Mandela cumple 100 años

agosto 14, 2018

Cuando dejamos que nuestra propia luz brille,

inconscientemente damos permiso

a otras personas para hacer lo mismo.

Nelson Mandela

 

Tal vez comienzo a resultar pesado con tanto recuerdo de personajes y de citas históricas. Que si Karl Marx, que si Paul Lafargue, la Primavera de Praga, Stephen Hawking, Luis Montes, Mary Shelley, o Mayo del 68. Hasta para una vez que escribí sobre otras cosas en este blog, lo hice sobre la Huelga de las Aguederas de Riaguas de San Bartolomé.

Prometo enmendarme y escribir más adelante sobre algunos personajes y hechos actuales, por más que cada vez que he hablado del pasado lo haya hecho para establecer algunas conexiones con el presente, que creo no deberíamos pasar por alto. En esta ocasión, me parece obligado escribir sobre un personaje que acaba de cumplir cien años, Nelson Mandela.

Lo de Nelson es un apodo escolar que le puso su profesora el primer día de clase. Ya se sabe que en aquella Sudáfrica del apartheid los niños negros recibían apodos blancos, tal vez para evitar la tortuosa pronunciación de nombres incomprensibles para los blancos. El verdadero nombre del niño era Rolihlahla y venía a traducirse como el que tira de la rama de un árbol, se entiende que sin ton ni son, lo cual significaba algo así como agitador, rebelde, bullicioso, perturbador.

También le llamaban Madiba, como a uno de los más famosos jefes de su clan. Cuando llegó a la mayoría de edad y superó las pruebas y ceremonias que los xhosa tradicionalmente celebran, recibió un nombre bastante más conciliador, Dalibhunga, cuyo significado hace referencia al que funda, convoca, reúne, crea el consejo y facilita el diálogo.

Más adelante, le llamaron Tata, como padre de la democracia sudafricana y por fin, como señal del aprecio generalizado que supo ganarse, se le reconoció como Khulu, que no es otra cosa que la abreviatura de la palabra abuelo, que para los xhosa viene cargada de connotaciones afectuosas, de respeto y agradecimiento.

Así las cosas, deberemos convenir que Mandela hizo honor a cada uno de sus nombres, por etapas y simultáneamente, de forma acumulativa, a lo largo de toda su vida. Rebelde, dialogante, creador de unidad, fundador de una nueva nación, padre de la democracia y grande y reconocido como abuelo. Y todo ello sin renunciar a ser aquella persona que un día dijo, vive la vida como si nadie estuviera mirando y exprésate  como si todo el mundo estuviera escuchando.

El centenario de Mandela, al contrario de lo ocurrido hace casi cinco años con su fallecimiento, ha sido discreto y ha pasado casi desapercibido, aunque no dejan de causar sonrojo algunas alabanzas vertidas en las redes sociales por quienes utilizan dos varas de medir. Una, para los extranjeros que han recibido el Premio Nobel y otra para aquellos a los que hay que mirar con las gafas de ver españoles.

A fin de cuentas, Mandela, no dejó nunca de ser el comunista del Congreso Nacional africano que abandonó la no violencia para encabezar la lucha armada del Comando Lanza de la Nación. Eso le valió una condena que le mantuvo en la cárcel durante 27 años. Incluso cuando le ofrecieron salir de prisión a cambio de renunciar a la lucha armada, ¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de mi gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos.

Causa pudor ver cómo Pablo Casado tildaba al opositor venezolano Leopoldo López, de ser un nuevo Mandela, perseguido por el régimen chavista y se ha hartado de tildar de asesino al Ché Guevara, a quien no se cansa de poner en contraposición con Miguel Ángel Blanco, en un ejercicio impúdico del aquí todo vale, aunque no venga a cuento. Ignora el nuevo Presidente del PP, pese a sus cuantiosos títulos, que Mandela era también amigo personal de Fidel Castro, lo cual le valió sonoros abucheos en su visita por Miami.

Lo que nunca fue Mandela es un cínico. Hizo en cada momento lo que creyó que tenía que hacer. Y creyó siempre que, El valiente no es el que no siente miedo, sino el que vence ese temor. el hombre que sabía que nada es negro, o blanco. El que soñó una sociedad multicultural diversa y donde cada hombre, mujer y niño sean tratados igualmente. Y que aprendió que Parte de la construcción de una nueva nación incluye construir un espíritu de tolerancia, amor y respeto entre la gente del país.

Era el pensamiento de un hombre al que le había arrebatado todo. Los mejores años de su vida, su unión matrimonial, el crecimiento de sus hijos. Pero al que no pudieron echar de Sudáfrica, ni impedir que siguiera convencido de que Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. Renunció al odio porque no quería entregarles nada más y porque no debía permitir que aquel odio le carcomiera el alma.

Esa fue su grandeza, la que le hizo merecer cada uno de sus nombres, la que tanto necesitamos y tan poco abunda.

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Porteadores de la modernidad

julio 18, 2018

Son tantos los cambios que se producen en nuestras vidas cotidianas, tan acelerados, inmediatos, imperceptibles, o impactantes, que tendemos a aceptarlos sin crítica alguna, sin oponer objeciones, como inevitables y hasta necesarios.

He caído en la cuenta, como quien cae de un guindo, de la cantidad de vehículos motorizados o de tracción animal, por más que el animal en cuestión sea racional, que circulan por nuestras calles acarreando productos de todo tipo.

Compras de supermercado, comidas de restaurantes, pizzas, hamburguesas, productos variados y selectos, son entregados a domicilio por unos modernos porteadores que conducen bicicletas y motos tuneadas, o a las que se han incorporado todo tipo de modelos estrafalarios de cajones para el transporte de productos perecederos, o no. Eso ya es lo de menos.

A pleno sol, o diluviando, mañana, tarde y noche, haga frío, o se frían huevos sobre el asfalto, hemos aceptado la imagen conmovedora de jóvenes y no tan jóvenes, mujeres y hombres, más o menos uniformados, llamando a los porteros automáticos para hacer entrega de bienes de todo tipo. Ahí quedan sus vehículos, aparcados frente a la puerta. Un perro llega, olisquea, marca su terreno sobre el carruaje, para que su imperio se expanda por toda la ciudad, sembrando la envidia de otros canes propios y extraños.

Un buen día leo que algunos de estos porteadores que se adentran en la selva urbana acarreando todo tipo de bultos, han denunciado a su empresa, que tal vez se defina a sí misma como una empresa colaboradora, por contratarles como autónomos y no como asalariados. La diferencia entre lo uno y lo otro es sustancial y no sólo en salario, sino en propiedad de los medios de producción, en seguridad social, condiciones de trabajo, vacaciones, o derecho a paro y a una futura pensión.

Los jueces no lo han dudado. Eso no es ser autónomo, sino falso autónomo. Con lo cual la exitosa empresa se ha visto obligada a contratar laboralmente a los porteadores y dejar de utilizar la contratación mercantil entre empresas. Es buena noticia, pero hablamos de una entre cientos de empresas que hacen negocio de esta forma, aprovechando las necesidades de empleo y de ganar algún dinero, aunque sea sometiéndose a fórmulas de moderna esclavitud.

Porque una cosa es el libre mercado y la libre competencia y otra, muy distinta, el pelotazo del negocio de la nueva economía a costa de aprovechar las necesidades y la inexistencia de reglas del juego claras. Para cuando estas regulaciones llegan, los emprendedores inasequibles al desaliento, huyen porque ya han encontrado una nueva fuente de negocio con la que hacer dinero utilizando nuevas remesas de manos porteadoras. Lo llaman modernidad.


Nosotros, los Nadies

febrero 8, 2018

Hace un par de años Antonio Ortiz, me invitaba a presentar el poemario La Tierra de los Nadie, en la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos-Tetuán. Ahora, han repetido la invitación, en Mimbrestudio, una antigua librería transformada en proyecto de comunicación. En este caso, para presentar el libro Cuentos en la Tierra de los Nadie.

Hace unos días hemos conmemorado el asesinato de los Abogados de Atocha. Muchos piensan que eran abogados laboralistas, porque murieron en un despacho laboralista que dirigía la ahora alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.  Eran los abogados que en aquellos despachos se dedicaban, a la defensa de los vecinos y las vecinas de los barrios.

Libros de los Nadie, librerías desaparecidas que encuentran nuevos proyectos jóvenes, abogados de barrio que defendían a las asociaciones vecinales. Me presenta Dolquisa, la Directora de Proyectos en el Consulado de la República Dominicana. El círculo se cierra. Son muchos los inmigrantes dominicanos en estos barrios y la colaboración entre Asociaciones Vecinales y el Consulado, permite crear espacios de convivencia y prevenir problemas emergentes.

Podría hablar de los orígenes de la Tierra de los Nadie. Recitar el poema de Eduardo Galeano y sus Nadies salidos del español que se habla en los Andes. Recuperar los conceptos de proletariado y lumpemproletariado (el obrero andrajoso al que se parecen cada vez más -salvadas las distancias- los trabajadores pobres, temporales y precarios), según Carlos Marx. Citar a Franz Fanon y sus Condenados de la Tierra.

Podría remontarme a los pobres de la Tierra que inventó Jesucristo con sus Bienaventuranzas y seguir luego el hilo hasta desembocar en la Teología de la Liberación latinoamericana, con sus héroes y mártires. Y releer La epopeya de los miserables, según Naguib Mahfuz. Lo dejo para mejor ocasión.

Para conocer a los Nadies, con su imponente esplendor y su sobrecogedora presencia, basta adentrarse en las calles y las plazoletas de Cuatro Caminos- Tetuán, comprobar su poder de supervivencia en mitad de la degradación urbana programada, que anuncia y prepara el terreno para las grandes operaciones de “rehabilitación” y remodelación, que las grandes constructoras han comenzado ya en el Paseo de la Dirección, columna vertebral de esos barrios.

Estos somos los Nadies. Los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, jodidos, rejodidos. Los excluidos del dinero, los exiliados del poder, los expulsados del poder del dinero. Los expatriados de su propia tierra, en su propia tierra.

Los Nadies somos Nadies en Tetuán, o en Villaverde; en Vallecas, o en Usera. En Parla, o en Arganda. En las favelas, slums, township, musseques, en las Villas Miseria. En muchos lugares del mundo ya ni los llaman barrios pobres, sino simplemente barrios. Costamos menos que la bala que nos mata de hambre y desnutrición, o de exceso de grasa. Esa es la única diferencia.

La educación y la política, el sindicalismo, el trabajo social, la sanidad, deberían permitir que nosotros, los Nadies, accediéramos a la palabra y, con la palabra, a la oportunidad de gobernar nuestras vidas y nuestros asuntos comunales.

Pero, mientras esto llega y no llega, o lo empujamos, o lo traemos, no estaría mal que hablásemos de lo nuestro, de nuestros paisajes, de nuestras vidas y nuestras mil maneras de morir y resucitar. De los que fueron antes y de cómo seremos después. Vamos, que en lugar de dejar que otros nos engatusen hasta la estafa, tomemos en nuestras manos, con nuestras propias manos, la construcción de nuestro relato y contemos nuestras prodigiosas, o al menos sorprendentes, historias.  Nosotros.


Bicentenario de un tal Marx

febrero 8, 2018

Te sonará a idea romántica. Unos amigos y amigas bastante desencantados con la marcha de la cosa pública en este país y particularmente con los avatares de la izquierda política, andan preparando un libro conmemorativo del bicentenario del nacimiento de Carlos Marx. Quieren editarlo y entregarlo, como donación, en la Casa Museo de su lugar de nacimiento en Tréveris.

La verdad es que el tal Marx y su amigo Friedrich Engels, habían envejecido relativamente bien por estas tierras durante toda la dictadura franquista. Seguidores, o al menos simpatizantes, de sus tesis, sus antítesis y sus síntesis, su materialismo histórico y dialéctico, eran hasta los curas obreros, como el Padre Llanos, Francisco García Salve, o Mariano Gamo, precursores en España, de la Teología de la Liberación.

Pedro Casaldáliga, Alfonso Carlos Comín, José María Díez-Alegria, o Ignacio Ellacuría, bebieron de esas fuentes y, cuando algunos de ellos viajaron a América Latina y comprobaron que lo de las venas abiertas de Eduardo Galeano era literal y no una metáfora, se convirtieron en apóstoles, o agitadores (según se mire), de la Liberación de una Latinoamérica convertida en patio trasero del vecino del Norte.

Así iban las cosas, hasta que el PSOE decidió prescindir de tan ilustres pensadores, tras las peripecias de un Felipe González, que pareció tomarse como una afrenta personal el hecho de que el XXVIII Congreso socialista rechazase su propuesta de abandonar los principios marxistas como ideología oficial.

Tan personal fue el asunto, que se negó a dirigir una organización política que siguiera tras la senda de Don Carlos. Forzó así un Congreso Extraordinario, cuyo lema bien pudiera haber sido: Marx o yo. Bien conocido es quién tuvo que hacer las maletas y largarse del primer partido de la izquierda española. Esto ocurrió allá por el 79, en pleno proceso de Transición.

Para colmo, diez años después, algunas amistades peligrosas terminaron de dar la puntilla a Marx. Los regímenes comunistas del Este de Europa se fueron diluyendo como azucarillos, víctimas de los desafectos de sus propios pueblos. Habían sido fundados por algunos marxistas revolucionarios, como Vladímir Ilich Uliánov (alias Lenin, por el río siberiano Lena, donde vivió desterrado) y sus seguidores Iósif Vissariónovich Dzhugashvilli (más conocido como Stalin, el hombre de acero) y Lev Davídovich Bronstein (al que todos llamaban Trotsky, por el nombre de uno de sus carceleros, que utilizó para huir de Siberia).

Trotsky acabó sus días siendo víctima de un asesinato en diferido, cuando ya había huido a México para escapar de las garras de Koba el Temible (también conocido como el padrecito Stalin). Aquí se ve que nadie se llamaba como le pusieron sus padres en la pila bautismal y que cuanto más poder acumulaba uno, se hacía acreedor a más motes y apodos.

Así pues, el marxismo goza de buena salud en América Latina, pero no está demasiado bien visto en los países eslavos. No quiero ni imaginar lo que los dos amigos, Marx y Engels, hubieran pensado del comunismo experimental chino de Mao Zedong y del puesto en marcha por sus herederos, encabezados por Deng Xiaoping, para quien, No importa si el gato es negro o blanco mientras atrape ratones… ¡Enriquecerse es glorioso!

Por cierto, éste es el argumento proverbial que introdujo Felipe González en nuestro país, inaugurando así las importaciones indiscriminadas de productos chinos y la admiración de los políticos españoles, Esperanza Aguirre a la cabeza, por su modelo de comunismo capitalista.

Si Karl Marx y su amigo Friedrich Engels volvieran para celebrar el bicentenario del más conocido de los dos, a la vista de la inmutable condición humana, tal vez hubieran revisado sus innovadoras reflexiones sobre el conflicto entre Capital y Trabajo y no hubieran incorporado peligrosos conceptos como “dictadura del proletariado”, que al final acabó convertido en cimiento para la dictadura de las élites burocráticas del partido único sobre el proletariado.

Bien pudiera ser que ambos decidieran tomarse una buena botella de vino de Burdeos, o unas copas de absenta, con Mijaíl Bakunin. Y, tal vez al final, entonaran juntos una Internacional en la que la famélica legión conjurara las borracheras del poder con dosis suficientes de libertad.

En fin, que corren malos tiempos para conmemorar que el de Tréveris cumpliría 200 primaveras el próximo 5 de mayo. Y, sin embargo, aquí ando, dándole vueltas al breve artículo que mis amigos me han pedido para el libro. El tema, el que yo quiera.

Todo un lujo, teniendo en cuenta que vivimos momentos en los que el trabajo,  según se nos explica, se encuentra amenazado por los cuatro jinetes de la Precariedad, la Temporalidad, la Pobreza y hasta el de la Desaparición, en virtud de la revolución digital y tecnológica.

Creo que les diré a mis amigos que escribiré mi artículo sobre Marx y la Pereza.


Mújica y Reporteros sin fronteras, premios Abogados de Atocha 2018

enero 22, 2018

Comisiones Obreras de Madrid, decidimos crear, en el año 2004, la Fundación Abogados de Atocha, para recordar a aquellos cinco jóvenes que fallecieron en el brutal atentado en el despacho de abogados laboralistas de la calle de Atocha, número 55. Aquel atentado en el que murieron Francisco Javier Sauquillo, Javier Benavides, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y Angel Rodríguez Leal.

En ese mismo atentado quedaron gravemente heridos Dolores González Ruiz, Luis Ramos, Miguel Sarabia y Alejandro Ruiz-Huerta. Hoy sólo queda entre nosotros Alejandro, que preside la Fundación. Mantener vivo el recuerdo, los valores, el espíritu de aquella generación de jóvenes, sobradamente preparados, que se lanzaban a la defensa de una España en libertad y democracia, en los duros tiempos de una dictadura que moría y una democracia que nadie sabía si terminaría por llegar, ha sido uno de los fines de nuestra Fundación, a lo largo de todos estos años.

No se trata sólo de organizar actos que reconozcan la contribución de los de Atocha para acabar con la dictadura y abrir la etapa democrática en España. Se trata, sobre todo de hacer que esos jóvenes de Atocha sean hoy ejemplo para nuestros jóvenes y que los valores que impregnaban su vida, se conviertan también en referencia para la defensa de la libertad, la paz, la democracia, en la vida económica, política, social, de nuestros días.

Es importante que, a lo largo de estos años, la Fundación haya conseguido impulsar y promover que muchos lugares de España cuenten con calles, plazas, monumentos, parques, centros culturales, dedicados a los Abogados de Atocha. Entre ellos, el monumento del Abrazo, que Juan Genovés nos regaló, para ser instalado en la Plazuela de Antón Martín, muy cerca del portal donde se encontraba el despacho laboralista.

Es importante que España recuerde la historia de los de Atocha. Pero, aún más me lo parece el hecho de que, año tras año, vinculemos esa memoria con el presente. Por ejemplo, rindiendo homenaje, con un Premio, a personas que siguen alimentando ese espíritu de justicia para la libertad.

Los premios Abogados de Atocha han reconocido a sindicalistas como Marcelino Camacho (pronto se cumplirán 100 años de su nacimiento), y a políticos honestos como Joaquín Ruiz Jiménez. A los primeros despachos laboralistas de Madrid (el primero de ellos dirigido por María Luisa Suárez, junto a Antonio Montesinos y Pepe Jiménez de Parga), o a los abogados laboralistas de Colombia, o del Sahara.

José Luis Sampedro, Marcos Ana, Domingo Malagón, Manuela Carmena, Begoña Sanjosé, Pilar Bardem, Juan Genovés. La Fiscalía General de Guatemala, o la jueza argentina María Servini. Un amplio abanico de personas intachables que aquí, o más allá de nuestras fronteras, representan ese esfuerzo colectivo por abrir las puertas para que el aire fresco se adueñe de nuestras calles y nuestras plazas y la convivencia democrática se imponga sobre la barbarie, el abuso, la injusticia.

Se acerca el 41 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha y este año el premio ha ido a parar a José Mújica y a Reporteros sin Fronteras. De nuevo la dignidad de las personas, la decencia de las políticas, la defensa de la libertad de información, encuentran su reconocimiento en estos premios. La dignidad y decencia de un político como José Mújica. La libertad de información que defienden miles de reporteros en todo el planeta, pagando un alto precio, en muchas ocasiones, con la privación de libertad, torturas y con la muerte.

El acto de entrega de los premios tendrá lugar, como cada año, el 24 de enero en el Auditorio Marcelino Camacho de CCOO de Madrid, en la calle Lope de Vega 40. El que fuera presidente de Uruguay entre 2010 y 2015 no podrá desplazarse durante el invierno a Europa, porque así lo aconsejan sus médicos. Por ello, podremos escuchar su mensaje a través de un vídeo y será en el mes de mayo, cuando recogerá el premio personalmente.

Un año más la conmemoración del asesinato de los jóvenes Abogados de Atocha nos recuerda que tendremos futuro si, aún en condiciones extremas como las que ellos vivieron, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos y ponerlo al servicio de la libertad y la justicia. Sin miedo, forjándonos constantemente, sin componendas injustificables con la corrupción y los corruptos, con audacia, coraje y alegría.


Feliz Año a Nosotros

enero 5, 2018

Nosotros con nuestro errático lenguaje

nosotros con nuestros acentos incorregibles.

John Berger

Es tiempo de felicitar el nuevo año y las fiestas, familiares y de las otras. Vuelven las cenas de empresa y cuentan que algunos que trabajan han recibido esas cestas de Navidad que la crisis había puesto en suspenso. Reaparecen las cenas de beneficencia, con obispos y autoridades. Se repiten las colectas y se publicitan las obras de caridad. Regresan los que se fueron de casa y se acumulan los recuerdos, la nostalgia, la pesadumbre, por los que ya no están, pero continúan y se prolongan en nosotros. Un año, como todos, repleto de fechas cargadas de significado.

Es tiempo, sobre todo, de felicitar el año a Nosotros. Durante muchos años, en estos días, he felicitado a los Otros. He enviado cientos de correos electrónicos, más o menos originales. He utilizado las redes sociales para difundir entre miles de amigos virtuales y seguidores internautas, mis mejores deseos. Pero este año sólo tengo ganas de desearos felicidad a Nosotros.

Nosotros, aquellos que sobrevivimos en el extremo de finas ramas genealógicas, que se pierden en el tiempo, en busca de  unas raíces ignotas, carentes de apellidos, de estirpe, linaje y abolengo. Nosotros, que somos los Nadies, los que fuimos y seremos.

Los que hace 120 años, en el 98, volvimos vivos de las guerras imperiales de los otros, o no volvimos y dejamos la vida en uno de aquellos manglares y luego, por su obsesión de seguir siendo Imperio, nos mandaron a las escarpadas laderas del Atlas a morir en barrancos infames.

Años más tarde, mientras nos embarcaban en el puerto de Barcelona, tiramos al mar las medallitas que las señoras de la alta sociedad nos entregaban para protegernos de las balas que defendían las cabilas. Y luego fuimos aplastados en las calles, encarcelados, fusilados y devueltos a los barcos, como ganado, mientras aquellas señoras tomaban café con sus hijos, a los que habían pagado el derecho de no ir a Marruecos.

Nosotros que conocimos a los diez  condenados en el Proceso 1001, con Marcelino a la cabeza (cumpliría ahora 100 años); vimos a Saramago y a Sampedro, en el campamento de la Esperanza; abrazamos a los sobrevivientes de la Matanza de Atocha; al poeta Marcos Ana. Los reconocimos en vida, los acompañamos en su último viaje, los mantenemos vivos en nuestra memoria y los honramos con nuestros actos.

Aquellos que leímos poco más que el Manifiesto Comunista de un tal Carlos Marx, que este año cumplirá 200 años desde que naciera en Tréveris, en la ribera del Mosela. Cuantos creímos que nuestra emancipación era posible y veríamos una sociedad sin clases. Tomamos nota de sus debates con Bakunin y aprendimos la lección de que socialismo sin libertad no es lo uno ni lo otro. Ni chicha ni limoná.

Nosotros, que bajamos de los trenes, o de destartaladas furgonetas, con viejas maletas de cuero, en las grandes ciudades de España, de Europa, de América. Exiliados económicos, emigrantes políticos, o era al contrario, qué más da. Desterrados siempre. Los mismos que vinimos en viejos automóviles, en pateras sin mar, o perdidas en mitad de la nada mediterránea.

Nosotros, que vivíamos en la gris, cuando no negra, España el día que los tanques aplastaron la primavera de Praga, Nos llenamos de ilusiones por un mes de mayo que sucedió en París y nos dolió que aquellas esperanzas se difuminaran, igual que antes lo habían hecho en Berlín. Como luego nos ilusionaron Allende en Chile y los claveles en Lisboa y nos dolieron Pinochet y Videla y los golpes teledirigidos de los Estados Unidos en su patio trasero de América Latina.

Nosotros, que pese a todos los vientos en contra, a la sangre derramada, a la tortura todavía impune de quienes han sido luego condecorados,  mantuvimos vivas las ansias de libertad y empujamos la historia y tiramos del carro hasta traer una Constitución que cumplirá 40 años. Los que velaremos por mejorarla. Los que impediremos que acaben con ella, o la degraden, o la empeoren.

Nosotros, los costaleros de la democracia, que hartos de la sevicia de unos políticos narcisistas, sólo atentos a su permanencia en el poder (no muy distintos a los actuales en sus modos y maneras), forjamos la unidad y un 14 de diciembre de hace 30 años nos lanzamos a la primera gran huelga general de la democracia.

Nosotros que pagamos cada una de sus fiestas, cada crisis, cada guerra, cada desastre, cada recorte y hasta sus corrupciones y corruptelas. Nosotros, que mostramos la alegría con una risa más compleja que las lágrimas, porque aprendimos a reír con el hambre, a llorar de alegría, a desayunar nuestras penas.

Tenemos este año mucho que recordar. Recuerdos que los Otros no podrán nunca tener, que ni tan siquiera creerían, si alguna vez nos escuchasen. Recuerdos que nos ayudan a proseguir el viaje. Porque nosotros viajamos por la vida con nuestra insoportable levedad a cuestas, mientras ellos devoran a conciencia la vida, con todo cuanto habita en ella dentro y en lugar de viajar hacen turismo.

Como diría John Berger, sin condescencencia mezquina alguna, Nosotros, Transportamos poesía/ como los trenes de mercancías del mundo/ transportan ganado.

Por todo eso Feliz 2018 a Nosotras y Nosotros.


Un toro republicano y comunista (boceto)

enero 5, 2018

Toda obra de arte que se expone,

debe ser juzgada bien o mal,

por lo que tenga de buena o de mala

y sólo a ella le corresponde su defensa.

Manuel Prieto

Es tal la mezcolanza y mestizaje que impera en los países mediterráneos como Grecia, Italia, o España, que sería muy difícil implantar en ellos una ideología asentada en la pureza racial y en un pensamiento único. En eso somos absolutamente democráticos, en nuestro reto de integrar y hacer convivir la diversidad de culturas y la pluralidad de las ideas.

Viene todo esto a cuento de la utilización frecuente de banderas de España con el famoso toro de Osborne. Pareciera que portar bandera con torito, en lugar de la bandera constitucional, otorgara un plus de pureza racial, de autenticidad ideológica y rancio abolengo españolista, cuya máxima expresión se encontraría en el famoso “A por ellos, ”, que entronca con otros gritos guerreros como el famoso Aur, aur, desperta ferro y hasta con el no menos conocido Santiago y cierra España.

Pocos conocen, sin embargo, que el toro de Osborne es obra de Manuel Prieto, un reconocido pintor, muy apreciado por sus carteles, al que me atrevería a comparar, en nuestra posguerra, al Toulouse-Lautrec de finales del siglo XIX. Lo peculiar del asunto es que Manuel Prieto era un conocido republicano, miembro del Partido Comunista.

Buena parte de los carteles de la Milicia Popular, el Quinto Regimiento, las ilustraciones de los diarios republicanos Altavoz del Pueblo y El Sol, durante la Guerra Civil son obra suya, llegando a ocuparse de la dirección artística del periódico editado para las tropas del V Cuerpo del Ejército Republicano.

Tras la guerra, Manuel, gaditano y porteño en Madrid, es condecorado con un documento que acreditaba su condición de prisionero de guerra, clave E. Sobrevivió en las colas del Auxilio Social, donde conseguía una lata de sardinas, una cacerola de rancho, hasta que logra algunos trabajos ocasionales y puntuales. Los amigos republicanos poco podían ayudar y los antiguos amigos, vencedores franquistas, nunca sabía si acabarían denunciándole.

Así sobrevivió hasta que la Cámara de Comercio Alemana, ya comenzada la Guerra Mundial y pese a las denuncias de algún franquista envidioso, comenzó a encargarle algunos trabajos. Más tarde, sería la Embajada Americana la que le ofreció un contrato con sueldo, del que fue despedido cuando Truman llegó a la Presidencia y comenzó un programa de recortes y reducción de gastos.

Al final, fue una empresa de publicidad la que terminó ofreciéndole trabajo, Publicidad Azor, donde ocupó durante muchos años el puesto de Director Artístico. Es allí donde, en 1954, recibe el encargo de diseñar la valla publicitaria que Osborne quiere colocar en las carreteras españolas. Un diseño, por cierto, que no gustó demasiado a los clientes, pero que termina convirtiéndose en imagen de España. El toro es la mejor valla publicitaria que existe, el acierto más pleno de todos los tiempos, en lo que se refiere a publicidad exterior, afirma el barcelonés Luis Bassets.

Diseña portadas de libros para Novelas y Cuentos, carteles de teatro, ferias populares y festejos taurinos, anuncios de productos de todo tipo, bocetos, pinturas. Colabora con la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre como escultor de medallas. Gana premios, concursos, galardones, en decenas de certámenes.

Tuvo Manuel que cambiar de trabajo, a principios de los sesenta, en una de esas mutaciones generacionales que hacen que los mayores de 45, aun siendo portadores de un buen oficio,  sean sustituidos por jóvenes de 20, pero “con gran experiencia”. Sin embargo no se resigna y se convierte en escultor de medallas.

Esta es la poco reconocida andadura personal de un artista español, republicano y comunista, autor de un toro que, en palabras de Andrés Aberasturi “fue de Osborne y ahora es patrimonio de todos nosotros y ejemplo de diseño y publicidad en museos”. Desde el MoMa de Nueva York, al Museo Nacional de Varsovia.

Curiosas historias que te encuentras por el camino. Muestra inesperada de la vitalidad del esperpento en nuestra tierra. Demostración de que seguimos siendo más ricos y valemos mucho más como proyecto de convivencia que como realidad inmutable apresada en el tiempo.

Ya lo dejó claro Manuel Prieto cuando afirmaba que el boceto es siempre superior a la obra terminada y se teme que se conozca y se comparen, pero en el boceto está esa idea que ha pasado por la mente, que se ha agarrado al vuelo, ahí está la vida, lo más fresco de una obra de arte.