Crisis, temporalidad y contrato a tiempo parcial

septiembre 5, 2017

Durante las crisis económicas se produce una caída de los salarios, es cierto. Pero en esta crisis económica, parte de esa caída de los salarios se produce porque empleos a tiempo completo están siendo sustituidos por empleo a tiempo parcial. No es necesario que el precio de la hora trabajada se reduzca, para que disminuya el salario cobrado por aquellos trabajadores que antes trabajaban a tiempo completo. Ahora sólo trabajan unas cuantas horas, porque su contrato ha sido realizado o reconvertido en tiempo parcial.

Durante la crisis han crecido el número de trabajadores y trabajadoras que se han visto obligados a firmar un contrato a tiempo parcial de carácter involuntario, porque es lo que había, aunque ellos hubieran preferido encontrar un empleo a tiempo completo. Conviene preguntarse por qué ocurre esto durante esta crisis.

Para encontrar la respuesta hay que remontarse a 2013, cuando el PP reforma el contrato a tiempo parcial, ampliando el número de horas complementarias de las que puede disponer libremente el empresario hasta un 30 por ciento. Pero es que además este número total de horas puede incrementarse un 15 por ciento voluntariamente y hasta un 30 por ciento, si se acuerda en convenio colectivo. El periodo de preaviso para utilizar estas horas complementarias pasa de 7 a 3 días.

Es muy atractivo, desde esta reforma, para el empresario, contratar a tiempo parcial, cuando tiene a sus trabajadores, o trabajadoras, permanentemente a disposición de la empresa. Eso aumenta la rentabilidad empresarial, aunque sea a costa de la compatibilidad con una vida personal y la conciliación familiar. Eso sí, cada momento de trabajo se convierte en intenso y los tiempos muertos desaparecen.

Al aumento de los contratos a tiempo parcial, se viene a sumar el carácter temporal de la inmensa mayoría de los nuevos contratos y muy especialmente en actividades económicas poco productivas. Ha sido el PP, quien con su reforma laboral y su política económica, ha incentivado un empleo precario y un crecimiento de bajo valor añadido, sin apuestas públicas por la investigación, la innovación y el desarrollo. Sienta así las bases de nuevos fenómenos especulativos y futuras crisis económicas.

A lo hecho por el gobierno, hay que añadirle unas prácticas empresariales nunca puestas en cuestión, que prefieren un modelo laboral con empleo temporal y a tiempo parcial, porque esa temporalidad y precariedad le permiten ajustar rápidamente los gastos y la caída de la demanda, reduciendo los costes laborales, utilizando el despido fácil y barato y fomentando la rotación de personas en puestos de trabajo que no requieren gran cualificación. Un modelo que pervive en una clase empresarial obsoleta.

Salir de la recesión económica impidiendo que los trabajadores y trabajadoras puedan recuperar salarios y derechos laborales y sociales, puede conducirnos a una salida injusta y desequilibrada, con aumento de las desigualdades y a instalarnos en una crisis permanente, no sólo económica, sino de modelo social, con inevitables consecuencias políticas y la aparición de conflictos con difícil solución.

Volveremos al crecimiento económico. A los beneficios empresariales. A encontrar nuevas fuentes de especulación, burbujas y pelotazos varios. Se creará empleo, malo y mal pagado, pero abundante. Volveremos al consumo y al endeudamiento de empresas y familias. Pero nadie debería hacerse ilusiones. Pan para hoy y hambre para mañana.

Mientras gobierno y empresariado condenen a buena parte de la ciudadanía a la precariedad laboral, la pérdida de derechos y los bajos salarios, no habremos asumido que el final de la recesión anuncia también el final de un modelo de país que se ha agotado. No tenemos demasiado tiempo para definir ese modelo del país que queremos, en lo político, lo económico y lo social, antes de que el arroz se pase. Podemos hacerlo en torno a una mesa, dialogando, o en el inevitable conflicto en las calles, en las empresas, en la política. De ambas cosas tenemos sobradas experiencias y quien más, quien menos, sabe que la segunda opción es siempre más incierta y menos deseable.

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El terrorismo no borrará nuestra alegría

septiembre 4, 2017

En mayo del año 2000 asumí la Secretaría General de CCOO de Madrid. Ese año la banda terrorista ETA daba por terminada la tregua indefinida y unilateral que había decretado en septiembre de 1998 y cometió 23  atentados terroristas. Una brutal secuencia de muertes que comenzó con el asesinato del teniente coronel Pedro Antonio Blanco.

Tres atentados se produjeron hasta mayo, entre ellos el de Fernando Buesa y su escolta el ertzaina Jorge Díez y, a partir de ese momento, una cadena de actos terroristas en las que cayeron el periodista López de Lacalle, el concejal Martín Carpena, Juan María Jáuregui, o el exministro Ernest Lluch. Así hasta 23 militares, jueces, empresarios, concejales, guardias civiles, funcionarios de prisiones, ertzainas, mossos de escuadra, trabajadores, políticos, policías nacionales…

La clase trabajadora nunca ha hecho buenas migas con el miedo, con la violencia, con el terrorismo. Bien lo pudimos comprobar durante el franquismo, cuando ETA aprovechó el inicio del juicio del Proceso 1001, contra la cúpula dirigente de CCOO, para asesinar al almirante Carrero Blanco. El odio del franquismo se volcó sobre  los sindicalistas, endureciendo las condenas hasta alcanzar más de 20 años de cárcel en algunos casos.

En esto ETA, como cualquier grupo terrorista, ha preferido siempre el dolor, la muerte, el cuanto peor mejor y no ha dudado en llevarse por delante a los trabajadoras y trabajadores con sus actos.

El propio López de Lacalle, era fundador de CCOO, trabajador de la industria, siempre interesado por la cultura, escritor, periodista. Recuerdo a Santi Bengoa, Secretario General de Euskadi por aquellos días, siempre intransigente con el terrorismo, siempre amenazado por ETA.

Ante cada atentado los sindicatos convocábamos paros en las empresas y minutos de silencio a las puertas de las mismas, en las calles, ante la sede de las principales instituciones. Provocábamos reuniones de todas las fuerzas políticas, sociales, empresariales, sindicales. Organizábamos con decenas de trabajadoras y trabajadores el servicio de orden de concentraciones, manifestaciones. Redactábamos comunicados conjuntos llamando a la unidad, la paz y la libertad.

El Delegado del Gobierno por entonces, el navarro Javier Ansuátegui, llegó a recomendarme que solicitase guardaespaldas o, al menos, un servicio de contravigilancia. En todo caso, que mirase siempre debajo del coche antes de montarme en él. Teníamos miedo y algunas veces miré debajo del coche.

Luego llegó el 11-M de 2004 y el final de ETA era inevitable. Nunca podrían en nombre de unas ideas nacionalistas provocar tanto horror como el fundamentalismo de unos fanáticos religiosos. El asesinato de los ecuatorianos Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, el 30 de diciembre de 2006, en la T-4 del aeropuerto de Barajas, fue la bocanada final, el punto de no retorno.

La respuesta de los sindicatos, con las organizaciones ecuatorianas y las fuerzas políticas y sociales, fue masiva. Siguieron matando, por inercia, sin sentido, pero ya nadie podía admitir esa lógica infernal de muertes. El final de ETA era cuestión de tiempo, si manteníamos la unidad y la firmeza frente al terrorismo.

La barbarie terrorista desatada el 11-S en Nueva York y el 11-M en Madrid tiene características específicas y distintas. Golpea masivamente. Buscando sembrar el dolor, el miedo, el terror y provocar la reacción violenta no contra los causantes, sino contra cuantos profesan su religión.

El metro de Londres, Charlie Hebdo, la sala Bataclan en París, el metro y el aeropuerto de Bruselas, el paseo de Niza, el mercadillo navideño de Berlín, el Parlamento británico. Decenas de atentados brutales de los heraldos de la muerte en Europa.

Pero no podemos olvidar, que casi nueve de cada diez atentados yihadistas se producen en países de mayoría musulmana y que esas bombas en mercados, barrios populares, cuarteles de policía, mercadillos concurridos, o mezquitas en la hora de la oración, producen centenares de muertes de musulmanes un día sí y otro también.

Vencimos a ETA y venceremos al yihadismo con firmeza y fortaleciendo la unidad de cuantos queremos convivir en libertad, paz, justicia y democracia. Convocaremos concentraciones, manifestaciones, paros, minutos de silencio, en las calles y en los centros de trabajo contra la violencia y el terrorismo. Somos personas trabajadoras. Vivimos de nuestro trabajo. Tuvimos miedo, tenemos miedo. Por nosotros, sí, pero sobre todo por aquellas personas a las que amamos, o con las que convivimos.

Vencimos una vez, volveremos a vencer. No arrebatarán nuestras vidas impunemente. No robarán nuestra forma de vivir, ni nuestra sonrisa, ni nuestra alegría.


Recuperar la negociación colectiva

agosto 8, 2017

Resulta que las grandes entidades financieras anuncian a bombo y platillo que en el primer semestre del año han conseguido ganar cerca de 8.000 millones de euros y que los beneficios en comisiones que cobran a los clientes han crecido un 12 por ciento.

Va a resultar que Mariano Rajoy sabe más de contabilidad de lo que reconoce ante los tribunales de justicia. Puede que tenga razón y que la economía se esté recuperando y el crecimiento del Producto Interior Bruto y de los beneficios empresariales sean una realidad.

Tan seguros deben estar de ello en el Consejo de Ministros que hasta la Ministra de Empleo se permite aconsejar a los empresarios que suban los salarios sin complejos. Que a todos vendrá bien hacerlo.

Pero ni el inefable Mariano, ni su ministra sevillana, parecen tomar en consideración la idiosincrasia de una clase empresarial española recluida en los viejos vicios de recomponer beneficios a costa de exprimir los salarios y buscar nuevos pelotazos. Nada de inversiones, mejoras de productividad, innovación. Exprimir los costes salariales y buscar nuevos campos de operación fáciles y asegurados por los gobiernos de turno.

La operación Chamartín, o el rescate de las ruinosas autopistas radiales, son algunas muestras recientes de cómo aquí no paga nadie el coste de operaciones ruinosas, a excepción de las rentas salariales, se entiende. De hecho son las rentas salariales las que más peso han perdido, frente a las rentas del capital.

Por eso, tras muchos intentos frustrados, tiras y aflojas, pasos adelante y hacia atrás, encuentros discretos y encuentros públicos, bipartitos y tripartitos, los empresarios se descuelgan con que no sólo no quieren un Acuerdo de Negociación Colectiva de carácter general, sino que no quieren ni un siempre insuficiente acuerdo de salarios. Vaya, que del 2 por ciento de subida salarial no pasan, salvo que las cosas vayan de maravilla y que de cláusulas de salvaguarda, de garantía salarial, de revisión salarial, nada de nada, por mucho que mejoren la economía, los beneficios, o la productividad.

Aunque el volumen general de empleo se recupera, parece ser que trabajamos cada semana 108 millones de horas menos que antes de la crisis, lo cual viene a equivaler a más de 2´5 millones de puestos de trabajo a jornada completa.

Eso sólo puede significar que el empleo que se crea es tan precario, temporal, a tiempo parcial y mal pagado, que las grandes cifras disimulan el drama de millones de personas trabajadoras que van encontrando empleo, pero sin seguridad de futuro, ni estabilidad alguna.

Tras la Huelga General del 29 de marzo de 2012, la primera convocada por UGT y CCOO contra la reforma laboral decretada e impuesta por el PP, tan sólo un mes antes, afirmé públicamente que, O se canaliza el malestar, o habrá que negociar con contenedores incendiados. Inmediatamente salieron a la palestra los aguerridos tertulianos del aguirrismo, hoy en declive, para denunciar que se trataba de un llamamiento a la violencia.

Nada más lejos de mi intención y mis convicciones. Esperanza Aguirre acababa de afirmar, ante la convocatoria de Huelga, que “Los sindicatos caerán como el muro de Berlín”. Y mi respuesta fue que la Huelga General expresaba el malestar de millones de personas. “Ese malestar, o lo canalizamos, lo negociamos y llegamos a acuerdos y buscamos sacrificios equilibrados y compartidos, o habrá que negociar con contenedores de basura incendiados y eso es más peligroso”.

Dice Antonio Gutiérrez, en su reciente tesis doctoral titulada Reformas Laborales, competitividad y empleo (1977-2012), que cada una de las reformas laborales que se han producido, han sido justificadas en la necesidad de flexibilizar el mercado de trabajo, sin que nadie se haya molestado nunca en reflexionar sobre la rigidez y anquilosamiento del sector empresarial español y su necesaria modernización.

El conflicto entre capital y trabajo debe ser resuelto, en primera vuelta, en la negociación colectiva. La Reforma Laboral de 2012 supuso un destrozo de ese poderoso instrumento regulador del reparto de rentas y derechos. La negativa empresarial a avanzar por ese sendero de negociación y acuerdo sólo siembra de minas el camino de la recuperación económica, alienta el conflicto, e impide sentar las bases de una economía sana y un trabajo más decente que el que hoy generamos.

Francisco Javier López Martín


A propósito de la tesis de Antonio Gutiérrez

julio 27, 2017

Me entero a través del diario digital Nueva Tribuna de que Antonio Gutiérrez ha leído y defendido su Tesis Doctoral en la Universidad Rey Juan Carlos y que el título de la misma es Reformas Laborales, competitividad y Empleo (1977-1012). Y me entero de que en dicha tesis analiza las más de 50 reformas laborales perpetradas en España a lo largo de los 35 años que abarca el estudio.

Me adentro en internet y compruebo que Nueva Tribuna es el único medio  de comunicación que ha incorporado esta noticia, que viene firmada por los profesores Salvador Perelló y Pere J. Beneyto, a la sazón codirectores de la tesis de Antonio.

Que no me haya enterado yo, tiene un pase, porque debo reconocer que hay días en los que no leo los correos electrónicos y son sus remitentes los que tienen que recordarme mis obligaciones, con tal de no perder alguna cita importante, o cumplir algún deber inexcusable.

Conociendo a Antonio, tampoco creo que haya hecho una difusión amplia del evento, dadas las fechas y su pudor reconocido. Pero no deja de llamarme la atención la existencia de un país con tanta capacidad de olvido como éste en el que vivimos.

Un hombre que ha sido Secretario General de CCOO durante más de 12 años. Que dirigía el sindicato aquel 14-D en que se produjo la primera gran Huelga General de la democracia. Que fue luego diputado socialista durante las dos legislaturas de Zapatero. Ese Antonio Gutiérrez, de extracción trabajadora y de estudios universitarios tardíos, no merece unas cuantas reseñas cuando, a sus 67 años, lee su tesis doctoral ante un tribunal universitario, que termina concediéndole un Sobresaliente Cum Laude.

Podría ahora volcarme en críticas aceradas a los medios de comunicación, a quienes los financian y a quienes, desde el poder, contribuyen al olvido de nuestra vida y de nuestra historia, mientras sacan a pasear de forma interesada y partidaria otros eventos mucho más lejanos en el tiempo y en el espacio. Pero mucho me temo que sólo haría un flaco favor a nuestra inteligencia y a nuestra memoria.

La memoria es selectiva y elige qué recordar y qué olvidar. De hecho no podríamos recordar exactamente  lo vivido, sin pagar el precio de consumir exactamente el mismo tiempo que empleamos en vivirlo. Y eso es imposible. Somos nosotros, así pues, quienes elegimos los recuerdos y los olvidos.

Le gusta contar a Antonio que a los pocos días de abandonar el cargo de Secretario General del CCOO, llamó a casa a uno de los Secretarios Generales de la organización, con el que había hablado por teléfono en numerosas ocasiones. Cogió el aparato su hija, como en otras muchas ocasiones había ocurrido. Al otro lado del teléfono oyó a la niña gritar: ¡Papá! ¡Te llama un tal Antonio!

Somos, al parecer, pueblo de frágil, imprecisa y dúctil memoria. En esto he sido pesado hasta la saciedad. En el esfuerzo por rescatar la memoria incómoda de los Abogados de Atocha, de los encausados en el proceso 1001, de Marcelino Camacho y ahora, si toca hacerlo, de Antonio Gutiérrez. Y no sólo porque son nombres de nuestra historia, sino porque tras esos nombres hay muchas otras historias de personas menos conocidas que no deben ser olvidadas.

Ahora que CCOO se ha embarcado en procesos varios de Repensar el Sindicato y de recordar que Hicimos, Hacemos y Haremos Historia, cometeríamos un grave error escribiendo un relato que condujera de la Transición democrática al presente de globalización y precariedad laboral, sin solución de continuidad.

Por suerte, o por desgracia, somos los herederos de Atocha y de los Diez de Carabanchel y venimos de recorrer una larga e intensa trayectoria (aunque sea corta en términos temporales), marcada por personas como Marcelino Camacho, Antonio Gutiérrez,  José María Fidalgo y últimamente Ignacio Fernández Toxo. Sus errores y sus aciertos fueron los nuestros. A lo hecho… pecho. A aprender de los errores, a superarlos y a afrontar el futuro.

Pero es que, además de estas consideraciones, que no han hecho más que traerme problemas en el pasado, la Tesis de Antonio es una tesis para la polémica y el debate que tenemos por delante. Resulta que todas y cada una de las reformas laborales han tenido un mismo argumentario y se han justificado en combatir las rigideces del mercado laboral español.

Sin embargo, las rigideces de un empresariado acostumbrado al beneficio fácil, al pelotazo y a la escasa inversión productiva, nunca han sido puestas en cuestión. Nuestro débil sistema productivo, incapaz de competir, innovar y acostumbrado a salvar el culo bajando salarios y derechos laborales, tampoco ha sido nunca cuestionado, tolerando y preservando la existencia de un sistema financiero especulativo y un modelo productivo agotado.

Se permite Antonio poner en cuestión las oportunidades perdidas, comenzando con los propios y aclamados Pactos de la Moncloa (1977), nuestro ingreso en Europa (1985), el proceso de convergencia con Europa (1995) y las soluciones fracasadas de antemano para combatir la actual crisis económica, de la que salimos con la esperanza de continuar la fiesta. La última Reforma Laboral sólo ha conseguido precarizar, devaluar rentas  y empobrecer a la sociedad.

No viene mal que uno de los protagonistas de nuestra historia más reciente ponga sobre la mesa los males que nos han atenazado y a los que hay que hacer frente, si queremos salir del atolladero con bases sólidas. He recibido ya, en la bandeja de entrada del correo electrónico la tesis leída y defendida por Antonio, compuesta por cientos de páginas de argumentos y citas.

Le he pedido que, sobre la base de la misma, escriba un libro que sirva para el debate que el sindicalismo español tiene que realizar en estos momentos, para construir un modelo económico productivo e innovador, en el que el trabajo decente sea elemento esencial y garantía para una sociedad libre, honrada y democrática.

Nota aclaratoria: Sé que este artículo es uno de esos que nunca conviene escribir, porque siempre habrá alguien, o muchos alguien, que se sentirán molestos al ver algunos de estos nombres escritos uno junto al otro y al otro y al otro. Yo mismo podría sentirme molesto conmigo mismo por decir las cosas  tal cual han quedado escritas. Pero ahí queda, porque siempre me gustó la historia que cuenta Eduardo Galeano en su cuento La Piedra Arde. La  de aquel viejecito guardián de los huertos que vivía en la comarca de Pueblo Niebla, solito y solo y que renunciaba a recuperar su juventud, porque no podría reconocerse ante el espejo al ver cada una de sus cicatrices. Allá cada uno con las suyas.

Francisco Javier López Martín


Noticias de la señora Sara

julio 27, 2017

La señora Sara es viuda. Con minúscula señora y con minúscula viuda. Así comenzaba el relato Retrato de Señora, que cierra el libro Cuentos en la tierra de los nadie, del que os hablé la semana pasada. Volver al libro y volver a uno de sus cuentos no es casualidad, porque las casualidades no existen.

Vuelvo a la señora Sara porque esta semana he leído una noticia sobre la caótica aplicación de la Ley (con mayúscula) de atención a la dependencia en Madrid y su correlato de listas de espera, opacidad, discrecionalidades varias y errores abundantes.

Declara Ana González, responsable de Política Social y Diversidad de CCOO de Madrid, que los problemas que se originaron al tener que asistir a un nuevo derecho ciudadano tras la aprobación de la Ley de Dependencia en 2006 se han convertido en estructurales. Y explica que lo que, al principio, puede pasar por inexperiencia, se ha convertido ya en elemento característico del sistema de atención a la dependencia en la Comunidad de Madrid.

Pongamos que cuando yo escribí el relato sobre la señora Sara, dando cuenta de sus andanzas, describía a una mujer sin grandes problemas de movilidad y con plena capacidad de hacer frente a las necesidades de su vida cotidiana. Y supongamos que los años han pasado y la señora Sara ha tenido algunos de esos accidentes tan frecuentes como caerse en la calle y verse obligada a guardar reposo.

Pongamos que mi personaje, en absoluto ficticio, ya lo dejé claro cuando hablé de los nadie que pueblan mis cuentos, ha tenido que superar una operación de colon y más tarde un ictus del que ha salido relativamente bien parada, conservando la cabeza en su sitio, a sus ahora, pongamos, 93 años.

Reconozcamos que el Ayuntamiento, ante la primera instancia de parte, le concedió un discreto servicio de ayuda a domicilio de dos horas diarias tres días en semana. Y que luego instaron a la señora Sara a presentar una larga serie de documentos médicos, rentas, seguridad social y demás, para acogerse a los “beneficios” de la Ley de Dependencia. Ya ve usted, como si de nada sirviera, para estos casos, la ley que explica que las Administraciones no necesitan pedir al administrado, aquello que obra en su poder, o que el susodicho les autoriza a consultar.

Fruto de todo ello, tras superar la lista de espera y recibir las valoraciones correspondientes, la señora Sara terminó viendo reducida su ayuda a domicilio a cuatro horas y media semanales. Ahora pertenece al sistema de atención a la dependencia, aunque sea en el mínimo grado posible.

De vez en cuando recibe una llamada de la “teleasistencia” y de cuando en vez y de muy tarde en tarde, recibe una visita del servicio de ayuda a domicilio, que va cambiando de empresa al ritmo de los concursos públicos. Tampoco las mujeres, siempre mujeres, que prestan el servicio duran mucho, sometidas al infernal ritmo de altas y bajas, temporalidad, precariedad, de una profesión ni agradecida, ni reconocida , ni pagada.

Alguna vez, a nuevas instancias siempre de parte, acompañando nuevos papeles de esos que obran en poder de la Administración, o de alguna de ellas, o de todas a la vez, se revisa su situación y se le reitera su condición de dependiente en grado ínfimo. Creo que todo a causa de que la señora Sara no miente y cuenta que es capaz de realizar la proeza de salir al parque cercano del brazo de la auxiliar de ayuda a domicilio, caminando de a poquito y bajando y subiendo las escaleras malamente y sin ascensor.

Todo, imagino, porque conserva la capacidad de levantarse e ir al servicio doblada hacia adelante y trajinar la mañana por la casa y se apaña, a base de amor propio y dignidad, para seguir preparándose la comida aunque no pueda hacer compra y portearla, hasta a su casa.

Dice Ana González que en Madrid hay cada vez menos solicitudes porque hay una demanda desmotivada y que hasta el 30 por ciento de las solicitudes termina dennegadas y sin grado alguno de dependencia.

Los nadie, por más que sean mis personajes de leyenda, viven así señoras y señores. Y ese así, es una vergüenza.

Francisco Javier López Martín


Cuentos en la Tierra de los Nadie

julio 18, 2017

En la Casa del Lector del Matadero de Madrid acabo de presentar mi último libro titulado Cuentos en la Tierra de los Nadie, editado por Legados Ediciones. Mi anterior libro era un poemario titulado La tierra de los Nadie. Esta columna se llama La Voz de los Nadie. Es forzoso preguntarse, ¿de dónde viene esta obsesión recurrente por los Nadie?

Sin embargo, vengo hoy aquí a hablar de mi libro y, siguiendo al maestro Umbral, no dejaré que nada ni nadie evite que lo haga. Dejaremos sin responder, al menos de momento, la pregunta. Alimentemos por ahora la insatisfacción. Provoquemos que se establezcan conjeturas, hipótesis, dudas razonables, sobre la existencia o no de una Tierra de los Nadie. Dejemos trabajar la imaginación.

Vayamos al grano. He construido estos Cuentos en la Tierra de los Nadie con diez relatos prefabricados y ensamblados en un universo confederal de pueblos, valles, barrios periféricos y minas asturianas. Cuentos escritos a lo largo de varios años y que han conseguido algún premio o reconocimiento en lugares tan diversos como Hervás (Cáceres), Oviedo (Asturias), Coria (Cáceres), Bilbao, Trigueros (Huelva), NH Hoteles. En alguna ciudad de la Mancha, como Azuqueca, y en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no consigo acordarme, por más que lo intente.

Cuentos protagonizados por ancianas de barrio, bibliotecarias, trabajadoras de temporada en algún camping del Ambroz, porteros de finca, drogadictos, cundas, viudos, viudas, jóvenes desarraigados al borde del exilio interior y exterior, camioneros, efebos a la helénica usanza, un divisionario  (de aquellos genuinos de la División Azul) y unos cuantos mineros que trabajan, con el agua hasta la cintura, en el pozo de la Camocha.

Historias de ayer que podríamos contar hoy, casi tal cual. Historias de hoy que podrían tener décadas a las espaldas, porque las circunstancias de los Nadie se atienen a un principio de relatividad incierta, que no tiene que ver con la velocidad de los cambios, sino con la intensidad del dolor y de la alegría, que de todo hay en esta desconocida tierra.

Manuel Rico, poeta, novelista, presidente de la Asociación Colegial de Escritores, me ayudó en la presentación y atendió a mi petición de redactar el Prólogo del libro, al que tituló: Un canto a los sueños de los invisibles. Le agradezco este esfuerzo suplementario que ha realizado, sacando tiempo de donde no lo tiene, para atender a mi demanda.

Y agradezco esa referencia al género del “cuento preocupado por la condición de los humildes” que floreció por los años 50 y que contó con escritores como Medardo Fraile, Meliano Peraile, Jesús Fernández Santos, o el enorme Ignacio Aldecoa, que escribió La tierra de nadie y otros relatos.

Es inmerecido, pero halagador, que Manuel considere que mis cuentos navegan, transcurridos los años y en el tránsito entre dos siglos, por el mismo mar de fondo  de una sociedad injusta, gobernada por una minoría ignorante y egoísta, que aplasta las ilusiones de los humildes, que se ven obligados a la lucha cotidiana por la supervivencia.

Contar cuentos puede parecer un ejercicio de diversión, evasión, invención. Pero todas las historias están inventadas. Cambias los personajes, el espacio y el tiempo y los ancestrales relatos vuelven a aparecer ante nosotros. Escribir cuentos, contarlos, me parece un intento de reinventar la realidad, establecer un relato de cuanto no podría ser narrado exactamente tal cual ocurrió. Escribir novelas y cuentos para que la vida pueda ser aprehendida, comprendida y no sólo literalmente conocida. Los personajes del cuento existen o han existido en  uno o varios de otros seres reales. Los tiempos, o los espacios, las circunstancias, son reconocibles, aun cuando procedan de los  sueños o de los miedos más profundos.

Nada como leer a Valle-Inclán, sus esperpentos, para intuir una España que se despeña irremisiblemente hacia una Guerra Incivil. Nada como leer Siete casas en Francia, de Atxaga, antes o después de El corazón de las tinieblas, de Conrad, (cuento largo, novela corta), para comprender el horror de las potencias coloniales en Africa, en este caso en el Congo sometido al rey Leopoldo II de Bélgica.

Escribir, contar, para intentar atrapar en ti una vida incomprensible que siempre se nos escapa.

Francisco Javier López Martín

 


La tumba del abuelo

julio 7, 2017

“un infierno sobre la arena:

los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna

y chozas de paja que ofrecen una miserable

protección contra la arena y el viento.

Para coronar todo ello no hay agua potable,

sino el agua salobre extraída de agujeros

cavados en la arena”.

Robert Capa

 

Me gusta recordarle frente al mar. Herido, frente al Mediterráneo. La memoria es caprichosa. Cuando no cuenta con referencias ciertas tiene permiso para inventarse momentos. Cosas que quedan ahora escritas y que pasan a ser recuerdo fiel de una realidad que tal vez no existió así. Sólo tal vez.

El recuerdo me asaltó durante el reciente Congreso de CCOO. Pepe Alvarez habló, durante la inauguración, de fosas en las cunetas. Manuela Carmena habló de memoria. Yo pensé en mi abuelo. Herido, sentado frente al Mediterráneo. En las playas de Argeles-Sur-Mer. Perdedor de una guerra desencadenada por militares contra su propio pueblo.

A sus espaldas un inmenso campo de concentración. Hay que sacar agua salada de hoyos excavados en la arena y utilizarla para cocinar. Hay que racionar los escasos alimentos que llegan sólo de vez en cuando, en camiones destartalados. Hay que ver morir a los compañeros, de hambre, de disentería, de frío, de tifus. Y seguir viviendo. Hay que sobrevivir.

Más de 100.000 exiliados han sido cercados aquí con alambradas. Más de 550.000 malviven, huidos de la guerra y de la derrota en otros campos. Pero este es el más grande, el más conocido de todos. Por aquí ha pasado Robert Capa con su cámara y ha quedado reflejado el horror de los refugiados de la guerra.

Recuerdo cuando dejó Collado Mediano y trepó al Guadarrama para frenar el avance de las tropas franquistas. Pensó que serían sólo unos días, hasta que las tropas procedentes de Madrid, restablecieran  la legalidad republicana. Su mujer, sus hijos, no volvieron a verle. Ni vivo, ni muerto. Voluntario a los 42 años, no es extraño que los más jóvenes le apodaran el abuelo. Mi abuelo.

Algo ayudan, aunque de poco sirven, los barracones donde se juntan para hablar de política, de cultura, de la organización del campo, de la familia. Recuerdo a mi abuelo, en su “barracón de cultura”, charlando con el joven militante del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), llamado Vicente Ferrer. Quien iba a decir que pasados los años el joven trotskista terminaría convertido en apostol de las Indias.

Y me gusta recordarle junto a aquel jovencísimo José Luis García Rúa, al que recuerda que tiene la misma edad que el mayor de sus hijos y al que hace prometer que, si sale de ésta, irá a ver a Ascensión, su mujer y dará un beso en la frente a cada uno de sus tres hijos.

Otras veces recuerdo a mi abuelo charlando con Joaquín Puig, que salvaría luego la vida por los pelos al volver a España para ser condenado a muerte e indultado en el último momento. Su hijo, paradojas de la vida, fue el último ejecutado por garrote vil en la España franquista, Salvador Puig Antich.

Me gusta, sobre todo, recordarle frente al mar Mediterráneo. A él, un hombre de tierra adentro, de la Sierra de Guadarrama, de pinares y granito. Frente al mar que buscan cuantos huyen de las guerras, camino de México, Argentina, Cuba. Camino de Argel.

Guardo estos recuerdos, pero soy incapaz de imaginar donde se encuentra la tumba de mi abuelo. En eso la memoria no viene en mi ayuda. Nunca nadie en la familia encontró el camino.

Y se me ocurre que alguien tiene que buscarlo. No iré tras la tumba del Cid que, pese a todos los regeneracionistas, sigue sin contar con las famosas siete llaves. No. Iré al sepulcro de Don Quijote. La tumba de aquel soldado que partió a derrotar gigantes y topó con los tanques italianos y la aviación alemana y la mediocridad de las democracias europeas.

 

¿Qué a dónde vais?

La estrella os lo dirá: Al sepulcro.

¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos?

¿Qué? ¡Luchar! ¡Luchar!, y ¿cómo?

¿Tropezáis con uno que miente?,

gritarle a la cara: ¡Mentira!, y ¡adelante!

¿Tropezáis con uno que roba?

gritarle: ¡Ladrón!, y ¡adelante!

Miguel de Unamuno

Vida de Don quijote y Sancho

 

 

Francisco Javier López Martín