A este sindicalista le vale este acuerdo

diciembre 2, 2019

Andan los amigos, afiliados, inscritos, o como quiera que les llamen en cada caso, de Podemos, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Izquierda Unida y el PSOE, dando su opinión, al parecer no vinculante, sobre si es posible, aconsejable, necesario, un gobierno de izquierdas, o no.

Perdió la izquierda una oportunidad de oro antes del verano. Todos debieron intuir que más adelante sería aún más difícil, pero todos prefirieron dar su oportunidad a la derecha ultraliberal, a la otra conservadora y sobre todo a la ultraderecha, para que ahora respiremos un aire más cargado, viciado y agobiante. En un sinvivir, vaya.

He dedicado muchos años de mi vida al sindicalismo. He visto gobernar a la izquierda en diversas versiones monocolores, colaboradoras y hasta coaligadas. También he visto a la derecha, casi siempre monocolor y pepera, pero no con menos versiones, porque esos colores azules monocromáticos,  escondían en su seno sensibilidades muy distintas.

Desde el conservadurismo, al ultraliberalismo, que luego quiso ser ciudadano y terminó siendo comparsa, charanga, murga carnavalera. O desde el centrismo a la ultraderecha, esa que ahora ha decidido dar la cara y desgajarse de la casa madre, donde Aguirre, o Aznar, les alimentaban con sopa boba y empleos inventados.

Por eso, como a los sindicatos del país, me parece suficiente, necesario y ajustado a necesidad, el acuerdo suscrito entre Sánchez e Iglesias. Ya sé que es un decálogo de buenas intenciones, sin demasiadas concreciones. No son cien, doscientos, ni trescientos puntos concretos de desarrollo de una acción política, pero mucha letra no hace más entendible ni seguro un acuerdo político. Si hay voluntad ya llegarán esas concreciones. Ya he visto muchos grandes, largos y sesudos programas electorales nunca cumplidos, después de no ser nunca leídos.

Es más, con la mitad de lo escrito y hasta la mitad de su cumplimiento también me parecería bien.  La vida se está poniendo muy complicada y me parece que debo saludar toda mejora, sin grandes efusiones, pero con voluntad de avanzar. Decir que este gobierno va a combatir la precariedad laboral, intentar crear empleo y garantizar trabajo digno, estable y de calidad, me parece bien y no poco.

Luchar contra la corrupción, regenerar la política y defender los servicios públicos (educación, sanidad, servicios sociales y dependencia), blindar las pensiones, la vivienda como derecho, apostar por la ciencia, la innovación y hacer posible que nuestros científicos emigrados puedan volver a casa, mejorando la calidad del empleo en el sector, qué queréis que os diga, sólo merece mis aplausos.

Controlar el insufrible crecimiento de las casas de apuestas que degradan la vida de los barrios, significa dar respuesta a los vecinos y vecinas que ven cómo aumenta la dependencia de la nueva droga de la apuesta, condenada a arruinar familias, infancias y vidas.

Luchar contra el cambio climático, proteger el medio ambiente, la biodiversidad, parecía para muchos una ñoñería hace poco tiempo, pero con la que está cayendo, o hacemos algo y rápido, o nos inmolamos como planeta y como especie suicida.

Defender derechos como el de tener una muerte digna supone una de las mayores muestras de respeto a los vivos. Recordar a nuestros muertos, a los desaparecidos a la fuerza, son cosas que parecen banales, pero sin las cuales no tendremos una convivencia de los vivos, que necesita de la memoria de nuestros muertos. También el aprendizaje de sus dramas humanos, que nadie debe repetir, ni alentar.

Defender a los pequeños, a quienes viven la precariedad, ya sean jóvenes, mayores, autónomos, cualquier tipo de trabajador o trabajadora, apostando por un crecimiento sano que asegure el bienestar de las personas. Apoyar la cultura, o el deporte y la estabilidad de quienes viven ahora malamente de estas actividades.

Prevenir y combatir las desigualdades. La de la mujer, la de los desfavorecidos, la de quienes viven en la España vaciada, o quienes sufren la explotación y la trata y esclavitud, por ser mujer, inmigrante, menor de edad. Esas desigualdades que desembocan en pobreza, marginación, exclusión, degradación de las condiciones de vida, salud, vivienda. El futuro sin igualdad real, será un futuro de discriminaciones sin libertad efectiva.

Comenzar a hablar (sólo hablar ya es mucho) sobre España. Lo que nos une y lo que nos separa. Nuestra necesidad de políticas universales, pero adaptadas a nuestras realidades locales, regionales, nacionales. Resolver el problema de las reformas necesarias para que cada cual se sienta bien en España, en Europa y en el Cantón de Cartagena. No es fácil, pero hablando se entiende la gente y qué mejor que empezar en torno a una mesa. Sin redes sociales de por medio, a ser posible.

Hacer política exige dinero, recursos, presupuesto. Decidir quién pone la pasta y cómo se gasta, qué prioridades se aplican, pensando en el sostenimiento de la cohesión social y el estado del bienestar sólido y duradero. La fiscalidad justa y el presupuesto son elementos esenciales y muy poco valorados en política.

Hasta aquí el acuerdo. Ya lo he dicho. A mí me basta. Me parece lo suficientemente bueno para quienes viven de su trabajo. No temo a las bases. Temo a la irresponsabilidad ya demostrada por los dirigentes. La de quienes dejaron caer al gobierno. Quienes no asumieron los resultados electorales y dejaron pasar el tiempo hasta forzar unas nuevas elecciones. Quienes olvidan el hoy, pensando en un mañana que nunca será, o que, cuando llegue, ya no será.

Un poquito de responsabilidad en la izquierda. Por favor, o sin favor.


Es la hora de la política

diciembre 2, 2019

Ya sé que los políticos no gozan de buena fama en nuestros días. No es casual, ni tampoco repentino, o infundado. Han hecho méritos más que suficientes para que casi la mitad de los españoles considere que los políticos son uno de los principales problemas del país, o para que ninguno de nuestros políticos merezca, no digo ya una nota alta, sino al menos un aprobado de la ciudadanía.

Leo muchas opiniones que hablan de la grandeza de los políticos de antaño, capaces de abrir las puertas a los acuerdos que hicieron posible una Transición, una Constitución y cuarenta años de convivencia sin sufrir esa violencia a la que tan habituados estamos los españoles.

Y es que la Transición fue nuestra manera, nuestro camino, para superar la dictadura y comenzar a andar los caminos de la democracia. Hay quien dice que fue modélica en el planeta. No diría tanto, pero fue la nuestra. Ellos hicieron lo que supieron, pudieron, o quisieron y lo que hagamos ahora ya no es cosa suya, es cosa nuestra.

Algunos pelos nos dejamos en la gatera. Por ejemplo, el poder económico que sustentó al franquismo, quedó intacto y, como mucho, dio cabida en sus Consejos de Administración a unos cuantos rojillos que traspasaron las puertas giratorias hacia las moquetas y los nuevos despachos. Las corrupciones, corruptelas y podredumbres, los sobres, maletines, bolsas de basura repletas de billetes sobrevivieron al dictador, pervivieron y hoy un buen director como Berlanga podría dirigir una Escopeta Nacional de los tiempos modernos.

La democracia y la libertad, son siempre subjetivas, pero quien ha vivido en el franquismo, sabe bien que la diferencia es sustancial. Aún quedando mucho por hacer, España y Europa tenemos unas cotas de libertad, democracia, o protección social, incomparables con las que rigen en la mayoría de los países del mundo.

Pero no es menos cierto que todo hay que medirlo, como dice mi amigo anarquista,

-¿Comparado con qué?

Me parece justo, por tanto, que sin dejar de vigilar a los poderosos y milmillonarios del planeta para impedir que nos precipiten definitivamente hacia el abismo de la autodestrucción, nos miremos a nosotros mismos y procuremos entender de dónde vienen la desafección, el desencanto y la indignación con la política y con los políticos.

En mis años jóvenes, cuando buscaba el camino en la vida, dictadura por medio, en sus últimos coletazos, pero dispuesta a morir matando, ejecutando, reprimiendo, fusilando, unos cuantos buenos amigos mayores, me enseñaron que hay profesiones, tareas humanas, destinadas a cuidarse a sí mismo (lo cual no implica ni mayor ni menor profesionalidad) y otras cuyo objetivo era servir a los demás.

En esta categoría última se encontraban algunas personas como los maestros, los médicos, los sindicalistas, o (fíjate cómo cambian los tiempos) los políticos. Sí, los políticos. Se entiende que sólo aquellos que dedican sus días a pensar en los problemas de las personas, hablar con la gente, buscar soluciones y  poner en marcha medidas que las hagan posibles y no de aquellos otros que hicieron de la política una oportunidad para hacer dinero y subirse a un tren de privilegios, cuando no de actos delictivos, del que no se apearán en toda la vida.

Porque la política no es cosa exclusiva de los políticos. La política es todo aquello que afecta a la polis, a la res pública, a lo que es de todas y todos, a la ciudadanía. Cada vez que votamos hacemos política, pero también pagar impuestos, la asistencia sanitaria, la educación de nuestros hijos, la atención a nuestros mayores, una casa donde vivir, las pensiones, los empleos basura, o la limpieza de nuestras calles son política, alta política, la más importante para cada uno de nosotros.

No me parece mal el acuerdo suscrito por PSOE y Unidas Podemos. Me parece que llega tarde, espero que no demasiado tarde. Es un mero enunciado de temas prioritarios que hay que afrontar sin demora. Seguro que hay quien añadiría otra docena de asuntos y a quien alguno de los planteados le parecerá menos importante. Pero, aún no estando todos los que son, sí son prioritarios todos los temas que están en el acuerdo.

No se admiten disculpas de mal pagador. La izquierda nacional, nacionalista, regionalista, o cantonalista no tiene derecho a defraudar a la gente. Los tiempos son lo suficientemente complicados como para que los políticos sepan estar a la altura y dejen de perder y de perderse en el tiempo.


El egoísmo como motor de España

noviembre 21, 2019

Se enteran de que Sánchez e Iglesias han alcanzado un acuerdo. Las bolsas bajan, sobre todo los bancos. Los empresarios de CEOE hablan ya de inseguridad jurídica, de inestabilidad. Ellos querían a un Sánchez maniatado por Rivera, o por Casado. Luego aclaran lo que entienden por estabilidad. Que les bajen los impuestos.

En asuntos importantes, los empresarios catalanes no son muy distintos a los del resto de España y los de Foment del Treball quieren un gobierno moderado que haga lo que ellos piden: Estabilidad, negocio seguro y buen trato fiscal.

Las organizaciones empresariales del transporte opinan también, entre corte y corte de carreteras de los independentistas catalanes, y ven en Podemos un enemigo de los camiones.

Las constructoras y concesionarias de todo tipo de infraestructuras del Estado, se lamentan de que el negocio puede dejar de ser lo que era. Los grandes distribuidores temen más impuestos y la patronal alimentaria sospecha la llegada de la crisis y la disminución de las ventas.Por otra banda, las eléctricas ven en peligro la gallina de los huevos de oro. Ese sistema de fijación de precios con que siempre ganan y nunca pierden, a costa de los consumidores. Las líneas aéreas se temen lo peor.

El Círculo de Empresarios, dale que te pego con los peligros de subida de impuestos y el mayor gasto público. Los expertos agoreros y a sueldo de consultoras y los Think Tank anuncian los mayores desastres si Sánchez, Casado y los restos del naufragio de Rivera, no acuerdan una fórmula de gobierno y permiten que Podemos entre en las lides de gobierno.

Dicen que la alianza de Sánchez e Iglesias es una coalición Frankenstein y cantan las bondades de una Gran Coalición PSOE-PP. Estabilidad, liderazgo, inversiones empresariales garantizadas, mayor consumo y confianza de los hogares, coalición histórica.

Con todo, son los bancos los más preocupados con el anuncio del acuerdo. Algunos titulares sitúan a Ana Patricia Botín como gran perdedora de las elecciones. Darse el abrazo Iglesias y Sánchez y comenzar a caer en bolsa los bancos del IBEX-35, todo uno.

No gustan esas propuestas podemitas de implantar impuestos a la banca, crear  con Bankia una banca pública y es que, dicen, todo camina hacia el desastre, las pensiones, la subida de impuestos, nuevas tasas como la Tobin a las transacciones financieras, o la tasa Google.

Llama la atención que estos movimientos se produzcan, aún antes de formarse el gobierno y sin que ninguno de los miedos que se propagan haya sido anunciado tan siquiera, ni mucho menos confirmado en el material escrito que compone el acuerdo del que disponemos. Pero se trata de sembrar el desasosiego, la desconfianza y el temor. El egoísmo del cómo va lo mío, que no el bien común, ni mucho menos la solidaridad, es uno de los principales motores de España.

Estos días hay titulares llamativos que deberían mover a la preocupación nacional, también de los empresarios del país. Al parecer la Supercopa de España se va a jugar durante tres años consecutivos nada menos que en Arabia Saudí. Los de la Federación Española de  Futbol quieren dinero, 40 millones por temporada. No importa nada de nada que los derechos humanos y la igualdad de la mujer sean pisoteados en Arabia, sin tomar en cuenta las masacres de Yemen. Además del problema de imagen desastrosa para nuestra soberanía nacional, esa que tanto preocupa según qué días.

Otros titulares anuncian que cientos de webs comparten datos sobre salud y medicaciones con Google, Amazon, Facebook, o con corredores de datos expertos en vender y comprar nuestra información. Datos personales, confidenciales, sobre nuestras enfermedades, pruebas clínicas, tratamientos, informaciones de todo tipo, desde diabetes a fertilidad, nombres de los medicamentos.

La clave son esos pequeños códigos a los que llaman galletitas (cookies) con los que permitimos acceder a nuestra información personal y que es comprada y vendida insaciablemente. Nos buscan, nos rastrean, nos investigan, saben todo sobre nosotros, nos van guiando hacia la compra que terminamos creyendo necesitar.

También estos días uno de los principales directivos de la banca española se enfrenta a la imputación por haber participado, como máximo responsable de la entidad, en la contratación del ahora ex-comisario Villarejo, para espiar durante años a políticos, empresarios y todo bicho viviente que pudiera entorpecer sus negocios.

No veo que las bolsas bajen por ninguna de estas noticias. Tampoco que los clubs empresariales, gabinetes y demás expertos vividores digan nada sobre estas cosas, como dando por descontado que la corrupción, la manipulación, la vulneración de derechos humanos, o la discriminación contra la mujer, no tienen efecto, ni relación alguna, con el negocio en marcha.

Los sindicatos, sin embargo, andan razonablemente esperanzados con este acuerdo de gobierno. Tardío, incipiente, con muchos problemas para llegar a obtener la mayoría necesaria y suficiente, sobre todo por los empecinamientos catalanistas y anticatalanistas, pero necesario para corregir desigualdades, repartir mejor las cargas y los beneficios, solucionar problemas que terminan por alimentar el extremismo y el fascismo renacido de las entrañas de la bestia.

Lo doy por bueno y creo que debemos poner toda nuestra atención y esfuerzo en ayudar a allanar caminos, solucionar problemas y corregir errores que puedan producirse. No será fácil, pero bienvenido sea el acuerdo. Más vale tarde que nunca.


La patria es un invento

noviembre 20, 2019

-El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país, es un tarado mental.

No soy yo, no me odien así de entrada nacionales, o nacionalistas. No lo dije yo. Es cosa de Martín, el protagonista de Martín (Hache). Tampoco es de él. Martín es una ficción. Martín es Federico Luppi. Siempre recordaremos esta frase como la declaración de principios vitales de Federico Luppi. El inmenso actor, argentino, español, apátrida, que falleció hace un par de años. Poco más de ochenta años a sus espaldas.

Falleció, murió. Pero no. Son frecuentes las vidas que contienen muchas vidas. Más aún si las muchas vidas son las del actor y sus personajes. En ese caso hay que escuchar a Oscar Wilde, El que vive más de una vida debe morir más de una muerte. Vidas que se encadenan, son interpretadas, reinterpretadas. Muertes que nunca son la definitiva porque siempre hay alguien dispuesto a decir aquello que dijiste, recordar  cada palabra, remedar tus gestos, plagiar sin falsificar tu estampa, impostar tu voz,

-Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso, es un verso. No se extraña un país, se extraña un barrio en todo caso, pero también lo extrañarás si te mudas a diez cuadras. ¡La patria es un invento! ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística, un número sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente; tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa.

Impresionante esa entrevista viral que circula de grupo en grupo, de red en red. La señora con su lacito amarillo en la solapa, mira a la cámara con gesto decidido, segura de sí misma,

-Yo soy independentista total

-¿Y de dónde eres?

-¡De Albacete!

Los seres humanos despertamos una ternura infinita. Va a tener razón la madre de Joan Manuel Serrat,

-Yo soy de donde trabajan mis hijos

También soy un Martín, literalmente los consagrados a Marte. Y un López, los hijos del lobo. El hijo del lobo consagrado a Marte, el dios de la guerra. Pero no. En la guerra sí, de la guerra no. Mis abuelos eran castellanos. Uno de ellos acabó su guerra civil defendiendo Cataluña de las tropas que más tarde tomarían Madrid. Luego pasó la frontera y se perdió en un mundo que transmutaba de guerras civiles a guerras mundiales.

Qué queréis que os diga, Nunca he tenido sentimientos nacionalistas. Por lo menos de los de banderitas, lazos, banderines de enganche, tumulto callejero, desfile patriótico, fiestas nacionales. Creen muchos que los nacionalismos desaparecen con la globalización. Y es verdad que todos los habitantes del planeta terminamos pasando por las mismas cajas del supermercado, para pagar los mismos productos. O nos los traen a casa los mismos repartidores que trabajan para Amazon en Sorry we missed you de Ken Loach.

Pero no, tampoco. Cuanto mayor es la inseguridad y mayor la percepción de amenaza real, o confusa, o difusa, más fácil es encontrar refugio  en un grupo de whas, entre los seguidores-seguidos de instagram, envuelto en una bandera, acorralando a un mena, empujando un contenedor, corriendo delante de la policía, pegándonos antes y después del partido y si es posible en mitad del partido, aún mejor en mitad del partido. Eso es banda, bandería, turba, chusma, clan, pero bien puede pasar confundida, en los tiempos que corren, por patria.

Cataluña es lo que es, como es, ahora, en este preciso momento, gracias a Pujol. Si aquel Pujol y sus Pujol Ferrusola hubieran podido continuar sus negocios, más allá de Banca Catalana, o sin que un imprudente Maragall espetase aquello del tres per cent, las ranas hubieran seguido pactando a izquierda y derecha hasta el infinito. Pero el padre de la patria tal como hoy la conocemos y sus descendientes directos, o adoptados, necesitarán ser amnistiados cuando la justicia termine su trabajo. Qué mayor triunfo y orgullo nacional que liberar de sus cadenas al padre de la patria.

No hay más. No parece mucho, pero no es poco. Lo suficiente para construir eso que ahora llaman un relato con el cual la burguesía catalana, bastante desnaturalizada y desindustrializada a estas alturas, hará lo que siempre ha hecho. Exacerbar el regionalismo, el separatismo, el nacionalismo, alzar la voz, salir a la calle, poner gestos, enseñar el oficio a sus hijos, hasta ser llamados a Madrid para ocupar ministerios, o recibir prebendas y dineros añadidos.

A veces se les iba la mano y se liaba parda por Barcelona. Los obreros ocupaban las calles, levantaban barricadas, quemaban iglesias, entonces sí quemaban iglesias y sacaban las momias de las monjas a las ramblas. Líderes bien asentados en la tierra, como Lerroux,

-Jóvenes bárbaros de hoy: entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura; destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie.

Entonces la burguesía, Cambó, unos años más tarde el propio Lerroux en plena República, terminaban reclamando la llegada de tropas desde Zaragoza, Madrid, o cualquier cuartel cercano, para aplastar las revueltas, bombardear barricadas de las de verdad, detener a miles de revoltosos y ejecutar a unos cuantos cabecillas reales o inventados. La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, lo cuenta magníficamente. Su Ciudad de los Prodigios no se queda corta.

La realidad supera con creces la ficción y La Semana Trágica de Barcelona, en 1909, las ejecuciones de líderes obreros a manos de sindicatos patronales bajo la protección, connivencia y ayuda del general Martínez Anido, no podrían nunca ser imaginadas por un escritor, un cineasta, un autor teatral.

El bueno de Luppi terminaría diciendo,

-Que la patria es un verso estoy de acuerdo,

Otro sabio como Joan Garcés remata recientemente,

-Creo que la situación es mucho más compleja que un referéndum entre independencia sí o independencia no. Creo que la solución pasa por reformas profundas dentro del Estado español, que incluyan también a Cataluña y por ofrecer esas reformas a los ciudadanos de Cataluña y del resto del Estado.

Por mi parte, nada que añadir.


Las elecciones no eran broma pesada

noviembre 20, 2019

La suerte se ha decantado, se ha desplomado sobre nosotros, como una pared fracturada en cien pedazos. El suelo sobre el que la pared se sustentaba se ha convertido en barro inestable y movedizo. Es algo que no parecen haber tomado en cuenta quienes se fiaron de los asesores que les aconsejaban acudir a nuevas elecciones, tras impedir a toda costa cualquier forma de gobernabilidad del país.

Sánchez, el menos marxista de los socialistas, ha demostrado ser capaz de realizar un tremendo esfuerzo para convertir en realidad, una vez más, el teorema de Marx, Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria. El otro Marx, se entiende, el insigne y preclaro Groucho. Tras el viaje electoral en el que nos embarcó ha perdido diputados y ha perdido la mayoría en el Senado.

El precio de la operación elecciones no es suma cero, ni mucho menos. El coste del crecimiento de la ultraderecha y de las fuerzas nacionalistas no significan lo mismo, pero dan buena cuenta del desastroso panorama político que ha producido la irresponsabilidad política de las dos fuerzas de la izquierda que tenían la obligación de entenderse a cualquier precio, antes de acudir a una nueva convocatoria electoral. Por cierto, el surgimiento de una nueva fuerza política a la izquierda del socialismo no ha sumado nada.

Como muchas otras personas que conozco, he votado izquierda, con el corazón helado y el alma en vilo. No nos hemos quedado en casa, pero intuíamos todo cuanto los asesores mercenarios de turno no quisieron ver. Vivimos en los barrios, hablamos con los vecinos, paseamos por las calles, compramos en los comercios, tomamos una cerveza en los bares, observamos el aumento de la desconfianza en la política y en los políticos, incapaces de hacer nada para asegurar la gobernabilidad y hacer frente a los problemas.

La izquierda ha perdido votos. Es una realidad. La derecha, pese al terremoto político en su seno, es la gran beneficiaria de este desparramo político y electoral al que hemos asistido. Casado puede darse con un canto en los dientes, por haber recuperado más de veinte diputados.

Eso sí, con el aliento en el cogote de una ultraderecha que le pisa los talones al grito de ¡Viva España!, con la misma fuerza y convicción con la que aquel militar golpista gritaba al Rector de la Universidad de Salamanca, ¡Abajo la inteligencia, viva la muerte! Es algo con lo que, desgraciadamente, tendremos que aprender a vivir. De nada sirve lamentarse a estas alturas.

Del Valle sólo salieron los huesos de un dictador, pero el franquismo ha seguido anidando, en estado de latencia, protegido por lideresas como Aguirre, esperando su oportunidad para renacer en la política española. Y lo ha hecho. Y contra eso de nada sirve ya la respuesta de Unamuno, Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Entre otras cosas porque ya han demostrado que, en muy poco tiempo, siempre que se den las circunstancias adecuadas y se acrecienten las torpezas de los partidos democráticos, pueden convencer a muchas personas.

Junto al avance de la ultraderecha, la otra gran consecuencia de las elecciones es el hundimiento de Albert Rivera. El centro político es el que, girando a un lado u otro, permite el gobierno de derechas o de izquierdas en muchos países. En España esta función la venían desempeñando los paridos nacionalistas, el PNV y CiU, hasta que el vendaval catalán se llevó este escenario por los aires.

Ciudadanos parecía haber llegado para ocupar ese espacio liberal y de centro que asegurara la estabilidad y gobernabilidad. En muy poco tiempo, el crecimiento electoral de Ciudadanos parecía dar alas a la confirmación de esta tesis. Pero Rivera ha sido demasiado soberbio, pagado de sí mismo, presumido y presuntuoso como para verlo. No es el único en la política española. Parece que para ser líder político en España hay que reunir esas condiciones, aunque el precio termine siendo éste.

En muy poco tiempo Rivera ha laminado y expulsado a quienes sostenían las posiciones más centristas. Se ha volcado en un antinacionalismo militante del que los catalanes y no catalanes comenzamos a estar hastiados. Ha consentido formar parte de gobiernos con el apoyo explícito de la ultraderecha.

Y mientras maniobraba para liderar la derecha, cerraba todas las puertas para buscar entendimientos con la izquierda. Cuando alguien renuncia a su alma, a su esencia, a su sentido de ser, lo termina pagando y Rivera lo ha pagado, aunque no está claro que asuma las consecuencias.

Los acuerdos no van a ser inmediatos, pero el panorama político, económico y social del país debería hacer pensar a nuestros políticos que el aguante de la ciudadanía está llegando a su límite, los tiempos de esperar soluciones a los problemas cotidianos y concretos no son infinitos, el agotamiento de la paciencia produce monstruos, muertos vivientes resurgidos de las tumbas del pasado.

Les aconsejaría que dejen de mirarse el ombligo de sus apetencias personales y comiencen a verse como servidores públicos que escuchan, atienden, entienden y buscan soluciones para los problemas reales que atenazan nuestras vidas. Porque nuestras vidas, su dignidad y su decencia, son la única patria que existe.


Economía electoral

noviembre 20, 2019

Estamos en plena y nueva campaña electoral. Más corta, eso sí. Poco más de una semana. Reconcentrada, acelerada, comprimida, amontonada. Si ya es difícil que en una campaña al uso se debata sobre algo más que los cuatro tópicos al uso, podemos intuir que ésta se nos va a ir en rebajas fiscales, alianzas poselectorales y Cataluña, mucha Cataluña. Algunos guiños a colectivos como pensionistas, o autónomos, que se supone pueden decantar al triunfo hacia uno u otro lado en el último momento.

Los trabajadores parece que han desaparecido del mapa y de la agenda de los partidos, como si se diera por supuesto que se hubieran plegado a aceptar un destino masivo de precariedad, temporalidad, incierto futuro y no necesitaran otra promesa que tener un trabajo, cualquier trabajo, con cualquier salario y en cualquier condición. Mansedumbre, sumisión, un Sorry we missed you profetizado por Ken Loach,

-El sistema ha llegado a la perfección, el obrero obligado a explotarse a sí mismo.

Si hace décadas el modelo de producción modélico era el fordismo en el que el trabajador se hacía máquina, parte de una cadena infinita de producción continuamente alimentada, en intensivos turnos laborales, en inmensas factorías, hoy, vuelvo a Loach,

-El modelo Amazon destruye al individuo y al planeta.

Acaba con las personas, las familias, el Amazonas, el planeta todo.

Antes los trabajadores se organizaban en sindicatos, paraban la cadena, obtenían mejoras laborales y mejores retribuciones, participación en las ganancias y beneficios empresariales. En la película de Loach, hay atomización, solidaridad reducida a la mínima expresión, evaporación de cualquier tipo organización de la resistencia, de sindicato.

Nadie recordará que la media de paro en la zona euro no llega al 7´4%, mientras en España seguimos siendo cola de ratón, con casi un 14% de desempleo, tan sólo superados por Grecia. Silencio. Hablemos de la trashumante tumba del tirano, o de Cataluña. Sí, mejor de Cataluña. Donde va a parar, mucho menos deprimente, mucho más entretenido, sobre todo con una caña en la mano.

Nadie introducirá en la campaña electoral que la temporalidad, compuesta muchas veces de contratos de semanas, días, horas, ronda el 28% mientras que en la media europea no llega ni de lejos al 15. Son efectos de las sucesivas reformas laborales que no se arreglarán cambiando  de nombre a los contratos, como proponen algunas fuerzas de la derecha. Llamemos fijo a lo que es temporal y todo solucionado. Una temporalidad que, en el caso de los jóvenes, alcanza al 60%, el doble también que la media europea.

Nuestro empleo es la consecuencia de un modelo de producción, servicios, negocio, que apuesta muy poco por los trabajadores, a los que algunos denominan capital humano, recursos humanos, pero al que se considera exclusivamente como un mal necesario en el que hay que invertir lo menos posible, al que hay que formar lo imprescindible. Lo justito y mínimamente necesario.

Vivimos en un país, no sé si alguien  lo dirá a lo largo de la campaña, en el que poco más del 28 por ciento de las empresas de más de 10 trabajadoras o trabajadores son innovadoras. Más del 60% de esa inversión en innovación se ejecuta en Madrid y en Cataluña. Más del 70% si incorporamos la inversión en Euskadi. El resto de España es un desierto innovador.

Una buena muestra de esta situación es que nuestras tasas de abandono educativo temprano y fracaso escolar se encuentran muy por encima también de los datos europeos. Uno de cada cuatro jóvenes de entre 18 y 24 años no estudia nada, cuando la media europea no llega al 13%. La Formación Profesional para el Empleo (FPE) sigue durmiendo el sueño de los justos, sin que nadie se atreva a garantizar ese derecho a lo largo de toda la vida.

Uno de los peores efectos de las reformas laborales es que los contratos a tiempo parcial, no deseados, ni escogidos, se han duplicado hasta superar el 60% de este tipo de contratos y afectan ya a una de cada tres mujeres trabajadoras y a uno de cada seis hombres.

Pocos insistirán en que el deterioro de las condiciones laborales hace que trabajar no sirva de salvavidas contra la pobreza, hasta el punto de que un 13% de quienes trabajan viven en la pobreza, casi cuatro puntos porcentuales más que en Europa.

Son cifras y números, datos tediosos, cansados, demoledores pero cansinos, aburridos, fastidiosos. De esos que lucen poco, porque nadie puede sacar pecho a cuenta de ellos, ni envolverse en tamaña bandera como carta de presentación. Cifras que desvelan retos, carencias, problemas de difícil solución y que los partidos saben que exigen complicarse la vida, proponer, ensayar, equivocarse, cometer errores, aprender de ellos, hasta terminar acertando.

De todas estas cosas no hablarán en campaña los partidos de la derecha y los de izquierda hablarán menos de lo que yo quisiera. Sin embargo son esos los temas y asuntos que van sembrando el malestar, el descontento, la indignación, el resentimiento callado. Esa clase de problemas que terminan estallando cuando salta cualquier chispa en el ambiente cargado de sustancias volátiles y altamente  explosivas.

Este país ha alimentado ya demasiadas tensiones artificiales, ha echado demasiada tierra sobre los problemas reales, o los ha tapado con banderas y banderías, como para que ahora la campaña electoral vaya a convertirse en un circo mediático, una nueva oportunidad perdida. Sobre todo para la izquierda, a la que seguiré votando, que se lo juega todo pegada al  terreno que la clase trabajadora pisa cada día.


Sindicalismo y elecciones

noviembre 3, 2019

Vamos hacia unas nuevas elecciones políticas que se van convirtiendo en costumbre, rutina y hasta manía. Elecciones poco ilusionantes para la izquierda que esperaba un gobierno de coalición, confluencia, cooperación, o como hubiera querido llamarse, pero con un programa de progreso que superase los recortes, o al menos repartiera los esfuerzos equitativamente.

Elecciones convertidas en segunda oportunidad para una derecha que daba por descontados unos cuantos años de gobierno de la izquierda y que se ha encontrado de bruces con la posibilidad de recomponer la figura y rehacer el mapa político nacional.

Elecciones que parece que lavarán definitivamente la cara de un bipartidismo que se apresta a beneficiarse de las contradicciones, dudas, indefiniciones, incapacidades de una autodenominada nueva política que ha envejecido a pasos agigantados. Los vaticinios no son halagüeños para riveristas, pablistas, ni tampoco para el errejonismo surgido de la dispersión y fractura de Podemos, sus confluencias y mareas.

Si otro beneficiario colateral pudiera haber en todo este inmenso disparate sería el de la ultraderecha emergente que no ha tenido tiempo de desgastarse y que representa lo más oscuro del pasado que había estado, hasta el momento, agazapada y cazando a la retranca en los apacibles cotos aznaristas y del aguirrismo.

Como siempre, los grandes perdedores serán las trabajadoras y trabajadores y sus organizaciones. No me refiero sólo a sus sindicatos, que también, sino a toda clase de organizaciones sociales, ya sean vecinales, ecologistas, culturales, deportivas, o de cualquier otro tipo.

Las luchas sindicales de los últimos años han combatido las reformas laborales, sus efectos en la negociación colectiva y la pérdida de derechos conquistados. Junto a otras organizaciones sociales, los sindicatos han construido plataformas, mareas, cumbres, para hacer frente a los recortes sanitarios, educativos, en servicios sociales, o defender el sistema público de pensiones. Lee el resto de esta entrada »