Desigualdad, el alto coste de la crisis

septiembre 11, 2017

Uno de los efectos de la política del gobierno ante la crisis económica es que las empresas no financieras han recuperado ya el nivel de beneficios anterior a 2008. Aunque la producción siga siendo inferior, los excedentes brutos empresariales han crecido. Si no producimos más, la única explicación para este aumento de beneficios se encuentra en los recortes salariales y el abuso de fórmulas como la temporalidad, o el contrato a tiempo parcial, que permiten reducir costes salariales.

El resultado es que la devaluación salarial está produciendo mayor desigualdad social y en el propio mercado laboral. Dicho de otra manera, el crecimiento económico no llega a las personas y se queda en los bolsillos de los empresarios. No es extraño, en estas circunstancias, que la brecha española entre ricos y pobres sea la más alta de toda la Unión Europea.

La riqueza del 10 por ciento más rico es casi 14 veces mayor que la del 10 por ciento más pobre, mientras que este dato se encuentra en torno al 8´5 por ciento en la media europea. También el Coeficiente Gini, que mide las desigualdades, nos deja mal parados. Lo dicho, de nuevo a la cabeza de Europa en desigualdad.

Explica Rajoy que el crecimiento de la desigualdad en España se debe al alto nivel de paro y que todo tendrá arreglo cuando crezca el empleo, pero esa afirmación no lo explica todo. Los recortes en protección por desempleo producidos por la reforma del gobierno, también tienen que ver con esta situación. Si en 2010 uno de cada cuatro personas paradas no tenía protección por desempleo, hoy son ya dos de cada cuatro quienes carecen de protección.

Tampoco nos engaña Rajoy cuando oculta que los contratos basura; la incentivación de la contratación a tiempo parcial, de la temporalidad y del falso empleo autónomo; la propia devaluación salarial, provocados también por su reforma laboral, tienen mucho que ver con el aumento del riesgo de pobreza en España. Casi el 16 por ciento de quienes tienen un trabajo en España se encuentra en esta situación de riesgo de pobreza.

El empleo precario y la devaluación salarial tienen, además, otra consecuencia añadida: Aunque crezca el empleo, no crecen al mismo ritmo las cotizaciones a la Seguridad Social, porque las bases de cotización también se reducen. Este fenómeno da de nuevo alas, a quienes anhelan meter mano en las abultadas cuentas de las pensiones, para emprender maniobras de privatización.

La Negociación Colectiva puede contribuir a mejorar este escenario y, de hecho, gracias a la capacidad protectora del convenio colectivo, los males no han sido mayores. Pero cuando la política económica del gobierno y sus reformas laborales y de  la normativa de empleo, caminan en el sentido contrario, debilitando la propia capacidad negociadora de los sindicatos en la empresa, en los sectores y en el diálogo social, parece evidente que es imposible que los convenios puedan corregir esta tendencia al aumento de las desigualdades.

Entramos en un momento histórico, en el que tendremos que definir cómo será la España de las próximas décadas. En muy poco tiempo se va a prefigurar el escenario laboral, social, económico y político, en el que los diferentes actores vamos a tener que dirimir los conflictos inevitables que toda sociedad produce. Conflictos de intereses que se resuelven en la negociación, o que se enquistan y emponzoñan la convivencia social hasta ahogarla.

La defensa del empleo decente y de una vida digna vuelve a ser el objetivo sindical prioritario para los próximos meses. Eso significa que hay que dar marcha atrás a la reforma laboral, restituyendo derechos; fortalecer la negociación colectiva; proteger a las personas desempleadas; responder a la demanda de una renta mínima que dote de recursos a quienes carecen de todo tipo de protección. Significa reponer las inversiones y los recursos necesarios en Sanidad, Educación, Servicios Sociales, atención a la dependencia. Significa asegurar el futuro de las pensiones públicas.

Es mejor ir de cara y a las claras. Decir qué queremos y cómo lo queremos. Anunciar que estamos dispuestos a negociar hasta la saciedad, pero que la movilización no esperará si la negociación no tiene el grado de compromiso necesario para alcanzar acuerdos. Y que no renunciamos a ningún tipo de movilización democrática. Que tenemos nuestras cartas y estamos dispuestos a jugarlas hasta el final.

Cuando escribo esto se me viene a la cabeza un tema de Robe Iniesta, ya sabéis, el de Extremoduro: No queremos estar metidos en una caja/ o nos dejáis jugar, o sos rompemos la baraja/ O todos a la vez, o todos o ninguno. Aunque para deciros la verdad, siempre me ha gustado más cómo comienza esa misma canción del toro que mató a Manolete, Islero, Shirlero o Ladrón:

Para ganar cuando hay algún conflicto

hay que tenerlos bien puestos en su sitio,

para ceder si te has equivocado

hay que comerse los cojones a bocados.

Robe Iniesta, Extremoduro

Hay, por supuesto, maneras más finas de decirlo: Recuperar la iniciativa y el protagonismo de los trabajadores y trabajadoras. Restablecer el diálogo social. Reforzar el poder contractual de la clase trabajadora. Analizar, reconocer y corregir nuestros errores. Combinar adecuadamente movilización y negociación, como las dos caras de la misma moneda. Hay maneras y maneras de decirlo, pero la del extremeño tiene la ventaja de dejar las cosas meridianamente claras.

 

 

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Un otoño calentito

septiembre 5, 2017

Antes del euro, cuando nos embarcábamos en una crisis, la economía española aplicaba, casi invariablemente las mismas recetas. Primero las empresas dejaban de invertir. Si no había pedidos a la vista, dejaban de renovar maquinaria, medios de producción, publicidad y otras inversiones.

Luego, recortaban el empleo, con la ayuda del gobierno de turno, siguiendo la tendencia facilona de impulsar reformas laborales para corregir las “rigideces” del mercado de trabajo. Una cantinela a la que gobierno y empresariado se han acostumbrado, con el resultado de inventar, cada cierto tiempo, nuevas reformas laborales que facilitan despidos, promueven el fraude y expanden la precariedad y la temporalidad.

Una economía como la española, que se caracteriza por actividades poco especializadas e innovadoras, hace que los trabajadores sean fácilmente sustituibles, con lo cual es muy sencillo cambiar a unas personas por otras, con el resultado de una abultada rotación laboral.

Al aumentar el paro, se producía un crecimiento del gasto público en protección por desempleo, pero más pronto que tarde, los gobiernos han recurrido invariablemente a recortes en este gasto a base de endurecer las condiciones de acceso y permanencia y recortando las prestaciones.

También el Banco de España se dedicaba a fabricar pesetas, lo cual terminaba por provocar inflación y subidas de precios que afectaban a nuestras exportaciones y perjudicaban a las personas con salarios y rentas más bajos. Otra posibilidad era devaluar la moneda, lo cual mejoraba nuestras expectativas en turismo y contenía las importaciones, aunque algunas de ellas, como el petróleo y sus derivados no podían reducirse mucho y se encarecían. Lo mismo ocurría con otros bienes producidos por corporaciones extranjeras que tenían que ser importados sí o sí, tales como bienes tecnológicos o de equipo.

Por el contrario, la devaluación reducía el valor nominal de la riqueza del país. Los terrenos, las viviendas, las propias empresas resultaban más baratos y eso animaba la inversión extranjera. Como vemos, un puñado de medidas que había que aplicar con mucho tiento para no desequilibrar aún más la situación económica traída por la crisis. Tarde o temprano la crisis cedía y la economía española volvía a crear empleo abundante y buenos beneficios. Volvíamos a la fiesta.

Esta forma de abordar las crisis se vio profundamente modificada con la llegada del euro. El Banco de España ya no podía recurrir a fabricar dinero, prestarlo, o devaluar la moneda. Ahora es Europa la que decide quién y cómo salimos de la crisis. Lo hemos podido comprobar con la primera gran crisis tras la llegada del euro.

Tras un primer momento en el que Europa siguió el modelo keynesiano de aumentar el gasto público (momento que coincide con la etapa Zapatero en España), a partir de 2011 se imponen las políticas de austeridad, que intentan recortar el gasto público, evitar que los países ricos paguen la crisis y procurar que sean los países del Sur e Irlanda, los que asuman el coste mayor de reparar los daños causados con sus alegres políticas de endeudamiento especulativo de alto riesgo.

La verdad es que, al final, a base de ignorar que uno de los efectos de la moneda única en Europa es que todos compartimos los riesgos, los países del Norte se han condenado a sí mismos a la deflación y la disminución de la demanda. La austeridad comienzan a pagarla los países del Sur y terminan pagándola los del Norte a base de estancamiento económico y del aumento de la presión migratoria de ciudadanas y ciudadanos del Sur y el Este que buscan mejores oportunidades de empleo y de vida.

Otra consecuencia no deseada, ni prevista, ha sido la desconfianza de la ciudadanía del Norte, del Sur, del Este y del Oeste británico, en la capacidad de sus gobernantes para liderar una recuperación económica justa y equilibrada. El surgimiento de movimientos populistas, el propio Brexit, son consecuencias de esa incapacidad de salir de la crisis reforzando el proyecto europeo.

Así las cosas, nuestros gobernantes y una clase empresarial que no ha cambiado sus vicios tradicionales, a falta de posibilidad de aplicar las recetas tradicionales, ha decidido aumentar la presión en la aplicación de aquellas otras que aún dependían de nosotros mismos: devaluar los salarios, facilitar los despidos, aplicar recortes y ajusten en las políticas públicas que garantizan la cohesión de nuestra sociedad.

De eso van las reformas laborales del PP que han precarizado el empleo y recortado la protección por desempleo, las negativas empresariales a alcanzar acuerdos de negociación colectiva que aseguren la recuperación de los salarios y los recortes en sanidad, educación, dependencia, o la preparación de argumentos que justifiquen la reforma de las pensiones.

Ocurre, en estos momentos, que sin abandonar la crisis, vamos superando la recesión. Los beneficios empresariales aumentan. Pero son demasiadas las personas que han abandonado la esperanza de encontrar un empleo y quienes lo encuentran lo hacen en condiciones inaceptables de estabilidad y salario digno.

El Gobierno del PP y la CEOE-CEPYME deberían entender que, si duros son los momentos de crisis económica, la salida de las recesiones se convierten en fuente de conflictos si no se realizan de forma justa y equilibrada. La clase trabajadora, sus sindicatos, han intentado contener durante estos años los efectos más dañinos de la crisis y que los mismos no afectasen a su capacidad organizativa.

Ahora, cuando hemos superado lo peor de la crisis, la actividad económica se recupera y los beneficios económicos vuelven a aparecer, esos mismos sindicatos se preparan para reivindicar que esa recuperación alcance a quienes han soportado lo más duro de la crisis, en forma de empleo, derechos, salarios, condiciones laborales, e inversiones sociales

Se puede hacer negociando un reparto justo de la riqueza que comienza a generarse, o se puede obligar a las organizaciones sindicales a impulsar  procesos de movilización para conseguirlo. No hay mucho más que decidir. Y conociendo al actual gobierno del PP y nuestra clase empresarial, mayoritariamente anclada en el pasado, no es extraño que desde UGT y CCOO se vaya anunciando y preparando un otoño calentito.


No era Grexit, era Brexit

agosto 23, 2017

No hace tanto tiempo el gran debate era si la Unión Europea se iba a romper por su eslabón más débil y ese eslabón parecía ser Grecia. En toda Europa se hablaba y debatía sobre el Grexit. Sin embargo el referendum británico ha puesto las cosas en su sitio. El problema, comprobamos ahora, no era sólo el desastre que las políticas de ajuste europeas habían sembrado en los países del Sur, como Grecia, Portugal,  o España.

Se trataba, sobre todo, de la incapacidad demostrada por los gobernantes de los países que encabezan el proyecto de Unión Europea, para entender que tras la adopción de una moneda única, las economías europeas quedaban estrechamente interconectadas. Que los problemas de la más pequeña se transfieren, tarde o temprano y, en mayor o menor medida, al resto.

La moneda única supone que ya es imposible combatir las crisis económicas con las recetas clásicas de recortes en la inversión, reducción del empleo y devaluación salarial, aumento del gasto público, o devaluación de la moneda, a base de fabricar dinero por parte de unos bancos nacionales que se han visto privados de esa competencia.

Tras un primer intento de combatir la crisis con medidas de corte keynesiano (en las que persistieron los EEUU presididos por Obama con resultados positivos), es a partir de 2011 cuando el Pacto del Euro, férreamente impuesto por Merkel (recuerden su famosa llamada nocturna a Zapatero), se empeñó en regular los costes de la crisis para  evitar que fueran los países centrales y del Norte quienes pagasen los riesgos contraídos por países como Irlanda, o el Sur de Europa.

Los recortes a una política monetaria expansiva y a las políticas de aumento del gasto público, que podrían haber evitado sufrimiento y abaratar costes de la deuda en muchos países, fueron las recetas para impedir que la inflación creciera en los países no endeudados. Sin embargo, lo que se ha producido es una caída tal de la demanda que ha conducido a las fronteras de la deflación a toda la Unión Europea.

Las políticas de austeridad aplicadas en el Sur, han producido estancamiento y deflación en el Norte. Una situación que ha hecho que el Banco Central Europeo baje los tipos de interés y la remuneración del dinero, perjudicando al final a los ahorradores del Norte. Para colmo, los flujos migratorios procedentes del Sur y del Este han introducido nuevas presiones en los mercados de trabajo  de los países del Centro y del Norte de la Unión.

Ahora habría que preguntarse si los recortes y ajustes han sido la solución más adecuada y si no hubiera sido mejor una respuesta de mayor colaboración y cooperación en el reparto de las cargas de la crisis a niveles locales y europeos. El peor efecto es que las medidas aplicadas hasta ahora han alimentado un sentimiento de incertidumbre y de desconfianza en el conjunto de la ciudadanía europea. Un sentimiento que se encuentra en la base del crecimiento del famoso “populismo” que propugna la desafección con respecto a Europa y la vuelta a los estados-nación y la  ruptura de la Unión Europea como proyecto político, económico y social.

Parece mentira que los expertos políticos de los países que dirigen los destinos de Europa no se hayan dado cuenta de que los problemas no estaban en los países del Sur, sino en los ricos países del Norte. El primer paso lo ha dado Gran Bretaña. Han sorteado relativamente bien la crisis fuera de la Eurozona y sus políticos han encontrado el filón electoral de las promesas de evitar los costes de su pertenencia a la Unión Política en forma de libre circulación de las personas. Una mezcla de egoísmo y cálculo político oportunista que condujo al referendum que ratificó el Brexit.

El problema no era el Grexit. Y la lección es que fortalecer la Unión Europea es la única posibilidad de pesar algo en un mundo globalizado. Pero para eso hay que avanzar en políticas comunes europeas en impuestos, mercado de trabajo y salarios, instituciones financieras, infraestructuras, formación, medio ambiente, investigación, cohesión social, o solidaridad supranacional y cooperación internacional. Sería la única manera de aprovechar el mercado único para introducir factores de reequilibrio que compensen a los perdedores de  la crisis a través de las aportaciones de los grandes beneficiarios de la misma.

Francisco Javier López Martín


Recuperar la negociación colectiva

agosto 8, 2017

Resulta que las grandes entidades financieras anuncian a bombo y platillo que en el primer semestre del año han conseguido ganar cerca de 8.000 millones de euros y que los beneficios en comisiones que cobran a los clientes han crecido un 12 por ciento.

Va a resultar que Mariano Rajoy sabe más de contabilidad de lo que reconoce ante los tribunales de justicia. Puede que tenga razón y que la economía se esté recuperando y el crecimiento del Producto Interior Bruto y de los beneficios empresariales sean una realidad.

Tan seguros deben estar de ello en el Consejo de Ministros que hasta la Ministra de Empleo se permite aconsejar a los empresarios que suban los salarios sin complejos. Que a todos vendrá bien hacerlo.

Pero ni el inefable Mariano, ni su ministra sevillana, parecen tomar en consideración la idiosincrasia de una clase empresarial española recluida en los viejos vicios de recomponer beneficios a costa de exprimir los salarios y buscar nuevos pelotazos. Nada de inversiones, mejoras de productividad, innovación. Exprimir los costes salariales y buscar nuevos campos de operación fáciles y asegurados por los gobiernos de turno.

La operación Chamartín, o el rescate de las ruinosas autopistas radiales, son algunas muestras recientes de cómo aquí no paga nadie el coste de operaciones ruinosas, a excepción de las rentas salariales, se entiende. De hecho son las rentas salariales las que más peso han perdido, frente a las rentas del capital.

Por eso, tras muchos intentos frustrados, tiras y aflojas, pasos adelante y hacia atrás, encuentros discretos y encuentros públicos, bipartitos y tripartitos, los empresarios se descuelgan con que no sólo no quieren un Acuerdo de Negociación Colectiva de carácter general, sino que no quieren ni un siempre insuficiente acuerdo de salarios. Vaya, que del 2 por ciento de subida salarial no pasan, salvo que las cosas vayan de maravilla y que de cláusulas de salvaguarda, de garantía salarial, de revisión salarial, nada de nada, por mucho que mejoren la economía, los beneficios, o la productividad.

Aunque el volumen general de empleo se recupera, parece ser que trabajamos cada semana 108 millones de horas menos que antes de la crisis, lo cual viene a equivaler a más de 2´5 millones de puestos de trabajo a jornada completa.

Eso sólo puede significar que el empleo que se crea es tan precario, temporal, a tiempo parcial y mal pagado, que las grandes cifras disimulan el drama de millones de personas trabajadoras que van encontrando empleo, pero sin seguridad de futuro, ni estabilidad alguna.

Tras la Huelga General del 29 de marzo de 2012, la primera convocada por UGT y CCOO contra la reforma laboral decretada e impuesta por el PP, tan sólo un mes antes, afirmé públicamente que, O se canaliza el malestar, o habrá que negociar con contenedores incendiados. Inmediatamente salieron a la palestra los aguerridos tertulianos del aguirrismo, hoy en declive, para denunciar que se trataba de un llamamiento a la violencia.

Nada más lejos de mi intención y mis convicciones. Esperanza Aguirre acababa de afirmar, ante la convocatoria de Huelga, que “Los sindicatos caerán como el muro de Berlín”. Y mi respuesta fue que la Huelga General expresaba el malestar de millones de personas. “Ese malestar, o lo canalizamos, lo negociamos y llegamos a acuerdos y buscamos sacrificios equilibrados y compartidos, o habrá que negociar con contenedores de basura incendiados y eso es más peligroso”.

Dice Antonio Gutiérrez, en su reciente tesis doctoral titulada Reformas Laborales, competitividad y empleo (1977-2012), que cada una de las reformas laborales que se han producido, han sido justificadas en la necesidad de flexibilizar el mercado de trabajo, sin que nadie se haya molestado nunca en reflexionar sobre la rigidez y anquilosamiento del sector empresarial español y su necesaria modernización.

El conflicto entre capital y trabajo debe ser resuelto, en primera vuelta, en la negociación colectiva. La Reforma Laboral de 2012 supuso un destrozo de ese poderoso instrumento regulador del reparto de rentas y derechos. La negativa empresarial a avanzar por ese sendero de negociación y acuerdo sólo siembra de minas el camino de la recuperación económica, alienta el conflicto, e impide sentar las bases de una economía sana y un trabajo más decente que el que hoy generamos.

Francisco Javier López Martín


Casas de la palabra

agosto 7, 2017

En mi boca, sí, se vuelve mentira

lo que verdad parecía en la mente.

Hofmannsthal

Daba vueltas sobre el artículo que debía escribir esta semana en mi columna La Voz de los Nadie. Tenía decidido el tema. Una reflexión sobre la palabra, su poder y su ninguneo hasta convertirla en posverdad. En el camino me he topado con Luis García Montero, que esta semana escribe una columna titulada Un mundo apalabrado, en la que aborda la pérdida del valor de la palabra política como contrato y en la que concluye afirmando. Frente a tanta palabra hueca y cínica, conviene saber hasta dónde puede llegar el compromiso con las palabras.

Una primera tentación me sugería no reincidir en una variación sobre el mismo tema. Pero luego he pensado que nunca viene mal afrontar el mismo problema desde dos posiciones distintas. Además me ha resultado sugerente volver a la idea que he venido alimentando desde lejos, según la cual la amistad consiste en una extraña simpatía que establece una sincronización de dos personas más allá del tiempo y la distancia. Amigos con los que tras meses, tal vez años, de separación, podrías comenzar entonando el famoso, Como decíamos ayer.

No he tenido con Luis grandes encuentros, ni desencuentros. No comparto todas sus ideas, ni he trabado con él una amistad del día a día y del codo con codo. Le apoyé en su campaña electoral y más tarde le pedí que escribiera el prólogo a mi libro de poemas, La tierra de los Nadie.  Poco más nos une. Sin embargo, eso no pare ser obstáculo para que sus preocupaciones sean las mías y para que, con toda probabilidad, estemos pensando en asuntos muy parecidos, casi al  mismo tiempo.

Creo que el valor de la palabra debe estar siendo una preocupación de mucha gente de bien ahora mismo. La historia nos demuestra de forma tozuda que cada vez que la palabra ha perdido valor, o ha sido incumplida, la brutalidad ha tomado el relevo y se ha abierto camino. Llevamos grabado a fuego, en nuestras memorias de la historia, que cada vez que la palabra ha perdido su fuerza, se ha adocenado, se ha sometido a los designios del poder, hemos permitido que se convierta en algo frágil, hemos abierto las puertas al escepticismo, primero y luego a la violencia que pretendía restablecer el orden perdido de las cosas, aún a costa de millones de muertos en los campos de batalla, o los gulag.

Parecía que, tras un siglo XX herido por la locura desatada en dos guerras mundiales y en   numerosos conflictos locales y genocidios programados, la humanidad podría comenzar el tercer milenio aprendiendo de los errores del pasado. Sin embargo, la manipulación de las palabras para justificar, alentar y sugestionar al personal en la necesidad de la violencia, junto a la utilización de la mentira mil veces repetida hasta que adquiere apariencia de verdad, al más puro estilo goebbeliano, han sido complementadas por la utilización de la palabra como llamada a los sentimientos, al miedo y las bajas pasiones.

La profecía de Aldoux Huxley está cerca de cumplirse. Esa dictadura perfecta que tendría apariencia de democracia. Esa cárcel sin muros de la que los prisioneros no soñarían en evadirse, porque gracias al sistema de consumo y entretenimiento los esclavos amarían su servidumbre. La coerción ha cedido su puesto a los creadores de tendencias, que nos sugieren, nos susurran, nos gritan, el significado de las palabras. Hay quien lo llama posverdad.

Tal vez va siendo hora de recuperar el valor de las palabras, no sólo de la palabra dada, que también, sino de la que da nombre a cuanto puebla nuestro mundo. Uno de mis amigos, de esos a los que no hay que ver cada día, me habló, tras uno de sus viajes,  de esas tribus africanas en las que el pueblo se reúne en la Casa de la Palabra, para hablar, contar, aprender, resolver problemas, tomar decisiones. Lugares de techo bajo, en los que se habla sentado, porque nadie puede, exaltado por un debate, ponerse de pie, en gesto amenazador. Donde la palabra nombra y relata y donde compromete a cuantos la pronuncian.

Tal vez es tiempo de construir Casas de la Palabra.

Francisco Javier López Martín

A propósito de la tesis de Antonio Gutiérrez

julio 27, 2017

Me entero a través del diario digital Nueva Tribuna de que Antonio Gutiérrez ha leído y defendido su Tesis Doctoral en la Universidad Rey Juan Carlos y que el título de la misma es Reformas Laborales, competitividad y Empleo (1977-1012). Y me entero de que en dicha tesis analiza las más de 50 reformas laborales perpetradas en España a lo largo de los 35 años que abarca el estudio.

Me adentro en internet y compruebo que Nueva Tribuna es el único medio  de comunicación que ha incorporado esta noticia, que viene firmada por los profesores Salvador Perelló y Pere J. Beneyto, a la sazón codirectores de la tesis de Antonio.

Que no me haya enterado yo, tiene un pase, porque debo reconocer que hay días en los que no leo los correos electrónicos y son sus remitentes los que tienen que recordarme mis obligaciones, con tal de no perder alguna cita importante, o cumplir algún deber inexcusable.

Conociendo a Antonio, tampoco creo que haya hecho una difusión amplia del evento, dadas las fechas y su pudor reconocido. Pero no deja de llamarme la atención la existencia de un país con tanta capacidad de olvido como éste en el que vivimos.

Un hombre que ha sido Secretario General de CCOO durante más de 12 años. Que dirigía el sindicato aquel 14-D en que se produjo la primera gran Huelga General de la democracia. Que fue luego diputado socialista durante las dos legislaturas de Zapatero. Ese Antonio Gutiérrez, de extracción trabajadora y de estudios universitarios tardíos, no merece unas cuantas reseñas cuando, a sus 67 años, lee su tesis doctoral ante un tribunal universitario, que termina concediéndole un Sobresaliente Cum Laude.

Podría ahora volcarme en críticas aceradas a los medios de comunicación, a quienes los financian y a quienes, desde el poder, contribuyen al olvido de nuestra vida y de nuestra historia, mientras sacan a pasear de forma interesada y partidaria otros eventos mucho más lejanos en el tiempo y en el espacio. Pero mucho me temo que sólo haría un flaco favor a nuestra inteligencia y a nuestra memoria.

La memoria es selectiva y elige qué recordar y qué olvidar. De hecho no podríamos recordar exactamente  lo vivido, sin pagar el precio de consumir exactamente el mismo tiempo que empleamos en vivirlo. Y eso es imposible. Somos nosotros, así pues, quienes elegimos los recuerdos y los olvidos.

Le gusta contar a Antonio que a los pocos días de abandonar el cargo de Secretario General del CCOO, llamó a casa a uno de los Secretarios Generales de la organización, con el que había hablado por teléfono en numerosas ocasiones. Cogió el aparato su hija, como en otras muchas ocasiones había ocurrido. Al otro lado del teléfono oyó a la niña gritar: ¡Papá! ¡Te llama un tal Antonio!

Somos, al parecer, pueblo de frágil, imprecisa y dúctil memoria. En esto he sido pesado hasta la saciedad. En el esfuerzo por rescatar la memoria incómoda de los Abogados de Atocha, de los encausados en el proceso 1001, de Marcelino Camacho y ahora, si toca hacerlo, de Antonio Gutiérrez. Y no sólo porque son nombres de nuestra historia, sino porque tras esos nombres hay muchas otras historias de personas menos conocidas que no deben ser olvidadas.

Ahora que CCOO se ha embarcado en procesos varios de Repensar el Sindicato y de recordar que Hicimos, Hacemos y Haremos Historia, cometeríamos un grave error escribiendo un relato que condujera de la Transición democrática al presente de globalización y precariedad laboral, sin solución de continuidad.

Por suerte, o por desgracia, somos los herederos de Atocha y de los Diez de Carabanchel y venimos de recorrer una larga e intensa trayectoria (aunque sea corta en términos temporales), marcada por personas como Marcelino Camacho, Antonio Gutiérrez,  José María Fidalgo y últimamente Ignacio Fernández Toxo. Sus errores y sus aciertos fueron los nuestros. A lo hecho… pecho. A aprender de los errores, a superarlos y a afrontar el futuro.

Pero es que, además de estas consideraciones, que no han hecho más que traerme problemas en el pasado, la Tesis de Antonio es una tesis para la polémica y el debate que tenemos por delante. Resulta que todas y cada una de las reformas laborales han tenido un mismo argumentario y se han justificado en combatir las rigideces del mercado laboral español.

Sin embargo, las rigideces de un empresariado acostumbrado al beneficio fácil, al pelotazo y a la escasa inversión productiva, nunca han sido puestas en cuestión. Nuestro débil sistema productivo, incapaz de competir, innovar y acostumbrado a salvar el culo bajando salarios y derechos laborales, tampoco ha sido nunca cuestionado, tolerando y preservando la existencia de un sistema financiero especulativo y un modelo productivo agotado.

Se permite Antonio poner en cuestión las oportunidades perdidas, comenzando con los propios y aclamados Pactos de la Moncloa (1977), nuestro ingreso en Europa (1985), el proceso de convergencia con Europa (1995) y las soluciones fracasadas de antemano para combatir la actual crisis económica, de la que salimos con la esperanza de continuar la fiesta. La última Reforma Laboral sólo ha conseguido precarizar, devaluar rentas  y empobrecer a la sociedad.

No viene mal que uno de los protagonistas de nuestra historia más reciente ponga sobre la mesa los males que nos han atenazado y a los que hay que hacer frente, si queremos salir del atolladero con bases sólidas. He recibido ya, en la bandeja de entrada del correo electrónico la tesis leída y defendida por Antonio, compuesta por cientos de páginas de argumentos y citas.

Le he pedido que, sobre la base de la misma, escriba un libro que sirva para el debate que el sindicalismo español tiene que realizar en estos momentos, para construir un modelo económico productivo e innovador, en el que el trabajo decente sea elemento esencial y garantía para una sociedad libre, honrada y democrática.

Nota aclaratoria: Sé que este artículo es uno de esos que nunca conviene escribir, porque siempre habrá alguien, o muchos alguien, que se sentirán molestos al ver algunos de estos nombres escritos uno junto al otro y al otro y al otro. Yo mismo podría sentirme molesto conmigo mismo por decir las cosas  tal cual han quedado escritas. Pero ahí queda, porque siempre me gustó la historia que cuenta Eduardo Galeano en su cuento La Piedra Arde. La  de aquel viejecito guardián de los huertos que vivía en la comarca de Pueblo Niebla, solito y solo y que renunciaba a recuperar su juventud, porque no podría reconocerse ante el espejo al ver cada una de sus cicatrices. Allá cada uno con las suyas.

Francisco Javier López Martín


Noticias de la señora Sara

julio 27, 2017

La señora Sara es viuda. Con minúscula señora y con minúscula viuda. Así comenzaba el relato Retrato de Señora, que cierra el libro Cuentos en la tierra de los nadie, del que os hablé la semana pasada. Volver al libro y volver a uno de sus cuentos no es casualidad, porque las casualidades no existen.

Vuelvo a la señora Sara porque esta semana he leído una noticia sobre la caótica aplicación de la Ley (con mayúscula) de atención a la dependencia en Madrid y su correlato de listas de espera, opacidad, discrecionalidades varias y errores abundantes.

Declara Ana González, responsable de Política Social y Diversidad de CCOO de Madrid, que los problemas que se originaron al tener que asistir a un nuevo derecho ciudadano tras la aprobación de la Ley de Dependencia en 2006 se han convertido en estructurales. Y explica que lo que, al principio, puede pasar por inexperiencia, se ha convertido ya en elemento característico del sistema de atención a la dependencia en la Comunidad de Madrid.

Pongamos que cuando yo escribí el relato sobre la señora Sara, dando cuenta de sus andanzas, describía a una mujer sin grandes problemas de movilidad y con plena capacidad de hacer frente a las necesidades de su vida cotidiana. Y supongamos que los años han pasado y la señora Sara ha tenido algunos de esos accidentes tan frecuentes como caerse en la calle y verse obligada a guardar reposo.

Pongamos que mi personaje, en absoluto ficticio, ya lo dejé claro cuando hablé de los nadie que pueblan mis cuentos, ha tenido que superar una operación de colon y más tarde un ictus del que ha salido relativamente bien parada, conservando la cabeza en su sitio, a sus ahora, pongamos, 93 años.

Reconozcamos que el Ayuntamiento, ante la primera instancia de parte, le concedió un discreto servicio de ayuda a domicilio de dos horas diarias tres días en semana. Y que luego instaron a la señora Sara a presentar una larga serie de documentos médicos, rentas, seguridad social y demás, para acogerse a los “beneficios” de la Ley de Dependencia. Ya ve usted, como si de nada sirviera, para estos casos, la ley que explica que las Administraciones no necesitan pedir al administrado, aquello que obra en su poder, o que el susodicho les autoriza a consultar.

Fruto de todo ello, tras superar la lista de espera y recibir las valoraciones correspondientes, la señora Sara terminó viendo reducida su ayuda a domicilio a cuatro horas y media semanales. Ahora pertenece al sistema de atención a la dependencia, aunque sea en el mínimo grado posible.

De vez en cuando recibe una llamada de la “teleasistencia” y de cuando en vez y de muy tarde en tarde, recibe una visita del servicio de ayuda a domicilio, que va cambiando de empresa al ritmo de los concursos públicos. Tampoco las mujeres, siempre mujeres, que prestan el servicio duran mucho, sometidas al infernal ritmo de altas y bajas, temporalidad, precariedad, de una profesión ni agradecida, ni reconocida , ni pagada.

Alguna vez, a nuevas instancias siempre de parte, acompañando nuevos papeles de esos que obran en poder de la Administración, o de alguna de ellas, o de todas a la vez, se revisa su situación y se le reitera su condición de dependiente en grado ínfimo. Creo que todo a causa de que la señora Sara no miente y cuenta que es capaz de realizar la proeza de salir al parque cercano del brazo de la auxiliar de ayuda a domicilio, caminando de a poquito y bajando y subiendo las escaleras malamente y sin ascensor.

Todo, imagino, porque conserva la capacidad de levantarse e ir al servicio doblada hacia adelante y trajinar la mañana por la casa y se apaña, a base de amor propio y dignidad, para seguir preparándose la comida aunque no pueda hacer compra y portearla, hasta a su casa.

Dice Ana González que en Madrid hay cada vez menos solicitudes porque hay una demanda desmotivada y que hasta el 30 por ciento de las solicitudes termina dennegadas y sin grado alguno de dependencia.

Los nadie, por más que sean mis personajes de leyenda, viven así señoras y señores. Y ese así, es una vergüenza.

Francisco Javier López Martín