14-D: Así que pasan 30 años

enero 9, 2019

En estos días se cumplen 30 años desde la realización de aquella primera Gran Huelga General de una democracia española que acababa de cumplir diez constitucionales años. No han abundado los actos conmemorativos de la fecha, pero tampoco han faltado, o van a faltar, aquellos en los que han participado algunos de sus principales protagonistas.

Entrevistas a quienes dirigían las organizaciones que convocaron la Huelga, como Antonio Gutiérrez y Nicolás Redondo. En casi todos los medios se publican noticias que recuerdan aquella Huelga, sus causas y sus repercusiones. Algún libro se ha escrito y un puñado de artículos de opinión se han dedicado a profundizar en aquel momento.

Historiadores pretendida, o pretenciosamente, considerados oficiales, o bien oficiosos, querrán fijar en la memoria la “verdadera” historia de aquellos días, ignorantes de que la historia colectiva tiene tantas versiones como personas, personajes, actores y actrices, héroes o villanos, la vivieron y participaron en la misma.

No faltarán, por último, los tertulianos que analizarán, explicarán, desentrañarán y examinarán cada instante, minuto a minuto, de la Huelga General, para alcanzar las conclusiones prefabricadas que contribuyan a ratificar sus ideas iniciales, con las que ya venían de casa. No pocos dirán que el éxito de la huelga se debió, tan sólo, al apagón de la televisión a las 12 de la noche.

Poco que agregar, por tanto. Inutilidad de un artículo que poco podría añadir, sin caer en la reiteración de cuanto se haya dicho y hecho para recordar aquel día, sus circunstancias, sus prolegómenos y sus consecuencias. Tal vez he echado de menos, al recordar aquellos días, salvo algunas excepciones, la ausencia de quienes eran jóvenes por entonces y encabezaron y supieron unir al movimiento estudiantil y las organizaciones juveniles, en la defensa de la decencia del empleo y contra aquel Plan de Empleo Juvenil, precursor de la discriminación laboral y vital, a la que la juventud se ve hoy sometida, como si de una maldición bíblica, e inevitable, se tratase.

Personas, como Jesús Montero al frente de las Juventudes Comunistas, o como Paco Moreno, responsable de los Jóvenes de CCOO, a las que he conocido y tratado por diferentes razones, que encabezaron las manifestaciones y movilizaciones previas que sirvieron de ensayo general para el 14-D.

Hay muchas veces, especialmente en un país como España, en que las propuestas más razonables topan con la aparente desidia, el presunto desinterés, la supuesta pereza, de quienes parece que deberían ser los principales interesados en alzarse del suelo y sacarlas adelante.

Siempre hay algún motivo. Una Huelga General anterior, la del 85, convocada contra la reforma  del sistema de pensiones, que anticipaba los recortes del primer gobierno socialista, no logró tanto eco, tal vez porque ese gobierno se encontraba aún en estado de gracia y porque, aunque Nicolás Redondo votó, en el parlamento, a favor de devolver el proyecto a los toriles del Consejo de Ministros, la UGT no terminó dando el paso y CCOO se quedó sola en la convocatoria de la Huelga del 85.

Tres años después, sin embargo, el felipismo no gozaba ya de tan buena salud y sus relaciones con la UGT se habían deteriorado a marchas forzadas. El movimiento estudiantil se había rebelado abiertamente contra las subidas de tasas, la selectividad, las dificultades de acceso a la universidad, el numerus clausus, las reformas educativas.

El profesorado salíamos de una larga y dura huelga indefinida que reivindicaba la homologación salarial con otros cuerpos de funcionarios, o la solución a los problemas de responsabilidad civil de los docentes. Los empleados públicos se veían privados de derechos sindicales como el de negociación colectiva.

En esta ocasión, bastó la intentona del gobierno de aprobar un Plan de Empleo Juvenil, estableciendo un modelo de contrato juvenil temporal, precario y mal pagado, para que las movilizaciones juveniles arreciasen y los sindicatos CCOO y UGT, convencidos de la importancia de la unidad de acción, convocasen una Huelga General el 14 de Diciembre de 1988, añadiendo reivindicaciones como la equiparación de la pensión mínima al salario mínimo, o el derecho a la negociación colectiva de los empleados públicos.

De aquella Huelga, el gobierno salió tocado y, aunque no dio su brazo a torcer, la Propuesta Sindical Prioritaria (PSP) aprobada poco después por los sindicatos, sentó las bases de un modelo de participación sindical y diálogo social estatal, autonómico y municipal, que desarrollaba los artículos 7 y 9 de la Constitución Española y que fortaleció el Estado social en todo cuanto afectaba a la vida de los trabajadores y trabajadoras, desde la seguridad social y las pensiones, a la sanidad, la educación, el salario social, las pensiones no contributivas, o los derechos sindicales.

La clase trabajadora, que había sido la auténtica costalera (y costeadora) de la democracia, en palabras de Nicolás Sartorius, reclamaba participación en el reparto de los recursos y la riqueza disponibles y la Huelga General del 14-D abrió las puertas para conseguirlo.

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Carta abierta al Presidente de una Asociación de Vecinos

enero 9, 2019

Querido Antonio,

Me dirijo a ti, como Presidente de la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos Tetuán, pero esta carta va dirigida a cuantas personas os conjuráis en esa aventura de defender los derechos de la ciudadanía, el vecindario, el pueblo llano, que sufre cada día las ineficacias, las ineficiencias, la desidia de nuestros gobernantes. Una carta abierta a quienes dedican tiempo de su vida a defender lo que es de todas y todos en las Asociaciones de Vecinos y Vecinas.

Acabáis de entregar los premios Constitución la del 31, inequívoca muestra de vuestras convicciones republicanas y me habéis honrado con uno de ellos. En el diploma habéis escrito, Por su contribución al conocimiento de “los nadies”. Entre los premiados se encuentran otras personas que, desde la política municipal y autonómica, el teatro, el urbanismo, el cine, la pintura, el diseño, colaboran con vuestro esfuerzo por situar al barrio en una de esas centralidades que pugnan por convivir con el Madrid Central. Reconocimientos que no han olvidado a mujeres y hombres que nos han dejado, pero que han compartido vuestra vida y empeños.

Mi primera afiliación, fue a una asociación de vecinos de Villaverde, cuando aún se llamaban Asociaciones de Cabezas de Familia. Dicho de otra manera, las mujeres y los jóvenes estábamos legalmente de prestado, aunque teníamos un extraoficial carnet juvenil. Eran aquellos tiempos dictatoriales de democracia orgánica (nunca supimos bien de qué órganos se trataba, aunque podíamos imaginarlo), en la que la representación venía de la familia, el municipio y el sindicato (vertical, por supuesto).

Si los militantes de las CCOO, desde las empresas, se fueron infiltrando en el sindicato vertical hasta ganar las elecciones sindicales, en los barrios, como vecinos, también se fueron haciendo con algunas de aquellas asociaciones vecinales, especialmente las ubicadas en los barrios obreros.

Barrios como Vallecas, Chamartín de la Rosa, Carabanchel, Canillejas, Fuencarral, Villaverde, habían sido antes pueblos, absorbidos por la capital a finales de los 40 y principios de los 50 del siglo pasado. Se habían convertido en lugares de asentamiento de los miles de trabajadores y trabajadoras que llegaban de toda España buscando un empleo en la siempre pujante industria del suelo y la construcción, en sus empresas auxiliares, talleres y en las industrias del metal, automoción, la alimentación, la electricidad, el gas, tabacos, o la confección.

Casa baratas, chabolas, Unidades Vecinales de Absorción, poblados dirigidos, colonias benéficas, obras sindicales del hogar, fueron rodeando los viejos núcleos urbanos, conformando extraños desarrollos urbanísticos. Calles sin asfaltar, alcantarillados deficientes, transportes insuficientes, sin centro sanitarios, ni colegios.

Luego vendría el asalto a los pueblos de la periferia, esta vez sin absorciones de por medio, que dieron lugar al crecimiento acelerado de los pequeños municipios que rodeaban Madrid. Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, Coslada y San Fernando, Getafe y Leganés, Móstoles y Alcorcón, Fuenlabrada, entre otros muchos.

No fue fácil el duro recorrido vecinal. Cuando llegó la democracia era mucho el trabajo por hacer, muchas las carencias, los desastres urbanísticos, las necesidades de servicios públicos esenciales. No fue fácil ir construyendo espacios de convivencia. La limpieza de las calles, el asfaltado de las calzadas, las aceras transitables, plazas, parques, colegios, centros de salud, ambulatorios y hospitales, centros de atención a la drogodependencia que consumió a muchas familias, universidades, centros culturales, autobuses, metros, cercanías. Nada hubiera sido posible sin vuestro trabajo vecinal.

Miro el tablón de anuncios de vuestra asociación y allí veo que los años han pasado deprisa, pero los problemas siguen siendo parecidos. Muestras de cine en barrios que han ido viendo echar el cierre a todos sus cines. Premios Superbache para unas calles abandonadas de la mano de los gobernantes. Defensa de los servicios públicos. Derecho a la vivienda. Convivencia de generaciones, culturas, nacionalidades distintas. Comercio de barrio. Oposición a la proliferación de las casas de juego. Teatro comunitario. Cuestionamiento de movimientos especulativos como la Operación Chamartín, o el Paseo de la Dirección.

Ahora entiendo mejor esa reivindicación de lo constitucional y republicano en vuestros premios. España fue un día República democrática de Trabajadores organizada en régimen de Libertad y Justicia. Luego, tras una larga dictadura, se convierte en Estado social y democrático de Derecho que persigue la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Dicho de otra manera, la legitimidad de los valores republicanos de la Constitución del 31, son los que legitiman la Constitución del 78.

Ahora comprendo que lo esencial de ser republicano, ya sea bajo una dictadura, o en una monarquía constitucional, no es esperar el advenimiento de un régimen republicano, sino trabajar por la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, en cada momento del día, en cada instante de la vida. Proteger lo que es de todos y de todas. Ser republicano, como lo sois en Cuatro Caminos-Tetuán, es sostener los valores republicanos. Defender la vida.


Madrid, una comunidad en Constitución

diciembre 30, 2018

Este año se ha cumplido el 35 aniversario de la aprobación del Estatuto de Autonomía de la Comunidad de Madrid. Es cierto que se prefiere celebrar las décadas redondas. El 10, el 20, incluso el 25 puede tener cierta notoriedad. El 35, sin embargo, viene un poco más a trasmano.

También es verdad que, en un momento como el que vivimos, marcado por una larga y dura crisis, primero financiera, luego económica, inmediatamente laboral, al final social, política y hasta cultural, merece la pena aprovechar cualquier fecha para provocar el encuentro y reflexionar sobre el estado de nuestra convivencia.

La cita del 35 aniversario de la autonomía madrileña me parece necesaria, máxime cuando también se conmemoran los 40 años de Constitución Española y ahora que el debate sobre el modelo de Estado se convierte en una constante que presenta aristas siempre pendientes de resolución.

Llegamos hasta aquí desde una dictadura centralista, tras la cual el Estado de las Autonomías se constituyó en punto de encuentro y acuerdo para construir una administración casi federal, sin llamarla así. La situación en Cataluña, o el reciente episodio de Andalucía revelan hasta qué punto el debate no está resuelto.

Sobre la autonomía madrileña no he visto grandes preocupaciones políticas, ni en la Asamblea de Madrid, ni en los partidos, ni en la propia sociedad, al respecto. Pese a ello, unas cuantas organizaciones, aglutinadas en la Cumbre Social de Madrid, han decidido realizar unas Jornadas sobre el 35 aniversario del Estatuto de Autonomía, bajo el título Construyendo otro Madrid.

Un intento de valorar lo acontecido a lo largo de todos estos años, los logros alcanzados, los problemas nuevos que aparecen y los viejos que siguen perviviendo, propiciando el debate sobre las propuestas para afrontarlos. De todo ello habla la Declaración pública de la Cumbre Social, que destaca los cambios que se han producido a lo largo de estos años.

Dos millones de personas más vivimos en Madrid. Un 13 por ciento de quienes cotizan a la Seguridad Social en Madrid, son personas de origen extranjero. La crisis ha dejado a una de cada cinco personas madrileñas en riesgo de pobreza y casi la mitad de las familias madrileñas lo pasa mal para  llegar a fin de mes. 300.000 niños y niñas viven en la pobreza. La tasa de abandono escolar se acerca al 15 por ciento.

El paro registrado alcanza tasas de casi el 12 por ciento. Más de 350.000 personas deberían de recibir una Renta Mínima de Inserción, pero no llegan a 120.000 las que se benefician de esta última red de protección social. La burbuja inmobiliaria comienza a hincharse de nuevo, mientras los desahucios aumentan, sin que haya remedio o solución a la vista.

Es verdad que la visibilidad de la discriminación de la mujer es mayor. Que la vitalidad y fortaleza de la lucha feminista es cada día mayor y esperemos que no tenga vuelta atrás, pero la desigualdad pervive, se mantiene la intolerable la violencia de género, el patriarcado y el machismo siguen formando parte de la cultura social y amenazan la libertad y la igualdad de las mujeres, en la vida y en el trabajo.

La Cumbre Social no es una organización. Nació cuando los sindicatos pusimos pie en pared frente a las políticas de imposición de recortes de derechos y libertades, que hicieron insoportables los largos y duros años de la crisis. No podíamos, ni queríamos, ir solos a las tres huelgas generales que convocamos entre 2010 y 2012 y a las numerosas manifestaciones y movilizaciones de todo tipo que acometimos.

Organizaciones vecinales, de consumidores, de madres y padres, de defensa de la sanidad pública, de mujeres, jóvenes, inmigrantes, de solidaridad, de la memoria, el Foro Social de Madrid, el Consejo de la Juventud, junto a los sindicatos de clase, constituimos la Cumbre Social de Madrid. El punto de encuentro de quienes dedican su esfuerzo en numerosos campos para conseguir una sociedad madrileña más libre, más igualitaria, más solidaria.

Quiénes mejor que la Cumbre Social para presentar, como acaba de hacerlo, 35 propuestas, una por cada año de autonomía de Madrid, para acordar una reforma del Estatuto aprobado en 1983, que blinde los derechos sociales y que permita construir un Madrid de las personas.

Propuestas que hablan de igualdad, vivienda, transportes, servicios sociales, protección a las personas, educación, sanidad, empleo de calidad, desarrollo productivo, medio ambiente, servicios sociales, servicios públicos, reequilibrio territorial, dependencia, prestaciones públicas, impuestos, personas mayores, jóvenes, erradicación de la pobreza, lucha contra el machismo, cultura, desarrollo sostenible, protección a las víctimas de la violencia, contra las violencias de todo tipo.

Madrid nació porque ni Castilla-La Mancha, ni Castilla-León, quisieron soportar el desequilibrio que introduciría en cualquiera de las dos Castillas, el peso humano y económico de un Madrid que además era capital de Estado. Nos inventamos una bandera, sobre la que claveteamos siete estrellas, vinieran o no a cuento, encargamos un himno a Pablo Sorozábal y una letra patria a un anarquista, como Agustín García Calvo, expulsado de la universidad franquista al tiempo que Enrique Tierno Galván y José Luis López Aranguren.

Por estas tierras, no sabemos muy bien qué significan las estrellas, casi nadie conoce el himno y aún menos su letra, pero cuidado, no crean los patriotas de banderita y fanfarria, que Madrid no haya de ser pueblo de gatos encaramados a los tejados, capaz de defender como nadie su libertad, sus derechos, su igualdad. Madrid, ya fuera el comunero, el del Motín de Esquilache, el del No Pasarán, el de los Abogados de Atocha, el que resistió los embates de Aguirre, y las tramas corruptas que brotaron como setas (ya se llamaran Gürtel, Púnica, Lezo, o vaya usted a saber), nunca ha faltado a su cita.

Y ahora, 40 años de Constitución y 35 años de Estatuto de Autonomía más tarde, si hay que hablar de modelo territorial, ese Madrid diverso y plural, venido de cada rincón de España y del Mundo, dirá, una vez más y como siempre, Libertad, igualdad y derechos. Luego pinte la bandera que quiera y toque el himno que le venga en gana. ¡Viva mi dueño, que sólo por ser algo, soy madrileño! Bienvenida sea, así pues, la iniciativa de la Cumbre Social.


Robots y tiempo de trabajo

diciembre 30, 2018

Hace ya casi 500 años, el fraile franciscano Vasco de Quiroga, era designado por el emperador Carlos V como primer obispo de Michoacán, para lo cual, a sus 68 años de edad, fue ordenado aceleradamente sacerdote y obispo. Con el tiempo sería más conocido como Tata Vasco, que en el idioma de los indígenas purhépechas suponía el reconocimiento y otorgaba el cariño reservado para los padres.

Tata Vasco construyó iglesias y conventos, pero también y en este caso no sin oposición de los conquistadores, apoyados por el propio Virrey, se empeñó en la construcción de escuelas y hospitales. Desarrolló una amplia red de pueblos económicamente autosuficientes y autogestionados, a la manera en que podemos entender la autogestión en aquellos tiempos. Pueblos como Santa Clara del Cobre, Paracho, Páztcuaro, Janitzio y otros muchos, como el de Quiroga, que aún sobreviven en Michoacán.

Un hermoso poemario de Ernesto Cardenal, nos devuelve la figura de Tata Vasco y su obra. Sus pueblos con activa vida comunitaria, las casas familiares con su huerto anexo, jornadas laborales de seis horas diarias para que por el trabajo nunca nadie muriera, desarrollo de la agricultura y una enseñanza práctica de la artesanía, que aún sigue caracterizando a los pueblos que se expanden entre Michoacán y Chiapas.

Ahora el Papa Francisco anda empeñado en la canonización de aquel abulense de Madrigal de las Altas Torres, Vasco de Quiroga, que zarpó rumbo a las Indias para singlar una vida intensa dedicada a la construcción americana de la Utopía, pese a las tremendas dificultades, las trabas y los obstáculos de quienes allí llegaron sólo para enriquecerse a costa de las vidas humanas. Bien merece el reconocimiento.

Más recientemente, hace poco más de 120 años, un tal Paul Lafargue, también español, pero en este caso nacido en Cuba, ferviente difusor de las ideas de su suegro Carlos Marx, publicaba un folleto que se ha convertido en el segundo libro marxista más leído, tan sólo por detrás del Manifiesto Comunista, al que dio el provocador título de El Derecho a la Pereza.

Paul Lafargue ha envejecido bien. Tal vez porque era un amante de la vida y encontró en Laura Marx el amor de su vida. Me parece que, cuando menos, dos de sus planteamientos conservan una tremenda modernidad. El primero el derecho a la vida, que no sería tal sin poder elegir el momento de la muerte. Una decisión que adoptaron ambos cuando consideraron que su tiempo ya sólo podía depararles un deterioro irreparable.

Antes, en todo caso, de que la vejez les arrebatase los placeres y alegrías de la vida, les despojase de las fuerzas físicas e intelectuales. Antes de ver paralizada su energía y resquebrajada su voluntad, convertidos en una carga para ellos mismos y los demás. No consideraban su elección como obligación para nadie más. Pero ejercieron su derecho a la eutanasia, con una tremenda serenidad, en su casita de Davreil, cerca de París, junto al Sena, después de ir al cine, pasear por el pueblo, tomar un helado.

El segundo planteamiento, que me parece extraordinariamente vigente y moderno es el de la reducción del tiempo de trabajo. En su Derecho a la Pereza, aboga por establecer jornadas laborales de tres horas diarias, mejorando el poder adquisitivo de la clase trabajadora.

Reducir las jornadas y subir los salarios. Medidas justificadas en el avance del maquinismo, que no puede convertirse en pretexto para el empobrecimiento y el desempleo de la clase trabajadora, sino, muy al contrario, para trabajar menos y dedicar más tiempo a la creatividad y al ejercicio físico e intelectual.

Las revoluciones industriales y tecnológicas del pasado permitían sustituir trabajo manual, rutinario y poco especializado. Tras cada una de esas transformaciones del trabajo, se abrían nuevos espacios laborales, nuevas ocupaciones..

Hoy, sin embargo, las máquinas, los robots, pueden realizar tareas complejas. Desde operaciones quirúrgicas, hasta análisis financieros, inversiones, o conducción de vehículos. Pueden gestionar sistemas complejos de transporte, distribución, producción.

La tecnología destruye empleos y va creando otros que ni se nos habrían ocurrido hace pocos años, como analistas web, o especialistas en big data. Traerá beneficios y perjuicios difíciles de adivinar en este momento en que determinadas innovaciones se están produciendo.

La tecnología transformará nuestros empleos, sus funciones, sus modelos. Pero dependerá de nosotros mismos, de nuestras políticas, nuestros políticos, de nuestra voluntad, de nuestras demandas sociales, que esas transformaciones se traduzcan en reducción del tiempo de trabajo y recursos suficientes para asegurar una vida digna, o permitir y aceptar una dualidad, una polarización, una desigualdad cada vez mayores entre quienes acceden a empleos cualificados y bien remunerados y aquellos otros que tienen que conformarse con trabajos poco especializados, mal pagados y vidas en precario.

Es uno de los mayores retos que tenemos por delante. No es la economía la que debe decidir las respuestas, sino las sociedades y la política democrática quienes tenemos que decidir qué trabajo queremos tener y en qué tipo de sociedad queremos vivir. De la misma forma que un día conseguimos abolir la esclavitud y otro decidimos combatir el trabajo infantil, nada está escrito de antemano. Nada nos fue nunca regalado. Aún en la peores condiciones, somos los dueños de nuestro destino.


Os engañan, hijo, siempre os engañan

diciembre 3, 2018

Casi cada día iba a ver a mi madre. Desde hacía más de cuarenta y cinco años vivía en un pequeño piso del barrio de Villaverde, uno de esos lugares que han quedado como anclados en el tiempo. Ha cambiado el perfil de sus habitantes, pero social y económicamente, quienes siguen viviendo allí, quienes vivimos hace años, o aquellos que han ido llegando desde los más diversos rincones del mundo, llevamos grabada a fuego la marca de los Nadie.

Pero bueno, vamos a lo que vamos. En una de aquellas idas y venidas, en uno de aquellos paseos por el barrio, o en el pequeño salón de su casa (ya no lo recuerdo), comentando alguno de los jaleos en los que me he visto embarcado a lo largo de mi vida, a costa de los cargos que me ha tocado asumir en el sindicalismo madrileño y español, mi madre me espetó a bocajarro, sin alzar un ápice su tono de voz, Os engañan, hijo, siempre os engañan.

En aquellos tiempos no presté mucha atención, aunque la frase se me quedó dentro, como esperando mejor momento para retornar, tal vez cuando los signos de los tiempos lo hicieran posible. Cuando ahora contemplo, con más calma, los avatares de la política y de la vida nacional, no puedo dejar de recordar aquellas palabras que tenían algo de premonitorias y proféticas.

Claro que creo que han tenido sentido cada una de las batallas en las que me he visto involucrado. Desde las primeras huelgas democráticas del profesorado, hasta la defensa de los trabajadores de SINTEL. Desde las manifestaciones contra los atentados terroristas, ya fueran islamistas como el 11-M, o etarras como en la T-4 de Barajas, hasta la defensa de las trabajadoras y trabajadores del hospital Severo Ochoa de Leganés, de SOS-Cuétara, Pan Rico, o Coca-Cola en Lucha frente a las imposiciones injustas irracionales de la multinacional.

Claro que han servido de algo, aunque sólo sea para mantener la cabeza alta y la dignidad con pocos rasguños. Sin embargo compruebo, con cierto desaliento, la persistencia obstinada de aquellos que convierten su amor al dinero y al poder en la base rudimentaria, pero vigorosa, de su existencia. Y, si para ello hay que cambiar las leyes, reinterpretarlas, soslayarlas, o directamente torcerlas, pues se hace.

Son estos personajes, los que deciden que la ley general se transforme en doctrina Botín, o en doctrina Casado, o que una sentencia se cambie si no gusta a quien tiene que gustar. Son quienes hacen que cada día consideremos con más fundamento y justificación que existen dos clases de justicia y la nuestra no es justicia.

Cuando conocimos la sentencia del Supremo sobre los gastos e impuestos de las hipotecas, pudimos creer, durante unas horas, que la justicia había decidido inclinar la balanza hacia la ciudadanía, el común de los mortales. Pero era fácil intuir que cuando la bolsa cae, las cosas no van a ser tan sencilla. Los banqueros no podían tolerar los efectos de la sentencia sobre sus beneficios. Aspiraban, al menos, a que el Supremo dictaminara que la sentencia no fuera retroactiva. Ya puestos a prestar servicios a la comunidad, a su comunidad, el Supremo ha tomado la perturbadora decisión de que pague el cliente.

Ha tenido que ser el Gobierno el que, vía decreto, haya revisado de hecho la sentencia, obligando a la banca a pagar los impuestos hipotecarios, eso sí, sin retroactividad.  Nadie asegura, sin embargo, que esos mismos gastos no terminen siendo repercutidos sobre el cliente, de una o de otra manera.

La respuesta del Presidente del Gobierno ante la pregunta, ¿Qué ocurrirá si los bancos encarecen las hipotecas a cambio de tener que asumir el impuesto?, es reveladora y elocuente. Cree el Presidente que no lo harán, que espera que no. Que cree que el mercado hipotecario es bastante competitivo, porque estamos dentro de la Unión Europea. Para terminar apelando a la responsabilidad del sector financiero.

Yo que el Presidente no confiaría en la competitividad de un sistema bancario acostumbrado a disfrutar de protección, por mucho que formemos parte de la Unión Europea. En cuanto a esperar que un gato no cace ratones tampoco parece muy recomendable. Y suena ingenuo y hasta imprudente, apelar a la responsabilidad de quienes alimentaron con sus prácticas una burbuja financiera que ha arrastrado a la economía española a una crisis que dura ya diez años. Porque de la recesión hemos salido, pero la crisis se ha quedado a vivir entre nosotros.

Así pues, al cabo de los años, no le faltaba razón a mi madre, cuando pensaba que hasta cuando creemos que hemos ganado, no debemos descuidarnos, porque nos engañan, siempre nos engañan. Nuestros mayores lo han vivido todo y saben mucho de estas cosas.


Patriotismo de la cohesión

noviembre 18, 2018

El pasado mes de octubre hemos celebrado el Día del Trabajo Decente (7 de octubre) y el dedicado a la Erradicación de la Pobreza en el Mundo (el 17-O). La virtud de estos días mundiales, o internacionales, es que durante un día del año, las noticias, los eventos, los informes, ayudan a centrar la atención de mucha gente sobre un problema.

El inconveniente es que podemos perder la cuenta de los días y pasar de uno a otro sin solución de continuidad. Por ejemplo, el 16 de octubre se conmemora el Día de la Alimentación, el mismo 17 también el Día del Dolor y el 18 el Día de la Menopausia. No cabe duda de que cada día tiene su afán y que todos requieren atención. Nos acostumbramos a ello y nos habituamos a pensar o hacer algo que tenga que ver con cada día en cuestión. Mañana será otro día.

Por eso, para romper la monotonía de un día tras otro, para no aclimatarnos en exceso, me atrevo a volver al Día de la Pobreza, porque para muchas personas y familias, es todos y cada uno de los días. Pongamos un ejemplo, Madrid pasa por ser la región más rica de España. Nuestro Producto Interior Bruto per cápita se encuentra un 35% por encima del nacional. Por detrás de nosotros, comunidades como País Vasco, Navarra y Cataluña.

Y, sin embargo, en este capitalino, orondo y boyante, Madrid musulmán y comunero, de los Austrias y los Borbones, Republicano y obrero, franquista y democrático, una da cada cinco personas vive por debajo del umbral de la Pobreza, según un Informe recientemente presentado por CCOO de Madrid, titulado Marcadores de Pobreza, riesgo social y desigualdad en la población madrileña.

Muy desencaminado no debe andar el Informe cuando, inmediatamente, el Presidente del Gobierno Regional, en vivo y en directo, ha salido a contestar y matizar los datos. Pero los datos son tozudos. Ser pobre en Madrid significa vivir con menos de 8.522 euros al año en hogares de una persona y 17.896 euros para familias de 2 adultos y 2 niños. Así lo considera la Unión Europea, cuando fija el umbral de la pobreza por debajo del 60% de la mediana de ingresos por unidad de consumo.

La crisis ha golpeado duramente a la Región. Desde que comenzó, allá por 2008, cuando el responsable empresarial madrileño del momento decía que nuestra economía iba como un tiro, la pobreza en Madrid ha pasado del 16% al 20´6%, alcanzando picos del 21´7% en 2016.

Por muy ricos que nos creamos, casi 1´4 millones de personas viven en Madrid en situación de pobreza. 350.000 personas viven en situación de pobreza severa y 300.000 niños y niñas son pobres. Por muy ricos que quieran vendernos que somos, la pobreza y la desigualdad se enquistan y amenazan con convertirse en parte de la estructura social y económica de nuestro Madrid.

La crisis se ha cebado en las familias. Hogares con todos sus miembros en paro, o con muy baja intensidad de trabajo. Un tercio de las familias no pueden acometer gastos imprevistos y casi la mitad llega con muchas dificultades a fin de mes. Familias que no pueden comer carne, pollo, o pescado cada dos días. O las que tienen que pasar frío, porque no pueden pagar los precios de la energía. Aquellas que reducen o suprimen las vacaciones. Datos preocupantes, incontestables, que aparecen en el informe y que no pueden dejar indiferente a nadie.

Los riesgos de pobreza de una familia se incrementan hasta el 52% cuando una sola persona tiene que hacerse cargo de los hijos e hijas. Mientras tanto, nuestros gobernantes regionales se llenan la boca con el derecho a la vida y la protección a la familia. Otras regiones menos ricas, mientras tanto, presentan tasas de pobreza inferiores y menos riesgos de pobreza para las familias.

La democracia y el desarrollo de los derechos constitucionales, a lo largo de estos cuarenta años, nos han permitido ir estableciendo redes de protección, asentadas en derechos reconocidos por ley. La protección por desempleo, la Seguridad Social que garantiza el sistema de pensiones y las Pensiones No Contributivas (PNC), para quienes no reúnen los requisitos de contribución que permiten acceder a una pensión del sistema de Seguridad Social.

La sanidad pública universal y gratuita, la educación pública, obligatoria y gratuita en los niveles obligatorios, las Rentas Mínimas con diferentes tratamientos autonómicos, una red de servicios sociales muy importante, o la Ley de Atención a las situaciones de Dependencia. Y. sin embargo, la pobreza persiste y las desigualdades aumentan.

La única explicación que se me ocurre es que estos instrumentos, que han costado muchas reivindicaciones y hasta huelgas generales y que no han sido nunca regalos, se ven acosadas por los intereses privados, han nacido sin los recursos suficientes para garantizar la efectividad de los derechos, o han sido las primeras víctimas de los recortes neoliberales que intentaron ser justificados por la crisis económica.

Un motivo más para que la salida de la crisis tenga que notarse de inmediato en la reducción de las tasas de pobreza y de la desigualdad. Esa debería ser la tarea prioritaria a la que deberían aplicarse los gobiernos y los partidos de la oposición, buscando el consenso necesario para que la cohesión y la redistribución justa de la riqueza sustenten una convivencia libre y democrática. Ese es el auténtico patriotismo, el más heroico de los himnos y la mejor de las banderas.


Todos somos agentes de turismo

agosto 14, 2018

El verano invita a la escapada. Nos empuja a abandonar el lugar habitual de residencia y buscar otros paisajes. La sensación de libertad que encontramos en estos desplazamientos compensa en parte la monotonía de los días que se suceden de forma rutinaria y constante, semana tras semana, a lo largo de todo el año.

Hay quien se recluye en el apacible y soñado apartamento de verano, la mayor parte de las veces en la playa. Hay quien busca ese mismo efecto en un viaje a lugares que aún no conoce. Hay, por último, quien no tiene más remedio que quedarse en casa o, como mucho, aprovechar una semana de un paquete turístico que concentra, en unos pocos días (8 días, 7 noches), las emociones de una playa todo incluido y alguna excursión organizada.

Vayamos donde vayamos, otros cientos, o cientos de miles de personas, habrán decidido emprender nuestras mismas hazañas, alimentando el efecto gentrificador y gentificador del nuevo turismo. Cada día es más difícil visitar la mayoría de los centros históricos de las ciudades patrimonio de alguien y los espacios naturales de reconocido prestigio.

Habrá quien emprenda su peripecia a través de una agencia de viajes de confianza. Sin embargo, me voy dando cuenta de que esta masificación de los desplazamientos, viene acompañada e incentivada, cada vez con mayor frecuencia, por el do it youself que se ha apoderado del mundo moderno. Son muchas las personas que, cuando revelo mi intención de emprender un viaje, se apresuran a incitarme a convertirme en agente turístico. Organizar de cabo a rabo mi propia peripecia.

Nadie me entienda mal. Cada cual haga lo que crea que puede y debe hacer, siempre que no atufe a los demás. Pero lo que para ellas parece tener el resultado de ver aumentar exponencialmente su sensación de libertad y su grado de autoestima personal, se me antoja que, en mi caso puede tener efectos devastadores y hasta trágicos sobre mi propia autoestima.

Conozco a quienes, a sus quehaceres cotidianos, han incorporado la búsqueda sistemática de vuelos de bajo coste a cualquier parte del mundo. Tras lo cual dedican mucho tiempo a buscar alojamientos, también de bajo coste, que tengan la mejor relación de lo que llaman calidad-precio.

Exploran páginas en las que se indica todo cuanto hay que saber sobre tamaños de maletas, compañías aéreas, desplazamientos que debes realizar, lugares que no te puedes perder, restaurantes en los que necesariamente hay que comer, multas que te llegarán a casa tras conducir los coches que vas a alquilar, personajes que no te puedes perder, museos que debes visitar, itinerarios imprescindibles, rincones obligatorios en los que te vas a sentir extraordinariamente feliz, o como conseguir ver, junto a miles de personas, lo que nadie ve casi nunca.

Conozco a quienes, preocupados sin duda por el servicio que prestan, publican todo tipo de comentarios en páginas especializadas, para abrir luego un blog donde van posteando cada uno de sus viajes, acompañados de fotos personales, en las más variadas posturas, ante los más dispares monumentos y en los más insólitos lugares del planeta. Basta teclear en un buscador para que aparezcan cientos y miles de estos comentarios, que ayudan a cuantos decidimos convertirnos en aprendices de brujo.

He intentado, con desigual fortuna, transfigurarme en mi propio agente de viajes. Me lleva mucho tiempo, del que no dispongo, y me ha conducido a algunas sorpresas que quisiera haberme evitado. Debo reconocer que sorpresas no mucho mayores que las que me han originado algunos agentes turísticos profesionales.

A fin de cuentas, los profesionales trabajan con las ofertas que cambian constantemente y que van escupiendo sus ordenadores. Las agencias turísticas han tomado buena nota. Trabajan con los buscadores de viajes y hoteles, publicitan ofertas online y te proponen autodiseñar tu viaje a tu medida.

Es curioso que postear signifique, en algunos países de lengua hispana, meter los postes de un cercado. Y esto va de postes, alambradas, cercados, turistas y viajeros. Han cambiado mucho los tiempos en los que sólo unos pocos podían permitirse el lujo de viajar. Ya no volverán los días de los descubridores de paisajes nuevos, inexplorados, inhabitados.

Pero, con todo, cuando me meto en estas aventuras de sentirme agente de turismo, no puedo dejar de envidiar al Paul Bowles de El Cielo Protector. No puedo dejar de recordar cómo me marco aquel párrafo, Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a casa al cabo de unos meses o unas semanas, el viajero, que no pertenece a un lugar más que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra.

El problema se encuentra, al parecer, en la relatividad del tiempo, y en la aceptación (o no) de las alambradas y las barreras. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla, el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan. Una vez más el cómo es, al menos tan importante como el dónde y el qué.