Un otoño calentito

septiembre 5, 2017

Antes del euro, cuando nos embarcábamos en una crisis, la economía española aplicaba, casi invariablemente las mismas recetas. Primero las empresas dejaban de invertir. Si no había pedidos a la vista, dejaban de renovar maquinaria, medios de producción, publicidad y otras inversiones.

Luego, recortaban el empleo, con la ayuda del gobierno de turno, siguiendo la tendencia facilona de impulsar reformas laborales para corregir las “rigideces” del mercado de trabajo. Una cantinela a la que gobierno y empresariado se han acostumbrado, con el resultado de inventar, cada cierto tiempo, nuevas reformas laborales que facilitan despidos, promueven el fraude y expanden la precariedad y la temporalidad.

Una economía como la española, que se caracteriza por actividades poco especializadas e innovadoras, hace que los trabajadores sean fácilmente sustituibles, con lo cual es muy sencillo cambiar a unas personas por otras, con el resultado de una abultada rotación laboral.

Al aumentar el paro, se producía un crecimiento del gasto público en protección por desempleo, pero más pronto que tarde, los gobiernos han recurrido invariablemente a recortes en este gasto a base de endurecer las condiciones de acceso y permanencia y recortando las prestaciones.

También el Banco de España se dedicaba a fabricar pesetas, lo cual terminaba por provocar inflación y subidas de precios que afectaban a nuestras exportaciones y perjudicaban a las personas con salarios y rentas más bajos. Otra posibilidad era devaluar la moneda, lo cual mejoraba nuestras expectativas en turismo y contenía las importaciones, aunque algunas de ellas, como el petróleo y sus derivados no podían reducirse mucho y se encarecían. Lo mismo ocurría con otros bienes producidos por corporaciones extranjeras que tenían que ser importados sí o sí, tales como bienes tecnológicos o de equipo.

Por el contrario, la devaluación reducía el valor nominal de la riqueza del país. Los terrenos, las viviendas, las propias empresas resultaban más baratos y eso animaba la inversión extranjera. Como vemos, un puñado de medidas que había que aplicar con mucho tiento para no desequilibrar aún más la situación económica traída por la crisis. Tarde o temprano la crisis cedía y la economía española volvía a crear empleo abundante y buenos beneficios. Volvíamos a la fiesta.

Esta forma de abordar las crisis se vio profundamente modificada con la llegada del euro. El Banco de España ya no podía recurrir a fabricar dinero, prestarlo, o devaluar la moneda. Ahora es Europa la que decide quién y cómo salimos de la crisis. Lo hemos podido comprobar con la primera gran crisis tras la llegada del euro.

Tras un primer momento en el que Europa siguió el modelo keynesiano de aumentar el gasto público (momento que coincide con la etapa Zapatero en España), a partir de 2011 se imponen las políticas de austeridad, que intentan recortar el gasto público, evitar que los países ricos paguen la crisis y procurar que sean los países del Sur e Irlanda, los que asuman el coste mayor de reparar los daños causados con sus alegres políticas de endeudamiento especulativo de alto riesgo.

La verdad es que, al final, a base de ignorar que uno de los efectos de la moneda única en Europa es que todos compartimos los riesgos, los países del Norte se han condenado a sí mismos a la deflación y la disminución de la demanda. La austeridad comienzan a pagarla los países del Sur y terminan pagándola los del Norte a base de estancamiento económico y del aumento de la presión migratoria de ciudadanas y ciudadanos del Sur y el Este que buscan mejores oportunidades de empleo y de vida.

Otra consecuencia no deseada, ni prevista, ha sido la desconfianza de la ciudadanía del Norte, del Sur, del Este y del Oeste británico, en la capacidad de sus gobernantes para liderar una recuperación económica justa y equilibrada. El surgimiento de movimientos populistas, el propio Brexit, son consecuencias de esa incapacidad de salir de la crisis reforzando el proyecto europeo.

Así las cosas, nuestros gobernantes y una clase empresarial que no ha cambiado sus vicios tradicionales, a falta de posibilidad de aplicar las recetas tradicionales, ha decidido aumentar la presión en la aplicación de aquellas otras que aún dependían de nosotros mismos: devaluar los salarios, facilitar los despidos, aplicar recortes y ajusten en las políticas públicas que garantizan la cohesión de nuestra sociedad.

De eso van las reformas laborales del PP que han precarizado el empleo y recortado la protección por desempleo, las negativas empresariales a alcanzar acuerdos de negociación colectiva que aseguren la recuperación de los salarios y los recortes en sanidad, educación, dependencia, o la preparación de argumentos que justifiquen la reforma de las pensiones.

Ocurre, en estos momentos, que sin abandonar la crisis, vamos superando la recesión. Los beneficios empresariales aumentan. Pero son demasiadas las personas que han abandonado la esperanza de encontrar un empleo y quienes lo encuentran lo hacen en condiciones inaceptables de estabilidad y salario digno.

El Gobierno del PP y la CEOE-CEPYME deberían entender que, si duros son los momentos de crisis económica, la salida de las recesiones se convierten en fuente de conflictos si no se realizan de forma justa y equilibrada. La clase trabajadora, sus sindicatos, han intentado contener durante estos años los efectos más dañinos de la crisis y que los mismos no afectasen a su capacidad organizativa.

Ahora, cuando hemos superado lo peor de la crisis, la actividad económica se recupera y los beneficios económicos vuelven a aparecer, esos mismos sindicatos se preparan para reivindicar que esa recuperación alcance a quienes han soportado lo más duro de la crisis, en forma de empleo, derechos, salarios, condiciones laborales, e inversiones sociales

Se puede hacer negociando un reparto justo de la riqueza que comienza a generarse, o se puede obligar a las organizaciones sindicales a impulsar  procesos de movilización para conseguirlo. No hay mucho más que decidir. Y conociendo al actual gobierno del PP y nuestra clase empresarial, mayoritariamente anclada en el pasado, no es extraño que desde UGT y CCOO se vaya anunciando y preparando un otoño calentito.

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Un amigo llamado Andrés Ocaña Rabadán

junio 6, 2017

El problema de internet es que ahí está casi todo. Sin embargo nuestra capacidad es limitada y las cosas importantes pueden pasarnos desapercibidas, o simplemente puede pasar que no encontremos el camino para descubrirlas. Eso me ha ocurrido con la noticia sobre Andrés Ocaña Rabadán, el que fuera alcalde de Córdoba, fallecido en el mes de marzo. Una noticia que ha tenido mucha repercusión en los medios locales de Córdoba, y en las ediciones andaluzas de algunos grandes periódicos y agencias, pero muy poca en medios nacionales.

Me he entregado a la lectura de noticias sobre obituarios, biografías, reconocimientos, homenajes, minutos de silencio, banderas a media asta, funeral, presencias, declaraciones e intervenciones de la Alcaldesa de Córdoba, Julio Anguita, Rosa Aguilar y hasta del canónigo de la catedral, Fernando Cruz-Conde, quien reconoció su amistad y el hecho de “dejar como legado un ejemplo de concordia, de reconciliación y de paz, cuando hoy algunos quieren resucitar viejos odios y rencores”, para concluir que “Andrés trabajó por un mundo más justo”.

No conozco casi nada sobre esta etapa de la vida de Andrés Ocaña. Hace casi 35 años que le conocí y sólo pude compartir con él un curso escolar, en un lugar y en un momento que nadie menciona en su biografía. Luego, tan sólo creo haberle visto en un par de ocasiones y recuerdo que mantuve con él una correspondencia epistolar intensa, cuando aún no existía internet. De todos es sabido que, cuando la red se introduce en nuestras vidas, las conexiones intranscendentes tienden a ocuparlo todo, a multiplicarse de forma proporcional al abandono de las relaciones necesarias, que terminan siendo soterradas por tanto escombro innecesario.

Sin embargo, siempre he tenido la sensación de que con Andrés podría retomar en cualquier momento una conversación allí donde la hubiéramos dejado, gracias a la ley de la relatividad de la amistad, que curva el tiempo, en función de la intensidad de la vida compartida. Una ley no demostrada, pero que se cumple indefectiblemente con determinadas personas. Muy pocas en la vida, es cierto.

Esa conversación no podrá ser ya retomada, o tal vez sí. En cualquier caso vuelve a cumplirse otra de las leyes de la vida, en este caso formulada por Paul Bowles: “Debido a que no sabemos cuándo moriremos, pensamos en la vida como un pozo inagotable. Sin embargo, todo pasa sólo un cierto número de veces y, en realidad, muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás una tarde de la niñez, una tarde que se volvió una parte tan profunda de tu ser, que no concibes la vida sin ella? Tal vez cuatro o cinco veces más. Tal vez ni siquiera eso. ¿Cuántas veces más verás salir la luna llena? Tal vez veinte. Sin embargo, todo parece ilimitado”.

Era el mes de septiembre de 1982. Andrés y yo tomábamos posesión como maestros en el colegio Reina Sofía de Ubrique (Cádiz). El venía de Córdoba para asumir su primer destino definitivo. Yo venía de Madrid. El tenía un hijo pequeño, menudo, risueño, al que habían llamado Alvaro. Yo iba a tener mi primera hija, que terminó naciendo en febrero del año siguiente, en el hospital de Ronda (Málaga), a la que llamamos Inés.

Andrés creo recordar que venía del MC (Movimiento Comunista) y yo venía de la CNT y acababa de afiliarme al PCE. Andrés militaba sindicalmente en USTEA, un sindicato profesional y progresista de la enseñanza y yo iba camino de pedir mi primer carnet de CCOO, precisamente en el pequeño local ubriqueño de CCOO de Andalucía.

Nada más llegar, contacté con Pepe Solano, cuyo nombre completo era José García Solano,  el responsable del PCA en Ubrique y me vi embarcado en la organización de la campaña de las Elecciones Generales de Octubre del 82, aquellas que trajeron un gobierno socialista y produjo la debacle de la UCD y del Partido Comunista, conducido aún por Santiago Carrillo. Aquello  abrió  una crisis interna que terminó produciendo la escisión del carrillismo y, tras el Referendum de la OTAN y múltiples ensayos de convergencias, al surgimiento de Izquierda Unida.

Pero esto no había llegado aún y, allí, en Cádiz, donde Rafael Alberti había sido diputado, cediendo luego su escaño al líder campesino Francisco Cabral, el Partido presentaba a José Luis Núñez, El Patri, uno de los abogados antifranquistas más conocidos del Partido, como cunero. La suerte estaba echada y, pese a las pegadas de carteles, actos, repartos de propaganda, etc., el revolcón fue monumental.

Hablamos mucho Andrés y yo de aquel fracaso. A fin de cuentas éramos forasteros y compartíamos inquietudes políticas, educativas, generación, ratos libres y circunstancias familiares. Así comenzó Andrés a acercarse al Partido. Yo diría que más que al Partido a las gentes del Partido. Pepe Solano, Pepe Rivas, Pepe Muñoz. Esas gentes que se ganaban la vida  fabricando petacas, carteras, bolsos, manualmente, en casa, ayudados por las tardes por sus hijos, encargados de dar cola al cuero. O en la construcción, o en el campo, o en el mejor de los casos, trabajando en una caja de ahorros.

Andrés podría haber sido uno de aquellos maestros de la Segunda República. Preparaba meticulosamente sus clases. Daba largos paseos. Dibujaba mapas del pueblo y de la Serranía de Ubrique, con los que luego trabajaba con sus alumnos. Se interesaba por su vida y por la de sus familias. Investigaba sobre la historia del pueblo y lo descubierto lo ponía a disposición de quienes asistían a sus clases. Esas cosas, maneras, formas y actitudes que el magisterio de la transición intentaba recuperar de sus predecesores republicanos. Desconfiaba de la burocracia que comenzaba a imperar en el sistema educativo, intentando medir, uno a uno los objetivos y obligando al profesorado a rellenar interminables formularios.

Pasaron los meses, pasó la primera gran huelga de defensa del trabajo de los petaqueros y sus familias. La impresionante manifestación nocturna que convocó a todo el pueblo en defensa de la dignidad de la industria. El invento de la marca Ubrique, que aún hoy figura en cada producto fabricado allí. Y llegó el tiempo de las elecciones municipales del 83.

Comenzamos a elaborar programas electorales, convocando asambleas ciudadanas para ver qué necesitaba el pueblo. Educación, por supuesto, pero también urbanismo, vivienda, salud, servicios sociales, transportes, medio ambiente. Éramos maestros. De todo sabíamos un poco, aunque no fuéramos expertos. Y lo que no se sabe se aprende, o se pregunta a quien sabe. Imprimíamos los programas en una multicopista vieja que se atascaba constantemente y los encuadernábamos a mano. Alquilamos un pequeño local en el barrio del Carril, en lo más alto del pueblo. Organizamos asambleas barrio a barrio, plaza a plaza, en colegios, en locales municipales. A golpe de megafonía instalada en un viejo coche. Inundando las callejuelas de canciones de Carlos Cano.

A Andrés y a mí nos propusieron encabezar las listas, pero los dos sabíamos que estábamos allí de paso. El volvería pronto a Córdoba y yo a mis barrios del Sur de Madrid. Allí quedarían los Pepes, sus mujeres, sus hijos e hijas y otros tantos. Los verdaderos protagonistas de la historia del pueblo. Nosotros podíamos echar una mano, escribir, hablar, organizar actos, pero ellos debían ser quienes jugaran el partido que se avecinaba.

El PCA, que había sacado poco más de 400 votos en las elecciones generales, duplicó sus resultados en estas municipales, celebradas pocos meses después. Pasamos de uno a dos concejales, que sumados al tirón del PSOE, permitieron un cambio de gobierno, con un alcalde socialista, gobernando con dos concejales comunistas.

Ahora, cuando soporto durante días el peso de la noticia del fallecimiento de Andrés, sin que se me vaya de la cabeza, sabiendo que su muerte, o mi supervivencia, son sólo una cuestión de azar. Ahora, me pregunto cuánto de aquellos días siguió vivo en Andrés y en mí. Cuánto de aquellas gentes retuvimos dentro de nosotros, para que Andrés se comprometiera en la política municipal y llegase a ocupar la alcaldía de Córdoba, en los mismos años en que yo me adentraba en la tarea de dirigir las CCOO de Madrid.

Leo y releo sobre sus andanzas, sus batallas, sus derrotas, sus momentos duros, los reconocimientos y pienso que Andrés, como casi todos nosotros, como yo mismo, siguió siendo aquel joven maestro, republicano, de izquierdas, padre de un niño llamado Alvarito, comprometido con quienes más lo necesitaban. Pienso que fue eso lo que le permitió seguir cumpliendo años siendo el mismo hombre honesto y lo que le hizo enfrentarse a aquel corrupto que, harto de no poder comprarle con maletines llenos de dinero, decidió crear un partido para combatirle abiertamente. Conozco más amigos alcaldes que han seguido su misma suerte en Villaviciosa o en Seseña. Los Sandokanes y los Poceros eran sólo variantes del mismo tronco podrido que ha dado sus peores frutos en España.

Y lo pienso así porque, cuando miro las fotos que aparecen en los obituarios de este profesor de tan sólo 62 años, mi amigo Andrés Ocaña Rabadán, sigo reconociendo su sonrisa limpia y esa mirada que juzga , a quien mira, con un punto de ironía, con  firmeza, pero con todo el afecto de un buen maestro. Tenía pendiente con él una conversación que ya no podrá ser, o tal vez sí. En un mundo más justo.

Francisco Javier López Martín

Secretario de Formación CCOO

 


HÁBLALES DE NUESTRA GENTE

marzo 16, 2016

pedro patiño

Vivimos un tiempo intenso y apasionante. Semanas en las que hemos podido ver los efectos inesperados e imprevisibles de una votación de investidura fallida, en el Congreso de los Diputados, en la que un candidato de la izquierda ha sido apoyado por una fuerza política de la derecha, mientras que ha obtenido el voto en contra de otras fuerzas políticas de la derecha nacional, de la derecha nacionalista y del resto de la izquierda.

Visto desde otro país, la situación bien pudiera parecer incomprensible y entre los habitantes de la “contorna”, los que vivimos en este lugar llamado España, tampoco se termina de entender bien qué está pasando, para que no haya manera de montar el puzzle del voto de la ciudadanía española, para conseguir la constitución de un gobierno.

Hemos conmemorado, un año más el 8 de marzo, comprobando de nuevo, de forma machacona y contundente, que la desigualdad, la discriminación, la violencia, siguen instaladas en nuestra sociedad, como en un empeño suicida de demostrar que España continúa siendo diferente y perfectamente capaz de seguir aburriendo a la Historia.

Venimos de una semana en la que hemos conmemorado el 12 aniversario de los atentados del 11-M, el más terrible golpe vivido por Europa, con 193 personas muertas y más de 1000 heridas.  Durante años, esos brutales atentados han sido utilizados por la pertinaz derecha cavernaria para dividir España y a las víctimas del terror. Es muy buena noticia que todas las víctimas y las instituciones hayan decidido acudir unidos al recuerdo, al homenaje y a la voluntad de fortalecer la libertad, la democracia y el combate contra el horror. Y, sin haber acabado el domingo, una nueva noticia, de un atentado con coche bomba en el centro de Ankara, con al menos 34 muertes y cientos de personas heridas.

Las imágenes de miles de personas, esperando ser acogidas como refugiadas en Europa, mientras duermen en barrizales y mueren en las aguas del Mediterráneo, no dejan de aparecer en las pantallas, seguidas de otras en las que los mandatarios europeos buscan no importa qué tipo de soluciones, con tal de evitar el estricto cumplimiento de la Declaración de Derechos Humanos, aún a costa de pagos y concesiones a terceros países para que hagan el “trabajo sucio”. Tampoco importa el cómo.

En días como éstos, que se repiten semana tras semana, siento la tentación de justificar a aquellos que quieren a sus hijos e hijas lejos de tanta brutalidad y miseria humana. Aquellos que intentan rodearlos de un ambiente de seguridad, lo más lejos posible del contacto con ésta realidad, que ni nosotros mismos somos capaces de entender.

Es sólo una tentación pasajera, porque muy pronto me doy cuenta de que esa opción no existe y, aún cuando fuera viable por un tiempo, sus consecuencias pueden ser aún  peores que aceptar una realidad, por dura que esta sea. Se puede intentar jugar con un niño al trágico juego de La vida es bella, pero es difícil pensar en una versión, tan siquiera de dimensión europea, de la famosa película.

Además, la infancia es pasajera y elegir el momento en el que corremos la cortina, la edad en la que perdemos la inocencia, no sería tarea fácil. Puede que sea incluso empeño imposible. Puede que sea una imposibilidad buscada y premeditada. La infancia de por vida. Toda una vida en la infancia. Morir en el País de Nunca Jamás. Aceptar el mundo como nos lo anuncian, consumir el mundo como nos lo venden. Renunciar a ir creciendo, a adquirir paulatinamente el principio de la realidad. Ser siempre un niño pendiente de sus chuches. El consumidor ideal y perfecto.

No creo que sea un trauma, sino todo lo contrario, que nuestros hijos e hijas oigan a sus padres hablar libremente de su vida y de su historia. Creo que es bueno dejarles participar y opinar sobre aquellas cosas que nos preocupan, que son importantes para nosotros y por las que creemos que merece la pena interesarse, que deben ser defendidas, por las que hay que luchar y comprometerse.

Fui a los toros, en el pueblo, con mis padres. Mi padre me subía al entarimado donde se situaba la banda de música, en una plaza formada por carros. También asistí a algún partido de futbol con mis tíos, muy del Atleti ellos. No he desarrollado, con el paso de los años, una gran afición por los toros, ni por el futbol. Me he hartado de jugar a indios y vaqueros, siguiendo las abundantes películas del oeste y tampoco hoy comparto ideas que supongan la desaparición de las poblaciones indígenas.

Veo a muchos de nuestros hijos e hijas conectados por internet con otros niños y niñas que se hartan de matar zombis, o participar en batallas tremendamente cruentas. También construyen y diseñan complejos poblados, muchas veces con fines y objetivos defensivos, o de conquista de territorios. No creo que en el futuro sean necesariamente arquitectos, asesinos a sueldo, o mercenarios. Al menos si son capaces de leer, interpretar, construir la realidad.

En todo caso, me parece mucho más peligroso que les dejemos, sin control alguno, tomar contacto con esa realidad virtual desvirtualizada, sin hablarles de cosas como que, hace casi 80 años, en aquel invierno de 1939, la región francesa de los Pirineos Orientales, con una población de unos 230.000 habitantes, acogió a más de 350.000 españoles, soldados, ancianos, mujeres, niños, que huían de una cruenta guerra civil, que se había prolongado durante casi tres insufribles años.

Muchos de aquellos refugiados acabaron en campos de concentración, como el de Argelès-sur-Mer. No me parece peligroso contarle a mis hijas, a mi hijo, que uno de aquellos refugiados era, probablemente, su bisabuelo, que partió con 42 años a defender la República de los ataques golpistas del fascismo y que nunca volvió. Su pista se perdió, precisamente, en alguno de aquellos campos, o en la misma frontera cerrada durante mucho tiempo a cal y canto.

Tal vez muriera en los primeros bombardeos de la Guerra Mundial, o deportado en algún campo de concentración nazi, vendido por el gobierno de Vichy, o como consecuencia de las heridas sufridas. Tal vez puedan entender mejor lo que está ocurriendo hoy en las fronteras de Europa.

No me parece especialmente traumático hablarles de los hombres y mujeres, de aquellos trabajadores y trabajadoras que intentaban vivir en libertad y con derechos sociales y laborales, en la negra dictadura que asoló España durante cuarenta años. Se organizaban como buenamente podían en las CCOO y caían una y otra vez en manos de la policía. Los juzgaban en tribunales especiales llamados de Orden Público, los condenaban a décadas de prisión, a cadenas perpetuas, a penas de muerte.

Hablarles de algunos de ellos, como aquellos 10 de Carabanchel, la cúpula de las ilegales CCOO, que fueron detenidos el 24 de junio de 1972, mientras estaban reunidos en un convento y que fueron juzgados en el denominado Proceso 1001. Tuvieron la mala suerte de que el juicio comenzó el 20 de diciembre de 1973, precisamente el día en el que los terroristas de ETA habían decidido asesinar al Presidente del Gobierno de la dictadura franquista, el Almirante Carrero Blanco. Por eso, el mayor de ellos, llamado Marcelino y sus otros nueve compañeros, fueron condenados a largas penas de prisión. Algunos de ellos viven aún y pueden contar su historia.

Y hablarles de cómo, cuando ya el dictador había muerto y la dictadura estaba a punto de seguirle a la tumba. En ese momento difícil, en el que todavía no había nacido la democracia, un grupo de terroristas franquistas dieron muerte a unos jóvenes abogados, que trabajaban cada día en la defensa de la clase trabajadora y las asociaciones vecinales de Madrid. Aún muchos y muchas de esa raza de abogados siguen defendiendo a la gente. Una de esas abogadas, llamada Manuela, ha llegado a ser elegida alcaldesa de Madrid.

Tal vez puedan entender, a lo peor no hoy mismo, pero cualquier otro día de su futuro, que la democracia y la libertad no son un regalo, que hay que defenderlas cada día. Que no se pueden permitir retrocesos en los derechos de los más débiles, mientras los poderosos aumentan su riqueza y las desigualdades crecen de forma imparable.

Tal vez entiendan que no basta indignarse. Que hay que estudiar, formarse, tener una profesión en la que sean buenos, organizarse y trabajar cada día. Que el trabajo bien hecho es un valor que no abunda en España, pero que es muy necesario. Que hay que ejercer el derecho a protestar, a manifestarse, a hacer huelga. Que en la vida hay conflictos y que hay que resolverlos con movilización democrática y negociación.

Creo que hay que hablarles y permitirles que conozcan a los 8 de Airbus, un puñado de los muchos trabajadores y trabajadoras que aún esperan una sentencia en España por haber participado en una huelga. Y a los dirigentes sindicales de Coca-Cola, que sufren el poder absoluto de una multinacional acostumbrada a doblegar gobiernos y tribunales. Una todopoderosa corporación que en España despide trabajadores. En la India roba las aguas escasas. En América Latina es una fuerza de terror organizado contra indígenas y sindicalistas que van cayendo asesinados.

Y que hay mineros como los de Aguablanca, en las fronteras de Badajoz, Huelva y Sevilla, que siguen luchando por su empleo y vienen a Madrid a ver a un Ministro para defenderlo, aunque les den con la puerta en las narices. Y que no todo son derrotas, si hay unidad y movilización. Que la unidad y la movilización, sobre todo la de las conciencias, son ya un gran triunfo. Y que para unir a la gente, para conseguir que se sientan parte importante y actores de su futuro, hay que hablar, negociar y volver a hablar y negociar y, cuando ya estés harto, cansado y creas que todo se derrumba… volver a hablar y sentarse a negociar.

No tengas miedo de que te acompañen a alguna concentración en defensa de los refugiados y los derechos humanos. No tengas miedo de que oigan hablar a la gente que sufre, a los parias de la tierra, a quienes se ganan duramente el salario de cada día. Que aprendan a reír con ellos y a compartir sus lágrimas. No tengas miedo, porque esas risas y esas lágrimas les harán sencillos, libres, fuertes. Dueños de su destino, capitanes de su alma.

Háblales de nuestra gente, de las personas de ayer y de hoy que trabajaron por la justicia social,  por los derechos que nos hacen libres e iguales, compasivos, solidarios. Háblales de que esas personas nos hicieron mejores, más decentes, más dignos. Que no los olviden. Que sientan orgullo de pertenecer a esa gente por la que ellos lucharon.

Son niños y niñas, pero no son tontos. Entienden estas cosas perfectamente. Tal vez mejor que nosotras y nosotros, porque no se encuentran mediatizados por tantas experiencias negativas, decepciones, mezquindades, como las que hemos tenido que padecer.

Son niños y niñas, pero es su derecho ir adquiriendo el principio de realidad. Su realidad no será la nuestra. Ellos formarán su propio criterio. Huirán de la Historia Oficial escrita por los cronistas oficiales y construirán su propia historia hecha de muchas pequeñas historias. Nuestra voz será una más entre otras muchas voces. Llegará un momento en que nos critiquen, porque no somos perfectos. Luego, más tarde, intentarán entendernos. Serán ellos, no serán una copia 3D de nosotros mismos. Pero en ellos podremos reconocernos y, cuando ya no estemos, ellos podrán reconocernos en nuestra gente. Háblales de nuestra gente. Háblales de nuestra gente.

Francisco Javier López Martín

 


COMO SI FUERAMOS ABOGADOS DE ATOCHA

enero 21, 2015

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Miro esa foto en la que Enrique Lillo, abogado de CCOO, sale de los tribunales arropado por cientos de trabajadores y trabajadoras de Coca-Cola. Han ganado una sentencia que exige a la multinacional recolocar a quienes han sido ilegalmente despedidos y han obtenido, de nuevo, el reconocimiento judicial de que la multinacional tiene la obligación de ejecutar la sentencia.
Cuando las personas ven reconocidos sus derechos su alegría es clara, abierta, transparente. Se sienten parte de un grupo humano (los espartanos, han decidido llamarse, los espartaquistas, quiero llamarles yo), capaz de imponerse a las decisiones injustas del dinero y del poder.
Se sienten parte de una maquinaria de solidaridad, en la que los trabajadores y sus familias, los defensores del derecho, el resto de trabajadores organizados en el sindicato, son capaces de vencer los designios de esos endiosados altos ejecutivos, que se sostienen por la complicidad del poder político, y por la compra de voluntades de unos medios de comunicación, obligados a sobrevivir con sus ingresos publicitarios.
No se entiende, de lo contrario, cómo es posible este atronador silencio de cadenas, públicas y privadas, periódicos, tertulianos de todos los colores, ante una empresa que incumple sentencias, mientras hablan, sin empacho alguno y cada día, de corrupciones, corruptelas y corruptos.
Dicen que las CCOO cuentan con los mejores abogados laboralistas de España. De esos que estudian y pelean cada caso, sin darlo nunca por perdido. De esos que no te engañan con falsas promesas y con los que sabes, en todo momento, qué te estás jugando. Tenemos abogados como Enrique Lillo, Antonio García, las Evas del Gabinete Confederal. Tenemos una cantera de abogados y abogadas que han extendido su presencia y la influencia del laboralismo, a la judicatura, como en el caso de Manuela Carmena; en despachos propios, como Cristina Almeida; o a las universidades, de la mano de otros, como Antonio Baylos, Collado, Aparicio. Tenemos cientos de personas que en cada sede de CCOO, asesoran y defienden a los trabajadores y trabajadoras.
Para quienes creen que las cosas son lo que son por una especie de gracia divina y que lo que hoy tenemos es un regalo, conviene recordar que esta raza de laboralistas no surgió por generación espontánea. Se forjaron en las luchas de los barrios y las fábricas, defendiendo a los trabajadores y la ciudadanía, cuando los derechos aún no existían, porque la esencia de aquella dictadura, la esencia de cualquier dictadura, consiste en la vulneración sistemática y programada de los derechos más elementales.
El 24 de Enero se cumplen 38 años del asesinato de los Abogados de Atocha. Nueve abogados reunidos en la calle de Atocha, número 55, repasando los casos en los que trabajaban, vinculados al incipiente movimiento vecinal, que brotaba con pujanza en los barrios. Eran ellos, entre otros cientos, por toda España. Eran ellos, allí, aquel día, porque habían intercambiado la sala con otro grupo de abogadas y abogados, que en ese mismo momento se encontraban reunidos en un piso situado pocas decenas de metros más abajo, en la misma calle.
Todas y todos, habían ido surgiendo al calor del primer despacho laboralista que abrió en Madrid María Luisa Suárez, junto a Antonio Montesinos, José Jiménez de Parga, Pepe Esteban. Los abogados jóvenes que salían de la Facultad de Derecho, desembarcaban en este despacho y terminaban creando los suyos propios, movidos todos ellos por el mismo deseo de libertad y defensa de los derechos.
Por eso recordar cada año a los de Atocha, es mucho más que rendir homenaje a los abogados asesinados por una dictadura ya sin dictador. Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado, Angel Rodríguez Leal. Heridos para siempre quedaron Dolores González Ruiz (mujer de Francisco Javier Sauquillo, que se encontraba embarazada y perdió a su hijo), Luis Ramos, Miguel Sarabia y el hoy Presidente de la Fundación Abogados de Atocha, Alejandro Ruiz-Huerta.
Recordar cada año a los Abogados de Atocha, es también rendir homenaje a cuantos les precedieron, a cuantos compartieron su lucha y su trabajo, a cuantos vinieron después de ellos y, con empeño indomable, han defendido, durante todos estos años, a la clase trabajadora y a la ciudadanía. Aquí y en cualquier lugar del mundo.
Es, cada año, en el nombre de los de atocha, reconocer el trabajo de cuantos defienden los derechos, la libertad, la convivencia democrática. A quienes lo hicieron en el pasado y a cuantos lo siguen haciendo ahora. Este año los premiados son la jueza argentina María Servini, por toda una vida dedicada a la justicia en Argentina y a la justicia universal, por la causa abierta contra los crímenes y torturas del franquismo.
Y junto a este premio, un reconocimiento a los actores y actrices que protagonizaron la primera huelga en defensa de reivindicaciones tan esenciales (me atrevo a decir que, desgraciadamente, tan modernas), como un salario mínimo, o como no trabajar los siete días de la semana, con dos representaciones diarias. Juan Diego y Concha Velasco, recogerán este reconocimiento, en nombre de todos aquellos actores y actrices que plantaron cara a la opresión, en plena noche del franquismo.
Hoy, cuando hay quienes niegan que la clase trabajadora tan siquiera exista, cuando parece que es necesario a todas horas demostrar lo evidente, es de agradecer que haya quienes siguen luchando “como si fueran clase trabajadora”, quienes siguen peleando por su empleo, acampados a la puerta de la fábrica de la multinacional Coca-Cola, en Fuenlabrada.
Es de agradecer que, contra viento y marea, haya quienes se siguen organizando “como si fueran sindicalistas” y quienes luchan por nuestra libertad y nuestros derechos, “como si fueran abogados y abogadas laboralistas en Atocha”.
Francisco Javier López Martín


EL CASO KATIANA, O LA DOCTRINA COCA-COLA

octubre 6, 2014

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Hemos tenido ocasión este año de repasar una página casi olvidada de la historia de España. Aquellos momentos en los que ser sindicalista de las ilegales CCOO daba origen a largos procesamientos y duras penas de cárcel. A finales de 2013, se cumplieron 40 años del inicio del juicio por el Proceso 1001. Hasta 9.000 sindicalistas de CCOO pasaron por los Tribunales de Orden Público de la dictadura, pero el caso que tuvo más transcendencia nacional e internacional fue el de los Diez de Carabanchel, que formaban parte de la dirección de las CCOO y fueron detenidos en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón, mientras mantenían una reunión clandestina de la dirección de las CCOO. Sus condenas superaron los 162 años de cárcel. Lee el resto de esta entrada »


GAMONAL, DE QUÉ ME SUENA GAMONAL

enero 27, 2014

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El conflicto vivido por el barrio de Gamonal en Burgos ha reabierto un debate interesado sobre la violencia que pretende, una vez más, desviar la atención sobre la preocupante situación social que ha generado la crisis económica en nuestro país, para poner el acento en la violencia con la que se enfrenta un poder ejecutivo legitimado por lar urnas para gobernar el país durante cuatro años.

Deberían causar estupor esas reflexiones de los tertulianos de turno que insisten, da igual de lo que estemos hablando, en reclamar la completa legitimidad del partido elegido para gobernar España, una Comunidad Autónoma, un Ayuntamiento, para hacer cuanto quiera, durante ese periodo de tiempo, sin obligación alguna de escuchar la opinión de los gobernados, culpando a la violencia cuando esos gobernantes se ven obligados a cambiar una decisión legal y legítima.

Sin embargo, llama profundamente la atención que una visión tan inconstitucional y antidemocrática, tenga su audiencia y adquiera apariencia de veracidad y credibilidad para una parte importante del electorado de la derecha española.

Para abordar este debate convendría tomar en cuenta unas consideraciones. La primera de ellas tiene que ver con aquellos actos que consideramos violencia. Tirar una piedra contra la luna de un banco es un acto violento, ciertamente, que produce un daño material y que explicita una amenaza contra quienes se supone que detentan el poder económico en este país, causa y origen de una burbuja inmobiliaria y financiera que ha devorado España en los últimos cinco años.

Utilizar una entidad financiera como las cajas de ahorro para el lucro y enriquecimiento personal, detentando abusivamente un poder absoluto sobre los ahorros de las gentes, despreciando los fines sociales que dieron origen a esas entidades, permitiendo desahucios, alentando inversiones de alto riesgo, negando el crédito a quien lo necesita, aunque tenga la solvencia económica necesaria para devolverlo, mientras se conceden créditos de alto riesgo a personajes como Gerardo Díaz Ferrán, entregando lo que era de toda la ciudadanía a intereses privados, como ha ocurrido en el caso de Miguel Blesa al frente de Cajamadrid, es también un acto de violencia que comporta daños materiales ingentes, acompañados por daños humanos y sociales incalculables, que destruyen la credibilidad social en las instituciones.

Sin embargo, por pitos o por flautas, Blesa acabará eludiendo los peores efectos de la justicia, mientras el castigo para el que apedrea una sucursal bancaria puede consistir en una sentencia de años de cárcel. Incluso el juez que se atrevió a investigar sus actos acabará sentado en un banquillo antes que él. El mismo caso de la Infanta enamorada y la viejecita desahuciada. La justicia lenta y manipulable ante los casos más sangrantes deja de ser justicia. Lo más grave es que esta situación es lo normal y habitual en este país de todos los demonios, donde la pobreza y el mal gobierno son mucho más que pobreza y mal gobierno, hasta convertirse en un estado  místico del alma patria.

No justifico en nada la violencia de nadie. Quien empuña un arma, por arcaica y de la Edad de Piedra que sea, para combatir a otros, aunque estos otros tengan apariencia de monstruos, termina por convertirse en un monstruo como ellos. No quiero que apedreando bancos alguien acabe impregnado del espíritu de Blesa. Es lo peor que podría pasarle a nuestro país y a nuestros jóvenes.

Nelson Mandela constituye un buen ejemplo de ese intento titánico de algunos seres humanos para alcanzar fines y objetivos justos, utilizando medios democráticos y no violentos. Algo mucho más meritorio si pensamos que, Mandela, no renunció a la utilización de la violencia y la elección de otros medios fue, en cada ocasión, fruto de una decisión personal, meditada, sopesada y en no pocas ocasiones, a contracorriente.

La otra consideración que no deberíamos obviar procede de la propia Constitución. Nuestra Constitución define España como un Estado social y democrático de derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Esta definición precede a la unidad de España , a la Monarquía parlamentaria y, desde luego, a la bandera.

Ese Estado social y democrático de derecho, en el artículo 6 del texto constitucional, nos dice que los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. En ningún caso puede desprenderse que los partidos, por muy mayoritarios que resulten en unas elecciones, ostentan el monopolio de la política.

Muy al contrario, el artículo 9 de la Constitución, establece claramente que esos poderes públicos, emanados de las elecciones libres, tienen la obligación de promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en los que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos  que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social. Dicho de otra manera, no elegimos dictadores a plazo fijo de cuatro años, para luego cambiarlos por otros. Los elegimos para gobernar en diálogo permanente con la sociedad.

Lo ocurrido en Gamonal puede llevar a algunos a una reflexión sobre la violencia, sobre la legitimidad de los gobernantes para hacer esto o aquello, a su libre albedrío, sobre los destrozos de la crisis en el tejido social español, sobre el derecho a manifestarse libremente. Reflexiones que volverán a repetir ante el suceso que la semana que viene sustituya en las tertulias al barrio de Gamonal.

Sin embargo, las cosas no harán más que empeorar mientras la política siga acumulando motivos para el descontento de la ciudadanía. Mientras existan personajes elegidos para ocupar cargos públicos sin entender su papel de servidores públicos, que gobiernan escuchando a las personas y a las organizaciones en las que esas personas se integran. Mientras esos personajes indignos de estar en política, sigan empeñados en conseguir poder y riqueza, en lugar de preocuparse por defender el mandato constitucional de defender la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

Frente a cuantos consideran que la política es sucia y los políticos todos iguales, creo que es tarea de toda la sociedad reivindicar más política y mejores políticos. Mas participación en todo aquello que nos afecta.

Francisco Javier López Martín

Secretario de Formación de CCOO