Las gafas de ver españoles

junio 3, 2018

El pequeño Cole, protagonista de El Sexto Sentido, declara en la película, En ocasiones veo muertos. Nunca hemos podido determinar, a ciencia cierta, que el niño supiera, desde el principio de la película, que también Malcom, el prestigioso psicólogo que trata su problema, encarnado por Bruce Willis, estaba también muerto.

Este tipo de situaciones, controversias y dudas, sólo se pueden dar en Estados Unidos. Cosas de Hollywood y sus películas. En España no pasan estas cosas. Somos un país de certezas absolutas, que cambian constantemente, pero que son absolutas mientras duran. Certezas que son fruto de nuestro carácter emprendedor, innovador y descubridor.

Una de esas grandes certezas, nos ha sido revelada por Albert Rivera, este fin de semana, durante la presentación de su proyecto electoral España Ciudadana. Nos ha desvelado el secreto de su película, que no es otro que haber emprendido, innovado y descubierto las gafas de la España Ciudadana.

Gracias a ellas, donde yo veo una señora mayor abandonada a su suerte, Albert puede ver un español. Y donde veo un chaval fracasado en los estudios, que ha abandonado el sistema educativo, él consigue ver un español. Donde cualquier ciudadano ve una persona parada, o dependiente, o con una pensión de miseria, o una niña sin escuela infantil, o directamente con hambre, las milagrosas gafas permiten ver a Rivera españoles, iguales, indefinidos, indiferenciados.

Ya no hay ricos y pobres. No hay trabajadores y empresarios. No hay religiosos y ateos. No hay corruptos y personas que viven gracias a su esfuerzo. No hay mujeres y hombres. Las gafas nos hacen iguales. Españoles, compatriotas, libres, iguales. El mensaje es sencillo, hasta simplón, pero muy efectivo.

Quien hasta hace poco denunciaba que el nacionalismo y el populismo eran lo peor de lo peor, ha evolucionado hacia un nacionalismo duro y un populismo  rampante, pero con gancho. Desde que Goebbels enunciara sus famosos 11 principios de la propaganda, los políticos dictatoriales de todo signo y no pocos políticos triunfantes en países democráticos, los han aplicado con diligencia.

Pocas ideas, repetidas hasta la saciedad, cuanto más simples mejor. Vale mentir, cuantas más veces lo hagas mejor, miente siempre, al final parecerá verdad. Búscate un enemigo que cargue con tus errores, céntrate en cargarle todos los males y problemas. Habla para los más tontos, populariza tus ideas, multiplícalas, airéalas desde todos los medios posibles. Somos nacionales, porque hay otros que no lo son. Identifícalos, individualízalos, apártalos, elimínalos.

Banderas, muchas banderas, aunque sean de plástico y una musa, una Marilyn esteparia, una diosa rubia que desciende sobre el escenario desde su monte olímpico allá en Miami, donde ha dado a luz un himno guerrero que agradezca a Dios haber nacido aquí. Un canto orgulloso, sin complejos, sin perdones, lleno de rojos, amarillos, rayos de sol.

Y yo, que siempre he preferido la ancestral denominación de las Españas. Que prefiero definir las patrias por los derechos de ciudadanía que amparan a sus habitantes, más que por las banderas que lucen en los edificios y los himnos que se acometen en los desfiles. Que he creído que ser iguales, siendo tan distintos, sólo es posible si quienes menos tienen y menos pueden, reciben más que quienes menos lo necesitan. Yo, empiezo a tener miedo.

El miedo ancestral de cuantos, a lo largo de nuestra historia, han pagado con sufrimiento, dolor, miedo y, no pocas veces, con sangre, el peso de una uniformidad impuesta, una bandera triunfante sobre otras banderas, unos himnos que ahogaban todos los cánticos, en lugar de invitar a la fiesta.

Si la respuesta al nacionalismo rampante, secesionista y segregacionista de Quim Torra, es el nacionalismo casposo, patriotero y también supremacista de Albert Rivera, mucho me temo que habrá que volver a Gabriel Aresti, el poeta vasco, citado por el propio Rey en su primer discurso, para recordar que Sólo es español quien sabe/ las cuatro lenguas de España.

Menos alimentar los bajos instintos y las letras ramplonas y sensibleras en nuestros himnos. Menos gafas trucadas para ver “españoles” y más estudiar idiomas patrios, para que podamos entendernos.

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El papel de lo público en la Formación para el Empleo

mayo 28, 2018

Mi experiencia en materia de formación para el empleo es limitada y se encuentra muy condicionada por la crisis económica y los efectos de las políticas de recortes aplicadas por el gobierno. Pero, a base de darle algunas vueltas al asunto de la formación de los trabajadores y trabajadoras en nuestro país, he llegado a la conclusión de que uno de los problemas de la Formación para el Empleo reside en que, desde sus comienzos, fue concebida como un instrumento separado de la administración educativa y exclusivamente vinculada a las políticas de empleo.

Los centros de formación profesional, los centros de educación de las personas adultas, o las universidades, han pintado siempre muy poco, tendiendo a nada, en el subsistema de formación para el empleo, que ha creado sus propias redes de formación, de espaldas al sistema educativo.

La crisis ha supuesto un aumento del paro y, en consecuencia, un deterioro brutal de los recursos dedicados a Formación Profesional para el Empleo (que se nutre de la cuota de formación que pagan empresas y trabajadores), que ha obligado a revisar en profundidad el funcionamiento del subsistema. Sin embargo ,en las reformas sin consenso, hasta las mejores intenciones acaban diluidas. Termina por reorganizarse el negocio, sin aportar soluciones reales.

Cuando la crisis cede paso a la recuperación, el empleo crece, se recauda más cuota de formación, comprobamos que el sistema se ha reorganizado para establecer los nuevos cauces a través de los cuales unos recursos cada vez mayores, fluyen por nuevas vías… hacia los mismos bolsillos. Eso sí, con menos intermediarios.

A la manera más clásica y lampedusiana, todo ha cambiado para que nada cambie. La formación se hará en función de las necesidades de las empresas de formación y las administraciones competentes, con un peso ínfimo de las necesidades reales de empresas y trabajadores. Creo, sinceramente, que la crisis no ha supuesto una oportunidad para corregir en profundidad los males del sistema de formación permanente de trabajadores y trabajadoras en nuestro país.

Un buen ejemplo práctico es el fracaso de uno de los empeños sindicales, ante la reforma planteada por el gobierno, que consistió en abrir las puertas a una mayor participación de los centros educativos públicos en la formación de las personas trabajadoras, incluyendo reservas específicas de recursos para este tipo de centros y facilitando que los centros públicos sean considerados como proveedores directos de formación desde la propia administración.

Al final ni las Comunidades Autónomas, ni el Gobierno Central, han hecho gran cosa, salvo honrosas excepciones, como el caso de las Islas Baleares, por abrir  esta vía de participación de los centros públicos de formación, que permitiría enriquecer el conjunto del sistema y vincular más al Ministerio de Educación con eso que se denomina subsistema de Formación para el Empleo, dependiente, en exclusiva, del Ministerio de Empleo.

Un sistema que ha olvidado que la formación es un derecho personal a lo largo de toda la vida y, además, una necesidad para el futuro de las empresas. Tal vez si hubiéramos aprovechado la crisis para revisar en profundidad nuestro sistema productivo, tendríamos una oportunidad de detectar nuevas necesidades formativas. Desgraciadamente no ha sido así y Mariano Rajoy ha preferido esperar a que la marea creciente de la economía libere al barco varado.

El problema es que volvemos a la construcción y el turismo, como motores de la economía. Volvemos al endeudamiento de las familias, a los servicios inmobiliarios. A la hostelería, el comercio, la pizza, la hamburguesa y mucho amazon, mucho reparto a domicilio en bicicleta, llueva, nieve, o aunque el sol derrita las aceras.

Empleo precario, temporal, mal pagado, sin derechos y hasta sin contrato, que para eso se ha inventado un falso empleo autónomo. Se ha puesto en marcha un empleo de baja cualificación. Se han promocionado contratos de formación sin formación real. Becarios que terminarán pagando  por trabajar y aprender algo en una cocina.

Cuando yo era un niño había una serie televisiva de médicos que condujo a toda una generación a engrosar las listas del paro sanitario. Pronto nos sobrarán cocineros, cantantes y sastres, además de aspirantes a youtuber, probadores, o diseñadores, de videojuegos, diseñadores de robots.

Cando los gobiernos no gobiernan, no evalúan, analizan, proponen, negocian, empujan, o tiran del carro, el mundo sigue girando y el país continúa funcionando, pero la selva se adueña del paisaje urbano. Todo funciona, pero bajo la ley de la selva, que suele ser la ley del más fuerte.

Lo público, lo de todas y todos, también en la formación, tiene que recuperar su papel de gobierno, de facilitar la participación, de orientación, de hacer posible la igualdad de oportunidades y la libertad real de las personas.


Contratos de formación que no forman

mayo 3, 2018

En un intento del gobierno por salvar la imagen de desgobierno de la formación veo a la Ministra de Empleo presentar algunas medidas que aparecen en el Proyecto de  Presupuestos Generales del Estado que Montoro ha presentado en el Congreso.

Cuenta la ministra que quiere poner en marcha un Bono de Formación de 430 euros durante 18 meses para aquellos jóvenes que suscriban un contrato de formación y aprendizaje. No queda la cosa ahí. También piensa conceder una bonificación en las cuotas empresariales de 3.000 euros/año, durante 3 años, para aquellos empresarios que transformen en fijos estos contratos.

De nuevo me temo que estamos ante la política de reinaugurar, sin reflexionar sobre los problemas de los cimientos sobre los que se pretende construir. Se fomenta e incentiva económicamente, un contrato sobre el que pesan serias sospechas de ser tan sólo una fórmula de financiación del fraude y la precariedad laboral, con dinero de todas y todos.

El propio Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE) reconoce con sus datos que este contrato es utilizado en la mitad de los casos para formar camareros, peones, limpiadoras y dependientes de comercio. Un contrato que ha permitido durante los años de la crisis contratar a cientos de miles de jóvenes de forma barata, bonificada, precaria, sin compromiso alguno de estabilidad y con escasos, a veces nulos, niveles de formación.

Tan sólo cuando los sindicatos forzamos que se pusiera coto a abusos como el hecho de que la formación fuera inexistente en muchos casos, o se limitara a un sistema de cursillos a distancia, en el que te mandan unos materiales sin control de calidad y luego ya te apañas, hizo que algunos empresarios de pymes dejaran de ver negocio fácil y seguro en este tipo de contrato y su número se ha reducido desde casi 175.000 en 2014, hasta los menos de 50.000 en 2017.

Aquí hay una diferencia sustancial entre la pequeña empresa y la gran empresa. En el caso de las microempresas, son las asesorías, consultoras y gestorías que les llevan las cuentas, las nóminas, o los contratos, las que les aconsejan las fórmulas más baratas y precarias de contratación laboral y hasta les orientan en cómo suscribir un contrato de formación, con el mínimo compromiso de formación y el máximo beneficio de retorno económico. Negocio para la empresa, para la consultora y para las empresas de formación, que cobran por alumno “formado”. Todos ganan, menos el joven, o la joven, que trabaja en precario y sin formación que merezca tal nombre.

En el caso de grandes y medianas empresas, que cuentan con una política de personal y de cualificación propias, la situación es distinta y se pone más el acento en la formación que acompaña a este tipo de contratos y en terminar convirtiendo en personal fijo a algunos de estos jóvenes, al acabar el periodo de formación.

Así las cosas y aunque parezca una paradoja, el contrato de formación y aprendizaje consigue integrar más y mejor a nuestros jóvenes, cuantas menos bonificaciones y ayudas económicas recibe la empresa. Parece extraño, pero lo que ocurre realmente es que, cuando hay dinero de por medio, algunos empresarios usan y abusan de este contrato, obteniendo beneficios económicos de las ayudas y sin compromiso alguno de transformarlo en fijo. Sin embargo, con unas ayudas más ajustadas y requisitos formativos asegurados, es un contrato que se utiliza para formar y cualificar a las trabajadoras y trabajadores jóvenes que la empresa termina contratando de forma más estable.

Seguir insistiendo en inyectar dinero a esta modalidad de contrato, sin corregir sus problemas, sólo contribuye a  empeorar las cosas. Además, con una situación de ingresos insuficientes en la Seguridad Social, entre otras cosas por el empleo precario y temporal que se está creando, a causa de la reforma laboral, creo que no conviene seguir abusando de desgravaciones, bonificaciones y regalos fiscales a las empresas, a costa de bajar los ingresos de la Seguridad Social, tan necearios para el pago de las pensiones. Sobre todo cuando esas ayudas ni forman, ni crean  puestos de trabajo, ni estabilizan el empleo de nuestra juventud.

A estas cosas las llaman en el Gobierno Formación Dual, pero bien saben gobiernos como el de Alemania que esas políticas tienen poco de formación, ni de relación entre centros de formación y empresa. Habrá que seguir esperando tiempos de más sensatez y menos propaganda.


Manuel Rico Ante el espejo

mayo 3, 2018

El proceso educativo nos permite recorrer el camino desde la dependencia más absoluta, en el momento de nacer, hasta alcanzar la autonomía personal. Podríamos decir que la educación consiste en adquirir el principio de realidad. Y no me refiero exclusivamente a la educación adquirida en centros educativos, sino a la cultura que adquirimos a través de todos los procesos de nuestra vida.

No hay una edad definida, ni un momento cierto en el que la realidad se convierte en camino en nosotros. Es más, hay quien no emprende ese trayecto por muchos años que cumpla, mientras hay quien, aún antes de alcanzar la mayoría de edad, ya ha abierto esa vereda.

Percibo ese momento iniciático en el poemario La densidad de los espejos, de Manuel Rico, que hemos presentado recientemente en el Ateneo 1º de Mayo de CCOO de Madrid. La Editorial El Sastre de Apollinaire ha asumido la tarea de publicar, de nuevo, el poemario con el que Manuel Rico ganó el Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez hace ya veinte años. Un momento que se revela el día en el que el hombre pisa la luna y el autor abandona el salón de la casa de su padre.

Los espejos son la metáfora, el instrumento, la disculpa, que utiliza Manuel Rico para alcanzar la conciencia de la relación de la historia personal, enmarcada en una historia colectiva, esa región terrible que extendieron los siglos. Esa región en la que tenemos que vivir y reconocernos.

La realidad no puede ser tan sólo una convención construida desde la razón. La ciencia, por sí sola, no permite la construcción de la realidad, porque, en definitiva es una elaboración humana, en un tiempo determinado. En nombre de la ciencia estuvo a punto de ser quemado Galileo y fue quemado Giodano Bruno.

No olvidemos que la Iglesia se aferraba a la realidad de la ciencia del momento, enfrentada a una difícil demostración del heliocentrismo. De la misma forma que hoy no es tan fácil entender la teoría de la relatividad de Einstein, frente a la simplicidad explicativa y mucho más sencilla de Newton.

Al final, el relato construido en torno a estos enfrentamientos, aparece trufado por mitos, interpretaciones, leyendas. Son muchos los estudiantes que responden que Galileo fue quemado y, cuando les preguntas quién le quemó, no dudan en responder que la Inquisición española. Ni murió quemado, ni aquella Inquisición era española.

A Galileo, Newton y Einstein, incorporamos ahora el principio de incertidumbre de Heisenberg que nos impide conocer, al mismo tiempo la posición y la velocidad. Y, aún más adelante, nos atrevemos con el recientemente fallecido Stephen Hawking y le seguimos por sus agujeros negros, sus viajes en el tiempo a través de agujeros de gusano y la posibilidad de concebir universos paralelos, organizados en multiversos.

Desde este escenario de la razón, habrá que empezar a pensar que también la poesía, la imaginación, la memoria, los recuerdos, el sentimiento, las necesidades, el misterio, ayudan a conformar la imagen que nos devuelve el espejo. Cuando las ciencias de la física, la matemática y las ciencias humanas no dan más de sí, la poesía, la escritura, el arte, las artes se convierten en formas de interpretar la vida, de integrarla y asumirla,  con toda su complejidad.

Manuel Rico nos ofrece mucho más que un poemario. Es Manuel Vázquez Montalbán el que al hablar sobre el libro explica que nos encontramos ante un poemario, pero sobre todo ante un relato. Un poeta-personaje que nos devuelve a la infancia, a la casa del padre, a los olores a resina y campo, al sabor a ceniza de las mañanas.

Sus espejos nos devuelven la densidad de la luz enquistada de la imagen de quienes fuimos ayer, de los otros, del que tuvo el precario poder de lo imposible entre los dedos. Nuestra imagen de la infancia y de un tiempo de la niebla en la que fuimos otros, cuando el tiempo aún no existía.

Los espejos que nos enfrentan a la conciencia de la devastación del tiempo, al miedo, el desgaste de las hendiduras de la piel golpeada por los viejos temporales, el viento insumiso, la degradación de la luz inocente del principio. Los espejos nos hablan de aquella huidiza estancia, a veces identificada con la infancia, donde habita la diosa cruel a la que llamamos dicha o felicidad. Ese lugar en el que siempre somos inquilinos.

La Densidad de los Espejos es un libro necesario, hoy más que ayer, escrito por Manuel Rico, uno de nuestros poetas imprescindibles.


Recordando a un poeta del pueblo

mayo 3, 2018

Cuando hayas leído el titular, casi seguro que, en el mejor de los casos, habrás pensado en el 76 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, en la cárcel de Alicante, mientras pelaba la cebolla de una vida que hubiera querido, al menos, terminar entre los suyos, junto a su mujer y su hijo.

No, tampoco se trata de otro poeta del pueblo como Marcos Ana, que bien merece también artículos y crónicas frecuentes. Me refiero a Andrés García Madrid. No lo busques en la Wiquipedia. Son pocas las menciones que encontrarás sobre él en Internet, a excepción de alguna referencia a varios de sus libros publicados hace muchos años y que aún puedes conseguir, de segunda mano, en algunas librerías y salvo unas pocas reseñas de la convocatoria, o de la concesión, del premio de poesía que lleva su nombre en la Fundación Ateneo 1º de Mayo de CCOO de Madrid.

Sin embargo, cuando vivía, Andrés García Madrid, era un conocido y reconocido poeta, un sindicalista de las CCOO, un habitante de Getafe al que sus vecinos y vecinas hicieron concejal del PCE en aquellas primeras elecciones municipales celebradas en democracia, tras una dictadura contra la que había luchado incansablemente. Hoy un parque de Getafe está dedicado al poeta Andrés García Madrid.

La Tertulia poética del Ateneo 1 de Mayo, en la que comencé mis pinitos como poeta, a ratos perdidos de tardes extraviadas, llevaba su nombre cuando ya la dirigía otro gran olvidado, el Indio Juan, aquel argentino cuyo emocionante y emotivo discurso de despedida para todas nosotras y nosotros, se titulaba algo así como Nada es casual. Lo utilicé para prologar mi primer poemario La Tierra de los Nadie.

El hijo del gran poeta chileno Gonzalo Rojas Pizarro (Premio Reina Sofía de Poesía y Premio Cervantes), decía, en una entrevista, que Chile es país de poetas, donde nadie lee poesía. Si eso ocurre en Chile, que podríamos decir de esta nuestra madre España, ese país de todos los demonios, del que hablaba el tío catalán de Esperanza Aguirre,  el también poeta Gil de Biedma.

Es nuestra España país de ripios fáciles y “cuentistas” que no escriben cuentos. No es que haya pocos lectores de poesía, sino que casi nadie lee nada. Si hacemos caso a las estadísticas publicadas, un tercio de las personas no lee nunca en España y otro tercio lo hace sólo por estudios, o por trabajo. A más de la mitad de los españoles sus padres nunca les leyeron un cuento.

Somos un país de grandes desigualdades y contrastes. Sigue existiendo una España profunda, no necesaria, ni exclusivamente, de carácter geográfico. Este año el número de poetas que han concurrido al Premio de Poesía Andrés García Madrid ha superado las 670 personas. Uno de los premios literarios con más audiencia, que se ha ido consolidando desde que decidimos crearlo allá por el año 2000.

Los ganadores del premio suelen ser poetas que, antes o después, consiguen otros reconocimientos nacionales o internacionales. A lo largo de estos años han formado parte de sus jurados escritores como Carlos Álvarez, o Manuel Rico, junto a jóvenes poetas que comienzan su andadura.

Acabamos de entregar los premios de este año, en las inmediaciones del Día de la Poesía, en una sesión en la que hemos podido escuchar las voces de los ganadores, leer poemas de Andrés García Madrid y escuchar las creaciones de otros poetas que han decidido participar en la lectura libre de poemas que promovimos a continuación.

Desde ese día, le he dado vueltas a una idea que me trasladó el hijo de Andrés. Recopilar su poesía y reeditarla. Me parece un proyecto encomiable al que hay que dedicar algún tiempo. No sólo por la familia y por quienes le conocieron. No sólo porque Andrés forma parte de nuestra memoria. Sino porque me parece de justicia y va siendo hora de que los poetas del pueblo sean conocidos y reconocidos. Y Andrés García Madrid era uno de ellos.


Reglamento de lecturas infantiles

abril 2, 2018

Acudes a una Biblioteca Pública (para el caso es igual que la titularidad de la misma corresponda a una Comunidad Autónoma, o a un Ayuntamiento). En la familia tenéis un carnet de adulto y otro carnet infantil para tu hija, que cuenta con el preceptivo permiso paterno para ser emitido. Incluso te han pedido que autorices los criterios y límites con los que la menor de edad puede acceder a los servicios internet en la biblioteca. Hasta aquí todo perfecto.

Si tu hija quiere leer a Federico García Lorca y visita, sola, o contigo, la Sala Infantil, encontrará a varios Federicos “para Niños” y algún ejemplar de otros libros del autor que hay que leer en las escuelas, o institutos. El Romancero Gitano, por ejemplo. Suelen ser los bibliotecarios y bibliotecarias, los que indagan con diligencia y por iniciativa propia, estos extremos sobre las lecturas obligadas, en los centros educativos de su entorno.

Sobre la mesa de exposiciones de la Sala encontrarás una selección de posibles lecturas infantiles, entre las que encontrarás títulos como El bosque de los enamorados, Intenta enamorarte, El amor según Venus, El piano embrujado, El bosque de tus ojos, Enamorada de un friki (cito títulos inventados sobre variaciones de otros reales, no menos atractivos, desde el punto de vista de su interés pedagógico, educativo, psicológico, o sociológico).

Ahora bien, el problema surge si quieres que tu hija lea ese mismo Romancero Gitano, pongamos por caso, en esa hermosa y reciente edición de 2017 a cargo de Mil Coeditores y Blur Ediciones, en la que  ilustradores, fotógrafos, diseñadores, artistas, han puesto su granito de arena para ilustrar poemas cargados de vida y alegría, al tiempo que de atormentado amor y dramatismo. Esa edición que se encuentra, por un aquel, en la Sala de Adultos, pero no en la Infantil, o Juvenil.

Si quieres que tu hija lo lea, el bibliotecario o bibliotecaria de turno, que cuenta, por cierto con una excelente preparación y una vocación incuestionables, te entenderá perfectamente, pero se verá obligado a aplicaros el reglamento de las bibliotecas públicas que explicita, claramente, que los carnets infantiles o juveniles, sólo pueden acceder, sobre todo a efectos de préstamo, a libros ubicados en la sala correspondiente a dicha categoría. No es una ley, ni un decreto, ni una ordenanza. Es un reglamento. Y, como bien dijo Romanones, haz tú la ley y déjame a mí el reglamento.

Puedes desgañitarte explicando que eres la madre (o el padre) de la niña y razonando que la Declaración Universal de los Derechos Humanos deja bien claro que los padres tienen derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos, o que la Declaración de los Derechos del Niño insiste en que la responsabilidad de la Educación incumbe, en primer término, a los padres. Y hasta que nuestra Constitución viene a remachar en el mismo clavo, insistiendo en que los poderes públicos tienen que garantizar este derecho. Frente a un reglamento, no hay derecho que valga.

Al final el bibliotecario o bibliotecaria, entenderá perfectamente que tienes razón y si te pones muy pesada (o pesado), hasta te ofrecerá alguna solución a su alcance, tal como que te lleves en préstamo ese Romancero Gitano “de diseño”, con tu carnet de adulto. O bien, hará una excepción y os prestará el  libro con el carnet infantil, tras tomar nota del DNI de la madre como autorizante de la vulneración formal del reglamento.

Amablemente te informarán del lugar donde puedes consultar el reglamento y hasta de los responsables a los que te puedes dirigir para trasladar tus sugerencias y quejas. La respuesta habitual será que te entienden, te agradecen tu interés, pero no es responsabilidad suya. Tal vez te sugieran dirigirte a otros servicios, o responsables de servicio.

Una situación como la descrita no tiene que ver con la voluntad del bibliotecario, o bibliotecaria, ni con la tuya propia y se produce cada día, gobierne quien gobierne en la Comunidad Autónoma y en el Ayuntamiento, al margen del color de los partidos de gobierno y oposición, e independientemente de las leyes que regulan la actividad biblioteconómica y hasta los derechos de las madres y padres sobre la educación de sus hijas e hijos.

Al final, en las bibliotecas (como ocurre en tantos derechos sociales), lo que tú piensas, o lo que piensa la bibliotecaria, importa poco. Termina siendo un reglamento, elaborado, copiado, fusilado, transcrito, o plagiado de otros reglamentos, en algún oscuro despacho, el que decide cosas como lo que leerá y qué no podrá leer, tu hija (o tu hijo) en una biblioteca.


Heraldos del 11-M

marzo 12, 2018

Aquel 11 de Marzo salí temprano de casa. Había una asamblea de CCOO en Alcalá de Henares y tenía que intervenir en la misma. Afrontábamos un Congreso muy complicado y el debate estaba siendo muy intenso. Iba dándole vueltas a la cabeza y pensando en la intervención que tenía que realizar. Llevaba la radio puesta y de pronto la voz de un locutor hizo que tuviera que dar la vuelta y regresar a Madrid.

Algunos trenes que venían hacia Atocha cargados de mujeres y hombres, trabajadoras, trabajadores, estudiantes, habían sido detonados desde dentro en un suicidio programado. No teníamos memoria de tal brutalidad. Tal vez los más mayores podrían haber recordado los bombardeos de la Guerra Civil. Madrid se llenó de Heraldos Negros, aquellos de los que hablaba César Vallejo, dejando a su paso esa resaca de todo lo sufrido que se empoza en el alma,

Heridos repartidos por todos los hospitales. IFEMA se convirtió en un tanatorio inmenso. Familias que buscaban por todo Madrid a sus personas desaparecidas. La ciudad se había convertido en uno de esos escenarios de guerra que sólo habíamos visto en las pantallas de la televisión. Esos escenarios contra los que Madrid se había movilizado intensamente  durante meses.

Desde entonces han ocurrido muchas cosas en España. Cambios de gobierno, teorías de la conspiración prefabricadas en despachos de poderosos clanes, una crisis económica brutal, aprovechada para reorganizar el poder económico a costa de los recortes y el deterioro de las condiciones de vida y trabajo de la mayoría de la población.

Hasta la política ha vivido una reestructuración profunda, en la que los disfraces y las máscaras cambian para que la esencia patria siga igual. Porque quien crea que las políticas de reparto se deciden en el parlamento, se equivoca. Ni tan siquiera se deciden en La Moncloa, sino en los mismos despachos de los opulentos clanes que diseñaron al argumentario de la teoría de la conspiración.

Sin embargo, cada año, las sombras de los Heraldos Negros se ciernen sobre Madrid, para recordarnos lo vulnerables que somos y lo frágil que es cada una de nuestras vidas, así tomadas de una en una. Y eso, pese al esfuerzo colosal que este país despliega con implacable obstinación para olvidar cuanto de malo nos ha ocurrido.

Olvidar la Guerra Civil, olvidar las cunetas, los desaparecidos, las cárceles, los muertos durante la represión franquista. Olvidar la Transición, la incómoda memoria de los Abogados de Atocha, olvidar el 23-F. Y el No a la Guerra, el Nunca Mais a un desastre como el del Prestige. Olvidar los excesos del endeudamiento público y privado que hicieron que pagáramos la crisis con una brutalidad inusitada.

Olvidar, para volver a la fiesta, para reanudar las andanzas a la primera oportunidad. Volver a ese akelarre patriótico al que llamamos emprendimiento y que consiste en resucitar burbujas inmobiliarias, negocios sucios, puertas giratorias, nepotismo, clientelismo, negocios cautivos. Han descubierto que lo inmobiliario no puede ser monocultivo y se aprestan a cultivar en paralelo nuevos negocios en los que han venido ensayando fórmulas diversas, pero siempre metiendo mano en los recursos públicos, en las pensiones, en la sanidad, en la educación, en los servicios sociales.

Olvidar. Olvidar el 11-M. Las miles de personas heridas. Las casi 200 personas fallecidas. El mayor número de muertos que Europa haya sufrido en un atentado terrorista. Olvidar que esos terroristas no vienen de Siria, ni de Afganistán, ni de Irak (allí se producen la inmensa mayoría de las muertes causadas por el terrorismo yihadista), sino de nuestros propios barrios.

El 11-M vuelve a convertirse en un momento para el dolor, para el recuerdo y la memoria, pero también para la reflexión sobre el mundo y la sociedad en que vivimos, con todo lo bueno y lo malo que nos habita y nos rodea. Con todo aquello que toleramos sin que debiéramos transigir y con cuanto deberíamos esforzarnos en empujar para que fuera, sin que hagamos cuanto está en nuestra mano para hacerlo posible. Un momento para recomponer el compromiso social que permite nuestra convivencia.

La locura se desencadena a veces sin motivos claros y sin previo aviso. La condición humana sigue teniendo zonas oscuras, desconocidas, imprevisibles. Pero eso no puede convertirse nunca en justificación, sino en acicate, para remover la desigualdad y la injusticia, para intentar prevenir las causas que un día confluyeron y desataron un desgarro incurable en unos trenes que venían hacia Atocha.