Reglamento de lecturas infantiles

abril 2, 2018

Acudes a una Biblioteca Pública (para el caso es igual que la titularidad de la misma corresponda a una Comunidad Autónoma, o a un Ayuntamiento). En la familia tenéis un carnet de adulto y otro carnet infantil para tu hija, que cuenta con el preceptivo permiso paterno para ser emitido. Incluso te han pedido que autorices los criterios y límites con los que la menor de edad puede acceder a los servicios internet en la biblioteca. Hasta aquí todo perfecto.

Si tu hija quiere leer a Federico García Lorca y visita, sola, o contigo, la Sala Infantil, encontrará a varios Federicos “para Niños” y algún ejemplar de otros libros del autor que hay que leer en las escuelas, o institutos. El Romancero Gitano, por ejemplo. Suelen ser los bibliotecarios y bibliotecarias, los que indagan con diligencia y por iniciativa propia, estos extremos sobre las lecturas obligadas, en los centros educativos de su entorno.

Sobre la mesa de exposiciones de la Sala encontrarás una selección de posibles lecturas infantiles, entre las que encontrarás títulos como El bosque de los enamorados, Intenta enamorarte, El amor según Venus, El piano embrujado, El bosque de tus ojos, Enamorada de un friki (cito títulos inventados sobre variaciones de otros reales, no menos atractivos, desde el punto de vista de su interés pedagógico, educativo, psicológico, o sociológico).

Ahora bien, el problema surge si quieres que tu hija lea ese mismo Romancero Gitano, pongamos por caso, en esa hermosa y reciente edición de 2017 a cargo de Mil Coeditores y Blur Ediciones, en la que  ilustradores, fotógrafos, diseñadores, artistas, han puesto su granito de arena para ilustrar poemas cargados de vida y alegría, al tiempo que de atormentado amor y dramatismo. Esa edición que se encuentra, por un aquel, en la Sala de Adultos, pero no en la Infantil, o Juvenil.

Si quieres que tu hija lo lea, el bibliotecario o bibliotecaria de turno, que cuenta, por cierto con una excelente preparación y una vocación incuestionables, te entenderá perfectamente, pero se verá obligado a aplicaros el reglamento de las bibliotecas públicas que explicita, claramente, que los carnets infantiles o juveniles, sólo pueden acceder, sobre todo a efectos de préstamo, a libros ubicados en la sala correspondiente a dicha categoría. No es una ley, ni un decreto, ni una ordenanza. Es un reglamento. Y, como bien dijo Romanones, haz tú la ley y déjame a mí el reglamento.

Puedes desgañitarte explicando que eres la madre (o el padre) de la niña y razonando que la Declaración Universal de los Derechos Humanos deja bien claro que los padres tienen derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos, o que la Declaración de los Derechos del Niño insiste en que la responsabilidad de la Educación incumbe, en primer término, a los padres. Y hasta que nuestra Constitución viene a remachar en el mismo clavo, insistiendo en que los poderes públicos tienen que garantizar este derecho. Frente a un reglamento, no hay derecho que valga.

Al final el bibliotecario o bibliotecaria, entenderá perfectamente que tienes razón y si te pones muy pesada (o pesado), hasta te ofrecerá alguna solución a su alcance, tal como que te lleves en préstamo ese Romancero Gitano “de diseño”, con tu carnet de adulto. O bien, hará una excepción y os prestará el  libro con el carnet infantil, tras tomar nota del DNI de la madre como autorizante de la vulneración formal del reglamento.

Amablemente te informarán del lugar donde puedes consultar el reglamento y hasta de los responsables a los que te puedes dirigir para trasladar tus sugerencias y quejas. La respuesta habitual será que te entienden, te agradecen tu interés, pero no es responsabilidad suya. Tal vez te sugieran dirigirte a otros servicios, o responsables de servicio.

Una situación como la descrita no tiene que ver con la voluntad del bibliotecario, o bibliotecaria, ni con la tuya propia y se produce cada día, gobierne quien gobierne en la Comunidad Autónoma y en el Ayuntamiento, al margen del color de los partidos de gobierno y oposición, e independientemente de las leyes que regulan la actividad biblioteconómica y hasta los derechos de las madres y padres sobre la educación de sus hijas e hijos.

Al final, en las bibliotecas (como ocurre en tantos derechos sociales), lo que tú piensas, o lo que piensa la bibliotecaria, importa poco. Termina siendo un reglamento, elaborado, copiado, fusilado, transcrito, o plagiado de otros reglamentos, en algún oscuro despacho, el que decide cosas como lo que leerá y qué no podrá leer, tu hija (o tu hijo) en una biblioteca.

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La igualdad no admite demoras

abril 1, 2018

Han pasado tan sólo unos días desde la celebración de la Huelga Feminista del 8 de Marzo y ya todos los partidos se apuntan los resultados de la misma. Y es que la movilización ha sido un éxito incuestionable, por más que haya quien durante el día de la huelga, fuera diciendo que había tenido un escaso seguimiento laboral, tal vez en un intento de exprimir, hasta el límite, el argumentario antihuelga que el PP lanzó desde su Oficina de Información.

El argumentario no tiene desperdicio. De entrada, acusa a las organizaciones convocante de apostar por el enfrentamiento de mujeres y hombres. De promover una huelga insolidaria, irresponsable y elitista, que pretende, nada menos, que romper nuestro modelo de sociedad occidental.

Y todo ello, para terminar reconociendo los altos niveles de paro de las mujeres, su infrarrepresentación en cargos de dirección, sus dificultades para promocionar en sus trabajos, la brecha salarial con respecto a los hombres, la brecha en las pensiones de miseria que perciben mayoritariamente y la lacra permanente de la violencia de género.

Un argumentario frente a la Huelga Feminista que ha conducido a declaraciones y posicionamientos que rozan el absurdo. La Ministra Tejerina, con su “huelga a la japonesa”, que no existe ni en Japón. Apoyada de inmediato por la presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, que también se inspiró en el Imperio del Sol Naciente, aunque luego negara haber dicho lo que había dicho. Un Presidente que no quería meterse en eso de la “brecha salarial”, pero luego desautorizó las influencias niponas en su partido.

En éstas andábamos cuando llegó la ministra responsable de los asuntos de igualdad, Dolors Montserrat, que sabe mucho de nacionalismo catalán, pero que considera que esto del feminismo es una etiqueta que se ponen algunas mujeres y a ella no le gustan las etiquetas. Para colmo, apareció Maroto, uno de los Vices del PP, poniendo de vuelta y media la “manifestación de Podemos”. Cuando vio la que se venía encima, cambió radicalmente, hasta admitir respetar la posición que cada ciudadano pueda tener.

El partido de Rivera se dio cuenta también, o fue alertado, de que iba por mal camino, cuando Inés Arrimadas denunciaba maniobras ideológicas anticapitalistas en el feminismo, al tiempo que la responsable parlamentaria de Igualdad de Ciudadanos identificaba a las feministas convocantes  de la movilización con el comunismo, al grito de “Yo soy feminista, pero no comunista”.

A la vista de lo que se avecinaba, el jefe Albert decidió hacer un quiebro y reclamar un “movimiento transversal feminista” para intentar mitigar el golpe, lo cual no impidió que se llevasen algún que otro rapapolvo, al paso de su cortejo, durante la manifestación madrileña.

No era ésta una huelga al uso. Era huelga de no consumir, de no atender los cuidados familiares, de no estudiar y de no trabajar. Las organizaciones convocantes, sociales y sindicales, eran conscientes de que no era fácil, con un tejido empresarial mayoritariamente compuesto por microempresas y pequeñas empresas y con el grado de precariedad laboral y temporalidad agudizado durante los años de la crisis, alcanzar un alto nivel de paro laboral.

El éxito de la huelga se ventilaba en los centros de trabajo, en los centros de estudio, pero también en el despliegue masivo por las calles y las plazas, en las impresionantes manifestaciones que recorrieron las ciudades españolas y en el alto nivel de debate y conciencia social que se ha desplegado, en torno al problema de la igualdad.

Por eso, ahora, cuando ni los que se opusieron a la Huelga Feminista son capaces de negar el éxito de la misma y, aún menos, las causas que han llevado a millones de mujeres y hombres a participar en las miles de movilizaciones convocadas el 8 de Marzo, es el momento de que nadie se entregue  a la tarea de echar arena sobre el problema.

Si el problema existe y la sociedad ha demostrado que es consciente del mismo y que exige soluciones y cambios reales, lo que toca es presentar soluciones políticas que incidan en lo laboral y en todos los aspectos que forman parte de nuestra convivencia social. Habrá que hablar de contrataciones, de educación, servicios públicos, servicios sociales, dependencia, pensiones, violencia de género y muchas cosas más.

Por favor, no nos distraigan con viejos trucos, ni con novedosas argucias, demoras, desidias. Si la igualdad es el problema no resuelto, vamos a negociar ya cómo la alcanzamos.


Educación de por vida

marzo 6, 2018

Esto de la educación parece ser un mantra al que todo el mundo recurre cuando no sabe qué decir, especialmente nuestra clase política cuando no sabe qué hacer. Si no hay trabajo es porque estamos poco preparados y hay que reforzar la empleabilidad con más educación. Si sigue existiendo violencia de género es, sin duda, porque algo falla en la educación.

La corrupción pervive porque nadie nos enseñó a evitarla y a mantener un comportamiento ético, ya desde la escuela. Somos incapaces de conseguir un nuevo modelo social y productivo a causa de que la educación no nos hace más innovadores y emprendedores. No cuidamos lo nuestro, incluido nuestro medio ambiente, porque hemos recibido una educación deficiente.

Si estas aseveraciones fueran verdad, bastaría reforzar el sistema escolar y concluir un amplio Pacto Educativo, para que nuestros problemas se solucionasen. Y eso, es bien sabido, no es verdad. La educación es un mecanismo de reproducción de comportamientos y valores arraigados en nuestra sociedad, en nuestra economía, en la cultura y en nuestra forma cotidiana de abordar la vida y las relaciones.

Claro que la educación puede impulsar y reforzar una tendencia, una decisión, una voluntad política de cambiar las cosas. Eso es innegable y se ha demostrado cuando algunas sociedades han decidido impulsar procesos de cambio profundo, como los que, evidentemente, este país necesita. Pero para ello las decisiones no hay que tomarlas en los centros educativos, sino en el conjunto de la sociedad, con convicción política.

Lo que es evidente y cierto es que formalmente (en centros educativos), o informalmente (en un centro de trabajo, en la familia, en el grupo de amigos, en el barrio…), nuestra formación es una tarea de por vida. En lo personal y en lo laboral, cada día es más evidente la necesidad de una formación continua.

Todos los organismos internacionales que conozco, recomiendan a los diferentes países que esa educación (especialmente la Formación Profesional) sea más atractiva, más flexible con las situaciones de las personas y más integradora.

Lo que nos quieren decir es que la participación de adultos en procesos formativos debería ser más elevada. En el caso de Europa, la media recomendada sería de una de cada cinco personas adultas de entre 25 y 64 años participando en procesos de formación permanente en el año 2020, cuando la media actual se mueve entre el 9 y el 11 por ciento, según la Encuesta de Población Activa (EPA).

Es cierto que cuando incluimos procesos de aprendizaje no formal la situación mejora, pero también pone al descubierto, en el caso español, la incapacidad demostrada para conjugar bien la Formación Profesional dependiente del Ministerio de Educación y la que desarrolla el Ministerio de Empleo a través del “subsistema” de Formación Profesional para el Empleo, sostenida por la cuota de formación que pagamos los trabajadores y que se comporta como un sistema paralelo e inconexo.

Los celos administrativos, el poder político sobre los recursos de cada ministerio y una larga trayectoria de desencuentros, independientemente del color político del gobierno, han conducido a este desastre. Y, sin embargo, hacerlo bien y hacerlo ahora, es una tarea imprescindible para nuestro futuro.

Me parece esencial promover una formación continua integradora en un país como España, en el que la mayoría de las empresas son pequeñas y eso dificulta la participación de millones de personas, de quienes más necesitan la formación. En un país en el que las mujeres soportan buena parte de las cargas familiares y sufren jornadas laborales irregulares, sometidas a contratos a tiempo parcial y temporales.

Además, por más que nos cuenten lo contrario, buen número de empleos son monótonos y rutinarios y los empleadores no perciben necesidad alguna de formar a unos trabajadores y trabajadoras que pueden sustituir (y de hecho sustituyen) fácilmente.

Un mercado laboral precario, con alta temporalidad y bajos salarios, es incompatible con la formación continua, a lo cual viene a sumarse que, para las empresas, la formación tiene un valor acotado en el tiempo. La innovación es constante y acelerada y lo que hoy necesitas aprender quedará obsoleto en un horizonte no muy lejano.

Un panorama de desorganización institucional de la formación continua como el descrito, desalienta a las personas y desincentiva a las empresas. Creo que, para empezar, sería necesario romper las barreras entre los sistemas paralelos del Ministerio de Educación y del Ministerio de Empleo, estableciendo un único sistema integrado e integrador.

Creo que habría que flexibilizar la formación, estableciendo módulos e itinerarios a la carta, que permitieran obtener cualificaciones y vinculando cada vez más esa formación con la formación práctica en las empresas (eso que en países como Alemania denominan formación dual).

Claro que para hacerlo es necesario que exista un servicio de orientación para que cada persona pueda acceder a la formación que serán necesarias en cada momento y un sistema de cualificaciones que pueda incluso anticipar las cualificaciones que van a ser requeridas en el futuro inmediato y a medio plazo.

La negociación colectiva y las disposiciones legales deberían asegurar la flexibilidad necesaria en el trabajo para poder acceder a la formación. Los permisos individuales de formación, el derecho a horas anuales de formación y hasta la formación incorporada a contratos de formación, son papel mojado en muchas empresas, especialmente pequeñas y medianas.

Otra necesidad imperiosa radica en poder validar de forma permanente las competencias adquiridas mediante procesos de formación no formales, o informales, para obtener con ello un reconocimiento laboral, obtener una cualificación, o continuar una nueva vía de formación.

Una  Formación Profesional Continua que sea más atractiva, más accesible, flexible, e integradora, necesita de una voluntad compartida entre administraciones distintas, empresas y representantes de los trabajadores. Necesita de capacidad de negociación y acuerdo, fortaleciendo la comunicación y la capacidad de actuar con sensatez y coherencia en un marco nacional que cuenta con necesidades sectoriales y territoriales (autonómicas, o locales) distintas.

Ahora hay que saber si contamos con gobernantes, administraciones, organizaciones empresariales y sindicales y con centros de formación, preparados para afrontar este reto, o si volvemos a las andadas de promover capillas, banderías, sectas, camarillas, conciliábulos, corrillos y bandas organizadas, más preocupadas por el “cómo va lo mío” que por las necesidades de las personas.


La guerra de las pensiones

marzo 6, 2018

Hace unas semanas escribí sobre las movilizaciones de los pensionistas frente al Congreso de los Diputados. Titulaba el artículo Los pensionistas toman la calle. Advertía que dejar que las cosas se pudran para justificar el desmantelamiento de las políticas públicas, es una estrategia suicida, cuando quienes reclaman soluciones son más de nueve millones de personas que comienzan a estar hartas y que no están dispuestas a apechugar con la carga del abandono de las políticas de protección social.

Esta semana, los mayores han vuelto a la calle de forma aún más masiva y, mientras esto ocurre, el gobierno sigue enviando a su ministra más rociera a entonar la cantinela de que la crisis ha sido benévola con nuestro mayores, que total no han perdido tanto poder adquisitivo y que les preocupa mucho el futuro de las pensiones.

Pero la cruda realidad es que, desde la reforma de las pensiones del PP en 2013, las subidas anuales de las pensiones son cada vez más miserables. El 0´25% de subida de este año no tiene nada que ver con el crecimiento de la inflación del año anterior, ni con las previsiones para finales de 2018.

Vivimos en un país que crece a ritmos de entre el 2 y el 3 por ciento. Ya se encarga el gobierno de explicar lo bien que nos va económicamente. Nuestra Constitución, esa que va a cumplir 40 años, esa misma que el gobierno no ve motivos para cambiar, la que establece claramente que Los poderes públicos garantizarán mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica de los ciudadanos durante la tercera edad.

Sin embargo,los pensionistas ven menguar su poder adquisitivo. Tienen que cubrir las necesidades de sus familias, laceradas por el paro y condenadas a la precariedad laboral y vital. Ven subir los precios de los productos y consumos básicos, como la luz o el gas, muy por encima de su pensión.

Pero es que, además, elementos esenciales de protección social, como la Sanidad, o la Atención a la Dependencia, los Servicios Sociales, se han resentido duramente con los recortes del gobierno durante la crisis y agudizan el empobrecimiento real, no sólo de las rentas, sino de la vida cotidiana de nuestros mayores.

Ahora que se avecinan el 8 de marzo y la Huelga feminista convocada en toda España, conviene resaltar que la famosa brecha salarial alcanza en las pensiones dimensiones escandalosas, a causa de la discriminación a la que se han visto sometidas las mujeres cuando han conseguido acceder a un empleo. Por eso la cuantía de sus rentas se encuentran lastrada por cotizaciones más bajas a la Seguridad Social y amplios periodos sin trabajar, lo cual da lugar a pensiones mínimas, cuando no se ven condenadas directamente a Pensiones No Contributivas, que obligan a muchas mujeres a vivir con menos de 400 euros al mes.

Mientras tanto, la banca y las aseguradoras privadas (basta leer las declaraciones recientes de la Presidenta de las organizaciones aseguradoras, UNESPA), redoblan sus cantinelas y para que lluevan los recursos de las pensiones sobre su cartera de negocios. La justificación es que el sistema de pensiones es insostenible. Pero lo verdaderamente imposible es conseguir que la Seguridad Social obtenga los recursos necesarios para mantener las pensiones actuales y futuras, cuando la reforma laboral del PP ha propiciado que el empleo que se crea sea temporal, a tiempo parcial y mal pagado. Así, las cotizaciones a la Seguridad Social crecen mucho menos que el empleo.

Sin trabajo decente, sin salarios dignos, con bonificaciones que cargan sobre los ingresos de la Seguridad Social todo tipo de políticas de apoyo a la creación de cualquier tipo de empleo; sin recursos suficientes para perseguir el fraude en la contratación, lo normal es que no haya recursos suficientes.

Hay muchas cosas que se podrían hacer para que los recursos procedentes de las cotizaciones sociales aumentaran hasta cubrir las necesidades actuales. Estamos a tiempo de prevenir y afrontar el futuro. Pero el gobierno parece haber tirado la toalla y cedido a las presiones privatizadoras que profundizan el deterioro de la protección social.

Deberían de entender, aunque no lo harán, que las maniobras de distracción tienen un tope y que las personas mayores están alcanzando su límite de tolerancia. La guerra de las pensiones puede tener un coste impagable para un gobierno que arrastra ya una pesada mochila de incompetencia, casos de corrupción y puertas giratorias que demuestran que, lejos de defender los intereses de la mayoría, ejerce de portavoz y adalid de los intereses de los más ricos y poderosos.


La libertad, estúpidos, la libertad

marzo 6, 2018

Creo que decía Hemingway, aunque también otros lo atribuyen a Paulo Coelho y unos terceros al Filósofo de Güemes, que Se está muriendo gente que antes no se moría. En cualquier caso estoy, cada día, leyendo noticias que nunca pensé volver a leer.

Detenciones y condenas a creadores y artistas que cantan, pintan, fotografían, escriben, representan títeres, o se disfrazan de Ecce Homo. Cosas que ahora son consideradas delito, cuando abundan los ejemplos de que, hace no tantos años, canciones con letras aún más duras, libros tremendamente duros, fotos mucho más provocadoras, escenificaciones más cáusticas y otros personajes disfrazados de Cristo, no movían al escándalo y, sobre todo, no tenían cabida en un proceso judicial.

Para alguien que, como yo, ha pasado su infancia y su juventud en la más negra de las inconstitucionalidades, hijo y nieto de perdedores de la guerra civil que consumió España durante cuarenta años, comprobar cómo los juicios franquistas se reproducen en una etapa democrática y la libertad es sentada y condenada en los tribunales, no es agradable, comprensible, ni mucho menos tolerable.

Lo siento ahora, como cuando centenares de sindicalistas se ven ante los tribunales, acusados de vulnerar el sacrosanto derecho al trabajo en día de huelga y postergado derecho todos los demás días del año.

Jesús salió entonces llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilatos les dijo: ¡He aquí el Hombre! Juan 19:5. Siempre he sentido que esta escena volvía a reproducirse, a representarse en estos tiempos modernos, pero no menos bárbaros.

Entiendo que un partido en declive imparable y en expansivo descrédito, se ve obligado a buscar respiros en las guerras de banderas, los himnos y sus letras, el terrorismo de aquí y de allá y hasta la unidad lingüística frente a las cuatro lenguas de España, perseguir a quienes crean en libertad. Parece que todo les vale.

Decir estas cosas no supone justificar ni la violencia, ni el terrorismo. Me tiré los primeros años al frente de las CCOO de Madrid, convocando paros laborales, concentraciones y manifestaciones, cada vez que ETA cometía un atentado en cualquier rincón de España. Luego, de nuevo, contra los atentados del 11-M y sus autores. Y de nuevo contra el terrorismo de ETA.

Un Delegado del Gobierno en Madrid, preocupado por la prevención de mi salud, me ofreció un servicio de contravigilancia, al parecer más eficaz que llevar escoltas. No diré que no pasase miedo muchos días, pero no creí que tuviera que estar más protegido que un policía, o un guardia civil. Cualquiera podíamos ser una víctima.

En todo ese tiempo nunca tuve miedo a decir lo que pensaba, ni creí que Fermín Muguruza, Robe Iniesta, Albert Pla, o Antón Reixa merecieran sentarse ante un nuevo Tribunal de Orden Público.

La libertad de expresión tiene sus límites y el principal de ellos es el ejercicio de la violencia, pero convengamos que algo está pasando en España y que está ocurriendo demasiado deprisa. Que hoy los Toreros Muertos, los Muertos de Cristo, Os Resentidos, Kortatu, o Extremoduro, lo tendrían muy difícil para no acabar procesados y condenados. Que una nueva Inquisición se va apoderando paulatinamente de nuestra convivencia. Y que la libertad va cediendo paso a una censura oficial y a una autocensura cargada de un miedo que empobrece el país.

Ni los partidos que se reclaman liberales, ni los centristas, ni los progresistas, deberían tolerar que este clima de amenaza y persecución, siga avanzando. La sociedad civil organizada, cada persona, no deberíamos consentir este avance de la opresión que avasalla las libertades y tiraniza a las personas. Lo “políticamente correcto” no puede convertirse en martillo de herejes que impide nuestra libertad de expresión, de creación y de acción como hombres y mujeres libres.  Porque esa es la cuestión: vivir en libertad. Vivir la libertad.


El derecho a la pereza

marzo 6, 2018

No penséis que os hablé del Bicentenario de Carlos Marx, para dejar, tan sólo, un rastro de historia pasada, por si alguien se animaba a tirar del hilo y traer hasta nuestros días el recuerdo de un personaje que ha perdido mucha actualidad desde que el Muro de Berlín se desplomó, aplastando la iglesia construida sobre la sólida piedra de aquel hombre llamado Karl, ese nombre con el que los germanos designaban al hombre libre.

Afirmar que Marx ha perdido actualidad, ante el fracaso del marxismo-leninismo, el estalinismo, o la deriva capitalista del maoísmo, sería tanto como proclamar el fracaso de Cristo, a la vista de la deriva de su iglesia, extraviada en las guerras de religión, enredada en los tribunales de la Inquisición, la quema de brujas, las persecuciones de judíos, o señalada como cómplice necesaria en los desmanes de la colonización americana. La de los católicos en el Sur y de los protestantes en el Norte.

Por no hablar de escándalos más recientes que tienen que ver con las finanzas e inversiones vaticanas, o el protagonismo de algunos clérigos en episodios demasiado frecuentes de abusos sexuales.  En fin, que prefiero pensar que la vigencia de Cristo se  ventila más en Ellacuría, Casaldáliga, Vicente Ferrer, el Padre Llanos, o los obispos Gerardi, Romero, o Desmond Tutu.

Quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado, decía George Orwell. Eso intentaba el artículo, mirar desde el presente hacia nuestro pasado, para escrutar el horizonte del futuro. Porque creo que quien quiera descubrir la vigencia del marxismo, tendrá que mirar más hacia Orwell, el joven Marx, o a su yerno Paul Lafargue, casado con su hija Laura Marx.

Ya sé que algunos me diréis que el tal Lafargue no tiene el mismo peso de los grandes teóricos del marxismo y que probablemente Marx no lo tendría en muy alta consideración como teórico, ni tal vez como yerno. Y, sin embargo, a la luz del tiempo implacable, cualquiera podría reconocer que la frescura de un opúsculo de medio centenar de páginas titulado El derecho a la pereza, tiene más vigor y poder de atracción que los sesudos textos de Lenin. Al igual que los de Orwell gozan de mucho más atractivo que los de su maestro Trotsky.

Eso, además de que Marx nunca podrá agradecer suficientemente a aquel español, oriundo de Cuba y de padre francés, que cambiara su confianza en Proudhon y Bakunin, para convertirse en defensor de Marx, Blanqui, o Engels. Así debieron de pensarlo todos ellos cuando le mandaron a la boca del lobo español, sabiendo que ya un tal Fanelli había obtenido una excelente acogida para La Idea anarquista, captando para la misma a personas sensatas y muy reconocidas en la I Internacional, como Anselmo Lorenzo.

Pablo Lafargue, exiliado con su esposa y su hijo en Madrid, huyendo de la represión de la revuelta de la Comuna de París, hizo cuanto pudo y consiguió atraer a los planteamientos marxistas a otros seguidores españoles de la Internacional, como Pablo Iglesias, Francisco Mora, o José Mesa. Ahí se encuentran los orígenes de la UGT y del PSOE.

Si a esto le añadimos que aquel hombre hizo feliz a su hija y que llegó a ser el primer diputado socialista en el Parlamento francés, no creo que Don Carlos tuviera nada que reprochar a su yerno. Sobre todo sabiendo que, después de El Manifiesto Comunista, escrito por el propio Marx y su amigo Engels, el texto marxista más leído y difundido ha sido El derecho a la pereza. Como propagandista y difusor de las ideas del suegro, no tenía precio. Cuando menos, así debió de reconocerlo el bueno de Engels cuando dejó un buen pellizco de herencia a la pareja compuesta por Laura y Pablo.

Si pensamos en cómo han evolucionado las cosas desde entonces y sobre todo en los últimos tiempos, una reflexión sobre el trabajo como la que plantea Lafargue, en una versión libre y tremendamente atractiva de la doctrina de Marx, sigue apuntando al centro del debate.

Cuando los medios tecnológicos sustituyan masivamente a la mano de obra, habrá que pensar si ha llegado el tiempo de aplicar muchas de las reflexiones sobre la pereza que nos ofrece el yerno de Marx. Si nos resignamos a un futuro con empleos inestables, precarios, temporales y mal pagados. A una pobreza cada vez más general y extendida. A una brecha de desigualdad cada día más insalvable.

O, si por el contrario, ha llegado el tiempo de establecer fórmulas para un reparto justo de la riqueza, que permita comenzar la construcción de utopías de libertad como las que soñaron Platón, Bacon, Moro. Esas utopías que intentaron personajes como Vasco de Quiroga, en Michoacán, tal como nos cuenta Ernesto Cardenal en su hermoso poema Tata Vasco.

De nuevo, será el momento de elegir entre socialismo o barbarie. Que ya lo dijo un día Federico Engels, La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie…


Los Javis y los Pablos en los Goya

febrero 22, 2018

Andaba viendo la gala de los Goya, en directo, pero no in situ. Esa que casi todos los años termina siendo juzgada como la peor de la historia y cuyos presentadores parecen subir siempre al escenario, pensando que el hundimiento de su carrera es inminente. Imagino que los dos presentadores de este año debieron pensar que sólo cabía un sacrificio personal y profesional mayor: ser elegidos para representar a España en el Festival de Eurovisión.

Nada que ver con los Oscar, o los Globos de Oro, que siempre desbordan sentido del espectáculo, pase lo que pase durante la ceremonia y sean quienes sean sus presentadores. Un espectáculo que suple con creces la falta de historia ancestral, mientras que aquí pareciera que un exceso de historia determinase que este tipo de eventos nunca acabe bien, como atenazados por la larga mano del pasado.

El mundo del cine español se ha volcado este año contra la brecha salarial entre mujeres y hombres y la infrarrepresentación femenina en la profesión. Han seguido la estela de  los Globos de Oro, pero obviando la denuncia de los abusos sexuales contra las mujeres actrices, que en España también han desenmascarado algunas estrellas, pero que ha pasado casi desapercibido en los Goya.

Las actrices americanas han llegado a constituir un fondo, el Time´s Up, para ayudar en la defensa legal de mujeres que sufren agresiones y abusos sexuales en su trabajo y cuentan con menos recursos que ellas. Este año, los discursos de Oprah Winfrey, o de Nicole Kidman, pasarán a la historia de los discursos políticos sobre violencia contra las mujeres, de la misma forma que lo hará el que pronunció Meryl Streep contra Donald Trump, en lo Globos de Oro del año pasado.

Dónde estuvieron esos discursos en la gala de los Goya. Y, si hubo alguno, fue la anécdota, o constituyó parte esencial del pastel que allí se estaba degustando. Hasta el ministro, incapaz de rebajar el IVA cultural, salió relativamente contento y satisfecho, por primera vez en muchos años, presumiendo de que, Cuando uno explica las cosas y cumple, el mundo del cine es agradecido.

Los presentadores se paseaban por el patio de butacas, preguntando a las caras conocidas y obteniendo de ellas algún que otro onomatopéyico zasca. Entre los más recurridos y socorridos en estas andanzas se encontraban Los Javis. Los Javis por aquí, Los Javis por allá. A ver si sabes cuál de los dos Javis es el Calvo y quién el Ambrossi. En fin, cosas de esas. Solo faltó preguntar si alguien no sabía quién era el otro Javi. El que venía de la Antártida con su hermano. Sí hombre, el nominado de primera fila que borda a Pablo Escobar.

Se ve que ya sabían que los Javis no llevaban premio esa noche. Ninguno de los tres. Que no digo que los premiados no lo merecieran, ni mucho menos, pero esta noche la cosa iba de mucho Eskerrik Asko y premios gordos para una mujer, Isabel Coixet. Magnífica siempre, pero esta noche tocaba que todos se dieran más cuenta.

Y de pronto, las cámara enfocan al ministro de cultura, al que recientemente he escrito una carta que se ve que no ha leído y a su acompañante, una tal Dolors Montserrat, que se ha hecho famosa porque parece ser la esperanza blanca (no la Aguirre) del PP en Cataluña y porque, además, un día Mariano le entregó una cartera de cuero ministerial, que la acredita para sentarse en la mesa del gobierno de la abúlica desidia.

Más tarde enfocan a Pedro Sánchez y Albert Rivera, acompañado cada uno de sus respectivas parejas. Alberto Garzón, también con su pareja, se movía por el patio de butacas. Pero de Pablo Iglesias, ni rastro. Y las redes sociales empiezan a canturrear esa canción de Krahe que tanto le gusta y hasta se atreve a cantar en directo, Dónde se habrá metido esa mujer. En este caso la mujer, metafóricamente escribiendo, era el propio Iglesias.

Menos mal que, al instante, Pablo tiró de redes y nos aclaró que, No me han castigado. Estamos en el único sitio donde podía entrar la silla de @pnique. Gracias a la Academia y a los trabajadores que han facilitado que pudiera entrar con Pablo ¿Viva el cine! ¡Vivan las trabajadoras del cine! Y ¡Viva Echenique y la gente que rompe barreras!

A estas alturas, me pregunté si el hecho de que en la gala más destacada del cine español y, aún más, en ésta dedicada a la igualdad, era de recibo que Los Pablos fueran relegados a un oscuro gallinero, por el hecho de que uno de ellos tuviera que desplazarse en silla de ruedas.

También me pregunté, al día siguiente, si tienen razón algunos titulares que sitúan los abanicos rojos contra el machismo como novedad más destacable de una pésima gala y otros que hablaban de poco humor, desorganización e hipocresía. Desde entonces, me lo sigo preguntando.