Che

octubre 11, 2017

Aprendimos a quererte,

desde la histórica altura,

donde el sol de tu bravura

le puso cerco a la muerte.

Carlos Puebla.

Hasta siempre, comandante

 

Cómo pasa el tiempo. Hace 50 años era yo un niño.Los escasos noticiarios de la época daban cuenta de la muerte del guerrillero Ernesto Guevara, al que llamaban Che. Todo era confuso. Luego fuimos sabiendo que había sido acorralado y capturado por el ejército boliviano en la quebrada del Yuro, con la ayuda de agentes de la CIA y había sido ejecutado en la escuelita de La Higuera.

Pocos personajes resultan hoy tan polémicos como el Che. Su nacimiento en Argentina. Su infancia a caballo entre Buenos Aires y la provincia de Córdoba. Sus estudios de medicina, Sus largos viajes por América Latina. Su enrolamiento en la expedición guerrillera organizada por Fidel Castro en México para liberar Cuba de la dictadura de Batista. La dureza de la lucha guerrillera en Sierra Maestra, en la que su principal enemigo era el asma que combatía a base de voluntad y fumando puros.

El triunfo de la guerrilla, sus cargos en el gobierno de la revolución, sus desencuentros con Fidel y sus consejeros soviéticos. Su huida hacia adelante, emprendiendo aventuras que pretendían extender focos revolucionarios, primero en el Congo y luego en Bolivia.

Bien mirada, la historia del Che es la historia de un fracaso. Tal vez resida en ello buena parte su capacidad de seducción. No tanto sus logros, como el trágico final de su marcha incansable, por tortuosos caminos, en busca de la libertad para los pueblos oprimidos por el imperio que hoy gobierna Trump.

Un imperio para el cual América Latina era patio trasero en el que actuar con total impunidad, apoyando, e impulsando golpes militares, allí donde cualquier gobernante intentara contravenir sus designios. Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Brasil, Paraguay, Chile, Argentina, Uruguay, Perú. Toda América Latina sufrió la brutalidad de botas militares pagadas y fabricadas en Estados Unidos.

Su imagen, retratada por Korda, se convirtió en icono equiparable al del fundador del cristianismo. Un ejemplo para jóvenes rebeldes que participan en cualquier  acto de protesta, descontento, o reivindicación. Desde mayo del 68, hasta el 15M. Sin embargo, el Che era un revolucionario, un guerrillero y eso ha suscitado odios exacerbados.

Recuerdo septiembre de 2008, cuando los sindicatos madrileños fuimos invitados por el partido gobernante en Madrid, liderado por Esperanza Aguirre, para asistir a la clausura de su Congreso Regional. La euforia despertada por el discurso de Aguirre, con su reiterado lema de pico y pala (por más que lo más parecido a pico y pala que ha esgrimido Esperanza, es un palo de golf) se vio precedido por la fogosidad del jefe de las Nuevas Generaciones madrileñas, un joven llamado Pablo Casado.

Arrancó aplausos a rabiar y puso en pie al auditorio (yo permanecí sentado), a base de gritar consignas oídas en algún foro exclusivo: ser de izquierdas ya no está de moda, porque son unos carcas y están todo el día con la guerra del abuelo, con el aborto, la eutanasia y la muerte.

Atacó a los sindicatos como parte de este entramado y contrapuso todo ello al carácter “emprendedor”, palabra mágica, de los jóvenes del PP. Los mayores aplausos del público agradecido y el “olé, olé, olé” de la propia Esperanza, surgieron cuando aseguró con vehemencia que los jóvenes del PP idolatran a mártires como Miguel Angel Blanco y no a asesinos como el Che Guevara, como hace la izquierda.

Estuve a punto de abandonar la clausura del Congreso. Permanecí sentado y preferí aguantar el chaparrón, pero salí preocupado por el tipo de juveniles fuerzas de choque que comenzaban a surgir en el PP y que un día llegarían a puestos más importantes, medrando a la sombra de personajes como Aguirre.

50 años son muchos años en una vida. Lo cierto es que personajes de otro tiempo son muy difíciles de juzgar con los ojos de hoy: Espartaco, Nelson Mandela, Juana de Arco, Sandino, Bolivar, Churchil, Zapata, Washington, o el propio Che.

Prefiero recrear la imagen de un joven que se buscaba a sí mismo a lomos de una motocicleta, al tiempo que descubría las venas abiertas de América Latina. A ese hombre, al que los indígenas andinos rezan, ponen velas y veneran bajo la advocación de San Ernesto de La Higuera. Aquellos indígenas que dieron origen a los Nadies de Eduardo Galeano.

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10 Jornada Mundial Trabajo Decente

octubre 11, 2017

ITUC-WDDW-logo-spanish

Hace 11 años, en Viena, se reunían en Congreso conjunto las dos grandes centrales sindicales internacionales, la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y la CMT Confederación Mundial del Trabajo). En dicha reunión, el 31 de octubre disolvieron ambas organizaciones y el 1 de Noviembre crearon la CSI-ITUC (Confederación Sindical Internacional).

Era muy complicado que los diferentes modelos ideológicos y organizativos del sindicalismo mundial se pusieran de acuerdo en juntarse en una Confederación Internacional de carácter mundial. Sindicatos de orígenes socialistas, comunistas, católicos, nacionalistas, democratacristianos, o sin adscripción ideológica, cuyo principal vínculo de unión era la defensa de los trabajadores y trabajadoras de un país, o de un sector de la producción, o de los servicios.

Componían un puzle muy difícil de unir. Y, sin embargo, lo hicieron. Cerca de 200 millones de trabajadores y trabajadoras de todo el mundo, organizados en más de 300 organizaciones de trabajadores y trabajadoras crearon una internacional sindical mundial.

Desde el primer momento coincidieron en que debían proponerse un objetivo común. Y ese objetivo bien podía partir del concepto de trabajo decente, acuñado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de la que forman parte organizaciones empresariales, Gobiernos y organizaciones sindicales. Un objetivo que podría, por lo tanto, ser asumido y defendido en todo el planeta.

Tras abordar las urgentes tareas de organización de la Internacional, una de las primeras actuaciones de la CSI fue convocar la primera Jornada Mundial por el Trabajo Decente, el 7 de octubre de 2008. Afrontamos, así pues, este año, la 10 convocatoria de la Jornada Mundial.

Recuerdo que aquel primer año un mapa en internet se iba abriendo poquito a poco, a medida que amanecía en todos los países del planeta. En ese momento aparecían las acciones que en cada lugar del mundo se iban a llevar adelante. Manifestaciones, paros, concentraciones, actos festivos, marchas, mítines, en más de 500  ciudades del planeta.

En Madrid, en aquella primera convocatoria, nos concentramos en la plaza Mayor, con el apoyo de casi 400 organizaciones sociales de todo tipo, denunciando que la mitad de los trabajadores y trabajadoras del mundo carecen de protección social y exigiendo que las políticas de desarrollo mundial, impulsadas por organismos internacionales, centrasen sus esfuerzos en conseguir que el empleo sea decente, estable, con derechos. Uno de los principales motivos de aquella convocatoria se centró en la lucha contra el trabajo forzoso de los niños.

Comenzó su andadura, la jornada Mundial por el Trabajo Decente, con vocación de convertirse en referencia de lucha y reivindicación para todos los trabajadores y trabajadoras del planeta. Pero ya se sabe que cuando conocemos las respuestas, nos cambian las preguntas. La crisis financiera de las hipotecas basura se desencadenó con toda su virulencia aquel mismo año. Pronto se transformó en crisis de empleo y ya de paso fue convertida en crisis social y política. Ya nada es igual y la Jornada Mundial por el Trabajo Decente ha ido perdiendo fuelle en el marasmo de la destrucción y descomposición del empleo por todo el planeta.

El efecto más duro de la crisis es que ha reforzado inevitablemente la parte más corporativa y nacionalista de la ciudadanía y del propio sindicalismo. Vaya, que conscientes de la dificultad de gobernar el mundo salvaje de capitalistas sin freno, procuramos blindar nuestro empleo, nuestra empresa, nuestro sector, nuestro pueblo y, como mucho, nuestro país. Si el país es grande, adquiere carta de naturaleza su fragmentación en nuevas y más pequeñas nacionalidades, con la vana esperanza de que los trabajadores y trabajadoras pesemos algo en un nuevo gobierno más cercano de las cosas.

Este año, los informes que sustentan la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, ponen el acento en que, tras la crisis, el 1 por ciento más rico del planeta acumula más riqueza que el 99 por ciento restante. Que los empleos son más precarios que nunca y los salarios más bajos. Todos y todas, en este planeta, somos conscientes del deterioro generalizado del empleo y los salarios.

Necesitamos hoy más que nunca eso que llamábamos internacionalismo proletario. La capacidad de los trabajadores y trabajadoras y sus organizaciones, de responder al reto del trabajo decente y la vida digna. Más que nunca, tiene sentido que un día al año constatemos nuestra fuerza y nuestra capacidad de responder a un capitalismo globalizado, gobernado por la avaricia y el egoísmo de unos pocos.

Y lo necesitamos, porque no estamos ante un problema puntual, sino ante un fenómeno estructural que amenaza las posibilidades de supervivencia, no tanto del planeta que seguirá aquí reconstruyéndose a  sí mismo cuando nosotros hayamos desaparecido. La supervivencia de los seres humanos en este planeta.

Por eso, este 7 de octubre, volvemos a exigir, en todo el mundo, un Trabajo Decente.


El problema de Cataluña es mi problema

octubre 11, 2017

Se habla, con demasiada frecuencia por cierto, de
los problemas de Cataluña.¿Qué problemas de Cataluña? 
En Cataluña no hay ningún problema, 
el único problema que pudiera haber planteado en Cataluña 
está planteado por nosotros, 
pero el problema que está planteado por nosotros 
no es un problema de Cataluña, es un problema universal.
Salvador Seguí | Discurso en el Ateneo de Madrid. 1919

Salvador Seguí, el Noi del Sucre, Secretario General de la CNT en Cataluña, lo tenía meridianamente claro, hace ya casi cien años, cuando en Madrid, en el  Ateneo y en otros centros obreros, planteaba que la cuestión social, las reivindicaciones de la gente trabajadora, se situaban por encima de cualquier otro problema y, muy especialmente, por encima de la cuestión nacional, planteada por elementos reaccionarios vinculados a la Liga Regionalista.

Aquella Liga Regionalista que se dedicaba a visitar ministerios en Madrid, pidiendo cargos, dineros y, si era necesario, el aplastamiento militar de los molestos sindicalistas que se lanzaban de cuando en cuando a las calles para defender a cuantos unas veces se negaban a ir a combatir por la patria en Marruecos, como había ocurrido en la Semana Trágica de Barcelona (1909) y otras veces se empeñaban en mejoras salariales y laborales, como en la famosa huelga de La Canadiense (1919), que desembocaba en huelga general. Una huelga reprimida por el general Milans del Bosch (¿de qué me suena a mí este nombre?) a base de la  militarización de servicios  y de meter presos a 3.000 obreros en el cartillo de Montjuich.

Fue Salvador Seguí, quien ante 20.000 trabajadores y trabajadoras, convocados en la plaza de toros de Las Arenas, cambió el curso de la historia y convenció al auditorio de la necesidad de poner fin a la huelga. Ningún baño de sangre, de las dimensiones del que se avecinaba, justificaba seguir adelante. El sindicalismo cambió derramamiento de más sangre por organización y fortaleza sindical en las empresas y en la sociedad catalana. A explicar esas cosas que estaba haciendo el sindicalismo en Cataluña, es a lo que vino Seguí a Madrid, en otoño de ese mismo año.

De nada le valió en lo personal, a Salvador, mantener estas posiciones poco violentas y bastante sensatas. Aquellos nacionalistas de la Liga no dudaron en apoyarse en un nuevo general, Martínez Anido, designado Gobernador de Barcelona, para organizar grupos de pistoleros, en torno a los denominados Sindicatos Libres, que fueran asesinando sindicalistas. El 10 de marzo de 1923, le tocó ser asesinado a Salvador Seguí, el Noi del Sucre (el Chico del Azúcar).

Salvador Seguí no tenía miedo a la independencia, como bien explicó en su discurso en Madrid. Si llegaba, la independencia sería utilizada por los trabajadores catalanes para unirse más que nunca a los trabajadores de toda España en su lucha por la emancipación. Y esto lo dice mientras explica que no hay un problema nacional en Cataluña, sino otro problema universal, el del movimiento obrero que quiere emanciparse.

Está claro lo que pensaba Seguí, como está claro lo que piensa Joan Coscubiela, mal que le pese a cuantos se han apresurado a lanzar sus dardos envenenados, ante su intervención en el parlamento.

Lo que no llego a entender bien (no soy sociólogo, ni psicólogo, ni politólogo, ni me juego el voto en unas elecciones) es el mecanismo por el cual los intereses de la clase trabajadora terminan convertidos en reivindicaciones nacionalistas. No es un fenómeno específico de Cataluña. Lo ocurrido con otros temas y en otros países, como el referéndum sobre el Brexit son elementos a tomar en cuenta. ¿Algo ha cambiado a lo largo de las últimas décadas, o los últimos años, que pueda explicar qué está pasando?

En primer lugar, creo que el fenómeno de la globalización financiera y económica, o nuestro propio ingreso en la Unión Europea, han contribuido a debilitar la convicción de que los gobiernos nacionales tengan capacidad alguna para controlar su economía y decidir las mejores políticas que pueden aplicar, especialmente en momentos de crisis.

De otra parte, el desarrollo de internet y de las redes sociales, ha creado realidades virtuales compartidas por personas muy diversas, que poco tendrían que ver entre ellas si se conocieran realmente, pero que pueden vivir juntas en un mundo paralelo, alimentando la ilusión de que comparten ideas, sentimientos, sensaciones, consumo, imágenes y hasta convocatorias de movilizaciones.

Otra vida dentro de la vida, en la que podemos elegir seguidores, bloquear a quienes no nos gustan, crearnos personajes ficticios con los que insultar, opinar, crear opinión. Sin duda un mundo apetecible lleno de satisfacciones y grandes batallas que no se libran, pero que siempre ganamos.

El ultraliberalismo ya había conseguido tomar el poder sobre las grandes decisiones económica. Los partidos socialistas parecían abocados a aceptar el desastre y aceptar su papel de mitigadores de los efectos más dañinos de la nueva realidad mundial. El comunismo se desplomó dejando tras de sí un recuerdo de opresión política y aplastamiento de las personas en aras de un mundo nuevo cada vez más lejano. La crisis ha llegado para quedarse y dejarnos una herencia de precariedad, pobreza laboral, desigualdad y desprotección social.

Como pocas veces en la historia del mundo, el futuro es percibido con rasgos de peligro y oscuridad comparables a los peores tiempos del pasado. El refugio en las redes puede que funcione como un placebo, pero quien más y quien menos sabe que el futuro personal y colectivo será peor que el pasado conocido.

En una situación así es muy difícil resistir la tentación de escuchar los mensajes simples pero eficaces del populismo autoritario: cerrar las fronteras y atrincherarse en un espacio que se supone unido por una identidad cultural. Seamos pocos, pero de los nuestros.

Ocurre que ni Cataluña, ni España, difícilmente Europa, podemos ya garantizar eso. Una cosa es reclamar autonomía para dirigir las políticas cercanas de un modo cercano y otra muy distinta, creer que la independencia es la solución al problema de cada quien. Porque el problema de cada quien es un problema universal, hoy más aún que en los tiempos de Salvador Seguí. Un problema de desigualdades brutales de las personas en un mundo dirigido por grandes corporaciones, en un escenario de  Estados siempre demasiado pequeños, débiles e impotentes.

Es cierto que Rajoy le está echando una mano inapreciable a Puigdemont y que Carles está ayudando de forma inestimable a Mariano. Nada mejor que dos nacionalismos confrontados por razones culturales, para hacer olvidar los problemas de corrupción, incapacidad, ineficacia, recortes, debilitamiento de la protección social, destrozo del mercado laboral, que ambos representan de la misma manera.

Pero por encima de ellos, hay mucha gente en este país que aún está dispuesta a mirar hacia sus problemas reales. Exigir diálogo, negociación y búsqueda de acuerdos, frente a las imposiciones de una y otra parte. Si una mayoría de personas en Cataluña quiere un referéndum, habrá que negociar un referéndum. Habrá que hablar de un quórum mínimo en la votación y con qué porcentaje de votos es válida una decisión de separación.

Y habrá que hablar y negociar, en todo caso, lo que es una demanda no sólo de los catalanes, sino de los gallegos, los extremeños, los murcianos, andaluces, vascos, aragoneses y de cualquier castellano, por no nombrar a todas las autonomías españolas: una administración cercana, reconocible, transparente, controlable, que pueda responder ante nosotros de cada uno de sus actos. Pero esto es algo que reclamamos también a niveles aún más cercanos, como los municipales. Algo que reclaman todos los ayuntamientos con respecto al centralismo del Estado y las Comunidades Autónomas.

No sé si eso se llamará España plurinacional, si la solución será un modelo federal. En todo caso, exige combatir la corrupción, promover la transparencia y reforzar la voluntad de negociar. Algo muy difícil de hacer si la izquierda política y social se arroja en brazos de quienes pretenden solucionar sus problemas embarcando a la clase trabajadora en guerras sin sentido, mientras enmascaran el conflicto fundamental y universal que amenaza la existencia en cada rincón del planeta.

Es la izquierda la que debe parar esta locura. Con más razones aún y tanta convicción y firmeza, como las que en su tiempo llevaron a Salvador Seguí a viajar a Madrid para explicar qué estaba haciendo la clase trabajadora en Cataluña; como las que le pusieron ante 20.000 trabajadores decididos a mantener la huelga y convencerles de la necesidad de parar una revuelta en ciernes; como las que le hicieron mantener un paso decidido y un camino reconocible y claro, hasta que las balas de los pistoleros organizados por la burguesía nacionalista y por aquel general que luego sería ministro de orden público en el primer gobierno franquista de la Guerra Civil, segaran su vida en la esquina de la calle de San Rafael con la de la Cadena (hoy Rambla del Raval).

Salvadas las distancias temporales y la perspectiva, teniendo en cuenta que él luchaba con la mirada puesta en una emancipación de la clase trabajadora hoy mucho más difusa, Seguí tuvo su responsabilidad y nosotros tenemos la nuestra. A cada generación lo suyo.


Crisis, temporalidad y contrato a tiempo parcial

septiembre 5, 2017

Durante las crisis económicas se produce una caída de los salarios, es cierto. Pero en esta crisis económica, parte de esa caída de los salarios se produce porque empleos a tiempo completo están siendo sustituidos por empleo a tiempo parcial. No es necesario que el precio de la hora trabajada se reduzca, para que disminuya el salario cobrado por aquellos trabajadores que antes trabajaban a tiempo completo. Ahora sólo trabajan unas cuantas horas, porque su contrato ha sido realizado o reconvertido en tiempo parcial.

Durante la crisis han crecido el número de trabajadores y trabajadoras que se han visto obligados a firmar un contrato a tiempo parcial de carácter involuntario, porque es lo que había, aunque ellos hubieran preferido encontrar un empleo a tiempo completo. Conviene preguntarse por qué ocurre esto durante esta crisis.

Para encontrar la respuesta hay que remontarse a 2013, cuando el PP reforma el contrato a tiempo parcial, ampliando el número de horas complementarias de las que puede disponer libremente el empresario hasta un 30 por ciento. Pero es que además este número total de horas puede incrementarse un 15 por ciento voluntariamente y hasta un 30 por ciento, si se acuerda en convenio colectivo. El periodo de preaviso para utilizar estas horas complementarias pasa de 7 a 3 días.

Es muy atractivo, desde esta reforma, para el empresario, contratar a tiempo parcial, cuando tiene a sus trabajadores, o trabajadoras, permanentemente a disposición de la empresa. Eso aumenta la rentabilidad empresarial, aunque sea a costa de la compatibilidad con una vida personal y la conciliación familiar. Eso sí, cada momento de trabajo se convierte en intenso y los tiempos muertos desaparecen.

Al aumento de los contratos a tiempo parcial, se viene a sumar el carácter temporal de la inmensa mayoría de los nuevos contratos y muy especialmente en actividades económicas poco productivas. Ha sido el PP, quien con su reforma laboral y su política económica, ha incentivado un empleo precario y un crecimiento de bajo valor añadido, sin apuestas públicas por la investigación, la innovación y el desarrollo. Sienta así las bases de nuevos fenómenos especulativos y futuras crisis económicas.

A lo hecho por el gobierno, hay que añadirle unas prácticas empresariales nunca puestas en cuestión, que prefieren un modelo laboral con empleo temporal y a tiempo parcial, porque esa temporalidad y precariedad le permiten ajustar rápidamente los gastos y la caída de la demanda, reduciendo los costes laborales, utilizando el despido fácil y barato y fomentando la rotación de personas en puestos de trabajo que no requieren gran cualificación. Un modelo que pervive en una clase empresarial obsoleta.

Salir de la recesión económica impidiendo que los trabajadores y trabajadoras puedan recuperar salarios y derechos laborales y sociales, puede conducirnos a una salida injusta y desequilibrada, con aumento de las desigualdades y a instalarnos en una crisis permanente, no sólo económica, sino de modelo social, con inevitables consecuencias políticas y la aparición de conflictos con difícil solución.

Volveremos al crecimiento económico. A los beneficios empresariales. A encontrar nuevas fuentes de especulación, burbujas y pelotazos varios. Se creará empleo, malo y mal pagado, pero abundante. Volveremos al consumo y al endeudamiento de empresas y familias. Pero nadie debería hacerse ilusiones. Pan para hoy y hambre para mañana.

Mientras gobierno y empresariado condenen a buena parte de la ciudadanía a la precariedad laboral, la pérdida de derechos y los bajos salarios, no habremos asumido que el final de la recesión anuncia también el final de un modelo de país que se ha agotado. No tenemos demasiado tiempo para definir ese modelo del país que queremos, en lo político, lo económico y lo social, antes de que el arroz se pase. Podemos hacerlo en torno a una mesa, dialogando, o en el inevitable conflicto en las calles, en las empresas, en la política. De ambas cosas tenemos sobradas experiencias y quien más, quien menos, sabe que la segunda opción es siempre más incierta y menos deseable.


No era Grexit, era Brexit

agosto 23, 2017

No hace tanto tiempo el gran debate era si la Unión Europea se iba a romper por su eslabón más débil y ese eslabón parecía ser Grecia. En toda Europa se hablaba y debatía sobre el Grexit. Sin embargo el referendum británico ha puesto las cosas en su sitio. El problema, comprobamos ahora, no era sólo el desastre que las políticas de ajuste europeas habían sembrado en los países del Sur, como Grecia, Portugal,  o España.

Se trataba, sobre todo, de la incapacidad demostrada por los gobernantes de los países que encabezan el proyecto de Unión Europea, para entender que tras la adopción de una moneda única, las economías europeas quedaban estrechamente interconectadas. Que los problemas de la más pequeña se transfieren, tarde o temprano y, en mayor o menor medida, al resto.

La moneda única supone que ya es imposible combatir las crisis económicas con las recetas clásicas de recortes en la inversión, reducción del empleo y devaluación salarial, aumento del gasto público, o devaluación de la moneda, a base de fabricar dinero por parte de unos bancos nacionales que se han visto privados de esa competencia.

Tras un primer intento de combatir la crisis con medidas de corte keynesiano (en las que persistieron los EEUU presididos por Obama con resultados positivos), es a partir de 2011 cuando el Pacto del Euro, férreamente impuesto por Merkel (recuerden su famosa llamada nocturna a Zapatero), se empeñó en regular los costes de la crisis para  evitar que fueran los países centrales y del Norte quienes pagasen los riesgos contraídos por países como Irlanda, o el Sur de Europa.

Los recortes a una política monetaria expansiva y a las políticas de aumento del gasto público, que podrían haber evitado sufrimiento y abaratar costes de la deuda en muchos países, fueron las recetas para impedir que la inflación creciera en los países no endeudados. Sin embargo, lo que se ha producido es una caída tal de la demanda que ha conducido a las fronteras de la deflación a toda la Unión Europea.

Las políticas de austeridad aplicadas en el Sur, han producido estancamiento y deflación en el Norte. Una situación que ha hecho que el Banco Central Europeo baje los tipos de interés y la remuneración del dinero, perjudicando al final a los ahorradores del Norte. Para colmo, los flujos migratorios procedentes del Sur y del Este han introducido nuevas presiones en los mercados de trabajo  de los países del Centro y del Norte de la Unión.

Ahora habría que preguntarse si los recortes y ajustes han sido la solución más adecuada y si no hubiera sido mejor una respuesta de mayor colaboración y cooperación en el reparto de las cargas de la crisis a niveles locales y europeos. El peor efecto es que las medidas aplicadas hasta ahora han alimentado un sentimiento de incertidumbre y de desconfianza en el conjunto de la ciudadanía europea. Un sentimiento que se encuentra en la base del crecimiento del famoso “populismo” que propugna la desafección con respecto a Europa y la vuelta a los estados-nación y la  ruptura de la Unión Europea como proyecto político, económico y social.

Parece mentira que los expertos políticos de los países que dirigen los destinos de Europa no se hayan dado cuenta de que los problemas no estaban en los países del Sur, sino en los ricos países del Norte. El primer paso lo ha dado Gran Bretaña. Han sorteado relativamente bien la crisis fuera de la Eurozona y sus políticos han encontrado el filón electoral de las promesas de evitar los costes de su pertenencia a la Unión Política en forma de libre circulación de las personas. Una mezcla de egoísmo y cálculo político oportunista que condujo al referendum que ratificó el Brexit.

El problema no era el Grexit. Y la lección es que fortalecer la Unión Europea es la única posibilidad de pesar algo en un mundo globalizado. Pero para eso hay que avanzar en políticas comunes europeas en impuestos, mercado de trabajo y salarios, instituciones financieras, infraestructuras, formación, medio ambiente, investigación, cohesión social, o solidaridad supranacional y cooperación internacional. Sería la única manera de aprovechar el mercado único para introducir factores de reequilibrio que compensen a los perdedores de  la crisis a través de las aportaciones de los grandes beneficiarios de la misma.

Francisco Javier López Martín


Ruidos nocturnos de Rajoy

agosto 8, 2017

Liberamos las fuerzas destructoras

y controlamos las productivas.

Exterminamos lo inferior

y aumentamos lo útil.

El huevo de la serpiente

Ingmar Bergman

Antes de que comiences a leer, ten en cuenta que cuanto aquí se cuenta no tiene que ver, en absoluto, con una realidad que casi con toda probabilidad será más dura y tendrá mucha menos gracia. Que cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. Que debes entender que te encuentras ante una parábola, similar a las evangélicas, probablemente helicoidal.

Comenzaremos así, Erase una vez… Mi primo Paco, al que de pequeño llamábamos Paquito en la familia y que ahora vive frente a las numerosas vías de los trenes que parten de la Estación de Atocha. Me cuenta sus cuitas mi primo, con la misma confianza con la que el primo de Rajoy le cuenta al Presidente sus impresiones más variadas sobre asuntos tan transcendentales como el cambio climático. Me cuenta, decía, que casi todas las noches, cuando la actividad ferroviaria desaparece de la estación de Atocha, monstruos de metal se adueñan de las vías, con enormes ojos luminosos y emitiendo bufidos, ruidos, rugidos de todo tipo.

Cuando esos engendros se desplazan de un lugar a otro cercano, para continuar su actividad frenética, devoradora de vías, emiten aullidos estridentes de todo tipo y de diferentes frecuencias, según el tamaño y envergadura del monstruo que se desplaza lentamente. Una ruidosa ocupación bélica que dura, muchas noches, hasta las tres o las cuatro de la mañana.

Durante el invierno, con las ventanas cerradas, el ruido es soportable, algo más que un molesto murmullo. Pero durante los meses de verano, con las ventanas abiertas, el primer sueño de los habitantes del lugar es sustituido por un estado de nervios permanente, que dura horas, hasta que alguien, en el ejército agresor, decide parar el combate hasta el día siguiente.

Mi primo ha escrito al Ministerio de Fomento, a Mariano Rajoy, a la Comunidad de Madrid, al Ayuntamiento de Madrid, a la Defensoría del Pueblo, a la Policía Municipal, al Concejal del Distrito, al de Medio Ambiente, a la Asociación de Vecinos, a ADIF, a RENFE, al Presidente de la Comunidad de Vecinos y a alguien más, que seguro, seguro, que se me olvida. Ha utilizado todos los correos electrónicos que ha encontrado disponibles desde la alta dirección, hasta atención al cliente y toda clase de servicios de reclamación y quejas.

Se supone, por tanto, que Presidentes, Presidentas, Ministros, Alcaldesas, consejeros y consejeras, diputados y diputadas, administrativos, jefes de servicio y de negociado, de todas las administraciones, han recibido en algún momento su reclamación, queja, o sugerencia. Porque mi primo sugiere soluciones, que permitan un pacto entre familias enteras que quieren dormir y los responsables de las contratas, subcontratas y contratas de las subcontratas que se esconden dentro de los monstruos que desencadenan su furia nocturna.

Sin embargo, nadie contesta. Alguna vez un correo automático indica la cantidad de meses que tardará como máximo, en responder, el servicio al que se ha dirigido. En otras ocasiones el servicio responde amablemente que no es cosa suya y que debe dirigirse a otro sitio, que procederá a remitir un nuevo correo electrónico indicando nuevos plazos. Hasta una vez aparecieron unos amables policías municipales, desprovistos de cualquier medidor de ruidos y recomendaron cerrar las ventanas y poner el aire acondicionado, porque, pese a las quejas vecinales, ellos no podían entrar en las instalaciones ferroviarias y los operarios de la contrata de la subcontrata de la contrata manifestaban tener todos los permisos de sus jefes para continuar devorando vías ferroviarias.

Lo peor, dice mi primo, aun estaba por llegar cuando, tras conciliar el sueño a las tres de la madrugada, una mala mañana, la contrata de la subcontrata de la contrata municipal de mantenimiento del arbolado, emprendió a las ocho en punto de la mañana, durante varias mañanas, motosierras en mano, el ataque contra las ramas sanas de los árboles, debe suponerse que acusados de ser demasiado frondosos. Es sabido que las podas se realizan en invierno, pero en este caso, debe de tratarse de una operación de saneamiento urgente que justifique la existencia de la contrata de la subcontrata de…

De nuevo a las quejas, reclamaciones, sugerencias en las que mi primo pregunta si no sería posible comenzar la poda en un parque, para luego entrar, motosierra en ristre, en el casco urbano. En fin, no debería ser tan difícil, pero la respuesta consiste de nuevo y, como mucho, en correos automáticos fijando plazos de respuesta, o descargando la responsabilidad en otro departamento. Como siempre, en la mayor parte de las ocasiones la respuesta es el silencio.

Cree mi primo, que los habitantes de su bloque tal vez se encuentran sometidos a un experimento similar al de los protagonistas de la película El huevo de la serpiente de Ingmar Bergman, cuyo objetivo último puede ser el de observar la capacidad de resistencia del ser humano al ruido, la falta de sueño y otras torturas similares. No en vano la película se sitúa en el Berlín, años veinte, en una sociedad anestesiada, que ha perdido el rumbo y que comienza a ser preparada por científicos, que luego servirán a los nazis en su holocausto, para liberar las fuerzas destructoras.

Por calmarle, a la vista de que lleva las cosas demasiado lejos, como si estuviera obcecado y sufriera los efectos de verse sometido a algún experimento social, le digo que no hay para tanto. Que somos españoles y no disciplinados y obedientes germanos. Que bien pudiera ser, sin más, que todos los políticos del país se estén ateniendo rigurosamente a lo expresado por nuestro sabio Presidente del Gobierno en su comparecencia (como testigo, quede claro que sólo como testigo) ante los tribunales de justicia, donde sentó jurisprudencia al afirmar que él solo sabe de política y afirmando claramente, con ese gracejo que le caracteriza, que no sabe de compatibilidades, de contabilidades y, se sobreentiende, que tampoco de ruidos nocturnos.

Y si así ocurre con el Presidente, cómo no ha de ocurrir lo mismo de ahí para abajo. De política todos sabemos un montón, pero de cuentas y de ruidos nocturnos, ya es otro cantar. No hay que buscar nada foráneo para explicar estas cosas que sólo ocurren en España.

Bueno, parece que le he dejado más tranquilo, pero yo no puedo ocuparme de él cada noche. Sería bueno que alguien en algún ministerio, una presidencia de alguna Comunidad Autónoma, o en una alcaldía, algún jefecillo en eso de lo ferroviario, el propio Mariano Rajoy (que he comprobado que conoce lo suficiente de cuentas y contabilidad como para permitirse asegurar que el crecimiento económico, el empleo y otro montón de cosas, marchan de maravilla), se ocupase de saber qué está pasando frente a las vías del tren, o en los jardines cercanos a las urbanizaciones.

No sea que los experimentos terminen saliendo mal. Que se les vaya de la mano, o la mano entera hasta que a mi primo se le vaya la olla. Mi primo siempre ha sido gente sensata, amante de negociar ante cualquier conflicto. Pero, de verdad, le he visto muy alterado con esto de los ruidos. Y yo es que le quiero mucho.


Amnistía. Que trata de Sapagna

junio 16, 2017

 

Ay, aquel que le pareciera

que es fácil mi batallar

siquiera por un momento

que se ponga en mi lugar.

(Blas de Otero)

 

Dicen que fue Alberti, quien recordando el poemario de Blas de Otero, Que trata de España, pensó en el mejor título para la exposición que iba a inaugurarse en Milán. Tenía que trasladar la imagen de una España convertida en inmensa prisión, que buscaba en la solidaridad internacional de los sindicatos italianos, el apoyo a una solución democrática para una situación cada vez más insostenible, en la que la falta de libertad condenaba a hombres y mujeres a largas penas de cárcel y hasta a la muerte, por ejercer derechos plenamente reconocidos en cualquier lugar de Europa. Así Rafael Alberti propuso que la muestra llevara el título: Amnistia. Que trata de Spagna.

Cuentan, también, que fueron los sindicatos italianos (la CGIL, UIL, CISL), en colaboración con la organización en el exterior de las CCOO y con la  agrupación de artistas plásticos del PCE, quienes organizaron en marzo de 1972 la Mostra, que incluyó numerosas actividades en Milán y también en Roma. Y cuentan que casi 300 artistas plásticos de España, Francia, Italia, aportaron sus obras. Y que casi 50 poetas y escritores enviaron textos y poemas. Y que muchos cantautores cantaron en Milán o en Roma, a favor de la amnistía para los presos y la libertad en España. Manuel Estaban Marquillas realizó un documental con intervenciones de algunos de ellos a lo largo de la Mostra.

Las obras salieron de España clandestinamente. Pasaron la frontera por Cataluña camufladas en coches o fueron porteadas a través de las montañas de Euskadi y Navarra. Un esfuerzo que merece la pena ser recordado, para entender el despliegue de  voluntad, el riesgo y la capacidad organizativa de la oposición al franquismo en aquellos momentos. Todos sabían que tras la Mostra podían llegar las represalias. Todos asumieron la responsabilidad.

El destino de la venta de las obras de Genovés, de Picasso, del Equipo Crónica, Juan Giralt, o Ricardo Zamorano, entre otros muchos, no era otro que sostener el sindicalismo de las CCOO, que actuaba como punta de lanza de la lucha por la libertad y los derechos. Las CCOO habían ganado las elecciones sindicales, pero no se plegaron a los deseos del Régimen de integrarlas en el sindicalismo vertical. Por lo tanto fueron ilegalizadas y, en aquellos años, casi 10.000 sindicalistas de las CCOO fueron encausados en los Tribunales de Orden Público del franquismo. El mayor número de procesamientos y condenas del franquismo recayó contra militantes de las CCOO. Es difícil entender que alguien sostenga que la democracia se fraguó en unos despachos de personajes notables. Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en las calles.

Me comentan que un periodista de esos tan renombrados, prepara una serie documental que conmemora los 40 años de la democracia en España. En ella aparecerán, parece ser, notables políticos, empresarios notables, periodistas notorios y numerosos representantes de los nobles despachos en los que se sentaron quienes pergeñaron la transición española. Pero, al parecer, no habrá trabajadores, ni los de antes, ni los de ahora, ni el mismísimo Marcelino Camacho, al que todos reconocen y al que todos quieren olvidar cuanto antes.

Hace 45 años (hoy lo recordamos en el Museo de la Historia de Madrid, con una exposición, inaugurada por Manuela Carmena y por nuestro secretario general Ignacio Fernández Toxo,  que recupera textos, obras, cuadros, imágenes de la Mostra de Milán), los artistas, la cultura, los poetas, novelistas, periodistas, no eran tan pacatos en reconocer la lucha de las CCOO y su empuje hacia la democracia en este país. Eran otros tiempos. No mejores, desde luego, pero mucho menos mezquinos y miserables con la clase trabajadora de este país, sin la cual la democracia no hubiera nacido.

La exposición Amnistía. Que trata de Spagna se inauguró, por fin, en marzo de 1972. En aquellos días en los que la represión franquista acababa con la vida de dos trabajadores en una manifestación en El Ferrol. En aquellos días en los que Marcelino Camacho salía de una de sus numerosas estancias en la cárcel. Tres meses después, la cúpula de las CCOO sería detenida en el convento de los oblatos de Pozuelo de Alarcón. Permanecerían detenidos para ser luego juzgados en el proceso 1001, cuya celebración coincidió, a finales de diciembre de 1973, con el asesinato del almirante Carrero Blanco y la venganza del franquismo vino de la mano de las desproporcionadas condenas contra los 10 de Carabanchel.

Cuando la Ejecutiva salida del 10 Congreso de las CCOO me encargó asumir la responsabilidad de la Formación Sindical, me pareció que una de las tareas pendientes de nuestra organización era recuperar la memoria de nuestros orígenes, de nuestra actividad incansable por la libertad, la democracia y la dignidad de los trabajadores y trabajadoras de este país. Nicolás Sartorius suele decir que hemos sido los costaleros de la democracia. Los costaleros no salen en la foto de la procesión, como si la Virgen o el Cristo, se desplazaran solos, cuando sabemos que sin costaleros y costaleras no habría procesión.

Me pareció necesario poner en marcha un programa, en colaboración con la Fundación Abogados de Atocha, para que nuestras afiliadas y afiliados pudieran hablar, debatir, escuchar, preguntar, a quienes vivieron aquellos momentos. Hace cuatro años ya no teníamos a Marcelino, recientemente fallecido, ni al asturiano Juan Muñiz Zapico, fallecido en un accidente de coche allá por 1977, el cual da nombre a la Escuela Sindical de CCOO. También había fallecido el vallisoletano Luis Fernández Costilla. Pero seguían junto a nosotros muchos de los 10 de Carabanchel. Eduardo Saborido, Paco Acosta, Fernando Soto, Nicolás Sartorius, Pedro Santiesteban, Miguel Angel Zamora, Francisco García Salve ( el cura Paco).

De quienes sobrevivieron al asesinato de los Abogados de Atocha sólo quedaban entre nosotros Lola González Ruiz y Alejandro Ruiz-Huerta. A lo largo de estos años hemos perdido a Lola y a Fernando Soto. Pero somos una organización joven en la que los protagonistas de la historia, aunque no fueran los protagonistas directos de estos dos hechos, pueden seguir contando las luchas de los trabajadores y trabajadoras en cada Comisión Obrera que se constituía y el trabajo de los numerosos despachos de abogados laboralistas vinculados a las CCOO y al PCE.

Por estos encuentros han pasado, además de los ya mencionados, personas como Manuela Carmena, Cristina Almeida, Francisca Sauquillo, Juan Moreno, Antonio Montesinos, Raul Cordero, Paco Naranjo, Nati Camacho, Hector Maravall, o Pepe Alcázar, junto a compañeras y compañeros de toda España, dispuestos a contar su experiencia en la construcción de las CCOO.

Se han realizado más de medio centenar de encuentros en casi todas las Comunidades Autónomas, en los que cerca de 2000 personas de todas las edades, mayores y jóvenes, hemos podido escuchar las voces de nuestra memoria viva. No un recuerdo del pasado, literal, frío y sin complicaciones. No un pasado que nos esclaviza, sino una memoria que nos interpela y que, como nos recuerda Todorov, tiene un uso ejemplar que “permite utilizar el pasado con vistas al presente, aprovechando las lecciones de las injusticias sufridas para luchar contra las que se producen hoy día y separarse del yo para ir hacia el otro”.

Los actos conmemorativos de la legalización de las CCOO, del 40 aniversario de la Asamblea de Barcelona, de la legalización de los sindicatos, del asesinato de los Abogados de Atocha, de los sucesos de El Ferrol, del Proceso 1001 y ahora de la Exposición Amnistía. Que trata de Spagna, son hitos en ese esfuerzo para reivindicar nuestro protagonismo en el presente. No queremos ser presos de nuestro pasado, sino actores de nuestro futuro. Pero somos conscientes de la vigencia de las palabras de George Orwell: “Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”. En esa batalla, la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura, hoy como ayer, seguirá siendo el elemento esencial de nuestra construcción del presente y nuestra proyección hacia el futuro.

 

Si me muero, que no me mueran antes

de abriros el balcón de par en par.

Un niño, acaso un niño está mirándome

el pecho de cristal.

(Blas de Otero)

 

Francisco Javier López Martín

Secretario de Formación CCOO