Muertos de hambre

octubre 18, 2018

Recibimos decenas de vídeos y eso que llaman GIF, más o menos graciosos, llamativos, impactantes, virales. No suelo abrirlos porque, en los tiempos que corren, hacerlo requeriría un tiempo del que no dispongo. Sin embargo, hago una excepción con los que me envían algunos amigos, a los que atribuyo la capacidad de sorprenderme con imágenes, o ideas, que me hacen ver las cosas de otra manera.

Tras mantener una conversación telefónica, uno de esos amigos me manda un video realizado por Elio González y Rubén Tejerina, titulado Muertos de hambre. Seis minutos de monólogo, en los que Elio despliega algunas ideas en defensa del arte y los artistas, acompañadas de sugerentes imágenes en blanco y negro.

Me gustaría que lo vierais y por eso no pienso destriparlo, ni mucho menos hacer spoiler. El video comienza transcribiendo el comentario de alguien sobre las enseñanzas artísticas. No dan el nombre del comentarista, imagino que para que no cargue públicamente con su desafortunada opinión durante el resto de su vida.

Viene a decir el personaje en cuestión que, Las investigaciones médicas aumentan la esperanza de vida (medible). Nuevos métodos en ingeniería reducen costes, distancias, tiempos, etc. (medibles). La I+D incrementa el PIB y el empleo. Que un chalado pinte cuatro rayas en un cuadro, o que un flipado componga un pasodoble, no aporta nada de forma objetiva, o medible. El mundo va a seguir igual sin su aportación. No les necesitamos.

Imagino que el pobre hombre, no se me ocurre que una mujer tenga tan escaso aprecio por la vida y sus manifestaciones, se siente perjudicado y golpeado por el hecho de que la investigación haya sido una de las primeras víctimas de los recortes de Rajoy, hasta el punto de que hayan casi desaparecido de la faz mesetaria las investigaciones médicas, los nuevos métodos en ingeniería y eso que él llama I+D y que otros denominan Investigación, Desarrollo, e innovación (I+D+i).

No me extraña que Elio comience su monólogo contando una sugerente anécdota, en la que uno de sus amigos se ve obligado a responder a una pregunta de su padre en la que se interesa por saber a qué se dedica el inseparable colega de su hijo. El joven responde que es actor y añade que le gusta la poesía, la fotografía y ha realizado algún video. El padre corta inmediatamente la conversación, Vamos, un muerto de hambre.

La opinión no es muy distinta de la de un pariente mío, que no duda en ubicar a los artistas en la categoría de cigarras. Se supone que el resto de los mortales son hormigas, ya ve usted. Lo cierto es que los artistas, no sólo en España y no sólo en estos tiempos sin historia, han sido casi siempre unos muertos de hambre.

Mira por dónde, he ido a tener dos hijas artistas, aunque no siempre pueden ganarse la vida como tales y se ven obligadas a buscar otras formas de sustento. Pagan con doble esfuerzo su osadía, como las cigarreras pagaban el atrevimiento de ser trabajadoras, mujeres y libres. Va a terminar siendo cierto que el arrojo de robar el fuego de los dioses, puede terminar convirtiéndonos en ángeles caídos, o Prometeos encadenados.

Es muy difícil creer que podemos innovar algo, investigar, introducir algo nuevo, sin forjar, fomentar y valorar la creatividad en todas sus formas. La de una actriz, la que explota en la danza, en la música, en las imágenes, en los colores, en un poema, en un cuento, un relato, seductor y fascinante. No todo es medible y objetivo, ni en el momento de nacer, ni en el de morir, ni en cuanto nos ocurre en el breve recorrido entre ambos mojones.

Mientras aquí descuidamos la formación y el empleo decente. Mientras promovemos el ideal perverso de los falsos autónomos, precarios y mal pagados, a los que enseñamos a aceptar la explotación, en otros países de Europa cuidan a sus artistas, recompensan la imaginación y premian a sus creadores.

Al final nuestros jóvenes terminan por buscar acogida allí donde les ofrecen oportunidades y aprecian su trabajo. Nuestra juventud ha huido de España al ritmo de 100.000 al año. Muchos eran titulados medios y superiores, otros eran artistas. Acabamos haciendo nido allí donde nos quieren. Allí donde nos dan una oportunidad.

Un país como Bélgica, cuenta, por ejemplo, con un Estatuto del Artista, que permite compatibilizar periodos de actividad y obtención de recursos, con otros momentos en los que no hay trabajo remunerado, o un proyecto se encuentra en una fase de creación. Acreditando un nivel anual de actividad e ingresos puedes compaginar el cobro de una prestación con otros momentos en los que ingresas dinero fruto de tu trabajo.

En España estamos dando los primeros pasos para elaborar un Estatuto del Artista que regule desde la fiscalidad, hasta los gastos de formación, la protección laboral, o el derecho a una jubilación que sea compatible con la  actividad creativa.

Esperemos que este camino no quede en nada, porque de que este barco llegue a buen puerto, depende que mañana tengamos un país más innovador y creativo. Depende que nuestra cultura nos ayude a interpretar y a convivir con el misterio de nuestra vida  y que quienes la defienden cada día, dejen de ser unos muertos de hambre.

Anuncios

Cuídate de los guardianes de los dioses

octubre 18, 2018

Uno de los primeros premios de  narrativa que gané me lo concedieron por escribir un cuento que se titulaba La Academia Club Social. El jurado del Certamen Voces del Chamamé, presidido por el poeta y novelista asturiano Javier García Cellino, me entregó el galardón en el Salón de Actos del Diario Nueva España, en Oviedo.

Cada vez que pienso en aquello, hace ya más de 20 años, se me ocurre pensar que hoy aquel cuento que me llenó de tanto orgullo, no hubiera merecido un premio, sino, tal vez, un procesamiento judicial y hasta una condena.

Leo, en este diario que acoge mi blog, un artículo titulado 9 (+1) canciones que ya se metieron con el rey antes de Valtònyc y no pasó nada. Desgraciadamente, hoy sí pasa algo. Canciones así serían constitutivas de delito de amenazas, calumnias y/o injurias graves a la corona. Leo también que un juez procesa al actor Willy Toledo por insultar a Dios y a la Virgen María, acusado de cometer un delito contra los sentimientos religiosos.

No siento especial admiración personal ni artística por el uno, ni por el otro, pero me parece que cuanto les acontece sólo contribuye a alimentar una fama que, de otro modo, no hubieran conseguido. Vean si no, cómo el actor se arroja en brazos de Teresa de Calcuta, a la que define como una de las mayores criminales que han pisado este planeta, para seguir explotando el filón.

Y es que hay cosas que pasan ahora y que no pasaban antes. Las leyes son las mismas, pero han sido retocadas y reconvertidas sutilmente, de forma que la justicia las interpreta de otra manera y la libertad va siendo recortada, cediendo paso a la condena, la cárcel y el miedo.

Hemos entrado en un tiempo de caza de brujas del que nadie puede sentirse libre. Ha pasado con los sindicalistas que un buen día van a la huelga y terminan por ser acusados de impedir el derecho al trabajo en día de huelga. Y pasa ahora con personajes públicos que la emprenden con Dios, la Virgen Santísima, o con los Reyes.

Debimos comenzar a temernos lo peor cuando Javier Krahe tuvo que sentarse ante un juez pos haber publicitado la receta para cocinar un crucifijo. Juicios tengas y los ganes. Menos mal que, en este caso, el juez terminó por estimar que nuestro Brassens familiar y de andar por casa, sólo quería ejercer su libre expresión artística, ciertamente con burla, sátira, provocación y crítica de la religión, pero sin intento de ofender.

En tiempos del dictador, al que algunos llaman aún Caudillo por la gracia de Dios, la blasfemia era delito. Durante la incipiente democracia dejó de serlo. Ahora no lo es, pero cualquiera puede denunciarte por considerar ofendidos sus sentimientos religiosos. El resultado es el mismo, y a veces peor, que durante el franquismo.

El caso es que cuando escribí el cuento, ganó el premio y fue publicado en un libro recopilatorio. Nadie objetó nada, ni en privado, ni en público, ni mucho menos ante los tribunales. Sin haberlo pretendido entonces, el cuento me parece hoy premonitorio.

Sin darme cuenta lo llené de protagonistas en las fronteras que separan lo ilegal y viciado, de lo soberbio y glorioso. Jóvenes en el escabroso mundo de la pederastia, la prostitución, la homosexualidad. Jueces, personajes corruptos. Y, para colmo, un molesto e inesperado ¡Me cagüen Dios! a bocajarro, en la primera página. Para no haberlo planeado, el relato toca todos los palos y pisa todos los charcos.

El caso es que entonces no sentí miedo ni preocupación alguna. Hoy, sin embargo, cuando el relato ha sido reeditado en un libro que recopila una decena de cuentos premiados, siento la extraña sensación de estar jugando a la ruleta rusa, el temor de que alguien pueda sentirse ofendido en cualquiera de sus creencias y hasta en alguna de sus no  creencias.

O yo era más joven, inconsciente, e indocumentado, o las cosas eran distintas y menos complicadas hace veinte años. O tal vez disfrutábamos de una libertad en expansión que, poco a poco, como sin darnos cuenta, hemos ido perdiendo a manos de inquisidores de todos los colores.

Lo que es peor, lo hemos dejado estar, les hemos permitido hacer, hemos preferido callar. Esos pequeños silencios que, cuando menos lo esperas, nos dejan en manos de monstruos. Nuestros propios monstruos. Guardianes de reyes y dioses.


Carta abierta a una maestra y un maestro

octubre 18, 2018

Querida maestra, Querido maestro,

No pretendo, con el título de este artículo, reproducir, al cabo de los años y las décadas, la iniciativa que Lorenzo Milani y sus chavales quisieron desarrollar, cuando escribieron una carta, desde una sencilla escuela parroquial, en un caserío llamado Barbiana, situado en la localidad de Vicchio, perdido en las montañas de Mugello. La capital, Florencia, estaba a menos de 50 kilómetros. Pero hace 60 años, esa distancia era insalvable para muchos de esos niños y niñas, sin carretera, sin luz, sin agua, sin teléfono.

Allí escribieron su hermosa Carta a una maestra. Han pasado más de cincuenta años desde que aquel curita incómodo, desterrado por los prelados y confinado en aquel pueblín,  murió a causa de un cáncer linfático, sin haber cumplido los 50. El libro ha perdido poca actualidad en sus críticas al sistema educativo y al papel que nos han asignado en el mismo. Aquel libro me incitó a ser maestro, como su Carta a los jueces me convenció de que la objeción de conciencia, en todas sus formas, no merecía condenas de cárcel, sino respeto y admiración de toda la sociedad.

Estamos en pleno inicio de curso. Tan sólo en la educación no universitaria contamos con más de 8 millones de alumnas y alumnos y cerca de 700.000 profesoras y profesores. A ellos habría que añadirles millón y medio de estudiantes universitarios y más de 100.000 profesores y profesoras.  Sobre una población de casi 46 millones de habitantes no son cifras pequeñas, ni poca cosa

Hay quien supone que el poder de la institución educativa es grande. Así parecen pensarlo quienes, cada vez que se refieren a las dramáticas cifras de desempleo, hablan de la formación como si fuera una varita mágica para acabar con el paro. O quienes, alarmados por la pérdida de eso que llaman “valores”, buscan la solución en la mejora de la educación.

Cuando surge cualquier problema, ya sea de tolerancia, xenofobia, racismo, pobreza, violencia en cualquiera de sus formas, degradación ambiental y contaminación, abusos, corrupción, movilidad, injusticias, cambio climático, obesidad, todo tipo de desmanes, la primera solución es la mejora de la Educación.

No digo que no, cuidado, soy de los que creo que todo comienza por la educación, pero me parece que la respuesta tiene mucho de mantra, repetitivo y adormecedor, encaminado a desviar el tiro, evitando fijar la atención en otros responsables y otras responsabilidades, personales y colectivas, que deberían ser asumidas.

Me parece que es demasiado exigir a personas que, aún con la mejor de las voluntades y suponiendo una vocación que les ha llevado a elegir esta profesión y no otra, no tienen en su mano el ungüento amarillo, ni podemos hacer milagros. Alguno de esos remedios, milagros y hasta ungüentos, hemos intentado alumbrar, ensayar, inventar, a lo largo de nuestra larga, o corta, carrera profesional, dentro o fuera de la escuela. Pero, decididamente, los milagros, como la inspiración, son caprichosos, la alquimia no siempre sale bien  y, en cualquier caso, la inspiración, a veces no pilla con un lápiz a mano.

Los políticos, muchos padres y madres desconcertados por el cariz que va tomando la vida; las instituciones, empresas y todo tipo de organizaciones, exigen a la escuela algo que no puede dar. La escuela no inventó este mundo de consumo, ni una sociedad profundamente egocéntrica.

No inventó a los dioses del dinero y el poder, que a la manera de Jano se reparten el papel de guardianes de la puerta que culmina el final de la Historia y abre el camino hacia el No futuro, precario y caótico. Ni a sus jinetes del apocalipsis, cabalgando sobre el egoísmo, la injusticia, la violencia, el olvido. No inventó internet, ni las redes sociales. No enseñó un modelo de felicidad sobre los pilares del consumo desmedido, el pelotazo, el éxito fácil, la corrupción.

No ha sido la escuela la que ha hecho que nuestra infancia cambie de parecer sobre su futuro profesional, para opinar que las mejores profesiones son ahora las de youtuber, probador de videojuegos, cocinero cinco estrellas, cantante triunfador, habitante temporal en la casa de Gran Hermano y, en todo caso y siempre, influencer que se rifan las marcas para protagonizar campañas publicitarias.

La educación ayuda a cambiar cosas. También puede actuar como reproductora de modelos sociales, económicos, culturales. Puede preparar nuevos caminos, o apuntalar los existentes. Pero no crea empleo, ni cambia la sociedad, si no hay una sociedad que quiera los cambios.

Eso sí, es imprescindible para contar con personas libres, responsables, que trabajen por la igualdad. Es indispensable para dominar la palabra. No sólo la escrita, la hablada, la que escuchas, sino la construida con números, con notas musicales, con formas y colores, con el ritmo del cuerpo. Es esencial para interpretar el mundo, criticarlo, juzgarlo, comunicarlo, compartirlo y reconstruirlo con la creatividad del artista que llevamos dentro, aprendiendo a utilizar los materiales a nuestro alcance.

Me parece que la felicidad consiste en eso. O, al menos, en eso se encuentra otra felicidad posible. Y me parece que la escuela es un buen lugar donde ayudar e incitar a abrir esas puertas. Las puertas que conducen a trabajos decentes y vidas dignas. Porque de eso va la escuela, de aprender a vivir.

Empezamos en una escuela de Florencia, perdida en mitad de las montañas y quiero terminar con los primeros días de John Lennon en su escuelita de Liverpool, que me parece premonitoria del papel que debe jugar la escuela, Cuando yo tenía cinco años, mi madre me decía que la felicidad es la clave para la vida. Cuando fui a la escuela, me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande, escribí feliz. Me dijeron que yo no entendía la pregunta. Les dije que no entendían la vida.


Carta abierta a Felipe de Borbón

septiembre 6, 2018

Felipe,

No interpretes como descortesía, ni mucho menos como injuria, o calumnia, el que me dirija a ti sin utilizar un tratamiento protocolario del estilo Señor, o Majestad. Es la naturaleza propia de estas cartas abiertas la que me impone utilizar el tuteo, escribir a quienes se las dirijo de persona a persona. No sólo porque no reconozca a nadie por encima de mí, tampoco a nadie por debajo, por cierto. Sino porque estas cartas se dirigen a personas, no en función de sus edades, cargos, títulos, funciones, responsabilidades, o profesiones.

Pensé comenzar, en un primer impulso, evocando una canción de Quintín Cabrera, ese uruguayo que se afincó en una España decadentemente dictatorial y murió en la democrática primavera de 2009, sin haber cumplido los 65, cuando sus amigos le preparaban un homenaje bajo el título ¡Adelante Quintín!, en el Auditorio Marcelino Camacho, que cedimos las CCOO de Madrid, como en tantas otras ocasiones lo hemos hecho, cuando la causa es justa.

Cantaba Quintín una canción, Qué vida más diferente, la mía y la suya, Señor Presidente. Pensé que vendría al pelo comenzar así. Sobre todo cuando recordé las palabras de un viejo amigo, de aquellos que, por avatares de la vida, tuvo ocasión de entrever los privilegios, disponibilidad de rentas, canonjías, sinecuras y mamandurrias, que se movían alrededor de la ostentación de determinados cargos en Consejos de Administración, Hay dos clases de vida y la nuestra no es vida.

Al final pensé que lo obvio aporta poco, aunque desgraciadamente haya que volcarse incansablemente en demostrarlo con cada vez mayor frecuencia. A fin de cuentas, no pienso, a estas alturas, que tu vida sea más afortunada que la mía. Naciste aquí, príncipe de una fastuosa dinastía en el exilio, nieto de un Juan Sin Tierra, que dependía, para su futuro, de los designios de un dictador sanguinario que, tan sólo un año después de tu nacimiento, se dignó declarar como sucesor a tu padre, con título de Rey.

Nací yo, siempre lo he querido ver así, como un príncipe más, de una dinastía de perdedores olvidados, exiliados de aquí y de más allá de nuestras fronteras, de los Nadies. Mi abuelo, afiliado a UGT, el PCE y combatiente en el Quinto Regimiento, marchó voluntario a defender la República y desapareció en la Guerra del Dictador. Nunca he sabido bajo qué tierra descansa. Mi otro abuelo, Secretario de las Juventudes Socialista Unificadas en su pueblo, sufrió la represión franquista de palizas y cárceles, tras ser acusado como Rebelde, ante los tribunales militares.

Ni tú elegiste dónde ir a nacer, ni yo tampoco lo hice. Somos hijos de quienes, cuando el negro pasado comenzó a pudrirse en una basilical tumba, bajo una losa de miles de kilos de peso, decidieron abrir las puertas a la política de reconciliación nacional que el Partido Comunista de España había decidido impulsar desde 1956, el Partido Comunista de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservas a la reconciliación nacional de los españoles, a terminar con la división abierta por la guerra civil y mantenida por el general Franco.

Hay quienes hoy sostienen que no lo hicieron bien, pero yo pienso que lo hicieron todo lo bien que pudieron y supieron. Viví los casi últimos 20 años de la dictadura y los cerca de 40 de democracia. Visto lo cual, pese a todos los males que nos aquejan y que nos amenazan, los errores, desaciertos y disparates cometidos (y no son pocos), no hay color. Se mire por donde se mire.

Has tenido dos hijas. Tengo también dos hijas, más mayores, y un hijo de la edad de las tuyas. Un día tus hijas, las mías, mi hijo, vivirán en el país que les leguemos. Hay cosas que tenemos que dejarles resueltas. No podemos permitirnos que soporten la pesada mochila de un futuro de desigualdades, injusticia y precariedad.

El consorcio de intereses económicos y políticos ha hundido sus raíces y ha extendido sus tentáculos en todas direcciones. Las personas, las instituciones, las empresas y no pocas organizaciones sociales, han (hemos) caído en la trampa de la aceptación de que las cosas son como son, hay que ser realistas, hay que aceptar el posibilismo. En algún momento hemos olvidado el pensamiento de Mandela, de quien conmemoramos el centenario de su nacimiento y a quien todo el mundo parece ahora admirar en nuestro país, Siempre parece imposible hasta que se hace.

No sé si es posible cambiar la Constitución. Tampoco estoy seguro de que requiera grandes modificaciones, porque en cuanto tiene relación con el cumplimiento de muchos derechos constitucionales, se encuentra sin estrenar.

Sí me parece necesario un Pacto de Convivencia que nos libre de la corrupción, sea cual sea la institución o persona donde esa corrupción haya hecho nido. Que dignifique la política y los políticos. Que asegure derechos esenciales como el de la educación, vivienda, sanidad, servicios sociales, atención a la dependencia, pensiones, trabajo decente. Que defienda la libertad y la igualdad de toda la ciudadanía. Que resuelva la difícil cuadratura del círculo de compaginar la imprescindible solidaridad con los deseos de autogobierno de nuestras autonomías y hasta nuestros municipios.

En cuanto al régimen político que deba tener este país, imagino que eres hereditariamente monárquico, como yo soy genéticamente republicano. Probablemente queda fuera de mi alcance y hasta del tuyo, decidir esta cuestión. Aún así, no es la primera vez que rememoro la reflexión de Largo Caballero, quien después de la Guerra Civil, de su paso por las cárceles francesas y por el campo de concentración nazi de Sachsenhausen, escribía, en 1945, desde el Cuartel General de la Comandancia del Ejército Ruso de Ocupación, en Berlín, su Carta a un Obrero, en la que recordaba su intervención en un mitin en el cine Pardiñas de Madrid, Si me preguntan qué es lo que quiero, contestaré República, República, República. Hoy, si me hicieran la misma pregunta, respondería Libertad, Libertad, Libertad. Pero libertad efectiva; después ponga usted al régimen el nombre que quiera.

No es tarea sencilla, ya lo sé, pero es lo que hay y es lo que nos toca. Yo, por mi parte, que crecí cantando a Brassens en sus versiones españolas y siempre me he sentido incómodo desfilando tras una bandera, estoy dispuesto a dar un primer paso, aceptando que la bandera de nuestro país sea la de la Primera República española. Y como el escudo no aparece en la Constitución por ninguna parte, ya encontraremos uno que a todas y todos satisfaga.

Puede parecer simplista y hasta ingenuo, pero por algún lado hay que empezar.

Gracias por tu atención y que la suerte y el acierto nos acompañen,


Héroes y tumbas

septiembre 6, 2018

Juste au bord de la mer a deux pas des flots bleus,

Creusez si c´est possible un petit trou moelleux,

Une bonne petite niche.

Auprès de mes amis d´enfance, les dauphins,

Le long de cette grève oú le sable est si fin,

Sur la plage de la Corniche.

Supplique pour être enterré à la plage de Séte

Georges Brassens

 

Así transcurre el codicilo, el añadido a su canción Testamento, que Georges Brassens nos legó cuando intuyó que la muerte le cercaba, incapaz de perdonarle su irreverencia y atrevido descaro. Su súplica para ser enterrado en la playa de Séte.

Mi amigo Manuel me había mandado a mediados de junio las fotos de las dos blancas y sencillas tumbas de Jean y Juan, Genet y Goytisolo, con vistas al mar, en el cementerio de Larache. Dos semanas después moría mi madre y un mes más tarde emprendíamos un largo viaje, con breve escala en Montpellier.

No era la primera vez que nos deteníamos allí. Me parece una ciudad siempre joven, no tiene que ver con su edad longeva, sino porque parece liberada del tiempo, en construcción constante. Son muchos, además, los lugares cercanos donde recrearse en la costa y en el interior, como Nimes o Arlés. Siempre nos gusta detenernos en Séte.

Nunca, hasta ahora, había sentido la necesidad de internarme en un cementerio para buscar un nicho. Nunca me adentré, por ejemplo, en los privilegiados cementerios parisinos en busca de las tumbas de Sartre y Beauvoir, Piaf , Chopin, o Wilde. Por primera vez sentí que tenía que visitar una tumba, la de Georges Brassens. No se encuentra en el Cementerio Marino de Séte, sino en el más modesto y popular cementerio de Le Py.

Una modesta tumba familiar que, como bien nos recuerda él mismo, no está nueva y, vulgarmente hablando, está tan llena como un huevo. Ese era el motivo de que suplicara ser enterrado en un pequeño y mullido nicho, en la playa de La Corniche, donde la arena es tan fina, cerca de sus amigos de la infancia, los delfines. Al final, hubo hueco para su féretro en la sepultura familiar y flores, cartas, recuerdos, se acumulan en tan pequeño espacio, para impedir el olvido.

Todo se empeña en recordarnos que la muerte nos asedia. Pocos días después de nuestra vuelta, el puente Morandi, en Génova, se derrumba, llevándose consigo casi medio centenar de vidas. El mismo día en el que un terrorista embiste a los transeúntes que pasean, en Londres, por las inmediaciones del Parlamento. En la misma semana, se conmemora un año de los atentados de Barcelona y Cambrils que produjeron casi dos decenas de muertos y más de un centenar de personas heridas.

De poco vale, a la luz de las declaraciones de los políticos en los medios de comunicación, implorar que, en momentos así, la compasión, la solidaridad, los sentimientos, se impongan sobre las tensiones, los cruces de acusaciones, la mediocridad de los intereses de corto alcance, el arrimar el ascua a su sardina y el sectarismo que busca mezquinas diferencias entre los seres humanos.

La muerte es siempre incomprensible, rara, complicada de asumir, inaceptable. La que proviene de causas naturales, tanto como la que es obra de la ineptitud, o la maldad que nos habita. Oportunas las palabras con las que Georges Brassens termina su hermosa Súplica,

Pobres reyes Faraones, pobre Napoleón,

Pobres grandes desaparecidos yacientes en el Panteón

Pobres cenizas de prestigio,

Envidiaréis un poco al eterno veraneante

Que se pasea en barca de pedales, soñando sobre la ola,

Que pasa su muerte de vacaciones.

No sé, creo que no conviene olvidar, ni perder, el fugaz y viajero sentido de la vida. En otra ocasión, si viene al caso y volvemos a pasar por Montpellier, tal vez terminemos acercándonos al cementerio de Lourmarin, para presentar nuestros respetos a Albert Camus, antes de que algún presidente francés, ansioso de incrementar su fama y notoriedad (ya lo intentaron antes Chirac y Sarkozy), decida hacer realidad la intención de trasladarle al Panteón.


Todos somos agentes de turismo

agosto 14, 2018

El verano invita a la escapada. Nos empuja a abandonar el lugar habitual de residencia y buscar otros paisajes. La sensación de libertad que encontramos en estos desplazamientos compensa en parte la monotonía de los días que se suceden de forma rutinaria y constante, semana tras semana, a lo largo de todo el año.

Hay quien se recluye en el apacible y soñado apartamento de verano, la mayor parte de las veces en la playa. Hay quien busca ese mismo efecto en un viaje a lugares que aún no conoce. Hay, por último, quien no tiene más remedio que quedarse en casa o, como mucho, aprovechar una semana de un paquete turístico que concentra, en unos pocos días (8 días, 7 noches), las emociones de una playa todo incluido y alguna excursión organizada.

Vayamos donde vayamos, otros cientos, o cientos de miles de personas, habrán decidido emprender nuestras mismas hazañas, alimentando el efecto gentrificador y gentificador del nuevo turismo. Cada día es más difícil visitar la mayoría de los centros históricos de las ciudades patrimonio de alguien y los espacios naturales de reconocido prestigio.

Habrá quien emprenda su peripecia a través de una agencia de viajes de confianza. Sin embargo, me voy dando cuenta de que esta masificación de los desplazamientos, viene acompañada e incentivada, cada vez con mayor frecuencia, por el do it youself que se ha apoderado del mundo moderno. Son muchas las personas que, cuando revelo mi intención de emprender un viaje, se apresuran a incitarme a convertirme en agente turístico. Organizar de cabo a rabo mi propia peripecia.

Nadie me entienda mal. Cada cual haga lo que crea que puede y debe hacer, siempre que no atufe a los demás. Pero lo que para ellas parece tener el resultado de ver aumentar exponencialmente su sensación de libertad y su grado de autoestima personal, se me antoja que, en mi caso puede tener efectos devastadores y hasta trágicos sobre mi propia autoestima.

Conozco a quienes, a sus quehaceres cotidianos, han incorporado la búsqueda sistemática de vuelos de bajo coste a cualquier parte del mundo. Tras lo cual dedican mucho tiempo a buscar alojamientos, también de bajo coste, que tengan la mejor relación de lo que llaman calidad-precio.

Exploran páginas en las que se indica todo cuanto hay que saber sobre tamaños de maletas, compañías aéreas, desplazamientos que debes realizar, lugares que no te puedes perder, restaurantes en los que necesariamente hay que comer, multas que te llegarán a casa tras conducir los coches que vas a alquilar, personajes que no te puedes perder, museos que debes visitar, itinerarios imprescindibles, rincones obligatorios en los que te vas a sentir extraordinariamente feliz, o como conseguir ver, junto a miles de personas, lo que nadie ve casi nunca.

Conozco a quienes, preocupados sin duda por el servicio que prestan, publican todo tipo de comentarios en páginas especializadas, para abrir luego un blog donde van posteando cada uno de sus viajes, acompañados de fotos personales, en las más variadas posturas, ante los más dispares monumentos y en los más insólitos lugares del planeta. Basta teclear en un buscador para que aparezcan cientos y miles de estos comentarios, que ayudan a cuantos decidimos convertirnos en aprendices de brujo.

He intentado, con desigual fortuna, transfigurarme en mi propio agente de viajes. Me lleva mucho tiempo, del que no dispongo, y me ha conducido a algunas sorpresas que quisiera haberme evitado. Debo reconocer que sorpresas no mucho mayores que las que me han originado algunos agentes turísticos profesionales.

A fin de cuentas, los profesionales trabajan con las ofertas que cambian constantemente y que van escupiendo sus ordenadores. Las agencias turísticas han tomado buena nota. Trabajan con los buscadores de viajes y hoteles, publicitan ofertas online y te proponen autodiseñar tu viaje a tu medida.

Es curioso que postear signifique, en algunos países de lengua hispana, meter los postes de un cercado. Y esto va de postes, alambradas, cercados, turistas y viajeros. Han cambiado mucho los tiempos en los que sólo unos pocos podían permitirse el lujo de viajar. Ya no volverán los días de los descubridores de paisajes nuevos, inexplorados, inhabitados.

Pero, con todo, cuando me meto en estas aventuras de sentirme agente de turismo, no puedo dejar de envidiar al Paul Bowles de El Cielo Protector. No puedo dejar de recordar cómo me marco aquel párrafo, Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a casa al cabo de unos meses o unas semanas, el viajero, que no pertenece a un lugar más que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra.

El problema se encuentra, al parecer, en la relatividad del tiempo, y en la aceptación (o no) de las alambradas y las barreras. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla, el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan. Una vez más el cómo es, al menos tan importante como el dónde y el qué.


La maldición de la poesía

agosto 14, 2018

En un hoyo en la tierra

enterré todos los acentos

de mi lengua natal

ahí yacen

como agujas de pino

que juntaron las hormigas.

John Berger

 

Sigo dándole vueltas a algunas reflexiones sobre la poesía en nuestros tiempos. No pertenezco a escuelas, tertulias, círculos, grupos, corrillos, corrientes, academias literarias de ningún tipo. Me gustan unos poetas y otros me dicen menos. Me deleito leyendo a algunos narradores y otros me aburren, o me cuentan cosas que me llegan menos.

No sé si estoy más acertado en lo que pienso y en lo que cuento, pero me duele cuando aquellas personas a las que considero cercanas en las cosas básicas que defendemos consideran que los poetas deberían dedicarse a trabajar en la intimidad y compartir sus creaciones con un puñado de amigas y amigos en el exclusivo espacio del salón de su casa.

Hay ocasiones en las que un poeta como Luis García Montero, sobre todo desde que decidió presentarse como candidato en las elecciones autonómicas madrileñas, tiene que soportar críticas del estilo de “zapatero a tus zapatos”. Es decir, dedícate a escribir tus poemas (sólo falta añadir “que nadie lee”) y no te metas en política, que eso son palabras mayores que sobrepasan a un poeta.

Yo mismo he tenido que escuchar que, en algunas ocasiones, se dirigieran a mí como poeta, con cierta condescendencia. Pocas veces lo entendí como un halago. Más bien como un aviso. Algo así como, podemos permitirnos el lujo de tenerte al frente de nuestra organización sindical, pero cuidado con esas manías de escribir poemas, cuentos, libros. Eso te aleja de nosotros, te sitúa en la frontera.

Es verdad que casi nunca las cosas van más allá. Tal vez porque los poetas, junto al estigma, han podido conservar la capacidad de maldecir, por más que lo hagan cada vez más bajito y en muy contadas ocasiones.

Cualquier hombre de hierro, ya se dedique a la política, al sindicalismo, o a los negocios, siente el mismo vértigo que aquel hombre de acero, apodado Stalin, cuando empuñó el teléfono en plena noche para llamar al poeta Boris Pasternak (mucho más conocido por ser el creador del médico Zhivago que por su vertiente poética), para preguntarle si ese tal Mandelstam, que le había dedicado el satírico Epigrama contra Stalin, podía ser considerado, o no, un maestro.

Hasta aquel bajito y tosco dictador georgiano intuía que su carrera podía quedar arruinada por la maldición de la sangre de un poeta, como la de Lorca inundó la de aquel bajito y torvo dictador ferrolano elegido por un ambicioso dios menor para salvar España.

Hay quien piensa que el tiempo de la prosa, aquel en el que se construyeron las utopías, las distopías y las ucronías es ya incapaz de restituir la armonía en un mundo incapaz de construir un futuro que repare las injusticias del presente y del pasado. En el ahora sin porvenir, la poesía está en condiciones de mirar de frente a la herida.

Es Berger quien nos dice que los poemas son más parecidos a una plegaria que los cuentos, aunque en la poesía no haya nadie a quien orar oculto tras el lenguaje. La poesía no tiene que explicar nada, no tiene que atenerse a un relato que finalice con un desenlace. Es la fuerza del lenguaje que se abre camino en nosotros, una de nuestras pocas posibilidades de victoria.

Quien hoy desprecia la poesía, no necesita la maldición de los poetas, porque ya ha cavado su propia tumba, su derrota, su imposible mañana, su no futuro.