Desprotección de las personas en paro

febrero 8, 2018

Hubo un momento, al principio de la crisis, allá por el año 2010, en el que el porcentaje de personas que se encontraban protegidas por alguna prestación por desempleo alcanzaba el 78,4 por ciento. Aquel tiempo en el que el gobierno socialista de Zapatero, intentaba aplicar recetas que inyectasen dinero en las economías familiares para animar el consumo, e iniciar la senda de la recuperación económica.

Esa política conducía, entre otras cosas, a que la tasa de cobertura por desempleo fuera elevada. Más de tres de cada cuatro personas paradas contaba con algún ingreso para asegurar su suficiencia económica y su autonomía personal. Hubo algunos meses en los que la cobertura por desempleo alcanzó el 80 por ciento. Cuatro de cada cinco personas paradas percibía alguna prestación económica.  Sin embargo eso iba a cambiar pronto.

En primer lugar, porque la crisis iba a ser extraordinariamente larga. Era una crisis atípica, sin precedentes. Y, sobre todo, porque los gobiernos europeos se embarcaron en una cadena de recortes y ajustes que alargaron el sufrimiento y  deterioraron la calidad de vida de la ciudadanía. Una política a la que el nuevo gobierno de mayoría absoluta del PP se apuntó de inmediato. Dos huelgas generales no consiguieron torcer este designio de los dioses del Olimpo bruselense, en connivencia con los pedestres semidioses monclovitas.

Las consecuencias sobre la sociedad y la política aún están por sentirse en toda su extensión y profundidad. Pero algunos de sus efectos ya son visibles en los comportamientos electorales y en determinados fenómenos como el racismo, el rechazo a la acogida de refugiados, o el resurgir de la ultraderecha.

La crisis ha destruido mucho empleo, es cierto. Las altas cifras de paro amenazan con perpetuarse como una realidad que nos acompañará durante muchos años más, por no decir para siempre. El desempleo se convierte en paro de larga duración y luego en paro de muy larga duración para muchas  personas y colectivos. Nuestros jóvenes huyen del país. Los mayores de 40 años, lo tienen bastante más difícil.

El hecho es que el porcentaje de personas cubiertas con alguna prestación por desempleo se encuentra ahora en un raspado 58,6 por ciento, Y esto, teniendo en cuenta que, al tratarse de personas que llevan años en el paro, sólo tienen ya derecho a percibir una ayuda asistencial, hasta el punto de que esas ayudas alcanzan ya al 57 por ciento de quienes cobran algún dinero del desempleo. La caída de la cobertura durante los últimos ochos años ha sido brutal.

Mientras la Ministra de Empleo sigue loando los pírricos triunfos gubernamentales en materia de creación de empleo, sigue obviando algunas propuestas que los sindicatos han planteado reiteradamente durante la crisis. A la vista de las limitaciones del PAE (Programa de Activación para el Empleo), sería urgente pensar en las personas paradas de larga duración, poniendo en marcha medidas como un Plan de Choque para la Recuperación de las personas paradas que llevan años hundidas en el desempleo.

Otra medida, para evitar la pobreza y la exclusión social de las personas paradas, sería la implantación de la Prestación de Ingresos Mínimos, que viene siendo sometida al ninguneo gubernamental, pese a haber sido tramitada en el Congreso de los Diputados como Iniciativa Legislativa Popular, tras recoger los sindicatos los centenares de miles de firmas necesarias. Una prestación que podría alcanzar a 1´9 millones de personas desempleadas y que podría ser costeada simplemente con recuperar esos 13.600 millones de euros que se han perdido en gastos por desempleo, a causa de los recortes del PP.

Si de verdad el gobierno cree que estamos saliendo de la crisis y creando empleo, éste sería, además, un gasto transitorio que permitiría animar la recuperación económica, crear empleo y reducir el paro. Una prestación que iría reduciendo su cuantía, por lo tanto.  Un gasto que evitaría la situación insostenible de muchas familias que llevan soportando la lacra del desempleo, durante largos años. Lo que no es de recibo es seguir mareando a las personas y a las organizaciones que las representan social y laboralmente.

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Nosotros, los Nadies

febrero 8, 2018

Hace un par de años Antonio Ortiz, me invitaba a presentar el poemario La Tierra de los Nadie, en la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos-Tetuán. Ahora, han repetido la invitación, en Mimbrestudio, una antigua librería transformada en proyecto de comunicación. En este caso, para presentar el libro Cuentos en la Tierra de los Nadie.

Hace unos días hemos conmemorado el asesinato de los Abogados de Atocha. Muchos piensan que eran abogados laboralistas, porque murieron en un despacho laboralista que dirigía la ahora alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.  Eran los abogados que en aquellos despachos se dedicaban, a la defensa de los vecinos y las vecinas de los barrios.

Libros de los Nadie, librerías desaparecidas que encuentran nuevos proyectos jóvenes, abogados de barrio que defendían a las asociaciones vecinales. Me presenta Dolquisa, la Directora de Proyectos en el Consulado de la República Dominicana. El círculo se cierra. Son muchos los inmigrantes dominicanos en estos barrios y la colaboración entre Asociaciones Vecinales y el Consulado, permite crear espacios de convivencia y prevenir problemas emergentes.

Podría hablar de los orígenes de la Tierra de los Nadie. Recitar el poema de Eduardo Galeano y sus Nadies salidos del español que se habla en los Andes. Recuperar los conceptos de proletariado y lumpemproletariado (el obrero andrajoso al que se parecen cada vez más -salvadas las distancias- los trabajadores pobres, temporales y precarios), según Carlos Marx. Citar a Franz Fanon y sus Condenados de la Tierra.

Podría remontarme a los pobres de la Tierra que inventó Jesucristo con sus Bienaventuranzas y seguir luego el hilo hasta desembocar en la Teología de la Liberación latinoamericana, con sus héroes y mártires. Y releer La epopeya de los miserables, según Naguib Mahfuz. Lo dejo para mejor ocasión.

Para conocer a los Nadies, con su imponente esplendor y su sobrecogedora presencia, basta adentrarse en las calles y las plazoletas de Cuatro Caminos- Tetuán, comprobar su poder de supervivencia en mitad de la degradación urbana programada, que anuncia y prepara el terreno para las grandes operaciones de “rehabilitación” y remodelación, que las grandes constructoras han comenzado ya en el Paseo de la Dirección, columna vertebral de esos barrios.

Estos somos los Nadies. Los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, jodidos, rejodidos. Los excluidos del dinero, los exiliados del poder, los expulsados del poder del dinero. Los expatriados de su propia tierra, en su propia tierra.

Los Nadies somos Nadies en Tetuán, o en Villaverde; en Vallecas, o en Usera. En Parla, o en Arganda. En las favelas, slums, township, musseques, en las Villas Miseria. En muchos lugares del mundo ya ni los llaman barrios pobres, sino simplemente barrios. Costamos menos que la bala que nos mata de hambre y desnutrición, o de exceso de grasa. Esa es la única diferencia.

La educación y la política, el sindicalismo, el trabajo social, la sanidad, deberían permitir que nosotros, los Nadies, accediéramos a la palabra y, con la palabra, a la oportunidad de gobernar nuestras vidas y nuestros asuntos comunales.

Pero, mientras esto llega y no llega, o lo empujamos, o lo traemos, no estaría mal que hablásemos de lo nuestro, de nuestros paisajes, de nuestras vidas y nuestras mil maneras de morir y resucitar. De los que fueron antes y de cómo seremos después. Vamos, que en lugar de dejar que otros nos engatusen hasta la estafa, tomemos en nuestras manos, con nuestras propias manos, la construcción de nuestro relato y contemos nuestras prodigiosas, o al menos sorprendentes, historias.  Nosotros.


Bicentenario de un tal Marx

febrero 8, 2018

Te sonará a idea romántica. Unos amigos y amigas bastante desencantados con la marcha de la cosa pública en este país y particularmente con los avatares de la izquierda política, andan preparando un libro conmemorativo del bicentenario del nacimiento de Carlos Marx. Quieren editarlo y entregarlo, como donación, en la Casa Museo de su lugar de nacimiento en Tréveris.

La verdad es que el tal Marx y su amigo Friedrich Engels, habían envejecido relativamente bien por estas tierras durante toda la dictadura franquista. Seguidores, o al menos simpatizantes, de sus tesis, sus antítesis y sus síntesis, su materialismo histórico y dialéctico, eran hasta los curas obreros, como el Padre Llanos, Francisco García Salve, o Mariano Gamo, precursores en España, de la Teología de la Liberación.

Pedro Casaldáliga, Alfonso Carlos Comín, José María Díez-Alegria, o Ignacio Ellacuría, bebieron de esas fuentes y, cuando algunos de ellos viajaron a América Latina y comprobaron que lo de las venas abiertas de Eduardo Galeano era literal y no una metáfora, se convirtieron en apóstoles, o agitadores (según se mire), de la Liberación de una Latinoamérica convertida en patio trasero del vecino del Norte.

Así iban las cosas, hasta que el PSOE decidió prescindir de tan ilustres pensadores, tras las peripecias de un Felipe González, que pareció tomarse como una afrenta personal el hecho de que el XXVIII Congreso socialista rechazase su propuesta de abandonar los principios marxistas como ideología oficial.

Tan personal fue el asunto, que se negó a dirigir una organización política que siguiera tras la senda de Don Carlos. Forzó así un Congreso Extraordinario, cuyo lema bien pudiera haber sido: Marx o yo. Bien conocido es quién tuvo que hacer las maletas y largarse del primer partido de la izquierda española. Esto ocurrió allá por el 79, en pleno proceso de Transición.

Para colmo, diez años después, algunas amistades peligrosas terminaron de dar la puntilla a Marx. Los regímenes comunistas del Este de Europa se fueron diluyendo como azucarillos, víctimas de los desafectos de sus propios pueblos. Habían sido fundados por algunos marxistas revolucionarios, como Vladímir Ilich Uliánov (alias Lenin, por el río siberiano Lena, donde vivió desterrado) y sus seguidores Iósif Vissariónovich Dzhugashvilli (más conocido como Stalin, el hombre de acero) y Lev Davídovich Bronstein (al que todos llamaban Trotsky, por el nombre de uno de sus carceleros, que utilizó para huir de Siberia).

Trotsky acabó sus días siendo víctima de un asesinato en diferido, cuando ya había huido a México para escapar de las garras de Koba el Temible (también conocido como el padrecito Stalin). Aquí se ve que nadie se llamaba como le pusieron sus padres en la pila bautismal y que cuanto más poder acumulaba uno, se hacía acreedor a más motes y apodos.

Así pues, el marxismo goza de buena salud en América Latina, pero no está demasiado bien visto en los países eslavos. No quiero ni imaginar lo que los dos amigos, Marx y Engels, hubieran pensado del comunismo experimental chino de Mao Zedong y del puesto en marcha por sus herederos, encabezados por Deng Xiaoping, para quien, No importa si el gato es negro o blanco mientras atrape ratones… ¡Enriquecerse es glorioso!

Por cierto, éste es el argumento proverbial que introdujo Felipe González en nuestro país, inaugurando así las importaciones indiscriminadas de productos chinos y la admiración de los políticos españoles, Esperanza Aguirre a la cabeza, por su modelo de comunismo capitalista.

Si Karl Marx y su amigo Friedrich Engels volvieran para celebrar el bicentenario del más conocido de los dos, a la vista de la inmutable condición humana, tal vez hubieran revisado sus innovadoras reflexiones sobre el conflicto entre Capital y Trabajo y no hubieran incorporado peligrosos conceptos como “dictadura del proletariado”, que al final acabó convertido en cimiento para la dictadura de las élites burocráticas del partido único sobre el proletariado.

Bien pudiera ser que ambos decidieran tomarse una buena botella de vino de Burdeos, o unas copas de absenta, con Mijaíl Bakunin. Y, tal vez al final, entonaran juntos una Internacional en la que la famélica legión conjurara las borracheras del poder con dosis suficientes de libertad.

En fin, que corren malos tiempos para conmemorar que el de Tréveris cumpliría 200 primaveras el próximo 5 de mayo. Y, sin embargo, aquí ando, dándole vueltas al breve artículo que mis amigos me han pedido para el libro. El tema, el que yo quiera.

Todo un lujo, teniendo en cuenta que vivimos momentos en los que el trabajo,  según se nos explica, se encuentra amenazado por los cuatro jinetes de la Precariedad, la Temporalidad, la Pobreza y hasta el de la Desaparición, en virtud de la revolución digital y tecnológica.

Creo que les diré a mis amigos que escribiré mi artículo sobre Marx y la Pereza.


Carta abierta a Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell

febrero 8, 2018

Alejandro,

De cuantas cartas llevo escritas, ésta es la más difícil y te puedo asegurar que ninguna ha sido fácil. Temo siempre que la sensiblería se apodere de mí, tanto como caer en la frialdad de la distancia aséptica que nunca existe para con quien forma parte de tu vida. En tu caso se añade el miedo a hacer daño, agitando los fluidos que tan difícil e inestablemente se asientan en tu memoria.

No he querido hacerlo antes del 24 de enero, porque sé que son días en los que las entrevistas, los actos de reconocimiento, los viajes, las noches fuera de casa, se apelotonan y se encadenan, provocando una complicada y agotadora sucesión de emociones. He preferido esperar a que terminen los actos conmemorativos del 41 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha, en Madrid, en Salamanca y en otros lugares de España, para enviarte esta carta. Espero que la recibas cuando descanses ya en tu casa cordobesa, en uno de esos días tranquilos que deseo te haya traído tu reciente jubilación en la Universidad.

No te conocía, o al menos no te conocía tanto como ahora, en el año 2000. Hasta esa fecha eras para mí uno de los cuatro supervivientes (luego me enseñaste que preferíais definiros como sobrevivientes), de aquella trágica noche del 24 de enero de 1977, en la que un comando terrorista de ultraderecha decidió ejecutar la última sentencia de muerte del franquismo.

Un escarmiento que no pudieran olvidar quienes, en aquellos días, defendían la llegada de la libertad y la democracia con las únicas armas pacíficas de la manifestación, la huelga y la defensa de los derechos y de la justicia. Hemos escuchado muchas veces a Nicolás Sartorius (una de las cabezas más lúcidas con las que contamos para interpretar aquellos años, los que vinieron después y para intuir los que se avecinan), que Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en las calles. Aquel asesinato, atentado (al que llamaron matanza) y el posterior entierro, masivamente secundado, pacífico, ordenado, en estremecedor silencio, fueron la condena definitiva de destierro de una dictadura que comenzó y terminó matando, haciendo desaparecer, condenando al exilio interior, o exterior, a los mejores.

Pronuncias cada 24 de enero, durante tu intervención en el Auditorio Marcelino Camacho, muy despacio, los nombres de los asesinados: Luis Javier Benavides Orgaz, Serafín Holgado de Antonio, Angel Rodríguez Leal, Francisco Javier Sauquillo Pérez del Arco, Enrique Valdelvira Ibáñez. A los cuales has ido añadiendo los de tres sobrevivientes que han ido falleciendo a lo largo de estos años: Miguel Sarabia Gil, Luis Ramos Pardo y Dolores González Ruiz.

Siempre nos cuentas que no haces otra cosa que seguir el consejo de Miguel Sarabia, que tantas veces nos dirigía unas palabras en aquellas frías y, con frecuencia, soleadas mañanas de cada 24 de enero, ante el portal de Atocha, 55, donde trabajabais los abogados laboralistas y los de barrios, de los que tú formabas parte: Hay que decir sus nombres despaciosamente, porque diciéndolos, cobra sentido la Historia y se pone en armonía el Universo.

En nuestros carteles omitimos casi siempre los segundos apellidos. Pero nos has contado muchas veces la importancia que para ti ha tenido el apellido de tu madre. Aún creo recordar aquella primera edición de tu libro La Memoria Incómoda, la que presentamos en 2002, en el que el nombre del autor en la portada figura como Alejandro RH Carbonell. Por eso, tal vez, te gusta decir sus nombres completos.

Ibas para sacerdote jesuita, hasta que pensaste que había otras maneras de servir a la gente. Tu padre, el militar de convicciones franquistas, te quería en el campo del derecho. Estudiaste derecho, pero lo tuyo no eran los despachos que defendían a los grandes. Aquellos habitantes anónimos de las barriadas populares, en los que vivían jesuitas como el Padre Llanos, o Díez-Alegría, necesitaban tus servicios y, como otros muchos de tus compañeros y compañeras, abandonaste tus orígenes de “buena familia” y te lanzaste al mundo de los despachos laboralistas y de barrio que había fundado María Luisa Suárez, junto a Pepe Jiménez de Parga, o Antonio Montesinos y que continuaron Cristina Almeida,  Manuela Carmena y  otros tantos como vosotros mismos.

Lo de Atocha conmovió al mundo. En Europa, se conmemora el Día del Abogado Amenazado cada 24 de enero. Y, sin embargo, durante décadas, en España, la memoria de los de Atocha ha querido ser olvidada. No fue fácil comenzar de nuevo. Has contado muchas veces que aquel bolígrafo Inoxcom, que te entregó esa misma mañana Ángel Rodríguez Leal, te había salvado la vida, pero dejó inconclusa aquella insoportable levedad del ser que se llevó a Luis Javier, mientras te dejaba a ti. Afrontar cada nuevo día, desde hace más de 40 años ha sido dura tarea.

Era imposible volver a un despacho. Incluso tuviste que soportar que otras puertas se cerrasen porque era demasiado “político” contratarte. Al final conseguiste un puesto en la Universidad de Valladolid, luego en la de Burgos y, en los últimos tiempos en la de Córdoba, especializandote en Derecho Constitucional. Habéis sido víctimas del franquismo, pero sin Franco. Habéis sido víctimas del terrorismo, pero sin ETA, ni Al Qaeda, ni Isis. Sois víctimas en tierra de nadie. Víctimas del olvido.

Escribiste  La Memoria Incómoda sobre todos estos años y, más tarde, creo recordar que en Círculo de Bellas Artes, presentamos Los ángulos ciegos: Una perspectiva crítica de la Transición Española (1976-1979). Lola estaba presente. Lola, la compañera de Enrique Ruano, asesinado en el 69. Lola, casada luego con Francisco Javier Sauquillo, que sufrió el atentado junto a vosotros. Sobrevivió a sus dos amores y rompió su silencio para escribir en el preámbulo de tu libro No murieron por este mezquino mundo que nos ha tocado vivir.

Desde dos perspectivas distintas, la personal y la del investigador que intenta desentrañas las claves para interpretar su propio lugar en el mundo, has intentado encontrar el hilo conductor que te permitiera recorrer el laberinto de nuestra historia reciente. Has combatido siempre el Pacto del Olvido en el que algunos quisieron basar la Transición. Aquello de lo que no se habla, no existe. No hablar facilita el olvido. Un Pacto que ha generado lo que tú denominas zonas oscuras, ángulos ciegos, complicidades de silencio siempre vinculadas a la violencia política en todas sus formas.

Me llamó la atención, ya entonces, que llegaras a tus conclusiones finales citando a dos periodistas tan distintos, como Hermann Tertsch y Emilio Silva. Luego he entendido que las trayectorias humanas no son lineales. La cita del primero plantea que La dignidad no puede plantearse desde la humillación. La de Silva nos recuerda que Esta democracia no estará lo suficientemente madura hasta que trate con justicia a los hombres y mujeres que escribieron el código genético de nuestra democracia cuando construyeron la Segunda República.

Estas reflexiones recuperan la idea de que la legitimidad republicaba es la fuente originaria en la que bebe la democracia recuperada. La libertad no puede ser heredera de la dictadura, ni ser explicada como un resultado evolutivo de la misma. Los problemas de España, los que dejó enquistados Alfonso XIII cuando tomó la vía de Cartagena, los que no pudo solucionar el régimen republicano, los que fueron aplastados y enterrados por las botas militares en el 36, siguen, en buena medida, presentes y pendientes.

Desde la corrupción que envenena las instituciones, al conflicto territorial, o la cuestión social, por no hablar de la cuestión religiosa. La democracia debería ser el marco donde dirimir pacíficamente estos conflictos, pero el olvido del pasado impide asumir los errores y corregir los problemas.

Alejandro, nunca te he agradecido suficientemente que aceptases el reto de alejarte  algunas veces de la seguridad de las aulas, para enfrentarte a los recuerdos y presidir la Fundación Abogados de Atocha, que decidimos crear hace casi quince años. Sé que has pagado el precio de vivir y revivir muchos momentos de amargura y no pocos de abatimiento y tristeza. Te he visto rebuscar en los cajones del teatro, la música, la poesía, por si el arte y la creación ayudaran a remontar el vuelo y ver este mundo a vista de pájaro.

Hace poco me topé con la diferenciación que establecía Marcelino entre lo que se debe y lo que se puede hacer. Nos quebramos la cabeza, doblegamos la voluntad, dominamos el hambre, para transitar por ese filo de navaja que corta el aire entre lo necesario y lo posible. Lo has hecho todos estos años, como pocos se hubieran atrevido a hacerlo. No quiero terminar con un Gracias. No es gratitud lo que siento, Alejandro. Es respeto.