Libreros de leyenda

diciembre 8, 2017

He hablado en algunos artículos de los maestros. Maestros de escuela como Angel Llorca. Profesores de universidad que dedicaron sus mejores años a mejorar la enseñanza en España, como Francisco Giner de los Ríos. Educadores que lo fueron sin tener título, como Francisco Candel. La generación de los maestros que transformaros las escuelas durante ese jetztzeit que fueron los años 70, en una España que afrontaba la transición hacia la democracia.

Hoy quiero hablaros de otros maestros que abrieron puertas y nos enseñaron recónditos y olvidados caminos en aquellos tiempos aciagos: Los libreros. Podría referirme a míticas librerías madrileñas, como la Antonio Machado, o Fuentetaja, pero seguro que hay otros que las conocen mucho mejor que yo y desgranarían singulares aventuras, vividas en ellas, durante aquellos tiempos de libros prohibidos por la autoridad, recortados por los inquisitoriales censores, condenados por la iglesia, ilegales, clandestinos.

No. Yo era un chico de Villaverde. Tan sólo para acercarme a esas librerías míticas tenía que tomar una de esas viejas camionetas que conectaban las plazas de los barrios periféricos y obreros con algún extremo de la ciudad. Desde allí metros, o autobuses, para llegar al destino.

Sólo alcanzar la meta, suponía una pasta, para un chaval que tenía poco más de lo necesario para un cine, unos billares y, si me apuras, un bocadillo de calamares, en todo el fin de semana. Menos mal que un párroco caritativo nos cedía los locales parroquiales para pasar el tiempo aprendiendo a sacar canciones en la guitarra.

Recuerdo que, con no mucho más de catorce años, me apliqué a elaborar una lista, sacada de las últimas páginas de un libro de la colección Austral. Una lista que partía de Platón y Aristóteles, se deslizaba por todos los clásicos y, en una osadía tremenda, culminaba en los Machado (ambos hermanos), Dostoyevsky,  o Byron, tras haber pasado por las Rimas y Leyendas de Bécquer. Pretendía yo, imagino ahora, labrarme una sólida cultura, poco a poco, arañando ahorrillos, mes a mes, al mejor estilo autodidacta español.

Lista en mano me planté ante uno de los hermanos Portugués, que regentaban la pequeña librería Espinela, que se encontraba en la calle del mismo nombre y en cuyo escaparate, además de material escolar y de papelería, había libros. No he olvidado su cara, su porte, ni sus maneras educadas, magistrales. Pero los nombres de los dos hermanos, al cabo de los años, se han ido fusionando en el recuerdo. Pepe-Pedro, Pedro-Pepe.

El caso es que miró la lista. Comenzó a buscar algunos de los libros y se adentró en el pequeño almacén trasero, de donde volvió con un libro titulado Cien años de soledad, cuyo autor era un tal Gabriel García Márquez, editado por una desconocida, para mí, Editorial Sudamericana. Era imposible no fiarse, además de que soy confiado por naturaleza.

Aquel libro me abrió muchos caminos y su “realismo mágico” me llevó a otros realismos, a la magia de la escritura y a la droga de la lectura, que me atraparon de por vida. Nunca me ofrecieron las Obras completas de Lenin, ni tan siquiera El Manifiesto Comunista. Pero los libros que salían del pequeño almacén de la librería cumplieron con creces mis ansias autodidactas de cultura. Me fiaba de ellos, como luego he aprendido a fiarme de algunos bibliotecarios y bibliotecarias.

Fui, durante muchos años, asiduo de la librería Espinela. Adicto a sus octavillas que recomendaban novedades del mes. Seguidor de sus certámenes literarios y pictóricos, a cuyos jurados conseguían atraer a personajes como Moreno Galván. Al final, los Portugués, tuvieron que abandonar un proyecto que consumía muchas horas, añadidas a sus trabajos cotidianos. Luego nacieron en el barrio otros proyectos libreros, como la librería Pueblos y Culturas, en la que se terminaron embarcando mis amigos Merce y Manuel.

Espinela es un buen nombre para una calle. Pero, en memoria de los hermanos Portugués de aquellos años, tal vez debería pasar a llamarse calle Librería Espinela. No sé, a lo mejor, una placa que recuerde el lugar donde se encontraba. Al menos, un homenaje, un acto de reconocimiento, para Pedro y Pepe, mis libreros de leyenda y para cuantos, como ellos, barrio a bario, construyeron cultura y amor a la lectura, aunque tuvieran que  hacerlo a contracorriente de los tiempos que iban muriendo y hasta de los que comenzaban a nacer, pero aún no habían nacido.

Anuncios

La energía de las viudas

diciembre 8, 2017

Tras un primer artículo sobre uno de los problemas políticos que considero más importantes en España, el de la infancia, voy a otro de los temas que me parecen más relevantes en estos momentos en este país: el de nuestros mayores. Pero prefiero ilustrarlo con un “caso práctico”, teniendo en cuenta que se ha puesto de moda aprender a base de “estudio de casos”.

Son muchas las viudas que perciben pensiones de viudedad en este país. Unos 2´3 millones de personas. Pondré el caso de una de esas viudas que percibe aproximadamente la pensión media de estas mujeres. Pongamos que esa pensión no llega a 650 euros.

La mujer ha recibido un recibo que asciende a 49´99 euros. Parece el precio de un producto en oferta, pero no lo es. Es su recibo del gas. Normalmente no es tan alto, pero este mes es el doble de lo habitual. Me lo enseña y compruebo que el coste del gas que la mujer ha consumido realmente no llega a 5´50 euros.

Todo lo demás parece mucho, pero viene muy bien explicado. Hay una cosa que llaman “término fijo”, imagino que porque fijo que te lo cobran y que se lleva más de 8´50 euros. Luego están el alquiler de contador y el impuesto especial de hidrocarburos que suman más de 5 euros más y el resto, más de 24´50 euros, responden a algo que se llama Canon de Finca, que viene marcado con un asterisco.

Abajo, el susodicho asterisco explica que se trata de la “cuota que cobra la empresa distribuidora por el uso y mantenimiento de la instalación receptora común del edificio conforme al Real decreto” tal y pascual, del año 2002 y que se cobra una vez al año. En fin, que este mes la viuda en cuestión ha gastado en gas casi un 8 por ciento de su pensión, rayana con la pobreza, cuando su consumo real de gas no llega al 1 por ciento.

Leo una noticia que dice que en lo que va de año el gas ha subido un 4 por ciento. Verás cuando la pobre mujer pague el recibo de la luz, cuya subida ha sido del 12 por ciento. A estas alturas espero haberles convencido de que el recibo de la energía de nuestras viudas es el caso práctico que ilustra un grave problema que nuestros políticos deberían resolver de forma prioritaria.


40 Años de CCOO en la Enseñanza

diciembre 8, 2017

Es bien sabido que veinte años son nada. Al principio piensas que es sólo una canción. Según cumples años y te das cuenta de que la canción no tiene desperdicio. Pero cuarenta años… Cuarenta años son toda una vida en la mayoría de los países de este planeta y la mitad de la vida tan sólo en unos pocos.

Me cuenta Isabel Galvín, la Secretaria de la Federación de Enseñanza de CCOO de Madrid, que la organización cumple 40 años y que han decidido celebrarlo en el marco del Forum de la Enseñanza, que ya va por su XVI edición y cuyo lema es este año Más Educación, Más Libertad.

Cuarenta años, de los cuales me he perdido cinco. El primero de ellos, el de 1977, en el que, recién titulado, ejercí como profesor en la enseñanza privada, en un centro religioso y, en aquellos años, el sindicalismo en general y el de clase, en particular, no estaban demasiado bien vistos en esos centros.

Los otros cuatro, ya en la enseñanza pública, me los pasé en la CNT. Es una larga historia y llevaría tiempo, contar esta peripecia. Prometo hacerlo en otro momento. Y que nadie lo entienda en dobles, o triples sentidos. Me siento orgulloso, no me arrepiento de aquellos años.

El caso es que yo trabajaba en Villaverde, mi barrio. El sindicalismo comenzaba a caminar en libertad en todo el país y también en los centros educativos, pero los sindicalistas entre el profesorado eran pocos. Hacer crecer la afiliación sindical ha sido una tarea larga y un ejercicio de constancia.

En el Villaverde de aquellos años, quienes andaban metidos en las Asociaciones de Vecinos y echaban una mano para mejorar los colegios, eran mayoritariamente de CCOO. Quienes se implicaban, desde las familias, en las Asociaciones de Padres (aún no se denominaban de Madres), eran también mayoritariamente de CCOO. De las CCOO y, muchos de ellos y ellas, del PCE.

Si había manifestación para exigir soluciones a los problemas de vivienda, o para las continuas inundaciones que las lluvias producían, allí estaban ellos. Y si había una huelga en alguna de las fábricas que circundaban Villaverde, allí, acampados en las puertas, estaban los de CCOO. Alguna noche de Navidad he pasado acampado ante esas puertas de Barreiros, junto a los bidones cargados de traviesas ardiendo, guitarra en mano.

Si había que informar al profesorado de los salarios, las pensiones que iban a cobrar, las continuar reformas retributivas y de las condiciones de trabajo que se producían, tenía que copiar las meticulosas tablas de CCOO, que, sin excel ni nada, elaboraba Cándido, director en el colegio Velázquez de Orcasitas. Y si me embarcaba en un proyecto de innovación pedagógica y “renovación educativa”, tenía que irme al colegio República de El Salvador, de la Ciudad de los Angeles, por la zona del Cruce, donde trabajaban Pepa y Pilar, de CCOO, por supuesto.

No tenía mucha escapatoria. Así que una buena tarde, calurosa y soleada de julio del 82 crucé la calle y pedí a Ramiro que me hiciera el carnet del PCE. Ese mismo verano me trasladaron como maestro a Ubrique y allí, entre petaqueros, y albañiles (también mayoritariamente de CCOO), pedí el carnet del sindicato. Y ahí sigo. En CCOO, quiero decir.

Cuando volví a Madrid (para mejor ocasión quedan las andanzas en la serranía gaditana), me destinaron a un colegio de Leganés, el Severo Ochoa de Zarzaquemada. Allí viví mi primera huelga general, la de las pensiones de 1985. Ya ves, nos parecía un retroceso tremendo aquello que hoy nos parecería un logro.

CCOO de Enseñanza estaba en la calle Salitre. Un joven Miguel Escalera era el Secretario General y otro joven, Teo, tendió los cables para que abandonase la dirección del colegio y fuera uno de los primeros 5 “liberados” que tuvimos en Madrid.

Teo moriría joven, tras una larga, honesta e intensa trayectoria sindical y Miguel, tras hacerse cargo, durante cuatro años, de la Secretaría de Formación y Cultura de la Confederación de CCOO, moriría en Córdoba con 43 años. Uno de esos jodidos cánceres que se muestran tan agresivos con los jóvenes. Quién me iba a decir que, pasados los años, tomaría el relevo de Miguel, en su misma Secretaría de Formación y que presidiría la Fundación de Formación y Empleo que lleva su nombre (FOREM Miguel Escalera).

No cabrían aquí los nombres de aquellas personas con las que he compartido debates, manifestaciones, elaboración de propuestas, negociaciones, huelgas como aquella del 88, que duró casi un mes… No habría espacio suficiente en muchos artículos para hablar de los Cecilio, Pío, Agustín, Timoteo, Pamela, Salce, Joaquín, Atauri, Concha, Rafa, Paco, Blanca, Jaime, Isabel, y otros muchos, con los que he tenido el placer de construir sindicalismo, junto a los ya reseñados anteriormente.

Junto a ellas y ellos comprendí que había una cantera de profesionales de la enseñanza capaces de tomar el relevo de la Escuela Nueva, la Escuela Racionalista, o la Institución Libre de Enseñanza. Junto a ellos y ellas he comprobado siempre que eso del “carácter” sociopolítico de CCOO nos permitía concebir un sindicalismo (que Marcelino gustaba llamar “de nuevo tipo”) cuyas reivindicaciones profesionales se entendían siempre vinculadas a la mejora de la educación y el avance democrático de nuestro país.

En el programa del Forum, que me envía Isabel, figuran temas como Nosotros y los otros: La educación, pasaporte a la ciudadanía. El neoliberalismo en educación: desigualdad, desequilibrio, fragmentación y soledad. La educación inclusiva: más educación para tod@s y de to@s. La educación que queremos: reivindicando la pedagogía. En la introducción al programa queda clara la confianza en la educación como motor del cambio, del bienestar y de la transformación social.

Cuarenta años. Se dice pronto. Toda mi vida adulta, imposible de resumir en un par de páginas. Pero que merecen ser recordados, celebrados, conmemorados, pensados, debatidos y contados. Porque mientras no olvidemos a esas personas, su trabajo, su esfuerzo, su sensibilidad y coherencia, podremos aprender de su experiencia y de su capacidad de interpretar el mundo y aplicar su magisterio para transformarlo.

Gracias por todos estos años y por los que seguiréis cumpliendo  enseñándonos a vivir con dignidad y con decencia.


Hay una juventud que aguarda

noviembre 29, 2017

Que el tiempo es relativo, ya quedó científicamente demostrado por un ser humano tan impagable como Einstein. Hace ahora diez años que murió en Barcelona un escritor llamado Francisco Candel. Vivía yo en Villaverde y algunas de mis primeras hambres de lecturas juveniles se saciaban con los libros de Francisco Candel.

Identificaba muchos de sus personajes. Reconocía a muchos de mis amigos y vecinos en los barrios en los que transcurrían sus historias. Me sentía aquel joven que peleaba por publicar su primer libro en Hay una juventud que aguarda. Aquel barrio de aluvión del Sur de Madrid, en el que yo vivía, era el mismo barrio que describe Candel  en su novela Donde la ciudad cambia su nombre.

Había nacido Paco Candel en 1925, en un pueblecito de Valencia llamado Casas Altas. Un enclave valenciano situado entre Teruel y Cuenca. De allí salieron los Candel para buscar oportunidades de vida y trabajo en Barcelona, aunque fuera a costa de tener que vivir en las barracas de Montjuich, poco más que chabolas. Allá por las Casas Baratas, Can Tunis, Plus Ultra, o Port, que tenía iglesia parroquial.

A los catorce años tuvo que abandonar los estudios y comenzar a trabajar, como tantos otros hijos de charnegos en aquella época. Sin embargo, cuanto llevaba dentro, sus experiencias y sentimientos en esos andurriales que yo llamaré la Tierra de los Nadie tenían que encontrar un cauce. Su primo hermano, Juan Genovés, lo encontró en la pintura y Paco Candel lo encontró en la escritura.

Su primera novela, cuya portada fue pintada por su primo, es un collage de sensaciones, ideas, a mitad de camino entre el cuento, el diario, el periodismo. Hay quien ha comparado, acertadamente, el estilo de Candel con el de Hemingway. No fueron grandes los éxitos editoriales de estos primeros libros, le trajeron problemas, fueron censurados y hasta alguno prohibido, pero afianzaron su voluntad de escribir y le permitieron granjearse fama de escritor realista y cercano a su entorno.

Entraron los años sesenta y Candel seguía escribiendo, a lo suyo, de lo suyo, de los suyos. Recuerdo haber devorado en los setenta sus novelas Han matado a un hombre, han roto el paisaje, ¡Dios, la que se armó!, o Historia de una parroquia.

En su afán por escribir, Paco acometía artículos y se aventuró en el, por aquellos días peligroso, mundo del ensayo, dejándonos una herencia de ideas, observaciones y juicios, diría que imprescindibles para cuantos quieran estudiar ese periodo del desarrollismo franquista en su intrahistoria.

Desde la cultura obrera hasta el modelo urbanístico y social de las periferias de las grandes ciudades españolas, siguen guardando algunas de sus claves de interpretación en ensayos como Los otros catalanes, Ser obrero no es ninguna ganga, Los que nunca opinan, o Carta abierta a un empresario.

Es difícil entender las decisiones de los sectores antifranquistas, el importante desarrollo del movimiento obrero en Cataluña bajo la dictadura, la constitución de las CCOO, o la creación de Asamblea de Cataluña en una iglesia del Raval, en 1971, sin acercarse a los escritos de este charnego militante del PSUC.

El clamor de Llibertat, Amnistía, Estatut de Autonomía, adquiere todo su sentido cuando lo ponemos en relación con los artículos, las novelas, los ensayos de Candel. Algunas sus obras sólo pudimos leerlas en su versión íntegra y sin censura tras la muerte del dictador.

Llegó la transición democrática y Candel fue elegido senador por Barcelona. Más tarde, en 1979, fue concejal, en las listas del PSUC, en el Ayuntamiento de Hospitalet de Llobregat, donde se ocupó de la cultura. De ahí nacen Un charnego en el senado, o Candel contra Candel.

Hace ya diez años, murió un hombre de esos que pensaba lo mismo que la madre de Serrat, Soy de donde comen mis hijos. A lo cual añadiría Aquí tengo a mi gente enterrada. Un catalán de adopción y valenciano de nacimiento. Un escritor catalán, que escribía en castellano y que aparece en los listados de grandes escritores valencianos.

Un hombre que, con más de 80 años, seguía sintiéndose parte de una juventud que aguarda un empleo, un horizonte para su vida, o que una editorial publique su novela, mientras desea que el relato que terminemos escribiendo sobre Cataluña y España no se olvide nunca de los otros catalanes.


La posverdad de la conciliación

noviembre 29, 2017

Recientemente la organización empresarial CEOE presentaba un informe titulado Perspectiva empresarial sobre la conciliación de la vida laboral y familiar. Me parece un caso práctico ejemplar sobre la utilización de la posverdad que merecería estudio en las facultades de Ciencias de la Información, Psicología, Sociología, Economía y Administración de Empresas, por citar sólo algunas. Cómo informar, crear un relato, una tendencia, sin tomar en cuenta los hechos objetivos. A base de apelar a las emociones, creencias, deseos, e intereses particulares.

El Informe de CEOE parece funcionar como venda preventiva frente a las ocurrencias de Rajoy y su ministra de empleo de imponer las 6 de la tarde como referencia general de finalización de la jornada laboral, mediante una ley.

Comienzan diciendo los empresarios que una ley como la que plantea el PP no es realista y que ni tan siquiera es aplicable. Que las leyes no cambian la vida y que estas cosas hay que regularlas a través de la negociación colectiva. En principio, estoy bastante de acuerdo.

Luego afirman que las medidas más utilizadas para conciliar, en estos momentos, pueden producir más perjuicios que beneficios, puesto que interrumpen ”carreras laborales”, reducen periodos de cotización y disminuirán las pensiones futuras. Reclaman subsidios y ayudas (procedentes de los Presupuestos generales del Estado, por supuesto), que incentiven la natalidad y compensen a los empresarios (y a las familias de los trabajadores, de paso) los gastos generados por la conciliación.

La prensa destaca que la CEOE pide que se desgraven fiscalmente los costes de contratar “cuidadoras” (para atender a los mayores), “canguros” (para atender a la infancia) y servicio doméstico (para atender indistintamente), y que se amplíen (ellos llaman flexibilizar) los horarios de las guarderías (no hablan de escuelas infantiles, sino de guarderías).

Por último, no podía faltar, un llamamiento a la importancia de la incorporación de la mujer al trabajo, la corresponsabilidad en el ámbito doméstico, o la  plena implicación de los hombres en las tareas del hogar. Cosas del marketing y la posverdad.

Es cierto que el modelo social y económico que nos han creado impide en la práctica cerrar las actividades económicas a las 6 de la tarde por ley. Pensemos en los “modernos” desarrollos urbanísticos alrededor de grandes centros comerciales, en los que es obligatorio coger el coche y acercarse al centro comercial para cualquier compra. Hasta los domingos y festivos permanecen abiertos hasta las 10 de la noche y más allá en el caso de los restaurantes y bares.

Con unos empresarios que no han sido capaces de negociar (ni han querido), un Acuerdo Marco para la Negociación Colectiva, porque les viene mejor la aplicación directa de la reforma laboral del PP, veo difícil que quieran recorrer la senda de negociar acuerdos sobre igualdad y conciliación, salvo casos de fuerza mayor, en grandes empresas.

En cuanto a las desgravaciones fiscales de “canguros”, cuidadores  y servicio doméstico, o la ampliación de horarios de guardería, dejan bien a las claras que no van a hacer nada y que dejan todo en manos de que el Estado se haga cargo de subvencionar a las familias para que ellas hagan lo que puedan.

La conciliación, olvidan intencionadamente, depende de la calidad del empleo, su estabilidad y su correcta regulación. Un ejemplo, no llegan al 8 por ciento los hombres con contrato a tiempo parcial, mientras que en las mujeres el porcentaje es de más del 25 por ciento. Más del 70 por ciento de estos contratos precarios, ultraflexibles, de libre disposición de la jornada a la carta, son para mujeres. A eso no se le puede llamar “carreras laborales”.

En conclusión, mientras los empresarios prefieran la precariedad de estos contratos y otros similares, ya se pueden fijar por ley horas de finalización de jornada, o desgravar a las familias que contraten “canguros”. Ya se pueden ampliar horarios de guardería. La misión de conciliar seguirá siendo imposible.

Es sólo un ejemplo. Pero vamos, si CEOE quiere negociar la organización del trabajo, planes sectoriales o de empresa, convenios colectivos, o acuerdos nacionales que hablen de igualdad y conciliación, seguro que la clase trabajadora y sus representantes sindicales, estarán encantados. Mientras tanto, mejor callar, que decir obviedades, o posverdades.


Día del niño y trabajo infantil

noviembre 29, 2017

En las inmediaciones de la conmemoración del Día Universal del Niño, parece que la CEOE (la organización de una parte de los empresarios españoles) ha presentado un informe en el que afirman que la conciliación de la vida laboral y familiar pasa por medidas como la desgravación fiscal a las familias de los gastos ocasionados por contratar servicio doméstico, “canguros” y personas que cuiden de nuestros mayores.

También les parece oportuno ampliar los horarios de las guarderías para que puedan cubrir los horarios del padre y de la madre. Y, de paso, que les compense el Estado los gastos ocasionados por tener que facilitar la conciliación.

Hablan de “guarderías”, un concepto que parecía desterrado desde que se pasó a una visión más educativa del asunto y se prefirió hablar de “escuelas infantiles”. Sea como sea, parece que los empresarios no están dispuestos a que la famosa conciliación pase por negociar con sus trabajadores la reorganización del trabajo en la empresa, hasta poner las necesidades productivas a la altura de las necesidades personales y familiares de las personas.

Cada día tengo más la impresión de venir de un viaje interestelar y haberme quedado varado en el tiempo del maestro forjado a caballo entre una dictadura que moría y una democracia que pugnaba por nacer, pero que aún no se había decantado en Constitución.

Lo más avanzado que se estudiaba, en aquellos días, en las Escuelas de Magisterio, era a Lorenzo Luzuriaga, o a María Montessori, algo de Piaget, Decroly, Dewey, Pestalozzi. Vaya, que fue una tarea paralela, o posterior, lo de estudiar a Giner de los Ríos y su Institución Libre de Enseñanza, o las Escuelas Racionalistas de Ferrer i Guardia.

La pedagogía de la liberación de Paulo Freire, o el Lenguaje Total, de Francisco Gutiérrez, muy influenciados por la Teología de la Liberación en Latinoamérica. La sociedad desescolarizada de Ivan Illich. Celestin Freinet, Gianni Rodari, Francesco Tonucci.

La pedagogía libertaria que nos llegaba de Tina Tomassi, Carlos Díaz, o Félix García. Las experiencias de Orellana, Fregenal de la Sierra, Summerhill, Paideia, Rosa Sensat. Sin olvidar a Makarenko, Tolstoi, la educación vista con los ojos de Antonio Gramsci, o la Escuela de Barbiana de Lorenzo Milani y su hermosa Carta a una Maestra.

España se llenaba de movimientos de renovación pedagógica y sindicatos, asociaciones de padres (luego de madres y padres), que defendían la escuela pública y organizaban cursos, jornadas, encuentros, escuelas de verano. Educar para la libertad, la igualdad, la democracia que comenzaba su andadura. Fue un tiempo en el que el debate, el diálogo, la convivencia y hasta la armonía entre las corrientes más diversas, nos parecían posibles.

Han pasado cuarenta años desde entonces. Son muchos los profesores, maestros y educadores, que siguen bebiendo de estas fuentes, enriquecidas por nuevos pensadores que llegan hasta Zygmunt Bauman y su Educación Líquida, hasta J.M. Coetzee y su hermoso homenaje Las manos de los maestros, pasando por los modernos pedagogos que reflexionan sobre la utilización de las TIC en la educación.

Con todo, la gran transformación no viene del campo de la pedagogía, sino que parece venir de la incorporación de la productividad, la eficacia, la eficiencia, a la enseñanza. El miedo a un futuro que siempre iba a ser mejor, pero que por primera vez se nos aparece mucho más negro que el pasado. Y nuestros hijos, nuestras hijas, no pueden perder el tren hacia el negro horizonte, pertrechados con las mejores armas.

Los padres hemos ido asumiendo a la fuerza la precariedad de unos empleos líquidos, en una sociedad líquida, regida por una política líquida, que nos conducirá hacia unas difuminadas pensiones. La vida se nos escapa aceleradamente de las manos. A la carrera. Siempre a la carrera.

Nuestra infancia madruga tanto como sus padres. Los abuelos (o las cuidadoras, o las canguro) llevan a los nietos al colegio, les dan de comer (o comen en los colegios), los llevan a actividades extraescolares (inglés, baloncesto, tenis, robótica, música, natación, danza, futbol, atletismo…). Cada tarde se prolonga hacia el infinito. Deberes, cena, a dormir. Hasta el día siguiente. Los sábados competición, partido. No se puede decir que nuestra infancia no sea productiva desde el principio en ese trabajo de prepararse  para ser competitivos mañana.

Cuando hablamos de explotación y trabajo infantil pensamos en los niños que fabrican productos de marca en una maquila mexicana, o en una fábrica textil de la India. Tal vez deberíamos pensar si nuestros hijos no son casos prácticos de trabajo infantil. De hecho realizan largas jornadas de trabajo en simuladores de vida precaria.

No hay más remedio si queremos prepararlos para el futuro, decimos los padres. A nuestros hijos les gusta, socializan, se relacionan, aprenden cosas útiles, argumentamos para justificar el exceso. En fin, no quisiera verme en la piel de esos pequeños que ya ni protestan, porque han aprendido que las cosas son así y no merece la pena protestar. Son así y hasta hemos aprendido a que nos guste que así sean. El día que no podamos más explotaremos en una de esas revoluciones (a veces contrarrevoluciones) primaverales, naranjas, verdes, quincemayeras, nacionalistas, o nacionales. Así de pirandelliano todo, Así es (si así os parece).

Y ahora llegan los empresarios y nos dicen que papá Estado nos pague algo de lo que gastamos en cuidadoras, canguros y servicio doméstico. Y que las guarderías alarguen sus horarios al servicio de las jornadas de trabajo. Pronto pedirán colegios 24 horas. Internados para hijos de familias pobres con trabajo precario.

Se acerca el 20-N y no lo digo por recordar a muertos, ni por activa, ni por pasiva (no hay mayor desprecio que no hacer aprecio), sino para extender la preocupación por los vivos.  El 20-N fue declarado, por las Naciones Unidas, desde 1954, Día Universal del Niño. En la misma fecha de 1959 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos del Niño y en 1989 la Convención de los Derechos del Niño. Imagino que también de la niña.

Este año cae en lunes, día de vuelta al trabajo y al cole, o al instituto. La preocupación por la vida de nuestros niños y niñas, su educación, su libertad, sus derechos, sus necesidades de afecto, sus horarios, sus jornadas, su ocio, su “trabajo”, debería de merecer una reflexión, siquiera breve. Se lo merecen porque parafraseando a mi querida Paquita, son pequeños, pero no son gilipollas.


La patria de la infancia

noviembre 29, 2017

Me pide el director de Madrid es Noticia que escriba periódicamente un artículo breve, de actualidad política nacional o madrileña, en una tribuna de opinión. Le he dado vueltas y creo que no hay nada más importante en la actualidad que la conmemoración del Día Universal del Niño y de la Niña, el próximo 20 de noviembre. Una decisión adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, allá por 1954.

Ya sé que hay otros asuntos virales, pero mucho menos trascendentes, porque el futuro de nuestro país y de nuestro planeta tendrá mucho más que ver con esos 300.000 niños soldados que hoy combaten involuntariamente en decenas de conflictos armados por todo el planeta. Ellos en primera línea de fuego. Ellas como esclavas sexuales, cocineras, escudos humanos, o en ataques suicidas.

El mundo del mañana tendrá que ser construido también por esos 170 millones de niñas y niños víctimas del trabajo infantil. Los 250 millones en edad escolar, pero que no van al colegio. De los 300 millones que viven en áreas degradadas y altamente contaminadas. Ese futuro que no verán muchos de esos 385 millones que viven en la pobreza más extrema. Que no verá ninguno de los 8.500 niños y niñas muertos cada día por desnutrición severa (160 millones de niños que sufren raquitismo y 42 millones padecen sobrepeso).

En fin, creo que no quedaría bien que el próximo 20 de Noviembre soltáramos un donativo y volviéramos a hablar de Cataluña. Creo que ese día sería bueno que pusiéramos las banderas entre paréntesis y pensáramos en lo más importante que nos traemos entre manos aquí, en Nueva York y en Bombay: los derechos pisoteados de centenares de millones de niños y niñas en nuestro planeta.

Si lo pensamos un poco, este planeta es la única patria que tenemos. Y dado el carácter infinito del universo, deberíamos considerarlo casi una patria chica. Aunque, tal vez, tenga razón Einstein cuando decía que hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.