Los Mayos del 68 y 50 más

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.

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Carta abierta a los habitantes de Lebu (Chile)

mayo 9, 2018

Queridos habitantes de Lebu,

Escribo esta carta para agradecer la concesión del Premio Literario Gonzalo Rojas Pizarro, que el jurado ha decidido concederme en ésta su XV edición. Hace poco más de mes y medio recibí un correo electrónico del Coordinador del Concurso, Jaime Magnan, informándome del fallo del jurado.

De acuerdo con el Acta suscrita por el jurado de este apartado, publicada en el transcurso de este día, me complace notificar que su trabajo “Sagrada Familia”, registrada con el Nº 333, firmado con el seudónimo Dios, se ha ungido Primer Lugar en nuestro certamen. A continuación, Jaime, tras felicitarme, me informaba que el acto de entrega de premios tendría lugar el 4 de mayo.

Pocas cosas me hubieran llenado de más orgullo que poder compartir con vosotras y vosotros ese momento. Algunas circunstancias personales me impedirán hacerlo. Por eso me comprometí con Jaime a enviar un vídeo, que pudiera ser proyectado en el acto.

Vayan primero las presentaciones. Soy el hijo de una criada nacida en un  pueblecito toledano, cercano a Talavera de la Reina llamado Mejorada y de un cantero de un pequeño pueblo de la Sierra de Guadarrama llamado Collado Mediano.

Los padres de la criada, de nombre Sara, tuvieron que huir de las tropas franquistas, que en el año 36 del siglo pasado, avanzaban imbatibles hacia Madrid. Tras combatir en aquella Guerra entre hermanos, tuvieron que pagar con cárcel haber dirigido las Juventudes Socialistas Unificadas del pueblo, que ocuparon la Casa del Cura y convirtieron la iglesia en un Salón de Baile, instalando en el mismo un aparato infernal llamado radio.

En cuanto al padre de Francisco, el cantero, al que todos conocían como Paco y al que apodaban Charivari, partió a la Sierra a defender la República de Trabajadores, amenazada por las tropas sublevadas. Mis hijas (tengo dos hijas y un hijo aún adolescente), han descubierto en un apunte del Archivo Histórico de Salamanca (el dedicado por la dictadura a fichar a masones y comunistas), que mi abuelo pertenecía a la Unión General de Trabajadores (UGT), al Partido Comunista de España (PCE) y se alistó en el Quinto Regimiento, aquel al que perteneció el poeta Miguel Hernández. Desapareció, mi abuelo, en el confuso final de la Guerra y nadie sabe dónde descansa su cuerpo. Si en un erial, una trinchera, o un campo de concentración francés.

Yo crecí rodeado de silencio y miedo. Los niños no teníamos que saber estas cosas. Cualquier comentario fuera de la casa podía traer malas consecuencias. Mejor no saber. Mejor callar. Mejor que la memoria no llegara a alcanzarnos y devorarnos. Aunque nadie nos lo dijo nunca, sabíamos que éramos hijos de perdedores.

Al final, mis padres acabaron en Madrid, en un barrio del Sur más profundo, llamado Villaverde. Allí me hice maestro antes de estudiar magisterio. Luego me licencié en historia, para intentar explicarme y explicar tanta oscuridad, desmemoria, pasado oculto, vidas escondidas y humilladas. Y me di cuenta de que la existencia de aquellas gentes que habitábamos en el Sur, estaba llena de enormes cantidades de polvo de misterio y no podía ser explicada sólo con investigaciones históricas. Por eso comencé a escribir artículos, pequeños ensayos, un libro sobre el Primero de Mayo en Madrid, poemas y relatos en La Tierra de los Nadie.

No soy un profesional de la escritura. Soy maestro de profesión y sindicalista de las Comisiones Obreras de España. Escribo a ratos perdidos. Algunas noches envío un relato, algunos poemas, a concursos literarios y así he ido recibiendo premios en lugares como las cuencas mineras asturianas, o el Voces del Chamamé en Oviedo; en el pueblecito de Sopó, ubicado en el Departamento de Cundinamarca, Colombia; en Lima, provincia de Buenos Aires; en Hervás, un pequeño pueblo del Valle del Ambroz, al Norte de Cáceres; o en Lekunberri, un pueblecito navarro a mitad de camino entre Pamplona y San Sebastián.

Premios que nunca tienen grandes dotaciones económicas. A veces conllevan la publicación de los poemas, o de los relatos. Para mí son grandes premios. Para mí es suficiente premio el que un jurado me haya leído y haya sentido que algo en mi escrito le  hacía vibrar.

Cuando recibí el correo de Jaime, debo confesarlo, lo primero que hice fue adentrarme en internet para ver dónde se encontraba Lebu. Pronto me di cuenta de que escribiendo sobre las gentes de mi Sur, había llegado, como a través de un agujero de gusano, a otro Sur, en la frontera araucana. Un Sur minero, pescador, centro comercial y turístico, azotado también por el paro y las necesidades sociales.

Luego, me dediqué a repasar la andadura de Gonzalo Rojas y leer algunos de sus poemas. Premio Reina Sofía de Poesía, Premio Nacional de Literatura, Premio Cervantes. Colaborador del gobierno de Salvador Allende. Exiliado. Pero, sobre todas las cosas, maestro, educador, alfabetizador de los trabajadores por los parajes de Atacama.

A mis 16 años, decidí ser maestro. Cuando yo tenía 16 años, aquel experimento de socialismo en democracia y libertad que venía de Chile, fue aplastado por las botas militares y, cuantos vivíamos bajo la bota militar de un dictador estepario, aprendimos a tocar la guitarra tarareando clandestinamente a Violeta Parra y a aquel Victor Jara, al que siempre nos representábamos en el Estadio Nacional de Santiago.

Creímos que se cumpliría la profecía de Allende y que nuestras grandes alamedas podrían abrirse de nuevo, para dejar pasar a hombres y mujeres libres, cuando otros militares, con claveles en la bocana de sus fusiles, se alzaron contra nuestra vecina dictadura salazarista, en Portugal, aquel 25 de Abril del año siguiente.

Todo fue, sin embargo, más complejo, más arduo, bastante más complicado. Las dictaduras siempre dejan un rastro de sangre y víctimas, muy difícil de limpiar. Una degradación de la condición humana, muy difícil de recomponer. Construir una sociedad mejor no es empeño fácil en esas condiciones. Ni en Chile, ni en Argentina, ni en Colombia, ni en España.

Y, pese a todo, ahí seguimos intentándolo. Muchas gentes decentes, humildes, sencillas, respetuosas, que tan sólo queremos una educación que nos haga iguales, una sanidad que cuide nuestras vidas, unos servicios públicos que atiendan nuestras necesidades esenciales, un trabajo y unas pensiones que nos permitan satisfacer las necesidades de nuestras familias. Sólo queremos pensar, hablar, escribir, festejar, crear, vivir, en libertad.

Gracias por el premio que me habéis concedido. Un premio que me alcanza como un compromiso, un contrato y que vincula mi vida con las vuestras. Para lo bueno y para lo malo. Y más allá de cualquier muerte que pretenda separarnos.

Un fuerte abrazo,


Profesionales

mayo 9, 2018

Entro en los hospitales, las escuelas, los centros de servicios sociales. Me indigna el deterioro que compruebo a mi alrededor. No son sólo las manos necesarias de pintura que faltan en sus paredes. Es, sobre todo, la masificación que amenaza a cada instante con colapsar en funcionamiento de los servicios que allí se prestan. La imposibilidad de trabajar planificando la oferta y atendiendo las nuevas demandas. La sensación de que la urgencia marca el frenético ritmo de la actividad.

Se deposita en los centros educativos la responsabilidad de formar a futuras generaciones. El cuidado de nuestra salud en los centros sanitarios. Nuestro bienestar personal en los centros de servicios sociales. Y, sin embargo, permitimos que los profesionales sobre los que descansan los bienes más preciados de nuestra existencia, se vean abandonados a su suerte. Consentimos que muchos de esos servicios esenciales para la calidad de nuestras vidas sean gestionados por empresas privadas, cuyo objetivo prioritario no es nuestro bienestar, sino su beneficio económico.

Los formamos durante años y financiamos sus especialidades universitarias en docencia, sanidad, trabajo social. Veo como se esfuerzan por demostrar su profesionalidad cada día. Cómo asisten a cursos de especialización. Cómo tensan sus nervios para no perder  la paciencia y mantener intacta su vocación. Claro que hay quienes han caído en la desidia y en una suerte de muda desesperación. Y claro que hay quienes están ahí porque tiene que haber de todo. Pero eso ocurre en todas las profesiones, sin que por ello nadie convierta la excepción en un estado general de las cosas.

He dedicado muchos años al sindicalismo y he tenido que escuchar, no pocas veces, ese tipo de opiniones que descarga en los sindicatos toda la responsabilidad de los males que sacuden la vida de los trabajadores, muy por encima de  las responsabilidades de los empresarios, o de los gobiernos que legislan sobre los derechos laborales. También he tenido que enfrentarme a esas interpretaciones que convierten al extranjero en el causante de nuestras altas tasas de paro. Las versiones simplonas, pero claras y  entendibles, siempre suelen terminar por imponerse sobre razonamientos coherentes, pero complejos.

Entiendo que, quienes vemos denegado el acceso a un derecho, tenemos enfrente a un empleado público al que le pedimos explicaciones indignadas sobre las causas por las que se nos excluye de unos servicios o prestaciones, a los que considerábamos deberíamos poder acceder. Y, sin embargo, ese empleado público, no es el responsable de lo que consideramos desmanes inadmisibles. No basta con dar cuatro voces en una “ventanilla”, para que nuestros problemas se solucionen.

Compruebo, en muchas ocasiones, cómo esos trabajadores y trabajadoras, conscientes de las lamentables situaciones a las que nos vemos abocados, en no pocas ocasiones, nos animan a presentar reclamaciones, denuncias, quejas. Y compruebo también, en otras muchas ocasiones,  que estas acciones nunca son emprendidas por quienes alzan la voz ante un funcionario pero no dejan constancia escrita, ante ninguna instancia responsable de la buena gestión de los servicios.

Creo que contamos con magníficos profesionales y que merece la pena convertirlos en nuestros aliados en la defensa de derechos tan nuestros y esenciales, como el de la educación,  la sanidad y los servicios sociales. Hemos invertido mucho para formarlos y su trabajo como servidores públicos, es la llave que nos permite vivir como  mujeres y hombres libres e iguales a lo largo de toda nuestra vida.

Su buen trabajo son nuestros derechos.


El final de ETA

mayo 3, 2018

Leo en los medios de comunicación que ETA ha anunciado su final como banda terrorista. Deja tras de sí más de ochocientas personas muertas en atentados y un rastro de desolación, desencuentro, tensiones insostenibles, agresividad a flor de piel, que han envenenado la convivencia en el País Vasco a lo largo de las últimas décadas.

Hay quien se entretiene en dilucidar si las disculpas de ETA son suficientes o no y no seré yo quien niegue que esas disculpas me han sonado a mezquinas. Cada muerte relacionada con el terrorismo, o con el ejercicio de la violencia, no debe ser nunca justificada, ni merece la justificación de nadie.

Sin embargo, prima en mí el cansancio  de tan larga historia de atentados, pesando sobre cada instante de mis recuerdos, por muy atrás que me proyecte en el tiempo. Quiero ser optimista y esperar que más allá de tanta muerte, tanto sectarismo y tanto odio sembrado, tanta utilización del terrorismo para fines mezquinos, se puede abrir un camino de convivencia pacífica, justa, en libertad.

Durante años, cuando comencé a desempeñar el cargo de Secretario General de CCOO en Madrid, en el 2000, tuve que organizar, acudir, encabezar, manifestaciones, concentraciones, actos de repulsa, paros en las empresas, para rechazar cada atentado de ETA. Durante años me recomendaron, desde la propia Delegación del Gobierno, pedir, cuando menos, un servicio de contravigilancia. Nunca lo hice, porque cualquiera y no yo más que otros muchos,  podía terminar siendo víctima de uno de aquellos atentados.

Siempre creí que el final de ETA era inevitable, tras el atentado del 11-M, en Madrid. Por brutales que quisieran ser sus métodos, nunca podrían igualarse con esos yihadistas que matan y mueren en nombre de un Dios, en cuyo nombre construyen un imperio de cadáveres. La bandera del terror había cambiado de portaestandartes. Definitivamente ETA no era el Estado Islámico, como antes no identificaba sus ideales con Pol Pot y sus Jemeres Rojos.

Siguieron matando y hasta intentaron algo extremadamente brutal que terminó, el sábado 30 de Diciembre de 2006, con las vidas de Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate, en la T-4 del Aeropuerto de Barajas. Dos ecuatorianos que convocaron el rechazo unánime y provocaron todo el afecto, el apoyo y la solidaridad del pueblo de Madrid, en la impresionante manifestación que dos semanas después convocamos los sindicatos, junto a las organizaciones de ecuatorianos. Quisimos que fuera de todos, por encima de los que intentaron que fuera una manifestación partidaria.

Seguir matando policías, guardias civiles, mandos del ejército, políticos de derechas e izquierdas, emigrantes, periodistas, transeúntes, en nombre de un ideal nacionalista, era un sinsentido que no podía prolongarse mucho tiempo. Tardaron en declarar el fin de la lucha armada, porque ya se sabe que las inercias empozadas en lo más profundo, se resisten a dejar paso a lo inevitable. Terminaron por declarar el cese definitivo de la actividad armada casi cinco años después del atentado de la T-4.

Ahora anuncian su final, con una petición de disculpas, a medias. Podrían haber tirado la casa por la  ventana y, con todas las explicaciones que considerasen oportunas, haber pedido perdón a cuantas personas hubieran matado y a cuantas hayan podido herir de por vida con sus bombas, sus pistolas, su “lucha armada”. Perdón y reparación en cuanto sea posible y reparable.

Siempre he creído que la España de mujeres y hombres libres, tuvo sus orígenes medievales en el País Vasco. No sé si será un mito infundado que yo me he ido construyendo por entretenerme en buscar raíces que expliquen  el origen de mis querencias y mis creencias. Esa libertad llevaba demasiadas décadas secuestrada en Euskadi, a manos de la represión franquista y de la espiral terrorista de acción y reacción, de violencia constante, que se autoalimenta hasta el infinito, si nadie lo para.

Por eso, más allá de cualquier otra consideración, saludo el final de esta negra historia en la que no hay gloria, sino tan sólo un terrible rastro de dolor y miedo. Toca ahora construir una convivencia en la que ya no hay maketos, ni txakurras y todas y todos podemos ser gudaris, sólo de los buenos. De aquellos que desde la libre expresión de sus ideas, defienden la vida. Sin procesos inquisitoriales y con más charivaris, enamorados de la palabra y la risa.


Mayores, pobres, en soledad, dependientes

mayo 3, 2018

Sólo falta en el título la palabra Mujeres, pero resulta evidente, una especie de sujeto elíptico, omitido, tácito, que está, necesariamente, presente. Porque la mayoría de las personas mayores, con bajas pensiones y viviendo solas, son mujeres.

Su esperanza de vida es más larga. En general, tienen menos edad que sus maridos. No han cotizado a la Seguridad Social, o han cotizado poco tiempo y por poco dinero, porque han tenido empleos esporádicos, temporales, o sin cotizar, con lo cual su pensión no refleja cuanto han aportado a la economía doméstica, en forma de cuidado de la casa, de la familia y de las personas dependientes.

Un buen día, esas mujeres mayores, que han aprendido a vivir su soledad en pobreza, sufren un accidente, una enfermedad, un internamiento en un hospital, una operación y, cuando vuelven a casa y siguen cobrando su pensión de miseria, necesitan a alguien que las atienda, porque hay cosas que ya no pueden hacer.

Entonces tienen que ir al Ayuntamiento, al Centro de Servicios Sociales, y pedir una ayuda, una persona que eche una mano, para hacer la comida, para salir a la calle, para hacer la compra, para limpiar la casa, hacer la cama. Y puede que, si demuestra fehacientemente su condición de pobre, sola, viuda, mujer, termine recibiendo algún tipo de ayuda a domicilio. Puede que dos horas, tres días en semana, siempre que el presupuesto no se haya agotado.

Luego, si la cosa empeora (y siempre termina por empeorar) y en todo caso al poco tiempo, le indicarán que tiene que solicitar la atención a la dependencia en la Comunidad de Madrid. Más demostraciones de pobreza, situación de su salud, pensión que cobra y demás cosas que ellos saben perfectamente, o pueden conocerlas, pero que es mejor pedir a la señora.

Papeleos que conducen a un dilatado procedimiento en el que vendrán a valorar su situación y, tras un mínimo de seis meses (un mínimo que siempre se cumple y se rebasa con creces), se le reconocerá, casi siempre, un nivel mínimo de dependencia y se les concederá, en no pocas ocasiones, una ayuda inferior a la del Ayuntamiento. Pero ya no hay vuelta atrás.

Y, cuando todo vaya a peor, habrá que volver al camino de las nuevas demostraciones de pobreza, viudedad, baja pensión, empadronamiento y soledad. Pero esas mujeres están cada vez más mayores, más solas, igual de pobres y se mueven cada vez peor. Puede que ni tengan hijos e hijas a los que recurrir, ni la cabeza en su sitio para hacerlo.

Salvo la auxiliar itinerante, que viene una hora y media, tres veces en semana, la ocasional y amable llamada de las auxiliares de teleasistencia, la visita mensual de la enfermera, la mujer seguirá sola, viuda, pobre y cada vez más dependiente. Porque la dependencia existe, llega poco a poco y de forma irremisible. Lo que no  existe es la atención a la dependencia. O, al menos, algo que merezca con plena propiedad y estándares europeos, tal nombre.

Los mayores (masivamente mujeres viudas), pobres, solas y dependientes, lo saben bien, aunque no lo digan. Tú y yo lo sabemos, aunque no queramos verlo.


Manuel Rico Ante el espejo

mayo 3, 2018

El proceso educativo nos permite recorrer el camino desde la dependencia más absoluta, en el momento de nacer, hasta alcanzar la autonomía personal. Podríamos decir que la educación consiste en adquirir el principio de realidad. Y no me refiero exclusivamente a la educación adquirida en centros educativos, sino a la cultura que adquirimos a través de todos los procesos de nuestra vida.

No hay una edad definida, ni un momento cierto en el que la realidad se convierte en camino en nosotros. Es más, hay quien no emprende ese trayecto por muchos años que cumpla, mientras hay quien, aún antes de alcanzar la mayoría de edad, ya ha abierto esa vereda.

Percibo ese momento iniciático en el poemario La densidad de los espejos, de Manuel Rico, que hemos presentado recientemente en el Ateneo 1º de Mayo de CCOO de Madrid. La Editorial El Sastre de Apollinaire ha asumido la tarea de publicar, de nuevo, el poemario con el que Manuel Rico ganó el Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez hace ya veinte años. Un momento que se revela el día en el que el hombre pisa la luna y el autor abandona el salón de la casa de su padre.

Los espejos son la metáfora, el instrumento, la disculpa, que utiliza Manuel Rico para alcanzar la conciencia de la relación de la historia personal, enmarcada en una historia colectiva, esa región terrible que extendieron los siglos. Esa región en la que tenemos que vivir y reconocernos.

La realidad no puede ser tan sólo una convención construida desde la razón. La ciencia, por sí sola, no permite la construcción de la realidad, porque, en definitiva es una elaboración humana, en un tiempo determinado. En nombre de la ciencia estuvo a punto de ser quemado Galileo y fue quemado Giodano Bruno.

No olvidemos que la Iglesia se aferraba a la realidad de la ciencia del momento, enfrentada a una difícil demostración del heliocentrismo. De la misma forma que hoy no es tan fácil entender la teoría de la relatividad de Einstein, frente a la simplicidad explicativa y mucho más sencilla de Newton.

Al final, el relato construido en torno a estos enfrentamientos, aparece trufado por mitos, interpretaciones, leyendas. Son muchos los estudiantes que responden que Galileo fue quemado y, cuando les preguntas quién le quemó, no dudan en responder que la Inquisición española. Ni murió quemado, ni aquella Inquisición era española.

A Galileo, Newton y Einstein, incorporamos ahora el principio de incertidumbre de Heisenberg que nos impide conocer, al mismo tiempo la posición y la velocidad. Y, aún más adelante, nos atrevemos con el recientemente fallecido Stephen Hawking y le seguimos por sus agujeros negros, sus viajes en el tiempo a través de agujeros de gusano y la posibilidad de concebir universos paralelos, organizados en multiversos.

Desde este escenario de la razón, habrá que empezar a pensar que también la poesía, la imaginación, la memoria, los recuerdos, el sentimiento, las necesidades, el misterio, ayudan a conformar la imagen que nos devuelve el espejo. Cuando las ciencias de la física, la matemática y las ciencias humanas no dan más de sí, la poesía, la escritura, el arte, las artes se convierten en formas de interpretar la vida, de integrarla y asumirla,  con toda su complejidad.

Manuel Rico nos ofrece mucho más que un poemario. Es Manuel Vázquez Montalbán el que al hablar sobre el libro explica que nos encontramos ante un poemario, pero sobre todo ante un relato. Un poeta-personaje que nos devuelve a la infancia, a la casa del padre, a los olores a resina y campo, al sabor a ceniza de las mañanas.

Sus espejos nos devuelven la densidad de la luz enquistada de la imagen de quienes fuimos ayer, de los otros, del que tuvo el precario poder de lo imposible entre los dedos. Nuestra imagen de la infancia y de un tiempo de la niebla en la que fuimos otros, cuando el tiempo aún no existía.

Los espejos que nos enfrentan a la conciencia de la devastación del tiempo, al miedo, el desgaste de las hendiduras de la piel golpeada por los viejos temporales, el viento insumiso, la degradación de la luz inocente del principio. Los espejos nos hablan de aquella huidiza estancia, a veces identificada con la infancia, donde habita la diosa cruel a la que llamamos dicha o felicidad. Ese lugar en el que siempre somos inquilinos.

La Densidad de los Espejos es un libro necesario, hoy más que ayer, escrito por Manuel Rico, uno de nuestros poetas imprescindibles.


Recordando a un poeta del pueblo

mayo 3, 2018

Cuando hayas leído el titular, casi seguro que, en el mejor de los casos, habrás pensado en el 76 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, en la cárcel de Alicante, mientras pelaba la cebolla de una vida que hubiera querido, al menos, terminar entre los suyos, junto a su mujer y su hijo.

No, tampoco se trata de otro poeta del pueblo como Marcos Ana, que bien merece también artículos y crónicas frecuentes. Me refiero a Andrés García Madrid. No lo busques en la Wiquipedia. Son pocas las menciones que encontrarás sobre él en Internet, a excepción de alguna referencia a varios de sus libros publicados hace muchos años y que aún puedes conseguir, de segunda mano, en algunas librerías y salvo unas pocas reseñas de la convocatoria, o de la concesión, del premio de poesía que lleva su nombre en la Fundación Ateneo 1º de Mayo de CCOO de Madrid.

Sin embargo, cuando vivía, Andrés García Madrid, era un conocido y reconocido poeta, un sindicalista de las CCOO, un habitante de Getafe al que sus vecinos y vecinas hicieron concejal del PCE en aquellas primeras elecciones municipales celebradas en democracia, tras una dictadura contra la que había luchado incansablemente. Hoy un parque de Getafe está dedicado al poeta Andrés García Madrid.

La Tertulia poética del Ateneo 1 de Mayo, en la que comencé mis pinitos como poeta, a ratos perdidos de tardes extraviadas, llevaba su nombre cuando ya la dirigía otro gran olvidado, el Indio Juan, aquel argentino cuyo emocionante y emotivo discurso de despedida para todas nosotras y nosotros, se titulaba algo así como Nada es casual. Lo utilicé para prologar mi primer poemario La Tierra de los Nadie.

El hijo del gran poeta chileno Gonzalo Rojas Pizarro (Premio Reina Sofía de Poesía y Premio Cervantes), decía, en una entrevista, que Chile es país de poetas, donde nadie lee poesía. Si eso ocurre en Chile, que podríamos decir de esta nuestra madre España, ese país de todos los demonios, del que hablaba el tío catalán de Esperanza Aguirre,  el también poeta Gil de Biedma.

Es nuestra España país de ripios fáciles y “cuentistas” que no escriben cuentos. No es que haya pocos lectores de poesía, sino que casi nadie lee nada. Si hacemos caso a las estadísticas publicadas, un tercio de las personas no lee nunca en España y otro tercio lo hace sólo por estudios, o por trabajo. A más de la mitad de los españoles sus padres nunca les leyeron un cuento.

Somos un país de grandes desigualdades y contrastes. Sigue existiendo una España profunda, no necesaria, ni exclusivamente, de carácter geográfico. Este año el número de poetas que han concurrido al Premio de Poesía Andrés García Madrid ha superado las 670 personas. Uno de los premios literarios con más audiencia, que se ha ido consolidando desde que decidimos crearlo allá por el año 2000.

Los ganadores del premio suelen ser poetas que, antes o después, consiguen otros reconocimientos nacionales o internacionales. A lo largo de estos años han formado parte de sus jurados escritores como Carlos Álvarez, o Manuel Rico, junto a jóvenes poetas que comienzan su andadura.

Acabamos de entregar los premios de este año, en las inmediaciones del Día de la Poesía, en una sesión en la que hemos podido escuchar las voces de los ganadores, leer poemas de Andrés García Madrid y escuchar las creaciones de otros poetas que han decidido participar en la lectura libre de poemas que promovimos a continuación.

Desde ese día, le he dado vueltas a una idea que me trasladó el hijo de Andrés. Recopilar su poesía y reeditarla. Me parece un proyecto encomiable al que hay que dedicar algún tiempo. No sólo por la familia y por quienes le conocieron. No sólo porque Andrés forma parte de nuestra memoria. Sino porque me parece de justicia y va siendo hora de que los poetas del pueblo sean conocidos y reconocidos. Y Andrés García Madrid era uno de ellos.