Carta abierta a mis biblotecarios

febrero 13, 2019

Amigas y amigos,

Suelo escribir mis cartas a personas concretas, pero sería injusto, en este caso, dirigirme exclusivamente a una, o uno de vosotros. Sois mis bibliotecarios pero, de alguna manera es como si formarais parte de una misma persona a la que me he ido encontrando, a lo largo de la vida.

Y no es que os reconozca en todas y todos los bibliotecarios que he conocido. Como en cada casa y profesión, hay de todo como en batica. Los riesgos de adocenamiento y resignación no son menores en vuestra profesión que en la mía de maestro. León Felipe percibía esos peligros entre los enterradores, Para enterrar a los muertos como debemos, cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

He ido adquiriendo, a lo largo de los años y las asiduas visitas a las bibliotecas, la habilidad de descubriros. En el profesor que cuidaba la biblioteca en el colegio y se extralimitaba en sus restringidas funciones de darte un libro de obligatoria lectura, y me presentaba a uno de esos escritores que luego me han acompañado durante toda la vida.

Atinar a ubicaros en aquella primera biblioteca pública en tiempos de franquismo, tipo búnker del saber, en la que había que traer apuntado el libro desde casa, localizarlo en un cajón de fichas, escribir los datos en un formulario y esperar a que uno de los vuestros lo depositara en el mostrador, o te viniera anunciando que había sido ya prestado. Era territorio de inhóspitas y ásperas formas, pero allí también estabais.

Luego topé con vosotros en un prefabricado de extrarradio, junto a las casas de realojo. Fue construido para ejercer como biblioteca provisional durante unos pocos años y que se quedó allí, en una esquina del barrio, durante décadas. Llegabais allí porque erais los últimos interinos, obligados a elegir aquel exclusivo y solitario puesto, en las fronteras del mundo. Luego os quedabais allí, durante años, hasta que un traslado forzoso os desplazaba.

No eran las fronteras del mundo de la cultura, que en esa materia cultural siempre he creído que los habitantes de ese Sur, que también existe (ya lo cantó magníficamente Serrat), son infinitamente más cultos que cualquier prosaico espía banquero, o político al uso.

No, me refiero a las fronteras de un mundo anclado en el tiempo, donde quien más, quien menos, intenta entreabrir alguna puerta,  resquebrajar el muro, para que entren los aires del cambio o, en el peor de los casos, intentar huir de una pobreza y una miseria, bendecidas por los poderes públicos.

Nuestra famosa inmemorial pobreza cuyo origen se pierde en las historias, que diría Gil de Biedma. A que te gustaría irte a Marte y allí perderte, eso es una cosa que más de uno tiene en mente, que dirían, ahora mismo, el Langui y el Gitano Antón, en su Infectado Distrito, desde Pan Bendito.

Allí estabais, en la biblioteca de aquel recóndito pueblo de Extremadura que al parecer los franceses no supieron encontrar, mientras recorrían la Vía de la Plata, ocupando España, camino de Lisboa. Arrellanado como se encuentra en el Valle del Ambroz, rodeado de montes de castaños y presidido por el castillo templario reconvertido en iglesia. No es la primera vez que veo estas transformaciones de arquitectura militar en religiosa, que lo uno y lo otro parece que marchan, desde siempre, sin demasiados problemas de la mano.

En aquel pueblecito de herrumbrosas y enmohecidas puertas clausuradas por los judíos exiliados, rehabilitadas puertas abiertas de los conversos y punto de encuentro de gentiles y judíos errantes de toda clase y condición, en busca de patria segura, gané mi primer premio de cuentos, convocado por la biblioteca municipal, ubicada en el palacio de los Pérez Comendador-Lerroux, que fuera antes de los Dávila de toda la vida y en cuyo jardín de rincones de diseño romántico me entregasteis el premio. El cuento se llamaba, por cierto, Templarios.

Luego fuisteis esforzada bibliotecaria en la Casa de la Cultura de Lekunberri, donde acudí para recoger el primer premio que me concedieron por un poemario, La Tierra de los Nadie. He sido celoso usuario de toda clase de bibliotecas. En todas ellas os he encontrado. Siempre me habéis ayudado a encontrar nuevas lecturas insospechadas y autores  insólitos y desconocidos. Siempre me habéis empujado suavemente a escribir.

He terminado descubriendo que muchos de aquellos autores fueron antes bibliotecarios. Desde Gloria Fuertes a Mario Vargas Llosa. Borges y el mismo León Felipe. Rubén Darío, Lewis Carroll y María Moliner, entre otros muchos. De ellos, tal vez, aprendisteis pasión por la lectura metamorfoseada deseo de contar historias, o de situar el lenguaje fuera del alcance del tiempo, como nos recuerda John Berger, los poemas están más cerca de las oraciones que los cuentos (…) ¿Dónde está uno realmente cuando llega un poema? En ningún lado, sin duda.

Ahora, cuando han desaparecido los cines de los barrios. Mientras la cultura malvive a merced de una derecha que pasa de ella y una izquierda que la quiere de gratis total, instrumental, compañera de viaje, domesticada. Habéis convertido las bibliotecas en lugar de estudio, punto de encuentro con los creadores, ludoteca, taller de cocina, sala de exposiciones, zona de acceso libre a internet, escenario para microteatro, plaza pública para cuentacuentos, espacio integrado con otras actividades culturales.

Me encanta ver a los niños y niñas con sus profes pasando la mañana entre libros. Me emocionan esas personas mayores que repasan los periódicos, las revistas, cambian sus libros o sus vídeos de préstamo, bucean en los ordenadores. Me gusta ver a la juventud universitaria hasta altas horas de la noche, en ascético silencio, preparando sus exámenes en las más complicadas asignaturas.

Los bibliotecarios, los maestros, los libreros, siempre me habéis parecido de una raza especial. La misma de la que formaban parte los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza. Al frente de responsabilidades y tareas nunca bien agradecidas, ni reconocidas, ni pagadas. Os debía esta carta y, aunque sea a la manera de Pepe Isbert, esa carta que os debía os la quiero hoy pagar. Porque sin vosotros, esos Nadies que habitan mis poemas y mis cuentos, hubieran tenido, tendrían hoy,  muchas menos oportunidades.

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María Luisa, una madrileña valiente

enero 23, 2019

 

En estos tiempos de reivindicación de la igualdad de la mujer, me parece necesario recordar a María Luisa Suárez, que acaba de dejarnos con 98 años de edad. Una de esas personas que luchó por la emancipación, la libertad y los derechos en tiempos mucho más difíciles de los que hoy nos toca vivir.

Nació María Luisa en Madrid en 1920. Sus padres eran republicanos y decidieron que su hija tuviera una educación laica y librepensadora. Por eso su formación inicial se desarrolló en la Institución Libre de Enseñanza, ese proyecto de regeneración, modernización y europeización de la enseñanza que puso en marcha Francisco Giner de los Ríos.

Las botas militares pisotearon todas aquellas buenas intenciones pedagógicas, el reconocimiento de los derechos que la República había concedido a las mujeres y cualquier intento de reformas sociales, o políticas, que pudieran dar voz, protagonismo y poder al pueblo. Sin embargo, el poso de todo lo vivido en aquellos primeros años acompañó a María Luisa, a lo largo de toda su existencia.

Se empeñó, recién acabada la guerra, en ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, aunque fuera la única mujer matriculada allí en 1941. Hay que hacerse a la idea de dónde entraba nuestra joven heroína. Una facultad completamente masculina, cuando no abiertamente machista, en la que enseñaban profesores que habían superado todas las depuraciones del régimen franquista y que tenían un alto sentido y un elevado concepto de la clase a la que pertenecían y a la que estaban destinados a defender.

María Luisa fue una de las pocas mujeres que superó la prueba y formó parte de la primera promoción que se licenciaba en Derecho tras la Guerra Civil. No fueron fáciles sus comienzos, pero ingresó en el Colegio de Abogados y se empeñó en ejercer la profesión, en lugar de recluirse en el papel hogareño que el franquismo reservaba a las mujeres.

Se afilió al clandestino Partido Comunista y llegó a formar parte de su Comité Central. Se enamoró, se casó, tuvo una hija. Ayudó al defensor militar en el juicio a Julián Grimau, que terminó siendo fusilado tras la sentencia del Tribunal Militar.

Creó el primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, Antonio Montesinos y José Esteban. Defendió a miles de trabajadores, militantes de las CCOO como Marcelino Camacho, miembros del Partido Comunista y a cuantos reclamaban su ayuda por ser perseguidos por la dictadura.

A lo largo de su vida recibió la distinción de San Raimundo de Peñafort, el máximo reconocimiento de la abogacía española, o el Premio Abogados de Atocha en su primera edición, en reconocimiento a su defensa de los derechos laborales.

Miro esa foto, que figura en la portada de su libro Recuerdos, nostalgias y realidades. Una joven y sonriente abogada recién licenciada. Admiro la serena sensibilidad que le hizo ser apreciada por cuantos y cuantas trataron con ella, junto al orgullo, la firmeza y convicción  que habita en su mirada. Toda ella fue generosidad que abrió las puertas de su despacho para forjar en él aquellas generaciones de abogadas y abogados como Lola González Ruiz, Cristina Almeida, Manuela Carmena, o Francisca Sauquillo. La generación de los Abogados de Atocha.


Un año nuevo sobre el viejo Chamartín

enero 23, 2019

Me gustaría comenzar el año de otra manera y no embarcado en el debate sobre la Operación Chamartín. Ese proyecto en el que andan atascados el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Fomento, RENFE, ADIF (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias), con la necesaria aquiescencia cómplice de la Comunidad de Madrid. Todos a una para dar vía libre a un proyecto siempre polémico, continuamente aplazado y ampliamente cuestionado.

Especialmente desde mediados del año pasado la discusión y hasta el litigio se han abierto en canal. La historia viene de muy lejos. Nada menos que desde hace 25 años. La Estación de Chamartín fue construida hace más de medio siglo en un descampado y, desde entonces, los terrenos de su entorno se convirtieron en preciosa golosina para especuladores.

En 1993 se dio el pistoletazo de salida a la Operación Chamartín, con el objetivo de conectar barrios separados por el ferrocarril, soterrar vías y crear un entramado urbano. RENFE y Ministerio de Fomento decidieron que esta actuación se realizaría, por primera vez, mediante la fórmula de concesión al sector privado, cobrando un canon y privatizando el suelo público para venderlo, alquilarlo, o comercializar los edificios construidos sobre el mismo.

La pública Argentaria (absorbida luego por el BBVA) y la Constructora San José, se lanzaron a constituir una empresa que se quedó con la concesión y que hoy se llama Distrito Castellana Norte. Los procesos judiciales abiertos por los afectados y las críticas ciudadanas a causa de la escasez de vivienda social y protegida en el proyecto y la excesiva inversión pública en detrimento del necesario equilibrio territorial de la ciudad, han determinado que hasta ahora no se haya dado vía libre al proyecto.

Digo hasta ahora, porque tras un postrero intento de aprobación, por parte del gobierno de Ana Botella, en el último momento de su mandato, ha terminado siendo el de Manuela Carmena, el que ha intentado coger el toro por los cuernos y reformular el proyecto.

Un año después de ganar la alcaldía de Madrid, encomendados a la protección de los Ayuntamientos del Cambio, presentaron un nuevo proyecto de Operación Chamartín, que fue saludado públicamente como un intento de recobrar la cordura, por parte de urbanistas como Eduardo Mangada (exconcejal del Ayuntamiento con Tierno Galván y exconsejero de la Comunidad de Madrid con Joaquín Leguina), o Jesús Gago (Premio Nacional de Urbanismo por su trabajo en el desarrollo urbano de Fuenlabrada).

Saludaban el final del bloqueo  de una operación encaminada a satisfacer necesidades ciudadanas y promover las capacidades económicas de la ciudad. Un nuevo trozo de Madrid entendido como un espacio social y no como un solar al servicio del negocio inmobiliario. ¿Qué ha pasado en estos pocos años para que esa opinión haya cambiado sustancialmente? Simplemente que el espacio social se ha reconvertido en solar y puro negocio inmobiliario.

Desde mediados de julio el debate se ha agudizado. El movimiento vecinal, Ecologistas en Acción, la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos, urbanistas como los mencionados Mangada, Gago y otros como López Groh, del Club de Debates Urbanos rechazan el proyecto definitivamente aprobado, argumentando el carácter especulativo del mismo, la opacidad y oscurantismo de los pactos secretos que van saliendo a la luz, la fosforescencia de un diseño que encubre lo que Gago ha denominado corrupción objetiva.

El Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha admitido a trámite la denuncia que Ecologistas en Acción y la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos han interpuesto contra el proyecto. Ventas de suelo público a bajo precio, reconocimiento de derechos que no estaban consolidados para los promotores financieros e inmobiliarios, privatización de hecho de suelo público, convalidación de irregularidades de todo tipo cometidas a lo largo de todos estos años, aliento a los desequilibrios brutales entre el Norte y el Sur de la ciudad, .

La Operación Chamartín va camino de convertirse, nos avisan los expertos, en el Caso Chamartín, dividiendo a la izquierda y fracturando a los propios partidos que la componen. Que pocos meses antes de unas elecciones difíciles como todas, pero aún más en este momento, la izquierda gobernante se vea abducida por los poderes económicos e impelida a aprobar algo groseramente especulativo, que sólidos gobiernos de la derecha no se atrevieron a poner en marcha, puede ser el principio del fin.

Los grandes promotores beneficiarios están gastando ya mucho dinero en exposiciones, maquetas y publicidad en medios de comunicación y en las redes, intentando ganarse la voluntad popular. Todas las administraciones son responsables del entuerto y se reparten las responsabilidades.

Pero, en esta tesitura, yo no olvidaría que hay un voto egoísta que lo perdona todo de aquel a quien vota, siempre que intuya que, de alguna forma, va a verse beneficiado con la más zafia especulación y la más evidente corrupción. Sin embargo el voto de progreso, de izquierdas, depende de la coherencia en la defensa de la igualdad, el equilibrio, la libertad.

Esos votantes no lo perdonan todo y menos cuando quienes han obtenido su confianza y deberían defender la ciudad y a la ciudadanía, permiten la colonización capitalista de las vidas y del territorio, convirtiéndonos en su negocio. Nuestro territorio, nuestras vidas, de todas y de todos.


Cuando en Tetuán de las Victorias había hasta 25 cines

enero 9, 2019

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, en Tetuán de las Victorias, había hasta 25 cines. Cines míticos como el Metropolitano, Maravillas, Lido, Cristal, Bellas Vistas, Novedades, Regio, Savoy, Tetuán, Victoria, Windsor y otros muchos. Por eso  el barrio merecía el nombre de El pequeño Hollywood.

Hoy, al cabo de los años, en esas calles y plazas de leyenda, Bravo Murillo, Raimundo Fernández Villaverde, Cuatro Caminos, Reina Victoria, Francos Rodríguez, no queda un solo cine.  La Asociación de Vecinos acaba de publicar el listado de estos cines en uno de sus Pliegos del Cordel, incluyendo una pequeña referencia a la ubicación, historia y fecha en la que fue cerrado cada uno de ellos.

Hermoso proyecto, éste de los Pliegos del Cordel, cuyo primer número fue dedicado a las poesías escritas por las poetas del barrio, con la incursión de unos pocos hombres, entre los que tengo el privilegio de figurar. Retoman así una ancestral tradición, vinculada a las coplas de ciego y el romancero. Esos papeles sin encuadernar que se colgaban en cuerdas y que daban cuenta al vecindario de milagros, hechos extraordinarios, leyendas, cuentos, noticias, sucesos cotidianos, crónicas históricas.

Es cierto que han cambiado mucho los tiempos. Que para ver una película no es estrictamente necesario ir a un cine. Que son muchas más las formas y maneras de entretenimiento y que las que había, han sufrido profundas transformaciones. La resolución es mucho mejor en las pantallas de televisión y su tamaño es ahora XXL.

Pero nada justifica la desaparición de todos los cines de Cuatro Caminos y Tetuán, ni de la inmensa mayoría de nuestros barrios. Hace no tanto tiempo, casi cada barrio tenía uno o varios cines. Habrá quien diga que ya no son necesarios, o que ya no son negocio. Pero tras esa afirmación se oculta la justificación para que mañana desaparezcan las bibliotecas, los museos, los teatros, los centros culturales y, ya puestos, hasta los colegios.

La desaparición de los cines, como la de las abejas, deja el terreno libre para la desertificación cultural de nuestros barrios. Ahora son las casas de apuestas las que pueblan los escaparates, como si aquella inmensa operación de los años ochenta, que pretendía convertir a muchos de nuestros jóvenes en drogadictos, con sus terribles consecuencias de adormecimiento, cicatrices y condenas a muerte, estuviese siendo sustituida por esa nueva droga, no menos mortífera, del juego infinito y la falacia del enriquecimiento repentino. El pequeño Hollywood se ha convertido en pequeña Las Vegas.

Permitir la desaparición de los cines de los barrios, para aglomerarlos en un centro peatonalizado, supone acabar con la pluralidad de centralidades que necesita una ciudad. Significa convertir barrios que siempre tuvieron vida propia en lugares mortecinos, inseguros y sin personalidad. Por eso hay que reivindicar, en cada barrio, al menos, un cine.


2019: El empleo en la revolución científico-técnica

enero 9, 2019

Aún recuerdo aquellos discursos de Marcelino Camacho, en los que siempre reservaba una alusión a la revolución científico-técnica. Algunos dirigentes sindicales, muy acostumbrados a bregar diariamente, en las empresas, con los salarios, las jornadas, el convenio, las horas extraordinarias, las regulaciones de empleo, o las contrataciones, pero adormecidos en su capacidad de adelantarse a los cambios, sonreían, como si aquello fuera una muletilla  proverbial y típica de Marcelino.

Sin embargo, pasados los años, me parece que el núcleo central del debate y de la acción del sindicalismo, se encuentra, precisamente, en la revolución tecnológica en curso. Porque son los cambios tecnológicos los que van determinando qué empleos desaparecen y cuáles van a ser creados en el inmediato futuro, al tiempo que delimitan las necesidades de cualificación y las características de cada puesto de trabajo.

Vista la naturaleza de los acelerados cambios tecnológicos que se están produciendo, hay quien augura la desaparición del trabajo humano, pero esto no está ocurriendo, al menos por el momento. Ni en puestos de baja cualificación, que difícilmente pueden cubrir por el momento las máquinas, ni en las nuevas necesidades de puestos que requieren altas o medias cualificaciones.

La mayoría de los empleos sufren ya y van a sufrir aún más en el futuro inmediato, modificaciones importantes, a causa de la introducción de nuevas tecnologías. Determinadas operaciones quirúrgicas pueden ser realizadas por una máquina y a distancia, pero no por eso necesitamos menos cirujanos. Muchos procesos bancarios pueden ser realizados online, pero los bancos dedican mucho mayor esfuerzo a una atención personalizada de fidelización de sus clientes.

Bien pudiera ser que desaparecieran los conductores de taxi, pero no por ello desaparecerán los taxistas, aunque sus funciones puede que no se encuentren manejando un volante. El hecho de no comprar en una tienda física no significa que la producción desaparezca, al tiempo que gana peso la distribución. Cambian las formas y los contenidos del trabajo, pero el trabajo permanece,

Muchos trabajos se tecnifican, automatizan, robotizan, informatizan, o como queramos llamarlo, pero eso exige cada vez más expertos en robótica, informática, diseño de sistemas, automatización, simuladores, probadores, o lo que antes llamaríamos comerciales y hoy encuentran un nuevo nombre cada poco, al tiempo que incorporan nuevas funciones, de forma acumulativa.

Lo podemos comprobar a diario, cuando repasamos las ofertas de empleo en las que se exigen conocimientos y cualificaciones múltiples sobre informática, comunicación, sistemas operativos, matemáticas, además de experiencia previa y posibilidad de desenvolverse en varios idiomas.

Hay algo que está cambiando para bien, si somos capaces de participar y gobernar el futuro, o para mal, si dejamos que sean los fundamentalistas del mercado, los beneficios, la desregulación, los que se hagan con las riendas de los cambios que se están produciendo.

La revolución tecnológica, por ejemplo, demanda más capacidad de cooperación que de competencia y rivalidad. Nadie sabe de todo, ni controla todas las claves de los complejos procesos de innovación. Las transformaciones son, cada día más, el producto de una intensa cooperación entre personas expertas en las más variadas disciplinas, trabajando en equipo, en entornos abiertos y sin rígidas jerarquías. Eso es positivo.

Lo negativo es que muchas de estas personas se ven obligadas a prestar sus servicios en condiciones lamentables, como becarios, aprendices, precarios y mal pagados. Basta repasar esas cientos y miles de ofertas de trabajos forzados, sin sueldo, sin derechos y con la única esperanza de ir rellenando un currículum siempre insuficiente, ya sea como chef, diseñador gráfico, asistente jurídico, o desarrolador.

Lo negativo es que nos estemos acostumbrando a ver como normal, e incluso como una necesidad de los tiempos modernos, que nuestra juventud se inserte en el trabajo y en la vida, en unas condiciones que, salvadas las distancias mecánicas y estéticas, no tienen mucho que envidiar a las del joven Chaplin, perdido en el engranaje de la producción industrial fordista.

Qué cooperación, sentido de equipo, identificación con un proyecto, se puede pedir a quien se obliga a trabajar en estas condiciones. Qué compromiso con la política y los políticos se puede reclamar de quien constata, día tras día, la más absoluta desidia y desatención de sus expectativas y necesidades, mientras los discursos se ven plagados de promesas y buenas intenciones que cualquiera sabe que no llegarán a buen puerto si quien las formula toca pelo del poder.

Este año hemos conmemorado el bicentenario del nacimiento de Carlos Marx, aquel personaje que un día anunció que, los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. No le faltaba razón y sobraban las razones, para que el nuevo proletariado, sometido a la explotación de su fuerza de trabajo y a vivir hacinado en barriadas inmundas, e infectas, en la periferia de las grandes ciudades, se rebelara y se organizara en sindicatos y partidos obreros para tomar el poder y cambiar la lógica capitalista.

Tampoco faltan hoy las razones para que, ante una revolución tecnológica imparable y acelerada, nos organicemos para que esos cambios tengan rostro humano y la mayor riqueza tenga un mejor reparto, en lugar de generar más desigualdad. En esto, el mundo globalizado y robotizado, reclama las mismas respuestas, ideales y banderas de libertad, igualdad y solidaridad, que hace casi doscientos treinta años enarbolaron los revolucionarios franceses.

El año 2019 viene cargado de citas importantes con nuestro futuro y debería estar marcado por el compromiso político y social con un empleo decente y una vida digna para las personas.


Madrid Central, el qué y el cómo

diciembre 30, 2018

Ya está aquí Madrid Central. El proyecto me parece interesante. Afecta a más de 470 hectáreas del centro de Madrid. La idea es reducir la contaminación atmosférica, aminorar el ruido, conseguir más espacio público, convertir el centro de Madrid en un pulmón y no en un foco de emisión de gases contaminantes. La idea parece buena y da un paso adelante en la misma línea que están impulsando otras muchas ciudades, en otros muchos lugares del planeta.

Sin embargo, la polémica está sembrada. Organizaciones empresariales, el gobierno heredero de Aguirre y Cifuentes en la Comunidad de Madrid,  comerciantes del centro, algunos vecinos, la derecha política, al unísono, manifiestan su malestar por la implantación de la medida y amenazan con acudir a los tribunales.

No me centraré en las críticas de la derecha política, que sólo se sustentan en la impotencia de no haberlo hecho antes ellos, ni tampoco en el miedo egoísta de algunos comerciantes que, al final, terminarán formando parte de los principales beneficiarios de las restricciones al tráfico del centro. Me detendré en los matices aportados desde la izquierda y los sectores progresistas, porque siempre he pensado que el que las cosas salgan bien o mal, dependen mucho de nuestros propios errores y debilidades, no corregidos a tiempo.

Vaya pues, por delante, mi decidido apoyo al Madrid Central, porque es lo que toca, es lo que hay que hacer y es lo que yo quería que se hiciera. Coincido con Eduardo Mangada, en que supone un vuelco radical a las políticas que la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, habían venido aplicando, utilizando la la coartada de la libertad de utilizar el coche, para pisotear la libertad de quienes no quieren enfermar a bocanadas de humo y desearían disfrutar la ciudad de otra manera.

Alguien tenía que hacer frente a la contaminación, el despilfarro energético, el cambio climático, o la degradación del paisaje urbano. Alguien tenía que dar en Madrid  el paso que han dado ya muchas capitales de nuestro entorno europeo más inmediato, para facilitar la vida en nuestras ciudades. Concluye mi amigo Eduardo que Madrid Central es una pieza significativa, aunque pequeña, de una nueva y necesaria sensibilidad política.

He visto también cómo algunas voces de apoyo a Madrid Central, se han detenido en varias consideraciones que deberían ser valoradas, si queremos que la medida no termine por descarrilar, o avanzar a trompicones. Voces como las de Manuel de la Rocha, Daniel Morcillo, CCOO de Madrid,  o algunos partidos de la izquierda.

Vienen a poner el acento en que el proyecto de Madrid Central merece la pena, pero sólo puede alcanzar sus objetivos, si otras instituciones como el Ministerio de Fomento, la Comunidad de Madrid y la Federación Madrileña de Municipios, se implican también en su desarrollo.

Porque el buen funcionamiento de Madrid Central exige inversiones reales en el transporte público, sustituir la flota de autobuses contaminantes, solucionar los problemas endémicos de la red de cercanías, reforzar la red de METRO, construir intercambiadores y aparcamientos disuasorios, o abrir carriles bus-VAO en los principales accesos a la capital.

De otra parte, en una sociedad como la nuestra, lejos de fomentar las banderías de quienes se sitúan mecánicamente en unas u otras posiciones, es conveniente sensibilizar, informar, explicar, debatir, negociar hasta la extenuación y establecer consensos. Desgraciadamente no es algo deseable exclusivamente en el proyecto de Madrid Central.

Lo comprobamos en Operaciones como la de Chamartín, el Paseo de la Dirección, o los famosos ARTEfactos. Primero presentan a bombo y platillo los proyectos ya aprobados, se decretan las prohibiciones, se pintan las calles, se ponen carteles, se gasta dinero en el diseño y planificación y luego, deprisa y corriendo, se intenta explicar, informar, negociar y hasta corregir, cuando los miedos, las dudas, los malestares, estallan y aparecen en los medios de comunicación.

No quisiera terminar sin hacer referencia a un cierto temor que se me ha suscitado leyendo estudios, artículos, documentos, la mayoría publicados hace años y nada sospechosos, por lo tanto, de intentar atacar el proyecto de Madrid Central.

Parece que  las inversiones públicas en peatonalización, en la mayoría de las ciudades, suelen traducirse en aumento del potencial comercial, turístico y en revitalización de los valores del consumo. El escenario urbano se convierte así en escaparate privilegiado del prestigio, la excelencia del capitalismo, el éxito de los triunfadores.

Me preocupa un escenario de inversiones públicas, salidas del bolsillo de toda la ciudadanía, cuyo efecto sea reforzar la centralidad y fomentar la gentificación, la gentrificación, las grandes marcas, o el turismo masivo, mientras se expulsa a la población y se abandonan a su suerte los barrios.

Un ayuntamiento de izquierdas debe cuidarse mucho de permitir que esto ocurra, porque se le juzgará por la coherencia (a la derecha le basta con izar la bandera de cualquier burdo egoísmo, o invertir en cualquier atávico miedo).

Habrá quien diga que soy un anticuado, que el mundo ya no va por ahí, que no soy realista, sino un moralista caduco, como el tal Bernanos, para quien el realismo es la buena conciencia de los hijos de puta. Puede que tengan razón, pero es lo que aprendí de mis padres y de mis mejores maestros. El cómo, a fin de cuentas, es tan importante como el qué.


Desajustes en las competencias

noviembre 18, 2018

Existe una preocupación recurrente en algún sector del empresariado y entre algunos responsables políticos, sobre la falta de correspondencia entre las cualificaciones disponibles y las necesidades para cubrir puestos de trabajo. Eso que llaman el desajuste de competencias.

Reclaman insistentemente que el sistema educativo provea de personas cualificadas para ocupar los puestos de trabajo ofertados por las empresas. Esta demanda es desproporcionada. El sentido común indica que es imposible que el sistema educativo cumpla esa función, entre otras cosas porque no es su papel.

El sistema educativo puede aportar personas que sepan leer, no sólo un libro, sino interpretar sus propias vidas, ubicar su lugar en el mundo, en la sociedad, en su desarrollo profesional, ejercitar sus derechos, asumir sus responsabilidades. Personas creativas, con las habilidades necesarias para convivir, comunicarse, ganarse honradamente la vida, vivir. Cosas así puede hacer la educación.

La educación es un derecho de cada persona, a lo largo de toda la vida y una necesidad para la sociedad y, en consecuencia, para la economía y las empresas. Eso es lo que podemos pedir a la educación. Luego están la Formación Profesional, la Formación universitaria, la Formación para el Empleo, que tienen como misión que la persona adquiera determinadas habilidades, las actualice, o se recicle para adquirir otras nuevas.

Pero volvamos a la preocupación de unos pocos empresarios y de algunos políticos: el desajuste de las cualificaciones. Para empezar, la mayor parte de las veces eso del desajuste se restringe a unas cuantas profesiones que exigen una cualificación superior para ser desempeñadas. Principalmente profesionales de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), profesionales sanitarios, docentes y quienes desempeñan trabajos vinculados a la Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (CTIM), que se encuentran muy demandados.

Si en lugar de en España, nos encontrásemos en uno de esos países que figuran a la cabeza de Europa, tendríamos que incluir aquí a quienes dedican su vida a la Investigación, el desarrollo y la innovación, por más que en nuestra estepa sean tratados como parias de la tierra.

Hay, ciertamente, otros trabajos que exigen cualificaciones de tipo medio, que también  encuentran problemas para ser cubiertos. No es fácil encontrar buenos cocineros, soldadores, conductores de camiones, por poner algunos ejemplos. Esta situación convive con el exceso de personas cualificadas para desempeñar trabajos que tienen poca demanda y que terminan trabajando en profesiones que no requieren una cualificación tan alta.

Con todo, la realidad de cada país es muy diferente, lo cual hace que los desajustes no se produzcan en los mismos sectores. Recordemos cuando Gran Bretaña reclamaba profesionales sanitarios. No pocos jóvenes españoles emprendieron viaje a Londres por aquellos días. Un déficit que se repite en zonas rurales de otros muchos países. En otros casos necesitan profesionales de la judicatura, como Francia, o arquitectos especializados en construcción ecológica, como en Italia.

Entender la causa de estos desajustes, que suponen una pérdida de la inversión realizada en formación, es esencial en cualquier país. Por ejemplo, son muchos los sectores productivos que reclaman profesionales formados en CTIM, desde ingenierías, o construcción ecológica, a los fabricantes de vehículos eléctricos, o sectores con altos niveles de digitalización.

El problema es que estos profesionales tardan en formarse, en carreras intensas, que exigen altas notas para el ingreso y que cuentan con elevados niveles de fracaso. A todo lo cual tenemos que añadir que los mejores terminan emigrando y formando parte de la fuga de cerebros. Los que se quedan, acaban desanimados porque se les exige ser buenos profesionales en lo suyo y además ser buenos comunicadores, gestores, administradores, jefes de equipo y manejar varios idiomas. Eso, cuando no se les propone trabajar en plataformas externalizadas, como autónomos y por cuatro perras.

Los responsables empresariales no pueden exigir al sistema educativo que mantenga actualizados los conocimientos de estos profesionales, porque los acelerados avances tecnológicos lo hacen imposible. Se generan continuamente nuevas necesidades de cualificación, mientras que otras se van quedando desfasadas.

Para abordar, por tanto, el problema de la falta de personas cualificadas creo que hay que actuar en varios niveles. Por supuesto en el nivel educativo y formativo inicial, pero también en la cualificación permanente de quienes se encuentran trabajando,  en desempleo, o se plantean mejorar su formación para encontrar nuevas oportunidades laborales.

Pero, además, si queremos retener sus conocimientos y evitar su fuga, tendremos inevitablemente que animar a estudiar estas carreras, ofreciendo luego condiciones de empleo dignas y evitando su precariedad, los bajos salarios, cuando no el empobrecimiento de estos profesionales.

Junto a todo ello, la evaluación permanente de las necesidades nuevas, con participación de las empresas y los trabajadores, observar los desajustes que se producen y mejorar la flexibilidad en los procesos de formación, pueden permitir una mejor utilización de los recursos y una mayor capacidad de solucionar los problemas de cualificación que se vayan presentando.