Mary Sheley, Prometeo era mujer

mayo 28, 2018

Estos días nos han recordado que un tal Karl Marx nació hace doscientos años en un lugar llamado Tréveris. Los chinos han puesto la guinda del pastel de cumpleaños, regalando a la ciudad alemana una impresionante estatua del filósofo de más de cuatro metros de altura y que pesa más de dos mil kilos.

Es verdad que la conmemoración merece los cientos de actos que, tan sólo en su ciudad natal, se han organizado. No en vano recordamos al pensador que un día nos advirtió que Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. Las transformaciones que aquella reflexión produjo, han llegado hasta nuestros días con consecuencias positivas y negativas de todo tipo.

Mucha menos repercusión ha tenido otra noticia que, sin embargo, me parece también muy importante. Se cumple también el bicentenario de aquella modesta edición de 500 ejemplares del libro Frankenstein o el moderno Prometeo. Curiosamente no llevaba firma y, no pocos, sospecharon la autoría de Percy B. Shelley. Sin embargo, la segunda edición, publicada tres años después, despeja el nombre del autor, que resulta ser autora, Mary Shelley.

Es bien conocida la historia de aquellos cuatro personajes reunidos en la Villa Diodati, junto al Lago Lemán, cerca de Ginebra, donde Lord Byron, su médico personal Polidori, el poeta Shelley y su pareja Mary Wollstonecraft Godwin, quien más tarde se casará con el poeta y tomará el apellido del esposo.

En una de aquellas frías y lluviosas tardes veraniegas, Byron lanzó el reto de escribir la mejor historia de terror. Lo cierto es que el desafío quedó resuelto sólo a medias, aunque Mary esbozó una idea, a la que iría dando forma más tarde, hasta concluir la primera novela construida sobre los elementos que alimentan los terrores de la humanidad en los tiempos modernos.

¿De dónde sacó aquella jovencita de menos de veinte años una historia tan terrible, que aún representa un horror universal, un terror que nos perturba, doscientos años después de que viera la luz por primera vez? Aquella jovencita que había huido de su padre para unirse a uno de sus alumnos, Percy B. Shelley, era hija de Mary Wollstonekraft, una de las primeras feministas que lucharon por la igualdad. Una mujer que, contra todo pronóstico y corriente,  vivió de su escritura. De su mano salieron relatos, novelas, ensayos, libros de viajes, o para la infancia. Murió al poco de nacer su hija, pero el peso de su obra y de su vida, no murieron con ella.

Pero es que además, el padre de Mary era William Godwin, que ha pasado a la historia como filósofo, precursor y difusor de las ideas anarquistas, pero sobre todo por haber sido esposo y padre de estas dos mujeres llamadas Mary. Con estos antecedentes, con estos progenitores, no es extraño que Mary se adentrase en la narrativa, el ensayo, el teatro, la filosofía, la historia, o la biografía.

No en vano Mary creció, de la mano de su padre, escuchando a todo tipo de pensadores, filósofos, científicos, políticos, escritores. Unamos todos estos ingredientes en la coctelera del Lago de Ginebra, en aquel año sin verano, causado por el invierno volcánico que trajo consigo la erupción del Tambora, en la lejana Indonesia, que produjo cambio climático, pérdida de las cosechas, muerte de los animales y hambre generalizada en el hemisferio Norte.

La soberbia humana, la ciencia, la razón, enfrentadas al desencadenamiento descontrolado de las fuerzas de la naturaleza. El ser humano desafiante frente a un Dios que, lejos de morir, se convierte en espejo que nos devuelve la imagen del miedo que nos invade al comprobar las consecuencias monstruosas de nuestros actos. La ciencia frente a sus límites éticos y morales. La racionalidad, la razón, frente al terror que provoca el propio ser humano.

Aquella joven, que acudía al encuentro ginebrino con un hijo muerto y otro vivo, parecía llevar dentro de sí todas las preguntas que nos formularíamos mucho después, sobre el terror que puede emanar en un mundo de ciencia sin límites. El miedo que nos invade y atenaza en nuestros días, se encontraba ya en aquel primer libro de  ciencia ficción.

No fue fácil la vida de Mary, como si también el monstruo que creó, la persiguiese. Tres de sus cuatro hijos murieron. Su esposo, el poeta Percy B.Shelley murió joven, ahogado, al naufragar su velero en el golfo de La Spezia. Desde entonces dedicó su vida a difundir la obra de Percy, educar a su hijo y a escribir, escribir, escribir, aunque hasta fechas recientes sólo haya sido reconocida por su Frankenstein. Murió también joven, tras vivir sus últimos años aquejada por una larga enfermedad provocada por un tumor cerebral.

Supongo que si las fuerzas de la razón desencadenadas para transformar el mundo, se hubieran visto acompañadas desde el principio por el impulso de la libertad, la necesidad de la cooperación y ese valor de la compasión que Mary Shelley admiraba en las mujeres de su tiempo, nunca hubiéramos dado vida a los monstruos que nos han devorado durante todo el siglo XX y que, con renovada fuerza, atormentan nuestros sueños en el siglo presente.

Anuncios

Luis Montes, un defensor de la vida

mayo 9, 2018

No entiendo a quienes defienden la vida hasta justo antes de nacer y, de nuevo, en el preciso momento antes de morir. Todo lo que hay en mitad de esos dos instantes, les trae totalmente sin cuidado. No les preocupa si hay suficientes escuelas infantiles, si la desnutrición infantil aumenta, si la sanidad pública se deteriora, si el abandono escolar crece, si nuestro trabajo es paro, o moderna esclavitud, si las familias salen como pueden al paso de la imposibilidad de conciliar la vida laboral y personal.

No les preocupan tampoco nuestras pensiones, ni si la atención a la dependencia funciona, o si morimos en un hospital, entre terribles dolores. Al grito de Dios lo quiere, reconvertido por los ultraliberales en El mercado lo exige, han convertido a las personas en producto que se compra, se vende y es perfectamente intercambiable y hasta sustituible si un robot suple su papel en la producción.

No creo que haya una mano negra que decida estas cosas en un oscuro despacho y que toda la humanidad siga el camino allí decidido. Pero sí creo que hay creadores de tendencias que marcan el camino no escrito de la humanidad y de los pueblos.

Una de esas tendencias, la de convertir las necesidades de las personas y el papel del Estado (desarrollado a través de sus diferentes expresiones administrativas), en negocio puro y duro, se impuso en Madrid, con fuerza inusitada, a partir del golpe de estado triunfante del Tamayazo, en las elecciones autonómicas de 2003. Seguimos sin saber quiénes fueron los impulsores de ese golpe y quiénes lo financiaron, pero sí sabemos quiénes fueron los beneficiarios económicos y políticos del mismo.

Y también conocemos que el primer frente de batalla abierto por los impulsores de la tendencia ultraliberal y privatizadora se desencadenó en Madrid en el año 2005, cuando, bajo la presidencia de Esperanza Aguirre, el entonces Consejero de Sanidad, Manuel Lamela, salido de las huestes de Rodrigo Rato en el Ministerio de Economía, decidió dar crédito a denuncias anónimas cursadas contra los doctores Luis Montes y Miguel Angel López, a los que se acusaba de haber asesinado a 400 pacientes a golpe de sedaciones, en el hospital Severo Ochoa de Leganés.

Se abrieron comisiones de investigación, expedientes, procesos judiciales. Se alentó una campaña de difamación en algunos medios de comunicación. En defensa de los profesionales, convocamos movilizaciones de todo tipo, manifestaciones, concentraciones, paros, marchas, actos públicos. Al final, de los 400 muertos, se pasó a 73 y de ahí a malas prácticas, hasta que los tribunales terminaron cerrando el caso con  el sobreseimiento. La acusación no tenía razón, ni podía ser demostrada.

Pero ya estábamos en 2008 y, a estas alturas, el verdadero objetivo del gobierno Aguirre ya se había cumplido con creces. La imagen de la sanidad pública había sufrido un golpe terrible a manos de quienes tenían la obligación de preservarla y defenderla. De nada valían ya los sobreseimientos, ni que luego, el portavoz del gobierno de Aznar, Miguel Angel Rodriguez, fuera condenado al pago de 30.000 euros, por “delito continuado de injuria grave realizado con publicidad” contar el doctor Luis Montes.

Para entonces Lamela y su sucesor, Juan José Güemes, también extraído de las mesnadas de Rodrigo Rato y yerno del todopoderoso Carlos Fabra, ya habían tomado carrerilla para convertir Madrid en el campo experimental de todas las formulas de privatización hospitalaria ensayadas en España y fuera de nuestras fronteras: Fundaciones, empresas públicas, empresas privadas concertadas, empresas mixtas.

Alguna entidad financiera, una constructora y una gestora de la sanidad privada, o un empresario bien situado en la órbita de Aguirre (así ocurrió con el entonces presidente de la patronal CEIM), se hicieron con estos nuevos hospitales que nacían con financiación pública y beneficios asegurados.

Luego llegaron las concesiones de los colegios concertados, las autopistas radiales, los peajes en sombra, las Escuelas Infantiles, las universidades privadas, la Ciudad de la Justicia, el Canal de Isabel II, la jibarización del proyecto de Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, el destrozo de Telemadrid entregada a productoras privadas, el caprichito del golf en las instalaciones del Canal. Eran ya los tiempos de Granados e Ignacio González.

Hoy leo que Luis Montes ha muerto de un infarto, a los 69 años, cuando viajaba hacia Molina de Segura, para intervenir en un acto, como Presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente. Compartí con él pancartas y actos en defensa de su profesionalidad y la de sus compañeros del hospital Severo Ochoa, en defensa de la sanidad pública frente a las agresiones privatizadoras de Aguirre y sus cachorros.

Hoy, Manuel Lamela es famoso por su participación en empresas sanitarias especializadas en gestionar recursos públicos, volvió con Rato a la empresa Cibeles (Bankia) y se encuentra bien situado en cada operación de la sanidad privada para aumentar su presencia en la gestión y el control de todo tipo de servicios públicos sanitarios.

Hoy, Juanjo Güemes, después de dimitir como Consejero de Aguirre, tras las concesiones de servicios sanitarios públicos a empresas privadas que luego le ficharon, se encuentra muy bien cotizado por su experiencia privatizadora, dirige Centros de Emprendedores del IES Business School, del que es vicepresidente económico y sigue formando parte de numerosos consejos de administración.

Mientras siguen a lo suyo quienes defienden la vida sólo antes de que el ser humano nazca y abanderan la prolongación de dolorosos e irreversibles procesos de enfermedad. Mientras siguen triunfando quienes hacen de la vida un producto y de la sanidad pública un negocio. Se nos ha marchado un hombre decente que defendía el derecho a vivir y morir dignamente. Luis Montes, el nombre de un defensor de la vida que no olvidaremos.


La parcialidad del machismo y los derechos recortados

abril 2, 2018

Leí una noticia de la BBC, acompañada de un vídeo, convertido en viral durante estos días de Huelga Feminista, en los que la igualdad se ha situado en el centro del debate público y político en nuestro país.  El artículo hablaba de un acertijo cuyo contenido aproximado es el siguiente:

Un padre y un hijo van en su coche y sufren un accidente. A consecuencia del mismo, el padre muere y el hijo es trasladado urgentemente a un centro hospitalario, en estado muy grave. Necesita una operación muy complicada y llaman a una eminencia médica, que acepta desplazarse cuanto antes al hospital. Pero, cuando entra en el quirófano, dice: No puedo operarlo, es mi hijo. ¿Cuál es la explicación de esta situación?

Las respuestas al acertijo son de lo más ocurrentes. Da igual que vengan de trabajadores manuales, estudiantes universitarios, mujeres, hombres, jóvenes, o personas de edad, machistas, feministas, inmigrantes, o no, de derechas, o de izquierdas. Pocas personas terminan acertando que la tal “eminencia médica” sea la madre del joven y, la mayoría, opta por explicaciones rocambolescas mucho menos lógicas y plausibles.

Al parecer, esta incapacidad, bastante extendida, para resolver el acertijo, se encuentra en algo que los científicos llaman “parcialidad implícita”, o inconsciente. Es decir, desde la más tierna infancia, se establecen conexiones entre nuestra neuronas que se automatizan y son, luego, difíciles de cambiar.

Esa automatización hace que no tengamos que andar pensando cada operación cotidiana que realizamos en nuestra vida. Pero también ocurre que otros aprendizajes sean también automatizados. Lo que percibimos, sentimos, vemos en la tele, escuchamos, o experimentamos desde muy pequeñas y pequeños, es muy difícil de replantear de forma distinta a como lo aprendimos.

Las tareas importantes de liderazgo, las ocupaciones más reconocidas socialmente, son asumidas por hombres. Los cometidos de cuidado, atención a la familia, servicios sociales, educación, sanidad, son adjudicadas a las  mujeres. Pero incluso en una profesión tan feminizada como la sanidad y pese a formularse la adivinanza en femenino, la “eminencia médica” es automáticamente asociada con un hombre.

La huelga feminista, en sus cuatro modalidades (laboral, de cuidados, estudiantil y de consumo) ha resultado un éxito español que ha adquirido dimensiones planetarias y ha llenado las calles con impresionantes manifestaciones, pese a sus dificultades iniciales, lo novedoso e inexplorado de la convocatoria, la multiplicidad de los convocantes y hasta los mensajes dispersos sobre las características de la movilización (de mujeres, de mujeres y hombres, de dos horas por turno, de 24 horas).

Pero a los pocos días, precisamente cuando hay que prestar especial atención a que las reivindicaciones sean escuchadas y atendidas, cuando habría que iniciar la negociación de las soluciones, la Huelga Feminista  ha sido sustituida en los noticiarios, en las tertulias, en los programas de debate, o entretenimiento, por noticias inesperadas y sobrecogedoras, como el drama terrible de Gabriel, el Pescaíto, aprovechado además por la derecha para desviar la atención hacia un terreno mediáticamente favorable a la “prisión permanente revisable” (esto de revisable ha pasado, incluso a segundo plano), o por las justas y masivas movilizaciones de las personas mayores en defensa de las pensiones.

La insoportable levedad de lo cotidiano, por importante que sea, el carácter líquido de nuestras sociedades, no pueden ser automatizados, ni aceptados sin más. Aceptar la futilidad de cuanto ocurre, vivirlo intensamente mientras dura, para sustituirlo inmediatamente por una nueva noticia, una nueva preocupación, un renovado quehacer.

Las encuestas mensuales del CIS nos van dando cuenta de estas fluctuaciones en las preocupaciones de los españoles. Y, sin embargo, más allá de las modas, las tendencias y los cambios de momentos, no nos permiten afirmar que los problemas se vayan solucionando. Más bien podríamos decir que, tras vivirlos con vehemencia y apasionamiento, los abandonamos en un cajón de sastre (también un poco desastre), donde permanecen ocultos, o desde donde pueden volver a saltar a la palestra, deformados y amplificados.

La crisis nos ha dejado un buen puñado de estos problemas. La política de recortes y contrarreformas de todo tipo, hace que, ahora que el propio Presidente del Gobierno señala la senda de la recuperación, quien más y quien menos nos sentimos llamados a participar en la tierra de leche y miel que se nos anuncia cada día.

Mujeres, jóvenes, mayores, personas desempleadas, no nos resignamos a la parcialidad inconsciente, ni a la insoportable levedad que quieren que nos habite. Queremos libertad, derechos, un empleo digno, una vida decente. No pedimos mucho. Pero no estamos dispuestos a nada menos que eso. Prepárense que allá vamos.


Carta abierta a Francisco, cinco años en el Vaticano

abril 2, 2018

Francisco,

Permite que te tutee, como lo haría con aquel que un día te llamó para seguir su camino. Como me ocurre ya con demasiada frecuencia, no había pensado hacerte destinatario de esta carta. De nuevo, algo se cruzó en el camino, e hizo que cambiara los planes iniciales.

Estos días, las noticias daban cuenta de que hace cinco años fuiste elegido Papa. De forma casual, me encuentro un escrito que dirigiste a un grupo de sindicalistas reunidos en el Vaticano. Soy de los que aprendió de tu compatriota, Indio Juan, que no hay nada casual. Me parecieron signos de los tiempos que justificaban escribir esta carta. Además, la Semana Santa es momento propicio para reflexionar, sacar conclusiones y  enmendar errores.

Estos cinco años han sido muy duros para la inmensa mayoría de los habitantes de este planeta. Soy sindicalista y me he sentido interpelado por algunas de las peticiones, tal vez debería decir súplicas, que planteas en tu escrito.

Dices que los sindicalistas tenemos que ser expertos en solidaridad, que esa es nuestra vocación, para pedirnos, a continuación, que nos cuidemos de tres tentaciones. La primera, la del individualismo colectivista, es decir, de proteger sólo los intereses de sus representados, ignorando al resto de los pobres, marginados y excluidos del sistema.

Completamente de acuerdo, Francisco, un sindicato no es otra cosa que la clase trabajadora, cuando se organiza. Pero defender a los trabajadores, pegados al terreno, no puede terminar convirtiéndonos en los gestores del “cómo va lo mío”, olvidando a los pobres, marginados, excluidos. Permitiendo que haya quienes se nos quedan al borde del camino, cada vez más lejos.

Aquellos a los que el uruguayo Galeano llamaba los Nadies; a los que aquel francés de la Martinica, Frantz Fanon, denominó los condenados de la tierra y para los que Pablo Freire construyó su pedagogía de los oprimidos. Los pobres de obispos como Casaldáliga, o Hélder Cámara.

Lorenzo Milani, al que rendiste homenaje y oración ante su tumba en la aldeita de montaña llamada Barbiana, donde construyó su escuela parroquial para aquellos campesinos pobres y al que despejas el camino hacia la beatificación, los llamaba los últimos. Siguiendo las ideas de aquel Lorenzo, fui maestro, sin titulación alguna, para las chavalas y los chavales de mi barrio, expertos en fracaso educativo y abandono escolar.

El dictador Francisco Franco aún vivía y aquello que hacíamos parecía una tarea subversiva. La Carta a una Maestra, escrita colectivamente por Lorenzo Milani con sus alumnos de Barbiana y su Carta a los jueces (cuando le procesaron por defender a los objetores de conciencia), creo que han terminado insuflando en mí la idea de escribir cartas como ésta, siempre respetuosas en el fondo, irreverentes a veces en las formas

De él aprendí que cuando una persona elige el magisterio, el sacerdocio, el sindicalismo, la política, cuidar la salud de la gente, está eligiendo algunas de las profesiones más digas. Que el corporativismo es enemigo de cada una de estas profesiones. Que defender, educar, representar, curar, cuidar las almas, no consiste en instalarse como clase dirigente y nuevamente privilegiada. Me parece magnífica y oportuna tu reflexión. Sindicato viene del griego diken (hacer justicia) y syn (juntos). Sindicalismo es justicia y solidaridad.

Tu segundo mensaje es no menos sugerente. Mi segundo pedido es que se cuiden del cáncer social de la corrupción. Haces referencia a esos sindicalistas que entran en connivencia con los empresarios y los políticos, abandonando a su suerte a las personas, sus empleos y sus condiciones de trabajo.

Un comportamiento no muy distinto de aquel que Naguib Mahfuz nos describe en su Epopeya de los Miserables, cuando habla de los líderes de sus barrios populares, siempre tentados y a menudo seducidos por el dinero y el poder. Tú lo habrás visto en algunos príncipes de tu iglesia, yo también en algunos príncipes de la clase obrera. Por eso me parece tan importante ese grito que terminas lanzando, El mundo y la creación entera aguardan con esperanza a ser liberados de la corrupción. Sean factores de solidaridad y esperanza para todos. ¡No se dejen corromper!

La tercera petición a los sindicalistas es que no se olviden de su papel de educar conciencias en la solidaridad, el respeto y el cuidado. La crisis del trabajo, la crisis del medio ambiente necesitan políticas públicas e instituciones que cultiven virtudes sociales como la solidaridad global, que se me hace otra manera de describir el internacionalismo proletario, la solidaridad internacional.

Esa solidaridad global que debe permitirnos escapar del individualismo feroz, del consumismo insaciable, de los mitos del progreso material indefinido y de la realidad de un mercado sin reglas justas. Por eso terminas realizando un llamamiento  a poner en marcha acciones concretas, con mirada de trabajadores, que abran los caminos que conduzcan a un desarrollo humano integral, sostenible y solidario.

Suscribo punto por punto cada una de tus peticiones. Tal vez, me da por pensar, la causa de esta coincidencia se encuentra en que, salvadas las distancias geográficas y temporales, tú y yo hemos compartido momentos de dictaduras, transiciones, ilusiones, esperanzas, decepciones, desesperación, amargura, derrotas y unos pocos triunfos que, tan acostumbrados como estábamos a perder, se nos hacían increíbles y hasta desconcertantes. Algún día, en privado, espero poder decirte literalmente cómo lo expresa por aquí, nuestra gente.

Tus palabras a los sindicalistas me hacen concebir alguna esperanza de que aún es posible construir una Confederación de las Almas (o de las islas y los valles), parecida a la que el Doctor Cardoso planteaba a Pereira, en el hermoso libro de Antonio Tabucchi. Algo que mi hijo preferiría formular al estilo Star Wars, Soy uno con la fuerza, la fuerza está conmigo.

La esperanza de que las gentes sencillas seamos capaces de imponernos a la barbarie, la violencia y la opresión; vencer el individualismo, el egoísmo exacerbado, al fundamentalismo como ideario vital y la corrupción como sistema. Abrir las amplias alamedas a la solidaridad global, al respeto a las personas, a la dignidad de cada vida en el planeta.

Nadie está libre de caer en las tentaciones sobre las que alertas a los sindicalistas. Esas tentaciones son, con frecuencia, norma de comportamiento y ley de vida para muchos detentadores del poder y del dinero y forman parte de la cultura que intentan imponer en el mundo. Pero es cierto que, desde un compromiso religioso, o sindical, caer en esas tentaciones supone renunciar a cuanto ha dado sentido a nuestras vidas y ha dado valor a nuestros sacrificios.

Francisco, nacido porteño con el nombre de Jorge Mario Bergoglio, he conocido a muchos compatriotas tuyos. Buena gente que vivía su exilio junto a mí. Grandes profesionales, cada uno en lo suyo. La guitarra, o el periodismo; la fotografía, o la escena; la fisioterapia, o la edición. Muchos se quedaron, otros volvieron cuando la dictadura terminó y las circunstancias lo permitieron. Pasados los años, aunque ya no nos veamos, esas mujeres y esos hombres, forman parte de mí, de mi forma de ser y de entenderme. Todas y todos tenían un encanto especial. Esa magia que también tú tienes y que debe ayudarnos a ser, a comprender, a entendernos.

Con afecto,

Francisco Javier López Martín


Carta abierta a la ministra García Tejerina

marzo 6, 2018

Isabel,

Había pensado escribir esta carta a Esperanza Aguirre, con la que he tenido que vérmelas durante bastantes años. Pero todo ha cambiado cuando he leído unas declaraciones tuyas sobre la Huelga General del 8 de Marzo, en las que afirmas que Si a mí me preguntan, diría que mi manera de celebrarlo, sería con una huelga a la japonesa, trabajando más horas y demostrando la capacidad que tenemos las mujeres de este país”.

Pasas por ministra discreta y no se me había ocurrido que pudieras llegar a ser destinataria de una misiva como ésta, pero las declaraciones en cuestión tienen lo suyo. No es que yo no haya pensado y hasta defendido, en algún momento, desde mi profesión de maestro, que la mejor manera de hacer una huelga en la enseñanza y, por extensión, en aquellos servicios que combaten la desigualdad sea, precisamente, reforzar el trabajo diario a favor de la igualdad.

En mi caso, me parecía especialmente útil una huelga de profesoras y profesores, ocupando los colegios y los institutos durante 24 horas, invitando a las familias a compartir esas horas con debates, sesiones formativas, actos culturales, lecturas de poemas, microteatro, danza; cursillos rápidos de fotografía, autoedición, microeconomía, o sobre modelos de Estado; conferencias sobre arte, nanotecnología, redes sociales, economía del conocimiento, o marketing de la guerrilla; talleres de igualdad de género, elaborando comidas, escribiendo colectivamente comunicados dirigidos a toda la sociedad circundante y a los medios de comunicación.

Creo que en educación, sanidad, servicios sociales, residencias para dependientes y servicios de atención a las personas más desfavorecidas (los Nadies, los últimos, los condenados de la tierra, los pobres, los excluidos, los marginados…), este tipo de huelga podía ser muy exitosa. La verdad sea dicha, nunca tuve demasiada audiencia planteando estas cosas.

Pero tus afirmaciones, ministra, tienen lo suyo. Porque hablas de la Huelga Feminista. Y en este caso, quienes van a hacer la huelga, se aprestan a combatir la desigualdad de las mujeres que viven todo los días a la japonesa. Mujeres paradas, a menudo con cargas familiares, sin derecho a prestación alguna por desempleo. Mujeres que trabajan y se levantan de madrugada, para cumplir una dura jornada, casi siempre a tiempo parcial, pero partida y a libre disposición del empresario, con prolongaciones de la jornada a la carta, sin cobro de horas extraordinarias.

Mujeres que saben cuándo salen de casa, pero no cuando regresan para engancharse a ese trabajo sumergido, ni agradecido, ni reconocido, ni pagado, de las tareas domésticas y atención a los hijos y a las personas mayores dependientes, que no cubre la gubernamentalmente devaluada y siempre postergada atención a la dependencia.

Mujeres condenadas a trabajar en puestos de trabajo temporales, mal pagados, precarios, sin carrera profesional posible, sometidas al acoso laboral, cuando no al sexual y a la violencia de género. Mujeres que cuando lleguen a la edad jubilación se encontrarán con que no han generado derecho a la misma y cobrarán una escuálida Pensión No Contributiva, o tendrán derecho a una pensión miserable, de esas que no llegan al Salario Mínimo Interprofesional.

Es cierto que mucho más dura que tú ha sido la también vallisoletana Concepción Dancausa, Delegada del Gobierno en Madrid, que se ha permitido farfullar que  Yo no la haré. La huelga es partidista, izquierdista y anticapitalista y yo no soy nada de eso. Ancestral, pero eficaz argumentario sobre los rojos (en este caso, rojas) con cuernos y rabo. Más prudente ha estado Cristina Cifuentes quien, sin negar los motivos de la huelga, se ha sumado a tu iniciativa de hacerla a la japonesa.

Eres mujer y, por ello, deberías saber mejor que yo que esas mujeres de las que hablamos son mayoría en nuestra sociedad y que, ante ellas, tus declaraciones suenan a lo más parecido a una boutade, una ocurrencia, una extravagancia pretendidamente ingeniosa, que buscaba impresionar y ha resultado  provocadora.

Quiero atribuirlo a tu desconocimiento de la vida cotidiana y de la realidad de este país. No lo achaco a falta de estudios. Tu currículum es excelente. Si internet no miente, estudiaste en un colegio de la Compañía de María, allá en tu Valladolid natal. Luego, en la Politécnica de Madrid, Ingeniera Agrónoma. Y Derecho en Valladolid. Un Erasmus en Montpellier. Másteres sobre Comunidades Europeas, de nuevo en la Politécnica y ampliaciones de estudios en Chicago, Harvard, y Davis (California).

Loyola de Palacio se fijó en ti en el 2000 y te contrató, primero como asesora y luego como Secretaria General de Agricultura y Alimentación, en el Ministerio de Agricultura. Más tarde te ocuparías de lo mismo con Posadas y al final con Arias Cañete. Con un paréntesis entre 2004 y 2012, años en los que aprovechaste que los socialistas gobernaban, para utilizar una de esas puertas giratorias propias del Ministerio del Tiempo y convertirte en Directora de Planificación de una empresa agraria, FERTIBERIA, perteneciente al Grupo Villar-Mir y, de paso, consejera de de la sociedad mixta argelina de fertilizantes FERTIAL, del mismo grupo.

Allí, imagino, conocerías a mi tocayo, Javier López Madrid, el de Cajamadrid y Bankia, yerno del todopoderoso Villar-Mir, Consejero Delegado del Grupo, vocal en el Consejo de FERTIBERIA, amigo personal del hoy Rey de España y famoso compi yogui de la Reina Letizia. Hoy, caído en desgracia y dimitido de sus cargos, arrastra en su hundimiento al propio suegro, llamado por los jueces a declarar por su supuesta participación en diferentes escándalos de corrupción, sobornos y financiación ilegal del PP.

Ahora, bajo tu advocación de “ministra Tejerina”, has sucedido al “ministro Cañete”. Era cuestión de tiempo que recibieras un premio como éste por tu dedicación. No creas, me encanta que una mujer, sobradamente preparada, ocupe un puesto de tanta relevancia. Somos lo que somos porque antes fuimos el granero imperial. Tienes fama de prudente, pero esta vez, volvamos al motivo de la carta, te has venido arriba, sin necesidad alguna.

Trabajas sin horario y a tiempo completo, por eso ganas más que ningún otro de tus compañeros, o compañeras. Cuentan que los 66.000 euros que cobras como ministra, son una minucia, comparados con los beneficios de tu planta fotovoltaica, a los que hay que unir el rendimiento de tus inversiones en el Banco Santander, Telefónica, Pharma Mar, o Iberdrola.

Y a todo ello hay que sumar la herencia inmobiliaria de la familia vallisoletana, compuestas por sociedades, pisos, locales, acciones y dinero contante y sonante. Además del capital que has ido ahorrando y un sustancioso plan de pensiones. No te falta de nada, Isabel. Hasta ganaste el torneo de esquí de políticos a Cristina Cifuentes. Hasta tu firma es original y mercería un análisis grafológico detenido. Mira, yo creo que, por encima de Soraya (desgastada en cada conflicto en el que el Presidente Mariano se lava las manos), eras la esperanza blanca de Rajoy. Este patinazo en el hielo no te va a venir nada bien. O sí. Nunca se sabe.

Isabel, vivimos en un país en el que tiene que haber de todo. Seguro que me equivoco al hablar de ese mundo del que vienes, del que no conozco nada y del que sólo percibo sus consecuencias sobre nuestras vidas de Nadies. Pero convén conmigo que tú tampoco sabes nada de estas tierras en las que viven las mujeres (y hombres) que el 8 de Marzo irán a la Huelga.

Haz la huelga como te parezca. Si es a la japonesa, bien está. Pero deja que sean ellas las que deciden cómo hacen su huelga y cómo los hombres de por  aquí apoyamos esa movilización. A lo mejor terminas descubriendo que has vivido una fantasía y que el mundo real, con toda su dureza y con frecuencia dolor, tiene un punto de alegría, un ansia de libertad y un raudal de dignidad humana, que nunca encontrarás en el dinero, ni en el poder, que te rodean y cierran en torno a ti una dulce celda.

Con todo mi respeto, Ministra,


Educación de por vida

marzo 6, 2018

Esto de la educación parece ser un mantra al que todo el mundo recurre cuando no sabe qué decir, especialmente nuestra clase política cuando no sabe qué hacer. Si no hay trabajo es porque estamos poco preparados y hay que reforzar la empleabilidad con más educación. Si sigue existiendo violencia de género es, sin duda, porque algo falla en la educación.

La corrupción pervive porque nadie nos enseñó a evitarla y a mantener un comportamiento ético, ya desde la escuela. Somos incapaces de conseguir un nuevo modelo social y productivo a causa de que la educación no nos hace más innovadores y emprendedores. No cuidamos lo nuestro, incluido nuestro medio ambiente, porque hemos recibido una educación deficiente.

Si estas aseveraciones fueran verdad, bastaría reforzar el sistema escolar y concluir un amplio Pacto Educativo, para que nuestros problemas se solucionasen. Y eso, es bien sabido, no es verdad. La educación es un mecanismo de reproducción de comportamientos y valores arraigados en nuestra sociedad, en nuestra economía, en la cultura y en nuestra forma cotidiana de abordar la vida y las relaciones.

Claro que la educación puede impulsar y reforzar una tendencia, una decisión, una voluntad política de cambiar las cosas. Eso es innegable y se ha demostrado cuando algunas sociedades han decidido impulsar procesos de cambio profundo, como los que, evidentemente, este país necesita. Pero para ello las decisiones no hay que tomarlas en los centros educativos, sino en el conjunto de la sociedad, con convicción política.

Lo que es evidente y cierto es que formalmente (en centros educativos), o informalmente (en un centro de trabajo, en la familia, en el grupo de amigos, en el barrio…), nuestra formación es una tarea de por vida. En lo personal y en lo laboral, cada día es más evidente la necesidad de una formación continua.

Todos los organismos internacionales que conozco, recomiendan a los diferentes países que esa educación (especialmente la Formación Profesional) sea más atractiva, más flexible con las situaciones de las personas y más integradora.

Lo que nos quieren decir es que la participación de adultos en procesos formativos debería ser más elevada. En el caso de Europa, la media recomendada sería de una de cada cinco personas adultas de entre 25 y 64 años participando en procesos de formación permanente en el año 2020, cuando la media actual se mueve entre el 9 y el 11 por ciento, según la Encuesta de Población Activa (EPA).

Es cierto que cuando incluimos procesos de aprendizaje no formal la situación mejora, pero también pone al descubierto, en el caso español, la incapacidad demostrada para conjugar bien la Formación Profesional dependiente del Ministerio de Educación y la que desarrolla el Ministerio de Empleo a través del “subsistema” de Formación Profesional para el Empleo, sostenida por la cuota de formación que pagamos los trabajadores y que se comporta como un sistema paralelo e inconexo.

Los celos administrativos, el poder político sobre los recursos de cada ministerio y una larga trayectoria de desencuentros, independientemente del color político del gobierno, han conducido a este desastre. Y, sin embargo, hacerlo bien y hacerlo ahora, es una tarea imprescindible para nuestro futuro.

Me parece esencial promover una formación continua integradora en un país como España, en el que la mayoría de las empresas son pequeñas y eso dificulta la participación de millones de personas, de quienes más necesitan la formación. En un país en el que las mujeres soportan buena parte de las cargas familiares y sufren jornadas laborales irregulares, sometidas a contratos a tiempo parcial y temporales.

Además, por más que nos cuenten lo contrario, buen número de empleos son monótonos y rutinarios y los empleadores no perciben necesidad alguna de formar a unos trabajadores y trabajadoras que pueden sustituir (y de hecho sustituyen) fácilmente.

Un mercado laboral precario, con alta temporalidad y bajos salarios, es incompatible con la formación continua, a lo cual viene a sumarse que, para las empresas, la formación tiene un valor acotado en el tiempo. La innovación es constante y acelerada y lo que hoy necesitas aprender quedará obsoleto en un horizonte no muy lejano.

Un panorama de desorganización institucional de la formación continua como el descrito, desalienta a las personas y desincentiva a las empresas. Creo que, para empezar, sería necesario romper las barreras entre los sistemas paralelos del Ministerio de Educación y del Ministerio de Empleo, estableciendo un único sistema integrado e integrador.

Creo que habría que flexibilizar la formación, estableciendo módulos e itinerarios a la carta, que permitieran obtener cualificaciones y vinculando cada vez más esa formación con la formación práctica en las empresas (eso que en países como Alemania denominan formación dual).

Claro que para hacerlo es necesario que exista un servicio de orientación para que cada persona pueda acceder a la formación que serán necesarias en cada momento y un sistema de cualificaciones que pueda incluso anticipar las cualificaciones que van a ser requeridas en el futuro inmediato y a medio plazo.

La negociación colectiva y las disposiciones legales deberían asegurar la flexibilidad necesaria en el trabajo para poder acceder a la formación. Los permisos individuales de formación, el derecho a horas anuales de formación y hasta la formación incorporada a contratos de formación, son papel mojado en muchas empresas, especialmente pequeñas y medianas.

Otra necesidad imperiosa radica en poder validar de forma permanente las competencias adquiridas mediante procesos de formación no formales, o informales, para obtener con ello un reconocimiento laboral, obtener una cualificación, o continuar una nueva vía de formación.

Una  Formación Profesional Continua que sea más atractiva, más accesible, flexible, e integradora, necesita de una voluntad compartida entre administraciones distintas, empresas y representantes de los trabajadores. Necesita de capacidad de negociación y acuerdo, fortaleciendo la comunicación y la capacidad de actuar con sensatez y coherencia en un marco nacional que cuenta con necesidades sectoriales y territoriales (autonómicas, o locales) distintas.

Ahora hay que saber si contamos con gobernantes, administraciones, organizaciones empresariales y sindicales y con centros de formación, preparados para afrontar este reto, o si volvemos a las andadas de promover capillas, banderías, sectas, camarillas, conciliábulos, corrillos y bandas organizadas, más preocupadas por el “cómo va lo mío” que por las necesidades de las personas.


La libertad, estúpidos, la libertad

marzo 6, 2018

Creo que decía Hemingway, aunque también otros lo atribuyen a Paulo Coelho y unos terceros al Filósofo de Güemes, que Se está muriendo gente que antes no se moría. En cualquier caso estoy, cada día, leyendo noticias que nunca pensé volver a leer.

Detenciones y condenas a creadores y artistas que cantan, pintan, fotografían, escriben, representan títeres, o se disfrazan de Ecce Homo. Cosas que ahora son consideradas delito, cuando abundan los ejemplos de que, hace no tantos años, canciones con letras aún más duras, libros tremendamente duros, fotos mucho más provocadoras, escenificaciones más cáusticas y otros personajes disfrazados de Cristo, no movían al escándalo y, sobre todo, no tenían cabida en un proceso judicial.

Para alguien que, como yo, ha pasado su infancia y su juventud en la más negra de las inconstitucionalidades, hijo y nieto de perdedores de la guerra civil que consumió España durante cuarenta años, comprobar cómo los juicios franquistas se reproducen en una etapa democrática y la libertad es sentada y condenada en los tribunales, no es agradable, comprensible, ni mucho menos tolerable.

Lo siento ahora, como cuando centenares de sindicalistas se ven ante los tribunales, acusados de vulnerar el sacrosanto derecho al trabajo en día de huelga y postergado derecho todos los demás días del año.

Jesús salió entonces llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilatos les dijo: ¡He aquí el Hombre! Juan 19:5. Siempre he sentido que esta escena volvía a reproducirse, a representarse en estos tiempos modernos, pero no menos bárbaros.

Entiendo que un partido en declive imparable y en expansivo descrédito, se ve obligado a buscar respiros en las guerras de banderas, los himnos y sus letras, el terrorismo de aquí y de allá y hasta la unidad lingüística frente a las cuatro lenguas de España, perseguir a quienes crean en libertad. Parece que todo les vale.

Decir estas cosas no supone justificar ni la violencia, ni el terrorismo. Me tiré los primeros años al frente de las CCOO de Madrid, convocando paros laborales, concentraciones y manifestaciones, cada vez que ETA cometía un atentado en cualquier rincón de España. Luego, de nuevo, contra los atentados del 11-M y sus autores. Y de nuevo contra el terrorismo de ETA.

Un Delegado del Gobierno en Madrid, preocupado por la prevención de mi salud, me ofreció un servicio de contravigilancia, al parecer más eficaz que llevar escoltas. No diré que no pasase miedo muchos días, pero no creí que tuviera que estar más protegido que un policía, o un guardia civil. Cualquiera podíamos ser una víctima.

En todo ese tiempo nunca tuve miedo a decir lo que pensaba, ni creí que Fermín Muguruza, Robe Iniesta, Albert Pla, o Antón Reixa merecieran sentarse ante un nuevo Tribunal de Orden Público.

La libertad de expresión tiene sus límites y el principal de ellos es el ejercicio de la violencia, pero convengamos que algo está pasando en España y que está ocurriendo demasiado deprisa. Que hoy los Toreros Muertos, los Muertos de Cristo, Os Resentidos, Kortatu, o Extremoduro, lo tendrían muy difícil para no acabar procesados y condenados. Que una nueva Inquisición se va apoderando paulatinamente de nuestra convivencia. Y que la libertad va cediendo paso a una censura oficial y a una autocensura cargada de un miedo que empobrece el país.

Ni los partidos que se reclaman liberales, ni los centristas, ni los progresistas, deberían tolerar que este clima de amenaza y persecución, siga avanzando. La sociedad civil organizada, cada persona, no deberíamos consentir este avance de la opresión que avasalla las libertades y tiraniza a las personas. Lo “políticamente correcto” no puede convertirse en martillo de herejes que impide nuestra libertad de expresión, de creación y de acción como hombres y mujeres libres.  Porque esa es la cuestión: vivir en libertad. Vivir la libertad.