La maldición de la poesía

agosto 14, 2018

En un hoyo en la tierra

enterré todos los acentos

de mi lengua natal

ahí yacen

como agujas de pino

que juntaron las hormigas.

John Berger

 

Sigo dándole vueltas a algunas reflexiones sobre la poesía en nuestros tiempos. No pertenezco a escuelas, tertulias, círculos, grupos, corrillos, corrientes, academias literarias de ningún tipo. Me gustan unos poetas y otros me dicen menos. Me deleito leyendo a algunos narradores y otros me aburren, o me cuentan cosas que me llegan menos.

No sé si estoy más acertado en lo que pienso y en lo que cuento, pero me duele cuando aquellas personas a las que considero cercanas en las cosas básicas que defendemos consideran que los poetas deberían dedicarse a trabajar en la intimidad y compartir sus creaciones con un puñado de amigas y amigos en el exclusivo espacio del salón de su casa.

Hay ocasiones en las que un poeta como Luis García Montero, sobre todo desde que decidió presentarse como candidato en las elecciones autonómicas madrileñas, tiene que soportar críticas del estilo de “zapatero a tus zapatos”. Es decir, dedícate a escribir tus poemas (sólo falta añadir “que nadie lee”) y no te metas en política, que eso son palabras mayores que sobrepasan a un poeta.

Yo mismo he tenido que escuchar que, en algunas ocasiones, se dirigieran a mí como poeta, con cierta condescendencia. Pocas veces lo entendí como un halago. Más bien como un aviso. Algo así como, podemos permitirnos el lujo de tenerte al frente de nuestra organización sindical, pero cuidado con esas manías de escribir poemas, cuentos, libros. Eso te aleja de nosotros, te sitúa en la frontera.

Es verdad que casi nunca las cosas van más allá. Tal vez porque los poetas, junto al estigma, han podido conservar la capacidad de maldecir, por más que lo hagan cada vez más bajito y en muy contadas ocasiones.

Cualquier hombre de hierro, ya se dedique a la política, al sindicalismo, o a los negocios, siente el mismo vértigo que aquel hombre de acero, apodado Stalin, cuando empuñó el teléfono en plena noche para llamar al poeta Boris Pasternak (mucho más conocido por ser el creador del médico Zhivago que por su vertiente poética), para preguntarle si ese tal Mandelstam, que le había dedicado el satírico Epigrama contra Stalin, podía ser considerado, o no, un maestro.

Hasta aquel bajito y tosco dictador georgiano intuía que su carrera podía quedar arruinada por la maldición de la sangre de un poeta, como la de Lorca inundó la de aquel bajito y torvo dictador ferrolano elegido por un ambicioso dios menor para salvar España.

Hay quien piensa que el tiempo de la prosa, aquel en el que se construyeron las utopías, las distopías y las ucronías es ya incapaz de restituir la armonía en un mundo incapaz de construir un futuro que repare las injusticias del presente y del pasado. En el ahora sin porvenir, la poesía está en condiciones de mirar de frente a la herida.

Es Berger quien nos dice que los poemas son más parecidos a una plegaria que los cuentos, aunque en la poesía no haya nadie a quien orar oculto tras el lenguaje. La poesía no tiene que explicar nada, no tiene que atenerse a un relato que finalice con un desenlace. Es la fuerza del lenguaje que se abre camino en nosotros, una de nuestras pocas posibilidades de victoria.

Quien hoy desprecia la poesía, no necesita la maldición de los poetas, porque ya ha cavado su propia tumba, su derrota, su imposible mañana, su no futuro.

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Mandela cumple 100 años

agosto 14, 2018

Cuando dejamos que nuestra propia luz brille,

inconscientemente damos permiso

a otras personas para hacer lo mismo.

Nelson Mandela

 

Tal vez comienzo a resultar pesado con tanto recuerdo de personajes y de citas históricas. Que si Karl Marx, que si Paul Lafargue, la Primavera de Praga, Stephen Hawking, Luis Montes, Mary Shelley, o Mayo del 68. Hasta para una vez que escribí sobre otras cosas en este blog, lo hice sobre la Huelga de las Aguederas de Riaguas de San Bartolomé.

Prometo enmendarme y escribir más adelante sobre algunos personajes y hechos actuales, por más que cada vez que he hablado del pasado lo haya hecho para establecer algunas conexiones con el presente, que creo no deberíamos pasar por alto. En esta ocasión, me parece obligado escribir sobre un personaje que acaba de cumplir cien años, Nelson Mandela.

Lo de Nelson es un apodo escolar que le puso su profesora el primer día de clase. Ya se sabe que en aquella Sudáfrica del apartheid los niños negros recibían apodos blancos, tal vez para evitar la tortuosa pronunciación de nombres incomprensibles para los blancos. El verdadero nombre del niño era Rolihlahla y venía a traducirse como el que tira de la rama de un árbol, se entiende que sin ton ni son, lo cual significaba algo así como agitador, rebelde, bullicioso, perturbador.

También le llamaban Madiba, como a uno de los más famosos jefes de su clan. Cuando llegó a la mayoría de edad y superó las pruebas y ceremonias que los xhosa tradicionalmente celebran, recibió un nombre bastante más conciliador, Dalibhunga, cuyo significado hace referencia al que funda, convoca, reúne, crea el consejo y facilita el diálogo.

Más adelante, le llamaron Tata, como padre de la democracia sudafricana y por fin, como señal del aprecio generalizado que supo ganarse, se le reconoció como Khulu, que no es otra cosa que la abreviatura de la palabra abuelo, que para los xhosa viene cargada de connotaciones afectuosas, de respeto y agradecimiento.

Así las cosas, deberemos convenir que Mandela hizo honor a cada uno de sus nombres, por etapas y simultáneamente, de forma acumulativa, a lo largo de toda su vida. Rebelde, dialogante, creador de unidad, fundador de una nueva nación, padre de la democracia y grande y reconocido como abuelo. Y todo ello sin renunciar a ser aquella persona que un día dijo, vive la vida como si nadie estuviera mirando y exprésate  como si todo el mundo estuviera escuchando.

El centenario de Mandela, al contrario de lo ocurrido hace casi cinco años con su fallecimiento, ha sido discreto y ha pasado casi desapercibido, aunque no dejan de causar sonrojo algunas alabanzas vertidas en las redes sociales por quienes utilizan dos varas de medir. Una, para los extranjeros que han recibido el Premio Nobel y otra para aquellos a los que hay que mirar con las gafas de ver españoles.

A fin de cuentas, Mandela, no dejó nunca de ser el comunista del Congreso Nacional africano que abandonó la no violencia para encabezar la lucha armada del Comando Lanza de la Nación. Eso le valió una condena que le mantuvo en la cárcel durante 27 años. Incluso cuando le ofrecieron salir de prisión a cambio de renunciar a la lucha armada, ¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de mi gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos.

Causa pudor ver cómo Pablo Casado tildaba al opositor venezolano Leopoldo López, de ser un nuevo Mandela, perseguido por el régimen chavista y se ha hartado de tildar de asesino al Ché Guevara, a quien no se cansa de poner en contraposición con Miguel Ángel Blanco, en un ejercicio impúdico del aquí todo vale, aunque no venga a cuento. Ignora el nuevo Presidente del PP, pese a sus cuantiosos títulos, que Mandela era también amigo personal de Fidel Castro, lo cual le valió sonoros abucheos en su visita por Miami.

Lo que nunca fue Mandela es un cínico. Hizo en cada momento lo que creyó que tenía que hacer. Y creyó siempre que, El valiente no es el que no siente miedo, sino el que vence ese temor. el hombre que sabía que nada es negro, o blanco. El que soñó una sociedad multicultural diversa y donde cada hombre, mujer y niño sean tratados igualmente. Y que aprendió que Parte de la construcción de una nueva nación incluye construir un espíritu de tolerancia, amor y respeto entre la gente del país.

Era el pensamiento de un hombre al que le había arrebatado todo. Los mejores años de su vida, su unión matrimonial, el crecimiento de sus hijos. Pero al que no pudieron echar de Sudáfrica, ni impedir que siguiera convencido de que Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. Renunció al odio porque no quería entregarles nada más y porque no debía permitir que aquel odio le carcomiera el alma.

Esa fue su grandeza, la que le hizo merecer cada uno de sus nombres, la que tanto necesitamos y tan poco abunda.


Un poeta en el Cervantes

agosto 14, 2018

He escrito en estos días unos cuantos artículos reivindicando el valor de la poesía y profetizando las maldiciones que se ciernen sobre aquellos que conciben la poesía como un lujo cultural ajeno a la vida cotidiana de las personas. En alguno de esos artículos hablaba de poetas como Luis García Montero que nos demuestran que poesía y compromiso no son incompatibles y, aún más, que la poesía no es un mero juego de palabras, sino la búsqueda intensa del ser humano, más allá de dónde la ciencia es capaz de llevarnos.

La noticia de que Luís ha sido nombrado Director del Instituto Cervantes es, por lo tanto, una magnífica noticia, no sólo para él y para cuantos le conocemos, sino también para quienes aman la poesía y la palabra como forma de comunicación y de creación humana. Situar a un poeta al frente de la institución que se encarga de difundir las lenguas peninsulares por el mundo me parece un gesto inteligente del nuevo gobierno de Pedro Sánchez.

No puedo decir que sea amigo personal de Luis. He participado con él en unos cuantos actos literarios, presentando diversos libros. He compartido tribuna junto a él en actos sindicales, o políticos. Le he escuchado hablar sobre García Lorca y me ha abierto los ojos sobre muchos pasajes de Poeta en Nueva York.

Le he acompañado en algún mitin  electoral, cuando aceptó encabezar, a contracorriente, la candidatura de Izquierda Unida de Madrid en las pasadas elecciones autonómicas. Me apenó que unas pocas décimas le cerraran el acceso al parlamento regional. Le pedí que escribiera el prólogo para mi poemario La Tierra de los Nadie y que me acompañase en la presentación del mismo. He tomado alguna que otra cerveza con él al finalizar este tipo de eventos.

Su nombramiento me trae a la cabeza esos tiempos en los que algunos poetas eran tomados en consideración para ocupar consulados, o embajadas. Me recuerda que Allende nombró a Pablo Neruda embajador en París, o a Gonzalo Rojas Pizarro, al frente de la embajada en La Habana.  Eran tiempos en los que no era incompatible fomentar los negocios y los intercambios económicos, con presentar las mejores credenciales humanas y creativas a otros pueblos.

La labor del Instituto Cervantes va precisamente de eso. La difusión de nuestras lenguas, a las que se refería el bilbaíno Gabriel Aresti en su famoso poema para Tomás Meabe (no es español quien no sabe las cuatro lenguas de España), es mucho más que impartir cursos de castellano, catalán, gallego, o vasco, por los cuatro costados del planeta. Mucho más que fomentar la cultura de élite, exhibir la crema de las cremas, derramar la flor y nata de nuestras creaciones en los centros neurálgicos mundiales.

Algunas de esas cosas hay que hacerlas y buscar los mejores gestores, para evitar dilapidación de recursos y gastos innecesarios de pólvora. Pero se trata, sobre todo de dar a conocer las Españas, porque sólo se ama lo que se conoce y porque en esta península conviven muchas Españas. El Instituto Cervantes es un poderoso instrumento para establecer relaciones, comprender nuestros muchos modos y maneras de ser, nuestras formas de seducir, dialogar, sugerir, equivocarnos.

No coincido completamente con César Antonio Molina, quien fuera Director del Cervantes y luego Ministro de Cultura, cuando afirmaba que El Cervantes es una empresa, como tal hay que gestionarlo. Pero sí coincido con él y estoy seguro de que también Luis, en que vivimos un mundo que todo lo sacrifica a los ídolos de las nuevas tecnologías, el entretenimiento y la masa.

Creo que la cultura española, la plural y amplia amalgama de culturas, creencias, costumbres, heterogéneos ideales, diversas (cuando no dispersas) visiones, constituye un poderoso antídoto contra esos ídolos prefabricados, insulsos, uniformados y, no pocas veces, despóticos.

Luis García Montero hubiera sido un excelente ministro de Cultura, pero se me antoja que será mucho más útil para todas y todos en esta tarea de difusión de la palabra, las lenguas, la cultura. Luis sabe que la poesía seguirá preguntando a las personas y a los pueblos, seguirá buscando en el interior de ellos, seguirá siendo canto y oración. Y también sabe que la honestidad, en la vida y en la política, es el primer paso para intentar que los cambios mejoren la existencia cotidiana y la convivencia diaria de las personas. Ambas cosas, lejos de ser incompatibles, son indisociables.

Desde estas líneas, Suerte y buen trabajo, amigo.


Carta abierta a la señora Sara, mi madre

agosto 14, 2018

La señora Sara es viuda.

Con minúscula señora

y con minúscula viuda.

Del cuento Retrato de Señora

 

Sara,

No he escrito nunca una de estas cartas abiertas a una persona que no estuviera ya entre nosotros. Además, sé bien que te gusta contar tu historia, pero no que tus andanzas sean aireadas por escrito, como si presintieras que alguna turbia maldición se cierne sobre quien demuestra ser libre en un mundo plagado de amenazas.

Como aquella vez, en plena posguerra, en la que siendo niña-criada fuiste seguida por las calles de Madrid por una vecina del pueblo, hasta dar con tus padres. Fueron denunciados, juzgados, sentenciados, condenados, apaleados, encarcelados y arrastraron para siempre la marca de la prisión y la derrota.

Nada debes temer, porque ya has dejado de pertenecer al tiempo al que nosotros seguimos sometidos. Una verdad que tan sólo le fue revelada a una mujer, mientras le era negada a los discípulos predilectos, Todas las naturalezas, todas las producciones y todas las criaturas se hallan implicadas entre sí y se disolverán otra vez en su propia raíz, pues la naturaleza de la materia se disuelve en lo que pertenece únicamente a su naturaleza. Tal vez por esta forma de ver la muerte, este evangelio de María Magdalena nunca ha sido uno de los oficiales y pasa por ilegítimo, apócrifo.

Seguro que nada temes, porque ahora descansas junto a tu marido, en el cementerio del pueblo en el que asegurabas que pasaste los mejores años de tu vida. Ese pueblo en el que encontraste refugio, entre Las Criadas y la vuelta a un Madrid que devora, con crueldad y despiadada avaricia, la vida de sus habitantes. Allí te casaste, tuviste a tus hijos y cuidabas una finca, a modo de guardiana de un paraíso que, de nuevo, te fue arrebatado.

Ahora, las laderas de la Sierra de Guadarrama contemplan el infinito donde resides. La brisa  de los cerros se impondrá a los calores del verano y las nieves del invierno cubrirán tu lápida. Vives ahora la infinitud sin tiempo, mientras nosotros intentamos aprender qué tipo de relación, a base de  recuerdos, contactos, intercambios de memoria, podemos mantener contigo.

Hay muchas mañanas en las que me levanto buscando el momento del día en el que voy a acercarme a verte y muchas noches me sorprende la conexión mental que me impele a llamar para preguntarte cómo has pasado la tarde y que hables con tu nieto Pablo, de tú a tú, de vuestras cosas. Para que viajes con él por cada calle, cada ciudad, las aulas de su instituto, los paisajes de mundos cercanos, o lejanos rincones descubiertos a la vuelta de la esquina. Ese chaval que ha querido ir a verte hasta casi el último día.

Fue esa capacidad de viajar, de vivir tu vida reflejada en otras vidas; la impresionante memoria de cada nuevo nacimiento, cada pérdida, cada cumpleaños, cada enfermedad, que te llevaban a preguntar por la calle, o a coger el teléfono. Fue tu capacidad de vivir sola, sin permitir que nadie se metiera en tu vida, sin dejar de cuidar la memoria de cada persona a la que conocías, la que te hizo tan popular en el barrio.

Fueron tus viejas películas de Hollywood y las de la tierra; tus canciones para después de una guerra, ese incansable escuchar la radio, tus largas caminatas, las que te hicieron soportar el trabajo, mitigar el miedo, afrontar la soledad, defender tu libertad, aunque, con frecuencia, esa libertad sólo se encontrase dentro. Eso te mantuvo joven y atractivamente moderna hasta el último momento, hasta ese tiempo en que las mujeres y hombres del hospital aprendieron a quererte.

Eras cristiana, desconfiando de los curas y los beaterios. Eras socialista desconfiando de los políticos y de la política. Me seguías la pista de sindicalista y a veces me recordabas, Siempre os engañan. De derechas no eras. Recelabas del dinero, sospechabas del poder. Pertenecías a los Nadies. Con todas sus ilusiones y todo su escepticismo. Sorteando cadenas de decepciones para seguir abrazando la vida.

Decidí comenzar a escribir un día tu cuento Retrato de Señora, La señora Sara es viuda. Con minúscula Sara y con minúscula viuda. Me reprochaste que hablase de ti, aunque algo de orgullo te invadía al ver tu nombre escrito en un papel. De lo contrario no me hubieras pedido que te trajera ejemplares de los Cuentos de la Tierra de los Nadie, para repartirlos entre tus hermanos. No tuve que explicarte que sin ti, mis Nadie no existirían. Tú eras el núcleo de los Nadie.

Cada muerte es dolorosa. Esta vez, el dolor de tus hermanas y hermanos, de tus nietas, tus nietos, tus parientes, tus vecinas, cuantos te conocían en el barrio, en el pueblo donde viviste, en aquel otro en que naciste, no creo que sea menos intenso que el mío. Ver cómo tus nietas se han dedicado a ti y te han rodeado de afecto en tus últimos días, me reconcilia con la especie humana, en esta incomprensible situación que me ha envuelto.

Cada muerte es inexplicable, impenetrable, hermética, desoladora. En estos días, he descubierto y me ha ayudado mucho, leer cómo describe John Berger nuestra relación con ella, Hasta antes de que la sociedad fuera deshumanizada por el capitalismo, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Era ésta su futuro último. Por sí mismos, los vivos estaban incompletos. Los vivos y los muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo esa forma moderna tan particular del egoísmo rompió tal interdependencia. Y los resultados son desastrosos para los vivos, que ahora piensan en los muertos como eliminados.

No sé cómo hacerlo, Sara. No sé cómo acostumbrarme a vivir en la frontera entre la infinitud donde habitas y el tiempo que nos atrapa. Cómo aceptar que eres ya cuanto seremos nosotros. No sé si sabré cuidar a tu gente, esa con la que viviste, a la que querías, sin plegarme a sus caprichos, sin renunciar a mi libertad, como si tú me vieras. Cómo aprender a sacar fuerzas de flaqueza, a base de atrapar músicas, imágenes, historias, encuentros, palabras, aunque sólo sea dentro de nosotros. Sentir la sabiduría que impregna tu memoria del infinito.

He dudado mucho antes de escribir esta carta. No te gustaba que hablaran de ti en público. Un poco de pudor y otro poco de prevención para preservar tu independencia. Que lo que hace la mano izquierda, no lo sepa la derecha. Al final me he puesto a escribir, releer, tachar, corregir, reescribir. Tal vez porque construir futuro es la tarea que compartimos, que tenemos que imaginar los de allá y los de acá. Y porque tu experiencia y tu memoria ya nos envuelve y nos protege.

Sara, he preferido escribir la carta. No hay peor muerte que el olvido. No hay peor suicidio colectivo que la indiferencia y la desmemoria. Si como dijo el cura en tu funeral, has vencido a la muerte, sólo me queda encomendarme a ti y salir cada día a defender la vida. La vuestra, la nuestra.


Dejar los estudios, abandonar la educación

julio 18, 2018

Según un reciente estudio de CCOO de la Enseñanza, basado en datos oficiales del Ministerio de Educación, hay 585.000 jóvenes en situación de abandono educativo temprano en toda España. Las tasas, los fríos porcentajes, han ido bajando a lo largo del periodo democrático, hasta situarse en el 18´3 por ciento en 2017. Ese porcentaje era superior al 41 por ciento hace 25 años.

La Tasa de Abandono Educativo Temprano (AET) mide el porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años que han abandonado los estudios sin haber conseguido aprobar la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), una Formación Profesional de Grado Medio, o el Bachillearo.

Habrá quien piense que quienes han superado la enseñanza obligatoria ya han conseguido el mínimo exigible, pero en un mundo como el nuestro es casi imprescindible, a nivel laboral y social, haber superado, además, algún nivel de estudios posobligatorio.

Es verdad que la situación no es la misma en todas la Comunidades Autónomas. Así, en Andalucía, Valencia, Baleares, Castilla-La Mancha, o Murcia, las tasas se mueven por encima del 20 por ciento, mientras que en Cantabria, País Vasco, Navarra, o La Rioja, las tasas de abandono se encuentran muy por debajo del 15 y hasta del 10 por ciento.

Las diferencias sociales, o de género, son también muy marcadas. Incluso el momento histórico influye. Por ejemplo, si la economía marcha viento en popa, aumenta el número de abandonos de quienes encuentran trabajo y piensan que con su nivel de estudios ya es más que suficiente. Si hay crisis y el paro es muy elevado, hay más jóvenes siguen estudiando, a la espera de mejores tiempos.

Los varones abandonan más que las mujeres, la población de origen inmigrante abandona los estudios en mayor porcentaje que los nativos, los grupos sociales más desfavorecidos más que la media y quienes estudian en centros públicos, más que los que han estudiado en centros privados. Hasta la OCDE reconoce este cariz social del abandono temprano y el fracaso escolar en España.

Aquí conviene abrir una reflexión en torno al abuso de la repetición de curso que ha ido facilitando la legislación educativa. A partir de la LOMCE, por ejemplo, se puede repetir cada curso y no cuando termina el Ciclo de dos años, con lo cual han aumentado las repeticiones, que en la enseñanza pública duplican o triplican las repeticiones que se producen en la enseñanza privada. Somos uno de los países donde más se repite, sin que ello influya en mejores resultados en aspectos como el fracaso escolar, o el abandono temprano.

Así las cosas, hay alumnos que, a base de repeticiones, nunca podrán acabar la Educación Obligatoria antes de los 18 años y no podrán concluir la ESO. Es más, se han ido desmontando las posibilidades una segunda oportunidad reforzando la ESO en Centros de Adultos, promoviendo Formación Profesional, o Bachillerato, en horarios nocturnos, o buscando formatos modulares y atractivos para los jóvenes.

Estamos hablando de jóvenes que se apartan de los estudios de forma prematura, para intentar insertarse en el mundo laboral. No debería ser tan complicado pensar en ellos, incentivar la obtención posterior de una titulación. Pero eso exige invertir en la conexión entre el sistema educativo y el empleo, facilitando compatibilizar trabajo, prácticas y formación, permitiendo mejores procesos de reconocimiento de la experiencia profesional a la hora de obtener una titulación.

Para este más de medio millón de personas jóvenes que han abandonado los estudios ya no se trata de volver al mismo sistema educativo, sino de encontrar nuevas oportunidades. Se me ocurre que poner en marcha modalidades como la formación dual, pensando en las necesidades de las personas y evitando su explotación laboral, podría contribuir a mejorar las tasas de Abandono Educativo Temprano en España. El Consejo de Europa acaba de pedir a España que realice más esfuerzos para combatir la explotación laboral, especialmente la que sufren los jóvenes.

Habrá que ver si el nuevo gobierno es capaz de convocar al conjunto de la sociedad para afrontar este reto de igualdad educativa ante el que nadie puede cerrar los ojos, porque la educación es no sólo un derecho de cada persona a lo largo de toda la vida, sino también un factor determinante para el desarrollo económico y una condición para la libertad y el desarrollo democrático.


Porteadores de la modernidad

julio 18, 2018

Son tantos los cambios que se producen en nuestras vidas cotidianas, tan acelerados, inmediatos, imperceptibles, o impactantes, que tendemos a aceptarlos sin crítica alguna, sin oponer objeciones, como inevitables y hasta necesarios.

He caído en la cuenta, como quien cae de un guindo, de la cantidad de vehículos motorizados o de tracción animal, por más que el animal en cuestión sea racional, que circulan por nuestras calles acarreando productos de todo tipo.

Compras de supermercado, comidas de restaurantes, pizzas, hamburguesas, productos variados y selectos, son entregados a domicilio por unos modernos porteadores que conducen bicicletas y motos tuneadas, o a las que se han incorporado todo tipo de modelos estrafalarios de cajones para el transporte de productos perecederos, o no. Eso ya es lo de menos.

A pleno sol, o diluviando, mañana, tarde y noche, haga frío, o se frían huevos sobre el asfalto, hemos aceptado la imagen conmovedora de jóvenes y no tan jóvenes, mujeres y hombres, más o menos uniformados, llamando a los porteros automáticos para hacer entrega de bienes de todo tipo. Ahí quedan sus vehículos, aparcados frente a la puerta. Un perro llega, olisquea, marca su terreno sobre el carruaje, para que su imperio se expanda por toda la ciudad, sembrando la envidia de otros canes propios y extraños.

Un buen día leo que algunos de estos porteadores que se adentran en la selva urbana acarreando todo tipo de bultos, han denunciado a su empresa, que tal vez se defina a sí misma como una empresa colaboradora, por contratarles como autónomos y no como asalariados. La diferencia entre lo uno y lo otro es sustancial y no sólo en salario, sino en propiedad de los medios de producción, en seguridad social, condiciones de trabajo, vacaciones, o derecho a paro y a una futura pensión.

Los jueces no lo han dudado. Eso no es ser autónomo, sino falso autónomo. Con lo cual la exitosa empresa se ha visto obligada a contratar laboralmente a los porteadores y dejar de utilizar la contratación mercantil entre empresas. Es buena noticia, pero hablamos de una entre cientos de empresas que hacen negocio de esta forma, aprovechando las necesidades de empleo y de ganar algún dinero, aunque sea sometiéndose a fórmulas de moderna esclavitud.

Porque una cosa es el libre mercado y la libre competencia y otra, muy distinta, el pelotazo del negocio de la nueva economía a costa de aprovechar las necesidades y la inexistencia de reglas del juego claras. Para cuando estas regulaciones llegan, los emprendedores inasequibles al desaliento, huyen porque ya han encontrado una nueva fuente de negocio con la que hacer dinero utilizando nuevas remesas de manos porteadoras. Lo llaman modernidad.


El valor de la poesía

julio 18, 2018

Hace unas semanas asistí a la presentación de dos poemarios de Luis García Montero y Daniel Olmos, en un acto al alimón organizado por la Fundación Ateneo 1º de Mayo y que tenía lugar en la Sala dedicada al Proceso 1001 en CCOO de Madrid.

El 1001 fue aquel juicio franquista que juzgaba a la cúpula de las CCOO en diciembre de 1973 y que terminó con condenas desmesuradas, al coincidir su inicio con la voladura del vehículo en el que viajaba el Presidente del gobierno de la dictadura, el Almirante Carrero Blanco. No habría que explicar estas cosas, pero como no se enseñan en los centros educativos, puede que alguien se pierda en el relato, si no lo hiciera.

El caso es que, como vivimos en un planeta recorrido por redes sociales y, quien más quien menos, dedicamos un tiempo a actualizar nuestros “estados”, me dio por colgar una foto de Luis García Montero leyendo unos versos, acompañada del comentario, Con Luis García Montero, presentando el poemario A Puerta Cerrada. Siempre el placer y la inquietud de la Poesía.

No tardé en recibir la respuesta airada y furibunda de una seguidora, amiga virtual, o como quiera que se llame a quienes se adentran en estos mundos inmateriales, aunque haberlos, haylos. Venía a decir con meridiana claridad, más lucha obrera y sindical y menos poltronas y privilegios. Como viera que no había respuesta, más por la falta de constancia de mi presencia en los espacios siderales, que por descortesía, se ve que se sintió obligada a remachar la sentencia, El sindicato no es un centro cultural.

Seguía yo obnubilado, inconsciente, sin leer estos comentarios, tal vez durante días, hasta el punto de que el nivel de indignación de la buena mujer debió seguir creciendo en forma proporcional al tiempo de mi silencio. Tal vez creyendo que mi mutismo obedecía a cualquier tipo de inexplicable incomprensión, se sintió obligada a explicar sus sentencias, Ya sé que soy molesta, pero llevo años luchando y luchando y necesitamos trabajo digno, sueldos dignos. Lo de la poesía entre amigos en una casa me parece bien, pero con casi 5 millones de parados está fuera de lugar con todo mi respeto.

Viendo que ni por esas. Creyendo, probablemente, que el hecho de no contestar estaba llegando ya demasiado lejos, decidió cambiar de estrategia y enarbolar otra línea argumental, Y fuera las ETT, ahora llamadas de otra manera. Ahí quiero yo poesía, ahí.

De verdad, juro y perjuro, que no leí nada de este hilo. Para cuando quise hacerlo el enfado se había ya desbordado ¿¿¿En qué realidad vivís??? Que llevo 10 años sin nómina, de verdad pensáis que nos interesa la poesía, queremos trabajar con dignidad.

Hasta algún conocido, amigo, o seguidor virtual, a la vista de la evolución, o involución, que se iba despeñando ladera abajo, decidió mediar y escribió, No son incompatibles, pero para gustos los colores. Creo que son de agradecer estos moderadores de unos devenires internautas que, de otra forma, podrían conducir a la desesperación, o la rabia incontinente. Allí, arrellanados en el sofá, venga mandar pullas y nada, que nadie contesta. Soledad de soledades.

Cuando terminé por meterme en los comentarios de mi página y leí los escritos por aquella mujer, me sentí un poco responsable del nivel de irritación que, ella solita, pero a cuenta mía, había ido dejando crecer dentro de sí. Sólo se me terminó ocurriendo ofrecerle mis disculpas con una cita de García Lorca, Si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; pediría medio pan y un libro.

No hubo más respuestas, ni contestaciones. Podría haberle recordado a Celaya y su poesía necesaria como el pan de cada día, un arma cargada de futuro. Recitarle algún poema de Antonio Machado, o recomendarle escuchar las Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo, en la voz de Paco Ibáñez. Explicarle el papel de los ateneos en la formación y lucha de la clase trabajadora. Haberle hablado de Mandelstam, Ajmátova y Pasternak bajo el estalinismo.

Contarle de Alberti y Miguel Hernández recitando en el frente, o  sobre los ingleses Ralph Fox y John Condford, muriendo en el frente. El propio Lorca, víctima del frente abierto por los sublevados. Quizá debería haberle pedido a Luis García Montero que le dedicase el poemario que presentaba aquel día.

Pero no lo hice. Lo dejé en la cita de Lorca. Tal vez pensé que algo de razón tendría aquella mujer. Que algo ha pasado con la poesía para que quienes más deberían apreciarla la aparten de su camino. Puede que me recordase a mí mismo que vivimos tiempos en los que sólo escuchamos lo que queremos escuchar. ¿Cómo va lo mío?

Quizá decidí que cada cual tiene que buscar y encontrar sus propias verdades y descubrir, tarde o temprano, que tenía razón Bécquer cuando al mirar otros ojos, frente a frente, exclamaba Poesía eres tú. Descubrir que, sin la poesía, los monstruos que creamos serían los dueños de nuestro destino. El personal y el colectivo.