2019, hablando de Villaverde

enero 10, 2019

Me pide mi amigo Javier Cuenca que me estire un poco y escriba algún breve artículo, de vez en cuando, sobre Villaverde. Agradezco que los amigos se acuerden de mí y me inviten a participar en sus sueños, sus ideas, sus proyectos. Así que a ello vamos.

Se lo debo a Javier y se lo debo a mi madre que, después de nacer en Mejorada, un pueblecito cercano a Talavera, después de atravesar una guerra, una posguerra, años de eso que hoy llamamos servicio doméstico y antes criada, hambrunas, desarrolismos, limpiar casas, fincas, colegios, terminó comprando piso en Villaverde y allí siguió viviendo hasta su muerte.

Para comenzar la ronda, vaya por delante esta felicitación de Año Nuevo que he difundido en las redes sociales. Una foto de ropa tendida en los balcones de Villaverde, con un escueto texto, Felices fiestas. Feliz 2019. Que ondeen nuestras banderas en las ventanas.

Me explico. Todos tenemos una patria. Decía la madre de Serrat que la suya era aquella en la que trabajaban sus hijos. Mi patria es la de mi madre, Villaverde. No creo que fuera el lugar donde ella encontrara más felicidad, pero sí su lugar en el mundo.

No era el mejor lugar de Madrid, ni el más hermoso. Era, tan sólo, el suyo. Aquel en el que cuando salía a la calle, o llamaba a la puerta de enfrente, encontraba personas con las que había compartido nacimientos, bodas y bautizos, enfermedades, jubilaciones, viudedad, funerales.

Esas cosas que nos hacen patriotas. Porque los patriotas, como las meigas, existen y no son cuatro chulos a caballo, cargados de pulseras, relojes, collares de perro de raza, colgantes y camisetas rojigualdas. Patriotas somos los que nos sentimos ligados a una tierra, a una familia, a un clan, a un barrio, a un pueblo, aunque hayamos, o no, nacido allí.

Somos los que hemos jugado en sus calles, hemos visto películas en sus cines ya desaparecidos, hemos chupado tardes de domingo en sus billares, convertidos en casas de apuestas, hemos ocupado sus plazas, nos hemos disfrazado en sus carnavales, nos hemos manifestado para pedir colegios, institutos, centros de salud, centros culturales, asfaltado, limpieza. Nos organizamos en asociaciones, vecinales, culturales, sindicales, deportivas.

El himno de mi patria es el ritmo de nuestra vida convertido en músicas venidas de todas las partes del mundo. Hoy mi himno es una copla y mañana un rap. Hoy un son cubano y dentro de un rato el himno se transforma en rock. Unas veces el ritmo se convierte en danza bikutsi, salsa, merengue y otras en pasodoble o chotis. El himno de mi patria es rico, ecléctico, variado y universal.

Y la bandera. Qué decir de la bandera de mi patria. Ahí, me inclino y soy del parecer de Robe Iniesta, el de Extremoduro. Creo firmemente que no hay mejor bandera que la ropa tendida, los pájaros sin amo, la lluvia, el agua, o esos duendes del parque que registran las basuras. Ropa tendida de todos los colores. Y no hay más patrias, ni fanfarrias, ni banderas.

Vamos a un año en el que hay elecciones municipales, europeas y autonómicas, puede que hasta generales haya en camino. Nos van a llenar la cabeza con su patria, sus cancioncitas facilonas, sus machaconas proclamas y sus banderas, muchas banderas. Que no falte parafernalia.

Yo, por mi parte, seguiré a lo mío, en mi patria, con mi gente, mi ropa tendida y mis canciones. No quiero que me griten, ni me llenen la cabeza de odios ancestrales y rencores sobrevenidos. No quiero que me cuenten que el problema es mi vecino, que vino de Andalucía, Cataluña, Marruecos o Ecuador. Su piel, su religión, su sufrimiento, no le hacen menos patriota mío.

Cuando llegue el momento buscaré a personas sencillas, que no simplonas, dispuestas a cuidar de todas y todos, que nos protejan de los poderosos y los ricos, que consigan que los servicios públicos funcionen sin grandes propagandas publicitarias, que nos dediquen su tiempo sin enriquecerse a cambio, que paseen por las calles y escuchen nuestros problemas, nuestras necesidades y tranquilicen nuestros miedos. Y si los encuentro, les daré mi voto.

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Danza Bikutsi por Navidad

enero 9, 2019

Hay quien dice que los jóvenes se han vuelto individualistas y egocéntricos. Encerrados en sí mismos, e inmersos en el laberinto intrincado de las redes sociales. Y, sin embargo, la vida se empeña en demostrarnos que basta una pequeña chispa, para que el aislamiento se rompa y la solidaridad explote de forma sorprendente e imprevisible.

Hace meses, un amigo de Rivas, Marcos, me puso en contacto con una asociación local volcada en la solidaridad, que quería presentarme a un grupo de jóvenes, a las que alguna diputada llamaría jóvenas, que se habían embarcado en un proyecto de apoyo a la educación en Camerún. Sinceramente, conozco poco sobre esas tierras. Poco más que cuatro nociones básicas. Así que, de entrada, antes de verme con ellas, me puse a investigar algo sobre el país.

Parece que por el territorio que hoy llamamos Camerún, han pasado pueblos neolíticos, tribus, reinos y hasta un imperio. Luego pasaron, comerciando por allí, de paso hacia la India, los portugueses que, ante la abundancia de cangrejos, gambas y camarones, le dieron el nombre de Río dos Camaröes. Dejaron a su paso algunos puestos comerciales y unos cuantos misioneros.

Luego los yihadistas de entonces declararon, como los de ahora, una guerra santa y crearon un emirato, desplazando a gente de un lado para otro. Con tanto trasiego, para cuando quisieron darse cuenta, los alemanes, ansiosos de participar en el reparto de títulos coloniales en Africa, se hicieron con aquellas tierras y las sembraron de factorías, negocios, comercios y tropas.

Cuando los alemanes perdieron la Primera Guerra Mundial, franceses y británicos se repartieron la colonia, produciendo una división y desencadenando un conflicto nunca bien resuelto, entre anglófonos y francófonos, antes, durante y después del propio proceso de descolonización.

Identidades confrontadas que vinieron a sumarse a las diferencias tribales y la pluralidad de religiones que profesan los musulmanes, cristianos, animistas, musulmanes-animistas, o cristianos-animistas. Entre Nigeria y el Congo, en la frontera con Boko Haram, Camerún no parece un  país nada fácil para unas pocas jóvenes, ni jóvenos.

La cosa tenía su explicación. Las tres jóvenes, porque tres eran tres, habían viajado escalonadamente a Camerún. Primero llegó una para coordinar un proyecto de prevención de la violencia en escuelas rurales, urbanas y en orfanatos. Luego fueron llegando las otras. Al cabo de unos meses se separaron de la ONG con la que colaboraban y dos de ellas marcharon a Dschang, la ciudad más grande del departamento de Menoua, en la Región Occidental de la república.

Y allí, en un país con dos lenguas oficiales, francés e inglés, que no hablan la mayoría de la población y con otras más de 230 lenguas que vienen del Congo, del Nilo, del Sahara y hasta de Asia. En un lugar donde los franceses,  ingleses, chinos, o los alemanes, invierten para promocionar su lengua, su cultura, sus empresas. En una universidad perdida en una de las diez regiones en las que se divide Camerún, nuestras jóvenes fueron a encontrar a cientos de alumnos y alumnas, estudiando en una Facultad de Estudios Hispánicos. Me pareció increíble, pero era cierto.

Cientos de alumnos apiñados en un edificio construido con ayuda del gobierno español. Ahí quedó la obra, en el olvido, nada más, nada menos. Una biblioteca vacía, gente sin ordenadores y con pocos libros, sentada en los pasillos. Y unas jóvenes españolas que se lanzan a hacer algo que las instituciones españolas ni se plantean. Intentar contribuir al desarrollo local, echando una mano en la formación de los estudiantes. Mejorar un sistema educativo neocolonial, poco participativo, desvinculado de las necesidades de desarrollo de la población local. Reducir las carencias de material didáctico. Alimentar la solidaridad entre la población española y camerunesa, sin paternalismos, sin maternalismos.

Aquellas jóvenes volvieron a casa, crearon una modesta asociación a la que llamaron Bikutsi. Han organizado el viaje a España de algún profesor y algún alumno, para que expliquen aquella realidad en nuestro país, para que contacten con universidades españolas. Han enviado libros de literatura para la Biblioteca de la Facultad, lo cual parece sencillo, pero termina resultando tremendamente difícil, dadas las dificultades para que alguien asegure la entrega del envío.

Desde que me explicaron su proyecto, Letras Españolas en Dschang, hemos conseguido contactar con la UNED, a través de su Consejo Social y se han producido donaciones de libros de Filología por parte de la universidad. Se han establecido relaciones entre el profesorado de ambas universidades. Se han grabado programas de la universidad y organizado conferencias.

Se me ocurre que otras instituciones universitarias, el Ministerio de Asuntos Exteriores, o el Instituto Cervantes, deberían prestar alguna atención a aquellos cientos de personas que quieren formarse en estudios hispánicos, en las peores condiciones imaginables, aunque sus ojos estén puestos no tanto en venir a España, sino en atravesar el Atlántico hacia América Latina.

Se me ocurre que estas jóvenes se han empeñado en hacernos bailar Bikutsi, esa danza que significa algo así como Vamos a golpear la tierra. Danzar, bailar, golpear, patear la tierra, hacerla temblar, hasta que las cosas cambien. Hasta que los caminos se desbrocen y la voz, el ritmo, el canto, la lengua, nos acerquen lo suficiente como para contar, sin miedo, nuestras historias, nuestras leyendas, nuestros mitos y nos ayuden a superar los problemas del aquí y del ahora.

Hay maneras y maneras de celebrar festejos navideños. Ésta de bailar, danzar, pensar, hablar y ponerse a andar en bikutsi, me parece increíblemente hermosa, joven, sugerente. Aún a riesgo de caer en el tópico y la generalización, diría que no se me ocurre mejor cuento de Navidad, fábula o leyenda del desierto, o relato oral, para contar y preservar del olvido, en una pequeña capilla, en una madrasa, en una Casa de la Palabra, en cualquier universidad española.


14-D: Así que pasan 30 años

enero 9, 2019

En estos días se cumplen 30 años desde la realización de aquella primera Gran Huelga General de una democracia española que acababa de cumplir diez constitucionales años. No han abundado los actos conmemorativos de la fecha, pero tampoco han faltado, o van a faltar, aquellos en los que han participado algunos de sus principales protagonistas.

Entrevistas a quienes dirigían las organizaciones que convocaron la Huelga, como Antonio Gutiérrez y Nicolás Redondo. En casi todos los medios se publican noticias que recuerdan aquella Huelga, sus causas y sus repercusiones. Algún libro se ha escrito y un puñado de artículos de opinión se han dedicado a profundizar en aquel momento.

Historiadores pretendida, o pretenciosamente, considerados oficiales, o bien oficiosos, querrán fijar en la memoria la “verdadera” historia de aquellos días, ignorantes de que la historia colectiva tiene tantas versiones como personas, personajes, actores y actrices, héroes o villanos, la vivieron y participaron en la misma.

No faltarán, por último, los tertulianos que analizarán, explicarán, desentrañarán y examinarán cada instante, minuto a minuto, de la Huelga General, para alcanzar las conclusiones prefabricadas que contribuyan a ratificar sus ideas iniciales, con las que ya venían de casa. No pocos dirán que el éxito de la huelga se debió, tan sólo, al apagón de la televisión a las 12 de la noche.

Poco que agregar, por tanto. Inutilidad de un artículo que poco podría añadir, sin caer en la reiteración de cuanto se haya dicho y hecho para recordar aquel día, sus circunstancias, sus prolegómenos y sus consecuencias. Tal vez he echado de menos, al recordar aquellos días, salvo algunas excepciones, la ausencia de quienes eran jóvenes por entonces y encabezaron y supieron unir al movimiento estudiantil y las organizaciones juveniles, en la defensa de la decencia del empleo y contra aquel Plan de Empleo Juvenil, precursor de la discriminación laboral y vital, a la que la juventud se ve hoy sometida, como si de una maldición bíblica, e inevitable, se tratase.

Personas, como Jesús Montero al frente de las Juventudes Comunistas, o como Paco Moreno, responsable de los Jóvenes de CCOO, a las que he conocido y tratado por diferentes razones, que encabezaron las manifestaciones y movilizaciones previas que sirvieron de ensayo general para el 14-D.

Hay muchas veces, especialmente en un país como España, en que las propuestas más razonables topan con la aparente desidia, el presunto desinterés, la supuesta pereza, de quienes parece que deberían ser los principales interesados en alzarse del suelo y sacarlas adelante.

Siempre hay algún motivo. Una Huelga General anterior, la del 85, convocada contra la reforma  del sistema de pensiones, que anticipaba los recortes del primer gobierno socialista, no logró tanto eco, tal vez porque ese gobierno se encontraba aún en estado de gracia y porque, aunque Nicolás Redondo votó, en el parlamento, a favor de devolver el proyecto a los toriles del Consejo de Ministros, la UGT no terminó dando el paso y CCOO se quedó sola en la convocatoria de la Huelga del 85.

Tres años después, sin embargo, el felipismo no gozaba ya de tan buena salud y sus relaciones con la UGT se habían deteriorado a marchas forzadas. El movimiento estudiantil se había rebelado abiertamente contra las subidas de tasas, la selectividad, las dificultades de acceso a la universidad, el numerus clausus, las reformas educativas.

El profesorado salíamos de una larga y dura huelga indefinida que reivindicaba la homologación salarial con otros cuerpos de funcionarios, o la solución a los problemas de responsabilidad civil de los docentes. Los empleados públicos se veían privados de derechos sindicales como el de negociación colectiva.

En esta ocasión, bastó la intentona del gobierno de aprobar un Plan de Empleo Juvenil, estableciendo un modelo de contrato juvenil temporal, precario y mal pagado, para que las movilizaciones juveniles arreciasen y los sindicatos CCOO y UGT, convencidos de la importancia de la unidad de acción, convocasen una Huelga General el 14 de Diciembre de 1988, añadiendo reivindicaciones como la equiparación de la pensión mínima al salario mínimo, o el derecho a la negociación colectiva de los empleados públicos.

De aquella Huelga, el gobierno salió tocado y, aunque no dio su brazo a torcer, la Propuesta Sindical Prioritaria (PSP) aprobada poco después por los sindicatos, sentó las bases de un modelo de participación sindical y diálogo social estatal, autonómico y municipal, que desarrollaba los artículos 7 y 9 de la Constitución Española y que fortaleció el Estado social en todo cuanto afectaba a la vida de los trabajadores y trabajadoras, desde la seguridad social y las pensiones, a la sanidad, la educación, el salario social, las pensiones no contributivas, o los derechos sindicales.

La clase trabajadora, que había sido la auténtica costalera (y costeadora) de la democracia, en palabras de Nicolás Sartorius, reclamaba participación en el reparto de los recursos y la riqueza disponibles y la Huelga General del 14-D abrió las puertas para conseguirlo.


2019: El empleo en la revolución científico-técnica

enero 9, 2019

Aún recuerdo aquellos discursos de Marcelino Camacho, en los que siempre reservaba una alusión a la revolución científico-técnica. Algunos dirigentes sindicales, muy acostumbrados a bregar diariamente, en las empresas, con los salarios, las jornadas, el convenio, las horas extraordinarias, las regulaciones de empleo, o las contrataciones, pero adormecidos en su capacidad de adelantarse a los cambios, sonreían, como si aquello fuera una muletilla  proverbial y típica de Marcelino.

Sin embargo, pasados los años, me parece que el núcleo central del debate y de la acción del sindicalismo, se encuentra, precisamente, en la revolución tecnológica en curso. Porque son los cambios tecnológicos los que van determinando qué empleos desaparecen y cuáles van a ser creados en el inmediato futuro, al tiempo que delimitan las necesidades de cualificación y las características de cada puesto de trabajo.

Vista la naturaleza de los acelerados cambios tecnológicos que se están produciendo, hay quien augura la desaparición del trabajo humano, pero esto no está ocurriendo, al menos por el momento. Ni en puestos de baja cualificación, que difícilmente pueden cubrir por el momento las máquinas, ni en las nuevas necesidades de puestos que requieren altas o medias cualificaciones.

La mayoría de los empleos sufren ya y van a sufrir aún más en el futuro inmediato, modificaciones importantes, a causa de la introducción de nuevas tecnologías. Determinadas operaciones quirúrgicas pueden ser realizadas por una máquina y a distancia, pero no por eso necesitamos menos cirujanos. Muchos procesos bancarios pueden ser realizados online, pero los bancos dedican mucho mayor esfuerzo a una atención personalizada de fidelización de sus clientes.

Bien pudiera ser que desaparecieran los conductores de taxi, pero no por ello desaparecerán los taxistas, aunque sus funciones puede que no se encuentren manejando un volante. El hecho de no comprar en una tienda física no significa que la producción desaparezca, al tiempo que gana peso la distribución. Cambian las formas y los contenidos del trabajo, pero el trabajo permanece,

Muchos trabajos se tecnifican, automatizan, robotizan, informatizan, o como queramos llamarlo, pero eso exige cada vez más expertos en robótica, informática, diseño de sistemas, automatización, simuladores, probadores, o lo que antes llamaríamos comerciales y hoy encuentran un nuevo nombre cada poco, al tiempo que incorporan nuevas funciones, de forma acumulativa.

Lo podemos comprobar a diario, cuando repasamos las ofertas de empleo en las que se exigen conocimientos y cualificaciones múltiples sobre informática, comunicación, sistemas operativos, matemáticas, además de experiencia previa y posibilidad de desenvolverse en varios idiomas.

Hay algo que está cambiando para bien, si somos capaces de participar y gobernar el futuro, o para mal, si dejamos que sean los fundamentalistas del mercado, los beneficios, la desregulación, los que se hagan con las riendas de los cambios que se están produciendo.

La revolución tecnológica, por ejemplo, demanda más capacidad de cooperación que de competencia y rivalidad. Nadie sabe de todo, ni controla todas las claves de los complejos procesos de innovación. Las transformaciones son, cada día más, el producto de una intensa cooperación entre personas expertas en las más variadas disciplinas, trabajando en equipo, en entornos abiertos y sin rígidas jerarquías. Eso es positivo.

Lo negativo es que muchas de estas personas se ven obligadas a prestar sus servicios en condiciones lamentables, como becarios, aprendices, precarios y mal pagados. Basta repasar esas cientos y miles de ofertas de trabajos forzados, sin sueldo, sin derechos y con la única esperanza de ir rellenando un currículum siempre insuficiente, ya sea como chef, diseñador gráfico, asistente jurídico, o desarrolador.

Lo negativo es que nos estemos acostumbrando a ver como normal, e incluso como una necesidad de los tiempos modernos, que nuestra juventud se inserte en el trabajo y en la vida, en unas condiciones que, salvadas las distancias mecánicas y estéticas, no tienen mucho que envidiar a las del joven Chaplin, perdido en el engranaje de la producción industrial fordista.

Qué cooperación, sentido de equipo, identificación con un proyecto, se puede pedir a quien se obliga a trabajar en estas condiciones. Qué compromiso con la política y los políticos se puede reclamar de quien constata, día tras día, la más absoluta desidia y desatención de sus expectativas y necesidades, mientras los discursos se ven plagados de promesas y buenas intenciones que cualquiera sabe que no llegarán a buen puerto si quien las formula toca pelo del poder.

Este año hemos conmemorado el bicentenario del nacimiento de Carlos Marx, aquel personaje que un día anunció que, los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. No le faltaba razón y sobraban las razones, para que el nuevo proletariado, sometido a la explotación de su fuerza de trabajo y a vivir hacinado en barriadas inmundas, e infectas, en la periferia de las grandes ciudades, se rebelara y se organizara en sindicatos y partidos obreros para tomar el poder y cambiar la lógica capitalista.

Tampoco faltan hoy las razones para que, ante una revolución tecnológica imparable y acelerada, nos organicemos para que esos cambios tengan rostro humano y la mayor riqueza tenga un mejor reparto, en lugar de generar más desigualdad. En esto, el mundo globalizado y robotizado, reclama las mismas respuestas, ideales y banderas de libertad, igualdad y solidaridad, que hace casi doscientos treinta años enarbolaron los revolucionarios franceses.

El año 2019 viene cargado de citas importantes con nuestro futuro y debería estar marcado por el compromiso político y social con un empleo decente y una vida digna para las personas.


Robots y tiempo de trabajo

diciembre 30, 2018

Hace ya casi 500 años, el fraile franciscano Vasco de Quiroga, era designado por el emperador Carlos V como primer obispo de Michoacán, para lo cual, a sus 68 años de edad, fue ordenado aceleradamente sacerdote y obispo. Con el tiempo sería más conocido como Tata Vasco, que en el idioma de los indígenas purhépechas suponía el reconocimiento y otorgaba el cariño reservado para los padres.

Tata Vasco construyó iglesias y conventos, pero también y en este caso no sin oposición de los conquistadores, apoyados por el propio Virrey, se empeñó en la construcción de escuelas y hospitales. Desarrolló una amplia red de pueblos económicamente autosuficientes y autogestionados, a la manera en que podemos entender la autogestión en aquellos tiempos. Pueblos como Santa Clara del Cobre, Paracho, Páztcuaro, Janitzio y otros muchos, como el de Quiroga, que aún sobreviven en Michoacán.

Un hermoso poemario de Ernesto Cardenal, nos devuelve la figura de Tata Vasco y su obra. Sus pueblos con activa vida comunitaria, las casas familiares con su huerto anexo, jornadas laborales de seis horas diarias para que por el trabajo nunca nadie muriera, desarrollo de la agricultura y una enseñanza práctica de la artesanía, que aún sigue caracterizando a los pueblos que se expanden entre Michoacán y Chiapas.

Ahora el Papa Francisco anda empeñado en la canonización de aquel abulense de Madrigal de las Altas Torres, Vasco de Quiroga, que zarpó rumbo a las Indias para singlar una vida intensa dedicada a la construcción americana de la Utopía, pese a las tremendas dificultades, las trabas y los obstáculos de quienes allí llegaron sólo para enriquecerse a costa de las vidas humanas. Bien merece el reconocimiento.

Más recientemente, hace poco más de 120 años, un tal Paul Lafargue, también español, pero en este caso nacido en Cuba, ferviente difusor de las ideas de su suegro Carlos Marx, publicaba un folleto que se ha convertido en el segundo libro marxista más leído, tan sólo por detrás del Manifiesto Comunista, al que dio el provocador título de El Derecho a la Pereza.

Paul Lafargue ha envejecido bien. Tal vez porque era un amante de la vida y encontró en Laura Marx el amor de su vida. Me parece que, cuando menos, dos de sus planteamientos conservan una tremenda modernidad. El primero el derecho a la vida, que no sería tal sin poder elegir el momento de la muerte. Una decisión que adoptaron ambos cuando consideraron que su tiempo ya sólo podía depararles un deterioro irreparable.

Antes, en todo caso, de que la vejez les arrebatase los placeres y alegrías de la vida, les despojase de las fuerzas físicas e intelectuales. Antes de ver paralizada su energía y resquebrajada su voluntad, convertidos en una carga para ellos mismos y los demás. No consideraban su elección como obligación para nadie más. Pero ejercieron su derecho a la eutanasia, con una tremenda serenidad, en su casita de Davreil, cerca de París, junto al Sena, después de ir al cine, pasear por el pueblo, tomar un helado.

El segundo planteamiento, que me parece extraordinariamente vigente y moderno es el de la reducción del tiempo de trabajo. En su Derecho a la Pereza, aboga por establecer jornadas laborales de tres horas diarias, mejorando el poder adquisitivo de la clase trabajadora.

Reducir las jornadas y subir los salarios. Medidas justificadas en el avance del maquinismo, que no puede convertirse en pretexto para el empobrecimiento y el desempleo de la clase trabajadora, sino, muy al contrario, para trabajar menos y dedicar más tiempo a la creatividad y al ejercicio físico e intelectual.

Las revoluciones industriales y tecnológicas del pasado permitían sustituir trabajo manual, rutinario y poco especializado. Tras cada una de esas transformaciones del trabajo, se abrían nuevos espacios laborales, nuevas ocupaciones..

Hoy, sin embargo, las máquinas, los robots, pueden realizar tareas complejas. Desde operaciones quirúrgicas, hasta análisis financieros, inversiones, o conducción de vehículos. Pueden gestionar sistemas complejos de transporte, distribución, producción.

La tecnología destruye empleos y va creando otros que ni se nos habrían ocurrido hace pocos años, como analistas web, o especialistas en big data. Traerá beneficios y perjuicios difíciles de adivinar en este momento en que determinadas innovaciones se están produciendo.

La tecnología transformará nuestros empleos, sus funciones, sus modelos. Pero dependerá de nosotros mismos, de nuestras políticas, nuestros políticos, de nuestra voluntad, de nuestras demandas sociales, que esas transformaciones se traduzcan en reducción del tiempo de trabajo y recursos suficientes para asegurar una vida digna, o permitir y aceptar una dualidad, una polarización, una desigualdad cada vez mayores entre quienes acceden a empleos cualificados y bien remunerados y aquellos otros que tienen que conformarse con trabajos poco especializados, mal pagados y vidas en precario.

Es uno de los mayores retos que tenemos por delante. No es la economía la que debe decidir las respuestas, sino las sociedades y la política democrática quienes tenemos que decidir qué trabajo queremos tener y en qué tipo de sociedad queremos vivir. De la misma forma que un día conseguimos abolir la esclavitud y otro decidimos combatir el trabajo infantil, nada está escrito de antemano. Nada nos fue nunca regalado. Aún en la peores condiciones, somos los dueños de nuestro destino.


Os engañan, hijo, siempre os engañan

diciembre 3, 2018

Casi cada día iba a ver a mi madre. Desde hacía más de cuarenta y cinco años vivía en un pequeño piso del barrio de Villaverde, uno de esos lugares que han quedado como anclados en el tiempo. Ha cambiado el perfil de sus habitantes, pero social y económicamente, quienes siguen viviendo allí, quienes vivimos hace años, o aquellos que han ido llegando desde los más diversos rincones del mundo, llevamos grabada a fuego la marca de los Nadie.

Pero bueno, vamos a lo que vamos. En una de aquellas idas y venidas, en uno de aquellos paseos por el barrio, o en el pequeño salón de su casa (ya no lo recuerdo), comentando alguno de los jaleos en los que me he visto embarcado a lo largo de mi vida, a costa de los cargos que me ha tocado asumir en el sindicalismo madrileño y español, mi madre me espetó a bocajarro, sin alzar un ápice su tono de voz, Os engañan, hijo, siempre os engañan.

En aquellos tiempos no presté mucha atención, aunque la frase se me quedó dentro, como esperando mejor momento para retornar, tal vez cuando los signos de los tiempos lo hicieran posible. Cuando ahora contemplo, con más calma, los avatares de la política y de la vida nacional, no puedo dejar de recordar aquellas palabras que tenían algo de premonitorias y proféticas.

Claro que creo que han tenido sentido cada una de las batallas en las que me he visto involucrado. Desde las primeras huelgas democráticas del profesorado, hasta la defensa de los trabajadores de SINTEL. Desde las manifestaciones contra los atentados terroristas, ya fueran islamistas como el 11-M, o etarras como en la T-4 de Barajas, hasta la defensa de las trabajadoras y trabajadores del hospital Severo Ochoa de Leganés, de SOS-Cuétara, Pan Rico, o Coca-Cola en Lucha frente a las imposiciones injustas irracionales de la multinacional.

Claro que han servido de algo, aunque sólo sea para mantener la cabeza alta y la dignidad con pocos rasguños. Sin embargo compruebo, con cierto desaliento, la persistencia obstinada de aquellos que convierten su amor al dinero y al poder en la base rudimentaria, pero vigorosa, de su existencia. Y, si para ello hay que cambiar las leyes, reinterpretarlas, soslayarlas, o directamente torcerlas, pues se hace.

Son estos personajes, los que deciden que la ley general se transforme en doctrina Botín, o en doctrina Casado, o que una sentencia se cambie si no gusta a quien tiene que gustar. Son quienes hacen que cada día consideremos con más fundamento y justificación que existen dos clases de justicia y la nuestra no es justicia.

Cuando conocimos la sentencia del Supremo sobre los gastos e impuestos de las hipotecas, pudimos creer, durante unas horas, que la justicia había decidido inclinar la balanza hacia la ciudadanía, el común de los mortales. Pero era fácil intuir que cuando la bolsa cae, las cosas no van a ser tan sencilla. Los banqueros no podían tolerar los efectos de la sentencia sobre sus beneficios. Aspiraban, al menos, a que el Supremo dictaminara que la sentencia no fuera retroactiva. Ya puestos a prestar servicios a la comunidad, a su comunidad, el Supremo ha tomado la perturbadora decisión de que pague el cliente.

Ha tenido que ser el Gobierno el que, vía decreto, haya revisado de hecho la sentencia, obligando a la banca a pagar los impuestos hipotecarios, eso sí, sin retroactividad.  Nadie asegura, sin embargo, que esos mismos gastos no terminen siendo repercutidos sobre el cliente, de una o de otra manera.

La respuesta del Presidente del Gobierno ante la pregunta, ¿Qué ocurrirá si los bancos encarecen las hipotecas a cambio de tener que asumir el impuesto?, es reveladora y elocuente. Cree el Presidente que no lo harán, que espera que no. Que cree que el mercado hipotecario es bastante competitivo, porque estamos dentro de la Unión Europea. Para terminar apelando a la responsabilidad del sector financiero.

Yo que el Presidente no confiaría en la competitividad de un sistema bancario acostumbrado a disfrutar de protección, por mucho que formemos parte de la Unión Europea. En cuanto a esperar que un gato no cace ratones tampoco parece muy recomendable. Y suena ingenuo y hasta imprudente, apelar a la responsabilidad de quienes alimentaron con sus prácticas una burbuja financiera que ha arrastrado a la economía española a una crisis que dura ya diez años. Porque de la recesión hemos salido, pero la crisis se ha quedado a vivir entre nosotros.

Así pues, al cabo de los años, no le faltaba razón a mi madre, cuando pensaba que hasta cuando creemos que hemos ganado, no debemos descuidarnos, porque nos engañan, siempre nos engañan. Nuestros mayores lo han vivido todo y saben mucho de estas cosas.


Del Instituto Escuela a Isabel la Católica

noviembre 18, 2018

Vivimos en un país en el que sigue imperando el sentido trágico de la vida. Campa a sus anchas el instinto sangriento de la fiesta, mientras escasea el tacto y buen gusto para el espectáculo. Tal vez en cosas así, resida nuestra facilidad innata para pasar las páginas de nuestra historia, sin haberlas leído y aún a costa de repetirla.

Cualquier país celebraría con orgullo, algunos acontecimientos como el centenario de la fundación del Instituto-Escuela. La memoria de un tiempo en el que un puñado de iluminados intentó la modernización de España, haciendo frente a los males seculares que la atenazaban. Unos males que se resumían en unas cuantas cuestiones: la cuestión religiosa, la imperial, la social, la militar, sin olvidar, otras como la cuestión agraria.

Aquellos visionarios se aglutinaron en torno a la figura de Francisco Giner de los Ríos, un catedrático expulsado de la universidad, por solidarizarse con otros catedráticos como Nicolás Salmerón, depurados por un ministro de educación, cuyo nombre no merece emborronar estas páginas, en pié de guerra isabelina contra la libertad de cátedra.

De nada sirvió el subsiguiente Sexenio Democrático, o Revolucionario, (al gusto del lector lo dejo) con su Revolución Gloriosa del 68 y su Primera República de bandera rojigualda. Al final volvieron nuevas generaciones de Borbones, idénticos gobiernos conservadores y el mismo ministro de educación, con sus mismas obsesiones contra la libertad de cátedra y sus mismas depuraciones universitarias de los mismos catedráticos. Venga pasar páginas, para volver siempre al principio.

Creían aquellos soñadores de utopías que la educación podría abrir las puertas de las grandes transformaciones, crear un proceso imparable que nos condujera hacia Europa. Se lanzaron  a una actividad frenética. Fundaron la Institución Libre de Enseñanza y, en torno a ella, crearon el Museo Pedagógico Nacional, dirigido por Bartolomé Cossío y Lorenzo Luzuriaga; la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, al frente de la cual situaron a Santiago Ramón y Cajal; la Residencia de Estudiantes con Alberto Jiménez Faud; la Residencia de Señoritas dirigida por María de Maeztu; el Centro de Estudios Históricos, al frente del cual colocan a Menéndez Pidal y a Américo Castro, o el Instituto Nacional de Ciencias Físico Naturales, en torno al cual se aglutinaban el Museo de Ciencias Naturales, el Jardín Botánico, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas y, en algún momento hasta las estaciones marinas de Santander, o Baleares.

Murió Giner y el impulso creador siguió adelante, con las Misiones Pedagógicas, las Colonias Escolares. En 1918, bajo la presidencia de Santiago Ramón y Cajal, la Junta de Ampliación de Estudios, en su empeño de modernizar la enseñanza secundaria, crea el Instituto Escuela, que tendrá dos secciones. Una en pabellones de la Residencia de Estudiantes, donde luego estará el Instituto Ramiro de Maeztu y otra junto a las tapias del Retiro, en lo que, durante el franquismo, será renombrado como Instituto Femenino Isabel la Católica.

Para empezar, encargaron el proyecto del edificio a un arquitecto experimentado en construcciones escolares, el sevillano Francisco Javier Luque y López, de cuya mano salieron también los planos de la Catedral de María Inmaculada de Vitoria, donde vivió unos años, del Colegio de Jesús y María, el Instituto Geológico y Minero, la Residencia de Estudiantes, la culminación de la fachada de la Catedral de Sevilla, o la culminación del edificio del propio Ministerio de Educación, cuyo primer desarrollo planificó Velázquez Bosco.

En 1928 se inauguraba el edificio del Retiro. Hagamos el ejercicio de imaginar lo que significaba para los institucionistas modernizar la enseñanza española, comenzando por promover una educación participativa que fomentaba la iniciativa, la experimentación y la cooperación. Imaginarlos paseando por el Retiro, sentados junto al Palacio de Cristal, admirando el Observatorio Astronómico, leyendo libros en su bien nutrida biblioteca, manejando tubos de ensayo en el laboratorio, saliendo de excursión al campo, haciendo deporte, o representando obras teatrales.

De allí salieron los maestros y maestras que se dispersaron por España haciendo esas mismas cosas, que viajaron al extranjero para aprender qué se cocía por otros mundos. En sus aulas se forjaron quienes luego investigarían,  proyectarían edificios, colegios, universidades; representarían obras teatrales en La Barraca de García Lorca, escribirían poesía, novelas. Preocupados por vivir, ser buenos, los mejores, en lo suyo, servir a su pueblo, ser libres y no por enriquecerse. Pocas veces ha visto este país un esfuerzo tan impresionante como el desplegado por este puñado de mujeres y hombres, que amaban a su tierra y a sus gentes, como pocas personas lo han hecho.

Desde allí partieron a una guerra que, cualquiera que fuera su bando, sabían perdida. Y lo pagaron, todas, todos, con un exilio exterior que recuerda María Teresa León, Nosotros hemos ido perdiendo siempre nuestras eternidades, dejándolas atrás a lo largo de nuestra vida. Un destino no menos trágico que el de quienes, en el exilio interior, conservaron la eternidad de los cementerios y las fosas comunes.

La Residencia de Estudiantes, el Instituto Isabel La Católica, siguen ahí. Conservan una parte importante de lo que un día fueron. Una exposición, un documental y un puñado de necesarios actos, que se han organizado con motivo del Centenario del Instituto-Escuela, deberían ser parte de un reconocimiento mucho más amplio de toda la sociedad, a quienes un día nos quisieron libres, iguales, decentes y pensaron que en la cultura y la educación teníamos una oportunidad para reconstruir nuestros comienzos.