Los Mayos del 68 y 50 más

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.

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Un Paseo llamado Marcelino Camacho

mayo 28, 2018

Desde hace unos días una calle de Madrid, en el barrio de Carabanchel, lleva el nombre de Marcelino Camacho. El barrio y la calle donde vivió Marcelino durante cincuenta años, en un piso sin ascensor. Tan sólo en los últimos años de su vida, cuando ya no podía hacer el esfuerzo de bajar a la calle y volver a subir, aceptó trasladarse a una vivienda de alquiler, cerca de sus hijos.

Nacía yo, cuando Marcelino, indultado por el régimen franquista, volvía  Madrid, junto a su inseparable Josefina. Poco después comenzaba a trabajar en la Perkins y, desde entonces, sus entradas y salidas de la cárcel, por sus vinculaciones con el incipiente sindicalismo de las Comisiones Obreras que defendían la libertad sindical en España, fueron parte de la vida cotidiana de la pareja.

Las CCOO nacieron en muchos sitios casi de forma simultánea, en el curso de unos pocos años a finales de los 50 y principios de los 60. Hay quien sostiene que ese nacimiento se produjo ese año en el que Marcelino regresó a España, en una mina asturiana, llamada La Camocha.

Para cuando la cúpula de las CCOO es detenida, en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón, en junio de 1972, esas Comisiones Obreras se han ido organizando por sectores y territorialmente y Marcelino Camacho es reconocido ya como cabeza visible del sindicalismo de clase organizado.

Así lo trasladan sus compañeros de cárcel, que han pasado a la historia como los Diez de Carabanchel, los encausados en el Proceso 1001, cuando hablan de la figura de Marcelino. No es un líder elegido, sino un primero entre iguales.

Cuando se produce la Asamblea de Barcelona en el 76, de nuevo en una iglesia y, posteriormente, se toma la decisión de constituirse como sindicato, Marcelino es la voz y la cara más visible de las CCOO.

Desde el primer Congreso de las CCOO y hasta su IV Congreso, celebrado en 1987, en el que decidió dejar la Secretaría General, Marcelino fue reelegido como máximo dirigente de las CCOO. Por el camino, entre 1977 y 1981, fue diputado en el Congreso, por el PCE, en esos tiempos en los que las normas internas aún no estipulaban que, para asegurar la independencia del sindicato con respecto a los partidos, no se podía se responsable sindical y, al tiempo, cargo público elegido en las elecciones.

Primero  vinieron los tiempos que trasladaban al sindicato las fracturas internas del Partido Comunista, dando lugar al surgimiento de un minoritario sector carrillista. Luego llegaron los de la confrontación entre el sector seguidor de Antonio Gutiérrez, el sucesor en la Secretaría General desde 1987 y el sector crítico, que encabezaban Agustín Moreno y Salce Elvira, que pronto contó con el apoyo de Marcelino.

No ha sido tarea sencilla, ha costado décadas, ir limando algunas de las asperezas y tensiones, creadas en este choque de trenes. Muchos compañeros y compañeras han quedado abrasados en el camino de la confrontación, sin que hayan faltado quienes han sabido aprovechar la ocasión de alinearse acá o allá para mantener sus posiciones de poder. En la izquierda siempre hemos sido expertos en disfrazar ambiciones con lustrosas y barnizadas capas de “convicción”.

Pese a todo, el camino se ha recorrido y, cuando menos desde mi experiencia, el debate no ha sido, ni es estéril. La tensión entre la negociación y la movilización, sólo puede resolverse desde el debate libre y abierto y desde el compromiso con las decisiones que se adoptan, sin que nadie renuncie a sus convicciones, ni a sus ideas.

Marcelino fue y siguió siendo, hasta el final de sus días, un hombre convencido de que la unidad no es uniformidad. Que las ideas no se imponen con martillos. Que hay que hablar y negociar siempre. Que arrinconar la minoría y la discrepancia sólo empobrece. Que la movilización democrática, la huelga, la manifestación, la capacidad negociadora, son nuestros mejores instrumentos para defender nuestras propuestas y resolver nuestros problemas. Que somos muchos, muy distintos, muy diversos y, en nuestras ideas, muy plurales.

Por eso Marcelino no es patrimonio de las CCOO, ni tampoco del PCE. Marcelino es de Osma la Rasa (Soria), donde nació, de los frentes en los que combatió, del exilio que eligió para huir de la cárcel, del Carabanchel en que vivió, de la Carabanchel que le encarceló, de las iglesias donde se reunía, de quienes buscaron en él un poco de luz y esperanza de libertad y convivencia democrática. Y claro que también es nuestro, de las CCOO, pero no más nuestro que de cualquier trabajadora, cualquier trabajador, cualquier persona de bien en España.

Merecía una calle Marcelino y hoy tiene un Paseo en su Madrid. El paseo de un hombre que amó la libertad.


Carta abierta a los habitantes de Lebu (Chile)

mayo 9, 2018

Queridos habitantes de Lebu,

Escribo esta carta para agradecer la concesión del Premio Literario Gonzalo Rojas Pizarro, que el jurado ha decidido concederme en ésta su XV edición. Hace poco más de mes y medio recibí un correo electrónico del Coordinador del Concurso, Jaime Magnan, informándome del fallo del jurado.

De acuerdo con el Acta suscrita por el jurado de este apartado, publicada en el transcurso de este día, me complace notificar que su trabajo “Sagrada Familia”, registrada con el Nº 333, firmado con el seudónimo Dios, se ha ungido Primer Lugar en nuestro certamen. A continuación, Jaime, tras felicitarme, me informaba que el acto de entrega de premios tendría lugar el 4 de mayo.

Pocas cosas me hubieran llenado de más orgullo que poder compartir con vosotras y vosotros ese momento. Algunas circunstancias personales me impedirán hacerlo. Por eso me comprometí con Jaime a enviar un vídeo, que pudiera ser proyectado en el acto.

Vayan primero las presentaciones. Soy el hijo de una criada nacida en un  pueblecito toledano, cercano a Talavera de la Reina llamado Mejorada y de un cantero de un pequeño pueblo de la Sierra de Guadarrama llamado Collado Mediano.

Los padres de la criada, de nombre Sara, tuvieron que huir de las tropas franquistas, que en el año 36 del siglo pasado, avanzaban imbatibles hacia Madrid. Tras combatir en aquella Guerra entre hermanos, tuvieron que pagar con cárcel haber dirigido las Juventudes Socialistas Unificadas del pueblo, que ocuparon la Casa del Cura y convirtieron la iglesia en un Salón de Baile, instalando en el mismo un aparato infernal llamado radio.

En cuanto al padre de Francisco, el cantero, al que todos conocían como Paco y al que apodaban Charivari, partió a la Sierra a defender la República de Trabajadores, amenazada por las tropas sublevadas. Mis hijas (tengo dos hijas y un hijo aún adolescente), han descubierto en un apunte del Archivo Histórico de Salamanca (el dedicado por la dictadura a fichar a masones y comunistas), que mi abuelo pertenecía a la Unión General de Trabajadores (UGT), al Partido Comunista de España (PCE) y se alistó en el Quinto Regimiento, aquel al que perteneció el poeta Miguel Hernández. Desapareció, mi abuelo, en el confuso final de la Guerra y nadie sabe dónde descansa su cuerpo. Si en un erial, una trinchera, o un campo de concentración francés.

Yo crecí rodeado de silencio y miedo. Los niños no teníamos que saber estas cosas. Cualquier comentario fuera de la casa podía traer malas consecuencias. Mejor no saber. Mejor callar. Mejor que la memoria no llegara a alcanzarnos y devorarnos. Aunque nadie nos lo dijo nunca, sabíamos que éramos hijos de perdedores.

Al final, mis padres acabaron en Madrid, en un barrio del Sur más profundo, llamado Villaverde. Allí me hice maestro antes de estudiar magisterio. Luego me licencié en historia, para intentar explicarme y explicar tanta oscuridad, desmemoria, pasado oculto, vidas escondidas y humilladas. Y me di cuenta de que la existencia de aquellas gentes que habitábamos en el Sur, estaba llena de enormes cantidades de polvo de misterio y no podía ser explicada sólo con investigaciones históricas. Por eso comencé a escribir artículos, pequeños ensayos, un libro sobre el Primero de Mayo en Madrid, poemas y relatos en La Tierra de los Nadie.

No soy un profesional de la escritura. Soy maestro de profesión y sindicalista de las Comisiones Obreras de España. Escribo a ratos perdidos. Algunas noches envío un relato, algunos poemas, a concursos literarios y así he ido recibiendo premios en lugares como las cuencas mineras asturianas, o el Voces del Chamamé en Oviedo; en el pueblecito de Sopó, ubicado en el Departamento de Cundinamarca, Colombia; en Lima, provincia de Buenos Aires; en Hervás, un pequeño pueblo del Valle del Ambroz, al Norte de Cáceres; o en Lekunberri, un pueblecito navarro a mitad de camino entre Pamplona y San Sebastián.

Premios que nunca tienen grandes dotaciones económicas. A veces conllevan la publicación de los poemas, o de los relatos. Para mí son grandes premios. Para mí es suficiente premio el que un jurado me haya leído y haya sentido que algo en mi escrito le  hacía vibrar.

Cuando recibí el correo de Jaime, debo confesarlo, lo primero que hice fue adentrarme en internet para ver dónde se encontraba Lebu. Pronto me di cuenta de que escribiendo sobre las gentes de mi Sur, había llegado, como a través de un agujero de gusano, a otro Sur, en la frontera araucana. Un Sur minero, pescador, centro comercial y turístico, azotado también por el paro y las necesidades sociales.

Luego, me dediqué a repasar la andadura de Gonzalo Rojas y leer algunos de sus poemas. Premio Reina Sofía de Poesía, Premio Nacional de Literatura, Premio Cervantes. Colaborador del gobierno de Salvador Allende. Exiliado. Pero, sobre todas las cosas, maestro, educador, alfabetizador de los trabajadores por los parajes de Atacama.

A mis 16 años, decidí ser maestro. Cuando yo tenía 16 años, aquel experimento de socialismo en democracia y libertad que venía de Chile, fue aplastado por las botas militares y, cuantos vivíamos bajo la bota militar de un dictador estepario, aprendimos a tocar la guitarra tarareando clandestinamente a Violeta Parra y a aquel Victor Jara, al que siempre nos representábamos en el Estadio Nacional de Santiago.

Creímos que se cumpliría la profecía de Allende y que nuestras grandes alamedas podrían abrirse de nuevo, para dejar pasar a hombres y mujeres libres, cuando otros militares, con claveles en la bocana de sus fusiles, se alzaron contra nuestra vecina dictadura salazarista, en Portugal, aquel 25 de Abril del año siguiente.

Todo fue, sin embargo, más complejo, más arduo, bastante más complicado. Las dictaduras siempre dejan un rastro de sangre y víctimas, muy difícil de limpiar. Una degradación de la condición humana, muy difícil de recomponer. Construir una sociedad mejor no es empeño fácil en esas condiciones. Ni en Chile, ni en Argentina, ni en Colombia, ni en España.

Y, pese a todo, ahí seguimos intentándolo. Muchas gentes decentes, humildes, sencillas, respetuosas, que tan sólo queremos una educación que nos haga iguales, una sanidad que cuide nuestras vidas, unos servicios públicos que atiendan nuestras necesidades esenciales, un trabajo y unas pensiones que nos permitan satisfacer las necesidades de nuestras familias. Sólo queremos pensar, hablar, escribir, festejar, crear, vivir, en libertad.

Gracias por el premio que me habéis concedido. Un premio que me alcanza como un compromiso, un contrato y que vincula mi vida con las vuestras. Para lo bueno y para lo malo. Y más allá de cualquier muerte que pretenda separarnos.

Un fuerte abrazo,


El Madrid del Primero de Mayo

mayo 9, 2018

 

Vamos, poquito a poco, avanzando hacia los 130 años de celebración del Primero de Mayo en Madrid, desde aquella primera vez, allá por 1890. El Congreso Socialista de París había decidido en 1889 convocar el Primero de Mayo en todo el mundo. Una jornada de lucha y reivindicación, en recuerdo de la huelga y movilizaciones de Chicago, en la que los trabajadores que exigían la jornada de 8 horas, habían sido reprimidos brutalmente por la policía y cinco de sus líderes fueron ejecutados, tras un juicio sin garantías.

Hace 20 años se me ocurrió escribir un libro en el que el recorrido anual de la manifestación del 1º de Mayo en Madrid, se convirtiera en una disculpa para la reflexión sobre nuestra historia. Así nació el Madrid del 1º de Mayo, que ya acumula tres ediciones, prologadas por el sindicalista Rodolfo Benito, el periodista Rodolfo Serrano y el arquitecto Eduardo Mangada.

La manifestación del Primero de Mayo arranca en una glorieta de Atocha, presidida por la imponente Estación de Atocha, con su cubierta a modo de casco de barco invertido. El ferrocarril permitió a Madrid dejar de ser una capital cortesana, para convertirse en una ciudad industrial, productiva, comercial. La circunvalación ferroviaria desde la estación de Príncipe Pío, donde llagaba el carbón leonés, hasta Atocha, pasando por las estaciones de Imperial y Peñuelas, actuó como motor que permitió la modernización de Madrid. En las inmediaciones el Hospital de San Carlos, actualmente Museo Reina Sofía, el Ministerio de Fomento, o el Museo Etnológico.

Inmediatamente, la manifestación se adentra en el Madrid científico que concibió Carlos III, creando el Observatorio Astronómico, el Real Laboratorio de Química (actual Museo del Prado) y el Jardín Botánic,o donde exhibir las especies botánicas llegadas desde todo el imperio. En las Puertas del Jardín Botánico se concentraron, el domingo 4 de Mayo de 1890, 30.000 trabajadores, para manifestarse por el Prado y Recoletos, hasta la sede de Presidencia, para entregar a Sagasta sus reivindicaciones. En las inmediaciones se encuentra la sede de CCOO de Madrid, los Jerónimos, los centenarios hoteles Ritz y Palace, el Congreso de los Diputados.

Recorre luego, la manifestación el Paseo del Salón del Prado, presidido por Neptuno en un extremo y por Cibeles en el otro, sin olvidar que el centro del mismo se encuentra la desconocida fuente del dios Apolo, rodeado de sus musas. Un lugar concebido para descongestionar el centro y dotar a la Corte Madrileña de un lugar de paseo y recreo, en lo que, hasta entonces, era un lugar de huertas, poblado cada atardecer por bribones, espadachines y pícaros.

En Cibeles, tras sobrepasar el edificio que los madrileños denominaron Nuestra Señora de las Comunicaciones, actual sede del Ayuntamiento de Madrid, la comitiva del 1º de Mayo comienza a subir calle Alcalá arriba hacia la Puerta del Sol, flanqueada por el urbanismo burgués de los grandes bancos, incluido el Banco de España, las compañías de seguros, y los centros sociales de la burguesía decimonónica y de principios de siglo XX, como el Círculo de Bellas Artes, el anglófilo New Club, o el rancio Casino de Madrid.

Y llegamos, por fin, a la Puerta del Sol. Mientras se pronuncian los discursos, el manifestante puede emprender algunas reflexiones sobre este lugar en el que, al lanzar una piedra, conmienzan a moverse olas concéntricas en toda la laguna de España. Ese punto central del rompeolas de todas las Españas.

Allí están las primeras obras de Carlos III, para sentar las bases del Estado Moderno. La Casa de Correos (actual Presidencia de la Comunidad de Madrid) y, a sus espaldas, la Casa de Postas. Muy cerca el Ministerio de Hacienda, que fue concebida como Casa de Aduana, fuente de ingresos por los impuestos al comercio.

En la Puerta del Sol se desencadenó el 2 de Mayo y allí se encontraba el Mentidero de la Villa, donde el pueblo despachaba las últimas noticias y espiaba a los pasajeros de las carrozas cortesanas, que se encaminaban hacia El Salón del Prado. Allí se concibieron los Pasajes Comerciales y un nuevo rico maragato construyó las Casas del Cordero, tras ganar la lotería y allí se proclamó la II República.

Hay guías del Madrid medieval, de los Austrias, los Borbones, de Galdós, de la Restauración, de los Reyes Católicos, un Madrid literario, otro musulmán y otro mágico. También hay un Madrid del Primero de Mayo,  que recorremos en manifestación cada año, en cuyos edificios, paisajes y rincones se encuentran las claves de las transformaciones de una ciudad capital inacabada, que siempre resiste y que puede ser derrotada, pero nunca vencida.


Profesionales

mayo 9, 2018

Entro en los hospitales, las escuelas, los centros de servicios sociales. Me indigna el deterioro que compruebo a mi alrededor. No son sólo las manos necesarias de pintura que faltan en sus paredes. Es, sobre todo, la masificación que amenaza a cada instante con colapsar en funcionamiento de los servicios que allí se prestan. La imposibilidad de trabajar planificando la oferta y atendiendo las nuevas demandas. La sensación de que la urgencia marca el frenético ritmo de la actividad.

Se deposita en los centros educativos la responsabilidad de formar a futuras generaciones. El cuidado de nuestra salud en los centros sanitarios. Nuestro bienestar personal en los centros de servicios sociales. Y, sin embargo, permitimos que los profesionales sobre los que descansan los bienes más preciados de nuestra existencia, se vean abandonados a su suerte. Consentimos que muchos de esos servicios esenciales para la calidad de nuestras vidas sean gestionados por empresas privadas, cuyo objetivo prioritario no es nuestro bienestar, sino su beneficio económico.

Los formamos durante años y financiamos sus especialidades universitarias en docencia, sanidad, trabajo social. Veo como se esfuerzan por demostrar su profesionalidad cada día. Cómo asisten a cursos de especialización. Cómo tensan sus nervios para no perder  la paciencia y mantener intacta su vocación. Claro que hay quienes han caído en la desidia y en una suerte de muda desesperación. Y claro que hay quienes están ahí porque tiene que haber de todo. Pero eso ocurre en todas las profesiones, sin que por ello nadie convierta la excepción en un estado general de las cosas.

He dedicado muchos años al sindicalismo y he tenido que escuchar, no pocas veces, ese tipo de opiniones que descarga en los sindicatos toda la responsabilidad de los males que sacuden la vida de los trabajadores, muy por encima de  las responsabilidades de los empresarios, o de los gobiernos que legislan sobre los derechos laborales. También he tenido que enfrentarme a esas interpretaciones que convierten al extranjero en el causante de nuestras altas tasas de paro. Las versiones simplonas, pero claras y  entendibles, siempre suelen terminar por imponerse sobre razonamientos coherentes, pero complejos.

Entiendo que, quienes vemos denegado el acceso a un derecho, tenemos enfrente a un empleado público al que le pedimos explicaciones indignadas sobre las causas por las que se nos excluye de unos servicios o prestaciones, a los que considerábamos deberíamos poder acceder. Y, sin embargo, ese empleado público, no es el responsable de lo que consideramos desmanes inadmisibles. No basta con dar cuatro voces en una “ventanilla”, para que nuestros problemas se solucionen.

Compruebo, en muchas ocasiones, cómo esos trabajadores y trabajadoras, conscientes de las lamentables situaciones a las que nos vemos abocados, en no pocas ocasiones, nos animan a presentar reclamaciones, denuncias, quejas. Y compruebo también, en otras muchas ocasiones,  que estas acciones nunca son emprendidas por quienes alzan la voz ante un funcionario pero no dejan constancia escrita, ante ninguna instancia responsable de la buena gestión de los servicios.

Creo que contamos con magníficos profesionales y que merece la pena convertirlos en nuestros aliados en la defensa de derechos tan nuestros y esenciales, como el de la educación,  la sanidad y los servicios sociales. Hemos invertido mucho para formarlos y su trabajo como servidores públicos, es la llave que nos permite vivir como  mujeres y hombres libres e iguales a lo largo de toda nuestra vida.

Su buen trabajo son nuestros derechos.


Contratos de formación que no forman

mayo 3, 2018

En un intento del gobierno por salvar la imagen de desgobierno de la formación veo a la Ministra de Empleo presentar algunas medidas que aparecen en el Proyecto de  Presupuestos Generales del Estado que Montoro ha presentado en el Congreso.

Cuenta la ministra que quiere poner en marcha un Bono de Formación de 430 euros durante 18 meses para aquellos jóvenes que suscriban un contrato de formación y aprendizaje. No queda la cosa ahí. También piensa conceder una bonificación en las cuotas empresariales de 3.000 euros/año, durante 3 años, para aquellos empresarios que transformen en fijos estos contratos.

De nuevo me temo que estamos ante la política de reinaugurar, sin reflexionar sobre los problemas de los cimientos sobre los que se pretende construir. Se fomenta e incentiva económicamente, un contrato sobre el que pesan serias sospechas de ser tan sólo una fórmula de financiación del fraude y la precariedad laboral, con dinero de todas y todos.

El propio Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE) reconoce con sus datos que este contrato es utilizado en la mitad de los casos para formar camareros, peones, limpiadoras y dependientes de comercio. Un contrato que ha permitido durante los años de la crisis contratar a cientos de miles de jóvenes de forma barata, bonificada, precaria, sin compromiso alguno de estabilidad y con escasos, a veces nulos, niveles de formación.

Tan sólo cuando los sindicatos forzamos que se pusiera coto a abusos como el hecho de que la formación fuera inexistente en muchos casos, o se limitara a un sistema de cursillos a distancia, en el que te mandan unos materiales sin control de calidad y luego ya te apañas, hizo que algunos empresarios de pymes dejaran de ver negocio fácil y seguro en este tipo de contrato y su número se ha reducido desde casi 175.000 en 2014, hasta los menos de 50.000 en 2017.

Aquí hay una diferencia sustancial entre la pequeña empresa y la gran empresa. En el caso de las microempresas, son las asesorías, consultoras y gestorías que les llevan las cuentas, las nóminas, o los contratos, las que les aconsejan las fórmulas más baratas y precarias de contratación laboral y hasta les orientan en cómo suscribir un contrato de formación, con el mínimo compromiso de formación y el máximo beneficio de retorno económico. Negocio para la empresa, para la consultora y para las empresas de formación, que cobran por alumno “formado”. Todos ganan, menos el joven, o la joven, que trabaja en precario y sin formación que merezca tal nombre.

En el caso de grandes y medianas empresas, que cuentan con una política de personal y de cualificación propias, la situación es distinta y se pone más el acento en la formación que acompaña a este tipo de contratos y en terminar convirtiendo en personal fijo a algunos de estos jóvenes, al acabar el periodo de formación.

Así las cosas y aunque parezca una paradoja, el contrato de formación y aprendizaje consigue integrar más y mejor a nuestros jóvenes, cuantas menos bonificaciones y ayudas económicas recibe la empresa. Parece extraño, pero lo que ocurre realmente es que, cuando hay dinero de por medio, algunos empresarios usan y abusan de este contrato, obteniendo beneficios económicos de las ayudas y sin compromiso alguno de transformarlo en fijo. Sin embargo, con unas ayudas más ajustadas y requisitos formativos asegurados, es un contrato que se utiliza para formar y cualificar a las trabajadoras y trabajadores jóvenes que la empresa termina contratando de forma más estable.

Seguir insistiendo en inyectar dinero a esta modalidad de contrato, sin corregir sus problemas, sólo contribuye a  empeorar las cosas. Además, con una situación de ingresos insuficientes en la Seguridad Social, entre otras cosas por el empleo precario y temporal que se está creando, a causa de la reforma laboral, creo que no conviene seguir abusando de desgravaciones, bonificaciones y regalos fiscales a las empresas, a costa de bajar los ingresos de la Seguridad Social, tan necearios para el pago de las pensiones. Sobre todo cuando esas ayudas ni forman, ni crean  puestos de trabajo, ni estabilizan el empleo de nuestra juventud.

A estas cosas las llaman en el Gobierno Formación Dual, pero bien saben gobiernos como el de Alemania que esas políticas tienen poco de formación, ni de relación entre centros de formación y empresa. Habrá que seguir esperando tiempos de más sensatez y menos propaganda.


Recordando a un poeta del pueblo

mayo 3, 2018

Cuando hayas leído el titular, casi seguro que, en el mejor de los casos, habrás pensado en el 76 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, en la cárcel de Alicante, mientras pelaba la cebolla de una vida que hubiera querido, al menos, terminar entre los suyos, junto a su mujer y su hijo.

No, tampoco se trata de otro poeta del pueblo como Marcos Ana, que bien merece también artículos y crónicas frecuentes. Me refiero a Andrés García Madrid. No lo busques en la Wiquipedia. Son pocas las menciones que encontrarás sobre él en Internet, a excepción de alguna referencia a varios de sus libros publicados hace muchos años y que aún puedes conseguir, de segunda mano, en algunas librerías y salvo unas pocas reseñas de la convocatoria, o de la concesión, del premio de poesía que lleva su nombre en la Fundación Ateneo 1º de Mayo de CCOO de Madrid.

Sin embargo, cuando vivía, Andrés García Madrid, era un conocido y reconocido poeta, un sindicalista de las CCOO, un habitante de Getafe al que sus vecinos y vecinas hicieron concejal del PCE en aquellas primeras elecciones municipales celebradas en democracia, tras una dictadura contra la que había luchado incansablemente. Hoy un parque de Getafe está dedicado al poeta Andrés García Madrid.

La Tertulia poética del Ateneo 1 de Mayo, en la que comencé mis pinitos como poeta, a ratos perdidos de tardes extraviadas, llevaba su nombre cuando ya la dirigía otro gran olvidado, el Indio Juan, aquel argentino cuyo emocionante y emotivo discurso de despedida para todas nosotras y nosotros, se titulaba algo así como Nada es casual. Lo utilicé para prologar mi primer poemario La Tierra de los Nadie.

El hijo del gran poeta chileno Gonzalo Rojas Pizarro (Premio Reina Sofía de Poesía y Premio Cervantes), decía, en una entrevista, que Chile es país de poetas, donde nadie lee poesía. Si eso ocurre en Chile, que podríamos decir de esta nuestra madre España, ese país de todos los demonios, del que hablaba el tío catalán de Esperanza Aguirre,  el también poeta Gil de Biedma.

Es nuestra España país de ripios fáciles y “cuentistas” que no escriben cuentos. No es que haya pocos lectores de poesía, sino que casi nadie lee nada. Si hacemos caso a las estadísticas publicadas, un tercio de las personas no lee nunca en España y otro tercio lo hace sólo por estudios, o por trabajo. A más de la mitad de los españoles sus padres nunca les leyeron un cuento.

Somos un país de grandes desigualdades y contrastes. Sigue existiendo una España profunda, no necesaria, ni exclusivamente, de carácter geográfico. Este año el número de poetas que han concurrido al Premio de Poesía Andrés García Madrid ha superado las 670 personas. Uno de los premios literarios con más audiencia, que se ha ido consolidando desde que decidimos crearlo allá por el año 2000.

Los ganadores del premio suelen ser poetas que, antes o después, consiguen otros reconocimientos nacionales o internacionales. A lo largo de estos años han formado parte de sus jurados escritores como Carlos Álvarez, o Manuel Rico, junto a jóvenes poetas que comienzan su andadura.

Acabamos de entregar los premios de este año, en las inmediaciones del Día de la Poesía, en una sesión en la que hemos podido escuchar las voces de los ganadores, leer poemas de Andrés García Madrid y escuchar las creaciones de otros poetas que han decidido participar en la lectura libre de poemas que promovimos a continuación.

Desde ese día, le he dado vueltas a una idea que me trasladó el hijo de Andrés. Recopilar su poesía y reeditarla. Me parece un proyecto encomiable al que hay que dedicar algún tiempo. No sólo por la familia y por quienes le conocieron. No sólo porque Andrés forma parte de nuestra memoria. Sino porque me parece de justicia y va siendo hora de que los poetas del pueblo sean conocidos y reconocidos. Y Andrés García Madrid era uno de ellos.