FPE (4): El desastre de la Formación Profesional para el Empleo en datos

abril 20, 2017

Alguien podría pensar que la visión que traslado sobre la Formación Profesional para el Empleo (FPE), en España, es demasiado dura. Que seguro que, al ser sindicalista, estoy especulando y exagerando. Sin embargo, por mucho que mejoremos la valoración de las causas, no por ello las consecuencias mejoran. Muy al contrario. Embellecer la situación sólo puede alimentar las tendencias más negativas del modelo impuesto y crear nuevos problemas,

Lo cierto es que las tasas de participación de trabajadores y trabajadoras en la formación van cayendo. Quienes más necesitan formación por sufrir más los efectos de la crisis y sufrir mayor pérdida de empleo (mujeres, jóvenes, personas con bajos niveles de cualificación) no acceden suficientemente a la formación.

Es notorio que, cuanto más necesaria es la formación, menos esfuerzo realizamos en España, mientras la Unión Europea aumenta su inversión y esfuerzo en cualificación.  Antes de la crisis económica el 11% de nuestra población activa participaba en procesos de formación permanente, mientras que ahora bajamos del 10%.

En cuanto a los participantes en formación han pasado, entre 20010 y 2015, en el caso de la formación programada por el Estado y Comunidades Autónomas, ha pasado de cerca de 1,7 millones de participantes a poco más de 600.000 personas. Quienes más necesitan formación, las personas desempleadas, han pasado de algo más de 400.00 a 175.000.

Pero si esto ocurre en la formación de oferta programada  por las Administraciones, no va mejor la formación programada directamente por las empresas que, tras la reforma del Gobierno, ha hecho que el número de horas de formación programadas haya descendido un 20%, tan solo entre 2015 y 2016.

En cuanto a la tasa de formación de las pequeñas y medianas empresas (PYMES) ha pasado del 31,1% en 2012 al 22,7% en 2016. Eso significa que más de 100.000 PYMES de menos de 50 trabajadores y trabajadoras ha abandonado la formación profesional de su personal.

La FPE se comporta como un cazador que dispara a bulto, pero siempre termina hiriendo a los más débiles. No sólo en el caso de quienes trabajan en una pyme. También en el caso de las personas menos cualificadas. Las personas con baja cualificación en nuestro país suponen un 43%, pero sólo pesan el 23% de cuantas personas participan en procesos de formación. Incluso han perdido un punto de participación en los últimos años.

En cuanto a las mujeres, las mujeres asalariadas han pasado de suponer un 42% en 2007 a un 46% del total de personas trabajadoras en 2015. Sin embargo, el porcentaje de mujeres asalariadas que participan en formación han pasado de suponer un 46% en 2008 a un 44% en 2015 pasando por momentos externos, como 2011 en los que la participación de la mujer bajó al 42%.

Las personas menos cualificadas se benefician menos de la formación. Quienes trabajan en pymes, la inmensa mayoría, se forman menos y los jóvenes… Los jóvenes que suponían la mitad de las personas que participaba en formación en 2008, no llegan ahora  a un tercio, cuando el empleo juvenil ha sido una de las mayores víctimas de la crisis y todo ello pese a que el gobierno disponga de abundantes recursos para la cualificación de los jóvenes desempleados, con bajos niveles educativos.

El número de horas financiadas para formación en las empresas ha disminuido en un 20% en tan solo un año, aunque el número de personas formadas crece levemente, al pasar la media de horas de duración de cada curso, de 26 horas a 17. Con casi 10 horas menos de media por curso, con menos horas totales se termina se terminan formando más personas. La calidad se deteriora a favor de la cantidad.

Uno de los datos más alarmantes del destrozo producido en FPE es que la participación de empresas en la formación ha caído del 31.1% en 2012 al 22.7% en 2016. Más de 100.000 pequeñas y medianas empresas han dejado de participar en la formación en los últimos cuatro años. Las empresas con menos de 50 trabajadores y trabajadoras están desertando de la formación continua de sus trabajadores.

Los datos son muy preocupantes. La Formación profesional para el Empleo, sometida a las tensiones de una reforma impuesta, está produciendo una agudización de los problemas y un deterioro del sistema de FPE, cuyos efectos son demoledores para quienes más necesitan la formación y cualificación en el trabajo.

 

Francisco Javier López Martín


Desorientación laboral

marzo 15, 2017

 

La crisis ha sido larga, dura, brutal, intratable. La crisis se ha convertido en modelo de vida que justifica los cambios profundos que han llegado para quedarse en forma de precariedad e inseguridad. Golpeó el sistema financiero, destrozó empresas, mandó al paro a millones de personas y desestabilizó la sociedad, la política  y nuestras vidas.

Altas tasas de paro conviven con una población que envejece por momentos y con una escasez evidente de personas cualificadas, en determinados espacios laborales como la tecnología, ingenierías, ciencia, etc. Nuestros jóvenes han madurado en esta nueva situación, sin ninguna ayuda para entender qué está ocurriendo y como pueden afrontar esta nueva realidad, por confusa, e injusta que esta sea.

Una de las claves estribaría en adquirir las competencias necesarias para intentar labrarte una carrera profesional. Pero lo cierto es que los Servicios Públicos de Empleo, en España, cuentan con pocos recursos y posibilidades de buscar empleo para personas desempleadas, y aún mucho menos para asesorar y orientar a las personas paradas para encontrar  oportunidades de empleo y posibilidades de formación a su disposición.

El porcentaje de jóvenes españoles que no trabaja, ni estudia, es del 22,5%, cuando la media europea es del 15,9 % y en países como Holanda, tan solo del 7,1 %, Francia el 13,8 %, Reino Unido el  14,7%.

La crisis genera riesgo social y, para muchos jóvenes, un incremento de quienes ni estudian, ni trabajan, un aumento de los porcentajes de desempleo y abandono de los estudios y la formación, que alcanzan con mayor intensidad a quienes cuentan con  menores niveles de estudios, viven en los barrios trabajadores, y con menos rentas. Para ellos, la falta de servicios de orientación incrementa la desigualdad frente a quienes cuentan con mayores niveles formativos

La orientación y el asesoramiento, realizados a través de la cooperación y no la competencia entre servicios públicos de empleo, centros educativos, ayuntamientos, empresarios, sindicatos, familias, contribuirían a corregir el abandono escolar temprano, abriría opciones profesionales, ayudaría a la inserción laboral, facilitaría el acceso a programas formativos adaptados a las necesidades, no solo de las empresas, sino de las personas y al servicio del modelo de desarrollo territorial que queremos impulsar.

La estabilidad de las carreras profesionales exige que los períodos de desempleo y los cambios constantes de actividad se minimicen. La Reforma Laboral juega a la contra. El deterioro de la negociación colectiva juega a la contra. Pero contar con buenos servicios de orientación profesional contribuye, en los países donde funcionan bien, a mejorar el enfoque personal, mejorar las competencias, facilitar la elección de trayectorias profesionales.

Hay quienes piensan que la orientación es un coste inadmisible. Hay quien quiere convertir la orientación en un negocio privado, en un servicio público externalizado, en tarea de ONG. En tarea caritativa.

Sin embargo, si algo ponen de relieve, en otros países, o en algunos lugares de España, las experiencias de orientación laboral desarrolladas por servicios públicos y con participación y cooperación de todos los actores sociales, es que quienes reciben estos apoyos, asesoramiento y orientación realizan mejores trayectorias profesionales y son menos propensos a  encasillarse en prestaciones sociales.

Tener información, conocer tu mercado laboral, conocer tus opciones y posibilidades, afrontar procesos de cualificación y formación útiles y adaptados a las necesidades, constituyen una buena respuesta a los problemas de las personas, las comunidades y las propias empresas.

Pero una vez más, aunque las experiencias han existido y existen en España. Aunque contamos con personas cualificadas y con experiencia para dirigir y desarrollar procesos de asesoramiento y orientación, la mediocridad y cortas miras amenazan con volver a perder la oportunidad de abordar un mejor futuro y en mejores condiciones.

No se pueden hacer oídos sordos a un problema y a una necesidad que desde CCOO venimos reclamando durante dos décadas, como quien clama en el desierto. Unas veces porque el pelotazo de turno lo tapa todo, otras porque la dureza de las crisis impide invertir en orientación. La pescadilla que se muerde la cola eternamente en España.

Francisco Javier López Martín


EL ESPIRITU DE LOS DE ATOCHA

enero 19, 2017

40-abogados-atochaNo es frecuente, en estos tiempos de alto consumo y fuerte materialismo, escuchar a alguien pronunciar la palabra espíritu. Como si ese nombre ya sólo pudiera ser utilizado con propiedad en ámbitos religiosos, o transustanciado en espiritualidad en determinados fenómenos esotéricos. Y, sin embargo, lo escucho con bastante frecuencia, casi como una  reivindicación que no hubiera de ser olvidada, en boca de Alejandro Ruiz-Huerta.

Pero Alejandro no es de estos tiempos. Como no lo eran Luis Ramos, ni Miguel Sarabia y aún menos Lola González Ruiz, los otros tres compañeros de Alejandro, que sobrevivieron al asesinato terrorista y brutal que ejecutó una banda de ultraderechistas en el despacho laboralista de la calle de Atocha, número 55.

Alejandro aún vive. Los otros tres han fallecido en estos últimos años. Pero digo que no son de estos tiempos, porque algo de ellos quedó impregnado para siempre entre las paredes de Atocha, entre los restos de sangre y los casquillos de bala desperdigados por la estancia, incrustados en las paredes. Algo de ellos quedó entre los cuerpos inertes, o aún agonizantes, de sus compañeros de despacho. Desde aquel día fueron cumpliendo años, pero de otra manera, como en órbitas espirales alrededor de un agujero negro, cuyo influjo y poder sólo ellos podían sentir en todas sus dimensiones y con todas las consecuencias.

Lo cuenta Alejandro en su libro La memoria incómoda. Es profesor de derecho constitucional y trabaja en Córdoba. Ha escrito diversos libros, artículos, publicaciones. En alguno de ellos ha  analizado los Ángulos Ciegos de la transición española. Un texto esencial para que podamos hacernos una idea de lo que quedó escrito y por escribir en ese momento histórico tan complejo. Pero es en La Memoria Incómoda dónde el análisis deja paso a la memoria que se ancla en un momento. El recuerdo cada día, durante años, de la misma escena.

El dolor, los sentidos golpeados, el cuerpo que resiente cada herida y presiente las heridas de los que han fallecido, la vida que se desmorona, la necesidad de olvidar lo que no se puede dejar de revivir. El silencio reparador, el sueño alterado por cada nuevo disparo, noche tras noche. La incapacidad de escribir y el dolor de escribir, pese a los años transcurridos. Cuarenta años ya. Cuarenta años y como ayer.

Siguieron viviendo. Tuvieron parejas. Algunos tuvieron hijos, o hijas. Ejercieron su profesión. Miguel, creó una academia. Alejandro, pasó a la docencia. Pero siempre fueron, son, serán los de Atocha. No por decisión suya, ni por voluntad nuestra. Lo eran, lo son, lo serán. No lo eligieron. Eran jóvenes y realizaron unos estudios, iniciaron una profesión. Decidieron ejercerla siguiendo la estela de María Luisa Suárez, Pepe Jiménez de Parga, Antonio Montesinos, fundadores del primer despacho laboralista madrileño de la calle de la Cruz.

Ellos eran los más jóvenes. La nueva hornada de abogados y abogadas, recién salidos de la facultad y deseosos de comenzar a defender a la clase trabajadora y a la ciudadanía, desde los nuevos despachos de Atocha, o Españoleto. Muchos de ellos venían de buenas familias, pero se sentían de izquierdas, del PCE y de las CCOO. Eran todo lo libres que podían ser en una dictadura y querían vivir en democracia. Por eso defendían en los tribunales de lo social, en los Tribunales de Orden Público, a quienes luchaban por los derechos laborales en las empresas y los derechos sociales en los barrios.

De aquel atentado no salieron vivos Enrique Valdelvira, Angel Rodríguez Leal, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado, Luis Javier Benavides. Cada año visitamos los cementerios de Madrid, junto a Alejandro. Lola pocas veces quería acompañarnos en este recorrido previo a concentrarnos en Antón Martín, ante el portal del despacho, hasta que en 2003 inauguramos el monumento realizado y cedido por Juan Genovés, que reproduce su famoso cuadro del Abrazo. Un símbolo de la lucha por la reconciliación, la amnistía, la libertad.

Pero es que Lola había sobrevivido al atentado, perdiendo a su esposo Francisco Javier Sauquillo en el mismo. Igual que había perdido pocos años antes, en 1969, a su novio Enrique Ruano, que murió mientras se encontraba detenido en dependencias de la Brigada Político Social, la policía secreta del régimen franquista. Había años en los que Lola no aparecía el 24 de enero. Pocos sabían, en esas ocasiones, dónde estaba Lola. En su refugio de Cantabria, en Roma, encerrada en su casa. Pocos lo sabían, todos lo comprendíamos.

Se cumplen 40 años del atentado que cambió la historia de España. El franquismo firmó con sangre su salida de nuestras vidas. La legalización inmediata del Partido Comunista y de las CCOO, fueron el preludio de un proceso histórico hacia la democracia, al que llamamos transición. Pero la lucha por esa democracia fue una historia sembrada de sangre hasta el final de la dictadura.

Se cumplen ahora 40 años y el Rey ha recibido al patronato de la Fundación Abogados de Atocha, que las CCOO de Madrid constituimos en 2005. Serán muchos los actos que recordarán a los de Atocha. Juan Genovés recibirá el premio anual Abogados de Atocha, concedido por la Fundación. Se acaba de reeditar La memoria incómoda de Alejandro. Presentaremos un libro sobre tres mujeres abogadas en aquellos despachos: Paquita Sauquillo, Cristina Almeida, Manuela Carmena.

Ojalá lo que no se ha estudiado, ni aún se estudia, en las aulas españolas, pase a ser uno de los patrimonios más limpios de los que toda la ciudadanía pueda sentirse orgullosa, en la que todas las gentes de bien puedan reconocerse. Porque pocas cosas hay tan limpias en nuestra historia, por triste y turbia que nuestra historia haya sido, como la vida de esos jóvenes abogados de Atocha que amaban la vida y la libertad. La de aquellos que perdieron la vida sin ver amanecer la libertad. Los que abrieron las puertas de un futuro mejor, de par en par, para que entrásemos en un país democrático, a costa de su sangre, al precio de su vida.

A estas cosas creo que hace referencia Alejandro cuando habla del espíritu de Atocha. El que impregnaba a los de Atocha. El que ha marcado de por vida a los sobrevivientes. El que no debemos olvidar nunca quienes hemos escuchado su historia y sabemos que no contarla es tanto como dejar que las pistolas vuelvan a romper su silencio una fría noche de invierno. Porque ese espíritu, el de los de Atocha, es uno de los valores más  firmes que nos permite mirar con ojos jóvenes y limpios el horizonte, por incierto que ese horizonte sea.

Francisco Javier López Martín


Es el momento de pasar a la ofensiva

enero 12, 2017

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El titular no es mío. Es una frase sacada de una intervención de Nicolás Sartorius, durante la reciente presentación del libro Toda España era una cárcel, escrito por Rodolfo Serrano. Reflexionaba Nicolás sobre la situación actual del país cuando afirmaba que “es el momento de pasar a la ofensiva”, aclarando que es tiempo de “apretar las clavijas a patronal y Gobierno”. Y explicaba que “si CCOO no impulsa los cambios no lo van a hacer otros”.

Me parece una reflexión muy apropiada para los momentos que corren. De forma generalizada, del Rey abajo casi todo el mundo, anuncia que la crisis ha terminado. Es cierto que esta visión, interesadamente optimista, del futuro que se avecina topa con planteamientos como el de Varufakis, el ex ministro de Finanzas griego, para el cual “la crisis no ha terminado, sólo ha cambiado sus síntomas”.

Una idea en la que abunda Owen Jones, que opina que los causantes de los desastres  actuales cuentan ya con una ultraderecha pertrechada para acometer y gobernar un escenario en el que “la última crisis económica no ha terminado del todo mientras que una nueva podría estar a punto de surgir”.

Acaba de comenzar el año y nos alcanza la noticia de la muerte de Zygmunt Bauman. Un hombre que nos ayudó a entender una parte de las características del nuevo mundo que se avecinaba. Un mundo instalado en la “modernidad líquida”, que exige la aceptación de la incapacidad de la política para gobernar la economía, los mercados, los poderes económicos.

Según Bauman, este divorcio entre el poder y la política genera un nuevo tipo de parálisis, socava la capacidad de acción política que se necesita para abordar la crisis y mina la confianza de la ciudadanía en el cumplimiento de las promesas de los gobiernos. De ahí que la crisis actual sea, al mismo tiempo, una crisis de la capacidad de acción, una crisis de la democracia representativa y una crisis de la soberanía del Estado.

Cuando asistimos asombrados a fenómenos como el ascenso del populismo en Europa, en Estados Unidos, en otros lugares del planeta. Cuando comprobamos cómo la corrupción institucional e institucionalizada termina por no tener grandes costes electorales, deberíamos tomar en cuenta este divorcio entre poder real y política y el desapego, la desconfianza de las personas en la posibilidad de que alguien tenga la capacidad de solucionar sus problemas, por mucho que ese alguien haya sido elegido democráticamente.

En un mundo líquido, el Estado Social, reconocido por Constituciones como la Alemana o la Española; el Estado del Bienestar, construido tras la II Guerra Mundial y el surgimiento de los bloques del Este y de Occidente, parece que ya no tienen sentido. Son sustituidos por el Estado de Crisis. Porque la crisis, con sus inseguridades, sus incertidumbres y sus miedos, se convierte en la forma de vida.

Es John Berger, otro de nuestros imprescindibles, fallecido poco antes que Bauman, estas mismas Navidades, quien refleja esta sensación generalizada de inseguridad, hartazgo, desapego, no exentos de cierta solidaridad mutua, de la siguiente manera: “En un día  cualquiera, cuando nada sucede, cuando la crisis que se anuncia hora tras hora ya es una vieja conocida, cuando los políticos se presentan a sí mismos como la única alternativa a la catástrofe, las personas intercambian miradas al cruzarse unas con otras para cotejar si los demás entienden lo mismo cuando murmuran: así es la vida”.

La crisis no ha terminado. La crisis se ha instalado entre nosotras y nosotros. Pero, lejos del fatalismo al que quieren conducirnos, a la aceptación sin resistencia del Estado de Crisis, seremos nosotras y nosotros quienes decidamos rendirnos ante sus evidencias, o imponer nuestras propias realidades en el centro de la política, la economía, la cultura y la convivencia social. Es nuestra decisión. Y me parece que está tomada, porque nadie se resigna, para sí y para los suyos, a vivir en el miedo, en la incertidumbre constante, en un mundo entendido como cárcel, en un empleo concebido como esclavitud.

Es cierto que los datos económicos ponen de relieve que la recesión, las pérdidas económicas, han pasado. Seguimos en crisis, continúa la amenaza, pero el movimiento de la economía, por insano que sea, produce una cierta sensación de recuperación económica, al menos. Cuando el dinero se mueve, los de bajo respiramos y los de arriba estudian los nuevos pelotazos que pueden acometer.

Han sido muchos años de crisis, desde 2008 y estamos en 2017. Años de cierres empresariales, de ajustes de plantillas, de pérdidas salariales, de recortes de derechos laborales y de deterioro de los derechos sociales. De pérdidas de recursos en educación, sanidad, o servicios sociales, de retrocesos en pensiones y atención a la dependencia, de aumento de la pobreza y abandono de quienes han perdido todas las fuentes de ingresos.

Parece evidente que frente a la inactividad privada, debiera haber sido la inversión pública la que moviera la economía, aunque fuera transitoriamente. Y sin embargo, la Unión Europea, al dictado de Merkel, hizo todo lo contrario. Los ajustes, los rescates, los recortes han endurecido la crisis y la han prolongado.

Admitamos, no obstante, que existe un respiro, cuando menos transitorio, en la economía. Eso debe traducirse y tener efectos sobre las personas. Especialmente sobre quienes han padecido de forma brutal los efectos de la crisis en forma de paro y pérdidas de protección social. Por eso el 15 de diciembre, el sindicalismo de clase, nos movilizamos en toda España y el 18 de diciembre en una gran Manifestación en Madrid bajo un lema: Por las personas y sus derechos. Por las personas reales, por los derechos garantizados.

Avisamos que era sólo el principio. El primer paso. Vamos a la ofensiva por el empleo estable, por el salario digno, por la salud y seguridad en el trabajo, por la formación de los trabajadores y trabajadoras en las empresas, por la igualdad sin discriminaciones inaceptables. Vamos a la derogación de las reformas laborales impuestas y del artículo 315.3 del Código Penal, que castiga a un huelguista con más años de cárcel que a un violador, o a un ladrón de los dineros públicos.

Vamos a las batallas por la sanidad pública, gratuita, universal. A la defensa de la enseñanza pública de calidad. A asegurar las pensiones y la atención a la dependencia de nuestros mayores. La protección a las personas desempleadas. Una Renta Mínima Garantizada para cuantos carecen de rentas.

Vamos a disputar el reparto de las rentas, también en la fiscalidad. Porque no puede seguir ocurriendo que la fuente fundamental de los ingresos del Estado sean las rentas del trabajo, mientras que las rentas del capital cuentan con todos los mecanismos para terminar eludiendo sus responsabilidades en la aportación de los recursos necesarios para el sostenimiento de la actuación protectora del Estado. Vamos a defender la decencia del empleo, la libertad, la dignidad de nuestras vidas.

Y, para no ocultar nada, conviene dejar claro que vamos a esta ofensiva, desde la unidad sindical y desde la alianza con las fuerzas políticas y sociales dispuestas a dar el paso de la indignación a la propuesta y la movilización organizada y abierta. Su Estado de Crisis no es una patria para nosotras y nosotros. Merecemos algo más y vamos a conquistarlo. Es momento de pasar a la ofensiva.

Francisco Javier López Martín


DARIO FO: MUERTE NATURAL DE UN TRABAJADOR DE LA LIBERTAD

octubre 14, 2016

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Eran aquellos tiempos en los que el franquismo no había muerto y la democracia no acababa de nacer. Eran tiempos en los que los jóvenes nos reuníamos en asociaciones de vecinos, que aún eran llamadas de cabezas de familia; en los sótanos y salones parroquiales de las iglesias; en locales dependientes de algún colegio, o de alguna universidad; en algunas salas alternativas de cineclub, o de teatro.

En uno de aquellos lugares se representaba la obra teatral de un desconocido para la gran mayoría, un tal Darío Fo y allí acudíamos decenas de chavales de todos los barrios de Madrid, convocados por la red social del boca en boca, que funcionaba magníficamente, si formabas parte de algún grupo juvenil legal, ilegal, clandestino, o simplemente parroquial. La información circulaba y convocaba con bastante más éxito que dos o tres redes sociales actuales juntas.

La verdad es que el título se las traía y era todo un anuncio publicitario condenado al éxito, en aquellos momentos: Muerte accidental de un anarquista. Se contaba que la obra se inspiraba en la caída de un anarquista, desde una ventana en una comisaría de Roma, tras ser interrogado y acusado de poner una bomba en Plaza Fontana. Estábamos acostumbrados a esos episodios en las comisarías españolas y debimos pensar, como los espectadores italianos, que la referencia al inicio de la función a una comisaría de Nueva York, era un mero subterfugio para encubrir las verdaderas intenciones y localización de la obra.

Sea como fuere, en aquel ambiente de calor, ilusión y humo, tuve mi primera cita con Darío Fo. Volví, años más tarde, a ver Muerte Accidental de un Anarquista y, por el camino, creo recordar que, incluso en formato televisivo, pude reír con (que no de) aquellas mujeres de Aquí no paga Nadie, que robaban en los supermercados, escondiendo los productos en sus barrigas de “embarazadas”, para hacer frente a las subidas de los precios y los efectos de la crisis económica permanente, el paro, la precariedad de los empleos que azotan sin clemencia y sin descanso a la gente trabajadora,  .

Más tarde, el lujo de asistir a la entrega del Premio Scaena, concedido por el Festival de Mérida, en 2004,  a Darío y a su esposa Franca Rame. Durante dos horas el escenario romano se convirtió en el extraño lugar donde un hombre que hablaba en italiano provocaba la risa y era entendido en nuestra propia lengua. Habló allí de los misterios de cuantos han contado y cuentan historias por el mundo y nos regaló unas cuantas, que, hasta una vez olvidadas, alimentan las futuras historias que nosotros deberemos contar en su nombre. Como si nuevos miembros de la Comedia del Arte fuéramos.

Y, últimamente, he aprendido a descubrir al Darío Fo que cuenta su infancia, en El país de los cuentacuentos, donde vuelve a recorrer los paisajes de Sangiano, allí donde el hijo del ferroviario se empapó de las historias de la gente trabajadora y sencilla. Allí donde aprendió a contarlas, mientras los viajes, los juegos, el Lago Maggiore, llenaban sus sentidos.

Lo último que he leído de él es ese cuento irreverente, Hay un rey loco en Dinamarca, en el que da cuenta de la historia de locura, amor y desamor, del rey Cristián VII, su desgraciada esposa, Carolina Matilde y su hijo y heredero Federico. Un hermoso cuento construido con ingenio y muchas voces diversas que nos van alumbrando el camino entre la genialidad y la locura, en un momento pre-revolucionario en toda Europa.

Una parte de mis primeros pasos anarquistas tiene que ver con Darío Fo, aunque también con con Salvador Seguí, mucho más que con Durruti. Mucho de mi forma de formar parte de organizaciones como el PCE, Izquierda Unida y las propias CCOO (la única en la que sigo militando), hunde sus raíces en la libertad por encima de la disciplina impuesta, la convicción de que es mejor equivocarse junto a tu gente y tal vez perder, que tener la razón junto a los poderosos. Porque, a la larga, la razón del poder nunca es una razón justa, que traiga de la mano la igualdad.

Gran parte de mi forma de entender la vida proviene de esa convicción de Darío Fo que le lleva a enseñarnos que la sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera cuando el poder es democrático, porque la risa libera al hombre de sus miedos. He incluido muchas veces en mis intervenciones esta idea: Que no te borren la risa, porque tu risa es lo que más les duele, lo que menos soportan, lo que más libre te hace.

Ha muerto un Premio Nobel, es cierto, pero ese título es sólo una circunstancia que fue, como pudo no ser. Ha muerto el hijo de un ferroviario. Ha muerto un trabajador que nunca olvidó sus orígenes y que siempre luchó por nuestra libertad, por la igualdad  y por nuestro derecho a la risa. Ha muerto de muerte natural, tras una larga vida de dedicación a la gente aplastada por el poder, por el dinero, por la mafia, que aquí se llama corrupción. Ha muerto uno de los nuestros. Uno de los imprescindibles. Uno de cuantos seguirán viviendo en nuestras historias. Las que seguiremos contando cualquier noche, sobre todo las del duro invierno.

Francisco Javier López Martín

 

 


El ejército de los escuderos privatizadores

septiembre 10, 2016

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Hace unos días comenté una noticia en esa red social que permite sólo 140 caracteres, introduciendo una reflexión sobre la utilización de los recursos públicos como fuente de negocio privado, por parte de algunos avispados “emprendedores”. En concreto en el campo de los servicios sociales y, más específicamente, en la atención a nuestros mayores.

La respuesta de uno de los escuderos mayores en el castillo de la mediocracia no se hizo esperar, acusándome poco menos que de estalinismo y blandiendo los beneficios de la gestión privada. No faltaron escuderos menores y aspirantes a escuderos, en el intenso debate que se suscitó a continuación. Y cuando hablo de escuderos, aplico la definición que Owen Jones realiza de estos curiosos personajes en su libro El Establishment: La casta al desnudo.

Tampoco faltaron, en el trasiego, quienes, en defensa de lo público, argumentaron que, lejos de atacar la libertad y acercarnos a la extinta Unión Soviética, defender lo público nos acerca a un modelo europeo, que ha asegurado, durante décadas, la calidad de vida y los derechos sociales de quienes más necesitan de la protección y la solidaridad de la sociedad y el Estado. Desde luego, quienes no aparecieron por ninguna parte son los auténticos protagonistas políticos y empresariales del desaguisado.

Es obvio que un debate a base de 140 caracteres se deja mucho por el camino y produce pocas conclusiones y un imposible consenso. Pero creo que este debate merece algunas reflexiones a vuelapluma, al menos. La primera de ellas, sin ánimo de exhaustividad, es comprobar la cantidad de personas, no pocos de ellos jóvenes que dirigirán en breve nuestra sociedad, que han caído en las garras de quienes confunden interesadamente libertad con ultraliberalismo. Dicho de otra manera, para ellos la libertad consiste en poder montar empresas y negocios, mientras que privar de libertad a nuestros mayores no es más que una circunstancia de los tiempos modernos. Algo así como un mal colateral sobrevenido e inevitable.

La segunda reflexión que me viene a la cabeza es hasta qué punto los señores que manejan el cotarro y sus fieles escuderos, han conseguido, introducir la falsa idea de que lo privado gestiona mucho mejor que lo público cualquier cosa que se le ponga por delante. Han sido largos años, ya décadas, de atacar la gestión pública de la sanidad, la educación, los servicios sociales, que han terminado calando. Como bien dice mi amigo Manuel, han creado tendencia y, a partir de ahí, todo es fácil, porque ya es el río el que nos lleva.

Han sido años atacando cada uno de los baluartes que podían actuar como defensa de las familias trabajadoras. Entre ellos los sindicatos y los partidos de la izquierda. La clase trabajadora ha sido, efectivamente, demonizada y sus organizaciones acosadas hasta conseguir su claudicación, situarlas a la defensiva. La aspiración máxima del consorcio político-empresarial consistiría en reconducirlas hacia el colaboracionismo, hacia la aceptación, sin rechistar, de un sistema y un modelo que deja a demasiada gente en las cunetas del camino.

Hoy, una persona trabajadora es poco más que un factor necesario, pero molesto, a tomar en cuenta como coste minimizable a la hora de establecer los beneficios empresariales. La clase trabajadora no necesita estabilidad, salario decente, ni formación, o protección contra la siniestralidad laboral. No hay por qué asegurar a estas gentes trabajadoras un horizonte de empleo y vida digna. Hoy hay que ser “emprendedor”, lo cual consiste en aceptar la extra y autoexplotación por parte de los grandes, sin salario seguro, sin condiciones dignas de trabajo, sin futuro en las pensiones, sin protección por desempleo, sin derechos laborales, ni sociales.

Los escuderos y sus señores han conseguido hincar el diente mucho más allá de la gestión de la iniciativa privada. Han conseguido adentrarse profundamente en la gestión de los recursos públicos, lo que es de todos, los dineros que la ciudadanía deposita en manos del Estado (ya sea Estado Central, Autonómico, o Local), a través de los impuestos y cotizaciones sociales, fundamentalmente.

Atacaron la Sanidad Pública, cuando ya controlaban el importante gasto farmacéutico y abrieron las puertas a las más diversas fórmulas de participación privada en la gestión sanitaria hospitalaria (Fundaciones, empresas mixtas, conciertos, contratos, convenios…). Grupos financieros, sanitarios y empresariales corrieron a aprovecharse en comandita del botín.

No pocos políticos acabaron utilizando las puertas giratorias para encontrar asiento bien remunerado en dichos proyectos, en justo y presunto agradecimiento por los favores prestados. En premio por su incansable labor en el fomento de la “colaboración público-privada”. Algunos exconsejeros de Sanidad de la Comunidad de Madrid son claro ejemplo de este tipo de patrióticos personajes y gozan de buena salud y grandes ingresos.

Atacaron la enseñanza pública y abrieron las puertas a la concesión de conciertos educativos, entregando terrenos y facilitando fórmulas de financiación. Los casos Gürtel, o Púnica, ponen bien de relieve las comisiones pagadas por algunas de estas concesiones y los maletines y dineros que han viajado al extranjero. Algunos de los responsables políticos de estos tejemanejes están en la cárcel, pero quienes los financiaron permanecen impunes en la mayoría de los casos. Parece difícil combatir a los corruptos cuando no se persigue con la misma saña a los que financian la corrupción.

El caso de los Servicios Sociales y la Atención a la Dependencia es no menos llamativo. Con el agravante de que la base pública, de entrada, era muy escasa. Desde la beneficencia, generalmente en manos de la Iglesia, tuvimos que pasar a los derechos reconocidos de las personas mayores, las personas con alguna discapacidad, o quienes carecen de recursos. Pasar del Auxilio Social de la dictadura a una red pública de servicios sociales en democracia, hubiera exigido una apuesta, política y económica, que en pocos casos se produjo.

Tras la construcción de algunas residencias públicas, se pasó a construirlas con presupuesto público y entregarlas a gestión privada y poco después a concertar directamente con la iniciativa privada, tras facilitar la cesión de suelos, el acceso a financiación. Negocio redondo.

En cuanto a nuevos derechos como la ayuda a domicilio, o la teleasistencia, prácticamente se desarrollaron desde su nacimiento bajo fórmulas de gestión privada. No pocos de los gestores de esas empresas provienen, de nuevo, de la utilización de las puertas giratorias que permiten, sin solución de continuidad, pasar del despacho donde se conceden las ayudas a la gestión privada de esas ayudas.

No seré yo quien diga que toda iniciativa privada es puro negocio. Hay iniciativa social que merece ser apoyada con recursos públicos. De otra parte, prescindir del sector privado en la prestación de todos los servicios públicos tampoco parece una opción viable sin crear un bloqueo en muchos de esos servicios.

Ahora bien, reconocer esto no significa que debamos aceptar como animal de compañía el consorcio de intereses empresariales, políticos y personales que se ha instaurado en la gestión de los servicios públicos esenciales. Esta situación, unida a los recortes injustificables en la prestación directa de servicios públicos, ha producido una caída de la calidad de los servicios y un deterioro de las condiciones de trabajo, aún más evidente en el caso de los servicios públicos entregados a gestión privada (contratos precarios, salarios bajos, condiciones de trabajo de pura y dura explotación laboral).

Por eso hay que establecer criterios claros. El titular de un servicio público, es siempre la Administración responsable de asegurar el ejercicio del derecho. Significa que el sector privado debe actuar siempre como colaborador subsidiario. En segundo lugar, las Administraciones deben promover la gestión directa de servicios esenciales y, entre ellos, especialmente, la Sanidad, la Educación, los Servicios Sociales.

Deben crearse instrumentos de evaluación de la calidad de los servicios públicos y hay que establecer fórmulas de participación social en el control, seguimiento y evaluación de dicha calidad de los servicios públicos. Una de las características de la operación de deterioro y privatización ha consistido, precisamente en devaluar o suprimir los instrumentos de participación social para terminar concediendo las ayudas sin testigos.

Hay que acabar con las irregularidades, las corruptelas, el pasilleo, la información privilegiada, los pagos de comisiones, la prevaricación, el trato de favor, el tráfico de influencias y las puertas giratorias. Y eso sólo se consigue con control social de los pliegos de condiciones, con participación social en la gestión y evaluación de la calidad de los servicios.

Sólo se consigue si el empleo y las condiciones de trabajo en el sector privado son equiparables con las del sector público. Y, sobre todo, se consigue, si desde la sociedad organizada y vertebrada, desde la izquierda, desde los sectores sensatos de la política, desde las organizaciones democráticas, desde los sindicatos, nos aplicamos, sin prisa, pero sin pausa, en esa labor educativa y ética imprescindible de desmontar la confluencia de intereses políticos y empresariales que han convertido la gestión de los público en fuente de negocio, jugando con las necesidades y los derechos esenciales de la ciudadanía.

Esa es la nueva tendencia que tenemos la obligación de construir, si queremos que la libertad, la igualdad, la justicia y los derechos laborales y sociales, sigan siendo valores y principios rectores de nuestra convivencia. O eso, o el triunfo de la jungla de los Señores del Dinero y sus escuderos mediáticos y políticos.

Francisco Javier López Martín


HÁBLALES DE NUESTRA GENTE

marzo 16, 2016

pedro patiño

Vivimos un tiempo intenso y apasionante. Semanas en las que hemos podido ver los efectos inesperados e imprevisibles de una votación de investidura fallida, en el Congreso de los Diputados, en la que un candidato de la izquierda ha sido apoyado por una fuerza política de la derecha, mientras que ha obtenido el voto en contra de otras fuerzas políticas de la derecha nacional, de la derecha nacionalista y del resto de la izquierda.

Visto desde otro país, la situación bien pudiera parecer incomprensible y entre los habitantes de la “contorna”, los que vivimos en este lugar llamado España, tampoco se termina de entender bien qué está pasando, para que no haya manera de montar el puzzle del voto de la ciudadanía española, para conseguir la constitución de un gobierno.

Hemos conmemorado, un año más el 8 de marzo, comprobando de nuevo, de forma machacona y contundente, que la desigualdad, la discriminación, la violencia, siguen instaladas en nuestra sociedad, como en un empeño suicida de demostrar que España continúa siendo diferente y perfectamente capaz de seguir aburriendo a la Historia.

Venimos de una semana en la que hemos conmemorado el 12 aniversario de los atentados del 11-M, el más terrible golpe vivido por Europa, con 193 personas muertas y más de 1000 heridas.  Durante años, esos brutales atentados han sido utilizados por la pertinaz derecha cavernaria para dividir España y a las víctimas del terror. Es muy buena noticia que todas las víctimas y las instituciones hayan decidido acudir unidos al recuerdo, al homenaje y a la voluntad de fortalecer la libertad, la democracia y el combate contra el horror. Y, sin haber acabado el domingo, una nueva noticia, de un atentado con coche bomba en el centro de Ankara, con al menos 34 muertes y cientos de personas heridas.

Las imágenes de miles de personas, esperando ser acogidas como refugiadas en Europa, mientras duermen en barrizales y mueren en las aguas del Mediterráneo, no dejan de aparecer en las pantallas, seguidas de otras en las que los mandatarios europeos buscan no importa qué tipo de soluciones, con tal de evitar el estricto cumplimiento de la Declaración de Derechos Humanos, aún a costa de pagos y concesiones a terceros países para que hagan el “trabajo sucio”. Tampoco importa el cómo.

En días como éstos, que se repiten semana tras semana, siento la tentación de justificar a aquellos que quieren a sus hijos e hijas lejos de tanta brutalidad y miseria humana. Aquellos que intentan rodearlos de un ambiente de seguridad, lo más lejos posible del contacto con ésta realidad, que ni nosotros mismos somos capaces de entender.

Es sólo una tentación pasajera, porque muy pronto me doy cuenta de que esa opción no existe y, aún cuando fuera viable por un tiempo, sus consecuencias pueden ser aún  peores que aceptar una realidad, por dura que esta sea. Se puede intentar jugar con un niño al trágico juego de La vida es bella, pero es difícil pensar en una versión, tan siquiera de dimensión europea, de la famosa película.

Además, la infancia es pasajera y elegir el momento en el que corremos la cortina, la edad en la que perdemos la inocencia, no sería tarea fácil. Puede que sea incluso empeño imposible. Puede que sea una imposibilidad buscada y premeditada. La infancia de por vida. Toda una vida en la infancia. Morir en el País de Nunca Jamás. Aceptar el mundo como nos lo anuncian, consumir el mundo como nos lo venden. Renunciar a ir creciendo, a adquirir paulatinamente el principio de la realidad. Ser siempre un niño pendiente de sus chuches. El consumidor ideal y perfecto.

No creo que sea un trauma, sino todo lo contrario, que nuestros hijos e hijas oigan a sus padres hablar libremente de su vida y de su historia. Creo que es bueno dejarles participar y opinar sobre aquellas cosas que nos preocupan, que son importantes para nosotros y por las que creemos que merece la pena interesarse, que deben ser defendidas, por las que hay que luchar y comprometerse.

Fui a los toros, en el pueblo, con mis padres. Mi padre me subía al entarimado donde se situaba la banda de música, en una plaza formada por carros. También asistí a algún partido de futbol con mis tíos, muy del Atleti ellos. No he desarrollado, con el paso de los años, una gran afición por los toros, ni por el futbol. Me he hartado de jugar a indios y vaqueros, siguiendo las abundantes películas del oeste y tampoco hoy comparto ideas que supongan la desaparición de las poblaciones indígenas.

Veo a muchos de nuestros hijos e hijas conectados por internet con otros niños y niñas que se hartan de matar zombis, o participar en batallas tremendamente cruentas. También construyen y diseñan complejos poblados, muchas veces con fines y objetivos defensivos, o de conquista de territorios. No creo que en el futuro sean necesariamente arquitectos, asesinos a sueldo, o mercenarios. Al menos si son capaces de leer, interpretar, construir la realidad.

En todo caso, me parece mucho más peligroso que les dejemos, sin control alguno, tomar contacto con esa realidad virtual desvirtualizada, sin hablarles de cosas como que, hace casi 80 años, en aquel invierno de 1939, la región francesa de los Pirineos Orientales, con una población de unos 230.000 habitantes, acogió a más de 350.000 españoles, soldados, ancianos, mujeres, niños, que huían de una cruenta guerra civil, que se había prolongado durante casi tres insufribles años.

Muchos de aquellos refugiados acabaron en campos de concentración, como el de Argelès-sur-Mer. No me parece peligroso contarle a mis hijas, a mi hijo, que uno de aquellos refugiados era, probablemente, su bisabuelo, que partió con 42 años a defender la República de los ataques golpistas del fascismo y que nunca volvió. Su pista se perdió, precisamente, en alguno de aquellos campos, o en la misma frontera cerrada durante mucho tiempo a cal y canto.

Tal vez muriera en los primeros bombardeos de la Guerra Mundial, o deportado en algún campo de concentración nazi, vendido por el gobierno de Vichy, o como consecuencia de las heridas sufridas. Tal vez puedan entender mejor lo que está ocurriendo hoy en las fronteras de Europa.

No me parece especialmente traumático hablarles de los hombres y mujeres, de aquellos trabajadores y trabajadoras que intentaban vivir en libertad y con derechos sociales y laborales, en la negra dictadura que asoló España durante cuarenta años. Se organizaban como buenamente podían en las CCOO y caían una y otra vez en manos de la policía. Los juzgaban en tribunales especiales llamados de Orden Público, los condenaban a décadas de prisión, a cadenas perpetuas, a penas de muerte.

Hablarles de algunos de ellos, como aquellos 10 de Carabanchel, la cúpula de las ilegales CCOO, que fueron detenidos el 24 de junio de 1972, mientras estaban reunidos en un convento y que fueron juzgados en el denominado Proceso 1001. Tuvieron la mala suerte de que el juicio comenzó el 20 de diciembre de 1973, precisamente el día en el que los terroristas de ETA habían decidido asesinar al Presidente del Gobierno de la dictadura franquista, el Almirante Carrero Blanco. Por eso, el mayor de ellos, llamado Marcelino y sus otros nueve compañeros, fueron condenados a largas penas de prisión. Algunos de ellos viven aún y pueden contar su historia.

Y hablarles de cómo, cuando ya el dictador había muerto y la dictadura estaba a punto de seguirle a la tumba. En ese momento difícil, en el que todavía no había nacido la democracia, un grupo de terroristas franquistas dieron muerte a unos jóvenes abogados, que trabajaban cada día en la defensa de la clase trabajadora y las asociaciones vecinales de Madrid. Aún muchos y muchas de esa raza de abogados siguen defendiendo a la gente. Una de esas abogadas, llamada Manuela, ha llegado a ser elegida alcaldesa de Madrid.

Tal vez puedan entender, a lo peor no hoy mismo, pero cualquier otro día de su futuro, que la democracia y la libertad no son un regalo, que hay que defenderlas cada día. Que no se pueden permitir retrocesos en los derechos de los más débiles, mientras los poderosos aumentan su riqueza y las desigualdades crecen de forma imparable.

Tal vez entiendan que no basta indignarse. Que hay que estudiar, formarse, tener una profesión en la que sean buenos, organizarse y trabajar cada día. Que el trabajo bien hecho es un valor que no abunda en España, pero que es muy necesario. Que hay que ejercer el derecho a protestar, a manifestarse, a hacer huelga. Que en la vida hay conflictos y que hay que resolverlos con movilización democrática y negociación.

Creo que hay que hablarles y permitirles que conozcan a los 8 de Airbus, un puñado de los muchos trabajadores y trabajadoras que aún esperan una sentencia en España por haber participado en una huelga. Y a los dirigentes sindicales de Coca-Cola, que sufren el poder absoluto de una multinacional acostumbrada a doblegar gobiernos y tribunales. Una todopoderosa corporación que en España despide trabajadores. En la India roba las aguas escasas. En América Latina es una fuerza de terror organizado contra indígenas y sindicalistas que van cayendo asesinados.

Y que hay mineros como los de Aguablanca, en las fronteras de Badajoz, Huelva y Sevilla, que siguen luchando por su empleo y vienen a Madrid a ver a un Ministro para defenderlo, aunque les den con la puerta en las narices. Y que no todo son derrotas, si hay unidad y movilización. Que la unidad y la movilización, sobre todo la de las conciencias, son ya un gran triunfo. Y que para unir a la gente, para conseguir que se sientan parte importante y actores de su futuro, hay que hablar, negociar y volver a hablar y negociar y, cuando ya estés harto, cansado y creas que todo se derrumba… volver a hablar y sentarse a negociar.

No tengas miedo de que te acompañen a alguna concentración en defensa de los refugiados y los derechos humanos. No tengas miedo de que oigan hablar a la gente que sufre, a los parias de la tierra, a quienes se ganan duramente el salario de cada día. Que aprendan a reír con ellos y a compartir sus lágrimas. No tengas miedo, porque esas risas y esas lágrimas les harán sencillos, libres, fuertes. Dueños de su destino, capitanes de su alma.

Háblales de nuestra gente, de las personas de ayer y de hoy que trabajaron por la justicia social,  por los derechos que nos hacen libres e iguales, compasivos, solidarios. Háblales de que esas personas nos hicieron mejores, más decentes, más dignos. Que no los olviden. Que sientan orgullo de pertenecer a esa gente por la que ellos lucharon.

Son niños y niñas, pero no son tontos. Entienden estas cosas perfectamente. Tal vez mejor que nosotras y nosotros, porque no se encuentran mediatizados por tantas experiencias negativas, decepciones, mezquindades, como las que hemos tenido que padecer.

Son niños y niñas, pero es su derecho ir adquiriendo el principio de realidad. Su realidad no será la nuestra. Ellos formarán su propio criterio. Huirán de la Historia Oficial escrita por los cronistas oficiales y construirán su propia historia hecha de muchas pequeñas historias. Nuestra voz será una más entre otras muchas voces. Llegará un momento en que nos critiquen, porque no somos perfectos. Luego, más tarde, intentarán entendernos. Serán ellos, no serán una copia 3D de nosotros mismos. Pero en ellos podremos reconocernos y, cuando ya no estemos, ellos podrán reconocernos en nuestra gente. Háblales de nuestra gente. Háblales de nuestra gente.

Francisco Javier López Martín