Morir a las puertas

julio 18, 2018

Son poco más de las ocho de la mañana. Subo al Instituto. Una ambulancia, un coche de policía municipal y dos de policía nacional, se encuentran estacionados frente a una sucursal bancaria. Un bulto tapado con una manta de un verde desvaído se ve tan sólo a medias.

A la vuelta, pocos minutos después, ya sólo queda una patrulla de policía. En la puerta de un bar unos parroquianos comentan que no abrirá la sucursal hasta que el juez haya levantado el cadáver. Al parecer, la mujer que venía cada mañana a hacer la limpieza encontró al indigente, intentó despertarle, pero su sueño ya era el interminable sueño de la muerte.

Más tarde busco la noticia en algún medio de comunicación. No hay nada. Pregunto en internet sobre las muertes de indigentes y aparece un estudio según el cual cada cinco días muere un indigente en la calle. Otras entradas dan cuenta de que habría 25.000 indigentes viviendo en las calles de España, unos 2.500 en las calles de Madrid.

No llegan al cero coma uno por ciento de cuantos vivimos en Madrid, pero vemos a esas personas cada día en nuestro deambular callejero. Nos piden unos céntimos a la puerta de un bar, de un supermercado, de una boca de metro, a la salida de una panadería.

No importa mucho si la cifra es exacta, es exagerada, o se queda corta. No viene al caso, por el momento, si aquel hombre dormía allí porque había perdido su trabajo, su familia, sus recursos, o si había perdido su cabeza, su salud, su Norte, un camino, un hijo. Importa, hoy, que ha muerto una noche, no demasiado fría, por cierto, acompañado por un cajero automático.

Mucha gente muere cada día. No siempre en las mejores condiciones. La muerte siempre es inexplicable, incomprensible, injusta. Pero morir a las puertas del lugar donde se acumula el dinero de nuestros salarios, de nuestros ahorros, de los beneficios de un negocio, de las mordidas de un corrupto, de las acciones que alguien ha comprado o vendido. Morir así,  a las puertas del dinero, tiene algo que sobrecoge.

Decididamente, algo falla. Ahora es el momento en el que cada cual comenzamos a señalar para otro lado. Los servicios sociales, el Ayuntamiento, el gobierno, la derecha, la izquierda, la sanidad, la educación, los partidos, los sindicatos, los corruptos, los ricos, los banqueros.

Algo de ello habrá, sin duda, pero no dejo de pensar que no conozco nada de ese hombre, al que seguro he visto algunas veces por el barrio. No dejo de preguntarme en qué momento di por buena la protesta de Caín y me conformé con responderme, Yo no soy el guardián de mi hermano. En qué momento dejé de creer que la unidad de los nadies podía vencer el egoísmo del dinero y la soberbia del poder.

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Profesionales

mayo 9, 2018

Entro en los hospitales, las escuelas, los centros de servicios sociales. Me indigna el deterioro que compruebo a mi alrededor. No son sólo las manos necesarias de pintura que faltan en sus paredes. Es, sobre todo, la masificación que amenaza a cada instante con colapsar en funcionamiento de los servicios que allí se prestan. La imposibilidad de trabajar planificando la oferta y atendiendo las nuevas demandas. La sensación de que la urgencia marca el frenético ritmo de la actividad.

Se deposita en los centros educativos la responsabilidad de formar a futuras generaciones. El cuidado de nuestra salud en los centros sanitarios. Nuestro bienestar personal en los centros de servicios sociales. Y, sin embargo, permitimos que los profesionales sobre los que descansan los bienes más preciados de nuestra existencia, se vean abandonados a su suerte. Consentimos que muchos de esos servicios esenciales para la calidad de nuestras vidas sean gestionados por empresas privadas, cuyo objetivo prioritario no es nuestro bienestar, sino su beneficio económico.

Los formamos durante años y financiamos sus especialidades universitarias en docencia, sanidad, trabajo social. Veo como se esfuerzan por demostrar su profesionalidad cada día. Cómo asisten a cursos de especialización. Cómo tensan sus nervios para no perder  la paciencia y mantener intacta su vocación. Claro que hay quienes han caído en la desidia y en una suerte de muda desesperación. Y claro que hay quienes están ahí porque tiene que haber de todo. Pero eso ocurre en todas las profesiones, sin que por ello nadie convierta la excepción en un estado general de las cosas.

He dedicado muchos años al sindicalismo y he tenido que escuchar, no pocas veces, ese tipo de opiniones que descarga en los sindicatos toda la responsabilidad de los males que sacuden la vida de los trabajadores, muy por encima de  las responsabilidades de los empresarios, o de los gobiernos que legislan sobre los derechos laborales. También he tenido que enfrentarme a esas interpretaciones que convierten al extranjero en el causante de nuestras altas tasas de paro. Las versiones simplonas, pero claras y  entendibles, siempre suelen terminar por imponerse sobre razonamientos coherentes, pero complejos.

Entiendo que, quienes vemos denegado el acceso a un derecho, tenemos enfrente a un empleado público al que le pedimos explicaciones indignadas sobre las causas por las que se nos excluye de unos servicios o prestaciones, a los que considerábamos deberíamos poder acceder. Y, sin embargo, ese empleado público, no es el responsable de lo que consideramos desmanes inadmisibles. No basta con dar cuatro voces en una “ventanilla”, para que nuestros problemas se solucionen.

Compruebo, en muchas ocasiones, cómo esos trabajadores y trabajadoras, conscientes de las lamentables situaciones a las que nos vemos abocados, en no pocas ocasiones, nos animan a presentar reclamaciones, denuncias, quejas. Y compruebo también, en otras muchas ocasiones,  que estas acciones nunca son emprendidas por quienes alzan la voz ante un funcionario pero no dejan constancia escrita, ante ninguna instancia responsable de la buena gestión de los servicios.

Creo que contamos con magníficos profesionales y que merece la pena convertirlos en nuestros aliados en la defensa de derechos tan nuestros y esenciales, como el de la educación,  la sanidad y los servicios sociales. Hemos invertido mucho para formarlos y su trabajo como servidores públicos, es la llave que nos permite vivir como  mujeres y hombres libres e iguales a lo largo de toda nuestra vida.

Su buen trabajo son nuestros derechos.


Derecho a la dependencia

mayo 9, 2018

Corría el año 2006 y el gobierno de Zapatero conseguía aprobar en el Congreso (pese a las reticencias vergonzantes del PP) la que conocemos como Ley de Dependencia que, en realidad, se llamaba de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. No era una ley de tantas. Venía a cubrir una de las grandes carencias de nuestro sistema de servicios sociales con respecto a los países avanzados de la Unión Europea.

El propio nombre de la ley es toda una declaración de intenciones. Nacemos completamente dependientes y, a lo largo de toda nuestra existencia, vamos consiguiendo ganarnos la vida por nosotros mismos y la capacidad de gobernar nuestras propias decisiones. Pero esto no ocurre así siempre, ni en todos los momentos de nuestras andadura personal. Desgraciadamente la suficiencia económica y la autonomía personal, son derechos nominales, que están lejos de ser aplicados con carácter universal.

La protección por desempleo debería cumplir la misión de asegurar recursos a cuantas personas han perdido su puesto de trabajo. Un sistema de rentas mínimas, debería permitir que quienes carecen de recursos, pudieran obtener unos ingresos mínimos garantizados. Un sistema de pensiones públicas debería asegurar la suficiencia económica para quienes han culminado una vida laboral y abren las puertas a una nueva etapa de su vida, eso que se conoce hoy como la tercera edad y, antes, llamábamos la vejez.

Sin embargo, las carencias y recortes en las prestaciones por desempleo, con la justificación de la crisis económica, ha hecho que muchas personas desempleadas se hayan visto privadas de recursos para atender a sus necesidades y las de sus familias. Las rentas mínimas viven en la dispersión, con leyes autonómicas variadas y variopintas, pero sin el paraguas de una reglamentación estatal que armonice y establezca unos mínimos para toda la ciudadanía española.

Las pensiones públicas, aún con su carácter estatal, sufren el acoso de quienes pretenden deteriorarlas de tal manera que se justifique la entrada de la iniciativa privada en el reparto de los cuantiosos recursos que las empresas y los trabajadores depositan en la caja única de la Seguridad Social. Tan sólo las movilizaciones de pensionistas a lo largo y ancho de la geografía española, parece que pueden contribuir a cambiar algo en la lógica aplicada por el PP hasta este momento.

En cuanto a la Atención a las situaciones de dependencia, los análisis y valoraciones realizados con motivo del cumplimiento de sus diez primeros años de su aplicación, dejan bastante claro que fue una ley que nació sin financiación garantizada, lo cual ha permitido que los gobiernos del  PP hayan reducido sustancialmente los recursos anuales para las personas dependientes.

De otra parte se ha obligado al sistema de servicios sociales a centrar el grueso de su esfuerzo en la gestión administrativa de la dependencia, impidiendo un desarrollo integral de sus funciones y obstaculizando la superación del papel asistencial, que les venía asignado desde los negros tiempos del franquismo.

Otra de las carencias esenciales, me parece que tiene que ver con la inexistencia de una real articulación de lo social con lo sanitario. Pongamos un ejemplo, si una persona dependiente tiene que ser ingresada en un hospital, no existen cauces establecidos para intercomunicar la atención hospitalaria y poshospitalarial, con la teleasistencia, la ayuda a domicilio, o los propios servicios sociales. La coordinación de la atención sanitaria con la social, brilla por su ausencia.

La participación social y la evaluación son otras dos carencias a las que los análisis de la  ley hacen referencia. Son dos carencias generalizadas en la políticas públicas españolas, que también aparecen en este caso. El despotismo de los gobiernos de turno, que se sienten legitimados por la exclusiva fuerza de los votos que obtiene cada cuatro años, para hacer y deshacer a su antojo y las prácticas de inaugurar, reinaugurar y volver a colocar ceremiosamente cada piedra, sin pararse a medir nunca la eficacia, la eficiencia, o el grado de satisfacción de las personas, forman parte del panorama de la política española, sin que nadie se pare nunca a evaluar.

Los tiempos están cambiando. La crisis parece que ha cedido el paso a una lenta, desigual e inestable recuperación. Los recortes deben ceder su protagonismo a la inversión. Las personas reclaman su protagonismo y políticas que atiendan sus necesidades. Los males de la dependencia, deben encontrar remedio cuanto antes. Porque si grave es la racanería del gobierno con las pensiones, aún más grave es el abandono mezquino al que se somete a las personas dependientes, que han conseguido un nuevo derecho por ley, pero se ven obligadas a demostrar continuamente que son merecedoras de ese derecho.

Los derechos se reivindican  y un día se conquistan, no son regalos, ni se suplen con beneficencia. La dependencia es un derecho y no una concesión graciable que hay que mendigar. Es la dignidad de las personas lo que está en juego.


El final de ETA

mayo 3, 2018

Leo en los medios de comunicación que ETA ha anunciado su final como banda terrorista. Deja tras de sí más de ochocientas personas muertas en atentados y un rastro de desolación, desencuentro, tensiones insostenibles, agresividad a flor de piel, que han envenenado la convivencia en el País Vasco a lo largo de las últimas décadas.

Hay quien se entretiene en dilucidar si las disculpas de ETA son suficientes o no y no seré yo quien niegue que esas disculpas me han sonado a mezquinas. Cada muerte relacionada con el terrorismo, o con el ejercicio de la violencia, no debe ser nunca justificada, ni merece la justificación de nadie.

Sin embargo, prima en mí el cansancio  de tan larga historia de atentados, pesando sobre cada instante de mis recuerdos, por muy atrás que me proyecte en el tiempo. Quiero ser optimista y esperar que más allá de tanta muerte, tanto sectarismo y tanto odio sembrado, tanta utilización del terrorismo para fines mezquinos, se puede abrir un camino de convivencia pacífica, justa, en libertad.

Durante años, cuando comencé a desempeñar el cargo de Secretario General de CCOO en Madrid, en el 2000, tuve que organizar, acudir, encabezar, manifestaciones, concentraciones, actos de repulsa, paros en las empresas, para rechazar cada atentado de ETA. Durante años me recomendaron, desde la propia Delegación del Gobierno, pedir, cuando menos, un servicio de contravigilancia. Nunca lo hice, porque cualquiera y no yo más que otros muchos,  podía terminar siendo víctima de uno de aquellos atentados.

Siempre creí que el final de ETA era inevitable, tras el atentado del 11-M, en Madrid. Por brutales que quisieran ser sus métodos, nunca podrían igualarse con esos yihadistas que matan y mueren en nombre de un Dios, en cuyo nombre construyen un imperio de cadáveres. La bandera del terror había cambiado de portaestandartes. Definitivamente ETA no era el Estado Islámico, como antes no identificaba sus ideales con Pol Pot y sus Jemeres Rojos.

Siguieron matando y hasta intentaron algo extremadamente brutal que terminó, el sábado 30 de Diciembre de 2006, con las vidas de Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate, en la T-4 del Aeropuerto de Barajas. Dos ecuatorianos que convocaron el rechazo unánime y provocaron todo el afecto, el apoyo y la solidaridad del pueblo de Madrid, en la impresionante manifestación que dos semanas después convocamos los sindicatos, junto a las organizaciones de ecuatorianos. Quisimos que fuera de todos, por encima de los que intentaron que fuera una manifestación partidaria.

Seguir matando policías, guardias civiles, mandos del ejército, políticos de derechas e izquierdas, emigrantes, periodistas, transeúntes, en nombre de un ideal nacionalista, era un sinsentido que no podía prolongarse mucho tiempo. Tardaron en declarar el fin de la lucha armada, porque ya se sabe que las inercias empozadas en lo más profundo, se resisten a dejar paso a lo inevitable. Terminaron por declarar el cese definitivo de la actividad armada casi cinco años después del atentado de la T-4.

Ahora anuncian su final, con una petición de disculpas, a medias. Podrían haber tirado la casa por la  ventana y, con todas las explicaciones que considerasen oportunas, haber pedido perdón a cuantas personas hubieran matado y a cuantas hayan podido herir de por vida con sus bombas, sus pistolas, su “lucha armada”. Perdón y reparación en cuanto sea posible y reparable.

Siempre he creído que la España de mujeres y hombres libres, tuvo sus orígenes medievales en el País Vasco. No sé si será un mito infundado que yo me he ido construyendo por entretenerme en buscar raíces que expliquen  el origen de mis querencias y mis creencias. Esa libertad llevaba demasiadas décadas secuestrada en Euskadi, a manos de la represión franquista y de la espiral terrorista de acción y reacción, de violencia constante, que se autoalimenta hasta el infinito, si nadie lo para.

Por eso, más allá de cualquier otra consideración, saludo el final de esta negra historia en la que no hay gloria, sino tan sólo un terrible rastro de dolor y miedo. Toca ahora construir una convivencia en la que ya no hay maketos, ni txakurras y todas y todos podemos ser gudaris, sólo de los buenos. De aquellos que desde la libre expresión de sus ideas, defienden la vida. Sin procesos inquisitoriales y con más charivaris, enamorados de la palabra y la risa.


Mayores, pobres, en soledad, dependientes

mayo 3, 2018

Sólo falta en el título la palabra Mujeres, pero resulta evidente, una especie de sujeto elíptico, omitido, tácito, que está, necesariamente, presente. Porque la mayoría de las personas mayores, con bajas pensiones y viviendo solas, son mujeres.

Su esperanza de vida es más larga. En general, tienen menos edad que sus maridos. No han cotizado a la Seguridad Social, o han cotizado poco tiempo y por poco dinero, porque han tenido empleos esporádicos, temporales, o sin cotizar, con lo cual su pensión no refleja cuanto han aportado a la economía doméstica, en forma de cuidado de la casa, de la familia y de las personas dependientes.

Un buen día, esas mujeres mayores, que han aprendido a vivir su soledad en pobreza, sufren un accidente, una enfermedad, un internamiento en un hospital, una operación y, cuando vuelven a casa y siguen cobrando su pensión de miseria, necesitan a alguien que las atienda, porque hay cosas que ya no pueden hacer.

Entonces tienen que ir al Ayuntamiento, al Centro de Servicios Sociales, y pedir una ayuda, una persona que eche una mano, para hacer la comida, para salir a la calle, para hacer la compra, para limpiar la casa, hacer la cama. Y puede que, si demuestra fehacientemente su condición de pobre, sola, viuda, mujer, termine recibiendo algún tipo de ayuda a domicilio. Puede que dos horas, tres días en semana, siempre que el presupuesto no se haya agotado.

Luego, si la cosa empeora (y siempre termina por empeorar) y en todo caso al poco tiempo, le indicarán que tiene que solicitar la atención a la dependencia en la Comunidad de Madrid. Más demostraciones de pobreza, situación de su salud, pensión que cobra y demás cosas que ellos saben perfectamente, o pueden conocerlas, pero que es mejor pedir a la señora.

Papeleos que conducen a un dilatado procedimiento en el que vendrán a valorar su situación y, tras un mínimo de seis meses (un mínimo que siempre se cumple y se rebasa con creces), se le reconocerá, casi siempre, un nivel mínimo de dependencia y se les concederá, en no pocas ocasiones, una ayuda inferior a la del Ayuntamiento. Pero ya no hay vuelta atrás.

Y, cuando todo vaya a peor, habrá que volver al camino de las nuevas demostraciones de pobreza, viudedad, baja pensión, empadronamiento y soledad. Pero esas mujeres están cada vez más mayores, más solas, igual de pobres y se mueven cada vez peor. Puede que ni tengan hijos e hijas a los que recurrir, ni la cabeza en su sitio para hacerlo.

Salvo la auxiliar itinerante, que viene una hora y media, tres veces en semana, la ocasional y amable llamada de las auxiliares de teleasistencia, la visita mensual de la enfermera, la mujer seguirá sola, viuda, pobre y cada vez más dependiente. Porque la dependencia existe, llega poco a poco y de forma irremisible. Lo que no  existe es la atención a la dependencia. O, al menos, algo que merezca con plena propiedad y estándares europeos, tal nombre.

Los mayores (masivamente mujeres viudas), pobres, solas y dependientes, lo saben bien, aunque no lo digan. Tú y yo lo sabemos, aunque no queramos verlo.


Atención al ciudadano

enero 31, 2018

Es frecuente que nuestros políticos anuncien su intención de gobernar de forma cercana a las personas. Cada vez con más frecuencia anuncian la creación de un servicio integral, oficina, departamento, página web, canal, red, de atención a cualquier tipo de reclamación, queja, felicitación, o sugerencia de la ciudadanía. No es necesario ni que te pases por una ventanilla, con el engorro que supone sacar un número, guardar cola hasta ser atendido, atenerse a un horario. Basta navegar a cualquier hora del día o la noche por los siderales mundos internautas para que los problemas encuentren un cauce de solución. Este tipo de iniciativas, puestas en marcha por ministerios, organismos, ayuntamientos, consejerías, empresas públicas y privadas, comunidades autónomas, tienen mucho éxito mediático. Se inauguran por primera vez, se inauguran los primeros datos del número de personas atendidas por el servicio en su primera semana, su primer mes, su primer semestre, o su primer año. Se inauguran las primeras evaluaciones y se reinaugura el servicio, mejorado gracias a las sugerencias de los propios ciudadanos y ciudadanas. No necesitas contratar personal de ventanilla especializado. Un solo funcionario, contratado y hasta una empresa subcontratada por una contrata privada del servicio público en cuestión pueden dar buena cuenta de lo acaecido, con muy poco coste y mucho beneficio para el responsable político de turno.

Caso Práctico: Diríjase a una de esas páginas, correos, redes, oficinas, servicios, con una sugerencia, reclamación, o queja. Lo de la felicitación siempre tendrá buena acogida. Recibirá inmediatamente un mensaje automático de que ha llegado a buen puerto y en menos de un mes recibirá respuesta. Antes del mes compruebe si recibe una respuesta similar a esta: Le agradecemos que haya utilizado el Sistema de Sugerencia, Reclamaciones, Felicitaciones y Quejas de (aquí el nombre de tal o cual organismo). En relación con su solicitud, le informamos que a través de este sistema sólo se tramitan las sugerencias, reclamaciones y felicitaciones relativas al funcionamiento de los servicios prestados por (aquí, de nuevo, nombre del organismo). Tras esta amable introducción, te indicarán las muchas ventanillas, registros físicos, registros telemáticos, dirección del callejero, o de correo electrónico, teléfonos, oficinas, páginas web, a las que deberás dirigirte si de verdad quieres resolver el asunto. Eso sí, exponiendo los hechos en los que fundamenta su pretensión, así como aportando las pruebas que estime oportunas para la defensa de sus derechos e intereses. Imagino que se refiere a los derechos e intereses de las personas que justifican la creación y mantenimiento del susodicho Servicio. Eso sí, todo viene debidamente firmado por la Subdirección correspondiente. La Dirección pocas veces se deja ver en estas cuestiones de poca monta y se ve que se reserva para casos de más enjundia.

Tras la prueba, amable lector, o lectora, ya me cuentas los resultados.


Los pensionistas toman la plaza

enero 31, 2018

Esta semana pasada los pensionistas han salido a la calle. En Madrid se concentraron ante el Parlamento. Eran tantos que la Carrera de San Jerónimo quedó cortada y la Plaza de las Cortes estaba a rebosar. Algunos diputados salieron también a la calle a escuchar la voz de nuestras personas mayores, convocadas por CCOO y UGT.

Esto de salir a la calle es como un termómetro. Para que nuestras personas mayores hayan comenzado a salir por miles a la calle algo debe de estar pasando. España es así. Todo el solar patrio parece una engañosa balsa de aceite y quien gobierna piensa que puede seguir igual sin hacer nada de nada. Todo parece estar tranquilo.

Hasta que, de pronto, sin previo aviso, el malestar acumulado estalla. Nadie sabe muy bien por qué. Las calles se llenan. Los gobernantes se asombran. Ven conspiraciones por doquier. Echan la culpa a la oposición que calienta la calle porque huelen elecciones. Hacen de todo, menos ponerse a pensar en los motivos del estallido.

Lo cierto es que a cualquier persona decente le daría por pensar que, tal vez, la crisis está siendo demasiado larga y tremendamente dura para las personas. Tomaría en consideración que la falta de revueltas callejeras sólo se explica porque las familias actúan en España como paraguas protector para los jóvenes que no encuentran empleo, o para los hijos que pierden su trabajo y no encuentran nada durante meses y hasta años. Para los nietos, que tienen que seguir estudiando y comiendo, gastando ropa y rompiendo zapatillas de deportes.

Ahora llegan los economistas de postín y anuncian que nuestros pensionistas no son los más damnificados de la crisis. No deberían quejarse tanto porque han mantenido el “poder adquisitivo” mejor que sus hijos o sus nietos. No toman en cuenta, esos sesudos economistas, que adulan al gobierno y a los poderosos, que son esos pensionistas los que han corrido a tapar los agujeros familiares que ha ido dejando abiertos el gobierno.

Esos pensionistas que cobran, como media, menos de 920 euros al mes. Para los que la pensión más frecuente es de poco más de 650 euros. Los que ven que la revalorización de su pensión nunca supera el 0´25 por ciento, cuando la riqueza del país crece un 3. Que la mitad de los pensionistas no llega al miserable Salario Mínimo Interprofesional. Que casi uno de cada cuatro pensionistas vive bajo el umbral de la pobreza y que casi la mitad de los 9 millones de pensionistas ayudan a sus familias durante la crisis.

Los economistas que no vieron venir la crisis, se aplican ahora a espolear al gobierno para que tome decisiones sobre unas pensiones “insostenibles”. Y ese gobierno, servicial con los poderosos, se apresta a participar en el juego. La última propuesta-sonda, preparatoria del camino, consiste en plantear que la persona que se va a jubilar elija el periodo de cálculo pudiendo contabilizar toda la vida laboral. Eso beneficiaría hoy a algunos, pero perjudicará a casi todos en el futuro.

Es la hora de preguntar a nuestro gobierno si empezamos a negociar medidas que harían posible sostener las pensiones, en el marco del Pacto de Toledo. Medidas como incrementar las cotizaciones sociales, mientras la crisis persista; incrementar las bases máximas de cotización; equiparar las bases medias de cotización de asalariados y autónomos; financiar con impuestos determinadas prestaciones que ahora paga la Seguridad Social, como las de supervivencia; que el Estado pague los gastos de Administración de la Seguridad Social, como hace con cualquier ministerio; o combatir la economía sumergida, el fraude en las contrataciones y cotizaciones a la Seguridad Social.

Medidas como éstas, contribuirían a elevar los ingresos anuales de la Seguridad Social en más de 70.000 millones de euros, lo cual mejoraría la financiación de nuestro gasto en pensiones, teniendo en cuenta que no llegamos al 12 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), cuando la mayoría de países europeos de nuestro entorno está ya dedicando en torno al 15 por ciento a pagar pensiones.

El gobierno elige. Dejar que las cosas se pudran para justificar el desmantelamiento de las políticas públicas, o defender a más de nueve millones de personas que comienzan a estar hartas y que no están dispuestas a apechugar con la carga del abandono de las políticas de protección social. Si de verdad la crisis se está superando, nuestros pensionistas lo tienen también que notar. Las pensiones de hoy y las de mañana son sostenibles, si nos lo tomamos en serio.