Marx y el padre Francisco

junio 3, 2018

En un viejo país ineficiente

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna…

Jaime Gil de Biedma

 

Acaba de publicarse el libro Dígaselo con Marx. Una original forma de conmemorar el Bicentenario del nacimiento de un tal Karl Marx, sobre cuya juventud acaba de estrenarse una película. En el libro escriben cerca de cuarenta personas procedentes de la Universidad, la política, el urbanismo, la poesía, la economía, el feminismo, la ecología, el arte, la psicología y hasta de la religión.

Me pareció que en el libro no podía faltar la opinión de alguien que representase a aquellos que fueron acusados por Marx de ir traficando con el opio del pueblo. Son conocidas las relaciones de amor y odio entre marxismo y cristianismo y no son pocos los elementos del clero que se han presentado en candidaturas de la izquierda, han participado en movimientos guerrilleros inspirados en el marxismo, o han construido la teología de la liberación sobre la base del diálogo entre marxistas y cristianos.

Sin embargo, el cura al que se lo propuse declinó la invitación a la manera de Gil de Biedma, aunque me autorizó a transcribir libremente su respuesta, dificultando la identificación del personaje. El llamado, en el artículo, padre Francisco, lleva ya 8 años recluido en un pueblo costero, rodeado de gente anónima, muchos de ellos extranjeros, viviendo junto a su esposa, una soledad elegida y, al modo de aquel otro fraile agustino Mendel, cruzando las numerosas plantas que adornan su jardín.

Su relación con Marx se inició siendo aún sacerdote en activo, en pleno franquismo, dos años después del mayo del 68, cuando en pleno Barrio Latino compró un ejemplar del Manifiesto Comunista. Aquel libro le revolucionó el cerebro y el corazón, por más que aquella revolución hacia la libertad, la justicia y la igualdad, no casaba demasiado bien con la dictadura del proletariado, al menos tal como la terminaron entendiendo leninistas, estalinistas, trotskistas, o maoístas.

De todo ello sacó una conclusión que le ha acompañado toda su vida. Independientemente de nuestras creencias, la felicidad, en esta vida, debe ser una aspiración de todo ser humano. De nada nos vale deleitarnos en la contemplación y la interpretación de la Naturaleza y el Mundo como grandiosa creación de Dios, si no hacemos cuanto podamos por transformar la vida y el mundo para construir una sociedad más libre, igual y solidaria.

Estas ideas le trajeron problemas con algunos padres de sus alumnos, cuando las enunció en sus clases de Filosofía. Recibió la visita y escuchó las amenazas de la Inspección educativa. Terminó dejando el sacerdocio, cuando nadie salió en su defensa. Luego se aventuró en nuevos proyectos educativos y hasta se metió en política para servir a su pueblo, en una candidatura de la izquierda.

Las ambiciones de unos y el poder inmobiliario de otros, dieron al traste con cada una de sus ilusiones transformadoras. Demandas, difamaciones, querellas, calumnias, campañas del consorcio político-empresarial, le hicieron perder las elecciones y le dejaron decenas de personaciones ante los juzgados encima de la mesa. Hasta los suyos le recomendaban menos pureza y más transigencia con quienes pueden hacer llover talones y dinero sobre cualquier partido, dejando de paso los bolsillos personales bien llenos.

Por eso terminó jubilado, en un pueblecito de la costa granadina, leyendo, mirando las estrellas, como recomendaba su admirado Stephen Hawking  y contemplando el mar desde la terraza donde cuida sus plantas, mientras ensaya y comprueba en ellas el estricto cumplimiento de las leyes genéticas de Mendel.

Reconoce que otra de sus ocupaciones y ensoñaciones favoritas es la de pensar qué habrá sido de los miles de alumnos y alumnas que tuvo. Porque este tiempo ya no es suyo. Ha renunciado a amistades, filias políticas, vecinales, sindicales. Este tiempo es de la juventud que viene empujando y de la que fue joven cuando él daba clases. Espera que hayan decidido luchar por ser libres y felices, ayudando a otros a serlo.

El padre Francisco, es evidente, nunca fue marxista, ni tampoco antimarxista. Me parece uno de esos modernos Prometeos, hecho de muchos fragmentos de ideas, principios, claras reglas éticas y mucha humanidad, que tan necesarios siguen siendo para que las largas manos de la corrupción y la mala política no terminen invadiéndolo todo. Por eso merece ser uno de los protagonistas de Dígaselo con Marx.

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Las gafas de ver españoles

junio 3, 2018

El pequeño Cole, protagonista de El Sexto Sentido, declara en la película, En ocasiones veo muertos. Nunca hemos podido determinar, a ciencia cierta, que el niño supiera, desde el principio de la película, que también Malcom, el prestigioso psicólogo que trata su problema, encarnado por Bruce Willis, estaba también muerto.

Este tipo de situaciones, controversias y dudas, sólo se pueden dar en Estados Unidos. Cosas de Hollywood y sus películas. En España no pasan estas cosas. Somos un país de certezas absolutas, que cambian constantemente, pero que son absolutas mientras duran. Certezas que son fruto de nuestro carácter emprendedor, innovador y descubridor.

Una de esas grandes certezas, nos ha sido revelada por Albert Rivera, este fin de semana, durante la presentación de su proyecto electoral España Ciudadana. Nos ha desvelado el secreto de su película, que no es otro que haber emprendido, innovado y descubierto las gafas de la España Ciudadana.

Gracias a ellas, donde yo veo una señora mayor abandonada a su suerte, Albert puede ver un español. Y donde veo un chaval fracasado en los estudios, que ha abandonado el sistema educativo, él consigue ver un español. Donde cualquier ciudadano ve una persona parada, o dependiente, o con una pensión de miseria, o una niña sin escuela infantil, o directamente con hambre, las milagrosas gafas permiten ver a Rivera españoles, iguales, indefinidos, indiferenciados.

Ya no hay ricos y pobres. No hay trabajadores y empresarios. No hay religiosos y ateos. No hay corruptos y personas que viven gracias a su esfuerzo. No hay mujeres y hombres. Las gafas nos hacen iguales. Españoles, compatriotas, libres, iguales. El mensaje es sencillo, hasta simplón, pero muy efectivo.

Quien hasta hace poco denunciaba que el nacionalismo y el populismo eran lo peor de lo peor, ha evolucionado hacia un nacionalismo duro y un populismo  rampante, pero con gancho. Desde que Goebbels enunciara sus famosos 11 principios de la propaganda, los políticos dictatoriales de todo signo y no pocos políticos triunfantes en países democráticos, los han aplicado con diligencia.

Pocas ideas, repetidas hasta la saciedad, cuanto más simples mejor. Vale mentir, cuantas más veces lo hagas mejor, miente siempre, al final parecerá verdad. Búscate un enemigo que cargue con tus errores, céntrate en cargarle todos los males y problemas. Habla para los más tontos, populariza tus ideas, multiplícalas, airéalas desde todos los medios posibles. Somos nacionales, porque hay otros que no lo son. Identifícalos, individualízalos, apártalos, elimínalos.

Banderas, muchas banderas, aunque sean de plástico y una musa, una Marilyn esteparia, una diosa rubia que desciende sobre el escenario desde su monte olímpico allá en Miami, donde ha dado a luz un himno guerrero que agradezca a Dios haber nacido aquí. Un canto orgulloso, sin complejos, sin perdones, lleno de rojos, amarillos, rayos de sol.

Y yo, que siempre he preferido la ancestral denominación de las Españas. Que prefiero definir las patrias por los derechos de ciudadanía que amparan a sus habitantes, más que por las banderas que lucen en los edificios y los himnos que se acometen en los desfiles. Que he creído que ser iguales, siendo tan distintos, sólo es posible si quienes menos tienen y menos pueden, reciben más que quienes menos lo necesitan. Yo, empiezo a tener miedo.

El miedo ancestral de cuantos, a lo largo de nuestra historia, han pagado con sufrimiento, dolor, miedo y, no pocas veces, con sangre, el peso de una uniformidad impuesta, una bandera triunfante sobre otras banderas, unos himnos que ahogaban todos los cánticos, en lugar de invitar a la fiesta.

Si la respuesta al nacionalismo rampante, secesionista y segregacionista de Quim Torra, es el nacionalismo casposo, patriotero y también supremacista de Albert Rivera, mucho me temo que habrá que volver a Gabriel Aresti, el poeta vasco, citado por el propio Rey en su primer discurso, para recordar que Sólo es español quien sabe/ las cuatro lenguas de España.

Menos alimentar los bajos instintos y las letras ramplonas y sensibleras en nuestros himnos. Menos gafas trucadas para ver “españoles” y más estudiar idiomas patrios, para que podamos entendernos.


Podemos tener una casita en el campo

junio 3, 2018

Este artículo es de esos que siempre te traen problemas. Existe la vieja costumbre nacional de justificar lo que el líder de turno hace, o dice, mientras que los mismos actos, salidos de las manos, o de la boca, de otros nos parecerían errores de bulto. Aunque, no es menos cierto que, cuando el líder cambia, todo cambia y donde dije digo, digo Diego. Así, Espe ya no es lo que era, Cifuentes ha dejado de ser lo que era y hasta Casado va camino de no llegar a ser lo que todos pronosticaban que fuera.

No es cuestión de derechas, o de izquierdas, porque esta característica especial de la marca España, funciona indistintamente a base de utilizar fuego amigo, o enemigo y cuando menos se los esperan los protagonistas. La verdad es que la condición humana hace que, quien más, quien menos, en una u otra ocasión, hayamos hecho algo reprobable, aunque sólo sea una infracción de tráfico.

Pero claro, el nivel de corrupción ha sobrepasado todos los límites, hasta el punto de que las exigencias para ocupar, o mantenerse en, una responsabilidad pública, han crecido mucho. Antes éramos laxos inasequibles al desaliento, hasta el punto de considerar natural que hubiera casos de corrupción y hasta corruptos de reconocido prestigio y ahora exigimos dimisiones ante cualquier desliz. Y no quiero decir, en ningún caso que muchos de esos deslices no lo merezcan.

Ahora le toca el turno a la familia Iglesias-Montero (o Montero-Iglesias). Parece que se han comprado un chalet en Galapagar (ellos prefieren decir Casa de Campo) y han desatado las iras de algunos propios y casi todos los ajenos. Es verdad que no es un ático en Marbella, ni un chalet en La Moraleja. También es verdad que tienen perfecto derecho a la intimidad y que pueden hacer lo que quieran con su dinero. Pero, como reconocen en el comunicado que han emitido, toca asumir que hoy la actividad política está sometida al escrutinio público. Y aceptar que les criticarán, hagan lo que hagan.

Probablemente, si esos más de 600.000 euros los hubieran invertido en un adosado en Rivas, en un pisazo en Puente de Vallecas, un ático en Lavapiés, o un chalet en Mejorada del Campo, las críticas parecerían tener menos fundamento. Y, sin embargo, el dinero es el mismo. Además no son los primeros en la izquierda que se van en busca de aires más limpios y espacios más abiertos.

Y, sin embargo, ellos dos son los líderes de un partido que quiere dar la vuelta a la tortilla en España y, en sus declaraciones pasadas, han dado buena cuenta de ese rollo de los políticos que viven en Somosaguas, en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público.

En fin, que cada uno y cada una es muy libre de vivir donde quiera y hacer con su dinero lo que le da la gana, siempre que lo haya ganado honestamente. Pero también es cierto que, en la derecha se presupone el egoísmo y en la izquierda la solidaridad y la coherencia. Por eso, difícilmente, las fotos del chalet (o casa de campo), su piscina, su casita de invitados, su parcela, pueden tener, al final, una lectura de suma cero. Tal vez no por cuestión de ética, sino por cuestión de estética. Ya los romanos sabían que la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino además parecerlo.


Profesionales

mayo 9, 2018

Entro en los hospitales, las escuelas, los centros de servicios sociales. Me indigna el deterioro que compruebo a mi alrededor. No son sólo las manos necesarias de pintura que faltan en sus paredes. Es, sobre todo, la masificación que amenaza a cada instante con colapsar en funcionamiento de los servicios que allí se prestan. La imposibilidad de trabajar planificando la oferta y atendiendo las nuevas demandas. La sensación de que la urgencia marca el frenético ritmo de la actividad.

Se deposita en los centros educativos la responsabilidad de formar a futuras generaciones. El cuidado de nuestra salud en los centros sanitarios. Nuestro bienestar personal en los centros de servicios sociales. Y, sin embargo, permitimos que los profesionales sobre los que descansan los bienes más preciados de nuestra existencia, se vean abandonados a su suerte. Consentimos que muchos de esos servicios esenciales para la calidad de nuestras vidas sean gestionados por empresas privadas, cuyo objetivo prioritario no es nuestro bienestar, sino su beneficio económico.

Los formamos durante años y financiamos sus especialidades universitarias en docencia, sanidad, trabajo social. Veo como se esfuerzan por demostrar su profesionalidad cada día. Cómo asisten a cursos de especialización. Cómo tensan sus nervios para no perder  la paciencia y mantener intacta su vocación. Claro que hay quienes han caído en la desidia y en una suerte de muda desesperación. Y claro que hay quienes están ahí porque tiene que haber de todo. Pero eso ocurre en todas las profesiones, sin que por ello nadie convierta la excepción en un estado general de las cosas.

He dedicado muchos años al sindicalismo y he tenido que escuchar, no pocas veces, ese tipo de opiniones que descarga en los sindicatos toda la responsabilidad de los males que sacuden la vida de los trabajadores, muy por encima de  las responsabilidades de los empresarios, o de los gobiernos que legislan sobre los derechos laborales. También he tenido que enfrentarme a esas interpretaciones que convierten al extranjero en el causante de nuestras altas tasas de paro. Las versiones simplonas, pero claras y  entendibles, siempre suelen terminar por imponerse sobre razonamientos coherentes, pero complejos.

Entiendo que, quienes vemos denegado el acceso a un derecho, tenemos enfrente a un empleado público al que le pedimos explicaciones indignadas sobre las causas por las que se nos excluye de unos servicios o prestaciones, a los que considerábamos deberíamos poder acceder. Y, sin embargo, ese empleado público, no es el responsable de lo que consideramos desmanes inadmisibles. No basta con dar cuatro voces en una “ventanilla”, para que nuestros problemas se solucionen.

Compruebo, en muchas ocasiones, cómo esos trabajadores y trabajadoras, conscientes de las lamentables situaciones a las que nos vemos abocados, en no pocas ocasiones, nos animan a presentar reclamaciones, denuncias, quejas. Y compruebo también, en otras muchas ocasiones,  que estas acciones nunca son emprendidas por quienes alzan la voz ante un funcionario pero no dejan constancia escrita, ante ninguna instancia responsable de la buena gestión de los servicios.

Creo que contamos con magníficos profesionales y que merece la pena convertirlos en nuestros aliados en la defensa de derechos tan nuestros y esenciales, como el de la educación,  la sanidad y los servicios sociales. Hemos invertido mucho para formarlos y su trabajo como servidores públicos, es la llave que nos permite vivir como  mujeres y hombres libres e iguales a lo largo de toda nuestra vida.

Su buen trabajo son nuestros derechos.


Luis Montes, un defensor de la vida

mayo 9, 2018

No entiendo a quienes defienden la vida hasta justo antes de nacer y, de nuevo, en el preciso momento antes de morir. Todo lo que hay en mitad de esos dos instantes, les trae totalmente sin cuidado. No les preocupa si hay suficientes escuelas infantiles, si la desnutrición infantil aumenta, si la sanidad pública se deteriora, si el abandono escolar crece, si nuestro trabajo es paro, o moderna esclavitud, si las familias salen como pueden al paso de la imposibilidad de conciliar la vida laboral y personal.

No les preocupan tampoco nuestras pensiones, ni si la atención a la dependencia funciona, o si morimos en un hospital, entre terribles dolores. Al grito de Dios lo quiere, reconvertido por los ultraliberales en El mercado lo exige, han convertido a las personas en producto que se compra, se vende y es perfectamente intercambiable y hasta sustituible si un robot suple su papel en la producción.

No creo que haya una mano negra que decida estas cosas en un oscuro despacho y que toda la humanidad siga el camino allí decidido. Pero sí creo que hay creadores de tendencias que marcan el camino no escrito de la humanidad y de los pueblos.

Una de esas tendencias, la de convertir las necesidades de las personas y el papel del Estado (desarrollado a través de sus diferentes expresiones administrativas), en negocio puro y duro, se impuso en Madrid, con fuerza inusitada, a partir del golpe de estado triunfante del Tamayazo, en las elecciones autonómicas de 2003. Seguimos sin saber quiénes fueron los impulsores de ese golpe y quiénes lo financiaron, pero sí sabemos quiénes fueron los beneficiarios económicos y políticos del mismo.

Y también conocemos que el primer frente de batalla abierto por los impulsores de la tendencia ultraliberal y privatizadora se desencadenó en Madrid en el año 2005, cuando, bajo la presidencia de Esperanza Aguirre, el entonces Consejero de Sanidad, Manuel Lamela, salido de las huestes de Rodrigo Rato en el Ministerio de Economía, decidió dar crédito a denuncias anónimas cursadas contra los doctores Luis Montes y Miguel Angel López, a los que se acusaba de haber asesinado a 400 pacientes a golpe de sedaciones, en el hospital Severo Ochoa de Leganés.

Se abrieron comisiones de investigación, expedientes, procesos judiciales. Se alentó una campaña de difamación en algunos medios de comunicación. En defensa de los profesionales, convocamos movilizaciones de todo tipo, manifestaciones, concentraciones, paros, marchas, actos públicos. Al final, de los 400 muertos, se pasó a 73 y de ahí a malas prácticas, hasta que los tribunales terminaron cerrando el caso con  el sobreseimiento. La acusación no tenía razón, ni podía ser demostrada.

Pero ya estábamos en 2008 y, a estas alturas, el verdadero objetivo del gobierno Aguirre ya se había cumplido con creces. La imagen de la sanidad pública había sufrido un golpe terrible a manos de quienes tenían la obligación de preservarla y defenderla. De nada valían ya los sobreseimientos, ni que luego, el portavoz del gobierno de Aznar, Miguel Angel Rodriguez, fuera condenado al pago de 30.000 euros, por “delito continuado de injuria grave realizado con publicidad” contar el doctor Luis Montes.

Para entonces Lamela y su sucesor, Juan José Güemes, también extraído de las mesnadas de Rodrigo Rato y yerno del todopoderoso Carlos Fabra, ya habían tomado carrerilla para convertir Madrid en el campo experimental de todas las formulas de privatización hospitalaria ensayadas en España y fuera de nuestras fronteras: Fundaciones, empresas públicas, empresas privadas concertadas, empresas mixtas.

Alguna entidad financiera, una constructora y una gestora de la sanidad privada, o un empresario bien situado en la órbita de Aguirre (así ocurrió con el entonces presidente de la patronal CEIM), se hicieron con estos nuevos hospitales que nacían con financiación pública y beneficios asegurados.

Luego llegaron las concesiones de los colegios concertados, las autopistas radiales, los peajes en sombra, las Escuelas Infantiles, las universidades privadas, la Ciudad de la Justicia, el Canal de Isabel II, la jibarización del proyecto de Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, el destrozo de Telemadrid entregada a productoras privadas, el caprichito del golf en las instalaciones del Canal. Eran ya los tiempos de Granados e Ignacio González.

Hoy leo que Luis Montes ha muerto de un infarto, a los 69 años, cuando viajaba hacia Molina de Segura, para intervenir en un acto, como Presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente. Compartí con él pancartas y actos en defensa de su profesionalidad y la de sus compañeros del hospital Severo Ochoa, en defensa de la sanidad pública frente a las agresiones privatizadoras de Aguirre y sus cachorros.

Hoy, Manuel Lamela es famoso por su participación en empresas sanitarias especializadas en gestionar recursos públicos, volvió con Rato a la empresa Cibeles (Bankia) y se encuentra bien situado en cada operación de la sanidad privada para aumentar su presencia en la gestión y el control de todo tipo de servicios públicos sanitarios.

Hoy, Juanjo Güemes, después de dimitir como Consejero de Aguirre, tras las concesiones de servicios sanitarios públicos a empresas privadas que luego le ficharon, se encuentra muy bien cotizado por su experiencia privatizadora, dirige Centros de Emprendedores del IES Business School, del que es vicepresidente económico y sigue formando parte de numerosos consejos de administración.

Mientras siguen a lo suyo quienes defienden la vida sólo antes de que el ser humano nazca y abanderan la prolongación de dolorosos e irreversibles procesos de enfermedad. Mientras siguen triunfando quienes hacen de la vida un producto y de la sanidad pública un negocio. Se nos ha marchado un hombre decente que defendía el derecho a vivir y morir dignamente. Luis Montes, el nombre de un defensor de la vida que no olvidaremos.


Pensionistas y tanques

mayo 3, 2018

No acaba la Semana Santa, tiempo de reflexión y de tregua, momento para coincidir en las procesiones, en los lugares de vacaciones, en los parques y jardines de los barrios, cuando las tertulias sacan de nuevo a paseo el futuro de nuestras pensiones.

Otra vez el tenaz y persistente formato televisivo de unos cuantos pensionistas que hablan de sus necesidades y de la miseria que supone sobrevivir con una pensión baja, percibiendo cada año una subida ridícula y de la imposibilidad de cubrir las mínimas necesidades propias y de sus familias, siempre necesitadas de la ayuda de los abuelos, en un mundo concebido por individualistas feroces y amantes del egoísmo desaforado.

Luego, tras algunas entrevistas a pie de calle, llega el turno de los tertulianos. Algunos, profesionales bregados en el oficio, saben de todo, en función de lo que han leído para la ocasión y de lo que han escuchado de algunos contactos bien informados. Otros son profesores de universidad y, en ese caso, depende de la universidad y la escuela ideológica, económica, o de pensamiento de la que procedan.

Por último, nunca faltan los representantes de los think tank, los tanques del pensamiento (el nombre ya tiene lo suyo en cuanto a intencionalidad agresiva), que bombardean siempre a favor de obra de los grupos de poder que les sustentan.

Estos personajes declaran la ruina del sistema público de pensiones, mientras venden la idea de que estamos ante un timo piramidal que va a acabar con todos nosotros en muy pocos años y proclaman, cual feriantes y chamarileros, las bondades del sistema pinochetista de pensiones privatizadas en Chile, en el cual las personas jubiladas que consiguen cobrar una pensión, terminan recibiendo menos de la mitad del salario que percibían estando en activo.

Es entonces cuando intervengo, a través de una red social, para denunciar, como ya lo he hecho en alguno de mis artículos, que estamos ante una campaña orquestada y organizada, que pretende dejar en manos de intereses privados, esencialmente aseguradoras y entidades financieras, fondos de pensiones, fondos de inversiones, la gestión de nuestras pensiones.

Y es entonces cuando cientos de personajes que no conozco, de nombres ficticios e impostados (esos que llaman trolls), con perfiles ridículos y fotos cargadas de banderas y monstruos, arremeten contra mí. Sindicalista, subvencionado, mariscador, desinformado, burócrata, analfabeto y cosas así es lo más bonito que ponen en sus comentarios. Si veo que son personas, lo dejo estar. Al menos dan la cara y desvelan, en toda su crudeza, las limitaciones que impone la naturaleza en algunos seres humanos. Si son trolls organizados, los bloqueo.

Goebbels ya afirmaba, Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad. Y más adelante teorizaba que La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas.

Los 11 principios de propaganda del lugarteniente de Hitler han vuelto a ser reformulados desde una perspectiva más moderna y vinculada al tremendo desarrollo de los medios de comunicación, por parte de Noam Chomsky, que los ha traducido en la formulación de 10 Estrategias de la Manipulación Mediática.

Estrategias de distracción del personal. Otras dirigidas a crear primero los problemas para ofrecer luego sus soluciones. Las pensiones, o el alargamiento brutal de la crisis, son parte de esta forma de obligar a aceptar recortes. Y hay que hacerlo poquito a poco, gradualmente. A veces el sacrificio se difiere, como el famoso factor de sostenibilidad de las pensiones, que no se aplicó al principio de la reforma de las pensiones del PP, pero que ya se nos viene encima con sus rebajas.

Si además nos tratan como a niños. Si consiguen tocar nuestras emociones. Si logran que nos creamos mediocres y hasta culpables. Si utilizan todos los medios del Big Data para conocernos mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos. Entonces están muy cerca de conseguir sus objetivos. Esos que nunca nos revelan.

Se da además la circunstancia de que quienes encabezan estas posiciones en todo tipo de foros, son los retoños que Esperanza Aguirre y su Carajillo Party fueron regando con mamandurrias, dándoles cancha en Telemadrid, y trabajo en las universidades públicas o privadas a su servicio, o en fundaciones ad hoc bien financiadas, utilizando su omnímodo poder al frente del gobierno y de los cuantiosos recursos de la Comunidad de Madrid.

Un buen número de personajes que han utilizado abundantemente los recursos  públicos para crear think tank privados, bien relacionados con sectores ultraliberales de otros lugares del planeta. Aquellos personajes paniaguados que prestaron el sustento ideológico para intentar acabar con los sindicatos y que ahora intentan atemorizar a unos pensionistas que, hartos ya de estar hartos, van tomando las calles y gobernando el destino de sus votos.


Me gustan las procesiones

abril 9, 2018

Hoy parece contradictorio ser de izquierdas y que te gusten los toros. No siempre fue así. Vengo de una familia de izquierdas en la que han gustado los toros y se han seguido, según los gustos, las trayectorias taurinas de toreros como Santiago Martín El Viti, sin olvidar a un Antoñete, un Dominguín, Paco Camino, o hasta el Cordobés.

No menos incoherente debería ser declararte aficionado y seguidor de éste o aquel club de futbol, sabiendo el tremendo negocio en el que se ha convertido este deporte y, sin embargo, no son pocos los amigos, amigas y familiares que se declaran seguidores del Atletico de Madrid, el Real Madrid, el Bilbao, o el Barsa (al que también se puede transcribir como Barça). Algunos, incluso, se declaran acérrimos del Getafe, o del Rayo Vallecano

Debo confesar que no me atrae el futbol, ni los toros. No lo considero una virtud, sino un accidente vital. Por alguna circunstancia, ninguna de estas dos cosas me ha interesado demasiado. Creo que eso me ha permitido dedicar tiempo a otros asuntos, a los que tampoco considero mejores ni peores.

En todo caso, no manejar bien estos temas, me ha impedido iniciar esas conversaciones de acercamiento inicial a algunos especímenes del género masculino, con un intercambio de afirmaciones sobre el último partido de la Liga, la Champions, o la Copa.

Nunca me ha parecido un grave problema, aunque alguna fama de rarito me haya granjeado. Lo que ya no sé si tiene perdón es que, aprovechando este momento, confiese que me gustan las procesiones de Semana Santa. Muy especialmente las procesiones de la Semana Santa andaluza.

Ya ves, no me apasionan los toros. No movería un dedo por ver una corrida desde la mismísima barrera. No me interesan los estadios, ni las retransmisiones de futbol. Bueno, tal vez con la excepción de los Mundiales. Pero claro, esto puede ser considerado por muchos como algo tan extravagante como afirmar que no soportas la música, salvo Eurovisión.

Sin embargo, esta fascinación por las procesiones, creo que no es incompatible con que yo sea un tipo de izquierdas. No sé bien si será ese baile con el que se van aproximando los tronos. Tal vez la talla hiperrealista de las imágenes. El esfuerzo de esos costaleros que cargan las pesadas tallas, tras largos ensayos en sus cofradías. O esas bandas de música que acompañan cada imagen, el redoblar de los tambores, el ímpetu con el que atacan determinadas partes de la partitura.

Podría intentar justificarme diciendo que me interesa, sobre todo, el aspecto sociológico de las procesiones, pero no merecéis estos subterfugios. Podría apropiarme, para abordar el tema, de la canción de Serrat, Me gusta todo de ti, pero tú no. Y,  sin embargo, tengo que reconocer que me emociono hasta la fácil lágrima, cuando la banda acomete la Saeta del mismo Joan Manuel y entonces tarareo la letra de Antonio Machado.

Intuyo algo de premonición del apoyo mutuo de los primeros internacionalistas en los orígenes de las cofradías. Presiento que, tras lo aparatoso de las peinetas, los capirotes y los penitentes, hay un trasunto de dolores y alegrías compartidos. Me huelo que toda la tristeza acumulada, las irreparables pérdidas que nos sitúan ante lo efímero de la existencia, se decantan en los pasos procesionales, como cuarenta días cuaresmales antes encontraron su cauce en las charangas, comparsas, chirigota y murgas carnavalescas.

Esos sindicatos religiosos que reivindican, a finales de la Edad Media, un Jesús más humano y menos divino. No un Dios, sino un hombre  que nace, vive, ama, sufre y muere ejecutado. Alguien con el que podemos identificarnos y fundirnos. Hermandades y cofradías que anticipan el giro desde el teocentrismo medieval al antropocentrismo renacentista. Atentos, conscientes, del dolor, la pasión y la muerte que se repiten irreparablemente en cada uno de nosotros y nosotras.

De nuevo, Machado, volviendo a la Semana Santa andaluza, Castilla miserable, ayer dominadora/ envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora. Algo hay de rechazo y de combate, en esas marchas procesionales, contra el orgullo fanático del cientifismo que, bajo la máscara de lo exclusivamente racional, conduce al fundamentalismo pragmatista y nos condena a la miseria y a devastaciones irreparables.