Carta abierta a mis biblotecarios

febrero 13, 2019

Amigas y amigos,

Suelo escribir mis cartas a personas concretas, pero sería injusto, en este caso, dirigirme exclusivamente a una, o uno de vosotros. Sois mis bibliotecarios pero, de alguna manera es como si formarais parte de una misma persona a la que me he ido encontrando, a lo largo de la vida.

Y no es que os reconozca en todas y todos los bibliotecarios que he conocido. Como en cada casa y profesión, hay de todo como en batica. Los riesgos de adocenamiento y resignación no son menores en vuestra profesión que en la mía de maestro. León Felipe percibía esos peligros entre los enterradores, Para enterrar a los muertos como debemos, cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

He ido adquiriendo, a lo largo de los años y las asiduas visitas a las bibliotecas, la habilidad de descubriros. En el profesor que cuidaba la biblioteca en el colegio y se extralimitaba en sus restringidas funciones de darte un libro de obligatoria lectura, y me presentaba a uno de esos escritores que luego me han acompañado durante toda la vida.

Atinar a ubicaros en aquella primera biblioteca pública en tiempos de franquismo, tipo búnker del saber, en la que había que traer apuntado el libro desde casa, localizarlo en un cajón de fichas, escribir los datos en un formulario y esperar a que uno de los vuestros lo depositara en el mostrador, o te viniera anunciando que había sido ya prestado. Era territorio de inhóspitas y ásperas formas, pero allí también estabais.

Luego topé con vosotros en un prefabricado de extrarradio, junto a las casas de realojo. Fue construido para ejercer como biblioteca provisional durante unos pocos años y que se quedó allí, en una esquina del barrio, durante décadas. Llegabais allí porque erais los últimos interinos, obligados a elegir aquel exclusivo y solitario puesto, en las fronteras del mundo. Luego os quedabais allí, durante años, hasta que un traslado forzoso os desplazaba.

No eran las fronteras del mundo de la cultura, que en esa materia cultural siempre he creído que los habitantes de ese Sur, que también existe (ya lo cantó magníficamente Serrat), son infinitamente más cultos que cualquier prosaico espía banquero, o político al uso.

No, me refiero a las fronteras de un mundo anclado en el tiempo, donde quien más, quien menos, intenta entreabrir alguna puerta,  resquebrajar el muro, para que entren los aires del cambio o, en el peor de los casos, intentar huir de una pobreza y una miseria, bendecidas por los poderes públicos.

Nuestra famosa inmemorial pobreza cuyo origen se pierde en las historias, que diría Gil de Biedma. A que te gustaría irte a Marte y allí perderte, eso es una cosa que más de uno tiene en mente, que dirían, ahora mismo, el Langui y el Gitano Antón, en su Infectado Distrito, desde Pan Bendito.

Allí estabais, en la biblioteca de aquel recóndito pueblo de Extremadura que al parecer los franceses no supieron encontrar, mientras recorrían la Vía de la Plata, ocupando España, camino de Lisboa. Arrellanado como se encuentra en el Valle del Ambroz, rodeado de montes de castaños y presidido por el castillo templario reconvertido en iglesia. No es la primera vez que veo estas transformaciones de arquitectura militar en religiosa, que lo uno y lo otro parece que marchan, desde siempre, sin demasiados problemas de la mano.

En aquel pueblecito de herrumbrosas y enmohecidas puertas clausuradas por los judíos exiliados, rehabilitadas puertas abiertas de los conversos y punto de encuentro de gentiles y judíos errantes de toda clase y condición, en busca de patria segura, gané mi primer premio de cuentos, convocado por la biblioteca municipal, ubicada en el palacio de los Pérez Comendador-Lerroux, que fuera antes de los Dávila de toda la vida y en cuyo jardín de rincones de diseño romántico me entregasteis el premio. El cuento se llamaba, por cierto, Templarios.

Luego fuisteis esforzada bibliotecaria en la Casa de la Cultura de Lekunberri, donde acudí para recoger el primer premio que me concedieron por un poemario, La Tierra de los Nadie. He sido celoso usuario de toda clase de bibliotecas. En todas ellas os he encontrado. Siempre me habéis ayudado a encontrar nuevas lecturas insospechadas y autores  insólitos y desconocidos. Siempre me habéis empujado suavemente a escribir.

He terminado descubriendo que muchos de aquellos autores fueron antes bibliotecarios. Desde Gloria Fuertes a Mario Vargas Llosa. Borges y el mismo León Felipe. Rubén Darío, Lewis Carroll y María Moliner, entre otros muchos. De ellos, tal vez, aprendisteis pasión por la lectura metamorfoseada deseo de contar historias, o de situar el lenguaje fuera del alcance del tiempo, como nos recuerda John Berger, los poemas están más cerca de las oraciones que los cuentos (…) ¿Dónde está uno realmente cuando llega un poema? En ningún lado, sin duda.

Ahora, cuando han desaparecido los cines de los barrios. Mientras la cultura malvive a merced de una derecha que pasa de ella y una izquierda que la quiere de gratis total, instrumental, compañera de viaje, domesticada. Habéis convertido las bibliotecas en lugar de estudio, punto de encuentro con los creadores, ludoteca, taller de cocina, sala de exposiciones, zona de acceso libre a internet, escenario para microteatro, plaza pública para cuentacuentos, espacio integrado con otras actividades culturales.

Me encanta ver a los niños y niñas con sus profes pasando la mañana entre libros. Me emocionan esas personas mayores que repasan los periódicos, las revistas, cambian sus libros o sus vídeos de préstamo, bucean en los ordenadores. Me gusta ver a la juventud universitaria hasta altas horas de la noche, en ascético silencio, preparando sus exámenes en las más complicadas asignaturas.

Los bibliotecarios, los maestros, los libreros, siempre me habéis parecido de una raza especial. La misma de la que formaban parte los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza. Al frente de responsabilidades y tareas nunca bien agradecidas, ni reconocidas, ni pagadas. Os debía esta carta y, aunque sea a la manera de Pepe Isbert, esa carta que os debía os la quiero hoy pagar. Porque sin vosotros, esos Nadies que habitan mis poemas y mis cuentos, hubieran tenido, tendrían hoy,  muchas menos oportunidades.

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Un año más en Atocha

febrero 13, 2019

Hace casi cuatro años, poco después del 24 de enero, día en el que como cada año conmemoramos el momento en que fueron asesinados los Abogados de Atocha, fallecía Lola González Ruiz. El pasado 20 de enero se cumplían 50 años del asesinato de su novio, Enrique Ruano, cuando se encontraba detenido por la Brigada Político-Social, la Gestapo del régimen franquista.

Hay pocas historias de amor tan tristes como la de Lola. Perdió primero a su novio Enrique, cuando ambos eran jóvenes estudiantes de Derecho y ocho años después, ya ejerciendo como abogada, dedicada a la defensa de los vecinos y vecinas de los barrios de Madrid, fue víctima del atentado perpetrado por un grupo ultraderechista en el despacho laboralista de la calle Atocha, 55. En el atentado quedó gravemente herida y perdió a su esposo Francisco Javier Sauquillo.

Se ha contado mil veces que el destino y el azar quisieron que aquella tarde los nueve abogados de los barrios intercambiaran su despacho, situado un poco más abajo, en la misma calle de Atocha, con el de los abogados laboralistas, que pasaban consulta en el número 55, dirigido por Manuela Carmena. Cinco de ellos murieron y cuatro sobrevivieron al atentado, pero quedaron marcados para el resto de sus vidas. Todos ellos. Especialmente Lola.

Cada nueva conmemoración del asesinato de los de Atocha suponía para ella un trago tan amargo que no pocas veces emprendía un viaje, para pasar ese día en un recogimiento que ni tan siquiera la distancia podía asegurarle.

La creación de la Fundación Abogados de Atocha en el Congreso de las CCOO de Madrid en el año 2004, pretendía mantener viva la memoria de los Abogados de Atocha y de ese impresionante movimiento de la abogacía antifranquista, que tuvo su expresión en las generaciones de abogados y abogadas jóvenes que se incorporaron a la defensa de los trabajadores, de la ciudadanía y de cuantos tuvieron que enfrentarse a los Tribunales de Orden Público de la dictadura.

Cada año, la Fundación concede los Premios Abogados de Atocha a personas e instituciones nacionales e internacionales que luchan por la libertad, la democracia, los derechos. Este año el premio ha recaído en el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio en México y en los Cantautores por la Libertad. Cada año, convoca un premio internacional de narrativa joven, así como estudios, publicaciones y actos vinculados al mundo del derecho y la justicia.

Sin duda una labor importante y elogiable, pero que obliga a quienes vivieron aquellos terribles días de enero a recuperar no sólo la memoria, sino el dolor que les fue infringido por la barbarie terrorista. Pienso, a veces, que el reconocimiento hacia ellos va acompañado por el peso insoportable de un instante que acabó con cinco vidas y seccionó en dos las de los sobrevivientes.

Para ellos ya nada volvió a ser igual. La ilusión por abrir las puertas de la democracia siguió ahí, sin duda, las ansias de libertad siguen intactas como entonces, pero con un sesgo de amargura que no es fácil reconocer en sus gestos, pero que está siempre presente.

Este año, además, acabamos de perder a la maestra de todos ellos, María Luisa Suárez Roldán, la mujer nacida en una familia republicana y laica, educada en la Institución Libre de Enseñanza y una de las primeras y escasas abogadas en las promociones universitarias de posguerra. La fundadora del primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, o Antonio Montesinos.

Por ese despacho pasaron las jóvenes generaciones de abogados comprometidos con la defensa de las personas en los barrios, de los trabajadores en las empresas, de quienes eran perseguidos por buscar la libertad, la justicia, la convivencia democrática, la dignidad de las vidas y la decencia del trabajo. Muchas mujeres como Manuela, Cristina, Paca, la misma Lola.

Jóvenes que rondaban los treinta y que siguen marcando, desde su ya infinita juventud,  el nivel de compromiso, responsabilidad y ganas de vivir, que nos debemos exigir a nosotros mismos. Hoy serían mayores que yo, pero serán siempre más jóvenes de lo que hoy soy.

Son muy importantes en una democracia también joven como la española, pero en la que hemos cometido ya algunos peligrosos errores, hemos incurrido en disparates difícilmente justificables y hemos permitido perversos comportamientos hasta el punto de  aplaudir el envilecimiento, la iniquidad y no pocas vilezas, recorriendo el filo de la navaja de vernos abocados a la degeneración de la democracia y la degradación de la convivencia, que atraviesa territorios, ideologías, espacios políticos y sociales.

En nuestra democracia los de Atocha siguen siendo el espejo en el que juzgar si hacemos suficiente por la libertad, por la verdadera democracia en nuestras instituciones y organizaciones políticas y sociales. Si damos la talla en el esfuerzo de unir lo diverso y plural. Si pensamos en lo que es de todos, o sólo en el beneficio personal.

Los de Atocha hubieran querido, casi seguro, que el mejor homenaje que pudiéramos organizarles consistiera en nuestra defensa de la cada vez más maltrecha libertad, la cada día más deteriorada solidaridad y la cada vez menos valorada vida. La suya, la nuestra, la de cada persona.


España, pueblo de migrantes

febrero 13, 2019

Somos un país más complejo de lo que parece a primera vista. De opiniones contrapuestas, frecuentemente enfrentadas, difícilmente conciliables, porque se sustentan más en creencias ancestrales que en el conocimiento, la memoria, el estudio.

Es cierto que no es un fenómeno exclusivamente español. Hasta países que han pasado por ser los más cultos y formados, han caído en el pozo sin fondo de las soluciones mágicas enarboladas por líderes mesiánicos y extremadamente peligrosos. La Alemania de entreguerras que se abalanzó en brazos de Hitler, es uno de los mejores ejemplos, aunque no el único.

Parece que cuando los problemas se multiplican y los malestares crecen, la incapacidad de los gobiernos y las instituciones para ofrecer soluciones, termina alimentando el nacimiento y crecimiento de los monstruos. Basta una pequeña chispa para que la locura hasta entonces minoritaria se abra camino.

Una facción de la ultraderecha, escindida del Partido Popular, donde había encontrado acogida y mamandurrias de lideresas como Esperanza Aguirre,  acaba de obtener unos resultados inesperados en las elecciones andaluzas, recurriendo a unas cuantas ideas simplonas, pero fácilmente entendibles: Ilegalizar al independentismo; acabar con las competencias de las Comunidades Autónomas y volver a un Estado Unitario de corte franquista; eliminar las leyes de Violencia de Género, la del aborto, o la del matrimonio igualitario.

Uno de los temas estrella, con los que han conseguido atraer centenares de miles de votos andaluces, ha sido el de expulsar a todos los inmigrantes irregulares, deportar a los que hayan cometidos delitos, endurecer las políticas de arraigo y de acceso a la regularización, levantar muros en Ceuta y Melilla. Primero los españoles, resumen con énfasis.

Me detendré en esto de la inmigración. Haríamos mal en creer que el simplismo decae por sí mismo y no puede resultar exitoso a medio y largo plazo. Basta para ello comprobar que estos planteamientos han recogido más apoyo en las localidades más ricas, con mayor porcentaje de habitantes con estudios superiores, donde el número de inmigrantes es más alto y son más explotados como mano de obra barata en tareas que los nacionales no harían.

En una comunidad como la andaluza, cuyos habitantes originarios vinieron de África y luego se mezclaron con comerciantes fenicios y griegos, conquistadores cartagineses, romanos republicanos, tribus de godos, imperiales bizantinos, o musulmanes norteafricanos que llegaron, conquistaron, se quedaron y llenaron de progreso y cultura el territorio.

Luego vinieron los reconquistadores, cuyas mezclas no eran menores. Hasta dicen que, además de Tartessos, la Atlántida estuvo por esas tierras y no pocos alemanes, ingleses llegaron para repoblar, o para crear bodegas y explotaciones mineras. Se mire por donde se mire, Andalucía y toda España, es tierra construida por inmigrantes.

Pero también somos pueblo de emigrantes. De Andalucía partían los emigrantes hacia las Indias y allí llegaban los que volvían del Nuevo Mundo. Varios millones de españoles se asentaron en América Latina, incluso después de la independencia de las colonias, a los que vinieron a sumarse los que marcharon tras la Guerra Civil y durante la posguerra. Países como Venezuela, México, Cuba, Argentina, Uruguay, Chile, Cuba, Colombia, Puerto Rico, Costa Rica, Ecuador, contaban sus colonias españolas por cientos de miles y hasta por millones.

Hasta el Norte de África recibió cientos de miles de españoles en países como Argelia, o Marruecos. En los años sesenta se cuentan por millones los que protagonizan migraciones interiores, al tiempo que dos millones de españoles marchan a buscarse la vida fuera de España. La gran mayoría hacia Europa. Más de la mitad de ellos parte sin contrato y se encuentran en situación irregular en los países de acogida. Son clandestinos y no conocen ni el idioma en Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda, Francia, Gran Bretaña.

Franco los deja marchar. No sabe ni cuántos se van, si prestamos atención  a que los datos de emigrantes ofrecidos por el gobierno español son muy inferiores a los facilitados por los países que los acogen. De lo que se trata para el régimen dictatorial es de recibir divisas y esconder la realidad de una fuga masiva de población. Los emigrantes y el turismo son el motor del desarrollo económico durante esa etapa del franquismo.

Los emigrantes españoles hacían el trabajo duro que no querían los nacionales. Vivían en barracones, o en lugares con ínfimas condiciones de salud. Sus salarios eran más bajos y las condiciones de trabajo mucho más difíciles. La integración y la reagrupación familiar, misión casi imposible.

Pero vamos, no nos liemos pensando que eso ya pasó, que son cosas del pasado, historias de nuestros abuelos. Ni mucho menos. En el año 2009, cuando comenzaban a sentirse los efectos de la crisis global en España, no llegaban a 1.500.000 el número de residentes españoles en el extranjero.

En el 2018 esta cifra de españoles por el mundo alcanzaba casi los 2.500.000 personas, repartidas por todos los continentes, pero especialmente por América (más del 60 por ciento) y Europa (en torno al 35 por ciento). El resto se encuentra en Asía, África y Oceanía. Unos son nuestros ascendientes, otros nuestros hermanos y, la mayoría, nuestros hijos. Porque son ellos quienes han terminado buscando un mejor horizonte de vida y trabajo.

Nos duele que los insulten cuando hablan en español en el metro londinense, o que sientan miedo de ser expulsados del país. Nos sentimos agraviados cuando los relegan a las tareas peor valoradas. Nos alegra que triunfen allá, después de que se les cerrasen todas las puertas acá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

España no iba a ser diferente a otros países europeos y anglosajones. Ya tenemos una ultraderecha cavernaria dispuesta a recoger los miedos y malestares más rancios y profundos de una parte de la población. Me preocupan muchas de las cosas que defienden estos personajes políticos venidos del pasado y que ya fueron tan bien reflejados por Bergman en El huevo de la serpiente, por Manuel Gutierrez Aragón en Camada Negra, o por Bardem en Siete días de enero.

Pero claro, esto de alimentar un racismo ex novo, una decrépita xenofobia, un patrioterismo intransigente, me parece tirar piedras en el mismísimo tejado de nuestra historia , nuestro pasado y nuestro presente como país en un mundo globalizado. Una falta de respeto a nosotros mismos. No es eso, no es eso.


Las identidades de Carlos Marx

febrero 13, 2019

Hay a quienes les gusta clasificar a las personas en función de su color, su religión, su sexo, su opción sexual, su ideología, su voto declarado, su voto intuido. Todo parece así más sencillo. Se adscribe una identidad y, a partir de ahí, ya no hay más que hablar. Sin embargo, creo que ese reduccionismo termina siendo una barrera de incomunicación, bebedero de tópicos y  recurso empobrecedor, a la par que simplista.

Cuanto más rica es una personalidad, más se producen intersecciones  de identidades. Ya lo decía Luis Eduardo Aute, citando a San Agustín, yo soy al menos dos y estoy en cada uno de los dos por completo. Pongamos el ejemplo de Karl Marx. Pudiera parecernos que el personaje se agota en la filosofía, en su visión de la economía, las clases sociales, sus predicciones históricas, fallidas, o acertadas.

Sin embargo, hay una lectura ecologista de Marx, otra educativa. Se puede mirar a Marx desde la poesía, o tomar en cuenta sus interpretaciones del nacionalismo, su opinión sobre la religión (no tan opiácea como la que se nos ha contado), su relación con las mujeres. Su opinión sobre la posesión de la tierra, sus cálculos matemáticos, el papel de los medios de comunicación, el modelo de ciudad, o detenernos en su activismo político incansable.

Ya he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre su visión del trabajo humano, o sus reservas ante las opiniones sobre el derecho a la pereza sostenidas por su yerno. Unas reservas que tenían más que ver con el choque de una cultura alemana con otra hispanocubana y que menospreciaban el tremendo esfuerzo que Pablo Lafargue (el yerno en cuestión) desplegó a lo largo de su vida para difundir por España y Francia, las ideas de su suegro y, sobre todo, el amor que dispensó a su hija Laura.

En el año que se ha cumplido y nos ha dejado desamparados ante un horizonte cada vez más extraño de días y meses plagados de inseguridades, desasosiegos, e incertidumbres, conmemorábamos el nacimiento de Marx hace 200 años. Uno de los hombres cuyas ideas han influido más en los procesos históricos que se han desencadenado a lo largo del último siglo y medio.

El acontecimiento me ha dado la oportunidad de compartir páginas heterodoxas, cuando no abiertamente heréticas, respetuosas, o irreverentes, sobre el pensamiento y las diferentes lecturas a las que se presta Carlos Marx, en un libro al que titulamos Dígaselo con Marx. Un puñado de mujeres y hombres que se ha prestado a dar su versión de las identidades que habitaban en el Moro (que así le llamaban en la estrecha contorna de familiares y amigos).

Quiso Marx conocer el mundo y su funcionamiento para, inmediatamente, ponerse a la tarea de transformarlo. Nunca un filósofo se había volcado con tanto empeño en esa labor y muy pocos dedicaron su vida a sentar las bases para gobernar las transformaciones que se aceleraban en el tiempo.

Sin la figura de Marx y de su amigo Engels, sin sus mujeres, sus hijas, sus yernos, sería muy difícil interpretar nuestro tiempo. No sólo el pasado, sino sobre todo el presente. No podríamos entender la existencia de sindicatos, partidos de origen obrero, procesos revolucionarios y reaccionarios que conmocionaron y que siguen preocupando en el mundo.

Sin ellos no se explican los avances sociales, el Estado del Bienestar, los sistemas sanitarios, educativos y de servicios sociales. Las potencias imperialistas coloniales, las catastróficas consecuencias de la descolonización, las concentraciones de capital y las grandes guerras, desigualdades, hambrunas. La concentración de capitales y el hecho de que, pese al aumento general de la riqueza, los ricos sean cada vez más ricos y los pobres seamos más desiguales cada día.

Sin los marxistas no se explican los anarquistas, el socialismo, ni la teología de la liberación. El urbanismo pensado para la clase trabajadora, nacido en lugares como Berlín o Viena, antes de la llegada del fascismo, le debe mucho a Marx. El feminismo se universalizó cuando las mujeres trabajadoras entraron en acción y reclamaron igualdad laboral y derechos sociales, además del derecho al sufragio.

Es cierto que la prusiana ciudad de Tréveris ha celebrado activamente el nacimiento de su ciudadano más ilustre, pero no he visto gran entusiasmo en otros países, ni en la propia Alemania. Se ha presentado alguna atractiva película como El joven Karl Marx. En cuanto a España, algún Congreso Universitario, como el de la Complutense de Madrid y algunas publicaciones como el libro mencionado.

Son tantas las citas, acontecimientos, noticias, escándalos rosas, azules, de corrupción económica, que todo tipo de eventos conmemorativos terminan resultando flor de un día. Esa es una de las claves del sometimiento y la esclavitud a la que nos condena la modernidad. Todo es efímera efemérides.

No creo que todo sea elogiable en Marx. Para mi gusto, entró tan de lleno en la economía, el análisis de las clases sociales y acumuló tantos esfuerzos para luchar por la igualdad, que olvidó la capacidad corruptora del poder y terminó dejando la puerta entreabierta a lo que él creyó sería dictadura del proletariado y terminó siendo dictadura sobre el proletariado. De nada sirvió luego explicar que la dictadura del proletariado no era estalinismo, ni maoismo, ni polpotismo.

Pero de ahí a obviar que una parte muy importante de nuestro pensamiento, de nuestra capacidad para estudiar, analizar, juzgar, sentenciar y corregir las lacras de nuestro tiempo siguen necesitando de Carlos Marx y su gente, me parece un error de bulto.

Un error que nos permite pensar que inventamos el mundo cada vez que estallamos, nos organizamos, reivindicamos y conseguimos cambiar algo, en lugar se sentirnos parte de una corriente que a veces se transforma en marea, tempestad, o aguacero que ha recorrido y sigue recorriendo la historia humana desde tiempos inmemoriales. La corriente de la libertad, la justicia y la solidaridad, frente a la barbarie.


Un año nuevo sobre el viejo Chamartín

enero 23, 2019

Me gustaría comenzar el año de otra manera y no embarcado en el debate sobre la Operación Chamartín. Ese proyecto en el que andan atascados el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Fomento, RENFE, ADIF (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias), con la necesaria aquiescencia cómplice de la Comunidad de Madrid. Todos a una para dar vía libre a un proyecto siempre polémico, continuamente aplazado y ampliamente cuestionado.

Especialmente desde mediados del año pasado la discusión y hasta el litigio se han abierto en canal. La historia viene de muy lejos. Nada menos que desde hace 25 años. La Estación de Chamartín fue construida hace más de medio siglo en un descampado y, desde entonces, los terrenos de su entorno se convirtieron en preciosa golosina para especuladores.

En 1993 se dio el pistoletazo de salida a la Operación Chamartín, con el objetivo de conectar barrios separados por el ferrocarril, soterrar vías y crear un entramado urbano. RENFE y Ministerio de Fomento decidieron que esta actuación se realizaría, por primera vez, mediante la fórmula de concesión al sector privado, cobrando un canon y privatizando el suelo público para venderlo, alquilarlo, o comercializar los edificios construidos sobre el mismo.

La pública Argentaria (absorbida luego por el BBVA) y la Constructora San José, se lanzaron a constituir una empresa que se quedó con la concesión y que hoy se llama Distrito Castellana Norte. Los procesos judiciales abiertos por los afectados y las críticas ciudadanas a causa de la escasez de vivienda social y protegida en el proyecto y la excesiva inversión pública en detrimento del necesario equilibrio territorial de la ciudad, han determinado que hasta ahora no se haya dado vía libre al proyecto.

Digo hasta ahora, porque tras un postrero intento de aprobación, por parte del gobierno de Ana Botella, en el último momento de su mandato, ha terminado siendo el de Manuela Carmena, el que ha intentado coger el toro por los cuernos y reformular el proyecto.

Un año después de ganar la alcaldía de Madrid, encomendados a la protección de los Ayuntamientos del Cambio, presentaron un nuevo proyecto de Operación Chamartín, que fue saludado públicamente como un intento de recobrar la cordura, por parte de urbanistas como Eduardo Mangada (exconcejal del Ayuntamiento con Tierno Galván y exconsejero de la Comunidad de Madrid con Joaquín Leguina), o Jesús Gago (Premio Nacional de Urbanismo por su trabajo en el desarrollo urbano de Fuenlabrada).

Saludaban el final del bloqueo  de una operación encaminada a satisfacer necesidades ciudadanas y promover las capacidades económicas de la ciudad. Un nuevo trozo de Madrid entendido como un espacio social y no como un solar al servicio del negocio inmobiliario. ¿Qué ha pasado en estos pocos años para que esa opinión haya cambiado sustancialmente? Simplemente que el espacio social se ha reconvertido en solar y puro negocio inmobiliario.

Desde mediados de julio el debate se ha agudizado. El movimiento vecinal, Ecologistas en Acción, la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos, urbanistas como los mencionados Mangada, Gago y otros como López Groh, del Club de Debates Urbanos rechazan el proyecto definitivamente aprobado, argumentando el carácter especulativo del mismo, la opacidad y oscurantismo de los pactos secretos que van saliendo a la luz, la fosforescencia de un diseño que encubre lo que Gago ha denominado corrupción objetiva.

El Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha admitido a trámite la denuncia que Ecologistas en Acción y la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos han interpuesto contra el proyecto. Ventas de suelo público a bajo precio, reconocimiento de derechos que no estaban consolidados para los promotores financieros e inmobiliarios, privatización de hecho de suelo público, convalidación de irregularidades de todo tipo cometidas a lo largo de todos estos años, aliento a los desequilibrios brutales entre el Norte y el Sur de la ciudad, .

La Operación Chamartín va camino de convertirse, nos avisan los expertos, en el Caso Chamartín, dividiendo a la izquierda y fracturando a los propios partidos que la componen. Que pocos meses antes de unas elecciones difíciles como todas, pero aún más en este momento, la izquierda gobernante se vea abducida por los poderes económicos e impelida a aprobar algo groseramente especulativo, que sólidos gobiernos de la derecha no se atrevieron a poner en marcha, puede ser el principio del fin.

Los grandes promotores beneficiarios están gastando ya mucho dinero en exposiciones, maquetas y publicidad en medios de comunicación y en las redes, intentando ganarse la voluntad popular. Todas las administraciones son responsables del entuerto y se reparten las responsabilidades.

Pero, en esta tesitura, yo no olvidaría que hay un voto egoísta que lo perdona todo de aquel a quien vota, siempre que intuya que, de alguna forma, va a verse beneficiado con la más zafia especulación y la más evidente corrupción. Sin embargo el voto de progreso, de izquierdas, depende de la coherencia en la defensa de la igualdad, el equilibrio, la libertad.

Esos votantes no lo perdonan todo y menos cuando quienes han obtenido su confianza y deberían defender la ciudad y a la ciudadanía, permiten la colonización capitalista de las vidas y del territorio, convirtiéndonos en su negocio. Nuestro territorio, nuestras vidas, de todas y de todos.


La Formación Profesional sigue esperando

enero 10, 2019

Ahora, después de tragarnos riadas de mensajes que nos hablaban del fin de trabajo y del final de la Historia, que iban a ser barridos por inevitables y acelerados procesos de digitalización y globalización, nos encontramos con que el debate que atraviesa la incorporación de nuevas tecnologías, el cambio climático, las migraciones, la globalización, es el problema del reparto de la riqueza, la decencia del empleo y, en consecuencia, la formación inicial y permanente de las personas.

El desempleo, la temporalidad, la baja calidad del empleo, la precariedad, la infracualificación de muchos y la sobrecualificación de otros tantos, la inadaptación entre cualificación y empleo disponible, el deterioro salarial y de derechos laborales atacan directamente al centro del modelo social que ha permitido construir Europa y la cohesión social.

La educación, la formación inicial y la formación permanente de las personas se nos presentan como llave para abordar estos retos. Es cierto que se consideran elementos esenciales para las empresas, pero se tiende a olvidar que, por encima de ello, son un derecho de la persona. Cada país pone el acento en una interpretación distinta de estos conceptos.

Hay países, como Suecia, en los que prima la visión de la Formación Profesional como parte de la Educación de las personas. El Estado financia, regula, planifica, una Formación Profesional bien conectada con los niveles medios y superiores de la educación. Esta visión pone más el acento en el progreso personal y profesional que en las necesidades específicas de las empresas.

En otros países, sin embargo, se entiende la Formación Profesional, como un complemento de la educación. Países acosados por el paro y golpeados por la crisis, que orientan la formación profesional hacia la mejora de las oportunidades de inserción laboral. Un instrumento para suministrar trabajadores cualificados en función de las necesidades empresariales, El Estado pierde protagonismo y son múltiples proveedores los que diseñan, imparten, deciden, sobre la mayor o menor cualificación necesaria en cada caso. Un ejemplo de este modelo sería Irlanda.

Se habla mucho por estas tierras del modelo alemán de Formación Profesional, eso que allí denominan formación dual y que constituye un referente en España para cuantos, desde las organizaciones empresariales, sindicales, o el propio gobierno, se ven forzados a fijar una posición pública sobre la formación profesional. La susodicha dualidad consiste, básicamente, en poner el acento en el aprendizaje práctico en las empresas.

El modelo alemán exige compromiso y cooperación entre empresarios, sindicatos y los gobiernos de los Estados Federales (el equivalente a nuestras Comunidades Autónomas), así como una regulación del trabajo de los aprendices que evite su explotación. En Alemania funciona. En España no ha pasado casi nunca de ser una declaración de intenciones, defraudada por demasiadas prácticas poco recomendables, que obvian la formación y fomentan la explotación laboral del aprendiz.

Uno de sus puntos débiles, en mi opinión, es que todo se organiza al servicio de que el empresario cuente con personas cualificadas para atender las necesidades de la empresa, lo cual es necesario, siempre que no se convierta en el objetivo único y permita el desarrollo personal y profesional, así como el acceso a niveles superiores de formación y cualificación de las personas.

Países como Finlandia han intentado una mezcla de todas estas modalidades. Se puede realizar formación en un centro educativo, en una empresa, en una universidad. El Estado, a través de sus centros, o entidades privadas, pueden desarrollar procesos formativos. Incluso los profesionales que imparten dicha formación, pueden ser profesores, tutores de prácticas, maestros, formadores especialistas en determinadas materias.

El modelo se convierte en flexible para atender demandas de cualificaciones más específicas o más generalistas. Su objetivo es atender las necesidades de la empresa, pero también las necesidades personales de igualdad, de integración laboral, o de inclusión social.

Ya vemos que contamos con formas bastante dispares de entender la Formación Profesional, en países cercanos y miembros de un mismo proyecto político, económico y social, al que llamamos Europa. Creo que conviene extraer, al menos, unas pocas conclusiones prácticas sobre las que trabajar a lo largo de 2019.

En primer lugar, parece bueno diversificar la oferta de Formación Profesional, tanto en las cualificaciones que se ofertan, como en las edades y los grupos sociales a los que se facilita el acceso. Hay países que ensayan programas de FP incluso por debajo de los 16 años, como es el caso de Portugal.

Junto a esta diversificación la Formación Profesional, la Permanente, o la Formación para el Empleo, deben estar bien coordinadas y, a su vez,  conectadas con el sistema educativo y la Formación Superior universitaria. Son muchos los países que ya lo hacen, entre ellos, Alemania, Reino Unido, Francia, Austria, o Dinamarca.

Incluso se facilita el acceso a la universidad mediante acreditación de la experiencia profesional, pruebas de acceso específicas, o cursos de acceso a la universidad. Las universidades están cada vez más interesadas en incorporar, en el nivel superior de la educación, metodologías y competencias propias de la Formación Profesional no universitaria.

En un país como España en el que los índices de fracaso escolar y abandono educativo temprano son excepcionalmente altos, sería muy positivo conectar bien la educación de personas adultas con la FP. No se trata sólo de combatir el desempleo, sino de brindar una segunda oportunidad a quienes fueron expulsados, o abandonaron demasiado pronto los estudios y a quienes sufren las consecuencias de la desigualdad, ofreciéndoles nuevos itinerarios formativos diversificados.

Creo que es positivo que se vaya extendiendo una Formación Profesional que intenta ir más allá del entorno escolar y pone el acento en las prácticas en empresas y en entornos laborales, tanto en las enseñanzas medias, como en las universidades. Sólo creo que hay que prevenir que la Formación se ponga exclusivamente al servicio del empresario, cuando debe ser un derecho que asegure el desarrollo individual y la promoción laboral permanente de cada persona. Eso sólo es posible si los procesos de formación son fruto de la negociación y cuentan con la participación sindical, social y de las administraciones, junto a los sectores empresariales. Así ocurre en los países de Europa con una mejor Formación Profesional.

La Formación Profesional ha sido siempre el patito feo de la educación en España. Quien no “valía”, o no podía, seguir estudios superiores, terminaba en la Formación Profesional. No es tanto mala imagen, como una consideración social inferior. Este escenario va cambiando, pero muy lentamente.

En conclusión, la Formación Profesional que incorpora prácticas en las empresas está contribuyendo a ofrecer más oportunidades de empleo, que cuando la formación es exclusivamente teórica lo cual mejora el prestigio y la imagen de la FP. La Educación Técnica y Formación Profesional (ETFP) gana peso en los sistemas educativos, al tiempo que diversifica sus modalidades, metodología y contenidos, incorporando formación y prácticas en las empresas.

España debe asumir este reto y regular mejor este espacio de formación profesional permanente, asegurando los derechos de las personas que participan en estos procesos. La Unión Europea nos reclama negociar y aprobar un Estatuto del Aprendiz. De resolver bien estos desafíos va a depender no sólo el futuro de nuestras empresas, sino la propia calidad del empleo y la cohesión social de nuestro país. La Formación Profesional no puede seguir esperando.


Cuando en Tetuán de las Victorias había hasta 25 cines

enero 9, 2019

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, en Tetuán de las Victorias, había hasta 25 cines. Cines míticos como el Metropolitano, Maravillas, Lido, Cristal, Bellas Vistas, Novedades, Regio, Savoy, Tetuán, Victoria, Windsor y otros muchos. Por eso  el barrio merecía el nombre de El pequeño Hollywood.

Hoy, al cabo de los años, en esas calles y plazas de leyenda, Bravo Murillo, Raimundo Fernández Villaverde, Cuatro Caminos, Reina Victoria, Francos Rodríguez, no queda un solo cine.  La Asociación de Vecinos acaba de publicar el listado de estos cines en uno de sus Pliegos del Cordel, incluyendo una pequeña referencia a la ubicación, historia y fecha en la que fue cerrado cada uno de ellos.

Hermoso proyecto, éste de los Pliegos del Cordel, cuyo primer número fue dedicado a las poesías escritas por las poetas del barrio, con la incursión de unos pocos hombres, entre los que tengo el privilegio de figurar. Retoman así una ancestral tradición, vinculada a las coplas de ciego y el romancero. Esos papeles sin encuadernar que se colgaban en cuerdas y que daban cuenta al vecindario de milagros, hechos extraordinarios, leyendas, cuentos, noticias, sucesos cotidianos, crónicas históricas.

Es cierto que han cambiado mucho los tiempos. Que para ver una película no es estrictamente necesario ir a un cine. Que son muchas más las formas y maneras de entretenimiento y que las que había, han sufrido profundas transformaciones. La resolución es mucho mejor en las pantallas de televisión y su tamaño es ahora XXL.

Pero nada justifica la desaparición de todos los cines de Cuatro Caminos y Tetuán, ni de la inmensa mayoría de nuestros barrios. Hace no tanto tiempo, casi cada barrio tenía uno o varios cines. Habrá quien diga que ya no son necesarios, o que ya no son negocio. Pero tras esa afirmación se oculta la justificación para que mañana desaparezcan las bibliotecas, los museos, los teatros, los centros culturales y, ya puestos, hasta los colegios.

La desaparición de los cines, como la de las abejas, deja el terreno libre para la desertificación cultural de nuestros barrios. Ahora son las casas de apuestas las que pueblan los escaparates, como si aquella inmensa operación de los años ochenta, que pretendía convertir a muchos de nuestros jóvenes en drogadictos, con sus terribles consecuencias de adormecimiento, cicatrices y condenas a muerte, estuviese siendo sustituida por esa nueva droga, no menos mortífera, del juego infinito y la falacia del enriquecimiento repentino. El pequeño Hollywood se ha convertido en pequeña Las Vegas.

Permitir la desaparición de los cines de los barrios, para aglomerarlos en un centro peatonalizado, supone acabar con la pluralidad de centralidades que necesita una ciudad. Significa convertir barrios que siempre tuvieron vida propia en lugares mortecinos, inseguros y sin personalidad. Por eso hay que reivindicar, en cada barrio, al menos, un cine.