Todos somos agentes de turismo

agosto 14, 2018

El verano invita a la escapada. Nos empuja a abandonar el lugar habitual de residencia y buscar otros paisajes. La sensación de libertad que encontramos en estos desplazamientos compensa en parte la monotonía de los días que se suceden de forma rutinaria y constante, semana tras semana, a lo largo de todo el año.

Hay quien se recluye en el apacible y soñado apartamento de verano, la mayor parte de las veces en la playa. Hay quien busca ese mismo efecto en un viaje a lugares que aún no conoce. Hay, por último, quien no tiene más remedio que quedarse en casa o, como mucho, aprovechar una semana de un paquete turístico que concentra, en unos pocos días (8 días, 7 noches), las emociones de una playa todo incluido y alguna excursión organizada.

Vayamos donde vayamos, otros cientos, o cientos de miles de personas, habrán decidido emprender nuestras mismas hazañas, alimentando el efecto gentrificador y gentificador del nuevo turismo. Cada día es más difícil visitar la mayoría de los centros históricos de las ciudades patrimonio de alguien y los espacios naturales de reconocido prestigio.

Habrá quien emprenda su peripecia a través de una agencia de viajes de confianza. Sin embargo, me voy dando cuenta de que esta masificación de los desplazamientos, viene acompañada e incentivada, cada vez con mayor frecuencia, por el do it youself que se ha apoderado del mundo moderno. Son muchas las personas que, cuando revelo mi intención de emprender un viaje, se apresuran a incitarme a convertirme en agente turístico. Organizar de cabo a rabo mi propia peripecia.

Nadie me entienda mal. Cada cual haga lo que crea que puede y debe hacer, siempre que no atufe a los demás. Pero lo que para ellas parece tener el resultado de ver aumentar exponencialmente su sensación de libertad y su grado de autoestima personal, se me antoja que, en mi caso puede tener efectos devastadores y hasta trágicos sobre mi propia autoestima.

Conozco a quienes, a sus quehaceres cotidianos, han incorporado la búsqueda sistemática de vuelos de bajo coste a cualquier parte del mundo. Tras lo cual dedican mucho tiempo a buscar alojamientos, también de bajo coste, que tengan la mejor relación de lo que llaman calidad-precio.

Exploran páginas en las que se indica todo cuanto hay que saber sobre tamaños de maletas, compañías aéreas, desplazamientos que debes realizar, lugares que no te puedes perder, restaurantes en los que necesariamente hay que comer, multas que te llegarán a casa tras conducir los coches que vas a alquilar, personajes que no te puedes perder, museos que debes visitar, itinerarios imprescindibles, rincones obligatorios en los que te vas a sentir extraordinariamente feliz, o como conseguir ver, junto a miles de personas, lo que nadie ve casi nunca.

Conozco a quienes, preocupados sin duda por el servicio que prestan, publican todo tipo de comentarios en páginas especializadas, para abrir luego un blog donde van posteando cada uno de sus viajes, acompañados de fotos personales, en las más variadas posturas, ante los más dispares monumentos y en los más insólitos lugares del planeta. Basta teclear en un buscador para que aparezcan cientos y miles de estos comentarios, que ayudan a cuantos decidimos convertirnos en aprendices de brujo.

He intentado, con desigual fortuna, transfigurarme en mi propio agente de viajes. Me lleva mucho tiempo, del que no dispongo, y me ha conducido a algunas sorpresas que quisiera haberme evitado. Debo reconocer que sorpresas no mucho mayores que las que me han originado algunos agentes turísticos profesionales.

A fin de cuentas, los profesionales trabajan con las ofertas que cambian constantemente y que van escupiendo sus ordenadores. Las agencias turísticas han tomado buena nota. Trabajan con los buscadores de viajes y hoteles, publicitan ofertas online y te proponen autodiseñar tu viaje a tu medida.

Es curioso que postear signifique, en algunos países de lengua hispana, meter los postes de un cercado. Y esto va de postes, alambradas, cercados, turistas y viajeros. Han cambiado mucho los tiempos en los que sólo unos pocos podían permitirse el lujo de viajar. Ya no volverán los días de los descubridores de paisajes nuevos, inexplorados, inhabitados.

Pero, con todo, cuando me meto en estas aventuras de sentirme agente de turismo, no puedo dejar de envidiar al Paul Bowles de El Cielo Protector. No puedo dejar de recordar cómo me marco aquel párrafo, Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a casa al cabo de unos meses o unas semanas, el viajero, que no pertenece a un lugar más que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra.

El problema se encuentra, al parecer, en la relatividad del tiempo, y en la aceptación (o no) de las alambradas y las barreras. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla, el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan. Una vez más el cómo es, al menos tan importante como el dónde y el qué.

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La maldición de la poesía

agosto 14, 2018

En un hoyo en la tierra

enterré todos los acentos

de mi lengua natal

ahí yacen

como agujas de pino

que juntaron las hormigas.

John Berger

 

Sigo dándole vueltas a algunas reflexiones sobre la poesía en nuestros tiempos. No pertenezco a escuelas, tertulias, círculos, grupos, corrillos, corrientes, academias literarias de ningún tipo. Me gustan unos poetas y otros me dicen menos. Me deleito leyendo a algunos narradores y otros me aburren, o me cuentan cosas que me llegan menos.

No sé si estoy más acertado en lo que pienso y en lo que cuento, pero me duele cuando aquellas personas a las que considero cercanas en las cosas básicas que defendemos consideran que los poetas deberían dedicarse a trabajar en la intimidad y compartir sus creaciones con un puñado de amigas y amigos en el exclusivo espacio del salón de su casa.

Hay ocasiones en las que un poeta como Luis García Montero, sobre todo desde que decidió presentarse como candidato en las elecciones autonómicas madrileñas, tiene que soportar críticas del estilo de “zapatero a tus zapatos”. Es decir, dedícate a escribir tus poemas (sólo falta añadir “que nadie lee”) y no te metas en política, que eso son palabras mayores que sobrepasan a un poeta.

Yo mismo he tenido que escuchar que, en algunas ocasiones, se dirigieran a mí como poeta, con cierta condescendencia. Pocas veces lo entendí como un halago. Más bien como un aviso. Algo así como, podemos permitirnos el lujo de tenerte al frente de nuestra organización sindical, pero cuidado con esas manías de escribir poemas, cuentos, libros. Eso te aleja de nosotros, te sitúa en la frontera.

Es verdad que casi nunca las cosas van más allá. Tal vez porque los poetas, junto al estigma, han podido conservar la capacidad de maldecir, por más que lo hagan cada vez más bajito y en muy contadas ocasiones.

Cualquier hombre de hierro, ya se dedique a la política, al sindicalismo, o a los negocios, siente el mismo vértigo que aquel hombre de acero, apodado Stalin, cuando empuñó el teléfono en plena noche para llamar al poeta Boris Pasternak (mucho más conocido por ser el creador del médico Zhivago que por su vertiente poética), para preguntarle si ese tal Mandelstam, que le había dedicado el satírico Epigrama contra Stalin, podía ser considerado, o no, un maestro.

Hasta aquel bajito y tosco dictador georgiano intuía que su carrera podía quedar arruinada por la maldición de la sangre de un poeta, como la de Lorca inundó la de aquel bajito y torvo dictador ferrolano elegido por un ambicioso dios menor para salvar España.

Hay quien piensa que el tiempo de la prosa, aquel en el que se construyeron las utopías, las distopías y las ucronías es ya incapaz de restituir la armonía en un mundo incapaz de construir un futuro que repare las injusticias del presente y del pasado. En el ahora sin porvenir, la poesía está en condiciones de mirar de frente a la herida.

Es Berger quien nos dice que los poemas son más parecidos a una plegaria que los cuentos, aunque en la poesía no haya nadie a quien orar oculto tras el lenguaje. La poesía no tiene que explicar nada, no tiene que atenerse a un relato que finalice con un desenlace. Es la fuerza del lenguaje que se abre camino en nosotros, una de nuestras pocas posibilidades de victoria.

Quien hoy desprecia la poesía, no necesita la maldición de los poetas, porque ya ha cavado su propia tumba, su derrota, su imposible mañana, su no futuro.


Un poeta en el Cervantes

agosto 14, 2018

He escrito en estos días unos cuantos artículos reivindicando el valor de la poesía y profetizando las maldiciones que se ciernen sobre aquellos que conciben la poesía como un lujo cultural ajeno a la vida cotidiana de las personas. En alguno de esos artículos hablaba de poetas como Luis García Montero que nos demuestran que poesía y compromiso no son incompatibles y, aún más, que la poesía no es un mero juego de palabras, sino la búsqueda intensa del ser humano, más allá de dónde la ciencia es capaz de llevarnos.

La noticia de que Luís ha sido nombrado Director del Instituto Cervantes es, por lo tanto, una magnífica noticia, no sólo para él y para cuantos le conocemos, sino también para quienes aman la poesía y la palabra como forma de comunicación y de creación humana. Situar a un poeta al frente de la institución que se encarga de difundir las lenguas peninsulares por el mundo me parece un gesto inteligente del nuevo gobierno de Pedro Sánchez.

No puedo decir que sea amigo personal de Luis. He participado con él en unos cuantos actos literarios, presentando diversos libros. He compartido tribuna junto a él en actos sindicales, o políticos. Le he escuchado hablar sobre García Lorca y me ha abierto los ojos sobre muchos pasajes de Poeta en Nueva York.

Le he acompañado en algún mitin  electoral, cuando aceptó encabezar, a contracorriente, la candidatura de Izquierda Unida de Madrid en las pasadas elecciones autonómicas. Me apenó que unas pocas décimas le cerraran el acceso al parlamento regional. Le pedí que escribiera el prólogo para mi poemario La Tierra de los Nadie y que me acompañase en la presentación del mismo. He tomado alguna que otra cerveza con él al finalizar este tipo de eventos.

Su nombramiento me trae a la cabeza esos tiempos en los que algunos poetas eran tomados en consideración para ocupar consulados, o embajadas. Me recuerda que Allende nombró a Pablo Neruda embajador en París, o a Gonzalo Rojas Pizarro, al frente de la embajada en La Habana.  Eran tiempos en los que no era incompatible fomentar los negocios y los intercambios económicos, con presentar las mejores credenciales humanas y creativas a otros pueblos.

La labor del Instituto Cervantes va precisamente de eso. La difusión de nuestras lenguas, a las que se refería el bilbaíno Gabriel Aresti en su famoso poema para Tomás Meabe (no es español quien no sabe las cuatro lenguas de España), es mucho más que impartir cursos de castellano, catalán, gallego, o vasco, por los cuatro costados del planeta. Mucho más que fomentar la cultura de élite, exhibir la crema de las cremas, derramar la flor y nata de nuestras creaciones en los centros neurálgicos mundiales.

Algunas de esas cosas hay que hacerlas y buscar los mejores gestores, para evitar dilapidación de recursos y gastos innecesarios de pólvora. Pero se trata, sobre todo de dar a conocer las Españas, porque sólo se ama lo que se conoce y porque en esta península conviven muchas Españas. El Instituto Cervantes es un poderoso instrumento para establecer relaciones, comprender nuestros muchos modos y maneras de ser, nuestras formas de seducir, dialogar, sugerir, equivocarnos.

No coincido completamente con César Antonio Molina, quien fuera Director del Cervantes y luego Ministro de Cultura, cuando afirmaba que El Cervantes es una empresa, como tal hay que gestionarlo. Pero sí coincido con él y estoy seguro de que también Luis, en que vivimos un mundo que todo lo sacrifica a los ídolos de las nuevas tecnologías, el entretenimiento y la masa.

Creo que la cultura española, la plural y amplia amalgama de culturas, creencias, costumbres, heterogéneos ideales, diversas (cuando no dispersas) visiones, constituye un poderoso antídoto contra esos ídolos prefabricados, insulsos, uniformados y, no pocas veces, despóticos.

Luis García Montero hubiera sido un excelente ministro de Cultura, pero se me antoja que será mucho más útil para todas y todos en esta tarea de difusión de la palabra, las lenguas, la cultura. Luis sabe que la poesía seguirá preguntando a las personas y a los pueblos, seguirá buscando en el interior de ellos, seguirá siendo canto y oración. Y también sabe que la honestidad, en la vida y en la política, es el primer paso para intentar que los cambios mejoren la existencia cotidiana y la convivencia diaria de las personas. Ambas cosas, lejos de ser incompatibles, son indisociables.

Desde estas líneas, Suerte y buen trabajo, amigo.


Carta abierta a la señora Sara, mi madre

agosto 14, 2018

La señora Sara es viuda.

Con minúscula señora

y con minúscula viuda.

Del cuento Retrato de Señora

 

Sara,

No he escrito nunca una de estas cartas abiertas a una persona que no estuviera ya entre nosotros. Además, sé bien que te gusta contar tu historia, pero no que tus andanzas sean aireadas por escrito, como si presintieras que alguna turbia maldición se cierne sobre quien demuestra ser libre en un mundo plagado de amenazas.

Como aquella vez, en plena posguerra, en la que siendo niña-criada fuiste seguida por las calles de Madrid por una vecina del pueblo, hasta dar con tus padres. Fueron denunciados, juzgados, sentenciados, condenados, apaleados, encarcelados y arrastraron para siempre la marca de la prisión y la derrota.

Nada debes temer, porque ya has dejado de pertenecer al tiempo al que nosotros seguimos sometidos. Una verdad que tan sólo le fue revelada a una mujer, mientras le era negada a los discípulos predilectos, Todas las naturalezas, todas las producciones y todas las criaturas se hallan implicadas entre sí y se disolverán otra vez en su propia raíz, pues la naturaleza de la materia se disuelve en lo que pertenece únicamente a su naturaleza. Tal vez por esta forma de ver la muerte, este evangelio de María Magdalena nunca ha sido uno de los oficiales y pasa por ilegítimo, apócrifo.

Seguro que nada temes, porque ahora descansas junto a tu marido, en el cementerio del pueblo en el que asegurabas que pasaste los mejores años de tu vida. Ese pueblo en el que encontraste refugio, entre Las Criadas y la vuelta a un Madrid que devora, con crueldad y despiadada avaricia, la vida de sus habitantes. Allí te casaste, tuviste a tus hijos y cuidabas una finca, a modo de guardiana de un paraíso que, de nuevo, te fue arrebatado.

Ahora, las laderas de la Sierra de Guadarrama contemplan el infinito donde resides. La brisa  de los cerros se impondrá a los calores del verano y las nieves del invierno cubrirán tu lápida. Vives ahora la infinitud sin tiempo, mientras nosotros intentamos aprender qué tipo de relación, a base de  recuerdos, contactos, intercambios de memoria, podemos mantener contigo.

Hay muchas mañanas en las que me levanto buscando el momento del día en el que voy a acercarme a verte y muchas noches me sorprende la conexión mental que me impele a llamar para preguntarte cómo has pasado la tarde y que hables con tu nieto Pablo, de tú a tú, de vuestras cosas. Para que viajes con él por cada calle, cada ciudad, las aulas de su instituto, los paisajes de mundos cercanos, o lejanos rincones descubiertos a la vuelta de la esquina. Ese chaval que ha querido ir a verte hasta casi el último día.

Fue esa capacidad de viajar, de vivir tu vida reflejada en otras vidas; la impresionante memoria de cada nuevo nacimiento, cada pérdida, cada cumpleaños, cada enfermedad, que te llevaban a preguntar por la calle, o a coger el teléfono. Fue tu capacidad de vivir sola, sin permitir que nadie se metiera en tu vida, sin dejar de cuidar la memoria de cada persona a la que conocías, la que te hizo tan popular en el barrio.

Fueron tus viejas películas de Hollywood y las de la tierra; tus canciones para después de una guerra, ese incansable escuchar la radio, tus largas caminatas, las que te hicieron soportar el trabajo, mitigar el miedo, afrontar la soledad, defender tu libertad, aunque, con frecuencia, esa libertad sólo se encontrase dentro. Eso te mantuvo joven y atractivamente moderna hasta el último momento, hasta ese tiempo en que las mujeres y hombres del hospital aprendieron a quererte.

Eras cristiana, desconfiando de los curas y los beaterios. Eras socialista desconfiando de los políticos y de la política. Me seguías la pista de sindicalista y a veces me recordabas, Siempre os engañan. De derechas no eras. Recelabas del dinero, sospechabas del poder. Pertenecías a los Nadies. Con todas sus ilusiones y todo su escepticismo. Sorteando cadenas de decepciones para seguir abrazando la vida.

Decidí comenzar a escribir un día tu cuento Retrato de Señora, La señora Sara es viuda. Con minúscula Sara y con minúscula viuda. Me reprochaste que hablase de ti, aunque algo de orgullo te invadía al ver tu nombre escrito en un papel. De lo contrario no me hubieras pedido que te trajera ejemplares de los Cuentos de la Tierra de los Nadie, para repartirlos entre tus hermanos. No tuve que explicarte que sin ti, mis Nadie no existirían. Tú eras el núcleo de los Nadie.

Cada muerte es dolorosa. Esta vez, el dolor de tus hermanas y hermanos, de tus nietas, tus nietos, tus parientes, tus vecinas, cuantos te conocían en el barrio, en el pueblo donde viviste, en aquel otro en que naciste, no creo que sea menos intenso que el mío. Ver cómo tus nietas se han dedicado a ti y te han rodeado de afecto en tus últimos días, me reconcilia con la especie humana, en esta incomprensible situación que me ha envuelto.

Cada muerte es inexplicable, impenetrable, hermética, desoladora. En estos días, he descubierto y me ha ayudado mucho, leer cómo describe John Berger nuestra relación con ella, Hasta antes de que la sociedad fuera deshumanizada por el capitalismo, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Era ésta su futuro último. Por sí mismos, los vivos estaban incompletos. Los vivos y los muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo esa forma moderna tan particular del egoísmo rompió tal interdependencia. Y los resultados son desastrosos para los vivos, que ahora piensan en los muertos como eliminados.

No sé cómo hacerlo, Sara. No sé cómo acostumbrarme a vivir en la frontera entre la infinitud donde habitas y el tiempo que nos atrapa. Cómo aceptar que eres ya cuanto seremos nosotros. No sé si sabré cuidar a tu gente, esa con la que viviste, a la que querías, sin plegarme a sus caprichos, sin renunciar a mi libertad, como si tú me vieras. Cómo aprender a sacar fuerzas de flaqueza, a base de atrapar músicas, imágenes, historias, encuentros, palabras, aunque sólo sea dentro de nosotros. Sentir la sabiduría que impregna tu memoria del infinito.

He dudado mucho antes de escribir esta carta. No te gustaba que hablaran de ti en público. Un poco de pudor y otro poco de prevención para preservar tu independencia. Que lo que hace la mano izquierda, no lo sepa la derecha. Al final me he puesto a escribir, releer, tachar, corregir, reescribir. Tal vez porque construir futuro es la tarea que compartimos, que tenemos que imaginar los de allá y los de acá. Y porque tu experiencia y tu memoria ya nos envuelve y nos protege.

Sara, he preferido escribir la carta. No hay peor muerte que el olvido. No hay peor suicidio colectivo que la indiferencia y la desmemoria. Si como dijo el cura en tu funeral, has vencido a la muerte, sólo me queda encomendarme a ti y salir cada día a defender la vida. La vuestra, la nuestra.


La rebelión de las criadas

julio 18, 2018

De nuevo Genet. De nuevo Las Criadas. Las criadas no son sólo teatro, son un grito, una súplica, una oración, un alegato. Las Criadas son aquello que cada espectadora, o espectador, quieren ver. Hay tantas criadas como actrices, o actores, se lanzan al empeño de ponerla en escena.

No es una obra cómoda. No es una obra monolítica. No es monótona. Era el propio Jean Genet quien insistía en que La manera de actuar de las actrices que representen a las dos criadas debe ser furtiva. Una manera que quiere ser contenida y resulta perturbada, que pretende interpretar la sinceridad hasta inventarla.

Son muchas las actrices y tampoco faltan los actores que se han lanzado a la tarea. Y cada escenificación de Las Criadas resulta distinta. El amor, el odio, la sumisión, la rebeldía, el crimen, el suicidio, la opresión, los sueños y juegos de libertad. Una mezcla inquietante, un equilibrio inestable de sentimientos encontrados, un conflicto permanente, que se renueva en escaramuzas constantes.

La última vez que he podido ver Las Criadas ha sido  en el Auditorio Marcelino Camacho, en representación única organizada por el Ateneo 1º de Mayo y dirigida por Ana Carrasco. Ahora que el problema de las kellys ha conseguido hacerse un hueco en el panorama informativo, parece buena idea de subir a la escena la vida de las mujeres del servicio doméstico, que escandalizó a la burguesía francesa recién salida de la Guerra Mundial y dispuesta a vivir veinte años de bonanza, que culminarían en el famoso Mayo del 68.

El escándalo de un Genet, que había pasado de los reformatorios a las cárceles y que estrena Las Criadas en 1947. Tras más de diez condenas consecutivas, tras haber sido expulsado del ejército a causa de su homosexualidad y sometido a la amenaza de ser condenado a cadena perpetua, que tan sólo es conjurada cuando un buen número de artistas e intelectuales como Sartre, Picasso, o Cocteau, intervienen en su defensa ante el Presidente de la República, consigue que terminen por indultarle en 1949.

Como muestra de la versatilidad de interpretaciones posibles de la obra, en esta ocasión, las criadas parisinas sirven a una señora de la España franquista y la directora ha decidido iniciar la obra e intercalar a lo largo de la misma, pasajes del relato de la vida de su abuela como criada. Una voz que nos atrapa en las redes de una vida condenada y oscura, que lucha por pequeños momentos de felicidad a los que aferrarse para seguir viviendo.

Genet comenzó a escribir para conjurar el tedio de los días de cárcel. Se refugiaba en su vida en libertad, vagabunda, miserable, pobre, la vida de un nadie. Luego siguió escribiendo para ganar algo de dinero. Nada de posteridad. Nada de obra literaria. Lo cual no impide que, pasados los años, termine descubriendo que cuanto ha escrito revela su empeño oculto, paciente y continuado de rehabilitar a los seres, los objetos, las actitudes y los sentimientos que son considerados viles, miserables, perdedores. El procedimiento se le antoja pueril, infantil, demasiado fácil, porque consiste edn nombrar la traición, la cobardía, el miedo, el dolor, el robo, la muerte.

Conceder un nombre, por terrible que éste sea, constituye el acto de la creación en sí mismo. Dice Genet que esta operación no ha sido vana para él. Entregar el derecho a los honores del nombre embellece cuanto vosotros despreciáis.

Imagino a Jean Genet, allá en el cementerio de Larache, junto al otro Jean, en este caso traducido al español como Juan y apellidado Goytisolo, charlando amigablemente sobre esta nueva versión que estas tres jóvenes actrices se han atrevido a llevar a los escenarios. Ana, Ainhoa, Marta.

Seguro que coinciden los dos Jean, en lo acertado del atrevimiento transgresor de convertir el personaje de Solange en el de Sara, introduciendo su nombre y su relato en la representación. Los imagino sopesando, frente al mar, la audacia de cambiar la monótona vida burguesa, gaullista y republicana de la Francia de la posguerra, por la provinciana gris, estraperlista y militarizada vida que soporta el peso de una dictadura implacable que acababa de ganar otra guerra contra su propio pueblo. Porque, ya lo dijo Genet, ¡Incendiaria! Es un título admirable.


El valor de la poesía

julio 18, 2018

Hace unas semanas asistí a la presentación de dos poemarios de Luis García Montero y Daniel Olmos, en un acto al alimón organizado por la Fundación Ateneo 1º de Mayo y que tenía lugar en la Sala dedicada al Proceso 1001 en CCOO de Madrid.

El 1001 fue aquel juicio franquista que juzgaba a la cúpula de las CCOO en diciembre de 1973 y que terminó con condenas desmesuradas, al coincidir su inicio con la voladura del vehículo en el que viajaba el Presidente del gobierno de la dictadura, el Almirante Carrero Blanco. No habría que explicar estas cosas, pero como no se enseñan en los centros educativos, puede que alguien se pierda en el relato, si no lo hiciera.

El caso es que, como vivimos en un planeta recorrido por redes sociales y, quien más quien menos, dedicamos un tiempo a actualizar nuestros “estados”, me dio por colgar una foto de Luis García Montero leyendo unos versos, acompañada del comentario, Con Luis García Montero, presentando el poemario A Puerta Cerrada. Siempre el placer y la inquietud de la Poesía.

No tardé en recibir la respuesta airada y furibunda de una seguidora, amiga virtual, o como quiera que se llame a quienes se adentran en estos mundos inmateriales, aunque haberlos, haylos. Venía a decir con meridiana claridad, más lucha obrera y sindical y menos poltronas y privilegios. Como viera que no había respuesta, más por la falta de constancia de mi presencia en los espacios siderales, que por descortesía, se ve que se sintió obligada a remachar la sentencia, El sindicato no es un centro cultural.

Seguía yo obnubilado, inconsciente, sin leer estos comentarios, tal vez durante días, hasta el punto de que el nivel de indignación de la buena mujer debió seguir creciendo en forma proporcional al tiempo de mi silencio. Tal vez creyendo que mi mutismo obedecía a cualquier tipo de inexplicable incomprensión, se sintió obligada a explicar sus sentencias, Ya sé que soy molesta, pero llevo años luchando y luchando y necesitamos trabajo digno, sueldos dignos. Lo de la poesía entre amigos en una casa me parece bien, pero con casi 5 millones de parados está fuera de lugar con todo mi respeto.

Viendo que ni por esas. Creyendo, probablemente, que el hecho de no contestar estaba llegando ya demasiado lejos, decidió cambiar de estrategia y enarbolar otra línea argumental, Y fuera las ETT, ahora llamadas de otra manera. Ahí quiero yo poesía, ahí.

De verdad, juro y perjuro, que no leí nada de este hilo. Para cuando quise hacerlo el enfado se había ya desbordado ¿¿¿En qué realidad vivís??? Que llevo 10 años sin nómina, de verdad pensáis que nos interesa la poesía, queremos trabajar con dignidad.

Hasta algún conocido, amigo, o seguidor virtual, a la vista de la evolución, o involución, que se iba despeñando ladera abajo, decidió mediar y escribió, No son incompatibles, pero para gustos los colores. Creo que son de agradecer estos moderadores de unos devenires internautas que, de otra forma, podrían conducir a la desesperación, o la rabia incontinente. Allí, arrellanados en el sofá, venga mandar pullas y nada, que nadie contesta. Soledad de soledades.

Cuando terminé por meterme en los comentarios de mi página y leí los escritos por aquella mujer, me sentí un poco responsable del nivel de irritación que, ella solita, pero a cuenta mía, había ido dejando crecer dentro de sí. Sólo se me terminó ocurriendo ofrecerle mis disculpas con una cita de García Lorca, Si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; pediría medio pan y un libro.

No hubo más respuestas, ni contestaciones. Podría haberle recordado a Celaya y su poesía necesaria como el pan de cada día, un arma cargada de futuro. Recitarle algún poema de Antonio Machado, o recomendarle escuchar las Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo, en la voz de Paco Ibáñez. Explicarle el papel de los ateneos en la formación y lucha de la clase trabajadora. Haberle hablado de Mandelstam, Ajmátova y Pasternak bajo el estalinismo.

Contarle de Alberti y Miguel Hernández recitando en el frente, o  sobre los ingleses Ralph Fox y John Condford, muriendo en el frente. El propio Lorca, víctima del frente abierto por los sublevados. Quizá debería haberle pedido a Luis García Montero que le dedicase el poemario que presentaba aquel día.

Pero no lo hice. Lo dejé en la cita de Lorca. Tal vez pensé que algo de razón tendría aquella mujer. Que algo ha pasado con la poesía para que quienes más deberían apreciarla la aparten de su camino. Puede que me recordase a mí mismo que vivimos tiempos en los que sólo escuchamos lo que queremos escuchar. ¿Cómo va lo mío?

Quizá decidí que cada cual tiene que buscar y encontrar sus propias verdades y descubrir, tarde o temprano, que tenía razón Bécquer cuando al mirar otros ojos, frente a frente, exclamaba Poesía eres tú. Descubrir que, sin la poesía, los monstruos que creamos serían los dueños de nuestro destino. El personal y el colectivo.


Los Mayos del 68 y 50 más

junio 3, 2018

Hay momentos en la historia, de esos que Antonio Gramci definía como de crisis, en los que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se producen los más variados y morbosos fenómenos. De esos que Walter Benjamin formulaba como jetztzeit, el tiempo que se sitúa al margen del discurrir contínuo de la historia. Momentos en los que se concentra toda la energía dispuesta a dar un salto hacia el futuro.

Uno de esos momentos se produjo hace 50 años, en torno a mayo de 1968. Se desencadenó en muchos lugares del planeta, aunque lo hemos terminado ubicando mentalmente en París. He conocido a no pocos que presumían de haber vivido aquel mayo del 68, en vivo y en directo, en pleno Barrio Latino, aunque, probablemente, todo se limitase a su participación en alguno de esos viajes turísticos informales y espontáneos, organizados para recorrer la Rive Gauche del Sena, tomando copas en sus bares bohemios.

Mayo del 68 fue la versión francesa de algo más que la puesta de largo de la estética “bobo” (burguesa-bohemia) y que el preámbulo de la iconografía hippie que vino después. En 1967, el Ché había caído en Bolivia. En el 68, en Estados Unidos, son asesinados el líder de los derechos civiles, Martin Luther King y el candidato a la Presidencia, Robert F. Kennedy. Al tiempo que  impresionantes movilizaciones estudiantiles recorren todo el país, contra la Guerra de Vietnam.

En México, un periodo de movilizaciones por la libertad, los derechos y contra la corrupción institucional, acaba siendo sofocado a balazos, produciendo una matanza policial de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, de la que aún desconocemos el número real de víctimas.

En Alemania, los disturbios estudiantiles precedieron al mayo francés. En el Este, la Primavera de Praga es aplastada por los tanques soviéticos y, con ella, el intento de construir un socialismo de rostro humano. La ofensiva del Tet, desencadenada por el Vietcong acaba en derrota, pero Vietnam del Norte gana ampliamente la batalla política y mediática. Indochina es una trampa mortal, un matadero donde el pueblo estadounidense se desangra. No hay victoria, ni tan siquiera gloria en el horizonte.

No estuve en aquellos escenarios. Era un estudiante de 10 años. Sí recuerdo que muchas de estas noticias asaltaban los telediarios, se difundían en el Parte con el que puntualmente conectaban todas  las cadenas radiofónicas, las leí en algunos periódicos atrasados y en algún que otro análisis y artículo del Reader´s Digest. En las casas de los pobres la información de pago entraba como de contrabando, de segunda mano y sin selección alguna de las fuentes. Captabas al vuelo, aleatoriamente, de forma arbitraria, sin orden ni concierto, pero terminabas haciéndote una composición de lugar.

Si no lo entendí mal, el mundo  construido sobre las ruinas de la II Guerra Mundial se estaba agotando. Nuevas generaciones apuntaban maneras. Exigían protagonismo, libertad, respeto a sus derechos, acceso al consumo, a la riqueza mal distribuida que se estaba generando. No quieren morir en guerras lejanas que muy poco tienen que ver con la vida a la que aspiran. La clase trabajadora siente que ha trabajado en la reconstrucción de un mundo destrozado, pero que está perdiendo la batalla del reparto equitativo de la riqueza.

Existía una sensación de que los partidos políticos de la posguerra (incluidos los socialistas y comunistas) y sus líderes, habían dado de sí hasta un límite que ya han sobrepasado hace tiempo. Abunda el sentimiento de que los sindicatos se han limitado a defender a los sectores organizados (transportes, grandes industrias, administraciones públicas y poco más), pero han dejado de representar al conjunto de la clase trabajadora.

La representación de la sociedad se fragmenta y dispersa en pequeñas organizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas de la primera hornada, actores, pacifistas, maoístas, artistas, trotskistas, anarquistas, intelectuales, gays y lesbianas, hippies, que se unen, se separan, discrepan, convocan asambleas, convocan actos, aparecen, desaparecen, confluyen o se diluyen, se fusionan, o emprenden agrias polémicas.

Creo que, desde entonces, el mundo se ha transformado profundamente, aunque no siempre a gusto de todos. Algunos aprendieron aquella lección y otros siguieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Cambiaron las caras de los políticos, pero pronto los nuevos partidos fueron viejos y vuelta a empezar.

Las fuerzas que controlaban el poder económico tomaron buena nota y, durante 50 años, han ido imponiendo su libertad a base de consumo y mercado. Comprando, siempre que ha sido posible, domesticando a los rebeldes y, en el peor de los casos, eliminando cuantos intentos se han desencadenado para abrir las puertas a otro mundo, más o menos posible. Hasta China, sin dejar de ser maoísta y Rusia, sin dejar de ser imperial, forman ya parte de este paisaje.

La política ha pactado pequeños y limitados espacios de autonomía, siempre que no afecten a los grandes intereses del mercado. La izquierda, tras tímidos intentos de recomponer la figura, termina aplicando, no pocas veces, las políticas neoliberales, hasta con más fervor que la derecha.

Los sindicatos, que han modulado, moderado y resistido embates de todo tipo, siguen siendo víctimas de la percepción interesada de haberse retirado a los cuarteles de invierno, dejando las inmensas y heladas estepas de precariedad laboral y paro en manos de nadie.  La fractura social hace que el malestar se exprese en explosiones intensas, pero pasajeras.

Hace 50 años en París y en otros muchos lugares simultáneamente, los herederos de Lampedusa volvieron a escribir la historia del Gatopardo sobre el principio de que Si queremos que todo continúe como está, debemos hacer que todo cambie. Total, como bien explica el protagonista a alguien que teme las consecuencias de las revueltas, Habrá unos cuantos episodios de tiros inocuos y, después, todo será igual aunque todo habrá cambiado.

Conmemoremos, así pues, de buen grado, sin complejos, sin triunfalismos, este 50 aniversario de los Mayos del 68.