Ni nacionalista, ni nacional

octubre 9, 2017

He escrito varios artículos sobre el tremendo follón de Cataluña, que nadie parece querer abordar con diálogo y sentido común. He recibido respuestas de todo tipo en las redes sociales. Algunos insultos he recibido y también otros han manifestado coincidencias sobre mis opiniones.

Un familiar, catalán e independentista, me recuerda, desde una ciudad próxima a Barcelona, que mi análisis no es acertado, que no he mencionado el tema de las infraestructura, los desdoblamientos de carreteras, el eje ferroviario del mediterráneo, la escasa ejecución presupuestaria de inversiones del gobierno de Madrid en Cataluña.

También me recuerda que el Estatut, aprobado por el parlamento y luego por el pueblo de Cataluña, fue modificado por el Tribunal Constitucional, cuando algunos artículos anulados son idénticos en otros estatutos de autonomía. La injusticia presupuestaria y la falta de respeto a la autonomía prometida, que han producido el paso de la política del catalanismo al independentismo.

Le hago notar a mi pariente catalán que tengo amigos extremeños, que me inundan de artículos y opiniones parecidas sobre el abandono en Extremadura de inversiones esenciales, como las infraestructuras ferroviarias. Mis amigos extremeños no son independentistas, pero parecen tener los mismos problemas a casi mil kilómetros de distancia.

Mi pariente es un independentista convencido y va a degüello en su respuesta. Me dice que no convenceré ni a los nacionalistas catalanes nacidos en Extremadura, ni a sus hijos, porque ellos han viajado por aquella tierra que ya no es su nación y ven autovías gratuitas  vacías de coches, donde  anidan cigüeñas sobre los indicadores de tráfico.

La diferencia, según su criterio, es que unos (se entiende los catalanes) generan con creces el coste de las infraestructuras propias y las tienen saturadas, lo cual impide su progreso y otros no (debo entender, entre líneas, que los extremeños).

Culmina ratificándose en que mi análisis no es acertado. Termina con un repaso de detenciones, abusos de la fuerza pública, acciones judiciales, desmanes del gobierno de Madrid en Cataluña, el fin de la democracia y unas cuantas fotos y memes muy ocurrentes, para reforzar su argumentario. Me insta, con toda solemnidad, a no ser neutral.

Por la misma red social que me comunica con mi pariente catalán, me llega otro mensaje de un amigo jubilado. Me informa de que mientras miramos a Cataluña la Audiencia Nacional rechaza el careo entre Rajoy y Bárcenas, el Banco de España da por perdidos más de 42.500 millones de euros de dinero público gastados en el rescate bancario, el 30 por ciento de los dependientes siguen sin ser atendidos (muchos mueren cada día sin haber recibido ayuda alguna), más de un millón de nuestros jóvenes tienen que buscarse la vida en el extranjero, los enfermos pierden tratamientos, se queman dependencias judiciales dónde se custodian expedientes sobre la corrupción del PP, hay colegios públicos saturados, mientras se promueven los negocios educativos privados. Y así una larga lista de noticias perdidas.

Se me ocurre que el problema no es Madrid, ni Barcelona, ni Mérida. El problema es que Mariano Rajoy tenía muy complicado el futuro, con un horizonte plagado de casos de corrupción maduros para juicio. Y que Artur Mas y su sucesor forzado, Puigdemont, tenían un partido en descomposición atenazado por la corrupción de los porcentajes de mordida.

Nada mejor para ellos que tirar de soberanía, nación, lengua, patria, cultura, bandera, símbolos nacionales, iglesias nacionales, para echar tierra sobre sus problemas y sus escabrosos asuntos. El mismo Puigdemont que votó con los de Rajoy contra el referéndum en el Sahara, Palestina, o el Kurdistán, se aferra ahora al salvavidas del Procés.

Otro amigo me manda esta noche una foto de Puigdemont estrechando la mano de Rajoy en la mismísima puerta de la Moncloa. Unas letras explican que así, a lo tonto, hemos convertido a los corruptos y chorizos catalanes en héroes de la libertad y a los del resto de España en defensores de la Constitución.

No soy neutral, pero me siento de una izquierda que no pinta nada en este fregado. Que ni los nacionalistas, ni los nacionales, cuenten conmigo para sumarme a lo tonto a su estropicio. Es más, dedicaré mi tiempo y mi esfuerzo a desenmascarar a quienes destrozan las vidas y juegan con las esperanzas e ilusiones de las personas. Los mismos que traicionan la defensa de una vida digna y un trabajo decente, para el que fueron elegidos democráticamente.

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Porco Madrid, povero Madrid

octubre 9, 2017

Madrid es el centro geográfico, centro absoluto del poder político y judicial español, junto con los principales medios de comunicación. Me lo dice un pariente catalán, nacionalista, independentista, para el cual esta afirmación debe ser parte esencial de su cosmovisión (su weltanschauung).

Según parece, no hace sino dar continuidad a esa percepción tan italiana de las cosas que lleva a proclamar, ante cualquier adversidad, Piove, porco Governo!, algo así como, Llueve, ¡Gobierno de cerdos!

Existe otra variante, Piove, governo ladro!, no menos contundente y muy aplicable a los tiempos de corrupción que se han instalado por las cuatro esquinas de España y que se ejecutan utilizando las cuatro lenguas patrias (quizá menos el vasco, porque los corruptos son de mente cerrada y poco dispuestos a aprender lenguas complicadas y difíciles. Con aprender el contundente Tres por ciento, el mágico Tres por cento y el elegante y cautivador Tres per cent, ya te mueves bien por España entera y, decididamente, no es necesario aprender a pronunciar Hiru ehuneko).

Además, estas fórmulas mágicas se pueden enunciar en positivo y en negativo: Non piove, porco Governo! o Non piove, Governo ladro! Así, llueva o no llueva y a sabiendas de que Nunca llueve a gusto de todos, siempre viene a cuento echar las culpas al maestro armerode turno, que invariablemente está en Madrid. Madrid es el mantra que permite iluminar el camino y que entonan cuantos ya no saben cómo enmendar los desastres que, en muchos casos, ellos mismos han provocado.

No funciona la atención a la dependencia… Porco Madrid. Hay listas de espera sanitarias… Madrid nos mata. Hay aulas sobrecargadas de alumnado… Madrid nos roba la cultura. Hay corrupción… Nos roba Madrid. No se invierte en transporte público… Todo para Madrid. Nuestro empleo es malo y miserablemente pagado… el gobierno de Madrid. Da igual que muchas de estas materias se encuentren transferidas. Siempre cabe argüir que no mandaron dinero suficiente… Madrid lladro.

Dicho lo cual, podría continuar intentando emular a Albert Pla y escribir una carta troleada, una carta trampa, llena de mentiras sobre las maldades de Madrid. Pero Albert es un maestro de la provocación, al que, como bien presume él mismo, en justo reconocimiento, han terminado echando hasta de la CNT.

No elegiré esta vía para continuar el artículo, no por miedo a ser echado de ningún sitio (sólo podrían intentar echarme de mí mismo y en eso me he ganado, no sin rasguños, mi independencia), sino porque nunca seré tan bueno como él (ya lo siento) en ese arte del monólogo sarcástico, tierno y cruel al mismo tiempo. Nunca le alcanzaré.

Me conformaré con recordar, a quienes tiran de Madrid para justificar la maldición de la lluvia, o la sequía, que este Madrid del que hablan tenía, hasta hace bien poco, un rey nacido en Roma. Que el dictador que le precedió era gallego de El Ferrol (un día me entretendré en detallar el peso de la idiosincrasia ferrolana en el caso del caudillo). Que el primer Presidente de la democracia era abulense y que los ha habido sevillanos, algún nacido en Madrid emigrado a Valladolid, un astur-leonés y de nuevo un gallego.

Vale que José María Cuevas nació en Madrid, pero el primer Presidente de los patronos de CEOE, fue un barcelonés, Ferrer Salat y el último otro barcelonino, Juan Rosell.

Samaranch, podría haberlo sido todo en Madrid, pero prefirió ser presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) durante veintiún años, entre 1980 y 2001. Nació y murió en esa Barcelona a la que ayudó a ser olímpica. Pero antes fue falangista de joven y luego franquista de corte más nacional que nacionalista. Pasó por la embajada de España en Rusia y consiguió que la imagen de la Virgen de Montserrat tuviera su altar en una iglesia de Moscú. Poco después lamentó con amargas palabras la muerte del dictador, al que consideraba uno de los jefes de Estado más importantes del siglo XX y creó un partido franquista al que llamó Concordia Nacional.

El Presidente de la Conferencia Episcopal es de Avila y el arzobispo de Madrid, un cántabro. Y qué decir de los partidos políticos. Cierto que los líderes del PSOE y Podemos son madrileños. Pero el del PP es compostelano afincado en Pontevedra. El de Ciudadanos viene de Barcelona. El de Izquierda Unida nació en Logroño, de padres malagueños y desde la provincia andaluza se lanzó a Madrid.

En cuanto a los sindicatos, qué decir de una UGT cuyo primer secretario general en la democracia vino de Baracaldo (Nicolás Redondo), el segundo era extremeño-andaluz (Cándido Méndez) y el tercero astur-catalán (Pepe Álvarez).

En cuanto a mi sindicato, CCOO, las cosas no son muy distintas. Marcelino nació en un pueblecito de Soria, hijo de ferroviario. Antonio Gutiérrez salió de Orihuela, como antes lo había hecho Miguel Hernández. José María Fidalgo es de León. Hasta hace bien poco nos dirigía un gallego de El Ferrol (Toxo) y ahora un vasco de Barakaldo, de familia originaria de Valladolid. Obsérvese que este último Secretario de CCOO, Unai Sordo, nació en el mismo lugar que Nicolás Redondo. Este en el 27 y aquel en el 72. No hay casualidades. Algo querrá decir.

Podríamos seguir por los bancos. Al frente del BBVA, un cántabro, como cántabros los Botín que gobiernan el Santander y el bilbaino Goirigolzarri preside Bankia. Inolvidable el manresano Isidre Fainé, al frente de Gas Natural-Fenosa, Caixabank-La Caixa, la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CECA), numerosos bancos y organismos internacionales y sus meritorios sillones en la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras y en la Real Acedemia de Doctores de España.

En el capítulo de las multinacionales, la omnipotente y omnipresente Sol Daurella, la Presidenta de Coca-Cola, es barcelonesa y tan pronto coquetea con el independentismo, como concede premios desde el patronato de la Fundación Princesa de Asturias, en el que tampoco podía faltar Isidre Fainé. Para terminar, sin ánimo de exhaustividad, la Presidenta de Microsoft España, Pilar López Álvarez, nació en Astorga, se formó en la Universidad Pontificia de Comillas y tras una intensa y veloz trayectoria internacional y nacional ha sido elegida leonesa del año.

Vistas así las cosas, cuando se habla de Madrid convendría pensar en un foro de encuentro, el meeting point, punto d´incontro, punt de trobada, punto de encontro, topagunea, de personajes venidos de toda España. Si no existiera Madrid, decididamente, habría que inventarse uno a modo de ágora. Dicho de otra manera, sin Madrid, España sería un donut, con un agujero negro en el centro.

Otra razón para no imitar a Albert Pla, escribiendo una carta irónica y sarcástica, pidiendo perdón por la existencia de Madrid. Porque Madrid existe, tan sólo, ya lo dijo Machado, como rompeolas de todas las Españas. Madrid existe, para hacer realidad una greguería de Ramón Gómez de la Serna: Una pedrada en la Puerta del Sol mueve ondas concéntricas en toda la laguna de España.


El terrorismo no borrará nuestra alegría

septiembre 4, 2017

En mayo del año 2000 asumí la Secretaría General de CCOO de Madrid. Ese año la banda terrorista ETA daba por terminada la tregua indefinida y unilateral que había decretado en septiembre de 1998 y cometió 23  atentados terroristas. Una brutal secuencia de muertes que comenzó con el asesinato del teniente coronel Pedro Antonio Blanco.

Tres atentados se produjeron hasta mayo, entre ellos el de Fernando Buesa y su escolta el ertzaina Jorge Díez y, a partir de ese momento, una cadena de actos terroristas en las que cayeron el periodista López de Lacalle, el concejal Martín Carpena, Juan María Jáuregui, o el exministro Ernest Lluch. Así hasta 23 militares, jueces, empresarios, concejales, guardias civiles, funcionarios de prisiones, ertzainas, mossos de escuadra, trabajadores, políticos, policías nacionales…

La clase trabajadora nunca ha hecho buenas migas con el miedo, con la violencia, con el terrorismo. Bien lo pudimos comprobar durante el franquismo, cuando ETA aprovechó el inicio del juicio del Proceso 1001, contra la cúpula dirigente de CCOO, para asesinar al almirante Carrero Blanco. El odio del franquismo se volcó sobre  los sindicalistas, endureciendo las condenas hasta alcanzar más de 20 años de cárcel en algunos casos.

En esto ETA, como cualquier grupo terrorista, ha preferido siempre el dolor, la muerte, el cuanto peor mejor y no ha dudado en llevarse por delante a los trabajadoras y trabajadores con sus actos.

El propio López de Lacalle, era fundador de CCOO, trabajador de la industria, siempre interesado por la cultura, escritor, periodista. Recuerdo a Santi Bengoa, Secretario General de Euskadi por aquellos días, siempre intransigente con el terrorismo, siempre amenazado por ETA.

Ante cada atentado los sindicatos convocábamos paros en las empresas y minutos de silencio a las puertas de las mismas, en las calles, ante la sede de las principales instituciones. Provocábamos reuniones de todas las fuerzas políticas, sociales, empresariales, sindicales. Organizábamos con decenas de trabajadoras y trabajadores el servicio de orden de concentraciones, manifestaciones. Redactábamos comunicados conjuntos llamando a la unidad, la paz y la libertad.

El Delegado del Gobierno por entonces, el navarro Javier Ansuátegui, llegó a recomendarme que solicitase guardaespaldas o, al menos, un servicio de contravigilancia. En todo caso, que mirase siempre debajo del coche antes de montarme en él. Teníamos miedo y algunas veces miré debajo del coche.

Luego llegó el 11-M de 2004 y el final de ETA era inevitable. Nunca podrían en nombre de unas ideas nacionalistas provocar tanto horror como el fundamentalismo de unos fanáticos religiosos. El asesinato de los ecuatorianos Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, el 30 de diciembre de 2006, en la T-4 del aeropuerto de Barajas, fue la bocanada final, el punto de no retorno.

La respuesta de los sindicatos, con las organizaciones ecuatorianas y las fuerzas políticas y sociales, fue masiva. Siguieron matando, por inercia, sin sentido, pero ya nadie podía admitir esa lógica infernal de muertes. El final de ETA era cuestión de tiempo, si manteníamos la unidad y la firmeza frente al terrorismo.

La barbarie terrorista desatada el 11-S en Nueva York y el 11-M en Madrid tiene características específicas y distintas. Golpea masivamente. Buscando sembrar el dolor, el miedo, el terror y provocar la reacción violenta no contra los causantes, sino contra cuantos profesan su religión.

El metro de Londres, Charlie Hebdo, la sala Bataclan en París, el metro y el aeropuerto de Bruselas, el paseo de Niza, el mercadillo navideño de Berlín, el Parlamento británico. Decenas de atentados brutales de los heraldos de la muerte en Europa.

Pero no podemos olvidar, que casi nueve de cada diez atentados yihadistas se producen en países de mayoría musulmana y que esas bombas en mercados, barrios populares, cuarteles de policía, mercadillos concurridos, o mezquitas en la hora de la oración, producen centenares de muertes de musulmanes un día sí y otro también.

Vencimos a ETA y venceremos al yihadismo con firmeza y fortaleciendo la unidad de cuantos queremos convivir en libertad, paz, justicia y democracia. Convocaremos concentraciones, manifestaciones, paros, minutos de silencio, en las calles y en los centros de trabajo contra la violencia y el terrorismo. Somos personas trabajadoras. Vivimos de nuestro trabajo. Tuvimos miedo, tenemos miedo. Por nosotros, sí, pero sobre todo por aquellas personas a las que amamos, o con las que convivimos.

Vencimos una vez, volveremos a vencer. No arrebatarán nuestras vidas impunemente. No robarán nuestra forma de vivir, ni nuestra sonrisa, ni nuestra alegría.


Las cuatro lenguas de España

agosto 23, 2017

Cierra los ojos y duerme,

ÑAMeabe,

pestaña contra pestaña.

No es español quien no sabe,

Meabe,

las cuatro lenguas de España.

Gabriel Aresti

Gabriel Aresti, ese bilbaíno que creció con el castellano como lengua materna y que aprendió el euskera de forma autodidacta, hasta convertirse en uno de los más importantes escritores del siglo XX en ese idioma, dedica este poema a Tomás Meabe, hijo de la clase alta bilbaína, discípulo del padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, y fundador de las Juventudes Socialistas, tras su acercamiento al movimiento obrero vizcaíno.

Dos trayectorias tan sólo aparentemente cruzadas, que vienen a coincidir con la convicción de Arrabal de sentirse un nacionalista sin fronteras. Porque ese aparente oxímoron que utiliza dos términos contradictorios uniéndolos en una misma expresión, tal vez no sea tan oxímoron, ni tan contradictorio.

Veo a mi alrededor cómo el mismo partido que defiende que en Cataluña se enseñe castellano, se empeña al mismo tiempo en que en toda España se  implante una enseñanza bilingüe en inglés, casi en igualdad de condiciones con el castellano.

Ni lo uno ni lo otro me parecen mal, de entrada. Con respecto a las lenguas extranjeras creo que hacemos bien en formar a nuestros hijos e hijas en el aprendizaje del inglés, alemán, chino, ruso, italiano, portugués, o árabe. Cuantas más lenguas conozcan, más posibilidades tendremos de movernos por y comunicarnos con un mundo globalizado.

Pero esta globalización sin fronteras debería eliminar el concepto radical de extranjero, en lugar de ampliarlo a los que viven en nuestro mismo país. Cuando, por poner un ejemplo, oímos por la calle a alguien que afirma que un catalán no es español, no sabemos, de entrada, si escuchamos a un nacionalista catalán, o a un nacionalista castellano.

Me parece que esto de la unidad de España depende más de asumir nuestra diversidad y nuestra pluralidad que de los vericuetos en los que nos meten las incapacidades del Mariano y el Carles de turno. Me siento castellano, pero más exactamente de la Sierra castellana del Guadarrama, a caballo entre las dos Castillas. Y me siento madrileño, pero más exactamente de Villaverde y, dentro de Villaverde, del Alto.

Y me siento un poquito de Ronda, porque allí nació una de mis hijas. Y de Ubrique, porque fui allí maestro. Y de Cáceres, más exactamente de Hervás, porque viven allí grandes personas a las que me unió la vida.

Y todo ello por accidente. Porque tengo una rara tendencia a ser y sentirme de donde vivo y trabajo, de donde viven mis hijos. Eso ha hecho que me haya ido de patrias, o que me hayan echado de ellas, o que haya sido un refugiado en otras y que haya vuelto de exilios voluntarios o forzosos, buscando mis orígenes. Vamos, como todo el mundo.

Pues bien, allá va una idea para fomentar el nacionalismo sin fronteras, al menos dentro de España: Creo que nos iría mejor como país si en los programas escolares incluyéramos el conocimiento y aprendizaje de las lenguas de Euskadi, Cataluña y Galicia. Al menos, al mismo nivel que lo hacemos con el inglés y con otras lenguas extranjeras.

Alguien contestará, lo he escuchado en alguna ocasión, que ya que podemos entendernos en castellano en toda España, para qué volcar esfuerzos en aprender otras lenguas patrias. Pero es que esto de la convivencia en un país tiene menos que ver con las cuentas, que con los relatos que somos capaces de construir en común, interiorizando la musicalidad de la lengua materna de cada cual. Nos unen más las canciones de cuna de nuestras madres, que las guerras caprichosas de nuestros padres.

Suenan bien las declaraciones del nuevo director del Instituto Cervantes, planteando un mayor compromiso de esta institución con la difusión de la cultura y las lenguas cooficiales de España, en colaboración con las instituciones de las  Comunidades Autónomas en las que se hablan esas lenguas.

No hay que olvidar que Don Quijote emprendió su famoso viaje a Barcelona y que no en vano Cervantes escribió el libro más leído y vendido de la Historia, después de la Biblia. Con la diferencia de que él lo hizo con una sola mano y en cuanto a Dios, siempre ha utilizado decenas de escribientes.

Francisco Javier López Martín


Casas de la palabra

agosto 7, 2017

En mi boca, sí, se vuelve mentira

lo que verdad parecía en la mente.

Hofmannsthal

Daba vueltas sobre el artículo que debía escribir esta semana en mi columna La Voz de los Nadie. Tenía decidido el tema. Una reflexión sobre la palabra, su poder y su ninguneo hasta convertirla en posverdad. En el camino me he topado con Luis García Montero, que esta semana escribe una columna titulada Un mundo apalabrado, en la que aborda la pérdida del valor de la palabra política como contrato y en la que concluye afirmando. Frente a tanta palabra hueca y cínica, conviene saber hasta dónde puede llegar el compromiso con las palabras.

Una primera tentación me sugería no reincidir en una variación sobre el mismo tema. Pero luego he pensado que nunca viene mal afrontar el mismo problema desde dos posiciones distintas. Además me ha resultado sugerente volver a la idea que he venido alimentando desde lejos, según la cual la amistad consiste en una extraña simpatía que establece una sincronización de dos personas más allá del tiempo y la distancia. Amigos con los que tras meses, tal vez años, de separación, podrías comenzar entonando el famoso, Como decíamos ayer.

No he tenido con Luis grandes encuentros, ni desencuentros. No comparto todas sus ideas, ni he trabado con él una amistad del día a día y del codo con codo. Le apoyé en su campaña electoral y más tarde le pedí que escribiera el prólogo a mi libro de poemas, La tierra de los Nadie.  Poco más nos une. Sin embargo, eso no pare ser obstáculo para que sus preocupaciones sean las mías y para que, con toda probabilidad, estemos pensando en asuntos muy parecidos, casi al  mismo tiempo.

Creo que el valor de la palabra debe estar siendo una preocupación de mucha gente de bien ahora mismo. La historia nos demuestra de forma tozuda que cada vez que la palabra ha perdido valor, o ha sido incumplida, la brutalidad ha tomado el relevo y se ha abierto camino. Llevamos grabado a fuego, en nuestras memorias de la historia, que cada vez que la palabra ha perdido su fuerza, se ha adocenado, se ha sometido a los designios del poder, hemos permitido que se convierta en algo frágil, hemos abierto las puertas al escepticismo, primero y luego a la violencia que pretendía restablecer el orden perdido de las cosas, aún a costa de millones de muertos en los campos de batalla, o los gulag.

Parecía que, tras un siglo XX herido por la locura desatada en dos guerras mundiales y en   numerosos conflictos locales y genocidios programados, la humanidad podría comenzar el tercer milenio aprendiendo de los errores del pasado. Sin embargo, la manipulación de las palabras para justificar, alentar y sugestionar al personal en la necesidad de la violencia, junto a la utilización de la mentira mil veces repetida hasta que adquiere apariencia de verdad, al más puro estilo goebbeliano, han sido complementadas por la utilización de la palabra como llamada a los sentimientos, al miedo y las bajas pasiones.

La profecía de Aldoux Huxley está cerca de cumplirse. Esa dictadura perfecta que tendría apariencia de democracia. Esa cárcel sin muros de la que los prisioneros no soñarían en evadirse, porque gracias al sistema de consumo y entretenimiento los esclavos amarían su servidumbre. La coerción ha cedido su puesto a los creadores de tendencias, que nos sugieren, nos susurran, nos gritan, el significado de las palabras. Hay quien lo llama posverdad.

Tal vez va siendo hora de recuperar el valor de las palabras, no sólo de la palabra dada, que también, sino de la que da nombre a cuanto puebla nuestro mundo. Uno de mis amigos, de esos a los que no hay que ver cada día, me habló, tras uno de sus viajes,  de esas tribus africanas en las que el pueblo se reúne en la Casa de la Palabra, para hablar, contar, aprender, resolver problemas, tomar decisiones. Lugares de techo bajo, en los que se habla sentado, porque nadie puede, exaltado por un debate, ponerse de pie, en gesto amenazador. Donde la palabra nombra y relata y donde compromete a cuantos la pronuncian.

Tal vez es tiempo de construir Casas de la Palabra.

Francisco Javier López Martín

Cuentos en la Tierra de los Nadie

julio 18, 2017

En la Casa del Lector del Matadero de Madrid acabo de presentar mi último libro titulado Cuentos en la Tierra de los Nadie, editado por Legados Ediciones. Mi anterior libro era un poemario titulado La tierra de los Nadie. Esta columna se llama La Voz de los Nadie. Es forzoso preguntarse, ¿de dónde viene esta obsesión recurrente por los Nadie?

Sin embargo, vengo hoy aquí a hablar de mi libro y, siguiendo al maestro Umbral, no dejaré que nada ni nadie evite que lo haga. Dejaremos sin responder, al menos de momento, la pregunta. Alimentemos por ahora la insatisfacción. Provoquemos que se establezcan conjeturas, hipótesis, dudas razonables, sobre la existencia o no de una Tierra de los Nadie. Dejemos trabajar la imaginación.

Vayamos al grano. He construido estos Cuentos en la Tierra de los Nadie con diez relatos prefabricados y ensamblados en un universo confederal de pueblos, valles, barrios periféricos y minas asturianas. Cuentos escritos a lo largo de varios años y que han conseguido algún premio o reconocimiento en lugares tan diversos como Hervás (Cáceres), Oviedo (Asturias), Coria (Cáceres), Bilbao, Trigueros (Huelva), NH Hoteles. En alguna ciudad de la Mancha, como Azuqueca, y en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no consigo acordarme, por más que lo intente.

Cuentos protagonizados por ancianas de barrio, bibliotecarias, trabajadoras de temporada en algún camping del Ambroz, porteros de finca, drogadictos, cundas, viudos, viudas, jóvenes desarraigados al borde del exilio interior y exterior, camioneros, efebos a la helénica usanza, un divisionario  (de aquellos genuinos de la División Azul) y unos cuantos mineros que trabajan, con el agua hasta la cintura, en el pozo de la Camocha.

Historias de ayer que podríamos contar hoy, casi tal cual. Historias de hoy que podrían tener décadas a las espaldas, porque las circunstancias de los Nadie se atienen a un principio de relatividad incierta, que no tiene que ver con la velocidad de los cambios, sino con la intensidad del dolor y de la alegría, que de todo hay en esta desconocida tierra.

Manuel Rico, poeta, novelista, presidente de la Asociación Colegial de Escritores, me ayudó en la presentación y atendió a mi petición de redactar el Prólogo del libro, al que tituló: Un canto a los sueños de los invisibles. Le agradezco este esfuerzo suplementario que ha realizado, sacando tiempo de donde no lo tiene, para atender a mi demanda.

Y agradezco esa referencia al género del “cuento preocupado por la condición de los humildes” que floreció por los años 50 y que contó con escritores como Medardo Fraile, Meliano Peraile, Jesús Fernández Santos, o el enorme Ignacio Aldecoa, que escribió La tierra de nadie y otros relatos.

Es inmerecido, pero halagador, que Manuel considere que mis cuentos navegan, transcurridos los años y en el tránsito entre dos siglos, por el mismo mar de fondo  de una sociedad injusta, gobernada por una minoría ignorante y egoísta, que aplasta las ilusiones de los humildes, que se ven obligados a la lucha cotidiana por la supervivencia.

Contar cuentos puede parecer un ejercicio de diversión, evasión, invención. Pero todas las historias están inventadas. Cambias los personajes, el espacio y el tiempo y los ancestrales relatos vuelven a aparecer ante nosotros. Escribir cuentos, contarlos, me parece un intento de reinventar la realidad, establecer un relato de cuanto no podría ser narrado exactamente tal cual ocurrió. Escribir novelas y cuentos para que la vida pueda ser aprehendida, comprendida y no sólo literalmente conocida. Los personajes del cuento existen o han existido en  uno o varios de otros seres reales. Los tiempos, o los espacios, las circunstancias, son reconocibles, aun cuando procedan de los  sueños o de los miedos más profundos.

Nada como leer a Valle-Inclán, sus esperpentos, para intuir una España que se despeña irremisiblemente hacia una Guerra Incivil. Nada como leer Siete casas en Francia, de Atxaga, antes o después de El corazón de las tinieblas, de Conrad, (cuento largo, novela corta), para comprender el horror de las potencias coloniales en Africa, en este caso en el Congo sometido al rey Leopoldo II de Bélgica.

Escribir, contar, para intentar atrapar en ti una vida incomprensible que siempre se nos escapa.

Francisco Javier López Martín

 


La tumba del abuelo

julio 7, 2017

“un infierno sobre la arena:

los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna

y chozas de paja que ofrecen una miserable

protección contra la arena y el viento.

Para coronar todo ello no hay agua potable,

sino el agua salobre extraída de agujeros

cavados en la arena”.

Robert Capa

 

Me gusta recordarle frente al mar. Herido, frente al Mediterráneo. La memoria es caprichosa. Cuando no cuenta con referencias ciertas tiene permiso para inventarse momentos. Cosas que quedan ahora escritas y que pasan a ser recuerdo fiel de una realidad que tal vez no existió así. Sólo tal vez.

El recuerdo me asaltó durante el reciente Congreso de CCOO. Pepe Alvarez habló, durante la inauguración, de fosas en las cunetas. Manuela Carmena habló de memoria. Yo pensé en mi abuelo. Herido, sentado frente al Mediterráneo. En las playas de Argeles-Sur-Mer. Perdedor de una guerra desencadenada por militares contra su propio pueblo.

A sus espaldas un inmenso campo de concentración. Hay que sacar agua salada de hoyos excavados en la arena y utilizarla para cocinar. Hay que racionar los escasos alimentos que llegan sólo de vez en cuando, en camiones destartalados. Hay que ver morir a los compañeros, de hambre, de disentería, de frío, de tifus. Y seguir viviendo. Hay que sobrevivir.

Más de 100.000 exiliados han sido cercados aquí con alambradas. Más de 550.000 malviven, huidos de la guerra y de la derrota en otros campos. Pero este es el más grande, el más conocido de todos. Por aquí ha pasado Robert Capa con su cámara y ha quedado reflejado el horror de los refugiados de la guerra.

Recuerdo cuando dejó Collado Mediano y trepó al Guadarrama para frenar el avance de las tropas franquistas. Pensó que serían sólo unos días, hasta que las tropas procedentes de Madrid, restablecieran  la legalidad republicana. Su mujer, sus hijos, no volvieron a verle. Ni vivo, ni muerto. Voluntario a los 42 años, no es extraño que los más jóvenes le apodaran el abuelo. Mi abuelo.

Algo ayudan, aunque de poco sirven, los barracones donde se juntan para hablar de política, de cultura, de la organización del campo, de la familia. Recuerdo a mi abuelo, en su “barracón de cultura”, charlando con el joven militante del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), llamado Vicente Ferrer. Quien iba a decir que pasados los años el joven trotskista terminaría convertido en apostol de las Indias.

Y me gusta recordarle junto a aquel jovencísimo José Luis García Rúa, al que recuerda que tiene la misma edad que el mayor de sus hijos y al que hace prometer que, si sale de ésta, irá a ver a Ascensión, su mujer y dará un beso en la frente a cada uno de sus tres hijos.

Otras veces recuerdo a mi abuelo charlando con Joaquín Puig, que salvaría luego la vida por los pelos al volver a España para ser condenado a muerte e indultado en el último momento. Su hijo, paradojas de la vida, fue el último ejecutado por garrote vil en la España franquista, Salvador Puig Antich.

Me gusta, sobre todo, recordarle frente al mar Mediterráneo. A él, un hombre de tierra adentro, de la Sierra de Guadarrama, de pinares y granito. Frente al mar que buscan cuantos huyen de las guerras, camino de México, Argentina, Cuba. Camino de Argel.

Guardo estos recuerdos, pero soy incapaz de imaginar donde se encuentra la tumba de mi abuelo. En eso la memoria no viene en mi ayuda. Nunca nadie en la familia encontró el camino.

Y se me ocurre que alguien tiene que buscarlo. No iré tras la tumba del Cid que, pese a todos los regeneracionistas, sigue sin contar con las famosas siete llaves. No. Iré al sepulcro de Don Quijote. La tumba de aquel soldado que partió a derrotar gigantes y topó con los tanques italianos y la aviación alemana y la mediocridad de las democracias europeas.

 

¿Qué a dónde vais?

La estrella os lo dirá: Al sepulcro.

¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos?

¿Qué? ¡Luchar! ¡Luchar!, y ¿cómo?

¿Tropezáis con uno que miente?,

gritarle a la cara: ¡Mentira!, y ¡adelante!

¿Tropezáis con uno que roba?

gritarle: ¡Ladrón!, y ¡adelante!

Miguel de Unamuno

Vida de Don quijote y Sancho

 

 

Francisco Javier López Martín