TEMPLARIOS. En homenaje a Simón Rosado.

IHVH. Extraño graffitti. Apareció hace poco más de un mes en la iglesia de Santa María. No dentro, por supuesto, sino en la rampa de acceso.

La moda de las firmas en las paredes no ha tenido demasiada aceptación en este pueblo. Los jóvenes parecen tener otras ocupaciones más atractivas y no habían manifestado hasta el momento, interés alguno por reproducir estos aspectos estéticos de la cultura urbana.  Si es que estas pintadas pueden considerarse realmente una manifestación cultural, en algún sentido.

Al principio nadie pareció prestarle la menor atención, salvo el cura, que se aprestó, por sus propios medios, a limpiar la fachada. Tan sólo en los círculos más próximos a la iglesia  se comentó el asunto, que se atribuyó a a una gamberrada de algún joven cuyas ideas se irían aclarando con el tiempo.

Sin embargo para el firmante debía de tratarse tan sólo de un ensayo, pues pasadas dos semanas, las consabidas letras, IHVH, volvieron a parecer en el mismo lugar. De nuevo el párroco aplicó la paciencia de quien sabe que es preceptivo ofrecer la otra mejilla y procedió a borrar la pintada sin que quedase rastro alguno de la mancha.

Se alabó la diligencia del sacerdote y se denostó la impertinencia del pintor. Una gracia es una gracia, pero la perseverancia en una falta menor, todos sabemos que conduce a la comisión de faltas más graves. De los círculos religiosos el asunto pasó a los círculos sociales, es decir a las barras de los garitos. Primero a los bares diurnos y luego a los de copas nocturnas. El asunto estaba en la  calle, se prestaba al sarcasmos y el chiste, al comentario jocoso, sin que faltaran quienes aludiesen a la degeneración de las costumbres y las malas consecuencias de tanta permisividad, democracia y relajación de los valores morales.

No obstante, de todos es sabido que es preferible que los problemas se solucionen con el tiempo, que las aguas encuentren sus propios cauces. Una intervención apresurada de la autoridad suele traducirse en la  generación de más alarma social de la necesaria y, casi siempre, a una agudización del problema. Más vale una mala solución que un buen pleito. En general, se impuso el criterio de dejar estar el asunto, no remover la mierda.

Esta era, sin duda, la opción más acertada. El párroco adoptó, eso sí, las medidas de seguridad imprescindibles. De forma discreta se estableció un servicio informal de rondas que, mediante la mera presencia, permitiera disuadir al reincidente de nuevas tentativas.

Sin embargo, quien quiera que fuese el enmascarado personaje, podía carecer de ciertas virtudes, pero no de la perseverancia. A la semana escasa del último incidente, el ya popular IHVH volvió a aparecer en el mismo lugar. A partir de este momento las cosas se salieron de madre. Los sucesos se desencadenaron de forma vertiginosa e impredecible.

Por lo pronto el párroco continuó aplicando su lógica evangélica, que no presupone la existencia de tres mejillas, ni la alternancia de las dos existentes, para recibir sucesivas bofetadas. Decidió sacar el asunto de la  esfera eclesiástica, para ponerlo en manos del brazo secular. En ausencia del Santo Oficio, el archiconocido Tribunal de la Inquisición, y teniendo en cuenta que la mano del Rey se ha transformado en múltiples dedos administrativos, nuestro cura entendió que la Administración más cercana era la Alcaldía.

Por mucho que hayan cambiado los tiempos y todos reconozcamos la separación entre la Iglesia y el Estado. Por mucho que el Estado, en este caso municipal, sea gestionado por partidos laicos, ya se llamen de izquierdas o de derechas, nadie pone en cuestión que debe acudir en auxilio de las instituciones sociales que reclaman su presencia.

Ni corto ni perezoso  el párroco se encaminó a las Casas Consistoriales y entró directamente en el despacho del Alcalde. El asunto de las pintadas pasa ya de castaño oscuro. Hasta el momento todo el mundo se ha lavado las manos, pero hasta aquí hemos llegado. Yo no cuento con los medios para descubrir al causante de tamaño despropósito, así que reclamo que se tomen medidas urgentes, que usted tome cartas personalmente en el asunto. Los cristianos de este pueblo no tenemos por qué aguantar impertinencias de nadie.

Esta y otras cosas similares debieron de ser escuchadas por el asombrado Alcalde.

Conociendo a nuestro Edil, no es difícil ponerse en su lugar en esos momentos. Es un hombre tranquilo, al estilo de las mejores películas de Ford, pero la procesión va por dentro. Seguro que pensaba que la mejor respuesta al  indignado cura habría sido decirle, ¿Qué le parece si dejamos la pintada tal como esta y, cuando pase un tiempo prudencial, aprovechando tal vez las fiestas o el ajetreo del verano, la borramos?.

Pero también sabía que el estado de ánimo del buen hombre podía inducirle a pensar que le estaba dando largas indefinidas. Podía acabar convertido en Pilatos en la próxima homilía dominical. Eso constituía un riesgo innecesario. De forma que, abandonando su primera idea, se comprometió a tomar en sus manos el problema y hacer todo lo que estuviera a su alcance para darle solución. Eso sí, procurando no crear una innecesaria alarma social en el pueblo. Además, en esta ocasión, serían los equipos de limpieza del propio Ayuntamiento los que se encargaran de borrar la incomprensible firma. La primera medida sería convocar al equipo de gobierno para tomar las decisiones oportunas.

Una vez dicho ésto, se dio cuenta de que tal vez había ido demasiado lejos con sus palabras. Pero lo dicho, dicho estaba, y había tenido la virtud de tranquilizar los ánimos del párroco, que ahora se despedía de forma mucho más afable y distendida.

Aquí es donde yo entro en liza. En primer lugar, por ser concejala de este Ayuntamiento y encontrarme en la reunión de quienes componemos el equipo de gobierno. En segundo lugar, porque nuestro Alcalde había tenido tiempo de meditar después del encuentro con el párroco y guardaba en la cabeza unas cuantas ideas para poner en práctica.

Para empezar el concejal de limpieza debía destinar, al día  siguiente, una pequeña cuadrilla a limpiar la pintada. A continuación el concejal de policía debía establecer un dispositivo para asegurar un control permanente, de día y de noche, pero de forma discreta, de los accesos a Santa María. Tal vez no pillásemos al  autor de la pintada, pero contaríamos, al menos, con una relación de personas que frecuentan el lugar en horas ajenas al culto. Por supuesto nada de montar guardia permanente, sino una presencia esporádica, flexible, pero eficaz. A estas alturas el concejal de policía debía estar hecho un lío sobre cómo obtener eficacia usando la flexibilidad y cómo conseguir presencia sin hacer guardia permanente.

Pero aún faltaba la parte sustancial de la reunión. Puesto que el asunto tenía cierta transcendencia social y un innegable componente cultural, y aun cuando presumiblemente todo apuntaba hacia un elemento juvenil como autor de los hechos, el Alcalde consideraba que la Concejala de Servicios Sociales, debía jugar un papel fundamental en la solución del problema.

Así, sin comerlo ni beberlo, de buenas a primeras, el graffitti y su autor se habían convertido en el eje vertebrador de la actuación municipal y en el centro de todas las miradas estaba yo.

No tenía ni la menor idea de por dónde empezar. Por el lado de los servicios sociales había poco que hacer. A nadie que tiene problemas para sacar adelante a su familia cada día se le ocurre ponerse a escribir por las paredes, y menos mensajes crípticos e ininteligibles como el, a esta alturas, popular IHVH.

 A fin de cuentas si la pintada había sido hecha en la iglesia, cabía suponer que algún referente religioso se encontraba oculto en la misma. Sin embargo me parecía descabellado dirigirme al cura en busca de ayuda. En un pueblo el concejal no cuenta con un equipo técnico, ni con asesores que puedan echarle una mano en casos como éste. No es posible distraer de su actividad diaria a los funcionarios municipales, que bastante tienen con hacer bien su trabajo. Una se siente más sola que la una y sólo puede recurrir a los amigos y conocidos, en el ámbito de lo más estrictamente personal.

Conozco un filósofo, una pintora, dos artesanos, unos cuantos profesores de instituto, una bibliotecaria, un apasionado por la historia del pueblo y dos asistentes sociales. Conozco más gente, por supuesto, pero se mueven en el campo de las relaciones personales y poco podrían aportarme, más allá de escucharme y ofrecerme su apoyo y algún que otro consejo, para dar solución al enigma.

La directora del Instituto se comprometió a tratar el asunto en el Claustro de Profesores, pero sin confiar demasiado en los resultados. A fin de cuentas no sabíamos lo que estábamos buscado.

Las asistentes sociales podían ponerme encima de la mesa un listado de nombres de personas con problemas sociales, pero, como ya he dicho, no parece que quienes tienen problemas laborales, económicos o familiares, ni unos cuantos enganchados al alcohol u otro tipo de drogas ilegales, se fueran a dedicar a pintar las pareces de la iglesia.

La bibliotecaria me pidió tiempo para darle unas cuantas vueltas al tema. Al cabo de unos días se presentó con una teoría convincente que, por lo menos arrojaba luz sobre algunos aspectos del problema. Según ella IHVH no podía ser otra cosa que las letras que en hebreo representaban el nombre de Dios, Ihaveh. Las letras Yod, he, waw, he. En hebreo las vocales no se escriben. Por lo tanto el autor de la pintada debía considerarse una especie de enviado de Dios, con un fin y un propósito aún desconocido. Esto explicaba que las pintadas se realizasen en la iglesia. No quedaba claro porqué en Santa María y no en la otra parroquia del pueblo.

Recurrí a mi amigo aficionado a la historia de la localidad. También se tomó su tiempo y, al cabo de diez días me comunicó sus conclusiones. La pintada no se había realizado exactamente en la iglesia, sino en la base de la misma. Es decir, en los restos de muralla de la fortaleza sobre la que luego se edificó Santa María. Son muchos los  que saben por aquí que la tradición habla de la presencia de templarios en el pueblo para garantizar la defensa del territorio arrebatado por Alfonso VIII a los musulmanes a finales del siglo XII. Las referencias al patrón de la Orden del Temple alcanzan tanto al nombre de uno de los ríos que atraviesan estas tierras, como al propio nombre del pueblo. Santa María se habría construido, precisamente sobre las ruinas del castillo templario.

Todo ésto no eran, por supuesto, más que especulaciones apoyadas en ciertas referencias que permitían formular la hipótesis, pero no defender una tesis. Al menos por el momento.

Lo que ya no sabe tanta gente es que la Milicia del Temple fue disuelta tras un golpe de mano de Felipe el Hermoso, rey de Francia. En 1307, el rey apresa a la plana mayor del Temple y se apodera de todos sus bienes, que no eran pocos, por cierto. Tras arduas negociaciones con el Papa, de quien dependen directamente los caballeros templarios, y en medio de aparatosos procesos judiciales, la condena del Gran Maestre de Temple, Jacques de Molay, a morir en la hoguera que arde en la isla de la Cité, en pleno corazón de París, pone punto, no sé si final o seguido, a la historia de los Templarios. Juzgados, condenados y disueltos por Clemente V, el Papa de Avignon, unos morirán en la hoguera, otros en la cárcel, mientras que los que confiesan dudosas prácticas de herejía, homosexualidad o idolatría, son perdonados y se integran en otras órdenes. No todos los reyes se comportan de la misma forma con el Temple. Así en España la Orden es transformada en Orden de Montesa y santas pascuas. Que a fin de cuentas habían prestado excelentes servicios en la conquista y repoblación de territorios musulmanes.

Mal final para la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, nacidos en Jerusalén en 1118, que une a los clásicos votos de obediencia, castidad y pobreza el de la defensa armada de los peregrinos. Alojados en el claustro del viejo Templo de Salomón serán llamados, por ello, Caballeros del Temple. San Bernardo los transformó en 1128 en una Militia Christi, con su propia regla y una dependencia directa del Papa, lo cual les pondría en el punto de mira de los reyes, siempre codiciosos de las riquezas ajenas y deseosos de controlar en todos sus aspectos la vida, los bienes y las ideas de sus súbditos.

Me quedé pasmada. De buenas a primeras nos encontrábamos con un visionario deseoso de notoriedad que no sólo reivindicaba el nombre de Dios, sino un supuesto pasado de monje guerrero. Sólo me tranquilizaba pensar que, hasta el momento, parecía absolutamente pacífico y que habíamos adoptado medidas para evitar nuevas actuaciones.

También el Alcalde pareció satisfecho cuando le conté el resultado de mis investigaciones. Aunque decidió mantener el asunto en la más absoluta reserva, debió entender que en el círculo de reservados debía estar el cura, además de nosotros dos. Y como no ató la lengua del párroco con el secreto de confesión, al final hasta el obispado se enteró del carácter presuntamente templario de la pintada.

La iglesia presta especial atención a las apariciones ocasionales de movimientos secretos que reivindican su vinculación con el Temple: rosacruces, francmasones, y  demás parafernalia de organizaciones secretas que cultivan el misterio. De forma que pronto tuvimos entre nosotros un curita encargado de redactar un informe que determinase la mayor o menor importancia de los hechos que se venían sucediendo en el pueblo.

Para terminar de enredar las cosas apareció una nueva pintada. Esta vez en el puente de la vía ferroviaria en desuso. Simultáneamente el autor de las pintadas remitió una correcta carta a la Alcaldía, con copias a la prensa regional, reivindicando “la necesidad de restaurar el tráfico ferroviario de mercancía y pasajeros entre Plasencia y Astorga. La ruta ferroviaria de la Plata no puede ser desmantelada impunemente”.

Lo peor no fue que los diarios regionales comenzasen a hacerse eco del asunto en pequeñas noticias que aparecieron en páginas interiores. Que se sucediesen las llamadas telefónicas para interesarse por el asunto y que un periodista y un fotógrafo se acercasen hasta estos confines para realizar un reportaje, que luego no llegó a ver la luz. Lo realmente grave fue que dos enviados del Consejo de Seguridad Nuclear pidieron una entrevista inmediata con el Alcalde, en la que me tocó estar presente.

 El autor de los graffittis, de forma intencionada, o disparando a ciegas, había golpeado en un punto delicado. Los recientes problemas en una central nuclear de la región habían hecho que determinados elementos pesados e indispensables para la reparación de la central fueran transportados de forma discreta. Lo mejor para guardar esta discreción era realizar el traslado por ferrocarril en horas nocturnas u utilizar una red supuestamente en desuso como la Ruta de la Plata. No era oportuno, en estos momentos, que cualquier publicidad en los medios de comunicación levantase una liebre que afectaba a la seguridad ciudadana, creando alarma y generando preocupación. Se trataba de un “asunto de estado”. El CSN operaba en coordinación estrecha con el Ministerio de Interior y otros Ministerios afectados y solicitaban la colaboración total del Ayuntamiento para echar tierra sobre el asunto, en primera instancia, y para esclarecer los hechos, posteriormente.

Dimos por concluida la reunión con las formalidades de rigor. Es decir prometimos toda la ayuda posible y, cuando nos vimos solos, nos arrellanamos en nuestras sillas uno frente al otro, compartiendo la sensación de que el mundo conocido se nos derrumbaba y las fuerzas exteriores se aprestaban a invadir nuestro pacífico pueblo. Un enviado eclesiástico, la prensa, el Consejo de Seguridad Nuclear, y, si era necesario el Ministerio del Interior, eran demasiada tralla y pesaban mucho más que la invasión turística de los meses de verano que casi duplicaba la población y nos ponía a todos al límite de nuestra capacidad.

Además, contaba con algunas luces, pero con demasiadas sombras que hacían imposible saber quién o quiénes habían desencadenado esta espiral de despropósitos. Me sentía incapaz de proseguir la caza del templario y sumarme a las intrigas de Felipe el Hermoso casi setecientos años después. A fin de cuentas soy concejala para ayudar a resolver los  problemas de la gente. Para que todos tengamos una vida más vivible y agradable, ya que lo de una vida feliz depende más de la propia persona.

En éstas me encontraba cuando al día siguiente me pasaron el recado de mi amiga la bibliotecaria. Quería verme cuanto antes. Me esperaba en la biblioteca. Entré en el Palacio de los Duques, convertido en Museo que alberga a su vez una pequeña pero bien surtida colección de libros y una agradable Sala de Lectura, con las ansias de quien espera que mágicamente se hayan solucionado sus problemas y que una chispa surgida en cabeza ajena permitiera resolver el enigma. En cierta forma así era. Sin embargo, como siempre en la vida, los problemas no vienen por donde los esperamos ni las soluciones son las que quisiéramos.

Se encontraba sentada en una mesa de lectura, con una pila de libros delante. Recorría con la vista las estanterías como si pensara que faltase algún volumen que incorporar al montón pacientemente construido. Me invitó a sentarme frente a ella como quien se dispone a realizar una revelación transcendental. No era la actitud de quien se prepara alborozada a darte la llave de las puertas que te permitirán acceder al secreto oculto. Más bien de quien va a decirte que un familiar ha sufrido una desgracia.

– Este montón de libros -me dijo sin más preámbulos-, es el causante de todos mis males. Tal vez todos estos libros -su mano trazó un gesto circular señalando las estanterías que nos rodeaban-. Durante años me he dedicado a ordenarlos, leerlos y aconsejar su lectura. Mientras tanto el mundo ha ido cambiando vertiginosamente a nuestro alrededor. Los mayores no leen, salvo honrosas excepciones. Su ocio es una sucesión de imágenes televisivas y prácticas del deporte de la barra fija, del bar, de entiende. Los chavales copian de los mayores. Eso sí, estudian los temas para los exámenes, pero no se adentran en territorios nuevos, no leen nada que no sea obligatorio y si pueden obtener un resumen, mejor que hacerlo por sí mismos.

Durante meses, tan sólo nuestro amigo el historiador se ha molestado en bucear en los libros que nos rodean buscando textos relacionados con la historia de este pueblo. Así es como comenzamos a interesarnos por los Caballeros Templarios.

Mi mundo se había vuelto tan prosaico. La vida que me rodea tan racional y predecible que nos pareció necesario algún elemento de misterio que obligase al pueblo a pensar y conversar sobre algo distinto al fútbol, la crisis, los hijos. Algo que moviese a investigar y hablar sobre cosas del pasado y del presente podía venirnos bien a todos, desde el Alcalde hasta los niños, entre los padres y en el bar. No es que piense que quién no conoce la historia está condenado a repetirla, porque también me consta que quién espera que la historia se repita está condenado a la decepción. Pero nos pareció buena idea.

Además, los Caballeros Templarios operaban de dos en dos, como las falanges tebanas y, como los tiempos han cambiado, consideramos una buena idea que los templarios de ahora fuéramos un hombre y una mujer.  Disueltos y desligados de la autoridad papal nada lo impedía.

Bien, ahora estoy en tus manos. Si quieres que dimita aquí  tienes mi carta de dimisión sin fecha. Si quieres que dé explicaciones ante el Alcalde, el Obispado o las Nucleares, tú misma. Sólo lamento, en toda esta historia, el perjuicio que te estamos causando. Por lo demás he disfrutado como una enana.

No podía haber sido más sincera. Podría haber salido de allí disparada al despacho del Alcalde y haber puesto en práctica alguna o todas las sugerencias de mi amiga. Pero este pueblo no anda sobrado de idealistas, ni contamos con suficientes bibliotecarias ni historiadores como para prescindir de estos dos. Además, ¡qué narices!, ¿no eran acaso mis amigos?

El tiempo todo lo cura. Las cosas se olvidan. Lo que hoy es un problema insalvable, mañana nos parecerá una nimiedad. Sólo los buenos amigos son insustituibles. Así que me dispuse a dejar en el camino unas cuantas plumas de mi prestigio personal comunicándole al Alcalde que, con estos mimbres, era imposible resolver tan intrincado asunto. Si la Santa Inquisición en forma de curita, los periodistas del Watergate, o el mismísimo CESID se sentían con fuerza para sacar punta a este lápiz y descubrir al templario, ellos serían los últimos responsables  de la alarma social que pretendían evitar. Para jugar mi última carta puse encima de su mesa mi propia carta de dimisión sin fecha, por la incapacidad demostrada en resolver este problema.

Desde entonces no han aparecido nuevos graffittis, pero me consta que la Sala de Lectura de la Biblioteca sigue siendo testigo mudo de las reuniones templarias del pueblo. También soy consciente de que, tarde o temprano, me sorprenderá algún nuevo problema, pero, como decía Zorba el Griego, “vivir es liarse la manta a la cabeza y buscarse problemas”. Y los problemas es mejor resolverlos en casa, que dejar que vengan a resolverlos los demás.

Francisco Javier López Martín

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