Libreros de leyenda

diciembre 8, 2017

He hablado en algunos artículos de los maestros. Maestros de escuela como Angel Llorca. Profesores de universidad que dedicaron sus mejores años a mejorar la enseñanza en España, como Francisco Giner de los Ríos. Educadores que lo fueron sin tener título, como Francisco Candel. La generación de los maestros que transformaros las escuelas durante ese jetztzeit que fueron los años 70, en una España que afrontaba la transición hacia la democracia.

Hoy quiero hablaros de otros maestros que abrieron puertas y nos enseñaron recónditos y olvidados caminos en aquellos tiempos aciagos: Los libreros. Podría referirme a míticas librerías madrileñas, como la Antonio Machado, o Fuentetaja, pero seguro que hay otros que las conocen mucho mejor que yo y desgranarían singulares aventuras, vividas en ellas, durante aquellos tiempos de libros prohibidos por la autoridad, recortados por los inquisitoriales censores, condenados por la iglesia, ilegales, clandestinos.

No. Yo era un chico de Villaverde. Tan sólo para acercarme a esas librerías míticas tenía que tomar una de esas viejas camionetas que conectaban las plazas de los barrios periféricos y obreros con algún extremo de la ciudad. Desde allí metros, o autobuses, para llegar al destino.

Sólo alcanzar la meta, suponía una pasta, para un chaval que tenía poco más de lo necesario para un cine, unos billares y, si me apuras, un bocadillo de calamares, en todo el fin de semana. Menos mal que un párroco caritativo nos cedía los locales parroquiales para pasar el tiempo aprendiendo a sacar canciones en la guitarra.

Recuerdo que, con no mucho más de catorce años, me apliqué a elaborar una lista, sacada de las últimas páginas de un libro de la colección Austral. Una lista que partía de Platón y Aristóteles, se deslizaba por todos los clásicos y, en una osadía tremenda, culminaba en los Machado (ambos hermanos), Dostoyevsky,  o Byron, tras haber pasado por las Rimas y Leyendas de Bécquer. Pretendía yo, imagino ahora, labrarme una sólida cultura, poco a poco, arañando ahorrillos, mes a mes, al mejor estilo autodidacta español.

Lista en mano me planté ante uno de los hermanos Portugués, que regentaban la pequeña librería Espinela, que se encontraba en la calle del mismo nombre y en cuyo escaparate, además de material escolar y de papelería, había libros. No he olvidado su cara, su porte, ni sus maneras educadas, magistrales. Pero los nombres de los dos hermanos, al cabo de los años, se han ido fusionando en el recuerdo. Pepe-Pedro, Pedro-Pepe.

El caso es que miró la lista. Comenzó a buscar algunos de los libros y se adentró en el pequeño almacén trasero, de donde volvió con un libro titulado Cien años de soledad, cuyo autor era un tal Gabriel García Márquez, editado por una desconocida, para mí, Editorial Sudamericana. Era imposible no fiarse, además de que soy confiado por naturaleza.

Aquel libro me abrió muchos caminos y su “realismo mágico” me llevó a otros realismos, a la magia de la escritura y a la droga de la lectura, que me atraparon de por vida. Nunca me ofrecieron las Obras completas de Lenin, ni tan siquiera El Manifiesto Comunista. Pero los libros que salían del pequeño almacén de la librería cumplieron con creces mis ansias autodidactas de cultura. Me fiaba de ellos, como luego he aprendido a fiarme de algunos bibliotecarios y bibliotecarias.

Fui, durante muchos años, asiduo de la librería Espinela. Adicto a sus octavillas que recomendaban novedades del mes. Seguidor de sus certámenes literarios y pictóricos, a cuyos jurados conseguían atraer a personajes como Moreno Galván. Al final, los Portugués, tuvieron que abandonar un proyecto que consumía muchas horas, añadidas a sus trabajos cotidianos. Luego nacieron en el barrio otros proyectos libreros, como la librería Pueblos y Culturas, en la que se terminaron embarcando mis amigos Merce y Manuel.

Espinela es un buen nombre para una calle. Pero, en memoria de los hermanos Portugués de aquellos años, tal vez debería pasar a llamarse calle Librería Espinela. No sé, a lo mejor, una placa que recuerde el lugar donde se encontraba. Al menos, un homenaje, un acto de reconocimiento, para Pedro y Pepe, mis libreros de leyenda y para cuantos, como ellos, barrio a bario, construyeron cultura y amor a la lectura, aunque tuvieran que  hacerlo a contracorriente de los tiempos que iban muriendo y hasta de los que comenzaban a nacer, pero aún no habían nacido.

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La energía de las viudas

diciembre 8, 2017

Tras un primer artículo sobre uno de los problemas políticos que considero más importantes en España, el de la infancia, voy a otro de los temas que me parecen más relevantes en estos momentos en este país: el de nuestros mayores. Pero prefiero ilustrarlo con un “caso práctico”, teniendo en cuenta que se ha puesto de moda aprender a base de “estudio de casos”.

Son muchas las viudas que perciben pensiones de viudedad en este país. Unos 2´3 millones de personas. Pondré el caso de una de esas viudas que percibe aproximadamente la pensión media de estas mujeres. Pongamos que esa pensión no llega a 650 euros.

La mujer ha recibido un recibo que asciende a 49´99 euros. Parece el precio de un producto en oferta, pero no lo es. Es su recibo del gas. Normalmente no es tan alto, pero este mes es el doble de lo habitual. Me lo enseña y compruebo que el coste del gas que la mujer ha consumido realmente no llega a 5´50 euros.

Todo lo demás parece mucho, pero viene muy bien explicado. Hay una cosa que llaman “término fijo”, imagino que porque fijo que te lo cobran y que se lleva más de 8´50 euros. Luego están el alquiler de contador y el impuesto especial de hidrocarburos que suman más de 5 euros más y el resto, más de 24´50 euros, responden a algo que se llama Canon de Finca, que viene marcado con un asterisco.

Abajo, el susodicho asterisco explica que se trata de la “cuota que cobra la empresa distribuidora por el uso y mantenimiento de la instalación receptora común del edificio conforme al Real decreto” tal y pascual, del año 2002 y que se cobra una vez al año. En fin, que este mes la viuda en cuestión ha gastado en gas casi un 8 por ciento de su pensión, rayana con la pobreza, cuando su consumo real de gas no llega al 1 por ciento.

Leo una noticia que dice que en lo que va de año el gas ha subido un 4 por ciento. Verás cuando la pobre mujer pague el recibo de la luz, cuya subida ha sido del 12 por ciento. A estas alturas espero haberles convencido de que el recibo de la energía de nuestras viudas es el caso práctico que ilustra un grave problema que nuestros políticos deberían resolver de forma prioritaria.


40 Años de CCOO en la Enseñanza

diciembre 8, 2017

Es bien sabido que veinte años son nada. Al principio piensas que es sólo una canción. Según cumples años y te das cuenta de que la canción no tiene desperdicio. Pero cuarenta años… Cuarenta años son toda una vida en la mayoría de los países de este planeta y la mitad de la vida tan sólo en unos pocos.

Me cuenta Isabel Galvín, la Secretaria de la Federación de Enseñanza de CCOO de Madrid, que la organización cumple 40 años y que han decidido celebrarlo en el marco del Forum de la Enseñanza, que ya va por su XVI edición y cuyo lema es este año Más Educación, Más Libertad.

Cuarenta años, de los cuales me he perdido cinco. El primero de ellos, el de 1977, en el que, recién titulado, ejercí como profesor en la enseñanza privada, en un centro religioso y, en aquellos años, el sindicalismo en general y el de clase, en particular, no estaban demasiado bien vistos en esos centros.

Los otros cuatro, ya en la enseñanza pública, me los pasé en la CNT. Es una larga historia y llevaría tiempo, contar esta peripecia. Prometo hacerlo en otro momento. Y que nadie lo entienda en dobles, o triples sentidos. Me siento orgulloso, no me arrepiento de aquellos años.

El caso es que yo trabajaba en Villaverde, mi barrio. El sindicalismo comenzaba a caminar en libertad en todo el país y también en los centros educativos, pero los sindicalistas entre el profesorado eran pocos. Hacer crecer la afiliación sindical ha sido una tarea larga y un ejercicio de constancia.

En el Villaverde de aquellos años, quienes andaban metidos en las Asociaciones de Vecinos y echaban una mano para mejorar los colegios, eran mayoritariamente de CCOO. Quienes se implicaban, desde las familias, en las Asociaciones de Padres (aún no se denominaban de Madres), eran también mayoritariamente de CCOO. De las CCOO y, muchos de ellos y ellas, del PCE.

Si había manifestación para exigir soluciones a los problemas de vivienda, o para las continuas inundaciones que las lluvias producían, allí estaban ellos. Y si había una huelga en alguna de las fábricas que circundaban Villaverde, allí, acampados en las puertas, estaban los de CCOO. Alguna noche de Navidad he pasado acampado ante esas puertas de Barreiros, junto a los bidones cargados de traviesas ardiendo, guitarra en mano.

Si había que informar al profesorado de los salarios, las pensiones que iban a cobrar, las continuar reformas retributivas y de las condiciones de trabajo que se producían, tenía que copiar las meticulosas tablas de CCOO, que, sin excel ni nada, elaboraba Cándido, director en el colegio Velázquez de Orcasitas. Y si me embarcaba en un proyecto de innovación pedagógica y “renovación educativa”, tenía que irme al colegio República de El Salvador, de la Ciudad de los Angeles, por la zona del Cruce, donde trabajaban Pepa y Pilar, de CCOO, por supuesto.

No tenía mucha escapatoria. Así que una buena tarde, calurosa y soleada de julio del 82 crucé la calle y pedí a Ramiro que me hiciera el carnet del PCE. Ese mismo verano me trasladaron como maestro a Ubrique y allí, entre petaqueros, y albañiles (también mayoritariamente de CCOO), pedí el carnet del sindicato. Y ahí sigo. En CCOO, quiero decir.

Cuando volví a Madrid (para mejor ocasión quedan las andanzas en la serranía gaditana), me destinaron a un colegio de Leganés, el Severo Ochoa de Zarzaquemada. Allí viví mi primera huelga general, la de las pensiones de 1985. Ya ves, nos parecía un retroceso tremendo aquello que hoy nos parecería un logro.

CCOO de Enseñanza estaba en la calle Salitre. Un joven Miguel Escalera era el Secretario General y otro joven, Teo, tendió los cables para que abandonase la dirección del colegio y fuera uno de los primeros 5 “liberados” que tuvimos en Madrid.

Teo moriría joven, tras una larga, honesta e intensa trayectoria sindical y Miguel, tras hacerse cargo, durante cuatro años, de la Secretaría de Formación y Cultura de la Confederación de CCOO, moriría en Córdoba con 43 años. Uno de esos jodidos cánceres que se muestran tan agresivos con los jóvenes. Quién me iba a decir que, pasados los años, tomaría el relevo de Miguel, en su misma Secretaría de Formación y que presidiría la Fundación de Formación y Empleo que lleva su nombre (FOREM Miguel Escalera).

No cabrían aquí los nombres de aquellas personas con las que he compartido debates, manifestaciones, elaboración de propuestas, negociaciones, huelgas como aquella del 88, que duró casi un mes… No habría espacio suficiente en muchos artículos para hablar de los Cecilio, Pío, Agustín, Timoteo, Pamela, Salce, Joaquín, Atauri, Concha, Rafa, Paco, Blanca, Jaime, Isabel, y otros muchos, con los que he tenido el placer de construir sindicalismo, junto a los ya reseñados anteriormente.

Junto a ellas y ellos comprendí que había una cantera de profesionales de la enseñanza capaces de tomar el relevo de la Escuela Nueva, la Escuela Racionalista, o la Institución Libre de Enseñanza. Junto a ellos y ellas he comprobado siempre que eso del “carácter” sociopolítico de CCOO nos permitía concebir un sindicalismo (que Marcelino gustaba llamar “de nuevo tipo”) cuyas reivindicaciones profesionales se entendían siempre vinculadas a la mejora de la educación y el avance democrático de nuestro país.

En el programa del Forum, que me envía Isabel, figuran temas como Nosotros y los otros: La educación, pasaporte a la ciudadanía. El neoliberalismo en educación: desigualdad, desequilibrio, fragmentación y soledad. La educación inclusiva: más educación para tod@s y de to@s. La educación que queremos: reivindicando la pedagogía. En la introducción al programa queda clara la confianza en la educación como motor del cambio, del bienestar y de la transformación social.

Cuarenta años. Se dice pronto. Toda mi vida adulta, imposible de resumir en un par de páginas. Pero que merecen ser recordados, celebrados, conmemorados, pensados, debatidos y contados. Porque mientras no olvidemos a esas personas, su trabajo, su esfuerzo, su sensibilidad y coherencia, podremos aprender de su experiencia y de su capacidad de interpretar el mundo y aplicar su magisterio para transformarlo.

Gracias por todos estos años y por los que seguiréis cumpliendo  enseñándonos a vivir con dignidad y con decencia.


Carta abierta a Manuela Carmena

noviembre 29, 2017

Manuela,

No había pensado escribir esta carta, en este momento. Claro que había pensado mandarte una carta abierta, pero más adelante, con motivo de algún acontecimiento menos desagradable que el que se ha producido en los últimos días, cuando unos cuantos policías municipales han sacado a pasear, con nocturnidad, alevosía y publicidad, a través de una red social, toda la batería de insultos racistas y xenófobos, bajas pasiones, malos deseos, maldiciones. Vaya, que han desenfundando todo el odio patrio del que han sido capaces y que llevaban dentro.

Algo falla, Manuela, en el sistema de selección para puestos de los que depende la garantía de nuestros derechos, cuando semejantes molleras, como pedruscos, han conseguido atravesar el tamiz que debería suponer la oposición y ocupar un puesto investido de autoridad y dotado con arma reglamentaria, desde el que se permiten ensalzar dictaduras y dictadores genocidas, desear la muerte de su máxima autoridad, políticos, periodistas, “moros”, extranjeros y despreciar a los muertos causados por la dictadura. Hasta alcanzar la desfachatez de afirmar que matar es nuestro lema.

Cuando me adentré en el sindicalismo de las CCOO conocía tu historia, pero ya eras jueza y no andabas tanto por el sindicato. Allá por 2004, las CCOO de Madrid decidimos crear la Fundación Abogados de Atocha, para mantener viva la memoria de los abogados laboralistas asesinados el 24 de enero de 1977, en un atentado de la ultraderecha franquista, en el despacho laboralista de Atocha, número 55.

Queríamos recordar y preservar la memoria de cuanto significaron aquellos jóvenes en un momento tan complicado como el que vivía España en 1977. Eras la directora de aquel despacho y tan sólo una casualidad hizo que te reunieras aquella tarde con tu equipo en otro lugar situado unos números más abajo, mientras que los abogados vecinales se reunían en el tuyo. Una casualidad que te salvó la vida y te marcó para siempre.

Por eso formabas parte de aquel primer patronato de la Fundación y eso me permitió conocerte un poco más de cerca. Luego he compartido contigo un pequeño puñado de momentos. En 2011 te entregamos, junto a Pilar Bardem y Begoña San José, un reconocimiento de CCOO de Madrid, en las inmediaciones del 8 de Marzo, por vuestra defensa de las mujeres. Aquel día recuerdo que agradeciste el reconocimiento diciendo que el mismo era el de todas aquellas mujeres que os habían llevado a ser como sois. Mujeres como Paquita, mujeres como Cristina, como Paca, o como Josefina.

En 2013 interviniste en un Curso de Verano de la Universidad Complutense en El Escorial, organizado por el sindicato y en que reflexionamos sobre Pasado, presente y futuro democrático en España. Un debate, en plena crisis, sobre el empleo, la pobreza, la solidaridad, el asesinato de los Abogados de Atocha por defender una justicia democrática, la lucha de sindicalistas como los condenados en el Proceso 1001 por defender la libertad. Recuerdo que por la mañana interviniste presentada por Maricruz Elvira y, de nuevo, por  la tarde, en una mesa redonda, junto al profesor de la Universidad de Barcelona, Manuel Aguilar, moderada por Ana González.

Manejaste unas cuantas ideas que siempre me han parecido tan innovadoras, atractivas y sugerentes en ti. Comenzaste afirmando que Decimos grandes palabras que no sirven para nada: las normas tienen que indicar una conducta (…) O vinculamos la justicia y las leyes a la sociedad, o no valen para nada.

Te escuché hablar sin tapujos y sin complejos de la irrupción de la corrupción en la política española. De los problemas de una justicia que, pese a su independencia, no puede, ni cuenta con todos los medios, para enfrentar esta situación. Diagnosticar la corrupción, con datos transparentes en la mano, es imprescindible para ser capaces de gobernarnos a nosotros mismos.

Planteaste con valentía la necesidad de que la sociedad civil se organice para exigir justicia y evitar que la justicia se convierta en lo que denominabas una “tecnojerarquía” que anula la justicia y la aleja del pueblo y sus necesidades. Recientemente hemos colaborado en la edición y presentación de un libro escrito por algunos buenos amigos, titulado Cristina, Manuela y Paca. Tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso. Tres abogadas laboralistas unidas por el mismo esfuerzo y trabajo y marcadas por la misma tragedia de Atocha.

Y ahora, Manuela, llegan estos personajes siniestros y armados, investidos de autoridad, a poner en solfa todo esto. A hacer risas con asesinatos. Cantos a la intolerancia, la xenofobia, el racismo. A enarbolar, al mejor estilo de Millán Astay, su particular y renovado ¡Viva la Muerte! No es justo, no es razonable, no es mentalmente saludable, pero es.

Manuela, siempre he tenido miedo al poder de las instituciones. Creo que los mismos miedos que tiene cualquier pobre en este mundo, cualquier condenado de la tierra. Cualquier ciudadano, sin mucho dinero y sin mucho poder. Miedo un poco irracional, como de una memoria ancestral de humillación. Miedo al poder y sus abusos. Creo que las instituciones deben asegurar nuestros derechos, sin entrometerse demasiado en nuestras vidas. El poder que delegamos en ellos no puede ser jamás una herramienta para aplastarnos.

Un miedo que he aprendido a no generalizar, pero que sigue presente, pese al paso de los años.  El miedo reverencial que tenía a los maestros que podían arruinarte aquella incipiente vida infantil. Miedo a los policías, tal vez porque cuando los grises circulaban en sus lecheras por las calles de Madrid, nada bueno podía avecinarse. O porque cuando los guardias civiles lo hacían con su Dyane 6 por Villaverde, algo impreciso y vago, pero tampoco bueno, estaba a punto de ocurrir.

Miedo a estar en manos de un médico, en un hospital, sin control de lo que me pasa y a merced absoluta de su buen oficio. Miedo a verme ante un juez. En un tribunal sabes cómo entras, pero nunca cómo sales. Puede que haber conocido a muchos “robagallinas” en el barrio, me haya hecho creer que la justicia no es ciega y puede castigar y condenar mucho, o muy poco, por los mismos delitos, en función de circunstancias agravantes, o atenuantes, que se encuentran en manos del juez que te toca.

Ya ves que soy maestro y conservo muchos amigos y amigas en una profesión que considero de las más dignas y respetables que alguien puede escoger. Y me he relacionado con magníficos policías nacionales del SUP, municipales de CCOO, con los guardias civiles de la AUGC y con la Asociación Unificada de Militares Españoles. Su lucha es tan sindical como la mía, pero en unas condiciones mucho más duras, marcada por sanciones, arrestos, discriminaciones, persecuciones.

Conozco médicos excelentes, los tengo en la familia, como vecinos, o como compañeras y compañeros del sindicato. Y cómo temer a los jueces, si lo eres tú y lo es Ricardo Bodas y lo era Javier Martínez Lázaro, recientemente fallecido, que comenzasteis vuestra andadura como abogados laboralistas de las CCOO. Y sin embargo, el miedo sigue ahí.

Son muchos los buenos profesionales y pocos los que ensucian la profesión, pero los hay. No podemos, sectariamente, convertirlos en la imagen de una profesión, pero tampoco el corporativismo puede conducirnos a tapar a los malos profesionales y mucho menos a los que utilizan su autoridad contra la dignidad de  las personas y los derechos de la ciudadanía. Ese delegado de CCOO que ha denunciado la situación es un modelo de ciudadanía y merece todo el reconocimiento y la protección ante las amenazas violentas.

Somos libres para discrepar, opinar, disentir y movilizarnos contra lo que no nos gusta, o creemos injusto. Yo mismo no coincido con todo lo que hace el Ayuntamiento que presides, ni comparto las maneras, formas y procedimientos de algunos concejales de tu equipo. Lo puedo decir más alto, más claro, o si lo prefiero, callarme. Puedo plantearlo educadamente, en un artículo, ante un juzgado, o puedo ser grosero, aun sabiendo que, al serlo, perderé buena parte de la razón y las razones que pudiera tener. Pero, por experiencia, he aprendido que en la violencia y en la incitación a la violencia, está el límite de mi libertad.

Creo que lo ocurrido con estos policías municipales, aparte del tratamiento administrativo y judicial, debe hacernos reflexionar sobre el modelo de profesionales que queremos que protejan nuestra seguridad y nuestras libertades. Qué formación inicial necesitan, cómo los seleccionamos, qué carrera profesional tienen por delante, qué sistemas de promoción, qué formación permanente deben realizar obligatoriamente. Cuál es su manual de procedimiento y su libro de estilo. Qué esperamos de ellos y qué no toleraremos que hagan.

Manuela, tienes mi afecto, mi respeto y mi confianza en que sabrás juzgar la situación y adoptar las medidas que permitan que salgamos a las calles convencidos de que hemos delegado autoridad, poder y hasta la posibilidad de desenfundar un arma en otras personas que se encargan de de que nuestros pasos sean libres y seguros, porque son defensores de nuestra convivencia democrática.

Un abrazo,

Javier López.


La posverdad de la conciliación

noviembre 29, 2017

Recientemente la organización empresarial CEOE presentaba un informe titulado Perspectiva empresarial sobre la conciliación de la vida laboral y familiar. Me parece un caso práctico ejemplar sobre la utilización de la posverdad que merecería estudio en las facultades de Ciencias de la Información, Psicología, Sociología, Economía y Administración de Empresas, por citar sólo algunas. Cómo informar, crear un relato, una tendencia, sin tomar en cuenta los hechos objetivos. A base de apelar a las emociones, creencias, deseos, e intereses particulares.

El Informe de CEOE parece funcionar como venda preventiva frente a las ocurrencias de Rajoy y su ministra de empleo de imponer las 6 de la tarde como referencia general de finalización de la jornada laboral, mediante una ley.

Comienzan diciendo los empresarios que una ley como la que plantea el PP no es realista y que ni tan siquiera es aplicable. Que las leyes no cambian la vida y que estas cosas hay que regularlas a través de la negociación colectiva. En principio, estoy bastante de acuerdo.

Luego afirman que las medidas más utilizadas para conciliar, en estos momentos, pueden producir más perjuicios que beneficios, puesto que interrumpen ”carreras laborales”, reducen periodos de cotización y disminuirán las pensiones futuras. Reclaman subsidios y ayudas (procedentes de los Presupuestos generales del Estado, por supuesto), que incentiven la natalidad y compensen a los empresarios (y a las familias de los trabajadores, de paso) los gastos generados por la conciliación.

La prensa destaca que la CEOE pide que se desgraven fiscalmente los costes de contratar “cuidadoras” (para atender a los mayores), “canguros” (para atender a la infancia) y servicio doméstico (para atender indistintamente), y que se amplíen (ellos llaman flexibilizar) los horarios de las guarderías (no hablan de escuelas infantiles, sino de guarderías).

Por último, no podía faltar, un llamamiento a la importancia de la incorporación de la mujer al trabajo, la corresponsabilidad en el ámbito doméstico, o la  plena implicación de los hombres en las tareas del hogar. Cosas del marketing y la posverdad.

Es cierto que el modelo social y económico que nos han creado impide en la práctica cerrar las actividades económicas a las 6 de la tarde por ley. Pensemos en los “modernos” desarrollos urbanísticos alrededor de grandes centros comerciales, en los que es obligatorio coger el coche y acercarse al centro comercial para cualquier compra. Hasta los domingos y festivos permanecen abiertos hasta las 10 de la noche y más allá en el caso de los restaurantes y bares.

Con unos empresarios que no han sido capaces de negociar (ni han querido), un Acuerdo Marco para la Negociación Colectiva, porque les viene mejor la aplicación directa de la reforma laboral del PP, veo difícil que quieran recorrer la senda de negociar acuerdos sobre igualdad y conciliación, salvo casos de fuerza mayor, en grandes empresas.

En cuanto a las desgravaciones fiscales de “canguros”, cuidadores  y servicio doméstico, o la ampliación de horarios de guardería, dejan bien a las claras que no van a hacer nada y que dejan todo en manos de que el Estado se haga cargo de subvencionar a las familias para que ellas hagan lo que puedan.

La conciliación, olvidan intencionadamente, depende de la calidad del empleo, su estabilidad y su correcta regulación. Un ejemplo, no llegan al 8 por ciento los hombres con contrato a tiempo parcial, mientras que en las mujeres el porcentaje es de más del 25 por ciento. Más del 70 por ciento de estos contratos precarios, ultraflexibles, de libre disposición de la jornada a la carta, son para mujeres. A eso no se le puede llamar “carreras laborales”.

En conclusión, mientras los empresarios prefieran la precariedad de estos contratos y otros similares, ya se pueden fijar por ley horas de finalización de jornada, o desgravar a las familias que contraten “canguros”. Ya se pueden ampliar horarios de guardería. La misión de conciliar seguirá siendo imposible.

Es sólo un ejemplo. Pero vamos, si CEOE quiere negociar la organización del trabajo, planes sectoriales o de empresa, convenios colectivos, o acuerdos nacionales que hablen de igualdad y conciliación, seguro que la clase trabajadora y sus representantes sindicales, estarán encantados. Mientras tanto, mejor callar, que decir obviedades, o posverdades.


Día del niño y trabajo infantil

noviembre 29, 2017

En las inmediaciones de la conmemoración del Día Universal del Niño, parece que la CEOE (la organización de una parte de los empresarios españoles) ha presentado un informe en el que afirman que la conciliación de la vida laboral y familiar pasa por medidas como la desgravación fiscal a las familias de los gastos ocasionados por contratar servicio doméstico, “canguros” y personas que cuiden de nuestros mayores.

También les parece oportuno ampliar los horarios de las guarderías para que puedan cubrir los horarios del padre y de la madre. Y, de paso, que les compense el Estado los gastos ocasionados por tener que facilitar la conciliación.

Hablan de “guarderías”, un concepto que parecía desterrado desde que se pasó a una visión más educativa del asunto y se prefirió hablar de “escuelas infantiles”. Sea como sea, parece que los empresarios no están dispuestos a que la famosa conciliación pase por negociar con sus trabajadores la reorganización del trabajo en la empresa, hasta poner las necesidades productivas a la altura de las necesidades personales y familiares de las personas.

Cada día tengo más la impresión de venir de un viaje interestelar y haberme quedado varado en el tiempo del maestro forjado a caballo entre una dictadura que moría y una democracia que pugnaba por nacer, pero que aún no se había decantado en Constitución.

Lo más avanzado que se estudiaba, en aquellos días, en las Escuelas de Magisterio, era a Lorenzo Luzuriaga, o a María Montessori, algo de Piaget, Decroly, Dewey, Pestalozzi. Vaya, que fue una tarea paralela, o posterior, lo de estudiar a Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza, o las Escuelas Racionalistas de Ferrer i Guardia.

La pedagogía de la liberación de Paulo Freire, o el Lenguaje Total, de Francisco Gutiérrez, muy influenciados por la Teología de la Liberación en Latinoamérica. La sociedad desescolarizada de Ivan Illich. Celestin Freinet, Gianni Rodari, Francesco Tonucci.

La pedagogía libertaria que nos llegaba de Tina Tomassi, Carlos Díaz, o Félix García. Las experiencias de Orellana, Fregenal de la Sierra, Summerhill, Paideia, Rosa Sensat. Sin olvidar a Makarenko, Tolstoi, la educación vista con los ojos de Antonio Gramsci, o la Escuela de Barbiana de Lorenzo Milani y su hermosa Carta a una Maestra.

España se llenaba de movimientos de renovación pedagógica y sindicatos, asociaciones de padres (luego de madres y padres), que defendían la escuela pública y organizaban cursos, jornadas, encuentros, escuelas de verano. Educar para la libertad, la igualdad, la democracia que comenzaba su andadura. Fue un tiempo en el que el debate, el diálogo, la convivencia y hasta la armonía entre las corrientes más diversas, nos parecían posibles.

Han pasado cuarenta años desde entonces. Son muchos los profesores, maestros y educadores, que siguen bebiendo de estas fuentes, enriquecidas por nuevos pensadores que llegan hasta Zygmunt Bauman y su Educación Líquida, hasta J.M. Coetzee y su hermoso homenaje Las manos de los maestros, pasando por los modernos pedagogos que reflexionan sobre la utilización de las TIC en la educación.

Con todo, la gran transformación no viene del campo de la pedagogía, sino que parece venir de la incorporación de la productividad, la eficacia, la eficiencia, a la enseñanza. El miedo a un futuro que siempre iba a ser mejor, pero que por primera vez se nos aparece mucho más negro que el pasado. Y nuestros hijos, nuestras hijas, no pueden perder el tren hacia el negro horizonte, pertrechados con las mejores armas.

Los padres hemos ido asumiendo a la fuerza la precariedad de unos empleos líquidos, en una sociedad líquida, regida por una política líquida, que nos conducirá hacia unas difuminadas pensiones. La vida se nos escapa aceleradamente de las manos. A la carrera. Siempre a la carrera.

Nuestra infancia madruga tanto como sus padres. Los abuelos (o las cuidadoras, o las canguro) llevan a los nietos al colegio, les dan de comer (o comen en los colegios), los llevan a actividades extraescolares (inglés, baloncesto, tenis, robótica, música, natación, danza, futbol, atletismo…). Cada tarde se prolonga hacia el infinito. Deberes, cena, a dormir. Hasta el día siguiente. Los sábados competición, partido. No se puede decir que nuestra infancia no sea productiva desde el principio en ese trabajo de prepararse  para ser competitivos mañana.

Cuando hablamos de explotación y trabajo infantil pensamos en los niños que fabrican productos de marca en una maquila mexicana, o en una fábrica textil de la India. Tal vez deberíamos pensar si nuestros hijos no son casos prácticos de trabajo infantil. De hecho realizan largas jornadas de trabajo en simuladores de vida precaria.

No hay más remedio si queremos prepararlos para el futuro, decimos los padres. A nuestros hijos les gusta, socializan, se relacionan, aprenden cosas útiles, argumentamos para justificar el exceso. En fin, no quisiera verme en la piel de esos pequeños que ya ni protestan, porque han aprendido que las cosas son así y no merece la pena protestar. Son así y hasta hemos aprendido a que nos guste que así sean. El día que no podamos más explotaremos en una de esas revoluciones (a veces contrarrevoluciones) primaverales, naranjas, verdes, quincemayeras, nacionalistas, o nacionales. Así de pirandelliano todo, Así es (si así os parece).

Y ahora llegan los empresarios y nos dicen que papá Estado nos pague algo de lo que gastamos en cuidadoras, canguros y servicio doméstico. Y que las guarderías alarguen sus horarios al servicio de las jornadas de trabajo. Pronto pedirán colegios 24 horas. Internados para hijos de familias pobres con trabajo precario.

Se acerca el 20-N y no lo digo por recordar a muertos, ni por activa, ni por pasiva (no hay mayor desprecio que no hacer aprecio), sino para extender la preocupación por los vivos.  El 20-N fue declarado, por las Naciones Unidas, desde 1954, Día Universal del Niño. En la misma fecha de 1959 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos del Niño y en 1989 la Convención de los Derechos del Niño. Imagino que también de la niña.

Este año cae en lunes, día de vuelta al trabajo y al cole, o al instituto. La preocupación por la vida de nuestros niños y niñas, su educación, su libertad, sus derechos, sus necesidades de afecto, sus horarios, sus jornadas, su ocio, su “trabajo”, debería de merecer una reflexión, siquiera breve. Se lo merecen porque parafraseando a mi querida Paquita, son pequeños, pero no son gilipollas.


La patria de la infancia

noviembre 29, 2017

Me pide el director de Madrid es Noticia que escriba periódicamente un artículo breve, de actualidad política nacional o madrileña, en una tribuna de opinión. Le he dado vueltas y creo que no hay nada más importante en la actualidad que la conmemoración del Día Universal del Niño y de la Niña, el próximo 20 de noviembre. Una decisión adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, allá por 1954.

Ya sé que hay otros asuntos virales, pero mucho menos trascendentes, porque el futuro de nuestro país y de nuestro planeta tendrá mucho más que ver con esos 300.000 niños soldados que hoy combaten involuntariamente en decenas de conflictos armados por todo el planeta. Ellos en primera línea de fuego. Ellas como esclavas sexuales, cocineras, escudos humanos, o en ataques suicidas.

El mundo del mañana tendrá que ser construido también por esos 170 millones de niñas y niños víctimas del trabajo infantil. Los 250 millones en edad escolar, pero que no van al colegio. De los 300 millones que viven en áreas degradadas y altamente contaminadas. Ese futuro que no verán muchos de esos 385 millones que viven en la pobreza más extrema. Que no verá ninguno de los 8.500 niños y niñas muertos cada día por desnutrición severa (160 millones de niños que sufren raquitismo y 42 millones padecen sobrepeso).

En fin, creo que no quedaría bien que el próximo 20 de Noviembre soltáramos un donativo y volviéramos a hablar de Cataluña. Creo que ese día sería bueno que pusiéramos las banderas entre paréntesis y pensáramos en lo más importante que nos traemos entre manos aquí, en Nueva York y en Bombay: los derechos pisoteados de centenares de millones de niños y niñas en nuestro planeta.

Si lo pensamos un poco, este planeta es la única patria que tenemos. Y dado el carácter infinito del universo, deberíamos considerarlo casi una patria chica. Aunque, tal vez, tenga razón Einstein cuando decía que hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.