Feliz Año a Nosotros

Nosotros con nuestro errático lenguaje

nosotros con nuestros acentos incorregibles.

John Berger

Es tiempo de felicitar el nuevo año y las fiestas, familiares y de las otras. Vuelven las cenas de empresa y cuentan que algunos que trabajan han recibido esas cestas de Navidad que la crisis había puesto en suspenso. Reaparecen las cenas de beneficencia, con obispos y autoridades. Se repiten las colectas y se publicitan las obras de caridad. Regresan los que se fueron de casa y se acumulan los recuerdos, la nostalgia, la pesadumbre, por los que ya no están, pero continúan y se prolongan en nosotros. Un año, como todos, repleto de fechas cargadas de significado.

Es tiempo, sobre todo, de felicitar el año a Nosotros. Durante muchos años, en estos días, he felicitado a los Otros. He enviado cientos de correos electrónicos, más o menos originales. He utilizado las redes sociales para difundir entre miles de amigos virtuales y seguidores internautas, mis mejores deseos. Pero este año sólo tengo ganas de desearos felicidad a Nosotros.

Nosotros, aquellos que sobrevivimos en el extremo de finas ramas genealógicas, que se pierden en el tiempo, en busca de  unas raíces ignotas, carentes de apellidos, de estirpe, linaje y abolengo. Nosotros, que somos los Nadies, los que fuimos y seremos.

Los que hace 120 años, en el 98, volvimos vivos de las guerras imperiales de los otros, o no volvimos y dejamos la vida en uno de aquellos manglares y luego, por su obsesión de seguir siendo Imperio, nos mandaron a las escarpadas laderas del Atlas a morir en barrancos infames.

Años más tarde, mientras nos embarcaban en el puerto de Barcelona, tiramos al mar las medallitas que las señoras de la alta sociedad nos entregaban para protegernos de las balas que defendían las cabilas. Y luego fuimos aplastados en las calles, encarcelados, fusilados y devueltos a los barcos, como ganado, mientras aquellas señoras tomaban café con sus hijos, a los que habían pagado el derecho de no ir a Marruecos.

Nosotros que conocimos a los diez  condenados en el Proceso 1001, con Marcelino a la cabeza (cumpliría ahora 100 años); vimos a Saramago y a Sampedro, en el campamento de la Esperanza; abrazamos a los sobrevivientes de la Matanza de Atocha; al poeta Marcos Ana. Los reconocimos en vida, los acompañamos en su último viaje, los mantenemos vivos en nuestra memoria y los honramos con nuestros actos.

Aquellos que leímos poco más que el Manifiesto Comunista de un tal Carlos Marx, que este año cumplirá 200 años desde que naciera en Tréveris, en la ribera del Mosela. Cuantos creímos que nuestra emancipación era posible y veríamos una sociedad sin clases. Tomamos nota de sus debates con Bakunin y aprendimos la lección de que socialismo sin libertad no es lo uno ni lo otro. Ni chicha ni limoná.

Nosotros, que bajamos de los trenes, o de destartaladas furgonetas, con viejas maletas de cuero, en las grandes ciudades de España, de Europa, de América. Exiliados económicos, emigrantes políticos, o era al contrario, qué más da. Desterrados siempre. Los mismos que vinimos en viejos automóviles, en pateras sin mar, o perdidas en mitad de la nada mediterránea.

Nosotros, que vivíamos en la gris, cuando no negra, España el día que los tanques aplastaron la primavera de Praga, Nos llenamos de ilusiones por un mes de mayo que sucedió en París y nos dolió que aquellas esperanzas se difuminaran, igual que antes lo habían hecho en Berlín. Como luego nos ilusionaron Allende en Chile y los claveles en Lisboa y nos dolieron Pinochet y Videla y los golpes teledirigidos de los Estados Unidos en su patio trasero de América Latina.

Nosotros, que pese a todos los vientos en contra, a la sangre derramada, a la tortura todavía impune de quienes han sido luego condecorados,  mantuvimos vivas las ansias de libertad y empujamos la historia y tiramos del carro hasta traer una Constitución que cumplirá 40 años. Los que velaremos por mejorarla. Los que impediremos que acaben con ella, o la degraden, o la empeoren.

Nosotros, los costaleros de la democracia, que hartos de la sevicia de unos políticos narcisistas, sólo atentos a su permanencia en el poder (no muy distintos a los actuales en sus modos y maneras), forjamos la unidad y un 14 de diciembre de hace 30 años nos lanzamos a la primera gran huelga general de la democracia.

Nosotros que pagamos cada una de sus fiestas, cada crisis, cada guerra, cada desastre, cada recorte y hasta sus corrupciones y corruptelas. Nosotros, que mostramos la alegría con una risa más compleja que las lágrimas, porque aprendimos a reír con el hambre, a llorar de alegría, a desayunar nuestras penas.

Tenemos este año mucho que recordar. Recuerdos que los Otros no podrán nunca tener, que ni tan siquiera creerían, si alguna vez nos escuchasen. Recuerdos que nos ayudan a proseguir el viaje. Porque nosotros viajamos por la vida con nuestra insoportable levedad a cuestas, mientras ellos devoran a conciencia la vida, con todo cuanto habita en ella dentro y en lugar de viajar hacen turismo.

Como diría John Berger, sin condescencencia mezquina alguna, Nosotros, Transportamos poesía/ como los trenes de mercancías del mundo/ transportan ganado.

Por todo eso Feliz 2018 a Nosotras y Nosotros.

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