Formación, tenemos un problema

noviembre 5, 2017

Los medios de comunicación se hacen eco de que las organizaciones empresariales CEOE y CEPYME han iniciado una ronda de encuentros con grupos parlamentarios del Congreso de los Diputados, para presentar una propuesta de Ley de Formación, a la que han denominado de Formación Profesional en el Trabajo, con la cual pretenden reemplazar la actual Ley 30/2015 por la que se regula el Sistema de Formación Profesional para el Empleo en el ámbito laboral.

El intento merece un comentario y tiene su aquel. Es verdad que la Ley actual fue remitida hace dos años por el gobierno al Congreso y fue aprobada con un nivel de consenso que no se corresponde con el alto grado de incumplimiento de sus objetivos que luego ha demostrado, traicionando todas y cada una de las expectativas creadas y promesas públicas realizadas para justificar aquella reforma impuesta de la formación, que no contó con el acuerdo de empresarios y sindicatos.

De hecho, la única convocatoria estatal de formación que se ha puesto en marcha tras la aprobación de la ley, se ha dilatado en el tiempo para su resolución y se ha visto acompañada por el escándalo. Ha demostrado que los males perviven, que la libre concurrencia desordenada de “expertos” en la captación de subvenciones ha convertido la formación en un pantano ingobernable. Ha vuelto a poner de relieve que merecería la pena afrontar, sin tardanza, la negociación de un pacto político y social en torno a la Formación Profesional de los trabajadores y trabajadoras en nuestro país.

No es mala idea, me parece, proponer una nueva Ley. Sólo que eso debería ser el resultado de una negociación previa para no sustituir la imposición del gobierno por la imposición de otra de las partes en conflicto. Dirán los responsables empresariales que otros pueden presentar sus propuestas y, ya si eso, luego las compaginamos.

Pero hubiera sido mejor que los sectores empresariales hubieran negociado con los sindicatos, para luego dirigirse al gobierno y a los partidos políticos con una propuesta conjunta. Nos ahorraríamos tiempo y estériles debates. Un problema de método, dirán entonces, pero es que el método en política es muy importante. Que se lo pregunten a un tal Carles.

Claro que, si lo hubieran hecho así, los sindicalistas les podrían haber espetado que, “ya puestos, por qué hablar sólo de la formación, que os trae por la calle de la amargura, y no de salarios, jornadas de trabajo, combate contra la precariedad, de Salario Mínimo Interprofesional, salud laboral, o de contratos decentes… De la negociación colectiva, vaya”. Y, claro, eso no.

El motivo es que la cúpula empresarial considera que lo primero para los empresarios debe ser “recuperar los altos beneficios empresariales y, cuando nos hayamos hartado, ya caerán las migajas de la mesa, casi por sí mismas, por hartazgo, por hastío, hacia las bocas de los trabajadores, aunque sea en forma de salarios de miseria y empleos precarios. La modernidad es eso. El futuro es así, inevitablemente”.

Han preferido, de nuevo, ir a lo suyo. El propio nombre que han elegido para la ley lo deja claro: Formación Profesional en el Trabajo, frente a Formación Profesional para el Empleo. Dicho de otra manera, las organizaciones empresariales plantean utilizar los recursos de la cuota de formación para formar a quienes ya tienen trabajo y, exclusivamente, en función de las necesidades de la empresa. Incluso los parados que, cuando tenían empleo, habían cotizado a la seguridad social, serían objetivo residual de esta ley. Y eso no es justo. Y lo saben.

Saben que vivimos en una sociedad de alto paro estructural, a causa de un tejido productivo que aporta muy poco valor añadido y que obtiene beneficios para los empresarios a costa de salarios bajos y de una rotación permanente de los trabajadores.

En estas condiciones, salvo unas pocas grandes y medianas empresas que invierten en cualificación de sus trabajadores y trabajadoras, el resto de la formación tiende a convertirse, casi exclusivamente, en una forma de retorno de las cotizaciones de formación, utilizando para ello las bonificaciones empresariales, a cambio de facturar algunos cursillos de formación. O en un requisito molesto, pero fácilmente sorteable y hasta eludible, cuando realizas un contrato laboral que incorpora compromisos de formación a cambio de pagar menos cotizaciones a la Seguridad Social. Basta ponerte en manos de “buenos” asesores de formación y puede que no tengas ni que hacer formación. O como mucho una cosita a distancia.

Se olvidan, además, de que la formación, a lo largo de toda la vida, es un derecho de la persona y una necesidad para el futuro de las empresas. La formación mejora la posibilidad de encontrar empleo, de promocionar, de cambiar de categoría profesional, puesto de trabajo, empresa, o de profesión.

La formación es el mejor capital de los trabajadores. El trabajo y nuestra formación es aquello con lo que contamos, casi lo único con lo que contamos, para abrirnos camino en la vida, atender las necesidades familiares, obtener derechos futuros a una pensión, o una prestación por desempleo.

Es incomprensible que, cuando los organismos europeos y las experiencias sobre mejores prácticas en materia de formación, aconsejan que los procesos y planes de formación de los trabajadores y trabajadoras sean fruto de la negociación entre empresarios y trabajadores, en el marco de la empresa y a niveles sectoriales, la CEOE y la CEPYME sigan considerando que la formación es competencia exclusiva del empresario y que los trabajadores y trabajadoras no tienen nada que decir al respecto, salvo ser informados.

El gobierno, con su ley, ha destrozado el sistema de formación para el empleo. Los empresarios, con su propuesta de Ley, ofrecen la exótica solución de establecer una dictadura del empresariado sobre la formación de los trabajadores y trabajadoras. Sin participación alguna, por lo tanto, de quienes tienen necesidad de  formarse y deberían tener mucho que decir sobre en qué formarse y cómo hacerlo.

Vivimos un tiempo en el que el cómo es tan importante como el qué. Y en este caso, las propuestas de una de las partes (las organizaciones empresariales), son formuladas unilateralmente, de forma egocéntrica y, además, lo hacen sin tomar en cuenta las necesidades, los intereses y las preocupaciones de los demás actores de la formación en nuestro país, ya sean sindicatos, o administraciones.

Comenzar la casa por el tejado es lo que tiene. Te ves obligado a cubrir aguas y poner la bandera, antes de que los muros y sus cimientos hayan sido construidos, consolidados y reforzados, de forma que sean capaces de sostener un entramado tan complejo. Aunque la intención inicial fuera buena, ni el cómo, ni el qué, hacen posible aceptar esta propuesta empresarial como animal de compañía.

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10 Jornada Mundial Trabajo Decente

octubre 11, 2017

ITUC-WDDW-logo-spanish

Hace 11 años, en Viena, se reunían en Congreso conjunto las dos grandes centrales sindicales internacionales, la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y la CMT Confederación Mundial del Trabajo). En dicha reunión, el 31 de octubre disolvieron ambas organizaciones y el 1 de Noviembre crearon la CSI-ITUC (Confederación Sindical Internacional).

Era muy complicado que los diferentes modelos ideológicos y organizativos del sindicalismo mundial se pusieran de acuerdo en juntarse en una Confederación Internacional de carácter mundial. Sindicatos de orígenes socialistas, comunistas, católicos, nacionalistas, democratacristianos, o sin adscripción ideológica, cuyo principal vínculo de unión era la defensa de los trabajadores y trabajadoras de un país, o de un sector de la producción, o de los servicios.

Componían un puzle muy difícil de unir. Y, sin embargo, lo hicieron. Cerca de 200 millones de trabajadores y trabajadoras de todo el mundo, organizados en más de 300 organizaciones de trabajadores y trabajadoras crearon una internacional sindical mundial.

Desde el primer momento coincidieron en que debían proponerse un objetivo común. Y ese objetivo bien podía partir del concepto de trabajo decente, acuñado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que forman parte organizaciones empresariales, Gobiernos y organizaciones sindicales. Un objetivo que podría, por lo tanto, ser asumido y defendido en todo el planeta.

Tras abordar las urgentes tareas de organización de la Internacional, una de las primeras actuaciones de la CSI fue convocar la primera Jornada Mundial por el Trabajo Decente, el 7 de octubre de 2008. Afrontamos, así pues, este año, la 10 convocatoria de la Jornada Mundial.

Recuerdo que aquel primer año un mapa en internet se iba abriendo poquito a poco, a medida que amanecía en todos los países del planeta. En ese momento aparecían las acciones que en cada lugar del mundo se iban a llevar adelante. Manifestaciones, paros, concentraciones, actos festivos, marchas, mítines, en más de 500  ciudades del planeta.

En Madrid, en aquella primera convocatoria, nos concentramos en la plaza Mayor, con el apoyo de casi 400 organizaciones sociales de todo tipo, denunciando que la mitad de los trabajadores y trabajadoras del mundo carecen de protección social y exigiendo que las políticas de desarrollo mundial, impulsadas por organismos internacionales, centrasen sus esfuerzos en conseguir que el empleo sea decente, estable, con derechos. Uno de los principales motivos de aquella convocatoria se centró en la lucha contra el trabajo forzoso de los niños.

Comenzó su andadura, la jornada Mundial por el Trabajo Decente, con vocación de convertirse en referencia de lucha y reivindicación para todos los trabajadores y trabajadoras del planeta. Pero ya se sabe que cuando conocemos las respuestas, nos cambian las preguntas. La crisis financiera de las hipotecas basura se desencadenó con toda su virulencia aquel mismo año. Pronto se transformó en crisis de empleo y ya de paso fue convertida en crisis social y política. Ya nada es igual y la Jornada Mundial por el Trabajo Decente ha ido perdiendo fuelle en el marasmo de la destrucción y descomposición del empleo por todo el planeta.

El efecto más duro de la crisis es que ha reforzado inevitablemente la parte más corporativa y nacionalista de la ciudadanía y del propio sindicalismo. Vaya, que conscientes de la dificultad de gobernar el mundo salvaje de capitalistas sin freno, procuramos blindar nuestro empleo, nuestra empresa, nuestro sector, nuestro pueblo y, como mucho, nuestro país. Si el país es grande, adquiere carta de naturaleza su fragmentación en nuevas y más pequeñas nacionalidades, con la vana esperanza de que los trabajadores y trabajadoras pesemos algo en un nuevo gobierno más cercano de las cosas.

Este año, los informes que sustentan la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, ponen el acento en que, tras la crisis, el 1 por ciento más rico del planeta acumula más riqueza que el 99 por ciento restante. Que los empleos son más precarios que nunca y los salarios más bajos. Todos y todas, en este planeta, somos conscientes del deterioro generalizado del empleo y los salarios.

Necesitamos hoy más que nunca eso que llamábamos internacionalismo proletario. La capacidad de los trabajadores y trabajadoras y sus organizaciones, de responder al reto del trabajo decente y la vida digna. Más que nunca, tiene sentido que un día al año constatemos nuestra fuerza y nuestra capacidad de responder a un capitalismo globalizado, gobernado por la avaricia y el egoísmo de unos pocos.

Y lo necesitamos, porque no estamos ante un problema puntual, sino ante un fenómeno estructural que amenaza las posibilidades de supervivencia, no tanto del planeta que seguirá aquí reconstruyéndose a  sí mismo cuando nosotros hayamos desaparecido. La supervivencia de los seres humanos en este planeta.

Por eso, este 7 de octubre, volvemos a exigir, en todo el mundo, un Trabajo Decente.


El problema de Cataluña es mi problema

octubre 11, 2017

Se habla, con demasiada frecuencia por cierto, de
los problemas de Cataluña.¿Qué problemas de Cataluña? 
En Cataluña no hay ningún problema, 
el único problema que pudiera haber planteado en Cataluña 
está planteado por nosotros, 
pero el problema que está planteado por nosotros 
no es un problema de Cataluña, es un problema universal.
Salvador Seguí | Discurso en el Ateneo de Madrid. 1919

Salvador Seguí, el Noi del Sucre, Secretario General de la CNT en Cataluña, lo tenía meridianamente claro, hace ya casi cien años, cuando en Madrid, en el  Ateneo y en otros centros obreros, planteaba que la cuestión social, las reivindicaciones de la gente trabajadora, se situaban por encima de cualquier otro problema y, muy especialmente, por encima de la cuestión nacional, planteada por elementos reaccionarios vinculados a la Liga Regionalista.

Aquella Liga Regionalista que se dedicaba a visitar ministerios en Madrid, pidiendo cargos, dineros y, si era necesario, el aplastamiento militar de los molestos sindicalistas que se lanzaban de cuando en cuando a las calles para defender a cuantos unas veces se negaban a ir a combatir por la patria en Marruecos, como había ocurrido en la Semana Trágica de Barcelona (1909) y otras veces se empeñaban en mejoras salariales y laborales, como en la famosa huelga de La Canadiense (1919), que desembocaba en huelga general. Una huelga reprimida por el general Milans del Bosch (¿de qué me suena a mí este nombre?) a base de la  militarización de servicios  y de meter presos a 3.000 obreros en el cartillo de Montjuich.

Fue Salvador Seguí, quien ante 20.000 trabajadores y trabajadoras, convocados en la plaza de toros de Las Arenas, cambió el curso de la historia y convenció al auditorio de la necesidad de poner fin a la huelga. Ningún baño de sangre, de las dimensiones del que se avecinaba, justificaba seguir adelante. El sindicalismo cambió derramamiento de más sangre por organización y fortaleza sindical en las empresas y en la sociedad catalana. A explicar esas cosas que estaba haciendo el sindicalismo en Cataluña, es a lo que vino Seguí a Madrid, en otoño de ese mismo año.

De nada le valió en lo personal, a Salvador, mantener estas posiciones poco violentas y bastante sensatas. Aquellos nacionalistas de la Liga no dudaron en apoyarse en un nuevo general, Martínez Anido, designado Gobernador de Barcelona, para organizar grupos de pistoleros, en torno a los denominados Sindicatos Libres, que fueran asesinando sindicalistas. El 10 de marzo de 1923, le tocó ser asesinado a Salvador Seguí, el Noi del Sucre (el Chico del Azúcar).

Salvador Seguí no tenía miedo a la independencia, como bien explicó en su discurso en Madrid. Si llegaba, la independencia sería utilizada por los trabajadores catalanes para unirse más que nunca a los trabajadores de toda España en su lucha por la emancipación. Y esto lo dice mientras explica que no hay un problema nacional en Cataluña, sino otro problema universal, el del movimiento obrero que quiere emanciparse.

Está claro lo que pensaba Seguí, como está claro lo que piensa Joan Coscubiela, mal que le pese a cuantos se han apresurado a lanzar sus dardos envenenados, ante su intervención en el parlamento.

Lo que no llego a entender bien (no soy sociólogo, ni psicólogo, ni politólogo, ni me juego el voto en unas elecciones) es el mecanismo por el cual los intereses de la clase trabajadora terminan convertidos en reivindicaciones nacionalistas. No es un fenómeno específico de Cataluña. Lo ocurrido con otros temas y en otros países, como el referéndum sobre el Brexit son elementos a tomar en cuenta. ¿Algo ha cambiado a lo largo de las últimas décadas, o los últimos años, que pueda explicar qué está pasando?

En primer lugar, creo que el fenómeno de la globalización financiera y económica, o nuestro propio ingreso en la Unión Europea, han contribuido a debilitar la convicción de que los gobiernos nacionales tengan capacidad alguna para controlar su economía y decidir las mejores políticas que pueden aplicar, especialmente en momentos de crisis.

De otra parte, el desarrollo de internet y de las redes sociales, ha creado realidades virtuales compartidas por personas muy diversas, que poco tendrían que ver entre ellas si se conocieran realmente, pero que pueden vivir juntas en un mundo paralelo, alimentando la ilusión de que comparten ideas, sentimientos, sensaciones, consumo, imágenes y hasta convocatorias de movilizaciones.

Otra vida dentro de la vida, en la que podemos elegir seguidores, bloquear a quienes no nos gustan, crearnos personajes ficticios con los que insultar, opinar, crear opinión. Sin duda un mundo apetecible lleno de satisfacciones y grandes batallas que no se libran, pero que siempre ganamos.

El ultraliberalismo ya había conseguido tomar el poder sobre las grandes decisiones económica. Los partidos socialistas parecían abocados a aceptar el desastre y aceptar su papel de mitigadores de los efectos más dañinos de la nueva realidad mundial. El comunismo se desplomó dejando tras de sí un recuerdo de opresión política y aplastamiento de las personas en aras de un mundo nuevo cada vez más lejano. La crisis ha llegado para quedarse y dejarnos una herencia de precariedad, pobreza laboral, desigualdad y desprotección social.

Como pocas veces en la historia del mundo, el futuro es percibido con rasgos de peligro y oscuridad comparables a los peores tiempos del pasado. El refugio en las redes puede que funcione como un placebo, pero quien más y quien menos sabe que el futuro personal y colectivo será peor que el pasado conocido.

En una situación así es muy difícil resistir la tentación de escuchar los mensajes simples pero eficaces del populismo autoritario: cerrar las fronteras y atrincherarse en un espacio que se supone unido por una identidad cultural. Seamos pocos, pero de los nuestros.

Ocurre que ni Cataluña, ni España, difícilmente Europa, podemos ya garantizar eso. Una cosa es reclamar autonomía para dirigir las políticas cercanas de un modo cercano y otra muy distinta, creer que la independencia es la solución al problema de cada quien. Porque el problema de cada quien es un problema universal, hoy más aún que en los tiempos de Salvador Seguí. Un problema de desigualdades brutales de las personas en un mundo dirigido por grandes corporaciones, en un escenario de  Estados siempre demasiado pequeños, débiles e impotentes.

Es cierto que Rajoy le está echando una mano inapreciable a Puigdemont y que Carles está ayudando de forma inestimable a Mariano. Nada mejor que dos nacionalismos confrontados por razones culturales, para hacer olvidar los problemas de corrupción, incapacidad, ineficacia, recortes, debilitamiento de la protección social, destrozo del mercado laboral, que ambos representan de la misma manera.

Pero por encima de ellos, hay mucha gente en este país que aún está dispuesta a mirar hacia sus problemas reales. Exigir diálogo, negociación y búsqueda de acuerdos, frente a las imposiciones de una y otra parte. Si una mayoría de personas en Cataluña quiere un referéndum, habrá que negociar un referéndum. Habrá que hablar de un quórum mínimo en la votación y con qué porcentaje de votos es válida una decisión de separación.

Y habrá que hablar y negociar, en todo caso, lo que es una demanda no sólo de los catalanes, sino de los gallegos, los extremeños, los murcianos, andaluces, vascos, aragoneses y de cualquier castellano, por no nombrar a todas las autonomías españolas: una administración cercana, reconocible, transparente, controlable, que pueda responder ante nosotros de cada uno de sus actos. Pero esto es algo que reclamamos también a niveles aún más cercanos, como los municipales. Algo que reclaman todos los ayuntamientos con respecto al centralismo del Estado y las Comunidades Autónomas.

No sé si eso se llamará España plurinacional, si la solución será un modelo federal. En todo caso, exige combatir la corrupción, promover la transparencia y reforzar la voluntad de negociar. Algo muy difícil de hacer si la izquierda política y social se arroja en brazos de quienes pretenden solucionar sus problemas embarcando a la clase trabajadora en guerras sin sentido, mientras enmascaran el conflicto fundamental y universal que amenaza la existencia en cada rincón del planeta.

Es la izquierda la que debe parar esta locura. Con más razones aún y tanta convicción y firmeza, como las que en su tiempo llevaron a Salvador Seguí a viajar a Madrid para explicar qué estaba haciendo la clase trabajadora en Cataluña; como las que le pusieron ante 20.000 trabajadores decididos a mantener la huelga y convencerles de la necesidad de parar una revuelta en ciernes; como las que le hicieron mantener un paso decidido y un camino reconocible y claro, hasta que las balas de los pistoleros organizados por la burguesía nacionalista y por aquel general que luego sería ministro de orden público en el primer gobierno franquista de la Guerra Civil, segaran su vida en la esquina de la calle de San Rafael con la de la Cadena (hoy Rambla del Raval).

Salvadas las distancias temporales y la perspectiva, teniendo en cuenta que él luchaba con la mirada puesta en una emancipación de la clase trabajadora hoy mucho más difusa, Seguí tuvo su responsabilidad y nosotros tenemos la nuestra. A cada generación lo suyo.


Desigualdad, el alto coste de la crisis

septiembre 11, 2017

Uno de los efectos de la política del gobierno ante la crisis económica es que las empresas no financieras han recuperado ya el nivel de beneficios anterior a 2008. Aunque la producción siga siendo inferior, los excedentes brutos empresariales han crecido. Si no producimos más, la única explicación para este aumento de beneficios se encuentra en los recortes salariales y el abuso de fórmulas como la temporalidad, o el contrato a tiempo parcial, que permiten reducir costes salariales.

El resultado es que la devaluación salarial está produciendo mayor desigualdad social y en el propio mercado laboral. Dicho de otra manera, el crecimiento económico no llega a las personas y se queda en los bolsillos de los empresarios. No es extraño, en estas circunstancias, que la brecha española entre ricos y pobres sea la más alta de toda la Unión Europea.

La riqueza del 10 por ciento más rico es casi 14 veces mayor que la del 10 por ciento más pobre, mientras que este dato se encuentra en torno al 8´5 por ciento en la media europea. También el Coeficiente Gini, que mide las desigualdades, nos deja mal parados. Lo dicho, de nuevo a la cabeza de Europa en desigualdad.

Explica Rajoy que el crecimiento de la desigualdad en España se debe al alto nivel de paro y que todo tendrá arreglo cuando crezca el empleo, pero esa afirmación no lo explica todo. Los recortes en protección por desempleo producidos por la reforma del gobierno, también tienen que ver con esta situación. Si en 2010 uno de cada cuatro personas paradas no tenía protección por desempleo, hoy son ya dos de cada cuatro quienes carecen de protección.

Tampoco nos engaña Rajoy cuando oculta que los contratos basura; la incentivación de la contratación a tiempo parcial, de la temporalidad y del falso empleo autónomo; la propia devaluación salarial, provocados también por su reforma laboral, tienen mucho que ver con el aumento del riesgo de pobreza en España. Casi el 16 por ciento de quienes tienen un trabajo en España se encuentra en esta situación de riesgo de pobreza.

El empleo precario y la devaluación salarial tienen, además, otra consecuencia añadida: Aunque crezca el empleo, no crecen al mismo ritmo las cotizaciones a la Seguridad Social, porque las bases de cotización también se reducen. Este fenómeno da de nuevo alas, a quienes anhelan meter mano en las abultadas cuentas de las pensiones, para emprender maniobras de privatización.

La Negociación Colectiva puede contribuir a mejorar este escenario y, de hecho, gracias a la capacidad protectora del convenio colectivo, los males no han sido mayores. Pero cuando la política económica del gobierno y sus reformas laborales y de  la normativa de empleo, caminan en el sentido contrario, debilitando la propia capacidad negociadora de los sindicatos en la empresa, en los sectores y en el diálogo social, parece evidente que es imposible que los convenios puedan corregir esta tendencia al aumento de las desigualdades.

Entramos en un momento histórico, en el que tendremos que definir cómo será la España de las próximas décadas. En muy poco tiempo se va a prefigurar el escenario laboral, social, económico y político, en el que los diferentes actores vamos a tener que dirimir los conflictos inevitables que toda sociedad produce. Conflictos de intereses que se resuelven en la negociación, o que se enquistan y emponzoñan la convivencia social hasta ahogarla.

La defensa del empleo decente y de una vida digna vuelve a ser el objetivo sindical prioritario para los próximos meses. Eso significa que hay que dar marcha atrás a la reforma laboral, restituyendo derechos; fortalecer la negociación colectiva; proteger a las personas desempleadas; responder a la demanda de una renta mínima que dote de recursos a quienes carecen de todo tipo de protección. Significa reponer las inversiones y los recursos necesarios en Sanidad, Educación, Servicios Sociales, atención a la dependencia. Significa asegurar el futuro de las pensiones públicas.

Es mejor ir de cara y a las claras. Decir qué queremos y cómo lo queremos. Anunciar que estamos dispuestos a negociar hasta la saciedad, pero que la movilización no esperará si la negociación no tiene el grado de compromiso necesario para alcanzar acuerdos. Y que no renunciamos a ningún tipo de movilización democrática. Que tenemos nuestras cartas y estamos dispuestos a jugarlas hasta el final.

Cuando escribo esto se me viene a la cabeza un tema de Robe Iniesta, ya sabéis, el de Extremoduro: No queremos estar metidos en una caja/ o nos dejáis jugar, o sos rompemos la baraja/ O todos a la vez, o todos o ninguno. Aunque para deciros la verdad, siempre me ha gustado más cómo comienza esa misma canción del toro que mató a Manolete, Islero, Shirlero o Ladrón:

Para ganar cuando hay algún conflicto

hay que tenerlos bien puestos en su sitio,

para ceder si te has equivocado

hay que comerse los cojones a bocados.

Robe Iniesta, Extremoduro

Hay, por supuesto, maneras más finas de decirlo: Recuperar la iniciativa y el protagonismo de los trabajadores y trabajadoras. Restablecer el diálogo social. Reforzar el poder contractual de la clase trabajadora. Analizar, reconocer y corregir nuestros errores. Combinar adecuadamente movilización y negociación, como las dos caras de la misma moneda. Hay maneras y maneras de decirlo, pero la del extremeño tiene la ventaja de dejar las cosas meridianamente claras.

 

 


Un otoño calentito

septiembre 5, 2017

Antes del euro, cuando nos embarcábamos en una crisis, la economía española aplicaba, casi invariablemente las mismas recetas. Primero las empresas dejaban de invertir. Si no había pedidos a la vista, dejaban de renovar maquinaria, medios de producción, publicidad y otras inversiones.

Luego, recortaban el empleo, con la ayuda del gobierno de turno, siguiendo la tendencia facilona de impulsar reformas laborales para corregir las “rigideces” del mercado de trabajo. Una cantinela a la que gobierno y empresariado se han acostumbrado, con el resultado de inventar, cada cierto tiempo, nuevas reformas laborales que facilitan despidos, promueven el fraude y expanden la precariedad y la temporalidad.

Una economía como la española, que se caracteriza por actividades poco especializadas e innovadoras, hace que los trabajadores sean fácilmente sustituibles, con lo cual es muy sencillo cambiar a unas personas por otras, con el resultado de una abultada rotación laboral.

Al aumentar el paro, se producía un crecimiento del gasto público en protección por desempleo, pero más pronto que tarde, los gobiernos han recurrido invariablemente a recortes en este gasto a base de endurecer las condiciones de acceso y permanencia y recortando las prestaciones.

También el Banco de España se dedicaba a fabricar pesetas, lo cual terminaba por provocar inflación y subidas de precios que afectaban a nuestras exportaciones y perjudicaban a las personas con salarios y rentas más bajos. Otra posibilidad era devaluar la moneda, lo cual mejoraba nuestras expectativas en turismo y contenía las importaciones, aunque algunas de ellas, como el petróleo y sus derivados no podían reducirse mucho y se encarecían. Lo mismo ocurría con otros bienes producidos por corporaciones extranjeras que tenían que ser importados sí o sí, tales como bienes tecnológicos o de equipo.

Por el contrario, la devaluación reducía el valor nominal de la riqueza del país. Los terrenos, las viviendas, las propias empresas resultaban más baratos y eso animaba la inversión extranjera. Como vemos, un puñado de medidas que había que aplicar con mucho tiento para no desequilibrar aún más la situación económica traída por la crisis. Tarde o temprano la crisis cedía y la economía española volvía a crear empleo abundante y buenos beneficios. Volvíamos a la fiesta.

Esta forma de abordar las crisis se vio profundamente modificada con la llegada del euro. El Banco de España ya no podía recurrir a fabricar dinero, prestarlo, o devaluar la moneda. Ahora es Europa la que decide quién y cómo salimos de la crisis. Lo hemos podido comprobar con la primera gran crisis tras la llegada del euro.

Tras un primer momento en el que Europa siguió el modelo keynesiano de aumentar el gasto público (momento que coincide con la etapa Zapatero en España), a partir de 2011 se imponen las políticas de austeridad, que intentan recortar el gasto público, evitar que los países ricos paguen la crisis y procurar que sean los países del Sur e Irlanda, los que asuman el coste mayor de reparar los daños causados con sus alegres políticas de endeudamiento especulativo de alto riesgo.

La verdad es que, al final, a base de ignorar que uno de los efectos de la moneda única en Europa es que todos compartimos los riesgos, los países del Norte se han condenado a sí mismos a la deflación y la disminución de la demanda. La austeridad comienzan a pagarla los países del Sur y terminan pagándola los del Norte a base de estancamiento económico y del aumento de la presión migratoria de ciudadanas y ciudadanos del Sur y el Este que buscan mejores oportunidades de empleo y de vida.

Otra consecuencia no deseada, ni prevista, ha sido la desconfianza de la ciudadanía del Norte, del Sur, del Este y del Oeste británico, en la capacidad de sus gobernantes para liderar una recuperación económica justa y equilibrada. El surgimiento de movimientos populistas, el propio Brexit, son consecuencias de esa incapacidad de salir de la crisis reforzando el proyecto europeo.

Así las cosas, nuestros gobernantes y una clase empresarial que no ha cambiado sus vicios tradicionales, a falta de posibilidad de aplicar las recetas tradicionales, ha decidido aumentar la presión en la aplicación de aquellas otras que aún dependían de nosotros mismos: devaluar los salarios, facilitar los despidos, aplicar recortes y ajusten en las políticas públicas que garantizan la cohesión de nuestra sociedad.

De eso van las reformas laborales del PP que han precarizado el empleo y recortado la protección por desempleo, las negativas empresariales a alcanzar acuerdos de negociación colectiva que aseguren la recuperación de los salarios y los recortes en sanidad, educación, dependencia, o la preparación de argumentos que justifiquen la reforma de las pensiones.

Ocurre, en estos momentos, que sin abandonar la crisis, vamos superando la recesión. Los beneficios empresariales aumentan. Pero son demasiadas las personas que han abandonado la esperanza de encontrar un empleo y quienes lo encuentran lo hacen en condiciones inaceptables de estabilidad y salario digno.

El Gobierno del PP y la CEOE-CEPYME deberían entender que, si duros son los momentos de crisis económica, la salida de las recesiones se convierten en fuente de conflictos si no se realizan de forma justa y equilibrada. La clase trabajadora, sus sindicatos, han intentado contener durante estos años los efectos más dañinos de la crisis y que los mismos no afectasen a su capacidad organizativa.

Ahora, cuando hemos superado lo peor de la crisis, la actividad económica se recupera y los beneficios económicos vuelven a aparecer, esos mismos sindicatos se preparan para reivindicar que esa recuperación alcance a quienes han soportado lo más duro de la crisis, en forma de empleo, derechos, salarios, condiciones laborales, e inversiones sociales

Se puede hacer negociando un reparto justo de la riqueza que comienza a generarse, o se puede obligar a las organizaciones sindicales a impulsar  procesos de movilización para conseguirlo. No hay mucho más que decidir. Y conociendo al actual gobierno del PP y nuestra clase empresarial, mayoritariamente anclada en el pasado, no es extraño que desde UGT y CCOO se vaya anunciando y preparando un otoño calentito.


Las cuatro lenguas de España

agosto 23, 2017

Cierra los ojos y duerme,

ÑAMeabe,

pestaña contra pestaña.

No es español quien no sabe,

Meabe,

las cuatro lenguas de España.

Gabriel Aresti

Gabriel Aresti, ese bilbaíno que creció con el castellano como lengua materna y que aprendió el euskera de forma autodidacta, hasta convertirse en uno de los más importantes escritores del siglo XX en ese idioma, dedica este poema a Tomás Meabe, hijo de la clase alta bilbaína, discípulo del padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, y fundador de las Juventudes Socialistas, tras su acercamiento al movimiento obrero vizcaíno.

Dos trayectorias tan sólo aparentemente cruzadas, que vienen a coincidir con la convicción de Arrabal de sentirse un nacionalista sin fronteras. Porque ese aparente oxímoron que utiliza dos términos contradictorios uniéndolos en una misma expresión, tal vez no sea tan oxímoron, ni tan contradictorio.

Veo a mi alrededor cómo el mismo partido que defiende que en Cataluña se enseñe castellano, se empeña al mismo tiempo en que en toda España se  implante una enseñanza bilingüe en inglés, casi en igualdad de condiciones con el castellano.

Ni lo uno ni lo otro me parecen mal, de entrada. Con respecto a las lenguas extranjeras creo que hacemos bien en formar a nuestros hijos e hijas en el aprendizaje del inglés, alemán, chino, ruso, italiano, portugués, o árabe. Cuantas más lenguas conozcan, más posibilidades tendremos de movernos por y comunicarnos con un mundo globalizado.

Pero esta globalización sin fronteras debería eliminar el concepto radical de extranjero, en lugar de ampliarlo a los que viven en nuestro mismo país. Cuando, por poner un ejemplo, oímos por la calle a alguien que afirma que un catalán no es español, no sabemos, de entrada, si escuchamos a un nacionalista catalán, o a un nacionalista castellano.

Me parece que esto de la unidad de España depende más de asumir nuestra diversidad y nuestra pluralidad que de los vericuetos en los que nos meten las incapacidades del Mariano y el Carles de turno. Me siento castellano, pero más exactamente de la Sierra castellana del Guadarrama, a caballo entre las dos Castillas. Y me siento madrileño, pero más exactamente de Villaverde y, dentro de Villaverde, del Alto.

Y me siento un poquito de Ronda, porque allí nació una de mis hijas. Y de Ubrique, porque fui allí maestro. Y de Cáceres, más exactamente de Hervás, porque viven allí grandes personas a las que me unió la vida.

Y todo ello por accidente. Porque tengo una rara tendencia a ser y sentirme de donde vivo y trabajo, de donde viven mis hijos. Eso ha hecho que me haya ido de patrias, o que me hayan echado de ellas, o que haya sido un refugiado en otras y que haya vuelto de exilios voluntarios o forzosos, buscando mis orígenes. Vamos, como todo el mundo.

Pues bien, allá va una idea para fomentar el nacionalismo sin fronteras, al menos dentro de España: Creo que nos iría mejor como país si en los programas escolares incluyéramos el conocimiento y aprendizaje de las lenguas de Euskadi, Cataluña y Galicia. Al menos, al mismo nivel que lo hacemos con el inglés y con otras lenguas extranjeras.

Alguien contestará, lo he escuchado en alguna ocasión, que ya que podemos entendernos en castellano en toda España, para qué volcar esfuerzos en aprender otras lenguas patrias. Pero es que esto de la convivencia en un país tiene menos que ver con las cuentas, que con los relatos que somos capaces de construir en común, interiorizando la musicalidad de la lengua materna de cada cual. Nos unen más las canciones de cuna de nuestras madres, que las guerras caprichosas de nuestros padres.

Suenan bien las declaraciones del nuevo director del Instituto Cervantes, planteando un mayor compromiso de esta institución con la difusión de la cultura y las lenguas cooficiales de España, en colaboración con las instituciones de las  Comunidades Autónomas en las que se hablan esas lenguas.

No hay que olvidar que Don Quijote emprendió su famoso viaje a Barcelona y que no en vano Cervantes escribió el libro más leído y vendido de la Historia, después de la Biblia. Con la diferencia de que él lo hizo con una sola mano y en cuanto a Dios, siempre ha utilizado decenas de escribientes.

Francisco Javier López Martín


A propósito de la tesis de Antonio Gutiérrez

julio 27, 2017

Me entero a través del diario digital Nueva Tribuna de que Antonio Gutiérrez ha leído y defendido su Tesis Doctoral en la Universidad Rey Juan Carlos y que el título de la misma es Reformas Laborales, competitividad y Empleo (1977-1012). Y me entero de que en dicha tesis analiza las más de 50 reformas laborales perpetradas en España a lo largo de los 35 años que abarca el estudio.

Me adentro en internet y compruebo que Nueva Tribuna es el único medio  de comunicación que ha incorporado esta noticia, que viene firmada por los profesores Salvador Perelló y Pere J. Beneyto, a la sazón codirectores de la tesis de Antonio.

Que no me haya enterado yo, tiene un pase, porque debo reconocer que hay días en los que no leo los correos electrónicos y son sus remitentes los que tienen que recordarme mis obligaciones, con tal de no perder alguna cita importante, o cumplir algún deber inexcusable.

Conociendo a Antonio, tampoco creo que haya hecho una difusión amplia del evento, dadas las fechas y su pudor reconocido. Pero no deja de llamarme la atención la existencia de un país con tanta capacidad de olvido como éste en el que vivimos.

Un hombre que ha sido Secretario General de CCOO durante más de 12 años. Que dirigía el sindicato aquel 14-D en que se produjo la primera gran Huelga General de la democracia. Que fue luego diputado socialista durante las dos legislaturas de Zapatero. Ese Antonio Gutiérrez, de extracción trabajadora y de estudios universitarios tardíos, no merece unas cuantas reseñas cuando, a sus 67 años, lee su tesis doctoral ante un tribunal universitario, que termina concediéndole un Sobresaliente Cum Laude.

Podría ahora volcarme en críticas aceradas a los medios de comunicación, a quienes los financian y a quienes, desde el poder, contribuyen al olvido de nuestra vida y de nuestra historia, mientras sacan a pasear de forma interesada y partidaria otros eventos mucho más lejanos en el tiempo y en el espacio. Pero mucho me temo que sólo haría un flaco favor a nuestra inteligencia y a nuestra memoria.

La memoria es selectiva y elige qué recordar y qué olvidar. De hecho no podríamos recordar exactamente  lo vivido, sin pagar el precio de consumir exactamente el mismo tiempo que empleamos en vivirlo. Y eso es imposible. Somos nosotros, así pues, quienes elegimos los recuerdos y los olvidos.

Le gusta contar a Antonio que a los pocos días de abandonar el cargo de Secretario General del CCOO, llamó a casa a uno de los Secretarios Generales de la organización, con el que había hablado por teléfono en numerosas ocasiones. Cogió el aparato su hija, como en otras muchas ocasiones había ocurrido. Al otro lado del teléfono oyó a la niña gritar: ¡Papá! ¡Te llama un tal Antonio!

Somos, al parecer, pueblo de frágil, imprecisa y dúctil memoria. En esto he sido pesado hasta la saciedad. En el esfuerzo por rescatar la memoria incómoda de los Abogados de Atocha, de los encausados en el proceso 1001, de Marcelino Camacho y ahora, si toca hacerlo, de Antonio Gutiérrez. Y no sólo porque son nombres de nuestra historia, sino porque tras esos nombres hay muchas otras historias de personas menos conocidas que no deben ser olvidadas.

Ahora que CCOO se ha embarcado en procesos varios de Repensar el Sindicato y de recordar que Hicimos, Hacemos y Haremos Historia, cometeríamos un grave error escribiendo un relato que condujera de la Transición democrática al presente de globalización y precariedad laboral, sin solución de continuidad.

Por suerte, o por desgracia, somos los herederos de Atocha y de los Diez de Carabanchel y venimos de recorrer una larga e intensa trayectoria (aunque sea corta en términos temporales), marcada por personas como Marcelino Camacho, Antonio Gutiérrez,  José María Fidalgo y últimamente Ignacio Fernández Toxo. Sus errores y sus aciertos fueron los nuestros. A lo hecho… pecho. A aprender de los errores, a superarlos y a afrontar el futuro.

Pero es que, además de estas consideraciones, que no han hecho más que traerme problemas en el pasado, la Tesis de Antonio es una tesis para la polémica y el debate que tenemos por delante. Resulta que todas y cada una de las reformas laborales han tenido un mismo argumentario y se han justificado en combatir las rigideces del mercado laboral español.

Sin embargo, las rigideces de un empresariado acostumbrado al beneficio fácil, al pelotazo y a la escasa inversión productiva, nunca han sido puestas en cuestión. Nuestro débil sistema productivo, incapaz de competir, innovar y acostumbrado a salvar el culo bajando salarios y derechos laborales, tampoco ha sido nunca cuestionado, tolerando y preservando la existencia de un sistema financiero especulativo y un modelo productivo agotado.

Se permite Antonio poner en cuestión las oportunidades perdidas, comenzando con los propios y aclamados Pactos de la Moncloa (1977), nuestro ingreso en Europa (1985), el proceso de convergencia con Europa (1995) y las soluciones fracasadas de antemano para combatir la actual crisis económica, de la que salimos con la esperanza de continuar la fiesta. La última Reforma Laboral sólo ha conseguido precarizar, devaluar rentas  y empobrecer a la sociedad.

No viene mal que uno de los protagonistas de nuestra historia más reciente ponga sobre la mesa los males que nos han atenazado y a los que hay que hacer frente, si queremos salir del atolladero con bases sólidas. He recibido ya, en la bandeja de entrada del correo electrónico la tesis leída y defendida por Antonio, compuesta por cientos de páginas de argumentos y citas.

Le he pedido que, sobre la base de la misma, escriba un libro que sirva para el debate que el sindicalismo español tiene que realizar en estos momentos, para construir un modelo económico productivo e innovador, en el que el trabajo decente sea elemento esencial y garantía para una sociedad libre, honrada y democrática.

Nota aclaratoria: Sé que este artículo es uno de esos que nunca conviene escribir, porque siempre habrá alguien, o muchos alguien, que se sentirán molestos al ver algunos de estos nombres escritos uno junto al otro y al otro y al otro. Yo mismo podría sentirme molesto conmigo mismo por decir las cosas  tal cual han quedado escritas. Pero ahí queda, porque siempre me gustó la historia que cuenta Eduardo Galeano en su cuento La Piedra Arde. La  de aquel viejecito guardián de los huertos que vivía en la comarca de Pueblo Niebla, solito y solo y que renunciaba a recuperar su juventud, porque no podría reconocerse ante el espejo al ver cada una de sus cicatrices. Allá cada uno con las suyas.

Francisco Javier López Martín