Carta abierta a mis biblotecarios

febrero 13, 2019

Amigas y amigos,

Suelo escribir mis cartas a personas concretas, pero sería injusto, en este caso, dirigirme exclusivamente a una, o uno de vosotros. Sois mis bibliotecarios pero, de alguna manera es como si formarais parte de una misma persona a la que me he ido encontrando, a lo largo de la vida.

Y no es que os reconozca en todas y todos los bibliotecarios que he conocido. Como en cada casa y profesión, hay de todo como en batica. Los riesgos de adocenamiento y resignación no son menores en vuestra profesión que en la mía de maestro. León Felipe percibía esos peligros entre los enterradores, Para enterrar a los muertos como debemos, cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

He ido adquiriendo, a lo largo de los años y las asiduas visitas a las bibliotecas, la habilidad de descubriros. En el profesor que cuidaba la biblioteca en el colegio y se extralimitaba en sus restringidas funciones de darte un libro de obligatoria lectura, y me presentaba a uno de esos escritores que luego me han acompañado durante toda la vida.

Atinar a ubicaros en aquella primera biblioteca pública en tiempos de franquismo, tipo búnker del saber, en la que había que traer apuntado el libro desde casa, localizarlo en un cajón de fichas, escribir los datos en un formulario y esperar a que uno de los vuestros lo depositara en el mostrador, o te viniera anunciando que había sido ya prestado. Era territorio de inhóspitas y ásperas formas, pero allí también estabais.

Luego topé con vosotros en un prefabricado de extrarradio, junto a las casas de realojo. Fue construido para ejercer como biblioteca provisional durante unos pocos años y que se quedó allí, en una esquina del barrio, durante décadas. Llegabais allí porque erais los últimos interinos, obligados a elegir aquel exclusivo y solitario puesto, en las fronteras del mundo. Luego os quedabais allí, durante años, hasta que un traslado forzoso os desplazaba.

No eran las fronteras del mundo de la cultura, que en esa materia cultural siempre he creído que los habitantes de ese Sur, que también existe (ya lo cantó magníficamente Serrat), son infinitamente más cultos que cualquier prosaico espía banquero, o político al uso.

No, me refiero a las fronteras de un mundo anclado en el tiempo, donde quien más, quien menos, intenta entreabrir alguna puerta,  resquebrajar el muro, para que entren los aires del cambio o, en el peor de los casos, intentar huir de una pobreza y una miseria, bendecidas por los poderes públicos.

Nuestra famosa inmemorial pobreza cuyo origen se pierde en las historias, que diría Gil de Biedma. A que te gustaría irte a Marte y allí perderte, eso es una cosa que más de uno tiene en mente, que dirían, ahora mismo, el Langui y el Gitano Antón, en su Infectado Distrito, desde Pan Bendito.

Allí estabais, en la biblioteca de aquel recóndito pueblo de Extremadura que al parecer los franceses no supieron encontrar, mientras recorrían la Vía de la Plata, ocupando España, camino de Lisboa. Arrellanado como se encuentra en el Valle del Ambroz, rodeado de montes de castaños y presidido por el castillo templario reconvertido en iglesia. No es la primera vez que veo estas transformaciones de arquitectura militar en religiosa, que lo uno y lo otro parece que marchan, desde siempre, sin demasiados problemas de la mano.

En aquel pueblecito de herrumbrosas y enmohecidas puertas clausuradas por los judíos exiliados, rehabilitadas puertas abiertas de los conversos y punto de encuentro de gentiles y judíos errantes de toda clase y condición, en busca de patria segura, gané mi primer premio de cuentos, convocado por la biblioteca municipal, ubicada en el palacio de los Pérez Comendador-Lerroux, que fuera antes de los Dávila de toda la vida y en cuyo jardín de rincones de diseño romántico me entregasteis el premio. El cuento se llamaba, por cierto, Templarios.

Luego fuisteis esforzada bibliotecaria en la Casa de la Cultura de Lekunberri, donde acudí para recoger el primer premio que me concedieron por un poemario, La Tierra de los Nadie. He sido celoso usuario de toda clase de bibliotecas. En todas ellas os he encontrado. Siempre me habéis ayudado a encontrar nuevas lecturas insospechadas y autores  insólitos y desconocidos. Siempre me habéis empujado suavemente a escribir.

He terminado descubriendo que muchos de aquellos autores fueron antes bibliotecarios. Desde Gloria Fuertes a Mario Vargas Llosa. Borges y el mismo León Felipe. Rubén Darío, Lewis Carroll y María Moliner, entre otros muchos. De ellos, tal vez, aprendisteis pasión por la lectura metamorfoseada deseo de contar historias, o de situar el lenguaje fuera del alcance del tiempo, como nos recuerda John Berger, los poemas están más cerca de las oraciones que los cuentos (…) ¿Dónde está uno realmente cuando llega un poema? En ningún lado, sin duda.

Ahora, cuando han desaparecido los cines de los barrios. Mientras la cultura malvive a merced de una derecha que pasa de ella y una izquierda que la quiere de gratis total, instrumental, compañera de viaje, domesticada. Habéis convertido las bibliotecas en lugar de estudio, punto de encuentro con los creadores, ludoteca, taller de cocina, sala de exposiciones, zona de acceso libre a internet, escenario para microteatro, plaza pública para cuentacuentos, espacio integrado con otras actividades culturales.

Me encanta ver a los niños y niñas con sus profes pasando la mañana entre libros. Me emocionan esas personas mayores que repasan los periódicos, las revistas, cambian sus libros o sus vídeos de préstamo, bucean en los ordenadores. Me gusta ver a la juventud universitaria hasta altas horas de la noche, en ascético silencio, preparando sus exámenes en las más complicadas asignaturas.

Los bibliotecarios, los maestros, los libreros, siempre me habéis parecido de una raza especial. La misma de la que formaban parte los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza. Al frente de responsabilidades y tareas nunca bien agradecidas, ni reconocidas, ni pagadas. Os debía esta carta y, aunque sea a la manera de Pepe Isbert, esa carta que os debía os la quiero hoy pagar. Porque sin vosotros, esos Nadies que habitan mis poemas y mis cuentos, hubieran tenido, tendrían hoy,  muchas menos oportunidades.

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María Luisa, una madrileña valiente

enero 23, 2019

 

En estos tiempos de reivindicación de la igualdad de la mujer, me parece necesario recordar a María Luisa Suárez, que acaba de dejarnos con 98 años de edad. Una de esas personas que luchó por la emancipación, la libertad y los derechos en tiempos mucho más difíciles de los que hoy nos toca vivir.

Nació María Luisa en Madrid en 1920. Sus padres eran republicanos y decidieron que su hija tuviera una educación laica y librepensadora. Por eso su formación inicial se desarrolló en la Institución Libre de Enseñanza, ese proyecto de regeneración, modernización y europeización de la enseñanza que puso en marcha Francisco Giner de los Ríos.

Las botas militares pisotearon todas aquellas buenas intenciones pedagógicas, el reconocimiento de los derechos que la República había concedido a las mujeres y cualquier intento de reformas sociales, o políticas, que pudieran dar voz, protagonismo y poder al pueblo. Sin embargo, el poso de todo lo vivido en aquellos primeros años acompañó a María Luisa, a lo largo de toda su existencia.

Se empeñó, recién acabada la guerra, en ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, aunque fuera la única mujer matriculada allí en 1941. Hay que hacerse a la idea de dónde entraba nuestra joven heroína. Una facultad completamente masculina, cuando no abiertamente machista, en la que enseñaban profesores que habían superado todas las depuraciones del régimen franquista y que tenían un alto sentido y un elevado concepto de la clase a la que pertenecían y a la que estaban destinados a defender.

María Luisa fue una de las pocas mujeres que superó la prueba y formó parte de la primera promoción que se licenciaba en Derecho tras la Guerra Civil. No fueron fáciles sus comienzos, pero ingresó en el Colegio de Abogados y se empeñó en ejercer la profesión, en lugar de recluirse en el papel hogareño que el franquismo reservaba a las mujeres.

Se afilió al clandestino Partido Comunista y llegó a formar parte de su Comité Central. Se enamoró, se casó, tuvo una hija. Ayudó al defensor militar en el juicio a Julián Grimau, que terminó siendo fusilado tras la sentencia del Tribunal Militar.

Creó el primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, Antonio Montesinos y José Esteban. Defendió a miles de trabajadores, militantes de las CCOO como Marcelino Camacho, miembros del Partido Comunista y a cuantos reclamaban su ayuda por ser perseguidos por la dictadura.

A lo largo de su vida recibió la distinción de San Raimundo de Peñafort, el máximo reconocimiento de la abogacía española, o el Premio Abogados de Atocha en su primera edición, en reconocimiento a su defensa de los derechos laborales.

Miro esa foto, que figura en la portada de su libro Recuerdos, nostalgias y realidades. Una joven y sonriente abogada recién licenciada. Admiro la serena sensibilidad que le hizo ser apreciada por cuantos y cuantas trataron con ella, junto al orgullo, la firmeza y convicción  que habita en su mirada. Toda ella fue generosidad que abrió las puertas de su despacho para forjar en él aquellas generaciones de abogadas y abogados como Lola González Ruiz, Cristina Almeida, Manuela Carmena, o Francisca Sauquillo. La generación de los Abogados de Atocha.


2019, hablando de Villaverde

enero 10, 2019

Me pide mi amigo Javier Cuenca que me estire un poco y escriba algún breve artículo, de vez en cuando, sobre Villaverde. Agradezco que los amigos se acuerden de mí y me inviten a participar en sus sueños, sus ideas, sus proyectos. Así que a ello vamos.

Se lo debo a Javier y se lo debo a mi madre que, después de nacer en Mejorada, un pueblecito cercano a Talavera, después de atravesar una guerra, una posguerra, años de eso que hoy llamamos servicio doméstico y antes criada, hambrunas, desarrolismos, limpiar casas, fincas, colegios, terminó comprando piso en Villaverde y allí siguió viviendo hasta su muerte.

Para comenzar la ronda, vaya por delante esta felicitación de Año Nuevo que he difundido en las redes sociales. Una foto de ropa tendida en los balcones de Villaverde, con un escueto texto, Felices fiestas. Feliz 2019. Que ondeen nuestras banderas en las ventanas.

Me explico. Todos tenemos una patria. Decía la madre de Serrat que la suya era aquella en la que trabajaban sus hijos. Mi patria es la de mi madre, Villaverde. No creo que fuera el lugar donde ella encontrara más felicidad, pero sí su lugar en el mundo.

No era el mejor lugar de Madrid, ni el más hermoso. Era, tan sólo, el suyo. Aquel en el que cuando salía a la calle, o llamaba a la puerta de enfrente, encontraba personas con las que había compartido nacimientos, bodas y bautizos, enfermedades, jubilaciones, viudedad, funerales.

Esas cosas que nos hacen patriotas. Porque los patriotas, como las meigas, existen y no son cuatro chulos a caballo, cargados de pulseras, relojes, collares de perro de raza, colgantes y camisetas rojigualdas. Patriotas somos los que nos sentimos ligados a una tierra, a una familia, a un clan, a un barrio, a un pueblo, aunque hayamos, o no, nacido allí.

Somos los que hemos jugado en sus calles, hemos visto películas en sus cines ya desaparecidos, hemos chupado tardes de domingo en sus billares, convertidos en casas de apuestas, hemos ocupado sus plazas, nos hemos disfrazado en sus carnavales, nos hemos manifestado para pedir colegios, institutos, centros de salud, centros culturales, asfaltado, limpieza. Nos organizamos en asociaciones, vecinales, culturales, sindicales, deportivas.

El himno de mi patria es el ritmo de nuestra vida convertido en músicas venidas de todas las partes del mundo. Hoy mi himno es una copla y mañana un rap. Hoy un son cubano y dentro de un rato el himno se transforma en rock. Unas veces el ritmo se convierte en danza bikutsi, salsa, merengue y otras en pasodoble o chotis. El himno de mi patria es rico, ecléctico, variado y universal.

Y la bandera. Qué decir de la bandera de mi patria. Ahí, me inclino y soy del parecer de Robe Iniesta, el de Extremoduro. Creo firmemente que no hay mejor bandera que la ropa tendida, los pájaros sin amo, la lluvia, el agua, o esos duendes del parque que registran las basuras. Ropa tendida de todos los colores. Y no hay más patrias, ni fanfarrias, ni banderas.

Vamos a un año en el que hay elecciones municipales, europeas y autonómicas, puede que hasta generales haya en camino. Nos van a llenar la cabeza con su patria, sus cancioncitas facilonas, sus machaconas proclamas y sus banderas, muchas banderas. Que no falte parafernalia.

Yo, por mi parte, seguiré a lo mío, en mi patria, con mi gente, mi ropa tendida y mis canciones. No quiero que me griten, ni me llenen la cabeza de odios ancestrales y rencores sobrevenidos. No quiero que me cuenten que el problema es mi vecino, que vino de Andalucía, Cataluña, Marruecos o Ecuador. Su piel, su religión, su sufrimiento, no le hacen menos patriota mío.

Cuando llegue el momento buscaré a personas sencillas, que no simplonas, dispuestas a cuidar de todas y todos, que nos protejan de los poderosos y los ricos, que consigan que los servicios públicos funcionen sin grandes propagandas publicitarias, que nos dediquen su tiempo sin enriquecerse a cambio, que paseen por las calles y escuchen nuestros problemas, nuestras necesidades y tranquilicen nuestros miedos. Y si los encuentro, les daré mi voto.


La Formación Profesional sigue esperando

enero 10, 2019

Ahora, después de tragarnos riadas de mensajes que nos hablaban del fin de trabajo y del final de la Historia, que iban a ser barridos por inevitables y acelerados procesos de digitalización y globalización, nos encontramos con que el debate que atraviesa la incorporación de nuevas tecnologías, el cambio climático, las migraciones, la globalización, es el problema del reparto de la riqueza, la decencia del empleo y, en consecuencia, la formación inicial y permanente de las personas.

El desempleo, la temporalidad, la baja calidad del empleo, la precariedad, la infracualificación de muchos y la sobrecualificación de otros tantos, la inadaptación entre cualificación y empleo disponible, el deterioro salarial y de derechos laborales atacan directamente al centro del modelo social que ha permitido construir Europa y la cohesión social.

La educación, la formación inicial y la formación permanente de las personas se nos presentan como llave para abordar estos retos. Es cierto que se consideran elementos esenciales para las empresas, pero se tiende a olvidar que, por encima de ello, son un derecho de la persona. Cada país pone el acento en una interpretación distinta de estos conceptos.

Hay países, como Suecia, en los que prima la visión de la Formación Profesional como parte de la Educación de las personas. El Estado financia, regula, planifica, una Formación Profesional bien conectada con los niveles medios y superiores de la educación. Esta visión pone más el acento en el progreso personal y profesional que en las necesidades específicas de las empresas.

En otros países, sin embargo, se entiende la Formación Profesional, como un complemento de la educación. Países acosados por el paro y golpeados por la crisis, que orientan la formación profesional hacia la mejora de las oportunidades de inserción laboral. Un instrumento para suministrar trabajadores cualificados en función de las necesidades empresariales, El Estado pierde protagonismo y son múltiples proveedores los que diseñan, imparten, deciden, sobre la mayor o menor cualificación necesaria en cada caso. Un ejemplo de este modelo sería Irlanda.

Se habla mucho por estas tierras del modelo alemán de Formación Profesional, eso que allí denominan formación dual y que constituye un referente en España para cuantos, desde las organizaciones empresariales, sindicales, o el propio gobierno, se ven forzados a fijar una posición pública sobre la formación profesional. La susodicha dualidad consiste, básicamente, en poner el acento en el aprendizaje práctico en las empresas.

El modelo alemán exige compromiso y cooperación entre empresarios, sindicatos y los gobiernos de los Estados Federales (el equivalente a nuestras Comunidades Autónomas), así como una regulación del trabajo de los aprendices que evite su explotación. En Alemania funciona. En España no ha pasado casi nunca de ser una declaración de intenciones, defraudada por demasiadas prácticas poco recomendables, que obvian la formación y fomentan la explotación laboral del aprendiz.

Uno de sus puntos débiles, en mi opinión, es que todo se organiza al servicio de que el empresario cuente con personas cualificadas para atender las necesidades de la empresa, lo cual es necesario, siempre que no se convierta en el objetivo único y permita el desarrollo personal y profesional, así como el acceso a niveles superiores de formación y cualificación de las personas.

Países como Finlandia han intentado una mezcla de todas estas modalidades. Se puede realizar formación en un centro educativo, en una empresa, en una universidad. El Estado, a través de sus centros, o entidades privadas, pueden desarrollar procesos formativos. Incluso los profesionales que imparten dicha formación, pueden ser profesores, tutores de prácticas, maestros, formadores especialistas en determinadas materias.

El modelo se convierte en flexible para atender demandas de cualificaciones más específicas o más generalistas. Su objetivo es atender las necesidades de la empresa, pero también las necesidades personales de igualdad, de integración laboral, o de inclusión social.

Ya vemos que contamos con formas bastante dispares de entender la Formación Profesional, en países cercanos y miembros de un mismo proyecto político, económico y social, al que llamamos Europa. Creo que conviene extraer, al menos, unas pocas conclusiones prácticas sobre las que trabajar a lo largo de 2019.

En primer lugar, parece bueno diversificar la oferta de Formación Profesional, tanto en las cualificaciones que se ofertan, como en las edades y los grupos sociales a los que se facilita el acceso. Hay países que ensayan programas de FP incluso por debajo de los 16 años, como es el caso de Portugal.

Junto a esta diversificación la Formación Profesional, la Permanente, o la Formación para el Empleo, deben estar bien coordinadas y, a su vez,  conectadas con el sistema educativo y la Formación Superior universitaria. Son muchos los países que ya lo hacen, entre ellos, Alemania, Reino Unido, Francia, Austria, o Dinamarca.

Incluso se facilita el acceso a la universidad mediante acreditación de la experiencia profesional, pruebas de acceso específicas, o cursos de acceso a la universidad. Las universidades están cada vez más interesadas en incorporar, en el nivel superior de la educación, metodologías y competencias propias de la Formación Profesional no universitaria.

En un país como España en el que los índices de fracaso escolar y abandono educativo temprano son excepcionalmente altos, sería muy positivo conectar bien la educación de personas adultas con la FP. No se trata sólo de combatir el desempleo, sino de brindar una segunda oportunidad a quienes fueron expulsados, o abandonaron demasiado pronto los estudios y a quienes sufren las consecuencias de la desigualdad, ofreciéndoles nuevos itinerarios formativos diversificados.

Creo que es positivo que se vaya extendiendo una Formación Profesional que intenta ir más allá del entorno escolar y pone el acento en las prácticas en empresas y en entornos laborales, tanto en las enseñanzas medias, como en las universidades. Sólo creo que hay que prevenir que la Formación se ponga exclusivamente al servicio del empresario, cuando debe ser un derecho que asegure el desarrollo individual y la promoción laboral permanente de cada persona. Eso sólo es posible si los procesos de formación son fruto de la negociación y cuentan con la participación sindical, social y de las administraciones, junto a los sectores empresariales. Así ocurre en los países de Europa con una mejor Formación Profesional.

La Formación Profesional ha sido siempre el patito feo de la educación en España. Quien no “valía”, o no podía, seguir estudios superiores, terminaba en la Formación Profesional. No es tanto mala imagen, como una consideración social inferior. Este escenario va cambiando, pero muy lentamente.

En conclusión, la Formación Profesional que incorpora prácticas en las empresas está contribuyendo a ofrecer más oportunidades de empleo, que cuando la formación es exclusivamente teórica lo cual mejora el prestigio y la imagen de la FP. La Educación Técnica y Formación Profesional (ETFP) gana peso en los sistemas educativos, al tiempo que diversifica sus modalidades, metodología y contenidos, incorporando formación y prácticas en las empresas.

España debe asumir este reto y regular mejor este espacio de formación profesional permanente, asegurando los derechos de las personas que participan en estos procesos. La Unión Europea nos reclama negociar y aprobar un Estatuto del Aprendiz. De resolver bien estos desafíos va a depender no sólo el futuro de nuestras empresas, sino la propia calidad del empleo y la cohesión social de nuestro país. La Formación Profesional no puede seguir esperando.


14-D: Así que pasan 30 años

enero 9, 2019

En estos días se cumplen 30 años desde la realización de aquella primera Gran Huelga General de una democracia española que acababa de cumplir diez constitucionales años. No han abundado los actos conmemorativos de la fecha, pero tampoco han faltado, o van a faltar, aquellos en los que han participado algunos de sus principales protagonistas.

Entrevistas a quienes dirigían las organizaciones que convocaron la Huelga, como Antonio Gutiérrez y Nicolás Redondo. En casi todos los medios se publican noticias que recuerdan aquella Huelga, sus causas y sus repercusiones. Algún libro se ha escrito y un puñado de artículos de opinión se han dedicado a profundizar en aquel momento.

Historiadores pretendida, o pretenciosamente, considerados oficiales, o bien oficiosos, querrán fijar en la memoria la “verdadera” historia de aquellos días, ignorantes de que la historia colectiva tiene tantas versiones como personas, personajes, actores y actrices, héroes o villanos, la vivieron y participaron en la misma.

No faltarán, por último, los tertulianos que analizarán, explicarán, desentrañarán y examinarán cada instante, minuto a minuto, de la Huelga General, para alcanzar las conclusiones prefabricadas que contribuyan a ratificar sus ideas iniciales, con las que ya venían de casa. No pocos dirán que el éxito de la huelga se debió, tan sólo, al apagón de la televisión a las 12 de la noche.

Poco que agregar, por tanto. Inutilidad de un artículo que poco podría añadir, sin caer en la reiteración de cuanto se haya dicho y hecho para recordar aquel día, sus circunstancias, sus prolegómenos y sus consecuencias. Tal vez he echado de menos, al recordar aquellos días, salvo algunas excepciones, la ausencia de quienes eran jóvenes por entonces y encabezaron y supieron unir al movimiento estudiantil y las organizaciones juveniles, en la defensa de la decencia del empleo y contra aquel Plan de Empleo Juvenil, precursor de la discriminación laboral y vital, a la que la juventud se ve hoy sometida, como si de una maldición bíblica, e inevitable, se tratase.

Personas, como Jesús Montero al frente de las Juventudes Comunistas, o como Paco Moreno, responsable de los Jóvenes de CCOO, a las que he conocido y tratado por diferentes razones, que encabezaron las manifestaciones y movilizaciones previas que sirvieron de ensayo general para el 14-D.

Hay muchas veces, especialmente en un país como España, en que las propuestas más razonables topan con la aparente desidia, el presunto desinterés, la supuesta pereza, de quienes parece que deberían ser los principales interesados en alzarse del suelo y sacarlas adelante.

Siempre hay algún motivo. Una Huelga General anterior, la del 85, convocada contra la reforma  del sistema de pensiones, que anticipaba los recortes del primer gobierno socialista, no logró tanto eco, tal vez porque ese gobierno se encontraba aún en estado de gracia y porque, aunque Nicolás Redondo votó, en el parlamento, a favor de devolver el proyecto a los toriles del Consejo de Ministros, la UGT no terminó dando el paso y CCOO se quedó sola en la convocatoria de la Huelga del 85.

Tres años después, sin embargo, el felipismo no gozaba ya de tan buena salud y sus relaciones con la UGT se habían deteriorado a marchas forzadas. El movimiento estudiantil se había rebelado abiertamente contra las subidas de tasas, la selectividad, las dificultades de acceso a la universidad, el numerus clausus, las reformas educativas.

El profesorado salíamos de una larga y dura huelga indefinida que reivindicaba la homologación salarial con otros cuerpos de funcionarios, o la solución a los problemas de responsabilidad civil de los docentes. Los empleados públicos se veían privados de derechos sindicales como el de negociación colectiva.

En esta ocasión, bastó la intentona del gobierno de aprobar un Plan de Empleo Juvenil, estableciendo un modelo de contrato juvenil temporal, precario y mal pagado, para que las movilizaciones juveniles arreciasen y los sindicatos CCOO y UGT, convencidos de la importancia de la unidad de acción, convocasen una Huelga General el 14 de Diciembre de 1988, añadiendo reivindicaciones como la equiparación de la pensión mínima al salario mínimo, o el derecho a la negociación colectiva de los empleados públicos.

De aquella Huelga, el gobierno salió tocado y, aunque no dio su brazo a torcer, la Propuesta Sindical Prioritaria (PSP) aprobada poco después por los sindicatos, sentó las bases de un modelo de participación sindical y diálogo social estatal, autonómico y municipal, que desarrollaba los artículos 7 y 9 de la Constitución Española y que fortaleció el Estado social en todo cuanto afectaba a la vida de los trabajadores y trabajadoras, desde la seguridad social y las pensiones, a la sanidad, la educación, el salario social, las pensiones no contributivas, o los derechos sindicales.

La clase trabajadora, que había sido la auténtica costalera (y costeadora) de la democracia, en palabras de Nicolás Sartorius, reclamaba participación en el reparto de los recursos y la riqueza disponibles y la Huelga General del 14-D abrió las puertas para conseguirlo.


Os engañan, hijo, siempre os engañan

diciembre 3, 2018

Casi cada día iba a ver a mi madre. Desde hacía más de cuarenta y cinco años vivía en un pequeño piso del barrio de Villaverde, uno de esos lugares que han quedado como anclados en el tiempo. Ha cambiado el perfil de sus habitantes, pero social y económicamente, quienes siguen viviendo allí, quienes vivimos hace años, o aquellos que han ido llegando desde los más diversos rincones del mundo, llevamos grabada a fuego la marca de los Nadie.

Pero bueno, vamos a lo que vamos. En una de aquellas idas y venidas, en uno de aquellos paseos por el barrio, o en el pequeño salón de su casa (ya no lo recuerdo), comentando alguno de los jaleos en los que me he visto embarcado a lo largo de mi vida, a costa de los cargos que me ha tocado asumir en el sindicalismo madrileño y español, mi madre me espetó a bocajarro, sin alzar un ápice su tono de voz, Os engañan, hijo, siempre os engañan.

En aquellos tiempos no presté mucha atención, aunque la frase se me quedó dentro, como esperando mejor momento para retornar, tal vez cuando los signos de los tiempos lo hicieran posible. Cuando ahora contemplo, con más calma, los avatares de la política y de la vida nacional, no puedo dejar de recordar aquellas palabras que tenían algo de premonitorias y proféticas.

Claro que creo que han tenido sentido cada una de las batallas en las que me he visto involucrado. Desde las primeras huelgas democráticas del profesorado, hasta la defensa de los trabajadores de SINTEL. Desde las manifestaciones contra los atentados terroristas, ya fueran islamistas como el 11-M, o etarras como en la T-4 de Barajas, hasta la defensa de las trabajadoras y trabajadores del hospital Severo Ochoa de Leganés, de SOS-Cuétara, Pan Rico, o Coca-Cola en Lucha frente a las imposiciones injustas irracionales de la multinacional.

Claro que han servido de algo, aunque sólo sea para mantener la cabeza alta y la dignidad con pocos rasguños. Sin embargo compruebo, con cierto desaliento, la persistencia obstinada de aquellos que convierten su amor al dinero y al poder en la base rudimentaria, pero vigorosa, de su existencia. Y, si para ello hay que cambiar las leyes, reinterpretarlas, soslayarlas, o directamente torcerlas, pues se hace.

Son estos personajes, los que deciden que la ley general se transforme en doctrina Botín, o en doctrina Casado, o que una sentencia se cambie si no gusta a quien tiene que gustar. Son quienes hacen que cada día consideremos con más fundamento y justificación que existen dos clases de justicia y la nuestra no es justicia.

Cuando conocimos la sentencia del Supremo sobre los gastos e impuestos de las hipotecas, pudimos creer, durante unas horas, que la justicia había decidido inclinar la balanza hacia la ciudadanía, el común de los mortales. Pero era fácil intuir que cuando la bolsa cae, las cosas no van a ser tan sencilla. Los banqueros no podían tolerar los efectos de la sentencia sobre sus beneficios. Aspiraban, al menos, a que el Supremo dictaminara que la sentencia no fuera retroactiva. Ya puestos a prestar servicios a la comunidad, a su comunidad, el Supremo ha tomado la perturbadora decisión de que pague el cliente.

Ha tenido que ser el Gobierno el que, vía decreto, haya revisado de hecho la sentencia, obligando a la banca a pagar los impuestos hipotecarios, eso sí, sin retroactividad.  Nadie asegura, sin embargo, que esos mismos gastos no terminen siendo repercutidos sobre el cliente, de una o de otra manera.

La respuesta del Presidente del Gobierno ante la pregunta, ¿Qué ocurrirá si los bancos encarecen las hipotecas a cambio de tener que asumir el impuesto?, es reveladora y elocuente. Cree el Presidente que no lo harán, que espera que no. Que cree que el mercado hipotecario es bastante competitivo, porque estamos dentro de la Unión Europea. Para terminar apelando a la responsabilidad del sector financiero.

Yo que el Presidente no confiaría en la competitividad de un sistema bancario acostumbrado a disfrutar de protección, por mucho que formemos parte de la Unión Europea. En cuanto a esperar que un gato no cace ratones tampoco parece muy recomendable. Y suena ingenuo y hasta imprudente, apelar a la responsabilidad de quienes alimentaron con sus prácticas una burbuja financiera que ha arrastrado a la economía española a una crisis que dura ya diez años. Porque de la recesión hemos salido, pero la crisis se ha quedado a vivir entre nosotros.

Así pues, al cabo de los años, no le faltaba razón a mi madre, cuando pensaba que hasta cuando creemos que hemos ganado, no debemos descuidarnos, porque nos engañan, siempre nos engañan. Nuestros mayores lo han vivido todo y saben mucho de estas cosas.


Del Instituto Escuela a Isabel la Católica

noviembre 18, 2018

Vivimos en un país en el que sigue imperando el sentido trágico de la vida. Campa a sus anchas el instinto sangriento de la fiesta, mientras escasea el tacto y buen gusto para el espectáculo. Tal vez en cosas así, resida nuestra facilidad innata para pasar las páginas de nuestra historia, sin haberlas leído y aún a costa de repetirla.

Cualquier país celebraría con orgullo, algunos acontecimientos como el centenario de la fundación del Instituto-Escuela. La memoria de un tiempo en el que un puñado de iluminados intentó la modernización de España, haciendo frente a los males seculares que la atenazaban. Unos males que se resumían en unas cuantas cuestiones: la cuestión religiosa, la imperial, la social, la militar, sin olvidar, otras como la cuestión agraria.

Aquellos visionarios se aglutinaron en torno a la figura de Francisco Giner de los Ríos, un catedrático expulsado de la universidad, por solidarizarse con otros catedráticos como Nicolás Salmerón, depurados por un ministro de educación, cuyo nombre no merece emborronar estas páginas, en pié de guerra isabelina contra la libertad de cátedra.

De nada sirvió el subsiguiente Sexenio Democrático, o Revolucionario, (al gusto del lector lo dejo) con su Revolución Gloriosa del 68 y su Primera República de bandera rojigualda. Al final volvieron nuevas generaciones de Borbones, idénticos gobiernos conservadores y el mismo ministro de educación, con sus mismas obsesiones contra la libertad de cátedra y sus mismas depuraciones universitarias de los mismos catedráticos. Venga pasar páginas, para volver siempre al principio.

Creían aquellos soñadores de utopías que la educación podría abrir las puertas de las grandes transformaciones, crear un proceso imparable que nos condujera hacia Europa. Se lanzaron  a una actividad frenética. Fundaron la Institución Libre de Enseñanza y, en torno a ella, crearon el Museo Pedagógico Nacional, dirigido por Bartolomé Cossío y Lorenzo Luzuriaga; la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, al frente de la cual situaron a Santiago Ramón y Cajal; la Residencia de Estudiantes con Alberto Jiménez Faud; la Residencia de Señoritas dirigida por María de Maeztu; el Centro de Estudios Históricos, al frente del cual colocan a Menéndez Pidal y a Américo Castro, o el Instituto Nacional de Ciencias Físico Naturales, en torno al cual se aglutinaban el Museo de Ciencias Naturales, el Jardín Botánico, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas y, en algún momento hasta las estaciones marinas de Santander, o Baleares.

Murió Giner y el impulso creador siguió adelante, con las Misiones Pedagógicas, las Colonias Escolares. En 1918, bajo la presidencia de Santiago Ramón y Cajal, la Junta de Ampliación de Estudios, en su empeño de modernizar la enseñanza secundaria, crea el Instituto Escuela, que tendrá dos secciones. Una en pabellones de la Residencia de Estudiantes, donde luego estará el Instituto Ramiro de Maeztu y otra junto a las tapias del Retiro, en lo que, durante el franquismo, será renombrado como Instituto Femenino Isabel la Católica.

Para empezar, encargaron el proyecto del edificio a un arquitecto experimentado en construcciones escolares, el sevillano Francisco Javier Luque y López, de cuya mano salieron también los planos de la Catedral de María Inmaculada de Vitoria, donde vivió unos años, del Colegio de Jesús y María, el Instituto Geológico y Minero, la Residencia de Estudiantes, la culminación de la fachada de la Catedral de Sevilla, o la culminación del edificio del propio Ministerio de Educación, cuyo primer desarrollo planificó Velázquez Bosco.

En 1928 se inauguraba el edificio del Retiro. Hagamos el ejercicio de imaginar lo que significaba para los institucionistas modernizar la enseñanza española, comenzando por promover una educación participativa que fomentaba la iniciativa, la experimentación y la cooperación. Imaginarlos paseando por el Retiro, sentados junto al Palacio de Cristal, admirando el Observatorio Astronómico, leyendo libros en su bien nutrida biblioteca, manejando tubos de ensayo en el laboratorio, saliendo de excursión al campo, haciendo deporte, o representando obras teatrales.

De allí salieron los maestros y maestras que se dispersaron por España haciendo esas mismas cosas, que viajaron al extranjero para aprender qué se cocía por otros mundos. En sus aulas se forjaron quienes luego investigarían,  proyectarían edificios, colegios, universidades; representarían obras teatrales en La Barraca de García Lorca, escribirían poesía, novelas. Preocupados por vivir, ser buenos, los mejores, en lo suyo, servir a su pueblo, ser libres y no por enriquecerse. Pocas veces ha visto este país un esfuerzo tan impresionante como el desplegado por este puñado de mujeres y hombres, que amaban a su tierra y a sus gentes, como pocas personas lo han hecho.

Desde allí partieron a una guerra que, cualquiera que fuera su bando, sabían perdida. Y lo pagaron, todas, todos, con un exilio exterior que recuerda María Teresa León, Nosotros hemos ido perdiendo siempre nuestras eternidades, dejándolas atrás a lo largo de nuestra vida. Un destino no menos trágico que el de quienes, en el exilio interior, conservaron la eternidad de los cementerios y las fosas comunes.

La Residencia de Estudiantes, el Instituto Isabel La Católica, siguen ahí. Conservan una parte importante de lo que un día fueron. Una exposición, un documental y un puñado de necesarios actos, que se han organizado con motivo del Centenario del Instituto-Escuela, deberían ser parte de un reconocimiento mucho más amplio de toda la sociedad, a quienes un día nos quisieron libres, iguales, decentes y pensaron que en la cultura y la educación teníamos una oportunidad para reconstruir nuestros comienzos.