Mandela cumple 100 años

agosto 14, 2018

Cuando dejamos que nuestra propia luz brille,

inconscientemente damos permiso

a otras personas para hacer lo mismo.

Nelson Mandela

 

Tal vez comienzo a resultar pesado con tanto recuerdo de personajes y de citas históricas. Que si Karl Marx, que si Paul Lafargue, la Primavera de Praga, Stephen Hawking, Luis Montes, Mary Shelley, o Mayo del 68. Hasta para una vez que escribí sobre otras cosas en este blog, lo hice sobre la Huelga de las Aguederas de Riaguas de San Bartolomé.

Prometo enmendarme y escribir más adelante sobre algunos personajes y hechos actuales, por más que cada vez que he hablado del pasado lo haya hecho para establecer algunas conexiones con el presente, que creo no deberíamos pasar por alto. En esta ocasión, me parece obligado escribir sobre un personaje que acaba de cumplir cien años, Nelson Mandela.

Lo de Nelson es un apodo escolar que le puso su profesora el primer día de clase. Ya se sabe que en aquella Sudáfrica del apartheid los niños negros recibían apodos blancos, tal vez para evitar la tortuosa pronunciación de nombres incomprensibles para los blancos. El verdadero nombre del niño era Rolihlahla y venía a traducirse como el que tira de la rama de un árbol, se entiende que sin ton ni son, lo cual significaba algo así como agitador, rebelde, bullicioso, perturbador.

También le llamaban Madiba, como a uno de los más famosos jefes de su clan. Cuando llegó a la mayoría de edad y superó las pruebas y ceremonias que los xhosa tradicionalmente celebran, recibió un nombre bastante más conciliador, Dalibhunga, cuyo significado hace referencia al que funda, convoca, reúne, crea el consejo y facilita el diálogo.

Más adelante, le llamaron Tata, como padre de la democracia sudafricana y por fin, como señal del aprecio generalizado que supo ganarse, se le reconoció como Khulu, que no es otra cosa que la abreviatura de la palabra abuelo, que para los xhosa viene cargada de connotaciones afectuosas, de respeto y agradecimiento.

Así las cosas, deberemos convenir que Mandela hizo honor a cada uno de sus nombres, por etapas y simultáneamente, de forma acumulativa, a lo largo de toda su vida. Rebelde, dialogante, creador de unidad, fundador de una nueva nación, padre de la democracia y grande y reconocido como abuelo. Y todo ello sin renunciar a ser aquella persona que un día dijo, vive la vida como si nadie estuviera mirando y exprésate  como si todo el mundo estuviera escuchando.

El centenario de Mandela, al contrario de lo ocurrido hace casi cinco años con su fallecimiento, ha sido discreto y ha pasado casi desapercibido, aunque no dejan de causar sonrojo algunas alabanzas vertidas en las redes sociales por quienes utilizan dos varas de medir. Una, para los extranjeros que han recibido el Premio Nobel y otra para aquellos a los que hay que mirar con las gafas de ver españoles.

A fin de cuentas, Mandela, no dejó nunca de ser el comunista del Congreso Nacional africano que abandonó la no violencia para encabezar la lucha armada del Comando Lanza de la Nación. Eso le valió una condena que le mantuvo en la cárcel durante 27 años. Incluso cuando le ofrecieron salir de prisión a cambio de renunciar a la lucha armada, ¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de mi gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos.

Causa pudor ver cómo Pablo Casado tildaba al opositor venezolano Leopoldo López, de ser un nuevo Mandela, perseguido por el régimen chavista y se ha hartado de tildar de asesino al Ché Guevara, a quien no se cansa de poner en contraposición con Miguel Ángel Blanco, en un ejercicio impúdico del aquí todo vale, aunque no venga a cuento. Ignora el nuevo Presidente del PP, pese a sus cuantiosos títulos, que Mandela era también amigo personal de Fidel Castro, lo cual le valió sonoros abucheos en su visita por Miami.

Lo que nunca fue Mandela es un cínico. Hizo en cada momento lo que creyó que tenía que hacer. Y creyó siempre que, El valiente no es el que no siente miedo, sino el que vence ese temor. el hombre que sabía que nada es negro, o blanco. El que soñó una sociedad multicultural diversa y donde cada hombre, mujer y niño sean tratados igualmente. Y que aprendió que Parte de la construcción de una nueva nación incluye construir un espíritu de tolerancia, amor y respeto entre la gente del país.

Era el pensamiento de un hombre al que le había arrebatado todo. Los mejores años de su vida, su unión matrimonial, el crecimiento de sus hijos. Pero al que no pudieron echar de Sudáfrica, ni impedir que siguiera convencido de que Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. Renunció al odio porque no quería entregarles nada más y porque no debía permitir que aquel odio le carcomiera el alma.

Esa fue su grandeza, la que le hizo merecer cada uno de sus nombres, la que tanto necesitamos y tan poco abunda.

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Un poeta en el Cervantes

agosto 14, 2018

He escrito en estos días unos cuantos artículos reivindicando el valor de la poesía y profetizando las maldiciones que se ciernen sobre aquellos que conciben la poesía como un lujo cultural ajeno a la vida cotidiana de las personas. En alguno de esos artículos hablaba de poetas como Luis García Montero que nos demuestran que poesía y compromiso no son incompatibles y, aún más, que la poesía no es un mero juego de palabras, sino la búsqueda intensa del ser humano, más allá de dónde la ciencia es capaz de llevarnos.

La noticia de que Luís ha sido nombrado Director del Instituto Cervantes es, por lo tanto, una magnífica noticia, no sólo para él y para cuantos le conocemos, sino también para quienes aman la poesía y la palabra como forma de comunicación y de creación humana. Situar a un poeta al frente de la institución que se encarga de difundir las lenguas peninsulares por el mundo me parece un gesto inteligente del nuevo gobierno de Pedro Sánchez.

No puedo decir que sea amigo personal de Luis. He participado con él en unos cuantos actos literarios, presentando diversos libros. He compartido tribuna junto a él en actos sindicales, o políticos. Le he escuchado hablar sobre García Lorca y me ha abierto los ojos sobre muchos pasajes de Poeta en Nueva York.

Le he acompañado en algún mitin  electoral, cuando aceptó encabezar, a contracorriente, la candidatura de Izquierda Unida de Madrid en las pasadas elecciones autonómicas. Me apenó que unas pocas décimas le cerraran el acceso al parlamento regional. Le pedí que escribiera el prólogo para mi poemario La Tierra de los Nadie y que me acompañase en la presentación del mismo. He tomado alguna que otra cerveza con él al finalizar este tipo de eventos.

Su nombramiento me trae a la cabeza esos tiempos en los que algunos poetas eran tomados en consideración para ocupar consulados, o embajadas. Me recuerda que Allende nombró a Pablo Neruda embajador en París, o a Gonzalo Rojas Pizarro, al frente de la embajada en La Habana.  Eran tiempos en los que no era incompatible fomentar los negocios y los intercambios económicos, con presentar las mejores credenciales humanas y creativas a otros pueblos.

La labor del Instituto Cervantes va precisamente de eso. La difusión de nuestras lenguas, a las que se refería el bilbaíno Gabriel Aresti en su famoso poema para Tomás Meabe (no es español quien no sabe las cuatro lenguas de España), es mucho más que impartir cursos de castellano, catalán, gallego, o vasco, por los cuatro costados del planeta. Mucho más que fomentar la cultura de élite, exhibir la crema de las cremas, derramar la flor y nata de nuestras creaciones en los centros neurálgicos mundiales.

Algunas de esas cosas hay que hacerlas y buscar los mejores gestores, para evitar dilapidación de recursos y gastos innecesarios de pólvora. Pero se trata, sobre todo de dar a conocer las Españas, porque sólo se ama lo que se conoce y porque en esta península conviven muchas Españas. El Instituto Cervantes es un poderoso instrumento para establecer relaciones, comprender nuestros muchos modos y maneras de ser, nuestras formas de seducir, dialogar, sugerir, equivocarnos.

No coincido completamente con César Antonio Molina, quien fuera Director del Cervantes y luego Ministro de Cultura, cuando afirmaba que El Cervantes es una empresa, como tal hay que gestionarlo. Pero sí coincido con él y estoy seguro de que también Luis, en que vivimos un mundo que todo lo sacrifica a los ídolos de las nuevas tecnologías, el entretenimiento y la masa.

Creo que la cultura española, la plural y amplia amalgama de culturas, creencias, costumbres, heterogéneos ideales, diversas (cuando no dispersas) visiones, constituye un poderoso antídoto contra esos ídolos prefabricados, insulsos, uniformados y, no pocas veces, despóticos.

Luis García Montero hubiera sido un excelente ministro de Cultura, pero se me antoja que será mucho más útil para todas y todos en esta tarea de difusión de la palabra, las lenguas, la cultura. Luis sabe que la poesía seguirá preguntando a las personas y a los pueblos, seguirá buscando en el interior de ellos, seguirá siendo canto y oración. Y también sabe que la honestidad, en la vida y en la política, es el primer paso para intentar que los cambios mejoren la existencia cotidiana y la convivencia diaria de las personas. Ambas cosas, lejos de ser incompatibles, son indisociables.

Desde estas líneas, Suerte y buen trabajo, amigo.


Carta abierta a la señora Sara, mi madre

agosto 14, 2018

La señora Sara es viuda.

Con minúscula señora

y con minúscula viuda.

Del cuento Retrato de Señora

 

Sara,

No he escrito nunca una de estas cartas abiertas a una persona que no estuviera ya entre nosotros. Además, sé bien que te gusta contar tu historia, pero no que tus andanzas sean aireadas por escrito, como si presintieras que alguna turbia maldición se cierne sobre quien demuestra ser libre en un mundo plagado de amenazas.

Como aquella vez, en plena posguerra, en la que siendo niña-criada fuiste seguida por las calles de Madrid por una vecina del pueblo, hasta dar con tus padres. Fueron denunciados, juzgados, sentenciados, condenados, apaleados, encarcelados y arrastraron para siempre la marca de la prisión y la derrota.

Nada debes temer, porque ya has dejado de pertenecer al tiempo al que nosotros seguimos sometidos. Una verdad que tan sólo le fue revelada a una mujer, mientras le era negada a los discípulos predilectos, Todas las naturalezas, todas las producciones y todas las criaturas se hallan implicadas entre sí y se disolverán otra vez en su propia raíz, pues la naturaleza de la materia se disuelve en lo que pertenece únicamente a su naturaleza. Tal vez por esta forma de ver la muerte, este evangelio de María Magdalena nunca ha sido uno de los oficiales y pasa por ilegítimo, apócrifo.

Seguro que nada temes, porque ahora descansas junto a tu marido, en el cementerio del pueblo en el que asegurabas que pasaste los mejores años de tu vida. Ese pueblo en el que encontraste refugio, entre Las Criadas y la vuelta a un Madrid que devora, con crueldad y despiadada avaricia, la vida de sus habitantes. Allí te casaste, tuviste a tus hijos y cuidabas una finca, a modo de guardiana de un paraíso que, de nuevo, te fue arrebatado.

Ahora, las laderas de la Sierra de Guadarrama contemplan el infinito donde resides. La brisa  de los cerros se impondrá a los calores del verano y las nieves del invierno cubrirán tu lápida. Vives ahora la infinitud sin tiempo, mientras nosotros intentamos aprender qué tipo de relación, a base de  recuerdos, contactos, intercambios de memoria, podemos mantener contigo.

Hay muchas mañanas en las que me levanto buscando el momento del día en el que voy a acercarme a verte y muchas noches me sorprende la conexión mental que me impele a llamar para preguntarte cómo has pasado la tarde y que hables con tu nieto Pablo, de tú a tú, de vuestras cosas. Para que viajes con él por cada calle, cada ciudad, las aulas de su instituto, los paisajes de mundos cercanos, o lejanos rincones descubiertos a la vuelta de la esquina. Ese chaval que ha querido ir a verte hasta casi el último día.

Fue esa capacidad de viajar, de vivir tu vida reflejada en otras vidas; la impresionante memoria de cada nuevo nacimiento, cada pérdida, cada cumpleaños, cada enfermedad, que te llevaban a preguntar por la calle, o a coger el teléfono. Fue tu capacidad de vivir sola, sin permitir que nadie se metiera en tu vida, sin dejar de cuidar la memoria de cada persona a la que conocías, la que te hizo tan popular en el barrio.

Fueron tus viejas películas de Hollywood y las de la tierra; tus canciones para después de una guerra, ese incansable escuchar la radio, tus largas caminatas, las que te hicieron soportar el trabajo, mitigar el miedo, afrontar la soledad, defender tu libertad, aunque, con frecuencia, esa libertad sólo se encontrase dentro. Eso te mantuvo joven y atractivamente moderna hasta el último momento, hasta ese tiempo en que las mujeres y hombres del hospital aprendieron a quererte.

Eras cristiana, desconfiando de los curas y los beaterios. Eras socialista desconfiando de los políticos y de la política. Me seguías la pista de sindicalista y a veces me recordabas, Siempre os engañan. De derechas no eras. Recelabas del dinero, sospechabas del poder. Pertenecías a los Nadies. Con todas sus ilusiones y todo su escepticismo. Sorteando cadenas de decepciones para seguir abrazando la vida.

Decidí comenzar a escribir un día tu cuento Retrato de Señora, La señora Sara es viuda. Con minúscula Sara y con minúscula viuda. Me reprochaste que hablase de ti, aunque algo de orgullo te invadía al ver tu nombre escrito en un papel. De lo contrario no me hubieras pedido que te trajera ejemplares de los Cuentos de la Tierra de los Nadie, para repartirlos entre tus hermanos. No tuve que explicarte que sin ti, mis Nadie no existirían. Tú eras el núcleo de los Nadie.

Cada muerte es dolorosa. Esta vez, el dolor de tus hermanas y hermanos, de tus nietas, tus nietos, tus parientes, tus vecinas, cuantos te conocían en el barrio, en el pueblo donde viviste, en aquel otro en que naciste, no creo que sea menos intenso que el mío. Ver cómo tus nietas se han dedicado a ti y te han rodeado de afecto en tus últimos días, me reconcilia con la especie humana, en esta incomprensible situación que me ha envuelto.

Cada muerte es inexplicable, impenetrable, hermética, desoladora. En estos días, he descubierto y me ha ayudado mucho, leer cómo describe John Berger nuestra relación con ella, Hasta antes de que la sociedad fuera deshumanizada por el capitalismo, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Era ésta su futuro último. Por sí mismos, los vivos estaban incompletos. Los vivos y los muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo esa forma moderna tan particular del egoísmo rompió tal interdependencia. Y los resultados son desastrosos para los vivos, que ahora piensan en los muertos como eliminados.

No sé cómo hacerlo, Sara. No sé cómo acostumbrarme a vivir en la frontera entre la infinitud donde habitas y el tiempo que nos atrapa. Cómo aceptar que eres ya cuanto seremos nosotros. No sé si sabré cuidar a tu gente, esa con la que viviste, a la que querías, sin plegarme a sus caprichos, sin renunciar a mi libertad, como si tú me vieras. Cómo aprender a sacar fuerzas de flaqueza, a base de atrapar músicas, imágenes, historias, encuentros, palabras, aunque sólo sea dentro de nosotros. Sentir la sabiduría que impregna tu memoria del infinito.

He dudado mucho antes de escribir esta carta. No te gustaba que hablaran de ti en público. Un poco de pudor y otro poco de prevención para preservar tu independencia. Que lo que hace la mano izquierda, no lo sepa la derecha. Al final me he puesto a escribir, releer, tachar, corregir, reescribir. Tal vez porque construir futuro es la tarea que compartimos, que tenemos que imaginar los de allá y los de acá. Y porque tu experiencia y tu memoria ya nos envuelve y nos protege.

Sara, he preferido escribir la carta. No hay peor muerte que el olvido. No hay peor suicidio colectivo que la indiferencia y la desmemoria. Si como dijo el cura en tu funeral, has vencido a la muerte, sólo me queda encomendarme a ti y salir cada día a defender la vida. La vuestra, la nuestra.


Cincuenta primaveras en Praga

agosto 14, 2018

Hablamos de Primavera de Praga para referirnos a un proceso histórico que comenzó un invierno y acabó en pleno verano de hace 50 años. De nuevo, como en el caso del Mayo del 68, yo era demasiado pequeño para enterarme de cuanto estaba pasando en aquella capital checa y, si algo me llegaba a través de los escasos, limitados y adoctrinadores medios de comunicación existentes en aquellos días en España, creo debí forjarme una extraña idea del estado confuso de las cosas en el mundo.

Había manifestaciones y enfrentamientos policiales en París, que replicaban los de Estados Unidos, o Alemania, donde Rudi Dutschke había recibido tres tiros en la cabeza en un atentado ultraderechista. En México el ejército y la policía no habían desencadenado aún la balacera contra los estudiantes en Tlatelolco. La Ofensiva del Tet, iba camino de la derrota del Vietcong en lo inmediato, pero caló en el pueblo americano, que comprobó que todo el esfuerzo militar y el sacrificio humano, no detendrían al pueblo vietnamita.

Aquello de Praga, al menos así me lo parecía, era mucho más pacífico. Luego me he enterado de que una sociedad industrial y culta como la checa, soportaba mal el lento proceso de desestalinización. El líder comunista Alexander Dubcek encabezó un programa de reformas, consciente de las limitaciones que imponía la Unión Soviética, gobernada por un tal Brézhnev. No planteó en momento alguno abandonar la órbita de Moscú. Tan sólo quería actuar con autonomía para construir lo que denominó socialismo de rostro humano.

Se trataba de abrir las puertas a la democracia, sin prescindir del liderazgo del Partido Comunista, pero no como partido único, estableciendo la libertad de expresión, de prensa, de circulación, o de acceso a bienes de consumo. Incluso así, era demasiado cambio para la Unión Soviética. El 21 de agosto los tanques del Pacto de Varsovia traspasaban las fronteras y ocupaban Checoslovaquia.

Los checos ya sabían cómo se las gastaban en estos casos los soviéticos. Tan sólo doce años antes más de 2500 húngaros habían muerto, tras ser aplastado un intento de democratización. Muchos miles más fueron detenidos, juzgados,  encarcelados, deportados a la Unión Soviética, mientras cientos de miles huyeron del país.

Eso sí, doce años no pasan en balde. Imre Nagy, el líder de la revolución húngara, acabó fusilado dos años después de la revuelta, mientras que Dubcek fue progresivamente degradado, expulsado del Partido, acabando por ser nombrado oficial forestal y desapareciendo, hasta que en 1974 dirige un escrito a la Asamblea de la República, ratificándose en sus posiciones de 1968, denunciando la falta de libertad, el estado totalitario y policial y el desprecio a los derechos humanos. No sabía que quince años después él mismo sería aclamado Presidente de esa Asamblea.

Siguiendo el llamamiento de Dubcek, el pueblo checo, opuso a los tanques rusos una resistencia no violenta, aunque no exenta de víctimas mortales, persecuciones políticas y cientos de miles de huidos del país. Mientras tanto los gobiernos de Occidente protestaban sin demasiada firmeza, bien instalados en el consabido es lo que hay, es lo que toca. Tan sólo algunos de partidos comunistas del Oeste, como el finlandés, el francés, el español, o el italiano, mostraron abiertamente su desacuerdo y se adentraron en el camino de la construcción de un socialismo en democracia, separándose de la tutela de Moscú y dando origen, poco después, al eurocomunismo. Los intelectuales que se quedaron, como Varclav Havel, cerraron las puertas a cualquier colaboración con el régimen. Otros marcharían al exilio para explicar La insoportable levedad del ser en su país de origen.

Como en el caso de la Ofensiva del Tet, una aparente victoria terminó convertida en derrota. Las disensiones en el propio bloque soviético aumentaron, que una cosa es ser amigos y otra abusar de los amigos. Los partidos comunistas occidentales terminaron apartándose de la Unión Soviética para no contaminarse con el descrédito de matonismo y dictadura que había impregnado a los nuevos zares.

Los pueblos de Occidente, embarcados en la primavera de los mayos del 68, la oposición a la Guerra de Vietnam y los movimientos de liberación del Tercer Mundo, no pudieron entender este retorno del peor pasado totalitario. Los pueblos del Este tomaron nota, callaron, aguantaron el tirón, resistieron y dejaron que la estaca podrida cayera por su propio peso, sin hacer nada para evitarlo.

La verdad es que, siguiendo las doctrinas lampedusianas del Gatopardo, los propios cuadros dirigentes, ejecutores y ejecutivos de los regímenes socialistas habían preparado, con tiempo suficiente y maestría acreditada en el uso del poder, todos los escenarios de huida posibles, todas las oportunidades de transfuguismo. Véase, al respecto, la fórmula de éxito de los grandes líderes emergentes en esos países, procedentes en muchos casos de los servicios de inteligencia, cuando no de la policía política.

En este mundo de utopías venidas a menos y distopías emergentes, permitidme la ucronía de imaginar que Dubcek hubiera conseguido sacar adelante un proyecto de socialismo que, además de liberar a los trabajadores de la explotación capitalista, hubiera puesto empeño en la libertad y plenitud de la ciudadanía.

El socialismo de rostro humano pudo abrir una vía de transformación de las dictaduras comunistas en el Este y haber evitado que Estados Unidos se siguiera dedicando a imponer sus designios en América Latina, a la que consideraba su patio trasero y donde había alentado y sustentado golpes de estado como el de Bolivia, Chile, o Brasil, hasta terminar destrozando la primavera del Chile de Allende, en septiembre del 73. Tal vez Tlatelolco no hubiera existido.

Bien pudiera ser que, si los tanques soviéticos no hubieran ahogado la primavera de Praga, hoy viviéramos un mundo más libre, más justo y más solidario. Pero esto no podemos ya saberlo. Sin embargo, nadie nos impide soñar y abrir cincuenta nuevas primaveras, una por cada año transcurrido. Aquí mismo, aquí cerca.


Un verano con Marx

julio 18, 2018

Cuenta Carlos Berzosa que Eduardo Haro Tecglen decía que no entendía por qué hay quien considera que en verano nos volvemos más tontos, motivo por el cual desde todos los ámbitos se nos recomiendan lecturas facilonas y escogidas “para el verano”.

Siguiendo esta práctica costumbrista no se nos ocurriría, en consecuencia, bajo una sombrilla al borde de la playa, en una terraza, o en un banco sombreado de un parque, entregarnos a la lectura de, pongamos por ejemplo, un libro sobre Karl Marx.

Hay que reconocer que Marx no está de moda. Su bicentenario está pasando bastante desapercibido. Pero también el centenario del nacimiento de Nelson Mandela, el cincuentenario de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, o de Mayo del 68 y la Primavera de Praga, están pasando sin demasiada pena ni gloria.

Algunas jornadas universitarias, algunas conferencias en algún sindicato, asociación de vecinos, alguna película como El joven Karl Marx, el libro Dígaselo con Marx de Ediciones GPS, que responde al empeño de un pequeño grupo de personas de izquierdas para abrir un abanico de reflexiones sobre el universo marxista, sus constelaciones y sus mundos habitados, destruidos, en construcción.

Aceptemos que en un momento histórico líquido no pueden existir ni tan siquiera islotes que se impongan de forma permanente frente al ímpetu del oleaje del devenir acelerado del fin de la historia. También es cierto que no pocos hijos y nietos de Marx dilapidaron su herencia, destrozando sin piedad su fuerza transformadora, dejándola a merced de una dictadura del proletariado convertida en dictadura sobre el proletariado, cuando no contra el propio proletariado.

Sin embargo, tal como van las cosas por el planeta y hasta por nuestros barrios no vendría de más prestar atención a las profecías del Moro y del General, que así conocían en la familia a Carlos Marx y a su inseparable Federico Engels. Así que, aunque sea esto un artículo y no un anuncio publicitario, lo aprovecharé para recomendarte que este verano, cualquiera sea la sombra bajo la que recales, te entretengas leyendo alguno de los cerca de cuarenta artículos recopilados en el libro.

Por allí se mueven economistas como Carlos Berzosa, o Martín Seco. Poetas como Cellino, o Riechmann. Feministas como Lidia Falcón. Sindicalistas como Nico Sartorius. Periodistas como Teresa Aranguren. Rectores como Carlos Andradas (Complutense), o Alejandro Tiana (UNED), ahora Secretario de Estado de Educación. Urbanistas como Jesús Gago, o Daniel Morcillo.

Pensadores como Rafael Fraguas. Abogados como Alejandro Ruiz-Huerta. Psicólogas como Marta Evelia Aparicio. Políticos como Cayo Lara, o Paco Frutos. Filósofos como Fernández Buey, o Manuel Sacristán. Pintores como Molleda o Vázquez de Sola. A mí me han dejado elegir tema y como había ya casi de todo, he escrito sobre Marx y su yerno español, Paul Lafargue, aquel criollo cubano que apareció por casa para conocer al padre y terminó por llevarse a Laura, su hija más querida.

Y no temas. No son artículos aburridos, ni espesos, ni largos. Hablan sobre cómo influyó Marx en su vida o en su profesión. Cómo les ayudó a transformarse para transformar el mundo, su mundo. Porque de eso iba Marx y de eso sigue yendo. No basta mirar, ni interpretar el mundo. Hay que ponerse a la obra de transformarlo. Esa sigue siendo la vigencia de Marx en los tiempos que corren.

Es un libro con vida propia. Sus editores y sus autores se sorprenden con presentaciones imprevistas en los lugares más insospechados, desde Ferias de Libros, a asociaciones de vecinos, centros culturales, sedes sindicales, agrupaciones políticas, aulas universitarias, embajadas, como si de un fantasma que recorre España se tratase.

Llega el verano y es tiempo de lecturas. No para tontos, pero sí lectura amable, seductora y refrescante, un coctel de propuestas elaboradas de forma honesta por unas cuantas mujeres y hombres que aceptaron un buen día el reto de decírtelo con Marx, doscientos años después de que naciera el Moro de Tréveris.

Que lo disfrutes.


De mentideros y motines

junio 21, 2018

Muestran gran asombro quienes pierden en este país, pongamos por caso, una moción de censura. La expresión del asombro puede adquirir muchas formas, en función del talante de quien pierde. Desde la depresión profunda, hasta la rabia desbocada. O ambas cosas a la vez.

No es la primera vez que pasa y, si aprendiéramos algo de nuestro pasado, quien más, quien menos, debería estar prevenido siempre y avisado de antemano, de que estas cosas pasan y, en España, hasta forman parte de nuestra manera de ser. Digan Maillo, o Hernando, lo que quieran. Le guste más, o le guste menos, a un Rivera al que se le han mojado todos los papeles en los que había escrito un guión que ahora habrá que reescribir.

Algo flotaba en el ambiente y, como con los terremotos, cada cierto tiempo las placas tectónicas que enfrentan África con Europa se enfrentan en territorio peninsular. Aquí chocaron la Ilustración y la Contrarreforma. Aquí se inició la revuelta contra Bonaparte que consumiría Europa. Aquí ensayó el fascismo europeo una Guerra que destruiría el mundo.

Ya no recordará nadie la depresión en la que cayó y el cabreo que se cogió ese Borbón llamado Carlos III, cuando se puso a modernizar el país, con su cuerpo de Correos, sus servicios de Aduanas, su puerta de Alcalá y su Paseo del Prado, por poner algunos ejemplos. Quería resetear un Madrid sucio y destartalado, al parecer de un monarca que venía de embellecer Nápoles hasta convertirlo en uno de los lugares más atractivos de Europa. De allí trajo, precisamente, a sus mejores ministros.

Modernizar cuesta dinero, recurrir al endeudamiento y cargar sobre las espaldas de los ciudadanos algunos costes como los de iluminar las calles para que los malandrines no actuaran impunemente en las oscuras callejuelas. La cosa se le complicó cuando por abaratar el pan con medidas liberalizadoras, se topó con que la mala cosecha y los malos transportes terminaron por encarecer el bien esencial para la supervivencia.

Entre ese malestar popular y que los funcionarios golillas y los nobles seguidores de Aranda aparcaron sus viejas cuitas en la Corte, para combatir a los italianos, el estallido callejero era cuestión de tiempo, aunque nadie lo vio venir.

Hasta que un buen día, un pequeño incidente callejero entre los municipales y unos ciudadanos que se negaban a recortar sus capas y convertir los alerones de sus sombreros en sombreros de tres picos, desencadenaron el Motín de Esquilache. Ya ves, dirían algunos, todo por recortar las capas para poder ver si había armas debajo y levantar las alas del sombrero por ver las caras de quien hacia ti venía.

Atentos a los salones cortesanos, con sus comidas, meriendas, cenas, bailes, los gobernantes olvidaban que en las gradas de San Felipe, en plena Puerta del Sol; en el barrio de las Letras, en la calle del León y hasta delante del mismo Alcázar de los Austrias, donde luego se alzaría el Palacio Real de los Borbones, se hacinaba un pueblo que comentaba cada jugada, ya fuera el asesinato de un noble, los amoríos del rey, o las últimas decisiones de sus ministros.

Pero que nadie piense que fuera este un fenómeno madrileño. De aquel Motín se tienen noticias en cerca de trescientos pueblos repartidos por toda España. El rey huyó de Madrid, resentido, para refugiarse en Aranjuez, pero tuvo que volver por exigencia popular. Se vio obligado a desprenderse de sus ilustrados ministros italianos, a los que despachó de vuelta a Nápoles. Siguió reinando, pero dedicó más tiempo a ensimismarse en la caza.

Si esto ocurrió a quien luego pasaría a la Historia como el mejor Alcalde de Madrid, hombre trabajador, reformista, e ilusionado, qué podría esperar cualquiera otro de nuestros gobernantes, pertrechado con menos ilusión, menos deseos de reformar, bastantes menos ganas de trabajar y una pesada mochila de casos pendientes con la justicia.

No debería nadie entregarse, en estos momentos a la rabia, ni a la depresión. Nadie a teorizar de nuevo la conspiración. Es momento para reflexionar, releer la historia, e intentar no repetir lo peor de ella. Es tiempo de mirarse hacia adentro y limpiar la casa. Época para convertir los fracasos en oportunidades y poner todos nuestros esfuerzos al servicio de quienes han sufrido duramente la crisis.

Por pedir, desde lo más profundo del mentidero, que no quede.


Carta abierta a Esperanza Aguirre, descubridora de la Gürtel

junio 21, 2018

Esperanza,

Llegó por fin el momento. Eras una de las destinatarias de estas cartas desde el principio, pero mes tras mes se me ha cruzado alguien en el camino, de forma que lo urgente me ha impedido atender lo necesario.

Cada vez que miro alguna de esas fotos de hace años en las que aparecemos juntos, me hundo más en mi incapacidad de comprender la condición humana. Por allí andan Gerardo Díaz Ferrán y su concuñado y sucesor al frente de la patronal madrileña, Arturo Fernández. Mi inseparable compañero José Ricardo Martínez. Tus manos derecha e izquierda, Ignacio González y Francisco Granados. El eterno concejal, luego consejero menor en tu gobierno y todopoderoso conseguidor, Alberto López Viejo. Casi todos cuantos aparecieron contigo en esas fotos se encuentran condenados, o cuando menos imputados.

Siempre he pensado que llegaste al poder madrileño, tras aquella maniobra del Tamayazo contra Simancas, cuando deberías haber realizado el gesto de renunciar a dos de tus votos para contrarrestar el transfuguismo inaceptable de aquellos dos siniestros personajes, de los que aún no sabemos qué beneficio sacaron y quién lo pagó. Pero sí sabemos quién se benefició.

Aquel verano, entre intrincadas comisiones de investigación y la repetición de las elecciones, los corruptos de España recibieron la señal inequívoca de que todo era posible y, si no lo era, siempre se podía torcer la voluntad popular hasta que lo imposible se convirtiera en viable y hasta deseable.

Tu Manuel Lamela y tu cachorro Güemes, emparentado con el capo de la corrupción valenciana, se convirtieron en adalides de las privatizaciones sanitarias. No importó que por el camino quedasen profesionales como Luis Montes, recientemente fallecido, pese a demostrarse lo infundado de los casos de asesinatos de pacientes del hospital Severo Ochoa de Leganés.

Nunca enmendaron tus escuderos aquel entuerto. Nunca pidieron perdón, ni tan siquiera disculpas, por los daños que causó aquella denuncia “anónima” contra los profesionales de la sanidad pública, a la que se dio publicidad y credibilidad, siguiendo el más puro estilo inquisitorial. Hoy, aquellos dos pícaros granujas, se ganan magníficamente la vida con lo que aprendieron a tu lado.

Granados parece que se especializó más en poner precio a las concesiones de colegios privados. A Ignacio le apasionaban los negocios del Canal. López Viejo bastante tenía con atender las timbas de Correa y demás. Unos cobraban y otros pagaban. Unos se enriquecían y otros conseguían contratos y concesiones.

Te empeñaste en convertir Telemadrid en una carcasa, en cuyo interior las productoras y los compadres afines a tu gobierno hacían su agosto, alejados del servicio público, pero con pingües beneficios privados. No importaba, tampoco, que los estudios previos dijeran que el MetroSur sería una ruina. Había que hacer más kilómetros de metro que Gallardón y había que inventar nuevos negocios radiales, peajes en sombra y modelos sanitarios privatizadores a la carta, como ensayo general de dónde, cuándo y cómo corre más el dinero desde las arcas públicas hasta los bolsillos privados.

Perdidas en las hemerotecas, han quedado tus aventuras de una Ciudad de la Justicia, tu amigo Sheldon Adelson con su Eurovegas, las donaciones empresariales a FUNDESCAM, el campito de golf en terrenos del Canal, o aquel Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama que dejaste reducido a la mínima expresión.

Los sindicatos éramos una excelente víctima propiciatoria, un gran espectáculo de entretenimiento, una gran cortina de humo. Mientras laminabas la oposición política, llegaste a decirme que nosotros éramos la verdadera oposición y la emprendiste contra los “liberados sindicales”, a cuenta de las supuestas mamandurrias que recibíamos.

El principio de tu fin comenzó cuando quisiste controlar Cajamadrid. Ahí topaste con Gallardón, atrincherado en el Ayuntamiento, con el Partido Socialista y con los sindicatos. El Constitucional te paró preventivamente los pies, durante todo un año, hasta que un acuerdo entre la socialista Elena Salgado y el popular De Guindos, su sucesor al frente del Ministerio de Economía, colocó al inefable Rodrigo Rato al frente de la Caja y relegó a Ignacio González a seguir siendo incierto aspirante a Presidente de la Comunidad. En la búsqueda de alguna pequeña venganza personal, le confesaste al propio González, a micrófono abierto, Hemos tenido la suerte de poderle dar un puesto a IU, quitándoselo al hijoputa.

Han pasado los años y, como le pasaba a Alberti, me siento tonto, pero afortunado. Salí del cargo como Secretario General de CCOO de Madrid sin más fortuna que la que tenía al llegar al mismo y nunca entendí que debiera haber sido de otra manera. No sé cómo te sientes tú. Tampoco te juzgo. Imagino que sigues conservando algo de aquella niña traviesa y agitadora de la que hablaba tu tío, el poeta Gil de Biedma, al recordar a sus sobrinas madrileñas.

Lo cierto es que no tenías sólo un problema de responsabilidad “in vigilando”, sino un problema de ética política que demasiada gente no quiso ver, ni afrontar. Pienso que, sin tus maneras y sin esas formas que tienes de entender el gobierno (no exclusivamente tuyas, por desgracia), convertidas en receta de éxito empresarial y político, bajo la égida de Aznar, la política española no hubiera caído en este pozo sin fondo de descrédito, corrupción y cinismo en el que nos hemos instalado y del que esperemos que la moción de censura nos ayude a comenzar a salir. No será fácil, por más que me parezca tan urgente como indispensable.

Fuiste, Esperanza, la lideresa de la capital del Ruedo Ibérico, la más castiza imitadora de la Dama de Hierro, la campeona del ultraliberalismo mesetario, eso que más allá del Atlántico llaman Tea Party y en su versión española, Carajillo Party. Aquella que presumió de destapar, ni más ni menos, que el caso Gürtel. La responsable última, en consecuencia, de la caída de Mariano.