Un año más en Atocha

febrero 13, 2019

Hace casi cuatro años, poco después del 24 de enero, día en el que como cada año conmemoramos el momento en que fueron asesinados los Abogados de Atocha, fallecía Lola González Ruiz. El pasado 20 de enero se cumplían 50 años del asesinato de su novio, Enrique Ruano, cuando se encontraba detenido por la Brigada Político-Social, la Gestapo del régimen franquista.

Hay pocas historias de amor tan tristes como la de Lola. Perdió primero a su novio Enrique, cuando ambos eran jóvenes estudiantes de Derecho y ocho años después, ya ejerciendo como abogada, dedicada a la defensa de los vecinos y vecinas de los barrios de Madrid, fue víctima del atentado perpetrado por un grupo ultraderechista en el despacho laboralista de la calle Atocha, 55. En el atentado quedó gravemente herida y perdió a su esposo Francisco Javier Sauquillo.

Se ha contado mil veces que el destino y el azar quisieron que aquella tarde los nueve abogados de los barrios intercambiaran su despacho, situado un poco más abajo, en la misma calle de Atocha, con el de los abogados laboralistas, que pasaban consulta en el número 55, dirigido por Manuela Carmena. Cinco de ellos murieron y cuatro sobrevivieron al atentado, pero quedaron marcados para el resto de sus vidas. Todos ellos. Especialmente Lola.

Cada nueva conmemoración del asesinato de los de Atocha suponía para ella un trago tan amargo que no pocas veces emprendía un viaje, para pasar ese día en un recogimiento que ni tan siquiera la distancia podía asegurarle.

La creación de la Fundación Abogados de Atocha en el Congreso de las CCOO de Madrid en el año 2004, pretendía mantener viva la memoria de los Abogados de Atocha y de ese impresionante movimiento de la abogacía antifranquista, que tuvo su expresión en las generaciones de abogados y abogadas jóvenes que se incorporaron a la defensa de los trabajadores, de la ciudadanía y de cuantos tuvieron que enfrentarse a los Tribunales de Orden Público de la dictadura.

Cada año, la Fundación concede los Premios Abogados de Atocha a personas e instituciones nacionales e internacionales que luchan por la libertad, la democracia, los derechos. Este año el premio ha recaído en el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio en México y en los Cantautores por la Libertad. Cada año, convoca un premio internacional de narrativa joven, así como estudios, publicaciones y actos vinculados al mundo del derecho y la justicia.

Sin duda una labor importante y elogiable, pero que obliga a quienes vivieron aquellos terribles días de enero a recuperar no sólo la memoria, sino el dolor que les fue infringido por la barbarie terrorista. Pienso, a veces, que el reconocimiento hacia ellos va acompañado por el peso insoportable de un instante que acabó con cinco vidas y seccionó en dos las de los sobrevivientes.

Para ellos ya nada volvió a ser igual. La ilusión por abrir las puertas de la democracia siguió ahí, sin duda, las ansias de libertad siguen intactas como entonces, pero con un sesgo de amargura que no es fácil reconocer en sus gestos, pero que está siempre presente.

Este año, además, acabamos de perder a la maestra de todos ellos, María Luisa Suárez Roldán, la mujer nacida en una familia republicana y laica, educada en la Institución Libre de Enseñanza y una de las primeras y escasas abogadas en las promociones universitarias de posguerra. La fundadora del primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, o Antonio Montesinos.

Por ese despacho pasaron las jóvenes generaciones de abogados comprometidos con la defensa de las personas en los barrios, de los trabajadores en las empresas, de quienes eran perseguidos por buscar la libertad, la justicia, la convivencia democrática, la dignidad de las vidas y la decencia del trabajo. Muchas mujeres como Manuela, Cristina, Paca, la misma Lola.

Jóvenes que rondaban los treinta y que siguen marcando, desde su ya infinita juventud,  el nivel de compromiso, responsabilidad y ganas de vivir, que nos debemos exigir a nosotros mismos. Hoy serían mayores que yo, pero serán siempre más jóvenes de lo que hoy soy.

Son muy importantes en una democracia también joven como la española, pero en la que hemos cometido ya algunos peligrosos errores, hemos incurrido en disparates difícilmente justificables y hemos permitido perversos comportamientos hasta el punto de  aplaudir el envilecimiento, la iniquidad y no pocas vilezas, recorriendo el filo de la navaja de vernos abocados a la degeneración de la democracia y la degradación de la convivencia, que atraviesa territorios, ideologías, espacios políticos y sociales.

En nuestra democracia los de Atocha siguen siendo el espejo en el que juzgar si hacemos suficiente por la libertad, por la verdadera democracia en nuestras instituciones y organizaciones políticas y sociales. Si damos la talla en el esfuerzo de unir lo diverso y plural. Si pensamos en lo que es de todos, o sólo en el beneficio personal.

Los de Atocha hubieran querido, casi seguro, que el mejor homenaje que pudiéramos organizarles consistiera en nuestra defensa de la cada vez más maltrecha libertad, la cada día más deteriorada solidaridad y la cada vez menos valorada vida. La suya, la nuestra, la de cada persona.

Anuncios

España, pueblo de migrantes

febrero 13, 2019

Somos un país más complejo de lo que parece a primera vista. De opiniones contrapuestas, frecuentemente enfrentadas, difícilmente conciliables, porque se sustentan más en creencias ancestrales que en el conocimiento, la memoria, el estudio.

Es cierto que no es un fenómeno exclusivamente español. Hasta países que han pasado por ser los más cultos y formados, han caído en el pozo sin fondo de las soluciones mágicas enarboladas por líderes mesiánicos y extremadamente peligrosos. La Alemania de entreguerras que se abalanzó en brazos de Hitler, es uno de los mejores ejemplos, aunque no el único.

Parece que cuando los problemas se multiplican y los malestares crecen, la incapacidad de los gobiernos y las instituciones para ofrecer soluciones, termina alimentando el nacimiento y crecimiento de los monstruos. Basta una pequeña chispa para que la locura hasta entonces minoritaria se abra camino.

Una facción de la ultraderecha, escindida del Partido Popular, donde había encontrado acogida y mamandurrias de lideresas como Esperanza Aguirre,  acaba de obtener unos resultados inesperados en las elecciones andaluzas, recurriendo a unas cuantas ideas simplonas, pero fácilmente entendibles: Ilegalizar al independentismo; acabar con las competencias de las Comunidades Autónomas y volver a un Estado Unitario de corte franquista; eliminar las leyes de Violencia de Género, la del aborto, o la del matrimonio igualitario.

Uno de los temas estrella, con los que han conseguido atraer centenares de miles de votos andaluces, ha sido el de expulsar a todos los inmigrantes irregulares, deportar a los que hayan cometidos delitos, endurecer las políticas de arraigo y de acceso a la regularización, levantar muros en Ceuta y Melilla. Primero los españoles, resumen con énfasis.

Me detendré en esto de la inmigración. Haríamos mal en creer que el simplismo decae por sí mismo y no puede resultar exitoso a medio y largo plazo. Basta para ello comprobar que estos planteamientos han recogido más apoyo en las localidades más ricas, con mayor porcentaje de habitantes con estudios superiores, donde el número de inmigrantes es más alto y son más explotados como mano de obra barata en tareas que los nacionales no harían.

En una comunidad como la andaluza, cuyos habitantes originarios vinieron de África y luego se mezclaron con comerciantes fenicios y griegos, conquistadores cartagineses, romanos republicanos, tribus de godos, imperiales bizantinos, o musulmanes norteafricanos que llegaron, conquistaron, se quedaron y llenaron de progreso y cultura el territorio.

Luego vinieron los reconquistadores, cuyas mezclas no eran menores. Hasta dicen que, además de Tartessos, la Atlántida estuvo por esas tierras y no pocos alemanes, ingleses llegaron para repoblar, o para crear bodegas y explotaciones mineras. Se mire por donde se mire, Andalucía y toda España, es tierra construida por inmigrantes.

Pero también somos pueblo de emigrantes. De Andalucía partían los emigrantes hacia las Indias y allí llegaban los que volvían del Nuevo Mundo. Varios millones de españoles se asentaron en América Latina, incluso después de la independencia de las colonias, a los que vinieron a sumarse los que marcharon tras la Guerra Civil y durante la posguerra. Países como Venezuela, México, Cuba, Argentina, Uruguay, Chile, Cuba, Colombia, Puerto Rico, Costa Rica, Ecuador, contaban sus colonias españolas por cientos de miles y hasta por millones.

Hasta el Norte de África recibió cientos de miles de españoles en países como Argelia, o Marruecos. En los años sesenta se cuentan por millones los que protagonizan migraciones interiores, al tiempo que dos millones de españoles marchan a buscarse la vida fuera de España. La gran mayoría hacia Europa. Más de la mitad de ellos parte sin contrato y se encuentran en situación irregular en los países de acogida. Son clandestinos y no conocen ni el idioma en Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda, Francia, Gran Bretaña.

Franco los deja marchar. No sabe ni cuántos se van, si prestamos atención  a que los datos de emigrantes ofrecidos por el gobierno español son muy inferiores a los facilitados por los países que los acogen. De lo que se trata para el régimen dictatorial es de recibir divisas y esconder la realidad de una fuga masiva de población. Los emigrantes y el turismo son el motor del desarrollo económico durante esa etapa del franquismo.

Los emigrantes españoles hacían el trabajo duro que no querían los nacionales. Vivían en barracones, o en lugares con ínfimas condiciones de salud. Sus salarios eran más bajos y las condiciones de trabajo mucho más difíciles. La integración y la reagrupación familiar, misión casi imposible.

Pero vamos, no nos liemos pensando que eso ya pasó, que son cosas del pasado, historias de nuestros abuelos. Ni mucho menos. En el año 2009, cuando comenzaban a sentirse los efectos de la crisis global en España, no llegaban a 1.500.000 el número de residentes españoles en el extranjero.

En el 2018 esta cifra de españoles por el mundo alcanzaba casi los 2.500.000 personas, repartidas por todos los continentes, pero especialmente por América (más del 60 por ciento) y Europa (en torno al 35 por ciento). El resto se encuentra en Asía, África y Oceanía. Unos son nuestros ascendientes, otros nuestros hermanos y, la mayoría, nuestros hijos. Porque son ellos quienes han terminado buscando un mejor horizonte de vida y trabajo.

Nos duele que los insulten cuando hablan en español en el metro londinense, o que sientan miedo de ser expulsados del país. Nos sentimos agraviados cuando los relegan a las tareas peor valoradas. Nos alegra que triunfen allá, después de que se les cerrasen todas las puertas acá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

España no iba a ser diferente a otros países europeos y anglosajones. Ya tenemos una ultraderecha cavernaria dispuesta a recoger los miedos y malestares más rancios y profundos de una parte de la población. Me preocupan muchas de las cosas que defienden estos personajes políticos venidos del pasado y que ya fueron tan bien reflejados por Bergman en El huevo de la serpiente, por Manuel Gutierrez Aragón en Camada Negra, o por Bardem en Siete días de enero.

Pero claro, esto de alimentar un racismo ex novo, una decrépita xenofobia, un patrioterismo intransigente, me parece tirar piedras en el mismísimo tejado de nuestra historia , nuestro pasado y nuestro presente como país en un mundo globalizado. Una falta de respeto a nosotros mismos. No es eso, no es eso.


Las identidades de Carlos Marx

febrero 13, 2019

Hay a quienes les gusta clasificar a las personas en función de su color, su religión, su sexo, su opción sexual, su ideología, su voto declarado, su voto intuido. Todo parece así más sencillo. Se adscribe una identidad y, a partir de ahí, ya no hay más que hablar. Sin embargo, creo que ese reduccionismo termina siendo una barrera de incomunicación, bebedero de tópicos y  recurso empobrecedor, a la par que simplista.

Cuanto más rica es una personalidad, más se producen intersecciones  de identidades. Ya lo decía Luis Eduardo Aute, citando a San Agustín, yo soy al menos dos y estoy en cada uno de los dos por completo. Pongamos el ejemplo de Karl Marx. Pudiera parecernos que el personaje se agota en la filosofía, en su visión de la economía, las clases sociales, sus predicciones históricas, fallidas, o acertadas.

Sin embargo, hay una lectura ecologista de Marx, otra educativa. Se puede mirar a Marx desde la poesía, o tomar en cuenta sus interpretaciones del nacionalismo, su opinión sobre la religión (no tan opiácea como la que se nos ha contado), su relación con las mujeres. Su opinión sobre la posesión de la tierra, sus cálculos matemáticos, el papel de los medios de comunicación, el modelo de ciudad, o detenernos en su activismo político incansable.

Ya he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre su visión del trabajo humano, o sus reservas ante las opiniones sobre el derecho a la pereza sostenidas por su yerno. Unas reservas que tenían más que ver con el choque de una cultura alemana con otra hispanocubana y que menospreciaban el tremendo esfuerzo que Pablo Lafargue (el yerno en cuestión) desplegó a lo largo de su vida para difundir por España y Francia, las ideas de su suegro y, sobre todo, el amor que dispensó a su hija Laura.

En el año que se ha cumplido y nos ha dejado desamparados ante un horizonte cada vez más extraño de días y meses plagados de inseguridades, desasosiegos, e incertidumbres, conmemorábamos el nacimiento de Marx hace 200 años. Uno de los hombres cuyas ideas han influido más en los procesos históricos que se han desencadenado a lo largo del último siglo y medio.

El acontecimiento me ha dado la oportunidad de compartir páginas heterodoxas, cuando no abiertamente heréticas, respetuosas, o irreverentes, sobre el pensamiento y las diferentes lecturas a las que se presta Carlos Marx, en un libro al que titulamos Dígaselo con Marx. Un puñado de mujeres y hombres que se ha prestado a dar su versión de las identidades que habitaban en el Moro (que así le llamaban en la estrecha contorna de familiares y amigos).

Quiso Marx conocer el mundo y su funcionamiento para, inmediatamente, ponerse a la tarea de transformarlo. Nunca un filósofo se había volcado con tanto empeño en esa labor y muy pocos dedicaron su vida a sentar las bases para gobernar las transformaciones que se aceleraban en el tiempo.

Sin la figura de Marx y de su amigo Engels, sin sus mujeres, sus hijas, sus yernos, sería muy difícil interpretar nuestro tiempo. No sólo el pasado, sino sobre todo el presente. No podríamos entender la existencia de sindicatos, partidos de origen obrero, procesos revolucionarios y reaccionarios que conmocionaron y que siguen preocupando en el mundo.

Sin ellos no se explican los avances sociales, el Estado del Bienestar, los sistemas sanitarios, educativos y de servicios sociales. Las potencias imperialistas coloniales, las catastróficas consecuencias de la descolonización, las concentraciones de capital y las grandes guerras, desigualdades, hambrunas. La concentración de capitales y el hecho de que, pese al aumento general de la riqueza, los ricos sean cada vez más ricos y los pobres seamos más desiguales cada día.

Sin los marxistas no se explican los anarquistas, el socialismo, ni la teología de la liberación. El urbanismo pensado para la clase trabajadora, nacido en lugares como Berlín o Viena, antes de la llegada del fascismo, le debe mucho a Marx. El feminismo se universalizó cuando las mujeres trabajadoras entraron en acción y reclamaron igualdad laboral y derechos sociales, además del derecho al sufragio.

Es cierto que la prusiana ciudad de Tréveris ha celebrado activamente el nacimiento de su ciudadano más ilustre, pero no he visto gran entusiasmo en otros países, ni en la propia Alemania. Se ha presentado alguna atractiva película como El joven Karl Marx. En cuanto a España, algún Congreso Universitario, como el de la Complutense de Madrid y algunas publicaciones como el libro mencionado.

Son tantas las citas, acontecimientos, noticias, escándalos rosas, azules, de corrupción económica, que todo tipo de eventos conmemorativos terminan resultando flor de un día. Esa es una de las claves del sometimiento y la esclavitud a la que nos condena la modernidad. Todo es efímera efemérides.

No creo que todo sea elogiable en Marx. Para mi gusto, entró tan de lleno en la economía, el análisis de las clases sociales y acumuló tantos esfuerzos para luchar por la igualdad, que olvidó la capacidad corruptora del poder y terminó dejando la puerta entreabierta a lo que él creyó sería dictadura del proletariado y terminó siendo dictadura sobre el proletariado. De nada sirvió luego explicar que la dictadura del proletariado no era estalinismo, ni maoismo, ni polpotismo.

Pero de ahí a obviar que una parte muy importante de nuestro pensamiento, de nuestra capacidad para estudiar, analizar, juzgar, sentenciar y corregir las lacras de nuestro tiempo siguen necesitando de Carlos Marx y su gente, me parece un error de bulto.

Un error que nos permite pensar que inventamos el mundo cada vez que estallamos, nos organizamos, reivindicamos y conseguimos cambiar algo, en lugar se sentirnos parte de una corriente que a veces se transforma en marea, tempestad, o aguacero que ha recorrido y sigue recorriendo la historia humana desde tiempos inmemoriales. La corriente de la libertad, la justicia y la solidaridad, frente a la barbarie.


Bernanos, o la libertad olvidada

enero 23, 2019

No recuerdo por qué circunstancia me topé con la referencia de un libro como Los grandes cementerios bajo la luna. Acudí a una librería religiosa especializada. Pregunté qué tenían de su autor, el católico Bernanos. La amable librera tuvo que buscar el nombre, que no le sonaba y terminó encontrando una de sus obras, Diálogos de Carmelitas, que se había vendido hace algunos meses. Algo raro hay en un autor católico, al que no reivindican ni los suyos.

Bernanos sigue incomodando. No es para menos. Un hombre que se reclamaba monárquico en la republicana Francia y que no dudaba en fustigar sin contemplaciones a los nacionalistas, monárquicos, derechistas y ultracatólicos de Acción Francesa. Que rechazaba abiertamente el escenario hitleriano, mussoliniano y estalinista, que se perfilaba en Europa.

La Guerra Civil española pilló a Bernanos en Mallorca. Se llevaba bien con los falangistas. Su hijo Yves se integró inmediatamente en las escuadras de la Falange que se hicieron con la isla. Pronto llegaron las detenciones, los paseos nocturnos, los fusilamientos sistemáticos de gentes que no habían herido ni matado a nadie.  Su hijo, desgarrando la camisa azul de falangista y gritando que aquella noche las escuadras habían matado a dos pobres viejos campesinos.

Contaría más tarde, en casa de Maritain, que el terror rojo es una decena de cabezas cortadas, en lo alto de unas picas, chorreando sangre y paseadas por las calles de la ciudad. Todo es rojo, atroz, abominable, todo el mundo lo ve, todos hablan de ello, todos están horrorizados.

Por el contrario, el terror blanco son miles de prisioneros que han sido detenidos en sus casas, transportados durante la noche en camiones que se paran al lado de la cuneta, entonces se les mata de un tiro al borde de la carretera con los motores en marcha, se arrojan los cuerpos en fosas, se recubren con tierra los cadáveres. Nunca más se habla de ello. Nadie se horroriza, nadie se indigna.

Con todo, la imagen más horrible para Bernanos es la de ese cura enviado por el obispo que, con sus ensangrentados zapatos, distribuye absoluciones entre dos descargas (…) Yo simplemente observo que esa masacre de miserables sin defensa, no arrancó ni una palabra de condena, ni siquiera la más inofensiva reserva de las autoridades eclesiásticas, que se contentaron con organizar procesiones de acción de gracias. Por eso escribe Los grandes cementerios bajo la luna.

Bernanos acepta las consecuencias de su elección. Quien dispone de una palabra libre, por modesta que sea, no tiene derecho a callar. ¿Qué es una palabra libre? La que se esfuerza en dar a las palabras su verdadero sentido, que no les permite mentir.

Sabe que el mundo de los poderosos tolera, soporta, integra, a los refractarios, a los inofensivos anarquistas intelectuales, incluso necesita a los violentos, pero teme sólo al hombre libre, el hombre capaz de imponerse su propia disciplina, aunque tenga que pagar con la soledad y la pobreza este testimonio interior. El hombre que se da, o se deniega, pero jamás se presta.

La coherencia le lleva a rechazar ser ministro, miembro de la Academia y, hasta tres veces, la Legión de Honor. No es un oportunista, un triunfador de última hora, un realista que acepta lo que hay, lo que toca. Para él el realismo es la buena conciencia de los hijos de puta, que afirman que la realidad es ésta y no podemos evitarla.

Pese al interesado olvido de Georges Bernanos, un escritor como Mauriac, decía que hubiera dado su vida, su obra y su éxito, por haber escrito como él. Albert Camus, otro hombre libre y rebelde, le define como un escritor de raza que merece el respeto y la gratitud de todos los hombres libres. Respetar a un hombre es respetarle por completo (…) saber reconocer sin disculpas su derecho a ser monárquico.

Así lo debieron entender aquellos soldados de la derrotada República Española que rindieron honores militares en su funeral, junto a un reducido grupo de amigos, congregados en la iglesia de Saint-Severin. Los perdedores, los pobres. Francisco de Asís y Juana de Arco, traicionados por la jerarquía eclesiástica y los poderosos. Nos recuerda que si la pobreza os maldice estáis muertos.

En estos días en los que se hacen más reales que nunca el cuestionamiento de la política y las amenazas cada vez más refinadas, eficaces y calculadas contra la libertad democrática, haríamos bien en  tomar en cuenta  la crítica implacable de Bernanos,  Es evidente que la proliferación de partidos halaga ante todo la vanidad de los imbéciles. Les da la impresión de que escogen. Cualquier dependiente os dirá que el público atraído por la exposición del género de temporada, una vez saciado de mercancías y después de haber puesto a prueba los nervios del personal, pasa por la misma caja.

No resulta extraño que poco tiempo antes de su muerte, poco después de terminar la Segunda Guerra Mundial, se adentrase en un debate futurista que hoy es de rabiosa actualidad, publicando un libro titulado Francia contra los robots, en el que afirma que la civilización moderna se va convirtiendo en una conspiración universal contra toda clase de vida interior, al tiempo que rechaza la idea de que la libre empresa conduce hacia la mejora de la vida humana. Muy al contrario, siempre se ganará más satisfaciendo los vicios del hombre que sus necesidades.

Cómo no entrever la aparición de la nueva religión-ideología totalitaria del dataísmo, cuando hace más de ochenta años Bernanos afirma que el Estado Técnico tendrá mañana un solo enemigo: el hombre que no hace como todos los demás, o dicho de otra manera, el hombre que tiene tiempo para perder, o aún más simplemente, el hombre que cree en algo distinto a la tecnología.

Mujeres y hombres libres que, más que nunca, necesitamos.


María Luisa, una madrileña valiente

enero 23, 2019

 

En estos tiempos de reivindicación de la igualdad de la mujer, me parece necesario recordar a María Luisa Suárez, que acaba de dejarnos con 98 años de edad. Una de esas personas que luchó por la emancipación, la libertad y los derechos en tiempos mucho más difíciles de los que hoy nos toca vivir.

Nació María Luisa en Madrid en 1920. Sus padres eran republicanos y decidieron que su hija tuviera una educación laica y librepensadora. Por eso su formación inicial se desarrolló en la Institución Libre de Enseñanza, ese proyecto de regeneración, modernización y europeización de la enseñanza que puso en marcha Francisco Giner de los Ríos.

Las botas militares pisotearon todas aquellas buenas intenciones pedagógicas, el reconocimiento de los derechos que la República había concedido a las mujeres y cualquier intento de reformas sociales, o políticas, que pudieran dar voz, protagonismo y poder al pueblo. Sin embargo, el poso de todo lo vivido en aquellos primeros años acompañó a María Luisa, a lo largo de toda su existencia.

Se empeñó, recién acabada la guerra, en ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, aunque fuera la única mujer matriculada allí en 1941. Hay que hacerse a la idea de dónde entraba nuestra joven heroína. Una facultad completamente masculina, cuando no abiertamente machista, en la que enseñaban profesores que habían superado todas las depuraciones del régimen franquista y que tenían un alto sentido y un elevado concepto de la clase a la que pertenecían y a la que estaban destinados a defender.

María Luisa fue una de las pocas mujeres que superó la prueba y formó parte de la primera promoción que se licenciaba en Derecho tras la Guerra Civil. No fueron fáciles sus comienzos, pero ingresó en el Colegio de Abogados y se empeñó en ejercer la profesión, en lugar de recluirse en el papel hogareño que el franquismo reservaba a las mujeres.

Se afilió al clandestino Partido Comunista y llegó a formar parte de su Comité Central. Se enamoró, se casó, tuvo una hija. Ayudó al defensor militar en el juicio a Julián Grimau, que terminó siendo fusilado tras la sentencia del Tribunal Militar.

Creó el primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, Antonio Montesinos y José Esteban. Defendió a miles de trabajadores, militantes de las CCOO como Marcelino Camacho, miembros del Partido Comunista y a cuantos reclamaban su ayuda por ser perseguidos por la dictadura.

A lo largo de su vida recibió la distinción de San Raimundo de Peñafort, el máximo reconocimiento de la abogacía española, o el Premio Abogados de Atocha en su primera edición, en reconocimiento a su defensa de los derechos laborales.

Miro esa foto, que figura en la portada de su libro Recuerdos, nostalgias y realidades. Una joven y sonriente abogada recién licenciada. Admiro la serena sensibilidad que le hizo ser apreciada por cuantos y cuantas trataron con ella, junto al orgullo, la firmeza y convicción  que habita en su mirada. Toda ella fue generosidad que abrió las puertas de su despacho para forjar en él aquellas generaciones de abogadas y abogados como Lola González Ruiz, Cristina Almeida, Manuela Carmena, o Francisca Sauquillo. La generación de los Abogados de Atocha.


2019, hablando de Villaverde

enero 10, 2019

Me pide mi amigo Javier Cuenca que me estire un poco y escriba algún breve artículo, de vez en cuando, sobre Villaverde. Agradezco que los amigos se acuerden de mí y me inviten a participar en sus sueños, sus ideas, sus proyectos. Así que a ello vamos.

Se lo debo a Javier y se lo debo a mi madre que, después de nacer en Mejorada, un pueblecito cercano a Talavera, después de atravesar una guerra, una posguerra, años de eso que hoy llamamos servicio doméstico y antes criada, hambrunas, desarrolismos, limpiar casas, fincas, colegios, terminó comprando piso en Villaverde y allí siguió viviendo hasta su muerte.

Para comenzar la ronda, vaya por delante esta felicitación de Año Nuevo que he difundido en las redes sociales. Una foto de ropa tendida en los balcones de Villaverde, con un escueto texto, Felices fiestas. Feliz 2019. Que ondeen nuestras banderas en las ventanas.

Me explico. Todos tenemos una patria. Decía la madre de Serrat que la suya era aquella en la que trabajaban sus hijos. Mi patria es la de mi madre, Villaverde. No creo que fuera el lugar donde ella encontrara más felicidad, pero sí su lugar en el mundo.

No era el mejor lugar de Madrid, ni el más hermoso. Era, tan sólo, el suyo. Aquel en el que cuando salía a la calle, o llamaba a la puerta de enfrente, encontraba personas con las que había compartido nacimientos, bodas y bautizos, enfermedades, jubilaciones, viudedad, funerales.

Esas cosas que nos hacen patriotas. Porque los patriotas, como las meigas, existen y no son cuatro chulos a caballo, cargados de pulseras, relojes, collares de perro de raza, colgantes y camisetas rojigualdas. Patriotas somos los que nos sentimos ligados a una tierra, a una familia, a un clan, a un barrio, a un pueblo, aunque hayamos, o no, nacido allí.

Somos los que hemos jugado en sus calles, hemos visto películas en sus cines ya desaparecidos, hemos chupado tardes de domingo en sus billares, convertidos en casas de apuestas, hemos ocupado sus plazas, nos hemos disfrazado en sus carnavales, nos hemos manifestado para pedir colegios, institutos, centros de salud, centros culturales, asfaltado, limpieza. Nos organizamos en asociaciones, vecinales, culturales, sindicales, deportivas.

El himno de mi patria es el ritmo de nuestra vida convertido en músicas venidas de todas las partes del mundo. Hoy mi himno es una copla y mañana un rap. Hoy un son cubano y dentro de un rato el himno se transforma en rock. Unas veces el ritmo se convierte en danza bikutsi, salsa, merengue y otras en pasodoble o chotis. El himno de mi patria es rico, ecléctico, variado y universal.

Y la bandera. Qué decir de la bandera de mi patria. Ahí, me inclino y soy del parecer de Robe Iniesta, el de Extremoduro. Creo firmemente que no hay mejor bandera que la ropa tendida, los pájaros sin amo, la lluvia, el agua, o esos duendes del parque que registran las basuras. Ropa tendida de todos los colores. Y no hay más patrias, ni fanfarrias, ni banderas.

Vamos a un año en el que hay elecciones municipales, europeas y autonómicas, puede que hasta generales haya en camino. Nos van a llenar la cabeza con su patria, sus cancioncitas facilonas, sus machaconas proclamas y sus banderas, muchas banderas. Que no falte parafernalia.

Yo, por mi parte, seguiré a lo mío, en mi patria, con mi gente, mi ropa tendida y mis canciones. No quiero que me griten, ni me llenen la cabeza de odios ancestrales y rencores sobrevenidos. No quiero que me cuenten que el problema es mi vecino, que vino de Andalucía, Cataluña, Marruecos o Ecuador. Su piel, su religión, su sufrimiento, no le hacen menos patriota mío.

Cuando llegue el momento buscaré a personas sencillas, que no simplonas, dispuestas a cuidar de todas y todos, que nos protejan de los poderosos y los ricos, que consigan que los servicios públicos funcionen sin grandes propagandas publicitarias, que nos dediquen su tiempo sin enriquecerse a cambio, que paseen por las calles y escuchen nuestros problemas, nuestras necesidades y tranquilicen nuestros miedos. Y si los encuentro, les daré mi voto.


La Formación Profesional sigue esperando

enero 10, 2019

Ahora, después de tragarnos riadas de mensajes que nos hablaban del fin de trabajo y del final de la Historia, que iban a ser barridos por inevitables y acelerados procesos de digitalización y globalización, nos encontramos con que el debate que atraviesa la incorporación de nuevas tecnologías, el cambio climático, las migraciones, la globalización, es el problema del reparto de la riqueza, la decencia del empleo y, en consecuencia, la formación inicial y permanente de las personas.

El desempleo, la temporalidad, la baja calidad del empleo, la precariedad, la infracualificación de muchos y la sobrecualificación de otros tantos, la inadaptación entre cualificación y empleo disponible, el deterioro salarial y de derechos laborales atacan directamente al centro del modelo social que ha permitido construir Europa y la cohesión social.

La educación, la formación inicial y la formación permanente de las personas se nos presentan como llave para abordar estos retos. Es cierto que se consideran elementos esenciales para las empresas, pero se tiende a olvidar que, por encima de ello, son un derecho de la persona. Cada país pone el acento en una interpretación distinta de estos conceptos.

Hay países, como Suecia, en los que prima la visión de la Formación Profesional como parte de la Educación de las personas. El Estado financia, regula, planifica, una Formación Profesional bien conectada con los niveles medios y superiores de la educación. Esta visión pone más el acento en el progreso personal y profesional que en las necesidades específicas de las empresas.

En otros países, sin embargo, se entiende la Formación Profesional, como un complemento de la educación. Países acosados por el paro y golpeados por la crisis, que orientan la formación profesional hacia la mejora de las oportunidades de inserción laboral. Un instrumento para suministrar trabajadores cualificados en función de las necesidades empresariales, El Estado pierde protagonismo y son múltiples proveedores los que diseñan, imparten, deciden, sobre la mayor o menor cualificación necesaria en cada caso. Un ejemplo de este modelo sería Irlanda.

Se habla mucho por estas tierras del modelo alemán de Formación Profesional, eso que allí denominan formación dual y que constituye un referente en España para cuantos, desde las organizaciones empresariales, sindicales, o el propio gobierno, se ven forzados a fijar una posición pública sobre la formación profesional. La susodicha dualidad consiste, básicamente, en poner el acento en el aprendizaje práctico en las empresas.

El modelo alemán exige compromiso y cooperación entre empresarios, sindicatos y los gobiernos de los Estados Federales (el equivalente a nuestras Comunidades Autónomas), así como una regulación del trabajo de los aprendices que evite su explotación. En Alemania funciona. En España no ha pasado casi nunca de ser una declaración de intenciones, defraudada por demasiadas prácticas poco recomendables, que obvian la formación y fomentan la explotación laboral del aprendiz.

Uno de sus puntos débiles, en mi opinión, es que todo se organiza al servicio de que el empresario cuente con personas cualificadas para atender las necesidades de la empresa, lo cual es necesario, siempre que no se convierta en el objetivo único y permita el desarrollo personal y profesional, así como el acceso a niveles superiores de formación y cualificación de las personas.

Países como Finlandia han intentado una mezcla de todas estas modalidades. Se puede realizar formación en un centro educativo, en una empresa, en una universidad. El Estado, a través de sus centros, o entidades privadas, pueden desarrollar procesos formativos. Incluso los profesionales que imparten dicha formación, pueden ser profesores, tutores de prácticas, maestros, formadores especialistas en determinadas materias.

El modelo se convierte en flexible para atender demandas de cualificaciones más específicas o más generalistas. Su objetivo es atender las necesidades de la empresa, pero también las necesidades personales de igualdad, de integración laboral, o de inclusión social.

Ya vemos que contamos con formas bastante dispares de entender la Formación Profesional, en países cercanos y miembros de un mismo proyecto político, económico y social, al que llamamos Europa. Creo que conviene extraer, al menos, unas pocas conclusiones prácticas sobre las que trabajar a lo largo de 2019.

En primer lugar, parece bueno diversificar la oferta de Formación Profesional, tanto en las cualificaciones que se ofertan, como en las edades y los grupos sociales a los que se facilita el acceso. Hay países que ensayan programas de FP incluso por debajo de los 16 años, como es el caso de Portugal.

Junto a esta diversificación la Formación Profesional, la Permanente, o la Formación para el Empleo, deben estar bien coordinadas y, a su vez,  conectadas con el sistema educativo y la Formación Superior universitaria. Son muchos los países que ya lo hacen, entre ellos, Alemania, Reino Unido, Francia, Austria, o Dinamarca.

Incluso se facilita el acceso a la universidad mediante acreditación de la experiencia profesional, pruebas de acceso específicas, o cursos de acceso a la universidad. Las universidades están cada vez más interesadas en incorporar, en el nivel superior de la educación, metodologías y competencias propias de la Formación Profesional no universitaria.

En un país como España en el que los índices de fracaso escolar y abandono educativo temprano son excepcionalmente altos, sería muy positivo conectar bien la educación de personas adultas con la FP. No se trata sólo de combatir el desempleo, sino de brindar una segunda oportunidad a quienes fueron expulsados, o abandonaron demasiado pronto los estudios y a quienes sufren las consecuencias de la desigualdad, ofreciéndoles nuevos itinerarios formativos diversificados.

Creo que es positivo que se vaya extendiendo una Formación Profesional que intenta ir más allá del entorno escolar y pone el acento en las prácticas en empresas y en entornos laborales, tanto en las enseñanzas medias, como en las universidades. Sólo creo que hay que prevenir que la Formación se ponga exclusivamente al servicio del empresario, cuando debe ser un derecho que asegure el desarrollo individual y la promoción laboral permanente de cada persona. Eso sólo es posible si los procesos de formación son fruto de la negociación y cuentan con la participación sindical, social y de las administraciones, junto a los sectores empresariales. Así ocurre en los países de Europa con una mejor Formación Profesional.

La Formación Profesional ha sido siempre el patito feo de la educación en España. Quien no “valía”, o no podía, seguir estudios superiores, terminaba en la Formación Profesional. No es tanto mala imagen, como una consideración social inferior. Este escenario va cambiando, pero muy lentamente.

En conclusión, la Formación Profesional que incorpora prácticas en las empresas está contribuyendo a ofrecer más oportunidades de empleo, que cuando la formación es exclusivamente teórica lo cual mejora el prestigio y la imagen de la FP. La Educación Técnica y Formación Profesional (ETFP) gana peso en los sistemas educativos, al tiempo que diversifica sus modalidades, metodología y contenidos, incorporando formación y prácticas en las empresas.

España debe asumir este reto y regular mejor este espacio de formación profesional permanente, asegurando los derechos de las personas que participan en estos procesos. La Unión Europea nos reclama negociar y aprobar un Estatuto del Aprendiz. De resolver bien estos desafíos va a depender no sólo el futuro de nuestras empresas, sino la propia calidad del empleo y la cohesión social de nuestro país. La Formación Profesional no puede seguir esperando.