TRABAJAR Y SER POBRE

trabajador pobre

Hay una guerra de clases y la estamos ganando (Warren Buffett)

No podemos estar en la cárcel y con miedo (mi amigo Juanma)

Los tiempos posmodernos que nos toca vivir están demostrando que no hay nada como desencadenar una crisis financiera, para sembrar el miedo generalizado y conseguir una redistribución más injusta de la riqueza. 89.000 nuevos millonarios en España en el último año, titulaba recientemente en portada un periódico de tirada nacional.

En un encuentro reciente con jóvenes sindicalistas, de esos que pelean cada día sus derechos en miles de empresas, ya sean grandes almacenes, cafeterías y restaurantes, tiendas de ropa deportiva, o esos nuevos espacios donde se acumulan productos de alta tecnología, uno de ellos comentaba que “los jóvenes ya no somos precarios, ahora precarios son todos y nosotros somos esclavos”.

La crisis se ha convertido en un momento ideal para incrementar las oportunidades de los ricos para ser más ricos y en un momento nefasto en el que los pobres son cada vez más pobres y la gente trabajadora cada vez más precaria en sus empleos, en su paro y en sus vidas. Las doctrinas neoliberales han conseguido la hegemonía absoluta en el gobierno de las políticas públicas y, sin necesidad de recurrir al ejercicio de la violencia brutal, jugar con el miedo para conseguir un cambio profundo del modelo social. Al salir de esta crisis el Estado Social y Democrático, parafraseando a Alfonso Guerra, no lo va a reconocer ni la madre que lo parió.

Durante estos años de crisis, pese a que los umbrales de la pobreza han bajado cuantitativamente, el porcentaje de personas pobres o excluidas no ha hecho sino aumentar hasta alcanzar el 27,3% de la población. Y lo peor es que la pobreza extiende sus tentáculos hasta alcanzar a personas y colectivos más variados, como la infancia o los trabajadores.

Ser trabajador era siempre una garantía y una barrera para no caer en la pobreza. Hoy, el 12% de la población trabajadora y de sus familias viven en la pobreza, lo cual se explica, en parte, por el hecho de que el 33 % de quienes viven de un salario cobren un sueldo igual o inferior al escuálido Salario Mínimo Interprofesional, mientras que los grupos superiores cobran medias salariales casi 40 veces superiores. Y hablamos sólo de salarios y de asalariados.

La Encuesta de Población Activa (EPA), recientemente conocida, más allá de la reducción de las personas desempleadas en más de 515.000 personas, nos dice también que el empleo ha crecido en 274.000 personas, mientras que la población activa baja en casi 242.000 personas. Pero si miramos con atención las cifras, lo que nos están diciendo es que hasta dentro de 13 años, a este ritmo, no conseguiremos recuperar los niveles de empleo anteriores a la crisis.

Y los datos son demoledores. Perdemos contratos indefinidos y el empleo temporal y precario sustenta el crecimiento, hasta conseguir que la tasa de precariedad alcance a uno de cada cuatro trabajadores. La destrucción de empleo es pérdida de empleo de las mujeres, que además son cada vez más mayoritarias en el empleo a tiempo parcial. Y, pese a la caída de la población activa, seguimos con cerca de 5,5 millones de personas en paro, de las cuales 3,5 millones engrosan el paro de larga duración y más de 2,3 millones llevan más de dos años en esta situación. Al tiempo que los jóvenes y los mayores de 45 años se enquistan en esta situación dramática de paro y falta de oportunidades.

Mientras tanto, los Presupuestos Generales del PP vuelven a contemplar reducciones en las prestaciones por desempleo y una ausencia total de recursos para hacer otra cosa que no sea maquillar las cifras y precarizar aún más el empleo. Organismos internacionales como la OIT nos alertan de la imposibilidad de salir de esta crisis sin un empleo más decente. La evidencia de que los recortes sociales debilitan al Estado en su capacidad de proteger a una ciudadanía golpeada por la crisis es palpable. Es ya un axioma que no necesita demostración, que la reforma laboral ha agravado las condiciones de trabajo y de vida de las personas. Es constatable que la reforma fiscal de este Gobierno es incapaz de corregir algo que no ocurre entre nuestros vecinos europeos, los ricos pagan muy poco y la gente, la ciudadanía, los trabajadores y trabajadoras soportamos cargas fiscales que nutren a un Estado, que lo transfiere, sin compasión y sin contemplaciones, a los más ricos.

Lo cierto es que hoy, las personas que trabajan y son jóvenes; quienes tienen contratos temporales, o a tiempo parcial; las mujeres trabajadoras; las personas con bajos niveles formativos; las personas cualificadas en relación a otros países europeos; quienes superan los 45 años; los menores que viven en familias donde el sustento es este tipo de empleo precario y temporal; soportan una pobreza y unos riesgos de pobreza, desconocidos en etapas anteriores. Porque trabajar y ser pobre ya no son hoy realidades incompatibles.

Mientras tanto, en un comportamiento suicida y autista, nuestro Gobierno, permanece inasequible al desaliento cada día mayor de una sociedad hastiada por el abandono de las responsabilidades de gobierno a favor de la ciudadanía. Ni un paso atrás en la reforma laboral. Silencio ante las propuestas de negociar de inmediato un Plan de Empleo. Debilitamiento presupuestario de las prestaciones por desempleo. Una reforma fiscal programada en modo interruptus. Recortes en Sanidad, en Educación, en Cultura, en Investigación, en Dependencia, en Servicios Sociales. Incapacidad y sordera para atender las demandas de políticas de lucha contra la pobreza. Un Salario Mínimo Interprofesional mezquino y unas pensiones, en muchos casos, miserables.

Saben que los sindicatos somos esos trabajadores y trabajadoras organizados con los que tienen que verse las caras en las empresas y en la negociación de las políticas públicas. Saben que somos una de las pocas barreras organizadas contra sus desmanes. Saben que nuestra movilización es rechazo y rebeldía, pero también propuesta, negociación y compromiso, cuando conseguimos alcanzar un acuerdo. Saben que somos firmes y perseverantes, pero siempre tendemos la mano y que ahora lo hemos vuelto a hacer, porque preferimos salir de esta crisis negociando el trabajo y la calidad de nuestra vida.

Por eso, tal vez, nos persiguen cuando hacemos huelga, amenazando con cárcel a más de 300 sindicalistas de Coca-Cola, de Airbús, a Katiana Vicens en Baleares y a otros tantos por toda España. Tal vez por eso permiten el incumplimiento de sentencias como la de anulación del ERE de Coca-Cola. Tal vez por eso ningún fiscal persigue a los empresarios de Coca-Cola condenados por vulnerar el derecho de huelga. Tal vez por eso, todos los escándalos de la formación, de los ERE, o de las tarjetas negras de Bankia, se centran en la corrupción de los sindicalistas, cuando ellos saben que la corrupción en nuestras filas es residual e infinitamente menor que la corrupción programada y diseñada en los altos despachos de la política y de las grandes corporaciones financieras.

Nuestros corruptos suelen ser comparsas, tontos útiles, marionetas, que se benefician de las migajas que caen de las mesas patronales, financieras, políticas. Forman parte de la condición humana que nos tienta cada día a aceptar como inevitable la corruptela, el amiguismo, la mezquindad, la mediocridad, el nepotismo, el enchufismo, el egoísmo de colocar a tu hijo, antes que a otros hijos. Nuestros corruptos son corruptos de baja estofa. No los justifico. Pero muchos de ellos fueron los mejores de entre los nuestros y hoy me desgarran como ángeles caídos.

Sin embargo, quienes gobiernan la corrupción utilizan las puertas giratorias y pasan de unos sillones a otros arrastrando altas indemnizaciones y fondos de pensiones. Viven en otro mundo ajeno al del resto de los mortales (aunque mortales son y terminan muriendo). Compran medios de comunicación concediendo créditos y medidas legales discrecionales a la carta. Gobiernan el ruido, los silencios, los rumores, las filtraciones programadas y selectivas, cuando más les interesa. Se confabulan con ministros, con Jefes de Estado y de Gobierno, con otros altos ejecutivos de grandes y poderosas corporaciones, para imponer sus modelos de economía, de empleo, de sociedad, de privilegios.

Pero todos ellos saben que nuestra paciencia no es infinita. Que ésta es, probablemente, la última oportunidad de este gobierno de atender las demandas de los trabajadores y trabajadoras. Que no vamos a tolerar que esta crisis inventada, proclamada y alimentada por los ricos, constituya la base para construir un modelo de sociedad aún más injusta, sobre las cenizas de un Estado del Bienestar sometido a una voladura programada y controlada. Que vamos a poner todo el empeño, la voluntad, la movilización y la negociación al servicio de que después de esta crisis el miedo no gobierne las libertades democráticas y la pobreza y la miseria no se apoderen de nuestras vidas.

Francisco Javier López Martín

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