LA EDAD SILENCIADA

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Se acerca el 1 de Octubre, Día Internacional de las Personas Mayores. Un buen momento para reflexionar sobre uno de los errores más brutales que estamos cometiendo como país. El abandono a su suerte de las personas mayores. El silencio al que estamos sometiendo a las generaciones que construyeron lo que hoy somos.

Ya sé que uno de los problemas más graves de este país es la amenaza cierta de condenar a toda una generación de personas jóvenes a afrontar un futuro de precariedad laboral, desempleo, bajos salarios y falta de estabilidad para sus vidas, entre otros daños colaterales.

Pero, si se me permite esta reflexión heterodoxa, nuestros jóvenes están demostrando que no se conforman con ese futuro de obsolescencia anticipada y están reclamando activamente su presencia en la vida política, social, económica, de este país. Por mucho que se empeñen algunos cavernícolas instalados en la autocomplacencia del dinero y el poder, la juventud irá tomando el relevo, en la palabra y en la acción, asumiendo su propio futuro y protagonizando la historia de este país.

Sin embargo, la grandeza de una sociedad se mide y se pone a prueba cuando se trata de mimar y cuidar a los más débiles. La infancia, las personas con discapacidad, las personas mayores. Y mucho me temo que, en estos dos aspectos, este país está demostrando toda la mezquindad y miseria de la que es capaz. Y, en ambas cosas, nuestra capacidad es infinita. Ya decía mi padre que se puede ser pobre, pero no miserable. Murió hace más de treinta años y este país sigue enrocado en la misma situación de miseria moral.

Nacieron cuando reinaba en España el bisabuelo del rey. Algunos oyeron hablar de la Semana Trágica, de aquella Gran Guerra que recorrió Europa, de la que nos libramos por los pelos y de la Huelga General del 17.

Vivieron la Dictadura de Primo de Rivera, último intento monárquico para tapar la corrupción y el caciquismo instalados en las instituciones durante décadas de una restauración monárquica gobernada por el bipartidismo liberal-conservador. Y luego la Dictablanda. La Segunda República, el Golpe de Estado. Sobrevivieron a la Guerra Civil, a la hambruna, a la represión de un Estado cuartelero. Alriesgo de vernos metidos de nuevo en otra Guerra Mundial. A los Tiempos de Silencio. A la emigración. Al exilio. A la represión. Al miedo. Sobrevivieron, enterraron a sus muertos y siguieron adelante. No hicieron mucha propaganda de ello.

Desearon la libertad. Saludaron su llegada. Construyeron cuanto hoy somos. Las industrias, las ciudades, los campos. Inventaron la democracia que hoy somos. Empujaron la sanidad, la educación, los servicios sociales que hoy disfrutamos.

Esas personas suponen hoy el 18 por ciento del total de la población. Mayoritariamente viven con sus parejas, o viven solas. Sostienen a sus hijos en paro y la economía de muchas familias depende de sus pensiones. Por eso gastan cada vez más en bienes y servicios básicos y cada vez menos en cuidados personales. Llevan a sus nietos al colegio para que sus hijos trabajen y les dan de comer y los atienden cuando salen del colegio. Y todo ello, pese a que tienen cada vez mayores problemas de dependencia, porque la esperanza de vida aumenta y con el aumento de la edad, crecen las situaciones de dependencia.

Lo injusto es que estas personas viven en un país de todos los demonios, que además está en crisis. Una crisis que parece la madre de todas las crisis. La crisis de un país en el que muchos pagan mucho y los pocos que más tienen pagan muy poco. Nuestra presión fiscal está 7 puntos porcentuales por debajo de la media de la Europa de los 15. Por eso, también nuestro gasto en protección social se encuentra en el 26´1 por ciento, tres puntos porcentuales por debajo de la media de toda la Unión Europea.

El presupuesto dedicado a Servicios Sociales es inferior al que se dedicaba en 2007, antes de dar comienzo la brutal crisis y a pesar de ella. Dedicamos a Sanidad casi un 17 por ciento menos que en 2009. Tenemos 220 camas hospitalaria menos, por cada 100.000 habitantes, que la media europea, situada en 538´7 camas. Aumentan las listas de espera y hasta los mayores afrontan el copago farmacéutico y la exclusión del sistema de salud de algunos medicamentos esenciales para personas con dolencias crónicas.

La atención a la dependencia, cuya ley reguladora fue votada favorablemente por el PP en la oposición ha visto cómo la aportación del Estado se reduce a la mitad. Aumentan las solicitudes, pero las concesiones no alcanzan ni a la mitad de los solicitantes. Menos ayuda a domicilio. Más copago de las prestaciones por dependencia. 100.000 personas menos con derecho a protección por dependencia.

Son algunos de los datos que aparecen en el Observatorio Social de las Personas Mayores 2014, elaborado por la Fundación 1 de Mayo para la Federación de Pensionistas y Jubilados de CCOO.

Nuestros mayores no merecen ese trato. Pero tampoco las familias merecemos esta indolencia del poder, que condena a las hijas y, en menor medida a los hijos, a cubrir las situaciones de dependencia de los mayores. Prometieron miles de empleos en la atención a la dependencia que quedaron en nada, como quedaron en nada las promesas electorales y como ya es nada la confianza de la ciudadanía en la capacidad de la política y de los políticos de sacarnos del atolladero en el que nos metieron los avaros y los banqueros, sin sacrificar a las personas.

Los mayores aprendieron a sufrir en silencio. Pero por ellos y por nosotros mismos, tenemos el deber de alzar la voz, de clamar, una y otra vez, por el respeto debido, por la calidad de sus vidas, por la palabra cumplida, por la decencia de una política y unos políticos que cuidan de su gente y no de sus bolsillos. Que cuidan de los débiles y exigen responsabilidades a los poderosos.

Porque serán brazos jóvenes los que labren el futuro. Pero si no queremos que ese futuro sea estéril, habrá que labrarlo aprendiendo de las voces dormidas, de la ira contenida, del trabajo de sol a sol, de la voluntad indomable de ser, de seguir siendo, pese a todo, pesa a todos. Habrá que avanzar escuchando atentamente la voz humilde, que no humillada, a menudo imperceptible, de la edad silenciada. Se lo debemos, nos lo debemos.

Francisco Javier López Martín

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