Salvador Seguí en el Ateneo (Episodio 2) La Canadiense

enero 6, 2018

La I Guerra mundial había trastocado el comercio mundial y la propia producción. La crisis económica que se desencadenó en España movió el descontento social y los sindicatos terminaron convocando Huelga General de 24 horas, el 18 de diciembre de 1916. Una Huelga General, cuyas exigencias básicas eran la lucha contra el paro y la subida de los salarios, que se habían deteriorado notablemente, provocando un empobrecimiento generalizado. Nada muy distinto de lo que mueve las huelgas generales en nuestro días.

La huelga fue un éxito, pero la respuesta del gobierno tampoco fue muy distinta a la que suelen dar en nuestros días. Nada de nada. Así que, allá por finales de marzo del 17, los sindicalistas publicaron un Manifiesto convocando una nueva Huelga General, esta vez indefinida. El conde de Romanones, Presidente del Gobierno liberal del momento, suspendió las garantías constitucionales y metió en la cárcel a los sindicalistas firmantes.

Ahí comenzaron a funcionar la división interna y el trasteo externo, que abrió un debate sobre el carácter revolucionario, o pacífico, de la huelga, o sobre el papel de los partidos políticos, en la misma. En este contexto se produce la convocatoria de la Asamblea de Parlamentarios en Barcelona, para exigir la reforma de la Constitución de 1876 y asistimos a la creación, por parte de militares descontentos, de las Juntas de Defensa.

Para colmo, el desencadenamiento de la Huelga de Ferroviarios de Valencia, que se extendió como huelga ferroviaria por toda España el 10 de agosto, precipitó los acontecimientos y la UGT se lanzó a la huelga general el 13 de agosto. Son muchos los que pensaron entonces y nadie lo ha desmentido fehacientemente hasta hoy, que todo obedeció a una maniobra del entonces gobierno del conservador Eduardo Dato, que prefirió afrontar una revuelta desordenada a enfrentarse a una convocatoria unitaria y bien  organizada.

Aún así, la huelga general incendió numerosos lugares de España. La CNT, pese a todo, la secundó. Los grandes sectores de la producción y los transportes y las grandes capitales económicas se vieron paralizadas. Pero, en esas condiciones de partida, la huelga fue sofocada en pocos días, dejando su reguero de muertos, detenidos y disturbios callejeros.

Pese a ello, la Huelga General del 17 es uno de los acontecimientos relevantes en la historia del siglo XX en España. Tal vez porque marcó un punto de inflexión en el conflicto social, tras el cual la monarquía perdió la confianza de la clase trabajadora.

En esta situación, Salvador Seguí llega a Madrid para explicar en círculos obreros y en el Ateneo de Madrid, la visión, la opinión y las propuestas de la clase obrera catalana. Y lo hace precedido por la fama sobre el papel que acaba de desempeñar en la reciente Huelga de la Canadiense.

La Compañía Eléctrica De Riegos y Fuerzas del Ebro, es conocida popularmente como La Canadiense, al haber sido comprada por el Canadian Bank of Commerce of Toronto. La huelga se inició a principios de febrero de 1919 en solidaridad con 8 despedidos en oficinas. Pronto toda la plantilla se declaraba en huelga y el conflicto se extiende al sector eléctrico y al textil.

La huelga paraliza los tranvías, los diarios, la distribución de aguas… La militarización decretada por el capitán general Milans del Bosch sólo consigue encarcelar en Montjuich a 3000 trabajadores. La huelga, casi general en Cataluña, se va extendiendo hacia Aragón, Valencia, Andalucía y la UGT amenzaza con solidarizarse con el conflicto. La declaración, a mediados de marzo, del estado de guerra y el control de los medios de comunicación, sirven de poco.

El final de la huelga se produce tras un acuerdo que supone la libertad de los presos, la readmisión de los despedidos, la jornada de ocho horas, aumento de salarios y pago de la mitad de los días perdidos en la huelga. Pero, previamente, los trabajadores deben aceptar el acuerdo, lo cual no será nada fácil. Es Salvador Seguí quien tiene que explicar el acuerdo y la necesidad de finalizar la huelga en un mitin ante 20.000 trabajadores en la plaza de toros de Las Arenas. Tras la intervención del Noi del Sucre, los asistentes deciden desconvocar la huelga.

La huelga de La Canadiense será recordada como un gran triunfo fe la clase trabajadora y modelo de organización del sindicalismo. De su capacidad de autodisciplina, que permitió el control de los desmanes que momentos tan complicados pueden generar y que condujo a a alcanzar los objetivos que se planteaban. Las personas son importantes y Salvador Seguí lo fue en aquellos días, poco antes de pronunciar su discurso en el Ateneo de Madrid y pocos años antes de caer abatido por los pistoleros de la patronal catalanista.

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Decidnos cómo es Atocha

enero 19, 2017

abogados de atocha

He cerrado los ojos para no ver nada.
He cerrado los ojos para llorar por no verte.

Paul Éluard 

El dictador había muerto, pero la dictadura no había sido derrotada. Lo viejo no había muerto. Y lo nuevo no había aún nacido. Un momento histórico apasionante se abría paso entre grandes ilusiones y no pocas penalidades. La clase obrera empujaba para conseguir libertad, derechos laborales y sociales equiparables a los que tenían los trabajadores y trabajadoras europeos. Los despachos laboralistas eran una cuña en el sistema judicial español para conseguir que el ejercicio de esos derechos fuera erosionando los estrechos márgenes de las leyes franquistas.

Había dos despachos de abogados laboralistas en la calle de Atocha. Uno de ellos, en las inmediaciones de la Plaza de Antón Martín, el de Atocha 55, lo dirigía Manuela Carmena. Ese fue el despacho elegido por las huestes del franquismo sin Franco para dar una lección que nunca olvidara una clase obrera que protagonizaba, en esos momentos, una huelga del transporte que se antojaba intolerable para el sindicalismo vertical de la dictadura. El 24 de enero de 1977, hace ya 40 años, se produjo la tragedia, el cruel atentado contra el despacho laboralista de Atocha 55.

No eligieron su suerte. Fueron ellos como podrían haber sido los abogados, abogadas o sindicalistas de cualquier otro despacho laboralista. O como lo fueron los estudiantes que participaban en manifestaciones pacíficas reclamando democracia y libertad. Esa misma semana, el 23 de enero, caía abatido por un disparo de un ultraderechista, el estudiante Arturo Ruiz y, al día siguiente, la joven universitaria María Luz Nájera, al ser golpeada por un bote de humo de la policía. Todo ello en un contexto de secuestro de los GRAPO, de Antonio María de Oriol, presidente del Consejo de Estado y del general Emilio Villaescusa.

No estaban solos. El despacho de Atocha 55 era uno de los que se habían ido abriendo, por parte de jóvenes abogados y abogadas recién salidos de la universidad, siguiendo la estela y multiplicando la experiencia de aquel primer despacho laboralista fundado por María Luisa Suárez, Antonio Montesinos, Pepe Jiménez de Parga, o José Esteban, en la calle de la Cruz. Despachos en los que se defendía a los trabajadores y trabajadoras, jurados de empresa, enlaces sindicales de las CCOO, que eran procesados por defender derechos, participar en huelgas y manifestaciones, tener en su poder octavillas, o publicaciones en las que se animaba a la movilización, o en las que se exigían derechos fundamentales como la huelga, la manifestación, la libertad, la democracia, la amnistía.

Despachos en los que se abordaban también procesos penales ante el Tribunal de Orden Público, creado por la dictadura franquista para perseguir a la oposición, especialmente del PCE y a los integrantes de las ilegalizadas Comisiones Obreras. Despachos donde se defendían problemas de barrio, como los desahucios, problemas de infravivienda y equipamientos para la ciudadanía.

Fue mucha la tarea desde que en los años 60 se constituyeron las CCOO y se extendieron, gracias al apoyo del PCE y otras organizaciones de la oposición a la Dictadura, por todos los sectores y por toda España. Y tuvieron que hacer frente a la brutal represión que sufrió el movimiento obrero con su “galena de huelgas” en los años 1975 y 1976 que hizo posible que aunque el dictador muriera en la cama, el régimen fuera derrotado en la calle.

Un antes y un después de Atocha

Tras el asesinato de los Abogados de Atocha y el velatorio organizado por el Colegio de Abogados en su sede, su despedida se convirtió en una inmensa manifestación organizada por el PCE y las CCOO, silenciosa y pacífica, que terminó con los nuevos intentos de imponer una democracia mutilada. Un interminable despliegue de coronas de duelo, claveles rojos y puños en alto, que firmó en las calles la muerte definitiva del franquismo. Tras la masacre de Atocha nadie pudo negarse a la evidencia. En la Semana Santa de aquel mismo año, el Gobierno emanado de la legalidad franquista, presidido por Adolfo Suárez, legalizó el Partido Comunista y a finales de abril fueron legalizados los sindicatos. España emprendía el camino hacia una nueva legalidad democrática.

Se preguntaba el Jefe del Estado, en el reciente encuentro mantenido con el Patronato de la Fundación Abogados de Atocha, promovida por CCOO de Madrid, cómo era posible que hasta el año 2005 no se hubiera creado una institución para preservar la memoria y defender los valores de los Abogados de Atocha. Unos jóvenes que con  las únicas armas del derecho pusieron en juego su vida para defender la dignidad y la decencia de todas nuestras vidas y pagaron con su sangre nuestra libertad.

Durante décadas, cada 24 de enero, hemos acompañado la soledad de los cementerios y junto a los cuatro sobrevivientes, Luis Ramos, Lola González Ruiz, Alejandro Ruíz- Huerta, hemos escuchado a Miguel Sarabia recitar lentamente los nombres de los jóvenes asesinados, ante la placa conmemorativa instalada junto al portal de Atocha 55: Luis Javier Benavides Orgaz, Serafín Holgado, Ángel Rodríguez Leal, Francisco Javier Sauquillo, Enrique Valdelvira. Así pronunciados, despaciosamente, decía Sarabia, siembran armonía en el  mundo.

Le gusta a Alejandro recordar a Paul Éluard, quien haciendo memoria de los campos de concentración nazis, nos recuerda que “si el eco de su voz se debilita, pereceremos”. Por eso, tal vez, las CCOO de Madrid, en nuestro Congreso de 2004, conmocionados aún por la inmensidad del golpe de los Atentados del 11 de Marzo de ese mismo año, decidimos crear la Fundación Abogados de Atocha, para preservar la memoria y el espíritu de los de Atocha. Para impulsar los valores y los anhelos de libertad, igualdad, justicia, solidaridad, diálogo y paz que alentaba la lucha de aquellos jóvenes y que sigue anidando en los corazones de la ciudadanía. Para premiar y reconocer a cuantas personas siguen luchando aquí y más allá de nuestras fronteras por la libertad y los derechos laborales y sociales.

Volviendo a Éluard, el poeta, el militante de la resistencia francesa, el comunista ortodoxo y heterodoxo, nos parece necesario recordar, en este 40 aniversario del atentado contra los Abogados de Atocha, que “hay otros mundos, pero están en éste”. Un mundo, un espacio de convivencia, en el que saquemos de nosotras y nosotros lo mejor de aquella juventud de Atocha. Pero para ello tendremos que seguir defendiendo su memoria y, parafraseando a Marcos Ana, uno de los merecedores de los premios anuales de la Fundación, formular y contestar (y contestarnos) cada día la pregunta: “Decidnos como es Atocha.”

Jaime Cedrún López
Secretario General de CCOO de Madrid

Francisco Javier López Martín
Secretario de Formación de CCOO

 


Es el momento de pasar a la ofensiva

enero 12, 2017

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El titular no es mío. Es una frase sacada de una intervención de Nicolás Sartorius, durante la reciente presentación del libro Toda España era una cárcel, escrito por Rodolfo Serrano. Reflexionaba Nicolás sobre la situación actual del país cuando afirmaba que “es el momento de pasar a la ofensiva”, aclarando que es tiempo de “apretar las clavijas a patronal y Gobierno”. Y explicaba que “si CCOO no impulsa los cambios no lo van a hacer otros”.

Me parece una reflexión muy apropiada para los momentos que corren. De forma generalizada, del Rey abajo casi todo el mundo, anuncia que la crisis ha terminado. Es cierto que esta visión, interesadamente optimista, del futuro que se avecina topa con planteamientos como el de Varufakis, el ex ministro de Finanzas griego, para el cual “la crisis no ha terminado, sólo ha cambiado sus síntomas”.

Una idea en la que abunda Owen Jones, que opina que los causantes de los desastres  actuales cuentan ya con una ultraderecha pertrechada para acometer y gobernar un escenario en el que “la última crisis económica no ha terminado del todo mientras que una nueva podría estar a punto de surgir”.

Acaba de comenzar el año y nos alcanza la noticia de la muerte de Zygmunt Bauman. Un hombre que nos ayudó a entender una parte de las características del nuevo mundo que se avecinaba. Un mundo instalado en la “modernidad líquida”, que exige la aceptación de la incapacidad de la política para gobernar la economía, los mercados, los poderes económicos.

Según Bauman, este divorcio entre el poder y la política genera un nuevo tipo de parálisis, socava la capacidad de acción política que se necesita para abordar la crisis y mina la confianza de la ciudadanía en el cumplimiento de las promesas de los gobiernos. De ahí que la crisis actual sea, al mismo tiempo, una crisis de la capacidad de acción, una crisis de la democracia representativa y una crisis de la soberanía del Estado.

Cuando asistimos asombrados a fenómenos como el ascenso del populismo en Europa, en Estados Unidos, en otros lugares del planeta. Cuando comprobamos cómo la corrupción institucional e institucionalizada termina por no tener grandes costes electorales, deberíamos tomar en cuenta este divorcio entre poder real y política y el desapego, la desconfianza de las personas en la posibilidad de que alguien tenga la capacidad de solucionar sus problemas, por mucho que ese alguien haya sido elegido democráticamente.

En un mundo líquido, el Estado Social, reconocido por Constituciones como la Alemana o la Española; el Estado del Bienestar, construido tras la II Guerra Mundial y el surgimiento de los bloques del Este y de Occidente, parece que ya no tienen sentido. Son sustituidos por el Estado de Crisis. Porque la crisis, con sus inseguridades, sus incertidumbres y sus miedos, se convierte en la forma de vida.

Es John Berger, otro de nuestros imprescindibles, fallecido poco antes que Bauman, estas mismas Navidades, quien refleja esta sensación generalizada de inseguridad, hartazgo, desapego, no exentos de cierta solidaridad mutua, de la siguiente manera: “En un día  cualquiera, cuando nada sucede, cuando la crisis que se anuncia hora tras hora ya es una vieja conocida, cuando los políticos se presentan a sí mismos como la única alternativa a la catástrofe, las personas intercambian miradas al cruzarse unas con otras para cotejar si los demás entienden lo mismo cuando murmuran: así es la vida”.

La crisis no ha terminado. La crisis se ha instalado entre nosotras y nosotros. Pero, lejos del fatalismo al que quieren conducirnos, a la aceptación sin resistencia del Estado de Crisis, seremos nosotras y nosotros quienes decidamos rendirnos ante sus evidencias, o imponer nuestras propias realidades en el centro de la política, la economía, la cultura y la convivencia social. Es nuestra decisión. Y me parece que está tomada, porque nadie se resigna, para sí y para los suyos, a vivir en el miedo, en la incertidumbre constante, en un mundo entendido como cárcel, en un empleo concebido como esclavitud.

Es cierto que los datos económicos ponen de relieve que la recesión, las pérdidas económicas, han pasado. Seguimos en crisis, continúa la amenaza, pero el movimiento de la economía, por insano que sea, produce una cierta sensación de recuperación económica, al menos. Cuando el dinero se mueve, los de bajo respiramos y los de arriba estudian los nuevos pelotazos que pueden acometer.

Han sido muchos años de crisis, desde 2008 y estamos en 2017. Años de cierres empresariales, de ajustes de plantillas, de pérdidas salariales, de recortes de derechos laborales y de deterioro de los derechos sociales. De pérdidas de recursos en educación, sanidad, o servicios sociales, de retrocesos en pensiones y atención a la dependencia, de aumento de la pobreza y abandono de quienes han perdido todas las fuentes de ingresos.

Parece evidente que frente a la inactividad privada, debiera haber sido la inversión pública la que moviera la economía, aunque fuera transitoriamente. Y sin embargo, la Unión Europea, al dictado de Merkel, hizo todo lo contrario. Los ajustes, los rescates, los recortes han endurecido la crisis y la han prolongado.

Admitamos, no obstante, que existe un respiro, cuando menos transitorio, en la economía. Eso debe traducirse y tener efectos sobre las personas. Especialmente sobre quienes han padecido de forma brutal los efectos de la crisis en forma de paro y pérdidas de protección social. Por eso el 15 de diciembre, el sindicalismo de clase, nos movilizamos en toda España y el 18 de diciembre en una gran Manifestación en Madrid bajo un lema: Por las personas y sus derechos. Por las personas reales, por los derechos garantizados.

Avisamos que era sólo el principio. El primer paso. Vamos a la ofensiva por el empleo estable, por el salario digno, por la salud y seguridad en el trabajo, por la formación de los trabajadores y trabajadoras en las empresas, por la igualdad sin discriminaciones inaceptables. Vamos a la derogación de las reformas laborales impuestas y del artículo 315.3 del Código Penal, que castiga a un huelguista con más años de cárcel que a un violador, o a un ladrón de los dineros públicos.

Vamos a las batallas por la sanidad pública, gratuita, universal. A la defensa de la enseñanza pública de calidad. A asegurar las pensiones y la atención a la dependencia de nuestros mayores. La protección a las personas desempleadas. Una Renta Mínima Garantizada para cuantos carecen de rentas.

Vamos a disputar el reparto de las rentas, también en la fiscalidad. Porque no puede seguir ocurriendo que la fuente fundamental de los ingresos del Estado sean las rentas del trabajo, mientras que las rentas del capital cuentan con todos los mecanismos para terminar eludiendo sus responsabilidades en la aportación de los recursos necesarios para el sostenimiento de la actuación protectora del Estado. Vamos a defender la decencia del empleo, la libertad, la dignidad de nuestras vidas.

Y, para no ocultar nada, conviene dejar claro que vamos a esta ofensiva, desde la unidad sindical y desde la alianza con las fuerzas políticas y sociales dispuestas a dar el paso de la indignación a la propuesta y la movilización organizada y abierta. Su Estado de Crisis no es una patria para nosotras y nosotros. Merecemos algo más y vamos a conquistarlo. Es momento de pasar a la ofensiva.

Francisco Javier López Martín


Charlie Hebdo era yo

enero 9, 2015

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Al principio era aquel niño de vientre hinchado en brazos de su madre en Etiopía. Y, un momento después, era aquella niña que huía abrasada por napalm en un camino vietnamita. Fui también un bebé en un hospicio de la Rumanía de Ceaucescu y, otra vez, una niña secuestrada por los milicos argentinos y entregada a una familia de militares uruguayos, o paraguayos, ya no lo recuerdo bien. Pero también he sido niño palestino acribillado por la metralla de una bomba israelí. Y dos niñas más. La primera de ellas, vio como su padre acababa con la vida de su madre en un pueblo de España. La segunda, fue secuestrada en Nigeria, sometida a la ablación y casada con un viejo señor de la guerra. También era el niño que, entre miles de niños, reciclaba cientos de toneladas de basura en un vertedero brasileño.

Luego crecí y fui aquellos dos jóvenes en llamas en la Plaza Wenceslao, mientras los tanques soviéticos ocupaban Praga. Pero antes fui joven manifestante en París y en Berlín. Y, como no, en Washington, contra la guerra de Vietnam. Fui un joven poeta fusilado en un barranco de Granada, una noche de agosto, antes de ver un nuevo amanecer. Y el joven cantautor con las manos mutiladas y asesinado en el Estadio Nacional de Santiago de Chile. Y la joven aplastada por una excavadora en la franja de Gaza, al intentar impedir la demolición de una vivienda palestina. Y aquel otro joven ante los tanques del ejército popular en la Plaza Tiananmen.

Pero el tiempo no pasa en balde y con esos antecedentes, estaba cantado y hasta se podía leer en las estrellas, que si me daba por volver a nacer en España, terminaría siendo un abogado en Atocha, o un sindicalista en Carabanchel. O tal vez, una de las despedidas en un ERE de Coca-Cola. Una ahogada en el naufragio de una patera. Un padre sin trabajo. Una madre sola y con hijos, también sin trabajo y, para más INRI, desahuciada.

Pero cuando me ha dado por nacer por esos mundos de Dios, Alá, Yahvé, Jehová, o como quiera que se llame (que hasta por estas cuestiones nominalistas se puede liar parda), tampoco me ha ido mejor. Me han torturado, encarcelado y baleado en prisiones chinas, en los gulag soviéticos, en Guantánamo, en las selvas del Amazonas y en las del Congo. En Sudáfrica, en Israel y en Siria. Cuando llegan victoriosos los partidarios de cada dios, o las facciones, fracciones y fracturas de cada modalidad divina (incluidas las del dios dinero), siempre me han pillado en medio. A mí, a mis hijos e hijas, a mi mujer y a mis mayores, a mis amigos.

Si alguna vez he conseguido llegar a viejo, me hube de morir en Isla Negra, de pura tristeza, tras el golpe militar contra mi compañero Presidente. Otras veces he muerto solo, en una vieja casa, después de que los míos hubieran partido lejos, buscando una vida mejor. He cuidado a mis hijos, mis nietos y, no pocas veces, a mis bisnietos. A otros viejos, a discapacitados, a los hijos abandonados por otros, a los hijos que han perdido a sus padres. Siempre que he llagado a estas edades, he terminado comprendiendo que nací para sufrir y que el sufrimiento es la vida. Me río de cuantos presumen que no han venido a esta vida para sufrir, porque no saben lo que es la vida. O, a lo peor, es que hay dos clases de vida y yo siempre he nacido en la equivocada.

Esta última vez dibujaba en el Charlie Hebdo. Nunca pretendí dibujar grandes Dioses, así con mayúsculas. Tan sólo caricaturas de dioses menores, de diosecillos compasivos, de dioses de la verdad, capaces de reír y de reírse de sí mismos. Dioses blancos, dioses negros, dioses mestizos, dioses que hablan con los seres humanos y les incitan a reír. Nunca quise humillar a nadie. Pero alguien se lo ha tomado muy a mal y ha decidido matarme a tiros. Ya ves tú, a mí que siempre he recriminado, a las gentes del país en el que vivo, que sólo se hable de los musulmanes cuando se lían a tiros. Sin molestarse por acercarse a su cultura, sus maneras, sus formas de entender la vida. La misma vida que hoy me es arrebatada.

Y este mismo día, para una vez que se me ocurre ser policía, e intentar poner un poco de paz en mi país, desangrado por señores de la guerra, fracciones religiosas, e intereses extranjeros. Este mismo día, aquí en la capital, en Saná, una bomba acaba conmigo y con otros 36, en las puertas de la misma academia en la que nos íbamos a formar.

Muchos van a pensar que no tengo arreglo. Otros pensarán que no tengo patria. Pero, al menos unos pocos habrán entendido que, a estas alturas de la vida, en este renacer continuo, aquí y allá, mi única patria son los que sufren y mis extranjeros los que nos hacen sufrir. Algunos habrán entendido que, después de tanto nacer, crecer y morir y aunque ya no me queden ni fuerzas para reír, la risa no me la van a quitar. Porque esta risa mía es compasión en estado puro. Me lo enseñó Cortázar, allá en París… Y así uno puede reírse, y creer que no esta hablando en serio, pero sí se está hablando en serio, la risa ella sola ha cavado mas túneles útiles que todas las lágrimas de la tierra, aunque mal les sepa a los cogotudos empecinados…

Francisco Javier López Martín