Me gustan las procesiones

abril 9, 2018

Hoy parece contradictorio ser de izquierdas y que te gusten los toros. No siempre fue así. Vengo de una familia de izquierdas en la que han gustado los toros y se han seguido, según los gustos, las trayectorias taurinas de toreros como Santiago Martín El Viti, sin olvidar a un Antoñete, un Dominguín, Paco Camino, o hasta el Cordobés.

No menos incoherente debería ser declararte aficionado y seguidor de éste o aquel club de futbol, sabiendo el tremendo negocio en el que se ha convertido este deporte y, sin embargo, no son pocos los amigos, amigas y familiares que se declaran seguidores del Atletico de Madrid, el Real Madrid, el Bilbao, o el Barsa (al que también se puede transcribir como Barça). Algunos, incluso, se declaran acérrimos del Getafe, o del Rayo Vallecano

Debo confesar que no me atrae el futbol, ni los toros. No lo considero una virtud, sino un accidente vital. Por alguna circunstancia, ninguna de estas dos cosas me ha interesado demasiado. Creo que eso me ha permitido dedicar tiempo a otros asuntos, a los que tampoco considero mejores ni peores.

En todo caso, no manejar bien estos temas, me ha impedido iniciar esas conversaciones de acercamiento inicial a algunos especímenes del género masculino, con un intercambio de afirmaciones sobre el último partido de la Liga, la Champions, o la Copa.

Nunca me ha parecido un grave problema, aunque alguna fama de rarito me haya granjeado. Lo que ya no sé si tiene perdón es que, aprovechando este momento, confiese que me gustan las procesiones de Semana Santa. Muy especialmente las procesiones de la Semana Santa andaluza.

Ya ves, no me apasionan los toros. No movería un dedo por ver una corrida desde la mismísima barrera. No me interesan los estadios, ni las retransmisiones de futbol. Bueno, tal vez con la excepción de los Mundiales. Pero claro, esto puede ser considerado por muchos como algo tan extravagante como afirmar que no soportas la música, salvo Eurovisión.

Sin embargo, esta fascinación por las procesiones, creo que no es incompatible con que yo sea un tipo de izquierdas. No sé bien si será ese baile con el que se van aproximando los tronos. Tal vez la talla hiperrealista de las imágenes. El esfuerzo de esos costaleros que cargan las pesadas tallas, tras largos ensayos en sus cofradías. O esas bandas de música que acompañan cada imagen, el redoblar de los tambores, el ímpetu con el que atacan determinadas partes de la partitura.

Podría intentar justificarme diciendo que me interesa, sobre todo, el aspecto sociológico de las procesiones, pero no merecéis estos subterfugios. Podría apropiarme, para abordar el tema, de la canción de Serrat, Me gusta todo de ti, pero tú no. Y,  sin embargo, tengo que reconocer que me emociono hasta la fácil lágrima, cuando la banda acomete la Saeta del mismo Joan Manuel y entonces tarareo la letra de Antonio Machado.

Intuyo algo de premonición del apoyo mutuo de los primeros internacionalistas en los orígenes de las cofradías. Presiento que, tras lo aparatoso de las peinetas, los capirotes y los penitentes, hay un trasunto de dolores y alegrías compartidos. Me huelo que toda la tristeza acumulada, las irreparables pérdidas que nos sitúan ante lo efímero de la existencia, se decantan en los pasos procesionales, como cuarenta días cuaresmales antes encontraron su cauce en las charangas, comparsas, chirigota y murgas carnavalescas.

Esos sindicatos religiosos que reivindican, a finales de la Edad Media, un Jesús más humano y menos divino. No un Dios, sino un hombre  que nace, vive, ama, sufre y muere ejecutado. Alguien con el que podemos identificarnos y fundirnos. Hermandades y cofradías que anticipan el giro desde el teocentrismo medieval al antropocentrismo renacentista. Atentos, conscientes, del dolor, la pasión y la muerte que se repiten irreparablemente en cada uno de nosotros y nosotras.

De nuevo, Machado, volviendo a la Semana Santa andaluza, Castilla miserable, ayer dominadora/ envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora. Algo hay de rechazo y de combate, en esas marchas procesionales, contra el orgullo fanático del cientifismo que, bajo la máscara de lo exclusivamente racional, conduce al fundamentalismo pragmatista y nos condena a la miseria y a devastaciones irreparables.

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Reglamento de lecturas infantiles

abril 2, 2018

Acudes a una Biblioteca Pública (para el caso es igual que la titularidad de la misma corresponda a una Comunidad Autónoma, o a un Ayuntamiento). En la familia tenéis un carnet de adulto y otro carnet infantil para tu hija, que cuenta con el preceptivo permiso paterno para ser emitido. Incluso te han pedido que autorices los criterios y límites con los que la menor de edad puede acceder a los servicios internet en la biblioteca. Hasta aquí todo perfecto.

Si tu hija quiere leer a Federico García Lorca y visita, sola, o contigo, la Sala Infantil, encontrará a varios Federicos “para Niños” y algún ejemplar de otros libros del autor que hay que leer en las escuelas, o institutos. El Romancero Gitano, por ejemplo. Suelen ser los bibliotecarios y bibliotecarias, los que indagan con diligencia y por iniciativa propia, estos extremos sobre las lecturas obligadas, en los centros educativos de su entorno.

Sobre la mesa de exposiciones de la Sala encontrarás una selección de posibles lecturas infantiles, entre las que encontrarás títulos como El bosque de los enamorados, Intenta enamorarte, El amor según Venus, El piano embrujado, El bosque de tus ojos, Enamorada de un friki (cito títulos inventados sobre variaciones de otros reales, no menos atractivos, desde el punto de vista de su interés pedagógico, educativo, psicológico, o sociológico).

Ahora bien, el problema surge si quieres que tu hija lea ese mismo Romancero Gitano, pongamos por caso, en esa hermosa y reciente edición de 2017 a cargo de Mil Coeditores y Blur Ediciones, en la que  ilustradores, fotógrafos, diseñadores, artistas, han puesto su granito de arena para ilustrar poemas cargados de vida y alegría, al tiempo que de atormentado amor y dramatismo. Esa edición que se encuentra, por un aquel, en la Sala de Adultos, pero no en la Infantil, o Juvenil.

Si quieres que tu hija lo lea, el bibliotecario o bibliotecaria de turno, que cuenta, por cierto con una excelente preparación y una vocación incuestionables, te entenderá perfectamente, pero se verá obligado a aplicaros el reglamento de las bibliotecas públicas que explicita, claramente, que los carnets infantiles o juveniles, sólo pueden acceder, sobre todo a efectos de préstamo, a libros ubicados en la sala correspondiente a dicha categoría. No es una ley, ni un decreto, ni una ordenanza. Es un reglamento. Y, como bien dijo Romanones, haz tú la ley y déjame a mí el reglamento.

Puedes desgañitarte explicando que eres la madre (o el padre) de la niña y razonando que la Declaración Universal de los Derechos Humanos deja bien claro que los padres tienen derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos, o que la Declaración de los Derechos del Niño insiste en que la responsabilidad de la Educación incumbe, en primer término, a los padres. Y hasta que nuestra Constitución viene a remachar en el mismo clavo, insistiendo en que los poderes públicos tienen que garantizar este derecho. Frente a un reglamento, no hay derecho que valga.

Al final el bibliotecario o bibliotecaria, entenderá perfectamente que tienes razón y si te pones muy pesada (o pesado), hasta te ofrecerá alguna solución a su alcance, tal como que te lleves en préstamo ese Romancero Gitano “de diseño”, con tu carnet de adulto. O bien, hará una excepción y os prestará el  libro con el carnet infantil, tras tomar nota del DNI de la madre como autorizante de la vulneración formal del reglamento.

Amablemente te informarán del lugar donde puedes consultar el reglamento y hasta de los responsables a los que te puedes dirigir para trasladar tus sugerencias y quejas. La respuesta habitual será que te entienden, te agradecen tu interés, pero no es responsabilidad suya. Tal vez te sugieran dirigirte a otros servicios, o responsables de servicio.

Una situación como la descrita no tiene que ver con la voluntad del bibliotecario, o bibliotecaria, ni con la tuya propia y se produce cada día, gobierne quien gobierne en la Comunidad Autónoma y en el Ayuntamiento, al margen del color de los partidos de gobierno y oposición, e independientemente de las leyes que regulan la actividad biblioteconómica y hasta los derechos de las madres y padres sobre la educación de sus hijas e hijos.

Al final, en las bibliotecas (como ocurre en tantos derechos sociales), lo que tú piensas, o lo que piensa la bibliotecaria, importa poco. Termina siendo un reglamento, elaborado, copiado, fusilado, transcrito, o plagiado de otros reglamentos, en algún oscuro despacho, el que decide cosas como lo que leerá y qué no podrá leer, tu hija (o tu hijo) en una biblioteca.


Asedio a nuestras pensiones

marzo 12, 2018

Hace tiempo que el sector privado, especialmente la banca y grandes aseguradoras, viene calentando motores para convertir en negocio las sustanciosas cantidades de dinero empleadas en el pago de las pensiones públicas. Hablamos de 140.000 millones de euros cada año, que harían las delicias de unas entidades que tienen mucho que ganar y nada que perder en esta ofensiva.

La salida de la recesión económica (lo de la salida de la crisis es mucho más discutible), ha hecho que los grandes de España hayan decidido mandar por delante, ya hace meses, a sus cohortes de avezados exploradores, soldados de fortuna mediáticos, economistas de cabecera a los que se pagan estudios de encargo, a sus predicadores mediáticos, a vender las bondades de los sistemas privados de pensiones, frente a un sistema público que estaría irremisiblemente al borde de la quiebra inmediata. Quienes fueron incapaces de prevenir y luego gobernar la crisis, quieren ahora salir inmensamente ricos de la misma.

Curiosamente, esta cantinela es la misma que ya se entonaba, no menos ardientemente, en las inmediaciones de la firma del Pacto de Toledo, a mediados de los 90 del siglo pasado, que daba carta de naturaleza a los sistemas complementarios y privados de pensiones, pero que incorporaba otra muchas medidas que han asegurado la viabilidad de las pensiones hasta nuestros días.

Es verdad que la crisis ha destruido mucho empleo, ha debilitado los salarios y que la reforma laboral ha permitido que el empleo se precarice. En consecuencia los ingresos de la Seguridad Social se han resentido. Pero eso no debería hacer que unos cuantos espabilados aprovechen la ocasión para llevar adelante sus cada vez menos inconfesables deseos: privatizar la gestión del sistema de pensiones.

Además, los famosos fondos de pensiones privados, han sido a lo largo de estas últimas décadas, un gran fiasco, sobre todo para quienes han metido ahí sus ahorros. Ya nos podemos dar con un canto en los dientes si no hemos perdido una parte de lo ahorrado. Su rentabilidad ha sido mínima, con lo cual, lo más fácil es que hayamos perdido buena parte del poder adquisitivo de lo allí invertido. La media de los mayores fondos españoles rondan el 1´8 por ciento de media.

Las altas comisiones cobradas y el desinterés en la gestión de la rentabilidad de esos fondos, son denunciados por muchos economistas como las causas de este estrepitoso fracaso. Sin embargo, ese es el modelo que se pretende impulsar desde el gobierno, la banca y las aseguradoras.

Un ejemplo lo tenemos en las medidas adoptadas por el gobierno en su Consejo de Ministros, con su Real Decreto que pretende hacer más atractivos, e impulsar los Planes de Pensiones privados. El segundo, esas declaraciones en las que el propio Mariano Rajoy da consejos a los españoles (se entiende que, sobre todo, a los parados, a los precarizados y a los empobrecidos salarialmente), que ahorren para complementar sus pensiones y la Educación. Esta referencia a la Educación da que pensar sobre el futuro que se pergeña en la cabeza del Presidente.

Sin solución de continuidad, nos topamos con que Pilar González de Frutos, la Presidenta UNESPA, la patronal que aglutina a las entidades aseguradoras del país, junto a un tal Angel Martínez-Aldama, Presidente de INVERCO, la Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva y Fondos de Pensiones, acuden a la Comisión de Seguimiento del Pacto de Toledo, esa que preside en el Parlamento la archifamosa Celia Villalobos y se lían la manta a la cabeza con medidas del corte de que los pensionistas deberían vender su casa y con ese dinero las aseguradoras que ella representa, te dan una renta vitalicia.

Es curioso que Pilar González de Frutos haya pasado de trabajar durante más de 9 años en la entidad pública empresarial denominada Consorcio de Compensación de Seguros, dependiente del Ministerio de Economía, a ocuparse de la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones con los gobiernos de Aznar, para pasar inmediatamente a presidir la ya mencionada agrupación de las aseguradoras españolas UNESPA, cargo en el que ya lleva más de 14 años. En 2015 fue nombrada Presidenta de la Federación Interamericana de Empresas de Seguros y en 2016 fue designada Presidenta del Consejo Social de la Universidad Complutense, por el gobierno madrileño del PP.

Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad, decía el ya mencionado jefe de propaganda alemán. Someter las pensiones a las “leyes del mercado”, convertir las pensiones en oportunidad de negocio, parece el interés prioritario de ese conglomerado político-empresarial de puertas giratorias que nos gobierna.

Pues bien, de eso se trata hoy en España. De comprobar si los intereses creados de esos grupos de poder terminarán por imponerse, a base de mentiras y medias verdades, convirtiendo las pensiones en el negocio del siglo. Si lo permitiremos, o seremos capaces de asegurar la dignidad de la vida de quienes son hoy mayores y de quienes lo sean mañana.


La huelga de las Aguederas

marzo 12, 2018

Llamo una mañana a mi amiga Yolanda para preguntar acerca de una actividad que anda preparando y me cuenta que me está contestando la llamada desde su pueblo,  Riaguas de San Bartolomé, en la provincia de Segovia. La pillo, al parecer, preparada para embarcarse en la fiesta de las Aguederas. Y me espeta no sé qué de un precedente de la Huelga Feminista del 8 de Marzo. Me suena a surrealista. Como si me estuvieran hablando de otro mundo, o desde otro planeta.

Me olvido de los cursos y del motivo de la llamada y le pregunto qué es eso de las aguederas. Al parecer todo este asunto viene de lejos. Me dice que las aguederas de su pueblo le han contado que son herederas de aquellas mujeres segovianas que un día tomaron el mando y defendieron la ciudad frente a los franceses.

En esto hay versiones, según he podido comprobar después, que se remontan a la conquista del Alcázar de Segovia a los musulmanes, gracias a una estratagema urdida por las mujeres segovianas, que entraron engalanadas y bailando una ronda en la fortificación y distrajeron a los soldados de guardia, facilitando así la entrada de las tropas cristianas.

Desde entonces, cada 5 de febrero se acogen a la protección de Santa Águeda, abandonan sus casas, toman el poder en el pueblo, establecen puestos de control en los caminos de acceso para cobrar un impuesto de portazgo, eligen alcaldesa y le entregan su bastón de mando.

El motivo de elegir a Santa Águeda como patrona, se encuentra en la santa italiana, originaria de Catania, en la isla de Sicilia, que había consagrado su virginidad a Dios, víctima del acoso sexual del procónsul Quintianus (Quinciano, o Quintiliano en otros sitios). Y del acoso, como si hoy mismo fuera, pasó a la violencia de género. La encerró en un prostíbulo. De ahí a la tortura y a cortarle los senos. No contento con ello, ante la indomable determinación de Águeda, la arrojó sobre carbones ardientes, tras lo cual la arrastró por toda la ciudad. Cuentan las crónicas que tanto había sufrido que gritó de alegría en el momento de morir.

En Zamarramala, ese día, eligen a la Matahombres de Oro, una distinción que se concede a aquellas mujeres que destacan por la defensa de lo que, en estos tiempos, llamamos la causa feminista. Entre las que han recogido el premio se encuentran mujeres tan diversas como  Amparo Baró, Rosa María Calaf, Eva Hache, Amparo Valcarce, Cristina Almeida. El premio en cuestión consiste en un alfiler que recuerda al que las mujeres escondían en el refajo para evitar que los hombres se propasasen en bailes y fiestas.

Leyendo algunas noticias que dan cuenta de las premiadas, reparo en que el año en que concedieron el premio a la deportista olímpica María Martín, la encargada de leer el pregón del día de Santa Águeda, fue una amiga de mis andanzas juveniles, allá por el Villaverde años 70,  Esther García, al parecer nacida en un pueblecito segoviano muy cercano a Riaguas y hoy directora de El Deseo, la conocida productora de los hermanos Almodóvar.

Este mundo es un pañuelo y va a ser verdad la Teoría de los Seis Grados de Separación, formulada por Frigyes Karinty hace ya casi noventa años, según la cual cada persona estaría relacionada con cualquier otra, por cinco conocidos, como mucho, que se podrían conectar con no más de seis enlaces, o pasos.

Bueno, he descubierto en las versiones de esta historia, fechas que no coinciden y acontecimientos que no cuadran. Pero lo cierto es que aquellas mujeres, se a como fuere, se habían ganado el derecho de Alcaldesado, para ellas y para sus hijas. El derecho a ser Alcaldesas y ostentar el poder en sus pueblos. Un derecho se ha consolidado en buena parte de Castilla y León y aún más allá.

Me dice Yolanda, que durante un tiempo fue alcaldesa de su pueblo, que su abuela se iba de casa el día de Santa Águeda, no trabajaba y dejaba al abuelo con sus nueve hijos. Comían, merendaban, bailaban. Una huelga general en toda regla. Me pide que, si un día cuento esta historia, hable de esa tierra de mujeres libres y poderosas.

Este año, cuando faltaba un mes para la Huelga General Feminista del 8 de Marzo, la premiada con el alfiler del Matahombres fue Ana Belén, que agradeció el premio afirmando que, Las mujeres han dicho basta(…) queremos vivir en igualdad. De eso se trata, efectivamente. De eso se ha tratado siempre. De vivir en igualdad.


Educación de por vida

marzo 6, 2018

Esto de la educación parece ser un mantra al que todo el mundo recurre cuando no sabe qué decir, especialmente nuestra clase política cuando no sabe qué hacer. Si no hay trabajo es porque estamos poco preparados y hay que reforzar la empleabilidad con más educación. Si sigue existiendo violencia de género es, sin duda, porque algo falla en la educación.

La corrupción pervive porque nadie nos enseñó a evitarla y a mantener un comportamiento ético, ya desde la escuela. Somos incapaces de conseguir un nuevo modelo social y productivo a causa de que la educación no nos hace más innovadores y emprendedores. No cuidamos lo nuestro, incluido nuestro medio ambiente, porque hemos recibido una educación deficiente.

Si estas aseveraciones fueran verdad, bastaría reforzar el sistema escolar y concluir un amplio Pacto Educativo, para que nuestros problemas se solucionasen. Y eso, es bien sabido, no es verdad. La educación es un mecanismo de reproducción de comportamientos y valores arraigados en nuestra sociedad, en nuestra economía, en la cultura y en nuestra forma cotidiana de abordar la vida y las relaciones.

Claro que la educación puede impulsar y reforzar una tendencia, una decisión, una voluntad política de cambiar las cosas. Eso es innegable y se ha demostrado cuando algunas sociedades han decidido impulsar procesos de cambio profundo, como los que, evidentemente, este país necesita. Pero para ello las decisiones no hay que tomarlas en los centros educativos, sino en el conjunto de la sociedad, con convicción política.

Lo que es evidente y cierto es que formalmente (en centros educativos), o informalmente (en un centro de trabajo, en la familia, en el grupo de amigos, en el barrio…), nuestra formación es una tarea de por vida. En lo personal y en lo laboral, cada día es más evidente la necesidad de una formación continua.

Todos los organismos internacionales que conozco, recomiendan a los diferentes países que esa educación (especialmente la Formación Profesional) sea más atractiva, más flexible con las situaciones de las personas y más integradora.

Lo que nos quieren decir es que la participación de adultos en procesos formativos debería ser más elevada. En el caso de Europa, la media recomendada sería de una de cada cinco personas adultas de entre 25 y 64 años participando en procesos de formación permanente en el año 2020, cuando la media actual se mueve entre el 9 y el 11 por ciento, según la Encuesta de Población Activa (EPA).

Es cierto que cuando incluimos procesos de aprendizaje no formal la situación mejora, pero también pone al descubierto, en el caso español, la incapacidad demostrada para conjugar bien la Formación Profesional dependiente del Ministerio de Educación y la que desarrolla el Ministerio de Empleo a través del “subsistema” de Formación Profesional para el Empleo, sostenida por la cuota de formación que pagamos los trabajadores y que se comporta como un sistema paralelo e inconexo.

Los celos administrativos, el poder político sobre los recursos de cada ministerio y una larga trayectoria de desencuentros, independientemente del color político del gobierno, han conducido a este desastre. Y, sin embargo, hacerlo bien y hacerlo ahora, es una tarea imprescindible para nuestro futuro.

Me parece esencial promover una formación continua integradora en un país como España, en el que la mayoría de las empresas son pequeñas y eso dificulta la participación de millones de personas, de quienes más necesitan la formación. En un país en el que las mujeres soportan buena parte de las cargas familiares y sufren jornadas laborales irregulares, sometidas a contratos a tiempo parcial y temporales.

Además, por más que nos cuenten lo contrario, buen número de empleos son monótonos y rutinarios y los empleadores no perciben necesidad alguna de formar a unos trabajadores y trabajadoras que pueden sustituir (y de hecho sustituyen) fácilmente.

Un mercado laboral precario, con alta temporalidad y bajos salarios, es incompatible con la formación continua, a lo cual viene a sumarse que, para las empresas, la formación tiene un valor acotado en el tiempo. La innovación es constante y acelerada y lo que hoy necesitas aprender quedará obsoleto en un horizonte no muy lejano.

Un panorama de desorganización institucional de la formación continua como el descrito, desalienta a las personas y desincentiva a las empresas. Creo que, para empezar, sería necesario romper las barreras entre los sistemas paralelos del Ministerio de Educación y del Ministerio de Empleo, estableciendo un único sistema integrado e integrador.

Creo que habría que flexibilizar la formación, estableciendo módulos e itinerarios a la carta, que permitieran obtener cualificaciones y vinculando cada vez más esa formación con la formación práctica en las empresas (eso que en países como Alemania denominan formación dual).

Claro que para hacerlo es necesario que exista un servicio de orientación para que cada persona pueda acceder a la formación que serán necesarias en cada momento y un sistema de cualificaciones que pueda incluso anticipar las cualificaciones que van a ser requeridas en el futuro inmediato y a medio plazo.

La negociación colectiva y las disposiciones legales deberían asegurar la flexibilidad necesaria en el trabajo para poder acceder a la formación. Los permisos individuales de formación, el derecho a horas anuales de formación y hasta la formación incorporada a contratos de formación, son papel mojado en muchas empresas, especialmente pequeñas y medianas.

Otra necesidad imperiosa radica en poder validar de forma permanente las competencias adquiridas mediante procesos de formación no formales, o informales, para obtener con ello un reconocimiento laboral, obtener una cualificación, o continuar una nueva vía de formación.

Una  Formación Profesional Continua que sea más atractiva, más accesible, flexible, e integradora, necesita de una voluntad compartida entre administraciones distintas, empresas y representantes de los trabajadores. Necesita de capacidad de negociación y acuerdo, fortaleciendo la comunicación y la capacidad de actuar con sensatez y coherencia en un marco nacional que cuenta con necesidades sectoriales y territoriales (autonómicas, o locales) distintas.

Ahora hay que saber si contamos con gobernantes, administraciones, organizaciones empresariales y sindicales y con centros de formación, preparados para afrontar este reto, o si volvemos a las andadas de promover capillas, banderías, sectas, camarillas, conciliábulos, corrillos y bandas organizadas, más preocupadas por el “cómo va lo mío” que por las necesidades de las personas.


La libertad, estúpidos, la libertad

marzo 6, 2018

Creo que decía Hemingway, aunque también otros lo atribuyen a Paulo Coelho y unos terceros al Filósofo de Güemes, que Se está muriendo gente que antes no se moría. En cualquier caso estoy, cada día, leyendo noticias que nunca pensé volver a leer.

Detenciones y condenas a creadores y artistas que cantan, pintan, fotografían, escriben, representan títeres, o se disfrazan de Ecce Homo. Cosas que ahora son consideradas delito, cuando abundan los ejemplos de que, hace no tantos años, canciones con letras aún más duras, libros tremendamente duros, fotos mucho más provocadoras, escenificaciones más cáusticas y otros personajes disfrazados de Cristo, no movían al escándalo y, sobre todo, no tenían cabida en un proceso judicial.

Para alguien que, como yo, ha pasado su infancia y su juventud en la más negra de las inconstitucionalidades, hijo y nieto de perdedores de la guerra civil que consumió España durante cuarenta años, comprobar cómo los juicios franquistas se reproducen en una etapa democrática y la libertad es sentada y condenada en los tribunales, no es agradable, comprensible, ni mucho menos tolerable.

Lo siento ahora, como cuando centenares de sindicalistas se ven ante los tribunales, acusados de vulnerar el sacrosanto derecho al trabajo en día de huelga y postergado derecho todos los demás días del año.

Jesús salió entonces llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilatos les dijo: ¡He aquí el Hombre! Juan 19:5. Siempre he sentido que esta escena volvía a reproducirse, a representarse en estos tiempos modernos, pero no menos bárbaros.

Entiendo que un partido en declive imparable y en expansivo descrédito, se ve obligado a buscar respiros en las guerras de banderas, los himnos y sus letras, el terrorismo de aquí y de allá y hasta la unidad lingüística frente a las cuatro lenguas de España, perseguir a quienes crean en libertad. Parece que todo les vale.

Decir estas cosas no supone justificar ni la violencia, ni el terrorismo. Me tiré los primeros años al frente de las CCOO de Madrid, convocando paros laborales, concentraciones y manifestaciones, cada vez que ETA cometía un atentado en cualquier rincón de España. Luego, de nuevo, contra los atentados del 11-M y sus autores. Y de nuevo contra el terrorismo de ETA.

Un Delegado del Gobierno en Madrid, preocupado por la prevención de mi salud, me ofreció un servicio de contravigilancia, al parecer más eficaz que llevar escoltas. No diré que no pasase miedo muchos días, pero no creí que tuviera que estar más protegido que un policía, o un guardia civil. Cualquiera podíamos ser una víctima.

En todo ese tiempo nunca tuve miedo a decir lo que pensaba, ni creí que Fermín Muguruza, Robe Iniesta, Albert Pla, o Antón Reixa merecieran sentarse ante un nuevo Tribunal de Orden Público.

La libertad de expresión tiene sus límites y el principal de ellos es el ejercicio de la violencia, pero convengamos que algo está pasando en España y que está ocurriendo demasiado deprisa. Que hoy los Toreros Muertos, los Muertos de Cristo, Os Resentidos, Kortatu, o Extremoduro, lo tendrían muy difícil para no acabar procesados y condenados. Que una nueva Inquisición se va apoderando paulatinamente de nuestra convivencia. Y que la libertad va cediendo paso a una censura oficial y a una autocensura cargada de un miedo que empobrece el país.

Ni los partidos que se reclaman liberales, ni los centristas, ni los progresistas, deberían tolerar que este clima de amenaza y persecución, siga avanzando. La sociedad civil organizada, cada persona, no deberíamos consentir este avance de la opresión que avasalla las libertades y tiraniza a las personas. Lo “políticamente correcto” no puede convertirse en martillo de herejes que impide nuestra libertad de expresión, de creación y de acción como hombres y mujeres libres.  Porque esa es la cuestión: vivir en libertad. Vivir la libertad.


Paro y precariedad, paradigmas de nuestro no futuro

febrero 23, 2018

En España eso que llaman el “mercado de trabajo” se encuentra bajo la losa del paro y la precariedad. ¿A qué le llamamos precariedad? Creo que, básicamente, a la falta de un trabajo que permita llevar una vida digna. Esa precariedad abarca a las personas paradas que no cuentan con ayuda alguna, pero también a aquellas que tienen un empleo de baja calidad, inseguro, inestable y mal pagado. La mayoría de la población trabajadora española vive, o sobrevive, en esas condiciones.

La precariedad tiene, en primer lugar, un rostro de persona parada, sin prestación alguna, atascada en una situación que convierte la vida en un infierno cotidiano. Personas paradas de larga duración al borde de la marginación y la exclusión social. Que renuncian a inscribirse tan siquiera en las oficinas de empleo, porque saben que allí no ofrecen empleo, ni van a tener acceso a ayuda alguna. Que no aparecen en ninguna estadística del paro, hasta el punto de que contamos con 1´3 millones más de personas que quisieran tener un empleo o cambiarlo, que parados registrados.

Pero la precariedad tiene también rostro de persona con contrato temporal, o a tiempo parcial, con un salario de miseria, o soportando brechas salariales inaceptables cuando eres mujer, con prolongaciones gratuitas de jornadas laborales, con horas extraordinarias que no se cobran y con riesgos laborales en aumento. No sólo en forma de accidentes laborales, sino de enfermedades profesionales que no aparecen en las estadísticas.

El empleo con contrato indefinido es cada día más residual, mientras que los contratos temporales, o a tiempo parcial, son la norma de nuestro nuevo mercado de trabajo. Antes de la crisis, el contrato temporal era el principal signo de precariedad. Hoy, a la temporalidad, se ha sumado un contrato a tiempo parcial, sobre todo para mujeres, que pone a la trabajadora y al trabajador, a libre disposición de la empresa. Si lo quieres lo tomas, si no lo dejas. Los jóvenes, por su parte, sufren el uso y el abuso del contrato de formación, en el que las prácticas son el trabajo y la formación es inexistente.

Las estadísticas del paro se entienden mejor cuando las ponemos bajo el foco de la Encuesta de Población Activa (EPA). En los últimos cuatro años hemos creado empleo a un ritmo de 400.000 empleos anuales de media. Mucha cantinela de emprendimiento y empleo autónomo, pero el empleo que se crea es masivamente asalariado. Eso sí, más de dos tercios del empleo creado es empleo temporal. La tasa de temporalidad se va acercando al 30 por ciento y el empleo a tiempo parcial ha crecido hasta aproximarse al 18 por ciento en algunos momentos de la crisis.

La consecuencia es que se reduce el paro, a base de desanimar a las personas para que no se inscriban como desempleados. A base de repartir el empleo existente entre muchos contratos temporales y distribuyendo las jornadas en contratos a tiempo parcial.

No parece que este gobierno tenga gran interés en hacer otra cosa que maquillar estadísticas y esperar a que la salida de la crisis económica reactive la economía y se produzca un tirón sobre el empleo. Eso sí, acostumbrándonos a altos niveles de precariedad, elevadas tasas de paro, salarios de miseria y riesgos laborales en aumento.

El gobierno que impulsó la reforma laboral y nos condenó al deterioro de la negociación colectiva, al paro sin protección y la devaluación de los salarios, si tuviera voluntad de arreglar algo,  asumiría la obligación de dar marcha atrás en los recortes y retrocesos y emprendería la senda de la recuperación de los derechos, la protección a las personas desempleadas, el aumento de los salarios y la recuperación de la negociación colectiva.

O eso, o estamos abocados a un aumento cada vez mayor de las desigualdades, los desequilibrios y las tensiones sociales. Sobre el paro y la precariedad no se construye nada, sobre esas bases no hay futuro.

O eso, o este gobierno tiene los días contados. Las maniobras de distracción no solucionan nada y se puede engañar a muchos durante un tiempo, pero no a todos todo el tiempo. La desidia de Rajoy puede tener un coste demasiado elevado para este país.