Un año más en Atocha

febrero 13, 2019

Hace casi cuatro años, poco después del 24 de enero, día en el que como cada año conmemoramos el momento en que fueron asesinados los Abogados de Atocha, fallecía Lola González Ruiz. El pasado 20 de enero se cumplían 50 años del asesinato de su novio, Enrique Ruano, cuando se encontraba detenido por la Brigada Político-Social, la Gestapo del régimen franquista.

Hay pocas historias de amor tan tristes como la de Lola. Perdió primero a su novio Enrique, cuando ambos eran jóvenes estudiantes de Derecho y ocho años después, ya ejerciendo como abogada, dedicada a la defensa de los vecinos y vecinas de los barrios de Madrid, fue víctima del atentado perpetrado por un grupo ultraderechista en el despacho laboralista de la calle Atocha, 55. En el atentado quedó gravemente herida y perdió a su esposo Francisco Javier Sauquillo.

Se ha contado mil veces que el destino y el azar quisieron que aquella tarde los nueve abogados de los barrios intercambiaran su despacho, situado un poco más abajo, en la misma calle de Atocha, con el de los abogados laboralistas, que pasaban consulta en el número 55, dirigido por Manuela Carmena. Cinco de ellos murieron y cuatro sobrevivieron al atentado, pero quedaron marcados para el resto de sus vidas. Todos ellos. Especialmente Lola.

Cada nueva conmemoración del asesinato de los de Atocha suponía para ella un trago tan amargo que no pocas veces emprendía un viaje, para pasar ese día en un recogimiento que ni tan siquiera la distancia podía asegurarle.

La creación de la Fundación Abogados de Atocha en el Congreso de las CCOO de Madrid en el año 2004, pretendía mantener viva la memoria de los Abogados de Atocha y de ese impresionante movimiento de la abogacía antifranquista, que tuvo su expresión en las generaciones de abogados y abogadas jóvenes que se incorporaron a la defensa de los trabajadores, de la ciudadanía y de cuantos tuvieron que enfrentarse a los Tribunales de Orden Público de la dictadura.

Cada año, la Fundación concede los Premios Abogados de Atocha a personas e instituciones nacionales e internacionales que luchan por la libertad, la democracia, los derechos. Este año el premio ha recaído en el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio en México y en los Cantautores por la Libertad. Cada año, convoca un premio internacional de narrativa joven, así como estudios, publicaciones y actos vinculados al mundo del derecho y la justicia.

Sin duda una labor importante y elogiable, pero que obliga a quienes vivieron aquellos terribles días de enero a recuperar no sólo la memoria, sino el dolor que les fue infringido por la barbarie terrorista. Pienso, a veces, que el reconocimiento hacia ellos va acompañado por el peso insoportable de un instante que acabó con cinco vidas y seccionó en dos las de los sobrevivientes.

Para ellos ya nada volvió a ser igual. La ilusión por abrir las puertas de la democracia siguió ahí, sin duda, las ansias de libertad siguen intactas como entonces, pero con un sesgo de amargura que no es fácil reconocer en sus gestos, pero que está siempre presente.

Este año, además, acabamos de perder a la maestra de todos ellos, María Luisa Suárez Roldán, la mujer nacida en una familia republicana y laica, educada en la Institución Libre de Enseñanza y una de las primeras y escasas abogadas en las promociones universitarias de posguerra. La fundadora del primer despacho laboralista de Madrid, el de la calle de la Cruz, junto a Jiménez de Parga, o Antonio Montesinos.

Por ese despacho pasaron las jóvenes generaciones de abogados comprometidos con la defensa de las personas en los barrios, de los trabajadores en las empresas, de quienes eran perseguidos por buscar la libertad, la justicia, la convivencia democrática, la dignidad de las vidas y la decencia del trabajo. Muchas mujeres como Manuela, Cristina, Paca, la misma Lola.

Jóvenes que rondaban los treinta y que siguen marcando, desde su ya infinita juventud,  el nivel de compromiso, responsabilidad y ganas de vivir, que nos debemos exigir a nosotros mismos. Hoy serían mayores que yo, pero serán siempre más jóvenes de lo que hoy soy.

Son muy importantes en una democracia también joven como la española, pero en la que hemos cometido ya algunos peligrosos errores, hemos incurrido en disparates difícilmente justificables y hemos permitido perversos comportamientos hasta el punto de  aplaudir el envilecimiento, la iniquidad y no pocas vilezas, recorriendo el filo de la navaja de vernos abocados a la degeneración de la democracia y la degradación de la convivencia, que atraviesa territorios, ideologías, espacios políticos y sociales.

En nuestra democracia los de Atocha siguen siendo el espejo en el que juzgar si hacemos suficiente por la libertad, por la verdadera democracia en nuestras instituciones y organizaciones políticas y sociales. Si damos la talla en el esfuerzo de unir lo diverso y plural. Si pensamos en lo que es de todos, o sólo en el beneficio personal.

Los de Atocha hubieran querido, casi seguro, que el mejor homenaje que pudiéramos organizarles consistiera en nuestra defensa de la cada vez más maltrecha libertad, la cada día más deteriorada solidaridad y la cada vez menos valorada vida. La suya, la nuestra, la de cada persona.

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Las identidades de Carlos Marx

febrero 13, 2019

Hay a quienes les gusta clasificar a las personas en función de su color, su religión, su sexo, su opción sexual, su ideología, su voto declarado, su voto intuido. Todo parece así más sencillo. Se adscribe una identidad y, a partir de ahí, ya no hay más que hablar. Sin embargo, creo que ese reduccionismo termina siendo una barrera de incomunicación, bebedero de tópicos y  recurso empobrecedor, a la par que simplista.

Cuanto más rica es una personalidad, más se producen intersecciones  de identidades. Ya lo decía Luis Eduardo Aute, citando a San Agustín, yo soy al menos dos y estoy en cada uno de los dos por completo. Pongamos el ejemplo de Karl Marx. Pudiera parecernos que el personaje se agota en la filosofía, en su visión de la economía, las clases sociales, sus predicciones históricas, fallidas, o acertadas.

Sin embargo, hay una lectura ecologista de Marx, otra educativa. Se puede mirar a Marx desde la poesía, o tomar en cuenta sus interpretaciones del nacionalismo, su opinión sobre la religión (no tan opiácea como la que se nos ha contado), su relación con las mujeres. Su opinión sobre la posesión de la tierra, sus cálculos matemáticos, el papel de los medios de comunicación, el modelo de ciudad, o detenernos en su activismo político incansable.

Ya he dedicado algunos artículos a reflexionar sobre su visión del trabajo humano, o sus reservas ante las opiniones sobre el derecho a la pereza sostenidas por su yerno. Unas reservas que tenían más que ver con el choque de una cultura alemana con otra hispanocubana y que menospreciaban el tremendo esfuerzo que Pablo Lafargue (el yerno en cuestión) desplegó a lo largo de su vida para difundir por España y Francia, las ideas de su suegro y, sobre todo, el amor que dispensó a su hija Laura.

En el año que se ha cumplido y nos ha dejado desamparados ante un horizonte cada vez más extraño de días y meses plagados de inseguridades, desasosiegos, e incertidumbres, conmemorábamos el nacimiento de Marx hace 200 años. Uno de los hombres cuyas ideas han influido más en los procesos históricos que se han desencadenado a lo largo del último siglo y medio.

El acontecimiento me ha dado la oportunidad de compartir páginas heterodoxas, cuando no abiertamente heréticas, respetuosas, o irreverentes, sobre el pensamiento y las diferentes lecturas a las que se presta Carlos Marx, en un libro al que titulamos Dígaselo con Marx. Un puñado de mujeres y hombres que se ha prestado a dar su versión de las identidades que habitaban en el Moro (que así le llamaban en la estrecha contorna de familiares y amigos).

Quiso Marx conocer el mundo y su funcionamiento para, inmediatamente, ponerse a la tarea de transformarlo. Nunca un filósofo se había volcado con tanto empeño en esa labor y muy pocos dedicaron su vida a sentar las bases para gobernar las transformaciones que se aceleraban en el tiempo.

Sin la figura de Marx y de su amigo Engels, sin sus mujeres, sus hijas, sus yernos, sería muy difícil interpretar nuestro tiempo. No sólo el pasado, sino sobre todo el presente. No podríamos entender la existencia de sindicatos, partidos de origen obrero, procesos revolucionarios y reaccionarios que conmocionaron y que siguen preocupando en el mundo.

Sin ellos no se explican los avances sociales, el Estado del Bienestar, los sistemas sanitarios, educativos y de servicios sociales. Las potencias imperialistas coloniales, las catastróficas consecuencias de la descolonización, las concentraciones de capital y las grandes guerras, desigualdades, hambrunas. La concentración de capitales y el hecho de que, pese al aumento general de la riqueza, los ricos sean cada vez más ricos y los pobres seamos más desiguales cada día.

Sin los marxistas no se explican los anarquistas, el socialismo, ni la teología de la liberación. El urbanismo pensado para la clase trabajadora, nacido en lugares como Berlín o Viena, antes de la llegada del fascismo, le debe mucho a Marx. El feminismo se universalizó cuando las mujeres trabajadoras entraron en acción y reclamaron igualdad laboral y derechos sociales, además del derecho al sufragio.

Es cierto que la prusiana ciudad de Tréveris ha celebrado activamente el nacimiento de su ciudadano más ilustre, pero no he visto gran entusiasmo en otros países, ni en la propia Alemania. Se ha presentado alguna atractiva película como El joven Karl Marx. En cuanto a España, algún Congreso Universitario, como el de la Complutense de Madrid y algunas publicaciones como el libro mencionado.

Son tantas las citas, acontecimientos, noticias, escándalos rosas, azules, de corrupción económica, que todo tipo de eventos conmemorativos terminan resultando flor de un día. Esa es una de las claves del sometimiento y la esclavitud a la que nos condena la modernidad. Todo es efímera efemérides.

No creo que todo sea elogiable en Marx. Para mi gusto, entró tan de lleno en la economía, el análisis de las clases sociales y acumuló tantos esfuerzos para luchar por la igualdad, que olvidó la capacidad corruptora del poder y terminó dejando la puerta entreabierta a lo que él creyó sería dictadura del proletariado y terminó siendo dictadura sobre el proletariado. De nada sirvió luego explicar que la dictadura del proletariado no era estalinismo, ni maoismo, ni polpotismo.

Pero de ahí a obviar que una parte muy importante de nuestro pensamiento, de nuestra capacidad para estudiar, analizar, juzgar, sentenciar y corregir las lacras de nuestro tiempo siguen necesitando de Carlos Marx y su gente, me parece un error de bulto.

Un error que nos permite pensar que inventamos el mundo cada vez que estallamos, nos organizamos, reivindicamos y conseguimos cambiar algo, en lugar se sentirnos parte de una corriente que a veces se transforma en marea, tempestad, o aguacero que ha recorrido y sigue recorriendo la historia humana desde tiempos inmemoriales. La corriente de la libertad, la justicia y la solidaridad, frente a la barbarie.


Bernanos, o la libertad olvidada

enero 23, 2019

No recuerdo por qué circunstancia me topé con la referencia de un libro como Los grandes cementerios bajo la luna. Acudí a una librería religiosa especializada. Pregunté qué tenían de su autor, el católico Bernanos. La amable librera tuvo que buscar el nombre, que no le sonaba y terminó encontrando una de sus obras, Diálogos de Carmelitas, que se había vendido hace algunos meses. Algo raro hay en un autor católico, al que no reivindican ni los suyos.

Bernanos sigue incomodando. No es para menos. Un hombre que se reclamaba monárquico en la republicana Francia y que no dudaba en fustigar sin contemplaciones a los nacionalistas, monárquicos, derechistas y ultracatólicos de Acción Francesa. Que rechazaba abiertamente el escenario hitleriano, mussoliniano y estalinista, que se perfilaba en Europa.

La Guerra Civil española pilló a Bernanos en Mallorca. Se llevaba bien con los falangistas. Su hijo Yves se integró inmediatamente en las escuadras de la Falange que se hicieron con la isla. Pronto llegaron las detenciones, los paseos nocturnos, los fusilamientos sistemáticos de gentes que no habían herido ni matado a nadie.  Su hijo, desgarrando la camisa azul de falangista y gritando que aquella noche las escuadras habían matado a dos pobres viejos campesinos.

Contaría más tarde, en casa de Maritain, que el terror rojo es una decena de cabezas cortadas, en lo alto de unas picas, chorreando sangre y paseadas por las calles de la ciudad. Todo es rojo, atroz, abominable, todo el mundo lo ve, todos hablan de ello, todos están horrorizados.

Por el contrario, el terror blanco son miles de prisioneros que han sido detenidos en sus casas, transportados durante la noche en camiones que se paran al lado de la cuneta, entonces se les mata de un tiro al borde de la carretera con los motores en marcha, se arrojan los cuerpos en fosas, se recubren con tierra los cadáveres. Nunca más se habla de ello. Nadie se horroriza, nadie se indigna.

Con todo, la imagen más horrible para Bernanos es la de ese cura enviado por el obispo que, con sus ensangrentados zapatos, distribuye absoluciones entre dos descargas (…) Yo simplemente observo que esa masacre de miserables sin defensa, no arrancó ni una palabra de condena, ni siquiera la más inofensiva reserva de las autoridades eclesiásticas, que se contentaron con organizar procesiones de acción de gracias. Por eso escribe Los grandes cementerios bajo la luna.

Bernanos acepta las consecuencias de su elección. Quien dispone de una palabra libre, por modesta que sea, no tiene derecho a callar. ¿Qué es una palabra libre? La que se esfuerza en dar a las palabras su verdadero sentido, que no les permite mentir.

Sabe que el mundo de los poderosos tolera, soporta, integra, a los refractarios, a los inofensivos anarquistas intelectuales, incluso necesita a los violentos, pero teme sólo al hombre libre, el hombre capaz de imponerse su propia disciplina, aunque tenga que pagar con la soledad y la pobreza este testimonio interior. El hombre que se da, o se deniega, pero jamás se presta.

La coherencia le lleva a rechazar ser ministro, miembro de la Academia y, hasta tres veces, la Legión de Honor. No es un oportunista, un triunfador de última hora, un realista que acepta lo que hay, lo que toca. Para él el realismo es la buena conciencia de los hijos de puta, que afirman que la realidad es ésta y no podemos evitarla.

Pese al interesado olvido de Georges Bernanos, un escritor como Mauriac, decía que hubiera dado su vida, su obra y su éxito, por haber escrito como él. Albert Camus, otro hombre libre y rebelde, le define como un escritor de raza que merece el respeto y la gratitud de todos los hombres libres. Respetar a un hombre es respetarle por completo (…) saber reconocer sin disculpas su derecho a ser monárquico.

Así lo debieron entender aquellos soldados de la derrotada República Española que rindieron honores militares en su funeral, junto a un reducido grupo de amigos, congregados en la iglesia de Saint-Severin. Los perdedores, los pobres. Francisco de Asís y Juana de Arco, traicionados por la jerarquía eclesiástica y los poderosos. Nos recuerda que si la pobreza os maldice estáis muertos.

En estos días en los que se hacen más reales que nunca el cuestionamiento de la política y las amenazas cada vez más refinadas, eficaces y calculadas contra la libertad democrática, haríamos bien en  tomar en cuenta  la crítica implacable de Bernanos,  Es evidente que la proliferación de partidos halaga ante todo la vanidad de los imbéciles. Les da la impresión de que escogen. Cualquier dependiente os dirá que el público atraído por la exposición del género de temporada, una vez saciado de mercancías y después de haber puesto a prueba los nervios del personal, pasa por la misma caja.

No resulta extraño que poco tiempo antes de su muerte, poco después de terminar la Segunda Guerra Mundial, se adentrase en un debate futurista que hoy es de rabiosa actualidad, publicando un libro titulado Francia contra los robots, en el que afirma que la civilización moderna se va convirtiendo en una conspiración universal contra toda clase de vida interior, al tiempo que rechaza la idea de que la libre empresa conduce hacia la mejora de la vida humana. Muy al contrario, siempre se ganará más satisfaciendo los vicios del hombre que sus necesidades.

Cómo no entrever la aparición de la nueva religión-ideología totalitaria del dataísmo, cuando hace más de ochenta años Bernanos afirma que el Estado Técnico tendrá mañana un solo enemigo: el hombre que no hace como todos los demás, o dicho de otra manera, el hombre que tiene tiempo para perder, o aún más simplemente, el hombre que cree en algo distinto a la tecnología.

Mujeres y hombres libres que, más que nunca, necesitamos.


Cuando en Tetuán de las Victorias había hasta 25 cines

enero 9, 2019

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, en Tetuán de las Victorias, había hasta 25 cines. Cines míticos como el Metropolitano, Maravillas, Lido, Cristal, Bellas Vistas, Novedades, Regio, Savoy, Tetuán, Victoria, Windsor y otros muchos. Por eso  el barrio merecía el nombre de El pequeño Hollywood.

Hoy, al cabo de los años, en esas calles y plazas de leyenda, Bravo Murillo, Raimundo Fernández Villaverde, Cuatro Caminos, Reina Victoria, Francos Rodríguez, no queda un solo cine.  La Asociación de Vecinos acaba de publicar el listado de estos cines en uno de sus Pliegos del Cordel, incluyendo una pequeña referencia a la ubicación, historia y fecha en la que fue cerrado cada uno de ellos.

Hermoso proyecto, éste de los Pliegos del Cordel, cuyo primer número fue dedicado a las poesías escritas por las poetas del barrio, con la incursión de unos pocos hombres, entre los que tengo el privilegio de figurar. Retoman así una ancestral tradición, vinculada a las coplas de ciego y el romancero. Esos papeles sin encuadernar que se colgaban en cuerdas y que daban cuenta al vecindario de milagros, hechos extraordinarios, leyendas, cuentos, noticias, sucesos cotidianos, crónicas históricas.

Es cierto que han cambiado mucho los tiempos. Que para ver una película no es estrictamente necesario ir a un cine. Que son muchas más las formas y maneras de entretenimiento y que las que había, han sufrido profundas transformaciones. La resolución es mucho mejor en las pantallas de televisión y su tamaño es ahora XXL.

Pero nada justifica la desaparición de todos los cines de Cuatro Caminos y Tetuán, ni de la inmensa mayoría de nuestros barrios. Hace no tanto tiempo, casi cada barrio tenía uno o varios cines. Habrá quien diga que ya no son necesarios, o que ya no son negocio. Pero tras esa afirmación se oculta la justificación para que mañana desaparezcan las bibliotecas, los museos, los teatros, los centros culturales y, ya puestos, hasta los colegios.

La desaparición de los cines, como la de las abejas, deja el terreno libre para la desertificación cultural de nuestros barrios. Ahora son las casas de apuestas las que pueblan los escaparates, como si aquella inmensa operación de los años ochenta, que pretendía convertir a muchos de nuestros jóvenes en drogadictos, con sus terribles consecuencias de adormecimiento, cicatrices y condenas a muerte, estuviese siendo sustituida por esa nueva droga, no menos mortífera, del juego infinito y la falacia del enriquecimiento repentino. El pequeño Hollywood se ha convertido en pequeña Las Vegas.

Permitir la desaparición de los cines de los barrios, para aglomerarlos en un centro peatonalizado, supone acabar con la pluralidad de centralidades que necesita una ciudad. Significa convertir barrios que siempre tuvieron vida propia en lugares mortecinos, inseguros y sin personalidad. Por eso hay que reivindicar, en cada barrio, al menos, un cine.


14-D: Así que pasan 30 años

enero 9, 2019

En estos días se cumplen 30 años desde la realización de aquella primera Gran Huelga General de una democracia española que acababa de cumplir diez constitucionales años. No han abundado los actos conmemorativos de la fecha, pero tampoco han faltado, o van a faltar, aquellos en los que han participado algunos de sus principales protagonistas.

Entrevistas a quienes dirigían las organizaciones que convocaron la Huelga, como Antonio Gutiérrez y Nicolás Redondo. En casi todos los medios se publican noticias que recuerdan aquella Huelga, sus causas y sus repercusiones. Algún libro se ha escrito y un puñado de artículos de opinión se han dedicado a profundizar en aquel momento.

Historiadores pretendida, o pretenciosamente, considerados oficiales, o bien oficiosos, querrán fijar en la memoria la “verdadera” historia de aquellos días, ignorantes de que la historia colectiva tiene tantas versiones como personas, personajes, actores y actrices, héroes o villanos, la vivieron y participaron en la misma.

No faltarán, por último, los tertulianos que analizarán, explicarán, desentrañarán y examinarán cada instante, minuto a minuto, de la Huelga General, para alcanzar las conclusiones prefabricadas que contribuyan a ratificar sus ideas iniciales, con las que ya venían de casa. No pocos dirán que el éxito de la huelga se debió, tan sólo, al apagón de la televisión a las 12 de la noche.

Poco que agregar, por tanto. Inutilidad de un artículo que poco podría añadir, sin caer en la reiteración de cuanto se haya dicho y hecho para recordar aquel día, sus circunstancias, sus prolegómenos y sus consecuencias. Tal vez he echado de menos, al recordar aquellos días, salvo algunas excepciones, la ausencia de quienes eran jóvenes por entonces y encabezaron y supieron unir al movimiento estudiantil y las organizaciones juveniles, en la defensa de la decencia del empleo y contra aquel Plan de Empleo Juvenil, precursor de la discriminación laboral y vital, a la que la juventud se ve hoy sometida, como si de una maldición bíblica, e inevitable, se tratase.

Personas, como Jesús Montero al frente de las Juventudes Comunistas, o como Paco Moreno, responsable de los Jóvenes de CCOO, a las que he conocido y tratado por diferentes razones, que encabezaron las manifestaciones y movilizaciones previas que sirvieron de ensayo general para el 14-D.

Hay muchas veces, especialmente en un país como España, en que las propuestas más razonables topan con la aparente desidia, el presunto desinterés, la supuesta pereza, de quienes parece que deberían ser los principales interesados en alzarse del suelo y sacarlas adelante.

Siempre hay algún motivo. Una Huelga General anterior, la del 85, convocada contra la reforma  del sistema de pensiones, que anticipaba los recortes del primer gobierno socialista, no logró tanto eco, tal vez porque ese gobierno se encontraba aún en estado de gracia y porque, aunque Nicolás Redondo votó, en el parlamento, a favor de devolver el proyecto a los toriles del Consejo de Ministros, la UGT no terminó dando el paso y CCOO se quedó sola en la convocatoria de la Huelga del 85.

Tres años después, sin embargo, el felipismo no gozaba ya de tan buena salud y sus relaciones con la UGT se habían deteriorado a marchas forzadas. El movimiento estudiantil se había rebelado abiertamente contra las subidas de tasas, la selectividad, las dificultades de acceso a la universidad, el numerus clausus, las reformas educativas.

El profesorado salíamos de una larga y dura huelga indefinida que reivindicaba la homologación salarial con otros cuerpos de funcionarios, o la solución a los problemas de responsabilidad civil de los docentes. Los empleados públicos se veían privados de derechos sindicales como el de negociación colectiva.

En esta ocasión, bastó la intentona del gobierno de aprobar un Plan de Empleo Juvenil, estableciendo un modelo de contrato juvenil temporal, precario y mal pagado, para que las movilizaciones juveniles arreciasen y los sindicatos CCOO y UGT, convencidos de la importancia de la unidad de acción, convocasen una Huelga General el 14 de Diciembre de 1988, añadiendo reivindicaciones como la equiparación de la pensión mínima al salario mínimo, o el derecho a la negociación colectiva de los empleados públicos.

De aquella Huelga, el gobierno salió tocado y, aunque no dio su brazo a torcer, la Propuesta Sindical Prioritaria (PSP) aprobada poco después por los sindicatos, sentó las bases de un modelo de participación sindical y diálogo social estatal, autonómico y municipal, que desarrollaba los artículos 7 y 9 de la Constitución Española y que fortaleció el Estado social en todo cuanto afectaba a la vida de los trabajadores y trabajadoras, desde la seguridad social y las pensiones, a la sanidad, la educación, el salario social, las pensiones no contributivas, o los derechos sindicales.

La clase trabajadora, que había sido la auténtica costalera (y costeadora) de la democracia, en palabras de Nicolás Sartorius, reclamaba participación en el reparto de los recursos y la riqueza disponibles y la Huelga General del 14-D abrió las puertas para conseguirlo.


Carta abierta al Presidente de una Asociación de Vecinos

enero 9, 2019

Querido Antonio,

Me dirijo a ti, como Presidente de la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos Tetuán, pero esta carta va dirigida a cuantas personas os conjuráis en esa aventura de defender los derechos de la ciudadanía, el vecindario, el pueblo llano, que sufre cada día las ineficacias, las ineficiencias, la desidia de nuestros gobernantes. Una carta abierta a quienes dedican tiempo de su vida a defender lo que es de todas y todos en las Asociaciones de Vecinos y Vecinas.

Acabáis de entregar los premios Constitución la del 31, inequívoca muestra de vuestras convicciones republicanas y me habéis honrado con uno de ellos. En el diploma habéis escrito, Por su contribución al conocimiento de “los nadies”. Entre los premiados se encuentran otras personas que, desde la política municipal y autonómica, el teatro, el urbanismo, el cine, la pintura, el diseño, colaboran con vuestro esfuerzo por situar al barrio en una de esas centralidades que pugnan por convivir con el Madrid Central. Reconocimientos que no han olvidado a mujeres y hombres que nos han dejado, pero que han compartido vuestra vida y empeños.

Mi primera afiliación, fue a una asociación de vecinos de Villaverde, cuando aún se llamaban Asociaciones de Cabezas de Familia. Dicho de otra manera, las mujeres y los jóvenes estábamos legalmente de prestado, aunque teníamos un extraoficial carnet juvenil. Eran aquellos tiempos dictatoriales de democracia orgánica (nunca supimos bien de qué órganos se trataba, aunque podíamos imaginarlo), en la que la representación venía de la familia, el municipio y el sindicato (vertical, por supuesto).

Si los militantes de las CCOO, desde las empresas, se fueron infiltrando en el sindicato vertical hasta ganar las elecciones sindicales, en los barrios, como vecinos, también se fueron haciendo con algunas de aquellas asociaciones vecinales, especialmente las ubicadas en los barrios obreros.

Barrios como Vallecas, Chamartín de la Rosa, Carabanchel, Canillejas, Fuencarral, Villaverde, habían sido antes pueblos, absorbidos por la capital a finales de los 40 y principios de los 50 del siglo pasado. Se habían convertido en lugares de asentamiento de los miles de trabajadores y trabajadoras que llegaban de toda España buscando un empleo en la siempre pujante industria del suelo y la construcción, en sus empresas auxiliares, talleres y en las industrias del metal, automoción, la alimentación, la electricidad, el gas, tabacos, o la confección.

Casa baratas, chabolas, Unidades Vecinales de Absorción, poblados dirigidos, colonias benéficas, obras sindicales del hogar, fueron rodeando los viejos núcleos urbanos, conformando extraños desarrollos urbanísticos. Calles sin asfaltar, alcantarillados deficientes, transportes insuficientes, sin centro sanitarios, ni colegios.

Luego vendría el asalto a los pueblos de la periferia, esta vez sin absorciones de por medio, que dieron lugar al crecimiento acelerado de los pequeños municipios que rodeaban Madrid. Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, Coslada y San Fernando, Getafe y Leganés, Móstoles y Alcorcón, Fuenlabrada, entre otros muchos.

No fue fácil el duro recorrido vecinal. Cuando llegó la democracia era mucho el trabajo por hacer, muchas las carencias, los desastres urbanísticos, las necesidades de servicios públicos esenciales. No fue fácil ir construyendo espacios de convivencia. La limpieza de las calles, el asfaltado de las calzadas, las aceras transitables, plazas, parques, colegios, centros de salud, ambulatorios y hospitales, centros de atención a la drogodependencia que consumió a muchas familias, universidades, centros culturales, autobuses, metros, cercanías. Nada hubiera sido posible sin vuestro trabajo vecinal.

Miro el tablón de anuncios de vuestra asociación y allí veo que los años han pasado deprisa, pero los problemas siguen siendo parecidos. Muestras de cine en barrios que han ido viendo echar el cierre a todos sus cines. Premios Superbache para unas calles abandonadas de la mano de los gobernantes. Defensa de los servicios públicos. Derecho a la vivienda. Convivencia de generaciones, culturas, nacionalidades distintas. Comercio de barrio. Oposición a la proliferación de las casas de juego. Teatro comunitario. Cuestionamiento de movimientos especulativos como la Operación Chamartín, o el Paseo de la Dirección.

Ahora entiendo mejor esa reivindicación de lo constitucional y republicano en vuestros premios. España fue un día República democrática de Trabajadores organizada en régimen de Libertad y Justicia. Luego, tras una larga dictadura, se convierte en Estado social y democrático de Derecho que persigue la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Dicho de otra manera, la legitimidad de los valores republicanos de la Constitución del 31, son los que legitiman la Constitución del 78.

Ahora comprendo que lo esencial de ser republicano, ya sea bajo una dictadura, o en una monarquía constitucional, no es esperar el advenimiento de un régimen republicano, sino trabajar por la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, en cada momento del día, en cada instante de la vida. Proteger lo que es de todos y de todas. Ser republicano, como lo sois en Cuatro Caminos-Tetuán, es sostener los valores republicanos. Defender la vida.


Madrid, una comunidad en Constitución

diciembre 30, 2018

Este año se ha cumplido el 35 aniversario de la aprobación del Estatuto de Autonomía de la Comunidad de Madrid. Es cierto que se prefiere celebrar las décadas redondas. El 10, el 20, incluso el 25 puede tener cierta notoriedad. El 35, sin embargo, viene un poco más a trasmano.

También es verdad que, en un momento como el que vivimos, marcado por una larga y dura crisis, primero financiera, luego económica, inmediatamente laboral, al final social, política y hasta cultural, merece la pena aprovechar cualquier fecha para provocar el encuentro y reflexionar sobre el estado de nuestra convivencia.

La cita del 35 aniversario de la autonomía madrileña me parece necesaria, máxime cuando también se conmemoran los 40 años de Constitución Española y ahora que el debate sobre el modelo de Estado se convierte en una constante que presenta aristas siempre pendientes de resolución.

Llegamos hasta aquí desde una dictadura centralista, tras la cual el Estado de las Autonomías se constituyó en punto de encuentro y acuerdo para construir una administración casi federal, sin llamarla así. La situación en Cataluña, o el reciente episodio de Andalucía revelan hasta qué punto el debate no está resuelto.

Sobre la autonomía madrileña no he visto grandes preocupaciones políticas, ni en la Asamblea de Madrid, ni en los partidos, ni en la propia sociedad, al respecto. Pese a ello, unas cuantas organizaciones, aglutinadas en la Cumbre Social de Madrid, han decidido realizar unas Jornadas sobre el 35 aniversario del Estatuto de Autonomía, bajo el título Construyendo otro Madrid.

Un intento de valorar lo acontecido a lo largo de todos estos años, los logros alcanzados, los problemas nuevos que aparecen y los viejos que siguen perviviendo, propiciando el debate sobre las propuestas para afrontarlos. De todo ello habla la Declaración pública de la Cumbre Social, que destaca los cambios que se han producido a lo largo de estos años.

Dos millones de personas más vivimos en Madrid. Un 13 por ciento de quienes cotizan a la Seguridad Social en Madrid, son personas de origen extranjero. La crisis ha dejado a una de cada cinco personas madrileñas en riesgo de pobreza y casi la mitad de las familias madrileñas lo pasa mal para  llegar a fin de mes. 300.000 niños y niñas viven en la pobreza. La tasa de abandono escolar se acerca al 15 por ciento.

El paro registrado alcanza tasas de casi el 12 por ciento. Más de 350.000 personas deberían de recibir una Renta Mínima de Inserción, pero no llegan a 120.000 las que se benefician de esta última red de protección social. La burbuja inmobiliaria comienza a hincharse de nuevo, mientras los desahucios aumentan, sin que haya remedio o solución a la vista.

Es verdad que la visibilidad de la discriminación de la mujer es mayor. Que la vitalidad y fortaleza de la lucha feminista es cada día mayor y esperemos que no tenga vuelta atrás, pero la desigualdad pervive, se mantiene la intolerable la violencia de género, el patriarcado y el machismo siguen formando parte de la cultura social y amenazan la libertad y la igualdad de las mujeres, en la vida y en el trabajo.

La Cumbre Social no es una organización. Nació cuando los sindicatos pusimos pie en pared frente a las políticas de imposición de recortes de derechos y libertades, que hicieron insoportables los largos y duros años de la crisis. No podíamos, ni queríamos, ir solos a las tres huelgas generales que convocamos entre 2010 y 2012 y a las numerosas manifestaciones y movilizaciones de todo tipo que acometimos.

Organizaciones vecinales, de consumidores, de madres y padres, de defensa de la sanidad pública, de mujeres, jóvenes, inmigrantes, de solidaridad, de la memoria, el Foro Social de Madrid, el Consejo de la Juventud, junto a los sindicatos de clase, constituimos la Cumbre Social de Madrid. El punto de encuentro de quienes dedican su esfuerzo en numerosos campos para conseguir una sociedad madrileña más libre, más igualitaria, más solidaria.

Quiénes mejor que la Cumbre Social para presentar, como acaba de hacerlo, 35 propuestas, una por cada año de autonomía de Madrid, para acordar una reforma del Estatuto aprobado en 1983, que blinde los derechos sociales y que permita construir un Madrid de las personas.

Propuestas que hablan de igualdad, vivienda, transportes, servicios sociales, protección a las personas, educación, sanidad, empleo de calidad, desarrollo productivo, medio ambiente, servicios sociales, servicios públicos, reequilibrio territorial, dependencia, prestaciones públicas, impuestos, personas mayores, jóvenes, erradicación de la pobreza, lucha contra el machismo, cultura, desarrollo sostenible, protección a las víctimas de la violencia, contra las violencias de todo tipo.

Madrid nació porque ni Castilla-La Mancha, ni Castilla-León, quisieron soportar el desequilibrio que introduciría en cualquiera de las dos Castillas, el peso humano y económico de un Madrid que además era capital de Estado. Nos inventamos una bandera, sobre la que claveteamos siete estrellas, vinieran o no a cuento, encargamos un himno a Pablo Sorozábal y una letra patria a un anarquista, como Agustín García Calvo, expulsado de la universidad franquista al tiempo que Enrique Tierno Galván y José Luis López Aranguren.

Por estas tierras, no sabemos muy bien qué significan las estrellas, casi nadie conoce el himno y aún menos su letra, pero cuidado, no crean los patriotas de banderita y fanfarria, que Madrid no haya de ser pueblo de gatos encaramados a los tejados, capaz de defender como nadie su libertad, sus derechos, su igualdad. Madrid, ya fuera el comunero, el del Motín de Esquilache, el del No Pasarán, el de los Abogados de Atocha, el que resistió los embates de Aguirre, y las tramas corruptas que brotaron como setas (ya se llamaran Gürtel, Púnica, Lezo, o vaya usted a saber), nunca ha faltado a su cita.

Y ahora, 40 años de Constitución y 35 años de Estatuto de Autonomía más tarde, si hay que hablar de modelo territorial, ese Madrid diverso y plural, venido de cada rincón de España y del Mundo, dirá, una vez más y como siempre, Libertad, igualdad y derechos. Luego pinte la bandera que quiera y toque el himno que le venga en gana. ¡Viva mi dueño, que sólo por ser algo, soy madrileño! Bienvenida sea, así pues, la iniciativa de la Cumbre Social.