Marx y el padre Francisco

junio 3, 2018

En un viejo país ineficiente

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna…

Jaime Gil de Biedma

 

Acaba de publicarse el libro Dígaselo con Marx. Una original forma de conmemorar el Bicentenario del nacimiento de un tal Karl Marx, sobre cuya juventud acaba de estrenarse una película. En el libro escriben cerca de cuarenta personas procedentes de la Universidad, la política, el urbanismo, la poesía, la economía, el feminismo, la ecología, el arte, la psicología y hasta de la religión.

Me pareció que en el libro no podía faltar la opinión de alguien que representase a aquellos que fueron acusados por Marx de ir traficando con el opio del pueblo. Son conocidas las relaciones de amor y odio entre marxismo y cristianismo y no son pocos los elementos del clero que se han presentado en candidaturas de la izquierda, han participado en movimientos guerrilleros inspirados en el marxismo, o han construido la teología de la liberación sobre la base del diálogo entre marxistas y cristianos.

Sin embargo, el cura al que se lo propuse declinó la invitación a la manera de Gil de Biedma, aunque me autorizó a transcribir libremente su respuesta, dificultando la identificación del personaje. El llamado, en el artículo, padre Francisco, lleva ya 8 años recluido en un pueblo costero, rodeado de gente anónima, muchos de ellos extranjeros, viviendo junto a su esposa, una soledad elegida y, al modo de aquel otro fraile agustino Mendel, cruzando las numerosas plantas que adornan su jardín.

Su relación con Marx se inició siendo aún sacerdote en activo, en pleno franquismo, dos años después del mayo del 68, cuando en pleno Barrio Latino compró un ejemplar del Manifiesto Comunista. Aquel libro le revolucionó el cerebro y el corazón, por más que aquella revolución hacia la libertad, la justicia y la igualdad, no casaba demasiado bien con la dictadura del proletariado, al menos tal como la terminaron entendiendo leninistas, estalinistas, trotskistas, o maoístas.

De todo ello sacó una conclusión que le ha acompañado toda su vida. Independientemente de nuestras creencias, la felicidad, en esta vida, debe ser una aspiración de todo ser humano. De nada nos vale deleitarnos en la contemplación y la interpretación de la Naturaleza y el Mundo como grandiosa creación de Dios, si no hacemos cuanto podamos por transformar la vida y el mundo para construir una sociedad más libre, igual y solidaria.

Estas ideas le trajeron problemas con algunos padres de sus alumnos, cuando las enunció en sus clases de Filosofía. Recibió la visita y escuchó las amenazas de la Inspección educativa. Terminó dejando el sacerdocio, cuando nadie salió en su defensa. Luego se aventuró en nuevos proyectos educativos y hasta se metió en política para servir a su pueblo, en una candidatura de la izquierda.

Las ambiciones de unos y el poder inmobiliario de otros, dieron al traste con cada una de sus ilusiones transformadoras. Demandas, difamaciones, querellas, calumnias, campañas del consorcio político-empresarial, le hicieron perder las elecciones y le dejaron decenas de personaciones ante los juzgados encima de la mesa. Hasta los suyos le recomendaban menos pureza y más transigencia con quienes pueden hacer llover talones y dinero sobre cualquier partido, dejando de paso los bolsillos personales bien llenos.

Por eso terminó jubilado, en un pueblecito de la costa granadina, leyendo, mirando las estrellas, como recomendaba su admirado Stephen Hawking  y contemplando el mar desde la terraza donde cuida sus plantas, mientras ensaya y comprueba en ellas el estricto cumplimiento de las leyes genéticas de Mendel.

Reconoce que otra de sus ocupaciones y ensoñaciones favoritas es la de pensar qué habrá sido de los miles de alumnos y alumnas que tuvo. Porque este tiempo ya no es suyo. Ha renunciado a amistades, filias políticas, vecinales, sindicales. Este tiempo es de la juventud que viene empujando y de la que fue joven cuando él daba clases. Espera que hayan decidido luchar por ser libres y felices, ayudando a otros a serlo.

El padre Francisco, es evidente, nunca fue marxista, ni tampoco antimarxista. Me parece uno de esos modernos Prometeos, hecho de muchos fragmentos de ideas, principios, claras reglas éticas y mucha humanidad, que tan necesarios siguen siendo para que las largas manos de la corrupción y la mala política no terminen invadiéndolo todo. Por eso merece ser uno de los protagonistas de Dígaselo con Marx.

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Díselo con Marx

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.


Los Mayos del 68 y 50 más

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.


Las Universidades y la Formación para el Empleo

junio 3, 2018

Me invitaron recientemente a participar en una mesa redonda organizada en el marco del Congreso de la Red Universitaria de Estudios de Posgrado y Formación Permanente (RUEPEP), celebrado en la Universidad Complutense de Madrid. El tema propuesto era el de La Formación Profesional para el Empleo en las Universidades.

Para responder a esta pregunta, conviene partir de la constatación de que el denominado subsistema de Formación Profesional para el Empleo (FPE), dependiente del Ministerio de Empleo, fue diseñado hace ya más de 25 años, al margen y de espaldas al sistema de Formación Profesional (ya sean centros de FP, de adultos, o universitarios), dependiente de la Administración Educativa. Por eso las Universidades y Centros de FP son hoy absolutamente marginales como proveedores de formación para el empleo.

Y la respuesta a la pregunta pasa por corregir ese problema de partida, de forma que las cualificaciones, las titulaciones, los estudios, los centros de formación de uno y otro ámbito, sean equiparables, actúen conjuntamente y trabajen a favor del objetivo común y único de proteger el derecho a la educación a lo largo de toda la vida y atender las necesidades formativas reales de las empresas.

Se me ocurre, por tanto, que las universidades públicas aglutinadas en RUEPEP, que han abierto esta interesante reflexión, podrían y deberían tener un papel importante en la detección de esas necesidades formativas existentes en el mundo empresarial y laboral.

Creo, también, que podrían ser fundamentales para analizar y estudiar las fortalezas y debilidades del sistema de Formación Profesional para el Empleo, proponiendo las correcciones y soluciones necesarias para su mejora y adaptación a las nuevas realidades económicas y productivas.

Entiendo que podrían jugar un papel importante para contribuir a la mejor gestión y administración del sistema. Deberían participar en el diseño de nuevas cualificaciones. Podrían recibir el encargo de evaluar la calidad de las acciones formativas y del propio sistema.

Las universidades están en condiciones de actuar en materia de reconocimiento de la experiencia laboral, a efectos de adquirir una cualificación profesional, o para el acceso a otro tipo de programas formativos de nivel medio o superior. Considero también que podrían ser colaboradoras muy valiosas de las administraciones para el reconocimiento e inscripción de nuevos centros formativos, con criterios claros y transparentes, de cualificación y calidad.

Las Universidades son Administración Pública y, de acuerdo a la incumplida ley de Formación para el empleo, deberían poder actuar de forma directa en la impartición de especialidades formativas necesarias para la formación de los trabajadores y trabajadoras, en las empresas, en el territorio y en los diferentes sectores de la producción y los servicios.

Sin ánimo de ser exhaustivo, creo que las universidades deberían tener un papel esencial en la formación de las personas que asuman responsabilidades en la formación para el empleo, ya sea en su diseño, gestión y administración, como en la impartición de determinadas especialidades formativas.

Esos profesionales existen, pero no son muchos, ni tienen la conciencia de formar parte de un sistema formativo del que se sientan mancomunadamente responsables. Esa tarea de formación de formadores y  de las administraciones,  empresariales, o sindicales, en Formación para el empleo, debería ser una tarea encomendada a nuestras universidades.

Perdemos demasiado tiempo anunciando nuevas apuestas como la formación dual, sin que nadie sepa explicar de forma coherente qué cosa sea la famosa formación dual. Perdemos demasiado tiempo compitiendo entre administraciones educativas y de empleo y entre éstas y las administraciones autonómicas, para ver quien se lleva los recursos y qué chiringuitos clientelares crean con ellos. Se nos va el día en intentar tener un peso esencial en un sistema cada vez más cuestionado, e incontestablemente cuestionable.

Mientras tanto, desaprovechamos un potencial como el que tienen las universidades, para mejorar el sistema, hacer frente a las debilidades y corregir los problemas. Es muy habitual en este solar patrio. Pero el que sea lo de siempre, lo habitual, no significa que sea lo bueno, lo mejor, ni tan siquiera lo deseablemente posible.


Mary Sheley, Prometeo era mujer

mayo 28, 2018

Estos días nos han recordado que un tal Karl Marx nació hace doscientos años en un lugar llamado Tréveris. Los chinos han puesto la guinda del pastel de cumpleaños, regalando a la ciudad alemana una impresionante estatua del filósofo de más de cuatro metros de altura y que pesa más de dos mil kilos.

Es verdad que la conmemoración merece los cientos de actos que, tan sólo en su ciudad natal, se han organizado. No en vano recordamos al pensador que un día nos advirtió que Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. Las transformaciones que aquella reflexión produjo, han llegado hasta nuestros días con consecuencias positivas y negativas de todo tipo.

Mucha menos repercusión ha tenido otra noticia que, sin embargo, me parece también muy importante. Se cumple también el bicentenario de aquella modesta edición de 500 ejemplares del libro Frankenstein o el moderno Prometeo. Curiosamente no llevaba firma y, no pocos, sospecharon la autoría de Percy B. Shelley. Sin embargo, la segunda edición, publicada tres años después, despeja el nombre del autor, que resulta ser autora, Mary Shelley.

Es bien conocida la historia de aquellos cuatro personajes reunidos en la Villa Diodati, junto al Lago Lemán, cerca de Ginebra, donde Lord Byron, su médico personal Polidori, el poeta Shelley y su pareja Mary Wollstonecraft Godwin, quien más tarde se casará con el poeta y tomará el apellido del esposo.

En una de aquellas frías y lluviosas tardes veraniegas, Byron lanzó el reto de escribir la mejor historia de terror. Lo cierto es que el desafío quedó resuelto sólo a medias, aunque Mary esbozó una idea, a la que iría dando forma más tarde, hasta concluir la primera novela construida sobre los elementos que alimentan los terrores de la humanidad en los tiempos modernos.

¿De dónde sacó aquella jovencita de menos de veinte años una historia tan terrible, que aún representa un horror universal, un terror que nos perturba, doscientos años después de que viera la luz por primera vez? Aquella jovencita que había huido de su padre para unirse a uno de sus alumnos, Percy B. Shelley, era hija de Mary Wollstonekraft, una de las primeras feministas que lucharon por la igualdad. Una mujer que, contra todo pronóstico y corriente,  vivió de su escritura. De su mano salieron relatos, novelas, ensayos, libros de viajes, o para la infancia. Murió al poco de nacer su hija, pero el peso de su obra y de su vida, no murieron con ella.

Pero es que además, el padre de Mary era William Godwin, que ha pasado a la historia como filósofo, precursor y difusor de las ideas anarquistas, pero sobre todo por haber sido esposo y padre de estas dos mujeres llamadas Mary. Con estos antecedentes, con estos progenitores, no es extraño que Mary se adentrase en la narrativa, el ensayo, el teatro, la filosofía, la historia, o la biografía.

No en vano Mary creció, de la mano de su padre, escuchando a todo tipo de pensadores, filósofos, científicos, políticos, escritores. Unamos todos estos ingredientes en la coctelera del Lago de Ginebra, en aquel año sin verano, causado por el invierno volcánico que trajo consigo la erupción del Tambora, en la lejana Indonesia, que produjo cambio climático, pérdida de las cosechas, muerte de los animales y hambre generalizada en el hemisferio Norte.

La soberbia humana, la ciencia, la razón, enfrentadas al desencadenamiento descontrolado de las fuerzas de la naturaleza. El ser humano desafiante frente a un Dios que, lejos de morir, se convierte en espejo que nos devuelve la imagen del miedo que nos invade al comprobar las consecuencias monstruosas de nuestros actos. La ciencia frente a sus límites éticos y morales. La racionalidad, la razón, frente al terror que provoca el propio ser humano.

Aquella joven, que acudía al encuentro ginebrino con un hijo muerto y otro vivo, parecía llevar dentro de sí todas las preguntas que nos formularíamos mucho después, sobre el terror que puede emanar en un mundo de ciencia sin límites. El miedo que nos invade y atenaza en nuestros días, se encontraba ya en aquel primer libro de  ciencia ficción.

No fue fácil la vida de Mary, como si también el monstruo que creó, la persiguiese. Tres de sus cuatro hijos murieron. Su esposo, el poeta Percy B.Shelley murió joven, ahogado, al naufragar su velero en el golfo de La Spezia. Desde entonces dedicó su vida a difundir la obra de Percy, educar a su hijo y a escribir, escribir, escribir, aunque hasta fechas recientes sólo haya sido reconocida por su Frankenstein. Murió también joven, tras vivir sus últimos años aquejada por una larga enfermedad provocada por un tumor cerebral.

Supongo que si las fuerzas de la razón desencadenadas para transformar el mundo, se hubieran visto acompañadas desde el principio por el impulso de la libertad, la necesidad de la cooperación y ese valor de la compasión que Mary Shelley admiraba en las mujeres de su tiempo, nunca hubiéramos dado vida a los monstruos que nos han devorado durante todo el siglo XX y que, con renovada fuerza, atormentan nuestros sueños en el siglo presente.


Derecho a la dependencia

mayo 9, 2018

Corría el año 2006 y el gobierno de Zapatero conseguía aprobar en el Congreso (pese a las reticencias vergonzantes del PP) la que conocemos como Ley de Dependencia que, en realidad, se llamaba de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. No era una ley de tantas. Venía a cubrir una de las grandes carencias de nuestro sistema de servicios sociales con respecto a los países avanzados de la Unión Europea.

El propio nombre de la ley es toda una declaración de intenciones. Nacemos completamente dependientes y, a lo largo de toda nuestra existencia, vamos consiguiendo ganarnos la vida por nosotros mismos y la capacidad de gobernar nuestras propias decisiones. Pero esto no ocurre así siempre, ni en todos los momentos de nuestras andadura personal. Desgraciadamente la suficiencia económica y la autonomía personal, son derechos nominales, que están lejos de ser aplicados con carácter universal.

La protección por desempleo debería cumplir la misión de asegurar recursos a cuantas personas han perdido su puesto de trabajo. Un sistema de rentas mínimas, debería permitir que quienes carecen de recursos, pudieran obtener unos ingresos mínimos garantizados. Un sistema de pensiones públicas debería asegurar la suficiencia económica para quienes han culminado una vida laboral y abren las puertas a una nueva etapa de su vida, eso que se conoce hoy como la tercera edad y, antes, llamábamos la vejez.

Sin embargo, las carencias y recortes en las prestaciones por desempleo, con la justificación de la crisis económica, ha hecho que muchas personas desempleadas se hayan visto privadas de recursos para atender a sus necesidades y las de sus familias. Las rentas mínimas viven en la dispersión, con leyes autonómicas variadas y variopintas, pero sin el paraguas de una reglamentación estatal que armonice y establezca unos mínimos para toda la ciudadanía española.

Las pensiones públicas, aún con su carácter estatal, sufren el acoso de quienes pretenden deteriorarlas de tal manera que se justifique la entrada de la iniciativa privada en el reparto de los cuantiosos recursos que las empresas y los trabajadores depositan en la caja única de la Seguridad Social. Tan sólo las movilizaciones de pensionistas a lo largo y ancho de la geografía española, parece que pueden contribuir a cambiar algo en la lógica aplicada por el PP hasta este momento.

En cuanto a la Atención a las situaciones de dependencia, los análisis y valoraciones realizados con motivo del cumplimiento de sus diez primeros años de su aplicación, dejan bastante claro que fue una ley que nació sin financiación garantizada, lo cual ha permitido que los gobiernos del  PP hayan reducido sustancialmente los recursos anuales para las personas dependientes.

De otra parte se ha obligado al sistema de servicios sociales a centrar el grueso de su esfuerzo en la gestión administrativa de la dependencia, impidiendo un desarrollo integral de sus funciones y obstaculizando la superación del papel asistencial, que les venía asignado desde los negros tiempos del franquismo.

Otra de las carencias esenciales, me parece que tiene que ver con la inexistencia de una real articulación de lo social con lo sanitario. Pongamos un ejemplo, si una persona dependiente tiene que ser ingresada en un hospital, no existen cauces establecidos para intercomunicar la atención hospitalaria y poshospitalarial, con la teleasistencia, la ayuda a domicilio, o los propios servicios sociales. La coordinación de la atención sanitaria con la social, brilla por su ausencia.

La participación social y la evaluación son otras dos carencias a las que los análisis de la  ley hacen referencia. Son dos carencias generalizadas en la políticas públicas españolas, que también aparecen en este caso. El despotismo de los gobiernos de turno, que se sienten legitimados por la exclusiva fuerza de los votos que obtiene cada cuatro años, para hacer y deshacer a su antojo y las prácticas de inaugurar, reinaugurar y volver a colocar ceremiosamente cada piedra, sin pararse a medir nunca la eficacia, la eficiencia, o el grado de satisfacción de las personas, forman parte del panorama de la política española, sin que nadie se pare nunca a evaluar.

Los tiempos están cambiando. La crisis parece que ha cedido el paso a una lenta, desigual e inestable recuperación. Los recortes deben ceder su protagonismo a la inversión. Las personas reclaman su protagonismo y políticas que atiendan sus necesidades. Los males de la dependencia, deben encontrar remedio cuanto antes. Porque si grave es la racanería del gobierno con las pensiones, aún más grave es el abandono mezquino al que se somete a las personas dependientes, que han conseguido un nuevo derecho por ley, pero se ven obligadas a demostrar continuamente que son merecedoras de ese derecho.

Los derechos se reivindican  y un día se conquistan, no son regalos, ni se suplen con beneficencia. La dependencia es un derecho y no una concesión graciable que hay que mendigar. Es la dignidad de las personas lo que está en juego.


Cristina debe caer

mayo 3, 2018

Dicen que Cristina significa fiel seguidora de Cristo. La autoexigencia, el autocontrol, el trabajo duro y bien hecho, la responsabilidad, excelente compañera. Tradicional, pero de buen trato. Parecen ser algunas de las características que acompañan al nombre.

Siempre me pareció que Cristina Cifuentes era de ese tipo de persona. Los diputados y diputadas de la Asamblea de Madrid, donde ha hecho buena parte de su carrera política, nunca me hicieron comentarios que desacreditaran su actuación, lo cual hace suponer que hasta entre sus adversarios gozaba de cierto reconocimiento.

Sus estudios y su carrera profesional tampoco parece que tuvieran tacha alguna. Cuentan de ella que con poco más de 15 años ya estaba en las Nuevas Generaciones de Alianza Popular y se licenció en Derecho en la Universidad Complutense. Comenzó a trabajar como asesora del PP y pronto rellenó listas electorales, aunque sin posibilidad de salir elegida.

Con poco más de 25 años ya era funcionaria de Gestión universitaria en la Complutense y parecía que sus responsabilidades en el Claustro, el Consejo de Gobierno, el Consejo Social, la encaminaban hacia responsabilidades en la política educativa. Sobre todo teniendo en cuenta que pronto salió elegida como diputada del PP en la Asamblea de Madrid, donde permaneció durante veintidós años.

En la Asamblea ha hecho de todo como portavoz de su grupo en todo tipo de Comisiones y en el Partido ha asumido cuanto le han encomendado. Desde su cargo como diputada ha representado a su partido en Consejos de Administración como el de Telemadrid, o en Consejos y Comisiones de toda clase de instituciones.

Y llegó el cargo de Delegada del Gobierno. Fue dialogante a veces y dura durante muchas de las manifestaciones y las huelgas que los sindicatos, en plena crisis, nos vimos obligados a convocar. No más dura que otras y otros Delegados del Gobierno. Tan dialogante como otros y otras que lo fueron antes que ella. Siempre me pareció más gallardonista que aguirrista. Son matices, pero los matices importan mucho a veces.

El accidente de moto en plena Castellana pareció cambiar su forma de ver y de entender la vida. Algo que parece que ocurre cuando nos vemos de cara ante la muerte. No dejó de ser fiel a su nombre, pero pareció que algo había cambiado en ella. Por lo menos eso decían. Yo ya no me ocupaba de asuntos madrileños por aquella época.

Sin duda, tras ser elegida como presidenta de la Comunidad de Madrid, después del fiasco de Ignacio González, con sus áticos, sus negocios y sus tramas, Cristina se consolidaba como un valor en alza, llamada tal vez a sustituir a un Mariano Rajoy quemado que va abrasando a todos aquellos con los (y con las) que se relaciona.

Cifuentes tiene una sólida carrera política. Si en el mundo universitario existiera lo que en el mundo del trabajo se conoce como reconocimiento de la experiencia laboral, Cristina podría tener bastantes másteres sin cursar una sola hora de estudio universitario.

Además, como ha dicho recientemente Gabilondo, hay quienes valoran excesivamente un título y lo sitúan por encima de la experiencia y del conocimiento, Lo cual viene a significar que hay analfabetos con título y sabios sin titulación alguna, pero con amplia experiencia, conocimiento y capacidad de discernir.

No entiendo qué le ha pasado a Cristina. Es verdad que están pasando cosas que antes no pasaban. Probablemente un amigote de esos tan listos, un tipo bien relacionado en la universidad pública más afín al PP, le dijo que podía tener un título de máster. Que a  lo mejor hasta sin ir por clase se lo podían dar y que ella lo valía y que  bien merecido se lo tenía.

Lo cierto es que la hoy Presidenta se equivocó y, salvo sorpresas mayúsculas, no cursó el máster, aunque sí obtuvo el título, dejando el expediente plagado de notas reconstruidas, firmas falsas y sospechas de espacios enteros en una Universidad Pública dónde las irregularidades forman parte del paisaje de lo cotidiano.

Por eso Cristina está reprobada y censurada, o ha dimitido ya, aunque ella no lo sepa. Puede que este artículo sea publicado cuando estas cosas sean ya un hecho. Además, cuanto más tarde en hacerlo, más casos como el de ella seguirán apareciendo. Y parece que todo apunta a que son muchos los políticos y políticas, por toda España, que han falsificado, maquillado, perfeccionado, embellecido, sus expedientes académicos.

Ya dijo Mary Reanult, en su excelente novela sobre Teseo, el del Minotauro, que El Rey debe morir. Su cuerpo será troceado y esparcido por el campo, para que la cosecha sea buena y para que su muerte conjure la de todos los demás. Y Rajoy, cual buen minoico, es experto en dejar morir en el mejor momento. En estos tiempos de igualdad, reyes y reinas se turnan en el triste destino. Cristina no ha sido la primera, pero ha llegado su turno. Y ella lo sabe.