Todos somos agentes de turismo

agosto 14, 2018

El verano invita a la escapada. Nos empuja a abandonar el lugar habitual de residencia y buscar otros paisajes. La sensación de libertad que encontramos en estos desplazamientos compensa en parte la monotonía de los días que se suceden de forma rutinaria y constante, semana tras semana, a lo largo de todo el año.

Hay quien se recluye en el apacible y soñado apartamento de verano, la mayor parte de las veces en la playa. Hay quien busca ese mismo efecto en un viaje a lugares que aún no conoce. Hay, por último, quien no tiene más remedio que quedarse en casa o, como mucho, aprovechar una semana de un paquete turístico que concentra, en unos pocos días (8 días, 7 noches), las emociones de una playa todo incluido y alguna excursión organizada.

Vayamos donde vayamos, otros cientos, o cientos de miles de personas, habrán decidido emprender nuestras mismas hazañas, alimentando el efecto gentrificador y gentificador del nuevo turismo. Cada día es más difícil visitar la mayoría de los centros históricos de las ciudades patrimonio de alguien y los espacios naturales de reconocido prestigio.

Habrá quien emprenda su peripecia a través de una agencia de viajes de confianza. Sin embargo, me voy dando cuenta de que esta masificación de los desplazamientos, viene acompañada e incentivada, cada vez con mayor frecuencia, por el do it youself que se ha apoderado del mundo moderno. Son muchas las personas que, cuando revelo mi intención de emprender un viaje, se apresuran a incitarme a convertirme en agente turístico. Organizar de cabo a rabo mi propia peripecia.

Nadie me entienda mal. Cada cual haga lo que crea que puede y debe hacer, siempre que no atufe a los demás. Pero lo que para ellas parece tener el resultado de ver aumentar exponencialmente su sensación de libertad y su grado de autoestima personal, se me antoja que, en mi caso puede tener efectos devastadores y hasta trágicos sobre mi propia autoestima.

Conozco a quienes, a sus quehaceres cotidianos, han incorporado la búsqueda sistemática de vuelos de bajo coste a cualquier parte del mundo. Tras lo cual dedican mucho tiempo a buscar alojamientos, también de bajo coste, que tengan la mejor relación de lo que llaman calidad-precio.

Exploran páginas en las que se indica todo cuanto hay que saber sobre tamaños de maletas, compañías aéreas, desplazamientos que debes realizar, lugares que no te puedes perder, restaurantes en los que necesariamente hay que comer, multas que te llegarán a casa tras conducir los coches que vas a alquilar, personajes que no te puedes perder, museos que debes visitar, itinerarios imprescindibles, rincones obligatorios en los que te vas a sentir extraordinariamente feliz, o como conseguir ver, junto a miles de personas, lo que nadie ve casi nunca.

Conozco a quienes, preocupados sin duda por el servicio que prestan, publican todo tipo de comentarios en páginas especializadas, para abrir luego un blog donde van posteando cada uno de sus viajes, acompañados de fotos personales, en las más variadas posturas, ante los más dispares monumentos y en los más insólitos lugares del planeta. Basta teclear en un buscador para que aparezcan cientos y miles de estos comentarios, que ayudan a cuantos decidimos convertirnos en aprendices de brujo.

He intentado, con desigual fortuna, transfigurarme en mi propio agente de viajes. Me lleva mucho tiempo, del que no dispongo, y me ha conducido a algunas sorpresas que quisiera haberme evitado. Debo reconocer que sorpresas no mucho mayores que las que me han originado algunos agentes turísticos profesionales.

A fin de cuentas, los profesionales trabajan con las ofertas que cambian constantemente y que van escupiendo sus ordenadores. Las agencias turísticas han tomado buena nota. Trabajan con los buscadores de viajes y hoteles, publicitan ofertas online y te proponen autodiseñar tu viaje a tu medida.

Es curioso que postear signifique, en algunos países de lengua hispana, meter los postes de un cercado. Y esto va de postes, alambradas, cercados, turistas y viajeros. Han cambiado mucho los tiempos en los que sólo unos pocos podían permitirse el lujo de viajar. Ya no volverán los días de los descubridores de paisajes nuevos, inexplorados, inhabitados.

Pero, con todo, cuando me meto en estas aventuras de sentirme agente de turismo, no puedo dejar de envidiar al Paul Bowles de El Cielo Protector. No puedo dejar de recordar cómo me marco aquel párrafo, Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a casa al cabo de unos meses o unas semanas, el viajero, que no pertenece a un lugar más que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra.

El problema se encuentra, al parecer, en la relatividad del tiempo, y en la aceptación (o no) de las alambradas y las barreras. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla, el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan. Una vez más el cómo es, al menos tan importante como el dónde y el qué.

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La maldición de la poesía

agosto 14, 2018

En un hoyo en la tierra

enterré todos los acentos

de mi lengua natal

ahí yacen

como agujas de pino

que juntaron las hormigas.

John Berger

 

Sigo dándole vueltas a algunas reflexiones sobre la poesía en nuestros tiempos. No pertenezco a escuelas, tertulias, círculos, grupos, corrillos, corrientes, academias literarias de ningún tipo. Me gustan unos poetas y otros me dicen menos. Me deleito leyendo a algunos narradores y otros me aburren, o me cuentan cosas que me llegan menos.

No sé si estoy más acertado en lo que pienso y en lo que cuento, pero me duele cuando aquellas personas a las que considero cercanas en las cosas básicas que defendemos consideran que los poetas deberían dedicarse a trabajar en la intimidad y compartir sus creaciones con un puñado de amigas y amigos en el exclusivo espacio del salón de su casa.

Hay ocasiones en las que un poeta como Luis García Montero, sobre todo desde que decidió presentarse como candidato en las elecciones autonómicas madrileñas, tiene que soportar críticas del estilo de “zapatero a tus zapatos”. Es decir, dedícate a escribir tus poemas (sólo falta añadir “que nadie lee”) y no te metas en política, que eso son palabras mayores que sobrepasan a un poeta.

Yo mismo he tenido que escuchar que, en algunas ocasiones, se dirigieran a mí como poeta, con cierta condescendencia. Pocas veces lo entendí como un halago. Más bien como un aviso. Algo así como, podemos permitirnos el lujo de tenerte al frente de nuestra organización sindical, pero cuidado con esas manías de escribir poemas, cuentos, libros. Eso te aleja de nosotros, te sitúa en la frontera.

Es verdad que casi nunca las cosas van más allá. Tal vez porque los poetas, junto al estigma, han podido conservar la capacidad de maldecir, por más que lo hagan cada vez más bajito y en muy contadas ocasiones.

Cualquier hombre de hierro, ya se dedique a la política, al sindicalismo, o a los negocios, siente el mismo vértigo que aquel hombre de acero, apodado Stalin, cuando empuñó el teléfono en plena noche para llamar al poeta Boris Pasternak (mucho más conocido por ser el creador del médico Zhivago que por su vertiente poética), para preguntarle si ese tal Mandelstam, que le había dedicado el satírico Epigrama contra Stalin, podía ser considerado, o no, un maestro.

Hasta aquel bajito y tosco dictador georgiano intuía que su carrera podía quedar arruinada por la maldición de la sangre de un poeta, como la de Lorca inundó la de aquel bajito y torvo dictador ferrolano elegido por un ambicioso dios menor para salvar España.

Hay quien piensa que el tiempo de la prosa, aquel en el que se construyeron las utopías, las distopías y las ucronías es ya incapaz de restituir la armonía en un mundo incapaz de construir un futuro que repare las injusticias del presente y del pasado. En el ahora sin porvenir, la poesía está en condiciones de mirar de frente a la herida.

Es Berger quien nos dice que los poemas son más parecidos a una plegaria que los cuentos, aunque en la poesía no haya nadie a quien orar oculto tras el lenguaje. La poesía no tiene que explicar nada, no tiene que atenerse a un relato que finalice con un desenlace. Es la fuerza del lenguaje que se abre camino en nosotros, una de nuestras pocas posibilidades de victoria.

Quien hoy desprecia la poesía, no necesita la maldición de los poetas, porque ya ha cavado su propia tumba, su derrota, su imposible mañana, su no futuro.


Mandela cumple 100 años

agosto 14, 2018

Cuando dejamos que nuestra propia luz brille,

inconscientemente damos permiso

a otras personas para hacer lo mismo.

Nelson Mandela

 

Tal vez comienzo a resultar pesado con tanto recuerdo de personajes y de citas históricas. Que si Karl Marx, que si Paul Lafargue, la Primavera de Praga, Stephen Hawking, Luis Montes, Mary Shelley, o Mayo del 68. Hasta para una vez que escribí sobre otras cosas en este blog, lo hice sobre la Huelga de las Aguederas de Riaguas de San Bartolomé.

Prometo enmendarme y escribir más adelante sobre algunos personajes y hechos actuales, por más que cada vez que he hablado del pasado lo haya hecho para establecer algunas conexiones con el presente, que creo no deberíamos pasar por alto. En esta ocasión, me parece obligado escribir sobre un personaje que acaba de cumplir cien años, Nelson Mandela.

Lo de Nelson es un apodo escolar que le puso su profesora el primer día de clase. Ya se sabe que en aquella Sudáfrica del apartheid los niños negros recibían apodos blancos, tal vez para evitar la tortuosa pronunciación de nombres incomprensibles para los blancos. El verdadero nombre del niño era Rolihlahla y venía a traducirse como el que tira de la rama de un árbol, se entiende que sin ton ni son, lo cual significaba algo así como agitador, rebelde, bullicioso, perturbador.

También le llamaban Madiba, como a uno de los más famosos jefes de su clan. Cuando llegó a la mayoría de edad y superó las pruebas y ceremonias que los xhosa tradicionalmente celebran, recibió un nombre bastante más conciliador, Dalibhunga, cuyo significado hace referencia al que funda, convoca, reúne, crea el consejo y facilita el diálogo.

Más adelante, le llamaron Tata, como padre de la democracia sudafricana y por fin, como señal del aprecio generalizado que supo ganarse, se le reconoció como Khulu, que no es otra cosa que la abreviatura de la palabra abuelo, que para los xhosa viene cargada de connotaciones afectuosas, de respeto y agradecimiento.

Así las cosas, deberemos convenir que Mandela hizo honor a cada uno de sus nombres, por etapas y simultáneamente, de forma acumulativa, a lo largo de toda su vida. Rebelde, dialogante, creador de unidad, fundador de una nueva nación, padre de la democracia y grande y reconocido como abuelo. Y todo ello sin renunciar a ser aquella persona que un día dijo, vive la vida como si nadie estuviera mirando y exprésate  como si todo el mundo estuviera escuchando.

El centenario de Mandela, al contrario de lo ocurrido hace casi cinco años con su fallecimiento, ha sido discreto y ha pasado casi desapercibido, aunque no dejan de causar sonrojo algunas alabanzas vertidas en las redes sociales por quienes utilizan dos varas de medir. Una, para los extranjeros que han recibido el Premio Nobel y otra para aquellos a los que hay que mirar con las gafas de ver españoles.

A fin de cuentas, Mandela, no dejó nunca de ser el comunista del Congreso Nacional africano que abandonó la no violencia para encabezar la lucha armada del Comando Lanza de la Nación. Eso le valió una condena que le mantuvo en la cárcel durante 27 años. Incluso cuando le ofrecieron salir de prisión a cambio de renunciar a la lucha armada, ¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de mi gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos.

Causa pudor ver cómo Pablo Casado tildaba al opositor venezolano Leopoldo López, de ser un nuevo Mandela, perseguido por el régimen chavista y se ha hartado de tildar de asesino al Ché Guevara, a quien no se cansa de poner en contraposición con Miguel Ángel Blanco, en un ejercicio impúdico del aquí todo vale, aunque no venga a cuento. Ignora el nuevo Presidente del PP, pese a sus cuantiosos títulos, que Mandela era también amigo personal de Fidel Castro, lo cual le valió sonoros abucheos en su visita por Miami.

Lo que nunca fue Mandela es un cínico. Hizo en cada momento lo que creyó que tenía que hacer. Y creyó siempre que, El valiente no es el que no siente miedo, sino el que vence ese temor. el hombre que sabía que nada es negro, o blanco. El que soñó una sociedad multicultural diversa y donde cada hombre, mujer y niño sean tratados igualmente. Y que aprendió que Parte de la construcción de una nueva nación incluye construir un espíritu de tolerancia, amor y respeto entre la gente del país.

Era el pensamiento de un hombre al que le había arrebatado todo. Los mejores años de su vida, su unión matrimonial, el crecimiento de sus hijos. Pero al que no pudieron echar de Sudáfrica, ni impedir que siguiera convencido de que Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. Renunció al odio porque no quería entregarles nada más y porque no debía permitir que aquel odio le carcomiera el alma.

Esa fue su grandeza, la que le hizo merecer cada uno de sus nombres, la que tanto necesitamos y tan poco abunda.


Premios Superbache

agosto 14, 2018

Se me ha ido de la mano esto de escribir para Madrid es Noticia. Creo que siguiendo la cabecera del periódico, he ido centrando el contenido de mis artículos en asuntos ciudadanos y vecinales, que tienen que ver con el maltrato al que nos vemos sometidos como ciudadanos o ciudadanas, independientemente del sentido ideológico de quien se encuentre al frente de cada una de las administraciones que tienen algo que ver con nuestra vida cotidiana.

Hace unas semanas me sorprendía que unos buenos amigos y amigas de la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos-Tetuán, tras un largo y arduo proceso de selección de candidaturas, terminaran anunciando la entrega del Premio Superbache 2018, durante un vermú ciudadano, en el marco de las Fiestas Vecinales. Premio que recayó en esta ocasión en el socavón de la Travesía del Pando.

Algo de especial y espectacular debía tener el Superbache ubicado en pleno Paseo de la Dirección, para alzarse con el galardón, cuando se encuentra  rodeado de incontables socavones de tamaño gigante, en un escenario de solares abandonados convertidos en precarios aparcamientos de coches y talleres mecánicos, edificios apuntalados de puertas y ventanas tapiadas. Todo ello a la espera del pelotazo inmobiliario que asedia a toda la zona.

Interesado por el tema, me adentro en internet y me topo con el famoso Superbache de la colonia Benito Juárez que, tras 15 años de abandono por parte de las autoridades municipales de Cancún (México), se ha convertido en atracción turística, adornado por globos, instalación de tirolinas para atravesarlo, juegos vecinales y cantos de mañanitas.

Quienes piensan que la ciudadanía ha perdido ya su sentimiento colectivo. Que las asociaciones de vecinos y vecinas se han convertido en organizaciones instrumentalizadas, al servicio de los partidos de turno, comprueban una vez más que la gente sigue poniendo voluntad e imaginación para reivindicar condiciones dignas de vida.

La iniciativa ha servido para difundir, a través de las redes sociales, los numerosos casos de superbaches que se han ido convirtiendo en parte del paisaje urbano de ese Madrid menos turístico, menos gentificado, pero mucho más popular y humanamente acogedor.

Seguro que otros barrios se animan con iniciativas similares y van sumando, a los superbaches, iniciativas como las supercacas de perro, los supervertederos, los superruidos, o las supercacicadas. Al tiempo.


Carta abierta a la señora Sara, mi madre

agosto 14, 2018

La señora Sara es viuda.

Con minúscula señora

y con minúscula viuda.

Del cuento Retrato de Señora

 

Sara,

No he escrito nunca una de estas cartas abiertas a una persona que no estuviera ya entre nosotros. Además, sé bien que te gusta contar tu historia, pero no que tus andanzas sean aireadas por escrito, como si presintieras que alguna turbia maldición se cierne sobre quien demuestra ser libre en un mundo plagado de amenazas.

Como aquella vez, en plena posguerra, en la que siendo niña-criada fuiste seguida por las calles de Madrid por una vecina del pueblo, hasta dar con tus padres. Fueron denunciados, juzgados, sentenciados, condenados, apaleados, encarcelados y arrastraron para siempre la marca de la prisión y la derrota.

Nada debes temer, porque ya has dejado de pertenecer al tiempo al que nosotros seguimos sometidos. Una verdad que tan sólo le fue revelada a una mujer, mientras le era negada a los discípulos predilectos, Todas las naturalezas, todas las producciones y todas las criaturas se hallan implicadas entre sí y se disolverán otra vez en su propia raíz, pues la naturaleza de la materia se disuelve en lo que pertenece únicamente a su naturaleza. Tal vez por esta forma de ver la muerte, este evangelio de María Magdalena nunca ha sido uno de los oficiales y pasa por ilegítimo, apócrifo.

Seguro que nada temes, porque ahora descansas junto a tu marido, en el cementerio del pueblo en el que asegurabas que pasaste los mejores años de tu vida. Ese pueblo en el que encontraste refugio, entre Las Criadas y la vuelta a un Madrid que devora, con crueldad y despiadada avaricia, la vida de sus habitantes. Allí te casaste, tuviste a tus hijos y cuidabas una finca, a modo de guardiana de un paraíso que, de nuevo, te fue arrebatado.

Ahora, las laderas de la Sierra de Guadarrama contemplan el infinito donde resides. La brisa  de los cerros se impondrá a los calores del verano y las nieves del invierno cubrirán tu lápida. Vives ahora la infinitud sin tiempo, mientras nosotros intentamos aprender qué tipo de relación, a base de  recuerdos, contactos, intercambios de memoria, podemos mantener contigo.

Hay muchas mañanas en las que me levanto buscando el momento del día en el que voy a acercarme a verte y muchas noches me sorprende la conexión mental que me impele a llamar para preguntarte cómo has pasado la tarde y que hables con tu nieto Pablo, de tú a tú, de vuestras cosas. Para que viajes con él por cada calle, cada ciudad, las aulas de su instituto, los paisajes de mundos cercanos, o lejanos rincones descubiertos a la vuelta de la esquina. Ese chaval que ha querido ir a verte hasta casi el último día.

Fue esa capacidad de viajar, de vivir tu vida reflejada en otras vidas; la impresionante memoria de cada nuevo nacimiento, cada pérdida, cada cumpleaños, cada enfermedad, que te llevaban a preguntar por la calle, o a coger el teléfono. Fue tu capacidad de vivir sola, sin permitir que nadie se metiera en tu vida, sin dejar de cuidar la memoria de cada persona a la que conocías, la que te hizo tan popular en el barrio.

Fueron tus viejas películas de Hollywood y las de la tierra; tus canciones para después de una guerra, ese incansable escuchar la radio, tus largas caminatas, las que te hicieron soportar el trabajo, mitigar el miedo, afrontar la soledad, defender tu libertad, aunque, con frecuencia, esa libertad sólo se encontrase dentro. Eso te mantuvo joven y atractivamente moderna hasta el último momento, hasta ese tiempo en que las mujeres y hombres del hospital aprendieron a quererte.

Eras cristiana, desconfiando de los curas y los beaterios. Eras socialista desconfiando de los políticos y de la política. Me seguías la pista de sindicalista y a veces me recordabas, Siempre os engañan. De derechas no eras. Recelabas del dinero, sospechabas del poder. Pertenecías a los Nadies. Con todas sus ilusiones y todo su escepticismo. Sorteando cadenas de decepciones para seguir abrazando la vida.

Decidí comenzar a escribir un día tu cuento Retrato de Señora, La señora Sara es viuda. Con minúscula Sara y con minúscula viuda. Me reprochaste que hablase de ti, aunque algo de orgullo te invadía al ver tu nombre escrito en un papel. De lo contrario no me hubieras pedido que te trajera ejemplares de los Cuentos de la Tierra de los Nadie, para repartirlos entre tus hermanos. No tuve que explicarte que sin ti, mis Nadie no existirían. Tú eras el núcleo de los Nadie.

Cada muerte es dolorosa. Esta vez, el dolor de tus hermanas y hermanos, de tus nietas, tus nietos, tus parientes, tus vecinas, cuantos te conocían en el barrio, en el pueblo donde viviste, en aquel otro en que naciste, no creo que sea menos intenso que el mío. Ver cómo tus nietas se han dedicado a ti y te han rodeado de afecto en tus últimos días, me reconcilia con la especie humana, en esta incomprensible situación que me ha envuelto.

Cada muerte es inexplicable, impenetrable, hermética, desoladora. En estos días, he descubierto y me ha ayudado mucho, leer cómo describe John Berger nuestra relación con ella, Hasta antes de que la sociedad fuera deshumanizada por el capitalismo, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Era ésta su futuro último. Por sí mismos, los vivos estaban incompletos. Los vivos y los muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo esa forma moderna tan particular del egoísmo rompió tal interdependencia. Y los resultados son desastrosos para los vivos, que ahora piensan en los muertos como eliminados.

No sé cómo hacerlo, Sara. No sé cómo acostumbrarme a vivir en la frontera entre la infinitud donde habitas y el tiempo que nos atrapa. Cómo aceptar que eres ya cuanto seremos nosotros. No sé si sabré cuidar a tu gente, esa con la que viviste, a la que querías, sin plegarme a sus caprichos, sin renunciar a mi libertad, como si tú me vieras. Cómo aprender a sacar fuerzas de flaqueza, a base de atrapar músicas, imágenes, historias, encuentros, palabras, aunque sólo sea dentro de nosotros. Sentir la sabiduría que impregna tu memoria del infinito.

He dudado mucho antes de escribir esta carta. No te gustaba que hablaran de ti en público. Un poco de pudor y otro poco de prevención para preservar tu independencia. Que lo que hace la mano izquierda, no lo sepa la derecha. Al final me he puesto a escribir, releer, tachar, corregir, reescribir. Tal vez porque construir futuro es la tarea que compartimos, que tenemos que imaginar los de allá y los de acá. Y porque tu experiencia y tu memoria ya nos envuelve y nos protege.

Sara, he preferido escribir la carta. No hay peor muerte que el olvido. No hay peor suicidio colectivo que la indiferencia y la desmemoria. Si como dijo el cura en tu funeral, has vencido a la muerte, sólo me queda encomendarme a ti y salir cada día a defender la vida. La vuestra, la nuestra.


Asistencia informática personalizada

agosto 14, 2018

Intento entrar en la página de una compañía eléctrica, o quiero renovar el DNI, concertar una cita médica, realizar una matrícula universitaria, o tal vez intento ponerme en contacto con un servicio cualquiera para realizar una gestión, formular una queja, pedir un cambio.

Hoy todo está internautizado. Gran parte de mis amigos y conocidos realizan la mayoría de sus gestiones, incluida la compra del supermercado, utilizando el ordenador, la tablet, o el teléfono móvil. Debe ser algo muy fácil, aunque  mí siempre se me complica.

Todo va bien hasta que el servicio me responde que los días solicitados están ya ocupados aunque, hasta el momento del último click, aparecieran como disponibles. Intento otras fechas y el resultado es el mismo, hasta que consigo una cita que me viene mal, pero es la única que termina siendo aceptada por el sistema.

Si lo que quiero es formular una pregunta, una queja, o realizar otra gestión, el resultado no varía sustancialmente. Hay un punto de bloqueo y no retorno, que me obliga a reiniciar todos los trámites, introduciendo de nuevo todos los datos.

Son cosas de los diseños informáticos y he llegado a la conclusión de que están destinados al desánimo de las personas que nos arriesgamos a introducirnos en un mundo virtual, sin estar preparados suficientemente para ese salto en el espacio-tiempo.

Siempre cabe intentar conectar personalmente con el servicio a través de la atención telefónica. A veces te dirigen a un teléfono nueve-cero-algo de pago y, en el mejor de de los casos a un nueve-cero-cero, gratuito.

El resultado suele ser similar, aunque en el segundo caso no me cobran, como quedó dicho. Primero hay una voz enlatada que me informa de que la conversación quedará grabada y que se cumplirá la ley en todo lo referente a protección de datos. Luego me piden que teclee un número para poder contactar con otra voz enlatada que de nuevo me pide que vuelva a teclear, o decir los números de mi DNI, mi teléfono, mi nombre y apellidos, tipo de gestión que quiero realizar y cosas así.

Al final, cuando consigo que la máquina me entienda, termino en otro servicio enlatado que no tiene nada que ver con lo que yo quería. Vuelta a empezar. Siempre cabe la posibilidad, tras todo el proceso, de que me pasen con una de sus operadoras, tras aguardar a que se descongestionen todas sus líneas ocupadas y escuchar la música aleatoria que han elegido para deleitar la espera. Esa música, repetitiva y machacona, me queda grabada y, durante algún tiempo, no puedo volver a escucharla.

Si, en algún caso, consigo hablar con alguien, la respuesta es, casi siempre invariable, decepcionante y podría resumirse en el título del artículo de Larra, Vuelva usted mañana. Entonces pienso que la informática es una herramienta nueva y poderosa, pero que tal vez está diseñada para cualquier cosa, menos para atender mejor a la ciudadanía. Aunque seguro que exagero y son cosas que sólo a mí me pasan.


Cincuenta primaveras en Praga

agosto 14, 2018

Hablamos de Primavera de Praga para referirnos a un proceso histórico que comenzó un invierno y acabó en pleno verano de hace 50 años. De nuevo, como en el caso del Mayo del 68, yo era demasiado pequeño para enterarme de cuanto estaba pasando en aquella capital checa y, si algo me llegaba a través de los escasos, limitados y adoctrinadores medios de comunicación existentes en aquellos días en España, creo debí forjarme una extraña idea del estado confuso de las cosas en el mundo.

Había manifestaciones y enfrentamientos policiales en París, que replicaban los de Estados Unidos, o Alemania, donde Rudi Dutschke había recibido tres tiros en la cabeza en un atentado ultraderechista. En México el ejército y la policía no habían desencadenado aún la balacera contra los estudiantes en Tlatelolco. La Ofensiva del Tet, iba camino de la derrota del Vietcong en lo inmediato, pero caló en el pueblo americano, que comprobó que todo el esfuerzo militar y el sacrificio humano, no detendrían al pueblo vietnamita.

Aquello de Praga, al menos así me lo parecía, era mucho más pacífico. Luego me he enterado de que una sociedad industrial y culta como la checa, soportaba mal el lento proceso de desestalinización. El líder comunista Alexander Dubcek encabezó un programa de reformas, consciente de las limitaciones que imponía la Unión Soviética, gobernada por un tal Brézhnev. No planteó en momento alguno abandonar la órbita de Moscú. Tan sólo quería actuar con autonomía para construir lo que denominó socialismo de rostro humano.

Se trataba de abrir las puertas a la democracia, sin prescindir del liderazgo del Partido Comunista, pero no como partido único, estableciendo la libertad de expresión, de prensa, de circulación, o de acceso a bienes de consumo. Incluso así, era demasiado cambio para la Unión Soviética. El 21 de agosto los tanques del Pacto de Varsovia traspasaban las fronteras y ocupaban Checoslovaquia.

Los checos ya sabían cómo se las gastaban en estos casos los soviéticos. Tan sólo doce años antes más de 2500 húngaros habían muerto, tras ser aplastado un intento de democratización. Muchos miles más fueron detenidos, juzgados,  encarcelados, deportados a la Unión Soviética, mientras cientos de miles huyeron del país.

Eso sí, doce años no pasan en balde. Imre Nagy, el líder de la revolución húngara, acabó fusilado dos años después de la revuelta, mientras que Dubcek fue progresivamente degradado, expulsado del Partido, acabando por ser nombrado oficial forestal y desapareciendo, hasta que en 1974 dirige un escrito a la Asamblea de la República, ratificándose en sus posiciones de 1968, denunciando la falta de libertad, el estado totalitario y policial y el desprecio a los derechos humanos. No sabía que quince años después él mismo sería aclamado Presidente de esa Asamblea.

Siguiendo el llamamiento de Dubcek, el pueblo checo, opuso a los tanques rusos una resistencia no violenta, aunque no exenta de víctimas mortales, persecuciones políticas y cientos de miles de huidos del país. Mientras tanto los gobiernos de Occidente protestaban sin demasiada firmeza, bien instalados en el consabido es lo que hay, es lo que toca. Tan sólo algunos de partidos comunistas del Oeste, como el finlandés, el francés, el español, o el italiano, mostraron abiertamente su desacuerdo y se adentraron en el camino de la construcción de un socialismo en democracia, separándose de la tutela de Moscú y dando origen, poco después, al eurocomunismo. Los intelectuales que se quedaron, como Varclav Havel, cerraron las puertas a cualquier colaboración con el régimen. Otros marcharían al exilio para explicar La insoportable levedad del ser en su país de origen.

Como en el caso de la Ofensiva del Tet, una aparente victoria terminó convertida en derrota. Las disensiones en el propio bloque soviético aumentaron, que una cosa es ser amigos y otra abusar de los amigos. Los partidos comunistas occidentales terminaron apartándose de la Unión Soviética para no contaminarse con el descrédito de matonismo y dictadura que había impregnado a los nuevos zares.

Los pueblos de Occidente, embarcados en la primavera de los mayos del 68, la oposición a la Guerra de Vietnam y los movimientos de liberación del Tercer Mundo, no pudieron entender este retorno del peor pasado totalitario. Los pueblos del Este tomaron nota, callaron, aguantaron el tirón, resistieron y dejaron que la estaca podrida cayera por su propio peso, sin hacer nada para evitarlo.

La verdad es que, siguiendo las doctrinas lampedusianas del Gatopardo, los propios cuadros dirigentes, ejecutores y ejecutivos de los regímenes socialistas habían preparado, con tiempo suficiente y maestría acreditada en el uso del poder, todos los escenarios de huida posibles, todas las oportunidades de transfuguismo. Véase, al respecto, la fórmula de éxito de los grandes líderes emergentes en esos países, procedentes en muchos casos de los servicios de inteligencia, cuando no de la policía política.

En este mundo de utopías venidas a menos y distopías emergentes, permitidme la ucronía de imaginar que Dubcek hubiera conseguido sacar adelante un proyecto de socialismo que, además de liberar a los trabajadores de la explotación capitalista, hubiera puesto empeño en la libertad y plenitud de la ciudadanía.

El socialismo de rostro humano pudo abrir una vía de transformación de las dictaduras comunistas en el Este y haber evitado que Estados Unidos se siguiera dedicando a imponer sus designios en América Latina, a la que consideraba su patio trasero y donde había alentado y sustentado golpes de estado como el de Bolivia, Chile, o Brasil, hasta terminar destrozando la primavera del Chile de Allende, en septiembre del 73. Tal vez Tlatelolco no hubiera existido.

Bien pudiera ser que, si los tanques soviéticos no hubieran ahogado la primavera de Praga, hoy viviéramos un mundo más libre, más justo y más solidario. Pero esto no podemos ya saberlo. Sin embargo, nadie nos impide soñar y abrir cincuenta nuevas primaveras, una por cada año transcurrido. Aquí mismo, aquí cerca.