo que nunca, se ha escuchado hablar y debatir durante tanto tiempo y con tanta intensidad, sobre acoso sexual y violencia de género; brechas salariales, temporalidad, precariedad y baja calidad del empleo; tareas domésticas y cuidado de las personas en el entorno familiar; necesidad de una educación que apueste por la igualdad.

Es verdad que el debate se enturbia un poco cuando hay quienes intentan desviarlo hacia temas coyunturales, como la necesidad o no de una huelga; si es una huelga de mujeres, o de mujeres y hombres; si es una huelga laboral de dos horas por turno, o de jornada completa; si hay que hacer una huelga convencional, o a la japonesa. Cosas que no deberían ocultar, en ningún caso, la realidad de una sociedad desigual, en la que las mujeres se han llevado y se siguen llevando la peor parte.

Las propias organizaciones convocantes, feministas y sindicales, de la huelga han dejado claro que de lo que se trata es de escenificar un impresionante ¡Basta! No podemos seguir así. La huelga laboral, de cuidados, educativa y de consumo; las masivas manifestaciones que recorrerán las calles, son tan sólo instrumentos al servicio de esta voluntad  de cambiar una situación insostenible.

Sigo los debates atentamente y, en casi todos ellos, terminan llegando a un lugar común, el de la educación como forma de corregir y prevenir estos males. Siempre hay algún tertuliano, o tertuliana, que viene a decir que en las aulas, las profesoras y los profesores tienen que explicar a los chicos y chicas, que tienen que crecer sabiendo que hay que compartir las tareas de casa.

Me parece bien, pero, la verdad es que siempre he visto que quienes han enseñado en los colegios e institutos a mis hijas y a mi hijo, han trasladado esos mensajes en las aulas y han provocado debates educativos en sus clases, tras los que, al menos formalmente, las conclusiones igualitarias y no discriminatorias han quedado muy claras. Incluso, de acuerdo con las Asociaciones de Madres y Padres, han promovido charlas, reuniones, talleres, seminarios, en los que se han abordado estos temas.

Por lo tanto, sin obviar la importancia de esta labor en los centros educativos, creo que la clave principal está en otros sitios. Para empezar, creo que madres y padres somos los principales responsables de la educación de nuestras hijas e hijos. Obsérvese que no digo de su aprendizaje, porque llegarán a saber mucho más de lo que nosotras y nosotros podamos enseñarles, No, digo de su educación, de la conformación de sus principios, su ética personal. Y todo  ello enseñando con el ejemplo.

Si no vivimos igualdad en la familia, difícilmente el colegio podrá inculcarla. Ya deberíamos de tener claro que lo que la Naturaleza no da, Salamanca no lo presta. La familia es la primera y mejor escuela para la vida. Vale que trabajamos mucho, tenemos poco tiempo, demasiadas preocupaciones y venimos de una sociedad que era como era en estas cosas de la igualdad. Pero eso son sólo disculpas de malos pagadores.

Pero luego, junto a la familia y tras ella, entran en juego los modelos sociales, los roles que nuestras hijas e hijos aprenden a través de los medios de comunicación, o los videojuegos, las películas que ven. Los grupos de amigos en la adolescencia y la juventud reproducirán todo esto y, al final, llegará un puesto de trabajo temporal, precario, mal pagado, por el que hay que competir y en el que hay que competir, en lugar de cooperar, colaborar y trabajar en equipo.

No es en la escuela, ni en las aulas, donde estamos reproduciendo un modelo patriarcal y casposamente machirulo. Creo que deberíamos hacérnoslo mirar, o mirarlo nosotros y nosotras mismas, sacar nuestras conclusiones y obrar en consecuencia, en todos los ámbitos, si queremos que  desde ahora mismo las cosas comiencen a cambiar y podamos construir un país de mujeres y hombres libres, iguales y más felices.


La huelga de las Aguederas

marzo 12, 2018

Llamo una mañana a mi amiga Yolanda para preguntar acerca de una actividad que anda preparando y me cuenta que me está contestando la llamada desde su pueblo,  Riaguas de San Bartolomé, en la provincia de Segovia. La pillo, al parecer, preparada para embarcarse en la fiesta de las Aguederas. Y me espeta no sé qué de un precedente de la Huelga Feminista del 8 de Marzo. Me suena a surrealista. Como si me estuvieran hablando de otro mundo, o desde otro planeta.

Me olvido de los cursos y del motivo de la llamada y le pregunto qué es eso de las aguederas. Al parecer todo este asunto viene de lejos. Me dice que las aguederas de su pueblo le han contado que son herederas de aquellas mujeres segovianas que un día tomaron el mando y defendieron la ciudad frente a los franceses.

En esto hay versiones, según he podido comprobar después, que se remontan a la conquista del Alcázar de Segovia a los musulmanes, gracias a una estratagema urdida por las mujeres segovianas, que entraron engalanadas y bailando una ronda en la fortificación y distrajeron a los soldados de guardia, facilitando así la entrada de las tropas cristianas.

Desde entonces, cada 5 de febrero se acogen a la protección de Santa Águeda, abandonan sus casas, toman el poder en el pueblo, establecen puestos de control en los caminos de acceso para cobrar un impuesto de portazgo, eligen alcaldesa y le entregan su bastón de mando.

El motivo de elegir a Santa Águeda como patrona, se encuentra en la santa italiana, originaria de Catania, en la isla de Sicilia, que había consagrado su virginidad a Dios, víctima del acoso sexual del procónsul Quintianus (Quinciano, o Quintiliano en otros sitios). Y del acoso, como si hoy mismo fuera, pasó a la violencia de género. La encerró en un prostíbulo. De ahí a la tortura y a cortarle los senos. No contento con ello, ante la indomable determinación de Águeda, la arrojó sobre carbones ardientes, tras lo cual la arrastró por toda la ciudad. Cuentan las crónicas que tanto había sufrido que gritó de alegría en el momento de morir.

En Zamarramala, ese día, eligen a la Matahombres de Oro, una distinción que se concede a aquellas mujeres que destacan por la defensa de lo que, en estos tiempos, llamamos la causa feminista. Entre las que han recogido el premio se encuentran mujeres tan diversas como  Amparo Baró, Rosa María Calaf, Eva Hache, Amparo Valcarce, Cristina Almeida. El premio en cuestión consiste en un alfiler que recuerda al que las mujeres escondían en el refajo para evitar que los hombres se propasasen en bailes y fiestas.

Leyendo algunas noticias que dan cuenta de las premiadas, reparo en que el año en que concedieron el premio a la deportista olímpica María Martín, la encargada de leer el pregón del día de Santa Águeda, fue una amiga de mis andanzas juveniles, allá por el Villaverde años 70,  Esther García, al parecer nacida en un pueblecito segoviano muy cercano a Riaguas y hoy directora de El Deseo, la conocida productora de los hermanos Almodóvar.

Este mundo es un pañuelo y va a ser verdad la Teoría de los Seis Grados de Separación, formulada por Frigyes Karinty hace ya casi noventa años, según la cual cada persona estaría relacionada con cualquier otra, por cinco conocidos, como mucho, que se podrían conectar con no más de seis enlaces, o pasos.

Bueno, he descubierto en las versiones de esta historia, fechas que no coinciden y acontecimientos que no cuadran. Pero lo cierto es que aquellas mujeres, se a como fuere, se habían ganado el derecho de Alcaldesado, para ellas y para sus hijas. El derecho a ser Alcaldesas y ostentar el poder en sus pueblos. Un derecho se ha consolidado en buena parte de Castilla y León y aún más allá.

Me dice Yolanda, que durante un tiempo fue alcaldesa de su pueblo, que su abuela se iba de casa el día de Santa Águeda, no trabajaba y dejaba al abuelo con sus nueve hijos. Comían, merendaban, bailaban. Una huelga general en toda regla. Me pide que, si un día cuento esta historia, hable de esa tierra de mujeres libres y poderosas.

Este año, cuando faltaba un mes para la Huelga General Feminista del 8 de Marzo, la premiada con el alfiler del Matahombres fue Ana Belén, que agradeció el premio afirmando que, Las mujeres han dicho basta(…) queremos vivir en igualdad. De eso se trata, efectivamente. De eso se ha tratado siempre. De vivir en igualdad.


8-M Algo más que una huelga

marzo 6, 2018

El 8 de marzo un buen número de organizaciones de mujeres y sindicatos, han convocado una Huelga General Feminista. El año pasado, una convocatoria similar en todo el mundo tuvo un éxito desigual, pero las manifestaciones feministas que recorrieron numerosas ciudades del planeta y de nuestro país fueron muy numerosas. Vivas nos queremos.

La muerte de mujeres a manos de sus parejas; el acoso sexual y la violencia de género; los problemas de un empleo cada vez más precario, parcial y temporal; la sobrecarga derivada del cuidado de las personas en el ámbito familiar; salarios inferiores, pensiones más bajas, encasillamiento en determinadas profesiones, temporalidad y trabajo a tiempo parcial, son problemas que no han encontrado, ni tan siquiera, sustanciales mejoras, a lo largo del último año.

Por eso, este año, cuando ante el 8 de Marzo, las organizaciones feministas volvieron a la carga con una convocatoria de Huelga General, las organizaciones sindicales se prestaron a convocar la Huelga General, también en el ámbito laboral.

De esta forma, la huelga se realizará en ámbitos distintos. De una parte la huelga laboral. Pero también una huelga de tareas y cuidados en el entorno familiar. Una huelga de consumo. Una huelga estudiantil. Un día acompañado de concentraciones, manifestaciones, actos públicos y, con toda seguridad, las manifestaciones más masivas que hayan recorrido España un 8 de Marzo.

La Huelga General Feminista se va a desarrollar por primera vez, en nuestro país. Tal vez por ello se ocasionan algunas confusiones y debates que pueden distraernos de los objetivos de la convocatoria.

¿Es una huelga de mujeres, o de mujeres y hombres? ¿Deben los hombres acudir al trabajo, o deben quedarse en casa atendiendo las tareas y cuidados  familiares? ¿Deben los estudiantes de sexo masculino acudir a las aulas? ¿Hay que hacer una huelga laboral de 24 horas, o una de 2 horas por turno de trabajo?

Hay voces que  indican que hay que parar todo durante todo el día. Hombres y mujeres juntos. Otras voces prefieren instar a que sólo sean las mujeres las que paran durante todo el día para demostrar que así para todo. Hay quienes argumentan que, si los hombres no paran, ¿quién va a cuidar a las personas que lo necesitan en la familia?

Para terminar de enredar la madeja, oigo a ministras, diputadas y presidentas de Comunidad Autónoma, dispuestas a hacer huelga de 24 horas, pero a la “japonesa”, que parece significar que van a trabajar sin descanso, hasta la extenuación y el agotamiento. Vamos, lo que el resto de mujeres viene a hacer día tras día.

Miren ustedes, a todas las mujeres y a todos los hombres de este país, nos conviene que la Huelga salga bien. Ni mujeres ni hombres (salvo los negacionistas de todo tipo, que tiene cierto peso populista), se atreven a negar las justas causas que esgrimen las organizaciones convocantes. La discriminación y la desigualdad, las brechas de todo tipo entre mujeres y hombres en nuestro país.

Por eso, lo mejor es que vayamos a la jornada de huelga y movilizaciones del 8 de marzo con serenidad y libertad. Quien quiera y pueda hacer la huelga, que la haga. Que ni gobiernos, ni empresarios pongan trabas que impidan el libre ejercicio del derecho constitucional de huelga y manifestación. Que todas y todos entendamos y adquiramos un compromiso cierto de remover los obstáculos que impiden una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales.

En definitiva que las mujeres y hombres de este país entendamos que ha llegado el momento de decir, ¡Basta! Hasta aquí hemos llegado. Queremos vivir en igualdad.