Díselo con Marx

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.

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Las gafas de ver españoles

junio 3, 2018

El pequeño Cole, protagonista de El Sexto Sentido, declara en la película, En ocasiones veo muertos. Nunca hemos podido determinar, a ciencia cierta, que el niño supiera, desde el principio de la película, que también Malcom, el prestigioso psicólogo que trata su problema, encarnado por Bruce Willis, estaba también muerto.

Este tipo de situaciones, controversias y dudas, sólo se pueden dar en Estados Unidos. Cosas de Hollywood y sus películas. En España no pasan estas cosas. Somos un país de certezas absolutas, que cambian constantemente, pero que son absolutas mientras duran. Certezas que son fruto de nuestro carácter emprendedor, innovador y descubridor.

Una de esas grandes certezas, nos ha sido revelada por Albert Rivera, este fin de semana, durante la presentación de su proyecto electoral España Ciudadana. Nos ha desvelado el secreto de su película, que no es otro que haber emprendido, innovado y descubierto las gafas de la España Ciudadana.

Gracias a ellas, donde yo veo una señora mayor abandonada a su suerte, Albert puede ver un español. Y donde veo un chaval fracasado en los estudios, que ha abandonado el sistema educativo, él consigue ver un español. Donde cualquier ciudadano ve una persona parada, o dependiente, o con una pensión de miseria, o una niña sin escuela infantil, o directamente con hambre, las milagrosas gafas permiten ver a Rivera españoles, iguales, indefinidos, indiferenciados.

Ya no hay ricos y pobres. No hay trabajadores y empresarios. No hay religiosos y ateos. No hay corruptos y personas que viven gracias a su esfuerzo. No hay mujeres y hombres. Las gafas nos hacen iguales. Españoles, compatriotas, libres, iguales. El mensaje es sencillo, hasta simplón, pero muy efectivo.

Quien hasta hace poco denunciaba que el nacionalismo y el populismo eran lo peor de lo peor, ha evolucionado hacia un nacionalismo duro y un populismo  rampante, pero con gancho. Desde que Goebbels enunciara sus famosos 11 principios de la propaganda, los políticos dictatoriales de todo signo y no pocos políticos triunfantes en países democráticos, los han aplicado con diligencia.

Pocas ideas, repetidas hasta la saciedad, cuanto más simples mejor. Vale mentir, cuantas más veces lo hagas mejor, miente siempre, al final parecerá verdad. Búscate un enemigo que cargue con tus errores, céntrate en cargarle todos los males y problemas. Habla para los más tontos, populariza tus ideas, multiplícalas, airéalas desde todos los medios posibles. Somos nacionales, porque hay otros que no lo son. Identifícalos, individualízalos, apártalos, elimínalos.

Banderas, muchas banderas, aunque sean de plástico y una musa, una Marilyn esteparia, una diosa rubia que desciende sobre el escenario desde su monte olímpico allá en Miami, donde ha dado a luz un himno guerrero que agradezca a Dios haber nacido aquí. Un canto orgulloso, sin complejos, sin perdones, lleno de rojos, amarillos, rayos de sol.

Y yo, que siempre he preferido la ancestral denominación de las Españas. Que prefiero definir las patrias por los derechos de ciudadanía que amparan a sus habitantes, más que por las banderas que lucen en los edificios y los himnos que se acometen en los desfiles. Que he creído que ser iguales, siendo tan distintos, sólo es posible si quienes menos tienen y menos pueden, reciben más que quienes menos lo necesitan. Yo, empiezo a tener miedo.

El miedo ancestral de cuantos, a lo largo de nuestra historia, han pagado con sufrimiento, dolor, miedo y, no pocas veces, con sangre, el peso de una uniformidad impuesta, una bandera triunfante sobre otras banderas, unos himnos que ahogaban todos los cánticos, en lugar de invitar a la fiesta.

Si la respuesta al nacionalismo rampante, secesionista y segregacionista de Quim Torra, es el nacionalismo casposo, patriotero y también supremacista de Albert Rivera, mucho me temo que habrá que volver a Gabriel Aresti, el poeta vasco, citado por el propio Rey en su primer discurso, para recordar que Sólo es español quien sabe/ las cuatro lenguas de España.

Menos alimentar los bajos instintos y las letras ramplonas y sensibleras en nuestros himnos. Menos gafas trucadas para ver “españoles” y más estudiar idiomas patrios, para que podamos entendernos.


Las Universidades y la Formación para el Empleo

junio 3, 2018

Me invitaron recientemente a participar en una mesa redonda organizada en el marco del Congreso de la Red Universitaria de Estudios de Posgrado y Formación Permanente (RUEPEP), celebrado en la Universidad Complutense de Madrid. El tema propuesto era el de La Formación Profesional para el Empleo en las Universidades.

Para responder a esta pregunta, conviene partir de la constatación de que el denominado subsistema de Formación Profesional para el Empleo (FPE), dependiente del Ministerio de Empleo, fue diseñado hace ya más de 25 años, al margen y de espaldas al sistema de Formación Profesional (ya sean centros de FP, de adultos, o universitarios), dependiente de la Administración Educativa. Por eso las Universidades y Centros de FP son hoy absolutamente marginales como proveedores de formación para el empleo.

Y la respuesta a la pregunta pasa por corregir ese problema de partida, de forma que las cualificaciones, las titulaciones, los estudios, los centros de formación de uno y otro ámbito, sean equiparables, actúen conjuntamente y trabajen a favor del objetivo común y único de proteger el derecho a la educación a lo largo de toda la vida y atender las necesidades formativas reales de las empresas.

Se me ocurre, por tanto, que las universidades públicas aglutinadas en RUEPEP, que han abierto esta interesante reflexión, podrían y deberían tener un papel importante en la detección de esas necesidades formativas existentes en el mundo empresarial y laboral.

Creo, también, que podrían ser fundamentales para analizar y estudiar las fortalezas y debilidades del sistema de Formación Profesional para el Empleo, proponiendo las correcciones y soluciones necesarias para su mejora y adaptación a las nuevas realidades económicas y productivas.

Entiendo que podrían jugar un papel importante para contribuir a la mejor gestión y administración del sistema. Deberían participar en el diseño de nuevas cualificaciones. Podrían recibir el encargo de evaluar la calidad de las acciones formativas y del propio sistema.

Las universidades están en condiciones de actuar en materia de reconocimiento de la experiencia laboral, a efectos de adquirir una cualificación profesional, o para el acceso a otro tipo de programas formativos de nivel medio o superior. Considero también que podrían ser colaboradoras muy valiosas de las administraciones para el reconocimiento e inscripción de nuevos centros formativos, con criterios claros y transparentes, de cualificación y calidad.

Las Universidades son Administración Pública y, de acuerdo a la incumplida ley de Formación para el empleo, deberían poder actuar de forma directa en la impartición de especialidades formativas necesarias para la formación de los trabajadores y trabajadoras, en las empresas, en el territorio y en los diferentes sectores de la producción y los servicios.

Sin ánimo de ser exhaustivo, creo que las universidades deberían tener un papel esencial en la formación de las personas que asuman responsabilidades en la formación para el empleo, ya sea en su diseño, gestión y administración, como en la impartición de determinadas especialidades formativas.

Esos profesionales existen, pero no son muchos, ni tienen la conciencia de formar parte de un sistema formativo del que se sientan mancomunadamente responsables. Esa tarea de formación de formadores y  de las administraciones,  empresariales, o sindicales, en Formación para el empleo, debería ser una tarea encomendada a nuestras universidades.

Perdemos demasiado tiempo anunciando nuevas apuestas como la formación dual, sin que nadie sepa explicar de forma coherente qué cosa sea la famosa formación dual. Perdemos demasiado tiempo compitiendo entre administraciones educativas y de empleo y entre éstas y las administraciones autonómicas, para ver quien se lleva los recursos y qué chiringuitos clientelares crean con ellos. Se nos va el día en intentar tener un peso esencial en un sistema cada vez más cuestionado, e incontestablemente cuestionable.

Mientras tanto, desaprovechamos un potencial como el que tienen las universidades, para mejorar el sistema, hacer frente a las debilidades y corregir los problemas. Es muy habitual en este solar patrio. Pero el que sea lo de siempre, lo habitual, no significa que sea lo bueno, lo mejor, ni tan siquiera lo deseablemente posible.


El papel de lo público en la Formación para el Empleo

mayo 28, 2018

Mi experiencia en materia de formación para el empleo es limitada y se encuentra muy condicionada por la crisis económica y los efectos de las políticas de recortes aplicadas por el gobierno. Pero, a base de darle algunas vueltas al asunto de la formación de los trabajadores y trabajadoras en nuestro país, he llegado a la conclusión de que uno de los problemas de la Formación para el Empleo reside en que, desde sus comienzos, fue concebida como un instrumento separado de la administración educativa y exclusivamente vinculada a las políticas de empleo.

Los centros de formación profesional, los centros de educación de las personas adultas, o las universidades, han pintado siempre muy poco, tendiendo a nada, en el subsistema de formación para el empleo, que ha creado sus propias redes de formación, de espaldas al sistema educativo.

La crisis ha supuesto un aumento del paro y, en consecuencia, un deterioro brutal de los recursos dedicados a Formación Profesional para el Empleo (que se nutre de la cuota de formación que pagan empresas y trabajadores), que ha obligado a revisar en profundidad el funcionamiento del subsistema. Sin embargo ,en las reformas sin consenso, hasta las mejores intenciones acaban diluidas. Termina por reorganizarse el negocio, sin aportar soluciones reales.

Cuando la crisis cede paso a la recuperación, el empleo crece, se recauda más cuota de formación, comprobamos que el sistema se ha reorganizado para establecer los nuevos cauces a través de los cuales unos recursos cada vez mayores, fluyen por nuevas vías… hacia los mismos bolsillos. Eso sí, con menos intermediarios.

A la manera más clásica y lampedusiana, todo ha cambiado para que nada cambie. La formación se hará en función de las necesidades de las empresas de formación y las administraciones competentes, con un peso ínfimo de las necesidades reales de empresas y trabajadores. Creo, sinceramente, que la crisis no ha supuesto una oportunidad para corregir en profundidad los males del sistema de formación permanente de trabajadores y trabajadoras en nuestro país.

Un buen ejemplo práctico es el fracaso de uno de los empeños sindicales, ante la reforma planteada por el gobierno, que consistió en abrir las puertas a una mayor participación de los centros educativos públicos en la formación de las personas trabajadoras, incluyendo reservas específicas de recursos para este tipo de centros y facilitando que los centros públicos sean considerados como proveedores directos de formación desde la propia administración.

Al final ni las Comunidades Autónomas, ni el Gobierno Central, han hecho gran cosa, salvo honrosas excepciones, como el caso de las Islas Baleares, por abrir  esta vía de participación de los centros públicos de formación, que permitiría enriquecer el conjunto del sistema y vincular más al Ministerio de Educación con eso que se denomina subsistema de Formación para el Empleo, dependiente, en exclusiva, del Ministerio de Empleo.

Un sistema que ha olvidado que la formación es un derecho personal a lo largo de toda la vida y, además, una necesidad para el futuro de las empresas. Tal vez si hubiéramos aprovechado la crisis para revisar en profundidad nuestro sistema productivo, tendríamos una oportunidad de detectar nuevas necesidades formativas. Desgraciadamente no ha sido así y Mariano Rajoy ha preferido esperar a que la marea creciente de la economía libere al barco varado.

El problema es que volvemos a la construcción y el turismo, como motores de la economía. Volvemos al endeudamiento de las familias, a los servicios inmobiliarios. A la hostelería, el comercio, la pizza, la hamburguesa y mucho amazon, mucho reparto a domicilio en bicicleta, llueva, nieve, o aunque el sol derrita las aceras.

Empleo precario, temporal, mal pagado, sin derechos y hasta sin contrato, que para eso se ha inventado un falso empleo autónomo. Se ha puesto en marcha un empleo de baja cualificación. Se han promocionado contratos de formación sin formación real. Becarios que terminarán pagando  por trabajar y aprender algo en una cocina.

Cuando yo era un niño había una serie televisiva de médicos que condujo a toda una generación a engrosar las listas del paro sanitario. Pronto nos sobrarán cocineros, cantantes y sastres, además de aspirantes a youtuber, probadores, o diseñadores, de videojuegos, diseñadores de robots.

Cando los gobiernos no gobiernan, no evalúan, analizan, proponen, negocian, empujan, o tiran del carro, el mundo sigue girando y el país continúa funcionando, pero la selva se adueña del paisaje urbano. Todo funciona, pero bajo la ley de la selva, que suele ser la ley del más fuerte.

Lo público, lo de todas y todos, también en la formación, tiene que recuperar su papel de gobierno, de facilitar la participación, de orientación, de hacer posible la igualdad de oportunidades y la libertad real de las personas.


El Madrid del Primero de Mayo

mayo 9, 2018

 

Vamos, poquito a poco, avanzando hacia los 130 años de celebración del Primero de Mayo en Madrid, desde aquella primera vez, allá por 1890. El Congreso Socialista de París había decidido en 1889 convocar el Primero de Mayo en todo el mundo. Una jornada de lucha y reivindicación, en recuerdo de la huelga y movilizaciones de Chicago, en la que los trabajadores que exigían la jornada de 8 horas, habían sido reprimidos brutalmente por la policía y cinco de sus líderes fueron ejecutados, tras un juicio sin garantías.

Hace 20 años se me ocurrió escribir un libro en el que el recorrido anual de la manifestación del 1º de Mayo en Madrid, se convirtiera en una disculpa para la reflexión sobre nuestra historia. Así nació el Madrid del 1º de Mayo, que ya acumula tres ediciones, prologadas por el sindicalista Rodolfo Benito, el periodista Rodolfo Serrano y el arquitecto Eduardo Mangada.

La manifestación del Primero de Mayo arranca en una glorieta de Atocha, presidida por la imponente Estación de Atocha, con su cubierta a modo de casco de barco invertido. El ferrocarril permitió a Madrid dejar de ser una capital cortesana, para convertirse en una ciudad industrial, productiva, comercial. La circunvalación ferroviaria desde la estación de Príncipe Pío, donde llagaba el carbón leonés, hasta Atocha, pasando por las estaciones de Imperial y Peñuelas, actuó como motor que permitió la modernización de Madrid. En las inmediaciones el Hospital de San Carlos, actualmente Museo Reina Sofía, el Ministerio de Fomento, o el Museo Etnológico.

Inmediatamente, la manifestación se adentra en el Madrid científico que concibió Carlos III, creando el Observatorio Astronómico, el Real Laboratorio de Química (actual Museo del Prado) y el Jardín Botánic,o donde exhibir las especies botánicas llegadas desde todo el imperio. En las Puertas del Jardín Botánico se concentraron, el domingo 4 de Mayo de 1890, 30.000 trabajadores, para manifestarse por el Prado y Recoletos, hasta la sede de Presidencia, para entregar a Sagasta sus reivindicaciones. En las inmediaciones se encuentra la sede de CCOO de Madrid, los Jerónimos, los centenarios hoteles Ritz y Palace, el Congreso de los Diputados.

Recorre luego, la manifestación el Paseo del Salón del Prado, presidido por Neptuno en un extremo y por Cibeles en el otro, sin olvidar que el centro del mismo se encuentra la desconocida fuente del dios Apolo, rodeado de sus musas. Un lugar concebido para descongestionar el centro y dotar a la Corte Madrileña de un lugar de paseo y recreo, en lo que, hasta entonces, era un lugar de huertas, poblado cada atardecer por bribones, espadachines y pícaros.

En Cibeles, tras sobrepasar el edificio que los madrileños denominaron Nuestra Señora de las Comunicaciones, actual sede del Ayuntamiento de Madrid, la comitiva del 1º de Mayo comienza a subir calle Alcalá arriba hacia la Puerta del Sol, flanqueada por el urbanismo burgués de los grandes bancos, incluido el Banco de España, las compañías de seguros, y los centros sociales de la burguesía decimonónica y de principios de siglo XX, como el Círculo de Bellas Artes, el anglófilo New Club, o el rancio Casino de Madrid.

Y llegamos, por fin, a la Puerta del Sol. Mientras se pronuncian los discursos, el manifestante puede emprender algunas reflexiones sobre este lugar en el que, al lanzar una piedra, conmienzan a moverse olas concéntricas en toda la laguna de España. Ese punto central del rompeolas de todas las Españas.

Allí están las primeras obras de Carlos III, para sentar las bases del Estado Moderno. La Casa de Correos (actual Presidencia de la Comunidad de Madrid) y, a sus espaldas, la Casa de Postas. Muy cerca el Ministerio de Hacienda, que fue concebida como Casa de Aduana, fuente de ingresos por los impuestos al comercio.

En la Puerta del Sol se desencadenó el 2 de Mayo y allí se encontraba el Mentidero de la Villa, donde el pueblo despachaba las últimas noticias y espiaba a los pasajeros de las carrozas cortesanas, que se encaminaban hacia El Salón del Prado. Allí se concibieron los Pasajes Comerciales y un nuevo rico maragato construyó las Casas del Cordero, tras ganar la lotería y allí se proclamó la II República.

Hay guías del Madrid medieval, de los Austrias, los Borbones, de Galdós, de la Restauración, de los Reyes Católicos, un Madrid literario, otro musulmán y otro mágico. También hay un Madrid del Primero de Mayo,  que recorremos en manifestación cada año, en cuyos edificios, paisajes y rincones se encuentran las claves de las transformaciones de una ciudad capital inacabada, que siempre resiste y que puede ser derrotada, pero nunca vencida.


Luis Montes, un defensor de la vida

mayo 9, 2018

No entiendo a quienes defienden la vida hasta justo antes de nacer y, de nuevo, en el preciso momento antes de morir. Todo lo que hay en mitad de esos dos instantes, les trae totalmente sin cuidado. No les preocupa si hay suficientes escuelas infantiles, si la desnutrición infantil aumenta, si la sanidad pública se deteriora, si el abandono escolar crece, si nuestro trabajo es paro, o moderna esclavitud, si las familias salen como pueden al paso de la imposibilidad de conciliar la vida laboral y personal.

No les preocupan tampoco nuestras pensiones, ni si la atención a la dependencia funciona, o si morimos en un hospital, entre terribles dolores. Al grito de Dios lo quiere, reconvertido por los ultraliberales en El mercado lo exige, han convertido a las personas en producto que se compra, se vende y es perfectamente intercambiable y hasta sustituible si un robot suple su papel en la producción.

No creo que haya una mano negra que decida estas cosas en un oscuro despacho y que toda la humanidad siga el camino allí decidido. Pero sí creo que hay creadores de tendencias que marcan el camino no escrito de la humanidad y de los pueblos.

Una de esas tendencias, la de convertir las necesidades de las personas y el papel del Estado (desarrollado a través de sus diferentes expresiones administrativas), en negocio puro y duro, se impuso en Madrid, con fuerza inusitada, a partir del golpe de estado triunfante del Tamayazo, en las elecciones autonómicas de 2003. Seguimos sin saber quiénes fueron los impulsores de ese golpe y quiénes lo financiaron, pero sí sabemos quiénes fueron los beneficiarios económicos y políticos del mismo.

Y también conocemos que el primer frente de batalla abierto por los impulsores de la tendencia ultraliberal y privatizadora se desencadenó en Madrid en el año 2005, cuando, bajo la presidencia de Esperanza Aguirre, el entonces Consejero de Sanidad, Manuel Lamela, salido de las huestes de Rodrigo Rato en el Ministerio de Economía, decidió dar crédito a denuncias anónimas cursadas contra los doctores Luis Montes y Miguel Angel López, a los que se acusaba de haber asesinado a 400 pacientes a golpe de sedaciones, en el hospital Severo Ochoa de Leganés.

Se abrieron comisiones de investigación, expedientes, procesos judiciales. Se alentó una campaña de difamación en algunos medios de comunicación. En defensa de los profesionales, convocamos movilizaciones de todo tipo, manifestaciones, concentraciones, paros, marchas, actos públicos. Al final, de los 400 muertos, se pasó a 73 y de ahí a malas prácticas, hasta que los tribunales terminaron cerrando el caso con  el sobreseimiento. La acusación no tenía razón, ni podía ser demostrada.

Pero ya estábamos en 2008 y, a estas alturas, el verdadero objetivo del gobierno Aguirre ya se había cumplido con creces. La imagen de la sanidad pública había sufrido un golpe terrible a manos de quienes tenían la obligación de preservarla y defenderla. De nada valían ya los sobreseimientos, ni que luego, el portavoz del gobierno de Aznar, Miguel Angel Rodriguez, fuera condenado al pago de 30.000 euros, por “delito continuado de injuria grave realizado con publicidad” contar el doctor Luis Montes.

Para entonces Lamela y su sucesor, Juan José Güemes, también extraído de las mesnadas de Rodrigo Rato y yerno del todopoderoso Carlos Fabra, ya habían tomado carrerilla para convertir Madrid en el campo experimental de todas las formulas de privatización hospitalaria ensayadas en España y fuera de nuestras fronteras: Fundaciones, empresas públicas, empresas privadas concertadas, empresas mixtas.

Alguna entidad financiera, una constructora y una gestora de la sanidad privada, o un empresario bien situado en la órbita de Aguirre (así ocurrió con el entonces presidente de la patronal CEIM), se hicieron con estos nuevos hospitales que nacían con financiación pública y beneficios asegurados.

Luego llegaron las concesiones de los colegios concertados, las autopistas radiales, los peajes en sombra, las Escuelas Infantiles, las universidades privadas, la Ciudad de la Justicia, el Canal de Isabel II, la jibarización del proyecto de Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, el destrozo de Telemadrid entregada a productoras privadas, el caprichito del golf en las instalaciones del Canal. Eran ya los tiempos de Granados e Ignacio González.

Hoy leo que Luis Montes ha muerto de un infarto, a los 69 años, cuando viajaba hacia Molina de Segura, para intervenir en un acto, como Presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente. Compartí con él pancartas y actos en defensa de su profesionalidad y la de sus compañeros del hospital Severo Ochoa, en defensa de la sanidad pública frente a las agresiones privatizadoras de Aguirre y sus cachorros.

Hoy, Manuel Lamela es famoso por su participación en empresas sanitarias especializadas en gestionar recursos públicos, volvió con Rato a la empresa Cibeles (Bankia) y se encuentra bien situado en cada operación de la sanidad privada para aumentar su presencia en la gestión y el control de todo tipo de servicios públicos sanitarios.

Hoy, Juanjo Güemes, después de dimitir como Consejero de Aguirre, tras las concesiones de servicios sanitarios públicos a empresas privadas que luego le ficharon, se encuentra muy bien cotizado por su experiencia privatizadora, dirige Centros de Emprendedores del IES Business School, del que es vicepresidente económico y sigue formando parte de numerosos consejos de administración.

Mientras siguen a lo suyo quienes defienden la vida sólo antes de que el ser humano nazca y abanderan la prolongación de dolorosos e irreversibles procesos de enfermedad. Mientras siguen triunfando quienes hacen de la vida un producto y de la sanidad pública un negocio. Se nos ha marchado un hombre decente que defendía el derecho a vivir y morir dignamente. Luis Montes, el nombre de un defensor de la vida que no olvidaremos.


El final de ETA

mayo 3, 2018

Leo en los medios de comunicación que ETA ha anunciado su final como banda terrorista. Deja tras de sí más de ochocientas personas muertas en atentados y un rastro de desolación, desencuentro, tensiones insostenibles, agresividad a flor de piel, que han envenenado la convivencia en el País Vasco a lo largo de las últimas décadas.

Hay quien se entretiene en dilucidar si las disculpas de ETA son suficientes o no y no seré yo quien niegue que esas disculpas me han sonado a mezquinas. Cada muerte relacionada con el terrorismo, o con el ejercicio de la violencia, no debe ser nunca justificada, ni merece la justificación de nadie.

Sin embargo, prima en mí el cansancio  de tan larga historia de atentados, pesando sobre cada instante de mis recuerdos, por muy atrás que me proyecte en el tiempo. Quiero ser optimista y esperar que más allá de tanta muerte, tanto sectarismo y tanto odio sembrado, tanta utilización del terrorismo para fines mezquinos, se puede abrir un camino de convivencia pacífica, justa, en libertad.

Durante años, cuando comencé a desempeñar el cargo de Secretario General de CCOO en Madrid, en el 2000, tuve que organizar, acudir, encabezar, manifestaciones, concentraciones, actos de repulsa, paros en las empresas, para rechazar cada atentado de ETA. Durante años me recomendaron, desde la propia Delegación del Gobierno, pedir, cuando menos, un servicio de contravigilancia. Nunca lo hice, porque cualquiera y no yo más que otros muchos,  podía terminar siendo víctima de uno de aquellos atentados.

Siempre creí que el final de ETA era inevitable, tras el atentado del 11-M, en Madrid. Por brutales que quisieran ser sus métodos, nunca podrían igualarse con esos yihadistas que matan y mueren en nombre de un Dios, en cuyo nombre construyen un imperio de cadáveres. La bandera del terror había cambiado de portaestandartes. Definitivamente ETA no era el Estado Islámico, como antes no identificaba sus ideales con Pol Pot y sus Jemeres Rojos.

Siguieron matando y hasta intentaron algo extremadamente brutal que terminó, el sábado 30 de Diciembre de 2006, con las vidas de Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate, en la T-4 del Aeropuerto de Barajas. Dos ecuatorianos que convocaron el rechazo unánime y provocaron todo el afecto, el apoyo y la solidaridad del pueblo de Madrid, en la impresionante manifestación que dos semanas después convocamos los sindicatos, junto a las organizaciones de ecuatorianos. Quisimos que fuera de todos, por encima de los que intentaron que fuera una manifestación partidaria.

Seguir matando policías, guardias civiles, mandos del ejército, políticos de derechas e izquierdas, emigrantes, periodistas, transeúntes, en nombre de un ideal nacionalista, era un sinsentido que no podía prolongarse mucho tiempo. Tardaron en declarar el fin de la lucha armada, porque ya se sabe que las inercias empozadas en lo más profundo, se resisten a dejar paso a lo inevitable. Terminaron por declarar el cese definitivo de la actividad armada casi cinco años después del atentado de la T-4.

Ahora anuncian su final, con una petición de disculpas, a medias. Podrían haber tirado la casa por la  ventana y, con todas las explicaciones que considerasen oportunas, haber pedido perdón a cuantas personas hubieran matado y a cuantas hayan podido herir de por vida con sus bombas, sus pistolas, su “lucha armada”. Perdón y reparación en cuanto sea posible y reparable.

Siempre he creído que la España de mujeres y hombres libres, tuvo sus orígenes medievales en el País Vasco. No sé si será un mito infundado que yo me he ido construyendo por entretenerme en buscar raíces que expliquen  el origen de mis querencias y mis creencias. Esa libertad llevaba demasiadas décadas secuestrada en Euskadi, a manos de la represión franquista y de la espiral terrorista de acción y reacción, de violencia constante, que se autoalimenta hasta el infinito, si nadie lo para.

Por eso, más allá de cualquier otra consideración, saludo el final de esta negra historia en la que no hay gloria, sino tan sólo un terrible rastro de dolor y miedo. Toca ahora construir una convivencia en la que ya no hay maketos, ni txakurras y todas y todos podemos ser gudaris, sólo de los buenos. De aquellos que desde la libre expresión de sus ideas, defienden la vida. Sin procesos inquisitoriales y con más charivaris, enamorados de la palabra y la risa.