Formación Profesional y nuevo gobierno

agosto 14, 2018

Acaba de presentar Pedro Sánchez su programa de gobierno ante el Congreso de los diputados. Hora y media de discurso en el que ha trazado las prioridades de la acción política durante los próximos años, si nada lo impide. Los medios se han fijado, sobre todo, en temas como las amnistías fiscales, la exhumación de los restos del dictador Franco, el Plan de Choque contra la Explotación Laboral, o la nueva senda del déficit que beneficiará a las Comunidades Autónomas.

Menos incidencia mediática ha tenido una noticia importante para los trabajadores y trabajadoras, como la derogación de ese artículo 315.3 del Código Penal, que ha producido cientos de encausamientos ante los tribunales y condenas injustas para quienes, participando en una huelga, han sido acusados de impedir el derecho al trabajo, lo cual suena a patético en un país que impide el derecho al trabajo, con y sin huelga, de millones de sus ciudadanos y ciudadanas, sometidos a largas condenas de paro.

Tampoco han tenido gran relevancia las palabras que Sánchez dedicó a la Formación Profesional. Todo el mundo habla del futuro que ha de venir de la mano de la formación, pero son muy pocos los que luego llevan a la práctica esas consideraciones enunciadas como mantras, cantinelas entonadas cuando no se sabe qué otra cosa decir.

Sánchez ha declarado que la Formación Profesional debe tener un protagonismo fundamental, tanto como para estar presente en la denominación del nuevo Ministerio de Educación. Nos propone, además, tres prioridades: La primera, integrar en un catálogo único cursos, módulos y ciclos formativos de los dos subsistemas de Formación Profesional (el dependiente del Ministerio de Empleo y el del Ministerio de Educación), bajo un mismo currículo. La segunda, regular de una vez por todas, la Formación Profesional Dual. Y la tercera, elaborar un mapa de oferta y demanda de Formación Profesional de grado medio y superior en la Comunidades Autónomas, así como las especialidades emergentes que plantea la nueva economía.

Como declaración de intenciones no está mal. Como comienzo de la andadura, tampoco. No puede haber dos Formaciones Profesionales, una a espaldas de la otra, para que dos ministerios como Empleo y Educación terminen haciendo cada uno la guerra por su cuenta. No podemos seguir llamando formación dual a las abundantes fórmulas estatales y autonómicas inconexas de explotación laboral juvenil, disfrazadas de formación con prácticas laborales. No podemos seguir asistiendo a una oferta caótica y siempre insuficiente de formación profesional que no cubre la demanda en aumento.

Vivimos en un país que ha despreciado la Formación Profesional hasta el punto de que tenemos niveles de formación universitaria iguales o superiores a los de la mayoría de los países de la Unión Europea, mientras que casi triplicamos los porcentajes de personas que han conseguido, como mucho, alcanzar la enseñanza obligatoria. En torno al 40 por ciento de los españoles se encuentra en esta situación.

Mientras tanto el nivel de matriculaciones de nuestros jóvenes en Formación Profesional se encuentra en el 12 por ciento, frente al 30 por ciento en la Unión Europea. Cada año, en Comunidades como Madrid, se llenan las plazas y se quedan miles de jóvenes sin poder acceder a la Formación Profesional que han solicitado.

El nivel de fraude en los famosos contratos de formación y de abusos en las prácticas no laborales, el aprendizaje y los becarios, es de sobra conocido. Los sindicatos lo han denunciado constantemente,  pero sigue siendo tolerado. El Estatuto del Becario que anuncia Sánchez, debe verse acompañado del Estatuto del Aprendiz que reclama la Unión Europea, para evitar la arbitrariedad y el abuso permanente contra nuestra juventud.

Afrontar el impulso necesario de la Formación Profesional en España va a exigir algo más que declaraciones de intenciones, cambiar el nombre de un ministerio,o acometer campañas promocionales. Va a requerir mucho tacto, mucha negociación y la firme decisión de remover intereses creados entre Ministerios, Comunidades Autónomas, agentes económicos y sociales y centros de formación de todo tipo.

Sin embargo merece la pena hacer frente al desafío, e intentar una regulación clara de la Formación Profesional, al servicio de un modelo de empleo estable y con derechos, reformando un sistema que, sin abandonar su componente educativo y la defensa del derecho personal a una formación a lo largo de toda la vida, se vincule con las necesidades económicas y sociales de un nuevo modelo productivo que ponga a los trabajadores y trabajadoras en el centro del futuro de los proyectos empresariales.

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La educación de los hijos y las hijas

julio 18, 2018

Estamos acabando el curso escolar. Las alumnas y los alumnos ya no van a clase. El profesorado termina sus tareas administrativas y organizativas. En el caso de Madrid, uno de los finales de curso más caóticos a los que hayamos asistido, gracias a la ocurrencia de trasladar los exámenes de septiembre al mes de junio.

Las evaluaciones finales habían acabado a finales de mayo. Las notas estaban entregadas a principios de junio y, luego, las ampliaciones de estudios y las recuperaciones se han convertido en un caos organizativo en el que la falta de instrucciones claras de una Consejería de Educación errática, ha producido un desconcierto generalizado en la chavalería y en los claustros.

De otra parte, el cambio de gobierno hace concebir alguna esperanza de que los males tradicionales de la educación española comiencen a tener algún viso de solución. Tras cuarenta años de desarrollo constitucional va siendo hora de intentar un Pacto Educativo que corrija las desigualdades alarmantes entre regiones y entre clases sociales.

Todo el sistema educativo ha sufrido los recortes impuestos por la derecha gobernante durante la crisis, pero al salir de la recesión nos encontramos el panorama desolador de una enseñanza pública que ha sufrido una dentellada que la desangra, haciendo cada vez más evidente la pérdida de igualdad de oportunidades.

Ha cambiado el gobierno y algunos asuntos que fueron noticia han dejado  de serlo. Sin embargo yo le sigo dando vueltas, a las justificaciones esgrimidas por la pareja de líderes podemitas para comprar un chalet en la Sierra de Madrid, allá por Galapagar.

Aunque ya no sea noticia, o precísamente por ello, he llegado a la tardía conclusión de que, sinceramente, pueden comprar lo que quieran, donde quieran y cuando quieran. Si por allí viven varios de sus amigos, pretenden así evitar la presión de los paparazzi, sus ingresos se lo permiten, respiran aire limpio, tienen cerca un colegio que responda a sus ideas educativas y creen además que así ganarán en intimidad, pues adelante. A fin de cuentas es lo que quisiera poder hacer cualquier pareja joven y hasta yo mismo siento cierta envidia, más o menos sana.

El problema viene de la batería argumental que incorpora, entre los motivos de la compra, a los ya famosos “mellizos” que vienen de camino. Vincular la compra de la casa con la intimidad en la educación de los hijos, con que pasen tiempo con sus amigos que viven cerca y con que “puedan vivir su infancia de la forma más normal posible” es legítimo, pero en esto yo soy más de la opinión de Kichi, el alcalde de Cádiz, No quiero dejar de vivir, ni criar a mis hijos en un piso de currante (…) que ya es bastante privilegio vivir en la Viña, en Cádiz y con Teresa Rodríguez.

Tal vez porque Kichi es profesor, licenciado en Geografía e Historia, e hijo de criada, como yo. O tal vez porque me forjé como maestro aprendiendo de gentes como aquel cura italiano, Lorenzo Milani, cuyos alumnos escribieron en su libro colectivo Carta a una Maestra, La escuela a pleno tiempo supone una familia que no estorbe. Por ejemplo, la de los maestros, marido y mujer, que tuvieran dentro de la escuela una casa abierta a todos y sin horario. Gandhi lo hizo. Y mezcló a sus hijos con los demás al precio de verlos crecer muy diferentes a él. ¿Os atrevéis?

Salvadas las distancias culturales e históricas y cambiando la referencia a los  maestros por los políticos, el mensaje sigue teniendo plena vigencia. Y no supone querer un ápice menos a tus propios hijos e hijas, que lejos de estorbar, enriquecen tu vida.

Elegir el magisterio, la política, el sindicalismo, la sanidad, el trabajo social, es lo que tiene. Algunas de las más dignas ocupaciones que puede escoger un ser humano. Son muy gratificantes, pero exigen renuncia al egoísmo y compromiso con la solidaridad y la igualdad a prueba de bombas.

No siempre es posible, no siempre acertamos, pero como bien recordaba Kichi, en su ya famosa carta de respuesta a las críticas vertidas contra sus opiniones, la gente nos podrá perdonar casi todo, pero no que nos equivoquemos de bando. En el voto a la derecha se presupone egoísmo, en el de izquierdas, una apuesta por la solidaridad y la igualdad.


Porteadores de la modernidad

julio 18, 2018

Son tantos los cambios que se producen en nuestras vidas cotidianas, tan acelerados, inmediatos, imperceptibles, o impactantes, que tendemos a aceptarlos sin crítica alguna, sin oponer objeciones, como inevitables y hasta necesarios.

He caído en la cuenta, como quien cae de un guindo, de la cantidad de vehículos motorizados o de tracción animal, por más que el animal en cuestión sea racional, que circulan por nuestras calles acarreando productos de todo tipo.

Compras de supermercado, comidas de restaurantes, pizzas, hamburguesas, productos variados y selectos, son entregados a domicilio por unos modernos porteadores que conducen bicicletas y motos tuneadas, o a las que se han incorporado todo tipo de modelos estrafalarios de cajones para el transporte de productos perecederos, o no. Eso ya es lo de menos.

A pleno sol, o diluviando, mañana, tarde y noche, haga frío, o se frían huevos sobre el asfalto, hemos aceptado la imagen conmovedora de jóvenes y no tan jóvenes, mujeres y hombres, más o menos uniformados, llamando a los porteros automáticos para hacer entrega de bienes de todo tipo. Ahí quedan sus vehículos, aparcados frente a la puerta. Un perro llega, olisquea, marca su terreno sobre el carruaje, para que su imperio se expanda por toda la ciudad, sembrando la envidia de otros canes propios y extraños.

Un buen día leo que algunos de estos porteadores que se adentran en la selva urbana acarreando todo tipo de bultos, han denunciado a su empresa, que tal vez se defina a sí misma como una empresa colaboradora, por contratarles como autónomos y no como asalariados. La diferencia entre lo uno y lo otro es sustancial y no sólo en salario, sino en propiedad de los medios de producción, en seguridad social, condiciones de trabajo, vacaciones, o derecho a paro y a una futura pensión.

Los jueces no lo han dudado. Eso no es ser autónomo, sino falso autónomo. Con lo cual la exitosa empresa se ha visto obligada a contratar laboralmente a los porteadores y dejar de utilizar la contratación mercantil entre empresas. Es buena noticia, pero hablamos de una entre cientos de empresas que hacen negocio de esta forma, aprovechando las necesidades de empleo y de ganar algún dinero, aunque sea sometiéndose a fórmulas de moderna esclavitud.

Porque una cosa es el libre mercado y la libre competencia y otra, muy distinta, el pelotazo del negocio de la nueva economía a costa de aprovechar las necesidades y la inexistencia de reglas del juego claras. Para cuando estas regulaciones llegan, los emprendedores inasequibles al desaliento, huyen porque ya han encontrado una nueva fuente de negocio con la que hacer dinero utilizando nuevas remesas de manos porteadoras. Lo llaman modernidad.


Caos en el final de curso

julio 18, 2018

Cuando no son pitos, son flautas. El final de curso madrileño viene marcado este año por el desorden administrativo y el caos educativo. Y no por culpa de los profesionales de la educación, ni a causa del alumnado y sus familias, sino por los problemas derivados de la decisión de adelantar los exámenes de septiembre a finales de junio.

No entraré en valorar lo idóneo, o no, de la medida. Es verdad que hay quien dice que, en la mayoría de las ocasiones, la oportunidad de estudiar las asignaturas suspendidas durante los meses de verano, acaba en un nuevo fracaso. Hay quien opina lo contrario y también quien explica que hay países en los que no existen estas pruebas extraordinarias de recuperación.

Sea como fuere, los cambios hay que prepararlos, acordarlos, organizarlos, con tiempo y no ser fruto de la ocurrencia e improvisación. La orden que regula el calendario escolar y que incorpora estos exámenes extraordinarios de recuperación en junio no ha sido fruto del acuerdo y el consenso en la comunidad educativa. De hecho sólo la lentitud de la justicia ha impedido que haya ya una decisión judicial ante el recurso interpuesto por la Federación de Enseñanza de CCOO ante los tribunales, tras oponerse al calendario en el Consejo Escolar.

Ha llegado el final de curso y los centros educativos se enfrentan al cumplimiento de la decisión, sin que nadie haya dictado instrucciones sobre cómo organizar los horarios, exámenes, actividad educativa,  durante este periodo. Se han adelantado las evaluaciones finales y ahora es responsabilidad de los centros qué hacer con las alumnas y alumnos hasta el 21 de junio.

Quienes han aprobado se supone que van a “ampliar” estudios y quienes han suspendido parece que van a realizar “repasos” acelerados de las asignaturas. Pero las profesoras y profesores son los mismos y no pueden desdoblarse. O triplicarse, en el caso de que, además, tengan que formar parte de los tribunales de la EVAU (eufemismo de la tradicional selectividad) para quienes quieren entrar en la Universidad el próximo curso y hasta participar en los tribunales de oposición convocados de urgencia y a última hora.

Para colmo, las alumnas y alumnos que han aprobado saben que hay que ir a clase, pero con la sensación de que si hay que ir se va, pero ir para nada. No son pocas las faltas no justificadas y el aumento de las justificadas. Algo impensable en cualquier final de curso anterior.

El desconcierto de las familias también es absoluto, ante las quejas de unos hijos que madrugan para echar la mañana en actividades que se denominan “repasos” para quien ha suspendido y “ampliación” para quien ha aprobado, pero que consisten en rellenar fichas, ver películas y otras actividades similares.

El profesorado hace lo que puede. Tienen unos horarios y unas funciones firmados desde el inicio de curso y ahora se encuentran con la misión imposible de reorganizar este periodo lectivo sin normas e instrucciones claras. La administración lanza consignas a los centros, instrucciones informales y deja en los equipos directivos la responsabilidad sobre cualquier irregularidad, o problema que pueda producirse.

Una reorganización que no ha sido firmada desde el inicio del curso por el profesorado. Ni ha sido informada por el Claustro, o por el Consejo Escolar. Tampoco hay informe de la inspección educativa y, por supuesto, sin que las direcciones territoriales de Educación hayan dado la aprobación correspondiente. Un búscate la vida y si hay problemas te la buscas también.

Me parece que las personas que ejercen como profesores y profesoras en los centros educativos y quienes ejercen de padres y madres en las familias, merecen un poco más de respeto. Y las personas en formación, no por menores de edad menos personas, también tienen derecho a un escenario educativo claro, conocido y en el que sepan qué deberes y qué derechos les asisten desde el primero al último día del curso, sin periodos como éste, en los que, tras recibir las notas, no saben muy bien de qué va esto de terminar bien el curso.

Lo triste es que nadie saldrá a dar explicaciones, ni a pedir perdón, ni a asumir responsabilidades, ni a dictar instrucciones claras. Porque en este país, todo parece ir de anuncios, inauguraciones, mayorías y minorías, publicidad y propaganda. Lo de organizar, gobernar, solucionar problemas reales, eso… Eso, bueno, ya es otro cantar.


Las gafas de ver españoles

junio 3, 2018

El pequeño Cole, protagonista de El Sexto Sentido, declara en la película, En ocasiones veo muertos. Nunca hemos podido determinar, a ciencia cierta, que el niño supiera, desde el principio de la película, que también Malcom, el prestigioso psicólogo que trata su problema, encarnado por Bruce Willis, estaba también muerto.

Este tipo de situaciones, controversias y dudas, sólo se pueden dar en Estados Unidos. Cosas de Hollywood y sus películas. En España no pasan estas cosas. Somos un país de certezas absolutas, que cambian constantemente, pero que son absolutas mientras duran. Certezas que son fruto de nuestro carácter emprendedor, innovador y descubridor.

Una de esas grandes certezas, nos ha sido revelada por Albert Rivera, este fin de semana, durante la presentación de su proyecto electoral España Ciudadana. Nos ha desvelado el secreto de su película, que no es otro que haber emprendido, innovado y descubierto las gafas de la España Ciudadana.

Gracias a ellas, donde yo veo una señora mayor abandonada a su suerte, Albert puede ver un español. Y donde veo un chaval fracasado en los estudios, que ha abandonado el sistema educativo, él consigue ver un español. Donde cualquier ciudadano ve una persona parada, o dependiente, o con una pensión de miseria, o una niña sin escuela infantil, o directamente con hambre, las milagrosas gafas permiten ver a Rivera españoles, iguales, indefinidos, indiferenciados.

Ya no hay ricos y pobres. No hay trabajadores y empresarios. No hay religiosos y ateos. No hay corruptos y personas que viven gracias a su esfuerzo. No hay mujeres y hombres. Las gafas nos hacen iguales. Españoles, compatriotas, libres, iguales. El mensaje es sencillo, hasta simplón, pero muy efectivo.

Quien hasta hace poco denunciaba que el nacionalismo y el populismo eran lo peor de lo peor, ha evolucionado hacia un nacionalismo duro y un populismo  rampante, pero con gancho. Desde que Goebbels enunciara sus famosos 11 principios de la propaganda, los políticos dictatoriales de todo signo y no pocos políticos triunfantes en países democráticos, los han aplicado con diligencia.

Pocas ideas, repetidas hasta la saciedad, cuanto más simples mejor. Vale mentir, cuantas más veces lo hagas mejor, miente siempre, al final parecerá verdad. Búscate un enemigo que cargue con tus errores, céntrate en cargarle todos los males y problemas. Habla para los más tontos, populariza tus ideas, multiplícalas, airéalas desde todos los medios posibles. Somos nacionales, porque hay otros que no lo son. Identifícalos, individualízalos, apártalos, elimínalos.

Banderas, muchas banderas, aunque sean de plástico y una musa, una Marilyn esteparia, una diosa rubia que desciende sobre el escenario desde su monte olímpico allá en Miami, donde ha dado a luz un himno guerrero que agradezca a Dios haber nacido aquí. Un canto orgulloso, sin complejos, sin perdones, lleno de rojos, amarillos, rayos de sol.

Y yo, que siempre he preferido la ancestral denominación de las Españas. Que prefiero definir las patrias por los derechos de ciudadanía que amparan a sus habitantes, más que por las banderas que lucen en los edificios y los himnos que se acometen en los desfiles. Que he creído que ser iguales, siendo tan distintos, sólo es posible si quienes menos tienen y menos pueden, reciben más que quienes menos lo necesitan. Yo, empiezo a tener miedo.

El miedo ancestral de cuantos, a lo largo de nuestra historia, han pagado con sufrimiento, dolor, miedo y, no pocas veces, con sangre, el peso de una uniformidad impuesta, una bandera triunfante sobre otras banderas, unos himnos que ahogaban todos los cánticos, en lugar de invitar a la fiesta.

Si la respuesta al nacionalismo rampante, secesionista y segregacionista de Quim Torra, es el nacionalismo casposo, patriotero y también supremacista de Albert Rivera, mucho me temo que habrá que volver a Gabriel Aresti, el poeta vasco, citado por el propio Rey en su primer discurso, para recordar que Sólo es español quien sabe/ las cuatro lenguas de España.

Menos alimentar los bajos instintos y las letras ramplonas y sensibleras en nuestros himnos. Menos gafas trucadas para ver “españoles” y más estudiar idiomas patrios, para que podamos entendernos.


El papel de lo público en la Formación para el Empleo

mayo 28, 2018

Mi experiencia en materia de formación para el empleo es limitada y se encuentra muy condicionada por la crisis económica y los efectos de las políticas de recortes aplicadas por el gobierno. Pero, a base de darle algunas vueltas al asunto de la formación de los trabajadores y trabajadoras en nuestro país, he llegado a la conclusión de que uno de los problemas de la Formación para el Empleo reside en que, desde sus comienzos, fue concebida como un instrumento separado de la administración educativa y exclusivamente vinculada a las políticas de empleo.

Los centros de formación profesional, los centros de educación de las personas adultas, o las universidades, han pintado siempre muy poco, tendiendo a nada, en el subsistema de formación para el empleo, que ha creado sus propias redes de formación, de espaldas al sistema educativo.

La crisis ha supuesto un aumento del paro y, en consecuencia, un deterioro brutal de los recursos dedicados a Formación Profesional para el Empleo (que se nutre de la cuota de formación que pagan empresas y trabajadores), que ha obligado a revisar en profundidad el funcionamiento del subsistema. Sin embargo ,en las reformas sin consenso, hasta las mejores intenciones acaban diluidas. Termina por reorganizarse el negocio, sin aportar soluciones reales.

Cuando la crisis cede paso a la recuperación, el empleo crece, se recauda más cuota de formación, comprobamos que el sistema se ha reorganizado para establecer los nuevos cauces a través de los cuales unos recursos cada vez mayores, fluyen por nuevas vías… hacia los mismos bolsillos. Eso sí, con menos intermediarios.

A la manera más clásica y lampedusiana, todo ha cambiado para que nada cambie. La formación se hará en función de las necesidades de las empresas de formación y las administraciones competentes, con un peso ínfimo de las necesidades reales de empresas y trabajadores. Creo, sinceramente, que la crisis no ha supuesto una oportunidad para corregir en profundidad los males del sistema de formación permanente de trabajadores y trabajadoras en nuestro país.

Un buen ejemplo práctico es el fracaso de uno de los empeños sindicales, ante la reforma planteada por el gobierno, que consistió en abrir las puertas a una mayor participación de los centros educativos públicos en la formación de las personas trabajadoras, incluyendo reservas específicas de recursos para este tipo de centros y facilitando que los centros públicos sean considerados como proveedores directos de formación desde la propia administración.

Al final ni las Comunidades Autónomas, ni el Gobierno Central, han hecho gran cosa, salvo honrosas excepciones, como el caso de las Islas Baleares, por abrir  esta vía de participación de los centros públicos de formación, que permitiría enriquecer el conjunto del sistema y vincular más al Ministerio de Educación con eso que se denomina subsistema de Formación para el Empleo, dependiente, en exclusiva, del Ministerio de Empleo.

Un sistema que ha olvidado que la formación es un derecho personal a lo largo de toda la vida y, además, una necesidad para el futuro de las empresas. Tal vez si hubiéramos aprovechado la crisis para revisar en profundidad nuestro sistema productivo, tendríamos una oportunidad de detectar nuevas necesidades formativas. Desgraciadamente no ha sido así y Mariano Rajoy ha preferido esperar a que la marea creciente de la economía libere al barco varado.

El problema es que volvemos a la construcción y el turismo, como motores de la economía. Volvemos al endeudamiento de las familias, a los servicios inmobiliarios. A la hostelería, el comercio, la pizza, la hamburguesa y mucho amazon, mucho reparto a domicilio en bicicleta, llueva, nieve, o aunque el sol derrita las aceras.

Empleo precario, temporal, mal pagado, sin derechos y hasta sin contrato, que para eso se ha inventado un falso empleo autónomo. Se ha puesto en marcha un empleo de baja cualificación. Se han promocionado contratos de formación sin formación real. Becarios que terminarán pagando  por trabajar y aprender algo en una cocina.

Cuando yo era un niño había una serie televisiva de médicos que condujo a toda una generación a engrosar las listas del paro sanitario. Pronto nos sobrarán cocineros, cantantes y sastres, además de aspirantes a youtuber, probadores, o diseñadores, de videojuegos, diseñadores de robots.

Cando los gobiernos no gobiernan, no evalúan, analizan, proponen, negocian, empujan, o tiran del carro, el mundo sigue girando y el país continúa funcionando, pero la selva se adueña del paisaje urbano. Todo funciona, pero bajo la ley de la selva, que suele ser la ley del más fuerte.

Lo público, lo de todas y todos, también en la formación, tiene que recuperar su papel de gobierno, de facilitar la participación, de orientación, de hacer posible la igualdad de oportunidades y la libertad real de las personas.


Contratos de formación que no forman

mayo 3, 2018

En un intento del gobierno por salvar la imagen de desgobierno de la formación veo a la Ministra de Empleo presentar algunas medidas que aparecen en el Proyecto de  Presupuestos Generales del Estado que Montoro ha presentado en el Congreso.

Cuenta la ministra que quiere poner en marcha un Bono de Formación de 430 euros durante 18 meses para aquellos jóvenes que suscriban un contrato de formación y aprendizaje. No queda la cosa ahí. También piensa conceder una bonificación en las cuotas empresariales de 3.000 euros/año, durante 3 años, para aquellos empresarios que transformen en fijos estos contratos.

De nuevo me temo que estamos ante la política de reinaugurar, sin reflexionar sobre los problemas de los cimientos sobre los que se pretende construir. Se fomenta e incentiva económicamente, un contrato sobre el que pesan serias sospechas de ser tan sólo una fórmula de financiación del fraude y la precariedad laboral, con dinero de todas y todos.

El propio Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE) reconoce con sus datos que este contrato es utilizado en la mitad de los casos para formar camareros, peones, limpiadoras y dependientes de comercio. Un contrato que ha permitido durante los años de la crisis contratar a cientos de miles de jóvenes de forma barata, bonificada, precaria, sin compromiso alguno de estabilidad y con escasos, a veces nulos, niveles de formación.

Tan sólo cuando los sindicatos forzamos que se pusiera coto a abusos como el hecho de que la formación fuera inexistente en muchos casos, o se limitara a un sistema de cursillos a distancia, en el que te mandan unos materiales sin control de calidad y luego ya te apañas, hizo que algunos empresarios de pymes dejaran de ver negocio fácil y seguro en este tipo de contrato y su número se ha reducido desde casi 175.000 en 2014, hasta los menos de 50.000 en 2017.

Aquí hay una diferencia sustancial entre la pequeña empresa y la gran empresa. En el caso de las microempresas, son las asesorías, consultoras y gestorías que les llevan las cuentas, las nóminas, o los contratos, las que les aconsejan las fórmulas más baratas y precarias de contratación laboral y hasta les orientan en cómo suscribir un contrato de formación, con el mínimo compromiso de formación y el máximo beneficio de retorno económico. Negocio para la empresa, para la consultora y para las empresas de formación, que cobran por alumno “formado”. Todos ganan, menos el joven, o la joven, que trabaja en precario y sin formación que merezca tal nombre.

En el caso de grandes y medianas empresas, que cuentan con una política de personal y de cualificación propias, la situación es distinta y se pone más el acento en la formación que acompaña a este tipo de contratos y en terminar convirtiendo en personal fijo a algunos de estos jóvenes, al acabar el periodo de formación.

Así las cosas y aunque parezca una paradoja, el contrato de formación y aprendizaje consigue integrar más y mejor a nuestros jóvenes, cuantas menos bonificaciones y ayudas económicas recibe la empresa. Parece extraño, pero lo que ocurre realmente es que, cuando hay dinero de por medio, algunos empresarios usan y abusan de este contrato, obteniendo beneficios económicos de las ayudas y sin compromiso alguno de transformarlo en fijo. Sin embargo, con unas ayudas más ajustadas y requisitos formativos asegurados, es un contrato que se utiliza para formar y cualificar a las trabajadoras y trabajadores jóvenes que la empresa termina contratando de forma más estable.

Seguir insistiendo en inyectar dinero a esta modalidad de contrato, sin corregir sus problemas, sólo contribuye a  empeorar las cosas. Además, con una situación de ingresos insuficientes en la Seguridad Social, entre otras cosas por el empleo precario y temporal que se está creando, a causa de la reforma laboral, creo que no conviene seguir abusando de desgravaciones, bonificaciones y regalos fiscales a las empresas, a costa de bajar los ingresos de la Seguridad Social, tan necearios para el pago de las pensiones. Sobre todo cuando esas ayudas ni forman, ni crean  puestos de trabajo, ni estabilizan el empleo de nuestra juventud.

A estas cosas las llaman en el Gobierno Formación Dual, pero bien saben gobiernos como el de Alemania que esas políticas tienen poco de formación, ni de relación entre centros de formación y empresa. Habrá que seguir esperando tiempos de más sensatez y menos propaganda.