Hay una juventud que aguarda

noviembre 29, 2017

Que el tiempo es relativo, ya quedó científicamente demostrado por un ser humano tan impagable como Einstein. Hace ahora diez años que murió en Barcelona un escritor llamado Francisco Candel. Vivía yo en Villaverde y algunas de mis primeras hambres de lecturas juveniles se saciaban con los libros de Francisco Candel.

Identificaba muchos de sus personajes. Reconocía a muchos de mis amigos y vecinos en los barrios en los que transcurrían sus historias. Me sentía aquel joven que peleaba por publicar su primer libro en Hay una juventud que aguarda. Aquel barrio de aluvión del Sur de Madrid, en el que yo vivía, era el mismo barrio que describe Candel  en su novela Donde la ciudad cambia su nombre.

Había nacido Paco Candel en 1925, en un pueblecito de Valencia llamado Casas Altas. Un enclave valenciano situado entre Teruel y Cuenca. De allí salieron los Candel para buscar oportunidades de vida y trabajo en Barcelona, aunque fuera a costa de tener que vivir en las barracas de Montjuich, poco más que chabolas. Allá por las Casas Baratas, Can Tunis, Plus Ultra, o Port, que tenía iglesia parroquial.

A los catorce años tuvo que abandonar los estudios y comenzar a trabajar, como tantos otros hijos de charnegos en aquella época. Sin embargo, cuanto llevaba dentro, sus experiencias y sentimientos en esos andurriales que yo llamaré la Tierra de los Nadie tenían que encontrar un cauce. Su primo hermano, Juan Genovés, lo encontró en la pintura y Paco Candel lo encontró en la escritura.

Su primera novela, cuya portada fue pintada por su primo, es un collage de sensaciones, ideas, a mitad de camino entre el cuento, el diario, el periodismo. Hay quien ha comparado, acertadamente, el estilo de Candel con el de Hemingway. No fueron grandes los éxitos editoriales de estos primeros libros, le trajeron problemas, fueron censurados y hasta alguno prohibido, pero afianzaron su voluntad de escribir y le permitieron granjearse fama de escritor realista y cercano a su entorno.

Entraron los años sesenta y Candel seguía escribiendo, a lo suyo, de lo suyo, de los suyos. Recuerdo haber devorado en los setenta sus novelas Han matado a un hombre, han roto el paisaje, ¡Dios, la que se armó!, o Historia de una parroquia.

En su afán por escribir, Paco acometía artículos y se aventuró en el, por aquellos días peligroso, mundo del ensayo, dejándonos una herencia de ideas, observaciones y juicios, diría que imprescindibles para cuantos quieran estudiar ese periodo del desarrollismo franquista en su intrahistoria.

Desde la cultura obrera hasta el modelo urbanístico y social de las periferias de las grandes ciudades españolas, siguen guardando algunas de sus claves de interpretación en ensayos como Los otros catalanes, Ser obrero no es ninguna ganga, Los que nunca opinan, o Carta abierta a un empresario.

Es difícil entender las decisiones de los sectores antifranquistas, el importante desarrollo del movimiento obrero en Cataluña bajo la dictadura, la constitución de las CCOO, o la creación de Asamblea de Cataluña en una iglesia del Raval, en 1971, sin acercarse a los escritos de este charnego militante del PSUC.

El clamor de Llibertat, Amnistía, Estatut de Autonomía, adquiere todo su sentido cuando lo ponemos en relación con los artículos, las novelas, los ensayos de Candel. Algunas sus obras sólo pudimos leerlas en su versión íntegra y sin censura tras la muerte del dictador.

Llegó la transición democrática y Candel fue elegido senador por Barcelona. Más tarde, en 1979, fue concejal, en las listas del PSUC, en el Ayuntamiento de Hospitalet de Llobregat, donde se ocupó de la cultura. De ahí nacen Un charnego en el senado, o Candel contra Candel.

Hace ya diez años, murió un hombre de esos que pensaba lo mismo que la madre de Serrat, Soy de donde comen mis hijos. A lo cual añadiría Aquí tengo a mi gente enterrada. Un catalán de adopción y valenciano de nacimiento. Un escritor catalán, que escribía en castellano y que aparece en los listados de grandes escritores valencianos.

Un hombre que, con más de 80 años, seguía sintiéndose parte de una juventud que aguarda un empleo, un horizonte para su vida, o que una editorial publique su novela, mientras desea que el relato que terminemos escribiendo sobre Cataluña y España no se olvide nunca de los otros catalanes.

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Carta abierta a Manuela Carmena

noviembre 29, 2017

Manuela,

No había pensado escribir esta carta, en este momento. Claro que había pensado mandarte una carta abierta, pero más adelante, con motivo de algún acontecimiento menos desagradable que el que se ha producido en los últimos días, cuando unos cuantos policías municipales han sacado a pasear, con nocturnidad, alevosía y publicidad, a través de una red social, toda la batería de insultos racistas y xenófobos, bajas pasiones, malos deseos, maldiciones. Vaya, que han desenfundando todo el odio patrio del que han sido capaces y que llevaban dentro.

Algo falla, Manuela, en el sistema de selección para puestos de los que depende la garantía de nuestros derechos, cuando semejantes molleras, como pedruscos, han conseguido atravesar el tamiz que debería suponer la oposición y ocupar un puesto investido de autoridad y dotado con arma reglamentaria, desde el que se permiten ensalzar dictaduras y dictadores genocidas, desear la muerte de su máxima autoridad, políticos, periodistas, “moros”, extranjeros y despreciar a los muertos causados por la dictadura. Hasta alcanzar la desfachatez de afirmar que matar es nuestro lema.

Cuando me adentré en el sindicalismo de las CCOO conocía tu historia, pero ya eras jueza y no andabas tanto por el sindicato. Allá por 2004, las CCOO de Madrid decidimos crear la Fundación Abogados de Atocha, para mantener viva la memoria de los abogados laboralistas asesinados el 24 de enero de 1977, en un atentado de la ultraderecha franquista, en el despacho laboralista de Atocha, número 55.

Queríamos recordar y preservar la memoria de cuanto significaron aquellos jóvenes en un momento tan complicado como el que vivía España en 1977. Eras la directora de aquel despacho y tan sólo una casualidad hizo que te reunieras aquella tarde con tu equipo en otro lugar situado unos números más abajo, mientras que los abogados vecinales se reunían en el tuyo. Una casualidad que te salvó la vida y te marcó para siempre.

Por eso formabas parte de aquel primer patronato de la Fundación y eso me permitió conocerte un poco más de cerca. Luego he compartido contigo un pequeño puñado de momentos. En 2011 te entregamos, junto a Pilar Bardem y Begoña San José, un reconocimiento de CCOO de Madrid, en las inmediaciones del 8 de Marzo, por vuestra defensa de las mujeres. Aquel día recuerdo que agradeciste el reconocimiento diciendo que el mismo era el de todas aquellas mujeres que os habían llevado a ser como sois. Mujeres como Paquita, mujeres como Cristina, como Paca, o como Josefina.

En 2013 interviniste en un Curso de Verano de la Universidad Complutense en El Escorial, organizado por el sindicato y en que reflexionamos sobre Pasado, presente y futuro democrático en España. Un debate, en plena crisis, sobre el empleo, la pobreza, la solidaridad, el asesinato de los Abogados de Atocha por defender una justicia democrática, la lucha de sindicalistas como los condenados en el Proceso 1001 por defender la libertad. Recuerdo que por la mañana interviniste presentada por Maricruz Elvira y, de nuevo, por  la tarde, en una mesa redonda, junto al profesor de la Universidad de Barcelona, Manuel Aguilar, moderada por Ana González.

Manejaste unas cuantas ideas que siempre me han parecido tan innovadoras, atractivas y sugerentes en ti. Comenzaste afirmando que Decimos grandes palabras que no sirven para nada: las normas tienen que indicar una conducta (…) O vinculamos la justicia y las leyes a la sociedad, o no valen para nada.

Te escuché hablar sin tapujos y sin complejos de la irrupción de la corrupción en la política española. De los problemas de una justicia que, pese a su independencia, no puede, ni cuenta con todos los medios, para enfrentar esta situación. Diagnosticar la corrupción, con datos transparentes en la mano, es imprescindible para ser capaces de gobernarnos a nosotros mismos.

Planteaste con valentía la necesidad de que la sociedad civil se organice para exigir justicia y evitar que la justicia se convierta en lo que denominabas una “tecnojerarquía” que anula la justicia y la aleja del pueblo y sus necesidades. Recientemente hemos colaborado en la edición y presentación de un libro escrito por algunos buenos amigos, titulado Cristina, Manuela y Paca. Tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso. Tres abogadas laboralistas unidas por el mismo esfuerzo y trabajo y marcadas por la misma tragedia de Atocha.

Y ahora, Manuela, llegan estos personajes siniestros y armados, investidos de autoridad, a poner en solfa todo esto. A hacer risas con asesinatos. Cantos a la intolerancia, la xenofobia, el racismo. A enarbolar, al mejor estilo de Millán Astay, su particular y renovado ¡Viva la Muerte! No es justo, no es razonable, no es mentalmente saludable, pero es.

Manuela, siempre he tenido miedo al poder de las instituciones. Creo que los mismos miedos que tiene cualquier pobre en este mundo, cualquier condenado de la tierra. Cualquier ciudadano, sin mucho dinero y sin mucho poder. Miedo un poco irracional, como de una memoria ancestral de humillación. Miedo al poder y sus abusos. Creo que las instituciones deben asegurar nuestros derechos, sin entrometerse demasiado en nuestras vidas. El poder que delegamos en ellos no puede ser jamás una herramienta para aplastarnos.

Un miedo que he aprendido a no generalizar, pero que sigue presente, pese al paso de los años.  El miedo reverencial que tenía a los maestros que podían arruinarte aquella incipiente vida infantil. Miedo a los policías, tal vez porque cuando los grises circulaban en sus lecheras por las calles de Madrid, nada bueno podía avecinarse. O porque cuando los guardias civiles lo hacían con su Dyane 6 por Villaverde, algo impreciso y vago, pero tampoco bueno, estaba a punto de ocurrir.

Miedo a estar en manos de un médico, en un hospital, sin control de lo que me pasa y a merced absoluta de su buen oficio. Miedo a verme ante un juez. En un tribunal sabes cómo entras, pero nunca cómo sales. Puede que haber conocido a muchos “robagallinas” en el barrio, me haya hecho creer que la justicia no es ciega y puede castigar y condenar mucho, o muy poco, por los mismos delitos, en función de circunstancias agravantes, o atenuantes, que se encuentran en manos del juez que te toca.

Ya ves que soy maestro y conservo muchos amigos y amigas en una profesión que considero de las más dignas y respetables que alguien puede escoger. Y me he relacionado con magníficos policías nacionales del SUP, municipales de CCOO, con los guardias civiles de la AUGC y con la Asociación Unificada de Militares Españoles. Su lucha es tan sindical como la mía, pero en unas condiciones mucho más duras, marcada por sanciones, arrestos, discriminaciones, persecuciones.

Conozco médicos excelentes, los tengo en la familia, como vecinos, o como compañeras y compañeros del sindicato. Y cómo temer a los jueces, si lo eres tú y lo es Ricardo Bodas y lo era Javier Martínez Lázaro, recientemente fallecido, que comenzasteis vuestra andadura como abogados laboralistas de las CCOO. Y sin embargo, el miedo sigue ahí.

Son muchos los buenos profesionales y pocos los que ensucian la profesión, pero los hay. No podemos, sectariamente, convertirlos en la imagen de una profesión, pero tampoco el corporativismo puede conducirnos a tapar a los malos profesionales y mucho menos a los que utilizan su autoridad contra la dignidad de  las personas y los derechos de la ciudadanía. Ese delegado de CCOO que ha denunciado la situación es un modelo de ciudadanía y merece todo el reconocimiento y la protección ante las amenazas violentas.

Somos libres para discrepar, opinar, disentir y movilizarnos contra lo que no nos gusta, o creemos injusto. Yo mismo no coincido con todo lo que hace el Ayuntamiento que presides, ni comparto las maneras, formas y procedimientos de algunos concejales de tu equipo. Lo puedo decir más alto, más claro, o si lo prefiero, callarme. Puedo plantearlo educadamente, en un artículo, ante un juzgado, o puedo ser grosero, aun sabiendo que, al serlo, perderé buena parte de la razón y las razones que pudiera tener. Pero, por experiencia, he aprendido que en la violencia y en la incitación a la violencia, está el límite de mi libertad.

Creo que lo ocurrido con estos policías municipales, aparte del tratamiento administrativo y judicial, debe hacernos reflexionar sobre el modelo de profesionales que queremos que protejan nuestra seguridad y nuestras libertades. Qué formación inicial necesitan, cómo los seleccionamos, qué carrera profesional tienen por delante, qué sistemas de promoción, qué formación permanente deben realizar obligatoriamente. Cuál es su manual de procedimiento y su libro de estilo. Qué esperamos de ellos y qué no toleraremos que hagan.

Manuela, tienes mi afecto, mi respeto y mi confianza en que sabrás juzgar la situación y adoptar las medidas que permitan que salgamos a las calles convencidos de que hemos delegado autoridad, poder y hasta la posibilidad de desenfundar un arma en otras personas que se encargan de de que nuestros pasos sean libres y seguros, porque son defensores de nuestra convivencia democrática.

Un abrazo,

Javier López.


Día del niño y trabajo infantil

noviembre 29, 2017

En las inmediaciones de la conmemoración del Día Universal del Niño, parece que la CEOE (la organización de una parte de los empresarios españoles) ha presentado un informe en el que afirman que la conciliación de la vida laboral y familiar pasa por medidas como la desgravación fiscal a las familias de los gastos ocasionados por contratar servicio doméstico, “canguros” y personas que cuiden de nuestros mayores.

También les parece oportuno ampliar los horarios de las guarderías para que puedan cubrir los horarios del padre y de la madre. Y, de paso, que les compense el Estado los gastos ocasionados por tener que facilitar la conciliación.

Hablan de “guarderías”, un concepto que parecía desterrado desde que se pasó a una visión más educativa del asunto y se prefirió hablar de “escuelas infantiles”. Sea como sea, parece que los empresarios no están dispuestos a que la famosa conciliación pase por negociar con sus trabajadores la reorganización del trabajo en la empresa, hasta poner las necesidades productivas a la altura de las necesidades personales y familiares de las personas.

Cada día tengo más la impresión de venir de un viaje interestelar y haberme quedado varado en el tiempo del maestro forjado a caballo entre una dictadura que moría y una democracia que pugnaba por nacer, pero que aún no se había decantado en Constitución.

Lo más avanzado que se estudiaba, en aquellos días, en las Escuelas de Magisterio, era a Lorenzo Luzuriaga, o a María Montessori, algo de Piaget, Decroly, Dewey, Pestalozzi. Vaya, que fue una tarea paralela, o posterior, lo de estudiar a Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza, o las Escuelas Racionalistas de Ferrer i Guardia.

La pedagogía de la liberación de Paulo Freire, o el Lenguaje Total, de Francisco Gutiérrez, muy influenciados por la Teología de la Liberación en Latinoamérica. La sociedad desescolarizada de Ivan Illich. Celestin Freinet, Gianni Rodari, Francesco Tonucci.

La pedagogía libertaria que nos llegaba de Tina Tomassi, Carlos Díaz, o Félix García. Las experiencias de Orellana, Fregenal de la Sierra, Summerhill, Paideia, Rosa Sensat. Sin olvidar a Makarenko, Tolstoi, la educación vista con los ojos de Antonio Gramsci, o la Escuela de Barbiana de Lorenzo Milani y su hermosa Carta a una Maestra.

España se llenaba de movimientos de renovación pedagógica y sindicatos, asociaciones de padres (luego de madres y padres), que defendían la escuela pública y organizaban cursos, jornadas, encuentros, escuelas de verano. Educar para la libertad, la igualdad, la democracia que comenzaba su andadura. Fue un tiempo en el que el debate, el diálogo, la convivencia y hasta la armonía entre las corrientes más diversas, nos parecían posibles.

Han pasado cuarenta años desde entonces. Son muchos los profesores, maestros y educadores, que siguen bebiendo de estas fuentes, enriquecidas por nuevos pensadores que llegan hasta Zygmunt Bauman y su Educación Líquida, hasta J.M. Coetzee y su hermoso homenaje Las manos de los maestros, pasando por los modernos pedagogos que reflexionan sobre la utilización de las TIC en la educación.

Con todo, la gran transformación no viene del campo de la pedagogía, sino que parece venir de la incorporación de la productividad, la eficacia, la eficiencia, a la enseñanza. El miedo a un futuro que siempre iba a ser mejor, pero que por primera vez se nos aparece mucho más negro que el pasado. Y nuestros hijos, nuestras hijas, no pueden perder el tren hacia el negro horizonte, pertrechados con las mejores armas.

Los padres hemos ido asumiendo a la fuerza la precariedad de unos empleos líquidos, en una sociedad líquida, regida por una política líquida, que nos conducirá hacia unas difuminadas pensiones. La vida se nos escapa aceleradamente de las manos. A la carrera. Siempre a la carrera.

Nuestra infancia madruga tanto como sus padres. Los abuelos (o las cuidadoras, o las canguro) llevan a los nietos al colegio, les dan de comer (o comen en los colegios), los llevan a actividades extraescolares (inglés, baloncesto, tenis, robótica, música, natación, danza, futbol, atletismo…). Cada tarde se prolonga hacia el infinito. Deberes, cena, a dormir. Hasta el día siguiente. Los sábados competición, partido. No se puede decir que nuestra infancia no sea productiva desde el principio en ese trabajo de prepararse  para ser competitivos mañana.

Cuando hablamos de explotación y trabajo infantil pensamos en los niños que fabrican productos de marca en una maquila mexicana, o en una fábrica textil de la India. Tal vez deberíamos pensar si nuestros hijos no son casos prácticos de trabajo infantil. De hecho realizan largas jornadas de trabajo en simuladores de vida precaria.

No hay más remedio si queremos prepararlos para el futuro, decimos los padres. A nuestros hijos les gusta, socializan, se relacionan, aprenden cosas útiles, argumentamos para justificar el exceso. En fin, no quisiera verme en la piel de esos pequeños que ya ni protestan, porque han aprendido que las cosas son así y no merece la pena protestar. Son así y hasta hemos aprendido a que nos guste que así sean. El día que no podamos más explotaremos en una de esas revoluciones (a veces contrarrevoluciones) primaverales, naranjas, verdes, quincemayeras, nacionalistas, o nacionales. Así de pirandelliano todo, Así es (si así os parece).

Y ahora llegan los empresarios y nos dicen que papá Estado nos pague algo de lo que gastamos en cuidadoras, canguros y servicio doméstico. Y que las guarderías alarguen sus horarios al servicio de las jornadas de trabajo. Pronto pedirán colegios 24 horas. Internados para hijos de familias pobres con trabajo precario.

Se acerca el 20-N y no lo digo por recordar a muertos, ni por activa, ni por pasiva (no hay mayor desprecio que no hacer aprecio), sino para extender la preocupación por los vivos.  El 20-N fue declarado, por las Naciones Unidas, desde 1954, Día Universal del Niño. En la misma fecha de 1959 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos del Niño y en 1989 la Convención de los Derechos del Niño. Imagino que también de la niña.

Este año cae en lunes, día de vuelta al trabajo y al cole, o al instituto. La preocupación por la vida de nuestros niños y niñas, su educación, su libertad, sus derechos, sus necesidades de afecto, sus horarios, sus jornadas, su ocio, su “trabajo”, debería de merecer una reflexión, siquiera breve. Se lo merecen porque parafraseando a mi querida Paquita, son pequeños, pero no son gilipollas.


La patria de la infancia

noviembre 29, 2017

Me pide el director de Madrid es Noticia que escriba periódicamente un artículo breve, de actualidad política nacional o madrileña, en una tribuna de opinión. Le he dado vueltas y creo que no hay nada más importante en la actualidad que la conmemoración del Día Universal del Niño y de la Niña, el próximo 20 de noviembre. Una decisión adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, allá por 1954.

Ya sé que hay otros asuntos virales, pero mucho menos trascendentes, porque el futuro de nuestro país y de nuestro planeta tendrá mucho más que ver con esos 300.000 niños soldados que hoy combaten involuntariamente en decenas de conflictos armados por todo el planeta. Ellos en primera línea de fuego. Ellas como esclavas sexuales, cocineras, escudos humanos, o en ataques suicidas.

El mundo del mañana tendrá que ser construido también por esos 170 millones de niñas y niños víctimas del trabajo infantil. Los 250 millones en edad escolar, pero que no van al colegio. De los 300 millones que viven en áreas degradadas y altamente contaminadas. Ese futuro que no verán muchos de esos 385 millones que viven en la pobreza más extrema. Que no verá ninguno de los 8.500 niños y niñas muertos cada día por desnutrición severa (160 millones de niños que sufren raquitismo y 42 millones padecen sobrepeso).

En fin, creo que no quedaría bien que el próximo 20 de Noviembre soltáramos un donativo y volviéramos a hablar de Cataluña. Creo que ese día sería bueno que pusiéramos las banderas entre paréntesis y pensáramos en lo más importante que nos traemos entre manos aquí, en Nueva York y en Bombay: los derechos pisoteados de centenares de millones de niños y niñas en nuestro planeta.

Si lo pensamos un poco, este planeta es la única patria que tenemos. Y dado el carácter infinito del universo, deberíamos considerarlo casi una patria chica. Aunque, tal vez, tenga razón Einstein cuando decía que hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.


Acoso a artistas

noviembre 5, 2017

Hace poco leí una noticia en los medios de comunicación sobre las denuncias de algunas grandes actrices estadounidenses contra el superproductor Harvey Weinstein por acoso sexual. Todo un escándalo de agresiones que ha destapado uno de los inframundos sustentan el suelo sobre el que se construyen los escenarios y platós de la industria cinematográfica.

Al parecer, el miedo a no trabajar y ver arruinadas sus carreras profesionales ha permitido que el silencio imperase durante mucho tiempo en torno a un escándalo que era ampliamente conocido, pero no publicitado fuera del inframundo en cuestión.

Un suplemento periodístico dedicado a la mujer ha decidido preguntar a unas cuantas actrices españolas, para saber si la situación en España era la misma. Para ello se ha dirigido a algunas actrices conocidas, como Aitana Sánchez-Gijón, Carla Hidalgo, Ana Gracia, o María Valdivieso.

La respuesta generalizada ha sido que nuestro país no es muy diferente del Imperio en estas cuestiones de acosos sexuales, amenazas y chantajes para obtener un papel. O eso, o no hay trabajo que valga. No todo es así, evidentemente, pero hay ejemplos notorios y silenciados.

He recordado que un amigo mío contaba que su incipiente y casi non nata carrera musical, se vio malograda, merced a una negativa dirigida a un conocido crítico musical y comentarista en los medios. Mis amigos de la Unión de Actores me han referido, no pocas veces, que en una profesión tan desregulada, precaria, temporal y caprichosa como ésta, no faltan abusos, atropellos y arbitrariedades. No importa cuán cualificado te encuentres. Tus oportunidades poco tienen que ver con ello.

Tengo dos hijas que se dedican a este mundillo y, a través de su experiencia, puedo comprobar cada día lo difícil que es abrirse camino en esta profesión. Hay países europeos, conozco el caso de Bélgica, que conceden un Estatuto del Artista a quienes demuestran cada año que esa es su forma de vida principal.

Ese “status” no se regala, sino que se concede cuando se demuestra objetivamente la condición de artista. Permite acceder al desempleo cuando no se trabaja y dejar de cobrarlo cuando se producen ingresos por la actividad artística, o facilita el acceso a asesoramiento y ayuda en los temas más complejos para un artista, como contratación, facturación, o declaración de impuestos.

Pero claro, Bélgica es un país avanzado, aún con crisis y recortes, al que le preocupa seguir siendo referente cultural en Europa y en el mundo. De hecho conozco artistas españoles que actúan por Europa, con ayuda de la Embajada Española, la marca España y hasta el Instituto Cervantes, mientras que aquí no consiguen abrirse camino de forma alguna. Nuestra juventud sabe que para trabajar hay que probar suerte del lado de allá de las fronteras.

Y no es un problema de derechas o izquierdas, porque esas definiciones, en muchas ocasiones y desgraciadamente,  parecen ser tan sólo los apellidos que identifican a los caciques del lugar, elegidos, cooptados por el partido, o de carrera. La dedocracia, el amiguismo, el enchufismo, siguen siendo prácticas comunes, frecuentes y “admitidas” como animal de compañía en demasiados departamentos administrativos.

No hace mucho tiempo, paseaba por unas fiestas de barrio, amenizadas por un nutrido grupo musical. Me saludó la presidenta de la Asociación de Vecinos, que compartía mesa en la terraza de un bar, con el concejal del distrito. Comenté algo sobre la calidad de la música y la respuesta inmediata y satisfecha de aquella buena mujer fue que el grupo actuaba sin cobrar un duro.

Quizá sonó descortés mi respuesta, cuando le dije que quienes limpiasen la plaza, las calles y el parque, tras la fiesta, seguro que cobrarían un salario. Y que quienes ponían el escenario y las luces, mal que bien, también pasarían factura. En cuanto a los del bar, cobrarían las cañas y raciones servidas.

Pero en España la cultura es otro mundo. Tiene valor aleatorio y no tiene precio. Si te lo montas bien, te contrataré de vez en cuando y si, también de vez en cuando, me lo haces por la jeta. Las vidas de nuestros músicos y gentes de la escena, no son muy distintas de la que transitaron sus antecesores medievales y hasta nuestros días. En España hay cosas que nunca cambian. El acoso a los artistas y el desprecio a su trabajo, tampoco.


Probado: Luis el “Cabrón” es Luis Bárcenas

octubre 30, 2017

Dice la Fiscalía Anticorrupción que ha quedado acreditado y probado que Luís el Cabrón es Luís Bárcenas, el extesorero, exgerente y exsenador del PP. Y que en el PP había una caja “B” opaca. Y que no su grupo municipal, sino el susodicho partido, se ha lucrado de la Gürtel. Y que todo este desparramo no ha beneficiado al Estado ni a los españoles.

Andamos sin embargo, tan entretenidos en el jugueteo que se traen Mariano y Carles, que no prestaremos mucha atención a una noticia que, por sí misma, daría lugar a la convocatoria inmediata de elecciones anticipadas en muchos de los países de nuestro entorno.

Un escándalo no muy diferente al vivido en Italia en la década de los 80 del siglo pasado, en torno al Banco Ambrosiano, ligado al Banco Vaticano y bien relacionado con la logia masónica P2 y hasta con elementos de la mafia. Escándalo que tuvo continuidad en los 90, cuando se desencadenó Tangentópolis, un proceso de investigación al que se dio el nombre de Manos Limpias (no confundir en modo alguno con ese engendro sometido ahora a investigación y procesos judiciales en España).

Las corruptelas, corrupciones, sobornos, comisiones y mordidas generalizadas que se destaparon dieron lugar a más de 1200 condenas de responsables empresariales y políticos y condujeron al hundimiento político de la Democracia Cristina y el Partido Socialista de Bettino Craxi.

La maraña de la justicia hizo que peces gordos como Berlusconi o Craxi fueran un día condenados, luego absueltos. Más tarde fueron declarados prescritos algunos de sus delitos. Entre medias se beneficiaron de la inmunidad parlamentaria y por último se acogieron al “Decreto Salvaladrones”, aprobado por un gobierno presidido por el propio Berlusconi, que evitaba la cárcel para este tipo de delitos.

Se me hace a mí que esto de la corrupción forma parte de la idiosincrasia nacional de algunos lugares de Europa, al sur de los Pirineos y los Alpes. En España parece venir de largo. Un buen número de magistrados romanos destinados en Hispania durante un tiempo (pretores, cuestores y demás) acababan a su vuelta a la capital del imperio en cárceles romanas, incapaces de justificar los orígenes de su rápido enriquecimiento.

No en vano el género picaresco es una invención española y buena parte de sus héroes accidentales deambulan por las calles de la capital económica de la península, a mediados del siglo XVI. Madrid era la Corte, pero Sevilla gobernaba el mundo. Al menos el Nuevo.

Esa Sevilla a la que llegaban los barcos cargados de oro y plata de las Indias y en la que buscaban acomodo y supervivencia Rinconete y Cortadillo, Guzmán de Alfarache, el Buscón llamado Don Pablos, la hija de la Celestina, o el Burlador de Sevilla, que no es más que un pícaro por otros medios. Hasta el Diablo Cojuelo recala en Sevilla y el pobre Lázaro de Tormes, se nos aparece doblemente pobre perdido por derroteros salmantinos y toledanos mientras suspira, sin atreverse a decirlo, por emprender camino hacia Sevilla.

El mismísimo Don Quijote, que nunca traspasó la frontera de Sierra Morena, ni nunca entró en Sevilla (aunque sí lo hizo en Barcelona), se topa por los caminos con la presencia recurrente de la ciudad. Su puerto hacia las Indias, su poderío y sus gentes, los personajes que conoció Miguel de Cervantes mientras en Sevilla vivió, se le aparecen al Ingenioso Hidalgo, como destino deseable y como paradigma de la riqueza, el poder, la pobreza de solemnidad y la marginación.

Es verdad que la riqueza americana pasa por Sevilla, enriqueciendo a unos pocos y sembrando migajas entre la numerosa población que allí mora. Pero no es menos cierto que, inmediatamente, el mayor bocado es devorado por aquellos que financian las aventuras de nuestros reyes, ya sean estas aventuras festivas, o guerras continuas. Conquistar todo un imperio para dilapidarlo en disputas interminables entre monarcas de la época y todo por dominar pequeños y ajados territorios europeos.

El españolito malvive y muere pronto en su tierra. Se alista en los tercios para ganar poco y morir joven al modo de Alatriste. O emigra a América para perderse en la inmensidad de las selvas, los valles y los desiertos, como lo hiciera Lope de Aguirre, navegando el Orinoco, en busca de un inalcanzable El Dorado, perdiendo vidas, condenando sus almas y sembrando muerte, dolor y esclavitud a su paso.

Tan solo unos pocos volvieron como ricos indianos, merecedores de reconocimiento general, por la magnificencia de las obras públicas, de caridad y construcción de palacetes que emprendieron y merced a la compra de voluntades que pagaron a buen precio en los pueblos donde habían nacido.

Otros pocos quedaron ricos allá, fortaleciendo las raíces de árboles genealógicos que aún gobiernan los destinos aquellos países, mientras sus descendientes acusan, a quienes nunca hicimos ese camino de ida, ni de vuelta, de haber explotado y masacrado nada menos que todo un continente.

Eduardo Mendoza con su Ciudad de los Prodigios, o Valle-Inclán, con su hija del Capitán dan buena cuenta de cómo asesinatos y hasta directorios militares encuentran acomodo en este país, siempre que se trate de tapar una corrupción generalizada y ventilar el olor a podredumbre cuando ya todo lo impregna.

Visto el desarrollo del culebrón catalán, no es extraño que el mismo día en que Luís Bárcenas resulta desenmascarado como Luís el Cabrón, benefactor de toda su familia política, homologable a nivel estatal con las artes que la familia Pujol desplegaba en Cataluña. Ese mismo día, el drama catalán que se encaminaba a un desenlace trágico, haya girado hacia la comedia, para acabar en melodrama. Retransmitido en directo, en ediciones especiales, exclusivas, monotemáticas.

Y mientras tanto, la vida sigue y todo funciona, más mal que bien, pero funciona. Y, cada día, la ciudadanía se pregunta para qué sirven una política y unos políticos que están como ausentes. Cada vez hay menos diferencia entre los famosos invitados a participar en Gran Hermano y los políticos embarcados en el reality catalán. Es más, el resultado es bien parecido. El país se entretiene, la corrupción pervive, las bajas pasiones afloran en torno a nacionales y nacionalistas, mientras los jefes de Luis el Cabrón y el pujolismo disfrutan de la Gürtell y del tres por ciento, al tiempo que se frotan las manos.


Los carriles de la vida

octubre 29, 2017

Me gustaría escribir este artículo “objetivamente”, pero bien es sabido que la objetividad de cada cual depende muy mucho del lugar que elige para mirar. Hablar de Paco (oficialmente Francisco) Naranjo, con motivo del libro que presenta esta semana, no puede tener nada de objetivo, porque la amistad es pura subjetividad.

El libro se titula Los carriles de la Vida. El título resulta ineludible porque, según cuenta él mismo, nació debajo de una traviesa negra y alquitranada, contraviniendo las normas más elementales, que dictaban explícitamente que todos los niños debían venir de París, en el pico de una cigüeña. La traviesa en cuestión se encontraba en un lugar llamado Esparragalejo, porque el padre de Naranjo era ferroviario en el cercano apeadero de Proserpina, muy próximo a Mérida.

Avisa la portada que nos encontramos ante un libro de Crónicas de un ferroviario extremeño. Crónicas porque cuanto leeremos es mucho más que un diario de transcripciones aburridas de hechos, acontecimientos y conocimientos personales del autor. Cada breve capítulo recrea momentos, desvela sensaciones, esparce opiniones, disemina anécdotas y evoca en nosotros momentos de nuestras propias vidas.

La verdad del ferroviario, porque eso es lo que ha sido Naranjo, con orgullo, toda su vida. Los dos colectivos más golpeados por la represión franquista tras la guerra civil, le gusta recordar a Almudena Grandes, fueron los maestros y los ferroviarios. Los maestros porque preservaban la cultura para las nuevas generaciones. Los ferroviarios, porque en sus viajes por toda España, transportaban los libros, los panfletos, las enseñanzas de los maestros.

La verdad del extremeño que nunca se sintió charnego en el Madrid que le adoptó y donde se convirtió en un experto en comunicación, mucho antes de que llegaran los “media expert” y se percató de las posibilidades de internet antes de que aparecieran como una novedad los Community Manager.

Paco Naranjo es  ejemplo de trabajador autodidacta, en una España en la que abundan los analfabetos funcionales, con título a cuestas y cargo público, o privado, en ristre. Claro que ha cursado estudios profesionales, pero ha aprendido lo primordial de cuanto sabe por sus propios medios. Fijándose en los mejores, leyendo a los imprescindibles, escribiendo comunicados de prensa, extrayendo lecciones de los momentos vividos, asistiendo a actos culturales, aunque para ello tuviera que disfrazarse de figurante romano en una obra del Teatro Clásico de Mérida.

Si un día, un investigador de las sociedades pasadas (uno de esos que no se fija sólo en los acontecimientos y sus protagonistas  oficiales y autorizados), encontrase el libro Los carriles de la Vida de Francisco Naranjo, en una de las traviesas estanterías de una estación bibliotecaria, habría descubierto las vías de acceso a  lo que Unamuno denominaba la intrahistoria de nuestro tiempo.

Por este tren, pasan los más variados personajes. Desde sus padres, hasta Rafael Alberti, Lorca, Miguel Hernández, o Marcos Ana. Por allí transitan su mujer, Isabel y sus hijos, compartiendo vagón con Dolores Ibarruri, con Lola González, o con Cármen Rodríguez, la mujer de Simón Sánchez Montero.

En el tren, de largo recorrido y lenta velocidad, viajan Marcelino y Josefina, en animada conversación con Genovés y en el mismo vagón un tal Antonio que, más tarde, descubrimos que se apellida Gutiérrez. El senador Pepe Alonso, comparte el mismo compartimento, con literas reservadas, con el profesor anarquista Agustín García Calvo, el sindicalista Paco el Cura y el luchador vecinal Paco Caño.

A través de las ventanillas podemos contemplar escenas de la vida del pueblo y de la ciudad. Recordar las tragedias que nos han marcado en el despacho laboralista de la calle Atocha, o en los trenes que llegaban a la estación de Atocha. Descubrir los paisajes de las luchas mineras y bajarse en la estación del Campamento de la Esperanza de SINTEL. En cada andén podemos reconocer a muchas mujeres y algunos hombres que nos han acompañado y que nos siguen acompañando, aunque ya no estén.

El libro de Paco Naranjo partió, como ya quedó dicho, del apeadero de Proserpina y realiza paradas en más de sesenta estaciones. Se encamina ahora hacia la montaña de Príncipe Pío, a la que el lector puede ascender desde la estación y detenerse un momento en el mirador, para allí asombrarse del largo y sinuoso camino que ya ha recorrido nuestro tren. Para sentir, a continuación, la fascinación de unos carriles que se proyectan hacia un horizonte al que nos encaminaremos en el momento en que bajemos de la colina y Paco Naranjo toque el silbato, baje la bandera y dé la señal de partida.