La maldición de la poesía

agosto 14, 2018

En un hoyo en la tierra

enterré todos los acentos

de mi lengua natal

ahí yacen

como agujas de pino

que juntaron las hormigas.

John Berger

 

Sigo dándole vueltas a algunas reflexiones sobre la poesía en nuestros tiempos. No pertenezco a escuelas, tertulias, círculos, grupos, corrillos, corrientes, academias literarias de ningún tipo. Me gustan unos poetas y otros me dicen menos. Me deleito leyendo a algunos narradores y otros me aburren, o me cuentan cosas que me llegan menos.

No sé si estoy más acertado en lo que pienso y en lo que cuento, pero me duele cuando aquellas personas a las que considero cercanas en las cosas básicas que defendemos consideran que los poetas deberían dedicarse a trabajar en la intimidad y compartir sus creaciones con un puñado de amigas y amigos en el exclusivo espacio del salón de su casa.

Hay ocasiones en las que un poeta como Luis García Montero, sobre todo desde que decidió presentarse como candidato en las elecciones autonómicas madrileñas, tiene que soportar críticas del estilo de “zapatero a tus zapatos”. Es decir, dedícate a escribir tus poemas (sólo falta añadir “que nadie lee”) y no te metas en política, que eso son palabras mayores que sobrepasan a un poeta.

Yo mismo he tenido que escuchar que, en algunas ocasiones, se dirigieran a mí como poeta, con cierta condescendencia. Pocas veces lo entendí como un halago. Más bien como un aviso. Algo así como, podemos permitirnos el lujo de tenerte al frente de nuestra organización sindical, pero cuidado con esas manías de escribir poemas, cuentos, libros. Eso te aleja de nosotros, te sitúa en la frontera.

Es verdad que casi nunca las cosas van más allá. Tal vez porque los poetas, junto al estigma, han podido conservar la capacidad de maldecir, por más que lo hagan cada vez más bajito y en muy contadas ocasiones.

Cualquier hombre de hierro, ya se dedique a la política, al sindicalismo, o a los negocios, siente el mismo vértigo que aquel hombre de acero, apodado Stalin, cuando empuñó el teléfono en plena noche para llamar al poeta Boris Pasternak (mucho más conocido por ser el creador del médico Zhivago que por su vertiente poética), para preguntarle si ese tal Mandelstam, que le había dedicado el satírico Epigrama contra Stalin, podía ser considerado, o no, un maestro.

Hasta aquel bajito y tosco dictador georgiano intuía que su carrera podía quedar arruinada por la maldición de la sangre de un poeta, como la de Lorca inundó la de aquel bajito y torvo dictador ferrolano elegido por un ambicioso dios menor para salvar España.

Hay quien piensa que el tiempo de la prosa, aquel en el que se construyeron las utopías, las distopías y las ucronías es ya incapaz de restituir la armonía en un mundo incapaz de construir un futuro que repare las injusticias del presente y del pasado. En el ahora sin porvenir, la poesía está en condiciones de mirar de frente a la herida.

Es Berger quien nos dice que los poemas son más parecidos a una plegaria que los cuentos, aunque en la poesía no haya nadie a quien orar oculto tras el lenguaje. La poesía no tiene que explicar nada, no tiene que atenerse a un relato que finalice con un desenlace. Es la fuerza del lenguaje que se abre camino en nosotros, una de nuestras pocas posibilidades de victoria.

Quien hoy desprecia la poesía, no necesita la maldición de los poetas, porque ya ha cavado su propia tumba, su derrota, su imposible mañana, su no futuro.

Anuncios

Mandela cumple 100 años

agosto 14, 2018

Cuando dejamos que nuestra propia luz brille,

inconscientemente damos permiso

a otras personas para hacer lo mismo.

Nelson Mandela

 

Tal vez comienzo a resultar pesado con tanto recuerdo de personajes y de citas históricas. Que si Karl Marx, que si Paul Lafargue, la Primavera de Praga, Stephen Hawking, Luis Montes, Mary Shelley, o Mayo del 68. Hasta para una vez que escribí sobre otras cosas en este blog, lo hice sobre la Huelga de las Aguederas de Riaguas de San Bartolomé.

Prometo enmendarme y escribir más adelante sobre algunos personajes y hechos actuales, por más que cada vez que he hablado del pasado lo haya hecho para establecer algunas conexiones con el presente, que creo no deberíamos pasar por alto. En esta ocasión, me parece obligado escribir sobre un personaje que acaba de cumplir cien años, Nelson Mandela.

Lo de Nelson es un apodo escolar que le puso su profesora el primer día de clase. Ya se sabe que en aquella Sudáfrica del apartheid los niños negros recibían apodos blancos, tal vez para evitar la tortuosa pronunciación de nombres incomprensibles para los blancos. El verdadero nombre del niño era Rolihlahla y venía a traducirse como el que tira de la rama de un árbol, se entiende que sin ton ni son, lo cual significaba algo así como agitador, rebelde, bullicioso, perturbador.

También le llamaban Madiba, como a uno de los más famosos jefes de su clan. Cuando llegó a la mayoría de edad y superó las pruebas y ceremonias que los xhosa tradicionalmente celebran, recibió un nombre bastante más conciliador, Dalibhunga, cuyo significado hace referencia al que funda, convoca, reúne, crea el consejo y facilita el diálogo.

Más adelante, le llamaron Tata, como padre de la democracia sudafricana y por fin, como señal del aprecio generalizado que supo ganarse, se le reconoció como Khulu, que no es otra cosa que la abreviatura de la palabra abuelo, que para los xhosa viene cargada de connotaciones afectuosas, de respeto y agradecimiento.

Así las cosas, deberemos convenir que Mandela hizo honor a cada uno de sus nombres, por etapas y simultáneamente, de forma acumulativa, a lo largo de toda su vida. Rebelde, dialogante, creador de unidad, fundador de una nueva nación, padre de la democracia y grande y reconocido como abuelo. Y todo ello sin renunciar a ser aquella persona que un día dijo, vive la vida como si nadie estuviera mirando y exprésate  como si todo el mundo estuviera escuchando.

El centenario de Mandela, al contrario de lo ocurrido hace casi cinco años con su fallecimiento, ha sido discreto y ha pasado casi desapercibido, aunque no dejan de causar sonrojo algunas alabanzas vertidas en las redes sociales por quienes utilizan dos varas de medir. Una, para los extranjeros que han recibido el Premio Nobel y otra para aquellos a los que hay que mirar con las gafas de ver españoles.

A fin de cuentas, Mandela, no dejó nunca de ser el comunista del Congreso Nacional africano que abandonó la no violencia para encabezar la lucha armada del Comando Lanza de la Nación. Eso le valió una condena que le mantuvo en la cárcel durante 27 años. Incluso cuando le ofrecieron salir de prisión a cambio de renunciar a la lucha armada, ¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de mi gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos.

Causa pudor ver cómo Pablo Casado tildaba al opositor venezolano Leopoldo López, de ser un nuevo Mandela, perseguido por el régimen chavista y se ha hartado de tildar de asesino al Ché Guevara, a quien no se cansa de poner en contraposición con Miguel Ángel Blanco, en un ejercicio impúdico del aquí todo vale, aunque no venga a cuento. Ignora el nuevo Presidente del PP, pese a sus cuantiosos títulos, que Mandela era también amigo personal de Fidel Castro, lo cual le valió sonoros abucheos en su visita por Miami.

Lo que nunca fue Mandela es un cínico. Hizo en cada momento lo que creyó que tenía que hacer. Y creyó siempre que, El valiente no es el que no siente miedo, sino el que vence ese temor. el hombre que sabía que nada es negro, o blanco. El que soñó una sociedad multicultural diversa y donde cada hombre, mujer y niño sean tratados igualmente. Y que aprendió que Parte de la construcción de una nueva nación incluye construir un espíritu de tolerancia, amor y respeto entre la gente del país.

Era el pensamiento de un hombre al que le había arrebatado todo. Los mejores años de su vida, su unión matrimonial, el crecimiento de sus hijos. Pero al que no pudieron echar de Sudáfrica, ni impedir que siguiera convencido de que Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. Renunció al odio porque no quería entregarles nada más y porque no debía permitir que aquel odio le carcomiera el alma.

Esa fue su grandeza, la que le hizo merecer cada uno de sus nombres, la que tanto necesitamos y tan poco abunda.


Cincuenta primaveras en Praga

agosto 14, 2018

Hablamos de Primavera de Praga para referirnos a un proceso histórico que comenzó un invierno y acabó en pleno verano de hace 50 años. De nuevo, como en el caso del Mayo del 68, yo era demasiado pequeño para enterarme de cuanto estaba pasando en aquella capital checa y, si algo me llegaba a través de los escasos, limitados y adoctrinadores medios de comunicación existentes en aquellos días en España, creo debí forjarme una extraña idea del estado confuso de las cosas en el mundo.

Había manifestaciones y enfrentamientos policiales en París, que replicaban los de Estados Unidos, o Alemania, donde Rudi Dutschke había recibido tres tiros en la cabeza en un atentado ultraderechista. En México el ejército y la policía no habían desencadenado aún la balacera contra los estudiantes en Tlatelolco. La Ofensiva del Tet, iba camino de la derrota del Vietcong en lo inmediato, pero caló en el pueblo americano, que comprobó que todo el esfuerzo militar y el sacrificio humano, no detendrían al pueblo vietnamita.

Aquello de Praga, al menos así me lo parecía, era mucho más pacífico. Luego me he enterado de que una sociedad industrial y culta como la checa, soportaba mal el lento proceso de desestalinización. El líder comunista Alexander Dubcek encabezó un programa de reformas, consciente de las limitaciones que imponía la Unión Soviética, gobernada por un tal Brézhnev. No planteó en momento alguno abandonar la órbita de Moscú. Tan sólo quería actuar con autonomía para construir lo que denominó socialismo de rostro humano.

Se trataba de abrir las puertas a la democracia, sin prescindir del liderazgo del Partido Comunista, pero no como partido único, estableciendo la libertad de expresión, de prensa, de circulación, o de acceso a bienes de consumo. Incluso así, era demasiado cambio para la Unión Soviética. El 21 de agosto los tanques del Pacto de Varsovia traspasaban las fronteras y ocupaban Checoslovaquia.

Los checos ya sabían cómo se las gastaban en estos casos los soviéticos. Tan sólo doce años antes más de 2500 húngaros habían muerto, tras ser aplastado un intento de democratización. Muchos miles más fueron detenidos, juzgados,  encarcelados, deportados a la Unión Soviética, mientras cientos de miles huyeron del país.

Eso sí, doce años no pasan en balde. Imre Nagy, el líder de la revolución húngara, acabó fusilado dos años después de la revuelta, mientras que Dubcek fue progresivamente degradado, expulsado del Partido, acabando por ser nombrado oficial forestal y desapareciendo, hasta que en 1974 dirige un escrito a la Asamblea de la República, ratificándose en sus posiciones de 1968, denunciando la falta de libertad, el estado totalitario y policial y el desprecio a los derechos humanos. No sabía que quince años después él mismo sería aclamado Presidente de esa Asamblea.

Siguiendo el llamamiento de Dubcek, el pueblo checo, opuso a los tanques rusos una resistencia no violenta, aunque no exenta de víctimas mortales, persecuciones políticas y cientos de miles de huidos del país. Mientras tanto los gobiernos de Occidente protestaban sin demasiada firmeza, bien instalados en el consabido es lo que hay, es lo que toca. Tan sólo algunos de partidos comunistas del Oeste, como el finlandés, el francés, el español, o el italiano, mostraron abiertamente su desacuerdo y se adentraron en el camino de la construcción de un socialismo en democracia, separándose de la tutela de Moscú y dando origen, poco después, al eurocomunismo. Los intelectuales que se quedaron, como Varclav Havel, cerraron las puertas a cualquier colaboración con el régimen. Otros marcharían al exilio para explicar La insoportable levedad del ser en su país de origen.

Como en el caso de la Ofensiva del Tet, una aparente victoria terminó convertida en derrota. Las disensiones en el propio bloque soviético aumentaron, que una cosa es ser amigos y otra abusar de los amigos. Los partidos comunistas occidentales terminaron apartándose de la Unión Soviética para no contaminarse con el descrédito de matonismo y dictadura que había impregnado a los nuevos zares.

Los pueblos de Occidente, embarcados en la primavera de los mayos del 68, la oposición a la Guerra de Vietnam y los movimientos de liberación del Tercer Mundo, no pudieron entender este retorno del peor pasado totalitario. Los pueblos del Este tomaron nota, callaron, aguantaron el tirón, resistieron y dejaron que la estaca podrida cayera por su propio peso, sin hacer nada para evitarlo.

La verdad es que, siguiendo las doctrinas lampedusianas del Gatopardo, los propios cuadros dirigentes, ejecutores y ejecutivos de los regímenes socialistas habían preparado, con tiempo suficiente y maestría acreditada en el uso del poder, todos los escenarios de huida posibles, todas las oportunidades de transfuguismo. Véase, al respecto, la fórmula de éxito de los grandes líderes emergentes en esos países, procedentes en muchos casos de los servicios de inteligencia, cuando no de la policía política.

En este mundo de utopías venidas a menos y distopías emergentes, permitidme la ucronía de imaginar que Dubcek hubiera conseguido sacar adelante un proyecto de socialismo que, además de liberar a los trabajadores de la explotación capitalista, hubiera puesto empeño en la libertad y plenitud de la ciudadanía.

El socialismo de rostro humano pudo abrir una vía de transformación de las dictaduras comunistas en el Este y haber evitado que Estados Unidos se siguiera dedicando a imponer sus designios en América Latina, a la que consideraba su patio trasero y donde había alentado y sustentado golpes de estado como el de Bolivia, Chile, o Brasil, hasta terminar destrozando la primavera del Chile de Allende, en septiembre del 73. Tal vez Tlatelolco no hubiera existido.

Bien pudiera ser que, si los tanques soviéticos no hubieran ahogado la primavera de Praga, hoy viviéramos un mundo más libre, más justo y más solidario. Pero esto no podemos ya saberlo. Sin embargo, nadie nos impide soñar y abrir cincuenta nuevas primaveras, una por cada año transcurrido. Aquí mismo, aquí cerca.


Dejar los estudios, abandonar la educación

julio 18, 2018

Según un reciente estudio de CCOO de la Enseñanza, basado en datos oficiales del Ministerio de Educación, hay 585.000 jóvenes en situación de abandono educativo temprano en toda España. Las tasas, los fríos porcentajes, han ido bajando a lo largo del periodo democrático, hasta situarse en el 18´3 por ciento en 2017. Ese porcentaje era superior al 41 por ciento hace 25 años.

La Tasa de Abandono Educativo Temprano (AET) mide el porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años que han abandonado los estudios sin haber conseguido aprobar la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), una Formación Profesional de Grado Medio, o el Bachillearo.

Habrá quien piense que quienes han superado la enseñanza obligatoria ya han conseguido el mínimo exigible, pero en un mundo como el nuestro es casi imprescindible, a nivel laboral y social, haber superado, además, algún nivel de estudios posobligatorio.

Es verdad que la situación no es la misma en todas la Comunidades Autónomas. Así, en Andalucía, Valencia, Baleares, Castilla-La Mancha, o Murcia, las tasas se mueven por encima del 20 por ciento, mientras que en Cantabria, País Vasco, Navarra, o La Rioja, las tasas de abandono se encuentran muy por debajo del 15 y hasta del 10 por ciento.

Las diferencias sociales, o de género, son también muy marcadas. Incluso el momento histórico influye. Por ejemplo, si la economía marcha viento en popa, aumenta el número de abandonos de quienes encuentran trabajo y piensan que con su nivel de estudios ya es más que suficiente. Si hay crisis y el paro es muy elevado, hay más jóvenes siguen estudiando, a la espera de mejores tiempos.

Los varones abandonan más que las mujeres, la población de origen inmigrante abandona los estudios en mayor porcentaje que los nativos, los grupos sociales más desfavorecidos más que la media y quienes estudian en centros públicos, más que los que han estudiado en centros privados. Hasta la OCDE reconoce este cariz social del abandono temprano y el fracaso escolar en España.

Aquí conviene abrir una reflexión en torno al abuso de la repetición de curso que ha ido facilitando la legislación educativa. A partir de la LOMCE, por ejemplo, se puede repetir cada curso y no cuando termina el Ciclo de dos años, con lo cual han aumentado las repeticiones, que en la enseñanza pública duplican o triplican las repeticiones que se producen en la enseñanza privada. Somos uno de los países donde más se repite, sin que ello influya en mejores resultados en aspectos como el fracaso escolar, o el abandono temprano.

Así las cosas, hay alumnos que, a base de repeticiones, nunca podrán acabar la Educación Obligatoria antes de los 18 años y no podrán concluir la ESO. Es más, se han ido desmontando las posibilidades una segunda oportunidad reforzando la ESO en Centros de Adultos, promoviendo Formación Profesional, o Bachillerato, en horarios nocturnos, o buscando formatos modulares y atractivos para los jóvenes.

Estamos hablando de jóvenes que se apartan de los estudios de forma prematura, para intentar insertarse en el mundo laboral. No debería ser tan complicado pensar en ellos, incentivar la obtención posterior de una titulación. Pero eso exige invertir en la conexión entre el sistema educativo y el empleo, facilitando compatibilizar trabajo, prácticas y formación, permitiendo mejores procesos de reconocimiento de la experiencia profesional a la hora de obtener una titulación.

Para este más de medio millón de personas jóvenes que han abandonado los estudios ya no se trata de volver al mismo sistema educativo, sino de encontrar nuevas oportunidades. Se me ocurre que poner en marcha modalidades como la formación dual, pensando en las necesidades de las personas y evitando su explotación laboral, podría contribuir a mejorar las tasas de Abandono Educativo Temprano en España. El Consejo de Europa acaba de pedir a España que realice más esfuerzos para combatir la explotación laboral, especialmente la que sufren los jóvenes.

Habrá que ver si el nuevo gobierno es capaz de convocar al conjunto de la sociedad para afrontar este reto de igualdad educativa ante el que nadie puede cerrar los ojos, porque la educación es no sólo un derecho de cada persona a lo largo de toda la vida, sino también un factor determinante para el desarrollo económico y una condición para la libertad y el desarrollo democrático.


Un verano con Marx

julio 18, 2018

Cuenta Carlos Berzosa que Eduardo Haro Tecglen decía que no entendía por qué hay quien considera que en verano nos volvemos más tontos, motivo por el cual desde todos los ámbitos se nos recomiendan lecturas facilonas y escogidas “para el verano”.

Siguiendo esta práctica costumbrista no se nos ocurriría, en consecuencia, bajo una sombrilla al borde de la playa, en una terraza, o en un banco sombreado de un parque, entregarnos a la lectura de, pongamos por ejemplo, un libro sobre Karl Marx.

Hay que reconocer que Marx no está de moda. Su bicentenario está pasando bastante desapercibido. Pero también el centenario del nacimiento de Nelson Mandela, el cincuentenario de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, o de Mayo del 68 y la Primavera de Praga, están pasando sin demasiada pena ni gloria.

Algunas jornadas universitarias, algunas conferencias en algún sindicato, asociación de vecinos, alguna película como El joven Karl Marx, el libro Dígaselo con Marx de Ediciones GPS, que responde al empeño de un pequeño grupo de personas de izquierdas para abrir un abanico de reflexiones sobre el universo marxista, sus constelaciones y sus mundos habitados, destruidos, en construcción.

Aceptemos que en un momento histórico líquido no pueden existir ni tan siquiera islotes que se impongan de forma permanente frente al ímpetu del oleaje del devenir acelerado del fin de la historia. También es cierto que no pocos hijos y nietos de Marx dilapidaron su herencia, destrozando sin piedad su fuerza transformadora, dejándola a merced de una dictadura del proletariado convertida en dictadura sobre el proletariado, cuando no contra el propio proletariado.

Sin embargo, tal como van las cosas por el planeta y hasta por nuestros barrios no vendría de más prestar atención a las profecías del Moro y del General, que así conocían en la familia a Carlos Marx y a su inseparable Federico Engels. Así que, aunque sea esto un artículo y no un anuncio publicitario, lo aprovecharé para recomendarte que este verano, cualquiera sea la sombra bajo la que recales, te entretengas leyendo alguno de los cerca de cuarenta artículos recopilados en el libro.

Por allí se mueven economistas como Carlos Berzosa, o Martín Seco. Poetas como Cellino, o Riechmann. Feministas como Lidia Falcón. Sindicalistas como Nico Sartorius. Periodistas como Teresa Aranguren. Rectores como Carlos Andradas (Complutense), o Alejandro Tiana (UNED), ahora Secretario de Estado de Educación. Urbanistas como Jesús Gago, o Daniel Morcillo.

Pensadores como Rafael Fraguas. Abogados como Alejandro Ruiz-Huerta. Psicólogas como Marta Evelia Aparicio. Políticos como Cayo Lara, o Paco Frutos. Filósofos como Fernández Buey, o Manuel Sacristán. Pintores como Molleda o Vázquez de Sola. A mí me han dejado elegir tema y como había ya casi de todo, he escrito sobre Marx y su yerno español, Paul Lafargue, aquel criollo cubano que apareció por casa para conocer al padre y terminó por llevarse a Laura, su hija más querida.

Y no temas. No son artículos aburridos, ni espesos, ni largos. Hablan sobre cómo influyó Marx en su vida o en su profesión. Cómo les ayudó a transformarse para transformar el mundo, su mundo. Porque de eso iba Marx y de eso sigue yendo. No basta mirar, ni interpretar el mundo. Hay que ponerse a la obra de transformarlo. Esa sigue siendo la vigencia de Marx en los tiempos que corren.

Es un libro con vida propia. Sus editores y sus autores se sorprenden con presentaciones imprevistas en los lugares más insospechados, desde Ferias de Libros, a asociaciones de vecinos, centros culturales, sedes sindicales, agrupaciones políticas, aulas universitarias, embajadas, como si de un fantasma que recorre España se tratase.

Llega el verano y es tiempo de lecturas. No para tontos, pero sí lectura amable, seductora y refrescante, un coctel de propuestas elaboradas de forma honesta por unas cuantas mujeres y hombres que aceptaron un buen día el reto de decírtelo con Marx, doscientos años después de que naciera el Moro de Tréveris.

Que lo disfrutes.


El valor de la poesía

julio 18, 2018

Hace unas semanas asistí a la presentación de dos poemarios de Luis García Montero y Daniel Olmos, en un acto al alimón organizado por la Fundación Ateneo 1º de Mayo y que tenía lugar en la Sala dedicada al Proceso 1001 en CCOO de Madrid.

El 1001 fue aquel juicio franquista que juzgaba a la cúpula de las CCOO en diciembre de 1973 y que terminó con condenas desmesuradas, al coincidir su inicio con la voladura del vehículo en el que viajaba el Presidente del gobierno de la dictadura, el Almirante Carrero Blanco. No habría que explicar estas cosas, pero como no se enseñan en los centros educativos, puede que alguien se pierda en el relato, si no lo hiciera.

El caso es que, como vivimos en un planeta recorrido por redes sociales y, quien más quien menos, dedicamos un tiempo a actualizar nuestros “estados”, me dio por colgar una foto de Luis García Montero leyendo unos versos, acompañada del comentario, Con Luis García Montero, presentando el poemario A Puerta Cerrada. Siempre el placer y la inquietud de la Poesía.

No tardé en recibir la respuesta airada y furibunda de una seguidora, amiga virtual, o como quiera que se llame a quienes se adentran en estos mundos inmateriales, aunque haberlos, haylos. Venía a decir con meridiana claridad, más lucha obrera y sindical y menos poltronas y privilegios. Como viera que no había respuesta, más por la falta de constancia de mi presencia en los espacios siderales, que por descortesía, se ve que se sintió obligada a remachar la sentencia, El sindicato no es un centro cultural.

Seguía yo obnubilado, inconsciente, sin leer estos comentarios, tal vez durante días, hasta el punto de que el nivel de indignación de la buena mujer debió seguir creciendo en forma proporcional al tiempo de mi silencio. Tal vez creyendo que mi mutismo obedecía a cualquier tipo de inexplicable incomprensión, se sintió obligada a explicar sus sentencias, Ya sé que soy molesta, pero llevo años luchando y luchando y necesitamos trabajo digno, sueldos dignos. Lo de la poesía entre amigos en una casa me parece bien, pero con casi 5 millones de parados está fuera de lugar con todo mi respeto.

Viendo que ni por esas. Creyendo, probablemente, que el hecho de no contestar estaba llegando ya demasiado lejos, decidió cambiar de estrategia y enarbolar otra línea argumental, Y fuera las ETT, ahora llamadas de otra manera. Ahí quiero yo poesía, ahí.

De verdad, juro y perjuro, que no leí nada de este hilo. Para cuando quise hacerlo el enfado se había ya desbordado ¿¿¿En qué realidad vivís??? Que llevo 10 años sin nómina, de verdad pensáis que nos interesa la poesía, queremos trabajar con dignidad.

Hasta algún conocido, amigo, o seguidor virtual, a la vista de la evolución, o involución, que se iba despeñando ladera abajo, decidió mediar y escribió, No son incompatibles, pero para gustos los colores. Creo que son de agradecer estos moderadores de unos devenires internautas que, de otra forma, podrían conducir a la desesperación, o la rabia incontinente. Allí, arrellanados en el sofá, venga mandar pullas y nada, que nadie contesta. Soledad de soledades.

Cuando terminé por meterme en los comentarios de mi página y leí los escritos por aquella mujer, me sentí un poco responsable del nivel de irritación que, ella solita, pero a cuenta mía, había ido dejando crecer dentro de sí. Sólo se me terminó ocurriendo ofrecerle mis disculpas con una cita de García Lorca, Si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; pediría medio pan y un libro.

No hubo más respuestas, ni contestaciones. Podría haberle recordado a Celaya y su poesía necesaria como el pan de cada día, un arma cargada de futuro. Recitarle algún poema de Antonio Machado, o recomendarle escuchar las Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo, en la voz de Paco Ibáñez. Explicarle el papel de los ateneos en la formación y lucha de la clase trabajadora. Haberle hablado de Mandelstam, Ajmátova y Pasternak bajo el estalinismo.

Contarle de Alberti y Miguel Hernández recitando en el frente, o  sobre los ingleses Ralph Fox y John Condford, muriendo en el frente. El propio Lorca, víctima del frente abierto por los sublevados. Quizá debería haberle pedido a Luis García Montero que le dedicase el poemario que presentaba aquel día.

Pero no lo hice. Lo dejé en la cita de Lorca. Tal vez pensé que algo de razón tendría aquella mujer. Que algo ha pasado con la poesía para que quienes más deberían apreciarla la aparten de su camino. Puede que me recordase a mí mismo que vivimos tiempos en los que sólo escuchamos lo que queremos escuchar. ¿Cómo va lo mío?

Quizá decidí que cada cual tiene que buscar y encontrar sus propias verdades y descubrir, tarde o temprano, que tenía razón Bécquer cuando al mirar otros ojos, frente a frente, exclamaba Poesía eres tú. Descubrir que, sin la poesía, los monstruos que creamos serían los dueños de nuestro destino. El personal y el colectivo.


De mentideros y motines

junio 21, 2018

Muestran gran asombro quienes pierden en este país, pongamos por caso, una moción de censura. La expresión del asombro puede adquirir muchas formas, en función del talante de quien pierde. Desde la depresión profunda, hasta la rabia desbocada. O ambas cosas a la vez.

No es la primera vez que pasa y, si aprendiéramos algo de nuestro pasado, quien más, quien menos, debería estar prevenido siempre y avisado de antemano, de que estas cosas pasan y, en España, hasta forman parte de nuestra manera de ser. Digan Maillo, o Hernando, lo que quieran. Le guste más, o le guste menos, a un Rivera al que se le han mojado todos los papeles en los que había escrito un guión que ahora habrá que reescribir.

Algo flotaba en el ambiente y, como con los terremotos, cada cierto tiempo las placas tectónicas que enfrentan África con Europa se enfrentan en territorio peninsular. Aquí chocaron la Ilustración y la Contrarreforma. Aquí se inició la revuelta contra Bonaparte que consumiría Europa. Aquí ensayó el fascismo europeo una Guerra que destruiría el mundo.

Ya no recordará nadie la depresión en la que cayó y el cabreo que se cogió ese Borbón llamado Carlos III, cuando se puso a modernizar el país, con su cuerpo de Correos, sus servicios de Aduanas, su puerta de Alcalá y su Paseo del Prado, por poner algunos ejemplos. Quería resetear un Madrid sucio y destartalado, al parecer de un monarca que venía de embellecer Nápoles hasta convertirlo en uno de los lugares más atractivos de Europa. De allí trajo, precisamente, a sus mejores ministros.

Modernizar cuesta dinero, recurrir al endeudamiento y cargar sobre las espaldas de los ciudadanos algunos costes como los de iluminar las calles para que los malandrines no actuaran impunemente en las oscuras callejuelas. La cosa se le complicó cuando por abaratar el pan con medidas liberalizadoras, se topó con que la mala cosecha y los malos transportes terminaron por encarecer el bien esencial para la supervivencia.

Entre ese malestar popular y que los funcionarios golillas y los nobles seguidores de Aranda aparcaron sus viejas cuitas en la Corte, para combatir a los italianos, el estallido callejero era cuestión de tiempo, aunque nadie lo vio venir.

Hasta que un buen día, un pequeño incidente callejero entre los municipales y unos ciudadanos que se negaban a recortar sus capas y convertir los alerones de sus sombreros en sombreros de tres picos, desencadenaron el Motín de Esquilache. Ya ves, dirían algunos, todo por recortar las capas para poder ver si había armas debajo y levantar las alas del sombrero por ver las caras de quien hacia ti venía.

Atentos a los salones cortesanos, con sus comidas, meriendas, cenas, bailes, los gobernantes olvidaban que en las gradas de San Felipe, en plena Puerta del Sol; en el barrio de las Letras, en la calle del León y hasta delante del mismo Alcázar de los Austrias, donde luego se alzaría el Palacio Real de los Borbones, se hacinaba un pueblo que comentaba cada jugada, ya fuera el asesinato de un noble, los amoríos del rey, o las últimas decisiones de sus ministros.

Pero que nadie piense que fuera este un fenómeno madrileño. De aquel Motín se tienen noticias en cerca de trescientos pueblos repartidos por toda España. El rey huyó de Madrid, resentido, para refugiarse en Aranjuez, pero tuvo que volver por exigencia popular. Se vio obligado a desprenderse de sus ilustrados ministros italianos, a los que despachó de vuelta a Nápoles. Siguió reinando, pero dedicó más tiempo a ensimismarse en la caza.

Si esto ocurrió a quien luego pasaría a la Historia como el mejor Alcalde de Madrid, hombre trabajador, reformista, e ilusionado, qué podría esperar cualquiera otro de nuestros gobernantes, pertrechado con menos ilusión, menos deseos de reformar, bastantes menos ganas de trabajar y una pesada mochila de casos pendientes con la justicia.

No debería nadie entregarse, en estos momentos a la rabia, ni a la depresión. Nadie a teorizar de nuevo la conspiración. Es momento para reflexionar, releer la historia, e intentar no repetir lo peor de ella. Es tiempo de mirarse hacia adentro y limpiar la casa. Época para convertir los fracasos en oportunidades y poner todos nuestros esfuerzos al servicio de quienes han sufrido duramente la crisis.

Por pedir, desde lo más profundo del mentidero, que no quede.