17 Octubre, menos pobres, menos iguales

octubre 18, 2018

Nicolás Sartorius, vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas, me remitió una invitación para asistir, en el Consejo Económico y Social, a la presentación del Informe sobre Desigualdad en España, en su tercera edición, que cuenta en esta ocasión con la colaboración de las Fundaciones Largo Caballero y 1º de Mayo.

Más allá de los datos que  aparecen en el Informe, accesible en la página web de la Fundación. Más allá de sus análisis sobre la estructura de rentas en nuestro país, las diferencias territoriales, de empleo, edad, sexo, o nivel formativo. Por encima de las consideraciones sobre el papel de los sistemas de protección social y su debilitamiento  durante la crisis, quisiera detenerme en unas cuantas conclusiones, muchas de las cuales han sido destacadas a lo largo de la presentación.

La pobreza es casi siempre relativa. En la mayor parte del mundo  una familia con 800 euros al mes no puede ser considerada, ni mucho menos, pobre. En España, con esos mismos ingresos, una familia puede ser pobre y vulnerable. En Francia, esa familia podría ser incluida en la categoría de pobreza severa. Por lo tanto, ser pobre no sólo tiene que ver con la cantidad de ingresos absolutos, sino con lo que puedes hacer con tus rentas. Siempre somos pobres, como dice un amigo, comparado con qué.

Es cierto que el nivel de rentas en un entorno puede ser uno de los primeros indicadores, pero eso sólo mide nuestra capacidad de comprar bienes o servicios. Es cierto que en un mundo-consumo este factor es determinante. Pero quedarnos ahí sería anodino y superficial. Por eso se utilizan hoy otras formas de medir la pobreza, como el Coeficiente de Gini, que valora cualquier forma de distribución desigual.

El Indicador AROPE (At-Risk-Of Poverty and/or social Exclusion), ha sido desarrollado y es cada vez más utilizado en la Unión Europea. Toma en consideración el factor de las rentas, pero sin olvidar la vivienda, las vacaciones, alimentación,  movilidad, empleo, entre otros. Por su parte, las Naciones Unidas cuentan con el Indice de Desarrollo Humano y el Indice de Pobreza Humana, más centrado en las carencias y privaciones que sufren las personas en cada país.

La crisis que hemos atravesado ha convertido las desigualdades en un fenómeno estructural. La recuperación no permite que las desigualdades se reduzcan. Ese ha sido uno de los efectos que ha producido la crisis financiera que se desencadenó con Lehman Brothers, que resultó no sólo financiera, sino que terminó por pudrir la economía mundial, doblegar la política y emponzoñar las relaciones sociales.

La crisis ha descalabrado y descabalado la democracia. Los rescates han debilitado a la política en su capacidad de redistribuir la riqueza y repartir las cargas. El ultraliberalismo del menos Estado, del más dejar hacer a quienes pueden hacer y el más dejar pasar el deterioro de la vida de la mayoría de la población, ha debilitado lo público, lo de todos, cuanto garantiza la cohesión social. Convendría rastrear por ahí el surgimiento de populismos y movimientos de ultraderecha.

La reforma laboral ha supuesto un mazazo a la capacidad de los trabajadores y las trabajadoras organizados en sindicatos de conseguir la redistribución de la riqueza allí donde se produce, en el seno de las empresas. El poder adquisitivo del salario se ha reducido y las diferencias salariales se han agudizado entre hombres y mujeres, temporales y fijos, jóvenes y mayores. El fenómeno de trabajar y ser pobre se extiende. La precariedad se ha convertido en ley de vida.

Hay quienes, desde los propios poderes económicos internacionales, avisan de que un aumento de las desigualdades terminará perjudicando las propias posibilidades de la economía, que es tanto como decir que los ricos serán devorados por su propia avaricia. Es el mismísimo Fondo Monetario Internacional quien avisa de que el aumento de la brecha social en un país provoca un freno para el crecimiento económico.

Perdidos como andamos en los escándalos de nuestros políticos, personales y colectivos, no queda tiempo para tomar en consideración que la libertad y la igualdad son las dos caras de la misma moneda. No existe la una sin la otra. Es imposible. Se llenan los políticos la boca de una España de personas libres e iguales. Pero son pocos los que trabajan de verdad a favor de la igualdad de oportunidades y muchos los que en nombre de la libertad condenan a demasiada gente al trabajo indecente y la vida en miseria.

Y precisamente ahora que nos encontramos en el entorno del 17 de octubre, Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza y cuando el 7 de octubre pasado hemos renovado nuestro compromiso con el Trabajo Decente, sería bueno que cualquiera que gobierne, o quiera gobernar este país, firme un contrato con la ciudadanía para que la libertad y la igualdad se conviertan en principios rectores de su actividad de gobierno. Un contrato para que la pobreza y la brutal desigualdad desaparezcan de España.

Es una bonita bandera y una causa patriótica que merece todo ese esfuerzo que se dilapida en ejercicios inútiles y estériles de banderías nacionales y nacionalistas, que sólo generan odio, confrontación y el triunfo de las bajas pasiones.  Porque no es de recibo que una de cada cinco personas en España sea pobre, mientras que, en plena crisis, el número de ricos aumenta. No es admisible que, tras la crisis, salir de la pobreza sea más difícil y la brecha de la desigualdad sea más insalvable.

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La doctrina Casado

octubre 18, 2018

Me remite Antonio Rato, uno de los abogados de la estirpe de los de Atocha, un correo con algunas opiniones sobre el asunto de los títulos de Casado. Parte de algunas consideraciones sobre el desprestigio generalizado de la universidad, allá por los años 50, en sus tiempos de estudiante.

Tiempos, nos recuerda Antonio, en los que los titulares de las cátedras universitarias se encontraban en el exilio y los nuevos titulares no daban la talla, ni el nivel, exigibles. Tiempos en los que era de buen tono tener recomendaciones. Se presumía abiertamente de ello y no pocos sacaban a pasear, a las primeras de cambio, el consabido, ¡Vd. no sabe con quién está hablando!

Con 800 alumnos en el Aula Magna (porque alumnas sólo había 4),  no es extraño que los estudiantes fueran autodidactas, aprendieran casi de por libre en la biblioteca y se presentaran en las aulas para realizar los exámenes, o en todo caso para asistir a unas cuantas y poco habituales clases prácticas. Eran frecuentes los aprobados generales, o los aprobados selectivos.

Le asombra a mi amigo Rato (Antonio, no el otro), que hayan vuelto a algunas universidades, como la Rey Juan Carlos, esos modernos aprobados selectivos y discrecionales, esos aprobados generales, esa falta de aprecio por los claustros, la enseñanza oficial a la carta y de por libre.

Con todo, lo que más le asombra a nuestro compañero abogado es la pasividad del Tribunal Supremo a la hora de juzgar la concesión de títulos académicos en los que llaman la atención las facilidades pasmosas con las que se obtuvieron y que los vacían de contenido. Pese a todo lo cual, el Tribunal, a la vista de hechos tan evidentes, tan siquiera se atreve a declararlos títulos nulos.

Dicho de otra manera, Casado y algunas y algunos de sus compañeros y compañeras, que reconocieron haber obtenido el título sin haber hecho curso alguno, ni asistir a clase, podrán exhibir tranquilamente estos títulos en su currículum, acumulando méritos que falsearían cualquier selección de candidatos. Ahí quedan el mérito y la capacidad, reconocidos en nuestra Constitución, a la hora de obtener un puesto de trabajo.

El Tribunal no los declara nulos, ni mucho menos delictivos, cuando los hechos probados y reconocidos, me recuerda Antonio Rato, son subsumibles, de forma inconcusa, en el artículo 399 del Código Penal. Es decir, que los hechos son constitutivos de delito sin ningún tipo de duda.

El artículo viene a decir que, quien en el ejercicio de sus funciones comete falsedad, alterando documentos, o requisitos; o simula un documento en todo o en parte; o inventa la intervención de personas que no han intervenido, o las palabras de quien no dijo tales cosas; o falta a la verdad en la narración de los hechos, podrá ser condenado de 3 a 6 años de prisión, multas de 6 a 24 meses y a la inhabilitación de 2 a 6 años.

Habrá quien diga ahora que Casado no era funcionario, ni empleado público, ni  autor material del delito. Pero, es entonces cuando Rato nos recuerda que, o bien fue inductor, o cuando menos encubridor con beneficio personal de tales hechos. Aquí entra en acción el artículo 301, del mismo Código Penal, que castiga como encubridor a quien utilice bienes sabiendo que éstos tienen su origen en una actividad delictiva.

Devolver el prestigio a los títulos de posgrado. Recuperar la reputación de la Universidad. Resarcir a quienes han sido víctimas del engaño, al haber visto vulnerado su derecho a ostentar un título conseguido con esfuerzo personal y coste económico, exige reconocer que Casado ha participado, con el grado de responsabilidad que se determine, en el caso máster.

No puede existir una justicia para robagallinas y otra para robamillones. Prisión para unos y vías de fuga para otros. Se encarcela al político que se enriquece cobrando comisiones mientras se deja libre a quien las paga para obtener concesiones que le enriquecen ilegítimamente.

En procesos como el de las tarjetas black, los altos directivos que más gastaron se van de rositas, en otros casos quien roba niños resulta absuelto y si viene al caso y es necesario se inventa la doctrina Botín. Nunca he creído que todas y todos seamos iguales ante la ley. Ahora, a la vista de la doctrina Casado y los argumentos esgrimidos por Antonio Rato, sobradamente conocidos en los ámbitos jurídicos, aún menos.

Imagino que serán suposiciones mías, viejos rencores, pertinaces rencillas y envidia personal de lo bien que les va a algunos ante la justicia, mientras que otros sienten todo el peso, cada vez menos ciego, de la ley.


Almas rebeldes, alzadas del suelo

septiembre 30, 2018

La Comisión de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal ha organizado un curso sobre el presente de la juventud en nuestro país y me invitan a participar en una mesa redonda para debatir si otra política económica es posible para los jóvenes. No sé si ser optimista, o pesimista, a la vista de la inoperancia manifiesta y las malas prácticas económicas de nuestra clases política y empresarial, cada vez menos diferenciadas y más intercambiables.

En una larga marcha de casi cuarenta años, el neoliberalismo y la crisis han conseguido que el miedo impere en el planeta, adueñándose de los pueblos, conduciéndonos a la desesperanza y la aceptación de un pensamiento único que impone la consumación de la historia y el final de cualquier posibilidad de cambio, o alternativa. Ya no hay, según estos personajes, otros mundos posibles. El único mundo que podemos concebir y permitirnos es el del mercado y sus libres mercaderes. Esa es la realidad y hay que ser realistas, parecen decirnos.

Georges Bernanos ya nos alertaba hace décadas, en ese hermoso libro titulado Los grandes cementerios bajo la luna, en el que da buena cuenta de la represión brutal del franquismo desde los primeros momentos de la Guerra Civil española, Me ha parecido siempre que el optimismo es la coartada astuta de los egoístas, preocupados por disimular su crónica satisfacción sobre ellos mismos. Son optimistas para librarse de tener miedo de los hombres, de sus desgracias.

No seamos, así pues, optimistas autocomplacientes. Lo cual no nos impide ser rebeldes, a la manera que nos enseñó Albert Camus, De los resistentes es la última palabra. Cumplimos cincuenta años de aquel Mayo del 68, que se vivió no sólo en París, sino en muchos otros lugares de Europa y del planeta (no olvidemos Estados Unidos, o la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco). La frase de Herbert Marcuse, Seamos realistas, pidamos lo imposible, marcó el camino de la necesaria rebeldía frente a la imposición, cuando no desatada violencia, del poder.

No olvidemos tampoco que los tanques del Pacto de Varsovia aplastaban, hace también medio siglo, la Primavera de Praga. Aquel golpe brutal no acabó con las ansias de libertad, sino que destrozó definitivamente la credibilidad de la Unión Soviética y preparó la caída de los muros y los regímenes del Este. El mismo año 68 en el que Luther King caía abatido en Menphis. Murió el hombre, pero el Movimiento de los Derechos Civiles siguió adelante.

Fue Nelson Mandela, del que conmemoramos los 100 años de su nacimiento, quien nos animó también a tomar buena nota de que, Siempre parece imposible hasta que se hace. Y él lo demostró en Sudáfrica, pese a arrastrar 27 años de cárcel a sus espaldas.

Con todo, el más duro, frente al falso optimismo y el realismo impuesto, vuelve a ser Georges Bernanos, Le realisme c´est la bonne conscience des salauds. Traducido viene a significar que, El realismo es la buena conciencia de los bastardos. Un término, les salauds, que también he visto traducir a alguien como, los hijos de puta.

Más allá del realismo, del optimismo, o del pesimismo, creo que todas y todos tenemos una obligación en estos momentos. Tomar conciencia, como lo hizo Antonio Gramsci, que falleció tras más de diez años de persecución y cárcel, bajo el régimen fascista de Benito Mussolini, El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos. Frente al dominio todopoderoso e implacable de esos monstruos, no nos queda otra posibilidad que mantener la rebeldía, porque, cada alma que se alza, eleva al mundo.

Dejo, a quien lea este artículo, la elección de quién haya pronunciado por primera vez esta frase, que he visto atribuida al ya citado Bernanos, a Gandhi, a Élisabeth Leseur y a François de Rochefoucauld. A fin de cuentas, sea cual sea tu elección, habrá merecido la pena.


Máster en Villaverde

septiembre 30, 2018

Me llega a través de una red social, Hola Javier. No te acordarás de mí, pero mis padres se sacaron el graduado contigo hace un montón de años. Un abrazo. No, claro que no me acuerdo de él. En la foto de su perfil no parece que llegue a los cuarenta años y, a decir verdad, si sus padres se sacaron el graduado conmigo, eso debió de ocurrir hace más de 35 años. Tampoco el perfil incorpora apellidos, ni otra ubicación que un genérico, Madrid.

No puedo dejar ahí la cosa. Como no me sigue, me apresuro a seguirle yo y le envío un mensaje, también público, Pues un orgullo seguir a su hijo después de casi 40 años. Cómo se llamaban? Siguen bien? A lo cual el joven contesta, Jajajaa, sí. Son Rafa y Magdalena, de la librería Cumi. Doy nombres, aunque no es mi costumbre, porque la conversación es publicada y pública y no a través de mensaje privado. Espero que no se molesten por ello.

Ha saltado esa chispa eléctrica de conexiones neuronales que permite el recuerdo. Localizados. Villaverde Alto, finales de los años 70. Colegio San Roque de la Unidad Vecinal de Absorción. Renace la alegría de volver a un tiempo perdido en un paisaje conocido, que aún no ha desaparecido. Me apresuro a contestarle, Claro, alguna vez los he visto por el barrio. Pero no airees mucho lo de la obtención del graduado. No sea que alguien piense que era un máster de la Rey Juan Carlos y comience a investigarlo. Qué tiempos aquellos de estudios nocturnos gratuitos. Dales un abrazo muy fuerte!

A grandes trazos, la situación educativa durante la Transición dejaba mucho que desear. Eran muchas las mujeres y los hombres del barrio que trabajaban en las industrias y servicios, en la construcción, sin haber terminado la enseñanza “elemental”. Muchas madres y padres del colegio no habían conseguido el “graduado escolar” y lo necesitaban para encontrar un trabajo, mantener su empleo, o mejorar en el mismo. Había, además, pocos centros de educación de personas adultas.

En ese momento el Ministerio de Educación puso en marcha un programa extraordinario para cursar el graduado escolar, por las tardes, impartidos por profesorado de EGB, en horario extraescolar, para personas que carecieran del título. Los sindicatos pusimos el grito en el cielo, porque significaba aceptar realizar horas extraordinarias mal pagadas, sin crear nuevos puestos de trabajo.

La queja era lógica y el programa duró poco. Los Centros de Educación de Personas Adultas fueron creciendo y asumiendo el tremendo reto que tenía el país en la cualificación de su ciudadanía. Pero, en ese tiempo, en aquel Colegio San Roque de Villaverde, un buen número de madres y padres del Centro se sacaron el Graduado Escolar.

Venían cada tarde, aunque sus trabajos y sus obligaciones, a veces lo impedían. No existía el online, ni tan siquiera era un programa a distancia. Fuimos duros en la formación y flexibles con los exámenes. No regalamos nada. Les entregamos lo que era suyo. Lo que les reconocía una Constitución recién aprobada.

Rafa y Magdalena, entre ellos. Como buenos soñadores montaron una librería y mal que bien la han mantenido hasta este momento en el que se acercan a la jubilación, según me cuenta su hijo. Y cuando se jubilen, su hijo quisiera seguir con el proyecto de una de las librerías que aparece con cinco estrellas en los buscadores. El problema es que tanto esfuerzo da malamente para un salario.

Como bien me cuenta al final de nuestra conversación en las redes, que también es posible mantenerlas, Nos cuesta pagar la cultura, pero para otras cosas no nos duele tanto derrochar. Ahora, cuarenta años después de aquellos hechos, cuando han llovido títulos de máster por los sembrados de la representación política, empiezo a añorar aquellos tiempos en los que la democracia incipiente nos acuciaba y provocaba para mejorar nuestra formación, nuestros trabajos, nuestras vidas y las vidas de los nuestros.


Inicio de un curso electoral apasionante

septiembre 13, 2018

Todo pasa y todo queda. Retornan las estaciones ordenadamente. No pasan ellas, pasamos nosotros. Llega el turno del otoño, que se anuncia ya con días de nubes, lluvias y cambios de temperaturas. Vuelven los niños y niñas a los colegios. Algunos de ellos en obras, por la imprevisión, o el incumplimiento de los plazos de finalización. Muchos, demasiados, con insuficiencia de profesorado, porque los recortes siguen ahí, aunque la cercanía de las elecciones hará que se levante un poco la mano.

Prueba de esa cercanía, es que el socavón, del que hablaba en mi anterior artículo, merecedor del premio Superbache 2018, concedido por los vecinos de Tetuán, Valdeacederas, Cuatro Caminos, ha sido inmediatamente tapado, lo cual no impide que los baches perdedores del concurso sigan siendo protagonistas del paisaje urbano de esos barrios.

Elecciones, municipales y autonómicas, que van a redefinir el panorama político español y en el que los partidos de la vieja política recauchutada y la nueva política marchita, se juegan mucho. Me gustaría que esa confrontación se jugase no sólo en el campo de las declaraciones propagandísticas rimbombantes, las cabeceras electorales de diseño y las propuestas publicitarias más fashion, sino dejando tiempo y espacio para el debate sobre las ciudades en las que queremos vivir y las Comunidades que necesitamos construir.

En eso consiste, a fin de cuentas, hacer política. Definir qué queremos y explicar cómo lo vamos a conseguir. Al final toda política se resume, no en el debate sobre el estado de la Región, o de la ciudad en su caso, sino en el debate presupuestario. Qué van a hacer nuestros políticos y políticas con los dineros que dejamos en sus manos. Cuáles son sus prioridades inversoras y qué cosas dejarán aparcadas para mejor momento.

Pongamos un ejemplo. Aprovechar el verano para impulsar el desarrollo de operaciones en el Norte de Madrid, como el Paseo de la Dirección, o la Operación Chamartín (ahora rebautizada como Nuevo Norte, o Puerta Norte, o algo así), moviendo miles de millones de euros, indica por dónde van las prioridades presupuestarias.

No es extraño que el malestar cunda en distritos como el de Usera, o Arganzuela, que ven pocos avances en la calidad de los servicios públicos que el ayuntamiento les presta y temen el deterioro de la convivencia y la seguridad en los mismos. Claro que la oposición aprovechará el malestar y que el gobierno defenderá que son cosas de  cuatro “remeros” manipulados, pero cuando el río suena, agua lleva.

Las campañas electorales son cada vez más largas. Lo importante parece ser quién será candidata o candidato, aquí o allá. Sin embargo, me gustaría que la temporada de otoño y primavera, no se perdiera en cruces de acusaciones, sino en confrontación democrática de propuestas y prioridades. Que nos cuenten y nos convenzan de que sus inversiones, en el caso de que lleguen al gobierno, serán mejores y más necesarias que las de los partidos vecinos.

Ya sé que es mucho pedir para el nivel de elaboración que demuestran buena parte de nuestros representantes políticos. Ya sé que la política es cada vez más apasionada y menos apasionante. Pero, de nuevo, por pedir que no quede.


Palabras poderosas

septiembre 6, 2018

Siempre he sostenido que la palabra es poderosa. Siempre he creído que decir las cosas, definirlas en voz alta, por escrito, o a través de cualquier otro medio creativo, es el primer paso para comenzar un cambio. La palabra constituye parte de la acción humana, tal vez la más importante. Dar nombre a las cosas, a los problemas, no es pérdida de tiempo, siempre que no te empantanes en debates nominalistas sobre cómo debería llamarse esto o aquello.

El poder de la palabra es hoy más fuerte que nunca, porque existen mil y una maneras de difundirla que antes no existían, aunque también es cierto que esas mil y una maneras contribuyen a que perdamos capacidad de atención, ante el exceso de información generada.

Algunos estudios afirman que la humanidad habría generado hasta el año 2003 una cantidad de información almacenada equivalente a 5 exabytes (EB). En el año 2011 esa cantidad había crecido hasta los 600 EB y el 99´9 por ciento de la misma se encuentra en formato digital. El papel supondría un exiguo 0´007 por ciento de la información global.

Las cifras se nos escapan de las manos y del entendimiento, cuando leemos que cada minuto hay 200 millones de correos electrónicos más,  en Twitter se han generado 100.000 mensajes más, en instagram han subido otras 6000 nuevas fotos, en Youtube se han cargado 48 horas más de video. En un solo minuto. En todo el planeta. En estas condiciones, ¿quién prestará atención a lo que yo escribo?

Y, sin embargo, la palabra sigue funcionando. A veces tarda más de la cuenta en ser efectivo su uso, pero termina calando como la gota china, a la que algunos confundimos con la bota malaya, métodos ambos de tortura, a saber cual más horrible.

Hace un año escribí en un diario madrileño, a propósito de los ruidos nocturnos que ocasionan las reparaciones ferroviarias, a altas horas de la noche, cuando se realizan frente a las viviendas. En invierno, con las ventanas cerradas, la molestia se limita a un murmullo, pero en verano, a pleno calor y con las ventanas abiertas, no hay quien duerma.

El silencio a mis quejas parecía eterno, pese a que me dirigí, en paralelo, a todo tipo de responsables, ya fueran de ADIF (la empresa pública de infraestructuras ferroviarias), Ministerio de Fomento, Ayuntamiento de Madrid, partidos políticos de gobierno y oposición, Asociaciones Vecinales, utilizando las vías convencionales, informáticas y redes sociales.

Un silencio casi absoluto, salvo una tímida respuesta de una Asamblea Política del Gobierno municipal, vía Twitter en la que se me informa que se reúnen mucho y seguro que lo solucionan. A veces también alguien se ha dignado contestar amablemente que no es cosa suya y que lo trasladan a otro sitio del que nunca más supe. Pero no he cejado. Cada cierto tiempo un zasca y de nuevo artículo va y artículo viene por las redes sociales, correos de ida sin vuelta, quejas en las páginas municipales, del ministerio, de ADIF.

Al final, bien pasado el verano, la Alcaldía de Madrid me comunica que no hay constancia de autorización alguna para obras que produzcan ruidos nocturnos  y que lo pasa a ADIF para que me contesten. Amablemente me indican que existe una Ordenanza sobre el ruido que deja muy claro que, salvo por razones de urgencia, seguridad o peligro, este tipo de obras no pueden realizarse entre las 10 de la noche y las 7 de la mañana, o las 9 en el caso de sábados o domingos.

En todo caso, me indican que puedo dirigirme a la Policía Municipal. Lo hice en una ocasión, pero parece que las mediciones, cuando traen los aparatos, hay que realizarlas con ventanas cerradas (condena a aire acondicionado, o ventilador) y, además, como no pueden entrar en las vías ferroviarias, no pueden comprobar si existen permisos, o no.

Veinte días después era ADIF quien me respondía que no hay más remedio que realizar estas obras en verano y por la noche, que lo sienten, que se esfuerzan por producir el menor ruido posible y que lamentan las molestias que puedan producir en “el proceso de mejora”. Ajo y agua.

Termina el otoño, pasa el invierno, atravesamos la primavera, vuelve el verano, vuelven las noches calurosas, las ventanas abiertas, los ruidos nocturnos, nada ha cambiado, porque en España no cambia nada esencial, gobierne quien gobierne y los ruidos deben de formar parte de esa esencialidad de la patria.

Vuelvo a las propuestas, a los zascas, a las redes sociales. Esta vez no esperan a que acabe el verano y ADIF me contesta que ya me respondieron el año pasado. Me informan que todos los fines de semana del resto del verano van a seguir cono obras, las cuales me detallan someramente. Al parecer tiene que suceder así, sin más remedio, de esta forma y en esas fechas.

La respuesta, en algunos momentos, es literalmente calcada de la anterior. Hay alguna novedad. Al parecer han creado una Comisión con la Junta Municipal y con alguna Asociación de Vecinos, para hacer seguimiento de estos temas de ruido en las vías. Me aconsejan que me dirija a la Junta Municipal y ya me informarán.

Es sólo un ejemplo, entre muchos, que cualquier lector o lectora, podría apuntillar con otros tantos.Decía al principio que la palabra es poderosa. A la vista de lo relatado pudiera no parecerlo, pero no se equivoquen, también dije que es como la gota china, o malaya, o lo que sea.

Ellos podrán seguir sometiéndonos a las torturas de sus ruidos nocturnos y su desidia indolente. Ellos pasarán y bien puede ser que quienes les sucedan sigan con sus ruidos (tal vez algunos decibelios menos). Pero nosotros seguiremos aquí, con otros nombres, pero con las mismas penas, lamentos, quejidos, calvarios y nuestra palabra, aún perdida en un marasmo de exabytes, circulará libremente, ratificando, repitiendo, machacando, la queja insistente, la protesta constante, la condena perpetua. Revisable, siempre revisable, si algo, un buen día, cambiara.


Matar al mensajero

septiembre 6, 2018

Hay tres prácticas partidarias que contribuyen muy poco a mejorar la vida de las personas para quienes (siempre en principio y muchas veces sólo al principio) se gobierna. Algunas de estas malas prácticas son consecuencia de las otras.

La primera de ellas consiste en intentar evitar todo tipo de críticas, vengan de donde vengan. Quien gobierna siente que su poder se ve socavado cuando alguien, de forma incluso amable, le hace notar las contradicciones en las que incurre con sus actos políticos. Si viene de las propias filas, o de filas aliadas, puede ser interpretada como un ataque que pretende socavar el poderío electoral del partido de gobierno.

Por esta vía se incurre en la segunda práctica deleznable, pero secular, consistente en atacar, perseguir y desacreditar a quien critica, sea quien sea y, cuando es de los nuestros, la saña empleada es aún mayor, porque siguiendo la  tradicional costumbre de la envidia nacional, siempre hay alguien esperando que caiga el vecino para ocupar su puesto. El fuego amigo es norma.

Para evitar estos problemas, hay una tercera práctica que todo gobierno reserva en su recámara. Consiste en intentar que cualquier decisión controvertida se ahogue entre los calores del verano, aprobándola con eso que antes se llamaba nocturnidad y alevosía y hoy se llaman agosticidad, en pleno mes de agosto, para reducir el plazo de consultas y las posibilidades de reacción de los afectados.

Son prácticas generalizadas, políticamente aceptadas y consentidas. Quienes las ejercen pasan por ser hábiles administradores de los tiempos en política. A veces les sale bien, casi siempre, pero en otras ocasiones el tiro sale por la culata y lo único que consiguen es precipitar un otoño caliente en torno ese foco de incendio provocado.

Vienen a cuento estas reflexiones a causa de un buen ejemplo que se ha producido este verano en Madrid. El Ayuntamiento de Manuela Carmena ha pretendido saldar la polémica en torno a la interminable Operación Chamartín, para enterrar las vías y tras rebautizarla como Puerta Norte, o Madrid Nuevo Norte.

El inicio de todo es acuerdo entre ADIF, la empresa que gestiona las infraestructuras ferroviarias, el Ministerio de Fomento, el Ayuntamiento de Madrid y la empresa Distrito Castellana Norte (DCN), que viene a ser un consorcio de intereses inmobiliarios, inversores financieros y constructores.

Los términos completos del acuerdo no son conocidos, pero el Ayuntamiento se ha apresurado a poner en marcha los motores para preparar el camino. Un arquitecto y urbanista como Eduardo Mangada, que ha tenido responsabilidades en el primer ayuntamiento democrático de Enrique Tierno Galván y en los sucesivos gobiernos de Joaquín Leguina al frente de la Comunidad de Madrid, ha dado su opinión, a mediados de julio, en contra de la Operación Chamartín.

Desde el gobierno municipal, José Manuel Calvo, actual Concejal de Desarrollo Urbano Sostenible, a finales de julio, responde con un artículo cuyo título, Mangada y la Operación Chamartín, da buena cuenta de las intenciones prioritarias del mismo, que no es tanto defender las actuaciones municipales, sino más bien desacreditar a Eduardo Mangada, al que recuerda que hay que hacer un urbanismo progresista asumiendo los límites y concesiones que exige cualquier acción de gobierno.

Todo podía haber quedado ahí, en una opinión y en una respuesta más o menos acertada, de no ser porque a los pocos días, ya en pleno mes de agosto, un buen número de asociaciones vecinales, sociales, urbanísticas, ecologistas, han publicado un artículo llamado En apoyo de Eduardo Mangada: sobre la Operación Chamartín, instando al Ayuntamiento a debatir y negociar sobre el proyecto, corrigiendo desequilibrios territoriales  y respetando al vecindario, en lugar de intentar desacreditar a las personas que se oponen al mismo.

Por si fuera poco, a finales de mes, encuentro un nuevo artículo de dos viejos conocidos, la socióloga Concha Denche, amiga del Villaverde años 80, que fue concejala en el Ayuntamiento de Madrid y Víctor Renes, también sociólogo con una amplia trayectoria como responsable de Cáritas y del reconocido Informe Foessa. En esta ocasión el título es Madrid será todo norte, con el sur más lejos. El título lo dice todo y no requiere muchas más explicaciones. Esta apuesta permanente por un norte financiero, de oficinas y pisos de alto precio, no puede ser buena, ni aporta nada al equilibrio territorial que toda ciudad necesita.

Como de refilón, por descuido, como quien no quiere la cosa, el 17 de agosto el Ayuntamiento aprobaba un Plan Parcial de Reforma Interior del Area de Planeamiento del Paseo de la Dirección, una operación colindante con Chamartín, también en el norte, con los mismos objetivos declarados y la misma oposición vecinal.

En fin, el otoño se avecina caliente y mejor que la transparencia se imponga sobre las actuaciones opacas y la agosticidad; que los políticos se sienten a negociar, en lugar de empeñarse en desacreditar y matar al mensajero portador de opiniones e ideas discordantes; que hagan realidad la participación social, en lugar de empeñarse en un despotismo ilustrado que ya  nada aporta a las políticas participativas y democráticas que tanto se defienden en los programas electorales de la nueva política y los nuevos políticos.