Che

octubre 11, 2017

Aprendimos a quererte,

desde la histórica altura,

donde el sol de tu bravura

le puso cerco a la muerte.

Carlos Puebla.

Hasta siempre, comandante

 

Cómo pasa el tiempo. Hace 50 años era yo un niño.Los escasos noticiarios de la época daban cuenta de la muerte del guerrillero Ernesto Guevara, al que llamaban Che. Todo era confuso. Luego fuimos sabiendo que había sido acorralado y capturado por el ejército boliviano en la quebrada del Yuro, con la ayuda de agentes de la CIA y había sido ejecutado en la escuelita de La Higuera.

Pocos personajes resultan hoy tan polémicos como el Che. Su nacimiento en Argentina. Su infancia a caballo entre Buenos Aires y la provincia de Córdoba. Sus estudios de medicina, Sus largos viajes por América Latina. Su enrolamiento en la expedición guerrillera organizada por Fidel Castro en México para liberar Cuba de la dictadura de Batista. La dureza de la lucha guerrillera en Sierra Maestra, en la que su principal enemigo era el asma que combatía a base de voluntad y fumando puros.

El triunfo de la guerrilla, sus cargos en el gobierno de la revolución, sus desencuentros con Fidel y sus consejeros soviéticos. Su huida hacia adelante, emprendiendo aventuras que pretendían extender focos revolucionarios, primero en el Congo y luego en Bolivia.

Bien mirada, la historia del Che es la historia de un fracaso. Tal vez resida en ello buena parte su capacidad de seducción. No tanto sus logros, como el trágico final de su marcha incansable, por tortuosos caminos, en busca de la libertad para los pueblos oprimidos por el imperio que hoy gobierna Trump.

Un imperio para el cual América Latina era patio trasero en el que actuar con total impunidad, apoyando, e impulsando golpes militares, allí donde cualquier gobernante intentara contravenir sus designios. Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Brasil, Paraguay, Chile, Argentina, Uruguay, Perú. Toda América Latina sufrió la brutalidad de botas militares pagadas y fabricadas en Estados Unidos.

Su imagen, retratada por Korda, se convirtió en icono equiparable al del fundador del cristianismo. Un ejemplo para jóvenes rebeldes que participan en cualquier  acto de protesta, descontento, o reivindicación. Desde mayo del 68, hasta el 15M. Sin embargo, el Che era un revolucionario, un guerrillero y eso ha suscitado odios exacerbados.

Recuerdo septiembre de 2008, cuando los sindicatos madrileños fuimos invitados por el partido gobernante en Madrid, liderado por Esperanza Aguirre, para asistir a la clausura de su Congreso Regional. La euforia despertada por el discurso de Aguirre, con su reiterado lema de pico y pala (por más que lo más parecido a pico y pala que ha esgrimido Esperanza, es un palo de golf) se vio precedido por la fogosidad del jefe de las Nuevas Generaciones madrileñas, un joven llamado Pablo Casado.

Arrancó aplausos a rabiar y puso en pie al auditorio (yo permanecí sentado), a base de gritar consignas oídas en algún foro exclusivo: ser de izquierdas ya no está de moda, porque son unos carcas y están todo el día con la guerra del abuelo, con el aborto, la eutanasia y la muerte.

Atacó a los sindicatos como parte de este entramado y contrapuso todo ello al carácter “emprendedor”, palabra mágica, de los jóvenes del PP. Los mayores aplausos del público agradecido y el “olé, olé, olé” de la propia Esperanza, surgieron cuando aseguró con vehemencia que los jóvenes del PP idolatran a mártires como Miguel Angel Blanco y no a asesinos como el Che Guevara, como hace la izquierda.

Estuve a punto de abandonar la clausura del Congreso. Permanecí sentado y preferí aguantar el chaparrón, pero salí preocupado por el tipo de juveniles fuerzas de choque que comenzaban a surgir en el PP y que un día llegarían a puestos más importantes, medrando a la sombra de personajes como Aguirre.

50 años son muchos años en una vida. Lo cierto es que personajes de otro tiempo son muy difíciles de juzgar con los ojos de hoy: Espartaco, Nelson Mandela, Juana de Arco, Sandino, Bolivar, Churchil, Zapata, Washington, o el propio Che.

Prefiero recrear la imagen de un joven que se buscaba a sí mismo a lomos de una motocicleta, al tiempo que descubría las venas abiertas de América Latina. A ese hombre, al que los indígenas andinos rezan, ponen velas y veneran bajo la advocación de San Ernesto de La Higuera. Aquellos indígenas que dieron origen a los Nadies de Eduardo Galeano.

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Ni nacionalista, ni nacional

octubre 9, 2017

He escrito varios artículos sobre el tremendo follón de Cataluña, que nadie parece querer abordar con diálogo y sentido común. He recibido respuestas de todo tipo en las redes sociales. Algunos insultos he recibido y también otros han manifestado coincidencias sobre mis opiniones.

Un familiar, catalán e independentista, me recuerda, desde una ciudad próxima a Barcelona, que mi análisis no es acertado, que no he mencionado el tema de las infraestructura, los desdoblamientos de carreteras, el eje ferroviario del mediterráneo, la escasa ejecución presupuestaria de inversiones del gobierno de Madrid en Cataluña.

También me recuerda que el Estatut, aprobado por el parlamento y luego por el pueblo de Cataluña, fue modificado por el Tribunal Constitucional, cuando algunos artículos anulados son idénticos en otros estatutos de autonomía. La injusticia presupuestaria y la falta de respeto a la autonomía prometida, que han producido el paso de la política del catalanismo al independentismo.

Le hago notar a mi pariente catalán que tengo amigos extremeños, que me inundan de artículos y opiniones parecidas sobre el abandono en Extremadura de inversiones esenciales, como las infraestructuras ferroviarias. Mis amigos extremeños no son independentistas, pero parecen tener los mismos problemas a casi mil kilómetros de distancia.

Mi pariente es un independentista convencido y va a degüello en su respuesta. Me dice que no convenceré ni a los nacionalistas catalanes nacidos en Extremadura, ni a sus hijos, porque ellos han viajado por aquella tierra que ya no es su nación y ven autovías gratuitas  vacías de coches, donde  anidan cigüeñas sobre los indicadores de tráfico.

La diferencia, según su criterio, es que unos (se entiende los catalanes) generan con creces el coste de las infraestructuras propias y las tienen saturadas, lo cual impide su progreso y otros no (debo entender, entre líneas, que los extremeños).

Culmina ratificándose en que mi análisis no es acertado. Termina con un repaso de detenciones, abusos de la fuerza pública, acciones judiciales, desmanes del gobierno de Madrid en Cataluña, el fin de la democracia y unas cuantas fotos y memes muy ocurrentes, para reforzar su argumentario. Me insta, con toda solemnidad, a no ser neutral.

Por la misma red social que me comunica con mi pariente catalán, me llega otro mensaje de un amigo jubilado. Me informa de que mientras miramos a Cataluña la Audiencia Nacional rechaza el careo entre Rajoy y Bárcenas, el Banco de España da por perdidos más de 42.500 millones de euros de dinero público gastados en el rescate bancario, el 30 por ciento de los dependientes siguen sin ser atendidos (muchos mueren cada día sin haber recibido ayuda alguna), más de un millón de nuestros jóvenes tienen que buscarse la vida en el extranjero, los enfermos pierden tratamientos, se queman dependencias judiciales dónde se custodian expedientes sobre la corrupción del PP, hay colegios públicos saturados, mientras se promueven los negocios educativos privados. Y así una larga lista de noticias perdidas.

Se me ocurre que el problema no es Madrid, ni Barcelona, ni Mérida. El problema es que Mariano Rajoy tenía muy complicado el futuro, con un horizonte plagado de casos de corrupción maduros para juicio. Y que Artur Mas y su sucesor forzado, Puigdemont, tenían un partido en descomposición atenazado por la corrupción de los porcentajes de mordida.

Nada mejor para ellos que tirar de soberanía, nación, lengua, patria, cultura, bandera, símbolos nacionales, iglesias nacionales, para echar tierra sobre sus problemas y sus escabrosos asuntos. El mismo Puigdemont que votó con los de Rajoy contra el referéndum en el Sahara, Palestina, o el Kurdistán, se aferra ahora al salvavidas del Procés.

Otro amigo me manda esta noche una foto de Puigdemont estrechando la mano de Rajoy en la mismísima puerta de la Moncloa. Unas letras explican que así, a lo tonto, hemos convertido a los corruptos y chorizos catalanes en héroes de la libertad y a los del resto de España en defensores de la Constitución.

No soy neutral, pero me siento de una izquierda que no pinta nada en este fregado. Que ni los nacionalistas, ni los nacionales, cuenten conmigo para sumarme a lo tonto a su estropicio. Es más, dedicaré mi tiempo y mi esfuerzo a desenmascarar a quienes destrozan las vidas y juegan con las esperanzas e ilusiones de las personas. Los mismos que traicionan la defensa de una vida digna y un trabajo decente, para el que fueron elegidos democráticamente.


Las banderas de mi casa

septiembre 26, 2017

Las banderas de mi casa son la ropa tendía

en mi casa las banderas son los pájaros sin amo

Robe Iniesta

 

Andamos, a la espera del otoño oficial, distraídos discriminando banderas cuya diferencia estriba en el número de franjas rojas y gualdas que ondean por los aires. Mientras tanto, a ras de suelo, las ciudadanas y ciudadanos, rumiamos malestar acumulado, indignación, ira y hasta odio. Se respira aire enrarecido por aquí abajo.

No había, al principio de esta crisis (económica, de empleo, social, política, cultural), tanta necesidad de exhibir banderas para distracción del personal. Se ve que hay tanta corrupción bajo las alfombras, tanta ineptitud en la gestión de los asuntos públicos, tanta demolición descontrolada de lo construido a lo largo de años de democracia, tanta mala política aplicada para combatir la crisis, que bien pareciera que Mariano y Carles hubieran decidido echarse mutuamente una mano. Nada mejor que una batalla de banderas para hacer patria, diluir los matices, desacreditar  cualquier voz de disidencia.

Carles y Mariano, saben que son meras marionetas en manos de unos poderes económicos globalizados y descontrolados, que toman decisiones a muchos kilómetros de Madrid, o de Barcelona. Saben, ellos dos, que no han hecho otra cosa que rendir pleitesía a quienes decidieron que el cambio del mundo pasaba por menos empleo, más precario, peor pagado. Por el debilitamiento de los sistemas de protección social. Haciendo que los que más tienen paguen menos, mientras los de abajo pagamos más.

Fortalecer la democracia, renovarla, limpiarla de abusos, hubiera sido la única llave que nos hubiera permitido abrir la puerta del futuro, aplicando otras políticas. Pero la democracia, no sólo en España, muestra los peores signos de fragilidad, vulnerabilidad, inoperancia, corrupción, que parecen demostrar la fatiga de los materiales que la componen. Esa fatiga democrática da lugar al encumbramiento, por la vía de las elecciones, de personajes que evocan a Nerón, o a Calígula, cuando no a su caballo.

La desigualdad generada por la crisis conduce al miedo, la desilusión, la impotencia y éstas provocan la indignación, primero, el odio y la ira después. La gente salió a las calles. Ocurrió en las primaveras árabes, en Occupy Wall Street, en Grecia contra los recortes impuestos, en España el 15-M. Un rechazo justo, justificado, necesario, ante la imposición de las políticas y la falta de horizontes, la negación del futuro.

Aquellas revoluciones populares fueron sucedidas por las revoluciones populistas de quienes supieron aprovechar las circunstancias históricas para convertir el odio en populismo autoritario. Incapaces de gobernar la globalización y las decisiones arbitrarias de las grandes multinacionales, los nuevos líderes populistas asientan su fortaleza en el llamamiento a la soberanía cultural, mientras mantienen excelentes relaciones con los dueños de la riqueza.

No hay mucha diferencia entre Putin, Trump, Erdogan, Theresa May, Viktor Orban. El leitmotiv, en todos ellos, pasa por la soberanía cultural, como condición para conseguir la seguridad necesaria para afrontar el terrorismo y la amenaza de los inmigrantes. Aunque de un simplismo aplastante, estos argumentos resultan exitosos.

Recuerdo el poderoso y solidario Yes We Can de Obama (Nosotros podemos), que ilusionó a cuantos creían que el futuro era aún posible, con un esfuerzo colectivo y compartido. Futuro en empleo, en sanidad, en educación, en protección social, en la inversión pública.

Frente a ese lema, se alza hoy el Make America Great Again (Haz grande a América otra vez), que ha llevado a Trump a la presidencia. Todo un llamamiento a un mito fundacional inexistente, a una cultura de blancos- anglosajones-protestantes (wasp) de muy difícil encaje histórico en la realidad de inmigrantes que construyeron los Estados Unidos.

Un lema cuyo efecto práctico consiste en el cierre de fronteras, la expulsión de inmigrantes sin papeles, el control policial, el aislacionismo, el supremacismo, el militarismo y paradojas así. Extrañas, pero de gran éxito, por su simplismo publicitario. No es extraño que Putin y Trump se lleven a la maravilla.

Recurrir, en cualquier rincón del planeta, al argumento de la soberanía cultural puede estar muy de moda y hasta arrancar aplausos y movilizar a sectores importantes de la población, pero son el camino más corto para que, por la vía democrática, lleguen al poder populistas autoritarios, cuya misión declarada es acabar con las únicas banderas que ya merecen la pena: la libertad y la democracia. Y esto es así en Washington, en Ankara, en Nueva Delhi, o en Budapest. También en Madrid, o en Barcelona.


La red de los agitadores

septiembre 16, 2017

Todos los que no tienen nada que decir hablan a gritos.

Enrique Jardiel Poncela

Comienzo por reconocer que soy un ser venido de otro tiempo, para que nadie sienta como insultantes mis comentarios. Es muy difícil poder entender la lógica del futuro, si vienes del pasado remoto. Sólo unos pocos privilegiados, como Aldoux Huxley, Julio Verne, o George Orwell, han sido capaces de intuir lo que se venía encima y entender su lógica, para explicárnoslo.

Lo dicho, nadie lo tomen a mal. En un mundo en el que tantos hablan, frecuentemente a gritos, mientras tan pocos escuchan, no sería lógico que fuera yo a estar acertado en mis interpretaciones. Máxime, viniendo desde tan lejos en el pasado.

Verán ustedes, mi idea de tertulia se fijó en aquella época en la que un periodista llamado José Luis Balbín creó y presentó un espacio llamado La Clave. Le concedieron este espacio en el segundo de los dos únicos canales televisivos existentes, en Enero de 1976. El formato procedía de un programa similar emitido en la segunda cadena de la televisión francesa, Les dossiers de l´écran.

El programa duraba cuatro horas. Tras la presentación de los invitados que participaban en la tertulia y del tema del día, se veía una película y, a continuación, Balbín moderaba un debate en torno al tema sugerido tomando en cuenta los diferentes puntos de vista. A lo largo de su andadura, se abordaron casi todos los temas prohibidos durante la dictadura franquista. Desde el aborto, a la crisis, el desempleo, o la legalización del Partido Comunista.

Por allí pasaron personas del periodismo, la política, el sindicalismo, la universidad, las artes, expertos de todo tipo. Lo nunca visto y los nunca vistos en el mundo conocido por la mayoría de nosotros. No es raro que aquello nos marcara de por vida.

Para los más nuevos en la fiesta patria conviene aclarar que acababa de morir Franco, España se precipitaba, entre 1975 y 1976, en una galerna de huelgas. CCOO había ganado las elecciones sindicales en julio de 1975. Ha ganao el equipo colorao, publicaba en portada la revista Doblón, aun antes de haber muerto Franco. La clase trabajadora se preparaba para actuar como punta de lanza de la democratización de España. Costaleros de la democracia, gusta decir Nicolás Sartorius.

No es extraño que, en este clima en el que el franquismo se resistía a morir y preparaba atentados como el de los Abogados de Atocha; en el que los GRAPO y ETA redoblaban sus atentados y secuestros; en el que lo nuevo, la democracia, no había nacido, ni aún se la esperaba, la Clave emitiera sus 13 primeros programas y fuera silenciada y prohibida hasta que, ya bajo el gobierno de Adolfo Suárez, comenzara a emitirse de nuevo, a finales de 1976.

Así hasta 1985, cuando el programa no fue renovado por el gobierno socialista de Felipe González. Desde TVE adujeron caídas en la audiencia, pero otros opinan que La Clave hubiera sido molesta en un año en el que iba a decidirse, en referendum, nuestra permanencia en la OTAN, tema vetado por la dirección de la cadena durante su última temporada. Ya sabemos…De entrada, No…

Han pasado los años, han cambiado los tiempos. Parece que hemos superado, o no, la prehistoria, el franquismo, la transición y hasta el régimen del 78. Ahora nadie parece necesitar las claves para formarse una opinión sobre el mundo en el que vivimos. Todos parecemos más interesados en buscar banderines de enganche que confirmen nuestros prejuicios sobre el origen de nuestros perjuicios.

Esos banderines de enganche nos los proporcionan, en dosis virales de 140 caracteres, o a base de consignas gritadas en las tertulias, unos cuantos “agitadores” (así los llaman ya en uno de esos programas de “debate” televisivo), que han alcanzado su efímera fama a base de histrionismo en las redes sociales.

Que nadie se ofenda, pero empiezo a añorar aquellos viejos dinosaurios como Balbín y sus ocasionales invitados en La Clave. Necesito con urgencia a quienes me hacían pensar, a aquellas personas que hoy me hagan pensar (como las meigas, creo que haberlas haylas). Y me sobran los que me animan y me incitan a gritar, a falta de algo que merezca la pena ser dicho.


Desigualdad, el alto coste de la crisis

septiembre 11, 2017

Uno de los efectos de la política del gobierno ante la crisis económica es que las empresas no financieras han recuperado ya el nivel de beneficios anterior a 2008. Aunque la producción siga siendo inferior, los excedentes brutos empresariales han crecido. Si no producimos más, la única explicación para este aumento de beneficios se encuentra en los recortes salariales y el abuso de fórmulas como la temporalidad, o el contrato a tiempo parcial, que permiten reducir costes salariales.

El resultado es que la devaluación salarial está produciendo mayor desigualdad social y en el propio mercado laboral. Dicho de otra manera, el crecimiento económico no llega a las personas y se queda en los bolsillos de los empresarios. No es extraño, en estas circunstancias, que la brecha española entre ricos y pobres sea la más alta de toda la Unión Europea.

La riqueza del 10 por ciento más rico es casi 14 veces mayor que la del 10 por ciento más pobre, mientras que este dato se encuentra en torno al 8´5 por ciento en la media europea. También el Coeficiente Gini, que mide las desigualdades, nos deja mal parados. Lo dicho, de nuevo a la cabeza de Europa en desigualdad.

Explica Rajoy que el crecimiento de la desigualdad en España se debe al alto nivel de paro y que todo tendrá arreglo cuando crezca el empleo, pero esa afirmación no lo explica todo. Los recortes en protección por desempleo producidos por la reforma del gobierno, también tienen que ver con esta situación. Si en 2010 uno de cada cuatro personas paradas no tenía protección por desempleo, hoy son ya dos de cada cuatro quienes carecen de protección.

Tampoco nos engaña Rajoy cuando oculta que los contratos basura; la incentivación de la contratación a tiempo parcial, de la temporalidad y del falso empleo autónomo; la propia devaluación salarial, provocados también por su reforma laboral, tienen mucho que ver con el aumento del riesgo de pobreza en España. Casi el 16 por ciento de quienes tienen un trabajo en España se encuentra en esta situación de riesgo de pobreza.

El empleo precario y la devaluación salarial tienen, además, otra consecuencia añadida: Aunque crezca el empleo, no crecen al mismo ritmo las cotizaciones a la Seguridad Social, porque las bases de cotización también se reducen. Este fenómeno da de nuevo alas, a quienes anhelan meter mano en las abultadas cuentas de las pensiones, para emprender maniobras de privatización.

La Negociación Colectiva puede contribuir a mejorar este escenario y, de hecho, gracias a la capacidad protectora del convenio colectivo, los males no han sido mayores. Pero cuando la política económica del gobierno y sus reformas laborales y de  la normativa de empleo, caminan en el sentido contrario, debilitando la propia capacidad negociadora de los sindicatos en la empresa, en los sectores y en el diálogo social, parece evidente que es imposible que los convenios puedan corregir esta tendencia al aumento de las desigualdades.

Entramos en un momento histórico, en el que tendremos que definir cómo será la España de las próximas décadas. En muy poco tiempo se va a prefigurar el escenario laboral, social, económico y político, en el que los diferentes actores vamos a tener que dirimir los conflictos inevitables que toda sociedad produce. Conflictos de intereses que se resuelven en la negociación, o que se enquistan y emponzoñan la convivencia social hasta ahogarla.

La defensa del empleo decente y de una vida digna vuelve a ser el objetivo sindical prioritario para los próximos meses. Eso significa que hay que dar marcha atrás a la reforma laboral, restituyendo derechos; fortalecer la negociación colectiva; proteger a las personas desempleadas; responder a la demanda de una renta mínima que dote de recursos a quienes carecen de todo tipo de protección. Significa reponer las inversiones y los recursos necesarios en Sanidad, Educación, Servicios Sociales, atención a la dependencia. Significa asegurar el futuro de las pensiones públicas.

Es mejor ir de cara y a las claras. Decir qué queremos y cómo lo queremos. Anunciar que estamos dispuestos a negociar hasta la saciedad, pero que la movilización no esperará si la negociación no tiene el grado de compromiso necesario para alcanzar acuerdos. Y que no renunciamos a ningún tipo de movilización democrática. Que tenemos nuestras cartas y estamos dispuestos a jugarlas hasta el final.

Cuando escribo esto se me viene a la cabeza un tema de Robe Iniesta, ya sabéis, el de Extremoduro: No queremos estar metidos en una caja/ o nos dejáis jugar, o sos rompemos la baraja/ O todos a la vez, o todos o ninguno. Aunque para deciros la verdad, siempre me ha gustado más cómo comienza esa misma canción del toro que mató a Manolete, Islero, Shirlero o Ladrón:

Para ganar cuando hay algún conflicto

hay que tenerlos bien puestos en su sitio,

para ceder si te has equivocado

hay que comerse los cojones a bocados.

Robe Iniesta, Extremoduro

Hay, por supuesto, maneras más finas de decirlo: Recuperar la iniciativa y el protagonismo de los trabajadores y trabajadoras. Restablecer el diálogo social. Reforzar el poder contractual de la clase trabajadora. Analizar, reconocer y corregir nuestros errores. Combinar adecuadamente movilización y negociación, como las dos caras de la misma moneda. Hay maneras y maneras de decirlo, pero la del extremeño tiene la ventaja de dejar las cosas meridianamente claras.

 

 


Mejorar salarios para salir de la crisis

septiembre 11, 2017

El Ministerio de Empleo va anotando en su Registro de Convenios Colectivos el incremento salarial medio pactado, pero ese dato no siempre coincide con la realidad. Existen otras fuentes, fundamentalmente publicadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), como la Encuesta Trimestral de Coste Laboral, la Encuesta Anual de Coste Laboral, o el Índice de Coste Laboral Armonizado. La Encuesta de Población Activa (EPA), indica los deciles salariales y la Contabilidad Nacional informa de la remuneración de los asalariados. El INE ha preparado un nuevo indicador, el Índice de Precio del Trabajo (IPT) para completar la información salarial que permitan conocer la variación del salario en nómina entre periodos, La Agencia Tributaria también informa sobre las retribuciones medias y vidas laborales.

Todas estas fuentes nos cuentan una misma historia reciente. La moderación y el recortes de los salarios han sido muy intensos a lo largo de toda la crisis económica que nos ha sacudido, tanto en retribuciones por cada persona que trabaja, como en cada hora trabajada.

Al principio de la crisis, en 2008 y 2009, las retribuciones aumentan porque las indemnizaciones por despido son contabilizadas en ese momento. Luego, a partir de ese momento, las pérdidas son generalizadas. Hablamos de medias, por supuesto. Porque si miramos los tramos salariales, son los salarios más bajos los que pierden en torno a un 15 por ciento entre 2007 y 2011 y, de nuevo, otro 15 por ciento entre 2011 y 2014.

Las personas trabajadoras menos cualificadas, o con empleos peor pagados, son quienes más han perdido en esta crisis. Y eso tiene que ver con dos factores. El primero, el impresionante número de personas desempleadas dispuestos a encontrar un empleo en cualquier condición y con cualquier salario y, en segundo lugar, la menor implantación sindical en estos sectores de alta rotación laboral.

El PP gobernante ha apostado desde el principio por esta devaluación de los salarios, para recomponer los beneficios empresariales. No pudiendo devaluar la moneda, o imprimir más dinero, se han ajustado milimétricamente a la parte más dura de las recetas anteriores aplicadas para salir de las crisis, cuando no había euro por medio, ni autoridad monetaria europea. El entusiasmo con las recetas de recorte impuestas por Merkel ha hecho el resto. Nuestra tasa de paro se ha disparado a los niveles más altos de Europa.

El instrumento aplicado fue una nueva reforma laboral impuesta que ha aumentado la devaluación de los salarios producida por la crisis. A partir de esa reforma del PP, casi todos los segmentos de retribuciones han perdido poder adquisitivo, a excepción de los salarios más altos que, aunque no retroceden, se congelan.

A partir de la reforma laboral de 2012, se aprueban, además, menores indemnizaciones por despido, desaparecen los salarios de tramitación, se crea un nuevo contrato para empresas de menos de 50 trabajadores con periodos de prueba de un año, se elimina la autorización previa necesaria para proceder a despidos colectivos y se amplían las causas de despido.

La reforma laboral ha tenido dos medidas negativas añadidas. La primera la que permite que los salarios puedan ser reducidos por el empresario unilateralmente. Si los salarios de los nuevos trabajadores se han reducido por efecto del abultado desempleo, a partir de ese momento también lo hacen los de los más antiguos en la empresa. El efecto salarial ha sido devastador.

La segunda medida ha supuesto una intromisión del gobierno en la negociación colectiva, a favor del empresariado. El gobierno ha rebajado la cobertura de los convenios colectivos y ha facilitado el descuelgue de los mismos por parte de los empresarios, además de imponer la prevalencia del convenio de empresa sobre el de sector.El gobierno ha apostado descaradamente por que la crisis la paguen los trabajadores y trabajadoras de este país y ha cerrado las puertas a la posibilidad de que la clase trabajadora se beneficie en modo alguno de la recuperación económica.

Es lo que ya está ocurriendo en estos momentos. Los beneficios empresariales se recuperan paulatinamente, pero el empleo que se crea es temporal, a tiempo parcial y precario. Los salarios no recuperan poder adquisitivo y las organizaciones empresariales no parecen muy dispuestas a alcanzar acuerdos salariales, que permitirían un aumento de la demanda interna.

Acabamos de conocer, por ejemplo, que el gobierno ha dejado que se agote la vigencia del programa PREPARA, sin proceder a su renovación, reforma, o al menos prórroga, abandonando a su suerte a las personas desempleadas que han agotado todas las prestaciones por desempleo, lo cual da buena cuenta del desinterés, cuando no desidia, por cubrir las necesidades mínimas de quienes más necesitan del Estado y de su protección.

El PP ha conseguido que superemos la recesión sin salir de la crisis. Un aumento de la riqueza, sin un reparto equilibrado de la misma. El abandono de aspectos esenciales de las políticas públicas. Estamos ante un error de bulto, porque mayores los beneficios de unos pocos, sin un reparto equitativo y equilibrado, sólo incrementa las desigualdades, multiplica los focos de conflicto y nos instala en una crisis social y política de carácter permanente.

Si a este panorama desolador le añadimos la corrupción estructural instalada en nuestro país, que ha deteriorado la confianza de la ciudadanía de forma irreparable en el corto plazo, podemos intuir la dimensión del trabajo que tenemos por delante. Por alguna parte hay que empezar. Los tiempos han cambiado y no admiten las viejas prácticas y las añejas recetas de la imposición.

No sería malo que una clase política interiorizada y alejada de las personas y una clase empresarial instalada en los fáciles beneficios, a costa de deteriorar los salarios y el empleo, se aviniesen a negociar el futuro de este país repartiendo las cargas y los beneficios. La calidad del empleo y los salarios.

No sería malo que dejasen de hacerse los suecos, o los sordos, o los indolentes. No sería malo que entendieran que, cuando la vía se acaba, sólo el tonto sigue adelante, sin inmutarse, como si nada.

 


Crisis, temporalidad y contrato a tiempo parcial

septiembre 5, 2017

Durante las crisis económicas se produce una caída de los salarios, es cierto. Pero en esta crisis económica, parte de esa caída de los salarios se produce porque empleos a tiempo completo están siendo sustituidos por empleo a tiempo parcial. No es necesario que el precio de la hora trabajada se reduzca, para que disminuya el salario cobrado por aquellos trabajadores que antes trabajaban a tiempo completo. Ahora sólo trabajan unas cuantas horas, porque su contrato ha sido realizado o reconvertido en tiempo parcial.

Durante la crisis han crecido el número de trabajadores y trabajadoras que se han visto obligados a firmar un contrato a tiempo parcial de carácter involuntario, porque es lo que había, aunque ellos hubieran preferido encontrar un empleo a tiempo completo. Conviene preguntarse por qué ocurre esto durante esta crisis.

Para encontrar la respuesta hay que remontarse a 2013, cuando el PP reforma el contrato a tiempo parcial, ampliando el número de horas complementarias de las que puede disponer libremente el empresario hasta un 30 por ciento. Pero es que además este número total de horas puede incrementarse un 15 por ciento voluntariamente y hasta un 30 por ciento, si se acuerda en convenio colectivo. El periodo de preaviso para utilizar estas horas complementarias pasa de 7 a 3 días.

Es muy atractivo, desde esta reforma, para el empresario, contratar a tiempo parcial, cuando tiene a sus trabajadores, o trabajadoras, permanentemente a disposición de la empresa. Eso aumenta la rentabilidad empresarial, aunque sea a costa de la compatibilidad con una vida personal y la conciliación familiar. Eso sí, cada momento de trabajo se convierte en intenso y los tiempos muertos desaparecen.

Al aumento de los contratos a tiempo parcial, se viene a sumar el carácter temporal de la inmensa mayoría de los nuevos contratos y muy especialmente en actividades económicas poco productivas. Ha sido el PP, quien con su reforma laboral y su política económica, ha incentivado un empleo precario y un crecimiento de bajo valor añadido, sin apuestas públicas por la investigación, la innovación y el desarrollo. Sienta así las bases de nuevos fenómenos especulativos y futuras crisis económicas.

A lo hecho por el gobierno, hay que añadirle unas prácticas empresariales nunca puestas en cuestión, que prefieren un modelo laboral con empleo temporal y a tiempo parcial, porque esa temporalidad y precariedad le permiten ajustar rápidamente los gastos y la caída de la demanda, reduciendo los costes laborales, utilizando el despido fácil y barato y fomentando la rotación de personas en puestos de trabajo que no requieren gran cualificación. Un modelo que pervive en una clase empresarial obsoleta.

Salir de la recesión económica impidiendo que los trabajadores y trabajadoras puedan recuperar salarios y derechos laborales y sociales, puede conducirnos a una salida injusta y desequilibrada, con aumento de las desigualdades y a instalarnos en una crisis permanente, no sólo económica, sino de modelo social, con inevitables consecuencias políticas y la aparición de conflictos con difícil solución.

Volveremos al crecimiento económico. A los beneficios empresariales. A encontrar nuevas fuentes de especulación, burbujas y pelotazos varios. Se creará empleo, malo y mal pagado, pero abundante. Volveremos al consumo y al endeudamiento de empresas y familias. Pero nadie debería hacerse ilusiones. Pan para hoy y hambre para mañana.

Mientras gobierno y empresariado condenen a buena parte de la ciudadanía a la precariedad laboral, la pérdida de derechos y los bajos salarios, no habremos asumido que el final de la recesión anuncia también el final de un modelo de país que se ha agotado. No tenemos demasiado tiempo para definir ese modelo del país que queremos, en lo político, lo económico y lo social, antes de que el arroz se pase. Podemos hacerlo en torno a una mesa, dialogando, o en el inevitable conflicto en las calles, en las empresas, en la política. De ambas cosas tenemos sobradas experiencias y quien más, quien menos, sabe que la segunda opción es siempre más incierta y menos deseable.