Las identidades de Carlos Marx

febrero 13, 2019

Hay a quienes les gusta clasificar a las personas en función de su color, su religión, su sexo, su opción sexual, su ideología, su voto declarado, su voto intuido. Todo parece así más sencillo. Se adscribe una identidad y, a partir de ahí, ya no hay más que hablar. Sin embargo, creo que ese reduccionismo termina siendo una barrera de incomunicación, bebedero de tópicos y  recurso empobrecedor, a la par que simplista.

Cuanto más rica es una personalidad, más se producen intersecciones  de identidades. Ya lo decía Luis Eduardo Aute, citando a San Agustín, yo soy al menos dos y estoy en cada uno de los dos por completo. Pongamos el ejemplo de Karl Marx. Pudiera parecernos que el personaje se agota en la filosofía, en su visión de la economía, las clases sociales, sus predicciones históricas, fallidas, o acertadas.

Sin embargo, hay una lectura ecologista de Marx, otra educativa. Se puede mirar a Marx desde la poesía, o tomar en cuenta sus interpretaciones del nacionalismo, su opinión sobre la religión (no tan opiácea como la que se nos ha contado), su relación con las mujeres. Su opinión sobre la posesión de la tierra, sus cálculos matemáticos, el papel de los medios de comunicación, el modelo de ciudad, o detenernos en su activismo político incansable.

Ya he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre su visión del trabajo humano, o sus reservas ante las opiniones sobre el derecho a la pereza sostenidas por su yerno. Unas reservas que tenían más que ver con el choque de una cultura alemana con otra hispanocubana y que menospreciaban el tremendo esfuerzo que Pablo Lafargue (el yerno en cuestión) desplegó a lo largo de su vida para difundir por España y Francia, las ideas de su suegro y, sobre todo, el amor que dispensó a su hija Laura.

En el año que se ha cumplido y nos ha dejado desamparados ante un horizonte cada vez más extraño de días y meses plagados de inseguridades, desasosiegos, e incertidumbres, conmemorábamos el nacimiento de Marx hace 200 años. Uno de los hombres cuyas ideas han influido más en los procesos históricos que se han desencadenado a lo largo del último siglo y medio.

El acontecimiento me ha dado la oportunidad de compartir páginas heterodoxas, cuando no abiertamente heréticas, respetuosas, o irreverentes, sobre el pensamiento y las diferentes lecturas a las que se presta Carlos Marx, en un libro al que titulamos Dígaselo con Marx. Un puñado de mujeres y hombres que se ha prestado a dar su versión de las identidades que habitaban en el Moro (que así le llamaban en la estrecha contorna de familiares y amigos).

Quiso Marx conocer el mundo y su funcionamiento para, inmediatamente, ponerse a la tarea de transformarlo. Nunca un filósofo se había volcado con tanto empeño en esa labor y muy pocos dedicaron su vida a sentar las bases para gobernar las transformaciones que se aceleraban en el tiempo.

Sin la figura de Marx y de su amigo Engels, sin sus mujeres, sus hijas, sus yernos, sería muy difícil interpretar nuestro tiempo. No sólo el pasado, sino sobre todo el presente. No podríamos entender la existencia de sindicatos, partidos de origen obrero, procesos revolucionarios y reaccionarios que conmocionaron y que siguen preocupando en el mundo.

Sin ellos no se explican los avances sociales, el Estado del Bienestar, los sistemas sanitarios, educativos y de servicios sociales. Las potencias imperialistas coloniales, las catastróficas consecuencias de la descolonización, las concentraciones de capital y las grandes guerras, desigualdades, hambrunas. La concentración de capitales y el hecho de que, pese al aumento general de la riqueza, los ricos sean cada vez más ricos y los pobres seamos más desiguales cada día.

Sin los marxistas no se explican los anarquistas, el socialismo, ni la teología de la liberación. El urbanismo pensado para la clase trabajadora, nacido en lugares como Berlín o Viena, antes de la llegada del fascismo, le debe mucho a Marx. El feminismo se universalizó cuando las mujeres trabajadoras entraron en acción y reclamaron igualdad laboral y derechos sociales, además del derecho al sufragio.

Es cierto que la prusiana ciudad de Tréveris ha celebrado activamente el nacimiento de su ciudadano más ilustre, pero no he visto gran entusiasmo en otros países, ni en la propia Alemania. Se ha presentado alguna atractiva película como El joven Karl Marx. En cuanto a España, algún Congreso Universitario, como el de la Complutense de Madrid y algunas publicaciones como el libro mencionado.

Son tantas las citas, acontecimientos, noticias, escándalos rosas, azules, de corrupción económica, que todo tipo de eventos conmemorativos terminan resultando flor de un día. Esa es una de las claves del sometimiento y la esclavitud a la que nos condena la modernidad. Todo es efímera efemérides.

No creo que todo sea elogiable en Marx. Para mi gusto, entró tan de lleno en la economía, el análisis de las clases sociales y acumuló tantos esfuerzos para luchar por la igualdad, que olvidó la capacidad corruptora del poder y terminó dejando la puerta entreabierta a lo que él creyó sería dictadura del proletariado y terminó siendo dictadura sobre el proletariado. De nada sirvió luego explicar que la dictadura del proletariado no era estalinismo, ni maoismo, ni polpotismo.

Pero de ahí a obviar que una parte muy importante de nuestro pensamiento, de nuestra capacidad para estudiar, analizar, juzgar, sentenciar y corregir las lacras de nuestro tiempo siguen necesitando de Carlos Marx y su gente, me parece un error de bulto.

Un error que nos permite pensar que inventamos el mundo cada vez que estallamos, nos organizamos, reivindicamos y conseguimos cambiar algo, en lugar se sentirnos parte de una corriente que a veces se transforma en marea, tempestad, o aguacero que ha recorrido y sigue recorriendo la historia humana desde tiempos inmemoriales. La corriente de la libertad, la justicia y la solidaridad, frente a la barbarie.

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María Luisa, una madrileña valiente

enero 23, 2019

 

En estos tiempos de reivindicación de la igualdad de la mujer, me parece necesario recordar a María Luisa Suárez, que acaba de dejarnos con 98 años de edad. Una de esas personas que luchó por la emancipación, la libertad y los derechos en tiempos mucho más difíciles de los que hoy nos toca vivir.

Nació María Luisa en Madrid en 1920. Sus padres eran republicanos y decidieron que su hija tuviera una educación laica y librepensadora. Por eso su formación inicial se desarrolló en la Institución Libre de Enseñanza, ese proyecto de regeneración, modernización y europeización de la enseñanza que puso en marcha Francisco Giner de los Ríos.

Las botas militares pisotearon todas aquellas buenas intenciones pedagógicas, el reconocimiento de los derechos que la República había concedido a las mujeres y cualquier intento de reformas sociales, o políticas, que pudieran dar voz, protagonismo y poder al pueblo. Sin embargo, el poso de todo lo vivido en aquellos primeros años acompañó a María Luisa, a lo largo de toda su existencia.

Se empeñó, recién acabada la guerra, en ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, aunque fuera la única mujer matriculada allí en 1941. Hay que hacerse a la idea de dónde entraba nuestra joven heroína. Una facultad completamente masculina, cuando no abiertamente machista, en la que enseñaban profesores que habían superado todas las depuraciones del régimen franquista y que tenían un alto sentido y un elevado concepto de la clase a la que pertenecían y a la que estaban destinados a defender.

María Luisa fue una de las pocas mujeres que superó la prueba y formó parte de la primera promoción que se licenciaba en Derecho tras la Guerra Civil. No fueron fáciles sus comienzos, pero ingresó en el Colegio de Abogados y se empeñó en ejercer la profesión, en lugar de recluirse en el papel hogareño que el franquismo reservaba a las mujeres.

Se afilió al clandestino Partido Comunista y llegó a formar parte de su Comité Central. Se enamoró, se casó, tuvo una hija. Ayudó al defensor militar en el juicio a Julián Grimau, que terminó siendo fusilado tras la sentencia del Tribunal Militar.

Creó el primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, Antonio Montesinos y José Esteban. Defendió a miles de trabajadores, militantes de las CCOO como Marcelino Camacho, miembros del Partido Comunista y a cuantos reclamaban su ayuda por ser perseguidos por la dictadura.

A lo largo de su vida recibió la distinción de San Raimundo de Peñafort, el máximo reconocimiento de la abogacía española, o el Premio Abogados de Atocha en su primera edición, en reconocimiento a su defensa de los derechos laborales.

Miro esa foto, que figura en la portada de su libro Recuerdos, nostalgias y realidades. Una joven y sonriente abogada recién licenciada. Admiro la serena sensibilidad que le hizo ser apreciada por cuantos y cuantas trataron con ella, junto al orgullo, la firmeza y convicción  que habita en su mirada. Toda ella fue generosidad que abrió las puertas de su despacho para forjar en él aquellas generaciones de abogadas y abogados como Lola González Ruiz, Cristina Almeida, Manuela Carmena, o Francisca Sauquillo. La generación de los Abogados de Atocha.


Danza Bikutsi por Navidad

enero 9, 2019

Hay quien dice que los jóvenes se han vuelto individualistas y egocéntricos. Encerrados en sí mismos, e inmersos en el laberinto intrincado de las redes sociales. Y, sin embargo, la vida se empeña en demostrarnos que basta una pequeña chispa, para que el aislamiento se rompa y la solidaridad explote de forma sorprendente e imprevisible.

Hace meses, un amigo de Rivas, Marcos, me puso en contacto con una asociación local volcada en la solidaridad, que quería presentarme a un grupo de jóvenes, a las que alguna diputada llamaría jóvenas, que se habían embarcado en un proyecto de apoyo a la educación en Camerún. Sinceramente, conozco poco sobre esas tierras. Poco más que cuatro nociones básicas. Así que, de entrada, antes de verme con ellas, me puse a investigar algo sobre el país.

Parece que por el territorio que hoy llamamos Camerún, han pasado pueblos neolíticos, tribus, reinos y hasta un imperio. Luego pasaron, comerciando por allí, de paso hacia la India, los portugueses que, ante la abundancia de cangrejos, gambas y camarones, le dieron el nombre de Río dos Camaröes. Dejaron a su paso algunos puestos comerciales y unos cuantos misioneros.

Luego los yihadistas de entonces declararon, como los de ahora, una guerra santa y crearon un emirato, desplazando a gente de un lado para otro. Con tanto trasiego, para cuando quisieron darse cuenta, los alemanes, ansiosos de participar en el reparto de títulos coloniales en Africa, se hicieron con aquellas tierras y las sembraron de factorías, negocios, comercios y tropas.

Cuando los alemanes perdieron la Primera Guerra Mundial, franceses y británicos se repartieron la colonia, produciendo una división y desencadenando un conflicto nunca bien resuelto, entre anglófonos y francófonos, antes, durante y después del propio proceso de descolonización.

Identidades confrontadas que vinieron a sumarse a las diferencias tribales y la pluralidad de religiones que profesan los musulmanes, cristianos, animistas, musulmanes-animistas, o cristianos-animistas. Entre Nigeria y el Congo, en la frontera con Boko Haram, Camerún no parece un  país nada fácil para unas pocas jóvenes, ni jóvenos.

La cosa tenía su explicación. Las tres jóvenes, porque tres eran tres, habían viajado escalonadamente a Camerún. Primero llegó una para coordinar un proyecto de prevención de la violencia en escuelas rurales, urbanas y en orfanatos. Luego fueron llegando las otras. Al cabo de unos meses se separaron de la ONG con la que colaboraban y dos de ellas marcharon a Dschang, la ciudad más grande del departamento de Menoua, en la Región Occidental de la república.

Y allí, en un país con dos lenguas oficiales, francés e inglés, que no hablan la mayoría de la población y con otras más de 230 lenguas que vienen del Congo, del Nilo, del Sahara y hasta de Asia. En un lugar donde los franceses,  ingleses, chinos, o los alemanes, invierten para promocionar su lengua, su cultura, sus empresas. En una universidad perdida en una de las diez regiones en las que se divide Camerún, nuestras jóvenes fueron a encontrar a cientos de alumnos y alumnas, estudiando en una Facultad de Estudios Hispánicos. Me pareció increíble, pero era cierto.

Cientos de alumnos apiñados en un edificio construido con ayuda del gobierno español. Ahí quedó la obra, en el olvido, nada más, nada menos. Una biblioteca vacía, gente sin ordenadores y con pocos libros, sentada en los pasillos. Y unas jóvenes españolas que se lanzan a hacer algo que las instituciones españolas ni se plantean. Intentar contribuir al desarrollo local, echando una mano en la formación de los estudiantes. Mejorar un sistema educativo neocolonial, poco participativo, desvinculado de las necesidades de desarrollo de la población local. Reducir las carencias de material didáctico. Alimentar la solidaridad entre la población española y camerunesa, sin paternalismos, sin maternalismos.

Aquellas jóvenes volvieron a casa, crearon una modesta asociación a la que llamaron Bikutsi. Han organizado el viaje a España de algún profesor y algún alumno, para que expliquen aquella realidad en nuestro país, para que contacten con universidades españolas. Han enviado libros de literatura para la Biblioteca de la Facultad, lo cual parece sencillo, pero termina resultando tremendamente difícil, dadas las dificultades para que alguien asegure la entrega del envío.

Desde que me explicaron su proyecto, Letras Españolas en Dschang, hemos conseguido contactar con la UNED, a través de su Consejo Social y se han producido donaciones de libros de Filología por parte de la universidad. Se han establecido relaciones entre el profesorado de ambas universidades. Se han grabado programas de la universidad y organizado conferencias.

Se me ocurre que otras instituciones universitarias, el Ministerio de Asuntos Exteriores, o el Instituto Cervantes, deberían prestar alguna atención a aquellos cientos de personas que quieren formarse en estudios hispánicos, en las peores condiciones imaginables, aunque sus ojos estén puestos no tanto en venir a España, sino en atravesar el Atlántico hacia América Latina.

Se me ocurre que estas jóvenes se han empeñado en hacernos bailar Bikutsi, esa danza que significa algo así como Vamos a golpear la tierra. Danzar, bailar, golpear, patear la tierra, hacerla temblar, hasta que las cosas cambien. Hasta que los caminos se desbrocen y la voz, el ritmo, el canto, la lengua, nos acerquen lo suficiente como para contar, sin miedo, nuestras historias, nuestras leyendas, nuestros mitos y nos ayuden a superar los problemas del aquí y del ahora.

Hay maneras y maneras de celebrar festejos navideños. Ésta de bailar, danzar, pensar, hablar y ponerse a andar en bikutsi, me parece increíblemente hermosa, joven, sugerente. Aún a riesgo de caer en el tópico y la generalización, diría que no se me ocurre mejor cuento de Navidad, fábula o leyenda del desierto, o relato oral, para contar y preservar del olvido, en una pequeña capilla, en una madrasa, en una Casa de la Palabra, en cualquier universidad española.


Cuando en Tetuán de las Victorias había hasta 25 cines

enero 9, 2019

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, en Tetuán de las Victorias, había hasta 25 cines. Cines míticos como el Metropolitano, Maravillas, Lido, Cristal, Bellas Vistas, Novedades, Regio, Savoy, Tetuán, Victoria, Windsor y otros muchos. Por eso  el barrio merecía el nombre de El pequeño Hollywood.

Hoy, al cabo de los años, en esas calles y plazas de leyenda, Bravo Murillo, Raimundo Fernández Villaverde, Cuatro Caminos, Reina Victoria, Francos Rodríguez, no queda un solo cine.  La Asociación de Vecinos acaba de publicar el listado de estos cines en uno de sus Pliegos del Cordel, incluyendo una pequeña referencia a la ubicación, historia y fecha en la que fue cerrado cada uno de ellos.

Hermoso proyecto, éste de los Pliegos del Cordel, cuyo primer número fue dedicado a las poesías escritas por las poetas del barrio, con la incursión de unos pocos hombres, entre los que tengo el privilegio de figurar. Retoman así una ancestral tradición, vinculada a las coplas de ciego y el romancero. Esos papeles sin encuadernar que se colgaban en cuerdas y que daban cuenta al vecindario de milagros, hechos extraordinarios, leyendas, cuentos, noticias, sucesos cotidianos, crónicas históricas.

Es cierto que han cambiado mucho los tiempos. Que para ver una película no es estrictamente necesario ir a un cine. Que son muchas más las formas y maneras de entretenimiento y que las que había, han sufrido profundas transformaciones. La resolución es mucho mejor en las pantallas de televisión y su tamaño es ahora XXL.

Pero nada justifica la desaparición de todos los cines de Cuatro Caminos y Tetuán, ni de la inmensa mayoría de nuestros barrios. Hace no tanto tiempo, casi cada barrio tenía uno o varios cines. Habrá quien diga que ya no son necesarios, o que ya no son negocio. Pero tras esa afirmación se oculta la justificación para que mañana desaparezcan las bibliotecas, los museos, los teatros, los centros culturales y, ya puestos, hasta los colegios.

La desaparición de los cines, como la de las abejas, deja el terreno libre para la desertificación cultural de nuestros barrios. Ahora son las casas de apuestas las que pueblan los escaparates, como si aquella inmensa operación de los años ochenta, que pretendía convertir a muchos de nuestros jóvenes en drogadictos, con sus terribles consecuencias de adormecimiento, cicatrices y condenas a muerte, estuviese siendo sustituida por esa nueva droga, no menos mortífera, del juego infinito y la falacia del enriquecimiento repentino. El pequeño Hollywood se ha convertido en pequeña Las Vegas.

Permitir la desaparición de los cines de los barrios, para aglomerarlos en un centro peatonalizado, supone acabar con la pluralidad de centralidades que necesita una ciudad. Significa convertir barrios que siempre tuvieron vida propia en lugares mortecinos, inseguros y sin personalidad. Por eso hay que reivindicar, en cada barrio, al menos, un cine.


Madrid Central, el qué y el cómo

diciembre 30, 2018

Ya está aquí Madrid Central. El proyecto me parece interesante. Afecta a más de 470 hectáreas del centro de Madrid. La idea es reducir la contaminación atmosférica, aminorar el ruido, conseguir más espacio público, convertir el centro de Madrid en un pulmón y no en un foco de emisión de gases contaminantes. La idea parece buena y da un paso adelante en la misma línea que están impulsando otras muchas ciudades, en otros muchos lugares del planeta.

Sin embargo, la polémica está sembrada. Organizaciones empresariales, el gobierno heredero de Aguirre y Cifuentes en la Comunidad de Madrid,  comerciantes del centro, algunos vecinos, la derecha política, al unísono, manifiestan su malestar por la implantación de la medida y amenazan con acudir a los tribunales.

No me centraré en las críticas de la derecha política, que sólo se sustentan en la impotencia de no haberlo hecho antes ellos, ni tampoco en el miedo egoísta de algunos comerciantes que, al final, terminarán formando parte de los principales beneficiarios de las restricciones al tráfico del centro. Me detendré en los matices aportados desde la izquierda y los sectores progresistas, porque siempre he pensado que el que las cosas salgan bien o mal, dependen mucho de nuestros propios errores y debilidades, no corregidos a tiempo.

Vaya pues, por delante, mi decidido apoyo al Madrid Central, porque es lo que toca, es lo que hay que hacer y es lo que yo quería que se hiciera. Coincido con Eduardo Mangada, en que supone un vuelco radical a las políticas que la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, habían venido aplicando, utilizando la la coartada de la libertad de utilizar el coche, para pisotear la libertad de quienes no quieren enfermar a bocanadas de humo y desearían disfrutar la ciudad de otra manera.

Alguien tenía que hacer frente a la contaminación, el despilfarro energético, el cambio climático, o la degradación del paisaje urbano. Alguien tenía que dar en Madrid  el paso que han dado ya muchas capitales de nuestro entorno europeo más inmediato, para facilitar la vida en nuestras ciudades. Concluye mi amigo Eduardo que Madrid Central es una pieza significativa, aunque pequeña, de una nueva y necesaria sensibilidad política.

He visto también cómo algunas voces de apoyo a Madrid Central, se han detenido en varias consideraciones que deberían ser valoradas, si queremos que la medida no termine por descarrilar, o avanzar a trompicones. Voces como las de Manuel de la Rocha, Daniel Morcillo, CCOO de Madrid,  o algunos partidos de la izquierda.

Vienen a poner el acento en que el proyecto de Madrid Central merece la pena, pero sólo puede alcanzar sus objetivos, si otras instituciones como el Ministerio de Fomento, la Comunidad de Madrid y la Federación Madrileña de Municipios, se implican también en su desarrollo.

Porque el buen funcionamiento de Madrid Central exige inversiones reales en el transporte público, sustituir la flota de autobuses contaminantes, solucionar los problemas endémicos de la red de cercanías, reforzar la red de METRO, construir intercambiadores y aparcamientos disuasorios, o abrir carriles bus-VAO en los principales accesos a la capital.

De otra parte, en una sociedad como la nuestra, lejos de fomentar las banderías de quienes se sitúan mecánicamente en unas u otras posiciones, es conveniente sensibilizar, informar, explicar, debatir, negociar hasta la extenuación y establecer consensos. Desgraciadamente no es algo deseable exclusivamente en el proyecto de Madrid Central.

Lo comprobamos en Operaciones como la de Chamartín, el Paseo de la Dirección, o los famosos ARTEfactos. Primero presentan a bombo y platillo los proyectos ya aprobados, se decretan las prohibiciones, se pintan las calles, se ponen carteles, se gasta dinero en el diseño y planificación y luego, deprisa y corriendo, se intenta explicar, informar, negociar y hasta corregir, cuando los miedos, las dudas, los malestares, estallan y aparecen en los medios de comunicación.

No quisiera terminar sin hacer referencia a un cierto temor que se me ha suscitado leyendo estudios, artículos, documentos, la mayoría publicados hace años y nada sospechosos, por lo tanto, de intentar atacar el proyecto de Madrid Central.

Parece que  las inversiones públicas en peatonalización, en la mayoría de las ciudades, suelen traducirse en aumento del potencial comercial, turístico y en revitalización de los valores del consumo. El escenario urbano se convierte así en escaparate privilegiado del prestigio, la excelencia del capitalismo, el éxito de los triunfadores.

Me preocupa un escenario de inversiones públicas, salidas del bolsillo de toda la ciudadanía, cuyo efecto sea reforzar la centralidad y fomentar la gentificación, la gentrificación, las grandes marcas, o el turismo masivo, mientras se expulsa a la población y se abandonan a su suerte los barrios.

Un ayuntamiento de izquierdas debe cuidarse mucho de permitir que esto ocurra, porque se le juzgará por la coherencia (a la derecha le basta con izar la bandera de cualquier burdo egoísmo, o invertir en cualquier atávico miedo).

Habrá quien diga que soy un anticuado, que el mundo ya no va por ahí, que no soy realista, sino un moralista caduco, como el tal Bernanos, para quien el realismo es la buena conciencia de los hijos de puta. Puede que tengan razón, pero es lo que aprendí de mis padres y de mis mejores maestros. El cómo, a fin de cuentas, es tan importante como el qué.


Paca Aguirre, poeta de nuestra sangre

diciembre 3, 2018

Francisca Aguirre, Paca para cuantos la conocemos, acaba de recibir el magnifico reconocimiento del Premio Nacional de las Letras 2018. Poeta y no poetisa, como las llaman quienes buscan encasillar a las mujeres poetas en un mundo de sensiblería y ñoñería, muy alejado de la realidad de creación literaria que protagonizan las escritoras en nuestro tiempo.

Hace bien poco, leía un artículo que ponía de relieve la discriminación de la mujer, también en el mundo de la cultura y la creación poética. La presencia de mujeres en los jurados de premios de poesía se limita al 15 por ciento en las últimas décadas. Porcentaje que ha aumentado al 21 por ciento en los últimos diez años.

La divulgación, publicación, acceso a premios, de nuestras poetas sigue siendo un problema de poder acumulado por una serie de personajes que dominan y controlan el mundo literario, sostiene la autora del estudio. Una situación que va cambiando, pero muy lentamente.

El premio concedido a Paca Aguirre, precedido en 2011 por el Premio Nacional de Poesía, por su poemario Historia de una anatomía, viene a reconocer toda una trayectoria de creación poética que ha producido 11 poemarios y una reciente recopilación de su obra completa bajo el título Ensayo General.

El propio título da buena muestra de un trabajo poético marcado por la voluntad de experimentar con la palabra, para descubrir, el dolor, la pobreza, el exilio, la represión, la muerte, el vacío, la miseria del tiempo que le ha tocado vivir. Un tiempo que nació republicano, primero, dictatorial durante cuarenta años y finalmente democrático.

Los miembros del jurado destacan que Francisca Aguirre es la más machadiana de la generación de mediados del siglo pasado. Valoran su lucidez, su conciencia, su capacidad de mantener viva la memoria. No en vano, una de las primeras conciencias de Paca Aguirre proviene de aquel momento en el que atraviesa la frontera Francesa, camino del exilio, en 1939, cuando su padre le cuenta que marchan al destierro por el mismo lugar donde cruzó Antonio Machado.

Nació, Paca, en Alicante. Hija del pintor Lorenzo Aguirre, formado, al principio en su tierra y luego en Madrid y París. Su obra pictórica fue galardonada con numerosos premios repartidos por toda la geografía nacional. Tras aprobar una oposición para formar parte del Cuerpo General de Policía, durante la República, se mantuvo fiel al gobierno legítimo de la misma al estallar la Guerra Civil.

Al finalizar la contienda, se vio obligado a exiliarse en Francia. Volvió a España tras la invasión alemana, pensando que huía de la muerte nazi y terminó siendo ejecutado por los franquistas, en la cárcel de Porlier, en 1942. De aquellos tiempos recordará, más tarde, que “el hambre te vuelve loca. Yo me acuerdo”.

Con Paca Aguirre hemos compartido momentos inolvidables, casi siempre junto a su esposo, el también poeta Félix Grande. Nunca ha faltado a las citas en las que las trabajadoras y trabajadores hemos necesitado sentir la solidaridad, la compañía, el apoyo del “mundo de la cultura”.

Recuerdo su firma, junto a la de Félix, en aquel Manifiesto  que exigía la preservación del patrimonio natural, histórico y cultural de la Sierra de Guadarrama y su conversión en Parque Nacional. No faltaron tampoco en el homenaje que rendimos, en el Auditorio Marcelino Camacho, a uno de los más firmes defensores de la Memoria Histórica, Gervasio Puerta.

Allí estaban, en aquella Noche y Día contra la Reforma Laboral  que CCOO y UGT convocamos, en las inmediaciones del Congreso de los Diputados,  el 24 de mayo de 2012. Ese año en que convocamos hasta dos Huelgas Generales, el 29 de marzo y el 14 de noviembre. Son tan solo tres de los muchos momentos que la pareja poética nos regaló.

Paca Aguirre nunca quiso formar parte de clubs, conciliábulos, tertulias, generaciones, círculos, sociedades, ni colectivos poéticos. La he encontrado, sin embargo, en muchas ocasiones, participando en actividades organizadas por el sindicato, o en las tertulias literarias de nuestro Ateneo 1º de Mayo. Leyendo sus poemas, presentando sus nuevos libros, explicando el sentido de su poesía.

Con motivo de la concesión del Premio Nacional de Poesía, preparamos un homenaje en el Auditorio Marcelino Camacho, en el que participaron muchas y muchos de sus amigas y amigos como Manuel Rico, Juan Carlos Mestre, Julieta Valero, o Margarita Almela, junto a Félix y su hija Guadalupe, también poeta, entre otras muchas personas venidas de la poesía, la música, el teatro. Gentes de la cultura, amigas y amigos de la vida.

Paca Aguirre es nuestra poesía. La valentía de la mujer que escribe “para no andar a gritos y para no volverte loca”. Combatiente contra la desigualdad, contra la discriminación entre mujeres y hombres, ricos y pobres. Defensora incansable de la vida y la libertad. Paca Aguirre, una mujer que merece sobradamente el reconocimiento que recibe, con el Premio Nacional de las Letras, porque su poesía está hecha de la sangre que recorre nuestras venas.


25N Contra la violencia de género

diciembre 3, 2018

Me invitaron los compañeros y compañeras de Castilla y León a participar, en Burgos, en una mesa redonda para reflexionar sobre las relaciones del movimiento feminista con el sindicalismo y con el resto de movimientos sociales. Acompaño a dos ponentes de lujo: Begoña San José y Paula Guisande.

Begoña comenzó en el trabajo doméstico, la contrataron más tarde en la fábrica Osram, militó en las clandestinas CCOO y en el PCE. Es detenida, despedida, se incorpora al Movimiento Democrático de Mujeres. Fue la primera Secretaria de la Mujer de CCOO de Madrid, en 1976 y de CCOO de España desde 1977, inaugurando así la andadura legal del sindicalismo español.

Estudia derecho, se prepara las oposiciones de Secretaria de Ayuntamiento y con ello se gana la vida. Dedica su tiempo al movimiento feminista y ha ocupado cargos como el de subdirectora de la Dirección General de la Mujer, o Presidenta del Consejo de la Mujer de Madrid.

Paula Guisande, por su parte, no se queda atrás. Ha sido Secretaria de Juventud, más tarde asumió también las Relaciones Internacionales en CCOO de Madrid y es actual Secretaria de Política Social y Movimientos Sociales de la Confederación de CCOO.  Tiene raíces en Italia, Francia, España, Brasil, Argentina y seguro que olvido algún país más. Acaba de traspasar esas raíces a un precioso niño. No hace ascos a nada porque como mujer y sindicalista, todo le interesa y todo le preocupa.

Qué pintaba yo en la intersección del futuro que hunde sus raíces en el pasado, con la memoria que se proyecta hacia adelante. La mesa tenía toda la pinta de convertirse en un agujero de gusano que me podía tragar en Burgos y devolverme en cualquier punto del espacio, o del tiempo, conocido o no. Os dais cuenta de que, en este aspecto, casi todos los hombres somos iguales. Desconcierto, cuando no miedo, de afrontar el reto y el papel que inevitablemente tenemos que asumir en el debate de la igualdad. No hay escapatoria.

Creo que es ese miedo el que justifica la mayoría de las operaciones de maquillaje, encubrimiento y falsificación de las políticas de género. Ese fraude generalizado, esa adulteración, que se produce gracias a procedimientos de utilización de clichés y espacios comunes que, funcionando como los repetitivos mantras, adormecen las conciencias y perpetúan la desigualdad, la discriminación y la violencia.

En estos días. en los que nuestra querida poeta (nunca ñoña poetisa) Paca Aguirre, ha recibido el Premio Nacional de las Letras, he leído, en este mismo diario, la noticia sobre un estudio que da cuenta de que poco más del 20 por ciento de los jurados de premios de poesía, son mujeres. Y eso se traduce en un desequilibrio, también en los premios concedidos. Se da el caso de un editor, asiduo miembro de jurados poéticos, que afirma que, por cada mujer regular de poesía, hay cinco hombres buenos. Como bien precisa la autora del estudio, Nieves Álvarez, la cuestión de base, es la lucha por el poder.

La discriminación, la desigualdad, la violencia, forman parte también del mundo de la cultura. De hecho, movimientos como Me Too, iniciado para denunciar el acoso, la agresión, la violencia de género, ha prendido en el mundo desde el microcosmos de las actrices de Hollywood.

Una vez más, la discriminación y la violencia se demuestran trasversales, interclasistas, multiprofesionales, multirraciales. Se producen en las clases bajas y entre las élites. Ocurre, que esa violencia, esa discriminación, adquieren tintes más trágicos, dolorosos y dramáticos, cuando convergen sobre la mujer de clase trabajadora, en riesgo de exclusión, perteneciente a una minoría étnica. Porque la desigualdad siempre empeora las cosas, muestra la peor cara de la condición humana.

Alguien argumentará que después del 8M nada volverá a ser igual y será verdad. Y alguien traerá a colación el consabido ungüento amarillo, que todo lo cura y nos explicará, por enésima vez, la importancia de la educación y será sólo una media verdad. Yo veo a las y los profesionales de la educación hablar, educar, practicar, enseñar igualdad. Es en los medios de entretenimiento más que de comunicación, en la sociedad, en las redes sociales, hasta en los videojuegos, también en las familias, donde siguen resistiendo atrincherados los estereotipos, modelos y comportamientos machistas.

Este 25 de Noviembre, volveremos a ratificar el compromiso de acabar con la violencia de género. Pero no lo conseguiremos si las mujeres y los hombres no enfrentamos las consecuencias de una cultura capitalista, globalizadora, competitiva y patriarcal, que nos condena a recluirnos en la trampa de las identidades aisladas y enfrentadas unas contra otras.

La unidad de lo diverso y plural, desde el respeto de nuestras identidades, siempre me ha parecido una apuesta segura y debe situarse por encima de cuanto nos ha separado y nos separa, si queremos que la cultura de la libertad, la igualdad, la solidaridad, impregne nuestras vidas de hoy y las de quienes nos sobrevivan mañana.