Carta abierta a una maestra y un maestro

octubre 18, 2018

Querida maestra, Querido maestro,

No pretendo, con el título de este artículo, reproducir, al cabo de los años y las décadas, la iniciativa que Lorenzo Milani y sus chavales quisieron desarrollar, cuando escribieron una carta, desde una sencilla escuela parroquial, en un caserío llamado Barbiana, situado en la localidad de Vicchio, perdido en las montañas de Mugello. La capital, Florencia, estaba a menos de 50 kilómetros. Pero hace 60 años, esa distancia era insalvable para muchos de esos niños y niñas, sin carretera, sin luz, sin agua, sin teléfono.

Allí escribieron su hermosa Carta a una maestra. Han pasado más de cincuenta años desde que aquel curita incómodo, desterrado por los prelados y confinado en aquel pueblín,  murió a causa de un cáncer linfático, sin haber cumplido los 50. El libro ha perdido poca actualidad en sus críticas al sistema educativo y al papel que nos han asignado en el mismo. Aquel libro me incitó a ser maestro, como su Carta a los jueces me convenció de que la objeción de conciencia, en todas sus formas, no merecía condenas de cárcel, sino respeto y admiración de toda la sociedad.

Estamos en pleno inicio de curso. Tan sólo en la educación no universitaria contamos con más de 8 millones de alumnas y alumnos y cerca de 700.000 profesoras y profesores. A ellos habría que añadirles millón y medio de estudiantes universitarios y más de 100.000 profesores y profesoras.  Sobre una población de casi 46 millones de habitantes no son cifras pequeñas, ni poca cosa

Hay quien supone que el poder de la institución educativa es grande. Así parecen pensarlo quienes, cada vez que se refieren a las dramáticas cifras de desempleo, hablan de la formación como si fuera una varita mágica para acabar con el paro. O quienes, alarmados por la pérdida de eso que llaman “valores”, buscan la solución en la mejora de la educación.

Cuando surge cualquier problema, ya sea de tolerancia, xenofobia, racismo, pobreza, violencia en cualquiera de sus formas, degradación ambiental y contaminación, abusos, corrupción, movilidad, injusticias, cambio climático, obesidad, todo tipo de desmanes, la primera solución es la mejora de la Educación.

No digo que no, cuidado, soy de los que creo que todo comienza por la educación, pero me parece que la respuesta tiene mucho de mantra, repetitivo y adormecedor, encaminado a desviar el tiro, evitando fijar la atención en otros responsables y otras responsabilidades, personales y colectivas, que deberían ser asumidas.

Me parece que es demasiado exigir a personas que, aún con la mejor de las voluntades y suponiendo una vocación que les ha llevado a elegir esta profesión y no otra, no tienen en su mano el ungüento amarillo, ni podemos hacer milagros. Alguno de esos remedios, milagros y hasta ungüentos, hemos intentado alumbrar, ensayar, inventar, a lo largo de nuestra larga, o corta, carrera profesional, dentro o fuera de la escuela. Pero, decididamente, los milagros, como la inspiración, son caprichosos, la alquimia no siempre sale bien  y, en cualquier caso, la inspiración, a veces no pilla con un lápiz a mano.

Los políticos, muchos padres y madres desconcertados por el cariz que va tomando la vida; las instituciones, empresas y todo tipo de organizaciones, exigen a la escuela algo que no puede dar. La escuela no inventó este mundo de consumo, ni una sociedad profundamente egocéntrica.

No inventó a los dioses del dinero y el poder, que a la manera de Jano se reparten el papel de guardianes de la puerta que culmina el final de la Historia y abre el camino hacia el No futuro, precario y caótico. Ni a sus jinetes del apocalipsis, cabalgando sobre el egoísmo, la injusticia, la violencia, el olvido. No inventó internet, ni las redes sociales. No enseñó un modelo de felicidad sobre los pilares del consumo desmedido, el pelotazo, el éxito fácil, la corrupción.

No ha sido la escuela la que ha hecho que nuestra infancia cambie de parecer sobre su futuro profesional, para opinar que las mejores profesiones son ahora las de youtuber, probador de videojuegos, cocinero cinco estrellas, cantante triunfador, habitante temporal en la casa de Gran Hermano y, en todo caso y siempre, influencer que se rifan las marcas para protagonizar campañas publicitarias.

La educación ayuda a cambiar cosas. También puede actuar como reproductora de modelos sociales, económicos, culturales. Puede preparar nuevos caminos, o apuntalar los existentes. Pero no crea empleo, ni cambia la sociedad, si no hay una sociedad que quiera los cambios.

Eso sí, es imprescindible para contar con personas libres, responsables, que trabajen por la igualdad. Es indispensable para dominar la palabra. No sólo la escrita, la hablada, la que escuchas, sino la construida con números, con notas musicales, con formas y colores, con el ritmo del cuerpo. Es esencial para interpretar el mundo, criticarlo, juzgarlo, comunicarlo, compartirlo y reconstruirlo con la creatividad del artista que llevamos dentro, aprendiendo a utilizar los materiales a nuestro alcance.

Me parece que la felicidad consiste en eso. O, al menos, en eso se encuentra otra felicidad posible. Y me parece que la escuela es un buen lugar donde ayudar e incitar a abrir esas puertas. Las puertas que conducen a trabajos decentes y vidas dignas. Porque de eso va la escuela, de aprender a vivir.

Empezamos en una escuela de Florencia, perdida en mitad de las montañas y quiero terminar con los primeros días de John Lennon en su escuelita de Liverpool, que me parece premonitoria del papel que debe jugar la escuela, Cuando yo tenía cinco años, mi madre me decía que la felicidad es la clave para la vida. Cuando fui a la escuela, me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande, escribí feliz. Me dijeron que yo no entendía la pregunta. Les dije que no entendían la vida.

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Tarifazos

septiembre 30, 2018

Llevamos un mesecito en el que día sí, día también, alguien anuncia que vamos a pagar máximos históricos por el precio de la luz. Me llaman desde TeleSur en Ecuador, para pedirme opinión sobre estas noticias que siembran alarma y confusión también más allá del océano. Les dirijo hacia quien puede darles una opinión más cualificada que la mía. Doctores tiene la iglesia que puedan explicar qué está pasando en esta España con los precios de la luz.

Unas veces nos explican que la justificación se encuentra en los costes que tiene para las eléctricas la emisión de CO2 en las centrales térmicas. Otras veces la culpa la tiene la subida de los precios  del gas, el petróleo, o el carbón. Hasta alguien acusa al agua de contribuir a la subida de los precios de la electricidad, en función de una cosa que llaman “coste de oportunidad”. Y eso que, este año, no ha sido particularmente seco.

En este país las eléctricas se apañan para justificar subidas de los precios de la energía, hasta recurriendo a la mala gestión de las energías renovables, que termina por encarecer los costes finales. He leído a  quien pretende demostrar que, cuanta menos inversión en renovables, menos coste final de la electricidad.

Para terminar de arreglarlo, hay que sumar el impuesto del 7 por ciento sobre la producción de energía, que acabamos pagando los consumidores, o los sobrecostes artificiales que introduce el sistema de fijación de precios, según el cual pagamos toda la electricidad al importe más alto que se haya pagado ese día. Las eléctricas nunca pierden. El Estado tampoco.

No es extraño que España, sin tener el mayor PIB de Europa, ni los salarios más altos, encabece los precios de la electricidad en la UE. Si tomamos en cuenta los impuestos, nuestro país se sitúa tan sólo por detrás de Dinamarca, Alemania, Bélgica, o Irlanda. Sin embargo, antes de impuestos, nuestro país se encarama a la primera posición.

Si no se quieren tocar los ingresos del Estado vía impuestos, ni se quiere racionalizar el sistema de fijación de precios, perjudicando los ingresos de las grandes y todopoderosas eléctricas, sólo cabe incrementar la publicidad y la propaganda. A ello se han lanzado con una campaña de difusión del bono social eléctrico. Un bono que podría haber beneficiado a 5´5 millones de familias, pero que sólo ha sido solicitado por algo más de 600.000 y que han terminado disfrutando poco más de 300.000. Incluso muchas personas que venían disfrutando del anterior formato de bono social, se han perdido por el camino, al exigirles un engorroso mecanismo de renovación.

He visto que en muchos debates se acusa a la falta de información de la escasa incidencia de esta medida. Dudo que el problema resida ahí. Me temo que muchas de esas familias que podrían acogerse a las categorías de consumidor vulnerable, vulnerable severo, o en riesgo de exclusión social, desisten ante la necesidad de tener que demostrar, mediante cuantioso papeleo y no pocas esperas, que pertenecen a una de esas castas sociales marginales en las que pretenden encasillarlos. Me indigna ver a tantas personas mayores en esta carrera de obstáculos.

El Estado dispone de toda la información necesaria para renovar un bono social para adaptarlo a los nuevos requisitos, o para detectar a posibles nuevos beneficiarios. Todos los datos sobre las unidades familiares, empadronamientos, rentas, pagos de impuestos, pensiones y hasta estados de salud, niveles educativos y prestaciones sociales, están en su poder y es bien sabido que la Administración no tiene que pedir al administrado nada que ya obre en su poder. Eso, además de que terminan siendo las eléctricas las que gestionan datos privados de sus clientes, que nada tienen que ver con el servicio.

Hay, seguro, otras maneras de hacerlo, de informar, asesorar, facilitar, ayudar. Lo que es seguro es que tanta humillación no es necesaria, De verdad.


Almas rebeldes, alzadas del suelo

septiembre 30, 2018

La Comisión de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal ha organizado un curso sobre el presente de la juventud en nuestro país y me invitan a participar en una mesa redonda para debatir si otra política económica es posible para los jóvenes. No sé si ser optimista, o pesimista, a la vista de la inoperancia manifiesta y las malas prácticas económicas de nuestra clases política y empresarial, cada vez menos diferenciadas y más intercambiables.

En una larga marcha de casi cuarenta años, el neoliberalismo y la crisis han conseguido que el miedo impere en el planeta, adueñándose de los pueblos, conduciéndonos a la desesperanza y la aceptación de un pensamiento único que impone la consumación de la historia y el final de cualquier posibilidad de cambio, o alternativa. Ya no hay, según estos personajes, otros mundos posibles. El único mundo que podemos concebir y permitirnos es el del mercado y sus libres mercaderes. Esa es la realidad y hay que ser realistas, parecen decirnos.

Georges Bernanos ya nos alertaba hace décadas, en ese hermoso libro titulado Los grandes cementerios bajo la luna, en el que da buena cuenta de la represión brutal del franquismo desde los primeros momentos de la Guerra Civil española, Me ha parecido siempre que el optimismo es la coartada astuta de los egoístas, preocupados por disimular su crónica satisfacción sobre ellos mismos. Son optimistas para librarse de tener miedo de los hombres, de sus desgracias.

No seamos, así pues, optimistas autocomplacientes. Lo cual no nos impide ser rebeldes, a la manera que nos enseñó Albert Camus, De los resistentes es la última palabra. Cumplimos cincuenta años de aquel Mayo del 68, que se vivió no sólo en París, sino en muchos otros lugares de Europa y del planeta (no olvidemos Estados Unidos, o la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco). La frase de Herbert Marcuse, Seamos realistas, pidamos lo imposible, marcó el camino de la necesaria rebeldía frente a la imposición, cuando no desatada violencia, del poder.

No olvidemos tampoco que los tanques del Pacto de Varsovia aplastaban, hace también medio siglo, la Primavera de Praga. Aquel golpe brutal no acabó con las ansias de libertad, sino que destrozó definitivamente la credibilidad de la Unión Soviética y preparó la caída de los muros y los regímenes del Este. El mismo año 68 en el que Luther King caía abatido en Menphis. Murió el hombre, pero el Movimiento de los Derechos Civiles siguió adelante.

Fue Nelson Mandela, del que conmemoramos los 100 años de su nacimiento, quien nos animó también a tomar buena nota de que, Siempre parece imposible hasta que se hace. Y él lo demostró en Sudáfrica, pese a arrastrar 27 años de cárcel a sus espaldas.

Con todo, el más duro, frente al falso optimismo y el realismo impuesto, vuelve a ser Georges Bernanos, Le realisme c´est la bonne conscience des salauds. Traducido viene a significar que, El realismo es la buena conciencia de los bastardos. Un término, les salauds, que también he visto traducir a alguien como, los hijos de puta.

Más allá del realismo, del optimismo, o del pesimismo, creo que todas y todos tenemos una obligación en estos momentos. Tomar conciencia, como lo hizo Antonio Gramsci, que falleció tras más de diez años de persecución y cárcel, bajo el régimen fascista de Benito Mussolini, El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos. Frente al dominio todopoderoso e implacable de esos monstruos, no nos queda otra posibilidad que mantener la rebeldía, porque, cada alma que se alza, eleva al mundo.

Dejo, a quien lea este artículo, la elección de quién haya pronunciado por primera vez esta frase, que he visto atribuida al ya citado Bernanos, a Gandhi, a Élisabeth Leseur y a François de Rochefoucauld. A fin de cuentas, sea cual sea tu elección, habrá merecido la pena.


Algunas reflexiones sobre los jóvenes

septiembre 30, 2018

La Comisión de Pastoral Social, dependiente de la Conferencia Episcopal Española, organiza un curso anual sobre Doctrina Social de la Iglesia. Este año el curso tiene un título sugerente, Los jóvenes, presente de la sociedad y de la Iglesia. Me han invitado a participar en una de las mesas redondas para reflexionar sobre una pregunta, ¿Hay otra política económica para los jóvenes?

Lo primero que se me ocurre es que sólo habrá otra política económica para los jóvenes, si es posible otra política económica para el conjunto de la población. Pero este pensamiento choca frontalmente con la concepción generalizada de que éste mundo es inmutable. Salvaje, injusto, desigual, competitivo, cruel, siniestro.

Para quienes defienden esta forma de ver el mundo (y no son pocos), las cosas son así, aunque no lo queramos y sólo es posible pactar algunos espacios de libertad condicional, bajo permanente vigilancia de ese Gran Hermano que comenzó a fraguarse en torno al 1984. Son ya muchas las personas y las instituciones que han aceptado esta lógica.

Y, sin embargo, sigo creyendo que no todo está perdido, siempre que hagamos bandera de la lucha contra la precariedad. Una precariedad que es mucho más que la temporalidad en el empleo, porque ambiciona ocupar cada espacio de nuestras vidas, desde la educación, a la salud, la vivienda, la vejez y hasta las creencias religiosas. La precariedad es un nuevo dios autista, omnipotente, omnipresente y ensimismado, incapaz de reconocernos mínimos espacios de libertad.

Yendo al asunto, un buen comienzo para afrontar una política económica que sirva a nuestros jóvenes consistiría en fortalecer el sistema educativo para acabar con el Abandono Educativo Temprano (AET), que se sitúa en España por encima del 18%, mientras que en Europa la media se encuentra levemente por encima del 10%. En el año 2020, la Unión Europea ha fijado el objetivo de que los países miembros no superen el 10%.

Hasta ahora el Gobierno del PP había venido aireando que, en 2008, justo antes del comienzo de la crisis, nuestras tasas de abandono escolar temprano estaban por encima del 31 por ciento, para justificar, a continuación, que hemos mejorado mucho. Aún así, el anterior Ministro de Educación, avanzaba que llegaríamos al final de la década con un 15% de abandono educativo temprano, lo cual me parece hasta optimista.

Durante los años de bonanza anteriores a la crisis, muchos jóvenes preferían trabajar a seguir estudiando. Cuando la crisis se quedó a vivir entre nosotros, nuestros jóvenes, atenazados por el paro, se han refugiado en mejorar su formación, aunque desde el gobierno, a base de recortes educativos, se haya hecho más bien poco para corregir las tasas de AET. Pero si el empleo se recupera, puede que la tasa de AET se estanque y hasta que vuelva a crecer.

Otra cosa que podemos hacer es promover y prestigiar nuestra Formación Profesional (FP). España mantiene, de forma irresponsable, unos niveles educativos polarizados. De una parte, más del 40% de la población no supera la pura y dura formación obligatoria (la Enseñanza Secundaria Obligatoria). En el otro extremo, casi el 36 por ciento de la población tiene formación universitaria, o de Ciclo Superior. El resto se mueve en el nivel de Bachillerato y Ciclos de FP. El hecho es que tan sólo el 12% del alumnado se matricula en FP.

No es extraño que casi el 70% de los jóvenes que tienen un empleo se sientan sobrecualificados y ocupando puestos de trabajo que se encuentran muy por debajo de su nivel formativo, mientras que los empresarios se quejan de que el 44% de los puestos de trabajo no se cubren porque no encuentran personas con la cualificación necesaria. Algo no cuadra.

La cifra de los empresarios parece exagerada y seguro que lo es. A fin de cuentas vienen demostrando que quieren lo mejor, al menor coste posible y con el máximo de beneficio rápido y seguro. Pero es cierto que una Formación Profesional infrautilizada, cuyo prestigio social no alcanza en las encuestas el aprobado, no puede contribuir a ajustar las necesidades productivas con la cualificación.

Prestigiar la FP es esencial. Pero para ello hay que acabar con la bicefalia que conlleva la doble responsabilidad de los Ministerios de Educación y Empleo sobre la Formación Profesional. Hasta eso que se ha dado en llamar FP Dual, lo es, tan sólo, por la doble manera de entender  qué cosa significa la famosa palabra.

Hay que flexibilizar la FP, estableciendo módulos formativos, itinerarios flexibles y adaptados, mejorando la transición hacia la universidad, facilitando el reconocimiento académico de la experiencia profesional adquirida. Son cosas que otros países ensayan con éxito y que en España no pasan del nivel de la formulación teórica y los buenos deseos.

Pero ya desde el nivel de la Formación, hay que combatir la precariedad y en eso aportamos pocas buenas prácticas. Los contratos de formación se han convertido en fraude generalizado con mal empleo y nula formación. Los becario padecen la inseguridad y las bajas remuneraciones y forman parte del paisaje cotidiano del tipo de profesionales que utilizan grandes empresas, instituciones y administraciones. Abundan los anuncios en los que se ofrece trabajar gratis, con tal de engordar un poquito el currículum.

Sin embargo, nadie se ha tomado en serio poner en marcha un Estatuto del Aprendizaje que regule las condiciones de trabajo y formación que deben de aplicarse en las empresas, por más que nos lo reclame la Unión Europea, como al resto de países miembros.

Claro que hay mucho que se puede hacer para impulsar otra política económica y de empleo para nuestra juventud, pero todo comienza con la formación. El proceso formativo no debería ser un reproductor de las miserias del mercado laboral, sino un momento de desarrollo personal que facilita un nuevo modelo empresarial y de empleo. Más estable, más seguro, con más derechos.


La poesía de la ciudad

septiembre 30, 2018

Me envía Eduardo Mangada la foto de un grafiti en el que alguien ha escrito, Sin poesía no hay ciudad. Viene acompañada de una reflexión que atribuye a José Ángel Valente, Una mano anónima se apodera de la poesía y la imprime sobre una pared de cualquier calle.

A continuación me traslada la reflexión que, a modo de respuesta, le envía otro arquitecto, el catalán Oriol Bohigas, tremendamente crítica con la forma de entender y construir ciudad que se ha ido abriendo camino en nuestros días, ¡Tan cierto como la propia ciudad! El problema es que los nuevos crecimientos de muchas ciudades contemporáneas están faltos de poesía, de orden, de calidad urbana. En fin, ¡de todo!

Es buen conversador mi amigo Eduardo. Ante la queja provocadora de Bohigas, se lanza a la propuesta modesta, sencilla, pero contundente, para cambiar esta turbia realidad, Si los miramos, los oímos, los dibujamos con precisión, si llegamos a entenderlos, quizás encontremos poesía en algún rincón, que nos ayudará a rescatarlos de la fealdad. Esto es urbanismo. El Plan es la versión burocrática, poco o nada poética.

Le pido autorización para publicar estas reflexiones, porque al instante me han hecho volver a un tiempo pasado, en el que las personas y las organizaciones a las que se asociaban, vecinales, sindicales, ecologistas, intentaban decidir la ciudad en la que querían vivir. Eran tiempos de retorno de la democracia y los debates sobre urbanismo eran frecuentes, encabezados por personajes como Oriol Bohigas en Barcelona, Eduardo Mangada en Madrid, o Jesús Gago, al sur de la capital. Lo mismo ocurría en cada rincón de España.

Las asociaciones vecinales participaban en la utilización dotacional del suelo, o en los nuevos desarrollos urbanos. Los sindicatos intervenían en la redefinición de zonas industriales, espacios productivos, comerciales, de oficinas y en las propias necesidades de hospitales, vivienda social, o con algún tipo de protección, centros educativos, sociales, culturales. Las organizaciones ecologistas intervenían en el establecimiento de criterios y límites para el crecimiento urbanístico y la preservación de espacios naturales.

Hasta Alberto Ruiz-Gallardón se sintió en la obligación de propiciar un debate sobre un Plan Regional de Estrategia Territorial que nunca llegó a buen puerto, tal vez porque coincidió con la aprobación de la Ley del Suelo del pujante aznarismo rampante, que marcó el inicio del camino de desarrollos urbanísticos en los que debía primar el pelotazo, el beneficio brutal y rápido de unos pocos y la escasa o nula participación ciudadana, más allá de los obligatorios periodos descafeinados de alegaciones, generalizadamente desatendidas.

Una de las características del modelo económico y social que se va imponiendo en todo el planeta, si damos crédito a las reflexiones de pensadores como Noam Chomsky, radica en ir introduciendo pocos y leves cambios de forma constante, hasta que, poco a poco, se produce un vuelco completo. La aceleración de los flujos de información disponible conduce, por añadidura, a la desmemoria y hace que, un buen día, la reflexión de unos amigos, te haga caer en la cuenta de cómo han cambiado las cosas, en diez o veinte años.

La capacidad de maniobra de la ciudadanía organizada es poca y se reduce aún más cuando el individualismo imperante nos aísla y aleja de la comunicación, la amistad y la compasión. Nuestra posibilidad de decidir se reduce al formulario de queja camino de la papelera, al costoso trámite de las demandas judiciales, o al voto para decidir si preferimos que se tape un bache, se pinte un muro, o se poden unos setos.

Mientras tanto, las grandes decisiones sobre los nuevos desarrollos urbanísticos, los nuevos centros de negocios y grandes operaciones, como la de Chamartín, se toman en despachos de consorcios financieros, inmobiliarios y de nuestras Administraciones. Luego se publicitan a bombo y platillo, utilizando viejos y nuevos medios de comunicación y redes sociales. Si es necesario se contrata unos cuantos influencer que hablen bien del asunto.

Dice mi amigo Mangada, sabedor de mis incursiones poéticas y narrativas en la Tierra de los Nadie que si escribo algo sobre la ciudad y la poesía no olvide que fueron ellos, los Nadie, la simiente más fecunda, oculta y profunda de la que ha nacido este Madrid que vivimos. Ellos conquistaron el derecho a la ciudad, que siempre han querido negárselo, arrebatárselo, los que son algo. Quienes por ser ricos y poderosos se han creído, se creen, dueños de la ciudad. (…) Y en estos tiempos, perdida la memoria, la “izquierda” autoriza cada día un nuevo hotel multiestrellas, embellece el centro (Plaza España, Gran Vía y promueve Chamartín…) olvidando Villaverde…

Pese a todo lo dicho, junto a estos viejos amigos urbanistas, apuntan nuevas generaciones de arquitectos y arquitectas, dispuestos a seguir su camino y repensar la ciudad, escuchando las necesidades de las personas y sus organizaciones. Para que puedan hacerlo, tendremos que hacer el esfuerzo de abrir puertas y ventanas, para que la brisa limpia arrastre el aire contaminado de intereses económicos y políticos, que impide un urbanismo de rostro humano. Una ciudad donde tenga lugar la poesía.


Hacer el Agosto en el Paseo de la Dirección

septiembre 6, 2018

Foto: Antonio Ortiz

Cuentan que la regente María Cristina reunió a los pudientes de Madrid para recomendarles que, puesto que Madrid no tiene industria, hagamos industria del suelo. Era cierto que los vascos contaban  con industrias del hierro y minas de carbón. Los catalanes habían desarrollado industrias textiles y el sector comercial. La España costera contaba con algunos puertos comerciales importantes y astilleros de renombre.

Madrid seguía siendo Villa y Corte, capital administrativa de España, comercial y cortesana, pero escasamente industrializada, más allá de algunos talleres del ejército y unos pocos. Tan sólo el embrionario ferrocarril comenzaría a traer carbón y materia prima, que permitiría con el tiempo ir creando base industrial.

Así las cosas, el abundante suelo mesetario y el ladrillo se convirtieron en motor de hacer dinero. Un hábito, práctica y costumbre empresarial que nunca ha dejado de tener éxito por estas tierras y que, con el posterior desarrollo turístico ha encontrado abundante predicamento en nuestra costa mediterránea.

Los desarrollos urbanísticos avalados por los gobiernos municipales de turno han sido siempre objeto de polémica, por los cuantiosos recursos dedicados a fomentar el negocio privado. Así vuelve a ocurrir con el polémico Paseo de la Dirección, espacio privilegiado, por su cercanía a las zonas financieras de Azca, o Plaza de Castilla, en el contorno de la estación de Chamartín, las torres del Real Madrid y el futuro desarrollo de la operación Chamartín.

El Ayuntamiento de Madrid acaba de aprobar con agostidad veraniega, la tercera modificación del Plan Parcial de Reforma Interior del Area de Planeamiento Paseo de la Dirección. La medida era necesaria, tras darse por concluido el convenio con Dragados-ACS, lo cual nos ha costado a la ciudadanía madrileña 126´6 millones de euros y 88.000 metros cuadrados en parcelas para edificación de viviendas.

Según los vecinos hablamos de algo más de 165.000 metros cuadrados, afectados por desalojos, necesitados de realojamientos, que necesitan reservas de suelo público dotacional para construir parques y equipamientos sociales, educativos, deportivos, de todo tipo. Suelo sobre el que se asienta patrimonio histórico-artístico, como el Canal Bajo de Isabel II, que forma parte de las primeras infraestructuras de traída de aguas a la capital.

Las organizaciones vecinales han solicitado participar en el desarrollo futuro de los espacios donde van a vivir, pero el proyecto viene colmado por una alta edificabilidad de torres y pisos, a precios desorbitados, que podrían alcanzar los 5.000 euros  por metro cuadrado. Un negocio seguro, a la antigua usanza, para los promotores urbanísticos de siempre.

Se abre el plazo de un mes para alegaciones, que acabará a mediados de septiembre, pero ya sabemos en qué suelen quedar las alegaciones vecinales. Algún retoque elegantemente estiloso y poco más. Uno piensa que eso de las políticas participativas debería ser algo más que asistir a Foros de escasa participación y debería asegurar que se escucha al vecindario, se dialoga, se negocia con todos, sin soberbia de poder, pensando en quien más nos necesita y se toman medidas pensando en el bien y el interés general, ya sea arreglando un superbache, o planificando un desarrollo urbanístico.


Todos somos agentes de turismo

agosto 14, 2018

El verano invita a la escapada. Nos empuja a abandonar el lugar habitual de residencia y buscar otros paisajes. La sensación de libertad que encontramos en estos desplazamientos compensa en parte la monotonía de los días que se suceden de forma rutinaria y constante, semana tras semana, a lo largo de todo el año.

Hay quien se recluye en el apacible y soñado apartamento de verano, la mayor parte de las veces en la playa. Hay quien busca ese mismo efecto en un viaje a lugares que aún no conoce. Hay, por último, quien no tiene más remedio que quedarse en casa o, como mucho, aprovechar una semana de un paquete turístico que concentra, en unos pocos días (8 días, 7 noches), las emociones de una playa todo incluido y alguna excursión organizada.

Vayamos donde vayamos, otros cientos, o cientos de miles de personas, habrán decidido emprender nuestras mismas hazañas, alimentando el efecto gentrificador y gentificador del nuevo turismo. Cada día es más difícil visitar la mayoría de los centros históricos de las ciudades patrimonio de alguien y los espacios naturales de reconocido prestigio.

Habrá quien emprenda su peripecia a través de una agencia de viajes de confianza. Sin embargo, me voy dando cuenta de que esta masificación de los desplazamientos, viene acompañada e incentivada, cada vez con mayor frecuencia, por el do it youself que se ha apoderado del mundo moderno. Son muchas las personas que, cuando revelo mi intención de emprender un viaje, se apresuran a incitarme a convertirme en agente turístico. Organizar de cabo a rabo mi propia peripecia.

Nadie me entienda mal. Cada cual haga lo que crea que puede y debe hacer, siempre que no atufe a los demás. Pero lo que para ellas parece tener el resultado de ver aumentar exponencialmente su sensación de libertad y su grado de autoestima personal, se me antoja que, en mi caso puede tener efectos devastadores y hasta trágicos sobre mi propia autoestima.

Conozco a quienes, a sus quehaceres cotidianos, han incorporado la búsqueda sistemática de vuelos de bajo coste a cualquier parte del mundo. Tras lo cual dedican mucho tiempo a buscar alojamientos, también de bajo coste, que tengan la mejor relación de lo que llaman calidad-precio.

Exploran páginas en las que se indica todo cuanto hay que saber sobre tamaños de maletas, compañías aéreas, desplazamientos que debes realizar, lugares que no te puedes perder, restaurantes en los que necesariamente hay que comer, multas que te llegarán a casa tras conducir los coches que vas a alquilar, personajes que no te puedes perder, museos que debes visitar, itinerarios imprescindibles, rincones obligatorios en los que te vas a sentir extraordinariamente feliz, o como conseguir ver, junto a miles de personas, lo que nadie ve casi nunca.

Conozco a quienes, preocupados sin duda por el servicio que prestan, publican todo tipo de comentarios en páginas especializadas, para abrir luego un blog donde van posteando cada uno de sus viajes, acompañados de fotos personales, en las más variadas posturas, ante los más dispares monumentos y en los más insólitos lugares del planeta. Basta teclear en un buscador para que aparezcan cientos y miles de estos comentarios, que ayudan a cuantos decidimos convertirnos en aprendices de brujo.

He intentado, con desigual fortuna, transfigurarme en mi propio agente de viajes. Me lleva mucho tiempo, del que no dispongo, y me ha conducido a algunas sorpresas que quisiera haberme evitado. Debo reconocer que sorpresas no mucho mayores que las que me han originado algunos agentes turísticos profesionales.

A fin de cuentas, los profesionales trabajan con las ofertas que cambian constantemente y que van escupiendo sus ordenadores. Las agencias turísticas han tomado buena nota. Trabajan con los buscadores de viajes y hoteles, publicitan ofertas online y te proponen autodiseñar tu viaje a tu medida.

Es curioso que postear signifique, en algunos países de lengua hispana, meter los postes de un cercado. Y esto va de postes, alambradas, cercados, turistas y viajeros. Han cambiado mucho los tiempos en los que sólo unos pocos podían permitirse el lujo de viajar. Ya no volverán los días de los descubridores de paisajes nuevos, inexplorados, inhabitados.

Pero, con todo, cuando me meto en estas aventuras de sentirme agente de turismo, no puedo dejar de envidiar al Paul Bowles de El Cielo Protector. No puedo dejar de recordar cómo me marco aquel párrafo, Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a casa al cabo de unos meses o unas semanas, el viajero, que no pertenece a un lugar más que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra.

El problema se encuentra, al parecer, en la relatividad del tiempo, y en la aceptación (o no) de las alambradas y las barreras. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla, el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan. Una vez más el cómo es, al menos tan importante como el dónde y el qué.