7 Octubre, Trabajo Decente: Cambiar las reglas

octubre 18, 2018

En el año 2008 la Confederación Sindical Internacional (CSI-ITUC) convocó la Primera Jornada Mundial por el Trabajo Decente (JMDT). La convocatoria partía de la convicción de que no puede existir una vida decente si el trabajo no lo es también. Una certeza que ha conseguido unir a las organizaciones de trabajadores, sociales, religiosas, culturales, en torno al 7 de octubre de cada año.

Fue hace casi veinte años, cuando el director de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que forman parte organizaciones empresariales, sindicales y representantes de los gobiernos, presentó una primera Memoria sobre el Trabajo Decente, en la que acuñó el término.

El concepto de Trabajo Decente hace referencia al trabajo que ofrece oportunidades para que las personas puedan ganarse la vida, tener un salario digno, realizar una actividad productiva en condiciones de libertad, seguridad, respeto a la dignidad humana y con derechos laborales y sociales.

Tenemos derecho al trabajo, a las oportunidades de empleo, a la protección social, a negociar nuestras condiciones laborales en el marco del diálogo social y la negociación colectiva. Sin ello no será posible acabar con la pobreza, no podremos asegurar que las personas alcanzan un desarrollo integral, no tendremos una sociedad cohesionada en torno a valores como la libertad y la igualdad.

Cada año, en más de 100 países del mundo, se reivindican las conquistas sindicales y un desarrollo que distribuya las rentas y que no beneficie exclusivamente a los privilegiados. Se reclama el fortalecimiento de los derechos y libertades democráticas, junto al reconocimiento de cuantas personas han dedicado su vida a este esfuerzo de mejorar la vida de todas y todos.

Este año la JMTD se ha marcado un objetivo, un lema global: Cambiar las reglas. Vivimos en un mundo en el que el 65% de los países excluyen a los trabajadores de la legislación laboral, el 85% vulnera el derecho de huelga, en cuatro de cada cinco países se deniega el derecho a la negociación colectiva, total o parcialmente y son muchos los lugares del planeta en los que se limita la libertad de expresión y reunión de los trabajadores, se ven sometidos a amenazas, violencia, detenciones, encarcelamiento, o son asesinados impunemente.

Por eso hay que cambiar las reglas. Reglas que fomentan el desorden, que favorece los intereses de los poderosos, mientras actúan sistemáticamente en contra de los trabajadores y trabajadoras. Reglas que aumentan la desigualdad y producen inseguridad, debilitan la libertad y el propio sistema democrático. Abusos como los de Coca-Cola, Amazon, o Ryanair, desbordan las fronteras de un solo país, imponiendo sus designios y sus normas a los gobiernos nacionales, para preservar su inmenso negocio.

Varias son las amenazas que se ciernen sobre nuestro futuro, en el conjunto del planeta. El poder ilimitado de las corporaciones económicas, la reducción de los espacios democráticos en los que podemos decidir sobre nuestras vidas y nuestro futuro, la incapacidad, cuando no el desinterés, de los gobiernos para corregir la situación aplicando legislaciones que refuercen los derechos y la igualdad.

Y, sin embargo, no todo está perdido. Frente a los retrocesos, los recortes y la aceptación de la lógica perversa de un mundo en acelerado retroceso, algunos países han demostrado que se pueden introducir medidas para reducir la brecha salarial de género, dignificar el trabajo de quienes prestan servicios a las personas, proteger contra la violencia de género, recuperar derechos sociales.

Algunos gobiernos han demostrado que se puede dirigir, gobernar, hacer política, escuchando a los pueblos, a las organizaciones sociales, a las organizaciones sindicales. Las reglas, las normas, las leyes, pueden ser elaboradas y aprobadas pensando en la vida de las personas, en lugar de poner la vida al servicio de los grandes intereses empresariales. El 7 de Octubre saldremos a las calles para cambiar las reglas, que es otra manera de decir, para darle la vuelta a la tortilla.

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Tarifazos

septiembre 30, 2018

Llevamos un mesecito en el que día sí, día también, alguien anuncia que vamos a pagar máximos históricos por el precio de la luz. Me llaman desde TeleSur en Ecuador, para pedirme opinión sobre estas noticias que siembran alarma y confusión también más allá del océano. Les dirijo hacia quien puede darles una opinión más cualificada que la mía. Doctores tiene la iglesia que puedan explicar qué está pasando en esta España con los precios de la luz.

Unas veces nos explican que la justificación se encuentra en los costes que tiene para las eléctricas la emisión de CO2 en las centrales térmicas. Otras veces la culpa la tiene la subida de los precios  del gas, el petróleo, o el carbón. Hasta alguien acusa al agua de contribuir a la subida de los precios de la electricidad, en función de una cosa que llaman “coste de oportunidad”. Y eso que, este año, no ha sido particularmente seco.

En este país las eléctricas se apañan para justificar subidas de los precios de la energía, hasta recurriendo a la mala gestión de las energías renovables, que termina por encarecer los costes finales. He leído a  quien pretende demostrar que, cuanta menos inversión en renovables, menos coste final de la electricidad.

Para terminar de arreglarlo, hay que sumar el impuesto del 7 por ciento sobre la producción de energía, que acabamos pagando los consumidores, o los sobrecostes artificiales que introduce el sistema de fijación de precios, según el cual pagamos toda la electricidad al importe más alto que se haya pagado ese día. Las eléctricas nunca pierden. El Estado tampoco.

No es extraño que España, sin tener el mayor PIB de Europa, ni los salarios más altos, encabece los precios de la electricidad en la UE. Si tomamos en cuenta los impuestos, nuestro país se sitúa tan sólo por detrás de Dinamarca, Alemania, Bélgica, o Irlanda. Sin embargo, antes de impuestos, nuestro país se encarama a la primera posición.

Si no se quieren tocar los ingresos del Estado vía impuestos, ni se quiere racionalizar el sistema de fijación de precios, perjudicando los ingresos de las grandes y todopoderosas eléctricas, sólo cabe incrementar la publicidad y la propaganda. A ello se han lanzado con una campaña de difusión del bono social eléctrico. Un bono que podría haber beneficiado a 5´5 millones de familias, pero que sólo ha sido solicitado por algo más de 600.000 y que han terminado disfrutando poco más de 300.000. Incluso muchas personas que venían disfrutando del anterior formato de bono social, se han perdido por el camino, al exigirles un engorroso mecanismo de renovación.

He visto que en muchos debates se acusa a la falta de información de la escasa incidencia de esta medida. Dudo que el problema resida ahí. Me temo que muchas de esas familias que podrían acogerse a las categorías de consumidor vulnerable, vulnerable severo, o en riesgo de exclusión social, desisten ante la necesidad de tener que demostrar, mediante cuantioso papeleo y no pocas esperas, que pertenecen a una de esas castas sociales marginales en las que pretenden encasillarlos. Me indigna ver a tantas personas mayores en esta carrera de obstáculos.

El Estado dispone de toda la información necesaria para renovar un bono social para adaptarlo a los nuevos requisitos, o para detectar a posibles nuevos beneficiarios. Todos los datos sobre las unidades familiares, empadronamientos, rentas, pagos de impuestos, pensiones y hasta estados de salud, niveles educativos y prestaciones sociales, están en su poder y es bien sabido que la Administración no tiene que pedir al administrado nada que ya obre en su poder. Eso, además de que terminan siendo las eléctricas las que gestionan datos privados de sus clientes, que nada tienen que ver con el servicio.

Hay, seguro, otras maneras de hacerlo, de informar, asesorar, facilitar, ayudar. Lo que es seguro es que tanta humillación no es necesaria, De verdad.


Héroes y tumbas

septiembre 6, 2018

Juste au bord de la mer a deux pas des flots bleus,

Creusez si c´est possible un petit trou moelleux,

Une bonne petite niche.

Auprès de mes amis d´enfance, les dauphins,

Le long de cette grève oú le sable est si fin,

Sur la plage de la Corniche.

Supplique pour être enterré à la plage de Séte

Georges Brassens

 

Así transcurre el codicilo, el añadido a su canción Testamento, que Georges Brassens nos legó cuando intuyó que la muerte le cercaba, incapaz de perdonarle su irreverencia y atrevido descaro. Su súplica para ser enterrado en la playa de Séte.

Mi amigo Manuel me había mandado a mediados de junio las fotos de las dos blancas y sencillas tumbas de Jean y Juan, Genet y Goytisolo, con vistas al mar, en el cementerio de Larache. Dos semanas después moría mi madre y un mes más tarde emprendíamos un largo viaje, con breve escala en Montpellier.

No era la primera vez que nos deteníamos allí. Me parece una ciudad siempre joven, no tiene que ver con su edad longeva, sino porque parece liberada del tiempo, en construcción constante. Son muchos, además, los lugares cercanos donde recrearse en la costa y en el interior, como Nimes o Arlés. Siempre nos gusta detenernos en Séte.

Nunca, hasta ahora, había sentido la necesidad de internarme en un cementerio para buscar un nicho. Nunca me adentré, por ejemplo, en los privilegiados cementerios parisinos en busca de las tumbas de Sartre y Beauvoir, Piaf , Chopin, o Wilde. Por primera vez sentí que tenía que visitar una tumba, la de Georges Brassens. No se encuentra en el Cementerio Marino de Séte, sino en el más modesto y popular cementerio de Le Py.

Una modesta tumba familiar que, como bien nos recuerda él mismo, no está nueva y, vulgarmente hablando, está tan llena como un huevo. Ese era el motivo de que suplicara ser enterrado en un pequeño y mullido nicho, en la playa de La Corniche, donde la arena es tan fina, cerca de sus amigos de la infancia, los delfines. Al final, hubo hueco para su féretro en la sepultura familiar y flores, cartas, recuerdos, se acumulan en tan pequeño espacio, para impedir el olvido.

Todo se empeña en recordarnos que la muerte nos asedia. Pocos días después de nuestra vuelta, el puente Morandi, en Génova, se derrumba, llevándose consigo casi medio centenar de vidas. El mismo día en el que un terrorista embiste a los transeúntes que pasean, en Londres, por las inmediaciones del Parlamento. En la misma semana, se conmemora un año de los atentados de Barcelona y Cambrils que produjeron casi dos decenas de muertos y más de un centenar de personas heridas.

De poco vale, a la luz de las declaraciones de los políticos en los medios de comunicación, implorar que, en momentos así, la compasión, la solidaridad, los sentimientos, se impongan sobre las tensiones, los cruces de acusaciones, la mediocridad de los intereses de corto alcance, el arrimar el ascua a su sardina y el sectarismo que busca mezquinas diferencias entre los seres humanos.

La muerte es siempre incomprensible, rara, complicada de asumir, inaceptable. La que proviene de causas naturales, tanto como la que es obra de la ineptitud, o la maldad que nos habita. Oportunas las palabras con las que Georges Brassens termina su hermosa Súplica,

Pobres reyes Faraones, pobre Napoleón,

Pobres grandes desaparecidos yacientes en el Panteón

Pobres cenizas de prestigio,

Envidiaréis un poco al eterno veraneante

Que se pasea en barca de pedales, soñando sobre la ola,

Que pasa su muerte de vacaciones.

No sé, creo que no conviene olvidar, ni perder, el fugaz y viajero sentido de la vida. En otra ocasión, si viene al caso y volvemos a pasar por Montpellier, tal vez terminemos acercándonos al cementerio de Lourmarin, para presentar nuestros respetos a Albert Camus, antes de que algún presidente francés, ansioso de incrementar su fama y notoriedad (ya lo intentaron antes Chirac y Sarkozy), decida hacer realidad la intención de trasladarle al Panteón.


La maldición de la poesía

agosto 14, 2018

En un hoyo en la tierra

enterré todos los acentos

de mi lengua natal

ahí yacen

como agujas de pino

que juntaron las hormigas.

John Berger

 

Sigo dándole vueltas a algunas reflexiones sobre la poesía en nuestros tiempos. No pertenezco a escuelas, tertulias, círculos, grupos, corrillos, corrientes, academias literarias de ningún tipo. Me gustan unos poetas y otros me dicen menos. Me deleito leyendo a algunos narradores y otros me aburren, o me cuentan cosas que me llegan menos.

No sé si estoy más acertado en lo que pienso y en lo que cuento, pero me duele cuando aquellas personas a las que considero cercanas en las cosas básicas que defendemos consideran que los poetas deberían dedicarse a trabajar en la intimidad y compartir sus creaciones con un puñado de amigas y amigos en el exclusivo espacio del salón de su casa.

Hay ocasiones en las que un poeta como Luis García Montero, sobre todo desde que decidió presentarse como candidato en las elecciones autonómicas madrileñas, tiene que soportar críticas del estilo de “zapatero a tus zapatos”. Es decir, dedícate a escribir tus poemas (sólo falta añadir “que nadie lee”) y no te metas en política, que eso son palabras mayores que sobrepasan a un poeta.

Yo mismo he tenido que escuchar que, en algunas ocasiones, se dirigieran a mí como poeta, con cierta condescendencia. Pocas veces lo entendí como un halago. Más bien como un aviso. Algo así como, podemos permitirnos el lujo de tenerte al frente de nuestra organización sindical, pero cuidado con esas manías de escribir poemas, cuentos, libros. Eso te aleja de nosotros, te sitúa en la frontera.

Es verdad que casi nunca las cosas van más allá. Tal vez porque los poetas, junto al estigma, han podido conservar la capacidad de maldecir, por más que lo hagan cada vez más bajito y en muy contadas ocasiones.

Cualquier hombre de hierro, ya se dedique a la política, al sindicalismo, o a los negocios, siente el mismo vértigo que aquel hombre de acero, apodado Stalin, cuando empuñó el teléfono en plena noche para llamar al poeta Boris Pasternak (mucho más conocido por ser el creador del médico Zhivago que por su vertiente poética), para preguntarle si ese tal Mandelstam, que le había dedicado el satírico Epigrama contra Stalin, podía ser considerado, o no, un maestro.

Hasta aquel bajito y tosco dictador georgiano intuía que su carrera podía quedar arruinada por la maldición de la sangre de un poeta, como la de Lorca inundó la de aquel bajito y torvo dictador ferrolano elegido por un ambicioso dios menor para salvar España.

Hay quien piensa que el tiempo de la prosa, aquel en el que se construyeron las utopías, las distopías y las ucronías es ya incapaz de restituir la armonía en un mundo incapaz de construir un futuro que repare las injusticias del presente y del pasado. En el ahora sin porvenir, la poesía está en condiciones de mirar de frente a la herida.

Es Berger quien nos dice que los poemas son más parecidos a una plegaria que los cuentos, aunque en la poesía no haya nadie a quien orar oculto tras el lenguaje. La poesía no tiene que explicar nada, no tiene que atenerse a un relato que finalice con un desenlace. Es la fuerza del lenguaje que se abre camino en nosotros, una de nuestras pocas posibilidades de victoria.

Quien hoy desprecia la poesía, no necesita la maldición de los poetas, porque ya ha cavado su propia tumba, su derrota, su imposible mañana, su no futuro.


Mandela cumple 100 años

agosto 14, 2018

Cuando dejamos que nuestra propia luz brille,

inconscientemente damos permiso

a otras personas para hacer lo mismo.

Nelson Mandela

 

Tal vez comienzo a resultar pesado con tanto recuerdo de personajes y de citas históricas. Que si Karl Marx, que si Paul Lafargue, la Primavera de Praga, Stephen Hawking, Luis Montes, Mary Shelley, o Mayo del 68. Hasta para una vez que escribí sobre otras cosas en este blog, lo hice sobre la Huelga de las Aguederas de Riaguas de San Bartolomé.

Prometo enmendarme y escribir más adelante sobre algunos personajes y hechos actuales, por más que cada vez que he hablado del pasado lo haya hecho para establecer algunas conexiones con el presente, que creo no deberíamos pasar por alto. En esta ocasión, me parece obligado escribir sobre un personaje que acaba de cumplir cien años, Nelson Mandela.

Lo de Nelson es un apodo escolar que le puso su profesora el primer día de clase. Ya se sabe que en aquella Sudáfrica del apartheid los niños negros recibían apodos blancos, tal vez para evitar la tortuosa pronunciación de nombres incomprensibles para los blancos. El verdadero nombre del niño era Rolihlahla y venía a traducirse como el que tira de la rama de un árbol, se entiende que sin ton ni son, lo cual significaba algo así como agitador, rebelde, bullicioso, perturbador.

También le llamaban Madiba, como a uno de los más famosos jefes de su clan. Cuando llegó a la mayoría de edad y superó las pruebas y ceremonias que los xhosa tradicionalmente celebran, recibió un nombre bastante más conciliador, Dalibhunga, cuyo significado hace referencia al que funda, convoca, reúne, crea el consejo y facilita el diálogo.

Más adelante, le llamaron Tata, como padre de la democracia sudafricana y por fin, como señal del aprecio generalizado que supo ganarse, se le reconoció como Khulu, que no es otra cosa que la abreviatura de la palabra abuelo, que para los xhosa viene cargada de connotaciones afectuosas, de respeto y agradecimiento.

Así las cosas, deberemos convenir que Mandela hizo honor a cada uno de sus nombres, por etapas y simultáneamente, de forma acumulativa, a lo largo de toda su vida. Rebelde, dialogante, creador de unidad, fundador de una nueva nación, padre de la democracia y grande y reconocido como abuelo. Y todo ello sin renunciar a ser aquella persona que un día dijo, vive la vida como si nadie estuviera mirando y exprésate  como si todo el mundo estuviera escuchando.

El centenario de Mandela, al contrario de lo ocurrido hace casi cinco años con su fallecimiento, ha sido discreto y ha pasado casi desapercibido, aunque no dejan de causar sonrojo algunas alabanzas vertidas en las redes sociales por quienes utilizan dos varas de medir. Una, para los extranjeros que han recibido el Premio Nobel y otra para aquellos a los que hay que mirar con las gafas de ver españoles.

A fin de cuentas, Mandela, no dejó nunca de ser el comunista del Congreso Nacional africano que abandonó la no violencia para encabezar la lucha armada del Comando Lanza de la Nación. Eso le valió una condena que le mantuvo en la cárcel durante 27 años. Incluso cuando le ofrecieron salir de prisión a cambio de renunciar a la lucha armada, ¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de mi gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos.

Causa pudor ver cómo Pablo Casado tildaba al opositor venezolano Leopoldo López, de ser un nuevo Mandela, perseguido por el régimen chavista y se ha hartado de tildar de asesino al Ché Guevara, a quien no se cansa de poner en contraposición con Miguel Ángel Blanco, en un ejercicio impúdico del aquí todo vale, aunque no venga a cuento. Ignora el nuevo Presidente del PP, pese a sus cuantiosos títulos, que Mandela era también amigo personal de Fidel Castro, lo cual le valió sonoros abucheos en su visita por Miami.

Lo que nunca fue Mandela es un cínico. Hizo en cada momento lo que creyó que tenía que hacer. Y creyó siempre que, El valiente no es el que no siente miedo, sino el que vence ese temor. el hombre que sabía que nada es negro, o blanco. El que soñó una sociedad multicultural diversa y donde cada hombre, mujer y niño sean tratados igualmente. Y que aprendió que Parte de la construcción de una nueva nación incluye construir un espíritu de tolerancia, amor y respeto entre la gente del país.

Era el pensamiento de un hombre al que le había arrebatado todo. Los mejores años de su vida, su unión matrimonial, el crecimiento de sus hijos. Pero al que no pudieron echar de Sudáfrica, ni impedir que siguiera convencido de que Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. Renunció al odio porque no quería entregarles nada más y porque no debía permitir que aquel odio le carcomiera el alma.

Esa fue su grandeza, la que le hizo merecer cada uno de sus nombres, la que tanto necesitamos y tan poco abunda.


Cincuenta primaveras en Praga

agosto 14, 2018

Hablamos de Primavera de Praga para referirnos a un proceso histórico que comenzó un invierno y acabó en pleno verano de hace 50 años. De nuevo, como en el caso del Mayo del 68, yo era demasiado pequeño para enterarme de cuanto estaba pasando en aquella capital checa y, si algo me llegaba a través de los escasos, limitados y adoctrinadores medios de comunicación existentes en aquellos días en España, creo debí forjarme una extraña idea del estado confuso de las cosas en el mundo.

Había manifestaciones y enfrentamientos policiales en París, que replicaban los de Estados Unidos, o Alemania, donde Rudi Dutschke había recibido tres tiros en la cabeza en un atentado ultraderechista. En México el ejército y la policía no habían desencadenado aún la balacera contra los estudiantes en Tlatelolco. La Ofensiva del Tet, iba camino de la derrota del Vietcong en lo inmediato, pero caló en el pueblo americano, que comprobó que todo el esfuerzo militar y el sacrificio humano, no detendrían al pueblo vietnamita.

Aquello de Praga, al menos así me lo parecía, era mucho más pacífico. Luego me he enterado de que una sociedad industrial y culta como la checa, soportaba mal el lento proceso de desestalinización. El líder comunista Alexander Dubcek encabezó un programa de reformas, consciente de las limitaciones que imponía la Unión Soviética, gobernada por un tal Brézhnev. No planteó en momento alguno abandonar la órbita de Moscú. Tan sólo quería actuar con autonomía para construir lo que denominó socialismo de rostro humano.

Se trataba de abrir las puertas a la democracia, sin prescindir del liderazgo del Partido Comunista, pero no como partido único, estableciendo la libertad de expresión, de prensa, de circulación, o de acceso a bienes de consumo. Incluso así, era demasiado cambio para la Unión Soviética. El 21 de agosto los tanques del Pacto de Varsovia traspasaban las fronteras y ocupaban Checoslovaquia.

Los checos ya sabían cómo se las gastaban en estos casos los soviéticos. Tan sólo doce años antes más de 2500 húngaros habían muerto, tras ser aplastado un intento de democratización. Muchos miles más fueron detenidos, juzgados,  encarcelados, deportados a la Unión Soviética, mientras cientos de miles huyeron del país.

Eso sí, doce años no pasan en balde. Imre Nagy, el líder de la revolución húngara, acabó fusilado dos años después de la revuelta, mientras que Dubcek fue progresivamente degradado, expulsado del Partido, acabando por ser nombrado oficial forestal y desapareciendo, hasta que en 1974 dirige un escrito a la Asamblea de la República, ratificándose en sus posiciones de 1968, denunciando la falta de libertad, el estado totalitario y policial y el desprecio a los derechos humanos. No sabía que quince años después él mismo sería aclamado Presidente de esa Asamblea.

Siguiendo el llamamiento de Dubcek, el pueblo checo, opuso a los tanques rusos una resistencia no violenta, aunque no exenta de víctimas mortales, persecuciones políticas y cientos de miles de huidos del país. Mientras tanto los gobiernos de Occidente protestaban sin demasiada firmeza, bien instalados en el consabido es lo que hay, es lo que toca. Tan sólo algunos de partidos comunistas del Oeste, como el finlandés, el francés, el español, o el italiano, mostraron abiertamente su desacuerdo y se adentraron en el camino de la construcción de un socialismo en democracia, separándose de la tutela de Moscú y dando origen, poco después, al eurocomunismo. Los intelectuales que se quedaron, como Varclav Havel, cerraron las puertas a cualquier colaboración con el régimen. Otros marcharían al exilio para explicar La insoportable levedad del ser en su país de origen.

Como en el caso de la Ofensiva del Tet, una aparente victoria terminó convertida en derrota. Las disensiones en el propio bloque soviético aumentaron, que una cosa es ser amigos y otra abusar de los amigos. Los partidos comunistas occidentales terminaron apartándose de la Unión Soviética para no contaminarse con el descrédito de matonismo y dictadura que había impregnado a los nuevos zares.

Los pueblos de Occidente, embarcados en la primavera de los mayos del 68, la oposición a la Guerra de Vietnam y los movimientos de liberación del Tercer Mundo, no pudieron entender este retorno del peor pasado totalitario. Los pueblos del Este tomaron nota, callaron, aguantaron el tirón, resistieron y dejaron que la estaca podrida cayera por su propio peso, sin hacer nada para evitarlo.

La verdad es que, siguiendo las doctrinas lampedusianas del Gatopardo, los propios cuadros dirigentes, ejecutores y ejecutivos de los regímenes socialistas habían preparado, con tiempo suficiente y maestría acreditada en el uso del poder, todos los escenarios de huida posibles, todas las oportunidades de transfuguismo. Véase, al respecto, la fórmula de éxito de los grandes líderes emergentes en esos países, procedentes en muchos casos de los servicios de inteligencia, cuando no de la policía política.

En este mundo de utopías venidas a menos y distopías emergentes, permitidme la ucronía de imaginar que Dubcek hubiera conseguido sacar adelante un proyecto de socialismo que, además de liberar a los trabajadores de la explotación capitalista, hubiera puesto empeño en la libertad y plenitud de la ciudadanía.

El socialismo de rostro humano pudo abrir una vía de transformación de las dictaduras comunistas en el Este y haber evitado que Estados Unidos se siguiera dedicando a imponer sus designios en América Latina, a la que consideraba su patio trasero y donde había alentado y sustentado golpes de estado como el de Bolivia, Chile, o Brasil, hasta terminar destrozando la primavera del Chile de Allende, en septiembre del 73. Tal vez Tlatelolco no hubiera existido.

Bien pudiera ser que, si los tanques soviéticos no hubieran ahogado la primavera de Praga, hoy viviéramos un mundo más libre, más justo y más solidario. Pero esto no podemos ya saberlo. Sin embargo, nadie nos impide soñar y abrir cincuenta nuevas primaveras, una por cada año transcurrido. Aquí mismo, aquí cerca.


Dejar los estudios, abandonar la educación

julio 18, 2018

Según un reciente estudio de CCOO de la Enseñanza, basado en datos oficiales del Ministerio de Educación, hay 585.000 jóvenes en situación de abandono educativo temprano en toda España. Las tasas, los fríos porcentajes, han ido bajando a lo largo del periodo democrático, hasta situarse en el 18´3 por ciento en 2017. Ese porcentaje era superior al 41 por ciento hace 25 años.

La Tasa de Abandono Educativo Temprano (AET) mide el porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años que han abandonado los estudios sin haber conseguido aprobar la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), una Formación Profesional de Grado Medio, o el Bachillearo.

Habrá quien piense que quienes han superado la enseñanza obligatoria ya han conseguido el mínimo exigible, pero en un mundo como el nuestro es casi imprescindible, a nivel laboral y social, haber superado, además, algún nivel de estudios posobligatorio.

Es verdad que la situación no es la misma en todas la Comunidades Autónomas. Así, en Andalucía, Valencia, Baleares, Castilla-La Mancha, o Murcia, las tasas se mueven por encima del 20 por ciento, mientras que en Cantabria, País Vasco, Navarra, o La Rioja, las tasas de abandono se encuentran muy por debajo del 15 y hasta del 10 por ciento.

Las diferencias sociales, o de género, son también muy marcadas. Incluso el momento histórico influye. Por ejemplo, si la economía marcha viento en popa, aumenta el número de abandonos de quienes encuentran trabajo y piensan que con su nivel de estudios ya es más que suficiente. Si hay crisis y el paro es muy elevado, hay más jóvenes siguen estudiando, a la espera de mejores tiempos.

Los varones abandonan más que las mujeres, la población de origen inmigrante abandona los estudios en mayor porcentaje que los nativos, los grupos sociales más desfavorecidos más que la media y quienes estudian en centros públicos, más que los que han estudiado en centros privados. Hasta la OCDE reconoce este cariz social del abandono temprano y el fracaso escolar en España.

Aquí conviene abrir una reflexión en torno al abuso de la repetición de curso que ha ido facilitando la legislación educativa. A partir de la LOMCE, por ejemplo, se puede repetir cada curso y no cuando termina el Ciclo de dos años, con lo cual han aumentado las repeticiones, que en la enseñanza pública duplican o triplican las repeticiones que se producen en la enseñanza privada. Somos uno de los países donde más se repite, sin que ello influya en mejores resultados en aspectos como el fracaso escolar, o el abandono temprano.

Así las cosas, hay alumnos que, a base de repeticiones, nunca podrán acabar la Educación Obligatoria antes de los 18 años y no podrán concluir la ESO. Es más, se han ido desmontando las posibilidades una segunda oportunidad reforzando la ESO en Centros de Adultos, promoviendo Formación Profesional, o Bachillerato, en horarios nocturnos, o buscando formatos modulares y atractivos para los jóvenes.

Estamos hablando de jóvenes que se apartan de los estudios de forma prematura, para intentar insertarse en el mundo laboral. No debería ser tan complicado pensar en ellos, incentivar la obtención posterior de una titulación. Pero eso exige invertir en la conexión entre el sistema educativo y el empleo, facilitando compatibilizar trabajo, prácticas y formación, permitiendo mejores procesos de reconocimiento de la experiencia profesional a la hora de obtener una titulación.

Para este más de medio millón de personas jóvenes que han abandonado los estudios ya no se trata de volver al mismo sistema educativo, sino de encontrar nuevas oportunidades. Se me ocurre que poner en marcha modalidades como la formación dual, pensando en las necesidades de las personas y evitando su explotación laboral, podría contribuir a mejorar las tasas de Abandono Educativo Temprano en España. El Consejo de Europa acaba de pedir a España que realice más esfuerzos para combatir la explotación laboral, especialmente la que sufren los jóvenes.

Habrá que ver si el nuevo gobierno es capaz de convocar al conjunto de la sociedad para afrontar este reto de igualdad educativa ante el que nadie puede cerrar los ojos, porque la educación es no sólo un derecho de cada persona a lo largo de toda la vida, sino también un factor determinante para el desarrollo económico y una condición para la libertad y el desarrollo democrático.