La educación de los hijos y las hijas

julio 18, 2018

Estamos acabando el curso escolar. Las alumnas y los alumnos ya no van a clase. El profesorado termina sus tareas administrativas y organizativas. En el caso de Madrid, uno de los finales de curso más caóticos a los que hayamos asistido, gracias a la ocurrencia de trasladar los exámenes de septiembre al mes de junio.

Las evaluaciones finales habían acabado a finales de mayo. Las notas estaban entregadas a principios de junio y, luego, las ampliaciones de estudios y las recuperaciones se han convertido en un caos organizativo en el que la falta de instrucciones claras de una Consejería de Educación errática, ha producido un desconcierto generalizado en la chavalería y en los claustros.

De otra parte, el cambio de gobierno hace concebir alguna esperanza de que los males tradicionales de la educación española comiencen a tener algún viso de solución. Tras cuarenta años de desarrollo constitucional va siendo hora de intentar un Pacto Educativo que corrija las desigualdades alarmantes entre regiones y entre clases sociales.

Todo el sistema educativo ha sufrido los recortes impuestos por la derecha gobernante durante la crisis, pero al salir de la recesión nos encontramos el panorama desolador de una enseñanza pública que ha sufrido una dentellada que la desangra, haciendo cada vez más evidente la pérdida de igualdad de oportunidades.

Ha cambiado el gobierno y algunos asuntos que fueron noticia han dejado  de serlo. Sin embargo yo le sigo dando vueltas, a las justificaciones esgrimidas por la pareja de líderes podemitas para comprar un chalet en la Sierra de Madrid, allá por Galapagar.

Aunque ya no sea noticia, o precísamente por ello, he llegado a la tardía conclusión de que, sinceramente, pueden comprar lo que quieran, donde quieran y cuando quieran. Si por allí viven varios de sus amigos, pretenden así evitar la presión de los paparazzi, sus ingresos se lo permiten, respiran aire limpio, tienen cerca un colegio que responda a sus ideas educativas y creen además que así ganarán en intimidad, pues adelante. A fin de cuentas es lo que quisiera poder hacer cualquier pareja joven y hasta yo mismo siento cierta envidia, más o menos sana.

El problema viene de la batería argumental que incorpora, entre los motivos de la compra, a los ya famosos “mellizos” que vienen de camino. Vincular la compra de la casa con la intimidad en la educación de los hijos, con que pasen tiempo con sus amigos que viven cerca y con que “puedan vivir su infancia de la forma más normal posible” es legítimo, pero en esto yo soy más de la opinión de Kichi, el alcalde de Cádiz, No quiero dejar de vivir, ni criar a mis hijos en un piso de currante (…) que ya es bastante privilegio vivir en la Viña, en Cádiz y con Teresa Rodríguez.

Tal vez porque Kichi es profesor, licenciado en Geografía e Historia, e hijo de criada, como yo. O tal vez porque me forjé como maestro aprendiendo de gentes como aquel cura italiano, Lorenzo Milani, cuyos alumnos escribieron en su libro colectivo Carta a una Maestra, La escuela a pleno tiempo supone una familia que no estorbe. Por ejemplo, la de los maestros, marido y mujer, que tuvieran dentro de la escuela una casa abierta a todos y sin horario. Gandhi lo hizo. Y mezcló a sus hijos con los demás al precio de verlos crecer muy diferentes a él. ¿Os atrevéis?

Salvadas las distancias culturales e históricas y cambiando la referencia a los  maestros por los políticos, el mensaje sigue teniendo plena vigencia. Y no supone querer un ápice menos a tus propios hijos e hijas, que lejos de estorbar, enriquecen tu vida.

Elegir el magisterio, la política, el sindicalismo, la sanidad, el trabajo social, es lo que tiene. Algunas de las más dignas ocupaciones que puede escoger un ser humano. Son muy gratificantes, pero exigen renuncia al egoísmo y compromiso con la solidaridad y la igualdad a prueba de bombas.

No siempre es posible, no siempre acertamos, pero como bien recordaba Kichi, en su ya famosa carta de respuesta a las críticas vertidas contra sus opiniones, la gente nos podrá perdonar casi todo, pero no que nos equivoquemos de bando. En el voto a la derecha se presupone egoísmo, en el de izquierdas, una apuesta por la solidaridad y la igualdad.

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Dejar los estudios, abandonar la educación

julio 18, 2018

Según un reciente estudio de CCOO de la Enseñanza, basado en datos oficiales del Ministerio de Educación, hay 585.000 jóvenes en situación de abandono educativo temprano en toda España. Las tasas, los fríos porcentajes, han ido bajando a lo largo del periodo democrático, hasta situarse en el 18´3 por ciento en 2017. Ese porcentaje era superior al 41 por ciento hace 25 años.

La Tasa de Abandono Educativo Temprano (AET) mide el porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años que han abandonado los estudios sin haber conseguido aprobar la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), una Formación Profesional de Grado Medio, o el Bachillearo.

Habrá quien piense que quienes han superado la enseñanza obligatoria ya han conseguido el mínimo exigible, pero en un mundo como el nuestro es casi imprescindible, a nivel laboral y social, haber superado, además, algún nivel de estudios posobligatorio.

Es verdad que la situación no es la misma en todas la Comunidades Autónomas. Así, en Andalucía, Valencia, Baleares, Castilla-La Mancha, o Murcia, las tasas se mueven por encima del 20 por ciento, mientras que en Cantabria, País Vasco, Navarra, o La Rioja, las tasas de abandono se encuentran muy por debajo del 15 y hasta del 10 por ciento.

Las diferencias sociales, o de género, son también muy marcadas. Incluso el momento histórico influye. Por ejemplo, si la economía marcha viento en popa, aumenta el número de abandonos de quienes encuentran trabajo y piensan que con su nivel de estudios ya es más que suficiente. Si hay crisis y el paro es muy elevado, hay más jóvenes siguen estudiando, a la espera de mejores tiempos.

Los varones abandonan más que las mujeres, la población de origen inmigrante abandona los estudios en mayor porcentaje que los nativos, los grupos sociales más desfavorecidos más que la media y quienes estudian en centros públicos, más que los que han estudiado en centros privados. Hasta la OCDE reconoce este cariz social del abandono temprano y el fracaso escolar en España.

Aquí conviene abrir una reflexión en torno al abuso de la repetición de curso que ha ido facilitando la legislación educativa. A partir de la LOMCE, por ejemplo, se puede repetir cada curso y no cuando termina el Ciclo de dos años, con lo cual han aumentado las repeticiones, que en la enseñanza pública duplican o triplican las repeticiones que se producen en la enseñanza privada. Somos uno de los países donde más se repite, sin que ello influya en mejores resultados en aspectos como el fracaso escolar, o el abandono temprano.

Así las cosas, hay alumnos que, a base de repeticiones, nunca podrán acabar la Educación Obligatoria antes de los 18 años y no podrán concluir la ESO. Es más, se han ido desmontando las posibilidades una segunda oportunidad reforzando la ESO en Centros de Adultos, promoviendo Formación Profesional, o Bachillerato, en horarios nocturnos, o buscando formatos modulares y atractivos para los jóvenes.

Estamos hablando de jóvenes que se apartan de los estudios de forma prematura, para intentar insertarse en el mundo laboral. No debería ser tan complicado pensar en ellos, incentivar la obtención posterior de una titulación. Pero eso exige invertir en la conexión entre el sistema educativo y el empleo, facilitando compatibilizar trabajo, prácticas y formación, permitiendo mejores procesos de reconocimiento de la experiencia profesional a la hora de obtener una titulación.

Para este más de medio millón de personas jóvenes que han abandonado los estudios ya no se trata de volver al mismo sistema educativo, sino de encontrar nuevas oportunidades. Se me ocurre que poner en marcha modalidades como la formación dual, pensando en las necesidades de las personas y evitando su explotación laboral, podría contribuir a mejorar las tasas de Abandono Educativo Temprano en España. El Consejo de Europa acaba de pedir a España que realice más esfuerzos para combatir la explotación laboral, especialmente la que sufren los jóvenes.

Habrá que ver si el nuevo gobierno es capaz de convocar al conjunto de la sociedad para afrontar este reto de igualdad educativa ante el que nadie puede cerrar los ojos, porque la educación es no sólo un derecho de cada persona a lo largo de toda la vida, sino también un factor determinante para el desarrollo económico y una condición para la libertad y el desarrollo democrático.


Porteadores de la modernidad

julio 18, 2018

Son tantos los cambios que se producen en nuestras vidas cotidianas, tan acelerados, inmediatos, imperceptibles, o impactantes, que tendemos a aceptarlos sin crítica alguna, sin oponer objeciones, como inevitables y hasta necesarios.

He caído en la cuenta, como quien cae de un guindo, de la cantidad de vehículos motorizados o de tracción animal, por más que el animal en cuestión sea racional, que circulan por nuestras calles acarreando productos de todo tipo.

Compras de supermercado, comidas de restaurantes, pizzas, hamburguesas, productos variados y selectos, son entregados a domicilio por unos modernos porteadores que conducen bicicletas y motos tuneadas, o a las que se han incorporado todo tipo de modelos estrafalarios de cajones para el transporte de productos perecederos, o no. Eso ya es lo de menos.

A pleno sol, o diluviando, mañana, tarde y noche, haga frío, o se frían huevos sobre el asfalto, hemos aceptado la imagen conmovedora de jóvenes y no tan jóvenes, mujeres y hombres, más o menos uniformados, llamando a los porteros automáticos para hacer entrega de bienes de todo tipo. Ahí quedan sus vehículos, aparcados frente a la puerta. Un perro llega, olisquea, marca su terreno sobre el carruaje, para que su imperio se expanda por toda la ciudad, sembrando la envidia de otros canes propios y extraños.

Un buen día leo que algunos de estos porteadores que se adentran en la selva urbana acarreando todo tipo de bultos, han denunciado a su empresa, que tal vez se defina a sí misma como una empresa colaboradora, por contratarles como autónomos y no como asalariados. La diferencia entre lo uno y lo otro es sustancial y no sólo en salario, sino en propiedad de los medios de producción, en seguridad social, condiciones de trabajo, vacaciones, o derecho a paro y a una futura pensión.

Los jueces no lo han dudado. Eso no es ser autónomo, sino falso autónomo. Con lo cual la exitosa empresa se ha visto obligada a contratar laboralmente a los porteadores y dejar de utilizar la contratación mercantil entre empresas. Es buena noticia, pero hablamos de una entre cientos de empresas que hacen negocio de esta forma, aprovechando las necesidades de empleo y de ganar algún dinero, aunque sea sometiéndose a fórmulas de moderna esclavitud.

Porque una cosa es el libre mercado y la libre competencia y otra, muy distinta, el pelotazo del negocio de la nueva economía a costa de aprovechar las necesidades y la inexistencia de reglas del juego claras. Para cuando estas regulaciones llegan, los emprendedores inasequibles al desaliento, huyen porque ya han encontrado una nueva fuente de negocio con la que hacer dinero utilizando nuevas remesas de manos porteadoras. Lo llaman modernidad.


Un verano con Marx

julio 18, 2018

Cuenta Carlos Berzosa que Eduardo Haro Tecglen decía que no entendía por qué hay quien considera que en verano nos volvemos más tontos, motivo por el cual desde todos los ámbitos se nos recomiendan lecturas facilonas y escogidas “para el verano”.

Siguiendo esta práctica costumbrista no se nos ocurriría, en consecuencia, bajo una sombrilla al borde de la playa, en una terraza, o en un banco sombreado de un parque, entregarnos a la lectura de, pongamos por ejemplo, un libro sobre Karl Marx.

Hay que reconocer que Marx no está de moda. Su bicentenario está pasando bastante desapercibido. Pero también el centenario del nacimiento de Nelson Mandela, el cincuentenario de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, o de Mayo del 68 y la Primavera de Praga, están pasando sin demasiada pena ni gloria.

Algunas jornadas universitarias, algunas conferencias en algún sindicato, asociación de vecinos, alguna película como El joven Karl Marx, el libro Dígaselo con Marx de Ediciones GPS, que responde al empeño de un pequeño grupo de personas de izquierdas para abrir un abanico de reflexiones sobre el universo marxista, sus constelaciones y sus mundos habitados, destruidos, en construcción.

Aceptemos que en un momento histórico líquido no pueden existir ni tan siquiera islotes que se impongan de forma permanente frente al ímpetu del oleaje del devenir acelerado del fin de la historia. También es cierto que no pocos hijos y nietos de Marx dilapidaron su herencia, destrozando sin piedad su fuerza transformadora, dejándola a merced de una dictadura del proletariado convertida en dictadura sobre el proletariado, cuando no contra el propio proletariado.

Sin embargo, tal como van las cosas por el planeta y hasta por nuestros barrios no vendría de más prestar atención a las profecías del Moro y del General, que así conocían en la familia a Carlos Marx y a su inseparable Federico Engels. Así que, aunque sea esto un artículo y no un anuncio publicitario, lo aprovecharé para recomendarte que este verano, cualquiera sea la sombra bajo la que recales, te entretengas leyendo alguno de los cerca de cuarenta artículos recopilados en el libro.

Por allí se mueven economistas como Carlos Berzosa, o Martín Seco. Poetas como Cellino, o Riechmann. Feministas como Lidia Falcón. Sindicalistas como Nico Sartorius. Periodistas como Teresa Aranguren. Rectores como Carlos Andradas (Complutense), o Alejandro Tiana (UNED), ahora Secretario de Estado de Educación. Urbanistas como Jesús Gago, o Daniel Morcillo.

Pensadores como Rafael Fraguas. Abogados como Alejandro Ruiz-Huerta. Psicólogas como Marta Evelia Aparicio. Políticos como Cayo Lara, o Paco Frutos. Filósofos como Fernández Buey, o Manuel Sacristán. Pintores como Molleda o Vázquez de Sola. A mí me han dejado elegir tema y como había ya casi de todo, he escrito sobre Marx y su yerno español, Paul Lafargue, aquel criollo cubano que apareció por casa para conocer al padre y terminó por llevarse a Laura, su hija más querida.

Y no temas. No son artículos aburridos, ni espesos, ni largos. Hablan sobre cómo influyó Marx en su vida o en su profesión. Cómo les ayudó a transformarse para transformar el mundo, su mundo. Porque de eso iba Marx y de eso sigue yendo. No basta mirar, ni interpretar el mundo. Hay que ponerse a la obra de transformarlo. Esa sigue siendo la vigencia de Marx en los tiempos que corren.

Es un libro con vida propia. Sus editores y sus autores se sorprenden con presentaciones imprevistas en los lugares más insospechados, desde Ferias de Libros, a asociaciones de vecinos, centros culturales, sedes sindicales, agrupaciones políticas, aulas universitarias, embajadas, como si de un fantasma que recorre España se tratase.

Llega el verano y es tiempo de lecturas. No para tontos, pero sí lectura amable, seductora y refrescante, un coctel de propuestas elaboradas de forma honesta por unas cuantas mujeres y hombres que aceptaron un buen día el reto de decírtelo con Marx, doscientos años después de que naciera el Moro de Tréveris.

Que lo disfrutes.


La rebelión de las criadas

julio 18, 2018

De nuevo Genet. De nuevo Las Criadas. Las criadas no son sólo teatro, son un grito, una súplica, una oración, un alegato. Las Criadas son aquello que cada espectadora, o espectador, quieren ver. Hay tantas criadas como actrices, o actores, se lanzan al empeño de ponerla en escena.

No es una obra cómoda. No es una obra monolítica. No es monótona. Era el propio Jean Genet quien insistía en que La manera de actuar de las actrices que representen a las dos criadas debe ser furtiva. Una manera que quiere ser contenida y resulta perturbada, que pretende interpretar la sinceridad hasta inventarla.

Son muchas las actrices y tampoco faltan los actores que se han lanzado a la tarea. Y cada escenificación de Las Criadas resulta distinta. El amor, el odio, la sumisión, la rebeldía, el crimen, el suicidio, la opresión, los sueños y juegos de libertad. Una mezcla inquietante, un equilibrio inestable de sentimientos encontrados, un conflicto permanente, que se renueva en escaramuzas constantes.

La última vez que he podido ver Las Criadas ha sido  en el Auditorio Marcelino Camacho, en representación única organizada por el Ateneo 1º de Mayo y dirigida por Ana Carrasco. Ahora que el problema de las kellys ha conseguido hacerse un hueco en el panorama informativo, parece buena idea de subir a la escena la vida de las mujeres del servicio doméstico, que escandalizó a la burguesía francesa recién salida de la Guerra Mundial y dispuesta a vivir veinte años de bonanza, que culminarían en el famoso Mayo del 68.

El escándalo de un Genet, que había pasado de los reformatorios a las cárceles y que estrena Las Criadas en 1947. Tras más de diez condenas consecutivas, tras haber sido expulsado del ejército a causa de su homosexualidad y sometido a la amenaza de ser condenado a cadena perpetua, que tan sólo es conjurada cuando un buen número de artistas e intelectuales como Sartre, Picasso, o Cocteau, intervienen en su defensa ante el Presidente de la República, consigue que terminen por indultarle en 1949.

Como muestra de la versatilidad de interpretaciones posibles de la obra, en esta ocasión, las criadas parisinas sirven a una señora de la España franquista y la directora ha decidido iniciar la obra e intercalar a lo largo de la misma, pasajes del relato de la vida de su abuela como criada. Una voz que nos atrapa en las redes de una vida condenada y oscura, que lucha por pequeños momentos de felicidad a los que aferrarse para seguir viviendo.

Genet comenzó a escribir para conjurar el tedio de los días de cárcel. Se refugiaba en su vida en libertad, vagabunda, miserable, pobre, la vida de un nadie. Luego siguió escribiendo para ganar algo de dinero. Nada de posteridad. Nada de obra literaria. Lo cual no impide que, pasados los años, termine descubriendo que cuanto ha escrito revela su empeño oculto, paciente y continuado de rehabilitar a los seres, los objetos, las actitudes y los sentimientos que son considerados viles, miserables, perdedores. El procedimiento se le antoja pueril, infantil, demasiado fácil, porque consiste edn nombrar la traición, la cobardía, el miedo, el dolor, el robo, la muerte.

Conceder un nombre, por terrible que éste sea, constituye el acto de la creación en sí mismo. Dice Genet que esta operación no ha sido vana para él. Entregar el derecho a los honores del nombre embellece cuanto vosotros despreciáis.

Imagino a Jean Genet, allá en el cementerio de Larache, junto al otro Jean, en este caso traducido al español como Juan y apellidado Goytisolo, charlando amigablemente sobre esta nueva versión que estas tres jóvenes actrices se han atrevido a llevar a los escenarios. Ana, Ainhoa, Marta.

Seguro que coinciden los dos Jean, en lo acertado del atrevimiento transgresor de convertir el personaje de Solange en el de Sara, introduciendo su nombre y su relato en la representación. Los imagino sopesando, frente al mar, la audacia de cambiar la monótona vida burguesa, gaullista y republicana de la Francia de la posguerra, por la provinciana gris, estraperlista y militarizada vida que soporta el peso de una dictadura implacable que acababa de ganar otra guerra contra su propio pueblo. Porque, ya lo dijo Genet, ¡Incendiaria! Es un título admirable.


Morir a las puertas

julio 18, 2018

Son poco más de las ocho de la mañana. Subo al Instituto. Una ambulancia, un coche de policía municipal y dos de policía nacional, se encuentran estacionados frente a una sucursal bancaria. Un bulto tapado con una manta de un verde desvaído se ve tan sólo a medias.

A la vuelta, pocos minutos después, ya sólo queda una patrulla de policía. En la puerta de un bar unos parroquianos comentan que no abrirá la sucursal hasta que el juez haya levantado el cadáver. Al parecer, la mujer que venía cada mañana a hacer la limpieza encontró al indigente, intentó despertarle, pero su sueño ya era el interminable sueño de la muerte.

Más tarde busco la noticia en algún medio de comunicación. No hay nada. Pregunto en internet sobre las muertes de indigentes y aparece un estudio según el cual cada cinco días muere un indigente en la calle. Otras entradas dan cuenta de que habría 25.000 indigentes viviendo en las calles de España, unos 2.500 en las calles de Madrid.

No llegan al cero coma uno por ciento de cuantos vivimos en Madrid, pero vemos a esas personas cada día en nuestro deambular callejero. Nos piden unos céntimos a la puerta de un bar, de un supermercado, de una boca de metro, a la salida de una panadería.

No importa mucho si la cifra es exacta, es exagerada, o se queda corta. No viene al caso, por el momento, si aquel hombre dormía allí porque había perdido su trabajo, su familia, sus recursos, o si había perdido su cabeza, su salud, su Norte, un camino, un hijo. Importa, hoy, que ha muerto una noche, no demasiado fría, por cierto, acompañado por un cajero automático.

Mucha gente muere cada día. No siempre en las mejores condiciones. La muerte siempre es inexplicable, incomprensible, injusta. Pero morir a las puertas del lugar donde se acumula el dinero de nuestros salarios, de nuestros ahorros, de los beneficios de un negocio, de las mordidas de un corrupto, de las acciones que alguien ha comprado o vendido. Morir así,  a las puertas del dinero, tiene algo que sobrecoge.

Decididamente, algo falla. Ahora es el momento en el que cada cual comenzamos a señalar para otro lado. Los servicios sociales, el Ayuntamiento, el gobierno, la derecha, la izquierda, la sanidad, la educación, los partidos, los sindicatos, los corruptos, los ricos, los banqueros.

Algo de ello habrá, sin duda, pero no dejo de pensar que no conozco nada de ese hombre, al que seguro he visto algunas veces por el barrio. No dejo de preguntarme en qué momento di por buena la protesta de Caín y me conformé con responderme, Yo no soy el guardián de mi hermano. En qué momento dejé de creer que la unidad de los nadies podía vencer el egoísmo del dinero y la soberbia del poder.


Díselo con Marx

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.