Díselo con Marx

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.

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Los Mayos del 68 y 50 más

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.


Las desamortizaciones de nuestros días

mayo 28, 2018

Dicen que todo está inventado. Algunas cosas parecen nuevas tan sólo porque no nos hemos tomado el tiempo de echar la vista atrás, hacer memoria y comprobar que, salvadas algunas circunstancias coyunturales, casi todo forma parte de una espiral que nos devuelve al punto de partida, aderezado con los adornos de la modernidad.

Fueron los ilustrados del siglo XVIII los que achacaron el retraso secular de nuestra agricultura a la existencia de “manos muertas”, que acaparaban tierras y las mantenían improductivas. Con ese nombre de manos muertas designaban fundamentalmente a la iglesia, las órdenes religiosas, algunos nobles terratenientes y los ayuntamientos.

Carlos III, acosado por las revueltas provocadas por el Motín de Esquilache, ya hizo un intento de aplacar a los campesinos pobres, arrendando tierras comunales a bajo precio, aunque la cosa duró poco y terminó teniendo como destinatarios a los labradores ricos. No era una desamortización como tal, pero sentó un precedente.

Más tarde Godoy, antes de acabar el siglo de las luces, realizó la primera desamortización entrando a saco contra bienes de todo tipo de los jesuitas, con permiso papal, por cierto, con el fin de sanear la deuda pública. Luego vinieron los desamortizadores Bonaparte, los de Cádiz que no quisieron ser menos que los ocupantes en este tipo de medidas, los liberales de Riego, los de Mendizábal, los espadones como Espartero y O´Donnell.

Un siglo entero de furores desamortizadores que, dado el peculiar carácter patrio, se tradujeron en que ingentes cantidades de tierras pasaron a manos de los más ricos, sin cambiar la estructura agraria de propiedad de la tierra, en manos latifundistas. En algunos sitios, aunque no en todos, mejoró la producción agraria. Derribando conventos, se crearon algunas plazas en núcleos urbanos congestionados (a José Bonaparte, además de Pepe Botella, se le conoce como Rey Plazuelas). Los ministros de Hacienda de la época sanearon sus cuentas, al menos de momento.

Pero ya sabemos que la política española es de cortos plazos. Los nuevos propietarios buscaron beneficios inmediatos deforestando y causaron un desastre ecológico. Y lo peor de todo fue que los bosques y dehesas de los ayuntamientos, que eran utilizados por el pueblo de acuerdo con normativas municipales que permitían el acceso a pastos, madera y otros bienes comunes, se vieron privados de ellos de la noche a la mañana. Condenados a la pobreza y la miseria. El problema agrario quedó irresuelto y dejó una revolución agraria pendiente que pesó sobre el futuro como uno de los grandes males de España.

Si volvemos al presente, comprobaremos que ya llevamos unas cuantas décadas en las que conservadores, liberales y no pocos progres amantes del poder y del dinero, se empeñan en convencernos de las bondades de las nuevas desamortizaciones de bienes públicos, a favor de los nuevos ricos de nuestros días.

Banqueros, aseguradoras, empresas “especializadas” en la gestión de bienes y servicios, fondos de inversión más o menos buitres, oportunistas, cazafortunas de todo tipo, empresas constructoras, se lanzan a acaparar la gestión de los recursos públicos, los de todas y todos, los comunes, los comunales, en una neodesamortización, con la aquiescencia y la justificación de los propios poderes públicos.

La educación, la sanidad, las pensiones, las autopistas, el agua, las viviendas públicas, los servicios sociales, la seguridad pública, la atención a la dependencia, las políticas de empleo, los servicios funerarios, deportivos, culturales, la formación de los trabajadores. Todo es factible de convertirse en negocio.

Primero se desencadenan campañas de descrédito, a base de recortar los recursos y deteriorar la imagen de un servicio público, se le declara inoperante, improductivo, una “mano muerta” y luego se entrega a la gestión privada, porque quien busca el negocio particular se supone que tiene interés en gestionar mejor.

Al final, quienes necesitan esos servicios públicos se encuentran con que la cartera de prestaciones se recorta, los recursos públicos se debilitan, se introducen fórmulas de copago para financiar una parte de las prestaciones, la calidad no mejora y los costes, que iban a ser más baratos, terminan siendo más caros, los alquileres de vivienda social crecen, terminamos pagando una gestión centrada exclusivamente en el beneficio, costeando las pérdidas y hasta el precio del agua sube.

Las modernas desamortizaciones de los servicios públicos, se mire por donde se mire, son un gran negocio para unos pocos y un mal negocio para la mayoría de quienes más los necesitan.


Editoriales que duelen, pero ayudan

mayo 9, 2018

Acudo a la manifestación del 1º de Mayo en Madrid. Decenas de miles de personas ocupan las amplias avenidas que discurren desde Atocha, hacia la Plaza de Neptuno, Cibeles y Alcalá arriba, para culminar en la Puerta del Sol. Los organizadores terminan hablando de unas 50.000 personas. Sea cual sea la cifra de manifestantes, lo cierto es que llenaron la Puerta del Sol con creces y llenar esa plaza supone haber reunido a unas 25.000 personas en la manifestación.

En algunas de las intervenciones de los oradores, se hizo mención a la editorial de un importante medio de comunicación, dedicada a los retos que tiene el sindicalismo por delante, en la que se airea que las protestas sociales se canalizan a través de colectivos o grupos que nada tienen que ver con el sindicalismo. Que los sindicatos no dominan ya la protesta y que, además, han perdido influencia institucional.

Que sólo representan a los que tienen empleo y no a los más damnificados por la crisis. Que no se conocen sus propuestas contra la precariedad, la depresión salarial, el paro juvenil, o el de los mayores de 45. Ni las respuestas ante las nuevas formas de negocio, como las digitales. Al tiempo dicen que han perdido capacidad de negociar con gobiernos y patronales.

Algo de injusto hay siempre, es cierto, cuando desde la periferia tertuliana, se juzga el comportamiento de los sindicatos. Pondré algunos ejemplos. Juntar, pongamos, 30.000 personas en una manifestación del 1º de mayo cuesta mucho en Madrid. Con bastantes menos personas concentradas ante un edificio público, convocados por una coordinadora ocasional de un puñado de organizaciones, algunos medios hablarían de gran éxito de convocatoria.

Conflictos como el de Coca-Cola, Amazon, ayuda a domicilio, o el Teatro de la Zarzuela, permanecen casi desaparecidos de los medios, tal vez porque la publicidad no se puede perder. Son conflictos con despidos, temporalidad, precariedad, bajos salarios, juventud, pero pueden afectar a la caja de la que vive el medio de comunicación.

Luego, hay otros conflictos en los que el sindicalismo debe apoyar, pero no ser protagonista principal, como es el caso de la lucha feminista, salvo que esa lucha se desarrolle en las trincheras de la empresa, en cuyo caso, el sindicalismo da la cara hasta el final. Sentencias ganadas por trato discriminatorio contra las mujeres trabajadoras, huelgas y movilizaciones por despidos de mujeres embarazadas, planes de igualdad en las empresas, combate contra el acoso sexual y la violencia de género en los centros de trabajo.

Pero es más. Cuando repaso quiénes encabezan, encuadran, lideran, nutren, cada uno de los movimientos sociales, me topo con compañeras y compañero sindicalistas y también con la convocatoria, o cuando menos el apoyo, de los sindicatos. Ya se trate de refugiados, mujeres, pensionistas, jóvenes, desahucios, carestía de la vida, luchas en defensa del medio ambiente, orientación sexual, o defensa de la sanidad, la educación, los servicios sociales. o una renta mínima garantizada.

Dicho esto, no creo que matar al mensajero sea nuestra mejor opción. Los medios de comunicación, de forma interesada, o no (ese es su problema), son portavoces, trasladan y crean tendencias. Desde el sindicalismo haremos bien en escuchar y reflexionar sobre nuestras carencias en la defensa de los trabajadores y trabajadoras. Haremos bien en pensar qué parte de verdad hay en las críticas que nos dirigen.

Me gusta recordar la anécdota que escuché un buen día de López Bulla, sobre Giuseppe Di Vittorio, cuando este líder sindical se presentó ante sus compañeros de la CGIL (Confederación General de los Trabajadores Italianos) en la FIAT, para reflexionar sobre los motivos por los cuales habían perdido las elecciones sindicales.

Vino a decirles que las maniobras sucias del patrón Agnelli y la complicidad de otros sindicatos cercanos a la empresa, podían tener el 95 por ciento de la responsabilidad de la derrota que habían sufrido, pero ese 5 por ciento restante era responsabilidad del sindicato. Ese 5 por ciento, en definitiva, era para la CGIL el cien por cien de lo que podían resolver. Así lo hicieron, afrontaron su responsabilidad y recuperaron la hegemonía en la FIAT.

Para renovar el sindicalismo hay que hacer mucho más que cambiar las caras, sin remover las viejas prácticas. El debate en libertad, el respeto a los discrepantes y a quienes quedan en minoría, la integración de la diversidad de la clase trabajadora y de la pluralidad de las ideas, la solidaridad, la lucha contra el corporativismo, contra las exclusiones, contra la corrupción y la imposición del aparato, siempre me han parecido elementos esenciales en cualquier organización y, especialmente, en el sindicalismo.

A fin de cuentas un sindicato no es otra cosa que un grupo de trabajadores y trabajadoras que se organizan para defender sus intereses, difundir sus valores y resolver sus problemas. La unidad sin uniformidad, la libertad a tumba abierta, el respeto a las decisiones democráticamente adoptadas, la integración sin exclusiones, son el camino del sindicalismo. Porque los sindicatos no son los únicos actores sociales, pero son muy importantes en nuestras sociedades.


El Madrid del Primero de Mayo

mayo 9, 2018

 

Vamos, poquito a poco, avanzando hacia los 130 años de celebración del Primero de Mayo en Madrid, desde aquella primera vez, allá por 1890. El Congreso Socialista de París había decidido en 1889 convocar el Primero de Mayo en todo el mundo. Una jornada de lucha y reivindicación, en recuerdo de la huelga y movilizaciones de Chicago, en la que los trabajadores que exigían la jornada de 8 horas, habían sido reprimidos brutalmente por la policía y cinco de sus líderes fueron ejecutados, tras un juicio sin garantías.

Hace 20 años se me ocurrió escribir un libro en el que el recorrido anual de la manifestación del 1º de Mayo en Madrid, se convirtiera en una disculpa para la reflexión sobre nuestra historia. Así nació el Madrid del 1º de Mayo, que ya acumula tres ediciones, prologadas por el sindicalista Rodolfo Benito, el periodista Rodolfo Serrano y el arquitecto Eduardo Mangada.

La manifestación del Primero de Mayo arranca en una glorieta de Atocha, presidida por la imponente Estación de Atocha, con su cubierta a modo de casco de barco invertido. El ferrocarril permitió a Madrid dejar de ser una capital cortesana, para convertirse en una ciudad industrial, productiva, comercial. La circunvalación ferroviaria desde la estación de Príncipe Pío, donde llagaba el carbón leonés, hasta Atocha, pasando por las estaciones de Imperial y Peñuelas, actuó como motor que permitió la modernización de Madrid. En las inmediaciones el Hospital de San Carlos, actualmente Museo Reina Sofía, el Ministerio de Fomento, o el Museo Etnológico.

Inmediatamente, la manifestación se adentra en el Madrid científico que concibió Carlos III, creando el Observatorio Astronómico, el Real Laboratorio de Química (actual Museo del Prado) y el Jardín Botánic,o donde exhibir las especies botánicas llegadas desde todo el imperio. En las Puertas del Jardín Botánico se concentraron, el domingo 4 de Mayo de 1890, 30.000 trabajadores, para manifestarse por el Prado y Recoletos, hasta la sede de Presidencia, para entregar a Sagasta sus reivindicaciones. En las inmediaciones se encuentra la sede de CCOO de Madrid, los Jerónimos, los centenarios hoteles Ritz y Palace, el Congreso de los Diputados.

Recorre luego, la manifestación el Paseo del Salón del Prado, presidido por Neptuno en un extremo y por Cibeles en el otro, sin olvidar que el centro del mismo se encuentra la desconocida fuente del dios Apolo, rodeado de sus musas. Un lugar concebido para descongestionar el centro y dotar a la Corte Madrileña de un lugar de paseo y recreo, en lo que, hasta entonces, era un lugar de huertas, poblado cada atardecer por bribones, espadachines y pícaros.

En Cibeles, tras sobrepasar el edificio que los madrileños denominaron Nuestra Señora de las Comunicaciones, actual sede del Ayuntamiento de Madrid, la comitiva del 1º de Mayo comienza a subir calle Alcalá arriba hacia la Puerta del Sol, flanqueada por el urbanismo burgués de los grandes bancos, incluido el Banco de España, las compañías de seguros, y los centros sociales de la burguesía decimonónica y de principios de siglo XX, como el Círculo de Bellas Artes, el anglófilo New Club, o el rancio Casino de Madrid.

Y llegamos, por fin, a la Puerta del Sol. Mientras se pronuncian los discursos, el manifestante puede emprender algunas reflexiones sobre este lugar en el que, al lanzar una piedra, conmienzan a moverse olas concéntricas en toda la laguna de España. Ese punto central del rompeolas de todas las Españas.

Allí están las primeras obras de Carlos III, para sentar las bases del Estado Moderno. La Casa de Correos (actual Presidencia de la Comunidad de Madrid) y, a sus espaldas, la Casa de Postas. Muy cerca el Ministerio de Hacienda, que fue concebida como Casa de Aduana, fuente de ingresos por los impuestos al comercio.

En la Puerta del Sol se desencadenó el 2 de Mayo y allí se encontraba el Mentidero de la Villa, donde el pueblo despachaba las últimas noticias y espiaba a los pasajeros de las carrozas cortesanas, que se encaminaban hacia El Salón del Prado. Allí se concibieron los Pasajes Comerciales y un nuevo rico maragato construyó las Casas del Cordero, tras ganar la lotería y allí se proclamó la II República.

Hay guías del Madrid medieval, de los Austrias, los Borbones, de Galdós, de la Restauración, de los Reyes Católicos, un Madrid literario, otro musulmán y otro mágico. También hay un Madrid del Primero de Mayo,  que recorremos en manifestación cada año, en cuyos edificios, paisajes y rincones se encuentran las claves de las transformaciones de una ciudad capital inacabada, que siempre resiste y que puede ser derrotada, pero nunca vencida.


Profesionales

mayo 9, 2018

Entro en los hospitales, las escuelas, los centros de servicios sociales. Me indigna el deterioro que compruebo a mi alrededor. No son sólo las manos necesarias de pintura que faltan en sus paredes. Es, sobre todo, la masificación que amenaza a cada instante con colapsar en funcionamiento de los servicios que allí se prestan. La imposibilidad de trabajar planificando la oferta y atendiendo las nuevas demandas. La sensación de que la urgencia marca el frenético ritmo de la actividad.

Se deposita en los centros educativos la responsabilidad de formar a futuras generaciones. El cuidado de nuestra salud en los centros sanitarios. Nuestro bienestar personal en los centros de servicios sociales. Y, sin embargo, permitimos que los profesionales sobre los que descansan los bienes más preciados de nuestra existencia, se vean abandonados a su suerte. Consentimos que muchos de esos servicios esenciales para la calidad de nuestras vidas sean gestionados por empresas privadas, cuyo objetivo prioritario no es nuestro bienestar, sino su beneficio económico.

Los formamos durante años y financiamos sus especialidades universitarias en docencia, sanidad, trabajo social. Veo como se esfuerzan por demostrar su profesionalidad cada día. Cómo asisten a cursos de especialización. Cómo tensan sus nervios para no perder  la paciencia y mantener intacta su vocación. Claro que hay quienes han caído en la desidia y en una suerte de muda desesperación. Y claro que hay quienes están ahí porque tiene que haber de todo. Pero eso ocurre en todas las profesiones, sin que por ello nadie convierta la excepción en un estado general de las cosas.

He dedicado muchos años al sindicalismo y he tenido que escuchar, no pocas veces, ese tipo de opiniones que descarga en los sindicatos toda la responsabilidad de los males que sacuden la vida de los trabajadores, muy por encima de  las responsabilidades de los empresarios, o de los gobiernos que legislan sobre los derechos laborales. También he tenido que enfrentarme a esas interpretaciones que convierten al extranjero en el causante de nuestras altas tasas de paro. Las versiones simplonas, pero claras y  entendibles, siempre suelen terminar por imponerse sobre razonamientos coherentes, pero complejos.

Entiendo que, quienes vemos denegado el acceso a un derecho, tenemos enfrente a un empleado público al que le pedimos explicaciones indignadas sobre las causas por las que se nos excluye de unos servicios o prestaciones, a los que considerábamos deberíamos poder acceder. Y, sin embargo, ese empleado público, no es el responsable de lo que consideramos desmanes inadmisibles. No basta con dar cuatro voces en una “ventanilla”, para que nuestros problemas se solucionen.

Compruebo, en muchas ocasiones, cómo esos trabajadores y trabajadoras, conscientes de las lamentables situaciones a las que nos vemos abocados, en no pocas ocasiones, nos animan a presentar reclamaciones, denuncias, quejas. Y compruebo también, en otras muchas ocasiones,  que estas acciones nunca son emprendidas por quienes alzan la voz ante un funcionario pero no dejan constancia escrita, ante ninguna instancia responsable de la buena gestión de los servicios.

Creo que contamos con magníficos profesionales y que merece la pena convertirlos en nuestros aliados en la defensa de derechos tan nuestros y esenciales, como el de la educación,  la sanidad y los servicios sociales. Hemos invertido mucho para formarlos y su trabajo como servidores públicos, es la llave que nos permite vivir como  mujeres y hombres libres e iguales a lo largo de toda nuestra vida.

Su buen trabajo son nuestros derechos.


Contratos de formación que no forman

mayo 3, 2018

En un intento del gobierno por salvar la imagen de desgobierno de la formación veo a la Ministra de Empleo presentar algunas medidas que aparecen en el Proyecto de  Presupuestos Generales del Estado que Montoro ha presentado en el Congreso.

Cuenta la ministra que quiere poner en marcha un Bono de Formación de 430 euros durante 18 meses para aquellos jóvenes que suscriban un contrato de formación y aprendizaje. No queda la cosa ahí. También piensa conceder una bonificación en las cuotas empresariales de 3.000 euros/año, durante 3 años, para aquellos empresarios que transformen en fijos estos contratos.

De nuevo me temo que estamos ante la política de reinaugurar, sin reflexionar sobre los problemas de los cimientos sobre los que se pretende construir. Se fomenta e incentiva económicamente, un contrato sobre el que pesan serias sospechas de ser tan sólo una fórmula de financiación del fraude y la precariedad laboral, con dinero de todas y todos.

El propio Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE) reconoce con sus datos que este contrato es utilizado en la mitad de los casos para formar camareros, peones, limpiadoras y dependientes de comercio. Un contrato que ha permitido durante los años de la crisis contratar a cientos de miles de jóvenes de forma barata, bonificada, precaria, sin compromiso alguno de estabilidad y con escasos, a veces nulos, niveles de formación.

Tan sólo cuando los sindicatos forzamos que se pusiera coto a abusos como el hecho de que la formación fuera inexistente en muchos casos, o se limitara a un sistema de cursillos a distancia, en el que te mandan unos materiales sin control de calidad y luego ya te apañas, hizo que algunos empresarios de pymes dejaran de ver negocio fácil y seguro en este tipo de contrato y su número se ha reducido desde casi 175.000 en 2014, hasta los menos de 50.000 en 2017.

Aquí hay una diferencia sustancial entre la pequeña empresa y la gran empresa. En el caso de las microempresas, son las asesorías, consultoras y gestorías que les llevan las cuentas, las nóminas, o los contratos, las que les aconsejan las fórmulas más baratas y precarias de contratación laboral y hasta les orientan en cómo suscribir un contrato de formación, con el mínimo compromiso de formación y el máximo beneficio de retorno económico. Negocio para la empresa, para la consultora y para las empresas de formación, que cobran por alumno “formado”. Todos ganan, menos el joven, o la joven, que trabaja en precario y sin formación que merezca tal nombre.

En el caso de grandes y medianas empresas, que cuentan con una política de personal y de cualificación propias, la situación es distinta y se pone más el acento en la formación que acompaña a este tipo de contratos y en terminar convirtiendo en personal fijo a algunos de estos jóvenes, al acabar el periodo de formación.

Así las cosas y aunque parezca una paradoja, el contrato de formación y aprendizaje consigue integrar más y mejor a nuestros jóvenes, cuantas menos bonificaciones y ayudas económicas recibe la empresa. Parece extraño, pero lo que ocurre realmente es que, cuando hay dinero de por medio, algunos empresarios usan y abusan de este contrato, obteniendo beneficios económicos de las ayudas y sin compromiso alguno de transformarlo en fijo. Sin embargo, con unas ayudas más ajustadas y requisitos formativos asegurados, es un contrato que se utiliza para formar y cualificar a las trabajadoras y trabajadores jóvenes que la empresa termina contratando de forma más estable.

Seguir insistiendo en inyectar dinero a esta modalidad de contrato, sin corregir sus problemas, sólo contribuye a  empeorar las cosas. Además, con una situación de ingresos insuficientes en la Seguridad Social, entre otras cosas por el empleo precario y temporal que se está creando, a causa de la reforma laboral, creo que no conviene seguir abusando de desgravaciones, bonificaciones y regalos fiscales a las empresas, a costa de bajar los ingresos de la Seguridad Social, tan necearios para el pago de las pensiones. Sobre todo cuando esas ayudas ni forman, ni crean  puestos de trabajo, ni estabilizan el empleo de nuestra juventud.

A estas cosas las llaman en el Gobierno Formación Dual, pero bien saben gobiernos como el de Alemania que esas políticas tienen poco de formación, ni de relación entre centros de formación y empresa. Habrá que seguir esperando tiempos de más sensatez y menos propaganda.